Juan Manuel de Prada, “Un coloquio inmortal”, ABC, 29.X.2001

Jamás imaginé que también él fuese a padecer unas postrimerías nubladas por la desmemoria. Cuando apenas contaba un mes de edad, mi abuelo entró a hacerme una visita a la habitación donde yo dormitaba; se inclinó sobre la cuna, para espiar mi sueño, y entonces yo lo sobresalté con una carcajada estruendosa, inverosímil en un niño de tan corta edad. Desde entonces, entre mi abuelo y yo se entabló una hermandad indestructible, una aleación de pasiones que desafiaba los estragos del tiempo y acompasaba nuestros corazones con la respiración del planeta. Aprendí a leer y a escribir sentado en sus rodillas, cuando aún no me habían retirado los pañales; aprendí a caminar a su lado, prendido de su mano que me transmitía el calor antiguo de su sangre, el calor indómito de su piel, el calor invicto de sus recuerdos, que eran populosos y fervientes como el mundo que cada mañana se inauguraba ante nuestra mirada. Juntos íbamos a misa los domingos; juntos íbamos a la biblioteca pública, donde descubrí el rumor arborescente de la letra impresa, y también mi vocación; juntos atravesábamos la ciudad levítica y salíamos al campo, dejando el sol a nuestras espaldas, como un escudo de bronce que protegiera nuestra confidencias. Mi abuelo me cantaba canciones de antes de la guerra y me narraba las vicisitudes de su juventud hosca y aventurera, las penurias de su infancia lejanísima, las tribulaciones de su viudez temprana.

Mi abuelo me enseñaba a distinguir el canto de la abubilla y el ruiseñor. Me enseñaba a reconocer el temblor diminuto del poleo, la blancura inhóspita del espino albar, el perfume campesino del romero, la llama súbita de la genciana, el vilano viajero del diente de león, que yo soplaba para propagar su semilla hasta los confines de la tierra. Mi abuelo me descubría los manantiales de agua esbelta y clandestina, las sendas que sólo hollaba el lobo, las madrigueras donde refugiaba su pavor el conejo. Hacia el final de nuestro paseo, junto a la ribera de un río o a la sombra de un árbol de sombra extensa como el atlas, mi abuelo extendía una manta sobre el suelo, y ambos nos tumbábamos a mirar las nubes, que se desentumecían lentamente sobre el tapiz del cielo. Para entonces, mi abuelo se había despojado de la camisa, y yo me quedaba como extasiado contemplando el vello nevado que emboscaba su torso y le otorgaba un aspecto de anciano mitológico, descendiente directo de Abraham. La brisa mecía su vello, y el crepúsculo lo incendiaba con un brillo de plata añeja. Y, entretanto, su voz seguía desgranando los avatares de su juventud, como una salmodia áspera y ensimismada.

Jamás imaginé que él fuese a padecer unas postrimerías nubladas por la desmemoria. La decrepitud ha hincado las garras en su organismo, y una delgadez voraz ha ido excavando su rostro y desnudando su hermosa calavera. La sangre que bullía en sus venas se ha estancado, y los recuerdos que sobrevolaban como un enjambre tumultuoso su inteligencia se han ido desvaneciendo, atrapados en una telaraña que aún acierta a apartar, de vez en cuando, al conjuro de una voz que le brota exangüe de los labios, aquellos labios que me enseñaron tantas benditas palabras. Todavía sus ojos se iluminan, cuando me ve llegar; todavía pronuncia mi nombre con orgullo; todavía evoca algunos episodios de nuestra hermandad indestructible, pero ya la ciega noche coloniza sus pensamientos, ya su memoria navega por los pasadizos inciertos del olvido. Con su memoria, viaja también mi entereza, que no puede soportar el dolor de ver cómo el hombre que me crió me dice adiós lentamente. Al menos me queda el consuelo de saber que, cuando su alma emigre, se posará sobre la mía, como un pájaro que busca su nido, para seguir ambas su coloquio inmortal, para seguir deletreando el mundo, para seguir caminando juntas su camino, eternamente unidas, eternamente jóvenes, eternamente invictas.

Juan Manuel de Prada, “Familia”, ABC, 27.X.2001

Se suele reprochar al Gobierno presidido por Aznar que, siendo de derechas, preste tan poca atención a la familia. Siempre me ha causado una perplejidad rayana en la jaqueca que la protección de la institución familiar se vincule con las tendencias ideológicas de nuestros gobernantes. Ante tamaña sandez, me pregunto: ¿Eran los romanos de derechas? ¿Aquella fabulosa maquinaria de amparo jurídico a la familia que idearon, sobre la que se asentaba su organización política, económica y cultural, tenía una inspiración fascistoide? Un similar estupor me sacude cuando se menciona el sentimiento patriótico entre los síntomas de adscripción al conservadurismo más cavernario. ¿Hemos de leer a Homero y a Cicerón con la prevención de saber que eran unos fachas inveterados? Son preguntas irrisorias, a las que sólo un perturbado respondería afirmativamente, pero esa respuesta ha gozado de predicamento en ciertos círculos intelectuales. Allá por los años sesenta, por ejemplo, se llegó a escribir en una revista de crítica cinematográfica: «Nos desagrada profundamente John Ford, porque es un fascista». Uno ve las películas de John Ford y encuentra en ellas una denodada vindicación de la familia, también de la patria (sobre todo de su lejana patria irlandesa), pero por mucho que se estruje las meninges no halla por ninguna parte trazas de fascismo. Salvo que por fascismo entendamos la lealtad a unos sentimientos ancestrales que garantizan la supervivencia de una sociedad.

Bueno, pues si defender la familia es una actitud derechista, hemos de convenir que el Gobierno presidido por Aznar se adscribe a la izquierda más dura. Yo más bien creo que la protección de la familia, como piedra angular sobre la que se asienta el ordenamiento de una sociedad, constituye la enseña de un gobierno inteligente. Podría afirmarse, sin temor a incurrir en la hipérbole, que los gastos y cuidados que un gobierno destina a la preservación y defensa de la institución familiar son inversamente proporcionales a los que engruesan la partida difusa de «asuntos sociales». Una protección civilizada de la familia reduciría hasta la extinción todos esos quebrantos del sistema educativo que tanto preocupan a nuestros politicastros y que tan sañudamente sufren nuestros maestros. Si los chavales llegan a las aulas sin desbravar es, en buena medida, porque han crecido en familias invertebradas, adelgazadas hasta la inanición, que no han sabido ni podido inculcarles las nociones básicas que rigen la vida en sociedad. Y la proliferación de desarreglos psíquicos entre la población actual, ¿no tendrá mucho que ver con la anulación de ese tibio cobijo que la familia nos proporciona, frente a las intemperies de la vida? ¿Por qué nadie se atreve a formular con claridad el vínculo que existe entre muchas de las recientes patologías sociales -el consumismo bulímico y descontrolado, la soledad urbana, las plurales ansiedades que desnortan nuestra brújula vital- y la sistemática demolición de la familia? Los perseguidores de esta milenaria creación humana suelen tildarla de represiva, tiránica, intemperante y castradora; tanto encono sólo puede derivarse del rencor, de ese sórdido resentimiento que la fealdad moral profesa a las cosas hermosas. Quizá las familias de estos resentidos fueron, en efecto, jaulas irrespirables donde borboteaban las pasiones más mezquinas. Y ese rencor privado han querido instalarlo a la sociedad, como las alimañas rabiosas que no encuentran alivio hasta que no consiguen contagiar su veneno mediante el mordisco. Pero quienes hemos probado el amor maternal, la protección paterna, la fraternidad tumultuosa y fecunda, las enseñanzas invictas del abuelo, estamos inmunizados contra ese mordisco. Y, además, por mucho que les joda a los resentidos, vamos a seguir reproduciendo ese mismo ámbito de hermosa creación humana, de generación en generación, aunque nuestros lastimosos gobernantes prefieran seguir gastando dinero en «asuntos sociales», categoría mucho más difusa y mucho menos fascista que la familia.

Jorge Otaduy, “Quien elige religión católica desea lo que enseña la Iglesia católica”, PUP, 23.X.2001

Jorge Otaduy, profesor de Derecho Eclesiástico del Estado en la Universidad de Navarra, explica las peculiaridades de la enseñanza de la religión en los centros públicos, según la legislación española y fruto del Acuerdo con la Santa Sede. Para el profesor Otaduy se trata, en efecto, de una relación laboral atípica consecuencia de su doble dependencia: respecto de la Administración Pública y de la Iglesia. Continuar leyendo “Jorge Otaduy, “Quien elige religión católica desea lo que enseña la Iglesia católica”, PUP, 23.X.2001″

Juan Manuel de Prada, “Elogio del refrito”, ABC, 20.X.2001

Los perseguidores de Cela se rasgan ahora las vestiduras porque el escritor ha leído un discurso que repetía con escasas variantes otro que ya había largado en una ocasión anterior. El refrito de Cela, muy saludable y divertido, demuestra varias verdades incontrovertibles: a) que los fastos culturales al estilo del celebrado en Valladolid constituyen ejercicios bostezantes donde no importa repetir lo que ya se ha dicho; y b) que los medios de adoctrinamiento de masas sólo se enteran a la segunda. Paradójicamente, el fasto vallisoletano, tan aburrido y suntuoso, no ha deparado ninguna noticia digna de mención, salvo las precisiones lingüísticas de Cela, que en Zacatecas quedaron difuminadas porque Gabriel García Márquez las apabulló con aquella boutade peregrina que postulaba la supresión de la ortografía. Hay que aplaudir, pues, a Cela, por desenmascarar la inercia que rige estos fastos, donde los zampones que manejan el cotarro se llevan la guita a casa por ensartar chorradas grandilocuentes, y encima se pavonean como si fuesen los salvadores del idioma. Y hay que rendirle un aplauso supletorio por haber dinamitado el marasmo informativo que segregaba un fasto tan superfluo. Cela, octogenario e instalado en la gloria, sigue conservando el instinto terrorista de su juventud. ¿No deberíamos agradecérselo, en lugar de abrumarlo con denuestos hipócritas? Por lo demás, el refrito constituye la cortesía máxima del escritor, que vuelve a regalar a sus lectores aquellas palabras que en otro tiempo les brindó sin que le hicieran caso. Si Cela consideraba que las precisiones contenidas en su discurso merecían la atención social, ¿por qué no habría de repetirlas dos, tres y hasta trescientas veces si le apetece? ¿Acaso no hubiese sido mucho más lamentable ofrecer un pálido remedo, una paráfrasis difusa o cualquiera de esas triquiñuelas que el escritor emplea para marear la perdiz? Además, ¿no consiste la dignidad intelectual en pensar lo mismo sobre los mismos temas? ¿No es preferible repetirse que ser un veleta? Ciertamente, el abuso del refrito puede convertir al escritor en una caricatura de sí mismo; algo así le ocurrió a Emilio Carrere, rapsoda de las musas del arroyo y de la bohemia más desastrada, que completaba los manuscritos rescatando de aquí y de allá capítulos de sus obras anteriores, a los que sólo cambiaba el título y los nombres de los personajes. Pero frente a este caso paródico de Carrere, tenemos el ejemplo de Valle-Inclán, que con gran habilidad empedraba sus novelas con retazos de los cuentos que previamente había publicado en revistas de la época. ¿Acaso la comisión del refrito rebaja el esplendor de la prosa valleinclanesca? Otro refritero insigne y recalcitrante, acostumbrado a pasar varias veces sus artículos por la sartén de la prensa, fue Julio Camba, que en los aledaños de la vejez se dedicó a rescatar piezas de juventud. En ABC no tardaron en descubrirle el ardid, pero nunca se lo reprocharon, pues, ¿acaso aquellas palabras traspasadas de sutil inteligencia no merecían los honores de la reimpresión? También Dámaso Alonso practicó con risueña impunidad el refrito en sus conferencias, que pronunciaba una y otra vez, sin variar una coma, hasta que consideraba que ya las había amortizado. Para realizar este cómputo, solía anotar en los márgenes de la conferencia mecanografiada las cantidades que le iban abonando en ateneos y casinos y cajas de ahorros, hasta completar una cifra decorosa. En alguna ocasión me ha ocurrido que algún lector me ha conminado a volver sobre el tema de algún artículo que le ha complacido especialmente. A estos lectores tan impacientes siempre les respondo con socarronería: «Paciencia, amigo, que todo se andará; basta con que dejemos correr un poco de tiempo». No saben ellos cuánto les agradezco estas incitaciones al refrito, pues las avaras musas no nos permiten ser originales sin interrupción. Afortunadamente, porque quien es original sin interrupción o es un chaquetero o es un charlatán. Cela le ha lanzado con su refrito una higa al mundo, que es como una señora sorda exigiendo que le repitamos a voces que, además de sorda, es una fea y una estrecha.

Rafael Navarro-Valls, “Los contratos del profesorado de religión en España”, PUP, 18.X.2001

El Profesor Rafael Navarro-Valls, Catedrático de la Universidad Complutense y Secretario General de la Real Academia Española de Jurisprudencia responde a las preguntas que le ha formulado nuestro redactor Óscar Garrido con motivo de la presentación en el Congreso por parte de Izquierda Unida de una moción y anteriormente una proposición no de ley en la que denunciaba que el despido de Resurrección Galera vulnera una serie de derechos constitucionales: la libertad de expresión y libertad de cátedra, derecho a la intimidad y derecho al trabajo.

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Alfonso Aguiló, “Moral laica”, Hacer Familia nº 92, 1.X.2001

Muchos padres y educadores están preocupados por la educación moral de sus hijos, alumnos, etc. Ven que bastantes de sus actuales problemas tienen la raíz en una deficiente o insuficiente formación básica en las convicciones morales, criterios de conducta, ideales de vida, valores, etc. Pero lo que más me llama la atención es que bastantes de esos padres y educadores, aun considerándose buenos creyentes, apenas cuentan con la fe a la hora de educar, y eso me parece un error de graves consecuencias.

Es cierto que se puede tener una moral muy exigente sin creer en Dios. Y también es cierto que existen personas de gran rectitud moral que no son creyentes. Y es verdad se pueden encontrar doctrinas éticas respetables que excluyen la fe. Pero no veo que ninguna de esas razones haga aconsejable que una persona creyente eduque a sus hijos como si no tuviera fe, o que ignore la importancia que tiene la religión en la educación moral de cualquier persona.

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Juan Manuel de Prada, “Sexo a la carta”, Blanco y Negro, 14.X.2001

¿No se puede detener el progreso? Un dictamen del presunto Comité Ético de la Sociedad Americana de Medicina Reproductiva desconfíen de tantas mayúsculas seguidas acaba de declarar “aceptable” que las parejas puedan elegir el sexo de sus hijos mediante la selección de embriones. Así, por ejemplo, no se consideraría reprobable que una pareja cuyo primogénito fuese varón utilizase la técnica de fecundación in vitro para obtener un embrión cuya combinación de cromosomas garantizase el nacimiento de una hembra; los embriones que no resultasen agraciados en la tómbola genética pasarían directamente a la trituradora. El dictamen de este presunto comité ético es emitido cuando la sociedad se debate en una dolorosa polémica moral sobre la experimentación con embriones: ¿es lícito progresar en el estudio de las enfermedades que desafían los remedios convencionales de la medicina a costa de aniquilar una spes vitae, una esperanza de vida?; y a la inversa: ¿es lícito aferrarse a la protección de esa spes vitae cuando se dirime la salvación de vidas ya consolidadas? Este debate, tan peliagudo y abismal, nos pilla, además, en una incómoda situación de desvalimiento, en la que la precariedad de nuestros fundamentos morales se alía con un pavoroso vacío legal, puesto que el estatuto jurídico del embrión humano no ha sido suficientemente establecido por el Derecho. Pero héte aquí que, mientras este debate se dirime, surge este dictamen del presunto comité ético estadounidense, que admite la posibilidad de destruir embriones, ya no por necesidad científica, sino por capricho. Por el puro antojo de incorporar a la prole un hijo de uno u otro sexo. Uno entendería que la selección del sexo de los embriones se realizara para evitar en la descendencia la perpetuación de taras o enfermedades hereditarias (pensemos en la sífilis, por ejemplo, aunque de nuevo nos tropezaríamos con insalvables dilemas morales. Pero, ¿qué argumentos pueden asistir a la pareja que acude a la medicina reproductiva con el deseo de elegir el sexo de su hijo? Permitirles elegir el sexo de su vástago infringe los códigos más elementales de la vida, que se rige mediante azarosas combinaciones. Quebrantar ese azar constituye, además de una postulación de la eugenesia, la antesala de una aberrante aceptación del aborto indiscriminado, siempre que el sexo del nasciturus no concuerde con las preferencias o gustos de los padres.

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Juan Manuel de Prada, “Desaliento en las aulas”, ABC, 8.X.2001

No hace falta recurrir a las encuestas para percibir el desaliento que postra a la mayoría de los maestros y profesores. Sus quejas, que ya suenan desesperadas y agónicas de tanto repetirse, se han convertido en esa marejada de fondo a la que nadie hace demasiado caso, al menos hasta que se produzca el definitivo maremoto que nos ahogue a todos. Si cada época propicia el heroísmo secreto y el sacrificio de una clase o grupo social, sobre cuyos hombros se arroja el peso de una responsabilidad sobrehumana, nadie dudará que ese papel poco remunerado (al menos, poco remunerado espiritualmente) se le ha asignado en nuestro tiempo a los maestros y profesores, cada vez más desatendidos en sus tareas educativas. Hemos logrado despojar de significado aquel adagio popular que asociaba la labor docente con la pobreza («pasa más hambre que un maestro de escuela»), pero a cambio hemos volcado sobre quienes la ejercitan la misión demasiado gravosa de servir de parapeto y muro de contención frente a la inepcia de nuestra política pedagógica y a la descomposición de los modelos familiares establecidos. Padres, profesores y alumnos coinciden en destacar la influencia insustituible que la institución familiar ejerce sobre el niño. Pero la desmembración de la familia, así como el asedio al que se ha visto sometida desde muy diversos frentes, dejan al niño expuesto a la intemperie del desamparo, huérfano de ese cimiento afectivo y cultural sin el cual resulta imposible levantar el edificio educativo. Algún día, cuando por fin se escriba la crónica veraz de nuestro tiempo, habrá que empezar a señalar con el dedo a los miserables que han jugado insensata y alevosamente a destruir el cimiento familiar, convencidos de que era el último baluarte donde se refugiaba la «reacción». Estos miserables, a quienes guía el afán de profanar lo sagrado y el más turbio resentimiento (no habría más que escarbar en las alcantarillas de su pasado), han logrado, mediante el recurso sistemático de la insidia, minar la piedra angular sobre la que se afirmaba nuestra convivencia y nuestra cultura. Ahora, la familia -o los jirones que de ella restan- ya no es aquella placenta en la que el niño asimilaba, mediante herencia secular, unos códigos de conducta y una forma de estar en el mundo, sino el páramo despavorido (¡sálvese quien pueda!) donde el niño crece sin brújula, expuesto a influencias que dejan en su piel, maleable como la arcilla, la huella de la vileza.

Desgajados de ese tejido familiar que antaño los nutría, los niños ya no van a la escuela para completar el alimento espiritual que recibían en casa. Ahora, los niños -y esto bien lo saben los desalentados maestros- son enviados allí por los padres remolones para que se desfoguen y desbraven; puesto que nadie de su familia se ha preocupado de ensayar esta labor de doma -que, convenientemente entreverada de cariño, constituye el más sano aprendizaje-, el niño llega a la escuela asilvestrado y enemigo, poco dispuesto a acatar las recomendaciones del maestro (mucho menos sus órdenes, que el acoquinado maestro ya ni siquiera se atreve a formular) y, a poco que éste se descuide, preparado para subírsele a las barbas. Súmese a esta pavorosa intemperie familiar que el niño arrastra la indigencia y la babosería de unos planes de estudio que premian la mediocridad y castigan la excelencia, que aborregan al estudiante y maniatan al maestro, que impiden la reprensión y el castigo, que estimulan la algarabía cejijunta del «todo vale» (hasta la promoción automática, no importa el número de asignaturas suspensas) y reprimen la enseñanza de esas disciplinas que conforman nuestro código genético y explican nuestro lugar en el mundo, a través del espejo insustituible del pasado. Con tanta vileza promovida por los miserables y los tontos, ¿a quién puede sorprenderle el desaliento de los maestros?

Ignacio Sánchez Cámara, “La barbarie, contra la religión”, ABC, 8.X.2001

La barbarie del 11 de septiembre, y el fundamentalismo fanático del que se nutre, ha servido para cargar las baterías de los enemigos de la religiosidad.

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