Alfonso Aguiló, “El enemigo más fuerte”, Hacer Familia nº 257-258, 1.VII.2015

El historiador romano Tito Livio, educador del emperador Claudio, se lamentaba con amargura de la decadencia de la sociedad en que vivía, y lo resumía en una frase lapidaria: “Hemos llegado a un punto en el que ya no podemos soportar, ni nuestros vicios, ni los remedios que de ellos nos curarían”.

Se refería, por ejemplo, al deterioro de la familia. Los romanos, dueños de todo el mundo conocido, parecían incapaces de remontar su bajísima tasa de natalidad. Poco a poco, se habían vuelto muy remisos al compromiso y al sacrificio que supone el matrimonio y la crianza de los hijos. En el imperio había cada vez más divorcio, la fidelidad era objeto de mofa y era muy frecuente la práctica del aborto y el abandono de recién nacidos. Y así, aquella Roma creadora de aquel gran imperio, el primer Estado de Derecho, iba entrando poco a poco en el camino de su ocaso: su poder y su implantación eran enormes y por eso aguantaría aún mucho tiempo antes de caer, agotada su vitalidad, en manos de los bárbaros.

El mundo romano ofrecía una imagen de majestad, de orden y de poderío. Poseía un magnífico sistema político. Pero todo aquello encubría un gran desorden interior y un afán de poder y de placeres que rebajaban mucho la calidad de sus ideales. Por eso, personas lúcidas como Tito Livio comprendían que el peligro no venía tanto de los bárbaros que amenazaban sus fronteras, sino sobre todo de aquella carcoma que corroía los cimientos de aquella sociedad y que se manifestaba en una corrupción moral que se exhibía sin el menor recato.

A un ambiente de búsqueda constante de lujos y exquisiteces, se sumaba una vida de ociosidad. Y todo ello contrastaba con la miseria de los pobres y con la opresión contra los esclavos. Aquella economía tan basada en el esclavismo producía amos incapaces para trabajar, con lo que la esclavitud, además de ser una gran injusticia, desplazó al campesinado libre y no lo sustituyó por nada. ¿Quién se iba a preocupar por mejorar los medios de producción cuando los esclavos hacían tan barata la mano de obra? Y el esclavismo solo podía alimentarse con la guerra. La economía se sostenía con los impuestos y con el botín de las provincias conquistadas. Ambos hacían crecer el odio que destruía las raíces mismas del imperio. Las ciudades estaban llenas de magos, astrólogos y charlatanes, todo ello en medio de un gran vacío espiritual. Los romanos se reían de las costumbres judías y cristianas, quizá porque el hombre siempre ha tendido a menospreciar lo que no se ve capaz de entender o de vivir, lo que amenaza sus viejas rutinas aburguesadas.

Por eso, otro hombre lúcido, ya en el siglo IV, acabó por decir que “lo que hace tan fuertes a los bárbaros son nuestros propios vicios”. San Jerónimo conocía bien el Imperio y su prolongada decadencia. En pleno declive de Roma, no teme tanto a los bárbaros, que van conquistando las periferias del imperio, sino que se teme sobre todo a sí mismo, a la sociedad en que vive, a la propia cristiandad romana a la que faltaba el fervor de sus inicios.

Este breve y somero recorrido sobre el ocaso del imperio romano es una muestra de cómo las personas, desposeídas de su energía moral, acabamos por ser extremadamente vulnerables. La falta de fuerza interior, esa debilidad que se contagia en el ambiente, que se alimenta de la falta de valores morales, ahoga la energía y la fortaleza que necesitamos para mantener, defender y llevar a la práctica nuestras convicciones y nuestros proyectos de vida.

Alfonso Aguiló, “¿Intereses o principios?”, Hacer Familia nº 256, 1.VI.2015

Los Acuerdos de Múnich fueron aprobados y firmados durante la noche del 30 de septiembre de 1938. Ante la escalada de violencia y el inminente estado de guerra, el primer ministro británico Neville Chamberlain y el presidente francés Édouard Daladier acudieron dispuestos a darle a Hitler lo que pedía -los Sudetes- para que el Führer dejara en paz a franceses y británicos. Abandonaron a sus aliados, sin formular siquiera una consulta al gobierno checoslovaco, y, como es sabido, Hitler tardó muy poco en incumplir su palabra y anexionarse todo el país.

El pacto supuso la claudicación de las democracias ante un tirano que observaba con satisfacción que nadie ponía freno a sus desmesuradas ambiciones territoriales. Los nazis llevaban años militarizando el país, pero en aquel momento aún no estaban preparados para la guerra mundial que se desataría si invadían a los checos. Con este acuerdo Hitler ganó tiempo para asimilar los recursos que proporcionarían Austria y Checoslovaquia y que servirían para reforzar su poderosa maquinaria de guerra, que estuvo lista al año siguiente cuando el objetivo fue Polonia y la guerra mundial una realidad ya inevitable.

Es difícil saber si aquella cesión ante Hitler en 1938 fue una decisión razonable, con los datos que entonces tenían. Pero el tiempo pareció demostrar que eludir el conflicto en aquel momento trajo consigo poco después un conflicto bastante mayor.

No significa esto que habitualmente sea mejor el conflicto que la conciliación. Es más, lo habitual es lo contrario. Pero el apaciguamiento como único principio tampoco funciona. Eludir la resistencia debida suele llevar al fracaso. Y cuanto más tarde, con más coste.

Es frecuente escuchar, o simplemente observar, cómo en muchas familias los niños son educados en la sencilla idea de que casi todo da lo mismo mientras nuestro pequeño mundo no se vea alterado. Y entre gente adulta, con frecuencia observamos algo bastante parecido. Se defienden a toda costa los intereses propios o de grupo, coincidan mucho o poco con los principios a los que sirven, y si esos intereses se alejan de las ideas que les han inspirado, no hay mucho problema en esconderlas un poco o incluso abandonarlas sin demasiada reflexión: lo importante es no sufrir daños, y eso a cualquier precio.

Hay quizá demasiadas personas para las que parece que no merece la pena sufrir por casi ninguna causa. Y que basta con una lágrima de vez en cuando por los males y la injusticias que sufren otros, pero no están dispuestos a sacrificar nada de lo suyo. Maldicen siempre a los poderosos, que consideran culpables de todos los males, pero no dudan en arrimarse a ellos para conseguir ventajas, traicionando con facilidad sus principios o lealtades.

Quieren paz para gozar de sus derechos, pero si se presenta alguien con actitudes violentas o amenazantes para imponer su criterio, les parece que lo lógico es ceder, dar lo que pide al que amenaza, aunque sea la cabeza del amigo, porque no queremos complicaciones, no queremos que peligre en nada nuestra cómoda subsistencia. Como ha escrito Hermann Tertsch, en ninguna época ha sido atractivo morir, pero quizá nunca como ahora está la gente dispuesta a todo por seguir vivo.

Muchas veces, lo inteligente, y lo necesario, es eludir el conflicto. Pero, en otras ocasiones, eludir un conflicto supone otro mayor. Cuando nos vence la cobardía, cuando rehuimos algo y en nuestro interior sabemos que lo hacemos sobre todo por evitarnos un mal trago, y no por más elevados motivos, entonces estamos escondiéndonos detrás de muros de miedo, de pereza, de orgullo, de egoísmo.

Alfonso Aguiló, “La verdad, de donde venga”, Hacer Familia nº 255, 1.V.2015

El 18 de marzo de 2015, casi veinte años después de haberse cometido los crímenes, el Gobierno de Serbia ordenó la detención de ocho ciudadanos suyos por haber participado en la matanza de Srebrenica el 11 de julio de 1995. Estos ocho ex-miembros de la temida Policía especial serbobosnia estaban acusados de haber participado directamente en la ejecución sumaria de unos mil varones bosnios musulmanes, de los ocho mil que murieron durante los tres días de exterminio ordenados por el general serbio Ratko Mladic.

Ratko Mladic y Radovan Karadzic ya habían sido detenidos unos años antes, por orden del Tribunal Internacional de La Haya y en cumplimiento de leyes internacionales. Pero estas detenciones de 2015 eran por iniciativa del gobierno serbio, y una muestra de su decisión de perseguir de oficio los crímenes cometidos en su nombre, lo cual es bastante diferente, pues mejor es la justicia buscada que la impuesta. Reconocer los crímenes cometidos por el bando propio en una guerra, o en cualquier conflicto en el pasado, muestra que hay voluntad de mejora y de enmienda en una sociedad. Así se protege la reconciliación, purificándola de los intentos de capitalizar el dolor del pasado a favor de los propios intereses del presente.

Algo similar sucedió en Alemania cuando, también veinte años después de los juicios de Nuremberg, se iniciaron los procesos contra sus propios criminales y se avanzó tanto en ese camino sanador que acompaña a la verbalización de las verdades y la condena de los errores. Asumir la realidad de los hechos cometidos por los propios es un compromiso indeclinable para impedir que aquello se repita.

Quizá, si nos fijamos en nuestro entorno más próximo, nos encontramos con que no es demasiado frecuente esa actitud de autocrítica y objetividad al hablar de los errores de nuestra historia reciente o menos reciente. Quizá nos cuesta bastante reconocer y condenar las culpas cometidas por quienes están en el lado que a cada uno resulta más próximo, y quizá por eso la reconciliación siempre está tan expuesta a la manipulación y la desmemoria. La mirada limpia hacia el pasado intenta buscar esa verdad, venga de donde venga, vaya a favor de nuestras simpatías o intereses, o vaya frontalmente en contra. Solo esa neutralidad, esa apuesta por los resultados de un análisis desapasionado y libre de prejuicios nos alejará de esa patética agitación del victimismo con que algunos parecen estar siempre buscando motivos para la revancha.

No se trata de hacer autocrítica patológica, como esos que parecen empeñados en escarbar en lo menos presentable de su historia, que en el fondo no sienten suya. Ni me refiero tampoco a hacer el juego a los que se dedican a imponer autoinculpaciones a los demás. Ni a los que exigen abominar del propio pasado y de las propias raíces como prueba única y obligada de honestidad. No se trata de dar gusto a los exigidores de autocrítica forzada, sino de volver cada uno la mirada atrás con valentía, con la máxima objetividad, con el deseo limpio de reconocer la verdad, la que nos gusta y la que no, la que confirma nuestras hipótesis y la que las cuestiona, la verdad que tranquiliza y la que inquieta. La verdad, de donde venga, asumida con toda libertad.

Alfonso Aguiló, “Recibir feedback”, Hacer Familia nº 254, 1.IV.2015

La falta de valor para abordar conversaciones difíciles suele ser uno de los mayores obstáculos en la comunicación entre las personas. No es fácil aprender a dar feedback de un modo que resulte positivo, pero parece que es aún más difícil aprender a recibirlo. Y por muy persuasivo y empático que sea el emisor del mensaje, el destinatario es finalmente quien decide si lo acepta o si se pone a la defensiva y lo rechaza.

Todos deseamos aprender. Todos queremos mejorar como personas. Queremos saber qué piensan los otros de nosotros, cómo nos valoran. Queremos ser reconocidos y aceptados. Todo eso nos provoca sentimientos contrapuestos. Queremos saber la verdad, pero nos cuesta aceptarla. Por eso es importante desarrollar nuestra capacidad de encajar la crítica. Es más, si sabemos incluso pedir oportunamente valoraciones críticas de lo que hacemos (con la voluntad de mejorar, no en busca de cumplidos), mejorará nuestro modo de actuar y mejorará la percepción que los otros tienen de nosotros.

Cuando recibimos una crítica, lo natural es que surja espontáneamente un primer movimiento interior de negación y de rechazo. Enseguida nos fijamos en los aspectos más cuestionables de lo que nos dicen, que siempre los hay. Pero también sabemos que, aunque el 90% de la crítica careciera de un fundamento real, el 10% restante bien podría ayudarnos a mejorar.

Para entender las implicaciones de un comentario que nos hacen, conviene pensar qué lo ha motivado y qué pretende con ello la persona que lo ha hecho. De entrada, conviene quizá procurar prolongar un poco esa conversación, para hacerse una idea más clara de lo que nos intentan decir. Lo normal es que haya habido un primer comentario de tanteo, y que nuestro interlocutor solo continuará explicándose si encuentra en nosotros una suficiente receptividad. Y sea muy acertado o poco lo que nos dice, esas conversaciones, si se saben aceptar y agradecer, suelen servir para fortalecer una relación personal.

Otro punto interesante es saber separar el mensaje del mensajero. Nuestra primera reacción al feedback suele ser no tanto al propio consejo recibido como a la persona que nos lo da. Es posible que el consejo no lo hubiéramos pedido. O que nos lo hayan dado en un momento poco oportuno. O de un modo poco cordial o proactivo. Es cierto que todos deseamos tener consejeros expertos, con credibilidad, que nos inspiren confianza y que nos ayuden en el momento y de la forma oportunas. Si los tenemos, estupendo, somos muy afortunados, cuidémoslos. Pero lo habitual es que la mayor parte del feedback que recibamos provenga de personas que no son de nuestro agrado, y es por lo que conviene separar el mensaje del mensajero, para así aprovecharlo a pesar de todo. Porque lo más habitual es que el feedback provenga de jefes que no tienen tiempo, compañeros de trabajo difíciles o clientes maleducados, que nos hacen comentarios que, aunque nos resulten desagradables, no por eso dejan de ser útiles. Curiosamente, a veces las opiniones más valiosas proceden precisamente de las personas con las que más nos cuesta trabajar o relacionarnos.

Hay personas que no se enteran de lo que se les dice aunque se les hable de modo claro y directo. Y hay otras personas que son tan sensibles que se desestabilizan con el más pequeño comentario. Cada uno debe examinar cómo reacciona él mismo ante los comentarios que recibe, y examinar a su vez cómo reaccionan los demás ante los que reciben. No es mala idea hablar sobre esto con las personas que tratamos, para saber mejor cómo reacciona cada uno y actuar en consecuencia. A medida que vayamos aprendiendo a encajar los comentarios de los demás, ya no hará falta que esos consejos sean perfectos, dados por personas perfectas y de un modo perfecto. Aprenderemos a aprovechar hasta los consejos más torpes e inoportunos, y facilitaremos que los demás hagan lo mismo.

Alfonso Aguiló, “Conciliar derechos”, Hacer Familia nº 253, 1.III.2015

Charlie Hebdo es el nombre un semanario satírico francés fundado en 1992, que tomó su nombre de una publicación satírica que existió entre 1969 y 1981 (primero como Hara-kiri y Hara-kiri hebdo). Con sus publicaciones consiguió sucesivamente la indignación de musulmanes, judíos y cristianos. Pero cuando la revista cobró relevancia internacional fue al involucrarse en la controversia sobre las caricaturas de Mahoma en el año 2006. Charlie Hebdo republicó las caricaturas aparecidas en el periódico danés Jyllands-Posten. Fue también el medio que publicó el manifiesto de doce intelectuales como Salman Rushdie o Bernard-Henri Lévy a favor de la libertad de expresión y en contra de la autocensura, y fue demandado por autoridades islámicas francesas, acusándole de un delito de “injurias públicas contra un grupo de personas en razón de su religión”.

Pero lo que sin duda tuvo una enorme repercusión mundial fue lo que sucedió en la mañana del 7 de enero de 2015, cuando dos hombres encapuchados y vestidos de negro, portando fusiles automáticos Kalashnikov, irrumpieron en la sede de Charlie Hebdo, en el número 10 de la Rue Nicolas Appert, en París, y mataron a doce personas, dos de ellas policías, e hirieron de gravedad a otras cuatro. La organización terrorista Al-Qaeda en la Península Arábiga reivindicó el atentado “como venganza por el honor” del profeta Mahoma, fundador del Islam.

Aquella horrible matanza recibió una merecida y contundente condena internacional. Lo que no fue unánime ni contundente, sino bastante controvertida, fue la defensa que muchos hicieron entonces sobre el “derecho a la blasfemia”, simplificando bastante el complejo debate en torno a la necesaria conciliación entre la libertad de expresión y el respeto religioso. Que la blasfemia no esté manifiestamente prohibida no significa tener derecho a la ofensa.

La democracia actual sería muy vulnerable si no reconociera que se fundamenta en unos presupuestos que a sí misma no se puede dar, puesto que los valores que exige la democracia se construyen en espacios pre-políticos y pre-democráticos. La convicción de que el otro tiene dignidad y merece nuestro respeto no nace como fruto de un proceso político concertado, sino que se trata siempre de algo previo a todo eso.

Para muchos, la clave para solucionar el conflicto está en rehabilitar el paradigma moral de una ética civil desligada de cualquier trascendencia. Aseguran que todos serían mejores ciudadanos si fueran educados en una ética laica, sin sanciones trascendentes, y no una ética religiosa, que hay que ir “deconstruyendo” para evitar fundamentalismos. Sin embargo, identificar religión con fundamentalismo sería tan simple como identificar la ética civil con los totalitarismos ateos que jalonan nuestra historia.

Resulta positivo abrir un debate sobre la ética civil y la ciudadanía, pero no resulta positivo acompañarlo de un supuesto derecho a la ofensa a las creencias religiosas de grandes colectivos sociales. Para Occidente, vulnerar la conciencia religiosa puede no ser muy ofensivo, pero para un amplio sector radicalizado del mundo islámico esos comportamientos irreverentes de Occidente son una dura provocación que merece una respuesta violenta. Es obvio que se trata de una respuesta inadecuada y condenable, y que matar en nombre de Dios es una clara alienación de la religión, pero Occidente no debe continuar con tan inoportunas ofensas a sus sentimientos religiosos.

Se observan, además, ciertas contradicciones. No es cierto que las sociedades occidentales no limiten la libertad de expresión, ni que exista tan amplio “derecho a la ofensa”. Muchos países consideran delito la apología del terrorismo, el enaltecimiento del nazismo, la ofensa a los sentimientos sionistas o las afirmaciones homófobas. Hay, por tanto, figuras bastante próximas al delito de blasfemia, y no estoy diciendo que me parezcan mal. Pero no está claro por qué puede ser un delito ofender a unos, y un derecho ofender a otros. Nuestro respeto a la cultura del otro está arraigado en nuestro respeto del intento que hace cada cultura para responder a los interrogantes de la vida humana. Esas diferencias entre culturas pueden, mediante el respeto mutuo, transformarse en fuente de un entendimiento más profundo del misterio de la existencia humana. Hay que cultivar la receptividad y el entendimiento en torno a la diferencia cultural y religiosa. Tenemos que ser capaces pensar más en el otro y de ponernos en su lugar.

Alfonso Aguiló, “Optimismo en tiempos difíciles”, Hacer Familia nº 252, 1.II.2015

De Norman Foster dicen sus biógrafos que nació en el lado equivocado de las vías de ferrocarril que separan el centro de Manchester de los húmedos y fríos suburbios de la ciudad.

Discurre el año 1935. Sus padres, Robert Foster y Lilian Smith, alquilan una modesta vivienda en Crescent Grove, en Levenshulme, por 14 chelines a la semana. Se instalan allí con su bebé, y aquel chico parece destinado a la vida humilde propia de su clase social. No hay teléfono en casa de los Foster. Tampoco libros. La televisión aún no existe. Sus padres son muy trabajadores y sus modestos empleos no les dejan mucho tiempo para atender a su hijo único, que con frecuencia queda al cuidado de familiares y vecinos. Asiste a la escuela en Burnage, pero allí se siente un tanto desplazado. Cuando tiene 16 años, su padre le convence para hacer el examen de ingreso para trabajar como aprendiz en el Departamento de Tributos del Ayuntamiento. Aprueba el examen y sus padres están encantados, pero a Norman aquel trabajo le decepciona.

Después de hacer el servicio militar en la Royal Air Force, una elección inspirada por su pasión por los aviones, a su regreso no quiere volver a su empleo en el Ayuntamiento como sus padres desean. Empieza a trabajar como asistente en un pequeño estudio de arquitectura, John Bearshaw and Partners. En sus ratos libres, Norman va haciendo un portfolio con sus propios diseños. Se lo enseña un día a Bearshaw y este se queda impresionado de sus dotes como dibujante, hasta el punto de que le asigna un puesto entre los diseñadores de su equipo. Tiempo después, Bearshaw trata de convencer a Foster para quedarse allí y aprender poco a poco su oficio como diseñador, pero el joven declina el ofrecimiento porque se ha propuesto estudiar la carrera de arquitectura en la universidad.

En 1956, Foster obtiene plaza en la Escuela de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Manchester. No consigue beca, por lo que, para pagarse sus estudios, tiene que vender helados, ser vigilante de una sala de fiestas y trabajar por las noches en una panadería local haciendo bollos. Combina todo eso con largas visitas a la biblioteca pública en Levenshulme, donde sigue con gran interés en la obra de Frank Lloyd Wright, Ludwig Mies van der Rohe, Le Corbusier y Oscar Niemeyer.

Se gradúa en 1961. Su extraordinario expediente le permite disfrutar de la beca Henry Fellowship y hacer un postgrado en la Universidad de Yale. La etapa norteamericana resulta decisiva. América parece ser un lugar donde el éxito depende solo del talento y el esfuerzo. En 1962, de vuelta a Inglaterra, pone en marcha su propio estudio. Medio siglo después, Foster + Partners es una gran corporación, una firma de arquitectura que ha dejado su impronta en los cinco continentes, y donde trabajan 1.400 personas, entre ellas más de 600 arquitectos de 50 países.

La biografía de Foster es la de un hombre hecho a sí mismo, que llega a ser figura indiscutible de la arquitectura mundial, por su esfuerzo, con una cierta dosis de suerte, es verdad, pero también de drama. Foster asegura que es preciso ser siempre personas inquietas y optimistas: “No creo que el optimismo haya que reservarlo solo para los buenos tiempos. En épocas difíciles también necesitamos tener una mente abierta, compromiso con el trabajo duro, profesionalidad… A todo eso me refiero cuando hablo de optimismo. Las construcciones más emblemáticas de New York, como el Empire State Building o el Rockefeller Center o el Chrysler Building se concibieron en momentos de una profunda depresión económica en el país. Soñaban con cosas grandes y luchaban por hacer realidad sus sueños.” Su biografía resulta muy interesante. Es un ejemplo de superar lo que parece ser el destino y no lo es. Un ejemplo de aspirar a metas altas, de mantener el norte, de apoyarse en esas ideas meridianas que a algunos les parecen una quimera pero son las que inspiran las vidas de las personas. Un ejemplo de constancia y de inconformismo, de optimismo en tiempos malos, de no rendirse. Una buena referencia para aquellos quieren aspirar a más y no rendirse antes de tiempo.


Architect Norman Foster at The Hearst Tower in New York

Alfonso Aguiló, “Historia de un desafío”, Hacer Familia nº 251, 1.I.2015

Malala Yousafzai nació en 1997 en Mingora (Pakistán), y en octubre de 2014, a los 17 años, recibió el Premio Nobel de la Paz y pasó a ser la persona más joven premiada con este galardón en cualquiera de sus categorías en toda la historia.

A principios de 2009, cuando aún no tenía 12 años de edad, Malala empezó a escribir un blog en línea en la BBC, en lengua urdu, bajo el seudónimo Gul Makai. En sus relatos iba contando el transcurrir de su vida bajo el régimen del temible Tehrik e Taliban Pakistan (TTP), grupo terrorista vinculado a los talibanes, que estaba intentando tomar el control del valle del río Swat. Las escuelas privadas habían recibido orden de cerrar a través de un edicto talibán que prohibía también la educación de las niñas. Trataban de imponer su interpretación de la Sharia y habían destruido cerca de 150 escuelas en el último año.

Malala seguía escribiendo en ese blog y era cada vez más conocida por su encendida defensa de los derechos civiles. Pero su lanzamiento definitivo fue el verano de que aquel mismo año 2009, con el documental Class Dismissed: The Death of Female education, dirigido por Adam Ellick e Irfan Asharaf, del New York Times, que mostraba la vida de Malala y su padre, Ziauddin Yousafzai, y cómo la educación de las mujeres era casi imposible en aquellos lugares.

El 9 de octubre de 2012 Malala fue víctima de un atentado en Mingora a manos de un miliciano del TTP. Aquel hombre, después de abordar el vehículo que servía como autobús escolar, le disparó en repetidas ocasiones con una pistola impactándole en el cráneo y en el cuello. El portavoz del TTP, Ehsanullah Ehsan, afirmó que intentarían matarla de nuevo. Dos estudiantes que iban en el mismo autobús también fueron heridas. Malala fue llevada en helicóptero a un hospital militar. El atentado suscitó inmediatamente la condena internacional y el día 15 fue trasladada al Queen Elizabeth Hospital de Birmingham, en Reino Unido, para seguir con su recuperación, donde tuvo que continuar con la rehabilitación y fue sometida a una cirugía reconstructiva.

Después de implantarle una placa de titanio y un dispositivo auditivo, Malala regresó a las clases en una escuela secundaria británica en Birmingham: “Volver al colegio me hace muy feliz. Mi sueño es que todos los niños en el mundo puedan ir a la escuela porque es su derecho básico”, afirmaba en unas declaraciones a la prensa.

Malala Yousafzai ha pasado a ser un símbolo icónico del derecho universal de las niñas a la educación. Con su lucha y su valentía se ha convertido en una destacada portavoz de los derechos de la mujer. “Ha demostrado con su ejemplo, bajo las circunstancias más peligrosas, que los niños y los jóvenes también pueden contribuir a mejorar su propia situación”, decía el comunicado del comité que concedió el premio Nobel.

En su libro de memorias I Am Malala: The Girl Who Stood Up for Education and Was Shot by the Taliban cuenta cómo empezó toda la historia que le ha hecho famosa. Sabe que se ha convertido en un símbolo mundial, y sabe que los terroristas temen más a una niña con un libro que a un ejército.

Para mejorar el mundo en que vivimos, la educación y la valentía son factores transformadores verdaderamente decisivos. El testimonio audaz de esta joven bloguera pakistaní, desconocida de todos, ha pasado a ser un grito universal a favor de sus derechos. Una niña de una de las zonas más abandonadas del mundo logra, con su determinación y su arrojo, poner en jaque a toda una barbarie que tenía aterrorizado al país.

Hay una frase que ella no se cansa de repetir: “Un niño, un maestro, un libro, un bolígrafo, pueden cambiar el mundo”. Lo proclama con rotundidad, entre desafiante y agradecida. Su ejemplo nos habla de valor y de inteligencia, de cultura y de determinación, de la fuerza de la palabra y la razón frente a la debilidad avasallante de la sinrazón.