Alfonso Aguiló, “El triunfo y el fracaso, esos dos impostores”, Hacer Familia nº 278, 1.IV.2017

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Del escritor Rudyard Kipling (Premio Nobel de Literatura en 1907) se decía que, después de Shakespeare, era el único británico que escribía con todo el diccionario. Sabía administrar una inmensa profusión léxica sin caer en la pedantería. Cada línea y cada palabra suya habían sido sopesadas con todo cuidado.

Fue autor de poemas, relatos y cuentos. Quizá su obra más conocida fue “El libro de la selva”. Sus relatos han inspirado y siguen inspirando muchas películas de éxito. De la misma manera, casi todos sus escritos han sido objeto recurrente de citas y frases lapidarias. Sin buscarlo, ha inspirado multitud de recomendaciones que hoy encontramos en los libros de autoayuda.

Uno de sus éxitos más relevantes fue el poema titulado “If”, que apareció por vez primera en el «Brother Square Toes» en 1910. Está escrito en un tono paternal, como una serie de consejos para su hijo John. Es un ejemplo del estilo de la época victoriana, pero su reconocimiento ha sido enorme y duradero, hasta el punto de que numerosas encuestas lo han señalado durante décadas como el poema favorito de los británicos. Entresacamos algunos de sus versos:

Si puedes mantener la cabeza en su sitio cuando a tu alrededor todos la han perdido y te cubren de reproches.
Si puedes seguir creyendo en ti mismo cuando todos dudan de ti, pero también aceptas que tengan dudas.
Si puedes esperar y no cansarte de la espera. Si siendo engañado no respondes con engaños. Si siendo odiado no incurres en el odio. Y aun así, no te las das de bueno ni de sabio.
Si puedes soñar sin que los sueños te dominen. Si puedes pensar y no dejas que tus pensamientos sean tu único horizonte.
Si puedes hablar con éxito a las masas y conservar tu virtud. O caminar junto a los poderosos sin menospreciar por ello a la gente común.
Si puedes encararte con el triunfo y el desastre, y a esos dos impostores los tratas de la misma manera.

Este último verso está escrito en la pared de la entrada de jugadores de la pista central de Wimbledon, y es quizá el más conocido.

Los logros y derrotas se repiten de modo continuo en la vida de todos. Convivimos a diario con esos dos impostores, que aparecen y desaparecen de nuestras vidas cada vez que acometemos cualquier tarea, y con frecuencia nos confunden y nos ofuscan. Si los vemos con un poco de perspectiva, aceptaremos las victorias con humildad y las derrotas con ánimo y fortaleza, sin ver como permanentes ni a la una ni a la otra.

El éxito no es la medida ni el valor de lo realizado. Necesitamos tolerancia a la frustración, porque siempre habrá muchos fracasos. El dinero, el poder, la victoria, la popularidad, o todas las posibilidades de reconocimiento que presenta la vida, no son la mejor medida de las cosas, porque sabemos que muchas veces aparecen como un impostor bajo la máscara de logros efímeros y pasajeros.

En los años que nos queden de vida pasarán por nuestro lado una enormidad de éxitos y fracasos, de reconocimientos más o menos merecidos, de adulaciones de oportunistas, de fracasos en los que quizá pocos permanecerán a nuestro lado. Triunfo y derrota pueden ser efectivamente unos grandes impostores. Es fácil estar comprometido con una causa cuando las cosas van bien, cuando el viento sopla a favor, pero no es lo mismo cuando se complican las cosas, y es entonces cuando se muestra la calidad de las personas y su compromiso con los valores que las inspiran. Por eso Kipling recomienda la misma templanza ante los fracasos o ante los triunfos, pues ambos tienen una gran capacidad de deslumbrarnos o seducirnos.

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Alfonso Aguiló, “Educar en humildad”, Hacer Familia nº 277, 1.III.2017

No hace mucho podía leerse en la prensa una curiosa noticia: “Pagar 30.000 libras para que enseñen humildad a tu hijo: Avenues llega a Londres”. Hubo un tiempo en que los colegios más exclusivos ofrecían ese valor añadido a través de sus instalaciones deportivas, idiomas o cursos de intercambio. Sin embargo, lo que ahora parece que muchos buscan en las escuelas de élite es que enseñen humildad. Y las familias más pudientes hacen cola para poder pagar esas cantidades en Avenues, The World School.

El primer campus fue inaugurado en septiembre de 2012 en Nueva York, en el selecto barrio de Chelsea, con una inversión de 60 millones de dólares. Hay muchos otros colegios prestigiosos, como Eton donde la matricula ronda los 37.000 libras anuales, pero esto de la humildad aparece ahora como algo novedoso. La pregunta es: ¿es fácil enseñar humildad a unos alumnos cuyos padres pagan esas cuotas? Los fundadores de Avenue no lo explican con mucha claridad, pero cada año hay lista de espera para poder acceder al centro.

Según ‘The New York Times’, Manhattan se ha transformado en un mercado para la creación de futuros líderes globales. Los jóvenes son emocionalmente inteligentes, pero poco humildes. Cuando se solicitó un informe para estudiar la creación de nuevas escuelas, preguntaron a las universidades más reputadas cuál era la carencia que encontraban entre los solicitantes de la Gran Manzana. Casi todas las respuestas giraron en torno a la idea de los valores, el compromiso cívico, la inclusión y la diversidad. En una palabra, la humildad. Y fue entonces cuando los fundadores de Avenues vieron la oportunidad de negocio.

No deja de ser extraño hacer negocio en torno a la humildad, pero parece que se trata de una virtud que todos apreciamos bastante. A nadie nos gusta trabajar o convivir con personas arrogantes, vanidosas o engreídas. Cuando vemos a alguien que se considera superior, que está siempre presumiendo, que no deja pasar ocasión de intentar quedar por encima de los demás, de contarnos todo lo que ha hecho o sabe hacer, lo normal es que esa persona nos cause bastante mala impresión. Sin embargo, él o ella lo hacen pensando que con eso quedan muy bien. Y ahí está una de las primeras paradojas de la soberbia: ciega tanto a las personas que les hace mostrarse de modo contrario a lo que desean.

Pienso que no está de más enseñar a todos desde pequeños, en la escuela y en la familia, a ser menos orgullosos, menos altivos, menos engolados. Que nos ayuden a entender que ser jactancioso o fanfarrón es algo penoso y, además, claramente contraproducente. Todo esto puede ser un poco más difícil para quien procede de las capas más altas de la sociedad, pero lo cierto es que siempre es difícil para todos, porque ninguno escapamos de los engaños de la vanidad o la soberbia. Por eso es una suerte poder desarrollar la propia psicología en un entorno de sencillez, modestia y humildad. Porque solo cuando esas actitudes calan en nuestro interior se abre camino la verdadera lucidez de la mente. Cuando nos hacemos fuertes ante la adulación desarrollamos mejor nuestra propia identidad. Solo construimos de verdad nuestro carácter cuando resistimos ante la indignación que tantas veces nuestro ego se encarga de alimentar equivocadamente. Solo avanzamos en la buena dirección si sabemos contener ese excesivo afán de protagonismo, o esa tendencia a sentirnos agraviados por cualquier cosa, o ese sutil deseo de despertar envidias, o de quedar siempre por encima de los demás. Solo entonces nos hacemos fuertes frente a los celos, los resentimientos o la altanería.

Todo ello es compatible con un sano deseo de agradar a los demás, de ser valorado, de ser reconocido, de gozar de una buena imagen ante los demás. Son sentimientos sanos y legítimos, pero les sucede como a cualquier órgano de nuestro cuerpo, que pueden funcionar de forma sana pero también pueden arruinarse porque un tumor los haga desarrollarse desordenada y anormalmente.