8. ¿Se me tiene que haber ocurrido a mí?

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El mayor espectáculo
es un hombre esforzado luchando contra la adversidad;
pero hay otro aún más grande:
ver a otro hombre lanzarse en su ayuda.

Oliver Goldsmith

      

       -En la vocación, es uno mismo el que debe responder y, por tanto, el único responsable ante Dios. ¿Eso no supone que deba surgir como algo espontáneo, que se me tenga que haber ocurrido a mí? ¿No te parece que, si me lo ha sugerido otro, es un descubrimiento forzado y, por tanto, antinatural?
      
       Tu punto de partida es perfectamente razonable. Nadie debe atosigarte, ni coartar tu libertad, ni quitarte el protagonismo que evidentemente debes tener en todo el proceso de discernimiento de tu vocación. Pero eso no quita que alguien te pueda o deba aconsejar algo, o que pueda estimularte a ser generoso. La cuestión clave es a qué te llama Dios, y no si se te ha ocurrido a ti solo, o a ti primero, o sin que nadie te diga nada. Debes ser tú el protagonista, pero puede haber personajes secundarios. No eres tú el director de la película, sino Dios.
      
       Debes hablarlo con Dios, pues el compromiso es con Él. Y sabes de sobra que entregarse a Dios no es decir que sí a la persona que te lo ha planteado, sino decir que sí a Dios. No es una persona que te intenta convencer de algo, sino una persona que te ayuda a ponerte frente a tu responsabilidad delante de Dios.
      
       En el Evangelio puede leerse bien claro que los discípulos fueron elegidos por el Maestro. No se presentaron voluntarios. La clave de toda vocación no es la iniciativa humana personal, sino una misteriosa iniciativa de Dios. No tenemos que exigir explicaciones a Dios, o imponerle un modo de dirigirse a nosotros, puesto que es Él quien llama y puede hacerlo como desee, también a través de otras personas.
      
       -¿Y cómo sabes tú que Dios quiere hacerlo así?
      
       Veo que lo hace en bastantes casos recogidos en el Evangelio, en los que llama a través de otras personas. Fue Andrés quien condujo hasta Jesús a su hermano Pedro. Jesús llamó a Felipe, pero Felipe a Natanael. Por eso insistía Juan Pablo II en que "no debe existir ningún temor en proponer directamente a una persona joven o menos joven la llamada del Señor. Es un acto de estima y de confianza. Puede ser un momento de luz y de gracia."
      
       Lo normal es que descubramos la llamada de Dios en las palabras o los hechos de otras personas, y por eso es fundamental tener el oído atento, saber leer entre líneas, reconocer la voz de Dios, venga de quien venga. Peter Berglar, un prestigioso profesor de Historia Moderna en la Universidad de Colonia, siempre contaba con emoción cómo un día de invierno de 1974 acudió a su despacho un estudiante que quería consultarle sobre diversos puntos referentes a sus clases. Al terminar, estando ya los dos de pie, su alumno le preguntó: "¿Cree usted, señor profesor, que Dios es el Señor de la historia?". El profesor Berglar se volvió a sentar, un tanto desconcertado por la pregunta. Aquello fue el inicio de una larga conversación. Y fue comienzo también de un largo proceso interior que le hizo profundizar en su fe y descubrir su vocación. Un catedrático ilustre, un intelectual de relieve que, como buen universitario, supo aprender de un alumno suyo de tercer semestre que, entre otras cosas, le dio, con su valentía y su cordialidad, una gran lección sobre cómo debe plantearse el apostolado cristiano.
      
       Como ha señalado Benedicto XVI, la clave está en que cada uno intente reconocer cuál es su vocación y cómo es el mejor modo de responder a esa llamada que está ahí, para él.
      
       -¿Y cómo empieza la vocación?
      
       La vocación suele comenzar con un descubrimiento inicial, del que sobreviene un diálogo de oración. Es una llamada que cada uno debe leer en su propio corazón, y en la que siempre queda un margen al misterio y a la interpretación. Como explicaba Juan Pablo II en Los Ángeles en 1987, respondiendo a una pregunta sobre su propia vocación, "tengo que empezar por decir que es imposible explicarla por completo. Porque no deja de ser un misterio hasta para mí mismo. ¿Cómo se pueden explicar los caminos del Señor? Con todo, sé que en cierto momento de mi vida me convencí de que Cristo me decía lo que había dicho a miles de jóvenes antes que a mí: "¡Ven y sígueme!". Sentí muy claramente que la voz que oía en mi corazón no era humana, ni una ocurrencia mía. Cristo me llamaba para servirle como sacerdote."
      
       -¿Y si solo tenemos una sospecha de que tenemos una determinada vocación?
      
       Te contesto entonces con otras palabras de Juan Pablo II, esta vez en Argentina en 1985, hablando del celibato: "Pido a cada uno de vosotros que se interrogue seriamente sobre si Dios no lo llama hacia ese camino. Y a todos los que sospechan tener esta posible vocación personal, les digo: rezad tenazmente para tener la claridad necesaria, pero luego decid un alegre sí."
      
       -¿Y eso supone un desarrollo muy largo en el tiempo?
      
       El discernimiento de la vocación supone una amistad con Dios. Pero igual que dos personas pueden conocerse y hacerse muy amigos en una tarde, nosotros podemos alcanzar amistad con Dios en cuanto le abrimos nuestra alma. El ejemplo del Buen Ladrón es claro: toda una vida de lamentables errores se supera en un momento, cuando pide ayuda a Dios. En cuanto abre un resquicio de su alma, Dios se vuelca.
      

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