Alfonso Aguiló, “Alardes y vanidades”, Hacer Familia nº 196, 1.VI.10

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Cicerón y Demóstenes fueron dos de los más grandes oradores de la antigüedad. Cuando Cicerón hablaba, todo el mundo quedaba pasmado ante su capacidad oratoria. Era un hombre muy instruido, que sobresalió en toda clase de estilos, pero sus discursos y sus escritos transmiten un sutil deseo de hacer alarde de erudición. Demóstenes, en cambio, aunque también tuvo un extraordinario talento y superaba a todos los que competían con él en la tribuna y en el foro, cuando hablaba, la gente no quedaba tan impresionada, pero salía encendida, dispuesta a ponerse en marcha, a hacer cosas, y las hacía. Es quizá la diferencia entre una ostentación de destrezas retóricas y una verdadera comunicación.
Plutarco estudió a fondo la vida de ambos oradores, y se refiere a ese contraste en su obra “Vidas paralelas”. Cicerón, inclinado siempre a ser gracioso y sarcástico, abusaba de la ironía, cuando quizá habría sido preferible un poco más de rigor y de profundidad en el análisis de las razones que aportaba. Solía recurrir a chistes y bromas que dejaban en ridículo a sus oponentes, de los que se burlaba de un modo corrosivo. Hablaba de sí mismo con ansia de gloria. Tenía tal confianza en el poder de su elocuencia, y tan alto concepto de ella, que no sólo celebraba sus propios logros políticos sino sobre todo los discursos que había pronunciado o escrito, como si fueran el núcleo y la razón de su vida. Ansiaba derrotar a otros oradores más que ejercitar los cargos de gobierno que le daban ocasión de pronunciar esos discursos. Se le acusaba, con motivo, de deleitarse en su capacidad dialéctica, de ser altivo e iracundo, de aplastar a los demás con su demagogia, cosa que nunca es propia de los grandes hombres.

Demóstenes, en cambio, era más metódico y reflexivo. Decía que su habilidad retórica no era más que un modo de captar la benevolencia de los oyentes. En sus escritos se aprecia que no se detiene en aspectos que supongan autoalabanza o engreimiento, y que sólo habla de sí mismo cuando conviene para otro fin más alto, procurando ser reservado y modesto.

Es verdad que de ambos oradores se puede aprender, y que también ambos dieron buenos y malos ejemplos a sus contemporáneos. Pero quizá el contraste al que nos hemos referido, entre una y otra formas de actuar, puede servirnos para reflexionar sobre cómo abordar la propia formación y cómo transmitir nuestras convicciones.

Cuando procuramos mejorar nuestra preparación y nuestros conocimientos, pero lo hacemos, no para saber más, sino para mostrarnos superiores, para darnos autobombo, o para gozar de una posición dominante, o para apabullar, pervertimos con ello el sentido y el fin de la sabiduría. Cuando buscamos la erudición en sí misma, sin una dimensión de servicio a los demás, sin un deseo de que guíe mejor nuestra vida, sin afán de aproximarnos a la luz de la verdad, hacemos con ello un flaco servicio a los demás y a nosotros mismos, pues esa sabiduría no iluminará nuestra vida sino que nos hará víctimas y marionetas de nuestra soberbia.

Además, la vida no se construye sobre alardes ni vanidades. Las personas que viven a la caza de una ocasión de impresionar a los demás, esperando el momento de poder hacer gala de sus recursos o de su talento, son como el clásico chico ridículo que todos hemos conocido, que vive ansiando que llegue el momento de poder lucirse, y que prevé siempre todo para poder alardear de algo.

Sin embargo, no es la agilidad, ni la potencia, ni la rapidez de nuestras facultades mentales lo que nos debe caracterizar, ni lo que debemos poner como fachada de nuestro carácter. La creación de nuestra propia personalidad, y de todo lo que la acompaña, es efectivamente tarea de nuestra inteligencia, pero ha de hacerse escogiendo con acierto nuestro camino, sabiendo apostar por los valores que merecen la pena, tomando las decisiones adecuadas, no simplemente haciendo alardes circenses de cualidades que hemos recibido de la naturaleza y de las que apenas tenemos ningún mérito por el que presumir.

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