Alfonso Aguiló, “El ego”, Hacer Familia nº 121, IV.2004

“La cultura occidental –afirma José Antonio Marina– puede contarse como la historia de un Yo que ha ido engordando. Es fácil señalar las etapas principales. La reforma protestante apeló a la propia conciencia frente a la autoridad. Descartes instauró el yo-pienso como instancia definitiva. La Ilustración hizo lo mismo con la razón. El romanticismo exacerbó el protagonismo del Yo. El idealismo alemán lo convirtió en el origen de todo. Y, como último paso, encontramos la creciente insistencia en el individualismo. Todo ha desembocado en una afirmación desmesurada del Yo que no deja de plantearnos problemas. Lo que a veces ha sido una oportuna defensa de la autonomía personal se ha acabado convirtiendo en un obsesivo cuidado de uno mismo y en un narcisismo galopante”.

Este modo de ver las cosas, que está como inscrito en nuestra cultura, es una fuente de actitudes que fomenta en las personas una psicología un tanto febril y atormentada. Un darse vueltas a uno mismo que hace resonar en el interior todo un enjambre de voces que perturban. Voces que siempre están ahí, que llegan a lo más íntimo de uno mismo. Voces que exigen tener éxito, fama, poder. Voces que cuestionan la propia valía, que dan vueltas y revueltas en torno al derecho a ser querido y tenido en cuenta. Estilos de pensamiento que llevan a que pocos momentos del día estén libres de sentimientos oscuros como rencor, celos, lujuria, codicia, antagonismos o rivalidades sin sentido. Modos de abordar las cosas que llevan a obsesionarse por la aprobación de los demás o la consideración con que a uno le tratan. Un vagar de la memoria y la imaginación que hace soñar despierto, fantaseando ser genial, brillante, admirado. Un miedo a no gustar o a ser censurado que constantemente invita a diseñar nuevas estrategias para asegurar atención y cariño.

Ese estilo emocional zarandea al hombre como a un bote en medio del oleaje. Una pequeña crítica le enfada. Un pequeño rechazo le deprime. Un pequeño éxito le emociona. Se anima con la misma facilidad que se desanima. Piensa que sólo será querido si es guapo, inteligente, lleno de salud, si tiene un buen trabajo, amigos, contactos. Cae en un mundo que fomenta las adicciones, que incita a acumular status, que crea expectativas falsas, engaños que llevan a búsquedas inútiles, a constantes desilusiones.

Todo ese vivir centrado en uno mismo potencia también la envidia. Parece que a todos les va mejor, que todos están mejor que uno mismo. Ronda constantemente la idea de cómo llegar adonde están ellos. Luego, con el fracaso, vienen los celos y el resentimiento, la suspicacia y el ponerse a la defensiva. El envidioso se enreda en una madeja de deseos que al final le impide saber cuáles son sus verdaderas motivaciones. El victimismo y la desconfianza empujan a una búsqueda constante de argumentos, a estar siempre en guardia, a dividir el mundo en los que están a favor o en contra de uno mismo. Todo se vuelve oscuro alrededor. Se endurece el corazón, se llena de tristeza, se encuentra envuelto en diálogos interminables con interlocutores ausentes, anticipando preguntas y preparando respuestas.

Lo peor es que muchas veces, pese a ser evidente lo destructivo de ese estilo de pensamiento, no es fácil desprenderse de él, pues esa persona se encuentra esclavizada por su corazón, hambriento de unos deseos que le llevan por caminos equivocados. Superarlo no es fácil, pero sí muy necesario. Es preciso poner empeño para salir de ese angosto mundo del egoísmo y descubrir la grandeza y la paz de centrar la propia vida en los demás.