Alfonso Aguiló, “El espejo de los deseos”, Hacer Familia nº 103, IX.2002

¿A quién no se le ha escapado la imaginación pensando ser el protagonista de una aventura espectacular, en la que resaltan con luz propia las cualidades que más deseamos tener? Es verdad que sin deseos no hay proyectos, y que sin proyectos no hay logros. Los deseos expanden nuestro mundo interior, lo trascienden, le dan vida. Son importantes, evidentemente. Pero debemos cuidar que no se hipertrofien y acaben siendo un mecanismo de evasión, porque soltar la imaginación de los deseos es para muchas personas una auténtica droga de diseño que les sumerge una triste dependencia.

Lo refleja bien un diálogo entre Harry Potter y el sabio mago Dumbledore. Harry ha descubierto un espejo sorprendente, el espejo de Oesed (la palabra “OESED”, puesta ante un espejo, se lee “DESEO”). Cuando Harry se mira en ese espejo, se ve acompañado de sus padres, a los que nunca llegó a conocer.

Harry llega por tercer día consecutivo a la habitación del espejo. Dumbledore le explica que ese espejo muestra el más profundo y desesperado deseo de nuestro corazón: “Para ti, que nunca conociste a tu familia, verlos rodeándote (…). Sin embargo, Harry, este espejo no nos dará conocimiento o verdad. Hay hombres que se han consumido ante esto, fascinados por lo que han visto. O han enloquecido, al no saber si lo que muestra es real o siquiera posible.” Toda persona vive situaciones que desea prolongar o de las que anhela liberarse. Hay muchas cosas que nos invitan a refugiarnos en ese mundo ideal de nuestra imaginación. Es verdad que evadirse en ensueños proporciona un cierto alivio, pero sabemos que no es duradero, y al toparnos de nuevo con la terca realidad advertimos enseguida que no era una buena solución. Encerrarse en un mundo imaginario es tarea fácil, porque ninguna legalidad física pone trabas a nuestra imaginación, y nos sentimos completamente libres, pero es una libertad ficticia, un espejismo que retrocede según avanzamos, una maravillosa argucia que nos mantiene un tiempo en vuelo pero que no sabemos donde nos dejará caer.

Todos disponemos de entradas gratis a esa vida de fantasía, llena de colorido pero irreal. Escaparse a ella, huir de la realidad, no nos da conocimiento ni verdad, sino una mayor frustración. Por eso Dumbledore da un último consejo a Harry: “Y si alguna vez te cruzas con el espejo, deberás estar preparado. No es bueno dejarse arrastrar por los sueños y olvidarse de vivir, recuérdalo.” Cuando las personas se dejan arrastrar por los sueños, su imaginación se convierte en un torrente de deseos e ideas con las que intentan evadirse de una realidad que les disgusta. De vez en cuando abren los ojos y ven que el esfuerzo se interpone en el camino hacia cualquier logro, y eso les desazona y les hace volver al cálido refugio de su mundo interior. Se hacen personas pasivas, de voluntad dormida y mirada dispersa.

Las paz y el dinamismo no son fruto espontáneo, sino fruto del esfuerzo por vencer el desorden interior que siempre nos amenaza, fruto de poner orden en nuestra cabeza y nuestro corazón, y eso no es algo que viene después de la lucha, sino que más bien proviene de estar en esa lucha, de esmerarse de modo habitual por no dejarse engullir por tantas ocasiones de autoengañarnos que se nos presentan a diario.

No hay que olvidarse de vivir la vida real. El mundo es una sucesión de oportunidades que desfilan ante los ojos de hombres cansados. Una vida que se llena de ilusión y de sentido en la medida que descubrimos lo importante que podemos ser para los demás, lo que podemos ayudarles, la ilusión que podemos aportar a su vida, a su vida real.