Alfonso Aguiló, “Enfadarse”, Hacer Familia nº 236, 1.X.2013

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Un chico joven tenía un carácter bastante violento. Quería corregirse pero no lo lograba. Un día su padre, que tenía mucha confianza con él, le propuso una idea. Le dijo que clavara un clavo en la cerca del jardín cada vez que perdiera la paciencia y se enfadara con alguien. El primer día, llegó a clavar 37 clavos. Durante las semanas siguientes, a medida que aprendía a controlar su mal genio, tenía que clavar cada vez un número menor. Fue descubriendo que no era tan difícil controlar su carácter. 

Finalmente, llegó un día en que logró no tener que clavar ningún clavo en la cerca. Se lo dijo a su padre, con satisfacción. Su padre le propuso entonces una nueva etapa: que quitara un clavo de la cerca del jardín por cada día durante el cual no hubiera perdido la paciencia, a ver si era capaz de quitarlos todos y en cuánto tiempo. Pasaron los meses y finalmente el joven pudo decirle un día a su padre que ya no quedaba ningún clavo en la cerca.

Se acercaron juntos a verlo. El hombre se quedó pensativo, pues no quería dar lecciones a su hijo, sino ayudarle a pensar. Finalmente le dijo: “Hijo mío, ha sido un gran logro, sin duda, y mereces mi enhorabuena. Pero mira cuántos agujeros hay en la cerca del jardín. Esta madera ya no está como antes, está medio deshecha. Algo parecido sucede con las personas. Cada vez que te enfadas con alguien y le dices algo desagradable, dejas una herida, como sucede en la madera cada vez que introduces un clavo. Cuando pierdes la paciencia, dejas cicatrices como las que ves ahora en esta madera. Aunque pidas disculpas, aunque te perdonen, el daño está hecho. Hay que quitar los clavos, pero sobre todo hay que procurar no clavarlos, no herir.” Para lograr no enfadarse hace falta energía para alcanzar una buena relación con cada persona; y luego, también, energía para mantenerse en ese empeño, que es lo que constituye la paciencia, una virtud un tanto desprestigiada por algunos que la ven como si fuera sumisión, victimismo o debilidad, cuando la realidad es que la debilidad está más frecuentemente en la falta de control de uno mismo, y el victimismo y la sumisión en el rendirse al propio mal carácter.

Tomás de Aquino decía que “por la paciencia se mantiene el hombre en posesión de su alma”. Y que paciente es el que “no se deja arrastrar por la presencia del mal a un desordenado estado de tristeza”. Y que la paciencia preserva al hombre del peligro de que su espíritu “sea quebrantado por el abatimiento y pierda su grandeza”.

Por la paciencia se aprende a andar por la vida sabiendo que todo lo grande es fruto de un esfuerzo continuado, que cuesta y que necesita tiempo. Hay una paciencia con uno mismo, que tiene gran importancia para la formación y la maduración de cada uno, que lleva a saber esperar sin perder la calma y a perseverar en el camino emprendido sin desanimarse. Hay otra paciencia con los demás, sobre todo con los más cercanos. Podría hablarse también de paciencia con la realidad, porque si queremos cambiar el mundo que nos rodea necesitamos mucha paciencia, y saber soportar los reveses sin amargura, sin perder la serenidad, con firmeza: por la paciencia el hombre se hace dueño de sí mismo, aprendiendo a fortalecerse en medio de las adversidades. La paciencia trae paz y serenidad interior, hace al hombre capaz de ver la realidad con visión de futuro, sin quedarse enredado en lo inmediato, y le permite mirar un poco por encima de los acontecimientos del presente, que cobran así una nueva perspectiva.

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