Alfonso Aguiló, “Historia de un desafío”, Hacer Familia nº 251, 1.I.2015

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Malala Yousafzai nació en 1997 en Mingora (Pakistán), y en octubre de 2014, a los 17 años, recibió el Premio Nobel de la Paz y pasó a ser la persona más joven premiada con este galardón en cualquiera de sus categorías en toda la historia.
 

A principios de 2009, cuando aún no tenía 12 años de edad, Malala empezó a escribir un blog en línea en la BBC, en lengua urdu, bajo el seudónimo Gul Makai. En sus relatos iba contando el transcurrir de su vida bajo el régimen del temible Tehrik e Taliban Pakistan (TTP), grupo terrorista vinculado a los talibanes, que estaba intentando tomar el control del valle del río Swat. Las escuelas privadas habían recibido orden de cerrar a través de un edicto talibán que prohibía también la educación de las niñas. Trataban de imponer su interpretación de la Sharia y habían destruido cerca de 150 escuelas en el último año.

Malala seguía escribiendo en ese blog y era cada vez más conocida por su encendida defensa de los derechos civiles. Pero su lanzamiento definitivo fue el verano de que aquel mismo año 2009, con el documental Class Dismissed: The Death of Female education, dirigido por Adam Ellick e Irfan Asharaf, del New York Times, que mostraba la vida de Malala y su padre, Ziauddin Yousafzai, y cómo la educación de las mujeres era casi imposible en aquellos lugares.

El 9 de octubre de 2012 Malala fue víctima de un atentado en Mingora a manos de un miliciano del TTP. Aquel hombre, después de abordar el vehículo que servía como autobús escolar, le disparó en repetidas ocasiones con una pistola impactándole en el cráneo y en el cuello. El portavoz del TTP, Ehsanullah Ehsan, afirmó que intentarían matarla de nuevo. Dos estudiantes que iban en el mismo autobús también fueron heridas. Malala fue llevada en helicóptero a un hospital militar. El atentado suscitó inmediatamente la condena internacional y el día 15 fue trasladada al Queen Elizabeth Hospital de Birmingham, en Reino Unido, para seguir con su recuperación, donde tuvo que continuar con la rehabilitación y fue sometida a una cirugía reconstructiva.

Después de implantarle una placa de titanio y un dispositivo auditivo, Malala regresó a las clases en una escuela secundaria británica en Birmingham: “Volver al colegio me hace muy feliz. Mi sueño es que todos los niños en el mundo puedan ir a la escuela porque es su derecho básico”, afirmaba en unas declaraciones a la prensa.

Malala Yousafzai ha pasado a ser un símbolo icónico del derecho universal de las niñas a la educación. Con su lucha y su valentía se ha convertido en una destacada portavoz de los derechos de la mujer. “Ha demostrado con su ejemplo, bajo las circunstancias más peligrosas, que los niños y los jóvenes también pueden contribuir a mejorar su propia situación”, decía el comunicado del comité que concedió el premio Nobel.

En su libro de memorias I Am Malala: The Girl Who Stood Up for Education and Was Shot by the Taliban cuenta cómo empezó toda la historia que le ha hecho famosa. Sabe que se ha convertido en un símbolo mundial, y sabe que los terroristas temen más a una niña con un libro que a un ejército.

Para mejorar el mundo en que vivimos, la educación y la valentía son factores transformadores verdaderamente decisivos. El testimonio audaz de esta joven bloguera pakistaní, desconocida de todos, ha pasado a ser un grito universal a favor de sus derechos. Una niña de una de las zonas más abandonadas del mundo logra, con su determinación y su arrojo, poner en jaque a toda una barbarie que tenía aterrorizado al país.

Hay una frase que ella no se cansa de repetir: “Un niño, un maestro, un libro, un bolígrafo, pueden cambiar el mundo”. Lo proclama con rotundidad, entre desafiante y agradecida. Su ejemplo nos habla de valor y de inteligencia, de cultura y de determinación, de la fuerza de la palabra y la razón frente a la debilidad avasallante de la sinrazón.

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