Alfonso Aguiló, “Huir de la realidad”, Hacer Familia nº 129, XII.2004

Hay quienes viven encadenados a un fracaso o a una herida que se diría que nunca deja de supurar. Son personas que se amargan hoy porque hace veinte años no les quiso su madre, o no pudieron estudiar lo que querían, o su novio les traicionó, o perdieron injustamente su trabajo, o lo que sea. No han perdonado ni se han perdonado ese viejo dolor, y están ahí, dándole vueltas a su amargura, torturándose con sus errores y sus rencores. Como dice Martín Descalzo, parecen estatuas de sal que no logran vivir el presente de tanto mirar hacia atrás.

Hay otros que también viven centrados en el pasado, pero estos no por amargura sino por añoranza. No me refiero a los que somos un poco nostálgicos y nos gusta tener presentes nuestra historia y nuestras raíces, sino a esas personas que no les gusta el presente pero tampoco tienen el valor necesario para mejorarlo y por eso dedican sus pocas energías a lamentarse y a suspirar por otros tiempos pasados, supuestamente mejores. No se dan cuenta de que el mundo ha empeorado en algunas cosas pero también ha mejorado en otras, y no puede decirse que cualquiera tiempo pasado fue mejor, y quizá piensan así más por su mala memoria que por su buena percepción de la realidad. A lo mejor el mundo no ha empeorado, sino que son ellos los que han envejecido y ahora son otros los que llevan la voz cantante. Además, el presente que tenemos es en buena medida resultado del pasado que ellos hicieron. Y el pasado está condenado a ser cada vez más pasado, y los que viven en él, con él se irán a pique. El pasado es útil en la medida que ilumina el presente y alimenta el futuro, en la medida en que deja de ser pasado y se convierte en acicate para el presente y no en estéril añoranza.

Los que viven encadenados al pasado suelen estar también intimidados por el futuro. Ha sido este un error más propio de la ancianidad, pero con frecuencia se ve en personas jóvenes y es realmente desolador. Es un miedo que paraliza y consume a las personas, como esas arañas que primero anestesian e inmovilizan a sus víctimas para luego devorarlas poco a poco.

Otros viven condicionados por el futuro, porque aplazan todo lo que les cuesta. No se atreven a eludirlo directamente, y por eso recurren casi inconscientemente a retrasar todo lo que se les pone un poco cuesta arriba. No se sienten con ánimos y enseguida lo dejan para otro momento, que muchas veces luego nunca llega. No se dan cuenta de que desanimarse es huir del esfuerzo, y eso inicialmente es muy cómodo pero a la larga es derrengador. Su vida es una continua estrategia de repliegue y aplazamiento. Al primer escollo, piensan en dejarlo para esta tarde, o para esta noche, o para el fin de semana. Cualquier proyecto o aspiración un poco costosa enseguida queda para el mes que viene, o para las vacaciones, o para el año que viene…, que seguro que tendré más tiempo y más libertad porque empiezo la carrera, o la acabo, o me caso, o lo que sea. Luego va llegando todo eso y hay nuevas demoras y claudicaciones, y hay que esperar de nuevo, quizá a que los hijos sean mayores y ya no necesiten tantos cuidados, o a la jubilación, y así sucesivamente hasta que ya se encuentran sin energías y al fin comprenden que dejar las cosas para más adelante es una estrategia sumamente engañosa.

De manera semejante a como algunos consumen marihuana o cocaína para eludir por un tiempo la realidad de la vida, así se fugan al pasado o al futuro aquellos que no tienen el valor de tomar con fuerza las riendas del presente. No se dan cuenta de que es preciso hacer hoy lo que tenemos que hacer hoy, y que hay que buscar la felicidad en acometer el presente con un poco de coraje.