Alfonso Aguiló, “La importancia de un momento”, Hacer Familia nº 190, 1.XII.09

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«Entonces, no sé cómo, estallé. El secreto que me había jurado a mí misma llevarme a la tumba subió hasta mis labios. Apenas salió ya estaba arrepentida, quería volver a tragármelo, hubiera hecho cualquier cosa por no haber dicho esas palabras, pero era demasiado tarde…

»¿Por qué no me puse de pie, por qué no corrí tras ella, por qué no hice nada, en el fondo, para detenerla? Porque yo también me había quedado petrificada ante mis propias palabras. Trata de comprenderme, aquello que tantos años había custodiado, y con tanta firmeza, de repente había salido fuera. En menos de un segundo, como un pajarillo que de pronto encuentra la puerta de la jaula abierta, había volado y había llegado a oídos de la única persona que yo no quería que oyese tal cosa…

»Hay cosas que es muy doloroso pensarlas. Decirlas, además, provoca una pena aún más grande…».

Durante años, la protagonista de esta novela de Susanna Tamaro recordaría perfectamente la secuencia de las escenas, y cada escena en particular, con una precisión asombrosa, con todo detalle. Entendió con amargura una cosa que hasta aquel momento no había valorado suficientemente: la herida que puede producir un instante de orgullo.

Todos hemos experimentado, de una manera o de otra, una sensación parecida en algunos momentos de nuestra vida. Quizá, por un tonto y simple instante de orgullo, hemos dicho, o hecho, o dejado de hacer, algo de lo que a los pocos momentos nos hemos arrepentido, pero ya no había remedio. Son momentos de engreimiento, de jactancia, de altanería, que surgen como un arrebato presidido por la soberbia y que nos hacen perder el control de nosotros mismos. Cuando eso sucede, aunque sea muy brevemente, en unos segundos se pueden destruir vínculos afectivos o años de respeto entre las personas. Quizá en esos relámpagos de cólera es donde se observa más claramente lo que supone estar alterado y sometido a una fuerza ciega y ajena a cualquier tipo de argumento razonador.

Perder los nervios no suele tener un efecto liberador, como a veces se argumenta de un modo bastante simple. Lo normal es que produzca un intenso sentimiento de frustración, y que al poco tiempo suframos una profunda decepción de nosotros mismos. Es un comportamiento que suele ser contraproducente, y con frecuencia también un espectáculo lamentable. Son emociones, además, sorprendentemente contagiosas, que generan otros comportamientos igualmente detestables, pues, como dice el proverbio, cuando un hombre está irritado, sus razones le abandonan.

Por eso, cuando veamos que la ira empieza a dominarnos, es preciso tomarse tiempo, esperar a ver las cosas con más tranquilidad, imponerse a uno mismo un periodo de espera, pues sabemos bien, por experiencia de otras veces, que en esos momentos vemos las cosas con poca objetividad, y que si esperamos un poco tendremos una percepción más ponderada de lo que debemos hacer.

En la otra cara de la moneda, igual que existen instantes de orgullo que nos hacen perder la claridad y correr graves riesgos, hay también otros instantes de lucidez en los que tenemos una especial percepción de lo que debemos hacer, y son esos los más claros actos de gobierno sobre nosotros mismos. Quizá algo que hemos presenciado, o una lectura, unas palabras, un consejo que nos dan, una corrección que nos hacen, o un error que cometemos, remueve el fondo de nuestro espíritu y hace brotar una inspiración especialmente clara. ¿Qué ha sucedido? Se ha removido quizá un pequeño obstáculo que impedía la comunicación con el aire libre, se ha cerrado un circuito eléctrico en nuestra mente y se ha desbloqueado una nueva energía interior. Ser conscientes de la importancia de determinados momentos, en los que podemos perder o ganar mucho, es una de las claves del acierto en el vivir.

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