Alfonso Aguiló, “La lección de cada fracaso”, Hacer Familia nº 204, 1.II.11

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Thomas Alva Edison nació en 1847. Era el séptimo hijo de una familia humilde recientemente establecida en Ohio y que había pasado por numerosas penalidades. A los ocho años, el pequeño Thomas acudió por primera vez a la escuela. Después de tres meses de asistencia a clase, un día regresó a su casa llorando: el maestro lo había calificado de alumno "perezoso e inútil".

Su madre logró que el chico fuera readmitido en la escuela y aquello supuso un gran respaldo para él: "Descubrí que una madre es algo maravilloso. Fue la defensora más entusiasta que hubiera podido tener cualquier niño, y fue precisamente entonces cuando tomé la decisión de que sería digno de ella y le demostraría que no estaba equivocada."
A los doce años trabajaba vendiendo periódicos en el tren matutino que iba de Port Huron a Detroit. En la ciudad de destino el tren hacia una parada de seis horas, que el pequeño Edison aprovechaba para ir a una biblioteca pública donde empezaba por el primer libro del panel inferior y seguía por orden con los demás hasta terminar con toda la estantería.

No se conformaba con leer insaciablemente, sino que probaba diferentes experimentos basándose en lo que leía. Utilizaba un vagón vacío como taller y laboratorio, y pronto comenzó a editar el Grand Trunk Herald, un sencillo semanario del que tiraba cuatrocientos ejemplares.

A los dieciséis años empezó a trabajar como telegrafista. A los dieciocho, obtuvo un empleo en la Western Union y se trasladó a Cincinnati y luego a Boston. Edison ideó a los veintiún años un instrumento muy simple para el recuento mecánico de votos. Al año siguiente, en 1869, consiguió en Nueva York un empleo de condiciones muy ventajosas, después de haber resuelto una grave avería en un indicador telegráfico que señalaba los precios del oro en la Bolsa.

A los treinta años llevó a cabo uno de sus primeros inventos importantes, el fonógrafo. A continuación, se propuso encontrar un material que permitiera construir una bombilla incandescente. Al fin, consiguió un filamento de bambú carbonatado que alcanzaba la incandescencia sin fundirse. El 21 de octubre de 1879 Edison realizó la primera demostración pública ante más de tres mil personas reunidas en Menlo Park (California), con una bombilla que lució ininterrumpidamente durante 48 horas. Edison logró comercializar un primer prototipo viable de bombilla eléctrica que llegaba a funcionar 1200 horas.

Hubo muchos más inventos, bastantes de los cuales fueron la base para el avance de la industria eléctrica, la electrónica y el cine. Cuando Edison falleció en Nueva Jersey en 1931, era ya considerado como uno de los más importantes inventores de la historia, con más de mil trescientas patentes en los más diversos ámbitos.

De todos aquellos logros, quizá el de la bombilla incandescente requirió de él un particular esfuerzo. Durante ochocientos días, con bastantes de sus noches, apoyado por sus colaboradores, tuvo la paciencia de ensayar con más de mil fibras diferentes, tanto vegetales como minerales y animales. Se cuenta que, durante las últimas semanas, uno de sus colaboradores le preguntó por qué persistía de esa forma en aquel empeño, tras casi mil intentos sin haber conseguido otra cosa que fracasos. Edison le respondió con sencillez: “No son fracasos. En cada experimento he descubierto un motivo por el que la bombilla no funcionaba. Gracias a eso, he logrado saber ya mil formas de cómo no se debe hacer una bombilla”.

Cada error trae consigo una enseñanza, aunque sólo sea un simple detalle que corregir y mejorar. Hay muchas cosas que no nos salen bien, y a lo mejor llevamos tiempo aparentemente sin avanzar, pero, si seguimos buscando pequeños detalles en que mejorar, sin desalentarnos, quizá ya hemos aprendido mucho y nos falta poco para llegar a un buen resultado. Se ha dicho que “una persona inteligente se recupera enseguida de un fracaso, pero una persona mediocre tarda mucho en recuperarse de un triunfo”. A veces, los fracasos son un modo de aprender y, en cambio, los éxitos nos hacen acomodarnos en una mediocre complacencia.

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