Alfonso Aguiló, “La mariposa de Austin”, Hacer Familia nº 250, 1.XII.2014

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Austin es un estudiante de seis años, que estudia primer grado en una escuela norteamericana llamada Charter Anser, en Boise, en el estado de Idaho. La escuela busca que sus alumnos aprendan a elaborar trabajos de calidad y que se acostumbren a recibir de sus compañeros un feedback sincero que les ayude a mejorar sus tareas, sin conformarse antes de tiempo. 
Su profesor les ha pedido que hagan un proyecto en el que tienen que dibujar cada uno una mariposa a partir de una fotografía, pero debe tener la calidad propia de un estudio científico. Austin escoge una mariposa que responde al nombre de tiger swallowtail.

En su primer intento, el dibujo de Austin deja bastante que desear. Quizá otro maestro le habría dicho que estaba muy bien, pues se trata de un niño de solo seis años. Pero el profesor quiere ser honesto y ayudarle a mejorar. Le dice: “Austin, buen comienzo”. Para ayudarle, designa un grupo de compañeros de clase que le dicen lo que deberá mejorar para su segundo intento.

Austin mejora bastante en su segundo dibujo, a partir de las sugerencias de sus compañeros. El maestro comenta y valora positivamente que Austin ha sido capaz de escuchar las aportaciones de sus compañeros de clase. Pero, aunque el dibujo ha mejorado respecto al primero, todavía no puede decirse que se acerque a la excelencia. El objetivo es una ilustración científica, y tanto el contorno como el dibujo de las alas tiene que permitir su identificación. Austin tiene solo seis años, tiene aún poco desarrollada su motricidad fina y tiene poco conocimiento de las técnicas de ilustración científica. Pero vuelve a reunirse en la moqueta del aula con sus compañeros, junto al nuevo dibujo y a la fotografía original. El maestro pide de nuevo a los compañeros de Austin que den consejos, primero sobre la forma del ala y luego sobre su color, e insiste en que las críticas sean amables, útiles y específicas.

Austin rehace su dibujo y se somete a una tercera sesión con sus compañeros. Había mejorado, pero sigue habiendo mucho que corregir. Regresa a su pupitre y al poco tiempo tiene un cuarto prototipo. El grupo elogia el progreso de Austin, porque realmente lo merece, pero el ala superior sigue siendo mejorable. Con el quinto dibujo, ya solo falta perfeccionar el dibujo interior del ala. Al sexto intento, su parecido con el original ya es realmente asombroso. Finalmente, Austin ha hecho un trabajo de excelencia que sirve perfectamente para el proyecto que estaban haciendo. El maestro ha conseguido no hacerle creer que es bueno lo que en realidad no lo es, y ha logrado que alcance, sin agobios, un nivel que parecía imposible para un niño de seis años.

Este famoso ejemplo, de los Austin’s Butterfly Drafts, publicado por Ron Berger en Expeditionary Learning, es una muestra del poder de la perseverancia y del feedback positivo. Son los compañeros de Austin quienes hacen posible que su dibujo llegue a la excelencia. Los que le animan a que repita y mejore. Los que a través de sus indicaciones precisas permiten un resultado extraordinario para su edad. Sus compañeros se sienten orgullosos porque Austin les ha escuchado y gracias a eso ha mejorado mucho. Están contentos porque han sido honestos con él, porque se ha creado un ambiente donde se reciben bien sus indicaciones, precisamente porque son a un tiempo amables y claras, comprensibles y específicas.

El mérito del maestro es que ha sabido dar juego a todo el grupo. No ha querido ser protagonista, sino que ha sabido implicar a todos, y todos han aprendido a dibujar mejor. El maestro se centra en lograr que las críticas se reciban no como un fracaso sino como una oportunidad de mejorar. Sus mensajes son siempre de refuerzo positivo, pero honesto y exigente. Hace preguntas abiertas y estimula la interacción. Se muestra agradable, consigue que sean sus propios compañeros quienes animan a Austin a que haga nuevos intentos.

En otras circunstancias, lo normal hubiera sido que el maestro tomara el primer modelo de mariposa de Austin, lo evaluara y se lo devolviera. Si hubiera hecho así, la capacidad de progreso de Austin sería mucho menor. Es fundamental evaluar y exigir, sí, pero también fomentar el feedback positivo, enseñar a buscar la excelencia educativa mediante crítica, revisión, honestidad, escucha activa, empatía. Así, al final, Austin no ha dibujado simplemente una mariposa, ha aprendido que el camino del aprendizaje está lleno de oportunidades, que es fundamental escuchar las opiniones de otros sin ponerse a la defensiva, que hay que crear alrededor un ambiente positivo, y que hay que perseverar. Toda una enseñanza para nuestro modo de enseñar, y para el camino de nuestra vida en general.

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