Alfonso Aguiló, “No olvides lo principal”, Hacer Familia nº 173-174, VII-VIII.2008

Cuenta la leyenda que una mujer pobre con un niño en los brazos pasaba delante de una caverna y escuchó una voz misteriosa que desde dentro le decía: "Entra y toma todo lo que desees, pero no te olvides de lo principal. Y recuerda que, después de que salgas, la puerta se cerrará para siempre. Por tanto, aprovecha la oportunidad, pero te repito: no olvides lo principal."

 

La mujer entró en la caverna y vio que estaba llena de inmensas riquezas. Fascinada por el oro y las joyas, que con seguridad la sacarían de su sufrida pobreza, dejó al niño en el suelo y empezó a juntar, ansiosamente, todo lo que podía caber en su raído delantal.

La voz misteriosa habló nuevamente: "Te queda sólo un minuto." Agotado ese tiempo, la mujer cargada de oro y piedras preciosas corrió hacía fuera y la puerta se cerró. Recordó entonces que el niño había quedado dentro y la puerta se había cerrado para siempre. La riqueza duró poco, pero la tristeza se quedó para siempre en su alma.

El relato es sencillo, pero su enseñanza puede ser aprovechable. Porque, aunque todos solemos tener principios claros, es fácil que luego, con demasiada frecuencia, nos ocurra algo parecido a lo que sucedió a aquella pobre mujer. Tenemos quizá todavía muchos años de vida por delante, y aunque a veces una voz interior nos lo advierte, hay cosas importantes que solemos dejar siempre para después, porque hay otras que nos absorben o nos distraen de tal modo que, a la hora de la verdad diaria de la vida, nos hacen olvidar lo principal.

El descuido habitual de la vida familiar, o de detalles que afectan a nuestra salud o a la salud de nuestro espíritu, o a la necesaria dedicación a nuestros deberes profesionales o sociales, son posibles ejemplos. Suelen ser pequeñas cosas, que se presentan quizá como tareas que no acucian a corto plazo, pero que, con el tiempo, encontramos que nos han llevado a donde no queríamos ir. Nos cuesta advertir que descuidamos lo más grande que tenemos: nuestra honestidad, nuestra familia, la vocación a la que nos sentimos llamados, nuestros deseos de ayudar a los demás. Y como son realidades con las que convivimos cada día, no advertimos que son precisamente lo que vertebra y da sentido a nuestra vida, y que perderlo es una verdadera tragedia.

Encontrarse un día con que carecemos de cultura, o que hemos abandonado la práctica religiosa por simple dejadez, o que hemos dilapidado tontamente el cariño de nuestro marido o nuestra mujer, son cosas tristes que hemos de ver venir antes de que nos envuelvan y nos enreden. Quizá, por ejemplo, parece que tener un hijo más es una carga, pero luego, pasados los años, se ve de otra manera. O cuesta advertir que empeñarse en alcanzar determinado logro profesional a costa de la familia, de la honradez o de la lealtad, es algo que no merece la pena.

Vistas sin la necesaria profundidad, las cosas importantes pueden parecernos a veces insulsas y prosaicas, o hasta ridículas, pero dedicarles la energía y el tiempo necesarios es la mejor inversión de toda una vida, un esfuerzo que transforma a las personas y las engrandece. Por eso es preciso levantar la mirada hacia el largo plazo de las consecuencias de nuestras decisiones.

Y en todo caso, como al final tomamos siempre algunas decisiones equivocadas, que el tiempo se encarga de hacernos ver de forma meridiana, también es importante en esos momentos centrarse en lo importante: asumir esos errores y no horadar en ellos, rectificar en lo posible, sacar experiencia y no echar las culpas a los demás.