Alfonso Aguiló, “Reflejos humanos”, Hacer Familia nº 241, 1.III.2014

El lunes 20 de enero de 2014 era festivo en EEUU porque se conmemoraba el nacimiento de Martin Luther King. Ese día, Tyler Doohan, aprovechando el puente, preguntó a su madre si podía pasar la noche en el remolque donde vivía su abuelo.

Su madre se lo permitió y aquel día fue a dormir a la caravana donde residía Louis Beach, el abuelo de Tyler, en Penfield, un suburbio de Rochester, en el estado de Nueva York. Con aquel hombre, de 57 años, vivían diversos parientes en situación de necesidad y él los acogía en su modesta vivienda. A veces llegaban a ser diez o más personas las que habitaban aquel tráiler, incluidos varios nietos y bisnietos suyos.

A las 4.45 de la madrugada, el intenso calor de unas llamas despertó a Tyler, que acudió rápidamente al resto de estancias para avisar del fuego a su familia y socorrerlos. Había sido el primero en detectar que se estaba produciendo un incendio que se propagaba rápidamente y dificultaba la salida. A pesar de sus escasos ocho años de edad, tuvo reflejos y serenidad para actuar con eficacia y rapidez. En pocos segundos pudo ayudar a su abuela y a sus primos, de cuatro y seis años, que lograron ponerse a salvo. Antes de que llegasen los bomberos al lugar del siniestro, Tyler pudo ayudar a salir a un total de seis personas de aquella precaria vivienda en llamas. Después, el niño regresó otra vez para ayudar a su abuelo, y a su tío, Steven Smith, de 54 años, que se desplazaba en una silla de ruedas y no habría podido moverse por sí solo.

Pero ya no salió nadie más de allí. Cuando los bomberos consiguieron entrar, encontraron los tres cuerpos carbonizados en el cuarto de atrás del remolque. El de Tyler se encontraba a poca distancia de la cama de su tío. El muchacho estaba tratando de levantarle cuando fue vencido por el humo y el fuego.

Murió con tan solo ocho años intentando salvar a su tío y a su abuelo. El jefe de bomberos de Penfield, Chris Ebmeye, asegura que, si no hubiera sido por la serenidad y el arrojo de Tyler, el número de fallecidos habría sido mucho mayor. “Salvó a seis personas, es un héroe”, aseguró.

Se podría hablar mucho sobre si fue o no acertada la decisión de Tyler de dejar a su tía nada más rescatarla y volver corriendo a por las dos personas que quedaban. Él solo pensaba en que todavía estaban dentro y que apenas podrían respirar. Podía haber sido menos valiente y haberse quedado fuera. Había ya sobrado motivo para ser considerado un héroe. Pero él no pensaba en eso sino en los que no se habían salvado todavía.

Los vecinos lo describen como un chico activo, al que le gustaba jugar al fútbol en la calle con sus amigos, a veces bastante travieso, de los que faltaba demasiado a clase. Cursaba cuarto grado en el Distrito Escolar Central de East Rochester. Sus compañeros lo recuerdan como un chico de corazón, que siempre pensaba en los demás. Como también lo era su abuelo, un hombre con el que todos siempre podían contar, que ayudaba a la gente a limpiar la nieve a pesar de sus problemas de corazón y de espalda, una persona muy agradable y que acogía a quienes no tenían techo bajo el que vivir.

Estos arranques de valor son un ejemplo que quizá puede enseñarnos mucho. No es extraño encontrarse con niños que, ante situaciones límite, actúan con gran madurez y una sorprendente fortaleza psíquica. En esas ocasiones, en las que casi no queda tiempo para el razonamiento pausado ni para el análisis de riesgos e inconvenientes, es entonces cuando emerge limpiamente el reflejo espontáneo aprendido en el día a día de la vida. Tyler no era el clásico chico ejemplar, constante en sus estudios, prototipo de lo que suele esperarse de alguien de su edad. Quizá sus circunstancias vitales no se lo ponían fácil. Pero su desarreglada formación académica y familiar ocultaba otra formación no menos importante, la de pensar en los demás casi sin pensarlo, ese reflejo humano que engrandece a las personas y hace más habitable el mundo en que vivimos. Tyler demostró una psicología fuerte y un alto nivel moral. Ambas cosas se conquistan quizá con el esfuerzo diario surgido de decisiones meditadas, pero muchas veces se demuestran luego en decisiones de un instante, que muchas veces son las que mejor muestran la categoría de una persona.