Manuel González Barón, “Suicidio aistido y eutanasia: ¿muertes dignas?”, El Mundo, 24.XI.08

Cada vez con mayor frecuencia, oímos hablar en los medios de comunicación sobre suicidio asistido, eutanasia, muerte digna…; y no pocas veces se advierte una notable confusión en quienes utilizan esos términos. Esa confusión “contamina” después necesariamente las encuestas que se hacen sobre estas cuestiones. Puede tener cierto interés, por tanto, empezar clarificando algunos conceptos.

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Llucià Pou Sabaté, “Eutanasia… ¿qué es la muerte dulce?”, 27.XII.04

Tim O’Brien escribió en 1990 “Las cosas que llevaban los hombres que lucharon”, preciosa novela sobre la supervivencia de un soldado (depende de lo que lleva). En la guerra, la línea que separa la vida de la muerte es más tenue que nunca. Aparte de lo que lleva en la mochila, carga con su memoria, recuerdos, amuletos, fantasmas del pasado, objetos triviales que no le dejan olvidar que hay otra vida más allá de la guerra. En el capítulo “Amigos” habla de cómo Dave Jensen y Lee Strunk se hicieron amigos en el campo de batalla y se confiaron sus vidas, “hicieron el pacto de que si uno de los dos resultaba gravemente herido –como para tener que ir en silla de ruedas-, el otro, automáticamente, se encargaría de liquidarlo. Por lo que vi, hablaban en serio. Lo dejaron escrito en un papel, que firmaron junto con un par de compañeros a los que pidieron que hicieran de testigos. Y entonces, en octubre, Lee Strunk pisó una granada de mortero enterrada como si fuera una mina. Le arrancó la pierna derecha hasta la rodilla… Dave Jensen se acercó y se arrodilló junto a Strunk… hubo dudas acerca de si Strunk seguía vivo, pero al fin abrió los ojos y los alzó hacia Dave Jensen.

‘-¡Dios mío!’ –gimió, y trató de alejarse deslizándose y dijo-: ‘¡Por Dios, chico, no me mates!’ –‘Tranquilo’ –dijo Jensen. Lee Strunk parecía mareado y confundido. Se quedó quieto un instante y después hizo un gesto hacia la pierna: -‘En realidad, no es muy grave. No es el fin. ¡Eh, en serio… pueden volver a cosérmela… en serio!’ –‘Es cierto. Me juego algo a que pueden’. –‘¿Lo crees?’ -¿Por supuesto que sí’.

Strunk frunció el entrecejo hacia el cielo. Volvió a desmayarse, después despertó y dijo: -‘¡No me mates!’ –‘No lo haré –dijo Jensen.

–‘Hablo en serio.’ –‘Por supuesto’.

–‘Pero tienes que prometerlo. Júramelo: jura que no me matarás’.

Jensen asintió y dijo: ‘-Lo juro’.

–Y un momento después llevamos a Strunk al helicóptero. Jensen tendió la mano y le tocó la pierna buena-: ‘Vete tranquilo’ –dijo. Más tarde nos enteramos de que Strunk murió en algún sitio sobre Chu Lai, lo que pareció aliviar a Dave Jensen de un peso enorme”.

Un estudio del Instituto de Tumores de Milán (datos del 2001, publicados en el diario italiano “Avvenire”) refleja que de novecientos pacientes seguidos en ese año, sólo uno pidió que se le ayudara a morir. Y este único enfermo, cuando tuvo tratamientos paliativos que mitigaron el dolor, cambió de idea. Sigue diciendo el estudio que entre los enfermos de cáncer, el índice de suicidios es inferior a la media de la población sana (17.964 pacientes investigados en Italia en estos años por el Instituto de Tumores de Milán, cinco suicidios, es decir el 0,027% y una media similar se da en otros países europeos). Concluyen los autores de ese estudio que, mientras los medios de comunicación se hacen eco de las campañas en favor de la eutanasia para estos enfermos terminales, en los pasillos de los hospitales no suele ser un argumento frecuente: más bien el estudio constata que el cáncer desarrolla en la persona un fuerte apego a la vida. Franco De Conno, responsable de Terapias Paliativas de ese Instituto, afirma que más allá de la legitimidad o no de la eutanasia «el problema es ofrecer a todos la posibilidad de soportar la enfermedad sin sufrimientos inútiles».

La práctica de eutanasia a una persona en Holanda cuesta 3.600 dólares, y explica De Conno que es «un negocio para las clínicas que la practican, así como para las empresas de seguros y para el servicio sanitario que así se liberan del peso de la asistencia a un enfermo que, cuando no es asistido adecuadamente, la única cosa que pide es morir cuanto antes». La estancia diaria de un paciente terminal en un hospital de la red sanitaria pública italiana cuesta unos 180 dólares al día. Y la eutanasia podría ser una tentación para solucionar un problema de mantenimiento del sistema público, si no se atiende bien a alguien, éste pide morir y se complacen sus deseos: se ahorraría Hacienda devolver a determinadas personas lo que recibió de ellas como cotización de Seguridad Social.

La novela citada en el principio cuenta los recuerdos que quedan en la memoria, y de los que está hecha la vida, con una imagen de cuando patinaba, cuando de pequeño le llamaban Timmy: “Soy joven y feliz. Nunca moriré. Estoy deslizándome por la superficie de mi propia historia, moviéndome deprisa, viajando sobre el hielo derretido bajo la hoja de los patines, y cuando doy un largo salto hacia la oscuridad y aterrizo treinta años después, advierto que es como si Tim tratara de salvar la vida de Timmy con una historia”. Acaba así, con un canto a la esperanza que hemos de fomentar día a día, afrontando la vida y haciendo el bien, que nos lleva luego a ese otro mundo donde no hay ya muerte…

Ignacio Sánchez Cámara, “Democracia a la carta (eutanasia)”, ABC, 4.IX.2004

La película de Amenábar reabre el debate sobre la eutanasia con más fuerza que el drama personal de Ramón Sampedro. La realidad imita al arte. Mientras tanto, Holanda abre el camino a la eutanasia infantil, en la que el único argumento a favor, la autonomía personal y la libre decisión, queda suprimido, aunque se sustituya por la decisión de los padres. El Gobierno, por su parte, anuncia una solución legal en la actual Legislatura. No sabemos cuál porque él mismo no lo sabe. Depende de la voluntad de los ciudadanos. Como debe ser en una democracia, el gobierno del pueblo. La propuesta del Ejecutivo revela su concepción de la democracia: abrir un debate sereno y riguroso, en el que se escuche a los expertos y a la sociedad para saber lo que quieren los españoles. Incluso anuncian una encuesta del CIS, el nuevo oráculo. Que hable la calle. Tan irreprochablemente democrático proceder suscita, no obstante, algunas dudas y perplejidades. En primer lugar, sombras sobre la posición del Gobierno. Ni sabe ni contesta. Espera. Y esperar el veredicto popular es la manera perfecta de no equivocarse. Mas ¿por qué la incertidumbre en este caso y la certeza en tantos otros? Acaso se trate de una de esas cuestiones, por lo que parece escasas, en las que sólo cabe esperar el dictamen de la voluntad popular, al margen de los expertos. Pero a esta conjetura se opone el anuncio de consultar a los expertos. ¿A cuáles? ¿A los que decida el Gobierno? ¿A los médicos y científicos? ¿A los moralistas? ¿A los juristas? Inmediatamente asaltan otras dudas. ¿Y si la opinión de los expertos fuera contraria a la opinión mayoritaria, convenientemente expresada en las encuestas del CIS? ¿Qué hacer entonces? ¿Sacrificar a los expertos o a la mayoría? La opción democrática parece clara. Entonces, ¿para qué consultar a los expertos? Y ¿por qué no se somete a escrutinio la opinión de los ciudadanos sobre, por ejemplo, los Presupuestos Generales del Estado, o el matrimonio entre homosexuales, o la reforma de los Estatutos de Autonomía? Por lo demás, esta implacable lógica democrática podría conducir a la supresión de los programas electorales y, por ese camino, de los partidos políticos. Todo quedaría reducido a una gran e indeclinable promesa electoral: hacer lo que quiera el pueblo. ¿Quién se atrevería a votar en contra? No hay programa preferible a ése que promete todo lo que la mayoría decida. Sería la apoteosis del programa único, del partido único, y el triunfo de la democracia directa y plebiscitaria. La vieja estirpe de los políticos decididos, como Pericles, a convencer a la opinión del valor de sus ideas y propuestas quedaría definitivamente extinguida. El político vendría a ser así mero ejecutor de la voluntad soberana. El resultado no es otro que el gobierno a golpe de debate y encuesta. Es la realización del sueño de todo demagogo: carecer de ideas propias y convertirse en el brazo ejecutor de la voluntad popular. ¿Quién se atreverá a exigir límites a un Gobierno sólo guiado por la sabiduría popular que nunca se equivoca? Es también el acta de defunción de la democracia liberal y representativa, atenta, sobre todo, a trazar límites, frenos y contrapesos al ejercicio del poder, y a establecer un procedimiento para la libre crítica y la sustitución pacífica de los gobernantes. Ni la eutanasia ni ninguna otra cosa están en sí mismas bien o mal desde el punto de vista de la justicia. Todo depende del resultado de los debates y del dictamen de las encuestas. Y la oposición, al trastero con las demás cosas inservibles.

Damián Muñoz, “Mar adentro”, ABC, 10.IX.04

Hay hechos históricos que conviene recordar porque aportan luz para analizar la actualidad.

En 1920, Alfred Hoch y Karl Binding publicaron un libro titulado «Autorización para la destrucción de vidas indignas de vivir». En ese libro acuñaron una expresión que ahora volvemos a oír -«vidas indignas de ser vividas»- y reclamaron la autorización de la eutanasia para unos seres humanos a los que describían como «cáscaras humanas vacías».

En 1942, Joseph Goebbels, ministro de propaganda de Hitler, preparó minuciosamente la estrategia de la eutanasia nazi con la ayuda de una película titulada «Yo acuso». Contaba la historia de una mujer gravemente enferma que suplicaba a su marido que la matara. El esposo secundaba esta petición, sufriendo por ello una dura condena. La finalidad de la película era desencadenar reacciones emotivas del público en contra de los fiscales y jueces, y difundir una opinión favorable hacia este tipo de «muerte por compasión».

No sé si la película «Yo acuso» tuvo una campaña publicitaria tan sonada como la que nos inunda en estos días, ni si a su estreno asistió la mitad del Gobierno, pero, desde luego, logró su objetivo.