William Shea, “El caso Galileo en un contexto nuevo”, Alfa y Omega, 27.I.05

Religión y ciencia son dos asuntos cuya capacidad de convocatoria en la opinión pública es cada vez más creciente. El conflicto que en el pasado las había confrontado parece haberse esfumado. El mismo caso Galileo, que representa el momento de mayor tensión entre ambas, se encuadra en un contexto nuevo. Hoy aparece como un acontecimiento sobre el que se ha especulado durante largo tiempo, y que debe ser juzgado con mayor objetividad. Los documentos de los Archivos Vaticanos no concuerdan con lo que la propaganda decimonónica anticlerical dice de este episodio. Lo afirma, en esta entrevista concedida al diario Avvenire, el profesor William Shea, quien, después de haber enseñado en Cambridge y en Harvard, ocupa hoy la misma cátedra de Historia de la Ciencia que ocupó Galileo, en Padua.

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Nuevo documento histórico sobre Galileo, Zenit, 21.VIII.03

CIUDAD DEL VATICANO, 21 agosto 2003 (ZENIT.org).- Una carta, descubierta en estos días, confirma que el Papa Urbano VIII se preocupó porque el proceso contra Galileo Galilei (1564-1642) se realizara con rapidez a causa y en el respeto de las precarias condiciones de salud del imputado.

El descubrimiento de la carta se debe al historiador Francesco Beretta, profesor de Historia del Cristianismo, en la Universidad alemana de Friburgo, que la ha encontrado en los archivos del antiguo Santo Oficio, actualmente Congregación para la Doctrina de la Fe.

Se trata de una carta del comisario del Santo Oficio Vincenzo Maculano da Firenzuola del 22 de abril de 1633, dirigida al cardenal Francesco Barberini, para expresar las preocupaciones del Papa por el científico acusado de herejía.

Según Beretta, la redacción de la sentencia del 22 de junio de 1633 contra Galileo, al menos en sus partes esenciales, se debe probablemente al mismo comisario del Santo Oficio.

«Es indudable que para alguno todavía hoy Galileo es sinónimo de libertad, modernidad y progreso, mientras que la Iglesia es dogmatismo, oscurantismo, estancamiento. Pero la realidad es muy diferente de esta percepción surgida de la fantasía», explica el nuevo secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

El arzobispo Angelo Amato, de 65 años, salesiano, tras este descubrimiento recuerda en una entrevista concedida a la última edición del semanario italiano «Famiglia Cristiana», aspectos sobre el proceso contra Galileo.

«Cuando, en 1610, Galileo publicó “Sidereus Nuncius”, en donde sostenía la centralidad del sol en el universo, recibió el aplauso tanto de Johannes Kepler, el gran astrónomo, y del jesuita Clavius, autor del Calendario gregoriano. Incluso entre los cardenales romanos recogió un gran éxito, de hecho todos querían contemplar el cielo con su famoso telescopio».

«Quienes se le opusieron fueron sobre todo los filósofos, en especial los de la escuela peripatética de Pisa, que se inspiraban en Aristóteles, y comenzaron a poner en juego la Sagrada Escritura», recuerda. Por estas presiones, intervino después el Santo Oficio.

En octubre de 1992, coincidiendo con el 359 aniversario de la muerte de Galileo Galilei, presentó sus conclusiones la Comisión especial de teólogos, científicos e historiadores, creada por Juan Pablo II en 1981, presidida por el cardenal Paul Poupard, presidente del Consejo Pontificio de la Cultura, para examinar los posibles errores cometidos por el tribunal eclesiástico que condenó en 1633 al famoso astrónomo.

El 31 de octubre de 1992, Juan Pablo II reconoció públicamente esos errores: «Permítasenos deplorar ciertas actitudes mentales… derivadas de la falta de percepción de la legítima autonomía de la ciencia», afirmó ante la Academia Pontificia de las Ciencias.

Ahora bien, monseñor Amato pide acabar finalmente con la leyenda negra en torno a Galileo, «transmitida por una mentirosa iconografía, según la cual, Galileo fue encarcelado o incluso torturado para que abjurase».

«Cuando se alojó unos veinte días en el Santo Oficio, su habitación fue el apartamento del fiscal, uno de los oficiales más elevados de la Inquisición, donde fue asistido por su propio servidor», explica. «Durante el resto de su estancia en Roma fue huésped del embajador florentino en la Villa Medicis».

En una pasada entrevista concedida a Zenit, el cardenal Poupard recordó que «desde luego, Galileo sufrió mucho; pero la verdad histórica es que fue condenado sólo a “formalem carcerem” –una especie de reclusión domiciliaria–, varios jueces se negaron a suscribir la sentencia, y el Papa de entonces no la firmó».

«Galileo pudo seguir trabajando en su ciencia y murió el 8 de enero de 1642 en su casa de Arcetri, cerca de Florencia. Viviani, que le acompañó durante su enfermedad, testimonia que murió con firmeza filosófica y cristiana, a los setenta y siete años de edad», añadió el cardenal Poupard.

La Comisión vaticana que sirvió para la rehabilitación de Galileo, sigue revelando monseñor Amato, declaró que «la abjuración del sistema copernicano por parte del científico se debió esencialmente a su personalidad religiosa, que pretendía obedecer a la Iglesia aunque ésta estuviera en el error. Galileo no quería ser un hereje, no quería exponerse a la condenación eterna, y por tanto aceptó la abjuración para no pecar».

En definitiva, según el arzobispo, tras la investigación de la Comisión y la rehabilitación del Papa, se puede considerar que el caso de Galileo ha quedado cerrado.

Este episodio, concluye, ha enseñado «a no poner en primer plano la contraposición sino más bien la armonía que debe reinar» entre la razón y la fe, «las dos alas con las que el cristiano puede volar hasta Dios», «como ha sintetizado Juan Pablo II en la encíclica “Fides et ratio”».

El científico creyente, subraya el secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, tiene la tarea «de no tener miedo a desempeñar su labor de investigación de la verdad».

Tomado de Zenit, ZS03082103

Mariano Artigas y William Shea, “Nueva perspectiva del caso Galileo”, Zenit, 31.III.03

Nueva perspectiva de las relaciones entre Galileo y la Iglesia, a través de un libro de Mariano Artigas y William Shea.

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José Ignacio Moreno, “Galileo Galilei y sus jueces”, Palabra, IX.97

En octubre de 1992, coincidiendo con el 359 aniversario de la muerte de Galileo Galilei, presentaba sus conclusiones la Comisión especial de teólogos, científicos e historiadores, creada por Juan Pablo II en 1981, para examinar los posibles errores cometidos por el tribunal eclesiástico que condenó (1633) al famoso astrónomo. Dicho examen tampoco aportó ninguna novedad desconocida: los teólogos pontificios del siglo XVII traspusieron los límites de la doctrina de la fe para interferir en una cuestión de ámbito científico. Por su parte, Galileo presentaba como conclusiones irrefutables unas verdades que no había logrado demostrar científicamente: sólo se probarían un siglo más tarde. En todo caso, conviene señalar que el episodio de Galileo no es, en absoluto representativo: es el único conflicto histórico de ese género.

La primera mitad del siglo XVII supone el inicio de lo que Paul Hazard ha llamado “la crisis de la conciencia europea”, titulo de una de sus más famosas obras. Un complejo maridaje de factores hace cambiar la mentalidad de los hombres.

En el ámbito filosófico viven Francis Baton -que consideró la experiencia como única fuente de conocimiento- y Renato Descartes, que define la verdad como la claridad de los conceptos; no tanto su adecuación a la realidad. Y es en el campo científico-astronómico donde Galileo desarrolla su nueva cosmología.

“Su idea básica era la existencia de una armonía en el universo y la aplicación de la matemática a los fenómenos observados, apartándose de la física aristotélica. Galileo abrió el camino a la ciencia moderna al afirmar que los fenómenos materiales obedecen a leyes bien definidas y que el objeto de los científicos es descubrirlas mediante observaciones cuidadosas y experimentos controlados. Ciencia y filosofía se separan en el siglo XVII: el objeto de aquella no será buscar respuestas a los por qués filosóficos, sino hallar el cómo de los fenómenos naturales” (Valentín Vázquez de Prada). La ciencia busca soluciones cuantitativas y se separa de la búsqueda por unidades de sentido metafísicas o existenciales.

LA PARADOJA DEL PROBLEMA Galileo, profundizando en la cosmovisión de Copérnico, presentó la teoría heliocéntrica con un acusado matiz polemista frente a las ideas de su época. Su base científica fue refutada por insuficiente y errónea, como así lo era. Su intuición genial, más tarde confirmada, no se apoyaba en unas pruebas correctas. Sin embargo esgrimió, frente a sus jueces teólogos, acertados razonamientos en el campo que no le era propio: la interpretación de la Sagrada Escritura.

Apeló a criterios de San Agustín referentes a la interpretación no necesariamente literal de la Biblia. Algún pasaje de la Biblia -aquél en que Josué detuvo el sol en su carrera parece corroborar la idea de la tierra como centro del cosmos. Pero no tendría por qué tratarse de una idea científica sino metafórica en orden al sentido último del universo al que se accede por la fe. Esto haría compatible el Antiguo Testamento con la teoría heliocéntrica.

Paradójicamente, el Santo Oficio -en virtud del dictamen de una comisión de teólogos astrónomos- puso de manifiesto los errores científicos de Galileo.

Según Walter Brandmüller, estudioso del tema, los miembros de la comisión inquisitorial tenían ideas similares a las del astrónomo italiano, pero no podían comprobarlas. Sin embargo erraron en su propio terreno: la interpretación de las Escrituras. El Tribunal, en el aparente dilema, optó por la inviolabilidad del texto bíblico.

SEPARAR DATOS Y OPINIONES Para Brandmüller este suceso manifiesta la historicidad de los saberes humanos. El juicio de la Iglesia sólo está preservado de error cuando se pronuncia sobre fe y moral. Pero la Iglesia no condenó a Galileo dogmáticamente. Sólo el que se considere exento de falibilidad -concluye Brandmüller- podría juzgar a los jueces de Galileo.

Por otra parte, conviene superar opiniones pasadas que mezclan datos con interpretaciones incoherentes. Por ejemplo, Owen Gingerich (cfr. El caso Galileo en “Investigación y ciencia” 1982, Il) cita al papa Urbano VIII cuando éste advierte a Galileo que el movimiento de las mareas podría no deberse al movimiento de la tierra, como efectivamente ocurre. Sin embargo, Gingerich se fija más en un pretendido a priori: “tal vez la verdad no sea lo que dices según tu hipótesis” (interpretando en esta visión una salvaguarda de la doctrina contra todo logro científico que pueda comprometerla), en vez de subrayar la prudente observación del Pontífice contra lo que era un error de Galileo, como reconoce lógicamente el propio Gingerich.

Este autor también dice que el Papa Pablo V (anterior a Urbano VIII) era de la opinión de declarar a Copérnico -punto de partida de Galileo- como contrario a la fe, aunque no llegó a hacerlo. La fuente en la que se basa para afirmar esto son, según el propio Gingerich, “los chismes recogidos en el diario de Giovanfrancesco Buanamici, un secretario de Galileo” (una fuente poco seria).

Por otra parte Gingerich, al hablar de la negación de Galileo respecto a sus propias ideas por presión de la Inquisición, desvincula a ésta de su contextuación histórica. No se trata de justificar, o no, una presión del Santo Oficio sobre Galileo, sino de afirmar que una visión actual -que no tenga en cuenta el valor, no sólo personal, sino estatal y social que la religión tenla en el siglo XVII -no puede enjuiciar con acierto una cuestión donde la mentalidad histórica es fundamental. Gingerich no niega el valor de la Sagrada Escritura pero no alcanza a entender el carácter armónico y complementario de la separación del método exegético- escriturístico y el científico astronómico.

Ha sido la propia Santa Sede quien mejor ha puesto todos los puntos sobre las íes.

JUAN PABLO II: “UN MALENTENDIDO QUE PERTENECE AL PASADO” Como la mayor parte de sus adversarios, Galileo no hizo distinción entre el análisis científico de los fenómenos naturales y la reflexión acerca de la naturaleza, de orden filosófico, que ese análisis por lo general suscita. Por esto mismo, rechazó la sugerencia que se le hizo de prensentar como una hipótesis el sistema de Copérnico, hasta que fuera confirmado con pruebas irrefutables. Ésa era, por lo demás, una exigencia del método experimental, de la que élñ fue el genial iniciador. (…) La nueva ciencia, con sus métodos y la libertad de investigación que suponía, obligaba a los teólogos a interrogarse acerca de sus propios criterios de interpretación de la Escritura. La mayoría no supo hacerlo. Paradójicamente, Galileo, creyente sincero, se mostró en este punto más perspicaz que sus adversarios teólogos (…) El horizonte cultural de la época de Galileo era unitario y llevaba impresa la huella de una formación filosófica particular. Ese carácter unitario de la cultura, que en sí es positivo y desable aún hoy, fue una de las causas de la condena de Galileo. La mayoría de los teólogos no percibía la distinción formal entre la Sagrada Escritura y su interpretación, y ello llevó a trasladar indebidamente el campo de la doctrina de la fe una cuestión que de hecho pertenecía a la investigación científica (…). A partir del Siglo de las luces y hasta nuestros días, el caso de Galileo ha constituido una especie de mito, en el que la imagen de los sucesos que se han creado estaba muy lejos de la realidad (…). Las aclaraciones aportadas por los estudiosos históricos recientes nos permiten afirmar que ese doloroso malentendido pertenece ya al pasado. · (Discurso a la Academaia de Ciencias, 31-X-1992).

LA COMISIÓN PAPAL Fue el Papa quien deseó zanjar “un contencioso histórico que, amplificado y mitificado, ha sido el instrumento para difundir una imagen oscurantista de la Iglesia en relación al progreso científico”. En el marco de la reunión anual de la Academia Pontificia de las Ciencias se dieron a conocer las conclusiones elaboradas por una comisión interdisciplinar, instituida por Juan Pablo II en 1981, para examinar a fondo las circunstancias de la condena que el Santo Oficio romano hizo, en 1633, de las teorías del astrónomo italiano.

“Algunos medios de comunicación presentaron este acto como la rehabilitación de Galileo por parte de la Iglesia, como si ésta reconociera ahora por primera vez el error de entonces. La realidad es que la teoría heliocéntrica fue reconocida oficialmente por el Santo Oficio ya en 1741, cuando aparecieron los instrumentos mecánicos y ópticos que permitieron demostrar que la Tierra gira en torno al Sol y sobre su propio eje.

Este afán de clarificación debe aún superar ciertos clichés, que olvidan que tanto Copérnico como Galileo eran sinceros creyentes y que sus teorías se enseñaban en Universidades de la Iglesia”.

CONCLUSIONES DE LA COMISIÓN Las conclusiones del examen se pueden extractar en el discurso que pronunció ante el Papa el Cardenal Paul Poupard, coordinador de los trabajos: “El objetivo de estos grupos de trabajo era responder a las expectativas del mundo de la ciencia y la cultura en lo que respecta a la cuestión de Galileo, repensar enteramente la cuestión -con plena fidelidad a los hechos establecidos históricamente y en conformidad con las doctrinas y la cultura del tiempo- y reconocer lealmente, en el espíritu del Concilio Ecuménico Vaticano II, los errores y los aciertos, vinieran de donde vinieran (…) “La investigación ha sido amplia, exhaustiva,, y ha sido llevada en cada uno de los campos interesados (…) “En una carta del 12 de abril de 1615 dirigida al carmelita Foscarini, el Cardenal Roberto Bellarmino habla expuesto ya las dos verdaderas cuestiones suscitadas por el sistema de Copérnico: la astronomía copernicana, ¿es verdadera, en el sentido de que se funda sobre pruebas rea les y verificables, o al contrario se basa solamente en conjeturas y apariencias?; las tesis copernicas, ¿son compatibles con los enunciados de la Sagrada Escritura? Según ¡Roberto Bellarmino, hasta que no se proporcionaran pruebas de la rotación de la tierra en torno al sol, era necesario interpretar con mucha circunspección los pasajes de la Biblia que declaraban que la tierra era inmóvil. Pero si se demostrara que la rotación de la tierra era cierta, entonces los teólogos debían -según élrevisar sus interpretaciones de los pasajes de la Biblia aparentemente en contraste con las nuevas teorías copernicanas, de modo que no se considerasen falsas las opiniones cuya verdad estuviese demostrada (…) “De hecho, Galileo no consiguió probar de manera irrefutable el doble movimiento de la tierra, su órbita anual en torno al Sol y su rotación diaria en torno al eje polar, mientras que estaba convencido de haber encontrado la prueba en la mareas oceánicas, cayo verdadero origen solamente habría de demostrarlo Newton ( …) “En 1741, ante la prueba óptica, de la rotación de la tierra en torno al Sol, Benedicto XIV hizo conceder al Santo Oficio el Imprimatur a la primera edición de las Obras Completas de Galileo (…) “La relectura de los documentos del archivo demuestra una vez más que todos los actores del proceso, sin excepción, tienen el derecho al beneficio de la buena fe, en ausencia de documentos extraprocesuales contrarios. Las calificaciones filosóficas y teológicas abusivamente atribuidas a las nuevas teorías de entonces sobre la centralidad del Sol y la movilidad de la tierra fueron consecuencia de una situación de transición en el ámbito de los conocimientos astronómicos, y de una confusión exegética en lo que respecta a la cosmología. Herederos de la concepción unitaria del mundo que se impuso universalmente hasta el alba del siglo XVII, algunos teólogos contemporáneos de Galileo, no supieron interpretar el significado profundo, no literal, de la Escrituras, cuando éstas describen la estructura física del universo creado, hecho que les condujo a trasladar indebidamente al campo de la fe una cuestión de observación fáctica”. Prof. JOSÉ IGNACIO MORENO (Madrid) UN CASO ÚNICO El Papa no ha llevado a cabo una “rehabilitación” de Galileo, pues la Iglesia ya reconoció su error en 1741 cuando se dispuso de instrumentos que permitieron comprobar la verdad del heliocentrismo copernicano. Lo que la Iglesia ha subrayado es que los jueces de Galileo se equivocaron en el campo de la explicación de la Sagrada Escritura, la exégesis bíblica, al pensar que la “letra” de la Biblia defendía el sistema tolemaico, es decir que el Sol gira alrededor de la tierra (…) Según la doctrina católica, la infalibilidad de la Iglesia se circunscribe a las solemnes declaraciones “ex cathedra” del Papa y de los concilios ecuménicos en comunión en con el Papa. Es evidente, por tanto, que un tribunal eclesiástico se puede equivocar.

Quisiera subrayar a este propósito que la condena del Santo Oficio a Galileo no fue nunca firmada por el Papa ni fue una condena del magisterio de la Iglesia sino de un tribunal. Además, es importante centrar el episodio en sus debidos límites, porque, al ser un caso único, se ha creado un “mito Galileo” que poco tiene que ver con la realidad. (…). Prof. JUAN JOSÉ SANGUINETI (Roma) GALILEO SIGUIÓ TRABAJANDO Con frecuencia hablo de Galileo en mis clases y conferencias. Muchos oyentes piensan que Galileo fue quemado por la Inquisición. Por eso suelo recordar que Galileo murió de muerte natural a los 78 años (…) En 1633 tuvo lugar, en Roma, el famoso proceso contra Galileo. No fue condenado a muerte, ni nadie lo pretendió. Nadie le torturó, ni le pegó, ni le puso un dedo encima; no hubo ninguna clase de malos tratos físicos. Fue condenado a prisión que, teniendo en cuenta sus buenas disposiciones, fue inmediatamente conmutada por arresto domiciliario. Desde el proceso hasta que murió, vivió en su casa. Siguió trabajando con intensidad, y publicó su obra más importante en esa época. Tres de los diez altos dignatarios del tribunal se negaron a firmar la sentencia. Desde luego, el proceso no debió producirse, y fue lamentable. Pero los trabajos de Galileo siguieron adelante.

Prof. MARIANO ARTIGAS (pamplona)