Dawn Eden: Del sexo casual a la castidad

La periodista Dawn Eden ha publicado el libro “The Thrill of the Chaste: Finding Fulfillment While Keeping Your Clothes On” (La Emoción de la Castidad: Encontrando Satisfacción con la Ropa Puesta), en el que sostiene que para la mujer tiene mucho más sentido la castidad que el sexo casual. Una controvertida periodista americana experta en música rock, y que por muchos años fue una abanderada de la “revolución sexual”, se ha convertido –tras abrazar la fe católica– en una ferviente promotora de la castidad. Ella misma explica sus razones en este siguiente artículo traducido al español por El Espectador de Bogotá.

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Angela: Una conversión sorprendente

Testimonio de Ángela de la Comunidad "Nuovi Orizzonti"

Festival de Jóvenes Medjugorje 2006

Hace poco tiempo, el Padre Ljubo me pregunto si estaba dispuesta a compartirles mi historia. Y les puedo garantizar que no es fácil. Pero cuando se experimenta el amor de Dios, se aprende que no se puede guardar para uno mismo. Yo llevo 10 años viviendo esta forma de amor. Llevando el amor a quienes no conocen el amor de Dios. La comunidad nace en 1984 de Chiara Amirante, que comienza a llevar la palabra de Dios a los puntos de muerte de la ciudad de Roma. Tantos jóvenes que no conocían la palabra de Dios le pedían "Clara sácanos de este infierno".

Yo llevo 10 años, tengo 38 años y cuando entré a la comunidad no creía absolutamente en Dios. Creía que los sacerdotes y las religiosas se hacían sacerdotes y religiosas por la falta de trabajo. Veía una Iglesia que solo daba reglas. Una Iglesia que prohibía todo. Pero había una pregunta que me hacia: "Si es verdad que Dios es amor, por qué en el mundo hay sufrimiento?". Y con el sufrimiento tuve contacto apenas nací. Porque mi papa y mi mama me abandonaron en un hospital recién nacida. Viví mis primeros 6 años de vida en un orfanato. Dos meses después de mi adopción el instituto fue clausurado por maltrato a menores. Yo había conocido todo menos el amor. Y cuando un niño no conoce el amor es difícil que de adulto sepa dar amor. Crecí rebelde. En la escuela era instrumento de santificación para los profesores. Un día iba a la escuela y dos me suspendían.

Origen y primeras experiencias

A los 18 años eres mayor de edad en Italia, así que me fui de casa. Pude hacerlo porque tenía un trabajo, una ocupación. Yo soy una ex chef internacional de cocina. Comencé a trabajar en Italia y el resto de Europa. El dinero empezó a ser el Dios de mi vida. Entre más tenia, mas quería tener. Pero a fin de mes no quedaba nada. Todo lo que pertenece al mundo de la afectividad era un desastre. Tenía novios en base a la estación del año. Por lo tanto, tenía un novio para la estación invernal y otro para el verano. Y me decía, por lo pronto yo el corazón no lo meto. Pero cada vez era una herida más que dejaba al corazón muy lastimado.

Un duro golpe

Finalmente me enamoro de una persona que todas las madres de familia soñarían para su propia hija, inteligente, bueno, perfecto. Pero tenía un pequeño defecto: era un católico, un católico convencido. Y empezó a hablarme de Dios. Y le dije: "Escucha Luca las relaciones de 3 no funcionan, somos tu y yo y punto. Dios debe estar fuera". El fingió seguirme la corriente. Después de 2 años, una noche viene a mi casa y me dice: escucha Ángela, hablé con mi padre espiritual porque tengo intención de casarme contigo. Yo lo observé un poco perpleja pero por un solo motivo, porque no sabía qué era un padre espiritual. Y le respondí: "Vamos al registro de la ciudad, una cita, dos firmas y estamos casados". Y me dijo: "No, para mí es importante el sacramento del matrimonio. Nos dan la posibilidad de efectuar un matrimonio mixto donde tu declares ser no creyente pero yo puedo casarme contigo dentro de la Iglesia". Entonces mi siguiente pregunta fue: "Y esto cuánto cuesta?". "Nada". Por lo tanto, pensé, no cuesta nada, la imagen no la pierdo, puedo hacerlo. Puse una condición: "Tú organizas la boda".

El comenzó a organizar la boda, pero de repente se enferma, se enferma gravemente… Después de una serie de análisis, nos dicen que debido a una transfusión de sangre había contraído el HIV, tenía SIDA. Sentencia: ni un año de vida. Y ahí entro en contacto con la primera verdad de mi vida. Porque yo con el dinero hasta ese día había comprado todo y a todos. Pero una sola cosa no podía comprar, y esta era la vida. Y para mí fue una derrota. Luca partió para el paraíso 4 días antes del matrimonio. Y ahí se me derrumba el mundo… Recuerdo la tarde del funeral, yo estaba en una playa y dije: "Dios, si tú existes, yo te destruyo. Pero si tú no existes, pasaré mi vida diciéndole al mundo que no existes". Y ahí comenzó mi guerra con Dios.

Adónde llevan las sectas

Primero me acerqué a varias filosofías. Todo lo que era la New Age y Reiki. Pero no encontraba nada de la presencia de Dios. Hasta que un día una colega de trabajo me dijo que tal vez necesitaba ir a psicoterapia. Pensé: he probado todo, pruebo también esto. Y comencé a ir un día a la semana, dos días, tres días, cuatro veces por semana. La psicoterapia se convirtió en mi droga. No tenía la facultad de decidir nada de mi vida. Poco después la doctora me dice: sabes, Ángela, tal vez necesites hipnosis porque tenemos que entrar a lo más profundo de tus heridas. Le dije que sí. Desafortunadamente no estaba en situación de tomar ninguna decisión.

Desafortunadamente esta doctora era una sacerdotisa de una de las sectas satánicas más importantes de Italia. Ahí pasé dos años de mi vida. Dos años que me llevaron a perder mi dignidad de mujer, mi dignidad de ser humano. Solo el poder, solo el tener. Llegué a alcanzar la muerte del alma. La noche de Navidad de hace diez años, durante un rito, me dicen que hay una ciudad en Italia en la que puedo ir yo como líder, pero me dicen que tengo que demostrar mi pertenencia, mi afiliación. Y me dicen: "En Roma hay una joven, de nombre Chiara, que ha fundado hace poco tiempo una comunidad. Esta muy protegida por la Iglesia y para nosotros es un obstáculo. Si tu verdaderamente quieres pertenecer a nosotros y tener el poder, debes hacer una cosa: destruye Nuovi Orizzonti y mata a Chiara". Y acepté.

Parto para Roma la noche del 5 de Enero. Eran las 8 de la noche y Chiara estaba cenando. Toqué la puerta de la comunidad. Estaba segura de aquello que haría. Chiara cuenta siempre que en ese momento en su corazón escucho la voz de María que le decía: "Abre tú la puerta que es una hija mía que tiene una gran necesidad". Chiara se levantó y abrió la puerta y cuando abrió la puerta hizo una sola cosa. Me abrazó y me dijo: "Finalmente estás en casa". Es el abrazo que cambia mi vida. Un abrazo indeleble que llegó a mi corazón. Chiara me llevó a su habitación y hablamos un poco. Le entregué el arma y le dije: "Chiara, para mí ya no hay esperanza". Y me respondió: "Sí. Sí hay esperanza, porque el amor ha vencido a la muerte. Porque un hijo dio la vida por ti. Y Jesús te ama". Le dije: "Chiara, yo los conozco. Tengo pocos minutos. Ellos me matarán a mí y te matarán a ti". "No Ángela, no lo harán. Porque María te quiso en esta casa".

En la Iglesia Católica

Llamaron a un sacerdote, pues obviamente la primera cosa por hacer era una buena confesión. Debido a las actividades en las que estaba involucrada no me pudieron dar la absolución inmediatamente. Escribieron a la Santa Sede, a la Doctrina de la fe, mi historia. Y un cierto cardenal Ratzinger en pocos días respondió: "Hoy la Iglesia está de fiesta porque un Hijo ha regresado a casa". Con un permiso muy especial la noche del 27 de Enero, en la capilla de las hermanas de la Madre Teresa en Roma, pude recibir la comunión, pude consagrar mi corazón al Corazón Inmaculado de María, y pude hacer votos de pobreza, obediencia, castidad y la alegría de Cristo Resucitado. Y ahí comenzó mi camino. Mi camino de sanación. Donde ninguno había conseguido sanar ciertas heridas, solamente el amor de Jesús.

Pero había todavía una herida que no había podido sanar, y era la falta de una madre… porque me faltaba… Me faltaba cuando en Navidad todas la madres telefonaban y yo no recibía una llamada. Y entonces un día Chiara me envía a abrir un centro de ayuda a la vida. Un centro para jóvenes madres y menores en riesgo. Me fui con el entusiasmo de abrir una casa. Pero después de poco tiempo, empecé a recoger un grito de dolor. Madres que habían dado a luz en cárceles, que no sabían leer ni escribir, habían firmado ciertos documentos y una vez dado a luz el niño, les era arrebatado. Y entonces me decían: "Sabes, hoy tendría un hijo, pero está en alguna parte, tiene 8 años, nunca lo he visto". Comencé a recoger el grito de dolor de mujeres que habían abortado y me decían: "Sabes, hoy tendría un hijo pero lo asesiné".

La Cruz de Cristo

Por la noche, cuando llegaba frente a Jesús para entregarle todo este dolor. Empecé a escuchar una cosa en mi corazón: "Ángela, si hoy tú existes es porque tu madre dijo sí a la vida". Cuando se experimenta la misericordia de Dios, la primera cosa que se aprende es a no juzgar. Y yo no tenía ningún derecho de juzgar a mi madre. Porque si una madre llega a abandonar a un hijo es porque hay un gran dolor.

La ley italiana permite obtener información del propio origen. Encontré a mi madre. Comenzó a telefonearme y un día me sugirió conocernos personalmente. El 2 de Junio de 2004 partí para la ciudad donde ella vivía, para encontrarla. Y había dos partes de mí. Estaba la parte humana que decía finalmente podré llamar a alguien mamá. Pero había una parte operativa que me decía: Ángela, no sabes qué puedes encontrar allá. Mi error es que venció la parte humana. Pero el hombre propone y Dios dispone… porque pocos minutos después de encontrarnos, con una mirada que yo no le deseo ni a mi peor enemigo me dijo: "Tú para mi no has existido hasta ahora, no existes hoy, sal de mi vida". Yo no sé qué siente una madre cuando un hijo dice no al amor, pero les puedo decir lo que siente un hijo cuando una madre le dice no al amor…

Fue un gran dolor, regresé a Roma con Chiara y le dije: "Pero yo qué he hecho de malo a Jesús, trabajo para Él, por qué no me puede ayudar?", y Chira me respondió con una frase de Santa Teresa de Ávila a mi pregunta de por qué Jesús me trata así, me contestó: "Sabes, Ángela, a sus amigos los trata así". Y Santa Teresa había respondido: "Ahora entiendo por qué tienes tan pocos amigos"…

Una franca resistencia

Chiara me dijo: "Escucha, Ángela, tienes 20 días de vacaciones, hay un lugar al que puedes ir. Este lugar es Medjugorje, toma tus vacaciones y ve allá". Era el periodo del aniversario. Y pensé: yo a Medjugorje no voy. Mejor me pagas las vacaciones a Croacia que tiene un mar estupendo y un día voy a Medjugorje. Pero yo no voy a ir a meterme en las piedras, las colinas, el calor… Y ella me dijo: "Te recuerdo que tienes un voto de pobreza y un voto de obediencia. Y por obediencia vas a Medjugorje". Así que vine a Medjugorje.

Llego a Medjugorje. Y me daban pena los peregrinos. Porque decía: al menos ellos podrían ir al mar y no van. Yo estoy obligada a estar aquí. Los primeros 10 días no quise saber de nada. El undécimo día, cerca de la tienda verde, pasa la vidente Marija me saluda y me invita a una aparición. Y de golpe, riéndome, le contesto: "Escucha, Marija, la Virgen tiene que venir a mí porque yo no me muevo". Me observó un poco sorprendida y me dice: "Ee todas formas vienes".

Era al día siguiente en el Oasis de la Paz, estaba lleno de gente. Yo llego a las 6:20 p.m. y había gente que llevaba 2 o 3 horas esperando. Y yo decía: para qué llegar tan temprano, de todas formas no la veo. Llego al Oasis, pasa Marija, me toma por el brazo y me lleva con ella dentro de la capilla del Oasis. Y empieza la aparición. Me hizo arrodillarme, ella estaba al lado de mí. Yo veía a todos los peregrinos, y decía: "¡qué buenos, como rezan!", pero mi corazón estaba cerrado.

Por otro lado pensaba, no se podía estar al lado a un personaje como Marija y no verse afectado. De repente la observaba y veía que movía sus labios de vez en cuando, y en ese momento ¿saben cuál era mi preocupación? ¿Pero ella con la Virgen habla en italiano o en croata? Quince días después le hice esta pregunta y me dijo que hablaba en croata.

Contacto con lo divino

Pero en cierto momento sucedió una cosa, y se lo dice la persona más racional que existe. Empecé a sentir un calor en el cuerpo, era un calor que me envolvía, era como si algo me abrazara, pero lo más increíble era como si fuera un transplante de corazón y subrayo la palabra transplante porque no era un corazón reparado, era un corazón nuevo…

Termina la aparición, y yo continuaba repitiéndome, Ángela no ha pasado nada. Y entre más lo decía mejor me sentía. Marija se levanta e hizo lo que hace siempre, explica lo que ha sucedido. Delante a todos dice: "He presentado a la Virgen todas las intenciones de oración, la Virgen ha orado por ustedes, los ha bendecido" y después delante a todos me observa y me dice: "La Virgen hace suyo el dolor que llevas, pero a partir de hoy sólo Ella será tu Madre".

Marija de mi historia no sabia absolutamente nada. Salí de la capilla, Marija me toma por el brazo y nos vamos a casa. Y aún sin convencerme le hago una pregunta: ¿Marija, estabas ahí, tú en la capilla me viste? Y ella sonriendo me respondió: "Yo no, pero la Virgen sí". Y desde aquel día he sentido a María en mi vida.

He descubierto que cada vez que tengo el rosario en las manos es María quien me toma de la mano. Aquella tarde aprendí otra cosa, que era cierto que hasta ese día había trabajado para Dios. Pero que María quería que trabajara con Dios. Y otra cosa bellísima es que si yo quería llegar a ser santa, debería tomar a María como modelo de santidad. Y para un carácter como el mío no era fácil. No era fácil vivir la obediencia de María. No era fácil vivir la humildad de María. No era fácil vivir el silencio de María. El silencio de María bajo la cruz. María estaba bajo la cruz.

Un profundo en inexplicable cambio

Fue una experiencia bellísima. Porque descubrí que el dolor, puede ser transformado en amor por la humanidad. Cuando el Padre Ljubo me llamó, a través de Chiara, porque si hoy yo les hablo es porque me han autorizado a hacerlo, me imagino en el paraíso. Me imagino la Santísima Trinidad, con Maria, y los santos. ¡Cuantos se están formando en este momento!

Porque si aquella tarde yo dije que Dios no existe, después de 12 años puedo decirles que Dios existe. Por 8 años, viví en el silencio. Viví escondida. Pero hace 2 años, durante un capitulo general de la familia salesiana, Chiara y otras personas importantes me pidieron contar mi historia. Al principio tuve miedo. Pero cuando aprendes que la vida no te pertenece a ti, que la vida es un regalo…, hice este pacto con Jesús: "Jesús te ruego, si mi vida, mi historia, sirve a un solo joven a encontrar tu misericordia, daré mi vida por esto".

Seguridad en medio de la indigencia

Queridos Jóvenes: no tengan miedo al sufrimiento. El sufrimiento existe. El mundo nos enseña que no existe. El mundo nos enseña a cubrir el sufrimiento. Pero Jesús nos ha enseñado a vivirlo con Él. Lo que tiene clavado a Jesús a la cruz no son los clavos sino el amor especial que tiene por cada uno de nosotros… Les ruego, como decía San Francisco, no permitan que el amor de los amores no sea amado. Llevemos el amor de Dios a todo el mundo. La Madre Teresa decía: somos gotas en el mar, pero tantas gotas hacen un océano.

Queridos Jóvenes: como decía San Pedro, yo no tengo oro ni plata. Queridos Jóvenes: todo lo que tengo me llega de la Providencia, ni siquiera este rosario, me lo han dado. Queridos Jóvenes: yo no tengo nada. A diferencia de San Pedro, yo no hago milagros. Pero les puedo decir una cosa: que hay un Dios que ha dado la vida. Que hay un Dios que nos ama. Que debemos experimentar la alegría. La alegría de Cristo resucitado. Ese pedazo de pan que nosotros adoramos, ese pedazo de pan con el que nos nutrimos. Ahí está realmente el cuerpo de Jesús. Y lo digo con un gran dolor, porque los satanistas creen más que nosotros que ahí está el cuerpo de Jesús. Nosotros tenemos que empezar a creer. Tenemos que empezar a vivir a Jesús. San Pablo decía, no soy yo quien vivo, es Jesús quien vive en mí.

Entonces jóvenes, ya saben donde está la verdadera libertad. Está en una sola palabra, la verdadera libertad está en la obediencia. Y lo repito, no escapen al sufrimiento. Llévenlo con Jesús, y entonces ese sufrimiento se transformará en amor. Me despido con una frase de Edith Stein. Cuando Edith Stein se convirtió le preguntaron: ¿por qué te convertiste a la religión católica? Y ella respondió: "Porque busqué el amor y encontré a Jesús".

Francis Collins: He encontrado a Dios

El científico que lideró el equipo que descubrió el genoma humano ha publicado un libro en el que explica por qué ahora cree en la existencia de Dios y está convencido de que los milagros existen. Francis Collins, director del Instituto Nacional Estadounidense de Investigación del Genoma Humano reivindica que hay bases racionales para un Creador y que los descubrimientos científicos llevan al hombre “más cerca de Dios”.

Su libro, “El lenguaje de Dios”, reabre el antiguo debate sobre la relación entre ciencia y fe. “Una de las grandes tragedias de nuestro tiempo es esta impresión que ha sido creada de que la Ciencia y la Religión tienen que estar en guerra”, lamenta Collins, de 56 años.

Para Collins, aclarar el genoma humano no creó un conflicto en su mente. En su lugar, le permitió “vislumbrar el trabajo de Dios”. “Cuando das un gran paso adelante es un momento de regocijo científico porque tú has estado en esta búsqueda y parece que lo has encontrado”, explica. “Pero es también un momento donde, al menos, siento cercanía con el Creador en el sentido de estar percibiendo algo que ningún humano sabía antes, pero que Dios sí sabía desde siempre.” “Cuando has tenido por primera vez delante de ti estos 3.1 billones de letras del ‘libro de instrucciones’ que transmite todo tipo de información y todo tipo de misterios acerca de la humanidad, eres incapaz de contemplarlo página tras página sin sentirte sobrecogido. No puedo ayudar, sino admirar estas páginas y tener una vaga sensación de que eso me está proporcionando una visión de la mente de Dios”, reconoce.

Collins se une así a una línea de científicos cuyos descubrimientos han contribuido a reafirmar su fe en Dios. Isaac Newton, cuyo descubrimiento de las leyes de la gravedad “reorganizó” nuestra manera de entender el universo, fue uno de ellos. Newton aseguró que “el sistema más bello sólo podría proceder del dominio de un ser inteligente y poderoso”. Otro de ellos fue Einstein, que revolucionó nuestro entendimiento del tiempo, de la gravedad y de la conversión de la materia en energía. Einstein creía que el universo tenía un Creador: “Quiero saber cómo creó Dios el universo, quiero conocer Sus pensamientos; el resto son detalles”, escribió.

Collins fue ateo hasta los 27 años, cuando como un joven doctor, quedó impresionado por la fortaleza que la fe daba muchos de sus pacientes más críticos. “Tenían terribles enfermedades de las que con toda probabilidad no iban a escapar, y todavía, en lugar de quejarse a Dios, parecían apoyarse en su fe como una fuente de consuelo”, explica. “Fue interesante, extraño e inquietante”.Por eso decidió visitar una Iglesia metodista y le dieron una copia del libro de C. S. Lewis “Mere Christianity”, que argumenta que Dios es una posibilidad racional. El libro transformó su vida. “Era un argumento que no estaba preparado para oír”, dijo. “Estaba muy feliz con la idea de que Dios no existía y de que no tenía interés en mí. Y todavía al mismo tiempo, no podía alejarme”.

Collins cree que la Ciencia no puede ser usada para refutar la existencia de Dios porque está confinada a su mundo “natural”. Bajo esta luz, el director del Instituto Nacional Estadounidense de Investigación del Genoma Humano cree que los milagros son una “posibilidad real”.

Tomado de http://www.caminayven.com/modules.php?name=News&file=article&sid=619

Dominique Morin: vivía inmerso en la droga, la violencia y el sexo

Viví inmerso en la droga, la violencia política y el placer sexual Dominique Morin es bastante conocido en Francia. Ha escrito un libro, “Le sida a fait de moi un témoin”, no traducido al castellano. Ofrecemos cuatro artículos suyos con trazos autobiográficos. En ellos habla desde la experiencia de una persona conoce de primera mano varios de los males de nuestro tiempo. Su posterior conversión hacen de él un testimonio vivo del cristianismo y recibe invitaciones para dar conferencias por toda Francia. Su e-mail es dom.morin@wanadoo.fr. Continúa leyendo Dominique Morin: vivía inmerso en la droga, la violencia y el sexo

Sor Tripi: 25 años hablando de Dios a los peores criminales

Sor María Luz lleva 25 años dedicándose a la pastoral penitenciaria y no tiene ninguna intención de abandonar su tarea. Cada mañana se levanta a las cinco y media para tener un rato de oración y coger fuerzas -«porque yo sola no puedo hacer nada»- antes de entrar al patio de una cárcel y hablar del amor de Dios a violadores, toxicómanos, criminales y atracadores. Se llama María Luz, pero los presos la conocen como «sor Tripi», porque, dicen, sus palabras les ponen más eufóricos que cualquier droga.

– ¿Qué es lo que más le gusta de esta tarea? – Dedicarme a ellos, que tienen vidas tan rotas, que nunca han recibido amor de nadie. Es maravilloso poder darles el amor de Dios que recibo cada día en la oración, decirles, aunque sean criminales, «Tú corazón es bueno y está hecho a imagen y semejanza de Dios. Esas heridas que tienes sólo Cristo las puede curar. Tú eres importante y especial para Dios. Él te ama tanto que sólo quiere que seas feliz. Aunque tú hayas andado a tu rollo, Él viene a rehacer tu vida».

– ¿Y cómo reaccionan los presos? – Muchos se ponen a llorar al ver que Dios les ama realmente. Una vez, en la cárcel de Carabanchel me querían prohibir ver a un preso porque era muy peligroso. Al final conseguí hablar con él y se dio cuenta de que era hijo de Dios. Empezamos a hablar y le dije la verdad: «Dios te ama mucho. Eres capaz de rehacer tu vida si te apoyas en Él». Se puso a llorar y a contarme cosas de su vida y, sobre todo, empezamos a orar. Siempre llevo la Biblia y les hablo desde la Palabra para tratar de su vida. Cuando un criminal dice: «Cristo, te adoro como Dios y Señor; creo que Tú has venido a salvarme, estoy dispuesto a abandonar el pecado», es capaz de cambiar de vida. Me preguntan: «¿Eso es verdad?, ¿Dios me quiere?, ¿A mí?». Y se sienten felices al ver el amor gratuito de Dios.

– Debe ser una tarea muy dura, ¿de dónde saca las fuerzas? – Los presos me dan mucho más de lo que puedo darles yo. Dios se identifica con ellos. No quiere que estén ahí, pero no los deja sólos. Jesucristo sufrió en la cruz de una forma desgarradora y terrible, pero eso no es nada comparado con lo que sufre por los hijos que pasan de él. Yo no puedo dejar de ir a verlos. Es más fuerte que una droga. Te quieren por la alegría que les das en ese infierno terrible que son los patios. Si veo a uno llorar, le doy un abrazo. Y le digo: «¿Sabes lo que te ama Dios, que a mí me da fuerzas, aunque soy mayor, para venir a verte y decirte que te quiere?».

– Escuchar a presos debe ser duro…

– A veces sí, porque cuentan cada historia… Hay padres que los han violado, prostituido, explotado, pegado… ¡Cómo no voy a ir, si me dicen «si hubiese conocido a Cristo antes, yo no estaría aquí»! – ¿Ha visto muchas conversiones? – ¡Sí! Dios se manifiesta a través de ellos. Cristo está en ellos, a mí me enseñan, me evangelizan. Algunos cambian. Pasan de ser agresivos a ir con la Biblia y el rosario por el patio. Y dicen entre sí: «Tío, Jesucristo ha cambiado mi vida totalmente; su poder es increíble». Y eso que los patios son un infierno. Voy a la cárcel porque veo la alegría que a través de mí da el Señor a mis hermanos.

– ¿Se siente alguna vez impotente? – Muchísimo. Él ha venido a salvarnos y hay tantas veces que no soy capaz de transmitirlo. Me da paz saber que todo está en sus manos. Yo no hago nada, es Cristo quien lo hace.

– ¿Cómo le gustaría terminar esta entrevista? – Con una bendición a los lectores, para que lean buenas noticias y vean la presencia de Dios en el mundo.

Entrevista de José Antonio Méndez en La Razón, 10.III.06

San Francisco Javier: El gran apóstol de Oriente

De Javier a París Francisco nació en 1506, en el castillo de Javier en Navarra, cerca de Pamplona, España. Era el benjamín de la familia. A los dieciocho años fue a estudiar a la Universidad de París, en el colegio de Santa Bárbara, donde en 1528, obtuvo el grado de licenciado. Dios estaba preparando grandes cosas, por lo que dispuso que Francisco Javier tuviese como compañero de la pensión a Pedro Fabro, que sería como él jesuita y luego beato, también providencialmente conoció a un extraño estudiante llamado Ignacio de Loyola, ya bastante mayor que sus compañeros. Al principio Francisco rehusó la influencia de Ignacio el cual le repetía la frase de Jesucristo: «¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?». Este pensamiento al principio le parecía fastidioso y contrario a sus aspiraciones, pero poco a poco fue calando y retando su orgullo y vanidad. Por fin san Ignacio logró que Francisco se apartara un tiempo para hacer un retiro especial que el mismo Ignacio había desarrollado basado en su propia lucha por la santidad. Se trata de los «Ejercicios Espirituales». Francisco fue guiado por Ignacio en aquellos días de profundo combate espiritual y quedó profundamente transformado por la gracia de Dios. Comprendió las palabras que Ignacio: «Un corazón tan grande y un alma tan noble no pueden contentarse con los efímeros honores terrenos. Tu ambición debe ser la gloria que dura eternamente».

Llegó a ser uno de los siete primeros seguidores de San Ignacio, fundador de los jesuitas, consagrándose al servicio de Dios en Montmatre, en 1534. Hicieron voto de absoluta pobreza, y resolvieron ir a Tierra Santa para comenzar desde allí su obra misionera, poniéndose en todo caso a la total dependencia del Papa. Junto con ellos recibió la ordenación sacerdotal en Venecia, tres años más tarde, y con ellos compartió las vicisitudes de la naciente Compañía. Abandonado el proyecto de Tierra Santa, emprendieron camino hacia Roma, en donde Francisco colaboró con Ignacio en la redacción de las Constituciones de la Compañía de Jesús.

A las misiones En 1540, San Ignacio envió a Francisco de Javier y a Simón Rodríguez a la India en la primera expedición misional de la Compañía de Jesús. Para embarcarse, Javier llegó a Lisboa hacia fines de junio. Inmediatamente, fue a reunirse con el padre Rodríguez, quien se ocupaba de asistir a los enfermos en el hospital donde vivía. Javier se hospedó también ahí y ambos solían salir a catequizar en la ciudad. Pasaban los domingos oyendo confesiones en la corte, pues el rey Juan III los tenía en gran estima. Esa fue la razón por la que el P. Rodríguez tuvo que quedarse en Lisboa. También San Francisco Javier se vio obligado a permanecer ahí ocho meses y, fue por entonces cuando escribió a San Ignacio: «El rey no está todavía decidido a enviarnos a la India, porque piensa que aquí podremos servir al Señor tan eficazmente como allí». Pero Dios tenía otros planes y Francisco Javier partió hacia las misiones el 7 de abril de 1541, cuando tenía 35 años, el rey le entregó un breve por el que el Papa le nombraba nuncio apostólico en el oriente. El monarca no pudo conseguir que aceptase más que un poco de ropa y algunos libros. Tampoco quiso Javier llevar consigo a ningún criado, alegando que «la mejor manera de alcanzar la verdadera dignidad es lavar los propios vestidos sin que nadie lo sepa». Con él partieron a la India el P. Pablo de Camerino, que era italiano, y Francisco Mansilhas, un portugués que aún no había recibido las órdenes sagradas. En una afectuosa carta de despedida que el santo escribió a San Ignacio, le decía a propósito de este último, que poseía «un bagaje de celo, virtud y sencillez, más que de ciencia extraordinaria».

Otros cuatro navíos completaban la flota. En el barco viajaba el gobernador de la India, Don Martín Alfonso Sousa y, además de la tripulación, había pasajeros, soldados, esclavos y convictos. Entre la tripulación y entre los pasajeros había gente de toda clase y Javier tuvo que mediar en reyertas, combatir la blasfemia, el juego y otros desórdenes. Los domingos predicaba al pie del palo mayor. Convirtió su camarote en enfermería y se dedicó a cuidar a todos los enfermos, a pesar de que, al principio del viaje, los mareos le hicieron sufrir mucho a él también. Pronto se desató a bordo una epidemia de escorbuto y sólo los misioneros se encargaban del cuidado de los enfermos. La expedición navegó meses para alcanzar el Cabo de Buena Esperanza en el extremo sur del continente africano y llegar a Mozambique, donde se detuvo durante el invierno; después siguió por la costa este de África oriental y se detuvo en Malindi y en Socotra. Por fin, la expedición llegó a Goa, el 6 de mayo de 1542.

La pérdida de la fe entre los cristianos de las colonias Goa era colonia portuguesa desde 1510. Había ahí un número considerable de cristianos, con obispo, clero y varias iglesias. Pero muchos portugueses se habían dejado arrastrar por la ambición y los vicios, y muchos abandonaban la fe. Los sacramentos habían caído en desuso; se usaba el rosario para contar el número de azotes que mandaban dar a sus esclavos. La escandalosa conducta de los cristianos alejaba de la fe a los indígenas. Esto fue un reto para San Francisco Javier. El misionero comenzó por instruir a los portugueses en los principios de la religión y a formar a los jóvenes en la práctica de la virtud. Después de pasar la mañana en asistir y consolar a los enfermos y a los presos, en hospitales y prisiones miserables, recorría las calles tocando una campanita para llamar a los niños y a los esclavos al catecismo. Estos acudían en gran cantidad y el santo les enseñaba el Credo, las oraciones y la practica de la vida cristiana. Todos los domingos celebraba la misa a los leprosos, predicaba a los cristianos y a los hindúes y visitaba las casas. Su amabilidad y su caridad con el prójimo le ganaron muchas almas. Uno de los pecados más comunes era el concubinato de los portugueses con las mujeres del país. Javier predicó la moralidad cristiana, demostrando que no contradecía ni al sentido común, ni a los instintos verdaderamente humanos. Para instruir a los pequeños y a los ignorantes, el santo solía adaptar las verdades del cristianismo a la música popular, un método que tuvo tal éxito que, poco después, toda Goa cantaban las canciones que él había compuesto.

Misionero con los paravas Cinco meses más tarde, se enteró Javier de que en las costas de la Pesquería, que se extienden frente a Ceilán desde el Cabo de Comorín hasta la isla de Manar, habitaba la tribu de los paravas. Estos habían aceptado el bautismo para obtener la protección de los portugueses contra los árabes y otros enemigos; pero, por falta de instrucción, conservaban aún las supersticiones del paganismo. Javier partió en auxilio de esa tribu que «sólo sabía que era cristiana y nada más». El santo hizo trece veces aquel viaje peligroso, bajo el calor del sur de Asia. A pesar de la dificultad, aprendió el idioma nativo y se dedicó a instruir y confirmar a los ya bautizados. Los paravas, que hasta entonces no conocían siquiera el nombre de Cristo, recibieron el bautismo en grandes multitudes. A este propósito, Javier informaba a sus hermanos de Europa que a veces tenía los brazos tan fatigados por administrar el bautismo, que apenas podía moverlos. Los generosos paravas, que eran de casta baja, dieron a Javier una acogida muy calurosa, en tanto que los brahamanes, de clase alta, recibieron al santo con gran frialdad, y su éxito con ellos fue tan reducido que, tras un año, sólo había logrado convertir a un brahamán.

Por su parte, Javier se adaptó plenamente al pueblo con el que vivía. Con los pobres comía arroz y dormía en el suelo de una choza. Javier regresó a Goa en busca de otros misioneros y volvió a la tierra de los paravas con dos sacerdotes y un catequista indígena y con Francisco Mansilhas a quienes dejó en diferentes puntos del país. El santo escribió a Mansilhas una serie de cartas que constituyen uno de los documentos más importantes para comprender el espíritu de Javier y conocer las dificultades con que se enfrentó.

El escándalo de los malos cristianos: espina en el corazón Nada podía desanimar a Francisco. «Si no encuentro una barca- dijo en una ocasión- iré nadando». Al ver la apatía de los cristianos ante la necesidad de evangelizar comentó: «Si en esas islas hubiera minas de oro, los cristianos se precipitarían allá. Pero no hay sino almas para salvar». Deseaba contagiar a todos con su celo evangelizador. El sufrimiento de los nativos a manos de los paganos y los portugueses se convirtió en lo que él describía como «una espina que llevo constantemente en el corazón». En cierta ocasión, fue raptado un esclavo indio y el santo escribió: «¿Les gustaría a los portugueses que uno de los indios se llevase por la fuerza a un portugués al interior del país? Los indios tienen idénticos sentimientos que los portugueses». Poco tiempo después, San Francisco Javier extendió sus actividades a Travancore. Algunos autores han exagerado el éxito que tuvo ahí, pero es cierto que fue acogido con gran regocijo en todas las poblaciones y que bautizó a muchos habitantes. En seguida, escribió al P. Mansilhas que fuese a organizar la Iglesia entre los nuevos convertidos. En su tarea solía valerse el santo de los niños, a quienes divertía mucho repetir a otros lo que acababan de aprender de labios del misionero. Los badagas del norte cayeron sobre los cristianos de Comoín y Tuticorín, destrozaron las poblaciones, asesinaron a varios y se llevaron a otros muchos como esclavos. Ello entorpeció la obra misional del santo. Según se cuenta, en cierta ocasión, salió solo Javier al encuentro del enemigo, con el crucifijo en la mano, y le obligó a detenerse. Por otra parte, también los portugueses entorpecían la evangelización; así, el comandante de la región estaba en tratos secretos con los badagas. A pesar de ello, cuando el propio comandante tuvo que salir huyendo, perseguido por los badagas, San Francisco Javier escribió inmediatamente al P. Mansilhas: «Os suplico, por el amor de Dios, que vayáis a prestarle auxilio sin demora». De no haber sido por los esfuerzos infatigables del santo, los badagas hubieran exterminado a los paravas. Hay que decir, en honor de esa tribu, que su firmeza en la fe resistió a todos los embates.

El reyezuelo de Jaffna (Ceilán del norte), al enterarse de los progresos que había hecho el cristianismo en Manar, mandó asesinar ahí a 600 cristianos. El gobernador, Martín de Sousa, organizó una expedición punitiva que debía partir de Negatapam. San Francisco Javier se dirigió a ese sitio; pero la expedición no llegó a partir, de suerte que el santo decidió emprender una peregrinación, a pie, al santuario del Apóstol Santo Tomás en Milapur, donde había una reducida colonia portuguesa a la que podía prestar sus servicios. Se cuentan muchas maravillas de los viajes de San Francisco Javier. Además de la conversión de numerosos pecadores públicos europeos, a los que se ganaba con su exquisita cortesía, se le atribuyen también otros milagros.

Carta de protesta al rey En 1545, el santo escribió una carta desde Cochín al rey de Portugal. En ella habla del peligro en que estaban los neófitos de volver al paganismo, «escandalizados y desalentados por las injusticias y vejaciones que les imponen los propios oficiales de Vuestra Majestad . . . Cuando nuestro Señor llame a Vuestra Majestad a juicio, oirá tal vez Vuestra Majestad las palabras airadas del Señor: “¿Por qué no castigaste a aquellos de tus súbitos sobre los que tenías autoridad y que me hicieron la guerra en la India?”». El santo habla muy elogiosamente del vicario general en las Indias, Don Miguel Vaz, y ruega al rey que le envíe nuevamente con plenos poderes, una vez que éste haya rendido su informe en Lisboa. «Como espero morir en estas partes de la tierra y no volveré a ver a Vuestra Majestad en este mundo, ruégole que me ayude con sus oraciones para que nos encontremos en el otro, ciertamente estaremos más descansados que en éste». San Francisco Javier repite sus alabanzas sobre el vicario general en una carta al P. Simón Rodríguez, en donde habla todavía con mayor franqueza acerca de los europeos: «No titubean en hacer el mal, porque piensan que no puede ser malo lo que se hace sin dificultad y para su beneficio. Estoy aterrado ante el número de inflexiones nuevas que se dan aquí a la conjugación del verbo “robar”».

Malaca En la primavera de 1545, San Francisco Javier partió para Malaca, donde pasó cuatro meses. Malaca era entonces una ciudad grande y próspera. Albuquerque la había conquistado para la corona portuguesa en 1511 y desde entonces se había convertido en un centro de costumbres licenciosas. El santo fue acogido en la ciudad con gran reverencia y cordialidad, y tuvo cierto éxito en sus esfuerzos de reforma. En los dieciocho meses siguientes, es difícil seguirle los pasos. Fue una época muy activa y particularmente interesante, pues la pasó en un mundo en gran parte desconocido, visitando ciertas islas a las que él da el nombre genérico de Molucas y que es difícil identificar con exactitud. Sabemos que predicó y ejerció el ministerio sacerdotal en Amboina, Ternate, Gilolo y otros sitios, en algunos de los cuales había colonia de mercaderes portugueses. Aunque sufrió mucho en aquella misión, escribió a San Ignacio: «Los peligros a los que me encuentro expuesto y los trabajos que emprendo por Dios, son primavera de gozo espiritual. Estas islas son el sitio del mundo en que el hombre puede más fácilmente perder la vista de tanto llorar; pero se trata de lágrimas de alegría. No recuerdo haber gustado jamás tantas delicias interiores y los consuelos no me dejan sentir el efecto de las duras condiciones materiales y de los obstáculos que me oponen los enemigos declarados y los amigos aparentes». De vuelta a Malaca, el santo pasó ahí otros cuatro meses predicando, y entonces oyó hablar del Japón a unos mercaderes portugueses y conoció a Anjiro, un fugitivo de Japón. Javier desembarcó nuevamente en la India, en 1548. Pasó los siguientes quince meses viajando sin descanso entre Goa, Ceilán y Cabo de Comorín, para consolidar su obra (sobre todo el «Colegio Internacional de San Pablo» en Goa) y preparar su partida al Japón, en el que hasta entonces no había penetrado ningún europeo.

Japón En abril de 1549, partió de la India, acompañado por otro sacerdote de la Compañía de Jesús y un hermano coadjutor, por Anjiro (que tomó el nombre de Pablo) y por dos japoneses que se habían convertido al cristianismo. El día de la fiesta de la Asunción desembarcaron en Kagoshima, Japón. San Francisco Javier se dedicó a aprender el japonés y logró traducir una exposición muy sencilla de la doctrina cristiana que repetía a cuantos se mostraban dispuestos a escucharle. Al cabo de un año de trabajo, había logrado unas cien conversiones. Ello provocó las sospechas de las autoridades, las cuales le prohibieron que siguiese predicando. Entonces, el santo decidió trasladarse a otro sitio con sus compañeros, dejando a Pablo al cuidado de los neófitos. Antes de partir de Kagashima, fue a visitar la fortaleza de Ichku; ahí convirtió a la esposa del jefe de la fortaleza, al criado de ésta, a algunas personas más. Diez años más tarde, Luis de Almeida, médico y hermano coadjutor de la Compañía de Jesús, encontró en pleno fervor a esa cristiandad aislada.

San Francisco Javier se trasladó a Hirado, al norte de Nagasaki. El gobernador de la ciudad acogió bien a los misioneros, y en unas cuantas semanas pudieron hacer más de lo que había hecho en Kagoshima en un año. El santo dejó esa cristiandad a cargo del P. Torres y partió con el hermano Fernández y un japonés a Yamaguchi, en Honshu. Ahí predicó en las calles y delante del gobernador; pero no tuvo ningún éxito y las gentes de la región se burlaron de él.

Javier quería ir a Miyako (Kioto), que era entonces la principal ciudad de Japón. Después de un mes en Yamaguchi, donde apenas cosechó algo más que afrentas, prosiguió el viaje con sus dos compañeros. Era diciembre y las lluvias, la nieve y los abruptos caminos hicieron el viaje muy penoso. En febrero llegaron a Miyako. Ahí se enteró el santo de que para tener una entrevista con el gobernador necesitaba pagar una suma mucho mayor a la que poseía. Por otra parte, como una guerra civil hacía estragos en la ciudad, Javier comprendió que, por el momento, no podía hacer ningún bien ahí, y volvió a Yamaguchi quince días después. Viendo que la pobreza de su persona se convertía en un obstáculo para llegar al gobernador, se vistió con gran pompa y fue al gobernador escoltado por sus compañeros, con toda la regalía de su título de embajador de Portugal. Le entregó las cartas que le habían dado para el caso las autoridades de la India y le regaló una caja de música, un reloj y unos anteojos, entre otras cosas. El gobernador quedó encantado con esos regalos, dio al santo permiso de predicar y le cedió un antiguo templo budista para que se alojase mientras estuviese ahí. Habiendo obtenido así la protección oficial, San Francisco Javier predicó con gran éxito y bautizó a muchas personas.

Habiéndose enterado de que un navío portugués había atracado en Funai, el santo partió para allá y resolvió partir en ese barco a visitar sus comunidades cristianas en la India antes de hacer el deseado viaje a China. Los cristianos del Japón, que eran ya unos 2.000 quedaron al cuidado del P. Cosme de Torres y del hermano Fernández. A pesar de las dificultades que sufrió, Javier opinaba que «no hay entre los infieles ningún pueblo más bien dotado que el japonés».

Regreso a la India y expedición a la China La cristiandad había prosperado en la India durante la ausencia de Javier; pero también se habían multiplicado las dificultades y los abusos, tanto entre los misioneros como entre las autoridades portuguesas, y todo ello necesitaba urgentemente la atención del santo. Javier emprendió la tarea con tanta caridad como firmeza. El 25 de abril de 1552 se embarcó nuevamente, llevando por compañeros a un sacerdote y un estudiante jesuitas, un criado indio y un joven chino. En Malaca, el santo fue recibido por Diego Pereira, a quien el virrey de la India había nombrado embajador ante la corte de China. San Francisco tuvo que hablar en Malaca sobre dicha embajada con Don Alvaro de Ataide, hijo de Vasco de Gama, que era el jefe en la marina de la región. Como Alvaro de Ataide era enemigo personal de Diego Pereira, se negó a dejar partir a Pereira y a Javier, tanto en calidad de embajador como de comerciante. Ataide no se dejó convencer por los argumentos de Javier, ni siquiera cuando éste le mostró el breve por el que había sido nombrado nuncio apostólico. Por el hecho de oponer obstáculos a un nuncio pontificio, Ataide incurría en excomunión y finalmente Ataide permitió que Javier partiese a China. El santo envió al Japón al sacerdote jesuita y sólo conservó a su lado al joven chino, que se llamaba Antonio. Con su ayuda, esperaba poder introducirse furtivamente en China, que hasta entonces había sido inaccesible a los extranjeros. A fines de agosto de 1552, la expedición llegó a la isla desierta de Sancián (Shang-Chawan) que dista unos 20 kilómetros de la costa y está situada 100 kilómetros al sur de Hong Kong.

Muerte a las puertas de China Francisco Javier escribió desde ahí varias cartas. Una de ellas iba dirigida a Pereira, a quien el santo decía: «Si hay alguien que merezca que Dios le premie en esta empresa, sois vos. Y a vos se deberá su éxito». En seguida, describía las medidas que había tomado: con mucha dificultad y pagando generosamente, había conseguido que un mercader chino se comprometiese a desembarcarle de noche en Cantón. En tanto que llegaba la ocasión, Javier cayó enfermo. Como sólo quedaba uno de los navíos portugueses, el santo se encontró en la miseria. En su última carta escribió: «Hace mucho tiempo que no tenía tan pocas ganas de vivir como ahora». El mercader chino no volvió a presentarse. El 21 de noviembre, el santo se vio atacado por una fiebre y se refugió en el navío. Pero el movimiento del mar le hizo daño, de suerte que al día siguiente pidió que le trasportasen de nuevo a tierra. En el navío predominaban los hombres de Don Alvaro de Ataide, los cuales, temiendo ofender a éste, dejaron a Javier en la playa, expuesto al terrible viento del norte. Un compasivo comerciante portugués le condujo a su cabaña, tan maltrecha, que el viento se colaba por las rendijas. Ahí estuvo Francisco Javier, consumido por la fiebre. Sus amigos le hicieron algunas sangrías, sin éxito alguno. Entre los espasmos del delirio, el santo oraba constantemente. Poco a poco, se fue debilitando. El sábado 3 de diciembre, según escribió Antonio, «viendo que estaba moribundo, le puse en la mano un cirio encendido. Poco después, entregó el alma a su creador y Señor con gran paz y reposo, pronunciando el nombre de Jesús». San Francisco Javier tenía entonces cuarenta y seis años y había pasado once en el oriente. Fue sepultado el domingo por la tarde. Al entierro asistieron Antonio, un portugués y dos esclavos.

El cuerpo se conserva incorrupto. Uno de los tripulantes del navío había aconsejado que se llenase de barro el féretro para poder trasladar más tarde los restos. Diez semanas después, se procedió a abrir la tumba. Al quitar el barro del rostro, los presentes descubrieron que se conservaba perfectamente fresco y que no había perdido el color; también el resto del cuerpo estaba incorrupto y sólo olía a barro. El cuerpo fue trasladado a Malaca, donde todos salieron a recibirlo con gran gozo, excepto Don Alvaro de Ataide. Al fin del año, fue trasladado a Goa, donde los médicos comprobaron que se hallaba incorrupto. Ahí reposa todavía, en la iglesia del Buen Jesús.

Francisco Javier fue canonizado en 1622, al mismo tiempo que Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Felipe Neri e Isidro el Labrador.

El Papa Pío X lo nombró patrono oficial de las misiones extranjeras y de todas las obras relacionadas con la propagación de la fe. Sir Walter Scott comentó: «El protestante más rígido y el filósofo más indiferente no pueden negar que supo reunir el valor y la paciencia de un mártir con el buen sentido, la decisión, la agilidad mental y la habilidad del mejor negociador que haya ido nunca en embajada alguna».

Biografía distribuida por la arquidiócesis de Pamplona de san Francisco Javier, patrono mundial de las misiones. Tomado de Zenit, ZS05120412.

Beverly McMillan: Del negocio del aborto a la defensa de la vida

La historia de Beverly McMillan es la historia del regreso a la fe desde una visión de la vida y la ciencia absolutamente agnósticas. Nació en el seno de una familia católica tradicional pero, cuando comenzó a estudiar Medicina, abandonó la Iglesia: «Pensaba que Dios era irrelevante para la Ciencia». Durante años, a Beverly le iba «muy bien» sin la fe. Cuando se licenció, acudió a la Clínica Mayo para especializarse en Obstetricia y Ginecología: «No sólo me sentía útil», reconoce McMillan, «sino que me consideraba una persona buena. Así que, ¿quién necesitaba a Dios o a esa arcaica Iglesia?». Como médico residente, le enviaron seis semanas al ala de Obstetricia del Hospital de Cook County en Chicago. Sorprendida, Beverly se encontraba cada noche con más de veinte mujeres que acudían allí: eran «clientes» de los centros de abortos clandestinos de Chicago. «Llegaban sangrando, con fiebre alta y presentaban úteros ensanchados», recuerda. McMillan y el médico interno tenían que llevar a cabo otra operación de dilatación y curetaje para poder extraer los restos infectados del feto que la clínica ilegal había dejado en el interior del útero.

Después de cientos de casos similares, la ginecóloga, desde su agnosticismo ferviente, concluyó que la legalización del aborto era la solución: «Yo quería que la profesión médica empezara a ofrecer procedimientos seguros a las mujeres que los necesitaran». Así que, cuando en 1973 el Tribunal Supremo legalizó el aborto en EE UU, McMillan se hizo con una máquina de succión y se ofreció a practicar supresiones del embarazo en el primer trimestre. Dos años después, casada y con tres hijos, puso en marcha una clínica abortista en Jackson, la primera además en todo el estado de Mississippi.

Su vida privada iba bien, y el trabajo en la clínica era abundante. Pero, a pesar de sus éxitos, Beverly se vio sorprendida cuando se planteó el suicidio: «No sabía qué era lo que no funcionaba en mi vida. Tenía un buen coche, una gran casa, tres hijos saludables, toda la ropa que podía desear. Había conseguido todo lo que quería», explica Beverly. Pero una parte de sí misma le decía que algo no iba bien. «Basura» religiosa. Acudió a una librería «secular», donde compró un libro titulado «El poder del pensamiento positivo». Al final del primer capítulo, el autor presentaba un decálogo de diez puntos para conseguir una actitud positiva. El séptimo punto revolvió sus esquemas: «Yo lo puedo todo en Cristo porque Él me conforta». Fue entonces cuando Beverly cerró el libro: «No me gustaba esa “basura” religiosa», reconoce.

Pero días después, de camino al trabajo, se sorprendió recitándo el séptimo punto. Y de repente, Beverly comprendió que no estaba sola. Repitió aquella frase cientos de veces aquel día. Y por fin, todo comenzó a cambiar. Su trabajo en la clínica, tiempo antes sencillo y gratificante, comenzó a ser difícil y doloroso: «No entendía por qué. ¡No había leído nada en la Biblia referente a no practicar abortos! Lo que pasaba es que el Espíritu Santo estaba comenzando a trabajar en mí», reconoce Sally. Se le hacía cada vez más duro tener que reconocer en los restos de abortos las extremidades, el cráneo o la columna vertebral. «Me decía a mí misma: “¿Qué estás haciendo? ¡Esto es un cuerpo humano!”».

Beverly empezó a asistir a misa y, en 1978, se bautizó y abandonó la clínica abortista. En 1989, la ginecóloga fue invitada al II Encuentro de Ex Abortistas celebrado en el hotel Marriot O”Hare de Chicago, donde relató este testimonio. A partir de ese momento, su conocimiento médico sobre fetología comenzó a ser esclarecido con las Escrituras: «Fue entonces cuando comencé a compartir mi historia, mi paso del negocio del aborto a la defensa de la vida».

Tomado de La Razón 12/01/06

Una madre que abortó: Varias chicas han cambiado de idea al oír mi testimonio

Esperanza Puente, una de las protagonistas del libro ‘Yo aborté’, asegura que no tuvo libertad para decidir, y apuesta por “romper la ley del silencio” Continúa leyendo Una madre que abortó: Varias chicas han cambiado de idea al oír mi testimonio

Edith Zirer: Karol Wojtyla me salvó la vida en 1945

Edith Zirer, casada hoy y con 2 hijos, que vive en Haifa, en una colina del Monte Carmelo, quiso estar con el Papa (59 años después de lo ocurrido) en su histórico viaje a Tierra Santa para darle personalmente las gracias justamente en el Memorial del Holocausto Yad Vashem. Fue un día inolvidable para ella y para toda la población judía, así como una lección universal de humanidad.

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Linda Watson: De la prostitución a la conversión y ayuda a salir a otras mujeres del mercado sexual

ROMA, jueves, 23 septiembre 2004 (ZENIT.org).- Una ex prostituta, Linda Watson, que se ha convertido, se encontró hace dos semanas personalmente con Juan Pablo II para pedirle que rece por ella y por su trabajo a favor de otras mujeres que quieren abandonar el «comercio» sexual.

Cuando Linda Watson se encontró con el Santo Padre se acordó del relato del Evangelio sobre la mujer de mala reputación que encontró a Cristo. «No podía creer que estuviera realmente frente a él», reconoció Watson a Zenit tras la audiencia con el Papa.

«Ha sido verdaderamente extraordinario», declaró. «Empecé a decir en polaco, mi segunda lengua, “¡Padre Santo mío!”. ¡La experiencia ha sido entusiasmante, pero a la vez de gran humildad!» Linda Watson pudo dejar las calles –tras más de 20 años en el comercio sexual– para convertirse y, con ayuda de su arzobispo, levantar casas para prostitutas deseosas de salir de ese tipo de vida.

Se cuenta entre las principales promotoras de la campaña contra la legalización de la prostitución en su país, Australia, y fue elegida en 2003 en la nación como «la mujer más inspiradora del año».

La propia Watson relata su implicación en las redes de la prostitución: «Tuve una vida difícil como madre soltera con tres hijos, cada uno de los cuales no tenía más que el suelo para dormir. Así que, cuando una mujer de apariencia pudiente me tocó en el hombro en el salón de té de mi humilde oficina y me dijo que podía ganar 2.000 dólares a la semana simplemente dando masajes, me vi muy tentada».

La mujer en cuestión intentaba convencerla haciéndole ver la posibilidad de limitarse a una prueba de dos meses. «Nadie lo sabría y después podría dejarlo», le aseguró.

En poco tiempo Watson se dio cuenta de la verdad, pero ya era demasiado tarde: «Tan pronto como empiezas, pierdes tu dignidad. Estás vendida» –recordó–. «Mi primer cliente era directivo de alto nivel de los medios e inmediatamente fue como si hubiera sido vendida como un trozo de carne a todos sus millonarios».

También describió cómo la situación llegó a estar «fuera de control». El dinero y la manipulación «eran un tipo de red de seguridad que te pones alrededor» y si «intentas dejarlo para empezar una nueva vida no tienes dónde ir para recuperar el respeto y reconstruir una vida».

Abandonar el comercio del sexo parecía imposible hasta que «invitó a Dios en su corazón por pura desesperación». Fue el día en que murió la princesa Diana de Gales. «Por primera vez me di cuenta verdaderamente de que la riqueza y el poder no eran la respuesta a todo –relata–. Ciertamente no le habían salvado la vida».

Linda decidió buscar trabajo, pero nadie la contrataba. Entonces sintió que Dios le había dado la misión de salvar a otras mujeres atrapadas en la prostitución, pero una vez más nadie se mostró dispuesto a ayudarla.

«No sé cuántos cientos de iglesias me rechazaron, hasta que llegué a la puerta de la oficina del arzobispo católico –reconoce–. Él percibió mi visión de futuro».

Para monseñor Barry Hickey, arzobispo de Perth (Australia), aquel día obtuvo una respuesta a sus oraciones. El prelado relató a Zenit que antes de encontrar a Linda Watson no lograba hallar el modo de desbaratar la industria del comercio sexual.

«Sabía que enviar a un asistente social normal en el terreno no llevaría casi a nada –admite–. Necesitaba a alguien que conociera la actividad desde dentro. Y ella fue mi ángel de la esperanza».

Así comenzó el ministerio de este equipo: establecer casas de recuperación para prostitutas –«Linda’s Houses of Hope» (Las casas de la esperanza de Linda)– para proporcionar refugio, asesoramiento y protección, entre otros medios. Según el arzobispo Hickey, Linda Watson frecuentemente tiene que trabajar con las víctimas partiendo de cero.

«Algunas de las jóvenes vienen a mi puerta sin sus prendas, hasta sin dientes –revela Linda–. Algunos hombres les hacen saltar los dientes a golpes, así que debemos ocuparnos de atender todos estos aspectos».

A la vista de la difusión de la violencia y de las drogas y con chicas que «atienden» «de ocho a quince clientes al día», Watson se irrita al oír a políticos que tratan de sacar adelante proyectos de ley para legalizar la prostitución.

«La prostitución te destruye –alerta–. No te estimas y te parece que nadie podría amarte jamás». Admite que preguntaría a los políticos: «¿Les gustaría que esto le ocurriera a sus hijas o hermanas?».

«Estoy profundamente impactada, y creía que nada podría afectarme», reconoce Linda refiriéndose a las víctimas. «Están tan destruidas que están como muertas, a modo de “muertos vivientes”. Si la gente viera esto nunca querría la legalización [de la prostitución]».

En su labor, Watson se ha inspirado en la Madre Teresa de Calcuta –a cuya beatificación acudió– y en Juan Pablo II. «Sé que tenemos un pasado muy distinto –dice entre risas–, pero también sé que nosotros amamos amar».

Su vida actual no está exenta de peligros. Su éxito en derribar las propuestas de ley de legalización y en exponer los abusos contra las mujeres le han ganado muchos enemigos. Con todo, Watson lo considera como una pequeña cruz que hay que ofrecer a lo largo del camino, lo que se podría definir como un martirio moderno.

«Estoy casi acostumbrada a recibir ataques, disparos y amenazas de muerte», apunta Linda Watson. «Camino con Dios e intento esquivar las balas», concluye.

Tomado de Zenit, ZS04092320

Kazimierz Majdanski: Un sacerdote superviviente al campo de concentración nazi de Dachau

Entrevista con monseñor Kazimierz Majdanski, arzobispo emérito de Stettino-Kamien Continúa leyendo Kazimierz Majdanski: Un sacerdote superviviente al campo de concentración nazi de Dachau

Testimonios de científicos sobre ciencia y fe

DIOS ESTÁ EN EL PRINCIPIO DE LA REFLEXIÓN DE UN CREYENTE Y AL FINAL DE LAS INVESTIGACIONES DE UN CIENTÍFICO Continúa leyendo Testimonios de científicos sobre ciencia y fe

Madre Teresa de Calcuta: Una vida volcada en los demás

La Madre Teresa de Calcuta ha sido beatificada el 19 de octubre de 2003 por Juan Pablo II. Ha sido el proceso de beatificación más rápido de la historia de la Iglesia, un dato que testimonia su fama mundial de santidad.

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Mehmet Alí Agca: Así intenté matar al Papa

13 de mayo de 1981. Espléndida tarde de primavera en Roma. Veinte mil peregrinos de los cinco continentes asisten en la Plaza de San Pedro a la audiencia general de los miércoles. Un joven, mal afeitado, de tez oscura, traje gris y camisa blanca se abre paso entre la muchedumbre. Busca situarse cerca de la trayectoria que seguirá el «Toyota» blanco con el escudo pontificio que hace unos segundos salió a la plaza por el Arco de las Campanas. El Papa viaja de pie en la parte trasera del descapotable. Le acompañan su secretario, Stanislav Dziwisz, y su ayudante personal, Angelo Gugel. El coche avanza muy despacio. Los fieles se abalanzan para estrechar la mano al Santo Padre. Una mujer le tiende una niña rubia, Juan Pablo II la coge en brazos, la da un beso y la devuelve a su madre. El hombre del traje gris ha conseguido situarse a sólo cinco metros de la barrera. Ha visto la escena. Sus ojos oscuros apenas parpadean, no dejan de seguir la figura del Papa. En su bolsillo empuña una «Browning» de mortífera eficacia. Juan Pablo II acaricia a otro niño, hace la señal de la cruz en su frente, y vuelve a incorporarse. Ha llegado el momento. Pasan 19 minutos de las cinco de la tarde. Suenan dos disparos. Todas las palomas del Vaticano alzan el vuelo. Juan Pablo II cae sobre su secretario. En su rostro se refleja un intenso dolor. El desconcierto es total. Guardias suizos de paisano suben al coche. El conductor acelera para regresar al interior del Vaticano lo antes posible, de nuevo por el Arco de las Campanas. La faja del Papa se tiñe de rojo. El autor de los disparos huye abriéndose paso a codazos. Una ambulancia traslada al herido a la clínica Gemelli. Juan Pablo II no deja de rezar un solo instante. Ingresa en el quirófano en estado muy grave.

«Yo sé que disparé bien, miré perfectamente. Sé que el proyectil era devastador y mortal… ¿Por qué entonces usted no ha muerto?». Dos años después, cuando el Papa acudió a la cárcel para perdonar a Alí Agca, éste le reconocería que aquella tarde nunca dudó de que había conseguido su objetivo.

«Aquel 13 de mayo de 1981 lo recuerdo siempre porque fue el punto de partida de mi vida; representa la tragedia y a la vez el renacimiento en mi existencia. Es una fecha que está absolutamente ligada al 13 de mayo de 1917, primera aparición de la Virgen de Fátima. Todo forma parte de un milagro, un misterio que se dilata en el tiempo y que no ha sido todavía perfectamente entendido. Aquel día en la plaza de San Pedro tuve mis dudas en los últimos instantes. ¿Hacerlo o no hacerlo? El vehículo del Papa hace un giro en ese instante y me quedo a espaldas de Juan Pablo II. Yo no podría disparar jamás a un hombre que me da la espalda, y me digo: «Déjalo, abandona tus planes. A las ocho y media de la tarde sale un tren para Zurich. Déjalo, no tienes nada contra el Papa. Mañana, 14 de mayo, empezará una nueva vida para ti». Y me alejé. Había recorrido cuarenta o cincuenta metros cuando los aplausos y las aclamaciones me hicieron volver la cabeza, como si fueran un reclamo. El Papa había regresado hacia donde yo estaba y venía directamente hacia mí. Yo tenía desde hacía tiempo una idea precisa: o moríamos los dos o nos salvábamos los dos juntos. Fue un gesto desesperado. Pensaba que sería el último día de mi vida. Quería dejar una huella en la Historia a través de un acto terrorista, aunque ahora pienso que ésta era una idea primitiva, con la que hoy no comulgo en ningún sentido. En aquel momento sucedió algo que no puede explicarse desde el punto de vista humano. Yo era como un autómata. Cuando disparé, tres veces seguidas, exclamé: «¿Dios!». Algo me paralizó depués. Fue como si hubiese regresado a mí mismo, y entonces escuché el ruido del pánico de la gente en la plaza. Nunca me he reprochado haber fracasado en mi plan de asesinar al Papa. Hay algo inexplicable en todo esto. Es un proyecto de la Providencia. Jamás se encontrará una explicación humana a este hecho. Sinceramente, me alegro mucho de que el Papa haya sobrevivido. Cuando vino a visitarme a la cárcel fue como un sueño, algo increíble. Fue un gran gesto y un hecho extraordinario estar con él después de todo lo que pasó. Pero para mí lo más importante fue el abrazo que el Papa dio a mi madre en una de las tres audiencias que tuvo con ella en el Vaticano. Admiro al Papa porque es el último baluarte, la última fortaleza moral para la defensa de este Occidente que va camino de convertirse en un desierto. ¿Qué alternativa hay al Papa y al Vaticano? Juan Pablo II es también un punto de referencia para todos los demás creyentes, para los musulmanes, para los judíos.» Tomado de “La Razón”, 16.X.03

Beverly McMillan: Confesiones de una ginecóloga

A veces ser católico y tratar de estar a la altura de las enseñanzas morales de la Iglesia puede resultar un poco opresivo. Así es como me sentí cuando, en 1990, regresé a la Iglesia Católica. Había sido una larga ausencia para mi.

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Vasilyi Sirotenko: Un oficial soviético que salvó la vida a Karol Wojtyla

Juan Pablo II no hubiera llegado a ser Papa si, en el año 1945, en Cracovia, un oficial de la Armada Roja de la Unión Soviética, culto y amante de la historia, no hubiera decidido salvar la vida, a pesar de las órdenes de Stalin, a un joven seminarista llamado Karol Wojtyla, que le había ayudado a traducir libros sobre la caída del Imperio romano.

Este episodio, hasta ahora inédito de la vida del Papa, ha sido narrado al semanario italiano «Famiglia Cristiana» por el protagonista, el mayor Vasilyi Sirotenko, a quien Juan Pablo II le ha mandado una felicitación por su cumpleaños.

Cayó Cracovia Sirotenko, profesor de historia medieval, formó parte de la 59ª Armada del general Ivan Stepanovich Konev que arrebató a los alemanes Cracovia el 17 de enero de 1945. Al día siguiente el soldado se encontraba entre los hombres que ocuparon una mina de piedra de la empresa Solvay a unos cincuenta kilómetros de la ciudad. «También allí los alemanes se rindieron y escaparon casi inmediatamente –recuerda–. Los obreros polacos se habían escondido: cuando llegamos comenzamos a gritar: sois libres, salid, salid, estáis libres. Cuando los contamos, eran ochenta. Poco después descubrí que 18 de ellos eran seminaristas».

La guerra de Stalin no eran un banquete de gala. Los soldados robaban lo que podían: dinero, relojes, ropa… Los primeros rusos que entraron a Cracovia lo único que buscaban era comida. Sirotenko, sin embargo, causó en más de alguno risa: él buscaba libros en latín y alemán.

Por este motivo, al ver a los seminaristas se puso muy contento. «Llamé a uno de ellos y le pregunté si era capaz de traducir del latín y del italiano –revela Sirotenko–. Me dijo que no era muy bueno en estas materias, que había estudiado poco. Estaba aterrorizado, e inmediatamente añadió que tenía un compañero muy inteligente y capaz para los idiomas. Un cierto Karol Wojtyla».

«Entonces di la orden de encontrar a ese tal Karol», continúa diciendo el antiguo soldado. «Descubrí que era bastante bueno en ruso pues su madre era una “russinka”, es decir una “ukrainka” con raíces rusas. Por eso le hice traducir también documentos del ruso al polaco».

Vasilyj se hizo amigo de Karol y pidió que le tradujera también artículos sobre la caída del Imperio romano, que era fruto de todo tipo de interpretaciones por parte de Stalin. Fueron tan amigos que un día el comisario político Lebedev convocó al oficial soviético: «Camarada mayor, ¿qué hace usted con ese seminarista? ¿Piensa ignorar las órdenes de Stalin? ¿La disposición del 23 de agosto de 1940 sobre los oficiales, maestros y seminaristas polacos no le convence?».

Sirotenko respondió: «No puedo fusilarlo. Es demasiado útil. Sabe idiomas y conoce la ciudad». Y añade: El comisario sabía que era verdad, pero no quería correr riesgos. De modo que me dijo que la responsabilidad era mía».

Después, salieron los primeros carros de prisioneros hacia Siberia, personas que no volverían nunca más. Los seminaristas de la cantera Solvay estaban entre los primeros de la lista. Sirotenko, sin embargo, les salvó la vida. La misma excusa volvió a convencer a Lebedev.

Ahora al mayor no le gusta reconocer que sabía lo que significaba partir al destierro. «Escribí una orden en la que, por exigencias relativas a las operaciones militares que tenían lugar en Cracovia, Wojtyla y los demás no deberían ser deportados».

Cuando en 1978 fue elegido Papa un cierto Karol Wojtyla, Sirotenko era el único que conocía ese nombre en Rusia, a excepción del KGB. El 6 de marzo pasado recibió una carta del Papa en la que le felicitaba por sus 85 años. El viejo profesor de historia y antiguo oficial de la Armada Roja mira la carta y dice: «Los dos hemos tenido una vida muy intensa».

Tomado de ZENIT.org, 3.V.01

Vicente González: Un filósofo convertido leyendo a Santa Teresa

Buscaba el placer en el estudio y el sexo hasta que leyó a Santa Teresa de Ávila. Un catedrático emérito se convierte al leer la biografía de la mística.

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Nelson Mandela: Superar el odio y el rencor

Nelson Mandela nació el 18 de julio de 1918 en Qunu, un poblado de unos 300 habitantes que vivían en unas chozas con paredes de barro y un palo de madera que sostenía el techo de hierbas. A los cinco años ya pastoreaba ovejas y becerros, y se entretenía con sus amigos con juegos como “ndize” (las escondidas) o el “thinti”, donde dominaba técnica de la pelea con palos, esencial para los chicos africanos. “Al volver a casa –cuenta en su libro “La larga marcha hacia la libertad”–, mi madre me contaba leyendas Xhosa que pasaban de generación en generación. Mi padre, cuando estaba casa, me fascinaba con las historias los guerreros luchando contra la opresión del hombre blanco”.

Su padre, Henry Mgadla Mandela, era jefe de Consejeros del Caudillo Supremo del clan de los Thembus. De él heredó un obstinado sentido de la justicia y del honor. Todo en su infancia transcurría sin novedad, hasta que un día su padre tuvo un conflicto por desafiar la autoridad de un magistrado británico, y pasó de ser un acaudalado ciudadano a perder todos sus cargos, títulos y propiedades. Cuando Nelson cumplió nueve años, su padre murió y él fue trasladado a casa del jefe de Jongintaba, el líder del poblado Thembú, que se encargó de educarlo durante los diez siguientes años.

Fue por aquellos años cuando supo de verdad lo que era la pobreza. “Entonces aprendí más de lo que significa ser pobre que en toda mi infancia en Qunu. Muchos días caminaba los diez kilómetros hasta el pueblo por la mañana y por la tarde, para ahorrarme la tarifa del autobús. Muchos días comía sólo una vez, y rara vez podía cambiarme de ropa. Sin embargo, la pobreza es un potente generador de auténtica amistad. Mucha gente aparenta ser amigo cuando las cosas te van bien, pero son muy pocos pero valiosos los que se te acercan cuando no tienes nada. Si la riqueza es un imán, la pobreza actúa a modo de repelente. Pero hace aflorar unos grandes sentimientos de camaradería y generosidad en los demás”.

Junto con su compañero de estudios Oliver Tambo, ingresó a los 17 años en el internado metodista de Healdtown y luego en la Universidad de Fort Hare, participando activamente en campañas de protestas por las injusticias raciales, que finalmente provocaron su expulsión de la universidad en 1940. Se trasladó entonces a Johannesburgo y obtuvo allí su grado de Artes, estudiando por correspondencia. Continuó luego en Witwatersrand, hasta que obtuvo la licenciatura en Derecho.

Posteriormente trabaja en una firma de abogados. Su participación política continúa, y crea en 1944 una rama juvenil del Congreso Nacional Africano (en inglés, ANC), organización que lucha por la defensa de los derechos de la minoría negra en Sudáfrica. Pronto se convierte en el máximo dirigente del movimiento. A partir de 1952, con motivo de la “campaña del desafío”, Mandela pasa a defender la unión de los distintos grupos culturales de raza negra en para desarrollar una estrategia común en defensa de sus intereses y en contra de la política del “apartheid”. La actividad militante de Mandela le hacía no sólo participar en las actividades de la organización sino que también le llevó a fundar un despacho de abogados, el primero regentado por negros. Conocido activista, ya es muy notoria su oposición al gobierno y su participación en actos radicales. Por ello, el gobierno sudafricano ordena su detención en diciembre de 1952, aplicando la “Ley de Represión del Comunismo”, en virtud de la cual es condenado a nueve meses de prisión. Más tarde, aunque la condena no es aplicada, se sustituye por la prohibición de participar o acudir a actos políticos y a no poder salir de Johannesburgo, pena que será constantemente renovada durante los nueve años siguientes. La condena y el seguimiento de que es objeto por parte de las autoridades policiales no impide que siga mostrando una intensa actividad a favor de los derechos de los negros.

Nuevamente detenido, fue acusado de traición y procesado en diciembre de 1956 junto a otras 156 personas, en un juicio que terminó en 1961 con una sentencia absolutoria. Una manifestación en protesta por la muerte de 56 personas en Sharpeville a cargo de la policía sudafricana fue el detonante para que el Congreso Nacional Africano y el Congreso Panafricano, otra organización similar, fueran prohibidos. Mandela, que preveía una nueva detención y condena, hubo de esconderse y vivir de manera clandestina. Durante esta etapa, se dedica a recorrer el país junto a Sisulu, con el objetivo de organizar tres días de huelga. La cerrazón del gobierno y la brutal respuesta policial a los actos reivindicativos decidieron a la dirección clandestina del ANC a emprender la lucha armada. Estamos en 1961, y se inaugura así un periodo de enfrentamiento que se prolongará durante largos años. Para organizar la lucha, el ANC crea el grupo Umkhonto we Size (‘La lanza de la nación’), dirigido por Mandela. Para recabar apoyo internacional viajó a Dais Abeba, donde se estaba celebrando en 1962 la Conferencia Panafricana. Más tarde, se desplazó a Argelia y a Londres. A su vuelta a Sudáfrica ese mismo año, fue detenido y condenado a cinco años de cárcel por el delito de rebelión y por salir ilegalmente del país. Encarcelado, un registro policial en la sede del ANC en Rivonia halló el diario de Mandela, en el que explicaba sus actividades durante sus viajes al extranjero. Por ello, junto a otros activistas, fue nuevamente juzgado, recayendo sobre él esta vez la pena de cadena perpetua. Durante el juicio, entre octubre de 1963 y junio de 1964, él mismo se encargó de su defensa y de la de sus compañeros, si bien eso no impidió que hubiera de pasar en la cárcel los siguientes 27 años de su vida.

Su estancia en prisión movió el apoyo de gran parte de la comunidad internacional, que le convirtió en un símbolo de la lucha contra el “apartheid” y la discriminación racial. Tras pasar dieciocho años en la prisión de Robben Island, en 1982 fue recluido en la de Pollsmoor (Ciudad de El Cabo). La presión internacional logró que el presidente sudafricano Pieter Botha le ofreciera en 1986 la libertad condicional, oferta que Mandela rechazó por cuanto no conllevaba una apretura del régimen hacia la igualdad racial. La situación no cambió hasta la llegada en 1990 de un nuevo presidente, Frederick de Klerk, que legalizó el ANC y liberó a Mandela en febrero de ese mismo año. No obstante, aun quedaba mucho camino por recorrer, por lo que Mandela, puesto al frente del ANC, hubo de negociar con el gobierno las bases para la reforma, todo ello en medio de un clima de fuerte enfrentamiento social entre los propios grupos negros y el miedo de la minoría blanca al desencadenamiento de represalias una vez que estos pudieran llegar al poder. Llegadas a buen término, el resultado supuso la derogación del régimen racista, aunque no la igualdad económica, pues la mayoría de la población negra se encuentra en una situación cercana a la pobreza. Mandela y De Klerk recibieron el premio Nobel de la Paz en 1993. Unas elecciones generales celebradas en mayo de 1994, en las que participaron todos los grupos, dieron el poder a Mandela, que se convirtió así en el primer presidente negro de la historia de Sudáfrica. Desde entonces, Mandela es uno de los líderes mundiales más relevantes, con especial significación en el continente africano. Desde su cargo, ha ejercido como mediador en varios de los conflictos que asolan Africa.

Durante los 13 años que permaneció en la prisión de Robben Island, fue obligado a realizar trabajos forzados en las minas de cal de la isla. No les permitían usar gafas oscuras y los reflejos del sol sobre la cal dañaron sus ojos para siempre. Estando en la cárcel murió su madre y uno de sus hijos, pero se le negó el permiso para asistir a sus funerales. La dureza de la situación le hizo meditar profundamente: “Una cosa es escuchar, hablar y pensar sobre la adversidad –escribió–, y otra totalmente distinta es tenerla que experimentar en tus propias carnes. La cárcel no sólo te priva de tu libertad, te intenta robar tus señas de identidad. Es un sistema totalitario en estado puro, que no tolera ningún vestigio de independencia y de individualidad. La cárcel esta diseñada para destrozar tu espíritu y tu voluntad. Para ello, las autoridades explotaban cualquier debilidad, derruían cualquier iniciativa, negaban cualquier vestigio de lo que nos hacía a cada uno ser lo que éramos.” Las visitas de su esposa tenían lugar en presencia de un atosigante guardián, y tardó 21 años en poder acariciar su mano, pues un cristal se interponía entre ellos.

Cuando fue puesto en libertad, el 10 de febrero de 1990, tenía todas las razones para sentir odio y rencor a quienes le habían hecho pasar 27 años en una prisión inhumana por una condena injusta. Sin embargo, su reacción fue siempre de perdón y espíritu conciliador: “A punto de salir de la cárcel, Badenhorst se dirigió a mí directamente para desearme buena suerte a mí y a mi gente. Badenhorst probablemente había sido el más cruel y salvaje comandante que habíamos tenido en Roben Island. Pero ese día, en la oficina, comprendí que existía otro aspecto de su naturaleza, un lado un tanto escondido de su persona, pero que ahí estaba. Me ha servido siempre de recordatorio de que todo ser humano, incluso los que parecen más odiosos, tiene una parte noble, y si se mueve su corazón, es capaz de mostrar humanidad. Badenhorst no era el demonio; su falta de bondad había sido alentada por un sistema inhumano. Otro de lo carceleros, el oficial Swart, había preparado una comida de despedida. Se lo agradecí. Al oficial James Gregory le abracé efusivamente. Durante los años en que me vigiló nunca discutimos de política, nuestros lazos no necesitaban de palabras. Hombres como estos me reafirman en mi fe en la humanidad”.

La estancia en la prisión templó enormemente su espíritu: “Es de los compañeros que pelearon por la libertad –comentaba– de quien aprendí el significado de la palabra coraje. Una y otra vez he visto hombres y mujeres arriesgar sus vidas por esa idea. He visto a seres humanos soportar ataques y torturas sin romperse, sin descomponerse, mostrando una fortaleza y resistencia que desafían a la imaginación. Aprendí entonces que coraje no era la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre ese instinto básico. Sentí miedo muchas más veces de lo que puedo recordar, pero lo ahogaba en una máscara de atrevimiento. El hombre bravo no es aquel que no siente miedo, sino el que lo conquista y lo domina”. “Recuerdo –contaba en otra ocasión– cuando Gericke, el capitán, me gritó: –Nunca me hables así, chico, y empezó a caminar hacia mí. No es nada agradable saber que alguien te va a pegar una paliza y no podrás defenderte. –Si me pone una mano encima le llevaré hasta el más alto tribunal, y cuando haya acabado todo, será usted tan pobre como su gusano, le chillé con toda la fuerza que pude recoger. Tenía tanto pánico que no hablé por coraje, fue una bravata que a mí mismo me sorprendió. A veces tienes que poner una fachada fuerte a pesar de lo que sientas por dentro”.

“En la prisión –continúa–, sería muy difícil, casi imposible, resistir si estás solo. Ese fue el mayor error de las autoridades, mantenernos juntos, porque unidos nuestra determinación se fortaleció muchísimo. Nos apoyábamos todos, sacábamos fuerzas de cada uno de los compañeros. Cualquier cosa que sabíamos, la aprendíamos, la compartíamos enseguida, y de este modo el coraje individual que cada uno mantenía se multiplicaba”.

En sus años en la cárcel meditó profundamente sobre la situación de su país y sobre cómo resolverla: “Siempre supe que en lo más profundo del corazón humano hay misericordia y generosidad. Nadie nace odiando a otra persona por razón de su piel, de su origen, de su formación o de su religión. La gente aprende a odiar, y si los hombres y mujeres pueden aprender a odiar, también pueden aprender a perdonar y a amar. El amor es más natural al corazón humano que su opuesto, el odio. Incluso en los momentos más horrorosos en prisión, cuando mis compañeros y yo éramos empujados al vacío, podía ver un atisbo de humanidad en los guardianes. Quizá sólo un segundo, pero era suficiente para confiar en la bondad del ser humano.” Cuando salió de la prisión y se dirigió a la muchedumbre, evitó la demagogia fácil y oportunista de las promesas y expectativas baratas, y colocó la pelota en el tejado de cada vivienda y cada familia: “La vida –les anunció– no va a cambiar drásticamente, a excepción de que seréis ciudadanos de vuestra propia tierra. Tenéis que tener paciencia, podéis tener que esperar cinco años a ver resultados. Les desafié, no quería protegerles: Si queréis seguir viviendo pobres sin comida ni calzado, entonces id a beber a la cantina. Pero si queréis mayor prosperidad, debéis trabajar duro. No podemos hacerlo todo por vosotros; debéis hacerlo vosotros mismos”.

“Como líder –reflexionaba–, uno debe estar dispuesto a tomar decisiones, a emprender acciones impopulares, o que al menos sus resultados y efectos positivos no se van a ver y disfrutar en años.” Era preciso tomarse tiempo, superar el odio y la impaciencia acumulados: “Yo había sido corredor de larga distancia. Disfrutaba de la disciplina y la soledad de los corredores de fondo. Me permitía escaparme de las prisas de la escuela y evadirme al campo con mis pensamientos. Las pruebas y carreras de mi infancia me enseñaron lecciones valiosísimas, me formaron en hábitos que luego me han sido de mucha utilidad”.

Al asumir su cargo de presidente renunció a una tercera parte del salario y creó el Fondo Nelson Mandela para la Infancia. “Si yo no hubiese estado en prisión, no sé si hubiera sido tan bueno con los niños. Estar preso durante 27 años sin ver niños es una experiencia terrible”.

Sacrificó su vida por buscar una salida al racismo. Salió de la cárcel sin rencores y siguió luchando por encontrar una alternativa que impidiera una guerra en Sudáfrica ante la crisis racial que atravesaba ese país: “He peleado en contra de la dominación blanca y de la dominación negra. He apreciado el ideal de una sociedad democrática y libre, donde todas las personas conviven con igualdad de oportunidades. Representa un ideal por el cual vivo y espero alcanzar. Pero, de ser necesario, un ideal por el cual estoy dispuesto a morir.” A pesar de la violencia generada por el apartheid, afrontó la transición con tolerancia y prudencia. “Cuando salí de la cárcel –comentaba– me impuse como misión la libertad de todos. La verdad es que todavía no somos libres. Simplemente hemos logrado la libertad para ser libres, el derecho a no ser oprimidos. Ser libre significa respetar al otro. He caminado un largo trecho hacia esa libertad. He intentado no vacilar. He tenido trompicones en el camino. Al fin he descubierto el secreto: después de conquistar una gran colina, uno descubre que hay muchas otras colinas que escalar.

He tomado un momento aquí para descansar, para ver un poco de la perspectiva del camino que ya hemos recorrido. Pero sólo puedo descansar un momento, porque con la libertad vienen las responsabilidades. No me puedo retrasar, porque nuestro largo camino aún no ha terminado.”

Luis Ruiz: misionero de 90 años dirige 145 leproserías en China

Acaba de cumplir 90 años, y ha sido la primera vez, desde 1930, que el padre Luis Ruiz lo pudo celebrar en Gijón (España) con su familia. «Es que estos últimos 72 años he estado por ahí, por estos mundos de Dios, ¿sabe usted?», argumenta. Acaba de participar en el Congreso Nacional de Misiones que se ha celebrado este fin de semana en Burgos. Monseñor Luis Augusto Castro Quiroga, arzobispo de Tunja (Colombia), le presentó a los medios como «la estrella del congreso», a lo que él respondió, con el sentido del humor que conserva intacto, «apagada, estrella apagada». «Cuando ves la pobreza no puedes cruzarte de brazos», asegura el P. Ruiz. Continúa leyendo Luis Ruiz: misionero de 90 años dirige 145 leproserías en China

Una misionera en África: Confianza en Dios

A mí me encantan los niños y disfruto mucho estando y conversando con ellos. Tal vez también a ti te suceda algo igual. Y la razón es muy simple: porque nos fascina su sencillez, su inocencia, su bondad natural, la transparencia de su alma, su pureza y su candor. Casi todos los niños son así. Aunque algunos sean un poco más pícaros, poseen un alma noble y son muy sensibles ante lo grande y lo bello. Te quiero contar hoy una historia para que veas la grandeza de la fe, la inocencia y el candor de los pequeños.

Una noche yo había trabajado mucho ayudando a una madre en su parto. Pero, a pesar de todo lo que hicimos, murió la madre dejándonos un bebé prematuro y una hija de dos años. Nos iba a resultar difícil mantener el bebé con vida porque no teníamos incubadora –¡no había electricidad para hacerla funcionar!–, ni facilidades especiales para alimentarlo. Aunque vivíamos en el Ecuador africano, las noches frecuentemente eran frías y con vientos traicioneros.

Una estudiante de partera fue a buscar una cuna que teníamos para tales bebés, y la manta de lana con la que lo arroparíamos. Otra fue a llenar la bolsa de agua caliente. Volvió enseguida diciéndome irritada que, al llenar la bolsa, había reventado. La goma se deteriora fácilmente en el clima tropical. –”¡Era la última bolsa que nos quedaba! –exclamó–; y no hay farmacias en los senderos del bosque”. –”Muy bien –dije–; pongan al bebé lo más cerca posible del fuego y duerman entre él y el viento para protegerlo. Su trabajo es mantener al bebé abrigado”.

Al mediodía siguiente, como hago muchas veces, fui a orar con los niños del orfanato que se querían reunir conmigo. Les sugerí a los niños varias intenciones para su oración y les hablé del bebé prematuro. Les conté el problema que teníamos para mantenerlo abrigado, pues se había roto la bolsa de agua caliente y el bebé se podía morir fácilmente si cogía frío. También les dije que su hermanita de dos años estaba llorando porque su mamá había muerto. Ruth, una niña de 10 años, oró con la acostumbrada seguridad consciente de los niños africanos: –”Por favor, Dios mándanos una bolsa de agua caliente. Mañana no servirá porque el bebé ya estará muerto. Por eso, Dios, mándala esta tarde”. Mientras yo contenía el aliento por la audacia de su oración, la niña agregó: –”Y mientras te encargas de ello, ¿podrías mandar una muñeca para su hermana pequeña, y así pueda ver que tú la amas realmente?” Con frecuencia las oraciones de los chicos me ponen en evidencia. No creía que Dios pudiese hacerlo. Sí, claro, sé que Él puede hacer cualquier cosa. Pero hay límites, ¿no? Y yo tenía algunos grandes “peros”. La única forma en la que Dios podía responder a esta oración en particular, era enviándome un paquete de mi tierra natal. Yo llevaba en Africa casi cuatro años y nunca jamás recibí un paquete de mi casa. De todas maneras, si alguien llegara a mandar alguno, ¿quién iba a poner una bolsa de agua caliente? A media tarde, cuando estaba enseñando en la escuela de enfermeras, me avisaron que había llegado un auto a la puerta de mi casa. Cuando llegué, el auto ya se había ido, pero en la puerta había un enorme paquete de once kilos. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Por supuesto, no iba a abrir el paquete yo sola. Así que invité a los chicos del orfanato a que juntos lo abriéramos. La emoción iba en aumento. Treinta o cuarenta pares de ojos estaban enfocados en la gran caja. Había vendas para los pacientes del leprosario. Luego saqué una caja con pasas de uvas variadas. Eso serviría para hacer una buena horneada de panecitos el fin de semana. Volví a meter la mano y sentí… ¿sería posible? La agarré y la saqué… ¡Sí, era una bolsa de agua caliente nueva! Lloré… Yo no le había pedido a Dios que mandase una bolsa de agua caliente, ni siquiera creía que Él podía hacerlo. Ruth estaba sentada en la primera fila, y se abalanzó gritando: –”¡Si Dios mandó la bolsa, también tuvo que mandar la muñeca!”. Escarbé el fondo de la caja y saqué una hermosa muñequita. A Ruth le brillaban los ojos. Ella nunca había dudado. Me miró y dijo: –”¿Puedo ir contigo a entregarle la muñeca a la niñita para que sepa que Dios la ama de verdad?” Ese paquete había estado en camino por cinco meses. Le había preparado mi antigua profesora de religión, quien había escuchado y obedecido la voz de Dios mucho antes de que sucedieran las cosas, y fue Él quien la impulsó a mandarme la bolsa de agua caliente, a pesar de estar yo en el Ecuador africano. Y una de las niñas había puesto una muñequita para alguna niñita africana cinco meses antes, en respuesta a la oración llena de fe de una niña de diez años que la había pedido para esa misma tarde.

Tomado de www.catholic.net

Ruth de Jesús: ¿Quiénes son? ¿Adónde van?

Testimonio de la joven religiosa Ruth de Jesús, de las Hermanas de la Compañía de la Cruz, fundada por Santa Ángela de la Cruz. Sus palabras conmovieron al casi un millón de jóvenes y al Papa Juan Pablo II en la vigilia del sábado 3 de mayo de 2003 en Cuatro Vientos (Madrid).

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Enrique González Torres: Una vocación al sacerdocio

Testimonio de un diácono de 27 años ante casi un millón de jóvenes y en la vigilia con Papa Juan Pablo II el sábado 3 de mayo de 2003 en Cuatro Vientos (Madrid).

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Guillermo Blasco: Una vocación nacida ante el enigma del dolor y del perdón

Testimonio de un estudiante de 19 años ante casi un millón de jóvenes y en la vigilia con Papa Juan Pablo II el sábado 3 de mayo de 2003 en Cuatro Vientos (Madrid).

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Jim Caviezel: Durante el rodaje de “Passion”

Esta entrevista se realizó un año antes de que Jim Caviezel fuera convocado por Mel Gibson para representar a Jesús en “Passion”, la película sobre las últimas 12 horas de la vida de Cristo.

El día que conversé con Jim Caviezel -cuenta Edel M. Cech-, comprendí que Dios realmente es capaz de hacer cualquier cosa para alcanzar a alguien donde quiera que se encuentre. La conversación telefónica de una hora, no fue sólo un hito importante en mi vida, sino también una de las conversaciones más encantadoras, inspiradoras y santas que he tenido. Y estoy dispuesto a compartir los mejor de ella con ustedes.

– Edel: No es común que las estrellas de cine sean tan religiosas como tú. – ¿Cómo es que tu fe es tan profunda? -Jim: Bien, yo pienso que Dios puede alcanzar a cualquiera. Nuestro Señor puede tocar a cualquiera en cualquier profesión. Dios nos está llamando hacia Él más que nunca.

– Edel: ¿Te sientes solo entre todos estos actores que piensan de manera tan diferente? ¿Cómo enfrentas esto? -Jim: Siempre me siento solo acerca de esto. Pero si no existe ningún actor en mi profesión que siga su fe, no importa. Sé cuál es mi responsabilidad… . Estoy dispuesto a sufrir eso, sé que no fui llamado para la vida fácil – fui llamado como todos para vivir como Jesús. Dios nos está llamando a ser la luz del mundo y nos pide que nos sacrifiquemos para ayudar a cargar la cruz de Cristo.

– Edel: ¿Hablas con los demás actores sobre tu fe? -Jim: Si lo hago…cuando el tiempo lo permite… … [pero] la mejor manera de mostrar tu fe es a través de la manera en que vives tu vida.

– Edel: ¿Quién es tu mayor apoyo en todo esto? -Jim: Mi esposa. Mi esposa, quien debe serlo… Ella es la persona más cercana.

– Edel: ¿Cuánto tiempo han estado casados? -Jim: 5 años y medio.

– Edel: ¿Tu esposa es también actriz? Jim: No, es maestra de colegio. Enseña en secundaria. Es realmente buena. Es una católica muy comprometida.

– Edel: ¿Siempre has sido tan fuerte en tu fe? -Jim: Fui criado católico, pero mientras crecía, me afectó mucho lo que sucedía en el mundo y en la sociedad, y cedí ante la media verdad que reina en el mundo. … Mi conversión ha sido lenta y me ha tomado años. Ahora sé que Dios me está pidiendo más. Y no soy la misma persona que era cuando tenía 20 o 25 años y tampoco soy el mismo del año pasado, cuando hice una película llamada Ojos de Ángel (Angel Eyes). No sé si la pusieron en cartelera por ahí.

– Edel: ¡La acabamos de ver! -Jim: Antes de hacer la película la rechacé porque había una escena de amor y era muy difícil para mí. – Le dije [al director], “No, no vas a verme desnudo, no vas a ver ciertas cosas”. – Así que me dijo, “Entonces, ¿cómo vamos a hacer esto?” – Le dije, “Tú eres el director, ¡ingéniatelas!” Así que tomaron la cámara y filmaron algunas cosas – Tenía puesta mi ropa y ella [Jennifer López] tenía puestos un top y shorts, pero luego de terminar, no me sentía bien, porque sentía que estaba dando el mensaje falso a la gente de que “si hay amor, entonces está bien.” El mensaje que realmente quiero dar a los jóvenes es este: Mírenla y digan: ¡Esto es algo que no debo hacer! ¡Aún existe mucha ambigüedad en los medios! Pero existe una sola interpretación [de la sexualidad] y se basa en la absoluta voluntad de Dios. Esto siempre es difícil y me cuestiono sobre qué mensaje estamos enviando.

– Edel: ¡Claro que no es fácil! -Jim: Pero, ¿sabes? No estamos llamados a la vida fácil… . Jesús dice, “Sean perfectos – como mi Padre es perfecto.” Y ser perfecto es intentar, tratar. Y en tu mente debes tratar de evitar el pecado. Y mientras más larga sea tu vida – debes mejorar y evitar el pecado. Y quizás no en acciones, sino en el pensamiento. Así que debes tratar en tus pensamientos – lo que quiere decir que la única manera de lograrlo es a través de la oración, y mientras más reces, más tendrás a Dios en tu vida.

Si estás buscando una vida fácil, entonces lo tuyo no es la fe católica. Por lo menos haz una opción. Si la vida católica no es para ti, entonces haz otra cosa. Pero si vas a decir que eres católico, vívelo. Vive tu vida. Eso es lo que necesitamos. Necesitamos guerreros. Necesitamos santos en la tierra ahora. Los necesitamos urgentemente. Necesitamos personas que le den la espalda al pecado.

– Edel: ¿Cómo debemos rezar? -Jim: Desde nuestro corazón y mientras más reces, mejor será tu oración. María intercede para que se nos conceda la gracia. Y cuando nos da la gracia que viene de Dios, podemos orar más desde nuestro corazón. Y mientras más oramos desde nuestro corazón, más queremos orar. Mientras más oramos, recibimos más gracia, y mientras más gracia recibimos aumenta nuestro anhelo de rezar. Entonces iniciamos el círculo de la vida. ¿Qué es el círculo de la vida? El círculo de la vida es hacer que el pecado sea raro en nuestras vidas, cuando el pecado se hace extraño en nuestras vidas, empezamos a sentir más la presencia de Dios en nuestras vidas, porque viene a nuestros corazones. ¡Hemos nacido para tener a Dios en nuestros corazones! Y entonces empezamos a vivir el Cielo, no tenemos que morir para ver el Cielo, podemos empezar a vivir el Cielo ahora en la tierra. Y mientras más sentimos el Cielo en nuestros corazones, somos más santos. Entonces, estamos cumpliendo lo que Dios nos pidió: “¡Sean perfectos como mi Padre es perfecto!” Y te conviertes en imagen de Cristo en la tierra. Mi esposa y yo rezamos el rosario todos los días, porque si rezamos permaneceremos unidos.

– Edel: ¿Cuál crees que es el mayor problema de hoy? -Jim: Ahor no se habla del pecado. Decimos, “¡Oh, no existe! No pecamos, sólo tenemos problemas.” Esa es la voz del demonio. El gran San Maximiliano Kolbe dijo que el más grande problema del siglo XX y ahora del siglo XXI es la indiferencia. ¡Piensen en eso! Indiferencia quiere decir “no saber la diferencia”. Uno dice, “Conozco la diferencia entre lo bueno y lo malo.” El diablo está diciendo, “No, no, no, no, no – no existe diferencia – todo es lo mismo. Lo que es malo es bueno – haz lo que quieras.” Pero, ¿qué nos dice Jesús? “¡Los vomitaré de mi boca! No sean tibios, el camino hacia el Cielo es angosto. El camino al infierno es amplio.” ¡Conozcan la diferencia! – Edel: ¿Cómo podemos hacer esto? -Jim: Lo escoges. Tienes que ubicarte entre personas que vayan a apoyar tu vida católica, que van a nutrirla. Cada vez que busques amigos que tienen eso, Dios te bendecirá. Debes conservar estas amistades incluso si es una sola. Y si no tienes ninguna reza, porque Dios te las pondrá en tu vida.

– Edel: Pero muchas personas vienen de hogares destruidos, así que han perdido la esperanza o no tienen la energía para iniciar tal círculo.

-Jim: Pero, ¿no crees que Dios puede alcanzar a cualquiera? La Inmaculada María puede tocar la vida de cualquiera. Dios creó todas las cosas, todas las personas son sus hijos. Empieza contigo mismo, tú puedes hacer la diferencia. Si quieres paz en el mundo, empieza en tu vida, empieza hoy. Y los que te rodean te imitarán. San Francisco de Asís decía, “Vayan y prediquen el Evangelio a todas las naciones, y si lo necesitan, ¡usen palabras!” Piensen en eso. Nos dice que prediquemos con nuestras acciones.

– Edel: ¿Tienes un mensaje final para los jóvenes? -Jim: Mi mensaje para ellos sería [nuevamente]: La Paz empieza por ti. Puedes tomar mis palabras literalmente.

– Edel: ¿Tienes algún proyecto cinematográfico actualmente? -Jim: No, no he encontrado nada que me agrade aún. Cada vez que sale una película tienes que competir con otros actores, tienen que decidir entre Russel Crowe o quien sea. Pero no puedo preocuparme por eso porque sé que Dios me pondrá donde Él quiere.

Jim Caviezel: “Después de mi primer día en la cruz, casi llego a la hipotermia” A sus 34 años de edad, Jim Caviezel se perfila como un actor de gran proyección en Hollywood. Desde su trabajo en “The Thin Red Line” (La Delgada Línea Roja) y luego “La venganza del conde de Montecristo”, se convirtió en uno de los actores favoritos del medio, pero nunca pensó que en tan poco tiempo podría encarnar el papel más importante de su carrera: Caviezel es Jesús en la película “Passion”, que actualmente Mel Gibson rueda en Italia.

El día de la entrevista, Caviezel había pasado 17 horas rodando el interrogatorio de Cristo, cargando sogas y cadenas a la merced de Poncio Pilato y sus centuriones.

“Para tener la apariencia de un hombre que ha sido humillado y golpeado hasta que la carne cuelgue de su cuerpo, el maquillaje puede tardar ocho horas. Tengo que levantarme a las dos de la mañana para estar listo a en el set a las 10 u 11”, revela Caviezel y agrega que si el clima es malo y no se puede filmar, debe dormir con el maquillaje puesto.

Era la cuarta vez que Caviezel recibía este papel en oferta. Siempre se había negado porque consideraba que las producciones en cuestión no eran respetuosas con la historia y la persona de Cristo. Sin embargo, la propuesta de Gibson lo convenció.

Según sostiene, Gibson -como devoto católico también- había entendido la importancia de este proyecto y, lo más importante, está comprometido a recrear las últimas horas de Jesús, desde Getsemaní hasta su muerte- de la forma más auténtica posible.

Para Caviezel, que no duda en proclamar su fe católica, el papel de Cristo representa un desafío espiritual y físico que afronta con esfuerzo, oración, meditación y la permanente asistencia de María.

En una entrevista concedida al diario canadiense Globe and Mail desde Sassi di Matera –escenario de la película-, el testimonio de Caviezel estremeció a la reportera Gayle MacDonald y anticipó una película que podría ser la representación más gráfica del dolor que padeció Cristo en las últimas 12 horas de su vida.

“La exigencia” Según MacDonald, el trabajo de Caviezel ha trascendido el intenso frío del invierno italiano y el dolor de huesos, no en vano pasó los últimos 15 días casi desnudo colgado en una cruz para escenificar la Crucifixión.

“Cuando el viento toca la cruz, a tantos pies de altura, el aire te congela los huesos. La cruz comienza a temblar y piensas que se va a romper. Todo lo que haces es moverte y rezar”, confiesa el actor que agrega no haber estado nunca tan exhausto, ni atravesar tanto dolor físico y mental.

“Después de mi primer día en la cruz, casi llego a la hipotermia. Debieron traer calentadores que funcionaban bien cuando había viento pero cuando el clima se calmaba, podían quemarme las piernas. Trataba de comer algo, pero solo tenía náuseas. Sabía que este papel sería el más duro y difícil de mi carrera. También ha sido increíble”, señala Caviezel.

Según MacDonald, la apariencia y el nervio de Caviezel lo convirtieron en la primera opción de Gibson al pensar en el actor que representaría a Jesús.

Su representación de Cristo parece tan real, que la gente de Sassi di Matera aún no se acostumbra a verlo sin exclamar “¡Jesús! ” cuando camina por las calles, o en la iglesia donde asiste a diario a Misa y reza su rosario.

“Muchas veces estoy tan concentrado que no escucho lo que ocurre a mi alrededor”, señala Caviezel quien en sus oraciones suele recurrir a al patrono de los actores San Genesius de Arles, y San Antonio de Padua, que lo ayuda a encontrar buenos guiones.

En una entrevista que concedió algunos años atrás, Caviezel aseguró creer que Dios y los santos le muestran el camino, y dijo que María lo guió para seguir la ruta de la actuación. Cree que haber rezado un rosario antes de la audición para La Delgada Línea Roja lo ayudó a conseguir un papel en esa cinta.

“Por la conversión” “Todas las descripciones que he leído sobre lo que realmente le pasó a Jesucristo son más duras de lo que estamos mostrando y no podemos mentir. Uno de los látigos que usaron con Jesús, tenía garfios que literalmente le arrancaron la carne del cuerpo. Fue terrible”, asegura. Sin embargo, precisa que la fidelidad a lo que ocurrió no puede alejarlos del mensaje. “No vamos a llegar a un punto en el que la gente se sienta tan afectada por lo que ve en la pantalla que no saque nada del relato. No queremos eso”. Según Caviezel, en este sentido el film quiere que algo cambie en el corazón de la gente y, de repente, regrese a Dios.

Tomado de piensaunpoco y acidigital

Magaly Llaguno: Mi batalla contra el cáncer

El tesoro del sufrimiento He sufrido mucho en los años que he vivido. Sin embargo, en los últimos seis experimenté un sufrimiento tan grande que creí morir de dolor. En este lapso de tiempo tuve que pasar por el rompimiento de mi matrimonio, murieron mis padres y los médicos me diagnosticaron con cáncer. Todos estos sucesos me llevaron a comprobar que se puede crecer espiritualmente a través del sufrimiento. El sufrimiento ha sido para mí uno de los regalos más valiosos de Dios, una verdadera escuela. Me ha enseñado muchas cosas: a tener paciencia, a sentir mayor compasión por los demás y a saber expresarla; y a aceptarlo todo de la mano de Dios. Lo que más agradezco es que me ha acercado mucho más a El a través del dolor.

El sufrimiento nos hace mejores personas y nos madura emocional y espiritualmente si lo aceptamos por amor y obediencia a Dios y si tratamos de sobreponernos a él, buscando nuestro consuelo y fortaleza en Dios. Son incontables las veces en que me he sentido acongojada, deprimida, agotada física, emocional o espiritualmente; pero en todas he acudido a Dios y siempre me ha dado Su gracia para continuar mi peregrinar hacia Él.

Este documento es el relato de algunas de mis experiencias, las cuales escribo, con la esperanza de poder ayudar a personas que se encuentren en circunstancias parecidas a las mías.

El diagnóstico Fue en el mes de febrero del 2000 cuando me diagnosticaron mieloma múltiple; un raro tipo de cáncer de la médula ósea, lugar donde nuestro cuerpo fabrica la sangre. Desde entonces he pasado cientos de días recibiendo quimioterapia, en el hospital como paciente externo o ingresada. Aunque parezca increíble, fue casi un alivio enterarme de que padecía cáncer, pues había tenido cinco dolorosas fracturas espontáneas sin saber por qué; tres de ellas en dos costillas y una vértebra, después de un resfriado. Había sido examinada por cinco médicos y hablado con seis más, hasta que al fin a uno de ellos (el reumatólogo), se le ocurrió hacer la prueba de un tipo de proteínas en la sangre. Lamentablemente, esperó desde noviembre, fecha en que hizo la prueba, hasta que volví a verlo en su consulta en febrero, para ver el resultado y decirme que tengo cáncer.

Al fin, cuando logré ver por primera vez al doctor hematólogo-oncólogo, me puso bajo un tipo de tratamiento, el cual no fue efectivo. Luego, durante seis meses, estuve ingresanda por 5 ó 6 días cada mes para la quimioterapia, la cual tampoco dió resultado. Del 20% de cáncer en la médula de los huesos, que me habían descubierto durante la primera biopsia, pasé el 81%. Fue como si en lugar de matar el cáncer, lo hubieran estado alimentando.

Cuando el doctor me dio esta mala noticia, le pregunté cuánto tiempo me quedaba de vida y me dijo que menos de un año. Yo le dije que no aceptaba ese diagnóstico, porque de hecho, Dios me había prometido más tiempo de vida. La única verdadera alternativa que me dio mi médico fue un tratamiento experimental con arsénico (¡el veneno!), y vitamina C. Puesto que no tenía nada que perder, acepté después de orar, investigar, y hablar con mis cinco hijos al respecto.

El tratamiento experimental Durante meses iba diariamente al hospital a recibir el arsénico con vitamina C. Soporté seis terribles ciclos de cinco semanas cada uno, con dos semanas de descanso seguida de una biopsia después de cada ciclo. Los lunes y los viernes tenían que hacerme electrocardiograma, análisis de sangre, etc. para saber si había llegado al punto de estar en peligro de complicaciones graves debido al arsénico. También me hacían pruebas para conocer el daño que le estaba haciendo el arsénico a todas las células de mi sangre, tales como las rojas, las blancas y las plaquetas. Por supuesto, tuvieron que darme un número de transfusiones, y ni hablar de los demás efectos secundarios de esta quimioterapia experimental.

Lamentablemente, uno de los efectos secundarios graves de esta medicina (el arsénico), es que daña el sistema inmunológico, porque destruye las células buenas que están en la sangre, junto con las malas (cancerosas). Por añadidura, el tipo de cáncer que yo tengo tiene el mismo efecto en la sangre (además de dañar los huesos). Por tanto, desde hace mucho tiempo he estado luchando contra las infecciones. Fui hospitalizada por tres semanas debido a una septicemia, por una infección en el “port” (catéter colocado quirúrgicamente en la vena cava para administrar la quimoterapia). Estuve en casa una semana, y acto seguido tuve que ser hospitalizada de nuevo debido a una neumonía y para remover el catéter infectado y colocar uno nuevo. Sin embargo, Dios no quiso que muriera en esa oportunidad tampoco y me salvé para continuar el tratamiento con arsénico. ¡Fui la primera en EE.UU. en llegar al final de los seis ciclos viva y hasta me entrevistó un canal de televisión! Durante la segunda semana de hospitalización por la neumonía, cuando comencé a mejorar, se me presentaron otras complicaciones, las llamadas “enfermedades oportunistas”. Por ejemplo, contraje la “culebrilla” (muy dolorosa), sinusitis (la cual me ha dejado sin olfato ni gusto permanentemente), flebitis en ambos brazos debido a los sueros (muy dolorosa también), y otras infecciones más. Por supuesto, debido a la debilidad de mis huesos y la fuerza con que tosía, se me rajó de nuevo una costilla.

Una noche, cuando estaba hospitalizada, después de tantos sueros e inyecciones, tuve problemas con mis venas. El catéter no se podía utilizar por orden del médico, hasta que no transcurrieran 48 horas de ser insertado. Sin embargo, las medicinas había que administrarlas por vía intravenosa. Una hermana en Cristo y yo, hicimos la Coronilla de la Divina Misericordia y le rogamos a Sor Faustina, Apóstol de la Divina Misericordia, su intercesión (todavía no había sido canonizada). Ella nos escuchó. Después de haber tratado de establecer una línea para el suero tres enfermeras, tres veces cada una, otra enfermera me dijo: “Déjame probar una vez más”. ¡Y milagrosamente lo logró! Durante esa estancia en el hospital, aprendí mucho sobre el valor infinito del sufrimiento, tanto para nosotros como para los demás. También medité mucho más sobre la pasión de Cristo. Le doy gracias a Dios por haber derramado tantas bendiciones sobre mi persona durante esta difícil etapa de mi vida, no sólo al darme la fortaleza para continuar luchando por sobrevivir, sino también, por darme el grandísimo honor de compartir su cruz, a pesar de que no soy digna de hacerlo.

El recordar el sacrificio que Jesús hizo por nosotros en la cruz, me ayudó a soportar todos los sufrimientos. Cada vez que me pinchaban con una aguja pensaba en que Jesús fue coronado de espinas y le decía a El: “Esta es una ofrenda tan pequeña, Señor, comparada con lo que tú sufriste para salvarme.” Y cuando me arrancaron dos pequeñitos pedazos de piel al removerme un esparadrapo (al cual soy alérgica) y me dolió tanto, recordé que Jesús fue brutalmente azotado, le pusieron una capa sobre su sangrante espalda y después se la removieron violentamente. Según los relatos científicos, una gran parte de su sanguinolenta piel le fue arrancada junto con la capa, pues se le pegó a la tela. ¡Cuán grandes son los dolores que El sufrió por nosotros! Fue su amor lo que lo llevó a la cruz y lo hizo permanecer en ella, a pesar de los que le gritaban que bajara y se salvara. Y ha sido providencial para mí, el que estos sufrimientos míos hubieran tenido lugar durante el Mes del Sagrado Corazón de Jesús. ¡Qué hermoso regalo de amor pude brindarle! Ofrecí mis sufrimientos (y todavía lo estoy haciendo), por el movimiento provida y por Human Life International y la Sección hispana que dirijo, Vida Humana Internacional y sus organizaciones afiliadas en el mundo hispano.

Dios me dio el regalo del gozo durante esa etapa en que estuve a punto de morir, y me enseñó que no debo temerle a la muerte ni al sufrimiento, pues Él está siempre conmigo.

Enfrentándome al transplante El doctor me dijo que ya que me había bajado tanto el nivel de cáncer en los huesos con la ayuda del arsénico y la Talidomida que recibí por meses, era hora de planear un transplante de células estaminales, utilizando mis propias células. Puesto que el tipo de cáncer que tengo es incurable, solo se trataba de alargar un poco mi vida.

Dos semanas antes de mi transplante, me sentía tan agotada de esta lucha que he estado librando contra el cáncer por los últimos dos años, que no tenía ya las fuerzas para continuar. Sabía que me esperaban muchas más dificultades y sufrimientos. Por lo que había leído, este tipo de transplante es un procedimiento muy largo, difícil y peligroso que requiere mucho tiempo de recuperación.

Me encontraba “al pie de una enorme montaña” que sabía tenía que escalar, pero no tenía las fuerzas para comenzar a hacerlo. Hay momentos en la vida de uno en que súbitamente sentimos sobre los hombros y sobre el corazón, todo el peso de muchos años de sufrimientos. Era como si me hubiera caído con mi cruz y no tuviera fuerzas para levantarme. Hasta ese punto, Dios me había dado una fortaleza sobrenatural que me llenaba de optimismo, energías y hasta gozo espiritual. Pero fue como si en aquellos momentos me la hubiera retirado por completo, quizás para que me diera cuenta de lo débil y frágil que soy, y de lo mucho que dependo de Él. Las palabras de San Pablo cobraron aun más importancia para mí y me aferré a ellas con todo mi corazón: “A todo puedo hacerle frente, gracias a Cristo que me fortalece.” (Filipenses 4: 13 ) Y las de Cristo : “Yo soy la vid y ustedes son las ramas. El que permanece unido a mí, y yo unido a él, da mucho fruto; pues sin mí no pueden ustedes hacer nada” (San Juan 15:5), me hicieron comprender, como nunca antes, que es verdadera y personalmente Cristo quien nos fortalece.

Antes de poder ingresar para el transplante de células estaminales tuve que someterme a un procedimiento llamado eféresis. Me insertaron quirúrgicamente en la vena cava un catéter mucho más grande que los que había tenido anteriormente. Tenía tres tubos en la parte de afuera: por un lado sacaban la sangre, por el otro administraban anticoagulante, y por el tercero devolvían la sangre al cuerpo. Me estimularon primero la médula ósea con unas inyecciones. El objetivo era separar las células estaminales inmaduras del resto de la sangre, y hacer que salieran a flote en la sangre.

Durante el procedimiento tuve una complicación: me bajó mucho el calcio y comencé a sentir como unas terribles corrientes eléctricas por todo el cuerpo, hasta llegar al punto de que se me engarrotaron ambas manos y se me paralizaron los dedos. En aquel momento pasé un gran susto porque creí que me estaba dando un derrame cerebral. De momento no pude evitar las lágrimas y el desaliento y la desesperación, pero de nuevo Cristo me fortaleció. Después de quedar una noche ingresada en el hospital, con los medicamentos que me administraron pudieron seguir el proceso iniciado. Lamentablemente, no alcanzaron a colectar todas las células necesarias para el transplante, pero de todos modos, mi médico decidió seguir adelante porque era la mejor decisión con respecto a mi salud.

El ingreso al hospital Era el 7 de octubre de 2002, Festividad en la Iglesia Católica, de Nuestra Señora del Santo Rosario. El hecho de que iba a ingresar en el hospital en esta piadosa fecha, me dió ánimos para el suplicio que sabía se acercaba inexorablemente. Pensé: He pasado tanto tiempo en este complejo de hospitales, que ya prácticamente son mi segunda casa.

La primera semana de ingreso para el transplante no fue fácil. El primer día me dieron una dosis extremadamente alta de “Melphalen”, una quimioterapia muy fuerte. Según me informaron, era una dosis diez veces más alta que la que regularmente les dan a los pacientes. Inmediatamente, el segundo día, me pusieron por vía intravenosa, las células estaminales que me habían extraído de la sangre y habían congelado.

Después de la quimioterapia, no pude mantener nada en el estómago por mucho tiempo. Las náuseas eran una parte constante de mi vida cuando estaba despierta, no había nada que verdaderamente permitiera que mantuviera líquidos o alimentos en mi estómago. Por 24 días en el hospital viví mediante los sueros. Las pocas veces que pude mantener algún líquido fue gracias a la oración. Pero hasta la oración se me hacía difícil, porque las náuseas eran muy intensas. Con toda mi alma le pedí al Señor que estabilizara mi estómago, no sólo porque me sentía muy débil, sino también porque me dolía la quijada izquierda (afectada por el cáncer), de tanto devolver los alimentos.

Prepararnos para escuchar, tener paciencia y perseverancia Una mañana caí en una pequeña depresión, al sentir que todavía no toleraba alimento en el estómago y que estaba tan débil. De nuevo me fallaron las fuerzas y dejé de tratar de ingerir alimentos. Para colmo de males, los dolores en el cuero cabelludo mientras se me caía el cabello, me molestaban mucho cuando ponía la cabeza en la almohada. Clamé al Señor llorando y su ayuda me llegó de nuevo. El enfermero me aconsejó, explicándome muy delicadamente, que mi actitud era negativa y esto alargaría más tiempo mi recuperación. Me dí cuenta de que había caído en la trampa de pensar negativamente. Dios actúa a veces a través de quien menos esperamos.

Después recordé el poder sanador de Dios a través de la música. Puse en mi equipo portátil un cassette de música religiosa que sabía me daría el mensaje que necesitaba oir de consuelo y fortaleza. La letra de la primera canción titulada “Amigo, no temas”, me recordó la promesa de Jesús de estar siempre conmigo. Dice la canción : “Amigo, no temas, yo estoy contigo en tu caminar” y habla de cómo Dios cuida de las aves y las flores del campo, “y ellas no son más que tú”. Si el Padre Celestial viste los campos de primorosos colores, con muchas flores que duran solo un día, cómo no va a poner en nuestra alma una y otra vez, el amor y la fortaleza que necesitamos en momentos difíciles. ¡Acabé por cantar, bailar, y alabar a Dios! Fue otro encuentro personal con Dios que me fortaleció emocional, física y espiritualmente.

Verdaderamente debemos estar atentos a la Palabra de Dios y obedecerle, si queremos recibir Sus gracias especiales. Si yo hubiera ignorado el consejo del enfermero de cambiar mi actitud y me hubiera dedicado a sentir lástima de mí misma, no habría recibido las gracias que recibí. Debemos recordar siempre la importancia de las “tres p” : Preparar los oídos para escucharle y obedecerle, tener paciencia y perseverancia.

Como nos aconsejó Santa Teresa de Jesús en su poema “Nada te turbe”: “…confianza y fe viva mantenga el alma”. Mi ánimo había cambiado hasta tal punto, que tuve el valor de dejarme rapar la cabeza pues de todos modos el pelo se me estaba cayendo. Y le di gracias a Dios porque al mirarme al espejo, no sentí dolor sino orgullo. Consideré mi calvicie, una de las cicatrices, producto de la difícil batalla que estoy librando.

Ahora, cuando me deprimo por todos mis sufrimientos y ni siquiera tengo deseos de orar; escucho una música religiosa alegre. Entonces comienzo a cantarle a Dios como nos pide la palabra de Dios : “Canten y alaben de todo corazón al Señor” (Efesios 5:19), y acabo siempre dándole gracias y alabándolo. Es indudable que Dios nos da siempre las fuerzas y hasta el gozo espiritual, sin importar las circunstancias, cuando se los pedimos de todo corazón.

Necesitamos el amor de nuestros seres queridos Hay evidencias científicas de que el amor y el apoyo de los demás ayudan a lograr la sanación. Los estudios realizados muestran grandes diferencias con respecto al tiempo que sobreviven las personas gravemente enfermas que reciben amor y apoyo, y las que no los reciben. Uno de los estudios, realizado en la Universidad de Tejas, les preguntó a los pacientes si participaban regularmente en un grupo de apoyo, como por ejemplo asistiendo a una iglesia, y si esa participación les proporcionaba fuerzas y consuelo. Seis meses después del tratamiento, los que contestaron que no a ambas preguntas tuvieron siete veces más probabilidades de morir que los demás. Otro estudio de la Universidad de Los Angeles (UCLA) realizado con grupos de apoyo, investigó a personas a quienes se les practicó una cirugía debido al cáncer melanoma. Después de dicha cirugía algunas de las personas participaron en grupos de apoyo por seis semanas, mientras el resto simplemente se fue a su casa. Cinco años después los investigadores encontraron que entre los que no participaron en ningún grupo de apoyo hubo tres veces más muertes y dos veces más metástasis que entre los que lo hicieron. (“Cancer Recovery Today”, boletín de la organización Cancer Recovery Foundation of America.) Verdaderamente, el amor y el apoyo de otras personas constituyen una necesidad básica para los enfermos. El no obtenerlos es dañino; ¡cuánto más dañino será el ofrecerle a una persona enferma la eutanasia o el suicidio asistido! Los que estamos gravemente enfermos necesitamos una verdadera compasión, no la falsa compasión que ofrecen los promotores de la eutanasia y el suicidio asistido.Y aun más importante es para los enfermos, el amor de sus seres queridos.

Sí, es cierto que solo Dios basta, como dijo Santa Teresa de Jesús. Si tenemos que continuar nuestro peregrinar totalmente solos, lo hacemos con la fuerza que Dios nos da. Sin embargo, el amor de otros seres humanos es para nosotros en momentos difíciles lo que la lluvia para las flores. A ellas las alimenta y las hace abrirse en toda su belleza. A nosotros también, porque nos alegra el alma y nos transforma en personas más humanas. Con ello nos hacemos más compasivos y tenemos aún más fortaleza para enfrentar nuestro dolor.

Enfrentándome a la recuperación Llegó el momento de salir del hospital después del transplante y no tenía quien me ayudara (vivo sola), ni siquiera pagándole. Había hecho muchas gestiones, hablado con varias personas pero al final, las dos que me prometieron ayuda me llamaron para decir que no podían. Desde el principio había confiado en Dios y le había pedido que si no podía conseguir a nadie, me diera las fuerzas para poder cuidar de mí misma. De nuevo, Su gracia no se hizo esperar, pues Dios me dio las fuerzas para cuidarme durante el mes que estuve en casa recuperándome.

Y cada vez que he necesitado algo que no podía resolver por mí misma, Dios me ha enviado personas para ayudarme. Una amiga y hermana en Cristo, que es psiquiatra, me ha ayudado mucho espiritual y psicológicamente. No hubiera podido avanzar tanto en mi recuperación emocional sin su ayuda. Otra buena amiga a quien quiero como una hermana y un matrimonio de mi parroquia, fueron también algunos de los hermanos en Cristo que me ayudaron.

En Dios confiemos Recientemente mi oncólogo me dijo que aunque mi cáncer al fin parece estar en remisión, se me ha presentado otra grave enfermedad de la sangre llamada mielodisplasia, debido a la cantidad de quimioterapia que he recibido o como consecuencia del tipo de cáncer que tengo. La médula de mis huesos no está produciendo las células (rojas, blancas y plaquetas), que mi cuerpo necesita, y algunas de las que produce son anormales. Por lo que me quede de vida, tendré que continuar recibiendo a menudo transfusiones a través de un catéter en la vena cava y medicinas para estimular la producción de las otras células. De este modo podré sobrevivir un tiempo más, puesto que no es posible una curación. Entre otros, me esperan los riesgos de infecciones y hemorragias. Además el doctor me dijo que tengo un 80% de posibilidades de contraer un tipo de leucemia.

Sin embargo, no tengo miedo. Por el contrario, mi alma está llena de gozo, porque hoy Jesús me dio en la misa las gracias extraordinarias que necesitaba para enfrentar este nuevo sufrimiento. Instantes antes de recibir la sagrada comunión, vi claramente en la faz de una escultura de Jesús, una sonrisa.

Hay quienes creen que la religión es solo un bastón en el cual las personas se apoyan cuando se encuentran en circunstancias difíciles de su vida. Piensan que la fe es una creencia en “algo” intangible y esto es cierto, pero es mucho más. La realidad es que la verdadera fe, la fe fructífera, la que crece cada día más si la nutrimos con la oración, la lectura espiritual y los sacramentos (esto último para aquellos que somos católicos); no es algo intangible que imaginamos o que nos hemos inventado. Es una relación íntima y personal con nuestro Creador, que es más real que la luz que vemos y el aire que respiramos. Nuestro Dios nos ama tanto, que está involucrado hasta en los más insignificantes acontecimientos de nuestra vida. Está atento a nuestras más pequeñas necesidades, sabe lo que queremos y necesitamos, y se apresura a dárnoslo si es para nuestro bien.

A través de toda mi odisea, que continuará cada día hasta que Dios quiera, nunca he estado sola, pues Jesús siempre está conmigo y me lo demuestra de diferentes maneras.Y además, he tenido y todavía tengo la inmensa bendición y la alegría de poder contar con incontables oraciones (inclusive en diferentes países del mundo), de personas que he conocido por mi labor en defensa de la vida y la familia. Las cartas, tarjetas y llamadas que he recibido de líderes del movimiento provida hispano han sido numerosas. A todos los tengo en mi corazón , y a Dios he ofrecido mis sufrimientos por la labor que realizan estos valientes hermanos en Cristo en sus respectivos países. Se están enfrentando a grandes batallas para defender la vida y la familia, los cuales sufren graves ataques en los países hispanos.

Un mensaje especial Por último, quiero dirigirte un mensaje personal a ti, que estás enfermo(a) de cáncer o tienes otra enfermedad grave.

De nuestra actitud depende mucho el poder sobrevivir más tiempo. He leído que aquellos enfermos graves que tienen una actitud positiva, una vida activa y la voluntad de vivir, sobreviven más tiempo. No dejes que nada perturbe tu paz, te entristezca o te deprima. Sonríe siempre, pase lo que pase, porque Dios te ama y cuida de ti. El apóstol san Pablo nos dice: “Alégrense siempre en el Señor. Repito: ¡Alégrense! Que todos los conozcan a ustedes como personas bondadosas. El Señor está cerca. No se aflijan por nada, sino preséntenselo todo a Dios en oración; pídanle, y denle gracias también. Así Dios les dará su paz, que es más grande de lo que el hombre puede entender; y esta paz cuidará sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús”. (Filipenses 4: 4-7) Cuando me olvido momentáneamente de que todo lo que sucede es para nuestro bien, aún lo que nos hace sufrir, repito mentalmente las palabras de San Pablo: “Que la esperanza os tenga alegres, estad firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración.” (Romanos 12:12) La esperanza de poder estar con Cristo algún día me proporciona gozo espiritual, el cual me ayuda a mantenerme firme en la tribulación por medio de la oración.

No temas a los sufrimientos. Cuando me diagnosticaron el cáncer y leí sobre las posibles complicaciones y lo dolorosas que podrían ser en las últimas etapas de mi enfermedad, sentí un gran temor. No temía a la muerte, sino a los sufrimientos que podrían acompañarla. Sin embargo, el Señor me llevó a leer una cita bíblica que me tranquilizó y me recordó que Él estará conmigo hasta el final, y nada me sucederá que con la ayuda de su gracia no pueda enfrentar. A través del Salmo 40, “Oración de un enfermo”, Dios me habló: “El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor, calmará los dolores de su enfermedad”.

Además Dios nos promete: “…Los que confían en el Señor tendrán siempre nuevas fuerzas y podrán volar como las águilas, podrán correr sin cansarse y caminar sin fatigarse.” (Isaías 40: 31) Y Jesús mismo nos dijo: “No se angustien ustedes. Crean en Dios y crean también en mí… Les doy mi paz, pero no se la doy como la dan los que son del mundo. No se angustien ni tengan miedo.” (Juan 14:1, 27) Por último, si unes tus sufrimientos a los de Cristo, aceptándolos por amor a Dios y ofreciéndoselos a Él, verás sus frutos en la eternidad.

Probablemente el tener que enfrentarte a tu enfermedad y la posibilidad de morir debido a ella, ya te han enseñado el valor tan grande que tiene la vida, regalo de Dios. Atesórala, disfrútala en todo lo posible, diles a tus seres queridos cuánto los amas. Vive cada día como si fuera el último, porque no sabes cuándo será el día ni la hora. Utiliza sabiamente ese valioso tiempo de vida que te queda, que es un regalo que Dios te ha dado, para que te prepares para vivir con El para siempre. Trata de acercarte más a El cada día por medio de la oración, la meditación y los sacramentos (si eres católico). Alguien le preguntó a Santa Ángela de Merici, la fundadora de las Hermanas Ursulinas, qué consejo le daba para comportarse debidamente. Ella le contestó : “Compórtese cada día como usted deseara haberse comportado cuando le llegue la hora de morirse y de darle cuenta a Dios.” No temas a la muerte, el mismo Dios que te ama y cuida de ti, te recibirá en sus amorosos brazos, donde estarás por toda la eternidad. Dile al Señor de todo corazón : “Yo, Señor, confío en ti; yo te he dicho: ‘¡Tú eres mi Dios!, mi vida está en tus manos.” (Salmo 31: 14) Que Dios te bendiga y aumente tu fe, tu paciencia y tu fortaleza para enfrentar tus sufrimientos.

Nota: Este escrito, terminado el 9 de febrero del año 2003, es propiedad intelectual de la autora y de Vida Humana Internacional (VHI), Sección hispana de Human Life International. VHI y la autora dan su autorización para que se reproduzca sin hacer ningún cambio en el texto y se distribuya gratuitamente, sin fines de lucro. VHI es una organización católica educativa y misionera que ofrece en su portal en Internet: http://www.vidahumana.org/, información sobre más de 20 temas relacionados con la defensa de la vida humana y la familia, y un catálogo de materiales educativos. Para comunicarse con Vida Humana Internacional diríjase a: 45 S.W. 71 Ave, Miami, Fl, 33144, U.S.A. Teléfono: (305) 260-0525. E-mail: vhi@vidahumana.org. El portal www.masalladelsol.org, ofrece un “chat room” para las personas que tienen cáncer y sus familiares. Puede escribir a: ishen7@hotmail.com.

Eugenio Zolli: La conversión del Gran Rabino de Roma

Israel Zoller (Zolli es la italianización del apellido) nació en la Galizia polaca en 1881, último de una familia de cinco hijos. En 1904, el joven marcha a Viena para seguir la carrera de rabino, fiel a la tradición familiar, ya que por vía materna se habían sucedido antepasados rabinos durante más de dos siglos. Acabará los estudios en Florencia y conseguirá la plaza de vicerrabino de Trieste. En 1918, es nombrado rabino jefe de la ciudad, cargo que ocupará hasta su traslado a Roma y que hará compatible con su tarea docente como profesor de lengua y literatura semíticas en la Universidad de Padua.

En aquellos años, la idea de la conversión no se le pasaba ni tan siquiera por la cabeza. Todas las tardes se limitaba a abrir por donde cayera la Escritura, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, para meditar. Fue así como la persona de Jesús y sus enseñanzas se le hicieron familiares, sin que ningún prejuicio se interpusiera ni le diera el gusto de lo prohibido. El fruto fundamental de sus años de Trieste será la obra El Nazareno (1938), un estudio lingüístico y etimológico en el que realiza una exégesis metódica del Evangelio a la luz del Antiguo Testamento.

“Nadie ha tratado de convertirme –relataba algunos años después–. Mi conversión ha sido una lenta evolución interior. Desde hace años, y yo mismo lo ignoraba, mis escritos tenían ya un carácter tan cristiano que un arzobispo dijo de El Nazareno: ‘todos podemos equivocarnos, pero por cuanto puedo juzgar, pienso que podría firmar yo mismo ese libro’”.

Los rumores de guerra hicieron que el eco del libro fuera limitado. Durante esos años, Zolli había ayudado a los hebreos que dejaban la Europa central para trasladarse al futuro Israel. Sus contactos y el conocimiento de la lengua alemana favorecían que contara con informaciones de primera mano sobre el peligro que se acercaba. En 1935 envió una carta al rabino jefe de Roma, Angelo Sacerdoti, sobre los “actos inhumanos” cometidos contra los hebreos en Alemania, para que informara a Mussolini. El Duce dijo que protestaría ante el embajador alemán. Sea lo que fuere, lo cierto es que en 1938, cediendo a las presiones nazis, también en Italia se introdujeron leyes racistas. Zolli protestó públicamente y el gobierno como represalia le quitó la nacionalidad italiana.

Fue en ese contexto en el que le ofrecieron el puesto de rabino jefe de Roma. La comunidad hebrea de la capital (de la que el rabino era un empleado a sueldo) estaba dividida entre filofascistas y sionistas. Tal vez la fama de persona independiente y profundamente religiosa que se había ganado Zolli en esos años influyó en la elección. Sus dos interlocutores fueron Dante Almansi, presidente de las comunidades israelitas de Italia, que había sido jefe de la policía fascista y tenía buenos contactos con el régimen, y Ugo Foà, presidente de la comunidad hebrea de Roma.

Los primeros meses de la estancia de Zolli en Roma se caracterizaron por la defensa de los hebreos ante las leyes antisemitas. La situación, sin embargo, precipitó en septiembre de 1943 con la llegada de las tropas alemanas a la capital italiana. Después de los años pasados en Trieste, Zolli tiene experiencia: advierte a Almansi de que es preciso proteger a la población judía, pero éste sostiene que el día anterior un ministro le había asegurado que no había de qué preocuparse y que no convenía alarmar a la gente.

La respuesta vino pocos días después. El 10 de septiembre, el ejército nazi controla Roma. Un comisario de policía, de sentimientos antifascistas, aconseja a Zolli que se esconda, ya que –como se vio en Praga en esas mismas fechas– la primera víctima entre los hebreos solía ser el rabino.

El 26 de septiembre, el comandante Herbert Kappler impone a los judíos de Roma el pago de cincuenta kilos de oro, en un plazo de 24 horas, como rescate para no deportar a una lista de trescientas personas. La comunidad hebrea consigue reunir treinta y cinco kilos. Los presidentes Almansi y Foà piden a Zolli que acuda al Vaticano para pedir ayuda. Así lo hace –aunque sobre su cabeza pesaba una recompensa de 300.000 liras–, y recibe una respuesta positiva. Al final, los quince kilos del Vaticano no harán falta porque se habían conseguido por otras vías (incluidas, según se escribe, las de algunas casas religiosas y párrocos).

En esas semanas Zolli tuvo un encuentro con Foà en el que presentó un plan práctico para dispersar a los judíos de Roma. La acogida no pudo ser más fría: “Si hay que tomar decisiones, las tomaré yo con mi consejo –respondió Foà–. De momento no se ha decidido nada. Vaya a comprar un poco de valentía en la farmacia”. Años después escribirá Zolli: “Se me había concedido el don de ver sin poder actuar; y a otros, el poder de actuar sin poder ver”.

El oro, desde luego, no sirvió para nada, pues el 16 de octubre comenzaron las deportaciones, que sólo se frenaron por intervención de Pío XII. Zolli, que podía haberse exiliado fuera de Italia, vivió nueve meses en la clandestinidad, huésped de familias amigas, al igual que su mujer Emma y su hija Miriam (la otra hija, Dora, fruto de su primer matrimonio, no corría peligro por estar casada con un “ario”).

En febrero de 1944, la comunidad hebrea lo destituye como rabino, pero en junio los aliados lo ponen de nuevo al frente de la sinagoga. Allí permanecerá solo unos meses, pues en otoño presenta la dimisión por motivos personales. Y es que el día de Yom Kippur, durante la ceremonia en la sinagoga, había oído una voz interior que le dijo: “Estás aquí por última vez. Desde ahora, me seguirás”. Ya en los meses anteriores había meditado dar el paso del bautismo, pero no quiso hacerlo durante la persecución nazi.

La noticia del bautismo de Zolli causó enorme estupor (su mujer se bautizó el mismo día y su hija Miriam, que superaba ya la veintena, lo hizo un año después). La sinagoga de Roma decretó varios días de ayuno como expiación. El paso había dejado a Zolli literalmente en la calle: a los 65 años y sin casa ni sueldo. El futuro cardenal Dezza le ofreció un puesto de docente en el Pontificio Instituto Bíblico, de la Universidad Gregoriana.

Tal vez el mensaje principal de Zolli que se desprende de la lectura de su vida es precisamente la conexión que existe entre la Sinagoga y la Iglesia: “La Sinagoga era una promesa y el Cristianismo es el cumplimiento de esa promesa. La Sinagoga indicaba el Cristianismo; el Cristianismo presupone la Sinagoga”. Por eso, a pesar de la hostilidad que encontró en ambientes judíos, se preocupó por mejorar las relaciones entre hebreos y católicos: es suya, por ejemplo, la primera iniciativa que llevaría a suprimir de la liturgia del Viernes Santo, en 1961, la expresión “pérfidos judíos”: dio como razón que pocos entendían ya su significado original de “judíos incrédulos”.

Stanislaw Dziwisz: 13 de mayo de 1981

Una crónica detallada de Mons. Stanislaw Dziwisz, Secretario de Juan Pablo II.

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Raúl Oreste: El encuentro con Dios en la cárcel

La prisión puede ser un lugar frío e inhumano, pero también una prodigiosa escuela de oración, tal vez solo superable por la guerra o la pobreza extrema. Sí, realmente hay que reconocer que Dios se vuelca con ese tipo de ambientes, quizá porque allí está la gente que más necesita de su gracia: los ciegos, cojos y endemoniados del siglo XXI.

Uno de los últimos casos de conversión entre rejas es el de Raúl Oreste, banquero de origen argentino condenado a nueve años de reclusión que, tras recibir periódicamente las visitas de un grupo de solidarios cristianos, ha decidido cambiar radicalmente su vida y orientarla cara a Dios.

Sumido en un mar de soledad y sufrimiento después de que se dictara la condena y de que su mujer le abandonara, Raúl se replanteó toda su existencia. Ese ambiente tranquilo y silencioso, tan diferente del que nos encontramos a diario en la calle, le ayudó a preguntarse por las cosas verdaderamente importantes de la vida. Finalmente descubrió que todas las respuestas le llevaban a Dios, el único que había estado siempre a su lado durante ese camino de dolor.

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Jane Roe: La pionera del aborto arrepentida

El 22 de enero de 1973, el Tribunal Supremo de Estados Unidos reconoció el derecho al aborto de Jane Roe, nombre ficticio para proteger a Norma McCorvey, una veinteañera de Dallas, soltera, pobre, maltratada y con adicción a las drogas. Texas estaba entre los estados que entonces condenaban con hasta cinco años de prisión a la mujer que abortara. La sentencia Roe contra Wade llegó demasiado tarde para que la joven interrumpiera su embarazo, pero su caso extendió el derecho al aborto a todo el país.

Treinta años después, Norma McCorvey, que ahora tiene 55, se ha pasado al frente pro-vida y reniega de todo su pasado; se ha convertido al catolicismo y ha fundado un grupo antiaborto llamado Roe no more (Roe nunca más).«Todo cambió cuando me convertí al cristianismo», explica Norma a CRONICA por teléfono. Habla despacio, con voz cansina, desde su asociación en Dallas.

—¿Por qué motivo abandonó la causa que defendió durante 20 años? —Simplemente entendí que no se puede tomar la vida de un niño y matarlo, eso no es para los que creemos en Dios. La primera vez que fui a la iglesia, un sábado por la noche acompañada de dos niñas pequeñas, sentí que tenía que pertenecer a esa comunidad y renegar de todo.

—¿Se arrepiente de todo lo que hizo en su vida anterior? —Por suerte, yo no llegué a abortar. Ahora aconsejo a mujeres desesperadas. Mi misión en la vida es ayudarlas y evitar que aborten.

—¿No admite el derecho al aborto en absoluto, ni siquiera en casos de violación o peligro para la vida de la mujer? —No, no hay ninguna diferencia. De cualquier forma, sigue siendo un asesinato.

Norma McCorvey no es la única que ha cambiado. Aunque, según las encuestas, la mayoría de los americanos no quiere que haya marcha atrás, los portavoces de las asociaciones abortistas dicen estar perdiendo la batalla. Una sentencia que invalide el derecho al aborto a escala nacional puede estar cada vez más cerca.

Durante 17 años, McCorvey permaneció en el anonimato. Dio a su hijo en adopción e intentó seguir adelante. Para los grupos pro-aborto, ella era una heroína; para el frente antiaborto, el símbolo de la degradación del país.

Sólo en los 80 desveló el misterio de quién era Jane Roe. Entonces escribió un libro y se volcó activamente en la defensa del derecho que ella había conseguido para todas las americanas. Incluso, trabajó en clínicas abortivas como consejera.

En ese tiempo, según cuenta ahora, intentó varias veces el suicidio y se dio a las drogas por el cargo de conciencia de haber sido la causa de «la pérdida de tantas vidas».

En 1995, Norma dio un giro radical a su vida y sorprendió a los activistas de las dos partes. Se bautizó y se unió a un grupo ultra cristiano antiaborto llamado Operación Rescate. Norma entró en contacto con ellos cuando la asociación abrió una delegación justo al lado de la clínica donde trabajaba. Un cura le cambió la vida, y ella decidió abjurar de todo lo que había sido en las últimas cuatro décadas.

Incluso de su lesbianismo. Norma ha vivido durante estos 30 años con Connie Gonzales, su única pareja hasta que las dos se convirtieron al catolicismo. Siguen compartiendo vida y profesión, pero Norma ahora ve la homosexualidad como un pecado.

Connie controla de cerca todos los movimientos de Norma, es su sombra constante. La protege de la prensa, de las críticas y de lo que haga falta.

Filtra sus llamadas y básicamente vive para ella. Es tan radical en sus posiciones como Norma. «Cuando pasó lo que pasó, no había grupos como nosotras que ayudaran a las mujeres», explica Connie sobre Texas, uno de los estados más conservadores del país.

Según ella, Norma cayó en las garras de las abogadas pro-abortistas porque no había médicos ni activistas que le dieran apoyo. «En este país, ahora todo el mundo cuida de las mujeres como ella, a la gente le importa y defiende la vida. No sé cómo es en el resto del mundo», concluye Connie, con tono escéptico. «Soy ex lesbiana, ex pro-abortista, ex Jane Roe», dijo Norma en un documental. «Soy una ex de todo, parece que cuanto mayor soy, más ex me vuelvo».

Como justificación de sus años de activismo pro-aborto, asegura que fue manipulada por «abogadas ambiciosas» que utilizaron a una chica desesperada para hacerse famosas y conseguir sus propósitos, y que después la abandonaron.

Era 1969, ella estaba sola, había dejado el colegio y ya había dado hijos en adopción. Las abogadas Sarah Weddington y Linda Coffee la convencieron para que denunciara al fiscal de Dallas, Henry Wade, y luchara por su derecho a abortar en Texas. Y así nació Roe contra Wade: según Norma, un cúmulo de mentiras. Les dijo a sus abogadas que la habían violado, con la intención de que la Justicia fuera más rápida en su caso. Años después, confesó que no era cierto: su embarazo fue fruto de «una simple aventura», según declaró en una entrevista televisiva en el 25 aniversario de la sentencia.

A principios de los 90, comenzó a desilusionarse de las campañas y de la clínica; no soportaba la presión de todas las mujeres que se le acercaban a darle las gracias por haber permitido que ellas pudieran abortar. Cuando empezó a trabajar con el grupo católico, toda su vida hasta el momento le pareció un error. «Se cayó del póster de símbolo del aborto, y fue directa a los brazos de Dios», explica un activista católico en la página web de Roe no more. Así, Norma se convirtió en portavoz de su causa y publicó un nuevo libro desde el frente contrario, Won by Love.

Hace cinco años, declaró en el subcomité constitucional dirigido por John Ashcroft, entonces senador y activista antiaborto que recogía testimonios para combatir la decisión del Tribunal Supremo.«Éste es el aniversario de una tragedia», dijo el hoy fiscal general de Estados Unidos. «Se han perdido 37 millones de vidas de niños que nunca conocerán el calor del abrazo de un padre o la fuerza del cariño de una madre».

Norma McCorvey dice rezar cada año que pasa para que no llegue el siguiente aniversario. El próximo miércoles hará lo mismo, pero ahora sus deseos tienen más posibilidades de cumplirse.

Las encuestas sobre la aceptación popular del derecho al aborto varían entre el más del 60%, según NARAL, grupo abortista, y el 46% que The Economist publica esta semana en su radiografía de las actitudes americanas.

El “National Right to Life Committee”, la principal organización antiabortista –tiene más de 3.000 delegaciones abiertas a lo largo y ancho del país– confía en que queden pocos aniversarios por delante. Raimundo Rojas, portavoz del grupo, asegura que «en un par de años, la situación puede cambiar; la gente y los políticos están con nosotros, la tecnología ha permitido que veamos la fotografía del feto… nos lo ha acercado como ser humano».

La portada de la página web del lobby pro-vida es la imagen de un feto, acompañada de la frase: «Yo soy un americano». Patriotismo y anti-aborto en una combinación perfecta.

Tomado de CRONICA. El Mundo (Panamá), 19.I.03, en http://www.fluvium.org/

Nguyen Viet Chung: Una vocación nacida en el trabajo entre los leprosos

La dedicación de las religiosas de San Vicente de Paúl hacia los leprosos fue el punto de partida de la conversión al catolicismo de un médico vietnamita que hoy es sacerdote.

El doctor Augustinus Nguyen Viet Chung, de 48 años, médico de Ho Chi Minh, conoció la fe católica hace unos diez años. Tras el adecuado camino espiritual y de formación teológica, fue ordenado sacerdote el pasado 25 de marzo, fiesta de la Anunciación de María.

El obispo auxiliar de Ho Chin Minh –Joseph Vu Duy Thong– presidió el rito de ordenación en la iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de la diócesis del sur de Vietnam. Más de medio centenar de personas, entre parientes del padre Chung, religiosos y religiosas, se unieron a la celebración.

Muchas Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, que conocen y trabajan con el doctor Chung, manifestaron: «La gracia de Dios hace milagros: no es corriente que un médico, y además a la edad de 40 años, se convierta y elija ofrecer su vida totalmente al Señor».

El padre Chung se sintió atraído por los estudios de medicina a través de un misionero extranjero que había optado por dedicar su vida al servicio de los leprosos.

Después de la licenciatura y de la especialización en dermatología, hizo sus prácticas en la leprosería estatal de Ben San, donde trabajan algunas religiosas vicencianas.

«Ejerciendo la medicina, me decía: puedo curar las heridas de los pacientes, pero ¿cómo curar su soledad y el sentido de abandono que experimentan? –recuerda el padre Chung–. Después conocí la fe católica y encontré la medicina para el alma de los enfermos, esto es, a Jesucristo».

El padre Chung fue bautizado en 1994. Cuatro meses después ingresó en el noviciado de la Congregación Vicenciana. «En mi conversión fue decisivo el ejemplo de las religiosas de San Vicente de Paúl: su dedicación y el amor hacia los leprosos hablaron a mi corazón», reconoce el sacerdote.

En la actualidad, el padre Chung trabaja en el centro para enfermos terminales de Sida dirigido por religiosas Hijas de la Caridad en el distrito de Cu Chi, a 45 kilómetros al noroeste de Ho Chi Minh City.

La Congregación Vicenciana llegó a Vietnam en 1954. Hoy cuenta en el país con 13 sacerdotes, 12 diáconos y 43 seminaristas que trabajan en la evangelización de las minorías étnicas y en el servicio a los pobres y enfermos.

Tomado de Zenit, ZS03051402 * * * Antoine de Saint-Exupery, literato francés creador del entrañable Principito, solía decir que para salir de la vacuidad que sume a los hombres en la soledad, es preciso recurrir a la amistad, al amor, al don de sí.

Esto fue precisamente lo que descubrió el vietnamita Nguyen Viet Chung cuando, al terminar la carrera de medicina, empezó a desempeñar su labor como doctor entre los leprosos de un hospital de Ho Chi Minh. Hoy, diez años después, el doctor Chung reconoce el gran bien que le ha hecho el servicio a los más necesitados.

Su forma de entender la vida fue cambiando paulatinamente con el ejemplo diario de las religiosas de San Vicente de Paúl, dedicadas por entero al cuidado de esos pacientes. “Comprendí” afirma el doctor Chung “que ejerciendo la medicina podía curar las heridas de los enfermos, pero ¿cómo curar la soledad y el sentido de abandono que experimentaban? Pues bien, aquellas mujeres lo conseguían”.

Pronto descubrió que el secreto de esas enfermeras no era otro que su amor a Dios y a los demás. Cualquiera de ellas habría podido expresarse como lo hizo la Madre Teresa de Calcuta ante una periodista occidental que le dijo que ella “no haría aquello ni por todo el oro del mundo” . “Por dinero nosotras tampoco seríamos capaces”, le respondió, “lo hacemos por amor a Jesucristo”.

Como le dijo el Principito a Antoine: “Lo importante no se ve”. Ciertamente ese amor y esa solidaridad se habían clavado en el corazón de nuestro protagonista oriental sin que éste apenas lo percibiera. La labor escondida del hospital fue acercando al doctor Chung cada vez más a Cristo, al que enseguida logró percibir tras el sufrimiento de los leprosos. Los veía como otros crucificados y le sirvió para tratarles con mucho cariño e interesarse por la salud de sus corazones. También por las miles de pequeñas cosas que a esos pobres hombres les preocupaban.

Comenzó a aprender la doctrina cristiana. Esto le ayudó a desempeñar su labor médica de una modo bastante más humano. Y finalmente, tras años al servicio de los demás, el doctor Chung pidió ser bautizado.

Ahora, tras desechar ofertas de otros centros médicos más prestigiosos y con superiores expectativas económicas, atiende a los enfermos terminales de SIDA de la capital vietnamita. Tal vez la causa de su decisión haya sido el descubrimiento de la Felicidad en el don de sí a los demás por amor.

Carlos González, PUP, 17.V.03

Bruno de Stabenrath: A los 35 años irrumpió el dolor en su vida

Pido perdón por hablar de mí mismo. Pero son mis circunstancias personales las que motivan este artículo. Acabo de salir del hospital tras una operación. La convalecencia está resultando bastante molesta y dolorosa. En esta tesitura uno comprende mejor que haya mucha gente que no le encuentre sentido a la enfermedad, al dolor y al sufrimiento. Estando en estas cavilaciones, leí la contra de La Vanguardia del día 27 de este mes de enero. Es una entrevista que hace Ima Sanchís a Bruno de Stabenrath, antiguo actor, músico y guionista. A consecuencia de un accidente de coche a los 35 años cambió su vida. Ha escrito un libro, “Al galope”, sobre su experiencia. De la entrevista entresaco algunos párrafos que ciertamente tienen bastante enjundia: —“Soy tetrapléjico. Mis piernas no responden y la musculatura de los brazos y los dedos está muy disminuida. Soy muy dependiente, no puedo mover la silla por la calle, no puedo cocinar, ni vestirme, ni atarme los zapatos”.

—“Tengo contratadas a dos personas que se turnan para ayudarme. La mayoría de los tetrapléjicos no pueden pagar esos salarios y malviven en centros esperando la muerte. Yo al principio deseé morir”.

—“Estuve un año en el hospital, sólo podía mover la cabeza. Me abandonó la alegría de vivir, la salud y el deseo”.

—“Me había dado cuenta de que en la vida hay cosas que decides por propia voluntad, pero que hay algo que se te escapa por completo y que es el misterio humano. Me puse en contacto con los hermanos de Saint Jean y recuperé la oración. Mi interlocutora preferida es la Virgen María”.

—“El amor que he sentido, de gente inesperada, ha hecho que mi vida cobrara un sentido”.

Al final de la entrevista, cuando la periodista le pregunta qué ha aprendido, responde: —“A despojarme de cualquier ambición; he tomado conciencia de que no estamos solos, de que quizá la respuesta viene de los demás. Me siento feliz porque mi sufrimiento físico no deja espacio a cuestiones intrascendes que antes me consumían. Ahora voy a lo esencial”.

Al leer esto último me acordé de lo que escribió un gran pensador francés, Gustave Thibon: “Cuando un hombre está enfermo si no se encuentra esencialmente rebelado, se da cuenta de que cuando estaba sano había descuidado muchas cosas esenciales; que había preferido lo accesorio a lo esencial” Después de lo anterior se despertó mi curiosidad sobre el sentido del dolor y de la enfermedad y empecé a indagar en otros autores. Esto es lo que he encontré: Dice Víktor Frankl el célebre psiquiatra judío que estuvo internado en un campo de concentración nazi: “El hombre que no ha pasado por circunstancias adversas, realmente no se conoce bien”.

El gran escritor inglés, amigo de Tolkien, C: S: Lewis, afirma: “El dolor es el megáfono que Dios utiliza para despertar un mundo de sordos”.

Y una persona bien experimentada en el dolor tras 50 años de atender enfermos, y él mismo víctima de un cáncer, el Dr. Ortiz de Landázuri, expresaba a este respecto: “La enfermedad siempre nos enseña muchísimo. Es el camino que nos conduce a Dios. Es uno de los caminos más importantes para llegar a ese encuentro… y al final, uno lo agradece”.

Finalmente tenemos lo que señala Juan Pablo II en la Carta “Salvifici Doloris”: “Para percibir la verdadera respuesta al porqué del sufrimiento, tenemos que volver nuestra mirada a la revelación del amor divino, fuente última del sentido de todo lo existente. El amor es también la fuente más rica sobre el sentido del sufrimiento que es siempre un misterio”.

Creo que la experiencia que nos cuenta Bruno de Stabenrath, confirma la veracidad de todos los testimonios anteriores. Y que yo no tengo motivos para quejarme y sí mucho que aprender del misterio del dolor.

Federico Gómez Pardo www.PiensaunPoco.com

Scott y Kimberly Hahn: Conversión de un matrimonio presbiteriano

Scott y Kimberly Hahn son un matrimonio norteamericano que ofrece el testimonio de su conversión al catolicismo. Ofrecemos a continuación algunos párrafos autobiográficos -alternando marido y mujer- tomados del libro “Roma, dulce hogar”, publicado en castellano por Rialp. Continúa leyendo Scott y Kimberly Hahn: Conversión de un matrimonio presbiteriano

Anna Nobili: De la discoteca al convento

Después de haberse ganado la vida bailando en los estrados de discotecas, Anna Nobili optó por la vida religiosa y por dedicar su vida a los necesitados, tras culminar un camino personal de conversión.

La hermana Anna relató en una entrevista publicada en el último número de «Mondo Voc» –la revista italiana de animación vocacional de los Rogacionistas–, el itinerario que le llevó a ingresar en las Hermanas Operarias de la Sagrada Familia de Nazaret.

«Comencé a frecuentar las discotecas a los 19 años y continué hasta los 21. Fueron tres años muy intensos durante los cuales perdí totalmente la cabeza. Iba todas las noches y me quedaba hasta las ocho de la mañana», recuerda.

«Desde medianoche hasta las 4 de la madrugada me exhibía en una discoteca, y desde las 4 hasta las 8 iba a bailar a otra. Viajaba incluso fuera de Milán; por ejemplo, a Amsterdam, donde me quedaba cuatro o cinco días».

«Buscaba las discotecas más frecuentadas», continúa su relato; «de ahí mis relaciones con los hombres y el uso del alcohol».

Poco a poco se fue distanciando de esos ambientes. «No sé bien por qué –comenta la hermana Anna–, pero en cierto momento me sentí cerca de la Iglesia. Comencé a ir a misa los domingos y allí lloraba continuamente, sintiendo dentro de mí una presencia diferente».

«Veía a los jóvenes, que se querían de manera muy sencilla y estaban serenos. Un mundo auténtico, no falso como el que yo frecuentaba», prosigue.

El paso siguiente fue «un retiro espiritual en Spello, en la ermita de Carlo Carretto. Recé, hice largas meditaciones. Hasta que una tarde, en la plaza de Santa Clara en Asís, contemplando el cielo y la naturaleza, tuve una percepción clara de que Dios es el Creador y nosotros somos sus criaturas».

«Sentí en el corazón un gozo indescriptible –describe–. Y me puse a bailar. Esta vez no para conquistar a los hombres, sino para agradecer y alabar. Había encontrado lo que buscaba».

Ahora el proyecto de la religiosa es «vivir el carisma de mi Congregación al servicio, incluso a través de trabajos manuales, de los menos afortunados».

«El problema no es tanto ir o no ir a las discotecas –constata–, sino dejarse envolver en relaciones humanas insatisfactorias. Vayamos a la discoteca, pero con Jesús».

«Es normal que los jóvenes busquen sensaciones y que éstas se intensifiquen por la noche. Pero a menudo la vida nocturna se vive como una rebelión que lleva a la perversión», advirtió.

La Congregación de las Hermanas Operarias de la Sagrada Familia de Nazaret fue fundada en 1900 en el norte de Italia y hoy cuenta con 200 religiosas. El Instituto trabaja en situaciones de marginación, como la recuperación de ex prostitutas, y se ocupa de los problemas relacionados con la inmigración.

Tomado de Zenit, 9.III.03, ZS03030904

Mel Gibson: La mayor historia jamás contada

Entrevista a Mel Gibson, ganador de varios Premios Oscar, es director de una película sobre la Pasión de Cristo que se centra en las últimas horas de la vida de Jesús, interpretado por Jim Caviezel (protagonista de «La delgada línea roja» («The Thin Red Line»), «Mirada de Ángel» («Angel Eyes») y «El Conde de Monte Cristo» («The Count of Monte Cristo»).

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Edith Stein: el testimonio de su hermana Erna

Edith era la más pequeña de los siete hermanos y la próxima a mí en edad. Nos separaban escasamente dos años, y así fue natural que, desde la niñez y hasta el tiempo de distanciarse externamente nuestros caminos, estuviéramos unidas la una de la otra más que cualquiera de nuestros otros hermanos.

Su primera niñez coincidió en el tiempo en que nuestra madre sobrellevaba las tareas más pesadas, tras la muerte repentina de nuestro padre. A causa de sus cargas inevitables poco podía dedicarse a nosotras. Las dos “pequeñas” estábamos acostumbradas a entendernos las dos solas y -al menos por las mañanas, hasta que los mayores regresaban de la escuela- nos entreteníamos nosotras solas.

Hasta donde conozco de las narraciones de mi padre, de mis hermanos y por recuerdo personal, éramos bastante formales y raramente nos reñían. Pertenece a los primeros recuerdos el que Paul, mi hermano mayor, pasease en brazos a Edith por la habitación entonando canciones estudiantiles o que le mostrase las ilustraciones de su historia de la literatura y pronunciase discursos de Schiller, Goethe, etc. Tenía una memoria formidable y todo lo retenía. Muchos de nuestros numerosos tíos y tías intentaban ensalzarla o se esforzaban, equivocadamente, por hacerle creer que era “María Estuardo” de Goethe o algo parecido. Esto constituyó un rotundo fracaso.

Desde los cuatro o cinco años comenzó a manifestar conocimientos de literatura. Cuando entré yo en la escuela, se sintió terriblemente sola, tanto que mi madre decidió internarla en un jardín de infancia. Pero esto fracasó del todo. Se veía allí tan desoladamente infeliz, y aventajaba intelectualmente todos los niños, que hubo que renunciar a ello. Muy pronto comenzó a suplicar que se le permitiese ir a la escuela ya en otoño, cuando el 12 de octubre cumpliese los seis años. Si bien era pequeña a todas luces y no se le atribuían los seis años, el director de la escuela Victoria de Breslau, escuela que ya habíamos frecuentado antes que ella las cuatro hermanas, consintió en ceder a sus ruegos insistentes.

Y así comenzó su tiempo escolar en su sexto cumpleaños, el 12 de octubre de 1907. Puesto que no era usual por entonces comenzar el curso en otoño, solamente permaneció en la clase inferior durante medio año. A pesar de ello, ya en Navidad era una de las mejores alumnas. Era muy capaz y muy aplicada, así como segura y de una energía férrea. No obstante nunca fue mala amiga, sino que siempre fue una excelente compañera pronta a ayudar. Durante todo el tiempo escolar obtuvo resultados brillantes. Todos nosotros aceptábamos como natural el hecho de que, al igual que yo, después de acabar la escuela femenina, terminara los cursos de bachillerato en la escuela Victoria, para así poder acceder a una carrera. Sin embargo, nos sorprendió su decisión de dejar la escuela. Como todavía era muy pequeña y delicada, mi padre cedió y la envió, en parte por descanso, en parte para ayudar a casa de mi hermana Else, que estaba casada en Hamburg y que tenía tres niños pequeños. Allí, permaneció ocho meses, cumpliendo con su deber escrupulosa e incansablemente, no obstante atraerle las tareas domésticas. Cuando mi madre la visitó después de seis meses, apenas si la reconoció. Había crecido muchísimo y parecía plenamente madura. En esta ocasión confió a mi madre que había cambiado de parecer y que deseaba regresar a la escuela para poder seguir estudiando. Regresó a Breslau; se preparó en latín y matemáticas con la ayuda de dos estudiantes para pasar a la secundaria y superó brillantemente el examen de admisión.

El resto del tiempo escolar no supuso ninguna sorpresa. Como siempre estuvo en los primeros puestos de la clase, librándose al final del examen oral de bachillerato. A la par que en la escuela, tomaba parte activa en todas nuestras diversiones con los compañeros. Nunca fue una aguafiestas. Se le podían confiar todas las cuitas y todos los secretos; estaba siempre dispuesta a aconsejar y ayudar, y todo era bien recibido por ella. Los años universitarios (yo había comenzado a estudiar medicina en 1909) fueron para nosotras tiempo de trabajo serio, pero también de estupendo compañerismo. Habíamos formado un grupo de ambos sexos con los que pasábamos nuestras horas libres y las vacaciones en gran libertad y sin prejuicios, dadas las condiciones de aquellos tiempos. Manteníamos discusiones sobre temas científicos y sociales en amplios y reducidos círculos de amigos. Edith era entre todas la más competente a causa de su lógica imperturbable y de su amplio conocimiento de cuestiones literarias y filosóficas. En el transcurso de nuestras vacaciones realizábamos viajes a la montaña y allí nos sentíamos animados a vivir a plenitud y para forjar proyectos.

Cuando más tarde se fue a Göttingen con una de nuestras amigas comunes, Rose Guttman, para estudiar historia y filosofía, allí también conquistó nuevos amigos, que le permanecerían fieles por su vida. Pero nuestro antiguo círculo la mantuvo inalterable y ella le conservó la fidelidad primera. Después de nuestro examen de estado de medicina decidimos, mi entonces amigo y ahora marido y yo, visitar a Edith y Rose en Göttingen. Aquellos días fueron inolvidables, de hermosas excursiones y alegres momentos, en los que ella trató de enseñarnos lo mejor de su querida Göttingen y de sus entornos encantadores. Al final llevamos un paseo muy bonito por el Harz. Esto sucedía en la primavera de 1914. Poco después de mi vuelta a Breslau, inicié mi trabajo de asistente, que sería interrumpido por el estallido de la guerra. Pero únicamente cambió mi actividad por el hecho de que me fui a otra clínica, mientras que Edith se sintió en la obligación de interrumpir sus estudios y se fue como ayudante voluntaria de la Cruz Roja a un hospital militar en Märish-Weisskirchen. También allí, como en todas partes, trabajó con toda el alma, siendo estimada tanto por los heridos como por las compañeras y superiores. También aquí la visité durante mi primer permiso de guerra, pasando dos semanas con ella.

Cuando en 1916 se fue a Freiburg para ser asistente privada de su profesor de Göttingen, Husserl, dos de las antiguas amigas, Rose Guttman y Lilli Platau, y yo (me había ido como asistente a Berlín) decidimos pasar nuestras vacaciones del verano de 1917 en la Selva Negra con ella. De este tiempo conservo un recuerdo luminoso, a pesar de que todas padecíamos la presión de la guerra y de que la dieta algo escasa habría podido menoscabar nuestro humor. Paseábamos, leíamos juntas y estábamos siempre extraordinariamente contentas. Al año siguiente yo regresaría a Breslau, y esta vez tuve que emprender sola mi viaje de vacaciones. No pude planear nada mejor que volver a visitar a Edith. Estuvimos en Freiburg, y desde allí realizábamos toda clase de excursiones, leíamos juntas y planeábamos nuestro futuro.

Cuando en 1920 me casé con mi compañero de estudios Hans Biberstein, Edith estuvo presente en la boda y compuso hermosas poesías para todas las sobrinas y sobrinos. En ellas revivían las experiencias más placenteras de nuestros años estudiantiles y de nuestra infancia. Era entonces profesora en el colegio religioso de Speyer pero pasaba todas las vacaciones en Breslau. En septiembre de 1921 nació nuestra primera hija, Susanne, y Edith, que precisamente se encontraba en casa, me atendió en forma enternecedora. Por cierto, una densa sombra se cernió sobre este tiempo, tan feliz por otra parte; me confió la decisión de convertirse al catolicismo y me rogó que se lo comunicase a nuestra madre. Yo sabía que ésta era una de las más difíciles tareas a las que me había tenido que enfrentar. A pesar de la comprensión de mi madre y de la libertad que en todo había dejado a sus hijos, esta decisión significaba un duro golpe para quien era una auténtica creyente judía y consideraba como apostasía el que Edith aceptase otra religión. También a nosotros nos resultó difícil, pero teníamos tanta confianza en el convencimiento interior de Edith, que aceptamos su paso muy a pesar nuestro, después de haber intentado vanamente disuadirla por causa de nuestra madre.

Incluso después de su conversión continuó viniendo regularmente a casa. Me atendió nuevamente en el nacimiento de nuestro hijo Ernst Ludwing, y amaba cariñosamente a nuestros hijos, como al resto de todos los sobrinos y sobrinas; de igual manera fue amada y adorada por ellos. Recuerdo muy especialmente con cuanta frecuencia, mientras ella trabajaba en su cuarto, tenía a los niños con ella, cómo los entretenía con cualquier libro y lo muy felices y contentos que ellos se sentían a su lado.

Cuando en 1933 tuvo que dejar Edith su puesto de enseñante en la Academia Católica de Münster a causa de su ascendencia judía, vino de nuevo a casa. También fui yo ahora la confidente de su decisión de entrar en el convento de las Carmelitas de Colonia. Las semanas que siguieron fueron muy difíciles para todos nosotros. Mi madre estaba, con razón, desesperada, y nunca llegó a superar este sufrimiento. Asimismo, esta vez la despedida era para nosotros mucho más dolorosa aunque Edith no quería admitirlo y desde el convento compartió sin merma el antiguo amor y la vinculación con inalterable interés. En 1939, cuando seguí con mis hijos a mi marido a América, manifestó agrado de que la visitásemos en Echt, adonde se había trasladado. Pero nosotros teníamos un boleto para Hamburgo, y además la frontera holandesa era muy incómoda. Por todo ello preferimos no hacerlo. En lo sucesivo, nos mantuvimos unidas por correspondencia y, en cierta manera, por entonces yo estaba tranquila con que ella estuviese segura en la paz de convento frente a la persecución de Hitler, al igual que mi hermana Rosa, que por mediación de Edith había encontrado refugio en Echt. Por desgracia, esta confianza no estaba justificada. Los nazis no se detuvieron ante el convento, sino que deportaron a mis dos hermanas el 2 de agosto de 1942. Desde entonces ha desaparecido todo rastro de las mismas.

Escrita por su hermana Erna Biberstein-Stein, New York, 1949 Tomado de http://www.arvo.net/Historia/EdithStein_semblanza.htm

Tatiana Goritcheva: Desde el vacío del mundo oficialmente ateo

Tatiana Goritcheva nació en Leningrado en 1947. Estudió filosofía y radiotecnia. Como ella misma expone en el relato de su conversión, su juventud fue una muestra típica de lo que era capaz de producir el sistema ateo soviético, a excepción quizá de una cierta inquietud intelectual que sus estudios de filosofía le habían despertado. A los 26 años se convirtió al cristianismo. “Si alguien me pregunta -relata ella- qué significa para mí el retorno a Dios, qué es lo que esa conversión se ha hecho patente y cómo ha cambiado mi vida, puedo contestarle con toda sencillez y brevedad: lo significa todo. Todo ha cambiado en mí y a mí alrededor. Y, para decirlo con mayor precisión aún: mi vida empezó sólo después de haber encontrado a Dios”. Pocos años después, en 1984, puso por escrito el relato de su conversión.

De ningún sitio a ninguna parte “Para las personas que han crecido en países occidentales no es fácil entender. Han nacido en un mundo de tradiciones y normas, aunque ya no puedan considerarse totalmente estables. Esas personas han podido desarrollarse de una manera “normal”, leyendo los libros que han querido, eligiendo sus amigos y haciendo la carrera que han preferido. Han podido viajar a cualquier país. O han podido retirarse del mundo, para cuidar amorosamente de su familia, para encerrarse en un monasterio o dedicarse a la ciencia, eligiendo para ello el mejor lugar. Yo he nacido, por el contrario, en un país en que los valores de la cultura religión y moral fueron arrancados de raíz, de manera intencional y con éxito. Yo no vengo de ninguna parte ni voy a ningún lugar. Carezco de raíces y he tenido que caminar hacia un futuro vacío y absurdo.

Yo lo odiaba todo Cuando era adolescente, una amiga mía se quitó la vida a los quince años porque no pudo soportar lo que le rodeaba. Dejó una nota que decía: “Soy una persona muy mala”, cuando era una criatura de corazón extraordinariamente puro, que no sufría la mentira, y que jamás pudo mentirse a sí misma. Aquella muchacha se quitó la vida al descubrir que no vivía como hubiera debido hacerlo y porque de alguna manera tenía que romper el vacío que le rodeaba y encontrar la luz. Pero no encontró el verdadero camino… Hoy, veinte años después de su muerte, yo puedo expresar lo mismo en un lenguaje cristiano. Mi amiga había descubierto su condición de pecadora. Había descubierto una verdad fundamental, a saber: que el hombre es débil e imperfecto, pero no alcanzó a conocer la otra verdad, aún más importante, que Dios puede salvar al hombre, arrancarlo de su condición de caído y sacarlo de las tinieblas más impenetrables. De esa esperanza nadie le había hablado, y murió oprimida por la desesperación.

Personalmente no podía compararme con mi amiga en sus dotes espirituales. Yo vivía como una bestezuela acorralada y furiosa, sin erguirme jamás y sin levantar la cabeza, sin hacer intento alguno por comprender o decidir algo. En las redacciones escolares escribía como era de ley- que amaba a mi patria, a Lenin y a mi madre, pero eso era pura y llanamente una mentira. Desde mi infancia odié todo lo que me rodeaba; odiaba a las personas con sus minúsculas preocupaciones y angustias, más aún me repugnaban; odiaba a mis padres que en nada se diferenciaban de todos los demás, y que se habían convertido en mis progenitores por pura casualidad. Oh, sí, yo enloquecía de rabia al pensar que, sin deseo alguno de mi parte, y de modo totalmente absurdo, me habían traído al mundo. Odiaba hasta la naturaleza con su ritmo eternamente repetido y aburrido, verano, otoño, invierno… Lo único que yo amaba era la soledad absoluta.

Más tarde, cuando ya supe leer, me parapetaba tras los libros… Sólo en ellos se vive sin angustia, sin postergaciones, engaños, y atropellos, sólo en los libros no se vive en una mentira permanente…

El desprecio que alentaba en mi interior, no fue obstáculo, sin embargo, para que externamente pasase por una niña tranquila y con éxito, que siempre destacaba por sus logros especiales, alabada por los profesores y querida por los compañeros. Naturalmente yo no me daba cuenta de lo incoherente de mi conducta, mi razón y mi conciencia callaban.

Nadie me había dicho que el amor está por encima de todo Y en la escuela, por supuesto, sólo se fomentaban las cualidades externas y “combativas”. Con esto se reforzó más mi orgullo, floreciendo plenamente. Mi meta fue entonces ser más inteligente, más capaz, más fuerte que los demás. Pero nadie me dijo nunca que el valor supremo de la vida no está en superar a los otros, en vencerlos, sino en amarlos. Amar hasta la muerte, como únicamente lo hiciera el Hijo del hombre, al que nosotros todavía no conocíamos.

Es bien sabido que mi generación dio muchísimos seguidores de Nietzsche. A Nietzsche lo leí cuando tenía diecinueve años (mientras que el Evangelio sólo lo leí a los veintiséis) y de inmediato me gustó mucho, como me gustaron también Sartre, Camus, Heidegger, y la filosofía existencialista, rebelde y tan cercana a nosotros. En los años de la liberalización, eran autores en parte permitidos, cuyas traducciones empezaron a circular. Para nosotros el existencialismo fue el primer sorbo de libertad, la primera palabra sincera que no estaba prohibida…

Por lo demás, es interesante consignar que nuestros caminos (el de occidente y oriente) pronto se separaron. La juventud occidental vivió los sucesos de 1968, recorrió el camino de una “politización” cada vez mayor de la conciencia y se enardeció con el marxismo… Nosotros, por el contrario, ahondamos más y descubrimos los valores imperecederos de la cultura, la historia y la ética. Y acabamos familiarizándonos con Dios y con la Iglesia… Así, nuestra liberación empezó con el descubrimiento del pensamiento occidental libre. Y es curioso que, cuando entramos en contacto con el mundo ancho y maravilloso del pensamiento cristiano, no mandamos al diablo al impío Sartre ni al orgulloso Camus. Pese a toda su antireligiosidad, Sartre pudo conducirnos hasta la frontera de la desesperación en que empieza la fe. Su idea central de que el hombre en cada segundo de su existencia tiene que tomar una decisión libre, es de hecho una idea cristiana. Porque a Dios le agrada el amor voluntario del hombre, y por respeto a la libre decisión de nuestra voluntad Dios no aniquila el mal en el mundo.

Pero no nos adelantemos Para mí, en tanto que existencialista consecuente y rabiosa, durante mucho tiempo no existió el cristianismo ¿Para qué regresar a los viejos mitos? Pero en mi vida se afianzaba la tendencia a un orgullo cada vez mayor y a una mayor autodestrucción. Siguiendo la línea de Nietzsche yo me tenía por una aristócrata espiritual; es decir, por una persona “fuerte” capaz de dirigir y configurar mi propia vida gracias la decisión de mi libre voluntad. Las gentes “débiles” y vulgares no pueden hacer frente con “nada” a ese reto y escapan del absurdo y sin sentido de la existencia refugiándose unos en la familia, y otros en la política o en la carrera. Oh, cómo los odiaba a todos y qué bien entendía lo de “esclavizar” a los hombres para comprobar enseguida maliciosamente, que todos, tanto varones como mujeres, aman la esclavitud y hasta la buscan.

Dejé de mentir Entonces aspiraba ya a una vida “íntegra” y consecuente. Me sentía filósofa y dejé de engañarme a mí misma y a los demás. La verdad amarga, terrible y triste, estaba para mí por encima de todo lo otro. Pese a lo cual mi existencia seguía tan desgarrada y contradictoria como antes. Yo sentía un gusto permanente por el contraste y el absurdo, por los imponderables de la vida. También alentaba en mí el esteticismo. Por ejemplo un día me gustaba mucho ser una alumna “brillante” y con el orgullo de la facultad de filosofía trataba con intelectuales sutiles, asistía a conferencias y coloquios científicos, hacia observaciones irónicas y sólo me daba por satisfecha con lo mejor en el aspecto intelectual. Por la tarde y por la noche, en cambio, me mantenía en compañía de marginados y de gentes de los estratos más bajos, ladrones, alienados y drogadictos. Esa atmósfera sucia me encantaba. Nos emborrachábamos en bodegas y buhardillas. A veces alquilábamos una vivienda simplemente para pasar el rato, tomar una taza de café y después desaparecer.

Sólo un hombre intentó una vez ponerme una contención. Debo calificarle con todo merecimiento como mi primer maestro. Fue nuestro profesor Boris Míchailowitsch Paramonov; era docente eventual en la facultad de filosofía y no pudo permanecer mucho tiempo. Ahora ha emigrado y vive en América. Una vez me dijo: – Tania, ¿por qué intenta usted destruirlo todo? ¿No comprende que ese placer destructivo ha sido desde siempre la miseria del pensamiento ruso? Vea usted que vivimos en un mundo en el que el nihilismo ya ha triunfado por completo. No tiene más que acudir al mercado soviético y sólo hallará mostradores vacíos. No hay nada de lo que debería haber en un mercado. En lugar de eso sólo se ve por doquier letreros en rojo que dicen “¡Adelante hacia la victoria del comunismo!”, “Un paso adelante y dos para atrás. Lenin”, etc. Ahí tiene usted su absurdo tan acariciado. Es algo que ya está creado por los bolcheviques. Por completo. ¿Qué es lo que usted desea agregar todavía? Esas palabras me produjeron entonces una impresión profunda. Pero ni Paramonov ni yo sabíamos por entonces como se podía salir de ese círculo infernal y crear vida en lugar de destruirla.

Tampoco hallé una salida con mi entusiasmo por las filosofías orientales y por el yoga al que me dediqué después de las horas de estudio. El yoga me permitió sólo el acceso al mundo de lo absoluto, haciendo que mi ojo espiritual percibiese una nueva dimensión vertical de la existencia y destruyendo mi orgullo intelectual. Pero el yoga no pudo librarme de mí misma. Tenía un cierto carácter científico que a nosotros nos atraía en gran manera: con la ayuda de ejercicios y mediante el conocimiento de determinadas “fuerzas astrales y mentales” se podía apuntar de lleno y de un modo consciente al superhombre.

Pero ¿por qué y para qué? A esta pregunta respondía cada uno como más le venía en gana. Yo quería, naturalmente, convertirme en un dios. Yo quería ser la más inteligente y la más fuerte. Deseaba fundirme con el absoluto y sumergirme en la felicidad eterna. Ahora tenía que luchar contra ciertos sentimientos negativos como el odio y la irritabilidad, porque sabía muy bien que “consumen energía” y me arrojan a un plano más bajo de la existencia. Mas el vacío, que desde largo tiempo atrás venía siendo mi sino y me rodeaba de continuo, no estaba aún superado. Al contrario, se hacía cada vez mayor, se convertía en algo místico y amenazador que me angustiaba hasta la locura.

Me invadió entonces una melancolía sin límites. Me atormentaban angustias incomprensibles y frías, de las que no lograba desembarazarme. A mis ojos me estaba volviendo loca. Ya ni siquiera tenía ganas de seguir viviendo.

¿Cuántos de mis amigos de entonces han caído víctimas de ese vacío horroroso y se han suicidado? Otros se han convertido en alcohólicos; algunos están en instituciones para enajenados… Todo parecía indicar que no teníamos esperanza alguna en la vida.

Mi segundo nacimiento Pero el viento, que es el Espíritu Santo, sopla donde quiere. Cansada y desilusionada realizaba mis ejercicios de yoga y repetía los mantras. Hasta ese instante yo nunca había pronunciado una oración, y no conocía realmente oración alguna. Pero el libro de yoga proponía como ejercicio una plegaria cristiana, en concreto la oración del Padrenuestro. ¡Justamente la oración que nuestro Señor había recitado personalmente! Empecé a repetirla mentalmente como un mantra, de un modo inexpresivo y automático. La dije unas seis veces; entonces de repente me sentí trastornada por completo. Comprendí -no con mi inteligencia ridícula, sino con todo mi ser- que Él existe. ¡Él, el Dios vivo y personal, que me ama a mí y a todas las criaturas, que ha creado el mundo, que se hizo hombre por amor, el Dios crucificado y resucitado! En aquel instante comprendí y capté el “misterio” del cristianismo, la vida nueva y verdadera. En aquel momento todo cambió en mí. El hombre viejo había muerto. No sólo deje mis valoraciones e ideales anteriores, sino también a las viejas costumbres.

Finalmente también mi corazón se abrió. Empecé a querer a las personas. Inmediatamente después de mi conversión todas las gentes se me presentaron sin más como admirables habitantes del cielo y estaba impaciente por hacer el bien y servir a Dios y a los hombres.

¡Qué alegría y qué luz esplendorosa brotó entonces en mi corazón! El mundo se transformó para mí en el manto regio y pontifical del Señor. ¿Cómo no lo había percibido hasta entonces? Así empezó de nuevo mi vida. Mi redención era algo perfectamente concreto y real; había llegado de modo repentino, aunque la había anhelado desde mucho tiempo atrás, y sólo el Espíritu Santo pudo realizarla en mí, porque sólo Él puede crear una “nueva criatura” y puede reconciliaría con el Eterno. Sólo por Él y su gracia puede solucionarse el conflicto central de la personalidad humana, el conflicto entre libertad y obediencia”.

Tomado de http://www.capellania.org/docs/jcremades Las citas son de Hablar de Dios resulta peligroso, de Tatiana Goritcheva.

J.H. Newman: de pastor anglicano a cardenal de la Iglesia católica

Nacido en el seno de una familia anglicana de banqueros, en Londres, el 21 de febrero de 1801, John Henry Newman experimentó a los 15 años una «primera conversión», como él la llamaba. Concentró desde aquel momento sus pensamientos sobre su alma y su Creador. En 1825, después de haber concluido sus estudios en Oxford, fue ordenado sacerdote anglicano. Tres años después era nombrado vicario de la Iglesia de Santa María, anexa a la Universidad de Oxford.

En ese cargo, que mantuvo hasta 1843, cultivó amistad con personas cultas e iluminadas de la Inglaterra de aquella época. Formó parte del «Movimiento de Oxford» cuyo objetivo consistía en restituir a la Iglesia anglicana el derecho a considerarse como parte de la Iglesia universal, al igual que la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas, sin «romanizarla», pero remontándola a la tradición de los padres de la Iglesia y de los grandes teólogos.

Newman trató de hacer una interpretación católica de los 39 artículos de la iglesia anglicana con su famoso «Tract 90» (los «Tracts» eran breves tratados o artículos con los que los adherentes al Movimiento de Oxford manifestaban su pensamiento). Ahora bien, tanto la Universidad de Oxford como los obispos anglicanos rechazaron sus convicciones. De este modo, en 1842, se retiró a estudiar y a meditar en Littlemore. Después de años de profunda reflexión, acompañada por la oración, el 9 de octubre de 1945 abrazó el catolicismo.

Tras un viaje a Roma, en 1847 fue ordenado sacerdote. Uno de sus principales objetivos, entonces, fue demostrar a los ingleses que se puede ser buen católico y ciudadano leal. No sólo tuvo que sufrir las críticas de los anglicanos, sino también las de algunos católicos que consideraban poco sincera su conversión. El Papa León XIII, reconociendo sus méritos, le creó cardenal en 1879. Murió en Birmingham el 11 de agosto de 1890.

El 22 de enero de 1991, Juan Pablo II dio un importante impulso a su causa de beatificación al reconocer sus virtudes heroicas.

Newman se interesó en sus obras por el saber teológico y humanista: filosofía, patrística, dogmática, moral, exégesis, pedagogía e historia. Para transmitir de manera eficaz su pensamiento utilizó varios géneros literarios: el discurso, el tratado, la novela, la poesía, y la autobiografía.

Carta papal sobre el gran converso del anglicanismo del siglo XIX Juan Pablo II recuerda a John Henry Newman CIUDAD DEL VATICANO, 27 feb 2001 (ZENIT.org).- Juan Pablo II ha querido recordar el segundo centenario del nacimiento del cardenal John Henry Newman, uno de los católicos ingleses más influyentes del siglo XIX, convertido del anglicanismo, y lo propone como modelo a los cristianos de inicios de milenio.

Según el Papa, Newman es un clásico en el sentido más propio de la palabra: «Nació en una fecha específica, el 21 de febrero de 1801, en un lugar específico, Londres, y en una familia específica. Pero la misión particular que se le confió pertenece a todo tiempo y lugar».

El hoy venerable Newman vio la luz en el seno de una familia de banqueros. Desde muy joven sintió una pasión por Dios y las cosas del espíritu que le llevaron a ordenarse sacerdote en 1825 el seno de la comunidad eclesial en la que había sido bautizado, la Iglesia anglicana.

Desempeñó su labor como pastor anglicano durante catorce años como vicario de la Iglesia de Santa María, anexa a la Universidad de Oxford, punto de encuentro de intelectuales ingleses de la época. De este modo adhirió al «Movimiento de Oxford» con el objetivo de restituir a la Iglesia anglicana el derecho a considerarse como parte de la Iglesia universal, al igual que la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas.

Al tratar de hacer su propia interpretación de los 39 artículos de la iglesia anglicana con su famoso «Tract 90» comenzó a descubrir la verdad en la Iglesia católica, ganándose las críticas de la comunidad universitaria de Oxford como por la misma Iglesia de Inglaterra. Tras retirarse en el silencio de la oración y el estudio durante tres años, en 1945 abrazó catolicismo, en cuyo seno fue ordenado sacerdote.

Su talla intelectual y su pasado anglicano hicieron de él un puente para la comprensión del diálogo con la Iglesia y la sociedad de Inglaterra, ofreciendo todavía hoy a través de sus numerosos escritos interesantes sugerencias. El Papa León XIII, en reconocimiento de sus méritos, le creó cardenal en 1879. Falleció en la misma ciudad de Birmingham el 11 de agosto de 1890.

En su carta, publicada hoy por la Sala de Prensa de la Santa Sede, el Papa se refiere a la época «tormentosa» en que tuvo que vivir Newman, «cuando las antiguas certidumbres se tambaleaban y los creyentes se enfrentaban con la amenaza del racionalismo de una parte y del fideísmo de otra. El racionalismo rechazaba la autoridad y la trascendencia, mientras el fideísmo resolvía los desafíos de la historia y las tareas de este mundo con una dependencia mal entendida de la autoridad y del gobierno».

«En un mundo así, Newman estableció una síntesis memorable entre fe y razón», uno de los argumentos que más han apasionado a Karol Wojtyla desde su juventud y al que ha dedicado su última encíclica.

En particular, el Papa explica que, en su búsqueda personal, el futuro cardenal tendría que afrontar el dolor y las tribulaciones, «que en lugar de menoscabarle o aniquilarle, reforzaron paradójicamente su fe en el Dios que le había llamado, y le confirmaron en la convicción de que Dios “no hace nada en vano”».

De hecho, Newman tuvo que soportar tanto las críticas de católicos que decían que no se había convertido realmente a la Iglesia católica como la de anglicanos que obviamente no compartían su decisión.

El obispo de Roma concluye ofreciendo la gran lección de este inglés del siglo pasado: «Al final, lo que resplandece en Newman es el misterio de la Cruz del Señor, que fue el corazón de su misión, la verdad absoluta que él contempló, la “cariñosa luz” que le guió en su vida».

El proceso de beatificación del cardenal Newman se encuentra en fase avanzada. El 22 de enero de 1991 Juan Pablo II reconoció sus virtudes heroicas. Esta carta es vista por algunos de los expertos como un nuevo empujón del Santo Padre para atraer la atención de los católicos por una figura que en algunos aspectos es indudablemente profética.

Puede consultarse más información sobre el cardenal Newman en http://www.newmanreader.org Tomado de http://www.zenit.org

María Ignacia García Escobar: Paz y alegría pese al sufrimiento

La paz y la alegría de una mujer feliz En la agitada España de los primeros años treinta, María Ignacia colaboró con su fortaleza, su enfermedad y su oración a la empresa sobrenatural que había iniciado el Beato Josemaría. Paradójicamente, la tuberculosis que acabó con su vida la convirtió en uno de los más firmes apoyos del Fundador.

María Ignacia García Escobar nace en 1896 en Hornachuelos, en un pueblo de la serranía cordobesa donde se viven fuertemente las tensiones sociales de la España del siglo pasado. Es hija de un médico agnóstico y liberal, y de una campesina sencilla y creyente, en una familia numerosa relativamente acomodada.

Su padre fallece pronto (1916), y la familia acaba en la quiebra económica. Tres años después, Braulia, hermana de la protagonista, se contagia de tuberculosis, enfermedad mortal en la época. María Ignacia contrae poco después el mismo mal. Durante los años veinte quedan las tres hermanas -Benilde, María Ignacia y Braulia- en una situación difícil en lo material, y en una sociedad que asistirá pronto a una guerra fratricida.

En ese contexto, María Ignacia actúa con fortaleza y coherencia interior con su fe. Participa en labores de solidaridad y, a pesar de las duras circunstancias que la rodean, guarda una serenidad de ánimo sorprendente. Al fin, tiene que abandonar Hornachuelos para ingresar primero en el sanatorio antituberculoso de Valdelasierra, en Guadarrama (Madrid) en 1930 y, un año más tarde, en el Hospital del Rey, donde acude sin esperanza de curación.

Encuentro con el Fundador del Opus Dei En este Hospital, en lo que parece ser el epílogo de su vida, esta mujer no sólo se comporta con una llamativa paz y una honda alegría -que evoca el título del libro-, sino que se atreve a creer en el mensaje de un joven sacerdote -Josemaría Escrivá- que había fundado el Opus Dei en 1928, tres años antes.

María Ignacia pide la admisión en el Opus Dei el 9 de abril de 1932 y participa, en la medida de sus fuerzas, en los primeros pasos de esta institución.

Se atreve a creer: lo suyo es un atrevimiento, un acto de audacia en el medio hostil y anticristiano que la rodea.

María Ignacia no desfallece: pese a que está moribunda y son muy pocos en el Opus Dei -un puñado de personas- escribe con fe, pensando en las futuras generaciones: “¡Nuestra hermosa Obra dará un paso adelante; no lo dudéis!”.

Sus hermanas, Benilde y Braulia, son también testigos de esos duros comienzos del Opus Dei y del desvelo espiritual del Fundador -“el Padre”-, por esta mujer, a la que atendió hasta el momento de su muerte, tras una larga agonía, el 13 de septiembre de 1933.

“He oído comentar –afirma Benilde- que el Opus Dei nació en los hospitales y suburbios de Madrid. Es una gran verdad. Allí lo conoció mi hermana María Ignacia y formó parte del Opus Dei. Allí lo conocimos Braulia y yo; y nunca dejaremos de agradecérselo al Señor”.

“Recuerdo oír decir a mi hermana –escribe Braulia, que logró recuperarse de su enfermedad- algo de lo que les decía el Padre: que el Señor escribe utilizando cualquier medio; incluso la pata de una mesa; que utilizaba instrumentos desproporcionados para que se viese que la Obra era suya. Hablaba mucho de confiar en Dios: de tener seguridad en Él”.

José Miguel Cejas, autor de una biografía recientemente publicada (La paz y la alegría, Editorial Rialp, 2001) ha dejado que sean las propias fuentes las que hablen por sí mismas; unas fuentes muy directas: los Apuntes íntimos del Fundador; las Notas personales del capellán del Hospital, José María Somoano; y los Cuadernos de María Ignacia. Tres perspectivas que muestran de modo directo y expresivo algunos aspectos de los comienzos del Opus Dei y que ahora, cuando se cumple el centenario del Fundador, adquiere especial relieve.

Tomado de www.opusdei.org

Eduardo Ortiz de Landázuri: un médico entre la vida y su propia muerte

Eduardo Ortiz de Landázuri nació en Segovia, en 1910, y murió -con fama de santidad- en Pamplona en 1984. En 1940 comenzó a trabajar como médico en la Clínica del profesor Jiménez Díaz; fue catedrático de Patología General de la Universidad de Granada desde 1946 hasta 1958. Fue sucesivamente Decano de la Facultad de Medicina y Vicerrector de aquella Universidad. En 1958 se trasladó a la Universidad de Navarra donde continuó desempeñando la cátedra de Patología y Clínica Médica. Fue Consejero del CSIC, Miembro, entre otras, de la Royal Society of Medicine del Reino Unido. Estaba en posesión de la Cruz de Sanidad, Placa de la Encomienda de Alfonso X el Sabio y Cruz del Mérito Civil de la República Federal de Alemania. Contaba con 200 publicaciones y unas 100 ponencias. Atendió a unos 500.000 enfermos en sus 50 años de profesional de la Medicina.

Rosa María Echevarría, profesora de Ciencias de la Información, entrevistó a don Eduardo –así le llamaban sus colegas más jóvenes, alumnos, pacientes– cuando ya la enfermedad mortal se había revelado; en aquel entonces presentaba así a su interlocutor: “Tiene los ojos don Eduardo llenos de futuro, futuros profundos y abiertos, recogidos en lo más hondo de su mirada. Cada día Don Eduardo se asoma a un mundo nuevo en esa apasionada aventura que es su vida, donde descubre inmensos horizontes y los va recorriendo despacio, mansamente, como el rigor de ese pensamiento tan lógico y tan humano del intelectual. Hay en su mirada un reto de alegre vida y es su vida un valiente reto al esfuerzo en una lucha tenaz y constante que parece ocultarse detrás de esa cordialísima sonrisa que tan bien conocen sus enfermos” (1).

Después de una vida en contacto permanente con la enfermedad y con el dolor, Don Eduardo ha experimentado en su propia vida el inmenso valor del sufrimiento.

–¿Qué se siente al dar ese largo paso que se recorre en tan breve tiempo, al pasar de médico a enfermo? –Una enfermedad es una cruz, eso es evidente. Por tanto, decir que no tiene importancia, me parece que sería ridículo y además no sería justo. La he llevado y la llevo con mucha paz. La enfermedad tiene dos aspectos diferentes. Uno, es la enfermedad en relación con los demás; y otro, el que se refiere a uno mismo. Como médico conozco muy bien… o conocía, la primera parte y, en este sentido, la experiencia que tengo es que el enfermo suele ser muy agradecido. Por una parte, uno se encuentra muy debilitado y por otra, ¡qué duda cabe!, sería injusto no decirlo, está esa proximidad de la muerte. Como es lógico, se siente más cerca la muerte cuando se está enfermo . En esta situación, toda la fuerza me la ha proporcionado el sentido sobrenatural de la vida.

–¿Cómo es ese sentido sobrenatural que tiene el dolor para el Dr. Ortiz de Landázuri? –La enfermedad siempre nos enseña muchísimo. Creo que el que pasa la vida suavemente, sin ninguna enfermedad…; es indudable que Dios le dará otras posibilidades de acercarse a El, pero está claro que una de las vías para comprender mejor a Dios es la enfermedad. Es un camino que nos conduce a Dios. Entonces, los que mueren a causa de un accidente, ¿no han podido acercarse al Señor? Estoy seguro de que en tal caso Dios les dará otras oportunidades. Sin embargo, no me cabe duda de que la enfermedad es uno de los caminos más importantes para llegar al encuentro más profundo con Dios… Y, como es lógico, uno acaba agradeciéndolo.

Don Eduardo -uno de los pioneros de la Clínica Universitaria de Navarra-, tenía muy grabado el espíritu del Fundador de aquella Universidad -Monseñor Escrivá, Fundador del Opus Dei-, y su amor apasionado a los enfermos: E.O. –Cuando le preguntaban al Fundador del Opus Dei cuáles eran las armas o las posibilidades que tenía para hacer la Obra que el Señor le había encomendado realizar en el mundo, solía contestar que contaba con el dolor de los enfermos y el buen humor. El Opus Dei nació en los barrios más pobres y en los ambientes más míseros de Madrid.

DE MEDICO A ENFERMO Inés Artajo, entrevistó para el Diario de Navarra a don Eduardo. Lo encontró y presentó “enfundado ya en su traje de calle, sin bata blanca, porque de médico se ha convertido en enfermo, y de los de diagnóstico irreversible: enfermo de cáncer, un mal con el que convivía desde hacía meses” (2) Don Eduardo -seguimos ahora con Inés Artajo- ha diagnosticado miles de enfermedades mortales, ha expresado miles de veredictos finales. Sabe que va a morir. Pero no como lo sabemos todos, ignorantes del cuándo y del cómo: conoce su plazo. Sin embargo dice que no sufre -“decir que no me asusta me parece una vanidad”-, que lo afronta con serenidad y paciencia. En su rostro no hay miedo. Recorre la senda de la esperanza.

E.O.–Fe, la he tenido siempre y pido a Dios que ahora, cuando más la necesito, no me la quite.

EXPRIMIR LA VIDA “COMO UN LIMON” Con su cáncer y su fe a cuestas, considera que la muerte, enemiga y compañera de tantos años de ejercicio de la profesión, no es tan terrible cuando le toca a uno mismo. Y dice que aunque le gustaría vivir cinco años más, acata y agradece la voluntad de Dios, en quien siempre ha creído y confiado. Sigue trabajando en la aventura universitaria como puede y puede mucho, porque su espíritu vive a tope. Confiesa que su deseo es “exprimir el limón”, su vida, hasta la última gota, sirviendo a su familia, a los demás, a la Ciencia, en definitiva a Dios y a todas las gentes.

Era en 1958 cuando -médico ya famoso, catedrático y vicerrector de la Universidad de Granada, casado y padre de 7 hijos-, cambió su forma de vida y su economía para asentarse en Pamplona. Dejaba atrás una merecida fama de eminencia médica y un futuro humanamente brillante y bien acomodado.

E.O. –Entonces ganaba mucho dinero -dice sencillamente don Eduardo-, pude hacerme rico. Pero dejé aquello, porque cuando se tiene todo, no se tiene ya ilusión por nada. Ahora veo que de haber seguido en Granada hubiera acabado por hacer lo de otros acaudalados: comprar un cortijo y unos olivos. Aquí, en Pamplona, sólo había ilusión y pocos medios para levantar una Facultad de Medicina recién inaugurada, y para crear una clínica universitaria.

Pero el Gran Canciller y Fundador de aquella Universidad – Monseñor Escrivá, Fundador del Opus Dei- confiaba en él como uno de los pioneros, firme e incombustibles ante las dificultades. Don Eduardo, rechazó la posibilidad de abrir una consulta en la calle Carlos III, foco seguro de fama y dinero; y pidió un pequeño consultorio en la Facultad de Medicina. El poco dinero que ha tenido lo ha empleado ahora en pisos para sus hijos. Guarda una pequeña cantidad para que su familia -“si los impuestos le dejan…”- haga frente a la vida cuando a él le llegue la muerte.

NO ES TAN TERRIBLE LA MUERTE El internista eminente, el testigo de muchas agonías y marchas hacia la otra orilla del vivir, afirma que la muerte, en general y salvo las aparatosas e inesperadas, no son tan duras como la gente cree. Dice que si alguien muere en plena vida, el desenlace es súbito y apenas se entera la persona de su marcha. A una preagonía tormentosa sigue después una muerte dulce, porque él lo ha visto: a medida que el final se acerca, el cerebro pierde la sensibilidad fisiológica y la agonía, ya de por sí, trae el estado de hipoestesia: E.O. –La propia muerte se encarga de no ser tan dura como nos parece. Un enfermo que va a morir quizá no sufra tanto como los familiares que le rodean, porque cuando se llega a ese trance final, el enfermo no es que se desentienda de lo que le rodea, sino que entra en una zona de nadie en la que se encuentra a sí mismo. Y ese encontrarse, unido al instinto de conservación, le permite afrontar la situación con más paz.

Esa paz que don Eduardo ha encontrado tantas veces en sus pacientes, le ha servido para inclinarse siempre por el camino de la verdad con el enfermo, para que afronte con dignidad su destino y lo que pueda conllevar: E.O. –No me ha gustado esforzarme por disimular las enfermedades mortales, sino que he preferido esforzarme por salvar vidas y, cuando no podía, en respetar la dignidad del enfermo que tiene derecho a saber qué pasa en su cuerpo, por qué se le opera, qué pasa con su vida. Decir la verdad a un enfermo siempre traerá más confianza hacia quien lo cuida y vela por él; sabe que además de su instinto de conservación, cuenta con otra persona que lucha por su vida. También es necesario este modo de proceder para que cada uno, con su libertad, opte por el camino que crea más conveniente en unas horas que puedan ser las últimas. Unos quieren tomar determinaciones humanas, otros quieren ponerse a bien con Dios, otros no hacen nada. Pero aún así, tienen derecho a saber que su vida se acaba.

Don Eduardo no es amigo de las palabras descarnadas, duras, sino de la verdad dicha con caridad, con cariño y consideración.

E.O. –El final se acepta con serenidad, porque la grandeza humana es mayor de lo que la gente cree. Por eso, si es por miedo a la reacción del enfermo, que nadie, por falsos respetos, tenga temor a que se le administren los últimos sacramentos. No me meto en que no se los den por falta de fe. Eso, allá ellos; pero que no sea por miedo a que la impresión acelere la muerte. Nunca he visto que aceleren la muerte, antes al contrario: los sacramentos dan al enfermo más tranquilidad y más paz. Por lo demás, en la persona nunca se agota el instinto de conservación.

Eduardo Ortiz de Landázuri ha atendido -se calcula- unos 500.000 enfermos. ¡Cuántas curaciones, cuántas alegrías a lo largo de su vida! LA EUTANASIA, ESA BRUTALIDAD –¿Qué piensa Ortiz de Landázuri de la eutanasia? –Me desgarra el alma pensar que se va a implantar la eutanasia. ¿Quién es dueño de la vida para matar al enfermo o al no nacido?. Tampoco soy partidario de mantener vidas artificiales, como cuando el cuerpo sigue en este mundo sólo por su conexión a máquinas sofisticadas. Eso no se puede hacer: la muerte no es tan indigna como para no ser aceptada en su momento.

También, por dignidad, Ortiz de Landázuri entiende que, cuando no hay medios técnicos que los curen en los hospitales, los enfermos están mejor en sus casas, con su gente. Eso sí, siempre que esa vida no pueda agarrarse al mundo en un hospital.

Don Eduardo aprendió a reconocer en sus últimos meses de vida el rostro de la que sería su muerte. No conoce la hora ni el lugar, pero vislumbra ya el modo, todas aquellas incógnitas que a la mayor parte de los hombres les impide ver con claridad el fin hacia el cual, cada minuto, cada hora y cada día, avanzan. Aunque advierte: E.O. –No sé tanto sobre ella, los tumores son tan distintos… Y la metástasis quizá me coja el cerebro, el hígado, o no sé dónde. Lo que preveo -y lo digo sin tristeza- es que pronto me tocará morir.

Él fue quien vio primero las placas de su cuerpo y descubrió la existencia de un tumor. Fue el primero también en saber que necesitaba pasar por un quirófano cuando una biopsia le confirmó que el tumor que crecía era cancerigeno. Ahora agradece que los médicos hayan sido, como él les enseñó: veraces, claros también con él.

ACEPTAR LA VOLUNTAD DE DIOS E.O. –La noticia de mi enfermedad irreversible la recibí tranquilo, aunque no me la sospechaba. Es tan misterioso el nacimiento y el desarrollo de un cáncer, tan distinta su evolución… En mi familia causó dolor, pero todos acogimos el descubrimiento con paz. Un diagnóstico irreversible te enseña muchas cosas. Te hace ver, como yo siempre he creído, que la ciencia y la fe están juntas y que unidas dan mucho más fruto. Y también comprendes que la muerte no tiene tanta importancia, sobre todo cuando le toca a uno. Claro es que no puede decirse que no tiene ninguna importancia, pero hay que aceptarla con serenidad. Dicen que Dios da conformidad y es cierto. Ahora me he hecho a la idea de que voy a faltar del mundo y no voy a negar que preferiría pasar ese trance sin dolor. Acepto, sin embargo, lo que Dios quiera darme. Tengo fe en él y ahora, lo que más le pido, es que esta fe que siempre me ha acompañado no me abandone en mi hora final, cuando más la necesito. Me gustaría que a mi familia no le faltara nada cuando yo me vaya…

Ahora habla don Eduardo a los suyos acerca del lugar a donde irá. Primero, a la tierra: E.O. –Me da igual una sepultura, un nicho o la fosa común. Ni tengo dinero ni vanidad para ocupar un panteón.

Y después, al lugar donde siempre ha querido ir: E.O. –Eso es lo único que de verdad me preocupa. Quiero ir al Cielo. Sí, creo en el cielo. El lugar donde gozaré de la contemplación de Dios. ¿Cómo? Mi mente es demasiado limitada para entenderlo y explicarlo. Pero allí quiero ir.

Don Eduardo cree también que el Infierno “desgraciadamente existe”; y el Purgatorio. Espera, dice, que al final pesen más sus trabajos buenos, la santificación que ha procurado de su trabajo profesional y de sus deberes de cristiano, atendiendo y curando enfermos, que los errores humanos y profesionales que ha podido tener.

E.O. –He intentado pasar por la vida haciendo el bien que he podido. Lo he intentado, pero no quiero que me digan que lo he conseguido, porque me asusta mi posible vanidad. Quiero ir al cielo y allí no hay sitio para los vanidosos.

Eduardo Ortiz de Landázuri aprendió a convivir con aquel monstruo interior que un día del año 1984 devoraría su cuerpo. Uno de sus libros de cabecera era “Camino”; en sus palabras nos ha parecido escuchar el eco del punto 739: “No tengas miedo a la muerte. -Acéptala, desde ahora, generosamente…, cuando Dios quiera…, como Dios quiera…, donde Dios quiera. No lo dudes: vendrá en el tiempo, en el lugar y del modo que más convenga…, enviada por tu Padre-Dios. -¡Bienvenida sea nuestra hermana la muerte! (3) Adaptación de J. BALVEY (1) Cfr. ROSA MARIA ECHEVARRIA, Amar apasionadamente la Universidad, Nuestro Tiempo, junio-julio 1984, pp. 4 y ss.

(2) Cfr. INES ARTAJO, en Diario de Navarra, 13-XI-1983.

(3) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Camino, n. 739.

(4) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Forja, n. 1001.

(5) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Forja, n. 1037.

(6) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Camino, n. 738.

(7) JOSEMARIA ESCRIVA DE BALAGUER, Fundador del Opus Dei, HOJA INFORMATIVA, nº 1. Madrid, mayo 1976, pág.5.

Tomado de http://www.arvo.net

Tito Brandsma: No hay que odiar cuando nos odian

Por Rafael Arce Gargollo Era frecuente verle en su escritorio, muy concentrado, tecleando fuerte y ágilmente su vieja máquina de escribir. Tenía los ojos clavados en el papel, a través de unas gafas redondas que le sentaban muy bien, rodeado de la nube de humo azul de su pipa. Al interrumpirle, antes de decir él nada, levantaba la cabeza y lo primero que distinguías en su rostro era una sonrisa inigualable. Regalaba a todos su buen humor y una íntima alegría, que conquistaba la simpatía de cualquiera.

Así pasaba largos ratos Tito Brandsma (1881-1942) quien, a pesar de su débil constitución física, que estuvo a punto de llevarle varias veces a la muerte, llegó a ser en su tiempo uno de los hombres más cultos e importantes de Holanda. Había obtenido en Roma el doctorado en Filosofía, donde también se especializó en Sociología, Espiritualidad y Periodismo, una vez ordenado sacerdote en 1905. A su regreso a Holanda fundó bibliotecas, escuelas y la Unión de Escuelas Católicas. Aunque en esa época su patria tenía mayoría absoluta protestante, Tito consiguió que el Parlamento aprobara una iniciativa suya para que el Estado otorgara ayuda económica a los colegios católicos.

Rector de Universidad, profesor y periodista La Universidad Católica de Nijmegen, la primera de su especie dentro de la joven historia de Holanda, fue fundada en 1923. Era el símbolo de la anterior vitalidad de los holandeses católicos, que durante algunos siglos soportaron terribles persecuciones. Tito fue allí catedrático de Filosofía y de Mística. En 1932 le eligieron Rector por un año. No obstante —pensaba Tito— , la universidad era sólo una pequeña porción de la muy amplia realidad nacional y había que influir también en todos los que vivían fuera de las instituciones académicas. Para servir mejor a su patria, se hizo periodista activo. Fundó varias revistas y fue redactor-jefe de varios periódicos, volcando en centenares de escritos las riquezas de su mente y su sensibilidad. Pero su impacto en el medio periodístico rebasó el ámbito profesional. Muchos colegas encontraron en él a un confidente discreto, consejero iluminado y amigo sincero, siempre dispuesto a compartir penas e infundir esperanza.

Defensor de judíos perseguidos En el año 1933 Adolfo Hitler obtuvo el poder en Alemania. En mayo de 1940 los nazis invadieron Holanda y comenzaron a apoderarse de la enseñanza y la prensa católicas para someter al pueblo. Tito Brandsma, nombrado entonces Asistente de la Unión de Periodistas Católicos, alzó valientemente la voz para denunciar la persecución contra los hebreos de las escuelas católicas y el atropello total de la libertad religiosa por parte del nazismo. Los periodistas, animados por él, formaron un frente común contra el enemigo. Pronto empezaron los arrestos de sacerdotes. El 26 de enero de 1941, los obispos holandeses declararon que el nacional-socialismo era lo más opuesto a la enseñanza de la Iglesia Católica, y ello provocó una nueva ola feroz de persecución hacia católicos y judíos. Tito fue hecho prisionero por la temible Gestapo el 19 de enero de 1942 y encerrado en la celda 577 de la tristemente célebre prisión de Oranjehotel, donde se encarcelaba a los combatientes de la resistencia. Allí pasó siete semanas de terrible soledad. Sin embargo, para conservar su libertad, a pesar del aislamiento, se trazó un plan diario de trabajo. Escribió versos, comenzó una biografía de Santa Teresa de Ávila, redactó un Vía Crucis y escribió dos pequeñas obras Mi celda y Cartas desde la cárcel. El 12 de marzo le condujeron al campo de concentración de Amersfoort, destinado a trabajar en los aserraderos. Un trabajo agotador para los prisioneros, mal alimentados e insuficientemente equipados. Una horrible tortura. A todos los sacerdotes presos les estaba terminante­mente prohibido, bajo pena de duros castigos, realizar cualquier acción de tipo espiritual, pero para Tito —hombre valiente y enamorado de Dios— eso no era un obstáculo. Durante la Semana Santa se reúne con varios presos a meditar sobre la Pasión de Cristo. Los demás prisioneros le buscaban día y noche para encontrar a su lado consuelo y recibir su bendición. Sigilosamente les dibujaba la cruz en las manos, oía sus confesiones y asistía a los enfermos y moribundos. Además de católicos, entre sus compañeros de prisión, había personas de otras confesiones religiosas, incluso agnósticos y ateos. Pasados los años, varios de ellos dejaron testimonios de enorme admiración por él.

Hacer más fácil el perdón Ante las quejas de los malos tratos, Tito apremiaba a los demás prisioneros a sobreponerse al odio y a rezar por sus verdugos: —Reza por ellos —les decía una y otra vez. —Sí, padre, le contestaban, pero eso es ….¡¡tan difícil..!! Con mucha comprensión y un poco de humor respondía Tito: —No te preocupes, no tienes que hacerlo durante todo el día… También ellos son hijos del buen Dios y quién sabe si algo queda en ellos… Víctima de la furia del odio, supo amar a todos. El Domingo de Pascua comenzaron las ejecuciones de setenta y seis miembros del movimiento clandestino de Holanda. Durante más de una hora Tito y sus compañeros tuvieron que contemplar el fusilamiento masivo de sus compañeros. Tito rezaba por ellos y se lo hacía comprender por señas, cruzando las manos y mirando al cielo. El 16 de mayo de 1942 Tito fue transportado a Dachau, cerca de Munich. En este campo de concentración vivían unos 110 mil prisioneros, de los cuales 80 mil encontraron la muerte. Tito llegó a conocer toda la brutalidad de régimen nazi: puñetazos, azotes con tablas y palos, patadas y otras torturas. Allí los sacerdotes católicos eran tratados como hombres de segunda cla­se; en las tres barracas que formaban este bloque habría aproximadamente 1600 eclesiásticos. En total se calcula que Hitler llevó a la muerte aproximadamente a unos cuatro mil sacerdotes católicos.

Los resentimientos son fruto amargo del orgullo Tito Brandsma fue terriblemente azotado una y otra vez. No se le permitían descansos para reponerse de su debilidad. Aparte de su uremia incurable, se le infectó un pie por el uso continuo de sandalias de madera. En ocasiones, al terminar el día, sus compañeros tenían que llevarle hasta la barraca. Un sacerdote que le ayudaba con frecuencia, recuerda: A pesar de todo conservaba ánimo y en medio de todas aquellas miserias que nos ro­deaban por todas partes, nos llenaba el corazón de alegría. Otro preso comentaba: Irradiaba un ánimo apacible y sereno. Animaba incansablemente a los compañeros de prisión: No hay que caer en el odio. Tengamos paciencia. Estamos en un túnel oscuro, pero hay que continuar caminando, al final la luz eterna nos rodeará. En este tiempo recibe un trabajo más moderado, pero estaba tan débil que fue llevado a una barraca para enfermos. Se cuenta que su cuerpo ya moribundo, acostado sobre un saco de paja, fue utilizado para infames experimentos bioquímicos que practicaban médicos nazis. Se le oía decir: Señor, que no se haga mi voluntad, sino la tuya. Después, era tal su estado, que perdió el conocimiento. Eran las dos de la tarde del 26 de julio de 1942. Una enfermera le aplicó entonces una inyección de ácido fénico que acabó con su vida. Más tarde, ella declaró que siempre recordaría la mirada de este sacerdote y lo que esto significaba: —Tenía compasión de mí. Después se convirtió al catolicismo. El cuerpo de Tito fue incinerado y las cenizas arrojadas a la fosa común.

No responder al odio con el odio, sino con el amor. Quizás sea ésta una de las mayores pruebas de las fuerzas morales del hombre. Tito Brandsma salió vencedor de esta prueba [1]. En tantos ambientes donde lo tristemente habitual es tratar a las personas con la única y pobre medida del gusto, de las simpatías, o de los rencores y antipatías, la lección de Tito Brandsma es atractiva, actual y fuerte.

Cuántos viven amargados o hasta rabiosos —a veces durante semanas, años o toda una vida— por pequeños resquemores y tontas enemistades que tienen, a veces, una base real, pero casi siempre ridícula. Algo que han hecho, dicho, o “dicen que dijeron”. Una broma inoportuna. Una frase indirecta. Una ceja levantada a destiempo, un gesto poco feliz, una llamada de atención que parecía exagerada o el tonito de la voz, un poco golpeada. Sentirse y quedarse herido porque no se les saluda como esperaban, o —como se dice en México— los vieron feo. Detrás de esos resentimientos sólo se oculta un orgullo de muchos kilates que no se quiere reconocer. Y, como hay que justificarlo elegantemente, se dice: …. —Es que no me han tratado con la dignidad y respeto que merezco… cuando la única explicación es que se tiene un corazón muy pequeño, mezquino, intolerante, lleno de sí. Cuando hay un desplante fuera de tono, o dejamos de hablar a alguien, o hay gritos de por medio, es muestra de que así ocultamos nuestras propias debilidades y falta de carácter; y pretendemos impresionar con una fuerza que no tenemos: la del propio dominio. Aunque la comparación sea poco afortunada, tiene buena sustancia lo que decía un admirador y buen conocedor de los perros: la mayoría de ellos ladran no por bravos y mordelones, sino porque tienen miedo al entorno y a los transeúntes. Por débiles. Tito Brandsma nos recuerda que para ser profundamente humanos no se han de guardar en la memoria una lista de daños y “agravios” que los demás nos hacen o pensamos que nos hacen…. Tito, que sí ha sufrido vejaciones e injusticias terribles, no quiere recordarlas, ni se siente enemigo de nadie. Sabe olvidar, tolerar, perdonar heroicamente. Retener o alimentar rencores, aunque sean pequeños, hace más daño que un virus mortal. Cuando el orgullo se mete, es capaz incluso de quebrar para siempre el gran afecto que han tenido hermanos entre sí, o hacia sus padres: o entre amigos, novios, matrimonios, familias enteras y barrios. Crecen como fuego devorador las rencillas, que luego alimenta la gasolina de las envidias y los más graves odios. Y se dan lo mismo entre personas como entre pueblos, ciudades, países o continentes. No es otra la razón última que explique el porqué de muchas guerras: nuestro antiguo, mezquino y barato orgullo. Y es que la raíz de todo se remonta a los orígenes del planeta donde estamos. No olvidemos que la primera persona que odió a otra en toda la historia del mundo se llamaba Caín, quien discriminó y mató a su buen hermano Abel por puritito resentimiento. Es mejor perdonar, darse la mano y olvidar. Lo otro no arregla nada. Se ve que la humanidad no ha cambiado mucho: hace trescientos años un famoso escritor decía que el ser humano, para ser perfecto, necesitaría tener en la cabeza una chimenea por donde pudieran salir todos los humos que se nos suben al cerebro, sobre todo cuando nos vamos haciendo mayores [2]. El amor volverá a ganar al mundo entero Un pastor protestante decía de Tito: Nuestro querido hermano en Cristo es realmente ¡¡un misterio de la gracia!!. Esto es lo que explica qué había en el alma de aquél hombre que le impulsó a vivir y amar a todos con tanto ánimo y perdonar con tanta sinceridad: era el despliegue cada vez más manifiesto de la gracia de Cristo. Este era el secreto de su entrega total hacia los demás, la fuente de su honda y fresca caridad. Tito sabía que todo se lo debía a la gracia, a la vida divina que actuaba en él. Las palabras de Cristo: Sin Mí no podéis hacer nada (Jn 15, 5), eran el principio orientador de su vida cotidiana. En sus propias palabras, Tito dejó por escrito su ilimitado amor y capacidad de querer. En ellas descubrimos la profundidad de su alma ante el ambiente de odio —difícil de igualar— que sufrió durante los últimos años de su vida: Aunque el neopaganismo no quiera más el amor, el amor volverá a ganar el amor de los paganos. La práctica de la vida lo hace ser siempre de nuevo una fuerza victoriosa, que conquistará y mantendrá ligados los corazones de los hombres.

Tomado de www.encuentra.com [1] Juan Pablo II, Homilía en la Beatifcación de Tito Brandsma, 3 de noviembre de 1985 [2] Baltasar Gracían, El Criticón,Madrid, 1984.

José Antonio Tremiño: La fe me ha hecho sacar fuerza de mi cautiverio

Empresario secuestrado. La fe le ayudó a sobrevivir al cautiverio José Antonio Tremiño, el empresario vallisoletano liberado en Georgia, ha declarado vía telefónica a “El Norte de Castilla” que no está agotado, está agotadísimo, aunque su voz suene potente y enérgica. Apenas ha podido dormir dos horas tras una maratoniana declaración ante las autoridades georgianas -realizada en el hotel en el que se aloja- a las que ha tenido que resumir en ocho horas todo un año de cautiverio. «Ha sido muy lento porque escribían a mano. Hacía mucho calor y estoy cansado porque tengo el horario cambiado. Pero la sesión ha terminado, y bastante bien». Así resume José Antonio Tremiño el trámite judicial y administrativo que ha tenido que resolver antes de regresar a España.

Lo positivo de lo malo Dice que sacar lo bueno de la pesadilla es la mejor forma de pasar por una situación que califica de horrorosa. «Nos han tratado peor que a animales. Estábamos en sitios mugrientos, no sabíamos donde estábamos porque nos cambiaron de lugar 17 veces y nos tenían enmascarados. Ya se sabrá con más detenimiento cómo ha sido, porque no queremos hablar de ello hasta que lleguemos a España», explica Tremiño. «Estoy muy agradecido a toda la gente de Valladolid que me ha ayudado y a la prensa local que ha sido especialmente exquisita», dice al referirse al apoyo que ha recibido en los 373 días de silencio obligatorio, y que le han trasmitido sus familiares.

Uno de los momentos más emotivos para el empresario fue poder hablar con su hijo, que cumplió los 13 años mientras su padre estaba retenido. «Creo que él quiso quitarme preocupaciones, se mostró muy adulto y tranquilo, aunque sé que lo ha pasado muy mal». Intenta hacer una lectura positiva de todo lo que le ha ocurrido, es como si el destino le hubiera jugado una mala pasada y puesto a prueba para medir sus fuerzas.

Lo que de verdad importa «Me he dado cuenta de que hay cosas muchísimo más importantes que el dinero, que la vida es maravillosa y a veces nos agobiamos por cosas que no tienen ninguna importancia. Con situaciones como las que he vivido, he aprendido lo que verdaderamente es importante».

Y para sobrevivir a tantas calamidades inenarrables, pero que se pueden resumir en vejaciones, malos tratos, amenazas de muerte, amén de estar a pan y agua, Tremiño echó mano de su fe para superarlo. «Yo soy una persona cristiana, aunque no he sido un gran cumplidor, pero en una de las llamadas a mi mujer me dijo: “reza José Antonio, reza mucho para que volvamos a estar juntos”. Y la verdad es que, a partir de es momento, me tranquilicé mucho, he rezado mucho y eso me ha ayudado». Aunque las fiestas navideñas le han traído por adelantado el mejor regalo que pudiera desear, la liberación, espera que los Reyes Magos traigan tranquilidad a toda su familia, a todos sus seres queridos y a todos los que le han apoyado. «Me gustaría borrarles todo el sufrimiento que han tenido las personas que se han preocupado por mí».

La voz potente que emana del otro lado del teléfono parece ser reflejo de su fortaleza y de su estado de ánimo. Hasta el punto de que considera que no va a necesitar la ayuda psicológica propia en estos casos. «En absoluto, me encuentro perfectamente. Es más, creo que en muchos aspectos me encuentro bastante mejor que antes, me ha ayudado a fortalecerme. Creo que he ganado en el aspecto personal». «Lo primero que haré será tranquilizar a todas las personas que se han preocupado por mí, a mi familia y a la gente que ha sufrido durante el secuestro. Tengo que salir adelante, empezar a trabajar otra vez. Así es la vida. Estoy animado y me encuentro bien en todos los aspectos, pero quiero volver a la normalidad cuanto antes».

Martin Sheen: Encontré a Dios durante el rodaje de «Apocalypse Now»

El actor hispano-irlandés cuenta cómo ha vuelto a descubrir a Dios en un programa televisivo italiano.

—P: “Usted es conocido como un bravo actor, un buen católico pero también como un rebelde, un crítico de la vida política y civil. ¿Esta vocación por la protesta nace del ciudadano o del católico?” —R: “No logro separar las dos cosas: espero ser la misma persona en misa, en una manifestación de protesta, ante una cámara o ante mi mujer, mis hijos, mi comunidad, en mi trabajo de voluntariado.

—P: “¿Recuerda los motivos de sus arrestos, o al menos de alguno?” —R: “No siempre he practicado el catolicismo, de joven casi lo abandoné y viví muchos años sin fe. Volví a la fe en 1981 cuando vivía en París. Todo había iniciado cuatro años antes en Filipinas, mientras estaba rodando «Apocalypse Now». Me puse enfermo gravemente, estuve a punto de morir. Tuve una crisis de conciencia y al mismo tiempo de identidad. No tenía ninguna espiritualidad, no sabía cómo unir la voluntad del espíritu al trabajo de la carne ¿entiende? Estaba dividido. Tenía miedo de morir. Llamé a un sacerdote y recibí la extremaunción. Era el 5 de marzo de 1977. Estaba muriendo. Pero yo considero aquél día como el día de mi renacimiento. Me acerqué de nuevo a los sacramentos, volví a ir a Misa, pero iba con miedo: Dios me había golpeado y podía golpearme de nuevo si no me portaba bien. Y esto siguió durante varios meses hasta que un día me dije: «¿No hay amor, no hay alegría, no hay libertad en todo esto?».

—P: “Como la historia del hijo pródigo…” —R: “¡Exacto! Entonces volví a beber y a llevar una vida loca. Pero algo había nacido. Había sido plantada una semilla y comenzó a crecer. Gradualmente empecé a preguntarme quién era, porqué estaba allí, dónde quería ir. Al final llegué a París, donde encontré a un viejo y muy querido amigo mío que se convirtió en un consejero espiritual muy importante, un guía. Era Terrence Malick, el director con el que había trabajado en «Badlans». Empezó a darme libros. Filosofía, espiritualidad, teología… Un día me dio «Los hermanos Karamazov». Me costó una semana acabarlo, no podía dejar de leer. Aquél libro fue derecho a mi corazón, a mi alma. Así volví al catolicismo en París, el 1 de mayo de 1981.

C.P.N. Tomado de: http://www.piensaunpoco.com/

Emanuele Stablum: arriesgar la vida por los demás

El pueblo de Israel declara a un religioso «Justo entre las naciones» Emanuele Stablum salvó centenares de vidas durante el Holocausto ROMA, 21 noviembre 2001 (ZENIT.org).- El reconocimiento más elevado que confiere el pueblo de Israel confiere a quienes ayudaron a salvar la vida de judíos durante el Holocausto, la medalla de «Justo entre las naciones», fue conferida este martes al hermano Emanuele Stablum, médico y religioso de la Congregación de los Hijos de la Inmaculada Concepción.

Stablum, durante la segunda guerra mundial, salvó de la violencia nazi en Roma a 51 judíos, escondiéndoles con la ayuda de sus hermanos de religión en los pasillos del hospital que dirigía su Congregación religiosa.

Para evitar las suspicacias de los agentes alemanes, los refugiados eran registrados en el hospital como pacientes con enfermedades cutáneas, pues el hospital era y sigue siendo el centro especializado en dermatología más prestigioso de Roma.

En más de alguna inspección, con mucho ingenio, los religiosos untaron con cremas a los judíos para que los nazis se convencieran de que eran enfermos.

La ceremonia de entrega de la medalla tuvo lugar en el mismo hospital, el Instituto Dermopático de la Inmaculada (IDI) de Roma.

El padre Giovanni Cazzaniga, postulador general de las causa de beatificación de los religiosos de la Congregación, y testigo directo de la heroica obra de Stablum, reveló: «A pesar de que todo era complicado en aquellos tiempos, Emanuele Stablum no se echó atrás ante la dramática emergencia y abrió las puertas del hospital a quien tocó a la puerta».

Según explicó Cazzaniga, el médico y religioso no sólo salvó a los judíos perseguidos, sino también a los hombres políticos buscados por la policía «sin tener en cuenta su fe, edad, condición social y sin pedir nada a cambio».

Stablum, reveló el historiador, «acogió la petición del Vaticano de ayudar a los judíos». Asimismo «le dio fuerza y valor el apoyo de la comunidad de religiosos, pero al final la decisión de acoger a los marginados y a los judíos desesperados fue suya».

«Tomó la decisión consciente de jugarse la vida; es más, desde aquel momento ligó su vida a la de los que ayudó. En caso de que los nazis le hubieran descubierto, habría sido destinado a un campo de exterminio en Alemania», aseguró.

Emanuele Stablum, concluyó el padre Giovanni Cazzaniga, «consciente de que el espíritu de todo hombre en el dolor se vuelve a encontrar con frecuencia con la trascendencia, abrió también la capilla a los judíos refugiados. Junto a ellos, los religiosos invocaban al Dios Padre como Jesús lo reveló y como nuestros hermanos mayores rezan al Dios de la Antigua Alianza, como le presentan los Salmos».

Tibor Schlosser, consejero de la Embajada de Israel ante el Estado italiano, explicó que uno de las tareas fundamentales del Instituto Yad Vashem, que otorga el reconocimiento del pueblo judío, es la de no olvidar a nadie que haya ayudado a los judíos durante la segunda guerra mundial.

«Cada uno de los centenares de miles de supervivientes judíos tiene un “ángel” como el hermano Stablum», añadió, pues de lo contrario era casi imposible que hubieran podido salvar la vida.

Tomado de Zenit, ZS01112108

Una madre: Una gran lección para la vida

La carta que presentamos relata la experiencia de una madre ante la enfermedad severa de su hijo más pequeño. Este hecho de la vida real sucedió en la familia que forman Claudia y José Antonio y sus hijos: Claudia de 6 años, Marta de 4 y Raúl, que hoy tendría ya 2 años, pero a consecuencia de una lesión cerebral muy severa, murió a los 13 meses de nacido.

Raúl nació después de seis meses de un embarazo complicado. Era muy pequeño y desde el inicio todo su desarrollo fue muy especial. Estuvo 40 días en incubadora, pesaba 1 kilo y 200 grs. y medía sólo 36 cm.

Querida Vero: Créeme que no tengo la menor idea de cómo comenzar, pero te escribo esta experiencia por si en algo puede ayudarte para tu propia vida.

Me pregunto si existe alguien que entienda los misterios de la vida… hoy sólo le pido a Dios me permita amar lo que me pone delante, aunque a veces me sienta un poco sola ante retos tan escabrosos. Sé que tengo una misión en mi propia vida y lo que más quiero es llegar al final del camino y cumplirla, pero he aprendido que, aunque vale la pena, no resulta tan fácil.

El nacimiento de Raulito marcó un punto y aparte en mi vida; no entendía desde un inicio por qué tantas trabas, si antes de él, todos mis embarazos habían sido tan normales. Como fuera, acepté este último y lo único que pedía a Dios, era ver finalizados los nueve meses, aunque me tuvieran que costar, pues sabía que dentro de mí realmente había una vida, por la que valía la pena cualquier sacrificio. Además, tenía la enorme ilusión de tener conmigo, aquello que como madre considero como lo más valioso: la vida de mi propio hijo.

Puse todo de mi parte para que mi bebé permaneciera dentro de mí el máximo tiempo posible…, pero en esto ya no decidía yo. Había una fuerza natural más fuerte que la mía, alguien detrás de todo esto que quiso que las cosas fueran distintas.

Así fue como nació Raúl de 6 meses y dos semanas: un bebé con un gran espíritu de lucha y sin embargo, un bebé asociado desde el inicio al sufrimiento. Al nacer, pasó directamente a la incubadora. Los doctores nos explicaron que los niños prematuros tienen un desarrollo normal, sólo que es un poco más lento que el de los niños que nacen después de los nueve meses de embarazo. Nos explicaron también que la incubadora, en algunas ocasiones, puede presentar tres riesgos: afectar la vista del bebé, su sentido del oído y su cerebro. Cuando Raúl alcanzó los 2 kilos salió de la incubadora y llegó finalmente a casa, pero lloraba mucho, y los doctores sugirieron que se le hicieran estudios del estómago para ver si tenía algún reflujo que le estuviera molestando.

Con estos estudios iniciamos un largo camino de batalla por su salud. A los cuatro meses de nacido, notamos cosas extrañas para un niño normal: sus ojos no tenían simetría, es decir, no los movía como lo hacemos nosotros siguiendo los objetos con la vista; tampoco se movía, ni emitía sonidos, no se reía…, en fin, todo esto nos inquietó mucho, y fue así como anduvimos de doctor en doctor, y de un lado a otro con el niño, sin poder encontrar una opinión que nos dejara clara su situación.

A los seis meses supimos que tenía un problema en el cerebro, sin nombre ni apellido, así que consultamos otro especialista, que nos explicó que Raúl tenía una malformación en su cerebro, lo llamaba “un trastorno de migración neuronal”; con esto se explicaban tantos problemas en el inicio de mi embarazo. A partir de aquí, lo único que se nos indicó fue iniciar con el niño, lo antes posible, terapias físicas para ofrecerle una mejor calidad de vida. Nadie sabía a ciencia cierta qué tanto podríamos conseguir con él.

Iniciamos sus terapias, y como pasaba el tiempo, no veíamos progreso, Raúl seguía sin moverse, y su mirada permanecía perdida. Su problema con el estómago seguía ahí, no comía nada, dormía poco… tenía ya un añito de vida, y sólo pesaba 6 kilos.

Finalmente al año y 23 días, murió. Cuando dormía, le vino un reflujo que le quemó el esófago, y con eso, sus vías respiratorias se cerraron y le sobrevino un paro cardíaco.

Esta es la historia de mi Raúl, y yo ahora sé que así nació porque tenía una grandísima misión que sólo podía realizar siendo tal como era. Lo que hoy me da consuelo es pensar que yo fui necesaria para que, a través de mí, este bebé viniera a cambiar la vida de toda mi familia. Sabía que cada uno en su vida va encontrando el camino para ser feliz. Pero, así ¿se podía ser FELIZ????? Antes, yo pensaba que sólo las cosas agradables nos podían hacer felices, y siempre daba gracias al cielo porque no tenía sufrimientos. Jamás pensé que el dolor fuera a tocar mi vida; veía con admiración a la gente que sufría por diversos motivos, pero no me daba cuenta de que también el dolor es un regalo que nos enriquece mucho y que misteriosamente, al mismo tiempo, encierra una felicidad muy auténtica y muy profunda.

Conocí el dolor y el sufrimiento con este hijo mío, y por medio de él, aprendí que para ser feliz también se necesita sufrir.

Hoy no puedo menos que agradecer lo que ha sucedido con mi hijo y con nosotros (digo nosotros porque no soy sólo yo la beneficiada: somos mi esposo, mis hijas y yo); digo GRACIAS porque este niño tan especial para nosotros, vino a probar nuestra capacidad de amar, vino a enseñarnos la incomodidad de lo cómodo, vino a enseñarnos lo que cuesta renunciar a lo placentero, a pararnos para servirle a él, a olvidarnos de nuestro sueño para intentar confortar al que sufre y no puede conciliar el sueño; nos enseñó que no hay hora para el descanso, y que realmente la fuerza del cuerpo no es la del espíritu, que puede más que ninguna otra fuerza. Nos enseñó a valorar la sonrisa del que no puede valerse por sí mismo, y nos retó a vivir de cara a lo que realmente vale y no de cara a las cosas materiales que se acaban.

Este bebé pudo enternecernos a todos. Nos enseñó con su ejemplo el sacrificio de comer lo que nos parecía menos apetitoso, pensando en el trabajo que él tenía que pasar para tolerar cualquier alimento. Aprendimos a comerlo todo, aunque no nos gustara, sólo con recordar el sabor tan espantoso de la leche que Raúl se tenía que tomar.

En fin, este bebé me enseñó muchas lecciones y me hizo realizarme como mujer, descubriendo que lo que más feliz me hacía era amarlo y tener la oportunidad de hacer algo por él. Aprendí a mirar con los ojos del alma, como me enseñó mi bebé, que jamás pudo ver, pero le bastó con sentir el amor de su hermosa familia. Él veía un mundo que antes yo no veía.

Vero, éstas fueron sin duda, las experiencias más duras pero también las más enriquecedoras que he vivido. Mi esposo y yo estamos seguros de que nuestro sacrificio ha valido la pena, y que tenemos en el cielo a ese angelito que no se olvidará de nosotros, y que sin duda cuida de sus hermanas que lo recuerdan todos los días.

Escribo esto y todavía termino llorando, pero quise compartir contigo esta experiencia que hoy me deja llena y satisfecha.

Recibe un gran saludo… te quiere tu hermana de siempre. Claudia.

Autor anónimo.

Tomado de: http://www.mujernueva.org/

José Luis Mendoza: Con 14 hijos funda una Universidad Católica

La Universidad Católica de San Antonio, en Murcia, es de las pocas que cuenta con dos claustros: uno, de profesores, y otro del siglo XVII. Enclavada en el monasterio de San Jerónimo, es el segundo monumento más importante de Murcia tras la catedral. Su presidente, José Luis Mendoza, neocatecumenal y padre de catorce hijos, logró levantar la universidad a golpe de tesón, fe y osadía. «Siempre he llevado una vida intensa», asegura.

A continuación recogemos una entrevista a José Luis Mendoza, presidente de la Universidad San Antonio de Murcia, realizada por Alex Navaja y publicada en el diario La Razón el 6.III.02.

– Usted ha sido misionero con toda su familia en la República Dominicana, ha levantado una universidad, tiene 14 hijos No parece muy amigo de la vida tranquila.

– Desde niño he llevado una vida intensa, de trabajo y estudio. Cuando era pequeño, las monjas me enseñaron a amar a Dios y a la Virgen, y eso quedó en mi corazón. Hay cosas que ocurren en la infancia y que después se reflejan en el futuro. En 1979 estudié la carrera de Medicina, y quise crear en Murcia una clínica de rehabilitación para enfermos con problemas psíquicos y psicomotores, pero en Murcia no había profesionales. Fui a Madrid y pedí permiso al Consejero de Sanidad para formar profesionales.

– ¿Y qué le respondió? – Me dijo que era un osado, pero mi padre me prestó un edificio que poseía y tuve 350 estudiantes el primer año. Después llegaron los convenios con la universidad de Alicante, Albacete, y otras, y llegamos a tener 10.000 alumnos por toda España.

– Entonces, ¿cuándo se fue de misionero? – En una charla, un sacerdote dijo que el Papa había pedido familias misioneras. Mi mujer y yo nos miramos y asentimos. En 1991, en el Camino Neocatecumenal, al que pertenecemos, nos preguntaron si estábamos dispuestos a irnos tres años a la República Dominicana. Así que cogí a mis ocho hijos y a mi mujer embarazada del noveno, y nos fuimos. Éramos la familia misionera del mundo con más hijos.

– ¿Y sus escuelas de medicina? – Cerré todo. Indemnicé a todos mis trabajadores y nos fuimos a la República Dominicana, en donde vivíamos sin agua corriente ni luz. Fueron años de convivir con la miseria y de ver a Cristo en los pobres. Cogí todas las enfermedades. Me levantaba a las cinco para rezar con los seminaristas; después me iba a evangelizar con mi mujer embarazada. Fueron años de sufrimiento, porque recibía amenazas de muerte de las sectas, que son puros negocios, pero creamos una parroquia que dio muchas vocaciones. Llegué a orinar sangre por el sufrimiento.

– Pero cuando volvió a España, no tendría nada…

– Efectivamente. Volví sin trabajo, y vivimos de la caridad. Tenía un patrimonio familiar importante, pero no me ofrecían ni el 20 por ciento de su valor. Así que empecé una escuela de Formación Profesional, y fue un éxito total.

– ¿Cuándo se embarcó en el proyecto de la Universidad Católica de Murcia? – Salió la carta apostólica de Juan Pablo II «Ex Corde Ecclesiae», que habla sobre las universidades católicas. Pensé que, tras los años de misión, ya tenía suficiente madurez para crear una universidad, y fundé la Universidad Católica de San Antonio de Murcia en 1996. Fue la primera creada por un laico con el apoyo de su obispo. Es una institución docente y evangelizadora, porque mi mujer y yo sólo nos hemos dedicado a evangelizar en los últimos veinte años. Los tres pilares de la universidad son la docencia, la investigación y la evangelización, y ya hemos ganado varios premios nacionales de investigación. En la actualidad tenemos 350 profesores, 150 miembros de personal administrativo y casi 6.000 alumnos.

– ¿Y logran evangelizar en la universidad? – Teología y ética son materias obligatorias en todas las carreras, y tenemos una capellanía universitaria que organiza peregrinaciones, atiende a los alumnos, etc. Han surgido dos vocaciones al Carmelo y una al seminario, y varias chicas no han abortado por las clases de bioética que se imparten.

– ¿Qué es más difícil: dirigir a 14 hijos o a 6.000 universitarios? – ¿Lo que es imposible para el hombre, es posible para Dios! Yo, por mí, no habría tenido más de dos hijos. Pero esto es como la parábola de la perla: hay que vender todo para poder comprarla. Yo hipotequé todo para comprar mi perla. Si el plan es de Dios, saldrá adelante, porque Él lleva con cada persona una historia de amor. La casualidad no existe en la vida de un cristiano: mis 14 hijos son 14 regalos del cielo.

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Maximiliano Kolbe: Dar la vida por otro

“No hay amor más grande que éste: dar la vida por sus amigos” (Jn 15, 13).

Maximiliano María Kolbe nació en Polonia el 8 de enero de 1894 en la ciudad de Zdunska Wola, que en ese entonces se hallaba ocupada por Rusia. Fue bautizado con el nombre de Raimundo en la iglesia parroquial.

A los 13 años ingresó en el Seminario de los padres franciscanos en la ciudad polaca de Lvov, la cual a su vez estaba ocupada por Austria. Fue en el seminario donde adoptó el nombre de Maximiliano. Finaliza sus estudios en Roma y en 1918 es ordenado sacerdote.

Devoto de la Inmaculada Concepción, pensaba que la Iglesia debía ser militante en su colaboración con la Gracia divina para el avance de la fe católica. Movido por esta devoción y convicción, funda en 1917 un movimiento llamado “La Milicia de la Inmaculada” cuyos miembros se consagrarían a la bienaventurada Virgen María y tendrían el objetivo de luchar mediante todos los medios moralmente válidos, por la construcción del Reino de Dios en todo el mundo. En palabras del propio San Maximiliano, el movimiento tendría: “una visión global de la vida católica bajo una nueva forma, que consiste en la unión con la Inmaculada.” Verdadero apóstol moderno, inicia la publicación de la revista mensual “Caballero de la Inmaculada”, orientada a promover el conocimiento, el amor y el servicio a la Virgen María en la tarea de convertir almas para Cristo. Con una tirada de 500 ejemplares en 1922, en 1939 alcanzaría cerca del millón de ejemplares.

En 1929 funda la primera “Ciudad de la Inmaculada” en el convento franciscano de Niepokalanów a 40 kilómetros de Varsovia, que con el paso del tiempo se convertiría en una ciudad consagrada a la Virgen y, en palabras de San Maximiliano, dedicada a “conquistar todo el mundo, todas las almas, para Cristo, para la Inmaculada, usando todos los medios lícitos, todos los descubrimientos tecnológicos, especialmente en el ámbito de las comunicaciones.” En 1931, después de que el Papa solicitara misioneros, se ofrece como voluntario y viaja a Japón en donde funda una nueva ciudad de la Inmaculada (“Mugenzai No Sono”) y publica la revista “Caballero de la Inmaculada” en japonés (“Seibo No Kishi”).

En 1936 regresa a Polonia como director espiritual de Niepokalanów, y tres años más tarde, en plena Guerra Mundial, es apresado junto con otros frailes y enviado a campos de concentración en Alemania y Polonia. Es liberado poco tiempo después, precisamente el día consagrado a la Inmaculada Concepción. Es hecho prisionero nuevamente en febrero de 1941 y enviado a la prisión de Pawiak, para ser después transferido al campo de concentración de Auschwitz, en donde a pesar de las terribles condiciones de vida prosiguió su ministerio.

En Auschwitz, el régimen nazi buscaba despojar a los prisioneros de toda huella de personalidad tratándolos de manera inhumana e inpersonal, como un simple número: a San Maximiliano le asignaron el 16670. A pesar de todo, durante su estancia en el campo nunca le abandonaron su generosidad y su preocupación por los demás, así como su deseo de mantener la dignidad de sus compañeros.

La noche del 3 de agosto de 1941, un prisionero de la misma sección a la que estaba asignado San Maximiliano escapa; en represalia, el comandante del campo ordena escoger a diez prisioneros al hazar para ser ejecutados. Entre los hombres escogidos estaba el sargento Franciszek Gajowniczek, polaco como San Maximiliano, casado y con hijos.

San Maximiliano, que no se encontraba entre los diez prisioneros escogidos, se ofrece a morir en su lugar. El comandante del campo acepta el cambio, y San Maximiliano es condenado a morir de hambre junto con los otros nueve prisioneros. Diez días después de su condena y al encontrarlo todavía vivo, los nazis le administran una inyección letal el 14 de agosto de 1941.

Es así como San Maximiliano María Kolbe, en medio de la más terrible adversidad, dio testimonio y ejemplo de dignidad. En 1973 Pablo VI lo beatifica y en 1982 Juan Pablo II lo canoniza como Mártir de la Caridad. Juan Pablo II comenta la influencia que tuvo San Maximiliano en su vocación sacerdotal: “Surge aquí otra singular e importante dimensión de mi vocación. Los años de la ocupación alemana en Occidente y de la soviética en Oriente supusieron un enorme número de detenciones y deportaciones de sacerdotes polacos hacia los campos de concentración. Sólo en Dachau fueron internados casi tres mil. Hubo otros campos, como por ejemplo el de Auschwitz, donde ofreció la vida por Cristo el primer sacerdote canonizado después de la guerra, San Maximiliano María Kolbe, el franciscano de Niepokalanów.” (Don y Misterio).

San Maximiliano nos legó su concepción de la Iglesia militante y en febril actividad para la construcción del Reino de Dios. Actualmente siguen vivas obras inspiradas por él, tales como: los institutos religiosos de los frailes franciscanos de la Inmaculada, las hermanas franciscanas de la Inmaculada, así como otros movimientos consagrados a la Inmaculada Concepción. Pero sobretodo, San Maximiliano nos legó un maravilloso ejemplo de amor por Dios y por los demás.

Con motivo de los veinte años de la canonización del padre Maximiliano Kolbe (10 de octubre de 1982), los Frailes Menores Conventuales de Polonia abrieron el archivo de Niepokalanow (Ciudad de la Inmaculada, a 50 kilómetros de Varsovia), construido por el mismo mártir de Auschwitz. Entre los manuscritos del santo, destaca la última carta que escribió y que acaba con besos a su madre. Una carta que refleja una ternura que no aparecía en otros escritos, y que hace pensar que el sacrificio con el que ofreció la vida voluntariamente en sustitución de un condenado a muerte fue algo que maduró a lo largo de su vida. Este es el texto del escrito: «Querida madre, hacia finales de mayo llegué junto con un convoy ferroviario al campo de concentración de Auschwitz. En cuanto a mí, todo va bien, querida madre. Puedes estar tranquila por mí y por mi salud, porque el buen Dios está en todas partes y piensa con gran amor en todos y en todo. Será mejor que no me escribas antes de que yo te mande otra carta porque no sé cuánto tiempo estaré aquí. Con cordiales saludos y besos, Raimundo Kolbe».

Juan Pablo II, un año después de su elección, en Auschwitz, dijo: «Maximiliano Kobe hizo como Jesús, no sufrió la muerte sino que donó la vida». La expresión remite a unas palabras escritas por el padre Kolbe unas semanas antes de que los nazis invadieran Polonia (1 de septiembre de 1939): «Sufrir, trabajar y morir como caballeros, no con una muerte normal sino, por ejemplo, con una bala en la cabeza, sellando nuestro amor a la Inmaculada, derramando como auténtico caballero la propia sangre hasta la última gota, para apresurar la conquista del mundo entero para Ella. No conozco nada más sublime».

Eugenio Laguarda: Un mártir en vida de la persecución religiosa en la guerra civil española

Entre los 233 mártires de la persecución religiosa española de los años treinta que beatifica Juan Pablo II el año 2001, podría haber aparecido el nombre de Eugenio Laguarda. Sus asesinos, sin embargo, no terminaron en el trabajo y le abandonaron moribundo en un campo abandonado.

Hoy, a sus noventa años, el padre Laguarda celebra misa todos los días a las siete de la mañana en la basílica de la Virgen de los Desamparados de Valencia (la diócesis de la que proceden la mayoría de esos mártires). Después, confiesa el resto del día hasta la tarde. En este conmovedor testimonio reconstruye el ambiente que reinaba en España durante la guerra civil. Entre el 18 de julio de ese año y el 1 de abril de 1937, según datos ofrecidos ahora por la Conferencia Episcopal Espñola, fueron asesinados 6.832 sacerdotes, religiosos y religiosas, así como doce obispos.

Los hechos que recuerda el padre Laguarda en este testimonio publicado por el semanario de la arquidiócesis de Madrid, Alfa y Omega, tuvieron lugar el 17 de junio de 1938 Testimonio de Eugenio Laguardia Yo era muy joven. Siendo ya sacerdote, me enviaron a un pueblo de la provincia de Castellón. A los 15 meses de estar en aquel pueblo, Zucaina, vino la guerra.

Yo me enteraba de las noticias y escondí todas las imágenes de la parroquia en casas particulares, en pajares. Salía de mi casa, pero iba a la iglesia sin tocar la campana: habían matado a muchos curas de los pueblos.

Un día vinieron a matarme, una cuadrilla que iba matando de pueblo en pueblo. Cuando llegaron a Zucaina, encontraron a unos chiquitos, jugando en la plaza, y les preguntaron: «¿Habéis visto al cura?»; les dijeron que no sabían. Y se fueron a un bar pensando que ya no estaba el cura. El señor del bar se enfadó con ellos: «¿Por qué tenéis que matar al cura? Si este cura es muy buena persona». Dijeron: «¡Basta que sea un cura para que lo matemos! Y se fueron».

Me enviaron un recado para que supiera lo que había ocurrido, y me preparé esa noche para esconderme en una masía (casa de campo del Levante español), que estaba a más de una hora y media del pueblo, andando. El dueño de la masía era el tío Bernabé, un señor mayor. Estaba amaneciendo cuando llegué. Y, le dije al tío Bernabé: «Ya sabe a lo que vengo, a esconderme». Y él me contestó: «Es un compromiso muy grande tenerle aquí, nos pueden matar a todos». Le dije: «Mire, tío Bernabé, yo no le he dicho a nadie que venía aquí. Así que, si ustedes no dicen nada a nadie, no pasará nada».

Ya estaba amaneciendo el día. Entonces, la mujer, al escucharnos, llamó a su marido desde la cama: «Bernabé, Bernabé, ¿quién es?». Dijo él: «El cura». Preguntó la mujer: «¿El cura? Pero si los han matado a todos. ¿Qué quería el cura?».

Respondió el tío Bernabé: «Que le tengamos aquí escondido hasta que pase todo esto. Le he dicho que puede quedarse siete u ocho días, pero nada más, porque es un compromiso muy grande». Y dijo ella: «¡Nada de eso, no unos días, sino todo el tiempo que haga falta!». Y como en las casas mandan las mujeres más que el marido, me acogieron.

Nadie sabía que estaba allí, pero, como pensaban meter dos compañías de soldados en aquella masía, me marché por las montañas, camino de Valencia. Y al pasar cerca de Segorbe, me cogió una pareja de soldados. Iban buscando a un preso que se había escapado. Y me preguntaron: «¿Dónde va usted?». Dije: «A Valencia». Y enseguida pensaron mal de mí. «¡Dinos la verdad! ¿Quién eres?». Entonces, dije que era sacerdote.

Me cogieron de los brazos, me registraron y encontraron el breviario. Uno de ellos me pegó un culatazo en la cara, me rompió la nariz y me dejó el ojo izquierdo sin vista durante tres meses. Caí en tierra. Me pegaban y me hacían levantarme, hasta que ya no pude. Y, entonces, uno de ellos me dio un tiro en la cabeza. La bala me entró por debajo del ojo izquierdo, me atravesó el paladar, la lengua, el cuello y quedó alojada en el pulmón. El otro le dijo que me volviera a dar otro tiro, porque estaba vivo, pero ya no me lo dio. Me echaron a un barranquito cerca de la carretera. Yo oía cómo se iban, riéndose de cómo yo rezaba a la Virgen.

Cuando se perdieron sus voces, intenté subir a la carretera y, al ponerme de pie, me caí. Estaba muy grave. Me dije: «Es preciso subir a la carretera». Subí a gatas, cogiéndome a la hierba, poquito a poco, y, por fin, llegué a la carretera. Enseguida se formó un charco de sangre. La gente pasaba de largo y, por fin, pasó un autobús. Eran las doce de la noche. Como la carretera era algo estrecha y el autobús era ancho, pararon y bajaron. Les dije que era sacerdote y que me habían martirizado. No sabían qué hacer; por fin, me cargaron al autobús y me llevaron hacia Castellón para dejarme en un hospital. Estaba muy herido.

Y al pasar por Náquera, a la una de la mañana, estaban los dos matones sentados en la carretera; pararon el autobús y hablaron con el chófer. Yo iba en los asientos de los pasajeros, muriéndome: «¿Dónde vas ahora?», preguntaron al chófer. «Voy al hospital, a llevar a un herido que he recogido allí arriba. Un sacerdote». Ellos gritaron: «¡Es el sacerdote que nosotros hemos matado! ¿Aún vive? Hay que acabar con él». Pero, por fin, el chófer se impuso, los dos matones se quedaron allí, y me llevó a Castellón. Enseguida me recibieron en el hospital.

Cuando terminó la guerra, juzgaron a esos dos matones y los condenaron a muerte. Y, estando ya en Zucaina, vinieron a verme el padre de uno y la madre del otro, y se arrodillaron en cruz delante de mí, diciéndome: «Padrecito, tenga compasión de nuestros hijos, que están en la cárcel y los van a matar por lo que le hicieron a usted».

Enseguida, cogí un papel y escribí al juez, diciéndole que yo estaba bien y que quería que les quitaran la pena de muerte. Y, al ver el documento con mi firma, les conmutaron la pena. No sé si aún vivirán, ha pasado mucho tiempo. Estoy muy agradecido a Jesús porque me salvó la vida. Ahora, me llaman el muerto resucitado.

Vazlaw Poplawsky: En los campos de trabajo forzados en Kazajstán

Vazlaw Poplawsky recuerda la fe durante sus años en los campos de trabajos forzados Mientras Juan Pablo II oraba en la noche de este sábado ante el «Monumento a las víctimas del régimen totalitario», en Astana -la capital de Kazajstán-, Vazlaw Poplawsky dice en voz baja: «Reza también por mí y por mi familia».

A sus 62 años, 22 de ellos pasados en un campo de trabajos forzados, Poplawsky es una memoria viviente del drama de Kazajstán en el siglo XX. Hijo de deportados ucranianos nació en plena estepa, a 80 kilómetros de lo que hoy es la capital kazaja, Astana.

Su familia llegó en 1936, cuando Josip Stalin emprendió el plan de colectivización, obligando a cientos de miles de personas a abandonar su tierra para implantarse en la estepa y construir koljós, las granjas colectivas, junto a la población local, que a su vez tuvo que romper la tradición nómada y trabajar en los campos de concentración.

Kazajstán era tierra de deportación desde los años de los zares. Pero en tiempos de Stalin, las columnas humanas fueron imponentes: 800.000 alemanes del Volga; 600.000 ucranianos; 100.000 polacos; miles de disidentes políticos…

El mismo Alexander Solzjenitsin pasó varios años de su vida en el campo de Jhezgasgan, donde ambientó su famosa novela «Un día en la vida de Iván Denisovich».

Vazlaw, que nació tres años después de la llegada de sus padres, todavía tiembla cuando recuerda su infancia. «Me crié en una cabaña de barro y hierba seca. Para encontrar madera había que caminar decenas de kilómetros. No había nada para comer y un pedazo de pan negro era una riqueza que los niños escondíamos como un tesoro».

Educado en la fe por su madre, de origen polaco, recuerda que en su cabaña había un icono de la Virgen Negra de Cheztochowa. «No había sacerdotes y no se podían organizar reuniones religiosas. Sólo se podían celebrar los funerales, en los que la gente se reunía para rezar el rosario. Y dado que casi todos los días moría alguien, se puede decir que rezábamos realmente mucho…».

«Comencé a vivir a los 22 años de edad, en 1961, cuando me fui a la ciudad», añade Vazlaw. Primero a Tselinograd, la nueva Astana, y después a Karaganda, donde conoció al padre Wladislaw Bukowinski, sacerdote polaco que decidió quedarse en Kazajstán, después de salir de los campos de concentración.

«Trabajaba en un mina y todos le querían mucho, pues era muy generoso -sigue diciendo-. Nos veíamos con frecuencia y cuando hablaba de Dios podíamos escucharle durante horas».

Hace seis años, Vazlaw Poplawsky, a sus 56 años, decidió abrazar el camino del sacerdocio. Ahora es párroco en la iglesia de San José, en Karaganda.

«Esta es la ciudad del dolor y de la memoria, el centro espiritual de los católicos», concluye el hijo de la estepa, reconociendo que este sábado, al ver al pontífice rezar por su familia y por tantas personas que vio morir, fue el día más feliz de su vida.

Tomado de Zenit, 22.IX.01, ZS01092304

Joseph Werth: Kazajstán, tierra de mártires

La historia de Joseph Werth, nacido en Karaganda y hoy obispo de Siberia Cuando en 1984 el joven Joseph Werth, nacido en Karaganda (Kazajstán), era ordenado sacerdote, nunca hubiera podido imaginar que un día el Papa de Roma podría visitar su tierra.

Hoy, a sus 48 años, Joseph Werth se ha convertido en el obispo de una de las diócesis más grandes del mundo, Siberia Occidental, y da la bienvenida a su propia tierra, casi sin creérselo, a Juan Pablo II.

Monseñor Werth y Karol Wojtyla son buenos amigos. En una ocasión, al visitar una parroquia de Roma, en su encuentro con los jóvenes, el Papa les puso como ejemplo a su amigo misionero, al que nombró en 1991, con sólo 38 años, obispo de Siberia, nada más caer el régimen soviético.

La historia de monseñor Werth es como la de muchos católicos de Kazajstán. Su familia era de origen alemán, llegada a la Rusia Europea en el siglo XVIII, en tiempos de Catalina II.

En los años treinta, en pleno régimen de Stalin, fueron deportados a Kazjastán, al igual que muchos cristianos. «Las condiciones de vida eran muy duras, realmente dramáticas», recuerda Werth.

De hecho, las deportaciones de alemanes, ucranianos, rusos…, constituyeron precisamente el origen del renacimiento del cristianismo en las inmensas llanuras de esta enorme nación del tamaño de la Unión Europea pero con la población de los Países Bajos.

El primer amigo sacerdote que conoció Joseph Werth fue el obispo Aleksander Chira, obispo húngaro de rito oriental, ordenado clandestinamente, y condenado en 1948 a 25 años de trabajos forzados en campos de concentración en Siberia. Al terminar la sentencia, fue condenado de nuevo a 5 años a trabajos forzados en Karaganda.

Antes de la llegada del padre Aleksander Chira, la comunidad católica había mantenido la fidelidad gracias a la labor de otro superviviente de los campos de concentración, el padre Wladislaw Bukowinski, quien entre 1954 y 1971, año de su muerte, bautizó y catequizó a miles de deportados, con la ayuda de una religiosa, sor Gertrudis.

En 1977, la comunidad católica logró obtener la legalización oficial. En 1978, el padre Aleksander Chira construyó la primera Iglesia en Karaganda. En 1982, apareció por primera vez en público con los ornamentos episcopales, pues hasta entonces había mantenido en secreto su ordenación episcopal.

Un año después de la muerte del padre Aleksander Chira, en 1983, Joseph Werth era ordenado sacerdote y enviado primero a Marx, cerca de Saratow (Rusia), y siete años después a Siberia, como obispo.

Hoy, Kazajstán cuenta con una diócesis, tres administraciones apostólicas (es decir, circunscripciones confiadas a obispos pero que todavía no tienen el rango de diócesis), entre 200.000 y 400.000 fieles, 37 parroquias, 62 sacerdotes, 74 religiosas, más de 30 seminaristas, y 50 catequistas.

Monseñor Werth, al recibir al Papa en su país quiere dejar el mismo mensaje que pronunció su maestro de juventud, monseñor Chira, al celebrar sus sesenta años de sacerdocio: «Si el Señor me diera la vida cien veces, cien veces escogería este camino del sacerdocio».

Tomado de Zenit, 21.IX.01, ZS01092104.

Nguyen van Thuân: En un campo de concentración

Una vida ejemplar en medio de la persecución En 1975, François Xavier Nguyên Van Thuân fue nombrado por Pablo VI arzobispo de Ho Chi Minh (la antigua Saigón), pero el gobierno comunista definió su nombramiento como un complot y tres meses después le encarceló.

Durante trece años estuvo encerrado en las cárceles vietnamitas. Nueve de ellos, los pasó régimen de aislamiento.

Una vez liberado, fue obligado a abandonar Vietnam a donde no ha podido regresar, ni siquiera para ver a su anciana madre. Ahora es presidente del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz de la Santa Sede.

A pesar de tantos sufrimientos, o quizá más bien gracias a ellos, este arzobispo, François Xavier Nguyên Van Thuân, ha sido un gran testigo de la fe, de la esperanza y del perdón cristiano.

En una celda sin ventanas «Durante mi larga tribulación de nueve años de aislamiento en una celda sin ventanas –contaba el propio Nguyên Van Thuân–, iluminado en ocasiones con luz eléctrica durante días enteros, o a oscuras durante semanas, sentía que me sofocaba por efecto del calor, de la humedad. Estaba al borde de la locura. Yo era todavía un joven obispo con ocho años de experiencia pastoral. No podía dormir. Me atormentaba el pensamiento de tener que abandonar la diócesis, de dejar que se hundieran todas las obras que había levantado para Dios. Experimentaba una especie de revuelta en todo mi ser».

Sólo Dios «Una noche, en lo profundo de mi corazón, escuché una voz que me decía: “¿Por qué te atormentas así? Tienes que distinguir entre Dios y las obras de Dios. Todo aquello que has hecho y querrías continuar haciendo: visitas pastorales, formación de seminaristas, religiosos, religiosas, laicos, jóvenes, construcción de escuelas, misiones para la evangelización de los no cristianos…, todo esto es una obra excelente, pero son obras de Dios, no son Dios. Si Dios quiere que tú dejes todas estas obras poniéndote en sus manos, hazlo inmediatamente y ten confianza en Él. Él confiará tus obras a otros, que son mucho más capaces que tú. Tú has escogido a Dios, y no sus obras”».

«Esta luz me dio una nueva fuerza, que ha cambiado totalmente mi manera de pensar y me ha ayudado a superar momentos que físicamente parecían imposibles de soportar. Desde aquel momento, una nueva paz llenó mi corazón y me acompañó durante trece años de prisión. Sentía la debilidad humana, pero renovaba esta decisión frente a las situaciones difíciles, y nunca me faltó la paz. Escoger a Dios y no las obras de Dios. Este es el fundamento de la vida cristiana, en todo tiempo».

«De este modo, comprendo que mi vida es una sucesión de decisiones, en todo momento, entre Dios y las obras de Dios. Una decisión siempre nueva que se convierte en conversión. La tentación del pueblo de Dios siempre consistió en no fiarse totalmente de Dios y tratar de buscar apoyos y seguridad en otro sitio. Esta es la experiencia que sufrieron personajes tan gloriosos como Moisés, David, Salomón…».

La Biblia habla claramente. Según el arzobispo vietnamita «esta fue la gran experiencia de los patriarcas, de los profetas, de los primeros cristianos, evocada en el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos en la que aparece en 18 ocasiones la expresión “por la fe” y una vez la expresión “con la fe”». Esta es también la clave de lectura que permite comprender la vida de tantos hombres y mujeres que en estos dos mil años de cristianismo han dado su vida hasta el martirio. Entre todos estos ejemplos, destacó el de María, mujer «que optó por Dios, abandonando sus proyectos, sin comprender plenamente el misterio que estaba teniendo lugar en su cuerpo y en su destino».

Respuesta al mundo de hoy «Escoger a Dios y no las obras de Dios: esta es la respuesta más auténtica al mundo de hoy, el camino para que se realicen los designios del Padre en nosotros, en la Iglesia, en la humanidad de nuestro tiempo. Es posible que quienes optan por Dios tengan que pasar por tribulaciones, pero aceptan perder los bienes con alegría, pues saben que poseen bienes mejores, que nadie les podrá quitar».

Después del arresto «Después de que me arrestaran en agosto de 1975, dos policías me llevaron en la noche de Saigón hasta Nhatrang, un viaje de 450 kilómetros. Comenzó entonces mi vida de encarcelado, sin horarios. Sin noches ni días. En nuestra tierra hay un refrán que dice: “Un día de prisión vale por mil otoños de libertad”. Yo mismo pude experimentarlo. En la cárcel todos esperan la liberación, cada día, cada minuto. Me venían a la mente sentimientos confusos: tristeza, miedo, tensión. Mi corazón se sentía lacerado por la lejanía de mi pueblo. En la oscuridad de la noche, en medio de ese océano de ansiedad, de pesadilla, poco a poco me fui despertando: “Tengo que afrontar la realidad. Estoy en la cárcel. ¿No es acaso este el mejor momento para hacer algo realmente grande? ¿Cuántas veces en mi vida volveré a vivir una ocasión como ésta? Lo único seguro en la vida es la muerte. Por tanto, tengo que aprovechar las ocasiones que se me presentan cada día para cumplir acciones ordinarias de manera extraordinaria”».

«En las largas noches de presión, me convencí de que vivir el momento presente es el camino más sencillo y seguro para alcanzar la santidad. Esta convicción me sugirió una oración: “Jesús, yo no esperaré, quiero vivir el momento presente llenándolo de amor. La línea recta está hecha de millones de pequeños puntos unidos unos a otros. También mi vida está hecha de millones de segundos y de minutos unidos entre sí. Si vivo cada segundo la línea será recta. Si vivo con perfección cada minuto la vida será santa. El camino de la esperanza está empedrado con pequeños momentos de esperanza. La vida de la esperanza está hecha de breves minutos de esperanza. Como tú Jesús, quien has hecho siempre lo que le agrada a tu Padre. En cada minuto quiero decirte: Jesús, te amo, mi verdad es siempre una nueva y eterna alianza contigo. Cada minuto quiero cantar con toda la Iglesia: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo…».

Mensajes escritos en un calendario «En los meses sucesivos, cuando me tenían encerrado en el pueblo de Cay Vong, bajo el control continuo de la policía, día y noche, había un pensamiento que me obsesionaba: “¡El pueblo al que tanto quiero, mi pueblo, se ha quedado como un rebaño sin pastor! ¿Cómo puedo entrar en contacto con mi pueblo, precisamente en este momento en el que tienen tanta necesidad de un pastor?”. Las librerías católicas habían sido confiscadas; las escuelas cerradas; los maestros, las religiosas, los religiosos desperdigados; algunos habían sido mandados a trabajar a los campos de arroz, otros se encontraban en las “regiones de nueva economía” en las aldeas. La separación era un “shock” que destruía mi corazón».

«Yo no voy a esperar –me dije–. Viviré el momento presente, llenándolo de amor. Pero, ¿cómo?». Una noche lo comprendí: “François, es muy sencillo, haz como san Pablo cuando estaba en la cárcel: escribe cartas a las comunidades”. Al día siguiente, en octubre de 1975, con un gesto pude y llamar a un niño de cinco años, que se llamaba Quang, era cristiano. «Dile a tu madre que me compre calendarios viejos». Ese mismo día, por la noche, en la oscuridad, Quang me trajo los calendarios y todas las noches de octubre y de noviembre de 1975 escribí a mi pueblo mi mensaje desde el cautiverio. Todas las mañanas, el niño venía para recoger las hojas y se las llevaba a su casa. Sus hermanos y hermanas copiaban los mensajes. Así se escribió el libro “El camino de la esperanza”, que ahora ha sido publicado en once idiomas».

Monseñor Van Thuân no lo dijo, sus pensamientos pasaron de mano en mano entre los vietnamitas. Eran trozos de papel que salieron del país con los «boat people» que huían de la dictadura comunista.

El camino hacia la santidad «Cuando salí, recibí una carta de la Madre Teresa de Calcuta con estas palabras: “Lo que cuenta no es la cantidad de nuestras acciones, sino la intensidad del amor que ponemos en cada una”. Aquella experiencia reforzó en mi interior la idea de que tenemos que vivir cada día, cada minuto de nuestra vida como si fuera el último; dejar todo lo que es accesorio; concentrarnos sólo en lo esencial. Cada palabra, cada gesto, cada llamada por teléfono, cada decisión, tienen que ser el momento más bello de nuestra vida. Hay que amar a todos, hay que sonreír a todos sin perder un solo segundo».

Tomado de Zenit, ZS00031301 y ZS00031401 Testigos de esperanza Cuando en 1975 me metieron en la cárcel, se abrió camino dentro de mí una pregunta angustiosa: ” ¿Podré seguir celebrando la Eucaristía?”. Fue la misma pregunta que más tarde me hicieron los fieles. En cuento me vieron, me preguntaron: “¿Ha podido celebrar la Santa misa?”.

En el momento en que vino a faltar todo, la Eucaristía estuvo en la cumbre de nuestros pensamientos: el pan de vida. “Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne por la villa del mundo” (Jn 6, 51).

¡Cuántas veces me acordé de la frase de los mártires de Abitene (s. IV), que decían: Sine Dominico non possumus! “¡No podemos vivir sin la celebración de la Eucaristía! “.

En todo tiempo, y especialmente en época de persecución, la Eucaristía ha sido el secreto de la villa de los cristianos: la comida de los testigos, el pan de la esperanza.

Eusebio de Cesarea recuerda que los cristianos no dejaban de celebrar la Eucaristía ni siquiera en medio de las persecuciones: “Cada lugar donde se sufría era para nosotros un sitio para celebrar…, ya fuese un campo, un desierto, un barco, una posada, una prisión…”. El Martirologio del siglo XX está lleno de narraciones conmovedoras de celebraciones clandestinas de la Eucaristía en campos de concentración. ¡Porque sin la Eucaristía no podemos vivir la vida de Dios! “En memoria mía” En la última cena, Jesús vive el momento culminante de su experiencia terrena: la máxima entrega en el amor al Padre y a nosotros expresada en su sacrificio, que anticipa en el cuerpo entregado y en la sangre derramada.

Él nos deja el memorial de este momento culminante, no de otro, aunque sea espléndido y estelar, como la transfiguración o uno de sus milagros. Es decir, deja en la Iglesia el memorial presencia de ese momento supremo del amor y del dolor en la cruz, que el Padre hace perenne y glorioso con la resurrección. Para vivir de Él, para vivir y morir como Él.

Jesús quiere que la Iglesia haga memoria de El y viva sus sentimientos y sus consecuencias a través de su presencia viva. “Haced esto en memoria mía” (cf. I Co 11, 25).

Vuelvo a mi experiencia. Cuando me arrestaron, tuve que marcharme enseguida, con las manos vacías. Al día siguiente me permitieron escribir a los míos, para pedir lo más necesario: ropa, pasta de dientes… Les puse: “Por favor, enviadme un poco de vino como medicina contra el dolor de estómago”. Los fieles comprendieron enseguida.

Me enviaron una botellita de vino de misa, con la etiqueta: “medicina contra el dolor de estómago”, y hostias escondidas en una antorcha contra la humedad.

La policía me preguntó: –¿Le duele el estómago? –Sí.

–Aquí tiene una medicina para usted.

Nunca podré expresar mi gran alegría: diariamente, con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano, celebré la misa. ¡Éste era mi altar y ésta era mi catedral! Era la verdadera medicina del alma y del cuerpo: “Medicina de inmortalidad, remedio para no morir, sino para vivir siempre en Jesucristo”, como dice Ignacio de Antioquía.

A cada paso tenía ocasión de extender los brazos y clavarme en la cruz con Jesús, de beber con él el cáliz más amargo. Cada día, al recitar las palabras de la consagración, confirmaba con todo el corazón y con toda el alma un nuevo pacto, un pacto eterno entre Jesús y yo, mediante su sangre mezclada con la mía. ¡Han sido las misas más hermosas de mi vida! Quien come de mí vivirá por mí Así me alimenté durante años con el pan de la vida y el cáliz de la salvación.

Sabemos que el aspecto sacramental de la comida que alimenta y de la bebida que fortalece sugiere la vida que Cristo nos da y la transformación que él realiza: “El efecto propio de la Eucaristía es la transformación del hombre en Cristo”, afirman los Padres. Dice León Magno: “La participación en el cuerpo y la sangre de Cristo no hace otra cosa que transformarnos en lo que tomamos”. Agustín da voz a Jesús con esta frase: “Tú no me cambiarás en ti, como la comida de la carne, sino que serás transformado en mí”. Mediante la Eucaristía nos hacemos ?como dice Cirilo de Jerusalén? “concorpóreos y consanguíneos con Cristo”. Jesús vive en nosotros y nosotros en Él, en una especie de “simbiosis” y de mutua inmanencia: Él vive en mí, permanece en mí, actúa a través de mí.

La Eucaristía en el campo de reeducación Así, en la prisión, sentía latir en mi corazón el corazón de Cristo. Sentía que mi vida era su vida, y la suya era la mía.

La Eucaristía se convirtió para mí y para los demás cristianos en una presencia escondida y alentadora en medio de todas las dificultades. Jesús en la Eucaristía fue adorado clandestinamente por los cristianos que vivían conmigo, como tantas veces ha sucedido en los campos de concentración del siglo XX.

En el campo de reeducación estábamos divididos en grupos de 50 personas; dormíamos en un lecho común; cada uno tenía derecho a 50 cm. Nos arreglamos para que hubiera cinco católicos conmigo. A las 21.30 había que apagar la luz y todos tenían que irse a dormir. En aquel momento me encogía en la cama para celebrar la misa, de memoria, y repartía la comunión pasando la mano por debajo de la mosquitera. Incluso fabricamos bolsitas con el papel de los paquetes de cigarrillos para conservar el Santísimo Sacramento y llevarlo a los demás. Jesús Eucaristía estaba siempre conmigo en el bolsillo de la camisa.

Una vez por semana había una sesión de adoctrinamiento en la que tenía que participar todo el campo. En el momento de la pausa, mis compañeros católicos y yo aprovechábamos para pasar un saquito a cada uno de los otros cuatro grupos de prisioneros: todos sabían que Jesús estaba en medio de ellos. Por la noche, los prisioneros se alternaban en turnos de adoración. Jesús eucarístico ayudaba de un modo inimaginable con su presencia silenciosa: muchos cristianos volvían al fervor de la fe. Su testimonio de servicio y de amor producía un impacto cada vez mayor en los demás prisioneros. Budistas y otros no cristianos alcanzaban la fe. La fuerza del amor de Jesús era irresistible.

Así la oscuridad de la cárcel se hizo luz pascual, y la semilla germinó bajo tierra, durante la tempestad. La prisión se transformó en escuela de catecismo. Los católicos bautizaron a sus compañeros; eran sus padrinos.

En conjunto fueron apresados cerca de 300 sacerdotes. Su presencia en varios campos fue providencial, no sólo para los católicos, sino que fue la ocasión para un prolongado diálogo interreligioso que creó comprensión y amistad con todos.

Así Jesús se convirtió –como decía Santa Teresa de Jesús– en el verdadero “compañero nuestro en el Santísimo Sacramento”. Un solo pan, un solo cuerpo. Y Jesús nos ha hecho ser Iglesia. “Porque uno solo es el pan, aun siendo muchos, un solo cuerpo somos, pues todos participamos del mismo pan” (1 Co 10, 17). He ahí la Eucaristía que hace a la Iglesia: el cuerpo eucarístico que nos hace Cuerpo de Cristo. O con la imagen joánica: todos nosotros somos una misma vid, con la savia vital del Espíritu que circula en cada uno y en todos (cf. Jn 15).

Sí, la Eucaristía nos hace uno en Cristo. Cirilo de Alejandría recuerda: “Para fundirnos en unidad con Dios y entre nosotros, y para amalgamarnos unos con otros, el Hijo unigénito… inventó un medio maravilloso: por medio de un solo cuerpo, su propio cuerpo, él santifica a los fieles en la mística comunión, haciéndolos concorpóreos con él y entre ellos”.

Somos una sola cosa: ese “uno” que se realiza en la participación en la Eucaristía”. El Resucitado nos hace “uno” con Él y con el Padre en el Espíritu. En la unidad realizada por la Eucaristía y vivida en el amor recíproco, Cristo puede tomar en sus manos el destino de los hombres y llevarlos a su verdadera finalidad: un solo Padre y todos hermanos.

Padre nuestro, pan nuestro Si tomamos conciencia de lo que realiza la Eucaristía, ésta nos hace enlazar inmediatamente las dos palabras de la oración dominical: “Padre nuestro” y “pan nuestro”. Da testimonio de ello la Iglesia de los orígenes: “Se mantenían constantes… en la fracción del pan”, narran los Hechos de los Apóstoles (2, 42). E indican su reflejo inmediato: “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo lo tenían en común” (Hch 4, 32).

Si Eucaristía y comunión son dos caras inseparables de la misma realidad, esta comunión no puede ser únicamente espiritual. Estamos llamados a dar al mundo el espectáculo de comunidades donde se tenga en común no sólo la fe, sino que se compartan verdaderamente gozos y penas, bienes y necesidades espirituales y materiales.

El ministerio que desarrollo dentro de la Curia Romana al servicio de la justicia y de la paz me hace especialmente sensible a esta instancia. Urge testimoniar que el cuerpo de Cristo es verdaderamente “carne para la vida del mundo”.

Todos sabemos cómo, en los dos siglos que acaban de pasar, muchas personas que sentían la exigencia de una verdadera justicia social, al no hallar en el ámbito cristiano un testimonio claro y fuerte, han recurrido a falsas esperanzas. Y todos nosotros hemos asistido a verdaderas tragedias, bien sólo escuchando hablar de ellas, bien pagando personalmente.

En nuestros días el problema social no ha disminuido en absoluto. Desgraciadamente, gran parte de la población mundial sigue viviendo en la miseria más inhumana. Se está caminando hacia la globalización en todos los campos, pero esto puede agravar más que resolver los problemas. Falta un auténtico principio unificador, que una, valorando y no masificando a las personas. Falta el principio de la comunión y de la fraternidad universal: Cristo, pan eucarístico que non hace uno en él y non enseña a vivir según un estilo eucarístico de comunión.

Los cristianos estamos llamados a dar esta aportación esencial. Lo entendieron muy bien los cristianos de los primeros siglos. Leemos en la Didaché: “Pues si sois copartícipes en la inmortalidad, ¿cuánto más en los bienes corruptibles?”. Juan Crisóstomo exhorta a estar atentos a la presencia de Cristo en el hermano cuando celebramos la Eucaristía: “Aquel que dijo: “Esto es mi cuerpo”… v que os ha garantizado con su palabra la verdad de las cosas, ha dicho también: lo que os hayáis negado a hacerle al más pequeño, me lo habéis negado a mí”. Consciente de ello, Agustín había construido en Hipona una “domus caritatis” cerca de su catedral. Y san Basilio había creado una ciudadela de la caridad en Cesarea. Afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: “La Eucaristía entraña un compromiso en favor de los pobres: Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros, debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos (cf. Mt 25, 40)”.

Pero la función social de la Eucaristía va más allá. Es necesario que la Iglesia que celebra la Eucaristía sea también capaz de cambiar las estructuras injustas de este mundo en formas nuevas de socialidad, en sistemas económicos donde prevalezca el sentido de la comunión y no del provecho.

Pablo VI acuñó este estupendo programa: “Hacer de la mina una escuela de profundidad espiritual y una tranquila pero comprometida palestra de sociología cristiana”.

Jesús, Pan de vida, impulsa a trabajar para que no falte el pan que muchos necesitamos todavía: el pan de la justicia y de la paz, allá donde la guerra amenaza y no se respetan los derechos del hombre, de la familia, de los pueblos; el pan de la verdadera libertad, allí donde no rige una justa libertad religiosa para profesar abiertamente la propia fe; el pan de la fraternidad, donde no se reconoce y realiza el sentido de la comunión universal en la paz y en la concordia; el pan de la unidad entre los cristianos, aún divididos, en camino para compartir el mismo pan y el mismo cáliz.

Tomado de www.unav.es/capellaniauniversitaria Las citas son de Testigos de esperanza, de Nguyen van Thuan, Edit. Ciudad Nueva, 2000 Convirtió a sus carceleros Tras la muerte del cardenal Van Thuan, testigo de fe en Vietnam, su amigo, el Nuncio del Papa en España, monseñor Monteiro de Castro, describe en este artículo nuevos datos sobre este gran hombre. Escribir sobre un obispo que ha entregado su vida por la Iglesia, pasando trece años en la cárcel y logrando transmitir la fe en Cristo a sus propios carceleros, no es tarea fácil. Muchos son los recuerdos que se asoman a mi mente, de los años vividos trabajando codo a codo, sobre todo para ayudar a tantos miles de hermanos nuestros golpeados por la terrible tragedia de la guerra, en Vietnam. El cardenal Francisco Javier Nguyên Van Thuân, nacido en 1928, provenía de una ilustre familia de hondas raíces cristianas, que había pagado ya con la sangre, en precedentes generaciones, su fidelidad a la Iglesia. Ingresó a los diez años en el Seminario y a los 25, en 1953, fue ordenado sacerdote y enviado a Roma a proseguir sus estudios hasta el año 1959.

Desarrolló una intensa labor sacerdotal en su diócesis de Huê, hasta que el Papa Pablo VI le nombró, en 1967, obispo de Nha Trang, de cuya diócesis fue Pastor celoso y prudente. Tuve la dicha de conocer a monseñor Van Thuân en 1972 en Saigón, donde fui enviado como secretario de la Delegación Apostólica en Vietnam y Camboya.

Bombas y muerte Por aquel entonces, la fuerza brutal de las armas dejaba sus huellas de muerte y destrucción en las poblaciones de Vietnam, tan tranquilas como inocentes. Millares de familias las que sobrevivían a los bombardeos y a las acciones bélicas huían, dejando sus casas, la tierra que cultivaban, los sencillos negocios que les permitían una vida digna. Otras regresaban de Camboya, donde la vida se les había hecho imposible.

¿Qué hacer para sanar tantas heridas? Darles una mano: conseguirles tierras en regiones no afectadas por los combates, transporte, ayudarles a construir casas o reconstruir aldeas y ciudades. Para todo ello se constituyó el Comité de Reconstrucción del Vietnam (COREV), del que fue nombrado presidente monseñor Van Thuân.

Allí se realizó una obra maravillosa en la que colaboraron agencias de ayuda de la Santa Sede, de la Iglesia y estatales, coordinadas con extraordinario dinamismo por monseñor Van Thuân, proporcionando alegría y esperanza a los pobres y a los que tanto sufrían. A unos 80 kilómetros al sur de Saigón nacieron aldeas donde, un año antes, sólo había selva. Una y otra vez pude constatar cómo lo primero que pedía la gente era un templo donde reunirse para orar. Y allí también estaba monseñor Van Thuân, para infundir esperanza cristiana.

Dada la situación crítica y la conveniencia de tener a monseñor Van Thuân en la capital, el 24 de abril de 1975, el Papa le nombró Arzobispo Coadjutor de Saigón. Nombramiento que él aceptó con su acostumbrada humildad. Era bien consciente de los peligros que entrañaba el nuevo cargo, por las relaciones con el Viet Cong que estaba ya a las puertas de Saigón y que una semana después se haría con la ciudad y con todo el país.

Trece años en la cárcel Monseñor Van Thuân, como todos los obispos, permaneció entonces en su puesto, junto al rebaño que el Señor le había confiado y que no podía abandonar. Empezaba así su calvario de 13 años de cárcel, del 15 de agosto de 1975 al 21 de noviembre de 1988, de los cuales nueve en régimen de aislamiento. Los diversos órganos de la Santa Sede intentaron, mediante diversas gestiones diplomáticas, conseguir que el gobierno de Hanoi liberara a este obispo injustamente encarcelado, sin proceso ni sentencia.

Durante la estancia en seis cárceles distintas su testimonio de bondad impresionó de tal modo a los mismos carceleros, que muchos llegaron a convertirse.

Liberado a finales de 1988, quedó bajo arresto domiciliario y tres años después, fue expulsado de Vietnam.

Fue para mí una enorme alegría poderlo ver de nuevo en Roma, donde empezó enseguida a trabajar para ayudar a tantos pueblos castigados por la miseria y la guerra, como presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz.

Best-Sellers El último tramo de su existencia terrena no fue menos fecundo que el de su apostolado en Vietnam y de su oblación tras las rejas de la cárcel, uniendo un servicio incansable e itinerante para los pobres y afligidos con la predicación, también desde las páginas de sus «best-sellers»: «El camino de la esperanza», «Cinco panes y dos peces», «Testigos de la esperanza», y con la cruz de la enfermedad que le iba poco a poco consumiendo. El cardenal Francisco Javier Nguyen Van Thuân ha sido una de las grandes figuras de nuestro tiempo. En su trayectoria ha sido un valiente testigo de los valores de arriba, que son los que dan sentido a nuestra vida. Y son los valores que el mundo de hoy necesita. Su testimonio de fidelidad al Señor y a la Iglesia, en medio de pruebas tan dramáticas, puede ayudar también al hombre y a la mujer de hoy a encontrar en Cristo el camino en medio de las dificultades de nuestra vida.

Tomado de La Razón, 9.X.02