Ignacio Aréchaga, “La religión en Harvard”, Aceprensa, 1.XI.06

La religión en Harvard y en la escuela española ¿Se puede ser un hombre o una mujer educados hoy día sin tener conocimientos religiosos? En una universidad de elite como Harvard se lo acaban de plantear ante una reforma del plan de estudios. En la escuela pública española, que no destaca precisamente por su excelencia, parece que lo moderno es mantener las mentes de los alumnos lo más alejadas posible de la cultura religiosa. Continúa leyendo Ignacio Aréchaga, “La religión en Harvard”, Aceprensa, 1.XI.06

Juan Domínguez, “El Papa, la razón y el islam”, Aceprensa, 20.IX.06

¿Qué ha pasado para que el discurso más académico de Benedicto XVI en su visita a Baviera, pronunciado en la Universidad de Ratisbona, haya despertado un inesperado aluvión de críticas de portavoces musulmanes? Como suele ocurrir en estos casos, las primeras críticas suelen transmitir una idea simplificada –el Papa habría dicho que el islam es una religión violenta–, y los que vienen detrás se limitan ya a atacar a quien ha pronunciado tal «ofensa», sin preocuparse de conocer el texto y el contexto original.

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Andrés Ollero, “Tolerancia de vía única”, Aceprensa, 30.VIII.06

Andrés Ollero, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Rey Juan Carlos (Madrid), comenta cómo, con los dogmas políticamente correctos, se coarta la libertad de expresión en nombre de la tolerancia (“ABC”, 22 agosto 2006).

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Juan Luis Lorda, ¿Es relativa la moral?, Nuestro Tiempo, I.06

¿Es relativa la moral? Gran parte de nuestros contemporáneos contestarían que sí, sin dudarlo y sin pensarlo. Y por relativa entenderían “opinable”. Creen sinceramente que la moral está sujeta a los gustos de cada uno. Otros contestarían que no, que la moral es inmutable. Y con esto querrían decir que los preceptos de la moral son iguales para todos los hombres de todos los tiempos. Son posiciones poco compatibles, desde luego. Unos creen que la moral es subjetiva, que se fundamenta en los propios gustos o decisiones; otros creen que la moral es objetiva, que se fundamenta en la realidad de las cosas.

Los escolásticos medievales pensaban que, cuando hay opiniones contrapuestas sobre un tema, es preciso distinguir para dar a cada uno la razón que tiene. Porque la gente suele apoyarse en alguna razón y hay que concedérsela. Es lo que vamos a intentar.

Lo relativo del Everest Relativo es, de entrada, una palabra tremenda. Porque es exactamente lo contrario que “absoluto”. Y Absoluto, en la historia de la filosofía, es una palabra que se reserva para Dios o para lo divino o para el Todo. Lo demás, por comparación, es siempre relativo.

La idea del Absoluto implica, entre otras cosas, que si pudiéramos llegar a conocerlo bien, sólo podría ser pensado de una manera. En esto se basa, en parte, el famoso argumento ontológico de San Anselmo. En cambio, todas las cosas que no son el Absoluto pueden ser pensadas de otra manera: podrían no existir o existir de otra forma.

Se puede pensar el mundo de muchas maneras. Tolkien ha pensado un mundo fantástico con elfos, orcos y hobbits; y este mundo podría haber existido. Nada lo impide. Y podrían imaginarse otros, cada uno con sus reglas. En nuestra imaginación, cabe un número infinito de mundos. En la misma medida, podría haber infinitas morales.

Si estuviésemos hechos de una substancia esponjosa, podría ser un gran gesto de aprecio con los ancianos vapulearlos con una estaca, si eso estimulara la circulación y rejuveneciera los tejidos. El mundo y la especie humana podrían ser así. Pero, de hecho, no son así. Vapulear a los ancianos con una estaca les produce mucho daño y, en consecuencia, es objetivamente una crueldad, además de una injusticia. Podría ser de otro modo, pero no es de otro modo.

Esto hay que subrayarlo porque está en la base de casi todas las confusiones. Siempre podemos pensar la realidad y la moral de otro modo. En este sentido, la moral es relativa.

También, en ese sentido, el Everest es relativo. Podría tener más metros de los que tiene (8848) o, quizá, tener menos. Dentro de unos mínimos de coherencia, ninguna razón impide que acabara en tres picos o en ocho, en aristas o en formas redondeadas. Nada impide que estuviera unos kilómetros más a la derecha o más a la izquierda. Es relativo. Siempre podemos imaginarlo de otra manera Claro es que, si tuviéramos que viajar en avión, mediríamos bien las distancias. Porque, aunque podamos imaginarlo de otro modo, el Everest está donde está y no se puede pasar por en medio.

Quien conozca bien la tercera vía de Santo Tomás de Aquino y la moral kantiana, podrá añadir por su cuenta interesantes precisiones. Pero como no son necesarias para la substancia del argumento y son difíciles, no las vamos a desarrollar. De momento, basta con decir que la moral, como todo lo relativo, dentro de unos mínimos de coherencia, puede ser siempre pensada de otra manera. Con esto damos razón a los que creen que pueden imaginarse una moral distinta. Siempre pueden hacerlo. Pero sucede como con el Everest: es preferible descubrir el que existe.

El umbral de la experiencia moral En un famoso pasaje de la Etica a Nicómaco, Aristóteles analiza los motivos de las acciones humanas. Y dice que pueden ser tres: obramos buscando el placer, buscando lo que es conveniente, o porque es hermoso obrar así. También obramos por sus contrarios: para evitar el dolor, lo que es inconveniente o lo que nos parece repugnante. Aunque hay algunas variantes en su interpretación, esta clasificación nos da una pista sobre la experiencia moral.

Desde luego, muchas de nuestras acciones tienen como motivo el placer. Obramos porque nos apetece y buscando darnos gusto. En otros casos, buscamos un provecho o una ventaja para nosotros. Y también hacemos cosas porque nos parece que hay que hacerlas (deberes y obligaciones). Nos parece hermoso obrar de esta manera e indigno obrar de otra (ideales de conducta). En estas distinciones se juega lo que es la moral.

Hay un umbral muy claro. Mientras el motivo de nuestras acciones sea sólo el propio placer y la propia ventaja, no estamos dentro de la experiencia moral. Nos falta el aspecto más importante. Por eso, el utilitarismo es tan insuficiente como proyecto para una ética personal. Puede ayudar a razonar los mínimos de la convivencia política y, en algunos casos, las responsabilidades morales, pero el cálculo de las ventajas no permite construir una moral que sirva para guiar personas. Las encierra en el egoísmo. Desde este punto de vista, las morales que cada uno puede inventarse en relación con sus gustos y aspiraciones, no son en realidad, morales. Porque no cuentan con los resortes morales. Sólo pueden ser disfraces de moral.

La existencia de la moral se juega precisamente en experimentar y reconocer que existen más móviles que el cálculo egoísta (personal o colectivo) de los propios placeres e intereses. Cuando se admite que las situaciones reclaman algo de nosotros, más allá de nuestros placeres e intereses, es cuando entramos en el campo de la moral. Cuando se percibe que hay una manera de actuar bella y digna del hombre y también una manera repugnante e indigna.

En realidad, a la mayor parte de la humanidad le parece indigno poner los propios placeres e intereses por encima de todo. Este egoísmo suele ser considerado por las personas normales no intelectuales, como la esencia de la inmoralidad. En cambio, sacrificar los propios placeres y los propios intereses en beneficio de otros, la generosidad y el altruismo, son considerados como la quintaesencia de la nobleza.

Lo primero es repugnante para el sentido moral ordinario y lo segundo suscita admiración. El bombero que se juega la vida por salvar al niño, el capitán que abandona el último el barco que se hunde, o los padres que sacrifican sus gustos por atender a sus hijos son considerados universalmente como conductas nobles, como ejemplos que hay que imitar, que hacen a la humanidad más digna y nos apartan de la ley de la selva. En estas cosas, hay un acuerdo prácticamente universal que no se basa en razones.

Naturalmente, cualquiera puede imaginar unas bases morales distintas; bien por el deseo de llevar la contraria al conjunto de la humanidad, que es una de las grandes pasiones intelectuales; o bien por justificar su egoísmo, que es una pasión muy común y no afecta sólo a los intelectuales. No se puede justificar teóricamente que el sacrificio sea noble y el egoísmo innoble. Siempre se puede negar intelectualmente. Es como el Everest.

Volvamos a nuestra pregunta inicial: ¿la moral es relativa? Ya hemos traspasado el umbral de la experiencia moral y nos hemos encontrado con un campo que tiene referencias bastante claras. Pero todavía serán más claras, si nos adentramos en este campo. Hace años traté a un excelente gestor y aprendí de él principios de gobierno tan sabios como éste: “si quieres no poder resolver un problema, generalízalo”. Y es cierto, cuando se generalizan las cuestiones, se pierde el control sobre ellas. Si la pregunta es si la moral es relativa, lo peor es generalizar, y lo mejor es que miremos el campo de la moral y pensemos honradamente qué parte puede ser relativa.

La moral tiene tres partes fundamentales. La que se refiere a la relación con los demás, que compendia los deberes de justicia y solidaridad. La que se refiere a la relación con uno mismo, al tenor o estilo de vida. Y la que se refiere a la sexualidad, matrimonio y familia. En estos tres apartados, se puede meter casi todo. ¿Qué parte es relativa? La parte más universal de la moral: la justicia y la solidaridad Como somos seres sociales y vivimos en sociedad, la parte más amplia de la moral se refiere a los demás y se concreta en los deberes de justicia y solidaridad. Esto es prácticamente el 80 o 90 por ciento de la moral. Y es la parte más ampliamente compartida de la moral.

La justicia tiene algo de necesidad matemática porque se basa en la equidad. En dar igual a los que son iguales. Y pedir por igual a los que son iguales. Como los seres humanos somos iguales en lo fundamental (en ser humanos), todas las relaciones humanas se basan en cierta equidad, en una correspondencia. Y esto se capta espontáneamente.

La justicia tiene una primera parte que se refiere al respeto que merecen los demás; al respeto de su persona, de su fama y de sus bienes. Y se compendia en una norma que se considera la regla de oro de la moral, y que encontramos por todas partes: “No hagas a otro lo que no quieres para ti”. Lo recomendaba Confucio (Lun-Yu 15,23; 12,2). Y C. S. Lewis, en su hermoso libro La abolición del hombre, ofrece una amplia lista de otras fuentes. Se trata de algo muy evidente, pero, como todo, podría ser oscurecido o ignorado teóricamente.

Un segundo campo de la justicia son los tratos entre particulares. Son justos cuando hay equilibrio y cuando se cumple lo pactado. También en este aspecto, hay un acuerdo espontáneo y universal. A Cicerón le parecía lo más elemental y obvio de la justicia y lo más necesario para el orden civil. No necesita que le dediquemos más tiempo.

Un tercer campo son las relaciones del particular con la sociedad o la comunidad humana. A esto se le llama “justicia distributiva”, a la que distribuye equitativamente -con una medida de igualdad- los beneficios y las cargas sociales entre los miembros de una sociedad. Como es sabido, la equidad no es la igualdad matemática. Pues es lógico atender más a los que más necesitan. Y pedir más a los que más pueden. La equidad es una exigencia constante de los pueblos para sus gobernantes. Pero también se puede observar en cualquier reparto que realice un grupo de niños.

Por último, están los deberes de solidaridad. Es decir la inclinación a ayudar al miembro de la sociedad que está necesitado. Este deber es reconocido espontáneamente en cualquier sociedad, porque forma parte de la dotación natural del ser humano, que, cuando está sano, siente compasión por sus semejantes y se pone en su lugar. La solidaridad está unida al sentimiento común de pertenencia. Por eso, a veces, se limita. a ayudar al cercano; y se excluye al esclavo o se odia al extranjero.

¿Hasta dónde tiene que llegar la solidaridad? En el fondo, es la pregunta del Evangelio: “¿quién es mi prójimo?” Jesucristo no dejó lugar a dudas: para un cristiano, es prójimo todo aquel que pasa a su lado. El precepto de “Amar al prójimo como a ti mismo” se extiende a todos los hombres porque todos son hijos de Dios. También está asumido en las legislaciones democráticas, que han tomado sus ideales de igualdad y fraternidad del legado cultural cristiano. E, independientemente del cristianismo, existe en muchas culturas donde se prescribe ser hospitalario con los forasteros y extranjeros (quizá es un indicio de su dificultad).

En otras culturas y otros momentos, se pueden observar restricciones de la solidaridad. Hemos mencionado ya la esclavitud. También la guerra. Es difícil ver que el enemigo es un prójimo. Y se han dado otros casos históricos. Los nazis, por ejemplo, hicieron una política basada en la desigualdad de personas y razas. También los jacobinos y los comunistas sacrificaron los derechos de las personas a los supuestos intereses del Estado. Pero no se trata de morales distintas, sino más bien de aberraciones teóricas que reprimen el sentido común moral. De todas formas, por los resquicios de la teoría, e incluso en medio de los horrores, se dejan ver los sentimientos humanitarios, que muestran la capacidad humana de ponerse en el lugar del otro. Hay muchos ejemplos hermosos que honran a la humanidad.

Los deberes de justicia y solidaridad cuentan con un reconocimiento prácticamente universal. Están en la base del reconocimiento de los derechos humanos. Y son, como hemos dicho, el 80 o 90 por ciento de la moral. Por tanto, es estadísticamente falso decir que la moral es relativa, en el sentido de que sea variable. Lo cierto es que casi toda la humanidad está de acuerdo en la mayor parte de la moral. Y niega violentamente (con policía y cárceles) que dependa de gustos particulares. Sólo se oponen teóricamente unos cuantos intelectuales y, prácticamente, unos cuantos canallas.

La parte más aristocrática de la moral: el dominio de sí (la virtud) A diferencia de la justicia, que, en su mayor parte, es muy intuitiva y evidente, la cuestión de cómo comportarse y qué tenor de vida llevar, es más compleja. Y tiene algo de subjetivo. Pues depende de la experiencia que se tenga.

Los jóvenes son sensibles a la autenticidad y a los ideales, y juzgan con mucho idealismo y radicalidad sobre la justicia. Pero son menos certeros sobre el tenor de vida que conviene llevar. La opinión juvenil sobre las diversiones y el alcohol, por ejemplo, no es un juicio moral. Sólo indica sus preferencias viscerales. Los jóvenes son muy pasionales, les enganchan las emociones fuertes o románticas y les falta experiencia de la vida. Pueden estar seguros de que el alcohol, la velocidad y la juerga son estupendos y llamarle a esto una opinión moral. Pero no lo es, porque no se basa en un juicio equilibrado sobre la realidad de las cosas, que apenas conocen. Tampoco es una opinión estable, porque va a cambiar con la experiencia.

Los jóvenes no perciben qué rastro puede dejar en sus vidas, en sus familias o en la sociedad una vida desarreglada, dada al alcohol, a las emociones fuertes o a la juerga. Les puede fascinar que uno se juegue la vida con un coche. Y no les causa pena ver a una persona borracha o drogada. Para que esto duela, hace falta haber aprendido a amar la dignidad y la conciencia humanas. Hace falta experiencia y años para saber qué construye y qué destruye. También hace falta experiencia de lo buena que es la sobriedad.

Cuando maduran, las personas saben más y juzgan mejor sobre lo que es bueno para la vida. Y si procuran vivir con rectitud, alcanzan la sabiduría. Es recto el que responde a lo que cree que exigen las cosas y no se deja desviar ni por el egoísmo ni por el miedo Muchas tradiciones culturales tienen esos hombres sabios como referencia (otras no). Y el destilado de la sabiduría universal sobre los ideales de la vida humana es muy concorde. Por debajo, se concentra en el ascetismo: en el ideal del dominio de sí y de la sobriedad. Por encima, se concentra en dedicar la vida a los grandes bienes de la contemplación de la verdad, de las artes o del servicio a la sociedad. Negarse a los instintos para poder servir a los grandes bienes. Los muchos sabios que ha tenido el mundo (Confucio, Buda, Sócrates, Platón, Aristóteles, Séneca, San Agustín, Juan Luis Vives, Gandhi, por ejemplo) no conciben que haya otras aspiraciones dignas de un hombre. Con palabras de Max Scheler, “el hombre es un animal ascético”. Sólo con renuncias, puede el hombre vivir a la altura de su espíritu.

Es un consenso universal, pero sólo entre los sabios. En estos asuntos, no todos juzgan igual. Tienen un sentido moral más profundo y más certero los mejores (aristos), los que reúnen experiencia y rectitud. Ya lo sabían los clásicos. Pero también Umberto Eco en su diálogo con el cardenal Martini: “La fuerza de una ética se juzga por el comportamiento de los santos, no por el de los ignorantes cuius deus venter est (cuyo dios es el vientre)”.

La moral personal no es democrática, sino aristocrática (de aristos). No es extraño. La ciencia tampoco es democrática; y el arte tampoco. Aunque todos valemos lo mismo como personas, no valemos lo mismo como sabios, como científicos o como escritores. Hay que respetar la conciencia de cada uno, pero la pretensión de que cada uno haga la moral a su gusto, es tan poco razonable como si hiciera la ciencia a su medida. No hay otro camino que aprender de los que saben, reunir experiencia personal y procurar ser recto, es decir juzgar con rectitud en lo propio, sin dejarse desviar ni por el egoísmo ni por el miedo.

En esta segunda parte, el problema no es que la moral sea variable, sino que es variable nuestro sentido y nuestra calidad moral. Una cosa es que, en la vida democrática, haya que respetar a todos y no meterse a juzgar vidas ajenas, y otra es que haya que fingir que no se sabe cómo funciona el egoísmo, cuánto importa el dominio de sí y qué noble es la generosidad, que son experiencias morales prácticamente universales.

La parte más compleja de la moral: la moral sexual Nos queda la tercera parte: la moral sexual. Aquí es donde hay más problemas. Cuando se dice que la moral es relativa, muchas veces es un eufemismo para justificar libertades sexuales. Los eufemismos están hechos para disimular la crudeza de la realidad y, desde luego, hacen más amable la convivencia, pero confunden el pensamiento. No se puede pensar bien con eufemismos: conviene destaparlos.

La moral sexual tiene algunos aspectos en común con las otras dos partes. Por ejemplo, en toda relación sexual con otra persona, hay aspectos de justicia, a veces, muy graves. Prometerse o tener un hijo genera obligaciones y deberes muy graves, que van mucho más allá que el capricho y la opinión personal. Como hemos visto, el conjunto de la humanidad considera repugnante al egoísta que pone sus placeres e intereses por encima de sus deberes con los demás. Abandonar una mujer o unos hijos sólo por enamorarse de otra persona es, por ejemplo, una evidente manifestación de egoísmo a la vez que una grave injusticia. Aunque se puede entender que, después de hacerlo, alguien quiera construir una moral nueva.

En la sexualidad también hay aspectos de dominio de sí, que tienen que ver con la segunda parte de la moral. Dejarse arrebatar por los caprichos sexuales es tan indigno y genera tantas injusticias y daños como dejarse conducir por la bebida o la droga. El placer sexual necesita ascetismo. Y mayor que otras cosas, precisamente porque tira más. También en esto el acuerdo de los sabios es prácticamente universal. Valga, como ejemplo, esta cita de Epicteto: ”En cuanto a los placeres sexuales, en lo posible, hay que conservarse puro antes de la boda y al unirse, compartir el gusto legítimo” (Enchiridion 33,8).

El placer y la pasión sexual es, muchas veces, lo más aparatoso de la sexualidad. Y tiene su dignidad y su función. Pero es el aspecto menos importante. Si no se pone en su sitio, no se puede hacer una moral sexual. Porque no se puede superar un planteamiento egoísta. Hay que situarlo en su marco real.

Por el lado biológico, la sexualidad tiene que ver con algo tan importante como la reproducción. En el plano personal, tiene que ver con el amor conyugal y con lo que es la familia, como relación de personas. En el plano social, afecta directamente al bien común, porque siempre pone en juego el futuro de la sociedad. Estas cuatro dimensiones (biología, amor conyugal, familia, sociedad) componen su marco real. Y no son imaginaciones.

No es posible describir en unos pocos párrafos la moral sexual. Pero se puede trazar sus líneas principales, partiendo de este marco. La primera referencia es la verdad biológica, natural y ecológica del sexo. Los órganos masculino y femenino tienen una complementariedad y hay una manera natural y ecológica de usar el sexo; y todas las demás no lo son. Claro es que se puede imaginar y defender que lo son, pero el hecho es que no lo son. El orden natural y ecológico de la sexualidad es tan opinable como el del aparato digestivo. No hace falta ser biólogo para darse cuenta. Usar del sexo sin respetar esta ordenación es privar de sentido biológico a la sexualidad y, en esa misma medida, es antinatural e inmoral. Es tan antinatural y tan inmoral como comer para producirse placer y luego vomitar.

La segunda referencia es la verdad del amor humano, por llamarla así. El amor entre varón y mujer no es un amor entre cuerpos, sino entre personas que se comprometen mutuamente. Siempre han existido otras fórmulas, para desfogar la pasión sexual, sin necesidad de trato personal ni compromiso de amor. Muchos animales lo viven así y el hombre puede imitarlos. Pero hay una relación entre varón y mujer donde el sexo es expresión de una entrega, de unas promesas de amor que quieren ser eternas: eso es el amor conyugal. Un amor que aspira y supone -por sí mismo- un compromiso de fidelidad. Todos los quebrantos románticos no hacen más que ponerlo de relieve. Manifiestan la belleza y fuerza de ese ideal, y también su dificultad.

No hace mucho, el cantante Robbie Williams, declaraba: “Nunca he estado con una mujer porque me gustara, sino porque me sentía solo. Ser yo mismo y entregarme a alguien era algo impensable. Me faltaba la autoestima necesaria para eso. Pensaba que si una mujer se enamoraba de mí, es que no valdría la pena. Cuando hace cinco años dejé las drogas y me apunté a Alcohólicos anónimos, me prometí involucrarme en una relación sólo cuando me viera capaz de ofrecer lo que una compañera pudiera esperar de mí: sinceridad y fidelidad” (XLSemanal, 20. XI, 05, 26). Lo que Robbie quiere al sentirse sano es el ideal. Lo otro no lo era. Hay que desear que lo logre, aunque el punto de partida no sea muy prometedor.

La tercera referencia es la familia: los deberes y alegrías de la paternidad y maternidad; y la convivencia entre padres e hijos. Como es experiencia universal, en este contexto se producen, muchas veces, las relaciones humanas más intensas y duraderas que existen. Las muchas tragedias personales que surgen cuando no funciona muestran qué nivel humano tan hondo alcanzan. También manifiestan qué importantes deberes de justicia están implicados y qué esfuerzo conviene hacer para que conseguir que funcione.

La cuarta referencia es el beneficio social. Todo lo que se diga es poco. Desgraciadamente, el tema de la familia está tan artificialmente privatizado en nuestra cultura, que se considera de mal gusto poner de relieve cuánto depende de ella la salud y el futuro de una sociedad. La familia es un ámbito educativo, un lugar de acogida y asistencia social y un núcleo económico, que motiva el trabajo, capitaliza el ahorro, crea y estabiliza empresas y transmite experiencia profesional. Hay que ponerse a hacer cuentas para saber con qué se juega. En la vida social, puede ser necesario tolerar errores y quiebras, y buscarles algún remedio, pero sería un error desconocer cuál es el ideal que hay que primar y proteger.

La moral cristiana, que es una moral revelada por Cristo, se planta directamente en el ideal con todos sus rasgos: pide un matrimonio de uno con una y para siempre; un uso sexual que respete el orden natural y biológico; y una atención entregada a los hijos hasta su madurez. Ha aportado históricamente una gran claridad al tema y es un punto de referencia incluso para los que no creen. Hay una gran experiencia de los muchos bienes que de aquí se derivan. También hay experiencia de que el amor conyugal es exigente y, muchas veces, heroico. Pero es que no se trata de un juego. Tiene dificultades serias y, para que salga bien, hay que invertir mucho tiempo, mucha dedicación y mucho cariño. Esa es la receta. Con menos no sale. Y en estos temas, cuanto más egoísmo, peor.

El sexo se puede sentir como un impulso privado y un derecho al goce personal, pero tiene el marco natural que hemos descrito. Intentar hacer una moral sin tenerlo en cuenta es como imaginarse el Everest en otro lugar.

Variantes y deformaciones de la moral Hemos visto en qué parte tan grande la moral es universal. Y qué bases tan claras tiene. Hay que reconocer también que se dan algunas variantes históricas en los usos morales. Esto se debe a distintas causas. La moral depende de la percepción de la realidad. Y, esto viene condicionado en parte por las tradiciones culturales. Cada uno ve con sus ojos, pero juzga la realidad también con las categorías que le han enseñado.

Como hemos dicho, los ideales de justicia son bastante evidentes. Pero el odio racial puede oscurecer el sentimiento de igualdad. Y unas condiciones muy duras de supervivencia pueden generar costumbres sociales muy crueles, especialmente con los más débiles (enfermos, ancianos, esclavos, prisioneros). Además, por lo mismo que hay personas egoístas y violentas, hay sociedades con distintos grados de egoísmo y violencia. Y esto lo transmiten a sus miembros.

Las necesidades de la supervivencia, la necesidad de conservar el orden social y la experiencia de la vida suelen imponer en cualquier sociedad criterios de justicia, moderación personal y disciplina sexual bastante rígidos. Ninguna sociedad puede sobrevivir, por ejemplo, con una indisciplina sexual generalizada. Los hijos son un bien de primer orden para los padres y para la sociedad. Es la razón de que, por todas partes, en las sociedades estables, se observen unas leyes sexuales tan rígidas, aunque haya algunas variantes y, por supuesto, transgresiones. Es que están en juego bienes muy reales, con reglas muy reales también.

Nuestra sociedad ha alcanzado unos niveles de sensibilidad moral muy altos en justicia y solidaridad. Nunca ha resultado tan clara y tan respetada esta parte de la moral. Es un gran éxito que hay que valorar, aunque luego mencionaremos algunas dolorosas incoherencias.

En lo que se refiere al estilo de vida, nuestra cultura se ha convertido en una sociedad de consumo, dominada por la presión publicitaria, que es tan ubicua como la atmosférica, y combate directamente los ideales de una vida sobria. Nuestra sociedad admira esos ideales (en monjes, en fáquires, en misioneros o en voluntarios de ONGs), pero, desde luego, no se los propone. Por eso, es incapaz de educar a sus jóvenes. Nadie se atreve a pedirles sacrificios, que es el entrenamiento más elemental de la vida moral: poner los deberes por encima de los gustos. Más bien, se les tiene envidia (poder gozar de todo siendo jóvenes y sin obligaciones) y padecemos un “Complejo de Peter Pan” colectivo.

La moral sexual es el aspecto más alterado. En nuestra sociedad, se ha producido una revolución sin precedentes, que no se debe desde luego al progreso moral, sino más bien a sencillas posibilidades técnicas que separan los placeres sexuales de sus consecuencias naturales. La “píldora” y otros medios han quitado su gravedad (y su sentido natural) a las relaciones sexuales. Esto ha provocado una “sexualización” generalizada (del que es un testimonio la pornografía) y una trivialización de las costumbres sexuales. Sólo después se han intentado hacer nuevas morales donde cupieran los hechos, pero no caben.

En realidad, el marco natural y moral de la sexualidad no ha variado: sus cuatro aspectos son los mismos; y la felicidad personal y el futuro de las sociedades sigue dependiendo, en altísima medida, de las familias. La realidad es como es. El amor libre y los sistemas de cría alternativos a la familia ya han sido probados, con pésimos resultados, por los totalitarismos del siglo XX. Y es evidente que una sociedad de viejos verdes solteros (VVS) no tiene ningún futuro.

La presión sexual ha hecho más inestable el vínculo familiar. Y ha oscurecido los deberes de justicia que están en juego respecto a los hijos y cónyuges. Los partidos radicales (lo que queda de la izquierda y mucha parte de la derecha) siguen promoviendo el divorcio. Y han puesto los derechos (y caprichos sexuales) del individuo por encima del vínculo familiar, de los derechos del otro cónyuge y de los derechos de los hijos a la permanencia del hogar (que es un derecho que existe, teniendo presentes los daños que sufren cuando se destruye). Pero esto tampoco es una moral nueva. No es que hayan descubierto con más claridad nuevas exigencias morales, sino que la presión del egoísmo sexual ha atropellado otros valores más importantes, pero más indefensos.

También se ha producido un grave oscurecimiento sobre el valor de la vida. Los medios anticonceptivos han facilitado la promiscuidad, pero no siempre impiden el curso natural de la sexualidad. Esto produce muchos hijos no deseados y en condiciones anómalas. La presión para quitárselos de encima ha originado una de las alteraciones más dolorosas del sentido moral público. Mientras que el hijo nacido es un bien de interés general y un ciudadano protegido por la ley, la presión sexual ha conseguido dejar desprotegido al no nacido. Así en España, por pura presión, la legislación considera el aborto como un crimen no perseguible en algunos supuestos, y en la práctica sanitaria, quitarse un hijo es casi como quitarse una berruga.

Cuando, en este contexto, se defiende que cada uno tiene su moral, es un eufemismo. No es que exista un gran debate moral y las alternativas apasionen porque se desea acertar. Más bien es lo contrario. Prima la práctica. Detrás no hay una nueva moral, sino ninguna moral. Nadie abandona a su mujer, aborta o practica la promiscuidad sexual porque haya descubierto una nueva moral. Sino porque ha perdido o no ha tenido nunca las referencias morales de la sexualidad. Muchas veces, no es culpa suya, nadie le ha enseñado otra cosa. La misma sociedad que trivializa el sexo puede dejar sola a una chica con su problema y facilitarle sólo la salida más triste.

Conclusión Es una tentación hipócrita hacer morales a la medida de los hechos. “Cuando el corazón se entrega al placer que seduce, la razón se abandona al error que justifica”. Es Cicerón (De natura deorum I, 54). Son los hechos los que tienen que acomodarse a la moral y no se puede construir una moral partiendo de la defensa del egoísmo. La prueba de fuego de toda moral es, precisamente, el sacrificio del interés personal en aras de lo que vale más. Lo contrario es la definición misma de inmoralidad Como vemos, la distorsión mayor de nuestra cultura se da en la moral sexual y, en menor medida, en los ideales de vida. Son la parte más “privada” de la moral. En cambio, como hemos dicho, nuestra sociedad tiene mayor sensibilidad moral sobre las cuestiones de justicia. Esa es la razón de que tantas veces se oiga decir que cada uno tiene su moral. Pero, en realidad, no se comprueba que existan otras morales. Sino sólo que existen otras conductas.

La convivencia social exige respetar a los demás, y tolerar la diferencia de opiniones. También hay que respetar el ámbito privado de la vida, mientras no dañe al bien común. Pero no hay porqué aceptar que cualquier cosa sea una moral. El pensamiento tiene una vida pública y es un gran servicio proponer y juzgar lo que se propone.

Aquí, sin ofender a nadie, hemos pensado lo que es la moral y lo que no es la moral. Naturalmente, muchos puntos necesitarían mayor desarrollo. Habría que hablar sobre los tipos de fenómenos morales y la manera en que las exigencias morales se hacen presentes en la conciencia y cómo se forman las convicciones morales y cómo se comparten y transmiten en una sociedad. Pero, en unas pocas páginas, sólo se pueden trazar las líneas fundamentales.

Existe la mala costumbre intelectual de aprovechar la oscuridad de los límites para poner en duda el contenido entero de una cuestión. Esto pasa, frecuentemente en la moral. Basta descubrir un aspecto discutible o discutido, para declarar relativa y opinable toda la moral. Pero es como si se declarara irreal la pirámide de Keops porque se descubre que no es exáctamente una pirámide. La pirámide de la moral, con sus tres planos, la justicia, el ascetismo personal y el marco natural de la sexualidad, no es una imaginación que dependa del capricho de cada uno. Siendo menos visible que la pirámide de Keops o el Everest, es, sin embargo, mucho más real y con una influencia mucho mayor sobre la felicidad de las personas y el futuro de las sociedades.

Esto no es un discurso confesional. Lo puede compartir quien no tenga el don de la fe. Pero la fe añade seguridad. Porque confirma que, en el fondo de la realidad, hay un orden inteligente querido por Dios. Lo expresa hermosamente el sabio judío Filón de Alejandría (s. I). Al comentar el primer libro de la Biblia, el Génesis, que para los judíos piadosos forma parte de la Ley (la Torá), dice: “Este comienzo es más maravilloso de lo que pueda decirse, porque incluye el relato de la creación del mundo en el que está implícita la idea de que el mundo está en armonía con la Ley y la Ley con el mundo y que el hombre que respeta la Ley, en virtud de ese respeto, se convierte en ciudadano del mundo, por el solo hecho de que conforma sus acciones con la voluntad de la naturaleza por la que se gobierna el universo entero” (De Op. Mundi, I, 1-3).

El crucifijo en la escuela no viola la laicidad, Aceprensa, 8.III.06

El Consejo de Estado italiano, tribunal supremo en la jurisdicción administrativa, afirma en una sentencia publicada el 13 de febrero pasado que la presencia del crucifijo en las aulas de una escuela pública no es contraria a la laicidad. Resumimos la parte de la sentencia relativa al fondo del asunto.

El caso tiene su origen en el recurso de una madre finlandesa que invocaba el principio de la laicidad del Estado para que la escuela de Padua donde estudiaban dos hijos suyos retirara todos los símbolos religiosos. La sentencia del Consejo de Estado señala que, como ha definido el Tribunal Constitucional, la laicidad es un principio supremo del ordenamiento constitucional italiano. No figura expresamente en la Constitución, pero está implícito en varios de los preceptos que establecen los principios fundamentales de la República. Estas normas, por tanto, contienen las condiciones de aplicación de la laicidad, que de otro modo sería un principio abstracto sin virtualidad jurídica.

En concreto, la laicidad está implícita en los artículos que garantizan la inviolabilidad de los derechos fundamentales (art. 2); la igualdad de todos, con independencia de la religión y demás condiciones personales (art. 3); la autonomía recíproca del Estado y la Iglesia (art. 7); la igualdad de todas las confesiones religiosas ante la ley, y su derecho a organizarse libremente (art. 8); la libertad de culto (art. 19 y 20).

Por otro lado, las condiciones de aplicación de la laicidad se definen también con arreglo a la tradición cultural y a las costumbres de cada pueblo, como muestra la diversidad de determinaciones en distintos países. La sentencia menciona los casos de Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos.

Así pues, la cuestión es “si la exposición del crucifijo en las aulas (…) es contraria a las normas fundamentales de nuestros ordenamiento constitucional que dan forma y sustancia al principio de laicidad”. Para responder, el Consejo examina la función y el significado que tiene el crucifijo en la escuela, según la tradición italiana.

“En un lugar de culto, el crucifijo es propia y exclusivamente un símbolo religioso”, dice la sentencia. En cambio, “en una sede no religiosa, como la escuela, destinada a la educación de los jóvenes, el crucifijo podrá seguir revistiendo para los creyentes los antedichos valores religiosos, pero tanto para creyentes como para no creyentes, exponerlo estará justificado y tomará un significado no discriminatorio en el plano religioso, si es apto para representar y recordar de modo sintético, inmediatamente perceptible e intuitivo (como todo símbolo), valores civilmente relevantes, sobre todo los que sustentan e inspiran nuestro orden constitucional”. En tal caso, “el crucifijo podrá cumplir, aun en un contexto ‘laico’, distinto del religioso que le es propio, una función simbólica altamente educativa, con independencia de la religión que profese cada alumno”.

Pues bien, prosigue la sentencia, “en Italia, el crucifijo es apto para expresar –en clave simbólica, desde luego, pero de modo adecuado– el origen religioso de los valores de tolerancia, respeto mutuo, estima por la persona y afirmación de sus derechos y su libertad, autonomía de la conciencia moral ante la autoridad, solidaridad humana, rechazo de toda discriminación; valores característicos de la civilización italiana”.

“Recordar, por medio del crucifijo, el origen religioso de tales valores y su plena y radical conformidad con las enseñanzas cristianas sirve pues para poner de manifiesto su fundamento trascendente, sin poner en cuestión, más bien subrayando la autonomía del orden temporal con respecto al orden espiritual (no su contraposición basada en una interpretación ideológica de la laicidad que no encuentra confirmación alguna en nuestra Carta fundamental)”. Esos valores de origen cristiano “son vividos en la sociedad civil de modo autónomo (…) con respecto a la sociedad religiosa, de suerte que pueden ser aprobados ‘laicamente’ por todos, con independencia de que pertenezcan a la religión que los ha inspirado y propugnado”.

Si, por tanto, el crucifijo en la escuela tiene la función de expresar el fundamento de los citados valores civiles, “en el contexto cultural italiano parece en verdad difícil encontrar otro símbolo que se preste mejor a hacerlo”.

Tomado de Aceprensa 028/06, 08-03-2006

Jaime Nubiola, “¿Todas las opiniones igual respeto?”, La Gaceta, 26.III.06

No, por supuesto que no. Todas las opiniones no merecen el mismo respeto. Algunas no merecen ninguno, mientras que otras —las de los expertos en la materia— merecen de ordinario un respeto enorme. Veámoslo un poco más despacio, pues la tesis en boga en la cultura dominante viene a ser la de que en un sistema realmente democrático todas las opiniones son igualmente respetables.

El respeto tiene una gran importancia en la vida de cada uno y de la sociedad. Tal como describe Robin Dillon en la voz “respeto” de la valiosa Stanford Encyclopedia of Philosophy, desde niños se nos enseña —o al menos es lo que se espera— a respetar a nuestros padres, profesores y mayores en general, a respetar las normas escolares, las reglas de la circulación, las tradiciones culturales y familiares, los derechos y sentimientos de las demás personas, a los gobernantes y a la bandera (esto en Estados Unidos, pero mucho menos en España), y por supuesto a respetar la verdad y las diferentes opiniones de la gente. De hecho llegamos a adquirir un cierto respeto a todas estas cosas hasta el punto de que, ya de mayores, meneamos la cabeza con indignación cuando nos topamos con personas que parecen no haber aprendido a respetarlas. Sin embargo, en un sentido estricto, sólo la persona humana es realmente merecedora de respeto. Fue el filósofo alemán Immanuel Kant quien en el siglo XVIII puso el respeto a las personas, a todas y cada una, en el centro de la teoría moral. Desde entonces la clave del liberalismo político y del humanismo democrático ha sido la tesis de que las personas son fines en sí mismos con una dignidad absoluta que debe ser siempre respetada.

¡Cuántas veces al ver los rostros desencajados de los inmigrantes de las pateras nos asalta la duda de que en este mundo nuestro siga vigente aquel ideal kantiano! Quienes merecen absoluto respeto son las personas, cada una de ellas, independientemente de su nacionalidad, del color de su piel, su estatus social, el nivel de sus estudios, su edad y condición: desde el feto en las entrañas de su madre hasta el enfermo terminal en una UCI o en las calles de Calcuta. Cada una de esas personas, sea pobre o rica, sabia o ignorante, es acreedora de un respeto absoluto por parte de todos los demás. Esta convicción tiene enormes consecuencias en la vida de cada uno y en la organización misma de la sociedad. Pero tratar con un profundo respeto a todas y cada una de las personas no significa en ningún caso que las opiniones de todas y cada una de ellas merezcan respeto y menos aún que lo merezcan en igual medida.

Cuando hablamos de opiniones nos referimos de ordinario a los diferentes pareceres en materias discutibles y discutidas. Abarca desde la mejor manera de organizar la sociedad política, de resolver los problemas de la convivencia humana hasta las preferencias en materias deportivas, artísticas o culturales. No son materias opinables aquellas ya resueltas por la ciencia o por la experiencia acumulada de la humanidad. No es materia opinable ni el teorema de Pitágoras, la ley de la gravedad, la composición química del oro o que el fuego quema. Tampoco es materia opinable que la estricnina es un veneno: los venenos matan independientemente de nuestra opinión acerca de ellos. En cambio, en muchas otras áreas hay diversas maneras legítimas de pensar acerca de las cuestiones que están planteadas. En muchos campos no hay un consenso, o quizás aun cuando haya un consenso mayoritario no se excluye que las opiniones minoritarias divergentes tengan algún valor, esto es, que podamos aprender algo de ellas. En todos estos casos, esas opiniones merecen atención y consideración, pues de ordinario si están formuladas con seriedad, incluso aquellas que parezcan inicialmente más estrambóticas, encierran probablemente algo valioso.

Por el contrario, todos tenemos bien comprobado que no compensa invertir tiempo en tratar de aprender de una persona ignorante en una materia, que no tenga una especial cualificación o un conocimiento de primera mano. Lo peor es cuando el ignorante —tal como pasa a veces con los políticos— argumenta ideológicamente, esto es, defiende una opinión desde una posición preconcebida sin atenerse a los hechos ni a las opiniones opuestas. En este sentido muy a menudo los debates parlamentarios son la forma más contraria posible a un genuino diálogo, pues son una mera confrontación dialéctica resuelta finalmente por la mecánica de los votos. Para un diálogo racional, para un examen constructivo de las diversas opiniones sobre un asunto opinable, hace falta estar al menos de acuerdo sobre la naturaleza del desacuerdo y eso implica que si el oponente presenta mejores razones que las nuestras, cambiaremos de opinión, nos pasaremos de todo corazón a sostener, ahora con más fuerza, la posición que antes atacábamos.

Considerar una opinión, tratar de comprender las razones y los datos que la avalan significa abrirse a lo que de verdadero pueda ofrecer. Entre los medievales una opinión tenía título suficiente para ser considerada en una disputatio por su autoridad. Tal como mostró el filósofo oxoniense Christopher Martin, si un autor, considerado por su experiencia como una autoridad en un campo, formulaba una opinión sobre esa materia que sonaba novedosa, el argumento de autoridad sugería que valía la pena someter a examen a ese parecer. El New York Times on line ha aprendido esto mismo, pues desde hace unos meses distribuye gratuitamente la información, pero en cambio comienza a cobrar por sus artículos de opinión. Si uno desea leer a Krugman, Friedman o las demás luminarias de la prensa norteamericana, debe pagar una cantidad modesta, pero que vendrá a suponer al final una sustanciosa suma para el periódico y para los autores.

Para los españoles casi siempre es verdad lo contrario: pagamos por los datos, pero despreciamos las opiniones, quizá porque estamos acostumbrados a que en cada barbería o en cada tertulia los asistentes resuelvan los mayores problemas que tenemos mediante cuatro declaraciones grandilocuentes y —como suele decirse— se queden después tan panchos. Incluso a menudo se invita en los medios de comunicación a deportistas, artistas o diversos famosos a que opinen sobre cuestiones para las que no tienen ninguna especial preparación. Los lógicos medievales llamaban a este modo de proceder la falacia ad verecundiam: consiste en apelar al sentimiento favorable que se tiene hacia una persona famosa para mover a la audiencia en favor de una conclusión.

Hacer caso a un famoso para formarse una opinión en una cuestión debatida —para la que el famoso no tenga particular competencia— equivaldría a renunciar a pensar por nuestra cuenta; sería en ultima instancia una falta de respeto a nosotros mismos. Todas las personas merecen respeto, pero no merecen un mismo respeto todas las opiniones: hay, por supuesto, opiniones mejores y peores.

Robert Spaemann, “Convivencia de creyentes y no creyentes”, 19.XI.05

El año pasado tuvo lugar en Bruselas una humillación de los ciudadanos cristianos de Europa como nunca antes había sucedido, y que esta humillación haya sido simplemente asumida y no haya conducido a una crisis purificadora de las instituciones europeas, ilumina con una luz inquietante la situación interna del corpus catholicorum en este continente. Todo sigue con el business as usual. ¿Qué había sucedido? El candidato presentado por Italia para Comisario europeo de Justicia, el ministro italiano Rocco Butiglione, fue obligado a renunciar a su candidatura. ¿Cuál fue el motivo? En un hearing, le fue preguntado a Buttiglione por sus convicciones personales a propósito de la familia, de la posición de la mujer y de la homosexualidad. Respondió haciendo en primer lugar la distinción kantiana entre derecho y moral. No todas las normas morales pueden ni deben convertirse en normas jurídicas. No todo lo que consideramos mandamiento moral, puede ser mandado también jurídicamente e impuesto por el Estado. Buttiglione hacía propio el Estado moderno de derecho y de libertades. No obstante, también para este Estado de derecho existen obligaciones de tipo preestatal. Por ejemplo, el Estado tiene que tener en cuenta el hecho de que, por una parte, los niños necesitan a sus madres y crecen del mejor modo si las madres disponen de una cierta cantidad de tiempo para ellos, y de que, por otra parte, las mujeres tienen hoy más que antes el deseo de una actividad profesional fuera de casa. De modo que es una tarea del Estado preocuparse en la legislación correspondiente de una mejor compatibilidad de las obligaciones profesionales y familiares. Aunque no fuera por otra razón, la catastrófica situación demográfica obligaría a ello. Por lo que se refiere a la homosexualidad, a propósito de la cual se pidió también la opinión personal de Buttiglione, él condenaba la discriminación de personas homosexuales, pero se identificaba en sus convicciones personales con la doctrina del Catecismo de la Iglesia Católica, según la cual la tendencia homosexual es un defecto y su ejercicio práctico un pecado. Esta confesión fue el motivo del rechazo de su candidatura. Lo que significa, en alemán como en español, que un católico, cuyas convicciones coincidan con la doctrina moral de la Iglesia Católica, sólo por ese motivo no está calificado para ocupar un puesto de dirección en la Comunidad Europea. Hay que añadir que se trata de la doctrina moral de toda la tradición cristiana e igualmente de la tradición filosófica de Europa, incluida la época de la Ilustración. Y hay que añadir que, según los criterios aplicados en el caso Buttiglione, los padres fundadores de la nueva Europa tras la segunda guerra mundial no podrían ocupar ningún puesto de dirección en esta Europa. Robert Schuman, Alcide de Gasperi, Konrad Adenauer eran, los tres, católicos ortodoxos.

Como se ha dicho, estos acontecimientos no han conducido a una crisis, porque la cristiandad europea está claramente atemorizada. Pero tanta más razón hay, por tanto, para repensar a fondo el estatus de los ciudadanos religiosos en el moderno Estado de derecho. Y digo: en el moderno Estado de derecho; no digo: en el estado secular, como se ha hecho muy usual hoy día. Quien caracteriza al Estado moderno como Estado secular, ha tomado ya partido por una posición. Se hizo muy claro recientemente en una artículo del conocido escritor y periodista alemán Jan Philipp Reemtsma en la revista “Le monde diplomatique”. El artículo se titulaba: ¿Tenemos que respetar a las religiones? La respuesta era: no. Tenemos que tolerar conciudadanos religiosos, lo queramos o no. Pero en un estado secular son y permanecen unos extranjeros. Con gentes que comparten la doctrina del Papa sobre la relación entre el derecho divino y el humano, sólo hay una tregua. Es un orgullo de una sociedad secular no reconocer ningún origen divino de la distinción entre malo y bueno, sino que se considera a sí misma como la creadora de esta distinción. Por ello, para los que defienden esta opinión, los cristianos, que no comparten este orgullo, son ciudadanos de un estado secular sólo en el sentido en que los árabes israelitas son ciudadanos del Estado de Israel. Por la naturaleza misma de las cosas, el orgullo de un Estado judío no puede ser su orgullo. Pues el Estado de Israel se define a sí mismo como un Estado judío. Así también, según la concepción de laicistas militantes como Reemtsma, el moderno Estado se define como Estado secular, que tiene por presupuesto la no existencia de Dios o la falta de toda consecuencia de su eventual existencia.

Merece consideración que Jürgen Habermas, en un artículo reciente sobre ciudadanos religiosos y seculares en un Estado moderno, renuncia explícitamente a definir al Estado moderno como Estado secular. Y precisamente por este motivo exacto: tal definición haría de los ciudadanos religiosos ciudadanos de segunda clase. Pero, ¿no nos encontramos en un dilema? ¿No está condenado al fracaso todo intento de neutralizar la oposición entre fe y no fe, y de ordenar la comunidad humana poniendo entre paréntesis la cuestión de la verdad? ¿Pueden los creyentes renunciar a convertir en legislación lo que consideren mandamientos de Dios, cuando lleguen a ser la mayoría en un Estado? Y al revés: ¿No es comprensible que increyentes rechacen una legislación, cuyos fundamentos no son plausibles para ellos? ¿Acaso no puede comprenderse que digan a los creyentes: nadie os obliga a abortar a vuestros hijos, a divorciaros, a establecer vínculos homosexuales, a visitar Peep-Shwos, a matar a vuestros parientes cuando la vida se les haga incómoda a ellos o ellos sean incómodos para vosotros? Nadie os dificulta que recéis, que vayáis a la Iglesia, que cuidéis gratuitamente a los enfermos de sida. Pero, por favor, permitid que otros hombres piensen de modo diferente que vosotros, y vivan como les guste.

La respuesta del Islam a este respecto es clara: el mandamiento de Dios no regula sólo la vida privada, sino también la pública. No permite tolerar una desobediencia pública a estos mandamientos y menos que se abandone la verdadera fe. Hace varios siglos, la respuesta de la Iglesia era muy semejante a la musulmana; pero hace mucho que ya no lo es. A algunos les parece que la posición actual de la Iglesia es un compromiso inaceptable con el secularismo. La respuesta musulmana parece tener la lógica de su parte. Y, si esto es así, entonces parece plausible que ciudadanos tanto cristianos como seculares vean en la extensión del Islam un peligro para la subsistencia de una sociedad libre, es decir, el peligro de la teocracia. Pero, ¿no quieren una teocracia también los cristianos, no quieren el reinado, el reino de Dios en la vida tanto privada como pública? Realmente sí lo quieren. Pero tienen también la palabra de Jesús ante Pilatos: mi reino no es de este mundo. Y Jesús dice esta palabra, para aclarar que él no quiere extender o defender este reino con los medios de los reinados terrenos. Con estos medios sólo se puede obligar a una obediencia exterior, mientras que a Jesús le importa el reinado sobre los corazones, la fe, que no se puede forzar. El libre asentimiento de la fe presupone que es posible también la increencia. La exigencia de la libertad religiosa no es un compromiso de la Iglesia con el mundo liberal, sino una exigencia que proviene del núcleo mismo del cristianismo. Por eso, una teocracia real no es una forma de Estado. Allí donde se comprende el reinado de Dios como una forma política de reinado, resulta consecuente, por ejemplo, que se castigue la blasfemia con la pena de muerte. Es el crimen mayor que existe; sancionarla con una pena menor, sería en sí mismo una blasfemia. En los Estados de libertad no se protege el honor de Dios. El honor de Dios no puede ser protegido políticamente; de hecho, su honor no sufre ningún daño en ningún caso. Lo que tiene pretensión de ser protegido, es la convicción religiosa de los ciudadanos. No se puede ofender públicamente aquello que es santo para ellos, sin ofender a los fieles. Y esta ofensa ha de tener una pena, pues es una injusticia contra hombres y contra conciudadanos. Pero no es la injusticia peor, y la pena adecuada no es la pena más severa de que dispone el Estado. El Estado moderno se refiere a la verdad siempre sólo indirectamente, y directamente sólo a las convicciones sobre la verdad.

En esto descansa la paz interior. Pues la verdad en cuanto tal es intolerante. Si algo es verdadero, lo contrario no puede ser también verdadero. Y así, Dios, tal como la Biblia lo entiende, también es intolerante: “No tendrás otro Dios fuera de mí”. Pero las convicciones sobre la verdad pueden coexistir unas con otras. Sus contenidos pueden excluirse, pero, en contra, su existencia como convicción es mutuamente compatible. Se trata de una distinción que ya hacía San Agustín, cuando escribía que ha de odiarse el error, pero amar al que yerra, y cuando hablaba de la paz, que es común a creyentes e increyentes, pax illis et nobis communis.

De todos modos, con ello no se resuelve sin más el problema de una comunidad ciudadana hecha de creyentes e increyentes; y menos aún en el caso de un Estado democrático. En el Nuevo Testamento, se amonesta a los cristianos a ser súbditos leales, e incluso en regímenes injustos. Durante 300 años se dejaron perseguir y matar por los emperadores romanos, y siguieron rezando por el emperador. Y esto lo practican hasta hoy. Recuerdo una pequeña historia de la antigua DDR. Yo había ido de visita en otoño. En aquel año había una buena cosecha de manzanas. Los bajos precios de mercado habrían conducido a que muchos dueños de un par de manzanos dejasen pudrirse la fruta en los árboles. Por eso, el Estado compró manzanas a un precio aceptable, para venderlas luego en los comercios estatales por debajo del precio de coste. En todos los hoteles había cestas con manzanas que se podían coger gratuitamente. ¿Cuál fue la consecuencia de este procedimiento antieconómico? Que las gentes vendían sus manzanas al Estado y luego las compraban en los negocios estatales a mitad de precio, para volvérselas a vender a los negocios estatales al precio oficial. Un párroco me comentó que sólo los cristianos no participaron en este juego, sino que se daban por contentos con la ganancia de una sola operación, ya que toda esta manipulación antieconómica estaba destinada claramente a servir al bien común. En estas ocasiones, los funcionarios comunistas sabían con toda precisión que los únicos con los que podían contar en casos semejantes era con los cristianos. Pero estos mismos cristianos seguían ahí cuando ya no quedaba ningún comunista en el poder. En la antigua Roma la persecución de los cristianos duró 300 años. Terminó con que el emperador se hizo cristiano.

En la democracia, las cosas se plantean de otra manera, aunque no totalmente. También aquí los cristianos son obedientes, mientras no se les pida algo que contradiga los mandamientos de Dios. Pero en la democracia, los creyentes, como los increyentes, no son sólo súbditos, sino también ciudadanos, y como ciudadanos parte del sujeto de la soberanía. No sólo están sometidos a las leyes, sino que son corresponsables de las leyes. No se pueden contentar con no hacer nada injusto, son corresponsables de la injusticia que permita el legislador, pues son parte del legislador, y, en una democracia, deben incluso esforzarse por ser la parte mayor posible. Tomás Moro fue canciller de un Rey preconstitucional. Como canciller, no podía sostener la política del Rey, separar a la Iglesia inglesa de la romana. Como persona privada podía callarse. Por eso dejó su cargo estatal y volvió a ser un hombre privado. En su boca no se encontró ninguna palabra crítica. Testigos falsos tuvieron que poner en sus labios palabras críticas, para que el Rey le cortara la cabeza. Tampoco los cristianos de los primeros siglos proclamaban públicamente su fe si no se les exigía. Simplemente, como Rocco Buttiglione, rechazaron renegar públicamente de su fe. En la democracia, ningún ciudadano puede abandonar su responsabilidad como lo pudo hacer Tomás Moro. Ya que puede hablar, hay situaciones en las que tiene que hablar. Pues somos responsables de las consecuencias de la falta de ejercicio de un derecho. Pero es propio de la democracia también que sean diferentes las opiniones sobre qué es lo mejor para el bien común, o incluso opuestas. En todo caso, la “soberanía popular” no es un mito. Un soberano tiene que saber lo que quiere. Pero no existe el pueblo, que sabe lo que quiere, sino que hay unos que quieren una cosa y otros que quieren otra. La mayoría decide, pero no porque tiene razón, sino porque es el único procedimiento indiferente a la cuestión de quién tiene razón, una pregunta que conlleva potencialmente el riesgo de la guerra civil. Para evitarla, Thomas Hobbes había escrito: non veritas sed auctoritas facit legem. No la verdad, sino la autoridad determina lo que es ley. Pero la autoridad en la democracia está en la mayoría. De todos modos, tras las experiencias de las dictaduras erigidas democráticamente, las democracias occidentales aprendieron a reconocer derechos fundamentales, cuya vigencia no proviene de una decisión mayoritaria, sino que, al revés, limita la voluntad de la mayoría. ¿En qué descansan estos derechos fundamentales? Son claramente derecho pre-positivo. En la constitución de mi país, estos derechos fundamentales no pueden ser cambiados por ninguna mayoría parlamentaria. Por el contrario, será inválida toda ley que, según el juicio del Tribunal constitucional, no concuerde con estos derechos fundamentales. Por desgracia, la praxis no responde siempre a esta exigencia, aunque, en principio, esté generalmente reconocida. Así, por ejemplo, el legislador alemán ignora desde hace años determinaciones concretas del Tribunal federal constitucional concernientes al aborto. En opinión de los defensores liberales de una sociedad secular, los derechos fundamentales, como todo derecho, provienen de la voluntad asociada de hombres. Si tal fuera el caso, estos derechos tendrían que poder ser abolidos. Y si ello está excluido por la Constitución, estaríamos ante una dictadura de los muertos, que codificaron estos derechos, sobre los vivos. Pero si estos derechos le corresponden al hombre independientemente de su voluntad, entonces tienen que ser de origen divino. Quien no cree en Dios, tendrá que considerarlos una ficción, quizá una ficción útil; o incluso necesaria. En todo caso, no se opondrá en modo alguno a una referencia a Dios en la Constitución de su país y de Europa. Si lo hace, cabe la sospecha de que quiera anclar menos sólidamente los derechos humanos. El ordenamiento jurídico ha de hacerse etsi Deus non daretur –como si Dios no existiese– , exigían los filósofos europeos del derecho en el siglo diecisiete. Lo que sea oportuno para el bien común y lo que no, tiene que poder mostrarse con la pura razón. Esta frase, sin embargo, se encuentra ya en Tomás de Aquino, que escribe: Dios no le ha mandado al hombre nada, que no sea bueno y beneficioso para el hombre por la naturaleza misma de las cosas.

Pero, por otra parte, está vigente lo contrario de la frase etsi Deus non daretur. Pues si el contenido de las normas morales así como el de los derechos fundamentales se sigue de la naturaleza de los hombres y puede ser aprehendido por la razón –“en el silencio de las pasiones”, como decía Diderot–, hay un vacío por lo que respecta a la vigencia de estas normas. Para el hombre, como persona, no está vigente una especie de autoridad de la naturaleza. Y tampoco existe ninguna autoridad natural de alguna mayoría de otros hombres sobre él, de la que no pueda emanciparse. Si deseamos que los hombres sigan su intuición moral y si queremos que algo así como los derechos humanos tengan vigencia independientemente de la voluntad de la sociedad, entonces tenemos que comportarnos en relación a ellos etsi Deus daretur, como si Dios existiese, como le decía recientemente al Papa la periodista italiana Fallaci, una atea confesante.

Tras todas estas consideraciones, el problema de la convivencia política de creyentes e increyentes parece resuelto. La razón nos enseña qué ordenamiento de las cosas humanas es bueno para el hombre. La fe en Dios nos da motivos para suponer tras este entendimiento de las cosas la voluntad de una autoridad incondicionada. El contenido de los derechos naturales nos es dado etsi Deus non daretur, la fuerza vinculante de esta percepción presupone el etsi Deus daretur.

Pero en realidad las cosas no son tan armónicas. La construcción ideal típica no refleja perfectamente nuestra realidad. En primer lugar, hay que precisar el concepto de creyente, el concepto de ciudadano religioso en contraposición con el secular. Pues hay diferencia si hablamos de musulmanes o de cristianos. Y es diferente si hablamos de creyentes en la revelación o de hombres que creen en la existencia de Dios, pero no en la revelación de su voluntad a través de un libro o a través de otros hombres. Normalmente, esta última categoría es ya bastante insignificante en el ámbito político, mientras que en la época de la Ilustración jugaba un gran papel. La mayoría de los llamados ilustrados en Europa no eran ni ateos ni agnósticos. Estaban de acuerdo con la idea cristiana de que existe un conocimiento puramente racional de Dios y de que Dios, como escribe el apóstol Pablo, inscribió sus mandamientos en el corazón de los paganos, también sin Sinaí y sin Evangelio. La Revolución francesa, en la época del poder jacobino, castigaba el ateísmo con la pena de muerte.

Los laicistas de hoy día, es decir los ciudadanos seculares de hoy, ya no creen en una religión natural y en un conocimiento natural de Dios. La Ilustración, surgida en el seno de la Iglesia, había combatido en nombre de la razón a la fe cristiana en la revelación. La diosa razón fue entronizada en el altar de Notre Dame en París. Hoy es la Iglesia quien defiende a la razón contra los autoproclamados herederos de la Ilustración. Fuera del cristianismo, la duda en la capacidad de la razón para conocer la realidad se ha convertido en la visión del mundo dominante. E igualmente la duda en la capacidad de la razón práctica para reconocer normas morales. Escepticismo y relativismo cultural son los paradigmas dominantes. Friedrich Nietzche había diagnosticado esta evolución hace ya un siglo. Su tesis era: la razón ha destruido la fe en Dios. Pero con ello ha destruido sus propios fundamentos, la fe en algo así como la verdad y en la posibilidad de su conocimiento. Si Dios no existe, entonces sólo hay perspectivas subjetivas, pero ninguna “cosa en sí”. Con ello se termina la Ilustración. Hoy son los cristianos quienes sostienen la capacidad de la razón human para alcanzar verdades universales, una posibilidad que ya negaba David Hume, cuando escribía: We never do one step beyond ourselves.

La fe en una revelación divina presupone una confianza elemental en la razón humana, una confianza que, sin embargo, como Nietzsche observó correctamente, implícitamente ya es una fe, que, como Nietzsche escribe, Dios es la verdad, que la verdad es divina.

En esto se funda la posibilidad de comprenderse con no cristianos en cuestiones referentes al ordenamiento humano de la vida. Los cristianos quieren una referencia a Dios en la Constitución de su país, porque sólo así se expresa que a los hombres no está permitido todo lo que puedan hacer, en el caso en que quieran darse a sí mismos por vía de mayorías un jus ad omnia, un derecho a cualquier cosa. Desean el reconocimiento de normas éticas “como si Dios exisistiese”, ya que no el de la existencia de Dios. Y esto significa simplemente el reconocimiento de una ley moral natural. Sólo con el fundamento de este reconocimiento es posible una pax illis et nobis communis, una convivencia pacífica de cristianos y no cristianos en un país.

Un reconocimiento semejante significa el sometimiento de deseos, intereses y preferencias individuales bajo un criterio común. Sólo en base a un criterio semejante es posible un discurso público en el que verdaderamente esté en cuestión el bien común, y en el que los argumentos no sirvan sólo al enmascaramiento de intereses. Los intereses chocarían entre sí, y se impondrían aquellos que fueran representados con mayor energía, aun cuando objetivamente no pudieran pretender tener el rango más elevado. Pero si el rango no es ordenado objetivamente, todo discurso racional es sólo una velada lucha por el poder, como afirma por ejemplo Michel Foucault. Pero entonces se pone en cuestión una base esencial de la democracia, pues la democracia vive de la fe en la posibilidad de un entendimiento racional. Sin la idea de un “derecho según la naturaleza”, que agradecemos a los griegos, no hay ninguna base común entre creyentes e increyentes. Pero quienes mantienen hoy esta idea son los cristianos católicos. Y a la táctica de sus oponentes pertenece caracterizar esta idea de una ley moral natural como una idea cristiana y, por tanto, considerarla inaceptable para los no cristianos. Pero esto es injustificado. Todo el que argumenta sobre cuestiones de justicia e injusticia presupone silenciosamente esta idea. A quien denuncie que un vecino le impide dormir, porque toca la trompeta entre las dos y las cuatro de la noche, el tribunal le hará justicia, aunque el trompetista explique que para él es algo existencialmente necesario y que sólo tiene tiempo por la noche. El interés en un mínimo de sueño tiene objetivamente la prioridad. Y también evidentemente el interés de un hombre ya engendrado en poder vivir toda una vida tiene la prioridad sobre el interés eventual de otro hombre, de su madre, de poder autodeterminarse sin cortapisas durante los nueve meses de embarazo. Después el niño puede ser dado en adopción. Todo el que juzgue sin prejuicios –pues la razón habla, como decía Diderot, “en el silencio de las pasiones”– concordará en esta preferencia. Sólo quien niegue por principio que existe una estructura objetiva de preferencia de intereses, aceptará que el interés evidentemente superior sea sacrificado al otro por una regulación liberal del aborto. O tomemos la cuestión de la manipulación genética de la naturaleza humana, que rechazó hace poco Habermas con argumentos claramente de derecho natural. Construir hombres según el proyecto de otros hombres choca con la igualdad fundamental de los hombres. Además, el hombre tiene derecho a conocer a su progenitores.

Otro ejemplo: la homosexualidad. Que un hombre, como también un animal, no sea receptivo a la fuerza de atracción sexual del otro sexo, es claramente un defecto biológico, como aparece también en el resto de la naturaleza, un “fallo de la naturaleza”, como escribía Aristóteles. Pues la supervivencia del género humano descansa en esta fuerza de atracción. Si un hombre, que sufre este defecto e inclina sus tendencias sexuales al propio sexo, sigue o no esta tendencia, es una cuestión moral, que no debe interesar al legislador estatal. El Estado no tiene nada que buscar en los dormitorios, excepto en caso de violación o corrupción de menores. Pero el Estado sí tiene un legítimo interés en que esta tendencia no se extienda, por la propaganda o por una pedagogía correspondiente, más allá de los que ya tienen esta disposición por naturaleza. Ante todo, contradice completamente a la razón institucionalizar de alguna manera uniones de este género y acercarlas a lo que es el matrimonio. El interés público en la institución de la unión permanente de dos personas de diferente sexo está relacionado naturalmente con que de esta unión pueden provenir niños y normalmente vienen. Si no, también hermanos podrían casarse. Y no se encuentra realmente motivo alguno por el que la comunidad de vida, por ejemplo, de un párroco y su hermana, que cuida la casa, no pueda ser una institución jurídicamente privilegiada, como también una comunidad de tres personas, o un matrimonio entre tres, una pequeña comunidad de vida religiosa o la convivencia de un pequeño círculo de amigos del mismo sexo. Que la comunidad de vida privilegiada públicamente tenga que ser sexual, que no pueda establecerse entre parientes, etc., que existan todas estas restricciones se basa en una imitación del matrimonio que no puede fundamentarse ya con ningún argumento racional. Quién va a la cama con quien sólo es de interés público en relación con los eventuales niños que pueden provenir de este género de unión.

Completamente absurdo es ya que se otorgue a parejas semejantes el derecho a la adopción de niños. Esto esconde un individualismo craso, según el cual los niños existen para satisfacción de los padres. La única pregunta legítima: ¿qué es lo mejor para los niños? pasa a segundo plano. Nada justifica aceptar que para estos niños, que ya tienen el difícil destino de no poder crecer con los propios padres naturales, sea indiferente si pueden experimentar el ser hombres desde el inicio en la forma dual y polar de los dos sexos, es decir, en la forma plena, o han de hacerlo en la forma reducida de una comunidad homosexual. Que sea una suerte adquirir un carácter homosexual creciendo en una comunidad homosexual, no querrá decirlo nadie en serio. Tras esta exigencia hay un ataque de principio contra algo que pertenece esencialmente a la vida, la normalidad. Y además una normalidad no arbitraria, sino caracterizada por la naturaleza específica de una especie.

Las defensa de una emancipación radical no de la naturaleza humana, sino con respecto a la naturaleza humana, está caracterizada por un alto grado de irracionalismo. Para los discípulos de Nietzsche y de Foucault, la razón misma es sólo un medio de poder para imponer deseos individuales, no una instancia para examinar estos derechos según un criterio universal de lo aceptable para todos. Deseos sadomasoquistas tienen el mismo valor que el deseo de curar una enfermedad. Una manifestación en la que se exponían escenas sadistas asquerosas fue saludada oficialmente por el alcalde de Berlín. Lo importante es que el sadista lo haga con un masoquista, que está de acuerdo en ser tratado como basura.

Tras haber iniciado este camino, parece que ya no es posible detenerse. En la pequeña ciudad de Fulda, en la que está enterrado San Bonifacio, el apóstol de los alemanes, pasó lo siguiente el año pasado. Un hombre joven buscó por Internet a alguien que estuviese dispuesto a dejarse matar y comer por él. Y de hecho apareció uno, un ingeniero. Los dos se encontraron y se pusieron de acuerdo en el procedimiento. A la víctima voluntaria se le cortaron en primer lugar los testículos, los asaron y se los comieron juntos. Luego el joven mató al ingeniero de varias cuchilladas, asó partes del cadáver y se las comió, congelando otras partes en la nevera. Casi no es posible pensar una lesión más extrema de humanidad, de aquello que los chinos llaman “Tao”. El joven fue juzgado y condenado por homicidio, no por asesinato, a una pena limitada de cárcel. El hecho de que la víctima estuviese de acuerdo sirvió de atenuante en el juicio. Absolver a este hombre hubiera sido consecuente con el punto de vista del liberalismo individualista, según el principio volenti non fit iniuria, a quien está de acuerdo no se le hace injusticia. El estremecimiento que a todos recorre la espina dorsal muestra sólo que no hemos progresado todavía suficientemente en el camino de la emancipación con respecto a la naturaleza humana y en el de arbitrariedad de nuestras preferencias. Menciono sólo otros dos ejemplos de este abandono del fundamento común de humanidad que existe en todas las naciones civilizadas, al que por ejemplo los chinos llaman Tao y que entre nosotros se llama “derecho natural”. El primero es la eutanasia, que, tras ser tabú a causa de la praxis nacionalsocialista, es aconsejada de nuevo hoy como un progreso. No puedo profundizar aquí en el tema y menciono sólo dos argumentos contra esta praxis –para aquellos, para los cuales el mandamiento “No matarás” no significa nada. Si es un derecho de un enfermo o de un hombre muy anciano el pedir a otro hombre que lo mate, entonces, tras un determinado tiempo, este derecho se convierte en un deber moral. Quien tiene un derecho, tiene la responsabilidad de hacer o no hacer uso de ese derecho. El enfermo, que tiene el derecho de pedir que lo maten, tiene desde ese momento la completa responsabilidad de todos los costes y fatigas que sus parientes y la sociedad habrán de sufragar para cuidarlo. De ahí se sigue la increíble presión moral de liberar a otros del propio peso, y la exigencia silenciosa de seguir la indicación: “Ahí está la salida”. El segundo argumento es el siguiente: Los defensores de la eutanasia conservan para sí el derecho de juzgar si el deseo de morir está justificado o no. Están dispuestos a matar a depresivos, pero no a gente con males de amor. Juzgan cuándo una vida es digna de ser vivida y cuándo no. Pero, en tal caso, también podrían apropiarse el derecho de matar a hombres que no son capaces de expresar el propio acuerdo. Y esto sucede ya masivamente en Holanda, donde la cifra de los muertos sin consentimiento propio y sin castigo penal alcanza millares, y donde la gente mayor atraviesa la frontera y se va a residencias de ancianos alemanas, porque ya no se sienten seguros en las holandesas. Pero estos argumentos presuponen que al hombre no está permitido hacer lo que quiera, sólo porque la sociedad se lo permita. Presuponen algo así como una ley moral natural.

Un terreno común semejante, un terreno de evidencias comunes, es en primer lugar el terreno de una cultura con costumbres morales comunes. No nos engañemos: la democracia presupone una cierta medida de homogeneidad cultural. Pero estas costumbres tienen que enraizarse a su vez en una homogeneidad fundamental de todos los hombres, una homogeneidad de la naturaleza humana y de lo que los griegos llamaban “derecho según la naturaleza”. Una cooperación política pacífica entre cristianos e increyentes sólo es posible sobre esta base. Para los cristianos, la naturaleza humana y la razón práctica que descansa en ella son la revelación de la lex aeterna, de la voluntad eterna de Dios. Pero los cristianos creen, como decía Pablo, que esta ley está escrita también en el corazón de los paganos. Sin embargo, Pablo tenía ante los ojos a paganos para los cuales la pietas, la veneración, la piedad era la más importante de las virtudes. Ejemplo de un ilustrado radical, que ha superado toda pietas como superstición, es el Marqués de Sade, cuyo orgullo era no horrorizarse de nada en sus orgías. Horkheimer y Adorno tenían a Sade ante los ojos, cuando escribieron que, al final, el único argumento contra el asesinato es religioso. De hecho, añadiría yo, todo argumento en cuestiones morales es religioso. Pues presupone la disponibilidad de, al menos, escuchar argumentos y someter el propio comportamiento a un mandamiento de la razón práctica. Y esta disponibilidad ya es religiosa, porque si Dios no existe, está vigente lo que escribía Dostojewski: “Todo está permitido”. “Todo nos está permitido” era, por lo demás, también palabra de Lenin.

Creyentes e increyentes se diferencian en que los increyentes tienen una fundamentación débil para aquello, para lo que los creyentes tienen una fundamentación fuerte. Pero, como Habermas escribe de nuevo en su último libro, los hombres irreligiosos que resisten a la objetivización científico-técnica del hombre, tendrían que estar contentos, si los creyentes tienen para esta misma resistencia fundamentos más fuertes que los increyentes o los agnósticos.

Los fundamentos débiles de una vida como si Dios no existiese, etsi Deus non daretur, no penetran normalmente hasta la plena realidad, hasta el ser, la existencia del hombre. Se quedan en situaciones experimentadas subjetivamente por el hombre. Para ellos, como por ejemplo para Richard Rorty, nada es más importante que el placer y el dolor. Por tanto, ser persona coincide para ellos con la autoconciencia experimentable, el valor de la vida con las situaciones agradables experimentables, y la ofensa de la dignidad humana con la provocación experimentable de dolor, etc. Ahora bien, es posible mostrar con argumentos que esta limitación a lo subjetivamente experimentable no puede ser fundada a partir de la experiencia. Al contrario, los hombres, cuando piensan espontáneamente, piensan de otro modo. Pueden afirmar mil veces teóricamente que el embrión no es aún un hombre, pero dicen sin problema alguno que ellos, personas que están diciendo “yo”, fueron engendrados y estuvieron en el cuerpo de su madre. Y hay que haberse alejado ya mucho del Tao humano para, con Peter Singer, negar el derecho a la vida de un bebé de un año, porque no tiene todavía autoconciencia. Estos argumentos se salen fuera de la experiencia de la vida, de la experiencia de hombres normales. Y tampoco el argumento contra la eutanasia, que acabo de presentar, parte del mandamiento “No matarás”, sino del empeoramiento de la cualidad de vida a través de la legalización del matar a petición. Quien dispone de una fundamentación fuerte, naturalmente puede usar también la débil, que es la base común de cristianos e increyentes, la base de una realidad estatal en la que participan ambos, de una paz, de una pax nobis et illis communis, que es más que una tregua pasajera.

AIN, “La libertad religiosa brilla por su ausencia en muchos rincones del planeta”, 9.VII.05

Un informe anual analiza el alcance de la persecución por causa de la fe Continúa leyendo AIN, “La libertad religiosa brilla por su ausencia en muchos rincones del planeta”, 9.VII.05

Andrés Ollero, “¿Es o no España un Estado «laico»?”, Zenit, 28.IV.05

Con ayuda de cinco lustros de jurisprudencia del Tribunal Constitucional, Andrés Ollero –diputado durante más de 17 años y catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid– afronta la problemática suscitada (enseñanza de la religión en la escuela pública, participación de instituciones en ceremonias religiosas, financiación de las confesiones, etc.) en su obra recién publicada «España: ¿un Estado laico?» (Editorial Civitas), y la aborda en esta entrevista concedida a Zenit.

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Fernando Sebastián, “El laicismo de la Navidad”, Véritas, 13.XII.04

El arzobispo de Pamplona, monseñor Fernando Sebastián, se pregunta en su última carta pastoral si es posible una “Navidad laica”, despojada de toda referencia religiosa y señala las “grietas” por las que “se nos mete el laicismo de Navidad”.

El prelado tiene en cuenta no sólo “la presión de quienes quieren eliminar las referencias religiosas de la vida pública y construir una sociedad estrictamente laica, sin tiempos ni lugares para Dios” sino también “la fiebre del consumismo y la debilidad religiosa de muchos cristianos”.

En este sentido, el arzobispo pide “a las familias católicas”, que se planteen “cómo quieren celebrar la Navidad”, si “como cristianos de verdad” o arrastrados por “el modelo laicista y consumista que lo está devorando todo”.

Respecto al propósito de los que quieren “una sociedad en la que todos hablemos, actuemos, vivamos y muramos como si Dios no existiera” niega que esto sea moderno y menos “la condición indispensable para que podamos vivir en paz en una sociedad pluralista”.

“¿Qué pluralismo es éste que nos impide vivir a cada uno según nuestras propias creencias?” pregunta monseñor Sebastián; para él se trata del “pluralismo del rodillo, de la uniformidad, y del silencio preventivo”.

El arzobispo se refiere en este contexto a “los pequeños caciquismos de quienes quieren aplicar estas ideas para ser más progresistas que nadie” por ejemplo en la escuela: “no se cantan villancicos porque hay veinte niños que no son cristianos”.

“Invocar la no confesionalidad del Estado es del todo impertinente. Primero que la aconfesionalidad del Estado significa que el Estado no tiene religión propia, precisamente para poder proteger y fomentar la religión o las religiones que libremente quieran profesar y vivir los ciudadanos”.

“Es obligación del Estado aconfesional respetar y apoyar las manifestaciones religiosas que los ciudadanos quieran tener, sin agravio de nadie, en ejercicio del derecho sagrado de su libertad religiosa”, afirma.

En este sentido, sugiere que “los niños cristianos hagan su fiesta cristiana en la escuela, dejando a los no cristianos que vengan si quieren o que se queden en casa” y dejando “que los niños musulmanes celebren su fiesta otro día, ilustrando y entreteniendo a sus compañeros cristianos”.

Por otra parte, monseñor Sebastián, dice que “el laicismo de la Navidad” se mete en los propios cristianos cuando prevalece “la fiebre del consumismo y la debilidad de la fe religiosa”.

“Las fiestas de Navidad se van en regalos, cenas, viajes y comilonas. Se juntan las familias, cosa que está muy bien, se juntan los amigos, santo y bueno también, se lo pasan muy bien, pero no van a Misa, ni rezan, ni dan gracias a Dios, ni hay un gesto o una sola palabra que invite a vivir religiosamente la Navidad”.

El contexto de libertad religiosa que favorece la sociedad democrática, debe servir -según el prelado- para “vivir la Navidad correctamente”, dedicando “un tiempo para dar gracias a Dios por habernos enviado a su Hijo Jesucristo, nacido de María Virgen, como Salvador nuestro y Salvador de todos los hombres”.

La celebración religiosa de la Navidad implica la preparación durante “los cuatro domingos de Adviento, con sus lecturas, sus cantos, sus símbolos propios, que van poniendo poco a poco nuestro espíritu en sintonía con la Navidad”.

“El día de la fiesta hay que ir a Misa, y si se puede ir a la Misa del Gallo, mejor. Conviene montar en casa un Belén, pequeño o grande. Mucho mejor que la figura de “Papá Noël” o el árbol de Navidad. Una cosa no quita la otra, pero en una casa cristiana no debería faltar el Nacimiento, grande o pequeño”.

Las familias católicas deberían en la “cena de Nochebuena o en la comida de Navidad, rezar un poco, dando gracias a Dios por el misterio de la Encarnación de su Hijo que viene a salvarnos, hay que tener un recuerdo para María y José, cantando villancicos y repartiendo los regalos que queramos”.

El arzobispo dice que la “Navidad es una fiesta digna de ser bien celebrada”, y afirma que “no es hora de diluir nuestro cristianismo, sino de afirmarlo y vivirlo con tranquilidad y alegría, dando gracias a Dios por lo mucho que nos ha dado y ofreciéndoselo a los demás por si quieren asomarse a conocer la fuente de nuestra alegría”.

“Esto es lo moderno, conservar nuestra fe, conocerla y vivirla mejor, y ser capaces de dar testimonio de ella con tranquilidad y espontaneidad, sin molestar a nadie, ni tener miedo de nada ni de nadie”, concluye.

Fernando Sebastián, “Iglesia en democracia”, Alfa y Omega nº 421, 21.X.04

Con frecuencia, los católicos tenemos que oír que no estamos acomodados a la vida democrática. Esta acusación puede producir inseguridad y malestar en algunos de nosotros. Vale la pena que nos preguntemos seriamente si la fe cristiana dificulta realmente el desarrollo de una cultura democrática…

Si esto fuera así, sería difícil de explicar que la democracia haya nacido precisamente en el seno de los países de cultura cristiana. Sin exageración, podemos decir que los principios que rigen la vida democrática han nacido del cristianismo. La igualdad y los derechos de las personas, la soberanía de los pueblos, el concepto de autoridad como servicio al bien común y no como simple dominio o imposición, la igualdad de todos ante la ley, todo esto, nace históricamente de la experiencia cristiana y de los valores morales del cristianismo. Incluso cuando semejantes ideas se afirman contra la Iglesia, quienes las defienden son hijos de la tradición y de la cultura cristianas.

No es difícil mostrar la compatibilidad entre la Iglesia y la vida cristiana con la organización democrática del Estado. El Estado democrático se organiza como defensor y protector de las libertades de los ciudadanos. Entre estas libertades o derechos de los ciudadanos están universalmente reconocidas como algo esencial la libertad de conciencia y la libertad religiosa. Ahora bien, la Iglesia, que ha sabido vivir en todas las épocas y situaciones de la Historia, entiende que, en las sociedades modernas y democráticas, puede y debe vivir en el espacio de la libertad religiosa plenamente reconocida, sin privilegios ni discriminaciones de ningna clase. Los ciudadanos son quienes, en virtud de su propia decisión personal, abren el espacio necesario para que la vida religiosa y moral tenga un lugar en la sociedad, y las instituciones civiles puedan legítimamente tratar con las instituciones religiosas, que representan en materia religiosa la voluntad y los derechos civiles de los ciudadanos.

Desde estos principios, en los momentos de transición política, asumimos los españoles la figura de un Estado no confesional. Algo bastante diferente del Estado laico de tradición francesa. El Estado democrático no confesional es aquel que, sin tener ninguna religión como propia, protege positivamente la práctica religiosa de sus ciudadanos como parte del bien común, sin imponer preferencias ni rechazos que no vengan impuestos por las exigencias del bien común o del orden público. Aunque el Estado no sea confesional, la sociedad sí puede serlo, tal como lo decidan libremente los ciudadanos en el legítimo derecho de su libertad en materias religiosas. Ellos son quienes, en el ejercicio de su libertad, dan un determinado tono religioso a la vida social. Dentro del patrimonio cultural y espiritual de una sociedad entran de manera relevante las tradiciones religiosas y las convicciones morales de sus ciudadanos, su propia historia espiritual y religiosa. El Estado sirve y protege la libertad de los ciudadanos y, por tanto, también la vida religiosa que ellos libremente quieran tener y desarrollar. Un Estado no beligerante en materias religiosas no puede imponer ni excluir una determinada confesión en contra de otra, ni tampoco ignorarlas a todas en favor de una pretendida confesión de laicismo. Esto es exactamente lo que dice el artículo 16 de la actual Constitución española.

En el momento de la transición, muchos pensábamos que, con la nueva situación social de la Iglesia, iría desapareciendo el anticlericalismo y las diferencias de sensibilidad religiosa dejarían de ser un problema en la nueva sociedad democrática. Pero parece que no es así. Un movimiento de reacción contra la antigua situación de confesionalidad estatal, en la que no se reconocía plenamente el derecho a la libertad religiosa, sigue dando argumentos a personas e instituciones para considerar a la Iglesia y a los católicos como un peligro para una sociedad verdaderamente democrática.

Lo que algunos consideramos tratamiento justo de la vida religiosa de los ciudadanos en el marco de la sociedad civil, otros lo consideran como confesionalismo remanente. Para remediarlo propugnan la laicización del Estado y pretenden configurar una sociedad laica, sin ninguna referencia religiosa ni moral, sin otra norma objetiva que el pleno reconocimiento de una omnímoda y quimérica libertad que termina siendo un auténtico nihilismo moral. Ante semejante propósito surgen inevitablemente muchas preguntas. Si el Estado está al servicio de una sociedad concreta, ¿no deben los gobernantes tener en cuenta y favorecer las decisiones y preferencias religiosas y morales de los ciudadanos? ¿Acaso la religión o las religiones libremente profesdas por los ciudadanos no forman parte del patrimonio cultural y espiritual de la sociedad tal como existe en realidad? ¿Acaso los ciudadanos no necesitan una referencia objetiva para encauzar su libertad por los caminos de un progreso auténticamente humano? ¿Es que el legislador no tiene el deber de discernir moralmente lo que verdaderamente favorece el bien común de los ciudadanos? + Fernando Sebastián Aguilar Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

Luis María Anson, “Laicismo”, La Razón, 13.II.04

Establecer un Estado laico significa que, ante la ley, deben ser iguales los creyentes en las diversas religiones y, también, los que no tienen ninguna. El laicismo de Estado no consiste en imponer una nueva confesionalidad: la laicista. Los no creyentes en España constituyen una pequeña minoría que tiene derecho a ser respetada. Hebreos, budistas, musulmanes, protestantes, ortodoxos integran también grupos reducidos de fieles. En un Estado laico sus creencias no deben ser discriminadas. Todos iguales ante la ley. Los católicos, en fin, constituyen en nuestro país una abrumadora mayoría. Cada domingo acuden a misa un número de fieles superior a los votantes que, cada cuatro años, apoyan en España al partido mayoritario. El Papa congregó en su último viaje a Madrid a dos millones de personas. Y en el acto dedicado a la juventud le rodearon más de un millón de jóvenes.

Resulta obligado en nuestra democracia pluralista […] el respeto a los derechos de las minorías laica, hebrea, budista, protestante u ortodoxa. No es de recibo que una reducida minoría de laicos trate de imponer a las diversas confesiones religiosas y a la abrumadora mayoría de católicos una nueva confesionalidad, una especie de religión sin Dios, que es la laicidad.

Los católicos deben desembarazarse de esas nuevas cadenas, de tanta cínica opresión, y hacer valer su presencia mayoritaria en la sociedad española. Deben ser exquisitos con los que creen en otras religiones, también con los que no creen en ninguna, pero no dejarse avasallar como si tuvieran que avergonzarse de una fe que, aparte la dimensión espiritual, que es lo más importante, ha construido en gran medida Europa, ha alentado y conservado los bienes de la cultura, ha dado vida durante siglos a las Universidades, ha llevado el progreso real y las manifestaciones creadoras del espíritu a medio mundo.

Jaime Nubiola, “¿Guerras de religión?”, La Gaceta, 6.III.04

Hace escasas semanas tuve ocasión de visitar la catedral de Barcelona y pude ver el famoso Cristo de Lepanto, que iba en la nave capitana en aquella singular batalla naval de 1571 que significó el declive del poder turco en el Mediterráneo. Llamó mi atención una lápida en el suelo de la capilla que testimonia que allí está enterrado el Obispo Irurita, asesinado en los primeros días de diciembre de 1936. Esos hechos -afortunadamente ya lejanos en el tiempo- cobraban ante mis ojos una especial actualidad, pues aquel mismo día el entonces conseller de Ensenyament, Josep Bargalló, declaraba en la prensa su empeño por cancelar los acuerdos vigentes con la Santa Sede y “luchar” -así decía- por la laicidad de la escuela pública. Al mismo tiempo decía sorprenderse porque, de todas las declaraciones que había hecho desde su nombramiento, las que causaban más reacciones y debate eran las relacionadas con la religión.

En estas semanas electorales la discusión sobre la religión ha aparecido reiteradas veces en boca de diversos políticos. También los obispos han intervenido en los medios de opinión pública dando a conocer las enseñanzas de la Iglesia católica en algunas de las cuestiones debatidas. Quienes, trascendiendo el ámbito español, se han asomado al horizonte internacional, han advertido con desconcierto que tanto en la todavía reciente discusión en Francia sobre el velo islámico en las escuelas como en el debate norteamericano acerca de las uniones de personas homosexuales, pasando por los apasionados comentarios que viene suscitando la película “The Passion” de Mel Gibson, se involucra quizá interesadamente -y siempre de forma muy confusa- la religión con la organización de la vida pública.

Es bien conocido que Samuel Huntington, el politólogo de Harvard, ha augurado que en este nuevo siglo las guerras van a ser guerras de civilizaciones: se van a enfrentar culturas y sociedades, estilos de vida y religiones. En este mismo sentido, la reciente irrupción internacional del terrorismo bajo la bandera del fundamentalismo religioso ha llevado a algunos a pensar que el siglo XXI si no es “laico” -esto es, opuesto o al menos ajeno a toda forma de religiosidad- no podrá ver la paz. Como decía el filósofo Gianni Vattimo hace pocos días, en nuestra civilización multicultural se quieren eliminar todos los símbolos religiosos por miedo al desencuentro, pero eso equivaldría a reducir el espacio público a un desierto. Más aún, todos esos temores, en particular en lo que conciernen al cristianismo, desconocen la dimensión esencialmente personal de la religión cristiana y no prestan atención a su mandamiento central: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”.

Sin duda que en nombre de la religión se han llevado a cabo tropelías, pero es injusto pensar que las guerras son por lo común guerras de religión. El pasado 4 de febrero, Robert McNamara, el secretario de defensa en las administraciones Kennedy y Johnson, daba una conferencia en el campus de Berkeley por primera vez desde su graduación en 1937. Había expectación en el auditorio, ante el anciano de 87 años que narraba las lecciones aprendidas de la guerra de Vietnam y de tantas otras guerras: “Los seres humanos hemos matado a 160 millones de otros seres humanos en el siglo XX. ¿Es esto lo que queremos para este nuevo siglo? Creo yo que no”. Como explicaba el canciller de Berkeley, Robert Berdahl, con estas palabras McNamara se alineaba en lo fundamental con aquellos que protestaban contra su política allí en Berkeley cuarenta años antes. De hecho, su intervención fue recibida con aplausos y asentimiento por el público.

¿Guerras de religión? Eso es un oxímoron, una contradicción literal como “estruendoso silencio” o “luminosa oscuridad”. Las guerras son siempre de irreligión, de falta de relación con los demás, de carencia de amor. Es el odio quien mueve las guerras; es el odio y el afán de poder. En estas semanas he leído con emoción el diario y la correspondencia de Etty Hillesum, una joven intelectual holandesa judía, que se presenta como voluntaria en el campo de Westerbork para acompañar a los millares de judíos allí concentrados antes de su penoso traslado en tren a Auschwitz para su exterminio. Los diarios de sus dos últimos años de vida resultan una experiencia tan enriquecedora como la lectura del Diario de Ana Frank. Lo que más impresiona quizás es su empeño por no odiar a los oficiales de las SS y a toda la maquinaria infernal que convirtió a Europa en un inmenso crematorio. Se ve a sí misma como “el corazón pensante de los barracones”. Escribe en una de sus cartas que “de los campos de concentración han de irradiarse hacia el exterior nuevos pensamientos, nuevas intuiciones, que extiendan lucidez, que crucen por encima de las alambradas de espino que nos encierran y se junten con las intuiciones que la gente de fuera habrá ganado casi con tanta sangre (…). Y quizá sobre la base común de una búsqueda sincera de alguna manera de comprender estos oscuros sucesos, las vidas destrozadas puedan todavía dar un paso tentativo hacia adelante”. Corazones pensantes, eso es lo que nuestro mundo necesita, tanto a escala familiar y local como a escala nacional e internacional.

Los recientes debates en torno a la religión en nuestro país son la punta del iceberg del secularismo que viene erosionando desde hace unas décadas la sociedad occidental. Con base en una pretendida injerencia de la Iglesia católica en el espacio público son muchos los que defienden que la religión debe limitarse solo al espacio de la conciencia. Pero la realidad no es así. La tradición cristiana defiende como un tesoro aquel “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, esto es, defiende la separación entre poder público y autoridad religiosa. Los cristianos no sólo queremos liberar a la religión de la interferencia gubernamental, sino también al gobierno de cualquier interferencia religiosa. En una sociedad democrática es a los ciudadanos -cristianos y no cristianos- a quienes corresponde la responsabilidad de la marcha de la sociedad y no a la jerarquía de la Iglesia católica o a las autoridades religiosas de otras confesiones.

De hecho, la realidad efectiva de la Iglesia católica desde el Romano Pontífice hasta el último cristiano es casi siempre muy luminosa a este respecto. Cuando visitan a Juan Pablo II para darle noticia del muro en construcción en Israel no duda el Papa en responder que la Tierra Santa necesita puentes y no muros. Y esto es lo que nos corresponde a los ciudadanos de a pie, cristianos o no. Si procuramos escucharnos unos a otros, si tratamos de comprender las razones que asisten a nuestras posiciones, comenzaremos a querernos, será posible trabajar codo con codo, colaborar en la construcción de una sociedad más justa, seremos corazones pensantes latiendo al unísono porque pensamos con libertad. Por esta razón, tengo para mí que las “guerras de religión” no son de religión, sino en todo caso de falta de religión.

Jaime Nubiola es Profesor de Filosofía de la Universidad de Navarra.

María Elósegui, “Laicidad y clase de religión en la escuela pública”, Aceprensa, 19.XI.03

LA INCULTURA NO ES LAICA A raíz de la Ley de Calidad de la Enseñanza (LOCE), que introduce una enseñanza no confesional del hecho religioso alternativa a la versión confesional ya existente, ha vuelto a resurgir un debate típico en España: la polémica entre los defensores de un modelo de Estado laicista (que no laico) y quienes defienden un Estado no confesional, con separación entre la Iglesia y el Estado, pero con una laicidad positiva, que permite la manifestación de las creencias en la vida pública.

El derecho a la libertad religiosa y la laicidad del Estado pueden articularse de muchas maneras. El ordenamiento jurídico español, empezando por la Constitución, responde a un modelo de laicidad positiva, con cooperación entre el Estado y las distintas confesiones (art. 16, 3). Ese modelo ha sido refrendado democráticamente y quien desee cambiarlo deberá hacerlo a través de las urnas. Por eso es demagógico atribuir el mantenimiento de la enseñanza de la religión en el currículum escolar a una decisión unilateral del actual partido gobernante.

Con el respaldo de la Constitución La Constitución se votó con un gobierno de UCD en diciembre de 1978 y el Acuerdo entre el Estado español y la Santa Sede sobre Enseñanza y Asuntos culturales fue ratificado el 4 de diciembre de 1979 en el Pleno del Congreso por amplia mayoría. De manera que es perfectamente constitucional. Posteriormente, los acuerdos del Estado español con las confesiones islámica, hebrea y evangélica para la enseñanza religiosa específica, fueron realizados durante la legislatura socialista entre 1992 y 1996.

También se hizo también bajo dicha legislatura la regulación de las actividades de estudio alternativas a las enseñanzas de religión. Así que quienes ahora alegan que la enseñanza de la religión en la escuela es inconstitucional, porque ellos defienden un modelo de Estado que no es el vigente y lo hacen contra la opinión mayoritaria de la sociedad española, deberían saber perder y utilizar los cauces democráticos para demandar sus legítimas aspiraciones, en un legítimo disenso.

Normal en Europa Están en minoría en España, pero también lo están en Europa. Si nos fijamos en los países del entorno europeo, prácticamente todos establecen un modelo de laicidad positiva con cooperación entre las distintas confesiones y el Estado, que incluye la enseñanza en la escuela pública de las religiones mayoritarias. Bélgica, Italia, Escocia, Inglaterra, Alemania, con distintos sistemas, son un ejemplo de lo dicho. En todos ellos se imparte la asignatura de religión en la escuela pública. Por citar el caso de Bélgica, además está regulada la enseñanza del Corán con un convenio con el gobierno turco por el que se contratan laboralmente profesores con el título de teología coránica para impartir esa asignatura en la escuela pública.

Sólo Francia ostenta en solitario un modelo de separatismo y de laicismo de Estado. Y también es el país donde esta concepción de la laicidad en la escuela está dando lugar a mayores polémicas a raíz de la creciente presencia de alumnos musulmanes. Pero, incluso en Francia, en Primaria queda a disposición de las confesiones media jornada a la semana, para la enseñanza de la religión fuera de la escuela, y en Secundaria se deja libre una hora semanal dentro del propio centro para que un capellán pueda impartir esa enseñanza al que lo desee.

Después de una época en que el aspecto religioso fue proscrito de la escuela estatal, en los últimos tiempos se ha advertido que esto es una carencia cultural importante. Por este motivo, Jack Lang, ministro de Educación del anterior gobierno socialista, encargó al intelectual Régis Debray un estudio sobre cómo abordar el hecho religioso en los programas escolares. Régis Debray, antaño revolucionario con el Che Guevara en las montañas de Bolivia, defendió en su informe de marzo de 2002 sobre “La enseñanza del hecho religioso en la escuela laica” (ver servicio 45/02), que el hecho religioso es un hecho social, multidimensional, que también debe ser transmitido en la escuela. Debe ser estudiado con rigor y tomado absolutamente en serio, por pensable y vivible, por significativo y actual. Incluso quien no crea debe conocerlo en su dimensión exterior histórica.

Para entender el mundo La cultura religiosa, como asignatura específica y sometida a examen, es absolutamente necesaria en el mundo de hoy para no ser unos ignorantes. No basta que se trate transversalmente de esas cuestiones en otras materias. Sin conocer el fenómeno religioso no se puede entender con profundidad muchos temas. Por ejemplo, es imposible entender los derechos humanos y su interpretación sin conocer el contexto religioso y la religión profesada o criticada por sus protagonistas. Con mayor razón en el arte, la literatura, la historia y la filosofía. Es imposible entender la historia del pensamiento filosófico, jurídico y económico europeo sin conocer algo sobre la teología protestante (en sus versiones luterana y calvinista), la católica, y la anglicana.

No se llega a conocer con profundidad a Kant, Hegel o Marx sin saber algo sobre el pensamiento de Lutero, o entender a Adam Smith sin saber qué es el calvinismo, o a Hobbes y Locke sin conocer el anglicanismo. Todavía recuerdo la sabiduría oriental que demostró una economista japonesa con quien coincidí en la Universidad de Glasgow, que para entender la Economía clásica se matriculó, antes de leer La Riqueza de las Naciones, en una asignatura de estudio protestante de la Biblia.

La misma historia de España, el arte, la arquitectura, la pintura, la música están teñidas de religiosidad. Hasta para juzgar de los actuales conflictos mundiales hace falta conocer otras religiones como la islámica con mayor profundidad, sin caer en estereotipos ni prejuicios.

En la propia construcción de la Unión Europea el conocimiento del factor religioso se revela también importante. Así se reconoce en una declaración publicada en Le Monde (14-XI-2003) por una veintena de personalidades de procedencia muy diversa (escritores como Claudio Magris o el Premio Nobel de Literatura Imre Kertész; políticos como el socialista Mario Soares, ex presidente portugués, el democristiano italiano Emilio Colombo o el ex ministro de finanzas alemán Theo Waigel; un científico como el Premio Nobel de Física Carlo Rubbia; hombres religiosos como el cardenal Achille Silvestrini, o el ex gran rabino de Francia, René-Samuel Sirat). Hablando del espíritu común que puede animar la Europa unida, escriben: “Todo demuestra hoy las limitaciones de una visión estrechamente secularista de las sociedades europeas. El fin de la opresión ideológica y el ascenso de los fundamentalismos llevan entender mejor la realidad: uno de los rasgos más marcados de Europa es la separación flexible entre lo político y lo religioso, y el pleno ejercicio de la libertad de creencia como condición del desarrollo de la persona y del enriquecimiento de la vida social (…) Fenómenos tan diversos como la crisis de la transmisión entre las generaciones, las secuelas de la represión antirreligiosa y la invasión de una subcultura mediática y mercantil han llevado a los responsables más apegados a la laicidad a reconocer que la ignorancia sobre las religiones se ha convertido en una amenaza para la vida y para la cohesión de cada país, así como para el pleno desarrollo de la construcción europea”.

Lección del mundo protestante A tenor de la proporción de familias que escogen la enseñanza de la religión (ver cuadro en p. 4), se ve que el español medio quiere que sus hijos e hijas conozcan la religión que profesa y la historia de las religiones (aunque son cosas distintas, ambas necesarias). Después de 25 años de discusión sobre la enseñanza religiosa en la escuela, es ya hora de empezar una etapa en la que dediquemos las energías a proporcionar medios al profesorado que debe impartir la asignatura confesional y la de cultura religiosa. En los sucesivos años que he impartido cursos sobre interculturalidad en el Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad de Zaragoza a profesores de Secundaria y Bachillerato he sido testigo del malestar que ha creado la impartición de unas asignaturas alternativas a la religión mal planteadas, asignadas a los profesores recién llegados o a quienes debían completar su horario lectivo. Por su parte, el cuadro de profesores de enseñanza confesional se ha cubierto con profesorado de diversos niveles de preparación.

Es necesario que las personas encargadas de estas enseñanzas, como las de cualquier otra, estén bien preparadas. España sigue dividida muchas veces entre su clericalismo y su anticlericalismo. Una buena muestra del primero, a mi juicio, es que los estudios de teología se han contemplado sólo como parte de la formación de los sacerdotes. En ese punto, creo que debemos aprender una lección del mundo protestante, en el que los profesores que van a impartir las materias de cultura religiosa o historia de las religiones en la enseñanza secundaria y bachiller deben cursar en la Universidad del Estado una licenciatura pertinente, y otra licenciatura de teología confesional protestante o católica, o una especialidad dentro de la licenciatura o diplomatura de Magisterio para quienes impartan esas materias en primaria.

Esas carreras, incluida la confesional, denominada Divinity en las universidades anglosajonas, no es una carrera para clérigos, sino estudios cursados por profesores laicos que, por ejemplo en Alemania, Escocia e Inglaterra, opositarán como el resto de sus colegas para ser funcionarios de esas asignaturas en el sistema educativo estatal.

En España sólo algunas universidades de la Iglesia han articulado enseñanzas de la licenciatura de Teología a las que pueden acceder laicos. En cambio, los países europeos que he citado anteriormente ofrecen entre sus enseñanzas estatales dicha licenciatura. Hasta la republicana Francia conserva en Estrasburgo la licenciatura de Teología impartida en la Universidad del Estado, dándose el caso de que la alcaldesa de la ciudad es licenciada en esa materia.

Formación del profesorado En España, debido a la crispación del debate sobre la enseñanza de la religión, jalonado por una continua jurisprudencia del Tribunal Supremo, no se ha dado el clima adecuado hasta ahora para articular estas enseñanzas de mejor modo. En ocasiones, los profesores que imparten religión en los centros escolares públicos han sido víctimas de actitudes hostiles y sectarias en el claustro de docentes. Es ese sectarismo el que peca, en todo caso, de inconstitucionalidad.

En definitiva, hay que preparar adecuadamente el profesorado para impartir con rigor esas materias. De hecho, los programas de “Sociedad, Cultura y Religión” estaban en vigor en la legislación nacional y autonómica ya desde 1995 dentro de las materias alternativas a la religión, aunque en la práctica no se impartieran en casi ningún centro escolar.

En el futuro, cuando las aguas vuelvan a su cauce, y sean superados tanto el laicismo beligerante como el clericalismo de sacristía, habrá que articular en la Universidad estatal una licenciatura de ciencias teológicas (confesional) y una historia de las religiones (en este caso no doctrinal, sino descriptiva).

El siglo XXI será el de los laicos y no el del laicismo, y tampoco el del clericalismo, espero, pero eso está por hacer.

María Elósegui Itxaso (elosegui@posta.unizar.es) es Profesora Titular de Filosofía del Derecho en la Universidad de Zaragoza.

Giovanni Lajolo, “La libertad religiosa, piedra angular de la dignidad humana”, Zenit, 7.II.05

Intervención del arzobispo Giovanni Lajolo, secretario de las relaciones de la Santa Sede con los Estados, en el congreso sobre la libertad religiosa celebrado el 3 de diciembre en la Universidad Pontificia Gregoriana por iniciativa de la embajada de Estados Unidos ante la Santa Sede.

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Informe sobre el estado de la libertad religiosa en el mundo, 26.X.02

WASHINGTON, 26 octubre 2002 (ZENIT).- El 7 de octubre el gobierno norteamericano hacía público su último informe sobre libertad religiosa en el mundo. A pesar de los muchos acuerdos internacionales que obligan a las naciones a garantizar la libertad religiosa, el informe observa: “Gran parte de la población mundial vive en países donde el derecho a la libertad de religión se ve restringido o prohibido”.

El informe internacional sobre libertad religiosa para el año 2002, prepab6987alf rado por el Departamento de Estado, es el cuarto informe de esta clase desde que entrara en vigor el Acta Internacional de Libertad Religiosa de 1998. El último informe cubre el periodo que va desde el 1 de julio de 2001 hasta el 30 de junio del 2002, y tiene información sobre más de 190 países.

La primera parte del informe se ocupa de las naciones donde se restringe la libertad religiosa. A la cabeza de la lista se encuentran los países considerados como totalitarios o autoritarios en sus intentos de controlar las creencias o la práctica religiosa. En Birmania, por ejemplo, “el gobierno generalmente se ha infiltrado o controlado los encuentros y actividades de prácticamente todas las organizaciones, incluyendo las religiosas”. Aunque las autoridades demuestran preferencia por el budismo, incluso el clero budista está severamente restringido en sus actividades, dice el informe.

Con respecto a China, el informe habla de la “dura represión” de aquellos grupos que carecen de aprobación oficial. Se ha intensificado en algunos lugares la campaña del gobierno para encauzar toda expresión religiosa en organizaciones que estén bajo supervisión, observa el informe.

La policía sigue cerrando mezquitas, templos y seminarios que no se someten a controles oficiales y “sobre todo los líderes de los grupos no autorizados, son con frecuencia objeto de hostigamiento, interrogatorio, detención y abuso físico, incluida la tortura”.

También recibe críticas Corea del Norte. “Los grupos confesionales y de derechos humanos fuera del país han mostrado numerosos informes sobre la manera en que los miembros de las Iglesias clandestinas son golpeados, arrestados y asesinados”, establece el informe.

Otros países asiáticos mencionados son Laos y Vietnam. El informe pone especial atención en la persecución de los protestantes Hmong en Vietnam, algunos de cuyos miembros han sido acusados de practicar la religión ilegalmente y han sido encarcelados con penas de más de tres años.

Cuba también está en la lista negra, pues según el informe, el gobierno mantiene “sus esfuerzos por mantener un fuerte grado de control sobre la religión”. El informe menciona la vigilancia a la que someten a los fieles las fuerzas de seguridad y añade: “La capacidad de las Iglesias para crear escuelas, formar a trabajadores religiosos, e imprimir material religioso está prohibida o severamente restringida”.

Naciones islámicas La siguiente categoría de países examinados incluye a aquellos que manifiestan hostilidad hacia las religiones minoritarias o no aprobadas. Muchos de estos países son islámicos. En Irán, por ejemplo, hay “una atmósfera de amenaza para algunas minorías religiosas”. Los grupos minoritarios sufren discriminación en áreas tales como empleo, educación y vivienda.

En Irak, continúa la persecución contra la minoría musulmana chií. El informe acusa al gobierno de “una brutal campaña de asesinatos, ejecuciones sumariales, arrestos arbitrarios, y detenciones prolongadas contra los líderes religiosos chiítas y sus seguidores”.

En cuanto a Pakistán, el Departamento de Estado de los Estados Unidos acusa al gobierno de ser incapaz de proteger los derechos de las minorías religiosas y de no estar dispuesto a actuar “contra las fuerzas sociales hostiles a quienes practican una fe diferente”. El informe también critica las leyes contra la blasfemia (cuyo castigo incluye la pena de muerte), que son usadas para acusar e intimidar a los musulmanes así como a otros creyentes.

El informe es incluso más duro cuando habla de Arabia Saudí. “No existe libertad de religión en Arabia Saudí”, establece. No se permite ninguna manifestación pública de creencias no musulmanas, constata. No se permite al clero de otras religiones entrar en el país para proporcionar servicios a sus fieles que viven en Arabia Saudí.

Ni siquiera los musulmanes se libran de la persecución. Los miembros de la minoría chií hacen frente “a una discriminación política y económica institucionalizada, incluyendo restricciones en la práctica de su fe”.

En Sudán, muchas de las víctimas de los ataques del gobierno en la larga guerra civil son miembros de grupos cristianos o de religiones indígenas, dice el informe. Los reclutamientos forzados y la esclavitud continúan en las zonas en guerra, al igual que la conversión forzada al Islam. “El reconocimiento del Islam por parte del gobierno como religión de Estado promueve una atmósfera en la que los no musulmanes son tratados como ciudadanos de segundo orden”, observa el informe.

También se critica a Turkmenistán y a Uzbekistán. El primero continúa restringiendo las manifestaciones religiosas; el gobierno impone severos límites a las actividades de las organizaciones no registradas. En Uzbekistán, los grupos islámicos no autorizados hacen frente a una “dura campaña”, mientras que las iglesias cristianas son toleradas solamente si no intentan lograr conversiones entre la población local.

Leyes no respetadas Otro grupo de países no son capaces de hacer cumplir las leyes existentes que supuestamente protegen la libertad religiosa. En Bangladesh, “con frecuencia la policía es lenta al tener que asistir a miembros de las minorías religiosas cuando son víctimas de crímenes, lo que contribuye a una atmósfera de impunidad”.

En Bielorrusia, la política gubernamental favorece a la Iglesia ortodoxa, mientras otros grupos hacen frente a un “creciente hostigamiento”. Una nueva ley en proceso de ser aprobada aumentaría las restricciones de la libertad religiosa. También se critica a Rusia por continuar utilizando la Ley sobre Libertad de Conciencia de 1997. El informe observa las dificultades que afronta el clero, especialmente los cristianos católicos y evangélicos, para obtener visados de entrada o permanencia en Rusia.

En Egipto se ha registrado cierta mejora, pero su gobierno continúa procesando a personas por creencias no ortodoxas. Y “el proceso de aprobación para la construcción de una Iglesia ha continuado siendo un desperdicio de tiempo y responde de manera insuficiente a las esperanzas de la comunidad cristiana”, dice el informe de Estados Unidos.

También se juzga la violencia religiosa en la India, particularmente los enfrentamientos de inicios de este año protagonizados por grupos hindúes en Gujarat. La hostilidad hacia los musulmanes en Gujarat ha estado relacionada con problemas en la coalición de gobierno, liderada por el Bharatiya Janata (BJP), partido nacionalista hindú “con lazos con grupos chauvinistas hindúes implicados en el pasado en ataques contra las minorías religiosas”.

Otro país criticado es Indonesia. Su gobierno “tolera en la actualidad los abusos contra la libertad de religión”, acusa el Departamento de Estado. Y en Nigeria, la introducción de la Sharia, o ley islámica, en varios estados del norte contradice cláusulas de la Constitución federal, observa el informe. Los miembros de las religiones minoritarias tienen que afrontar en muchas partes discriminaciones por parte de los funcionarios estatales.

Como en pasados informes, algunos países europeos –Bélgica, Francia y Alemania– son criticados por sus leyes que limitan las actividades de algunas sectas. El informe alega que estas leyes “anti-culto” podrían llevarse a la práctica “de forma que den como resultado la persecución de personas por su fe”. El informe también advierte que estas leyes, especialmente una francesa, podrían ser copiadas por otros países, donde las autoridades no serían tan cuidadosas a la hora de llevarlas a la práctica.

El 11 de octubre se cumplía el 40 aniversario del comienzo del Concilio Vaticano II. “La persona humana tiene derecho a la libertad religiosa”, establece Dignitatis Humanae, la declaración aprobada en el Concilio sobre libertad religiosa. La autoridad civil, observa el documento “excede sus límites si pretende dirigir o impedir actos religiosos”. Cuarenta años después, muchos hombres y mujeres del planeta esperan que este derecho básico se respete.

Tomado de Zenit, ZSI02102602

Vicente Huerta, “En busca de un sincero progreso democrático”, PUP, 23.VI.02

La prisa es un elemento característico de los tiempos que nos ha tocado vivir. La prisa y el consumo marcan en gran medida la pauta de nuestro acontecer diario. Si uno necesita un traje, nada de ir al sastre, tomar medidas, etc. se va a unos grandes almacenes, elige un traje “prêt a porter” y ya está. Si se trata de comer, nada de guisos complicados, en cualquier supermercado pueden encontrarse alimentos precocinados y listo; o más fácil aún, unas hamburguesas con “ketchup” y todos contentos. Cuando se trata de tener opiniones sobre temas de actualidad, nada de leer libros gordos, que es aburridísimo, uno pincha la “tele” o abre el periódico y encuentra toda una gama de ideas “prêt a porter”, unas cuantas frases hechas que quedan bastante bien y ahorran el esfuerzo de pensar. De no haber un mínimo control de calidad, nos arriesgamos a tragarnos hamburguesas con carne de canguro canceroso o argumentos elaborados con tópicos de la más baja calidad.

Quisiera advertir aquí del peligro que supone la actual puesta en circulación -en el mercado de las ideas- de algunos razonamientos adulterados. Veamos una muestra tomada del pensamiento laicista; se dice una y otra vez: “en una sociedad pluralista como la nuestra es inadmisible y antidemocrático pretender imponer las propias convicciones a los demás, por lo tanto no se puede legislar según las normas de la moral católica”. Ciertamente, estamos en una sociedad plural y democrática, y es lógico que puedan surgir discrepancias: unos sostienen normas o principios éticos relacionados con sus creencias religiosas mientras, que otros, por no compartir esas convicciones, pueden defender lo contrario. Hasta aquí todos de acuerdo, ahora bien ¿cómo solventar esta discrepancia? En un sistema democrático es evidente que hemos de descartar la imposición violenta de un bando, pero atención, porque aquí es donde se descubre el fraude de esta argumentación.

“Como no se puede imponer a nadie -dirán los laicistas- una creencia religiosa, busquemos una solución neutral, legislemos abstrayendo de toda posición religiosa”. He aquí el truco: curiosamente, la solución “neutral” viene a coincidir con la opinión de uno de los bandos en litigio. Es como si dijéramos: usted propone que ciertos principios acordes con su fe han de inspirar la vida social, y yo sostengo unos principios contrarios a los suyos. Como no podemos ponernos de acuerdo, prescindamos de sus principios y no nos peleemos más.

Evidentemente, los creyentes no tienen por qué aceptar semejante “pluralismo trucado” en virtud del cual se les da por perdedores antes de empezar a jugar. ¿Acaso es menos ciudadano alguien por el hecho de tener convicciones cristianas? Y si no es menos ciudadano ¿Por qué ha de tener menos derecho a influir en la configuración de la sociedad en la que vive? Tienen razón quienes sospechan de un planteamiento que sólo funciona para negar a los cristianos el derecho de afirmar sus propios valores o sus propias tradiciones, mientras que permite al no creyente conservar arbitrariamente y sin necesidad de justificación alguna su propia postura, en una especie de “cara, yo gano; cruz, usted pierde”.

La confusión engendra confusión, y así, partiendo de este sofisma, se llega a afirmaciones tan sorprendentes como las de aquellos que dicen: “personalmente estoy en contra del aborto, pero me parece antidemocrático imponer mis convicciones a quienes no piensan así”. Resulta tan sorprendente como afirmar “personalmente estoy en contra de la injusticia pero no haré nada por implantar la justicia en el mundo” ¿Puede uno considerarse más demócrata al pensar de este modo? Semejante actitud no es muestra de talante democrático, lo que evidencia es debilidad de las propias convicciones. Siempre que emplee medios lícitos puedo y debo luchar por implantar la justicia a mi alrededor ¿acaso se puede tachar de antidemocrática la actitud de los ecologistas que luchan por lograr una legislación severa contra aquellas industrias altamente contaminantes? ¿sería más acorde con la sociedad democrática no querer imponer esas ideas a los demás y aceptar pacíficamente el hecho de que muchas y poderosas industrias contaminen? Un precedente significativo lo tenemos en el siglo pasado con respecto a la polémica sobre la esclavitud. Estados Unidos, 1857, el juez Roger B. Taney firmaba una sentencia con la que se ratificó y extendió la esclavitud. Sin embargo se daba la circunstancia curiosa de que el propio Taney estaba en contra de la esclavitud y de hecho había liberado años antes a sus propios esclavos. Personalmente estaba en contra de la esclavitud, pero no quería imponer sus puntos de vista a otras personas. Su decisión pasó a la historia como una de las más desafortunadas del siglo XIX. Las convicciones firmes y los valores verdaderos nunca serán un peligro para la sociedad democrática, sino la garantía de un auténtico progreso.

Ignacio Sánchez Cámara, “Relativismo dogmático”, ABC, 27.X.2001

Apenas pasa un día sin que podamos asistir a una demostración del dogmatismo de quienes profesan, más bien de boquilla, el más displicente de los relativismos. Esta actitud goza de una inmerecida buena fama, pues pretende ir asociada a la tolerancia, a la ausencia de dogmatismo, a la aceptación de la posible razón del discrepante, en suma, a la posesión de un talante civilizado, elegante y exquisito. La verdad es que todas estas virtudes carecen de verdadero mérito en el relativismo consecuente, pues nada más natural que admita la razón del adversario quien estima que su posición es relativa, discutible y dudosa. En última instancia, el relativismo radical es incompatible con la tolerancia, pues la vuelve superflua e imposible. Se tolera lo que se estima deficiente, erróneo o falso. Lo que puede ser verdadero y acertado no se tolera; se acepta o se discute. Pero lo curioso es la facilidad con la que tantos relativistas confesos desmienten con sus palabras y sus obras la doctrina que dicen profesar. En ocasiones superan en dogmatismo y descalificación del adversario a quienes pretenden imponer el carácter absoluto y objetivo de su verdad. Nadie más dogmático que un relativista radical. También algunos de los más violentos se encuentran en las filas de los pacifistas. En primer lugar, están tan seguros de estar en posesión de la verdad, a pesar de su relativismo, que exhiben la más feroz arrogancia contra los que tildan de dogmáticos. Dogmatismo por dogmatismo, el suyo tampoco está mal. Las personalidades más autoritarias suelen encontrarse entre estos ardorosos relativistas de salón. En esto, cierta izquierda alcanza auténtica maestría. Todo es relativo, pero Castro es un benefactor de la humanidad. Todo es relativo, pero los Estados Unidos son culpables de todo el mal del mundo. Todo es relativo, pero la religión es un engaño. Todo es relativo, menos la razón indeleble y eterna que les asiste. En lo único en lo que son coherentes con su relativismo es en lo que se refiere a las dictaduras. Ahí todo depende: unas son buenas y otras malas. En el fondo, se trata de un falso relativismo unidireccional, de una pura coartada. Son relativistas a la hora de combatir las tesis que rechazan, pero son dogmáticos cuando defienden las suyas propias. Sus oponentes son dogmáticos. Ellos lo saben bien, aunque todo es opinable. En lugar de argumentar, descalifican. Si no les gusta una ley, es injusta y se incumple. Es un relativismo fingido y estratégico. La ley democráticamente aprobada es la suprema expresión de la justicia, pero sólo cuando gobiernan ellos. Son unos extraños relativistas, siempre dispuestos a lapidar dialécticamente, y, en los peores casos, de manera literal, al adversario. Son los representantes de un relativismo frenético y visceral. En la España de hace unas décadas, buena parte de la izquierda abrazó la filosofía analítica y el neopositivismo lógico, pensando tal vez que constituían una excelente manera de combatir al pensamiento metafísico tradicional, especialmente el religioso, instaurando el escepticismo en materias morales, políticas y religiosas. Mas omitían el pequeño detalle de que si su interpretación de esas teorías era correcta, también quedaban reducidos a añicos y cenizas sus propios postulados y, especialmente, su idolatrado marxismo. Se trataba para ellos de una herramienta útil para combatir al adversario, pero que se desvanecía y volvía inútil cuando se trataba de aplicársela a ellos mismos. El episodio, aunque ya lejano, permite aclarar la condición nativa de esta tan curiosa especie que goza de excelente salud.

Rafael Navarro-Valls, “La primera de las libertades” (libertad religiosa), El Mundo, 18.VIII.97

Lo que no se logró en las conferencias de El Cairo y de Beijing o en el debate sobre la ampliación de la OTAN lo ha conseguido la libertad religiosa. Me refiero a la coincidencia de Juan Pablo II, Clinton y Yeltsin frente al proyecto de ley sobre libertad de culto, aprobada hace unos días por el Parlamento ruso. Tengo delante el texto íntegro de la carta enviada por el Papa a Yeltsin, alentándole a dar una nueva redacción a la ley rusa. También, el ultimátum del Senado de EEUU a Rusia por la restricción de la actividad de las confesiones protestantes, el informe que acaba de hacer público el Departamento de Estado norteamericano sobre el estado de la libertad religiosa en el mundo, y los términos del veto del presidente ruso, que deja en suspenso la promulgación de la ley aprobada por la Duma. En los cuatro documentos, un punto de convergencia: la libertad religiosa es la primera de las libertades y su restricción supone una grave lesión de los derechos humanos.

La cuestión debatida en los medios nacionalistas rusos y en los foros internacionales es ésta: ¿el veto de Yeltsin es la lógica reacción de defensa frente a una lesión de las libertades básicas o, más bien, el fruto de una injerencia extranjera a través de una concertada presión internacional? El análisis de algunas actuaciones dispersas de las iglesias ortodoxas permitirá aclarar el interrogante.

Es sintomático que, mientras en las zonas musulmanas de Sarajevo los católicos y protestantes pudieron continuar practicando su culto, en la parte serbia se produjo una expulsión masiva de sacerdotes y ministros de otros cultos cristianos. En Grecia, la Constitución vigente dispone que «el proselitismo está prohibido». Esta cláusula es un medio de defensa de la Iglesia ortodoxa griega, que se remonta a la Constitución de 1844, donde se incluyó para frenar una campaña de la iglesia evangélica entre los estudiantes griegos. La intolerancia frente a otros cultos es tan evidente que no hace mucho el Tribunal de Derechos Humanos ha debido condenar a Grecia por reprimir penalmente el proselitismo intentado por un testigo de Jehová (caso Kokkinakis) sobre una mujer de religión ortodoxa.

Si ahora centramos la atención sobre la actuación de la Iglesia ortodoxa rusa se entiende algo más el veto de Yeltsin. La ley aprobada por el Parlamento ruso establece la primacía nacional de la Iglesia ortodoxa. Junto a ella, define confusamente como religiones «tradicionales» de Rusia -además de la ortodoxa- el islam, el budismo, el judaísmo y «otras religiones», que no precisa. Las religiones no explícitamente «tradicionales» deberán acudir a registrarse antes del 31 de diciembre de 1998. En el registro, para obtener el reconocimiento de «organización religiosa panrusa» y lograr plenos derechos públicos, una iglesia o confesión tendrá que presentar 100.000 firmas y demostrar que tiene «representaciones», hoy y desde hace más de 50 años, en al menos la mitad de las provincias rusas. Los que no consigan ese reconocimiento no gozarán de personalidad jurídica durante un mínimo de 15 años, de derechos de propiedad, de editar publicaciones, no podrán practicar culto público ni crear instituciones de enseñanza. Podrán ser sancionadas, entre otros supuestos, si hacen propaganda en favor de la objeción de conciencia.

Los términos restrictivos de esta ley -apoyada por el poderoso grupo comunista en la Duma- se explican por el contexto histórico ruso. El estado zarista y la Iglesia ortodoxa tuvieron un concepto monista de la autoridad. «Autocracia, ortodoxia y nacionalismo» fue el lema oficial del zar Nicolás I y sus sucesores. Aunque el sistema soviético proscribió la religión, Stalin utilizó la influencia de la Iglesia ortodoxa como elemento de cohesión del nacionalismo ruso. Y, más tarde, para acceder al estado clerical en la Iglesia ortodoxa había que firmar un documento de adhesión al KGB. Este dato -hecho público durante la glasnot de Gorbachov- ha erosionado el prestigio de la Iglesia ortodoxa, propiciando conversiones al catolicismo y al protestantismo. De ahí, entre otras razones, el temor ortodoxo a una ley que facilite el proselitismo de otras confesiones.

Ciertamente, no todo es juego limpio en el proselitismo. El peligro de manipulación o fraude es evidente. Pero en esta materia ocurre como con la libertad de expresión. Si se aceptan los valores de la prensa libre, es preciso también aceptar el riesgo de que parte de la prensa vaya a actuar irresponsablemente en un momento determinado. Como ha dicho Tom Wicker, no existe medio alguno con el que se pueda prevenir tal riego sin eliminar la libertad de prensa. También en materia religiosa el Estado tiene que correr el riesgo de la libertad. Es el ciudadano el que debe defenderse de la indoctrinación sectaria. No es bueno que el Estado intervenga -salvo especialísimos supuestos- creando zonas de incontaminación al amparo de influencias externas. El argumento de la «defensa del indefenso» suele ser, en esta materia, casi siempre la carta jugada por los Estados totalitarios.

Rafael Navarro Valls es Catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid.

Joseph Pearce, “J.R.R. Tolkien o la lucha de la verdad contra el relativismo”, 19.XI.01

Entrevista a Joseph Pearce sobre el «Señor de los Anillos».

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Informe del Departamento de Estado de Estados Unidos sobre libertad religiosa, 17.XI.01

WASHINGTON, 17 noviembre 2001 (ZENIT.org).- El tercer “Informe sobre libertad religiosa en el mundo” elaborado por el Departamento de Estado norteamericano, recién publicado, hace mención especial a algunos países asiáticos, incluyendo, aunque no cause sorpresa, Afganistán.

La introducción al informe manifiesta que su propósito “es presentar el plan de acción de Estados Unidos para promover la libertad religiosa en el mundo”. El informe abarca el periodo que se extiende entre el 1 de julio del 2000 al 30 de junio del 2001.

Los países particularmente censurados son aquellos que son definidos como “regímenes totalitarios o autoritarios”, que buscan un monopolio de las ideas.

Asia en la mira Los talibán en Afganistán son culpables de una “marcado deterioro de la libertad religiosa” por la rígida aplicación de la “charia”, o ley islámica. El informe cita la represión de la minoría chiíta, la destrucción de las dos estatuas gigantes de Buda, y la prohibición de actividades religiosas a los no musulmanes.

Birmania es otro país asiático destacado por su gobierno totalitario. El informe acusa a las autoridades birmanas de imponer restricciones, al infiltrarse en las reuniones y actividades de las organizaciones religiosas. El régimen ha bloqueado también los esfuerzos para promover los derechos humanos y la libertad política llevados a cabo por el clero budista.

En China, la libertad religiosa ha empeorado, afirma el informe. Las autoridades se han mostrado especialmente duras en relación con el movimiento Falun Gong y con los monjes budistas tibetanos.

En algunas regiones, las iglesias católicas clandestinas leales a Roma, así como casas-iglesia protestantes han sufrido ataques más frecuentes y persecución. Las autoridades han tomado medidas enérgicas contra las iglesias no registradas, y las han amenazado con chantajes, detenciones y demolición de sus propiedades.

También Laos y Vietnam son puestos en la picota. El gobierno laosiano, dice el informe norteamericano, ha forzado a cientos de cristianos para que firmen escritos de renuncia de su fe, y ha cerrado más de 65 iglesias.

En Vietnam se ha reprimido los grupos carentes de reconocimiento oficial, y se han mantenido las restricciones que sufrían las jerarquías y el clero de los grupos que han sido oficialmente reconocidos. Vietnam “sigue limitando el número de ordenaciones sacerdotales, la publicación de materiales religiosos, y las actividades educativas y humanitarias” dice el informe. El Estado también controla los grupos a través de evaluaciones políticas de sus líderes y de quienes serán sacerdotes o monjes.

En Corea del Norte, el panorama es todavía de persecución total. El documento del Departamento de Estado norteamericano ha notar que “grupos religiosos” y de derechos humanos han elaborado numerosos informes sobre cómo se ha golpeado a los miembros de las iglesias clandestinas, se les ha arrestado o asesinado a causa de sus creencias religiosas.

Resulta difícil de encontrar una confirmación independiente de estos alegatos, pero “el peso colectivo de las evidencias de estos casos de cruel trato a que se ve sometida la actividad religiosa ilegal, da crédito a estas informaciones”, dice el informe.

Fuera de Asia, Cuba destaca por sus restricciones. El Ministerio del Interior desarrolla actividades que incluyen “la infiltración, el seguimiento y el acoso de los grupos religiosos. El gobierno en pocas ocasiones permite la construcción de nuevas iglesias, y fuerza a muchos de los fieles a que busquen autorizaciones para reunirse en sus propios hogares. Obtener un permiso y comprar materiales para reparar las iglesias existentes sigue siendo un proceso largo y costoso”.

Países islámicos El informe dedica una sección a cómo algunos gobiernos persiguen a religiones minoritarias. En este grupo se incluye a un cierto número de países islámicos. Se critica a Irán el haber provocado sentimientos anti-bahai y anti-judíos con propósitos políticos. “Bahais, judíos, cristianos, mazdeístas y musulmanes sufíes sufren prisiones, acosos o intimidaciones a causa de sus creencias religiosas” afirma el informe norteamericano.

En Irak, donde los árabes sunníes dominan la vida política y económica, el gobierno discrimina sistemáticamente a los chiítas, y así “se restringen o prohíben muchas prácticas religiosas chiítas”. Se acusa a las autoridades de haber desarrollado durante décadas “una campaña brutal de asesinatos, ejecuciones sumarias, arrestos arbitrarios y detenciones prolongadas contra los líderes religiosos chiítas y sus adeptos”.

En Pakistán, donde en un domingo pasado, un grupo de cristianos fue masacrado mientras asistían a una ceremonia en una iglesia católica, el gobierno ha fallado en la protección de los derechos de las minorías. Las minorías son registradas en un sistema electoral separado y con frecuencia se convierten en objetivos fáciles de las leyes contra la blasfemia.

Arabia Saudita no sale mejor parada. “La libertad religiosa no existe en Arabia Saudita”, dice el informe llanamente. Todos los ciudadanos son obligados a ser musulmanes, y están prohibidas las manifestaciones públicas de las religiones no musulmanas. Incluso se persiguen las ceremonias privadas no musulmanas. Las autoridades no permiten entrar al clero en el país para llevar a cabo servicios religiosos no musulmanes.

Sudán es otro régimen islámico acusado de actividades represoras, especialmente contra los cristianos y las creencias tradicionales indígenas. Con dificultad se renuevan los visados de los sacerdotes católicos extranjeros, anota el informe, y “los no musulmanes son tratados como ciudadanos de segunda clase”.

Dos antiguas repúblicas soviéticas de Asia central, Turkmenistán y Uzbekistán, se llevan también ataques en el informe. En Turkmenistán, el gobierno pide a todas las religiones que se registren, pero en realidad sólo se permite la inscripción al Islam Sunní y a la Ortodoxia rusa. En Uzbekistán, las autoridades continúan una “dura campaña contra los grupos islámicos no autorizados”.

Ofensas menos serias Se acusa a un cierto número de Estados de hacer muy poco para evitar violaciones de la libertad religiosa, llevadas a cabo por grupos privados u oficiales locales.

Entre esta clase de países se encuentra Egipto, donde cristianos y judíos sufren dificultades. En India, el gobierno central es acusado de impotencia en la salvaguarda de la libertad religiosa. Es evidente la falta de acción contra los grupos extremistas hindúes que atacan a las minorías. El gobierno de Indonesia viene considerado como “incapaz de controlar el extremismo religioso o de evitar la violencia cometida y motivada por grupos radicales que dicen representar ciertos puntos de vista religiosos”. El informe menciona, en particular, los asesinatos y las conversiones forzosas en las Molucas, y la introducción de ciertas partes de la ley islámica en la provincia de Aceh.

Se critica a Nigeria por sus tumultuosas relaciones entre musulmanes y cristianos. La introducción de la “charia” en cierto número de provincias norteñas ha elevado las tensiones.

No todo es negativo. El informe detecta progresos en México, Argentina, Azerbaiyán, Bosnia y Herzegovina, la República Checa, Guinea Ecuatorial, Eritrea, Hungría, Jordania, Kazajstán, Kenya, Mozambique, Perú, Polonia, Rusia y Ruanda. El llamamiento a la libertad religiosa parece que todavía se oye.

Tomado de Zenit, ZSI01111701

J. Olorunfemi Onaiyekan, “La falta de libertad religiosa y el terrorismo fanático”, 10.X.01

CIUDAD DEL VATICANO, 10 octubre 2001 ( ZENIT.org).- Un gran promotor del diálogo con el mundo musulmán ha elevado su voz en el Sínodo para pedir que la asamblea condene con fuerza la violación de los derechos humanos que se da en algunos Estados islámicos, especialmente en los que el fundamentalismo es influyente.

Monseñor John Olorunfemi Onaiyekan, presidente de la Conferencia Episcopal de Nigeria, constató este martes al tomar la palabra ante los casi 300 participantes en la asamblea: «aquellas naciones que han seguido haciendo de la intolerancia y del fanatismo la bases de su política de Estado, son naturalmente terreno fértil para ese tipo de terrorismo que conmocionó el mundo el pasado 11 de septiembre».

«Y esto no sólo se aplica a los Talibán de Afganistán –aclaró el arzobispo de Abuja–, sino también muchas naciones que han gozado y gozan de respeto político de la así llamada “comunidad internacional”».

«Cuando una nación niega a algunos de sus ciudadanos el derecho fundamental a la libertad de religión y a la igualdad ante la ley, ¿no es acaso culpable de terrorismo de Estado?», preguntó.

Como ejemplo típico de esta situación, mencionó en particular el caso de Sudán «¿Tendrá este Sínodo el coraje para proclamar la verdad que el resto del mundo parece tener el miedo de admitir? –siguió preguntando– ¿Durante cuánto tiempo continuará admitiendo el mundo algunos regímenes que aceptan grandes violaciones de los derechos humanos en el nombre de la religión?».

El arzobispo de Abuja es un convencido impulsor del diálogo con el Islam. En su país, de 120 millones, la mitad son cristianos y la otra mitad musulmanes, algo que considera como una «situación privilegiada» en este campo.

Considera que a pesar de las revueltas que en algunos Estados se han levantado a causa de la imposición de la ley islámica («sharia»), musulmanes y cristianos viven en armonía y afrontan juntos los desafíos del país.

Por eso, considera que es realmente triste el hecho de que los medios de comunicación hablen de su país sólo cuando hay enfrentamientos entre creyentes de las dos religiones.

Estos altercados, que en ese país han dejado centenares de muertos en los últimos meses, tienen dos razones principales, reveló: –Las actividades de fanáticos, de los dos lados, que provocan crisis y conflictos que después acaban involucrando a todos.

–La manipulación de políticos que manipulan la religión para sus propios objetivos. El intento de imponer la «sharia» como ley del Estado es un caso típico.

La respuesta cristiana en la convivencia con el Islam, según el arzobispo nigeriano implica tres elementos: –Profundizar en la fe de nuestros cristianos, para que sean firmes testigos de su fe y respetuosos de los demás.

–Seguir tendiendo nuestras manos al diálogo y la colaboración con la gran mayoría de nuestros conciudadanos musulmanes, hombres y mujeres, que están dispuestos a vivir en paz unos con otros.

–Para garantizar el bien común, resistir y condenar la injusticia, incluso y especialmente cuando se proclama blasfemamente en nombre de Dios.

Monseñor Onaiyekan terminó su intervención con el saludo musulmán en árabe y latín «In-sha-Allahu», «Deo Volente. Amen».

Tomado de Zenit, ZS01101008

Informe sobre el estado de la libertad religiosa a inicios del siglo XXI, 28.III.01

El estado de la libertad religiosa a inicios del siglo XXI
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José Ramón Ayllón, “La tolerancia”

En un arrebato de optimismo, Confucio soñó con una época de tolerancia universal en la que los ancianos vivirían tranquilos sus últimos días; los niños crecerían sanos; los viudos, las viudas, los huérfanos, los desamparados, los débiles y los enfermos encontrarían amparo; los hombres tendrían trabajo, y las mujeres hogar; no harían falta cerraduras, pues no habría bandidos ni ladrones, y se dejarían abiertas las puertas exteriores. Esto se llamaría la gran comunidad.

El mundo sueña con la tolerancia desde que es mundo, quizá porque se trata de una conquista que brilla a la vez por su presencia y por su ausencia. Se ha dicho que la tolerancia es fácil de aplaudir, difícil de practicar, y muy difícil de explicar. Aparece como una noción escurridiza que, ya de entrada, presenta dos significados bien distintos: permitir el mal y respetar la diversidad. Su significado clásico ha sido «permitir el mal sin aprobarlo». ¿Qué tipo de mal? El que supone no respetar las reglas de juego que hacen posible la sociedad. Si algunos no respetan esas reglas comunes, la convivencia se deteriora y todos salen perdiendo. Por ello, quien ejerce la autoridad -el gobernante, el padre de familia, el profesor, el policía, el árbitro- está obligado a defender el cumplimiento de la norma común.

Defender una ley, una norma o costumbre, implica casi siempre no tolerar su incumplimiento. Pero hay situaciones que hacen aconsejable permitir la posición de fuera de juego y «hacer la vista gorda». Esas situaciones constituyen la justificación y el ámbito de la tolerancia entendida como permisión del mal. Hacer la vista gorda es un giro insuperable, porque expresa algo tan complejo como disimular sin disimular, darse y no darse por enterado. Esa es precisamente la primera acepción de tolerancia, prerrogativa del que tiene la sartén por el mango, que libremente modera el ejercido del poder.

Los clásicos llamaron clemencia a la tolerancia política. Séneca escribió el tratado De clementia para influir sobre un Nerón que empezaba a mostrar su cara intolerante. El filósofo estoico profundiza en la naturaleza del poder y presenta un verdadero programa de gobierno: el príncipe, corno alma que informa y vivifica el cuerpo del Estado, debe gobernar con una justicia atemperada por la demencia, que es moderación y condescendencia del poderoso. En El mercader de Venecia, Shakespeare hace un elogio insuperable de la clemencia: bendice al que la concede y al que la recibe; es el semblante más hermoso del poder, porque tiene su trono en los corazones de los reyes; sienta al monarca mejor que la corona, y es un atributo del mismo Dios. De forma parecida, Cervantes hace decir a don Quijote que se debe frenar el rigor de la ley, pues «no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo». Y da este sabio consejo a Sancho, Gobernador de la ínsula Barataria: «Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia».

Decidir cuándo y cómo conviene hacer la vista gorda es un arte difícil, que exige conocer a fondo la situación, evaluar lo que está en juego, sopesar los pros y los contras, anticipar las consecuencias, pedir consejo y tomar una decisión. Está en juego el propio prestigio de la autoridad, la posible interpretación de la tolerancia como debilidad o indiferencia, la creación de precedentes peligrosos. Por ello, el ejercicio de la tolerancia se ha considerado siempre como una manifestación muy difícil de prudencia en el arte de gobernar. Marco Aurelio reconoce que recibió de su antecesor, el emperador Antonino Pío, la experiencia para distinguir cuándo hay necesidad de apretar y cuándo de aflojar.

Hay una tolerancia propia del que exige sus derechos. La oposición de Gandhi al gobierno británico de la India no es visceral sino tolerante, fruto de una necesaria prudencia. En sus discursos repetirá incansable que, «dado que el mal sólo se mantiene por la violencia, es necesario abstenernos de toda violencia». Y que, «si respondemos con violencia, nuestros futuros líderes se habrán formado en una escuela de terrorismo». Además, «si respondemos ojo por ojo, lo único que conseguiremos será un país de ciegos».

¿Cuándo se debe tolerar algo? La respuesta genérica es: siempre que, de no hacerlo, se estime que ha de ser peor el remedio que la enfermedad. Se debe permitir un mal cuando se piense que impedirlo provocará un mal mayor o impedirá un bien superior. La tolerancia se aplica a la luz de la jerarquía de bienes. Ya en la Edad Media se sabia que «es propio del sabio legislador permitir las transgresiones menores para evitar las mayores». Pero la aplicación de este criterio no es nada fácil. Hay dos evidencias claras: que hay que ejercer la tolerancia, y que no todo puede tolerarse. Compaginar ambas evidencias es un arduo problema. ¿Deben tolerarse la producción y el tráfico de drogas, la producción y el tráfico de armas, la producción y el tráfico de productos radiactivos? ¿Es intolerante el Gobierno alemán cuando prohibe actos públicos de grupos neozazis? ¿Y el Gobierno francés cuando clausura dos periódicos musulmanes ligados al terrorismo argelino? ¿Son intolerantes las legislaciones que prohiben el aborto? Todos los análisis realizados con ocasión del Año Internacional de la Tolerancia aprecian la dificultad de precisar su núcleo esencial: los límites entre lo tolerable y lo intolerable. John Locke, en su Carta sobre la tolerancia, asegura que «el magistrado no debe tolerar ningún dogma adverso y contrario a la sociedad humana o a las buenas costumbres necesarias para conservar la sociedad civil». Un límite tan expreso como impreciso, pero quizá el único posible. Hoy lo traducimos por el respeto escrupuloso a los Derechos Humanos, pomposo nombre para un cajón de sastre donde también caben, si nos empeñamos, interpretaciones dispares.

Ante una realidad con tantas lecturas y conflictos como individuos, no queda más remedio que confiar a la ley el trazado de la frontera entre lo tolerable y lo intolerable. Y aceptar la interpretación del juez. En todo lo que la ley permite, hay que ser tolerante. En lo que la ley no permite, el juez y el gobernante pueden ejercer la tolerancia con prudencia. Pero hay leyes injustas que toleran la injusticia, y jueces y gobernantes que juegan con las leyes justas. En ese caso, mientras se espera y se lucha por tiempos mejores, conviene recordar que ya Platón consideraba la corrupción del gobernante como lo más desesperanzador que puede lamentarse en una sociedad. La violación de la justicia por el máximo responsable de protegerla no es una sorpresa para nadie, y sólo cabe evitarla si el gobernante es capaz de encarnar el consejo de Caro Baroja: «mientras no haya una conducta moral individual estrictamente limpia, todo lo demás son mandangas».

La segunda acepción de tolerancia es «respeto a la diversidad». Se trata de una actitud de consideración hacia la diferencia, de una disposición a admitir en los demás una manera de ser y de obrar distinta de la propia, de la aceptación del pluralismo. Ya no es permitir un mal sino aceptar puntos de vista diferentes y legítimos, ceder en un conflicto de intereses justos. Y como los conflictos y las violencias son la actualidad diaria, la tolerancia es un valor que necesaria y urgentemente hay que promover.

Ese respeto a la diferencia tiene un matiz pasivo y otro activo. La tolerancia pasiva equivaldría al «vive y deja vivir», y también a cierta indiferencia. En cambio, la tolerancia activa viene a significar solidaridad, una actitud positiva que se llamó desde antiguo benevolencia. Los hombres, dijo Séneca, deben estimarse como hermanos y conciudadanos, porque «el hombre es cosa sagrada para el hombre». Su propia naturaleza pide el respeto mutuo, porque «ella nos ha constituido parientes al engendrarnos de los mismos elementos y para un mismo fin». Séneca no se conforma con la indiferencia: «¿No derramar sangre humana? ¡Bien poco es no hacer daño a quien debemos favorecer!». Por naturaleza, «las manos han de estar dispuestas a ayudar», pues sólo nos es posible vivir en sociedad: algo «muy semejante al abovedado, que, debiendo desplomarse si unas piedras no sostuvieran a otras, se aguanta por este apoyo mutuo». La benevolencia nos prohibe ser altaneros y ásperos, nos enseña que un hombre no debe servirse abusivamente de otro hombre, y nos invita a ser afables y serviciales en palabras, hechos y sentimientos (Epístolas a Lucilio).

En sus Pensamientos, el emperador Marco Aurelio nos confía que «hemos nacido para una tarea común, como los pies, como las manos, como los párpados, como las hileras de dientes superiores e inferiores. De modo que obrar unos contra otros va contra la naturaleza». Igual que nuestros cuerpos están formados por miembros diferentes, la sociedad está integrada por muchas personas diferentes, pero todas llamadas a una misma colaboración. Por eso, «a los hombres con los que te ha tocado vivir, estímalos, pero de verdad». Esta comprensión hacia todos debe llevarnos a pasar por alto lo molesto y desagradable, no con desprecio, sino con intención positiva: «Si puedes, corrígele con tu enseñanza; si no, recuerda que para ello se te ha dado la benevolencia. También los dioses son benevolentes con los incorregibles». Con resonancias socráticas, Marco Aurelio también dirá que «se ultraja a sí mismo el hombre que se irrita con otro, el que vuelve las espaldas o es hostil a alguien».

Voltaire, al finalizar su Tratado sobre la tolerancia, eleva una oración en la que pide a Dios que nos ayudemos unos a otros a soportar la carga de una existencia penosa y pasajera; que las pequeñas diversidades entre los vestidos que cubren nuestros débiles cuerpos, entre todas nuestras insuficientes lenguas, entre todos nuestros ridículos usos, entre todas nuestras imperfectas leyes, entre todas nuestras insensatas opiniones, no sean motivo de odio y de persecución.

En la misma estela de los grandes clásicos, el discurso final de Charles Chaplin en El Gran Dictador, es un canto a la tolerancia donde parece que oímos la vieja melodía de Confucio: –Me gustaría ayudar a todo el mundo si fuese posible: a los judíos y a los gentiles, a los negros y a los blancos ( … ). La vida puede ser libre y bella, pero necesitamos humanidad antes que máquinas, bondad y dulzura antes que inteligencia ( … ). No tenemos ganas de odiarnos y despreciarnos: en este mundo hay sitio para todos ( … ). Luchemos por abolir las barreras entre las naciones, por terminar con la rapacidad, el odio y la intolerancia ( … ). Las nubes se disipan, el sol asoma, surgimos de las tinieblas a la luz, penetramos en un mundo nuevo, un mundo mejor, en el que los hombres vencerán su rapacidad, su odio y su brutalidad.

Las profecías de Confucio y de Charles Chaplin no se han cumplido. Al contrario: Naciones Unidas ha proclamado 1995 Año Internacional de la Tolerancia, después de medio siglo de Auschwitz e Hirosima, porque se ha roto el consenso del «nunca más». La condición de toda «educación tras Auschwitz», propuesta por Theodor Adorno, ha fracasado. ¿«Nunca más» campos de concentración en Alemania cuando otros se han llenado en Bosnia? ¿«Nunca más» genocidios cuando el mundo sabe y tolera que mujeres, ancianos y niños hayan sido de nuevo vejados, torturados, violados o deportados en vagones de ganado? En estos años de fervor tolerante apreciamos en la tolerancia tres patologías. Primera patología: el abuso de la palabra. Dicen los pedagogos que el grado de eficacia de un consejo paterno está en relación inversa al número de veces que se repite. La tolerancia también puede aburrir por saturación, devaluarse por tanta repetición y manoseo. La sensibilidad humana crece salvaje si no se cultiva, pero también puede estragarse por sobredosis. Además, en la tolerancia se cumple el refrán «del dicho al hecho hay un trecho». Es decir, si sólo hay declaración de buenas intenciones, sólo habrá palabrería ineficaz.

Segunda patología: la intolerancia enmascarada. Debajo de muchas exhibiciones de tolerancia se esconde la paradoja del «dime de qué presumes y te diré de qué careces». Voltaire se pasó media vida escribiendo sobre la tolerancia y avivando los odios contra judíos y cristianos. Se veía a sí mismo como patriarca de la tolerancia, pero su amigo, Diderot lo retrató como el Anticristo, y media Europa le rechazó por no ver en él más que el genio del odio. En una de sus perlas más conocidas asegura que si «Jesucristo necesitó doce apóstoles para propagar el Cristianismo, yo voy a demostrar que basta uno solo para destruirlo». Por último, en el deslizamiento de la tolerancia hacia el permisivismo encontramos la tercera patología. Las consecuencias de este falseamiento son más graves en el ámbito de la educación escolar. Cuando en una tragedia de Eurípides se dijo que en materia de virtud lo mejor era mirar todo con indulgencia, Sócrates se puso en pie, interrumpió a los actores y dijo que le parecía ridículo consentir que se corrompiera así la educación.

José Ramón Ayllón, “Desfile de modelos” Tomado de www.ecojoven.com

Joseph Ratzinger, “El fundamentalismo islámico”, 1993

Tomado de "Una mirada a Europa", Rialp, 1993.

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Robert Spaemann,”¿Qué es el fundamentalismo?”, Atlántida VII.1992

Qué es un fundamentalista? «Alguien que niega todo discurso, un fanático con el que no se puede hablar» Ésta sería la definición crítica del fundamentalismo. Otra de carácter apologético diría quizá: «Un hombre para el que algo es sagrado, y que no está dispuesto a negociarlo» De este modo podemos dibujar los contornos del problema que en nuestra civilización se esconde tras el término fundamentalismo. Origen del fundamentalismo El concepto ha dejado su ámbito de origen hace mucho tiempo. Pero hay que tener presente ese ámbito, para comprender este fenómeno universal. Fundamentalistas eran, en primer lugar, los protestantes americanos que—en contra de la ilustración científlca y la hermenéutica teológica—insistían en tomar al pie de la letra la Biblia y, especialmente, lo que dice sobre la creación, rechazando la teoría moderna de la evolución. El problema adquirió relevancia política con la cuestión de si el sistema educativo del Estado podía favorecer alguna de esas opiniones, concretamente, la teoría de la evolución. Es bueno dejar claro que un fundamentalismo suficientemente radical no entra en conflicto ni con la lógica ni con la experiencia. Desde David Hume sabemos que el common sense extrapola la validez de las leyes de la experiencia hacia el pasado y hacia el futuro, y esto hasta ahora nos ha ido bien. Pero no es posible hallar ni rastro de un argumento convincente contra aquellos que afirman que un día dejará de irnos bien, o que las leyes de la naturaleza empezaron a tener vigencia exactamente hace seis mil años, porque en aquel momento fue creado el vniverso, junto con su «pasado»—irreal—,es decir, junto con los fósiles. También en sueños vemos con frecuencia un pasado que trasciende la actualidad soñada, pero que es esencialmente pasado y nunca fue presente. E incluso dentro de la época en la que rigen nuestras leyes de la naturaleza, éstas no deciden sobre las excepciones, es decir, los milagros. Sólo dan la medida de su improbabilidad, pero esa medida carece de interés para lo que es esencialmente único. El sentido, visto como un todo, siempre es algo improbable, y una fe que se refiere al sentido de un acontecimiento se refiere por tanto, precisamente a lo inverosímil. El fundamentalismo cristiano es un fenómeno en gran medida protestante. «Que dejen prevalecer la Palabra y no se les dé las gracias por ello…» Este verso de Lutero presenta la Reforma como un movimiento fundamentalista, de regreso a los orígenes, lo que significa, sobre todo, regresar a las Sagradas Escrituras. Detrás de este movimiento latía la convicción de una falta de autenticidad de la corriente surgida en esa fuente, y de la falta de competencia de la instancia de interpretación que pretendía unir constantemente la evolución del cristianismo con su origen. Toda tradición es al mismo tiempo historia de la interpretación. Sócrates, preguntado acerca de por qué no escribió nunca un libro, respondió: «Un libro está indefenso, siempre precisa que su padre acuda en su ayuda.» Allí donde esta ayuda no se produce, mediante la delegación de poderes a una instancia que interprete—«quien a vosotros escucha, a mí me escucha»—,se puede cuestionar la legitimidad de la evolución de esa doctrina. Siempre puede y tiene que ver revisada por cada individuo. Pero la última instancia de revisión tiene que ser el propio texto, y a su vez éste sólo se da como interpretado, porque leer es ya interpretar. El fundamentalismo cree poder sustraerse a este círculo hermenéutico, que parece tornar todo arbitrario y todo —hasta el ateísmo compatible con la Biblia, mediante una literalidad del texto aparentemente libre de interpretaciones. «Que dejen prevalecer la Palabra…» La historia enseña que de tales lecturas literales de determinados textos siempre han emanado impulsos de revitalización y renovación de tradiciones. Como ejemplo, puede bastar San Francisco con su interpretación literal de algunas partes del Evangelio referidas a la pobreza. Pero igualmente claro es que cada una de estas reformas tenía a su vez que constituir algo así como una ortodoxia, es decir, una tradición interpretativa vinculante y fundante de una identidad. Naturalmente, en el protestantismo la ortodoxia siempre ha tenido un estatuto precario, porque los escritos en los que se basa no pueden apoyarse por su parte en una autoridad interpretativa específica, basada en la escritura. De este modo, la ortodoxia protestante siempre estuvo amenazada por dos lados: por el lado de la crítica histórica o la ilustración científica y por el lado del utopismo, que invoca directamente el testimonio del Espíritu Santo en el iluminado lector de la Escritura. La ortodoxia, en cambio, es una construcción intelectual católica. Presupone una instancia legitimadora de la evolución de la doctrina, es decir, una instancia que se remonte al origen y la tradición. El fundamentalismo es, por así decirlo, su contrafigura «protestante». El tradicionalismo católico La contraprueba de esta tesis es el tradicionalismo católico del arzobispo cismático Lefebvre. Él adoptó de hecho una postura fundamentalista, pero no en relación a la Biblia, sino en relación a antiguas manifestaciones doctrinales de la Iglesia que parecen difícilmente compatibles con las declaraciones del Concilio Vaticano II, sobre todo las referidas a la libertad religiosa. Sin duda, el Concilio ha declarado que «la doctrina, que nos ha sido transmitida de la obligación moral del hombre y las sociedades respecto de la verdadera religión y la única Iglesia de Jesucristo, permanece inalterada», pero no ha hecho intento alguno por garantizar la continuidad de la tradición y con ello la propia legitimidad haciendo que las nuevas manifestaciones mantuvieran una relación de re-interpretación con las antiguas. De este modo, era provisible el recurso fundamentalista a la validez «literal» de anteriores manifestaciones doctrinales eclesiásticas, aparentemente necesitadas de interpretación. Naturalmente, el fundamentalismo católico está en una situación tan trágicoparadójica como la ortodoxia protestante. Si el primero presupone de hecho un magisterio auténtico, esta última presupone el libre examen de los textos canónicos, es decir, un principio protestante. El fundamentalismo islámico Esta frase: «que dejen prevalecer la Palabra» podría servir también como grito de guerra de aquellos musulmanes que en Occidente se califica de fundamentalistas. También el fundamentalismo islámico es la reacción a la ruptura de una tradición y a la crisis de un identidad legitimadora de una evolución. Para que los cambios culturales puedan ser entendidos como progreso, hay que tener escalas que permitan distinguir las mejoras de los empeoramientos. Tales escalas aseguran la identidad, al unir la evolución a los propios orígenes, al entenderla como «cumplimiento» de lo que se ha dicho desde el principio. En sus tiempos de grandeza, el Islam desplegó un poderoso potencial creativo, filosófico y científicoartístico, superior en su época al del Occidente cristiano. Sin embargo, la moderna revolución científico-técnica no ha surgido en suelo islámico, sino que ha irrumpido en éste desde fuera, la mayoría de las veces bajo el signo del colonialismo. No fue casualidad que el tenebroso y sangriento fundamentalismo tuviera su centro en el país al que un déspota ilustrado había sido el primero en importar ideas occidentales de reforma agraria, tecnocracia, emancipación de la mujer y alfabetización. La truculencia del régimen iraní y el desafío a la comunidad de Estados civilizados producido por la llamada al asesinato de un escritor, no dejaron lugar a duda sobre la seriedad del fenómeno. La peligrosidad es tan sólo la otra cara de una pretensión seria. Un ciudadano occidental medio difícilmente puede imaginar que alguien se tome en serio el honor de Alá y el respeto a lo que los creyentes consideran una revelación divina. El hecho de que la revelación tenga en el Islam la forma de la transmisión de un libro, y no como en el cristianismo—la de la aparición de un hombre, hace del fundamentalismo, de la «literalidad», de la sola scriptura, un fenómeno genuinamente islámico, y de la cuestión de cómo «el padre puede venir en ayuda del libro» una cuestión abierta. Sólo una autoconciencia recobrada y fortalecida dará a los pueblos islámicos la tranquilidad, que es la única que puede hacer posible algunas respuestas creativas. Fanatismo y funcionalismo La civilización occidental preparó desde el siglo XVII el vocablo despreciativo «fanatismo» para aplicarlo a las convicciones incondicionadas, que escapaban al discurso universal. Al principio la palabra fue empleada por los católicos contra los protestantes, después por los protestantes ortodoxos contra los utopistas y, por último, por los protagonistas de la ilustración contra toda forma de fe revelada. El Islam pasaba por ser la forma de fe revelada más resistente a la transformación en «religión natural», y por tanto—como dijera Voltaire—,el prototipo del fanatismo. El fanatismo es la contrafigura del ideal del imperio de la razón, es decir, del discurso universal, racional y sin presupuestos sobre lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo. Un discurso así debía ser posible y fecundo porque la razón, como escribió Descartes, es la cosa más uniformemente repartida del mundo. Imperio de la razón y derechos humanos parecían ser casi sinónimos. El historicismo del siglo XIX nos ha hecho conscientes de que el universalismo de la razón, los derechos humanos y la ciencia misma sólo pueden surgir en el territorio de una determinada cultura, con presupuestos muy específicos. El relativismo cultural del siglo xx afirma que estos postulados permanecen ligados a sus presupuestos históricos, es decir, que precisamente no pueden pretender una vigencia universal. En este sentido, hace algunos anos que Georg Picht salió al paso del universalismo de los derechos humanos como la expresión tardía de una metafisica fracasada en Europa. No tomaba en consideración que, para aquel que ha sido privado de ellos, la evidencia de los derechos humanos podría ser quizá un argumento a favor de la metafisica que llevan implícita. En la medida en que el universalismo europeo se emancipa de sus propios fundamentos, se autodisuelve. El resultado de esta autodisolución es un concepto teórico de racionalidad que se refleja sólo en la funcionalidad de los elementos del sistema y en los eventuales impulsos a la evolución producidos por las disfuncionalidades. El funcionalismo es una forma de pensar que, al entender todos los contenidos como funciones, los hace sustituibles por sus equivalentes funcionales. Convicciones dogmáticas, veredictos morales incondicionales —por ejemplo, frente a la tortura o el aborto , vínculos personales irrevocables, son cuerpos extraños en una civilización funcionalista. Sólo es capaz de entender los problemas morales que plantea la tecnología genética en términos de aceptación, pero no contribuye en nada a legitimar o impedir esa aceptación. Libertad y dignidad le parecen, a un cientifista ilustrado como Skinner, reliquias fundamentalistas que sólo pueden ser un impedimento en la construcción de una sociedad satisfecha y funcional. Se consideran obstáculos, como lo era para el teórico moderno de la soberanía, Thomas Hobbes, la frase bíblica «hay que obedecer más a Dios que a los hombres». Fundamentalismo y nacionalismo Una civilización que rompe de manera rotunda con sus orígenes provoca un fundamentalismo radical, que se remonta a toda la tradición histórica de Europa, y es el biológico. Este comienza ya a finales del siglo XIX. El cristianismo había pedido a los pueblos de Europa que se dejaran adoptar como «gentiles» por una nueva genealogía, que llamaran a Abraham «nuestro padre» e imitasen a sus reyes David y Salomón. El reino de los alemanes no había sido un reino alemán, sino el mismo Imperio Romano. Liberado de esta historia «colonial» e «invasora», el fundamentalismo biológico esperaba el despliegue del genuino potencial de la raza céltica o germánica. El nacionalsocialismo fue la primera toma de poder del fundamentalismo naturalista, que, aunque hijo de la ilustración cientifista, contemplaba su universalismo racional en materia de derechos humanos como parte de la herencia judeo-romana que había que superar. Por lo demás, el nacionalsocialismo fue una enseñanza respecto al destino que espera a todo fundamentalismo que alcanza el poder político: dejar de ser fundamentalismo (esto también es válido para el Islam). No por casualidad Hitler hizo reescribir la historia en la segunda mitad de su período de gobierno imperialista: Carlos, el «asesino de los sajones», volvió a ser «Carlomagno», y fueron precisamente los nacionalsocialistas los que eliminaron la antigua escritura germánica y la sustituyeron por la latina, usual en el resto de Europa, de forma que hoy los niños ya no saben leer las cartas de juventud de sus abuelos. El fundamentalismo verde El fundamentalismo biológico ha sobrevivido a su variante nacional, estatal-terrorista, y ha acogido en su seno nuevos motivos. También el fundamentalismo verde es un movimiento de deslegitimación. Se deslegitima una evolución civilizadora en nombre de algo originario, elemental, que en esta evolución no se desplegó, sino que fue reprimido y negado. Este algo originario ya no son las razas humanas, sino las especies naturales de la Tierra, y entre ellas la especie homo sapiens y sus amenazadas condiciones naturales de s pervivencia. Este movimiento es fu damentalista en tanto que recha. toda mediación social-históricojul dica para su escala de valores. El si tema social de las culturas más ava] zadas se basaba, desde su punto de vista, en la represión de la naturaleza y, por así decirlo, de la mujer como representante de la naturaleza dentro del sistema social. El racionalismo europeo no sería sino la culminación de tal historia de represión, que habría marcado y envenenado de forma sexista nuestras estructuras lingüisticas. La fuerza de este nuevo fundamentalismo estriba en un hecho indiscutible y en una opinión igualmente indiscutible. El hecho: el sistema industrial ha llevado al límite de lo tolerable nuestras condiciones naturales de vida. Eso ha hecho que por primera vez, éstas sean tematizadas, y que se tome conciencia de que todos los seres humanos estamos en el mismo barco en lo que a este peligro se refiere. La opinión: en este sentido, lo bueno y lo malo son magnitudes más o menos fijas. Son como son, independientemente del consenso o aceptación de que gocen. Si en relación a las condiciones de supervivencia tiene lugar un consenso y aceptación erróneos, posiblememte sea demasiado tarde para aprender del error. En este sentido, estamos ante uno de los muchos retornos inevitables del Derecho Natural, es decir, de lo correcto e incorrecto «por naturaleza». Cuando el fundamentalista no negocia algo es porque no está a su disposición. Rousseau decía que si los Estados infringían el Derecho Natural caerían en un estado de caos hasta que «la invencible naturaleza de las cosas vuelva a tomar el poder». Rousseau, al afirmar esto, pensaba en el caos social y político. Para los fundamentalistas verdes, el caos social es preferible, en determinadas circunstancias, a un orden social que produce tanto más caos externo cuanto más perfecta es su organización interna. Sin duda, también aquí vencerá al final «la invencible naturaleza de las cosas», pero en determinadas circunstancias eso llevará consigo la desaparición del homo sapiens de la superficie de la Tierra. Del hecho de que las condiciones de supervivencia no dependen de él, el fundamentalista deduce, equivocadamente por otra parte, que tampoco sus ideas al respecto están disponibles para ser corregidas, y del hecho de que la verdad no admite compromisos deduce que los compromisos siempre serán malos a la hora de alcanzar lo que cree correcto. En relación con esto, también es muy instructiva la forma de entender los derechos humanos del fundamentalismo verde. En primer lugar, está determinada por la tendencia a hacer desaparecer la diferencia entre derechos civiles y derechos humanos. Ni el pasado histórico común, ni la comunidad linguística, ni la disposición para formar parte de una comunidad solidaria con fines a largo plazo definen de manera relevante la unidad política, sino la categoría puramente natural de la «afectación» común actual. Esta concepción se vuelve explosiva cuando se une a una idea de los derechos humanos que no los entiende como derechos de defensa, sino como derechos de exigencia incondicionados de cada persona, ejecutables directamente. Por ejemplo, el derecho de ser acogido en nuestra comunidad—por princlpio en toda—mientras la acogida del «afectado» se vea como una mejora de su situación vital, es decir, mientras se eliminen los dec]ives de sus expectativas de vida, condicionados histórica y geográficamente, y la ley de la entropía de la sociedad mundial nivele todas las estructuras de la «buena vida». Fundamentalismo político El fundamentalismo político está en estrecho contacto con lo que Max Weber llamaba «ética de la convicción». En todo caso, parece que la distinción entre «ética de la convicción» y «ética de la responsabilidad» no existe en realidad. Weber llama «ética de la responsabilidad» a la que desarrolla una acción política que quiere alcanzar o provocar a medio plazo situaciones que considera deseables en el área limitada que le ha sido confiada. En cambio, la «ética de la convicción» es o bien la que contempla la responsabilidad como directa y limitada, es decir, que hay un responsable del resultado de una acción concreta, por ejemplo, la muerte de un hombre, o bien la que pone sus acciones al servicio de una estrategia a largo plazo en el marco de una visión global de los objetivos, y cuya justificación escapa, por tanto, a la valoración del common sense. Weber mostraba mayor respeto por la «ética de la convicción» en el primer sentido. Pero advertía que ésta no es una ética política. Sólo sería capaz de poner límites a la ética política. La segunda pretende ser ética política, pero tampoco lo consigue, porque, al fin y al cabo, sólo lleva a privar a las cosmovisiones políticas de su comprobación racional, y a exigir a su servicio una libertad de actuación ilimitada. Es por tanto, fanatismo en el sentido auténtico del término. La distinción entre las dos formas de «ética de la convicción» nos permite diferenciar también dos formas de fundamentalismo. El fundamentalismo es una postura esencialmente apolítica, porque el espacio de lo político es el espacio de la mediación, de la relativización funcional, de la ruptura con todas las exigencias de incondicionalidad. La absolutización del punto de vista político, la interpretación de todas las realizaciones humanas a través de su función política positiva o negativa es la característica del totalitarismo. Todo totalitarismo es antifundamentalista, aunque a menudo tenga un origen fundamentalista. Pero su antifundamentalismo no significa nihilismo, porque para la «humanidad común» podría decirse: cualquier persona es fundamentalista en algo. Hay símbolos de lo incondicionado que, aunque de naturaleza finita, contienen una exigencia incondicional para los seres finitos. Sin tales símbolos, la incondicionalidad se convierte en una palabra vacía y el hombre en un ser despreciable para el que nada es «sagrado», es decir, al que todo le está permitido. Por otra parte, lo incondicionado se presenta como objeto de respeto, no de imposición. Una política que impusiera los derechos humanos nunca podría tener la misma incondicionalidad que el mandato moral de respetar esos derechos. El análisis de estos temas es antiguo. Está expuesto insuperablemente en dos tragedias griegas, la Antigona de Sófocles y la Orestiada de Esquilo. Antígona es el prototipo insuperable de una fundamentalista negadora del discurso. La obligación de enterrar a su hermano se basa en una ley inmemorial de los dioses, que a la vez responde a la ley del corazón: «No estoy aquí para odiar, sino para amar.» Creón, el rey, fundamenta su prohibición en razones de Estado. Su insolencia radica en imponer un cálculo racional que no respeta como medida aquello que es más antiguo y «más fundamental» que el sistema político. Sin embargo, todavía no ha caído en la trampa de Hobbes de devaluar la frase «hay que obedecer más a Dios que a los hombres», declarándose como soberano y único intérprete auténtico de ese mandato divino. Pero en este caso el fundamentalismo que encierra esa frase, igual que el que hay detrás del comportamiento de Antígona no es directamente amenazador, desde el punto de vista político, por cuanto da pie a acciones sin duda desobedientes, de resistencia activa, de rebelión, pero no políticas. Antígona no quiere que su hermana Ismene tome parte en la empresa La actuación política sólo tiene sentido cuando es eficaz. Y sólo puede ser eficaz cuando sigue las leyes de la lógica política, cuando se aventura fuera de los muros de la fortaleza inexpugnable del fundamentalismo La tragedia clásica tiene también una obra maestra sobre el trato político legítimo con el fundamentalismo: la Orestiada de Esquilo. El poder político, el poder fundador de la polis de la paz, aparece aquí en la figura de Atenea, que ante el Areópago deposita su voto en la balanza a favor de Orestes, asesino de su madre: hay que poner fin a la cadena de muertes Pero las furias Erinias rugen. No quieren sacrificar su derecho fundamentalista y feminista a la vindicación del asesinato, a la nueva lógica de la paz. En realidad, Atenea no impone el derecho a las Erinias, sino que intenta, con éxito, apaciguarlas. Las invita a permanecer en la ciudad como «Euménides», como diosas benéficas, «despolitizadas» por así decirlo, y liga el bienestar de la ciudad a que estas diosas, que son más antiguas que ella misma, tengan siempre un lugar sagrado en su seno. Al ser privadas del poder político, su presencia se convierte en una garantía de que lo político no perderá su mesura y su respeto a lo «sagrado», que precede a toda política y que ella misma no puede generar. Tomado de http://www.unav.es/capellaniauniversitaria/

J. Adelman y A. Kuperman, “Persecución a los cristianos en Oriente Medio”, ACI, 7.I.02

Un análisis publicado por el Denver Post y elaborado por los profesores Jonathan Adelman y Agota Kuperman, dos expertos en Islam, revela el dramático proceso por el cual los cristianos del Medio Oriente, cuya historia se remonta a los orígenes mismos del cristianismo, vienen desapareciendo bajo la presión del fundamentalismo islámico.

“En la siguiente década, más o menos en ese periodo de tiempo de acuerdo a lo que se da en el presente, habrán, si es que hay, muy pocos cristianos viviendo en Belén, lugar donde nació Jesús. Lo mismo en Nazaret, donde Jesús creció, y hasta en Jerusalén, donde cerca de 600 iglesias históricas existen todavía”, afirma el estudio y explica que “los cristianos en el territorio palestino han caído del 15 por ciento de la población árabe en 1950, a tan solo 2 por ciento de hoy. Belén y Nazaret, que han sido pueblos abrumadoramente cristianos, tienen ahora una fuerte mayoría musulmana”.

El análisis explica que “hoy, tres cuartos del total de los cristianos de Belén viven fuera, y más de los cristianos de Jerusalén viven en Sydney, Australia, que en el lugar de su nacimiento. Hoy, los cristianos comprenden sólo el 2.5% de Jerusalén, aunque en ellos todavía se incluye a algunos de los que nacieron en la vieja ciudad cuando los cristianos todavía constituían una mayoría”.

“¿Qué ha sucedido? ¿Por qué han habido tantos, y tan pocos reportados cristianos exiliados del Medio Oriente, con alrededor de 2 millones huyendo en los últimos 20 años? ¿Por qué es que de repente la mitad de todos los cristianos iraquíes emigraron clandestinamente en los últimos 10 años?”, se preguntan los autores.

El informe responde que “la única gran causa es la presión de los radicales musulmanes. Para estar seguros, también han habido otras razones para estos exilios. Los cristianos educados del medio oriente algunas veces se han ido por razones económicas, otros para evitar el inicio de violentos conflictos”.

Sin embargo, “un grupo entero de cristianos no abandona la tierra en donde sus ancestros han vivido cerca de 2000 años simplemente por buscar una sociedad más próspera. Esa gente ha tenido que ser presionada para salir. Y eso es precisamente lo que los radicales islámicos tratan de hacer”.

El estudio desarrolla algunos de los casos más importantes: “En Egipto, muchas leyes o costumbres favorecen a los musulmanes y su constitución proclama al Islam como la religión del estado. Es casi imposible construir o restaurar iglesias al tiempo que muchos miles de nuevos edificios musulmanes han sido aprobados por el estado. Las leyes prohiben las conversiones de musulmanes al cristianismo.

En Arabia Saudita, todos los ciudadanos deben ser musulmanes, es ilegal importar, fabricar o poseer materiales cristianos o no musulmanes, y los cristianos son encarcelados y deportados por esa causa.

Sudán ha seguido los códigos islámicos desde 1983 y se declaró a si mismo como país islámico en 1991.

Una brutal guerra civil emprendida por los musulmanes de Arabia del norte contra los cristianos y los africanos negros animistas del sur ha matado más de 2 millones de personas.

En Afganistán la aplicación rigurosa de las leyes islámicas ha sembrado tal odio hacia los cristianos que no hubieron más iglesias abiertas ni números significativos de cristianos reunidos en el país.

En Irán, los cristianos forman el 0.4 por ciento de la población. La pequeña población cristiana es tratada como una “segunda clase”. La literatura cristiana es ilegal, los conversos del Islam a otra religión son perseguidos de muerte y la mayoría de la iglesias evangélicas son subterráneas”.

Jonathan Adelman y Agota Kuperman, ACI, 7.I.02

Agencia Fides, “Situación de los cristianos en países musulmanes”, 15.XI.01

Informe de la Agencia Fides, 15.XI.01.

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Ignacio Aréchaga, “El año de la tolerancia cero”, Aceprensa, 17.VII.02

Últimamente los políticos hablan mucho de tolerancia. Pero suele ser para propugnar la “tolerancia cero”. Bush anuncia “tolerancia cero” para atajar los escándalos financieros, dispuesto a meter tras las rejas a los culpables de fraudes: “Se han acabado los días en que se podía amañar la contabilidad y ocultar la verdad”. “Tolerancia cero” es también la consigna para afrontar la delincuencia juvenil. En Francia un proyecto de ley del nuevo gobierno endurece el procedimiento penal para los menores: los jóvenes de 13 a 16 años sospechosos de haber cometido un delito podrán ser encarcelados preventivamente, y se podrá imponer sanciones educativas desde los 10 años. Tony Blair también está alarmado ante el crecimiento de la delincuencia juvenil. Convencido de la importancia de la escuela y de la autoridad paterna para evitarla, amenaza con suprimir los subsidios familiares a los padres que no hagan lo necesario para evitar el absentismo escolar de los hijos.

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Ayuda a la Iglesia Necesitada, “Mejora ligeramente la libertad religiosa en el mundo”, 1.VII.02

ROMA, 1 julio 2002 (ZENIT.org).- En el mundo aumenta en general el diálogo y la sensibilidad al respeto y la tolerancia hacia la religión. Pero todavía hay países donde reina la intolerancia, como pone de relieve el Informe 2002 de la asociación Ayuda a la Iglesia Necesitada, presentado este jueves en Roma.

Hay países, como Sudán o Yemen, donde la conversión al catolicismo puede costar la vida. En otros, por ejemplo China o Vietnam, la actividad evangelizadora está severamente controlada por las autoridades y se prevén durísimas sanciones en caso de violación de las normas.

Existen también aquellos donde la actividad terrorista de grupos extremistas integristas, como India e Indonesia, de hecho impide profesar la propia religión. Y por último hay países, como Rusia y Ucrania, donde la presencia de una tradición religiosa hace difícil, desde el punto de vista administrativo, a otras confesiones religiosas el ejercicio misionero.

Al inicio del nuevo milenio, la situación de la libertad religiosa en el mundo se presenta todavía con muchas sombras y problemas no resueltos: persecuciones, masacres, represiones, obstáculos de naturaleza legislativa o burocrática se oponen a este derecho fundamental del hombre.

Los autores del informe han señalado cinco categorías de países en las cuales, con diferente intensidad y forma, se conculca la libertad religiosa.

Área islámica Presenta una situación siempre difícil para el pluralismo religioso. Hay casos extremos, como los de Sudán y Yemen, o las normas severísimas que rigen en Arabia Saudita, donde no está oficialmente permitido ningún tipo de culto y los trabajadores no islámicos son considerados de segunda categoría, hasta el punto de que no pueden ser enterrados en el lugar; la prohibición de proselitismo rige para las incluso respetadas comunidades religiosas no musulmanas en Irán; países como Egipto, en los que no rige ninguna regla restrictiva, de hecho es prácticamente imposible construir nuevas iglesias.

Área comunista En China, Vietnam, Cuba, Corea del Norte, los espacios de culto son tolerados con la condición de un estrecho control por parte de las estructuras estatales que a menudo intervienen en delicadísimas decisiones, como el nombramiento de obispos o el número de seminaristas a admitir cada año. Hay que añadir las discriminaciones de carácter político y social, la primera de ellas la marginación en el partido para quien profesa una fe religiosa y las violentas represiones para el que se adhiere a Iglesias o confesiones no controladas por el Gobierno.

Área budista e hinduista La expansión del fanatismo religioso en países como India, Sri Lanka o Nepal crea dificultades de convivencia con los otros cultos minoritarios. Cada vez se propagan más los actos de violencia contra los adeptos y las religiones menos difundidas, perpetrados por grupos extremistas, y las peticiones de parte del clero local de limitar su culto.

Área de conflictos locales La guerra civil y los enfrentamientos étnicos presentes en países como Colombia, Sudán o Ruanda se traducen en asesinatos de misioneros y en masacres de miembros de diferentes comunidades religiosas.

Área de restricciones Incluye países de todo el mundo en los que por diversos motivos existen limitaciones y obstáculos de carácter administrativo al pleno ejercicio del derecho a la libertad religiosa, o donde los exponentes de la religión mayoritaria presionan al Gobierno para que no conceda la misma ciudadanía a todas las confesiones. Entre ellos hay estados ex comunistas como Rusia y Ucrania, naciones islámicas «laicas» como Turquía e Irak, y otros países donde la política del Gobierno choca con la postura de las Iglesias, como Venezuela.

Sin embargo, en general, se puede hablar de cierta mejoría de la situación. Luca Diotallevi, profesor de la Universidad de Roma, destacó cuatro indicadores positivos: aumento del número de países que adoptan modelos de legislación de tutela de la diversidad religiosa, incremento del número de conversiones, mayor pluralismo dentro de las religiones y crecimiento de la sensibilidad y de las relaciones entre religiones distintas.

Tomado de Zenit, ZS02070102

Tadeusz Kondrusiewicz, “Vuelven persecuciones de la era comunista”, HR, 24.IX.02

El arzobispo católico de Moscú denuncia que vuelven persecuciones de la era comunista. Monseñor Tadeusz Kondrusiewicz hace una dramática llamada de auxilio al mundo entero, en favor de los católicos rusos en riesgo de asfixia y exterminio.

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Informe anual sobre libertad religiosa en el mundo, 11.V.05

El 11 de mayo la Comisión para la Libertad Religiosa Internacional de Estados Unidos (USCIRF) presentaba su informe anual sobre libertad religiosa. Junto con el informe, la comisión anunciaba sus recomendaciones a la secretaria de estado, Condoleezza Rice, sobre «los países de especial preocupación» (CPCs).

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