Juan Manuel de Prada, “Dios andaba por medio”, ABC, 5.VIII.06

Seguramente las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan hayan tenido ocasión, como yo mismo, de empacharse con la caterva de libracos que, como buitres al hedor de la carroña, han vituperado las imprentas durante los últimos meses, al rebufo de la malversación de la memoria histórica orquestada por el Gobierno. Es cierto que se han publicado algunos volúmenes valiosos, pero la avalancha de cochambre panfletaria ha sido tan copiosa y jaleada que han pasado casi inadvertidos. Ahora quisiera llamarles la atención sobre uno de esos pocos libros valiosos; un libro enjuto y conmovedor que no merecería quedar sepultado entre la morralla mejor promocionada. Se titula «Un adolescente en la retaguardia» (Ediciones Encuentro) y lo firma un octogenario, el Padre Plácido María Gil Imirizaldu, a quien el estallido de la contienda pillaría, con apenas quince años, en el monasterio benedictino de El Pueyo (Barbastro), donde a la sazón cursaba estudios. Se trata de uno de los libros más hermosos que he leído en mucho tiempo, de una belleza frugal y reparadora que ensancha el espíritu.

«Un adolescente en la retaguardia» nos narra las vicisitudes que precedieron al martirio salvaje de los monjes de El Pueyo, acusados absurdamente de custodiar un arsenal entre las paredes del monasterio. No fueron los únicos religiosos asesinados en Barbastro: numerosos sacerdotes diocesanos -con su obispo al frente-, escolapios y claretianos padecieron un idéntico destino. Pero no se crea el lector que el propósito de Plácido Mª Gil sea ofrecernos una narración truculenta de aquellas jornadas, mojando su pluma en los chafarrinones del sensacionalismo; por el contrario, nos muestra aquellos desmanes con una mirada pudorosa, llena de una serena piedad, la misma que descubrió en los monjes de su comunidad, con quienes compartió cárcel en las vísperas de su martirio. Las páginas que el autor dedica a las postrimerías de aquellos monjes fortalecidos por la oración y los sacramentos, que caminan hacia la muerte como quien se dirige a una fiesta, son de una emoción tan vívida y apretada que el lector debe detenerse para tomar aliento.

Pero lo más hermoso y aleccionador de este libro no es tanto la narración de vicisitudes históricas como la crónica de la supervivencia de una vocación. Aquel muchacho que había visto morir en circunstancias tan atroces a sus amados monjes aún tendría que apurar hasta las heces el cáliz del dolor: primero en Barbastro, donde lo obligarían -en un ambiente sofocante de brutalidad- a servir de camarero a los milicianos que se dirigían al frente; después en Caspe, donde presenciaría los bombardeos de la aviación franquista, que no duda en execrar; ya por último, acogido por una familia de generosos payeses de la comarca de Urgel. Durante todo este período entreverado de desgracias, el autor despliega una galería de personajes de gran vibración humana: entre la escombrera del odio también brotaron, como flores silvestres que asoman entre los cardos, las pasiones más nobles, los sentimientos más acendrados, las virtudes más abnegadas. Y es que, como afirma el autor, «Dios andaba por medio». Cuando, a comienzos del 39, el joven protagonista llegue al fin a su pueblo natal, Lumbier, en Navarra, para reunirse con sus padres que lo daban por muerto -la escena del reencuentro es, en su escueta simplicidad, una bofetada de belleza-, su vocación se halla milagrosamente incólume. El libro se clausura cuando, pocos meses después, el autor se dispone a ingresar en el monasterio de Valvanera: «Dentro del corazón -escribe, con una frase trémula de belleza- encierro a todos los hombres».