Juan Manuel de Prada, “La fuerza del espíritu”, ABC, 2.IV.06

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Hace ahora un año el universo suspendía la respiración, conmovido ante la noticia: Juan Pablo II había entregado su hálito. Aquel viejo disminuido, tembloroso de parkinson y casi inválido, con la voz adelgazada hasta el susurro había encarnado, mientras duró su estancia entre nosotros, la más bella estampa de la Verdad; y hoy, cuando ya la contempla, se erige en ejemplo para todos los que anhelamos alcanzarla. Aquel hombre, a un tiempo demolido e invicto, que mantenía una lucha encarnizada con su propia decrepitud, llevaba escrito en sus arrugas y cicatrices todo un tratado de teología: Dios mismo lo habitaba, Dios mismo le inspiraba aquella donación sufriente, Dios mismo quería mostrar al mundo a través de aquel Papa dispuesto a morir con las sandalias puestas cuál era la exacta medida del amor cristiano, que se entrega hasta calcinarse. Juan Pablo II, al inmolarse de aquel modo extraordinariamente generoso, quiso como Jesús estar al lado de los que sufren, quiso demostrarnos también que, bajo el barro fragilísimo que modela nuestra envoltura carnal, alienta la piedra del espíritu, que no admite claudicaciones.

El papado oceánico de Juan Pablo II, demasiado fecundo para compendiarlo en unas pocas líneas sin incurrir en la simplificación o la banalidad, sólo se entiende desde la fortaleza del espíritu. El niño que se quedó huérfano, el joven que contempló los horrores del nazismo e ingresó en la edad adulta mientras el pueblo polaco era sometido a otra tiranía igualmente atroz -el comunismo- fue cincelando ese espíritu en la contrariedad, también en la convicción de que el hombre puede vencerla si se entrega a una fuerza más poderosa que el mero declinar de su naturaleza. Esa fuerza reside en el espíritu; su inspiración es divina, aunque se exprese de forma humanísima y doliente. Sin esta comprensión del hombre como recipiente de misiones que exceden su envoltura carnal, el sacrificio de Juan Pablo II resulta ininteligible; de ahí que la lealtad numantina a su misión -aun cuando la enfermedad lo había reducido a un gurruño de carne doliente- provocara desconcierto, perplejidad o incluso enojo entre quienes niegan la existencia de un misterio que enaltece el barro del que estamos hechos. Toda la ingente labor apostólica y pastoral de Juan Pablo II se resume, a la postre, en un mensaje liberatorio que exhorta al hombre a superar, mediante una identificación plena con Cristo, las plurales tiranías que pretenden sojuzgar su espíritu.

Algunas décadas atrás, en la Conferencia de Postdam, el matarife Stalin había empleado la sorna para preguntar: «¿Cuántas divisiones tiene el Papa?». La respuesta, que seguramente escuchó desde las simas del infierno, se la brindó Juan Pablo II, derribando aquella ideología genocida o charcutería industrial que Stalin había encarnado. Fue la suya una victoria del espíritu, que no requiere divisiones militares, sobre los tanques y los trituradores de almas que los conducen: una victoria de la dignidad humana sobre quienes anhelan destruirla. El joven Wojtyla descubrió un día el rostro de Cristo en el rostro de cada hombre que sufre; y desde entonces, sin otro estandarte que Cristo, empleó sus esfuerzos en la propagación de un mensaje que, trascendiendo la condición perecedera de la carne, proclamara la dignidad inviolable de cada persona -desde el instante mismo de su concepción hasta el de su muerte natural-, como recipiente privilegiado de Dios que se dona el prójimo, en un ejercicio de amor sin reservas.

Hoy, unido a la muchedumbre celestial, aquel hombre robusto que poco a poco se fue arrugando, encorvando, consumiendo ante nuestros ojos, como una llama que se resiste a declinar su llama, el Papa Wojtyla, Juan Pablo el Grande, sigue alumbrando nuestra andadura por la tierra.

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