Agostino Borromeo, “La Inquisición: purificar la memoria, también de estereotipos”, 23.VI.2004

La Biblioteca Vaticana acaba de publicar el volumen que reúne las aportaciones de treinta historiadores de reconocido prestigio internacional, que participaron en un simposio monográfico sobre la Inquisición, celebrado en el Vaticano en octubre de 1998. El profesor Agostino Borromeo, editor de la obra y docente de historia en varias universidades de Roma, explica en esta entrevista de Diego Contreras en Acepresna el significado del trabajo a la luz de la petición de perdón llevada a cabo por el Papa durante el Jubileo del año 2000. — Para situar la cuestión, tal vez no sea superflua una breve descripción de qué se entiende por Inquisición.

— Designa el conjunto de tribunales eclesiásticos a los que el Papa atribuyó la jurisdicción sobre un tipo de delito muy concreto: la herejía. Para cumplir su fin, se les dotó de una organización propia y de unas normas procesales. La Inquisición evolucionó de distinto modo según la época y el lugar. Fue muy activa en los siglos XIII y XIV, en los que combatió a los cátaros y valdenses. Más adelante, experimentó un resurgir en los siglos XVI y XVII, con la fundación de nuevos tribunales en la península Ibérica, dirigidos especialmente contra los pseudo-convertidos del judaísmo y el islam, y del tribunal del Santo Oficio romano, concebido inicialmente como instrumento contra la difusión del protestantismo. Estos tribunales se suprimieron entre la segunda mitad del siglo XVIII y los primeros decenios del XIX.

— En su momento, sorprendió que la Santa Sede tomara la iniciativa de celebrar un congreso sobre la Inquisición, con la presencia de expertos de diferentes orígenes culturales. ¿Qué les pidió concretamente el Papa? — En la preparación del Jubileo del año 2000, Juan Pablo II dijo que la Iglesia pediría perdón por las veces en las que sus hijos, a lo largo de la historia, ofrecieron un testimonio contrario a la fe. Ese deseo se concretó en la famosa jornada de la “purificación de la memoria”, celebrada en la basílica de San Pedro el 12 de marzo de 2000, que fue uno de los momentos centrales del Jubileo.

— El Papa ha saludado la presentación del volumen enviando una carta que va mucho más allá de la mera cortesía.

— En esa carta, aunque es muy breve, el Papa explica la finalidad del simposio y observa que en los hechos históricos es posible distinguir el “sensus fidei” de la mentalidad dominante en una época determinada. En este sentido, subraya que los hijos de la Iglesia en cierta época y en relación con la Inquisición, han dado un testimonio contrario a la fe católica. En definitiva, que la institución misma es una forma de antitestimonio y escándalo. Citando palabras del Concilio Vaticano II, recuerda que la regla de oro que orienta la defensa de la verdad, tarea que forma parte de la misión del magisterio de la Iglesia, es que “la verdad no se impone sino con la fuerza de la misma verdad”. Es decir, que en el futuro no puede haber formas de coacción física para imponer la verdad, que el único instrumento es el testimonio de la fe. Así pues, el Papa renueva la petición de perdón que hizo durante el Jubileo, en este caso mencionando expresamente la Inquisición.

— Algunos se podrían preguntar: ¿no es un poco tarde? — Nunca es tarde para reconocer las propias culpas. Y además, nadie lo había pedido: hubiera sido tarde si la petición de perdón llegara años después de que se hubiera solicitado. Fue el Papa, con esa visión profética tan característica suya, quien anticipó lo que después resultó ser un punto sensible.

No solo nadie lo había pedido sino que al principio hubo incluso cierto malestar, con razonamientos fundados. Recuerdo a un importante eclesiástico que, movido por una preocupación pastoral, nos preguntó por qué se hacía esto, ya que podría turbar los espíritus más sencillos, crear confusión, poner sobre el tapete cuesti