Juan Manuel de Prada, “¡Venciste, Galileo!”, ABC, 2.IV.2005

Las palabras que pronunció Juliano el Apóstata antes de expirar podrían ser el lema que acompañase la agonía de Juan Pablo II. Escribo estas líneas mientras un silencio huérfano se posa sobre el mundo, deteniendo los relojes, la órbita de los planetas, el curso de la sangre en las venas. Es difícil sustraerse al dolor, mientras la certeza de la muerte del Papa Wojtyla se nos abalanza encima. Pero ese dolor se amasa de una secreta alegría cuando recapitulamos los días de un hombre que entendió la existencia terrenal como un viaje hacia la intimidad con Dios. La enseñanza acaso más conmovedora de este Papa que ha querido extinguirse con las sandalias puestas adquiere hoy su vigencia más plena: Juan Pablo II no se ha limitado a ser un burócrata de Dios encaramado en su trono de infalibilidad; ha querido mostrarnos que la misión primordial de un cristiano, de cualquier cristiano, consiste en identificarse con Cristo, entrañándose en su misterio y padeciendo con Él sus tribulaciones, calcinándose en la misma hoguera de humanidad que Dios eligió para hacerse presente entre nosotros. Sin esta identificación plena con Cristo podremos ser seguidores más o menos escrupulosos de unos ritos o liturgias, o herederos culturales de su Evangelio, pero nunca cristianos en el estricto y más puro sentido de la palabra. El Papa Wojtyla nos ha enseñado el verdadero meollo de una fe que corría el riesgo de anquilosarse en el cumplimiento de unos preceptos o, por el contrario, de entregarse a un aggionamento plácido y banal. El viaje de Wojtyla hacia la intimidad con Dios ha sido una epopeya en pos de las raíces de la fe, una rebelión contra el miedo y la complacencia que agarrotan a los cristianos.
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Juan Manuel de Prada, “Doctor muerte”, ABC, 14.III.2005

No nos pronunciaremos aquí sobre el escándalo que en estos días sacude un hospital de Leganés. Pero este turbio asunto nos permitirá abordar un aspecto nuclear de la eutanasia que con frecuencia se soslaya, a saber: la relación que se entabla entre el médico y el enfermo. Los defensores de la eutanasia suelen presentarla como un mero acto de voluntad soberana en el que el enfermo determina los confines de su propia existencia. Podemos echarle toda la épica sentimental que deseemos a este presunto ámbito de decisión autónoma del enfermo, mas no por ello dejaremos de falsear la realidad. La eutanasia exige al menos la intervención de dos personas: se trata de una relación intersubjetiva en la que, sin embargo, uno de los sujetos participantes impone su voluntad sobre el otro. Quizá sea este componente asimétrico el que convierte la eutanasia en una relación más que discutible desde una perspectiva estrictamente jurídica: pues, o bien el enfermo se convierte en dueño de la voluntad del médico, reduciéndolo a mero instrumento de su designio, o bien -y esta posibilidad resulta aún más escalofriante- el médico se erige en señor de la vida del enfermo, arrogándose un poder desproporcionado.

En Derecho, las relaciones imponen derechos y deberes correlativos; en la eutanasia, sin embargo, el presunto «derecho a morir» del paciente no genera un deber correlativo en el médico, pues -en esto convendremos todos, incluso los más acérrimos defensores de la eutanasia- nadie puede ser obligado por un «deber de matar». Pero la naturaleza viciada de esta peculiar relación que se entabla en la eutanasia se hace todavía más notoria, más insoportablemente notoria, cuando el médico suplanta la voluntad del paciente. La intervención del médico en casos de eutanasia es siempre valorativa; y, del mismo modo que en la emisión de un diagnóstico el médico puede cometer errores, puede confundirse en la valoración de una enfermedad que juzga incurable. Los motivos de esa valoración errónea son diversos: el médico, en el desenvolvimiento de su trabajo, está sometido con frecuencia a presiones insuperables (falta de camas, necesidad perentoria de órganos para trasplantes, etcétera), pero además pueden actuar sobre su decisión razonamientos equívocos de índole ideológica, filosófica o humanitaria (máxime ahora, cuando la eutanasia se ha convertido en una medalla de santidad laica). No olvidemos que el célebre Doctor Muerte mataba a sus pacientes convencido de que les administraba un piadoso viático.

Cuando se somete a escrutinio jurídico y moral la eutanasia, sus defensores suelen partir de una situación ideal -el enfermo, en pleno uso de sus facultades mentales, demanda la muerte- que no suele producirse en la realidad. A la postre, en la mayoría de los casos de eutanasia el enfermo carece de voluntad, o, si la posee, está muy gravemente viciada: a veces, confunde el sufrimiento con el deseo de morir; a veces, solicita la muerte convencido de que si sigue viviendo se convertirá en una rémora para su familia; y a veces, incluso, ni siquiera puede expresar su voluntad, dada la postración en que se halla. La existencia de un «testamento vital» tampoco soluciona nada, pues no podemos presumir que el deseo de morir que el enfermo expresó estando lúcido no lo haya rectificado -sin haberlo podido verbalizar- durante el estado de conciencia latente al que lo ha conducido la enfermedad.

No creo que nadie defienda la eutanasia involuntaria. Sin embargo, la experiencia demuestra que, en la relación que se entabla entre médico y paciente, una de las partes intervinientes es reducida en la mayoría de las ocasiones a mero objeto sin voluntad. ¿Puede el Derecho amparar esta relación?

Juan Manuel de Prada, “Compadecerse del Papa”, ABC, 26.II.2005

Cuando se reclama la renuncia del Papa suelen invocarse razones de compasión. Su deterioro físico promueve lástima; y esa lástima impulsa a algunos a solicitar que se ahorren padecimientos a un viejo que, a cada día que pasa, incorpora nuevos achaques a su profuso historial clínico. Al menos, retirado de su ministerio -se afirma-, podrá consumir sus postrimerías más apaciblemente. Esta argumentación adolece, sin embargo, de incongruencia: pues compadecer el sufrimiento de alguien no consiste en lamentarlo, sino, sobre todo -como la propia etimología de la palabra indica-, en comprenderlo, en hacerse partícipe de ese sufrimiento. Para llegar a sentir verdadera compasión hemos de meternos en el pellejo del que sufre; compadecer desde la lejanía quizá sea una coartada que nos sirva para posar de solidarios ante la galería, pero es una actitud en sí misma falsorra, una contradictio in terminis. Visto desde fuera, el sufrimiento del Papa puede antojársenos inútil, estéril, absolutamente ininteligible; y entonces, para descifrarlo, hemos de recurrir a explicaciones que no penetran su verdadera naturaleza; explicaciones que suelen quedarse en la cáscara -la ostentosa decrepitud de un anciano aferrado patéticamente al cargo- y que, por lo tanto, se aderezan con una munición de mentecateces de diverso pelaje: que si el Papa es rehén de sus validos, temerosos de ser relegados si su valedor los abandona; que si el Papa está dispuesto a alargar con su agonía la agonía de la Iglesia; que si oscuros pero poderosísimos grupúsculos integristas lo obligan a seguir en la brecha para afianzar y extender su influencia, etcétera, etcétera.

En todas estas explicaciones subyace un fondo de incomprensión (de falta de compasión) hacia el significado último de tanto sufrimiento. La banalidad contemporánea no puede -o no quiere- admitir que el Papa desempeña una misión espiritual en la cual el dolor forma parte de una encomienda divina. Sólo así resulta inteligible su resistencia. El Papa, como hombre mortal que es, estaría encantado de recoger el petate y retirarse a una villa campestre, atendido por una legión de chambelanes solícitos; pero antepone su misión sobre los achaques de la carne, porque esa misión la inspira una fuerza más poderosa que el declinar de su naturaleza. No creo que ni siquiera sea necesario creer en Dios para comprender esa perseverancia en el sacrificio; basta con entender que existen vocaciones que enaltecen el barro con el que estamos fabricados. A la postre, la resistencia agónica del Papa al dolor es un caso notorio de supremacía del espíritu; pero quizá una época empeñada en acallar o negar el espíritu no pueda compadecer ese gesto.

El Papa titulaba uno de sus libros más recientes con las palabras que Jesús dirigía a sus discípulos dormilones en el huerto de Getsemaní: «¡Levantaos! ¡Vamos!». La comprensión cabal del Papado de Juan Pablo II exige que nos detengamos en la lectura de este pasaje evangélico, donde nos enfrentamos a la naturaleza rabiosamente humana de Jesús, angustiado ante la proximidad de la cruz. Como Jesús, el Papa preferiría apartar de sí el cáliz de dolor que se le tiende; pero, aunque su alma está «triste hasta la muerte» -como reconocía Jesús, mientras sudaba sangre-, entiende que su voluntad no cuenta, que existe otra voluntad suprema a la que debe obedecer, aunque al acatar ese mandato sepa que está inmolándose. En esa inmolación generosa en la que el hombre entrega su hálito por mejor servir la misión que le ha sido encomendada reside el misterio de la fe; en esa comprensión del hombre como recipiente de misiones que exceden su mera envoltura carnal se cifra la epopeya interior de Juan Pablo II.

Compadezcámoslo desde dentro, respirando por su misma herida luminosa.

Juan Manuel de Prada, “Desvaríos antirreligiosos”, ABC, 21.II.2005

La vida pública española empieza a registrar episodios de desvarío antirreligioso (o, más estrictamente, anticatólico) que computaríamos como manifestaciones de cierta vocación esperpéntica muy típicamente autóctona si no fuera porque la experiencia histórica nos enseña que tales intemperancias suelen acabar como el rosario de la aurora. El llamado Consejo Escolar de Estado acaba de evacuar un documento (que imaginamos salpicado de espumarajos) en el que se exhorta al Gobierno a «derogar» el Acuerdo entre el Estado español y la Santa Sede sobre Enseñanza y Asuntos Culturales, por considerarlo contrario a la Constitución. La razón que invoca este cónclave de lumbreras y cráneos privilegiados hace palidecer las astucias de Licurgo: en dicho Acuerdo, se especifica que, «en todo caso, la educación que se imparta en los centros docentes públicos será respetuosa con los valores de la ética cristiana», extremo que a estos andobas se les antoja de una inconstitucionalidad que te cagas. El cerrilismo de la petición lo delata su formulación misma, que desconoce la naturaleza jurídica de los tratados internacionales, al reclamar su «derogación», en lugar de su denuncia. Pero quizá reclamar precisiones terminológicas tan finas a estos andobas sea como pedir peras al olmo.

Suele ocurrir que quien se llena la boca con la Constitución sólo desea hacer gárgaras con ella, para luego escupirla, convertida en un gargajo irreconocible. A los andobas del Consejo Escolar se les antoja inconstitucional que la educación impartida en los centros docentes sea respetuosa con los valores de la ética cristiana. Pero el Acuerdo entre el Estado Español y la Santa Sede no afirma que dichos centros deban comulgar con estos valores, ni asumirlos como propios, sino tan sólo respetarlos. ¿Acaso la garantía de la libertad religiosa no exige el respeto de las creencias de cada individuo? La educación impartida en centros docentes públicos ha de ser igualmente respetuosa con los valores de cualquier ética, sea cristiana o budista, siempre que no atenten contra los derechos del hombre, la convivencia democrática o el orden público; eventualidades que, desde luego, los valores de la ética cristiana no promueven.

Llama poderosamente la atención (y desenmascara a los andobas del Consejo Escolar) que, en una época que predica la tolerancia a troche y moche, se puedan proferir impunemente estas bestialidades. Salvo que aceptemos que la tan cacareada tolerancia es en realidad la coartada con que se disfraza la persecución; pues lo que los andobas del Consejo Escolar preconizan no es sino la «derogación» de la libertad de conciencia, o, mejor dicho, de determinadas conciencias. En su obcecamiento, no vacilan en retozar por los andurriales de la ilegalidad; y así, en su documento solicitan que los profesores de religión sean excluidos del claustro y que su asignatura se imparta fuera del horario escolar, en flagrante discriminación de los alumnos que opten por cursarla. A nadie se le escapa -salvo que las anteojeras del dogmatismo cieguen su ecuanimidad- que dicho documento ha sido inspirado por un resentimiento que sólo admite una explicación patológica. Cada cual es muy libre de alimentar las pasiones más mezquinas; menos comprensible resulta que el Estado erija a quienes las instigan en consejeros de su política educativa.

Hubo en Grecia un andoba -cuyo nombre omitiremos, para humillar su afán de notoriedad- que quiso inmortalizar su nombre prendiendo fuego al templo de Artemisa. La ajetreada historia de España se ha significado siempre por desdeñar las enseñanzas de la Antigüedad: aquí, en lugar de ningunear a los andobas que disfrutan quemando templos, se les concede púlpito y predicamento.

Juan Manuel de Prada, “La fe como provocación contra la doctrina imperante”, Zenit, 4.II.2005

Juan Manuel de Prada, uno de los autores escritores más jóvenes y galardonados de España, confiesa que redescubrió el cristianismo como «provocación» ante «la doctrina imperante». Nacido en Baracaldo (Vizcaya) en 1970, ganó el premio Planeta de 1997 con «La tempestad», el premio Primavera de Novela de 2003 y el premio Nacional de Literatura 2004 en la modalidad de Narrativa con «La vida invisible». Su labor como articulista le ha hecho merecedor de los premios Julio Camba, el de Periodismo de la Fundación Independiente, el José María Pemán y el González Ruano. En esta entrevista concedida a la agencia Veritas explica cómo ha descubierto a Dios y cómo ha interiorizado su adhesión a la propuesta cristiana.

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Juan Manuel de Prada, “El chollo ideológico de la izquierda”, ABC, 31.I.2005

Resulta muy remunerador para el espíritu comprobar que el mundo conmemora la liberación de Auschwitz y execra la barbarie nazi. Resulta consolador que nuestros jóvenes posean un conocimiento nítido y accesible del holocausto judío. Me pregunto, sin embargo, si los jóvenes que han asimilado el nombre de Auschwitz como emblema del horror han oído mencionar alguna vez en su vida los nombres de Vorkutá o Solovetski. Me pregunto si poseen alguna mínima noción sobre el gulag que arrasó millones de vidas. ¿Por qué la mortandad desatada por el nazismo ocupa un capítulo medular en el libro de la memoria colectiva, mientras la mortandad promovida por el comunismo -mucho más abultada, por cierto- apenas representa una nota a pie de página? ¿Hemos de entender que la consideración que nos merecen las matanzas debe ser distinta, según el signo de la ideología que las aliente? Esta asimilación de un maniqueísmo perverso no afecta tan sólo a acontecimientos pretéritos. Reparemos, por ejemplo, en la muy diversa consideración que inspiran dos personajes contemporáneos en las postrimerías de su existencia, Pinochet y Castro. Ambos instauraron en sus respectivos países dictaduras repugnantes, crudelísimas, cimentadas con una argamasa de sangre: el primero -menciono esto sin propósito atenuante, más bien con un propósito agravante dirigido hacia el segundo- auspició sin embargo la recuperación económica de su país (pero ni todo el oro del mundo vale por una vida) y cedió al empuje democrático; el segundo se ha propuesto morir en la poltrona, dejando tras de sí un pueblo hundido en la miseria, donde las muchachas se prostituyen a cambio de una pastilla de jabón. Pinochet padece, en su senectud de viejo baboso, un hostigamiento que, desde luego, no bastará para resarcir todo el mal que causó; Castro, en cambio, se pavonea y recibe -como acaba de escribir Vaclav Havel- el «servil homenaje» de los Gobiernos europeos, que -a requerimiento del español- dejarán de invitar a las recepciones de sus embajadas en La Habana a disidentes del régimen.

Descendiendo al ámbito doméstico, también apreciaremos la existencia de un doble rasero en la calificación de las conductas. Si un ministro socialista es vituperado en una manifestación, enseguida aceptaremos que sus vituperadores son una patulea de derechistas extremos, fanáticos, fascistoides y no sé cuántas lindezas más; por supuesto, nadie pensará que los vituperios son fruto espontáneo de la calentura o la exaltación del momento, sino instigados desde instancias políticas a las que de inmediato se trasladará la responsabilidad. Naturalmente, si dichas instancias políticas no se apresuran a condenar los vituperios, se entenderá que los aplauden; y, aunque lo hagan, se entenderá que se trata de una condena meramente formal. En cambio, a un ministro conservador se le puede vituperar, zarandear y hasta propinar algún mojicón sin que nadie se sienta comprometido, incluso se podrán apedrear o incendiar las sedes de su partido sin que nadie se rasgue las vestiduras, pues tales muestras de encono se reputarán veniales, incluso benéficas, ya que la derecha tiene muchas culpas que purgar; por supuesto, aunque desde las instancias políticas de izquierda no se condenen tales violencias, nadie se atreverá a acusarlas de connivencia. La izquierda ha conseguido investirse de una suerte de impunidad moral; o, si se prefiere, ha logrado trasladar sobre su adversario político una conciencia de pecado original, una «culpa ontológica» que nunca logrará redimir, por mucho que se empeñe. La izquierda, entre tanto, aparece ante nuestros ojos ungida y preservada de culpa: a este chocante y universal embuste lo denominaremos desde hoy «el chollo ideológico».

Juan Manuel de Prada, “Las ideas de la Iglesia”, ABC, 22.I.2005

Escribía Chesterton que el catolicismo es «la única religión que libera al hombre de la degradante esclavitud de ser un hijo de nuestro tiempo». Quienes acusan a la Iglesia de no acomodarse a los tiempos no entienden que ser católico consiste, precisamente, en oponerse a la mentalidad dominante, en conquistar un ámbito de fortaleza y libertad interior que, impulsado por la fe, permita nadar a contracorriente. Se repite machaconamente que la Iglesia es una enemiga de las ideas nuevas; machaconamente se la tilda de «carca», «casposa» y otras lindezas limítrofes. Un análisis serio de la Historia nos enseña, sin embargo, que los católicos se han caracterizado siempre por brindar ideas nuevas; y que, por sostener tales ideas, han padecido incomprensiones sin cuento. Cuando San Pablo, y con él las primeras comunidades de cristianos, se oponían a la esclavitud no estaban, precisamente, «acomodándose a los tiempos». Chesterton destaca que los católicos siempre han vindicado ideas nuevas «cuando eran realmente nuevas, demasiado nuevas para hallar apoyos entre las gentes de su época». Así, por ejemplo, el jesuita Francisco Suárez elaboró una lucida teoría sobre la democracia doscientos años antes de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y de la Revolución Francesa; pero, desgraciadamente, aquella teoría fue formulada con dos siglos de adelanto, en una época en que los monarcas fundaban su tiranía sobre un inexistente Derecho Divino. Los ejemplos podrían multiplicarse hasta el infinito. Cuando, en nuestros días, se caricaturiza a la Iglesia como una enemiga de las ideas nuevas se quiere decir, en realidad, que es -cito de nuevo al autor de El hombre que fue jueves- «enemiga de muchas modas influyentes y gregariamente aceptadas, muchas de las cuales se pretenden novedosas, aunque en su mayoría estén empezando a ser un pequeño fósil. La Iglesia se opone con frecuencia a las modas perecederas de este mundo; y lo hace basándose en una experiencia suficiente para saber cuán rápidamente perecen . Nueve de cada diez de las llamadas «nuevas ideas» no son sino viejos errores. La Iglesia Católica cuenta entre sus obligaciones principales con la de prevenir a la gente de incurrir otra vez en esos viejos errores No existe ningún otro caso de continuidad de la inteligencia parangonable al de la Iglesia, pues su labor ha consistido en «pensar sobre el pensamiento» durante dos mil años. De ahí que su experiencia cubra casi todas las experiencias; y, en especial, casi todos los errores».

Las palabras de Chesterton resuenan hoy con una renovada clarividencia. El error principal de nuestra época se resume en una forma deshumanizada de hedonismo que niega la intrínseca dignidad de la vida; así, se han fomentado prácticas aberrantes, como el aborto, que hoy son cobardemente aceptadas, pero que dentro de doscientos años provocarán el horror y la vergüenza de las generaciones venideras. La idea de defensa de la vida, que los apacentadores del rebaño tachan de vieja, es rabiosamente nueva; vindicarla es un modo -incómodo, por supuesto, pero por ello más excitante- de nadar a contracorriente. Naturalmente, los apacentadores del rebaño procurarán siempre soslayar el debate de las ideas, sustituyéndolo por un ofrecimiento indiscriminado de «modas influyentes» y perecederas. Frente a polémicas profilácticas con fecha de caducidad que no alcanzan el rango de verdaderas ideas, la Iglesia propone una visión humanista del sexo, encauzado por la responsabilidad y no reducido a un mero ejercicio lúdico, trivial y, a la postre, autista. Defender esta idea nueva condena a la soledad y el ostracismo; es el precio -y el premio- que acarrea liberarse de la «degradante esclavitud de ser hijos de nuestro tiempo».

Juan Manuel de Prada, “Derecho a morir dignamente”, ABC, 15.I.2005

La batalla de las ideas libra su primera escaramuza en la batalla de las palabras. Quienes imponen sus acuñaciones verbales acaban, tarde o temprano, infiltrándose en el ánimo social que, al ceder a la tropelía lingüística, muestra su permeabilidad a posteriores y más definitivas claudicaciones. Cuando se inicia un proceso de tergiversación semántica podemos anticipar cuáles serán sus consecuencias, nunca inocentes. Se empieza cediendo en el significado de las palabras y se acaba entregando sin disputa la realidad que dichas palabras representan. Quienes defienden la legalización de la eutanasia han impuesto un sintagma excluyente que destierra a las tinieblas exteriores a quienes oponen reparos jurídicos, filosóficos o morales a su vindicación. Me refiero, claro está, a la expresión "derecho a morir dignamente", que los apologistas de la eutanasia al principio empleaban con un propósito eufemístico, y cuyo uso ya ha contaminado el lenguaje coloquial, incluso el lenguaje periodístico, que se presume imparcial y ecuánime. Se trata, además, de una contaminación alevosa, pues, bajo su apariencia más o menos inocua, se incluye una intención ferozmente capciosa.

Cuando decimos "derecho a morir dignamente" dictaminamos, por pura y simple eliminación, que aquellas personas que deciden soportar el dolor o los impedimentos físicos mueren "indignamente". Así se establecía, con esa sumaria caracterización que permiten las imágenes, en la reciente película de Amenábar: si en verdad el propósito de Mar adentro hubiese sido -como rezaba la propaganda- celebrar la capacidad decisoria del hombre que resuelve soberanamente si su vida merece la pena ser vivida, la opción del personaje interpretado por José María Pou se habría mostrado tan respetable -tan digna- como la del protagonista encarnado por Javier Bardem. Pero, en lugar de aspirar a comprender, en su infinita gama de matices, las diversas actitudes con las que una persona agonizante o maltrecha se enfrenta a su propia muerte, aquella película incurría en el maniqueísmo más tosco, caricaturizando al personaje que prefería seguir viviendo y elevando a los altares del santoral laico al que decidía "morir dignamente", tomándose un chupito de cianuro.

No hay tertulia radiofónica o televisiva sobre la eutanasia que no incluya la expresión mencionada como sinónimo de la eutanasia; incluso la prensa escrita incurre con frecuencia en esta perversión lingüística. Pero cada vez que, por dejadez o perfidia, se habla del "derecho a morir dignamente" se está confinando en un lazareto de proscripción a quienes, postrados en un lecho o atados a una silla de ruedas, resisten la tentación del suicidio y sobrellevan el dolor, también a quienes los asisten abnegadamente. Así, resistir a la tentación de la muerte, esforzarse por vivir y sobreponerse al sufrimiento se convierte en una "indignidad" propia de pringados; y quienes profesan esta forma de coraje son calificados -siquiera de forma tácita- de fardos que la sociedad carga con disgusto y hastío. Hoy nos conformamos con recluirlos en un gueto de "indignidad"; quizá mañana arbitremos los mecanismos legales para administrarles por obligación una muerte "digna" e indolora.

Ahora que las perversiones lingüísticas imponen su dictadura rampante, conviene que nos alimentemos con palabras que aún no hayan extraviado su significado originario. Como las que Sancho pronuncia llorando, en el capítulo último del Quijote: "No se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo, y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía".

Juan Manuel de Prada, “La enseñanza de la religión”, ABC, 11.XII.2004

Más de millón y medio de españoles reclaman con su firma que la asignatura de Religión sea evaluable y computable en el expediente académico. La cifra, que quizá aún se incremente en las próximas semanas, refleja una demanda colectiva que cualquier Gobierno sensato debería atender; pero uno empieza a sospechar que la sensatez se ha convertido en virtud desacreditada en una época que atiende con solicitud las reivindicaciones de las minorías más variopintas, siempre que estén aderezadas con los ribetes del estrépito y el victimismo, pero considera fútiles o reaccionarios los anhelos de un amplio sector social, al que de forma sibilina se margina y enmudece. Tres cuartas partes de los padres de nuestros alumnos reclaman para sus hijos una formación religiosa católica; con ello no hacen sino exigir un derecho que la Constitución les reconoce en su artículo 27. Resulta incuestionable, aunque la letra de la ley no lo recoja expresamente, que esa «formación religiosa y moral» que los padres demandan no puede ofrecerse en condiciones precarias o subalternas respecto a otras disciplinas, sino en condiciones de estricta igualdad; pues, de lo contrario, la enseñanza de la Religión se convertiría en una especie de excrecencia cansina dentro del sistema educativo, lo cual contradice el mandato constitucional.

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Juan Manuel de Prada, “Carnaza a las fieras”, ABC, 29.XI.2004

Hace unos días, una representante del Ministerio de Asuntos Sociales de cuyo nombre no quiero acordarme exhortaba a los españoles a no tachar en sus declaraciones de la renta la casilla que permite que una porción exigua de sus impuestos se destine a la financiación de la Iglesia. La exhortación provocará un efecto contrario al deseado: muchas personas que hasta la fecha habían preferido dejar en blanco esa casilla se inclinarán ahora a tacharla, por burlar el ánimo fiscalizador de un Gobierno que no cumple sus obligaciones de neutralidad en materia religiosa y diariamente trata de azuzar a su electorado contra una institución que representa a una porción nada exigua de los españoles, resucitando de paso los fantasmas del anticlericalismo, que tantos episodios de sangre han incorporado a nuestra Historia. Pero más allá de ese apetito de injerencia en las decisiones íntimas de los ciudadanos, lo que repugna en dicha exhortación es la bajeza de quien trata de trasladar a sus destinatarios la impresión de que, si destinan su dinero a la Iglesia, estarán engordando a los obispos, mientras que si los destinan a otros «fines de interés social» estarán impulsando proyectos solidarios, etcétera, etcétera. La abyección de ese mensaje tácito es doble: su emisora sabe que en España no existe ninguna institución cuya labor de asistencia social sea comparable a la que desarrolla la Iglesia; y sabe, también -ayer se lo recordaba su conmilitón Francisco Vázquez, en declaraciones a este periódico-, que «si mañana la Iglesia hiciera huelga paralizaría las prestaciones sociales». ¿A qué juega nuestra facción gobernante? ¿Es que, en su afán de arrojar carnaza a las fieras desprestigiando a la Iglesia, pretende negar su compromiso radical con los más necesitados? Ante manifestaciones tan cerrilmente belicosas, que denotan -amén de un anticlericalismo de naftalina- una voluntad demagógica y un desconocimiento de la realidad superlativos, resulta más bien peregrino pensar que la facción gobernante vaya a rectificar su estrategia de confrontación con la Iglesia, sustituyéndola por otra más conciliadora. Cualquier espectador ecuánime habrá observado que la facción gobernante, a falta de detractores de fuste, está extremando su enfrentamiento con la Iglesia con un doble propósito: por un lado, un anhelo compulsivo de retratarse como un adalid de la modernidad (para lo cual se busca el choque con una Iglesia a la que se atribuyen actitudes «carcas» o «casposas»); por otro, la necesidad de mitigar o encubrir sus descalabros en otros ámbitos de la acción política mediante una exasperación rechinante del «problema religioso». Algunos socialistas sensatos ya han mostrado sus reparos a una estrategia que empieza a parecerse demasiado a la del calamar que huye dejando a su paso una espesa nube de tinta: entre ellos, se cuenta algún católico practicante, como el citado Francisco Vázquez, pero también quienes desde posturas menos confesionales, como Juan Carlos Rodríguez Ibarra, entienden que muchos de los postulados socialistas están en consonancia con el mensaje evangélico y, sobre todo, que muchos de sus votantes naturales se sienten zaheridos ante esta especie de furor anticatólico que parece haberse apoderado de la facción gobernante.

Son muchos los socialistas que consideran que ese modelo de laicismo a la francesa que se trata de imponer en España, ignorando su raigambre cultural, constituye un error que la sociedad pagará con nuevos enconamientos y divisiones. Son muchos los socialistas que se cuestionan éticamente ciertas causas que el Gobierno ha abrazado como propias con una perentoriedad estridente. La facción gobernante, sin embargo, prefiere empujar a sus votantes a la casilla anticlerical, tratándolos como fieras hambrientas de carnaza.

Juan Manuel de Prada, “Jóvenes basura”, ABC, 13.XI.2004

Publicaba ayer Jesús Lillo, en la «Guía de televisión» de este periódico, un artículo sumamente lúcido, titulado La cantera, en el que iluminaba con una luz no usada el fenómeno de la televisión basura. En lugar de conformarse con la diatriba al uso, aportaba un dato mucho más pavoroso que los meros índices de audiencia que sostienen esta inmundicia: «Cada año, alrededor de ciento treinta mil jóvenes, algunos con la mayoría de edad recién estrenada, sienten la llamada de la fama y se presentan al programa más emblemático del realismo televisivo, «Gran Hermano»». Ciento treinta mil jóvenes que tienen -prosigue Lillo, con sarcasmo- «los ojos puestos en la tele como futuro profesional, de la misma manera que muchos otros muchos españoles, quizá no tantos, se preparan cada otoño para opositar en las pruebas de los cuerpos funcionariales que publica el Boletín Oficial del Estado». No sabemos si esa cantidad se renueva cada año o si, por el contrario, se abastece de los mismos jóvenes recalcitrantes; pero aceptando que el imperativo cronológico impondrá un paulatino refresco de los aspirantes, y considerando que en la estela «Gran Hermano» ha surgido una caterva de programas consanguíneos, no sería descabellado afirmar que en nuestro país existen varios cientos de miles de jóvenes que aspiran a ingresar en esa cofradía de homínidos que intercambian flujos y exabruptos ante las cámaras.

¿De dónde surge esta juventud dispuesta a arrojar sus mejores años al cubo de la basura y, de paso, a convertirse en breve en juguetes rotos sin oficio ni beneficio? Quienes denuestan la plaga de programas casposos que infesta nuestra televisión suelen concederles la condición de causa primigenia de muchas de las calamidades que afligen nuestra sociedad; y, un tanto ilusamente, piensan que su desalojo de la programación extinguiría los miasmas de una podredumbre que nos abochorna. Muerto el perro se acabaría la rabia, parecen predicar los analistas del fenómeno. Pero lo cierto es que la televisión basura no es la causa primigenia de muchos males sociales, sino su corolario natural. Detrás de la chabacanería que se enseñorea de dichos programas existe una subversión de valores (quizá enquistada ya en el subconsciente popular) que niega el esfuerzo y la laboriosidad como medios de triunfo y ascenso social (o como meras exigencias de una existencia digna) y entroniza en su lugar un desprestigio del mérito, un regodeo en los bajos instintos y en la mediocridad satisfecha de sí misma. Esos cientos de miles de jóvenes que anualmente se preparan para ingresar como concursantes de programas que retratan sin filtros embellecedores la tristeza de la carne y la vacuidad del espíritu ni siquiera están acuciados por la miseria o la marginación; a diferencia de aquellos muletillas de antaño que se exponían a la embestida del toro porque «más cornás da el hambre», los postulantes de «Gran Hermano» encarnan la avanzadilla, especialmente desvergonzada si se quiere, de una sociedad que se pavonea de su vulgaridad, hija de un igualitarismo que desdeña la excelencia y brinda la gloria (o sus sucedáneos más efímeros) a quienes exhiben inescrupulosamente su ignorancia cetrina, su risueña amoralidad, su desdén chulesco hacia todo lo que huela a virtud en el sentido originario de la palabra. La televisión, a la postre, se limita a premiar lo que la sociedad previamente ha entronizado.

Detrás del fenómeno de la televisión basura se agazapa, en fin, una perversión de la democracia que halla en esos cientos de miles de jóvenes que se disputan una fama catódica una infantería voluntariosa y desinhibida. Aquella rebelión de las masas que anticipara Ortega ha alcanzado, al fin, su apoteosis más sombría.

Juan Manuel de Prada, “Padre Pateras”, ABC, 1.XI.2004

En la presentación del libro «Luna negra», de María Vallejo-Nágera (Belacqua), tengo la suerte de conocer al hombre que lo inspiró, Isidoro Macías, más conocido como Padre Pateras, un fraile franciscano que regenta en Algeciras una casa de acogida en la que hospeda a las inmigrantes que arriban a las playas embarazadas o con un niño recién nacido en brazos. El hermano Isidoro es un hombre menudo, de ojillos vivaces y sonrisa bonancible; conversando con él, uno se siente enseguida contagiado de su sabiduría honda, que no nace de los libros, sino del contacto diario con el sufrimiento. Su sencillo hábito le otorga un aspecto desvalido; pero hay una cruz pendiendo sobre su pecho, una cruz desnuda -«los brazos en abrazo hacia la tierra, / el astil disparándose a los cielos / que no haya un solo adorno que distraiga este gesto, / este equilibrio humano de los dos mandamientos», como escribió León Felipe- que le inspira su fortaleza interior. El Padre Pateras nos explica el misterio de su carisma: «Hay gente que me dice: «Yo no creo en Dios, sólo en usted». ¡Pobres hijos míos! ¿Cómo no se dan cuenta de que todo lo que hago es por el amor que siento por Cristo?».

El Padre Pateras entendió un día que el rostro de Dios se copia en el de sus criaturas sufrientes. Nacido en un pueblecito minero de Huelva, fue destinado a Ceuta para realizar la mili; allí conoció al fundador de su orden, el hermano Isidoro Lezcano, quien, siguiendo el ejemplo del Poverello, quiso servir a Dios del modo más exigente, atendiendo a los enfermos y a los pobres en sus necesidades y compartiendo sus penurias. El Padre Pateras entendió que su destino se hallaba junto a los ancianos, los alcohólicos, las prostitutas, los inmigrantes y todos esos «pequeñuelos» a quienes Cristo nos encomendó: «Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; forastero fui y me acogisteis…».

Cuando concluye la mili, el Padre Pateras funda en Tánger, con el hermano Isidoro Lezcano, la primera casa de acogida de los Hermanos Franciscanos de la Cruz Blanca. Luego se traslada a Cáceres, donde cuida de niños con deficiencias mentales -«son trozos de Cristo vivo», afirma- en un colegio. En 1982, tras dar algunos tumbos por Venezuela y Costa de Marfil, el Padre Pateras se instala por fin en Algeciras, donde atiende a los ancianos, a los desahuciados, a las madres africanas -sus «morenas», como él prefiere llamarlas-, que llegan con sus bebés a punto de nacer en lanchas neumáticas. Otros tres frailes lo acompañan en esta tarea inabarcable, ayudados por gentes de corazón ancho que prestan generosamente su servicio; y aunque apenas recibe ayuda de las instituciones públicas, la Providencia le facilita medios para perseverar en su misión. El Padre Pateras sabe que esas africanas embarazadas que llaman a su puerta carecen de papeles y que, por tanto, cualquier día podrán ser expulsadas del territorio español; pero él se rige, antes que por cualquier ley humana, por la ley del amor.

En una época en que la Iglesia es hostigada y escarnecida, convendría que los medios se preocuparan de divulgar la grandeza de estos pescadores de hombres que, como el Padre Pateras, se calcinan en una misión redentora. Y la jerarquía eclesiástica debiera esforzarse por hacer más visible a la sociedad el heroísmo callado de sus mejores hijos, espejos de Cristo, que alivian el dolor del mundo; quizá así la hostilidad ambiental comenzaría a ceder. A las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan, por si quisieran aportar un donativo al Padre Pateras, les doy el número de cuenta de los Hermanos Franciscanos de la Cruz Blanca, en el Banco Santander Central Hispano: 0049-6770-86-2816039467. Dios, que se copia en el rostro de sus criaturas sufrientes, se lo agradecerá.

Juan Manuel de Prada, “¿Quién defiende a la Iglesia?”, ABC, 4.X.2004

Tiene más razón que un santo mi amigo Fernando Iwasaki cuando, en su artículo «El velo zen», escribe que «ni todos los católicos son de derechas, ni todos los agnósticos son de izquierdas». Creo, sin embargo, que sucumbe a cierta caracterización tan falsorra como caricaturesca cuando presenta al PP como «paladín de la Iglesia Católica». No negaremos que la facción política que hoy se lame las llagas en el purgatorio de la oposición pretendió en fechas recientes atraerse a las jerarquías eclesiásticas con gestos de apariencia amistosa que en realidad encubrían un «abrazo del oso»: pero ni la Iglesia la componen únicamente las jerarquías, ni su doctrina concuerda con los principios ideológicos de la derecha. Baste recordar cuál ha sido la posición de la Iglesia ante la reciente guerra de Irak; baste recordar las diatribas del Papa contra el capitalismo rampante y deshumanizado; baste recordar el compromiso de la Iglesia con los pobres, que no se limita a dedicarles hermosas palabras en los foros internacionales, como hacen nuestros políticos, sino que atiende su dolor, empeñando medios materiales y entregando vidas en el esfuerzo. Que los medios de comunicación silencien esta ingente labor de la Iglesia no significa que no exista; sólo demuestra que a los que manejan el cotarro no les interesa que se conozca. A la postre, lo que fastidia tanto a la izquierda como a la derecha es que la Iglesia, cuya única ideología es el Evangelio, no se amolde a las veleidades del cambalache político.
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Juan Manuel de Prada, “Compromiso personal”, ABC, 24.IX.2004

Siempre he mirado con desconfianza la connivencia del poder político con la religión. En primer lugar, porque empaña las creencias de una equívoca connotación ideológica; en segundo, porque el poder político siempre trata de sacar tajada de dicha connivencia, exigiendo a cambio de determinadas concesiones una adhesión lacayuna de las jerarquías eclesiásticas. Por lo demás, la experiencia demuestra que la hostilidad del poder político es el humus fecundo que favorece el aquilatamiento de las convicciones religiosas: probablemente, la religión cristiana no se habría propagado con la pujanza que lo hizo si Roma no hubiese dictaminado su exterminio.

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Juan Manuel de Prada, “Mar adentro”, ABC, 6.IX.2004

Después de leer quinientas o seiscientas entrevistas a Alejandro Amenábar y recensiones críticas de su película (nunca los engranajes de la propaganda se habían mostrado tan engrasados), uno llega a la conclusión de que «Mar adentro», antes que una obra de tesis, pretende ser una vindicación de la libertad del hombre para gobernar su destino. Cuando se le pregunta si aboga por la eutanasia, Amenábar esquiva la declaración tajante, para referirse a ese ámbito de autonomía personal en que cada hombre resuelve soberanamente si su vida merece o no la pena ser vivida; de este modo, la solución adoptada por Ramón Sampedro, el protagonista de la película, se presenta como un ejercicio de afirmación vitalista: el hombre es dueño de sus decisiones y, como tal, proclama su derecho a morir, libre de ataduras jurídicas o morales. La muerte se convierte así en un acto íntimo, sobre el que no ejerce imperio sino la propia conciencia; y, en consecuencia, Amenábar propone una película de corte intimista, que no aspira a juzgar las razones que impulsaron a Sampedro a abreviar sus penurias, sino a comprenderlas.

Hasta aquí las declaraciones de Amenábar, que la contemplación de «Mar adentro» desmiente concienzudamente. Pues sí, en efecto, la intención del director hubiese sido celebrar esa capacidad decisoria del hombre para determinar los confines de su propia vida, tan respetable como la solución adoptada por Sampedro resultaría la de quienes, sobreponiéndose a las calamidades que los afligen, desean seguir viviendo. Pero no. Amenábar introduce una secuencia bastante rastrera en la que se mofa de un sacerdote (al parecer inspirado en una persona real, lo cual añade vileza al asunto), paralítico como Sampedro, que afirma su ansia de vivir. Al progresismo rampante y hegemónico, que tanto se regocija con el escarnio de lo religioso (de lo cristiano, convendría precisar), esta secuencia le resultará muy graciosa y estimulante; aunque, en puridad, se trata de una caricatura gruesa, de una abyección difícilmente superable, en la que Amenábar demuestra que su intención no era comprender las razones de cada hombre, sino justificar, a través del engaño y la tergiversación de brocha gorda, las razones de su protagonista y, de paso, burlarse de quienes, en medio de la postración, aún encuentran motivos para seguir respirando. El diálogo que mantienen Sampedro y el sacerdote se presenta como una situación cómica que apela a la risa del espectador a través de recursos tan bajunos como la deformación esperpéntica y el ensañamiento bufo. Por supuesto, este diálogo incluye afirmaciones de una falsedad vomitiva (así, por ejemplo, se sostiene alegremente que la Iglesia defiende la pena de muerte), que sólo un espectador ofuscado por el odio antirreligioso podrá digerir sin repulsa.

Resulta muy difícil enjuiciar una obra tan tendenciosa y manipuladora en términos estrictamente cinematográficos. Me atreveré, no obstante, a traer a colación otro pasaje de la película sobre el que los críticos, tan sospechosamente unánimes (elogiar «Mar adentro» se ha convertido en «razón de Estado»), pasan de puntillas, temerosos de suscitar las iras de quienes manejan el cotarro. Me refiero a la secuencia de la fantasía volátil del protagonista, que se inicia con uno de esos planos de helicóptero que tanto repudian los críticos cuando se trata de denigrar una película hollywoodense y se remata con un encuentro amoroso en la playa digno de un anuncio de colonias filmado al alimón por Claude Lelouch y Franco Zeffirelli en plena resaca de anisete. Cualquier otra película que hubiese incluido esta secuencia entre sus fotogramas hubiese sido tildada de cursi y almibarada; pero la «razón de Estado» impone un deber de silencio. El silencio de los corderos, que viajan en rebaño y balan el mismo ditirambo.

Juan Manuel de Prada, “Definicíón de lo carca”, ABC, 30.VIII.2004

Desde que Rodríguez Zapatero la mencionara en una de sus arengas veraniegas, la palabra «carca» se ha convertido en una suerte de talismán lingüístico que lo mismo sirve para un roto que para un descosido. De campo semántico tan extenso como impreciso, con el concepto de lo «carca» ocurre aproximadamente lo mismo que con lo «cursi», según observara el gran Ramón Gómez de la Serna, «que tiene algo de perecedero y se va quebrando de generación en generación». Así, por ejemplo, veranear en un balneario habría sido considerado carca (amén de cursi) hace veinte años; hoy, en cambio, constituye un signo de distinción, muy en boga entre urbanitas estresados. Los abrigos de pieles, hace apenas un lustro, convertían ipso facto a su poseedora en una carca redomada; sin embargo, las ministras de cuota acaban de demostrarnos, por si alguien aún no se había enterado, que la peletería cotiza al alza en la voltaria bolsa de la moda indumentaria. El Diccionario de la Real Academia define «carca» como un adjetivo o sustantivo despectivo de significado más bien brumoso: «De actitudes retrógradas», o sea, nostálgicas del pasado. Sin embargo, la experiencia demuestra que el pasado regresa periódicamente a nuestras vidas, disfrazado de porvenirismo: los trajes de raya diplomática o el arte pop ayer nos parecían desfasadísimos, hoy se nos antojan el no va más de lo fashion, mañana quizá los volvamos a recluir en el desván de los cachivaches obsoletos. ¿Cómo definir, pues, lo «carca»? A falta de una mayor concreción, «carca» puede ser empleado como anatema con que se denigra al contrincante. A veces, estas descalificaciones de brocha gorda adquieren un predicamento indiscriminado entre los elementos biempensantes: así ha ocurrido, por ejemplo, con otro epíteto muy manoseado por nuestra progresía, «fascista», que lo mismo puede servir para motejar a un amante de la zarzuela, a un padre que no deja a su niña frecuentar las discotecas o a un asesino etarra. Ante la proteica heterogeneidad del mundo, quien se cree en posesión de la verdad se atrinchera en los tópicos (que son la cáscara con que se recubren las verdades vacías) y relega a los arrabales del oscurantismo a quienes profesan ideas distintas de las suyas. Por supuesto, en la denostación de esas ideas adversas no interfiere sistema de pensamiento ni criterio lógico alguno, mucho menos la reflexión moral; el denostador se erige en juez supremo que reparte bulas y sambenitos y dictamina arbitrariamente qué actitudes son carcas y cuáles deben considerarse intachablemente modernas, según su sacrosanta voluntad.

Si deseamos aquilatar el significado de «carca» sin incurrir en la caracterización tosca tendremos, pues, que acudir a la casuística. Así, por ejemplo, aceptando que el respeto a la vida, su consideración de bien jurídico máximo sobre el que se asientan los demás derechos humanos, constituye una muestra de avance social, ¿por qué el detractor del aborto es considerado «carca»? Si las etimologías, que nunca engañan, nos enseñan que «matrimonio» significa «oficio de la madre», ¿por qué quien niega entidad matrimonial a una unión infecunda es tildado de «carca»? Y, descendiendo a terrenos más pedestres o administrativos, ¿por qué restringir los horarios comerciales se califica de progresista? ¿Por qué un trasvase fluvial es más «carca» que una planta desalinizadora? ¿Por qué enviar tropas en misión humanitaria a Irak es más «carca» que mandar tropas con idéntico cometido a Afganistán? ¿Por qué una ministra de cuota que retoza entre pieles es una imagen progresista y una señora del barrio de Salamanca que se pasea con su abrigo de visón es una imagen «carca»? Prueben, por higiene mental, a desarrollar esta gimnasia casuística y comprobarán que, a la postre, el progresismo es un ejercicio de cínica conveniencia.

Juan Manuel de Prada, “Clonación terapéutica”, ABC, 14.VIII.2004

La llamada «clonación terapéutica» se presenta como un avance científico al servicio de la Humanidad (las mayúsculas que no falten); para que la patraña resulte más convincente y vencer las reticencias de quienes aún se atreven a oponer ciertos reparos éticos a la destrucción masiva de embriones, se utiliza el dolor de los enfermos, prometiéndoseles que la clonación será la purga de Benito. El parkinson, la diabetes, la leucemia, la esclerosis múltiple, el alzheimer -se afirma sin empacho- serán aniquilados como por arte de ensalmo, una vez que las autoridades gubernativas autoricen la experimentación con embriones. Y, naturalmente, los enfermos que padecen estas afecciones pican el anzuelo: se les ofrece una tabla de salvación; y, como náufragos que están a punto de claudicar, se aferran obstinadamente a ella. Quienes les han tendido dicha tabla saben que les están vendiendo humo; pero se aprovechan de su ignorancia y, lo que aún resulta más sórdido, de su sufrimiento. Y es que detrás del engañabobos de la llamada «clonación terapéutica» hay dinero, mucho dinero, infinitamente más del que podamos imaginar.

La sarta de patrañas se inicia con la retahíla de enfermedades que, según los apóstoles de la llamada «clonación terapéutica», se remediarán de la noche a la mañana. Muchas de ellas son de etiología desconocida o apenas dilucidada; otras muchas carecen de tratamiento satisfactorio. Simplemente, la ciencia aún no ha establecido sus causas ni su diagnóstico. ¿Cómo es posible prometer un remedio para enfermedades casi ignotas? Aprovechándose de la credulidad de la pobre gente, mercadeando con sus aflicciones y padecimientos. Del mismo modo que antaño los charlatanes de feria prometían a su clientela la curación de sus achaques si compraban tal o cual elixir o bebedizo, hoy las multinacionales de la genética presentan la llamada «clonación terapéutica» como la panacea que salvará a millones de enfermos desahuciados. La segunda patraña actúa como corolario de la primera y es, a la vez, más rocambolesca y abyecta. Una vez que se ha convencido a la pobre gente de que la llamada «clonación terapéutica» remediará todos los males habidos y por haber, se presenta dicho espejismo como una solución al acceso de cualquier bolsillo. Pero la realidad es muy otra. ¿Quiénes serían los beneficiarios de la llamada «clonación terapéutica»? No, desde luego, los enfermos de escasos recursos que aguardan el resultado de estas experimentaciones como un maná llovido del cielo, sino una clientela muy adinerada, capaz de afrontar ingentes gastos. ¿O es que esos enfermos desahuciados piensan que la Seguridad Social financiará la compra de oocitos, el cultivo de embriones, la obtención de células madre, el personal cualificado para su manipulación, las pólizas de seguro derivadas de los riesgos que se asumen en una técnica tan costosa y arriesgada? ¿A tales extremos utópicos alcanza la credulidad? La llamada «clonación terapéutica», si finalmente demostrara sus efectos curativos, sólo beneficiará a unos pocos millonarios. ¿Por qué los gobiernos que se apresuran a permitir la experimentación con embriones no empiezan por aclarar que la sanidad pública jamás podrá asumir los costes de esta nueva modalidad de medicina-ficción? Comprobará el lector que ni siquiera he entrado a discutir aquí el estatuto del embrión, a quien asiste la dignidad inherente a toda vida en ciernes. Considero superfluo oponer argumentos jurídicos o morales a una engañifa tan gruesa. La llamada «clonación terapéutica», presentada aviesamente como una panacea científica, es tan sólo un negocio pingüe ideado por quienes hacen del sufrimiento ajeno un medio de lucro. ¿Por qué lo llaman Progreso cuando quieren decir Dinero?

Juan Manuel de Prada, “La sonrisa del matarife”, ABC, 7.VIII.2004

Leo en estos días Koba el Temible (Anagrama), un libro de Martín Amis, airado y extrañamente conmovedor, que glosa la figura de Stalin y execra la connivencia de los intelectuales europeos con el comunismo. Una connivencia que, vergonzante y como en sordina, se prolonga hasta hoy, actuando sobre el subconsciente colectivo de un modo tan sibilino como pernicioso. Como el propio Amis señala en algún pasaje de su libro, «todo el mundo ha oído hablar de Auschwitz y Belsen; nadie sabe nada, en cambio, de Vorkutá ni de Solovetski». Pecaríamos de ingenuidad, sin embargo, si atribuyéramos dicho desconocimiento a la ignorancia selectiva de las masas; si hoy la mortandad desatada por el nazismo ocupa un capítulo medular en el libro de la memoria colectiva, mientras la mortandad mucho más abultada del comunismo apenas representa una nota a pie de página, es porque las élites dirigentes, representantes del progresismo rampante y hegemónico, así lo han querido. No en vano, en su juventud seudorrevolucionaria, dichas élites se amamantaron en las ubres del legado estalinista.

En Koba el Temible, Amis cuenta una anécdota de apariencia banal, pero de significación sobrecogedora. En el curso de un reciente mitin electoral celebrado en la sede de New Statesman, una publicación laborista, uno de los oradores recuerda su juventud, cuando en compañía de «antiguos camaradas» redactaba aquella revista, tan contemporizadora con el comunismo. El público responde entonces con una unánime carcajada afectuosa. Amis se pregunta qué ocurriría si un orador recordase con nostalgia en el curso de un mitin a sus fraternales camisas negras. «¿Es esa la diferencia -escribe Amis- entre el bigote pequeño y el bigote grande, entre Satanás y Belcebú? ¿Qué uno suscita espontáneamente la furia y el otro la risa?». Juguemos a trasladar la anécdota al ámbito autóctono. ¿Qué ocurriría si un político español rememorase festivamente su juventud falangista? Habría firmado su acta de defunción. En cambio, se contempla con admiración que haya militado en las filas comunistas. Y, por supuesto, a los combatientes estalinistas que perecieron en la Guerra Civil se les asigna el calificativo extravagante de «defensores de la democracia»; mientras a los combatientes que militaron en el bando de Franco se les despacha como chusma fascista.

El libro de Martín Amis, feroz y cáustico como sus novelas, transita por los pasadizos pavorosos que ya nos iluminara Solzhenitsyn en El archipiélago Gulag. Entre el desfile de horrores desatado por el comunismo (hasta completar un catastro fúnebre de veinte millones) merecen reproducirse algunas frases sentenciosas de Stalin: «La muerte soluciona todos los problemas; no hay hombre, no hay problema»; y también: «Una muerte es una tragedia; un millón de muertes, simple estadística». Sobre esta burocracia de la muerte se fundó la ideología que aún abastece de mitologías el llamado pensamiento progresista. El terror nazi se esforzaba por ser exacto, calculador, dirigido contra una parte de la población en razón de su etnia; el terror comunista, en cambio, era deliberadamente aleatorio e indiscriminado, pues su enemigo era el hombre. «El comunismo -afirma Amis- es una guerra contra la naturaleza humana».

En algún lugar del infierno, Stalin, el Gran Matarife, sonreirá complacido al contemplar la supervivencia de su legado. Con sarcasmo y algo de fatiga, Martín Amis recuerda que cuando su padre, el también escritor Kingsley Amis, abjuró públicamente de su pasado comunista, fue de inmediato tildado de «fascista» por los intelectuales británicos. Cincuenta años después, motejar de «fascista» al que piensa distinto sigue siendo el pasatiempo predilecto de nuestra progresía; el que lo probó lo sabe. El Gran Matarife sonríe, orgulloso de mantener su predicamento.

Juan Manuel de Prada, “El manotazo del Papa”, ABC, 7.VI.2004

En su más reciente libro, ¡Levantaos! ¡Vamos! (Plaza y Janés), Juan Pablo II narra las circunstancias en que fue nombrado obispo auxiliar. Se hallaba a la sazón con un puñado de amigos en la montaña, preparado para descender en canoa por un río; cuando recibe la citación de Cracovia, no tiene empacho en subirse al remolque de un camión, para abreviar el viaje de vuelta. El hombre que comparece en esas páginas es un cuarentón fornido, brioso, atezado por el sol, que gusta de las caminatas campestres; casi cuatro décadas después, ese mismo hombre es un viejo tullido, azotado por el párkinson, que habla con una voz feble y respira dificultosamente. En su estampa demolida, como en las líneas concéntricas de un árbol recién talado, se adivinan las vicisitudes traumáticas de su biografía. Pero hay algo en ese anciano decrépito que se mantiene inmune a los estragos de la edad desde que, allá en la Polonia sometida por los nazis, decidiera hacerse sacerdote. De ese fuego que no declina su llama nos habla en su último libro, ya desde el mismo título que reproduce las palabras que Jesús dirigió a sus discípulos en el huerto de Getsemaní: me refiero a la vocación de servicio, a esa capacidad para inmolarse en el desempeño de la misión que le ha sido encomendada, sacrificando hasta el último resuello.

Hemos vuelto a presenciar una muestra de esa obcecada vocación de servicio. En Suiza, el Papa leía ante diez mil jóvenes una exhortación en francés, alemán e italiano: su voz, adelgazada hasta la consunción, era apenas audible; sus manos temblorosas casi no le permitían sostener los papeles; en su rostro macilento se adivinaban los síntomas de una lipotimia. Uno de los eclesiásticos que figuraban en su séquito acudió en su auxilio, dispuesto a tomarle el relevo. Entonces el Papa, encorajinado, soltó un manotazo brusco y disuasorio sobre los papeles, mostrando así su deseo de apurar hasta las heces el cáliz del dolor; su gesto fue acogido con una ovación por los jóvenes que lo escuchaban. En esa vibración unánime de diez mil gargantas que coreaban su nombre, el viejo Wojtyla creyó escuchar la voz que tantas veces lo ha inmunizado contra el desistimiento: “¡Levántate! ¡Vamos!”; y el viejo Wojtyla sonrió, espantando los fantasmas del desaliento, y concluyó su exhortación. Luego, inflamado por esa gasolina espiritual que lo empuja a acometer tantas empresas para las que su naturaleza malherida no parece preparada, lo vimos incluso enarbolar los brazos, siguiendo el ritmo de las danzas que se ejecutaban en su honor.

Con aquel manotazo abrupto, el Papa respondió tácitamente a quienes cuestionan su idoneidad como sucesor de Pedro. El viejo Wojtyla ya ha decidido que seguirá siendo Papa mientras la sangre circule por sus venas; lo que mucha gente no entiende es que dicha decisión no es suya, sino inspirada por una fuerza interior de la que el viejo Wojtyla no es sino mero depositario. Horacio, para referirse a la inspiración poética, mencionó un “algo divino” que convierte al poeta en intermediario entre las musas y los mortales; el poeta no puede sustraerse a ese aliento que lo enaltece, tampoco puede fingirse inspirado cuando ese aliento lo ha dejado huérfano. Como el poeta, el Papa no puede renegar de su misión, ni alargarla obcecadamente cuando ese “algo divino” deje de visitarlo; mientras siga escuchando esa voz que lo incita a seguir apurando el cáliz del dolor, al viejo Wojtyla no le queda otro remedio que obedecerla. “¡Levántate! ¡Vamos!”, exclama esa voz. Y el viejo Wojtyla suelta un manotazo brusco, con la misma prontitud con la que hace cuarenta años, fornido y brioso, abandonó su canoa entre los carrizos de un río, para acudir a Cracovia.

Juan Manuel de Prada, “La Pasión de Cristo”, ABC, 2.IV.2004

La «cristofobia» imperante ha querido disfrazar la tirria que le produce la película de Mel Gibson caracterizándola de panfleto antisemita y execrando su exaltación del sufrimiento. Sorprende que una época que aplaude patochadas del calibre de Kill Bill, la última regurgitación de Tarantino, donde la violencia desatada adquiere un tratamiento coreográfico e incluso humorístico, se escandalice de algunas secuencias contenidas en La Pasión de Cristo. A la postre, se demuestra que la razón de dicho escándalo nace de la banalidad contemporánea, que acepta la representación de la violencia cuando se erige en un ejercicio ornamental pero se rasga las vestiduras (Caifás sigue entre nosotros) cuando interpela al espectador, cuando estimula su horror o su piedad, cuando remueve los plácidos cimientos sobre los que se asienta su existencia y lo obliga a enfrentarse al problema del mal, a esa letrina de atávicas crueldades que anida en el corazón del hombre. Por si esto fuera poco, La Pasión de Cristo postula sin ambages la existencia de un hombre entreverado de Dios que se inmola voluntariamente, que se abraza a la Cruz para que sus padecimientos limpien dicha letrina; la magnitud de su sacrificio resulta demasiado indigesta para ciertos estómagos, que antes que aceptar su naturaleza redentora prefieren no molestarse en comprenderla. Sólo así se explica que una película que recoge en sus fotogramas pasajes tan reveladores y esenciales en la vida de Jesús como la predicación del amor sin condiciones (Mt, 5, 43-48) haya sido tachada de antisemita. Las anteojeras y apriorismos con que algunos han contemplado La Pasión de Cristo les impide reconocer que en ella se nos habla de amor (de un amor extremo que alcanza la donación de la propia vida), nunca de odio.

Habría que anticipar, antes de referirnos a otros aspectos más concretos, que Mel Gibson ha querido completar una obra declaradamente católica. Aunque en Estados Unidos hayan sido las comunidades evangélicas quienes con más ahínco la han defendido, la película aborda algunos asuntos medulares de la fe católica -así, el vínculo existente entre el sacrificio de la Cruz y el sacrificio de la misa- que un protestante no puede llegar a comprender plenamente. Su catolicismo militante se trasluce, sobre todo, en el tratamiento de la figura de María, a quien en todo momento se muestra sabedora y consciente de la misión salvífica de su Hijo. El sufrimiento sereno de la Virgen, que asiste a la inmolación de Jesús con un estoicismo que rehuye la efusión plañidera, depara algunos de los momentos más memorables de la película, también los más originales; pues, aunque Gibson sigue casi al dedillo los Evangelios y las visiones de la monja agustina Ana Catalina Emmerich (1774-1824), se permite algunas licencias creativas que enriquecen y vigorizan el papel desempeñado por María en aquellas horas pavorosas. Pienso, por ejemplo, en esa secuencia en que el Demonio (caracterizado como un ser antropomorfo y andrógino) y la Virgen intercambian, en medio del tumulto que acompaña a Jesús en su vía crucis, una mirada de tenso dramatismo; enseguida comprendemos que el poder de Satanás se detiene ante esta nueva Eva que ha venido para aplastarle la cabeza (Gn 3, 15). Pienso, también, en uno de los momentos más sublimes de la película, en el que María pega el rostro al suelo; un pudoroso movimiento de cámara nos descubre que, justamente debajo de ese lugar, se halla Jesús, aherrojado en una mazmorra: la empatía entre madre e hijo que se transmite en estos fotogramas es de una delicadeza conmovedora. Como lo es, en fin, la escena en la que, a mi juicio, La Pasión de Cristo alcanza la cúspide de la emoción: María, «pálida como un cadáver con los labios casi azules» -así la describe Ana Catalina Emmerich-, presencia una de las caídas de su Hijo, aplastado por el peso de la cruz; entonces Gibson intercala un flash-back en el que Jesús, todavía niño, se pega un morrón mientras corretea, lo que obliga a María a correr a su lado, para consolar su llanto. Ese mismo movimiento instintivo y protector la impulsa a socorrer, tantos años después, al Hijo que va a ser sacrificado; y la transposición de planos temporales logra crear un clima de un patetismo limpio que se nos queda anudado en la garganta.

Otras intervenciones de la Virgen, como aquella en la que se agacha sobre el suelo del pretorio, para limpiar con unos paños -ayudada por María Magdalena- la sangre vertida por Jesús durante la flagelación, poseen una hondura mística que ya encontramos en las visiones de Ana Catalina Emmerich. Este documento, indispensable para la plena comprensión de la película, inspira a Gibson algunos episodios consagrados por la tradición piadosa, pero ausentes en los Evangelios (v. gr., la intervención de la Verónica, la presencia del Demonio en el huerto de Getsemaní, etc.), así como el desarrollo de algunos personajes, como Simón de Cirene, los ladrones Dimas y Gestas y, muy principalmente, Poncio Pilato y su esposa Claudia. La intervención de esta última cobra en la película un protagonismo insólito, influyendo con determinación en el ánimo del titubeante procurador, cuyos conflictos de conciencia adquieren así una dimensión agónica. La conversación que Pilato mantiene con su esposa sobre la naturaleza de la verdad constituye otra de las cumbres de la película, pues acierta a penetrar en la angustia de un hombre que se debate entre la convicción de la inocencia de Cristo y el miedo -nacido del interés- a un veredicto absolutorio.

No podemos dejar de referirnos a las escenas de La Pasión de Cristo que, por su crudeza, han desatado mayor alboroto entre sus detractores, e incluso algunas reticencias entre sus partidarios. Gibson, en efecto, no se recata en la exposición de las sevicias que le fueron infligidas a Jesús; la elipsis no figura entre sus recursos retóricos. Pero esta elección artística no obedece a un propósito de truculenta gratuidad, salvo en un momento concreto y particularmente desafortunado en que se nos muestra cómo un cuervo vacía un ojo al ladrón Gestas. Hemos de partir de una premisa: a las nuevas generaciones, educadas en la explicitud y en el desdén de lo religioso, un tratamiento sugerido o elíptico de la tragedia del Gólgota las hubiese dejado risueñamente indiferentes. Gibson entiende la Pasión en el sentido etimológico de la palabra, como sufrimiento que aflige al espectador; esta vindicación del pathos como instrumento de convicción estética y moral, que hallamos ya en los trágicos griegos, ha estado siempre muy presente en la iconografía cristiana (pensemos, por ejemplo, en la imaginería barroca española). Por supuesto, a quienes prefieran atrincherarse en el descreimiento, estas imágenes les resultarán obscenas; al cristiano, en cambio, le transmitirán -aparte de algún mal trago- un efecto purificador y, a la postre, reconfortante.

La Pasión de Cristo consigue penetrar el misterio de aquel episodio que refundó la Historia y el destino del hombre. Que este logro espiritual se acompañe, además, de unos resultados estéticos más que notables, agiganta el tamaño de la empresa. Prueba irrefutable de este éxito doble la constituyen las invectivas y espumarajos con que la «cristofobia» imperante ha distinguido la película. Para los cristianos, cada vez más vilipendiados en la sociedad contemporánea (como Jesús nos anticipó que ocurriría), la película de Gibson es una invitación a la perseverancia y un refresco de aquellas palabras consoladoras que leemos en el Evangelio de San Mateo: «No tengáis miedo, pues nada hay oculto que no llegue a descubrirse, ni secreto que no venga a conocerse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo a la luz; y lo que os digo al oído, predicadlo sobre los terrados». La película de Gibson es una incitación a salir de las catacumbas, una apuesta por la fortaleza y el coraje; nada más lógico, pues, que soliviante y exaspere a quienes nos desean ver cohibidos y cobardones, negando o siquiera ocultando una fe que nos dignifica.

Juan Manuel de Prada, “La vida más inerme”, ABC, 29.III.2004

Leo con tristeza que el Partido Socialista proyecta despenalizar el aborto practicado durante las primeras doce semanas de embarazo. Una vez más, la izquierda vuelve a enarbolar una bandera que refuta los postulados sobre los que se asienta su ideología. Sobre esta paradoja hiriente reflexionaba Miguel Delibes en una compilación de artículos, Pegar la hebra (Destino, 1990), que me permito citar: «En nuestro tiempo es casi inconcebible un progresista antiabortista. Para éstos, todo aquel que se opone al aborto libre es un retrógrado, posición que, como suele decirse, deja a mucha gente socialmente avanzada con el culo al aire. Antaño el progresismo respondía a un esquema muy simple: apoyar al débil, pacifismo y no violencia. Pero surgió el problema del aborto y, ante él, el progresismo vaciló. (…) Para el progresista, eran recusables la guerra, la energía nuclear, la pena de muerte, cualquier forma de violencia. En consecuencia, había que oponerse a la carrera de armamentos, a la bomba atómica y al patíbulo. El ideario progresista estaba claro y resultaba bastante sugestivo seguirlo. La vida era lo primero, lo que procedía era procurar mejorar su calidad para los desheredados e indefensos. Había, pues, tarea por delante. Pero surgió el problema del aborto, el aborto en cadena, libre, y con él la polémica sobre si el feto era o no persona, y, ante él, el progresismo vaciló. El embrión era vida, sí, pero no persona, mientras que la presunta madre lo era ya y con capacidad de decisión. No se pensó que la vida del feto estaba más desprotegida que la del obrero o la del negro, quizá porque el embrión carecía de voz y voto y, políticamente, era irrelevante. Entonces se empezó a ceder en unos principios que parecían inmutables: la protección del débil y la no violencia. Contra el embrión, una vida desamparada e inerme, podía atentarse impunemente. Nada importaba su debilidad si su eliminación se efectuaba mediante una violencia indolora, científica y esterilizada».

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Juan Manuel de Prada, “Hermanos de sangre”, ABC, 13.III.2004

«El que no ama permanece en la muerte. Quien aborrece a su hermano es un homicida, y ya sabéis que todo homicida no tiene en sí la vida eterna. En esto hemos conocido la caridad, en que Él dio su vida por nosotros, y nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos». Las palabras de San Juan, pronunciadas desde el púlpito, resuenan en mi memoria y me ayudan a mantener la entereza en estas horas aciagas. Hacía mucho tiempo que la religión no me proporcionaba un consuelo tan vigoroso como el que me brindó en la tarde del jueves, en la misa que se ofició en La Almudena, en sufragio por las víctimas de la vesania terrorista. Luego, al comulgar, sentí que por primera vez en mi vida entendía plenamente el misterio de la Eucaristía: en aquel diminuto fragmento de pan ácimo estaba Dios, y también los doscientos hermanos que acababan de ser inmolados. Fue una experiencia mística, íntima y a la vez solidaria, que me descubría el verdadero sentido de la caridad fraterna y me aliviaba la infinita tribulación de aquellas horas.

Quizá las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan hallen impertinente esta confidencia, por introducir consideraciones de tipo religioso en una tragedia de naturaleza humana. Pero la religión consiste, sobre todo, en descubrir a Dios en el rostro de cada hombre que sufre (Mt, 25, 31-46); y creo que las muestras de espontánea efusión que los madrileños están protagonizando en estos días trágicos constituyen otras tantas manifestaciones religiosas, en el sentido más primigenio de la palabra. A fin de cuentas, como escribió el mismo San Juan, «a Dios nunca le vio nadie; pero si nosotros nos amamos mutuamente, Dios permanece en nosotros, y su amor es en nosotros perfecto». Esas colas de hermosos madrileños que esperaban turno para regalar su sangre; esos voluntariosos vecinos de Atocha y Santa Eugenia y El Pozo del Tío Raimundo que salieron a la calle con mantas, para socorrer a las víctimas aprisionadas entre un amasijo de hierros; esos taxistas que ofrecieron sus coches para transportar a los heridos hasta los hospitales; esos médicos, enfermeras, asistentes sanitarios, policías, bomberos que trabajaron hasta la extenuación en las labores de rescate y salvamento; esos psicólogos y sacerdotes que se juntaron en la improvisada morgue de Ifema, para reconfortar a los familiares de los asesinados… ¿no han confirmado acaso que son capaces de ofrecer la vida por sus hermanos? En cada uno de sus gestos abnegados -muestras de perfecto amor- se cobija un sacramento, una renovada eucaristía. Dios permanece en nosotros, gracias a ellos.

Seguramente, muchos de estos madrileños que han entregado lo mejor de sí mismos ni siquiera sean conscientes de su hazaña. Esta nueva hermandad que han fundado seguramente haya nacido dentro de ellos de un impulso espontáneo, ingobernable, necesario como el aire que se renueva en sus pulmones. Pero, aunque sean inconscientes del tamaño de su generosidad, aunque crean que se han limitado a cumplir con una obligación, todos ellos han demostrado que poseen una reserva de gasolina espiritual que permanecía escondida en algún secreto depósito, esperando la chispa que la incendiase. El dolor del prójimo ha sido esa chispa; por eso escribía antes que en su donación existe un impulso de naturaleza religiosa, un deseo de religarse con el sufrimiento ajeno y hacerlo propio, de amar más estrechamente, más ensimismadamente. Las alimañas que sembraron el horror en Madrid jamás podrán extirparnos ese amor, jamás podrán arrastrarnos a su bando, donde «permanece la muerte». Por eso, hoy más que nunca, saborean la derrota: porque, al matarnos, nos han dado más vida, nacida de una hermandad de la sangre.

Juan Manuel de Prada, “La pasión de Mel Gibson”, ABC, 28.II.2004

Dos sambenitos se han arrojado sobre La Pasión de Cristo, la película de Mel Gibson, antes incluso de que fuera estrenada: su presunto antisemitismo y su regodeo en la crueldad. Ambos reproches, por supuesto, se han aderezado de muy virulentas invectivas contra el realizador, en las que se caricaturizan sus creencias religiosas. Cuando para denostar una obra artística se recurre a argumentos tan cochambrosos, debemos desconfiar de las intenciones del denostador. La animadversión o simpatía que puedan suscitarnos un creador no deben contaminar el juicio que nos merece su obra; quien recurre a una mistificación tan tosca, no consigue sino descalificarse a sí mismo. Por lo demás, estoy completamente seguro de que si Mel Gibson mostrara a Cristo amancebado con María Magdalena, o renegando de su misión redentora, quienes lo han tachado de antisemita y tremendista aplaudirían con fruición su película. Pues lo que solivianta a estos nuevos inquisidores disfrazados con los ropajes de la beatería laica es que un artista emplee su dinero y su talento en la proclamación de su fe; lo que fastidia es que esta película, condenada al éxito, vaya a fortificar a muchos en sus convicciones, y seguramente también a remover el escepticismo de otros tantos. ¡Con lo que nos ha costado -bramarán los inquisidores- que la gente se olvide de Cristo, para que ahora llegue este sujeto y nos desmonte el quiosco! La película de Gibson jode mogollón; así que habrá que arremeter contra ella, empleando las coartadas más burdas y torticeras. La acusación de antisemitismo proferida contra Gibson, por ejemplo, no se sostiene en pie. Un deber de verosimilitud histórica obliga al director australiano a mostrar, en efecto, a Jesús ajusticiado por la autoridad romana, con la anuencia del pueblo judío, que vocifera: «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!». Pero en el mismo Evangelio de San Mateo en el que se recogen estas palabras hemos leído antes que Jesús derramará su sangre «por todos los hombres para remisión de sus pecados». El pueblo judío, sin saberlo, ratifica con sus palabras el misterio de la Redención: la sangre que cae sobre ellos y sobre sus hijos (sobre la humanidad entera, sin distinción de credos o razas) no clama venganza, sino que salva y purifica. Comprendo que este misterio resulte impenetrable para quienes no profesen la fe cristiana; pero al menos podrían abstenerse de interpretarlo de forma reduccionista. El sacrificio de Jesús, voluntariamente asumido, es de naturaleza expiatoria.

El otro reproche lanzado contra Gibson resulta de una mentecatez aplastante. Las imágenes de su película muestran sin tapujos las sevicias que Jesucristo padeció durante su suplicio; son, al parecer, imágenes de extrema explicitud. Paradójicamente, su contemplación provoca incomodidades en una época que ha encumbrado la exhibición gratuita de violencia a un rango artístico. Dudo mucho que Gibson exceda en truculencias a Tarantino o Kitano, tan idolatrados por el gusto contemporáneo. ¿Por qué la violencia enfática, hiperbólica, de esos cineastas fascina, mientras que la de Gibson provoca rasgamientos de vestiduras? Por una razón evidente: porque no es gratuita, porque interpela al espectador, porque lo obliga a enfrentarse al dolor en estado puro. Nos hemos acostumbrado a una violencia banal, coreográfica, meramente esteticista, que hace del hiperrealismo una forma sublimada de irrealidad; no podemos soportar, en cambio, la violencia catártica que estimula nuestro horror y nuestra piedad, que nos hace partícipes de un sufrimiento sobrehumano y nos ayuda a entender en toda su magnitud un sacrificio que remueve nuestra capacidad de comprensión.

Quizá la película de Gibson sea, a la postre, un bodrio. Pero los argumentos hasta ahora empleados en su demolición dan grima.

Juan Manuel de Prada, “Viejos desechables”, ABC, 19.I.2004

He detectado un cierto tufillo farisaico en la conmoción social causada por esa sentencia judicial que impone a los familiares de una viejecita que había sido abandonada en la vía pública una multa ínfima. Y esa hipocresía ha alcanzado su clímax cuando se ha comparado la citada sentencia con otra que castigaba más severamente a los dueños de un perro por dejarlo tirado en similares circunstancias. Pues, no nos engañemos, hoy por hoy un perro es mucho más digno de protección que un anciano. Cierto progresismo ambiental ha enarbolado como vindicación prioritaria los llamados «derechos de los animales»; en cambio, se acepta que la vejez sea una edad excedente, una prolongación ignominiosa de la vida que conviene recluir y esconder, para que no nos recuerde la inminencia de la muerte. Quienes defienden la eutanasia activa (con frecuencia, los mismos que vindican los «derechos de los animales») habrían considerado a esa viejecita octogenaria y aquejada de Alzheimer una víctima (perdón, una beneficiaria) idónea de la muerte dulce que predican, pues, según sus presupuestos, una vida humana de la que emigrado la consciencia no merece la pena ser vivida; no así una vida animal, que merece prolongarse aunque nunca haya sido consciente. La viejecita de la sentencia, náufraga en las nieblas de la desmemoria, se había convertido ya en un cachivache desechable. El novio de una de sus nietas lo ha expresado expeditivamente: «Si no participamos en la herencia, ¿por qué teníamos que limpiarle el culo?».

Y al chavalote, de retórica tan abrupta como menesterosa, le ha faltado añadir que, a fin de cuentas, no hicieron con la abuela nada más de lo que nuestra época les ha enseñado. La vejez se ha convertido en la lepra más abominable: nos esforzamos patéticamente en rehuir su imperio recurriendo a disfraces indumentarios bochornosos, aferrándonos al cultivo de aficiones juveniles, incluso rectificando nuestras arrugas en un quirófano. Vanos y desesperados intentos de interrumpir el curso de la mera biología, que sin embargo se explican si consideramos que la vejez constituye un baldón social. No sólo la desdeñamos como depositaria de una sabiduría ancestral, también nos esforzamos por segregarla de nuestra vida: así, encerramos a los viejos en lazaretos apartados de las ciudades, para no presenciar su decrepitud; nuestras empresas se desprenden de sus trabajadores más veteranos mediante el oprobioso recurso de la «prejubilación»; en el cine y la televisión está completamente prohibido otorgar el protagonismo a actores que sobrepasen los sesenta años (algunos menos si son actrices), para los que en todo caso se reservan papeles de relleno, pintorescos o atrabiliarios. Si algún viejo se atreve a rebelarse contra esta dictadura de la juventud, negándose al ostracismo y exponiendo sus achaques a los reflectores de la atención pública, como hace el Papa, apenas logramos reprimir nuestro disgusto, pues consideramos que en ese gesto, amén de un rasgo de rebeldía, subyace un obsceno desafío que nos amedrenta.

Pero este menosprecio de la vejez no habría calado tan hondo si previamente no nos hubiésemos ocupado de arrasar los vínculos que sostienen la familia. Pues es en la familia donde adquirimos una noción verdadera de lo que significa el paso de las generaciones como vehículo transmisor de valores, afectos, cultura, creencias y sufrimientos; una vez aprendida esa enseñanza vital, resulta imposible contemplar a un viejo como un mero armatoste desechable, menos valioso que un perro. Pero cada época lega a la posteridad los frutos de su clima moral; y esa sentencia que impone a los familiares de una vieja abandonada el pago de una multa ínfima se me antoja una expresión cabal, definitoria y coherente de la época que vivimos.

Juan Manuel de Prada, “Pasiones cinematográficas”, ABC, 20.XII.2003

La Pasión de Jesús ha excitado la imaginación de los más altos creadores cinematográficos: David W. Griffith, Cecil B. De Mille, Nicholas Ray o Martin Scorsese. También la de artesanos bienintencionados o merengosos, como George Stevens o Franco Zeffirelli. Sin embargo, casi todos los intentos de plasmar en imágenes este acontecimiento que cambiaría el curso de la Humanidad han sucumbido a las tentaciones del acartonamiento, el edulcoramiento pazguato o el revisionismo de pretensiones escandalosas. Intolerancia, de Griffith, sigue siendo, casi noventa años después de su estreno, la mejor y más compleja aproximación al asunto; pero mucho me temo que las generaciones recientes no la hayan visto jamás, pues ya se sabe que la banalidad contemporánea ha arrumbado las joyas del cine mudo en los desvanes de la arqueología. Algo similar ocurrirá con el Rey de reyes de Cecil B. De Mille, un cineasta condenado al ostracismo por esos dispensadores de bulas que juzgan el arte con anteojeras ideológicas. Y el remake posterior de Nicholas Ray, que las televisiones han divulgado machaconamente, adolece de tedio y desgana, quizá porque su director nunca creyó en el encargo de Samuel Bronston, que aceptó por razones meramente alimenticias. Scorsese, en La última tentación de Cristo, logró el éxito, impulsado por los anatemas de la Iglesia; vista hoy sin enconamiento, su película se nos antoja una empanada mental bastante considerable, indigna del autor de Malas calles.

¿Por qué un asunto tan universal, tan ferozmente humano, tan arraigado en nuestro subconsciente iconográfico, ha deparado versiones tan insatisfactorias? Quizá porque quienes lo eligieron como argumento pretendieron endilgarnos una interpretación pretenciosa o doctrinaria, como si la desnuda elocuencia de la historia elegida no se bastase por sí misma; quizá porque la abordaron con un propósito colosalista que desvirtúa su esencia y su misterio. Ahora el actor australiano Mel Gibson, que ya demostrase condiciones nada nimias como director en Braveheart, se dispone a estrenar una nueva versión que procura soslayar los errores en que incurrieron la mayoría de sus predecesores: para ello, se propone contarnos desnudamente los episodios de la Pasión, ateniéndose a la narración evangélica. En un afán de verosimilitud y naturalismo, Gibson ha querido que sus actores reciten sus diálogos en latín, hebreo y arameo, lo que quizá constituya un rasgo de engreimiento que la taquilla no le perdone. Pero a Gibson no parece importarle esta menudencia; pues, según ha confesado, su intención primordial al desembolsar los veinticinco millones de dólares que ha costado la producción era propagar su fe, antes que hacer negocio.

Y, claro está, a Gibson no le van a perdonar esta osadía. El actor australiano se ha declarado en repetidas ocasiones católico, sin ambages ni cohibidos circunloquios. Tamaña enormidad la ha granjeado la inquina de los repartidores de bulas, que pueden aceptar (incluso encomiar, con solidaria simpatía) que un creador sea pederasta o estalinista recalcitrante, pero… ¡católico!, eso ni de coña. Puedo anticipar las recensiones que los dispensadores de bulas dedicarán a la película de Gibson, sin temor a equivocarme: se la tachará de ñoña y proselitista, de tendenciosa y antisemita, de tergiversadora y sonrojante. Lo que ignoran los dispensadores de bulas, pobrecitos, es que por cada recensión que evacuen, salpicada de espumarajos, el público de la película se multiplicará en progresión geométrica. Y es que la mala baba de los repartidores de bulas es la propaganda más eficaz e infalible. Quien lo probó lo sabe.

Juan Manuel de Prada, “Religión y signos ostentosos”, ABC, 13.XII.2003

Detecto una hipocresía de fondo en ese informe encargado por Chirac a una comisión de expertos, con la pretensión de impedir que las niñas musulmanas se presentasen en clase con el característico velo que les impone su religión. Para que dicho propósito quedase enmascarado y satisficiera las exigencias de la corrección política, los redactores del informe han extendido la prohibición a «otros signos ostentosos» característicos de las demás religiones. ¿Será que los niños franceses de familia cristiana acuden a clase coronados de espinas, o enfajados de cilicios, o disfrazados de penitentes, o cargando con cruces de tamaño natural, cual Cirineos redivivos? Si así fuera, me apresuraría a dictaminar la bondad del informe; aunque, sinceramente, sospecho que los niños franceses no son propensos a tales mortificaciones. Entonces, ¿a qué demonios de signos cristianos ostentosos se refiere dicho informe? ¿A las estampitas de San Antonio de Padua? ¿Al almanaque del Sagrado Corazón? ¿Quizá a las medallitas con la efigie de la Virgen? Por favor…

Pero la hipocresía máxima del informe consiste en designar como «signo ostentoso» el velo islámico, cuando sin duda representa algo más, mucho más. Prueba de ello la representa que Shirin Ebadi, reciente Premio Nobel de la Paz, decidiera recoger dicho galardón con la cabeza desnuda, suscitando la furia de las autoridades iraníes. Evidentemente, si Shirin Ebadi acudió a la ceremonia sueca sin velo no fue como señal de apostasía, sino de rebelión contra la discriminación de raíz religiosa que las mujeres sufren en los países islámicos. Mediante el velo, el burka y demás prendas ignominiosas, las mujeres musulmanas no hacen profesión de fe, sino que ocultan su «impureza» y acatan su sometimiento al hombre. Que yo sepa, ninguno de los «signos ostentosos» cristianos que el informe se propone nebulosamente suprimir en las escuelas incorpora este matiz peyorativo o misógino; que yo sepa, a las niñas cristianas no se les obliga a portar sambenitos, ni capirotes, ni otros apósitos que disimulen su feminidad. Así, los gabachos, en lugar de limitarse a reprimir costumbres ofensivas de la dignidad humana, aprovechan para lanzar indiscriminadamente sobre las religiones -especialmente contra la cristiana, que es la que más jode- una sombra de sospecha.

Pero, al trivializar el significado verdadero del velo islámico, los asesores de Chirac caen en su propia trampa. Pues, ¿desde cuándo ha de prohibirse a un chaval que luzca «signos» de identidad, mientras no avasalle al prójimo? ¿Por qué, si en verdad el velo de marras fuese tan sólo una prenda ostentosa, habría de prohibirse, si admitimos que se luzcan otros marchamos más llamativos? ¿Por qué permitir que los chavales se tatúen con motivos tabernarios, o que se perforen las ternillas con piercings, o que se dejen una cresta punkie coloreada con un tinte fosforescente, o que vistan pantalones que dejan asomar la raja del culo, o que se embutan en minifaldas que apenas les cubren el ombligo? Lo permitimos, simplemente, porque tatuajes, y piercings, y peinados, y pantalones, y minifaldas, son efusiones de un sarampión juvenil, aspavientos de rebeldía, gestos de sumisión a la moda… Signos ostentosos, en definitiva, y nada más. El velo islámico, en cambio, significa otra cosa más grave y pavorosa. Pero, ¡ah!, para no herir susceptibilidades, conviene cargarse de paso los crucifijos.

Frente a estos hipocritones que disfrazan su odio anticristiano con cataplasmas de corrección política, siempre nos quedará el poema de León Felipe: «Hazme una cruz sencilla, carpintero».

Juan Manuel de Prada, “La monja de Calcuta”, ABC, 20.X.2003

Escribió Borges que todo destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un sólo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es. El destino de aquella monja albanesa llamada Teresa se dirimió el día en que abandonó el convento y se arrojó a las calles de Calcuta. La guiaba un vasto propósito, tan infinito como el de aquel ángel que trató de encerrar el agua del mar en un hoyo excavado en la playa: quería prestar su alimento a los hambrientos, su salud a los enfermos, su aliento a los moribundos. Calcuta era un hormiguero de moribundos, de enfermos, de hambrientos; un temperamento menos acérrimo que el de aquella monja hubiese sucumbido, antes incluso de haber iniciado su misión, antes incluso de haberla calculado, al vértigo de la angustia. Nunca aquella frase evangélica que pondera la abundancia de la mies y la escasez de obreros había encontrado un refrendo más lacerante que en las calles de Calcuta: allá donde posase la vista, la monja Teresa se tropezaba con jirones de humanidad mendicante o leprosa, una legión de parias de toda tribu y nación, incontables como las estrellas del firmamento. Pero Teresa no se amilanó: había leído que Jesucristo esconde su rostro en las facciones injuriadas por el sufrimiento; y entendió que el mejor modo de demostrar a su Esposo su amor incondicional consistía en entregarse sin reticencias a sus criaturas más dolientes. Era menuda y enteca, de una fragilidad de búcaro; pero el fuego que incendiaba su tesón era inextinguible y le infundía la fuerza de una roca.

(…) La soledad no intimidó a Teresa; a falta de un hábito, se envolvió en un túnica blanca ribeteada de azul. Vestida de esta guisa, como una paria más entre las parias, inició una misión cuyo final no podía ni siquiera vislumbrar. La primera estación de su epopeya la condujo a un hospital de moribundos; allí, entre cuerpos famélicos o corrompidos por la lepra descubrió que la misericordia puede ser una forma de exultación. Mientras retiraba una venda purulenta, mientras limpiaba una pústula, mientras posaba la mirada en unos ojos febriles, esmaltados de agonía, veía camuflado el rostro de Jesucristo; y la certeza de que su Esposo vigilaba su labor y la aprobaba le infundía una trepidación gozosa, una suerte de entusiasmo que no admitía desmayo ni claudicación. Con perplejidad, descubrió que ese entusiasmo era insomne, que no se agotaba nunca, que día tras día se renovaba como el ave fénix; con alborozo descubrió que era, además, contagioso: pronto, las muchachas que oficiaban de enfermeras en aquel hospital cochambroso, asombradas de que una mujer de aspecto tan quebradizo escondiera tales yacimientos de energía, le rogaron que les hablara de aquel Dios crucificado que le prestaba su ímpetu. Teresa accedió gustosa a su solicitud, pero sin descuidar ni un instante el cuidado de los enfermos: «No sólo murió en la cruz; ahora está muriendo en cada uno de estos jergones», les dijo, como primera lección de una catequesis sucinta, señalando con un ademán abarcador los cuerpos quejumbrosos que se hacinaban en el pabellón. Y las enfermeras, al proseguir su trabajo, se sintieron invadidas de un júbilo que no admitía una explicación terrenal, un júbilo que llenaba sus días y alumbraba sus noches y les susurraba un vasto propósito, tan infinito como el de aquel ángel que trató de encerrar el agua del mar en un hoyo excavado en la playa.

Era el júbilo que contagia la santidad.

Juan Manuel de Prada, “El Papa y la monja”, ABC, 15.IX.2003

Entrevistaba ayer en «Los Domingos de ABC» Álvaro Ybarra a Sor Brígida, una monja carmelita que hace veintiséis años viajó a Malawi, siguiendo el llamado de su vocación. Sor Brígida era entonces una joven que acababa de consagrars a Cristo; y entendió que el mejor modo de demostrar a su Esposo su amor incondicional consistía en entregarse sin reticencias a sus criaturas más dolientes. Hay un pasaje evangélico en el que se nos recuerda que Dios habita en el hambriento, en el sediento, en el desnudo, en el peregrino, en el preso; Sor Brígida acató esta misión inabarcable y decidió sacrificarse por amor a los hombres que sufren, que es la forma más divina de amor. Durante años, trabajó en pleno corazón de la selva, en un hospital alejado de la civilización, sin luz ni agua corriente. Luego, cuando el sida empezó a diezmar el país, se trasladó a otro hospital donde se hacinaban los enfermos desahuciados. Sin dinero ni medicinas con que hacer frente a la enfermedad, Sor Brígida se dedica desde entonces a hacer más llevadera la agonía de quienes tienen los días contados, velando sus noches que quizá nunca vean la salida del sol. Allá donde la medicina no ofrece esperanzas, Sor Brígida ofrece otra esperanza más eficaz y consoladora, que es la que proporciona saber que existe una persona a nuestra vera dispuesta a entregar hasta su último hálito por nuestra salvación. Imagino a Sor Brígida cincuentona y enjuta, trabajada por las arrugas y expoliada por el cansancio; la belleza de la juventud habrá desertado de sus facciones, pero la sostiene una gasolina espiritual que la convierte en la mujer más hermosa del mundo a los ojos de sus enfermos, cuando se acerca a su lecho y los arrulla con voz balsámica y les borra la fiebre con un beso y les tiende una mano para ayudarlos a ascender su calvario, para morir con ellos -carne de su carne-, un día tras otro.

Mientras Sor Brígida alumbra las tinieblas de la muerte en un hospital de Malawi, un viejo viejísimo recorre Eslovaquia. El polvo del camino ha cegado su voz; las muchas leguas han desgastado sus sandalias, hasta dejarlo tullido. Podría refugiar su decrepitud en la molicie de un palacio vaticano, pero entiende que la misión que le ha sido confiada exige apurar hasta las heces el cáliz del dolor, convertir sus achaques en una eucaristía que alivie y reconforte a los de quebrantado corazón. En su Polonia natal, el Papa Wojtyla saboreó las hieles de la vesania nazi y la brutalidad comunista; es un hombre curtido en el dolor, que ha visto morir a sus compatriotas inmolados en las hogueras de las ideologías represoras. Ahora, en su vejez, quiere consumirse en la propagación de un mensaje liberador; como a Sor Brígida, lo empuja una gasolina espiritual que se sobrepone a los quebrantos de la carne. Y, así, su sufrimiento cada vez más lacerante se convierte en testimonio: al tomar sobre sus hombros la cruz que lo extenúa, el Papa Wojtyla nos demuestra que existe dentro de nosotros un yacimiento de inexpugnable entereza que vence la fragilidad de nuestra envoltura mortal. La época que nos ha tocado vivir prefiere que sepultemos ese yacimiento, porque sabe que así podrá mantenernos encerrados en una cárcel de hedonismo; pero ante la visión de ese viejo viejísimo que no vacila en calcinar su vida para extender su mensaje de liberación, algo se remueve dentro de nosotros. Es como si la gasolina que sostiene en pie a Sor Brígida y empuja al Papa Wojtyla por los arrabales del atlas nos incendiase también a nosotros, invitándonos a despojarnos de las vestiduras del hombre viejo.

Nietzsche desdeñaba el cristianismo, por considerarlo una religión de débiles. No entendía que en esa debilidad sufriente reside su fuerza.

Juan Manuel de Prada, “Europa, descaradamente mercantil”, ABC, 8.IX.2003

Me molesta escribir sobre aquellas cosas en las que no creo. Siempre he mirado con desconfianza o escepticismo esa entelequia denominada Unión Europea, que no es sino una alianza descaradamente mercantil, indiferente a cualquier signo de identidad cultural. Mi europasotismo, que quizá en sus orígenes tuviese algo de irracional, se ha abastecido de razones durante los últimos años, ante el espectáculo de desmelenada división ofrecido por los Estados miembros, tan atentos a la satisfacción del provecho propio y tan displicentes o remolones en la búsqueda del interés común. Los españoles ya pudimos comprobar durante la pintoresca crisis de Perejil el apoyo que hallaríamos en nuestros socios europeos cuando se presenten asuntos más graves. De modo que la promulgación de esa tan cacareada Constitución Europea, que nace con vocación de papel mojado, me importa un comino. Y hasta contemplo con simpatía que sus redactores se resistan a mencionar en su preámbulo las raíces cristianas que hermanan a los europeos, pues me disgusta que los mercaderes se instalen en el templo.

Dicho esto, la pretensión de configurar una identidad europea sin alusión al cristianismo resulta tan grotesca que ni siquiera merece comentario. No hace falta albergar conocimientos enciclopédicos para saber que los tres pilares sobre los que se sustenta la cultura europea son la filosofía griega, el derecho romano y la religión cristiana. Tampoco hace falta ser ninguna lumbrera para entender que la pervivencia de los dos primeros se debe a que el cristianismo decidió adoptarlos como propios. Frente a esta estrategia asimiladora se sitúa la actitud de otra religión que se extendió por las regiones profundamente romanizadas del norte de África: mientras el Islam -salvo algunas corrientes heterodoxas- se empleó con denuedo en el exterminio de la herencia grecolatina, la Europa cristiana se preocupó de mantener su vigencia. Aristóteles y Virgilio llegan hasta nosotros porque el cristianismo quiso preservarlos, imitarlos y venerarlos; Santo Tomás de Aquino o Dante no serían explicables sin esta cuidadosa conservación del legado pagano. Y a este inabarcable legado cultural, erigido sobre cimientos previos, aportó el cristianismo un nuevo código moral fundado sobre el misterio de un Dios que se hermana con el sufrimiento humano. Presentar las conquistas jurídicas y sociales que hoy rigen el funcionamiento de los Estados europeos como si el humanismo cristiano no las hubiese influido constituye un ejercicio de cinismo o ignorancia insoportable. El principal motivo de fricción del cristianismo con el Imperio Romano no fue la intromisión de una nueva divinidad (para entonces, Roma era una entelequia sin Dios que admitía un batiburrillo de cultos religiosos), sino la novedosa consideración del hombre como criatura sobre la que no podía ejercerse esclavitud, porque más allá de su condición de ciudadano estaba la condición de hijo de Dios.

En su coyunda con el poder terrenal, el cristianismo cometió muchos y abominables errores. Pero no es la repulsa de esos errores pasados lo que impulsa a los redactores de esa Constitución Europea a silenciar el legado cristiano, sino la negación presuntuosa de un acervo cultural y moral que les resulta incómodo, porque desborda la insignificancia de sus pretensiones. Una Europa extirpada del cristianismo resulta ininteligible, pero a la vez mucho más cómoda y practicable para los cambalaches de los mercaderes. Así que, mientras ellos redactan sus papelitos mojados, yo me quedo en casa leyendo «La Divina Comedia», que para mí es la verdadera Constitución Europea.

Juan Manuel de Prada, “La entereza de una viuda”, ABC, 23.VIII.2003

En alguna otra ocasión he recordado esa secuencia de Fort Apache, la obra maestra de John Ford, en que las mujeres de los soldados que parten del fuerte, rumbo a una muerte cierta, los ven alejarse, atenazadas por una premoción luctuosa pero firmes como estatuas talladas en pedernal. Una de esas mujeres, que pronto se quedará viuda, pronuncia entonces, con la mirada extraviada en lontananza, una frase llena de misterio y poesía funeral: «Ya sólo veo las banderas». Lo dice con un hilo de voz estrangulado por el llanto, pero a la vez con la entereza de quien acata un difícil designio de soledad. Ford, que tantas veces ha sido tachado de fascista por quienes no entienden la grandeza de la milicia, levantaba así un monumento en homenaje a las mujeres de los soldados, a sus esposas y a sus novias y a sus hijas, a su heroísmo callado, a su resignada aceptación del dolor, a esa valentía suprema que consiste en amar a quien se atreve a arriesgar su vida, arrostrando diariamente la zozobra de recibir un telegrama del frente que anuncia la consumación de la tragedia tantas veces presentida.

Acabamos de ver cómo ese emblema fordiano se ha hecho carne en la persona de Emilia Ripoll, viuda del capitán de navío Manual Martín-Oar. Nadie habría podido reprochar a esta mujer cercenada que se hubiese dejado arrastrar por el desahogo jeremíaco y la increpación, exigiendo reparaciones y esparciendo responsabilidades por doquier. Nadie habría podido censurar a Emilia Ripoll que su dolor se hubiese transformado en rabia y resentimiento, ante la visión del ataúd que albergaba el cadáver de su marido, el hombre que engendró en su carne los hijos que ahora se quedan huérfanos, desligados para siempre de la sangre que les dio sustento. Pero Emilia Ripoll está hecha de una pasta distinta a la del común de los mortales, está habitada por sentimientos y pasiones que sólo caben en los pechos más generosos, que sólo echan raíces en unas pocas personas bendecidas por convicciones inamovibles y trascendentes. Personas en las que el dolor -vivido con una intensidad suprema- no ofusca, sino que enaltece. Esa actitud tan poco acorde con el histerismo contemporáneo, que se regodea en la queja plañidera, quizá resulte anacrónica a algunos, desde luego a quienes -desde las atalayas de la politiquería o la progresía intelectualoide- se han burlado tantas veces del Ejército, caricaturizándolo como una reliquia franquista. Emilia Ripoll ha aceptado la muerte de su marido como una consecuencia de su trabajo, que el difunto entendía como vocación de auxilio y lealtad a unos ideales. Su dolor, nada aspaventero, ha buscado consuelo en la certeza de que su marido ha muerto como desea hacerlo un soldado: «no en una cama -ha dicho esta mujer admirable-, sino en acto de servicio y ayudando a los demás». No se puede expresar con palabras más despojadas el orgullo doliente de ser viuda de un soldado; no se puede compendiar con palabras más exactas el espíritu de la milicia.

Ante tanta entereza, uno sólo puede aportar su silencio conmovido y una gratitud del tamaño del universo. Ese orgullo que redime a Emilia Ripoll y hace fecundo su dolor, ese mismo orgullo sereno que ha sabido inculcar a sus hijos tiene una cualidad contagiosa. Uno se siente, en efecto, orgulloso de saber que aún existen hombres como el capitán de navío Martín-Oar, que no desdeñan entregar la vida «haciendo lo que más le gustaba en el mundo», y mujeres como Emilia Ripoll, capaces de entregar sus mejores años a esos hombres elegidos y de convertirse en sagrarios de su memoria, cuando se quedan solas. Hoy todos somos maridos de esa viuda humanísima, compatriotas de su llanto, de su sagrado dolor, de su esencial heroísmo.

Juan Manuel de Prada, “Animales y personas”, ABC, 28.VI.2003

Ayer aparecían publicadas en ABC, por caprichos del azar, dos noticias que invitan a la evaluación conjunta. El Parlamento catalán aprobaba una muy estricta ley de protección de los animales que, reconociéndoles su entidad de «seres vivos dotados de sensibilidad física y psíquica», castigará a quienes los abandonen a su suerte o les inflijan daño. Simultáneamente, se presentaba en Madrid un libro titulado «Los límites de la exclusión», firmado por los profesores Manuel Muñoz, Carmelo Vázquez y José Juan Vázquez, que nos habla de los mendigos, otros seres vivos (¿quizá menos dotados de sensibilidad física y psíquica?) igualmente abandonados y vapuleados por la indiferencia colectiva. Resulta paradójico y perturbador que la misma sociedad que permite que una porción nada desdeñable de sus miembros agonice en la calle se preocupe de aliviar el sufrimiento de los animales desamparados.

En el fondo de este comportamiento social, cada día más arraigado, subyace una peligrosa perversión del sentimiento. Acallamos la mala conciencia que nos produce el sufrimiento del prójimo (de quien nos es más próximo) ideando falsificaciones de la piedad que nos permitan posar de «humanitarios» ante la galería. Hemos logrado recubrirnos de una especie de coraza impertérrita que nos permite esquivar el dolor rampante que se enseñorea del mendigo de la esquina, de la prostituta que se ofrece al peor postor, del inmigrante que malvive en un cubículo o ergástulo; y, mientras las personas que sufren a nuestro derredor se convierten en un lejano runrún que preferimos no escuchar, desaguamos nuestra indignidad ideando leyes que consagran el respeto sacrosanto a los animales. Anticiparé que considero la protección de los animales una expresión muy enaltecedora y necesaria de humanidad; pero creo que esta expresión sólo resulta admisible cuando constituye un corolario natural de un deber mucho más perentorio que nos obliga a compadecer el sufrimiento de nuestros semejantes. En los últimos años, sin embargo, he observado que desde diversos púlpitos más o menos ecologistas se pretende hacer tabla rasa de hombres y animales, adjudicándoles los mismos derechos; esta pretensión igualitaria se me antoja el germen de un pavoroso relativismo moral. Y he observado también que, con excesiva frecuencia, el celo que destinamos a los animales constituye un sucedáneo que nos exonera de responsabilidad ante otras formas más insoportables de inhumanidad, que atañen directamente al hombre.

Con muy atinado sarcasmo escribía ayer Zabala de la Serna en las páginas de este periódico que acabaremos inaugurando más albergues para perros y gatos que albergues para indigentes. Los estudiosos de las patologías sexuales definen el fetichismo como un «andarse por las ramas», a través del cual el enfermo soslaya la angustia que le produce enfrentarse al ser amado y lo suplanta o sublima a través de su representación. ¿No serán también ciertas manifestaciones fanáticas de la zoofilia una forma de suplantación, una patología vergonzante que desarrollamos para soslayar la vergüenza que nos produce la aniquilación cotidiana del hombre, mediante la denuncia de otras aniquilaciones menores? Me parece muy loable que se prohíban -como hace esa ley catalana- las «atracciones feriales» y la «exhibición ambulante de animales que son utilizados como reclamo»; pero cuando permitimos que el dolor ambulante del prójimo forme parte del paisaje urbano y aceptamos la exhibición ferial de tantas vidas en almoneda, estas medidas legislativas se nos antojan un mero subterfugio ornamental, un «andarse por las ramas» demasiado hipocritón y exasperante.

Juan Manuel de Prada, “Clase de religión”, ABC, 21.VI.2003

Una vez más, la clase de religión vuelve a convertirse en excusa de trifulcas partidarias. Con la clase de religión ocurre igual que con aquel timbre que provocaba la secreción de saliva en el perro de Paulov: basta mencionarla para que, por un impulso reflejo, a sus detractores se les llene la boca de invocaciones a la Constitución. Nunca entenderé por qué nuestros políticos, para disimular sus fobias y sus manías persecutorias en materia religiosa, tienen que sacar en romería la zarandeada Constitución; supongo que, a la necesidad de enjuagarse con palabras pomposas (en cualquier momento añadirán que «la clase de religión atenta contra el Estado de Derecho»), se suma una especie de anticlericalismo atávico o la supervivencia de algún trauma infantil. El decreto que desarrolla la Ley de Calidad de Enseñanza mantiene el carácter optativo de la asignatura de Religión; para quienes no deseen que sus hijos reciban una educación confesional, se establece una asignatura de Historia de las Religiones, que impartirán profesores de Historia y Filosofía. Ambas disciplinas serán evaluables y computables para la obtención de la nota media, aunque no se considerarán para la concesión de becas de estudio. No veo por parte alguna la necesidad de ensayar rimbombantes invocaciones a la Constitución, puesto que en nada se infringe la libertad religiosa que en ella se consagra.

A la postre, la reforma gubernativa no se extiende más allá de la consideración de la Religión como disciplina evaluable; y en la creación de una asignatura alternativa seria, que acabe con el cachondeíto en que se habían convertido la asignatura de Religión y los sucedáneos lúdicos inventados para mantener entretenidos a los alumnos que no la cursaban. Quienes se oponen a esta reforma sostienen que no es justo evaluar una materia de índole confesional; pero se olvida que la Religión, además de una elección trascendente, es una rama esencial del conocimiento, puesto que sobre ella se fundamenta nuestra genealogía cultural. Para entender cabalmente los tercetos encadenados de Dante hace falta tener una cultura religiosa; para hacer inteligible la exposición de Tiziano que estos días asoma al Museo del Prado hace falta una cultura religiosa; para disfrutar de la música de Bach hace falta una cultura religiosa. Y, puesto que no estamos hablando de nimiedades, se impone que esa transmisión cultural sea evaluable; no creo que haya asuntos mucho más importantes que hacer partícipes a nuestros hijos de este riquísimo legado.

Considero, pues, inobjetable la existencia de una disciplina que exija unos conocimientos básicos e irrenunciables sobre el fenómeno religioso. Los hombres de mañana no pueden crecer desgajados de su genealogía espiritual y cultural, como si esa herencia incalculable fuese algo inerte; si desterrásemos de las escuelas el esqueleto de nuestra cultura, estaríamos condenando a las generaciones futuras a una existencia invertebrada. Y, como católico, deseo que mis hijos reciban una educación acorde con los principios en los que creo. Puesto que la religión católica es mucho más que un mero repertorio de dogmas y liturgias, puesto que constituye el sustrato fecundo sobre el que se edifica nuestra civilización, nuestra cultura y nuestra moral, quiero que mis hijos sean instruidos en sus misterios. Quiero que sepan que hubo un hombre entreverado de Dios que se subió a una montaña para proclamar el más bello poema de bienaventuranza, que se negó a lapidar a una mujer adúltera, que no dudó en aceptar el agua que le ofreció una samaritana, que dignificó el sufrimiento inmolándose en una cruz. Quiero que ese hombre entreverado de Dios sea la piedra angular de su formación; a nadie perjudico con esta elección y a nadie se la impongo.

Juan Manuel de Prada, “Quédate, Wojtla”, ABC, 5.V.2003

SIEMPRE me ha sorprendido que, cuando se glosa la figura de Juan Pablo II, se acabe incurriendo en simplismos propios de una nomenclatura que nada tiene que ver con el cristianismo. Al analizar su pontificado, se recurre a calificativos extraños a su misión espiritual: se dice, por ejemplo, que Juan Pablo II es un Papa «progresista en las cuestiones sociales» y «conservador en los asuntos morales»: así, cuando denuncia los abusos del capitalismo salvaje, cuando anuncia la buena nueva a los pobres o condena la guerra de Irak, Wojtyla se convierte en un Papa izquierdista; cuando se opone al aborto o señala la conversión de la sexualidad en un chalaneo que despersonaliza al hombre, el Papa se transforma en adalid de la caverna y la carcundia. Esta trivialización de su mensaje denuncia la incapacidad de nuestra época para enjuiciar categorías espirituales que exceden la ramplona dialéctica materialista de «izquierdas» y «derechas». Una dialéctica, por lo demás, de vigencia muy restringida, que sólo adquiere sentido en la confrontación política de los últimos siglos. No se acaba de entender que el cristianismo es una opción más radical, un «camino mejor» -como lo definió San Pablo en su epístola primera a los corintios- que cifra el desarrollo del hombre en el reconocimiento de su fragilidad, trascendida por una fe que la dignifica. Así de complejo y así de sencillo; calificar esta exigente opción humanista con otros aderezos taxonómicos es una incongruencia, amén de una tergiversación. Pero llegará el tiempo en que hablar de «izquierdas» y «derechas» se convierta en pura arqueología del lenguaje (como hoy lo es, por ejemplo, hablar de «güelfos» y «gibelinos»); y, para entonces, el mensaje esencial del cristianismo mantendrá incólume su compromiso con el hombre.

Las multitudes que han seguido al Papa Wojtyla en esta visita con sabor a testamento gritaban con frecuencia: «¡Quédate!». Creo que, más que su mera presencia física, demandaban la permanencia del mensaje que predica, ese clima de emoción primigenia que sus palabras invocan. Escuchando a Juan Pablo II algo se remueve dentro de nosotros: es la nostalgia de una vida iluminada por el espíritu, en medio de un mundo que nos empuja a la búsqueda de una felicidad puramente hedonista y utilitaria. A la postre, esa consecución del bienestar material nos hace naufragar en un mar de insatisfacciones; y sentimos como una extirpación la pérdida de unas convicciones que hacen más enaltecedora nuestra andadura por el valle de las sombras. La soberbia contemporánea creyó que podría matar a Dios, como quien borra de una tachadura una entelequia demasiado lejana; pero enseguida esa soberbia se convirtió en hastío y desvalimiento, porque al matar a Dios estábamos matando una parte de nosotros mismos que nos completaba, una parte de nuestra humanidad intrínseca, pues nuestra naturaleza no puede entenderse sin esa vocación de espiritualidad.

De esa nostalgia de Dios nos ha hablado el Papa Wojtyla. Sus palabras, emitidas desde la lejanía de un micrófono, crean un encantamiento de proximidad, porque nombran ese hueco que nos duele como una amputación. Quienes han tenido la suerte de conocer a este hombre en la intimidad, nos hablan de una suerte de fluido espiritual contagioso que lo aureola. Creo que esa virtud misteriosa que no acertamos a designar tiene que ver con el despertar de nuestra conciencia, con el reconocimiento de una orfandad espiritual que nos obstinamos en mantener en hibernación, pero que, ante la eficacia revulsiva de sus palabras, reclama ser colmada. Y entonces exclamamos: «¡Quédate con nosotros!».

Juan Manuel de Prada, “Tú eres Pedro”, ABC, 3.V.2003

ANTES de que los ejércitos de Hitler invadieran Polonia, el joven Karol Wojtyla había decidido encauzar su talento por los senderos de la vocación literaria. Formado en la lectura de los románticos polacos, que reconocían en el catolicismo la levadura que había hecho posible el nacimiento de una conciencia nacional, Wojtyla descubre en la palabra un instrumento para aunar sentimiento y razón, emoción e intelecto, así como un canal privilegiado para volcar su búsqueda exigente de espiritualidad. En las baladas y epopeyas polacas, enardecidas por una gran pasión patriótica, Wojtyla aprenderá también que los quebrantos de un pueblo sometido a dominaciones atroces son el sustrato fecundo sobre el que se asientan los cimientos de una gloria venidera. Esta consideración del sufrimiento como escuela de redención y búsqueda radical de libertad halla su emblema más universal en el misterio de la Cruz, que el joven Wojtyla, poeta y dramaturgo, no tardará en reconocer como acontecimiento nuclear de la historia humana y epicentro de la vida cristiana. Y entonces llegaron los nazis.

El joven Wojtyla, que soñaba con una «Polonia ateniense», más perfecta aún que Atenas, pues la iluminaba «la ilimitada grandeza del cristianismo», presencia el saqueo de la Universidad Jagelloniana, donde acababa de inscribirse para cursar estudios de filología. La leyenda cincelada sobre el dintel del aula magna de la universidad -Plus ratio quam vis- es ultrajada por una horda de militares sin honor que arrasan su biblioteca y arrestan a sus profesores, enviándolos al campo de concentración de Sachsenhausen, donde perecerán entre innombrables torturas. Hans Frank, delegado plenipotenciario de Hitler en Polonia, distribuye entre sus subordinados consignas muy escuetas: «Uno de los objetivos principales de nuestro plan es acabar con la mayor rapidez posible con cuantos sacerdotes o líderes alborotadores caigan en nuestras manos. \ Cualquier vestigio de cultura polaca debe ser eliminado. Los polacos trabajarán. Comerán bien poco. Y acabarán por morir. Nunca volverá a existir otra Polonia». La Iglesia católica de Polonia, depositaria de la cultura y de la identidad nacionales, se convertirá de inmediato en obcecada diana de la vesania nazi: sus templos son demolidos, sus liturgias prohibidas, más de una tercera parte de sus ministros deportada a los campos de exterminio. «Dachau -nos relata George Weigel- se convirtió en el monasterio más poblado del mundo». Casi tres mil sacerdotes polacos fueron inmolados, por negarse a abjurar de su fe; muchos de ellos probaron en sus carnes dilaceradas, antes de expirar, los experimentos médicos de Mengele. El salesiano Józef Kowalski, que regentaba la parroquia de Karol Wojtyla en Debniki, fue ahogado por sus carceleros en una sentina rebosante de heces, tras negarse a pisotear las cuentas de un rosario. Y aún habrá quien atribuya a la Iglesia católica connivencias con el régimen nazi.

«Triste está mi alma hasta la muerte, mas no se haga mi voluntad, sino la Tuya», dice Jesús, en la noche de la tribulación, mientras sus discípulos duermen. Seguramente, estas mismas palabras frecuentaron los labios del joven Wojtyla, mientras extraía piedra caliza en la cantera de Zakrzówek, donde lo habían destinado los invasores. Seguramente, el eco de estas palabras ritmaba sus pasos, mientras regresaba a casa, tras una jornada extenuadora. No podemos entender cabalmente la estatura espiritual de Juan Pablo II, ni su denodado mensaje de confianza en la supremacía del espíritu sobre las debilidades y achaques de la carne, sin volver la mirada hacia ese joven que, ante la apoteosis del horror, decide postergar su vocación literaria y escuchar la llamada religiosa. «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pues el alma no pueden matarla», leemos en el capítulo décimo del Evangelio de San Mateo; y también: «El que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que la perdiere por amor a mí, la hallará». El joven Wojtyla acata el doloroso cáliz que se le tiende: sabe que Dios lo envía «como oveja en medio de lobos»; sabe que su sangre puede ser derramada en cualquier instante, pero también que no existe verdadero testimonio de fe sin ímpetu de entrega y aceptación del sacrificio. En el otoño de 1942, el joven Wojtyla ingresa en las catacumbas de la clandestinidad, para iniciar sus estudios de seminarista; algunos de sus compañeros serán arrestados y regados de plomo. Mientras reza ante sus cadáveres, arrojados por la Gestapo en las calles de Cracovia para que sirvan de alimento a los perros, el joven Wojtyla repite con la garganta estrangulada por el apremio de las lágrimas las instrucciones de Jesús a sus discípulos: «Seréis llevados a los gobernadores y reyes por amor de mí, para dar testimonio ante ellos y los gentiles. Cuando os entreguen, no os preocupéis cómo o qué hablaréis, porque se os dará en aquella hora lo que debéis decir. \ Seréis aborrecidos de todos por mi nombre; el que persevere hasta el fin, ése será salvo».

Y el joven Wojtyla perseveró, haciendo de su vocación una asignatura de dolor que cada día incorporaba nuevas lecciones; a la barbarie nazi no tardaría en suceder una arrasadora dictadura comunista cuya demolición no se hubiese completado sin su concurso. Este entendimiento de la vida como escuela de sufrimiento explica, sesenta años después, la epopeya de un viejo que rehuye la tentación de la renuncia y agota sus días en el cumplimiento de una encomienda que no puede rechazar, porque se la inspira una fuerza más poderosa que el declinar de su naturaleza. Sin esta comprensión del hombre como recipiente de misiones que exceden y rectifican su mera envoltura carnal, el sacrificio de Juan Pablo II, dispuesto a morir con las sandalias puestas, resulta ininteligible; de ahí que la lealtad a su misión -una lealtad que se sobrepone a la decrepitud, que anhela calcinarse en la hoguera de su pasión evangelizadora- provoque tanto rencoroso enojo entre quienes niegan la existencia de un misterio que enaltece el barro del que estamos hechos. Pero basta aceptar que bajo esa apariencia de fragilísimo barro se esconde un meollo espiritual de granito para que la figura de Juan Pablo II ensanche su significación histórica y aparezca ante nosotros -permítasenos parafrasear a Isaías- como una criatura ungida para predicar la buena nueva a los abatidos y sanar a los de quebrantado corazón, para anunciar la libertad a los cautivos y la remisión de sus penas a los encarcelados. Toda la ingente labor apostólica y pastoral de Juan Pablo II se resume, a la postre, en un mensaje liberatorio que exhorta al hombre a superar, mediante una abnegada catequesis del dolor, las plurales tiranías que pretenden sojuzgar su espíritu y pisotear su condición sagrada, encerrándola en las mazmorras de la esclavitud fascista o comunista, o engatusándola con los oropeles de un hedonismo caprichoso. El joven Wojtyla descubrió un día el rostro de Dios en el rostro de cada hombre que sufre; y desde entonces ha empleado sus esfuerzos en la vindicación de un mensaje humanista que, trascendiendo la condición perecedera de la carne, proclama la dignidad inviolable de cada persona, como recipiente privilegiado e irrepetible de un espíritu que halla su principal fuerza en la superación de la adversidad y que expresa esa fuerza en la donación al prójimo. Frente al concepto vacuo de libertad individualista entronizado en nuestra época (que exalta de modo absoluto la autonomía personal, llegando a convertirse en una aberrante legitimación de la libertad del poderoso para imponer sus designios sobre el débil), Juan Pablo II -fiel a la enseñanza aprendida en su juventud- defiende una libertad establecida sobre vínculos de piedad: por eso desenmascara en sus encíclicas el egoísmo de los países ricos que imponen su voluntad sobre los países pobres, impidiendo su desarrollo; por eso condena una guerra que diezma a los inocentes con la excusa de destruir fantasmagóricas armas de destrucción masiva; por eso execra el aborto, que somete el derecho supremo a la vida a razones de conveniencia social. El joven Wojtyla entendió que su vocación religiosa consistía en estar al lado de los que sufren, en cargar sobre sus hombros el dolor incontable que abruma a los mortales; y en esa misión indeclinable ha decidido emplear hasta su último hálito. El anciano octogenario que hoy nos visita está hecho de un barro a punto de desmoronarse; pero debajo de esa envoltura fragilísima alienta la piedra del espíritu, que no sabe de claudicaciones. Tú eres Pedro; y sobre tu fortaleza se sostiene el clamor agonizante del mundo.

Juan Manuel de Prada, “Un hombre que sufre”, ABC, 30.III.2003

Nadie se hubiera atrevido a augurarlo hace casi veinticinco años, cuando el polaco Karol Wojtyla inauguraba su papado; hoy ya podemos afirmar sin temor a incurrir en la hipérbole que su estatura sobrepuja a la de cualquiera de sus contemporáneos.

Wojtyla entendió desde un principio que el mejor emblema de Jesucristo no es aquél que lo representa en la cúspide del poder y de la gloria, sino ese otro que lo muestra doliente y abrumado bajo el peso de la cruz.

Un cuarto de siglo atrás, Juan Pablo II era un hombre de complexión robusta, bendecido por la naturaleza; hoy, después de casi cien viajes pastorales que lo han empujado a los finisterres del atlas, después de que el plomo mordiese su carne, después de haber entregado su vigor en mil tareas apostólicas, se ha convertido en un anciano decrépito que apenas se tiene en pie.

Pero en su estampa de árbol herido, en su figura desvencijada y heroica de viejo que prefiere el polvo del camino a la molicie de su palacio vaticano, se sigue encarnando una epopeya demasiado incómoda para quienes niegan la existencia de un misterio que enaltece el barro del que estamos hechos.

Veinticinco años después de su elección, Juan Pablo II sigue entregado a una misión que ni siquiera concluirá el día que entregue su hálito. Porque su recuerdo, y la reverberación que su espíritu dejará en el aire, nos seguirán dictando la verdad escueta de la religión que predicó. Y es que Dios quizá sea ubicuo, como nos enseñaron en el catecismo; pero su más noble aposento es el rostro de un hombre que sufre.

Juan Manuel de Prada, “Cultura religiosa”, ABC, 15.II.2003

Quizá no exista espectáculo más deprimente y perturbador que la contemplación de esas expediciones de adolescentes que, capitaneadas por su profesor, visitan de vez en cuando nuestras pinacotecas. Mientras el profesor les explica no sé qué erudiciones pictóricas, los chavales se aproximan a los cuadros, para leer el rótulo donde se especifica la escena bíblica que representan. Con consternación, con desaliento, con resignada lástima, compruebo que esos muchachos no saben interpretar los motivos de la iconografía religiosa: Eva sucumbiendo a la tentación ofidia, el clamor de la sangre derramada por Caín, las faunas enciclopédicas recolectadas por Noé, el sacrificio fallido de Isaac, las lentejas de Esaú, los sueños del faraón interpretados por José, las siete plagas de Egipto, el maná que desciende como una nieve sutilísima, las tablas de piedra donde se esculpe la voz de Dios, las trompetas que debelaron los muros de Jericó, las asechanzas de Dalila, las decapitaciones de Goliath y Holofernes, los juicios prudentes de Salomón, las calamidades que afligieron a Job y hasta los episodios más divulgados de la vida de Jesús les resultan ininteligibles, porque nadie se ha preocupado de incorporarlos a su bagaje cultural.

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Juan Manuel de Prada, “Felicitaciones de Navidad laicas”, ABC, 21.XII.2002

Recordarán las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan que, hace relativamente poco, se llegó a considerar la celebración de «bautismos civiles» en los Ayuntamientos. La suplantación del sacramento religioso por la bufonada municipal ya cuenta, sin embargo, con algunos precedentes: según me asegura un alguacil amigo, cada vez son más las parejas contrayentes por el rito civil que, nostálgicas o envidiosas del empaque y el ringorrango de las celebraciones religiosas, solicitan al alcalde o concejal que oficia el casamiento que no se limite a leer los artículos preceptivos del Código Civil, sino que los aderece de juramentos plagiados de la liturgia católica y fragmentos del Cantar de los Cantares, y hasta que improvise una suerte de homilía laica y alquile un organista, para que la ceremonia no quede desangelada y pobretona. Diríase que la religión, al perder ascendiente sobre el hombre, hubiese dejado desguarnecidos territorios que necesitan amueblarse con burdos sucedáneos. Diríase también que, entre algunos negadores epilépticos de la religión, existiese un fondo de nostalgia u orfandad que los impulsa a imitar grotescamente aquello que aborrecen.

Pero allá cada cual con sus complejitos. Más exasperante se me antoja esa moda que se ha instaurado de felicitar la Navidad con tarjetas postales que rehuyen el motivo iconográfico religioso y lo sustituyen por garabatos de índole más o menos laica. Yo comprendo que haya gente que reniegue de la esencia religiosa de la Navidad; incluso puedo llegar a admitir que existan por ahí pobres diablos que, para no herir susceptibilidades, se abstengan de repartir entre sus amistades tarjetas que incorporen la Adoración de los Magos o la Huida a Egipto. Lo natural sería que estos negadores de la esencia religiosa de la Navidad se abstuviesen de enviar felicitaciones en estas fechas que muchos vinculamos a los misterios de una fe que nos sustenta. Pero no, señor. Los tíos necesitan meter el cazo en plato ajeno y bombardearnos con felicitaciones horterísimas que eluden el asunto religioso o lo falsifican. Este año he recibido, entre otros mamarrachos ínfimos, una felicitación que ostenta en su carátula la consabida palomita picassiana; a mí las palomitas picassianas (que son al arte lo que la fabricación de churros a la alta repostería) me la refanfinflan muchísimo, casi tanto como las latas Campbells que perpetraba el pintamonas de Warhol. De inmediato, he devuelto al memo que me la envió su palomita picassiana, con la siguiente inscripción: «Cómetela en pepitoria, y ojalá revientes».

Esta moda de las felicitaciones navideñas laicas se ha extendido como una gangrena, incluso entre instituciones de inspiración cristiana, que se avergüenzan de la iconografía que nutrió su formación. De una de ellas me han remitido una birria aderezada de garabatos, en cuyo interior figura una cita bastante mostrenca de Arthur Miller; yo no es que tenga nada contra este conspicuo señor, pero, en fin, el evangelista Lucas me sigue pareciendo un escritor mucho más vigente y universal. A las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan les ruego encarecidamente que no me apedreen con estos bodrios de felicitaciones laicas; si de verdad desean alegrarme la Navidad, abríguenme espiritualmente con tarjetones que reproduzcan cuadros de Van Eyck o Tintoretto, Murillo o El Greco, donde figuren nítidamente la Virgen y San José, los Magos de Oriente, el Niño Dios y los pastores que lo adoran, y dejen esa morralla de pintarrajos para los acomplejados y los necios, los esnobs y los cagones.

Mi hija Jimena -nueve mesecitos clarividentes- arranca a llorar como una descosida cada vez que le muestro una paloma picassiana.

Juan Manuel de Prada, “Sobre el aborto”, ABC, 5.X.2002

«POR si hubiera alguna duda al respecto -comenzaba Jesús Zarzalejos un muy atinado artículo publicado ayer en este periódico-, conviene recordar que el aborto sigue siendo delito en España». Hizo bien en adelantar esta premisa, pues existe la creencia cada vez más extendida (y arteramente divulgada desde ciertos púlpitos) de que el aborto es algo así como un mal menor o una suerte de remedio benéfico. Causa un poco de sonrojo malgastar tinta en estas precisiones, pero debemos repetir que el aborto constituye un crimen tipificado y sancionado por nuestro Código Penal. Es cierto que la ley exceptúa de la protección a la vida del nasciturus tres supuestos específicos, pero el sentido restrictivo de la norma (que, con tanta frecuencia, se interpreta con manga ancha, en fraude de ley) impide que podamos hablar de «despenalización» o «legalización» del aborto, mucho menos de ese aberrante «derecho al aborto» que enarbolan ciertos energúmenos. Conviene insistir en estas elementales precisiones jurídicas, pues se suele confundir el delito del aborto con un acto puramente dependiente de la voluntad del abortista, sobre el que la ley no posee jurisdicción. Así, por ejemplo, en este reciente caso coruñés, se hablaba de las «voluntades contrapuestas» de la niña embarazada que deseaba procrear y de sus padres que la incitaban al aborto, cuando lo cierto es que los padres estaban coaccionando a su hija e induciéndola a cometer un delito. Continuar leyendo “Juan Manuel de Prada, “Sobre el aborto”, ABC, 5.X.2002″

Juan Manuel de Prada, “Socialismo cristiano”, ABC, 23.IX.2002

«Esta es la tarea pendiente: sustituir la negación del valor de lo religioso o una actitud de indiferencia, por un reconocimiento y valoración positiva del mismo.» Son palabras escritas por José Luis Rodríguez Zapatero, en el prólogo al libro «Tender puentes: PSOE y mundo cristiano», de Ramón Jaúregui y Carlos García de Andoin. Resulta chocante que justo ahora cuando muchos políticos ocultan vergonzantemente su filiación cristiana, el líder socialista avale este acercamiento a lo que podríamos denominar «el hecho religioso». Habrá quienes olfateen en esta propuesta una artimaña para obtener réditos electorales; pero para explicarla podríamos citar a aquel conspicuo historiador que definía el socialismo como «una herejía del cristianismo». Y es que basta leer los «Hechos de los Apóstoles» para descubrir que las primitivas comunidades cristianas regían su convivencia mediante reglas que prefiguran la utopía socialista, aunque su acicate fuese distinto. Cuando Jesucristo aconseja al joven acaudalado que deseaba incorporarse al séquito de sus discípulos que se despoje de sus bienes, está dictándole la más severa y primordial lección de socialismo. Y aquel hermoso pasaje evangélico que funde el amor a Dios con el amor a sus criaturas («porque tuve hambre y me disteis de comer…») ratifica que la vocación cristiana es, ante todo, un anhelo de entrega al prójimo.

Sin embargo, el socialismo siempre ha mirado con desconfianza cuando no con acérrima belicosidad, el mensaje cristiano, seguramente porque incorpora un consuelo de ultratumba como resarcimiento de las penurias soportadas en vida. Cuando Marx define la religión como «el opio del pueblo», en sintagma tan cerril como divulgado, se está rebelando contra ese consuelo que parece infundir al cristiano una especie de mansa resignación ante las injusticias terrenales, en espera de que el Reino de los Cielos quede por fin instaurado. Pero esa lectura torcida del Evangelio (que quizá la Iglesia haya favorecido, en algunas de sus épocas más complacientes con el poder secular) es refutada por el mensaje de Jesús, quien, en efecto, prometió el Reino de los Cielos a los perseguidos, pero también empeñó su esfuerzo por anticiparles esa buenaventura en vida. Cuando Jesús evita la lapidación de la mujer adúltera, cuando se deja frotar con ungüentos por María Magdalena, cuando elige a sus discípulos entre quienes se dedicaban a los oficios más plebeyos o infamantes, está abogando por la redención terrenal del hombre. Digamos, en lenguaje actual, que les está restituyendo la dignidad que el sistema les había arrebatado. Y ese impulso originario de Jesús ha caracterizado los episodios más enaltecedores del cristianismo: desde aquellas comunidades primitivas, en las que convivían nobles y esclavos manumitidos, hasta los esfuerzos actuales, en los que tantos religiosos y laicos entregan el pellejo por salvar hombres de la enfermedad y la miseria y el analfabetismo, el mensaje de Jesús se erige en la más formidable máquina engendradora de justicia que vieron los siglos.

El socialismo, si quiere desprenderse de su caparazón de rancios prejuicios, tendría que aceptar esta verdad inatacable. También debería enterrar el odio que infundió entre sus adeptos contra la Iglesia y sus jerarquías; ciertamente, han sido muchos los felones que, al amparo de la Cruz, han legitimado la opresión del débil, pero esa circunstancia deplorable no debe enturbiar el mensaje originario de Jesús, que no es el de un Dios olímpico y encaramado en una nube, sino el de un Dios sufriente que se encarna en el barro del que estamos hechos, para compartir nuestras necesidades y quebrantos.

Juan Manuel de Prada, “A vueltas con el crucifijo”, ABC, 21.IX.2002

Recuerdo que, hace algunos años, un grupo de diputados españoles, amparándose en confusas razones ideológicas, exigió que se retiraran los crucifijos de las escuelas, y hasta amenazó con interponer recurso ante el Tribunal Constitucional, si el Gobierno se negaba a acatar su solicitud. Ahora, para demostrar que los extremos se tocan, la Liga Norte italiana propone que se exija por ley la presencia de crucifijos en todas las aulas escolares, así como en estaciones de ferrocarril y aeropuertos; con esta imposición, el partido de Umberto Bossi pretende responder a la «insolencia» mostrada por los musulmanes. De este modo, la Cruz vuelve a ser enarbolada como garrote de infieles, como instrumento de hostilidad y exclusión; como si la Historia no nos hubiese enseñado cuáles son las consecuencias de las guerras de religión. Para quienes hemos elegido la Cruz como asidero de nuestras zozobras descubrimos en la propuesta de Umberto Bossi, además, una índole sacrílega. Pues la Cruz es una invitación a la concordia, un signo redentor que abraza el sufrimiento de los hombres; cuando esa vocación primigenia de la Cruz se tuerce, o es suplantada por una coartada belicosa, Dios vuelve a ser crucificado.

Allá en mi ciudad levítica, llegué a aprender de memoria un poema de mi paisano León Felipe, que desde entonces guardo en mi devocionario particular. Rezaba así: «Más sencilla, más sencilla. / Sin barroquismo, / sin añadidos ni ornamentos, / que se vean desnudos / los maderos, / desnudos / y decididamente rectos. / Los brazos en abrazo hacia la tierra, / el astil disparándose a los cielos. / Que no haya un solo adorno / que distraiga este gesto, / este equilibrio humano / de los dos mandamientos. / Más sencilla, más sencilla; / haz una cruz sencilla, carpintero». No creo que sea posible compendiar con palabras más elementales y austeras el significado de la Cruz y su doble vocación humana y divina. Los brazos en abrazo hacia la tierra, esto es, vueltos hacia la humanidad que sufre, en actitud hospitalaria y confortante; el astil disparándose a los cielos, con esa sed de misterio que empuja al hombre a vislumbrar la presencia de Dios entre las tinieblas de la desesperación. León Felipe no era, desde luego, el prototipo del poeta beatorro y meapilas. Pero entendió que en esos dos maderos cruzados quedaban registrados, en una síntesis escueta, los dos anhelos más enaltecedores del hombre, el «equilibrio de los dos mandamientos». Podría haber escrito un poema en que la Cruz representara los episodios de fanatismo y barbarie que los cristianos hemos protagonizado, a lo largo de los siglos; pero prefirió recuperar su mensaje prístino, celebrando la grandeza de aquel hombre entreverado de Dios que murió defendiendo sus palabras -sencillas como la misma Cruz- frente a la ira de los fanáticos.

Los episodios del Evangelio que más nos conmueven son aquellos en los que Jesucristo infringe el código de exclusiones imperante en la sociedad de su tiempo. Cuando, sentado al pie de la fuente de Jacob, le suplica a una samaritana que le dé un poco de agua, Jesús nos anticipa la universalidad de su misión, que alcanza su apoteosis trágica en el Calvario. «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí? -le pregunta, perpleja, la mujer samaritana, que se apresta a llenar de agua su cántaro-. Porque judíos y samaritanos se aborrecen». Los samaritanos, que se negaban a adorar a Yavé en el templo de Jerusalén, eran unos apestados sociales. No puedo imaginar, sin embargo, a Jesús imponiéndoles por decreto la veneración de un símbolo que nos recuerda el barro del que procedemos, la luz a la que aspiramos y, en definitiva, toda nuestra genealogía de culpa y redención. Convertir ese símbolo en un cachivache de uso obligatorio quizá sea la forma más obscena de negar su vigencia; sería como volver a matar al hombre entreverado de Dios que lo enalteció con su sangre.

Juan Manuel de Prada, “Imbéciles clonados”, ABC, 17.VIII.2002

Una pareja de perturbados estadounidenses ha anunciado su deseo de recurrir a la clonación para procrear, facultad que la sabia naturaleza les había denegado. En una entrevista concedida a una cadena televisiva, entre otras lindezas de parecido jaez, la pareja de perturbados ha proferido: «Queremos tener un hijo, pero no queremos traer al mundo un niño anormal; si supiéramos que el feto padece graves malformaciones, abortaríamos de inmediato». No se puede compendiar en menos palabras una apología tan risueñamente depravada de la eugenesia: primeramente, se clona un embrioncito de nada; y si el experimento no funciona, pues nos cargamos el embrioncito y santas pascuas. Que los autores de esta aseveración no hayan sido aún internados en un manicomio ratifica una sospecha que llevo incubando durante años. Estamos asistiendo, como imbéciles clonados, a la aceptación legal y social de las más nauseabundas aberraciones. Todas aquellas chorradas de la oveja Dolly, todos aquellos rollos macabeos de la llamada «clonación terapéutica» no eran sino preámbulos de lo que vendría después. De lo que se trataba era de aturdir a la masa de imbéciles clonados con aproximaciones al meollo del asunto, para que, cuando por fin se anunciase la aberración definitiva, la docilidad y el hastío nos dejasen huérfanos de argumentos éticos.

Los artífices de estas aberraciones sabían perfectamente cuál era su objetivo; pero sabían también que el anuncio de ese objetivo no sería posible sin la previa conversión de la humanidad en un rebaño de imbéciles clonados que rinden culto a la Sacrosanta Ciencia. Por supuesto, había que lograr que los Dogmas de esta nueva religión resultasen ininteligibles; sólo así, envolviéndolos en la nebulosa de la confusión y el milagro, se lograría que los imbéciles clonados los acatasen. Un día, los artífices de estas aberraciones nos presentaron la inmolación de unos cuantos miles de embrioncitos de nada como la panacea que convertiría el Alzheimer, la leucemia o el Parkinson en males tan fácilmente extirpables como un divieso en el culo. Inmediatamente, los medios de adoctrinamiento de masas se dedicaron a propagar la Buena Nueva, mientras los Gobiernos de los Estados más progresados la financiaban; y los imbéciles clonados quedamos a la espera, aguardando el remedio a nuestros males y hasta engolosinados con una insinuada promesa de inmortalidad. Algunos años después, ya empezamos a intuir que la llamada «clonación terapéutica» es un timo más burdo que el del tocomocho; pero, mientras el trampantojo aún ejerza sobre nosotros su fascinación esotérica, los artífices de estas aberraciones seguirán forrándose. Ya han conseguido lo más difícil, que es disfrazar su avaricia rampante con los ropajes del altruismo; mucho más sencillo será invocar a partir de ahora otras excusas que les permitan proseguir sus experimentos y el engorde de su cuenta corriente.

Como el rollo macabeo de la «clonación terapéutica» ya no cuela, los artífices de estas aberraciones recurren a nuevos disfraces. Y así, comercian con el instinto de maternidad de las mujeres estériles, y con la compasión que su tragedia despierta en el común de los mortales. Puesto que los imbéciles clonados ya estamos suficientemente maleados por la propaganda y nos limitamos a aceptar estólidamente lo que venga, los artífices de estas aberraciones sólo requieren, para completar la hazaña, el concurso de algún tonto útil, como esa pareja de perturbados estadounidenses, que se avenga a ejercer de cobaya. Pero no nos escandalicemos ahora; el mal se consumó hace ya mucho tiempo: ocurrió el día en que aceptamos que un embrión podía sacrificarse, como si fuese una empanadilla que arrojamos a la sartén.

Juan Manuel de Prada, “Elogio de la lentitud”, ABC, 27.VII.2002

Resulta cada vez más frecuente y extendido ese juicio turulato que descalifica una novela porque «no engancha», o una película porque adolece de lentitud. Hasta hace unos pocos años, estos juicios mentecatos sólo circulaban entre el público más plebeyo y adocenado, que se asoma a un libro o se mete en una sala oscura deseoso de que le entretengan la estulticia con atracciones de barraca, trepidaciones de pacotilla y pirotecnias de relumbrón. Pero el mercado, esa gangrena que todo lo devora, ha infectado también a quienes antaño distinguían entre arte y entretenimiento a granel; y así, cada vez resulta más asiduo que se juzgue una creación artística con estos criterios lacayos, incluso desde tribunas y púlpitos de prestigio. Con oprobiosa desfachatez, se desacreditan aquellas creaciones que no halagan las demandas más rudimentarias del lector de folletines, o del espectador acostumbrado a las pachanguitas estrepitosas. Quizá lo más triste del asunto es que, en un afán por ampliar la demanda de «productos culturales» (que así es como designan los apóstoles del mercado a los libros y a las películas), se rebaja el nivel de exigencia creativa; y el gusto plebeyo de la masa se convierte en veredicto tiránico de calidad.

Ninguno de los libros que han cambiado mi vida me han «enganchado». Eso del enganche es una majadería que quizá consuele a una bestia pasiva que busque en el libro un anzuelo que tire de su aburrimiento. Ni San Agustín, ni Dante, ni Goethe, ni Henry James, ni Marcel Proust enganchan; la misión de un libro no es la misma que la de un caballo tirando de una carreta. Los libros que han enaltecido la naturaleza humana sumergen al lector en océanos de incertidumbre, lo exponen a dificultades desgarradoras, retan su inteligencia, invocan su esfuerzo cognitivo, lo someten a una búsqueda laberíntica, lo conducen hasta territorios donde se dirime la verdad, lo inquieren exigentemente, reclaman el concurso de todas las potencias de su alma. Y el lector sale de estos libros adelgazado y transparente, bendecido por una epifanía, porque el viaje, sembrado de escollos y tormentas, lo ha transformado en un hombre nuevo. Los libros que «enganchan» son alfalfa para el ganado; porque la obra de arte verdadera no nos arrastra indolentemente, más bien tira de nosotros en direcciones opuestas, para hacernos sangrar y escindirnos.

Algo semejante podría predicarse de las películas. El público petardo asigna al cine que no le satisface el epíteto de lento. No entienden que la velocidad no es una virtud artística; confunden el arte con el motor de explosión. Quizá no haya existido un director más refractario al frenesí que Dreyer; pero cuando nos asomamos a sus creaciones inmortales, cuando nos anegamos de su cadencia (que no es lenta ni rápida, es la propia respiración que exige su búsqueda por pasadizos espirituales), sentimos que nos ha crecido un tercer pulmón en el pecho, sentimos que hemos asistido a una verdadera revelación. Y el camino hacia la revelación nunca es expedito ni asfaltado, sino, por el contrario, intrincado y cuesta arriba. ¡Y cuánta luz hay al final de la atalaya! Dreyer, según esa acuñación contemporánea digna de marujas y zascandiles, es lento; Eric Rohmer es lento; y también Pasolini, y Kurosawa, y Tarkovsky, y Ermanno Olmi, y Bergman, y Mizoguchi. Y si se paran a pensarlo, hasta John Ford es lento; y David Lean es lento, y Sergio Leone es lento, y todos son geniales en su bendita lentitud.

Acabo de leer que a José Luis Garci le han tachado de «lenta» una de sus películas, como excusa para excluirla del archisabido reparto de prebendas. No se me ocurre una más alta distinción, un elogio más honroso. Qué suerte tiene Garci por ingresar en esa selecta cofradía de artistas «lentos» que no «enganchan».

Juan Manuel de Prada, “El Papa decrépito”, ABC, 27.V.2002

La decrepitud ostentosa del Papa Wojtyla vuelve a ser motivo de especulaciones bizantinas en los medios de adoctrinamiento de masas. En casi todas ellas subyace un fondo de incomprensión hacia el significado último de tan denodado sacrificio, que no es sino la aceptación -agónica, si se quiere- de una encomienda divina. «Triste está mi alma hasta la muerte, mas no se haga mi voluntad, sino la Tuya», dice Jesús, en la noche de la tribulación, mientras sus discípulos duermen. Al acatar el doloroso cáliz que se le tiende, Wojtyla antepone su misión espiritual sobre los achaques de la carne; lo que hace más hermosa su abnegación es, precisamente, la presencia atosigadora de dichos achaques, que sin embargo no logran doblegar la supremacía del espíritu, ni la pujanza de una vocación que se alza invicta sobre las tentaciones de la renuncia. Sin esta comprensión del hombre como recipiente de misiones que exceden y rectifican su mera envoltura carnal, el sufrimiento de Wojtyla resulta ininteligible; de ahí que su sacrificio provoque tanta exasperación entre quienes pretenden reducir su figura a la de un burócrata o funcionario de una entelequia llamada Dios.

Siempre me ha sorprendido que los medios de adoctrinamiento de masas, que tanto se desvelan por ofrecer una información especializada sobre las paparruchas que amueblan la actualidad (de tal modo que, por ejemplo, nunca me solicitarían a mí un comentario sobre las cotizaciones bursátiles, que me la refanfinflan), admitan sin empacho -incluso con un desdentado regocijo- que individuos que niegan la existencia del espíritu aborden la exégesis de asuntos que sólo admiten una interpretación espiritual. A la postre, por mucho aderezo de intrigas vaticanas que le añadan al asunto, estos individuos siempre acaban tropezándose con la escueta verdad; que no es otra que la epopeya doliente de un viejo viejísimo que agota sus días en el cumplimiento de una vocación que no puede acallar, porque se la inspira una fuerza más poderosa que el declinar de su naturaleza. El Papa Wojtyla, como hombre que es, desearía acabar su vida entre sábanas de holanda y mullidos colchones; pero su misión es otra. Como el joven que siente la llamada del arte, el Papa Wojtyla se calcina en una hoguera que jamás podrán entender quienes niegan la existencia de un misterio que enaltece el barro del que estamos hechos.

Y, junto a esta negación del espíritu, habría que aludir a otro síntoma muy característico de nuestra época, que es el descrédito de la vejez. A los detractores del Papa Wojtyla les subleva la visión de su decrepitud, que consideran obscena e impía; cuando lo cierto es que la obscenidad más flagrante consiste en ocultar la vejez, en recluirla en una jaula de vergüenza y desprestigio. La estulticia contemporánea ha consagrado la salud y la juventud como ideales canónicos; incluso ha extendido la creencia monstruosa de que una vida de la que han desertado la salud y la juventud no merece la pena ser vivida. Pero hete aquí que, mientras se nos inculca el repudio de esos arrabales de la vida que se consideran oprobiosos o excedentes (aunque, llegado el momento, todos luchemos patéticamente por prolongarlos, justamente al revés que el Papa Wojtyla), un viejo viejísimo no tiene reparo en mostrarnos sin ambages su hermosa decrepitud. En esta subversión de tantos valores mentecatos, en esta vindicación de la vejez como inmolación fecunda y orgullosa, frente a la vejez entendida como postración vergonzante, debemos también buscar las razones de la antipatía con que ciertos centinelas de la ortodoxia honran al Papa Wojtyla.

Juan Manuel de Prada, “Sacerdocio y celibato”, ABC, 20.IV.2002

A nadie se le escapa que los medios de adoctrinamiento de masas no informan tanto de la realidad como de sus aberraciones. Así, no se divulgan los miles de sentencias y dictámenes judiciales que dirimen con arreglo a Derecho los litigios, sino tan sólo aquellas resoluciones que obscenamente pisotean los fundamentos de la justicia. Al encumbrar la anécdota al rango de categoría, se transmite al destinatario de la noticia una irresponsable desconfianza en el funcionamiento de los tribunales. Algo similar (pero agravado por un anticlericalismo chocarrero) ocurre con el celibato de los curas: se nos informa con regodeo en los detalles escabrosos sobre los pocos que lo infringen, jamás sobre los muchos que lo acatan con silenciosa alegría o discreta resignación. Y entre aquellos pocos que lo incumplen se elige estratégicamente a quienes, con su infracción, irrumpen en el más ámbito de los delitos más sórdidos, o bien a los que acompañan esa infracción de ribetes chuscos o hilarantes que regocijan a la plebe y estimulan el morbo (el cura que se amanceba con la monja, el cura bujarrón, etc.). Se trata, en definitiva, de oscurecer la realidad mediante la hipertrofia de la excepción. O, si se prefiere, de emporcar una fe religiosa mediante la exhibición poco ejemplar de aquellos ministros cuya conducta contraría los mandamientos de esa fe.

La estrategia, tan tosca y taimada, engañará a quienes deseen ser engañados, pero también erosionará la fe de esos creyentes ingenuos y bienintencionados incapaces de distinguir entre la Iglesia como cuerpo místico de Cristo y la Iglesia formada por personas que están sujetas a las debilidades y extravíos de la naturaleza humana. Dicho esto, habría que especificar que el deber de celibato no forma parte de la naturaleza intrínseca del sacerdocio, sino que se trata de una gracia añadida que la Iglesia reconoce como ideal para el desempeño del ministerio. Ideal, y en estos momentos, obligatoria según las leyes eclesiásticas, que no deben sin embargo considerarse leyes divinas. Aunque Jesús de Nazaret, según lo retratan los Evangelios, se mantuvo célibe, y aunque sus alabanzas de la castidad fueron explícitas, nunca impuso a sus seguidores un deber de celibato. San Pablo, en su epístola al cretense Tito, le recomienda que ordene presbíteros a quienes «sean irreprochables y maridos de una sola mujer». La existencia de sacerdotes virtuosos y casados, durante los primeros siglos del cristianismo, está perfectamente documentada y aun sancionada por una autoridad tan poco sospechosa de laxitud como la del hombre que cayó del caballo, camino de Damasco.

No se trata, pues, de «derogar» la exigencia del celibato. Una gracia concedida por el Espíritu Santo (que así considera la Iglesia la asunción del celibato) no puede ser derogada (…). El celibato constituye una severa rectificación de la naturaleza humana que sólo unos pocos elegidos pueden afrontar sin grave menoscabo; esos pocos elegidos siempre serán los sacerdotes entregados con mayor esmero a su ministerio, pues no habrá una familia carnal que los distraiga. (…)

Juan Manuel de Prada, “Dinero clonado”, ABC, 3.XII.2001

Entre las más nocivas y malintencionadas corrupciones del lenguaje se halla la suplantación de la palabra «Dinero» por el eufemismo «Progreso». A cada poco se nos presentan como Avances Imprescindibles para el Progreso de la Humanidad lo que no son sino argucias para allegar Dinero. Me había prometido no volver a escribir sobre ese sórdido asunto monetario que los pardillos denominan «clonación terapéutica», pero acabo de leer en «Los Domingos de ABC» un artículo firmado por Gonzalo Herranz, imprescindible y lúcido, que me anima a quebrantar mi promesa. El artículo, titulado «Propaganda y realidad», desenmascara con argumentos técnicos irrebatibles lo que uno, más modestamente, ha intentado exponer a la luz quirúrgica del sentido común; quizá su virtud más notable consista en situar el debate suscitado por la llamada «clonación terapéutica» en el terreno puramente económico, que es el que le corresponde. Los apóstoles de la clonación, ayudados por la ingenuidad gregaria de los medios de adoctrinamiento de masas, han conseguido que la gente de buena voluntad se distraiga de lo que verdaderamente impulsa su labor (el Dinero) y se engolfe en dolorosos dilemas morales: «Pues si a cambio de cargarse un embrioncito de nada pueden salvarse millones de personas, quizá debamos admitir la llamada clonación terapéutica», dicen, los pobres incautos.

El artículo de Gonzalo Herranz desmonta las mentiras divulgadas por los medios de adoctrinamiento de masas con una clarividencia impávida y apabullante. En primer lugar, recuerda que las enfermedades que presuntamente se van a remediar con la llamada «clonación terapéutica» -alzheimer, parkinson, esclerosis múltiple, etc.- son, en su mayoría, de etiología desconocida o apenas dilucidada. Sólo la más desatada avaricia, el más abyecto afán de acaparar Dinero puede arrastrar a jugar de modo tan alevoso con las esperanzas de los enfermos. ¿Cómo puede permitir la comunidad científica que la llamada «clonación terapéutica» se presente como la purga de Benito de enfermedades aún ignotas? ¿No existen códigos éticos que se opongan a semejante patraña? ¿O es que, en su afán atropellado de «Progreso», la ciencia se ha desentendido ya de los métodos tradicionales, que exigen una rigurosa verificación de los avances y descubrimientos, antes de ser divulgados? ¿No será que a estos apóstoles de la llamada «clonación terapéutica» no les interesan tanto los logros de sus investigaciones (probablemente nulos, o poco concluyentes) como su publicidad aparatosa, su conversión en una gran atracción de barraca que genere beneficios instantáneos? ¿No será que este hatajo de ventajistas, como los corifeos que los aplauden desde los medios de adoctrinamiento de masas, aspiran a convertir la ciencia en una gran fábrica de pelotazos bursátiles? No se pierdan el artículo de Gonzalo Herranz, porque no tiene desperdicio. Estos servidores del Dinero sostienen que la llamada «clonación terapéutica» salvará a millones de personas, pero encubren o soslayan, los muy bellacos, la inclemente y atroz verdad: aún suponiendo que, en efecto, esas enfermedades de etiología indescifrable o brumosa lleguen algún día a poder remediarse mediante procedimientos de clonación, dichos procedimientos deberán respetar la identidad genérica entre clon y clonante. Que ningún ingenuo sueñe con bancos de clones que aguardan en el laboratorio la llegada del enfermo, como si de meras transfusiones de sangre se tratase. Obtener esos clones será siempre un proceso costosísimo que sólo podrán pagarse los millonarios, no los pobres incautos a quienes se dirige la aturdidora propaganda. La Seguridad Social, en la que cotizan nuestros curritos, jamás se hará cargo de estas prestaciones. ¿Por qué no se aclaran estos extremos? La respuesta es muy simple: porque el Dinero se ha disfrazado de Progreso, para engañar a los pobres incautos.

Juan Manuel de Prada, “Sambenitos”, ABC, 24.XI.2001

Los reportajes grabados con cámara oculta, ¿son verdadero periodismo de investigación? Así lo considera una sentencia de un juzgado de Valencia que ayer citaba este periódico. Allí se especificaban, como rasgos de esta presunta modalidad periodística, la «simulación de la situación» y la «no revelación de la identidad del interlocutor»; rasgos que, por cierto, también podrían predicarse de cualquiera de esos programuchos que tanto proliferan, dedicados a bromazos e inocentadas de dudoso gusto. Y es que estos reportajes, antes que un subgénero del periodismo de investigación, constituyen un avatar más de una moda televisiva que ha expuesto la intimidad ajena al microscopio de nuestra curiosidad. No creo que podamos entender la naturaleza de estos reportajes, y su éxito repentino, sin vincularlos con esa moda a la que veladamente se adscriben. Invocar pomposamente el «derecho a la información» para defender estos reportajes, sin mencionar que su auge discurre simultáneo al de engendros como «Gran Hermano» o «Inocente, inocente», se me antoja un ejercicio de hipocresía. Los reportajes grabados con cámara oculta satisfacen la misma demanda que esos programas, que no es otra que el anhelo morboso de inmiscuirnos en las existencias ajenas, el deseo de convertirnos en Diablos Cojuelos que impune y cómodamente descubren -con hilaridad, con pasmo, con horror- las miserias más recónditas del prójimo.

Cualquier análisis que se pretenda realizar sobre la legalidad o ilegalidad de estos presuntos ejercicios de periodismo no puede soslayar el reconocimiento de su verdadera naturaleza. El propósito primordial de estos reportajes no es otro que halagar el morbo de la audiencia y asegurarse unas «cuotas de pantalla» suculentas. Quizá existan otros propósitos añadidos (y por lo tanto subordinados) de naturaleza difusamente «social», que los responsables de las cadenas de televisión se ocupan de resaltar, para maquillar sus intenciones crudamente mercantiles; pero pretender que nos traguemos que esos reportajes se realizan por el puro afán de «informar» y «concienciar» al espectador constituye un ejercicio de cinismo que sólo se tragarán los comulgantes de ruedas de molino. Ahora estalla el escándalo, puesto que un juez, con criterio irreprochable, ordena retirar de la emisión un reportaje grabado con cámara oculta en el que unos patrones sin escrúpulos se aprovechan de su posición de dominio para requebrar o magrear a sus empleadas. Los responsables de la cadena que iba a emitir el reportaje, en un alarde de demagogia insoportable, han llegado a resaltar «la paradoja de que haya sido una mujer quien haya dictado esta medida cautelar sobre un asunto que afecta al sesenta por ciento de las mujeres» y blablablá. Como si la justicia se administrase según el sexo de sus ministros; hace falta bellaquería para atreverse a formular esta «paradoja».

Lo que esa medida cautelar del juez reprime -a mi entender con buen criterio- no es el derecho a la información, sino la exposición pública del delincuente. Quien incurre en el delito de acoso sexual, como cualquier otro delincuente, merece el castigo de la ley; pero en modo alguno debe ser expuesto a la vergüenza de la picota mediática. Los condenados por la Inquisición eran paseados en un carro de bueyes y engalanados con un capotillo que proclamaba su delito. Ese capotillo, el celebérrimo sambenito, resucita ahora en estos reportajes de cámara oculta, que quieren someter la culpa del delincuente al vilipendio público. Estos programas, como la publicidad de las listas de pederastas y violadores que hace poco se debatió, sólo contribuyen a devolver la justicia a un estadio de atavismo y vindicta publica que estigmatiza al delincuente y niega su posibilidad de redención, convirtiéndolo para siempre en diana de todos los escarnios. No creo en el periodismo de investigación que convierte la culpa en espectáculo; mucho menos cuando las añagazas de ese presunto periodismo son las mismas que emplean los programas más desatadamente morbosos.

Juan Manuel de Prada, “El rey desnudo”, ABC, 19.XI.2001

Recibo con frecuencia cartas de lectores que me brindan su apoyo y me muestran su agradecimiento, por abordar asuntos o defender posturas -cito a uno de mis corresponsales- «que sólo le granjearán antipatías. No porque lo que usted sostiene sea contrario al sentir general, sino porque quienes sentimos como usted no nos atrevemos a decirlo, para que no nos tachen de retrógrados». La carta que cito me ha llegado en estos días –al hilo de una pendencia descabellada que ha alimentado la liberalidad excesiva de este periódico–, pero su tono dolorido y hastiado responde a un estado de ánimo colectivo y, por desgracia, endémico. Son muchas, demasiadas, las personas que se sienten desalentadas ante el sistemático avasallamiento de sus principios; son muchas, demasiadas, las personas que ante tan eficaz y sostenido atropello ponen la otra mejilla y se refugian en el ostracismo y el silencio, temerosas de que su voz pueda sonar a discordancia irrisoria. Entre el ejército de personas postradas que ya no se atreven a oponer resistencia figuran jóvenes y viejos, hombres y mujeres, ricos y pobres, todos ellos unidos en la triste fraternidad de la derrota y como resignados a un papel de comparsería sordomuda en el guirigay desatado por quienes los han hecho callar. ¿Para siempre? Me resisto a creerlo. Proclamar que el rey está desnudo se ha convertido en un acto de involuntario heroísmo; pero si no nos atrevemos a proclamarlo, por miedo a ser confinados en los barracones del desprestigio social, acabaremos reducidos a añicos, triturados por la voraz máquina de la mentira.

Esa máquina cuenta con una organización envidiable. Quienes diariamente engrasan sus engranajes se sirven del silencio pusilánime de quienes no se atreven a pronunciar su pequeña verdad, y también del susurro apagado de quienes, por culpa de una tolerancia mal entendida, se dejan apabullar por el griterío de los fanáticos. Contra el fanatismo no valen tibias y afligidas transigencias; contra el fanatismo hay que oponer una beligerancia sin fisuras, una hostilidad a cara de perro. Me escriben muchos lectores que contemplan cómo sus creencias religiosas son arrastradas por el fango, que comprueban cómo sus sentimientos más nobles son tomados a chirigota y vilmente ridiculizados, que descubren con perplejidad cómo la morralla artística es encumbrada a las cúspides del Parnaso. Esa inversión de valores, tan rampante y satisfecha de sí misma, no hubiese sido posible si se hubiese tropezado con una oposición enconada; pero los miserables que la promueven sabían que el odio, el sectarismo y el rencor, esas pasiones sórdidas que guían sus designios, iban a encontrar el campo de batalla expedito, pues enfrente sólo había apatía y desmoronamiento. Y complejos, sobre todo muchos complejos.

Estos complejos vergonzantes han condenado a muchas personas a los arrabales del silencio compungido. Algunas -las más derrotistas– se resignan a una vida subalterna y marginal. Otras -las más bellacas- reniegan de esos principios, o los maquillan con un barniz pringoso que les permita pasar desapercibidas en el concierto de balidos dirigido por los que mandan. Unas y otras dimiten de sus creencias más queridas y arraigadas, o las condenan a la clandestinidad, creyendo que así podrán dar el pego y evitar que se les tache de cavernícolas y fachas. Pero los miserables de alma peluda y embetunada que han propiciado el afloramiento de estos complejos se ríen, mientras tanto, a mandíbula batiente; porque ellos bien saben -como las alimañas, distinguen a sus congéneres por el olfato- quiénes son los suyos y quiénes se esfuerzan en vano por serlo, en un patético ejercicio de travestismo y tragaderas. También saben que el rey está desnudo, pero se las prometen muy felices, puesto que nadie lo denuncia. Espero que algún día se les acabe el chollo.

Juan Manuel de Prada, “Un coloquio inmortal”, ABC, 29.X.2001

Jamás imaginé que también él fuese a padecer unas postrimerías nubladas por la desmemoria. Cuando apenas contaba un mes de edad, mi abuelo entró a hacerme una visita a la habitación donde yo dormitaba; se inclinó sobre la cuna, para espiar mi sueño, y entonces yo lo sobresalté con una carcajada estruendosa, inverosímil en un niño de tan corta edad. Desde entonces, entre mi abuelo y yo se entabló una hermandad indestructible, una aleación de pasiones que desafiaba los estragos del tiempo y acompasaba nuestros corazones con la respiración del planeta. Aprendí a leer y a escribir sentado en sus rodillas, cuando aún no me habían retirado los pañales; aprendí a caminar a su lado, prendido de su mano que me transmitía el calor antiguo de su sangre, el calor indómito de su piel, el calor invicto de sus recuerdos, que eran populosos y fervientes como el mundo que cada mañana se inauguraba ante nuestra mirada. Juntos íbamos a misa los domingos; juntos íbamos a la biblioteca pública, donde descubrí el rumor arborescente de la letra impresa, y también mi vocación; juntos atravesábamos la ciudad levítica y salíamos al campo, dejando el sol a nuestras espaldas, como un escudo de bronce que protegiera nuestra confidencias. Mi abuelo me cantaba canciones de antes de la guerra y me narraba las vicisitudes de su juventud hosca y aventurera, las penurias de su infancia lejanísima, las tribulaciones de su viudez temprana.

Mi abuelo me enseñaba a distinguir el canto de la abubilla y el ruiseñor. Me enseñaba a reconocer el temblor diminuto del poleo, la blancura inhóspita del espino albar, el perfume campesino del romero, la llama súbita de la genciana, el vilano viajero del diente de león, que yo soplaba para propagar su semilla hasta los confines de la tierra. Mi abuelo me descubría los manantiales de agua esbelta y clandestina, las sendas que sólo hollaba el lobo, las madrigueras donde refugiaba su pavor el conejo. Hacia el final de nuestro paseo, junto a la ribera de un río o a la sombra de un árbol de sombra extensa como el atlas, mi abuelo extendía una manta sobre el suelo, y ambos nos tumbábamos a mirar las nubes, que se desentumecían lentamente sobre el tapiz del cielo. Para entonces, mi abuelo se había despojado de la camisa, y yo me quedaba como extasiado contemplando el vello nevado que emboscaba su torso y le otorgaba un aspecto de anciano mitológico, descendiente directo de Abraham. La brisa mecía su vello, y el crepúsculo lo incendiaba con un brillo de plata añeja. Y, entretanto, su voz seguía desgranando los avatares de su juventud, como una salmodia áspera y ensimismada.

Jamás imaginé que él fuese a padecer unas postrimerías nubladas por la desmemoria. La decrepitud ha hincado las garras en su organismo, y una delgadez voraz ha ido excavando su rostro y desnudando su hermosa calavera. La sangre que bullía en sus venas se ha estancado, y los recuerdos que sobrevolaban como un enjambre tumultuoso su inteligencia se han ido desvaneciendo, atrapados en una telaraña que aún acierta a apartar, de vez en cuando, al conjuro de una voz que le brota exangüe de los labios, aquellos labios que me enseñaron tantas benditas palabras. Todavía sus ojos se iluminan, cuando me ve llegar; todavía pronuncia mi nombre con orgullo; todavía evoca algunos episodios de nuestra hermandad indestructible, pero ya la ciega noche coloniza sus pensamientos, ya su memoria navega por los pasadizos inciertos del olvido. Con su memoria, viaja también mi entereza, que no puede soportar el dolor de ver cómo el hombre que me crió me dice adiós lentamente. Al menos me queda el consuelo de saber que, cuando su alma emigre, se posará sobre la mía, como un pájaro que busca su nido, para seguir ambas su coloquio inmortal, para seguir deletreando el mundo, para seguir caminando juntas su camino, eternamente unidas, eternamente jóvenes, eternamente invictas.

Juan Manuel de Prada, “Familia”, ABC, 27.X.2001

Se suele reprochar al Gobierno presidido por Aznar que, siendo de derechas, preste tan poca atención a la familia. Siempre me ha causado una perplejidad rayana en la jaqueca que la protección de la institución familiar se vincule con las tendencias ideológicas de nuestros gobernantes. Ante tamaña sandez, me pregunto: ¿Eran los romanos de derechas? ¿Aquella fabulosa maquinaria de amparo jurídico a la familia que idearon, sobre la que se asentaba su organización política, económica y cultural, tenía una inspiración fascistoide? Un similar estupor me sacude cuando se menciona el sentimiento patriótico entre los síntomas de adscripción al conservadurismo más cavernario. ¿Hemos de leer a Homero y a Cicerón con la prevención de saber que eran unos fachas inveterados? Son preguntas irrisorias, a las que sólo un perturbado respondería afirmativamente, pero esa respuesta ha gozado de predicamento en ciertos círculos intelectuales. Allá por los años sesenta, por ejemplo, se llegó a escribir en una revista de crítica cinematográfica: «Nos desagrada profundamente John Ford, porque es un fascista». Uno ve las películas de John Ford y encuentra en ellas una denodada vindicación de la familia, también de la patria (sobre todo de su lejana patria irlandesa), pero por mucho que se estruje las meninges no halla por ninguna parte trazas de fascismo. Salvo que por fascismo entendamos la lealtad a unos sentimientos ancestrales que garantizan la supervivencia de una sociedad.

Bueno, pues si defender la familia es una actitud derechista, hemos de convenir que el Gobierno presidido por Aznar se adscribe a la izquierda más dura. Yo más bien creo que la protección de la familia, como piedra angular sobre la que se asienta el ordenamiento de una sociedad, constituye la enseña de un gobierno inteligente. Podría afirmarse, sin temor a incurrir en la hipérbole, que los gastos y cuidados que un gobierno destina a la preservación y defensa de la institución familiar son inversamente proporcionales a los que engruesan la partida difusa de «asuntos sociales». Una protección civilizada de la familia reduciría hasta la extinción todos esos quebrantos del sistema educativo que tanto preocupan a nuestros politicastros y que tan sañudamente sufren nuestros maestros. Si los chavales llegan a las aulas sin desbravar es, en buena medida, porque han crecido en familias invertebradas, adelgazadas hasta la inanición, que no han sabido ni podido inculcarles las nociones básicas que rigen la vida en sociedad. Y la proliferación de desarreglos psíquicos entre la población actual, ¿no tendrá mucho que ver con la anulación de ese tibio cobijo que la familia nos proporciona, frente a las intemperies de la vida? ¿Por qué nadie se atreve a formular con claridad el vínculo que existe entre muchas de las recientes patologías sociales -el consumismo bulímico y descontrolado, la soledad urbana, las plurales ansiedades que desnortan nuestra brújula vital- y la sistemática demolición de la familia? Los perseguidores de esta milenaria creación humana suelen tildarla de represiva, tiránica, intemperante y castradora; tanto encono sólo puede derivarse del rencor, de ese sórdido resentimiento que la fealdad moral profesa a las cosas hermosas. Quizá las familias de estos resentidos fueron, en efecto, jaulas irrespirables donde borboteaban las pasiones más mezquinas. Y ese rencor privado han querido instalarlo a la sociedad, como las alimañas rabiosas que no encuentran alivio hasta que no consiguen contagiar su veneno mediante el mordisco. Pero quienes hemos probado el amor maternal, la protección paterna, la fraternidad tumultuosa y fecunda, las enseñanzas invictas del abuelo, estamos inmunizados contra ese mordisco. Y, además, por mucho que les joda a los resentidos, vamos a seguir reproduciendo ese mismo ámbito de hermosa creación humana, de generación en generación, aunque nuestros lastimosos gobernantes prefieran seguir gastando dinero en «asuntos sociales», categoría mucho más difusa y mucho menos fascista que la familia.

Juan Manuel de Prada, “Elogio del refrito”, ABC, 20.X.2001

Los perseguidores de Cela se rasgan ahora las vestiduras porque el escritor ha leído un discurso que repetía con escasas variantes otro que ya había largado en una ocasión anterior. El refrito de Cela, muy saludable y divertido, demuestra varias verdades incontrovertibles: a) que los fastos culturales al estilo del celebrado en Valladolid constituyen ejercicios bostezantes donde no importa repetir lo que ya se ha dicho; y b) que los medios de adoctrinamiento de masas sólo se enteran a la segunda. Paradójicamente, el fasto vallisoletano, tan aburrido y suntuoso, no ha deparado ninguna noticia digna de mención, salvo las precisiones lingüísticas de Cela, que en Zacatecas quedaron difuminadas porque Gabriel García Márquez las apabulló con aquella boutade peregrina que postulaba la supresión de la ortografía. Hay que aplaudir, pues, a Cela, por desenmascarar la inercia que rige estos fastos, donde los zampones que manejan el cotarro se llevan la guita a casa por ensartar chorradas grandilocuentes, y encima se pavonean como si fuesen los salvadores del idioma. Y hay que rendirle un aplauso supletorio por haber dinamitado el marasmo informativo que segregaba un fasto tan superfluo. Cela, octogenario e instalado en la gloria, sigue conservando el instinto terrorista de su juventud. ¿No deberíamos agradecérselo, en lugar de abrumarlo con denuestos hipócritas? Por lo demás, el refrito constituye la cortesía máxima del escritor, que vuelve a regalar a sus lectores aquellas palabras que en otro tiempo les brindó sin que le hicieran caso. Si Cela consideraba que las precisiones contenidas en su discurso merecían la atención social, ¿por qué no habría de repetirlas dos, tres y hasta trescientas veces si le apetece? ¿Acaso no hubiese sido mucho más lamentable ofrecer un pálido remedo, una paráfrasis difusa o cualquiera de esas triquiñuelas que el escritor emplea para marear la perdiz? Además, ¿no consiste la dignidad intelectual en pensar lo mismo sobre los mismos temas? ¿No es preferible repetirse que ser un veleta? Ciertamente, el abuso del refrito puede convertir al escritor en una caricatura de sí mismo; algo así le ocurrió a Emilio Carrere, rapsoda de las musas del arroyo y de la bohemia más desastrada, que completaba los manuscritos rescatando de aquí y de allá capítulos de sus obras anteriores, a los que sólo cambiaba el título y los nombres de los personajes. Pero frente a este caso paródico de Carrere, tenemos el ejemplo de Valle-Inclán, que con gran habilidad empedraba sus novelas con retazos de los cuentos que previamente había publicado en revistas de la época. ¿Acaso la comisión del refrito rebaja el esplendor de la prosa valleinclanesca? Otro refritero insigne y recalcitrante, acostumbrado a pasar varias veces sus artículos por la sartén de la prensa, fue Julio Camba, que en los aledaños de la vejez se dedicó a rescatar piezas de juventud. En ABC no tardaron en descubrirle el ardid, pero nunca se lo reprocharon, pues, ¿acaso aquellas palabras traspasadas de sutil inteligencia no merecían los honores de la reimpresión? También Dámaso Alonso practicó con risueña impunidad el refrito en sus conferencias, que pronunciaba una y otra vez, sin variar una coma, hasta que consideraba que ya las había amortizado. Para realizar este cómputo, solía anotar en los márgenes de la conferencia mecanografiada las cantidades que le iban abonando en ateneos y casinos y cajas de ahorros, hasta completar una cifra decorosa. En alguna ocasión me ha ocurrido que algún lector me ha conminado a volver sobre el tema de algún artículo que le ha complacido especialmente. A estos lectores tan impacientes siempre les respondo con socarronería: «Paciencia, amigo, que todo se andará; basta con que dejemos correr un poco de tiempo». No saben ellos cuánto les agradezco estas incitaciones al refrito, pues las avaras musas no nos permiten ser originales sin interrupción. Afortunadamente, porque quien es original sin interrupción o es un chaquetero o es un charlatán. Cela le ha lanzado con su refrito una higa al mundo, que es como una señora sorda exigiendo que le repitamos a voces que, además de sorda, es una fea y una estrecha.