Ana Mª Romero Iribas, “La amistad, un tesoro”, Nuestro Tiempo, I.03

Para Aristóteles la amistad era “lo más necesario para la vida”, y nosotros cuando oímos decir que “un amigo es un tesoro” o que “donde está tu amigo, está tu tesoro”, nos damos cuenta de que esas palabras resuenan como un aldabonazo en nuestro interior. No nos dejan indiferentes, porque todos sabemos o intuimos qué clase de tesoro puede llegar a ser una amistad.

A las personas nos gusta tener amigos: gente con la que compartir vida, experiencias, tiempo, conversación… Nos gustan los amigos y nos parecen muy importantes, incluso imprescindibles. La amistad es una relación humana con un valor muy especial. Junto con la familia y el trabajo, es algo que nos parece que merece la pena y a lo cual dedicamos tiempo y esfuerzo. Queremos tener amigos en la vida: para no estar solos —a veces se siente la soledad incluso estando rodeados de gente—, para vivir la vida más a fondo y para disfrutarla de verdad. Como escribió Aristóteles, “sin amigos nadie querría vivir aun cuando poseyera todos los demás bienes”.

Quizá por eso escribo esto. Escribir sobre la amistad me ayuda a saber qué espero yo de ella, qué doy yo a mis amigos, si mi amistad con ellos es plena o sólo algo “satisfactorio”. Reflexionar sobre las cosas ayuda a vivirlas mejor. Reflexionar es un modo de vivir.

La amistad como regalo Decía más arriba que dedicamos esfuerzo a hacer amigos. Y el esfuerzo es necesario porque las cosas no salen solas. Sin embargo, la amistad no se puede forzar. Por eso también puede decirse que la amistad surge siempre como un regalo, como un don que se recibe. En un momento dado, aparece entre dos personas un deseo de compartir, de comunicarse, de contar lo que se lleva dentro y de contrastarlo, de ser conocido muy a fondo. De hecho, cuando uno vislumbra en el horizonte la posibilidad de hacer una nueva amistad, de esas profundas y verdaderas, que aportan y llenan tanto por dentro, parece que su espíritu se hincha y crece. Es como ver nacer un día radiante. La vida se ve de otro color porque los amigos hacen cobrar sentido a nuestras vivencias: éstas no van a ser sólo para nosotros. Las cosas son distintas porque las vivimos pensando en compartirlas, en transmitirlas, en discutirlas, en compararlas. De nuestros amigos nos interesa todo: lo que piensan, lo que hacen, cómo viven las cosas. Lo importante no es sólo lo que cuentan ni lo que les pasa; lo importante es que eso “es tuyo”, “eres tú”.

Desde mi adolescencia he experimentado disgusto ante las cartas meramente descriptivas de los acontecimientos, o las que eran como una reseña informativa de lo que había ocurrido en el verano. Las cartas verdaderas eran aquellas en las que los acontecimientos del lunes o del viernes se describían como cosas que me pasaban y no sólo como cosas que pasaban a mi lado. Lo interesante y lo que hacía disfrutar era ver cómo esas cosas se vivían desde dentro de mi amigo. Como si fuera con él en un submarino: en el suyo. ¡Y qué deseos tan enormes se sentían de entrar en el submarino! ¡Qué maravilloso era todo desde allí dentro! Aunque no siempre fueran cosas bonitas las que se veían, se veían desde la casa de tu amigo, y estar en el interior de la casa, contemplar el mundo desde allí, era un privilegio. El grado de amistad con los amigos podía distinguirse precisamente por eso. Por si las cartas estaban llenas de preguntas convencionales y frases que se repetían del mismo modo en todas las demás cartas o si en ellas te dejabas llevar, trayendo a colación esto o aquello, y acabando en lugares desconocidos para ti misma, pero bonitos y en los que habías disfrutado. Escribir para los amigos era descubrir el mundo con unos ojos nuevos para dárselo a ellos.

La amistad es un regalo porque es vivir otra vida además de la propia. Es poder vivir dos veces. Y es también reafirmar tu propia existencia porque hay alguien que la quiere así: incondicionalmente. En el amigo encontramos aceptación plena. La amistad es don porque, en cierto modo, llega cuando y como quiere; no es programable; simplemente, surge y es como un regalo, un don que uno recibe. Esa comunión del espíritu que hay entre los amigos, ese compartir denso e intenso, ese vivir y ser sin dar explicaciones porque éstas no son necesarias para nuestro mutuo entendimiento, ese encontrar las puertas del alma siempre abiertas y acogedoras para ti porque eres tú, es el tesoro incalculable. No es extraño que los griegos la calificaran como regalo de los dioses.

Regalo es también en el sentido de que nunca es verdaderamente merecida. Si se puede hablar así, algunos podrían merecer más que otros el tener amigos. Pero en el fondo, la amistad de una persona difícilmente es algo que uno llegue a “merecer”. Se pueden tener de modo habitual disposiciones personales adecuadas para la amistad, para tener amigos (no todo el mundo las tiene). Pero no se puede decidir en qué momento aparecerá el amigo o de quién seré amigo. Por ejemplo, todos contamos con momentos imborrables de la vida en los que comprendes repentinamente que tienes delante a alguien que puede leer dentro de ti como si fueras tú quien lo hicieras; que puede pasearse por tu alma sin explicaciones de tu parte; sin necesidad de mapas, brújulas o palabras clave que le hagan entender lo que se va a encontrar. Es la empatía, una sintonía especialísima que se establece con muy pocas personas a lo largo de la existencia, y que es un descenso y un ascenso vertiginoso por las entrañas de la verdadera vida.

Mirar a las personas Cuando nos sentimos así, vistos con unos ojos ajenos que al mismo tiempo son como los nuestros propios, es como si todo nuestro ser despertara. Querríamos saberlo todo acerca de aquella persona y que ella conociera nuestro yo hasta el final. Las conversaciones se convierten en un continuo maravillarse y mutuo aportarse. Sentimos el mundo como un pequeño globo terráqueo que gira entre nuestras manos y el motor de ese movimiento es la corriente que entre nosotros se ha creado. Es un encuentro con otro yo, sin que ese yo se refiera a un yo idéntico, a un “alma gemela”; pues puede serlo o no. Es otro yo porque se pone en nuestra piel como si fuéramos nosotros mismos; pero al tiempo que mantiene su mismidad y su alteridad. Y por eso, hay mucha riqueza en el trato con el amigo, porque lo distinto siempre nos enriquece.

Mirarnos en un amigo es mirarnos en un espejo. En un espejo que devuelve algo más que una simple reproducción de la propia imagen. Mirarnos en un amigo es encontrarnos a nosotros mismos vistos desde fuera y con mayor perspectiva, pero con el cuidado con que nosotros mismos pondríamos al mirarnos: “a través de él, los amigos se enriquecen y perfeccionan, se descubren e interpretan. Se podría decir que, al ver al otro, cada uno de ellos aprende a conocerse” (Marías). La acción de mirar que tanto aparece entre los amigos, es algo que me parece esencial para que pueda surgir amistad entre dos personas: para tener amigos hay que saber mirar.

En una carta que recibí hace unos meses me decía una amiga que “había encontrado el camino para trascender lo inmediato. El despertador para mirar (…) era el del pensamiento filosófico y la contemplación de las cosas bellas”. En mi respuesta, le reafirmé en su descubrimiento porque me parecía realmente valioso: la filosofía y la contemplación estética son dos medios muy buenos para acceder a lo más hondo de la realidad.

La belleza es un camino hacia la verdad especialmente bueno. Porque la belleza no produce únicamente la mera delectación estética; posee una cualidad inestimable, y es que exige contemplación por nuestra parte. Ante las cosas bellas no basta pasear la vista. Para disfrutarlas verdaderamente hay que mirarlas con detenimiento , con miramiento. Con ellas, hay que andarse con contemplaciones. Y contemplar es importante porque hace que nos detengamos y miremos las cosas tal como son, “dejando” que sean así.

La contemplación es un camino abierto hacia la verdad. Hacia la verdad personal, la de los demás y la del universo entero. Eso lo expresa muy bien de otro modo Lorenzo Silva en una de sus novelas. Escribía que “el mundo está lleno de tesoros sin descubrir porque no hay quien se pare a mirarlos. Pero en cuanto hay alguien que se detiene ante ellos, se abren ante esa persona como una maravillosa realidad llena de riqueza y significado ofreciéndole nuevos horizontes”. Yo he pensado muchas veces que eso exactamente pasa con las personas.

Por eso, para tener amigos hay que saber mirar. Mirar es ver con atención, es contemplar, es concentrar nuestro ser entero en los ojos deseando captar lo que hay frente a ellos. Mirar presupone una vista limpia, sin prejuicios ni cargas anteriores, para captar lo que hay y no lo que yo he puesto o quiero poner. Mirar no es ver lo que yo quiero ver sino percibir cómo son las cosas o las personas en sí. Y además de limpieza interior, la mirada requiere también aceptación, renuncia a dominar. Cuando miramos de verdad, estamos dispuestos a dejar ser a las cosas y a las personas tal y como son. Esto es especialmente importante con las personas. A las personas hay que dejarlas ser, hay que aceptarlas como son. Sin esa condición nunca sabremos lo que es una verdadera amistad; nunca llegaremos a saborear el gozo inmenso que produce esa identificación con el otro, ese compartir la vida, los sueños, los deseos, los fracasos. Habrá siempre en el amigo una zona de acceso prohibido o de “reservado”.

Para mirar de verdad hay que aprender a hacerlo. Los hay que conocen ese arte de modo natural o han sido educados en él. Pero también puede aprenderse. Para mirar hay que pararse, parar la rueda de la actividad exterior y parar también nuestro ruido interior (qué tengo que hacer luego, cómo resolveré la cena en casa de mi hermano, qué ropa necesito, a ver cómo queda el Madrid, a ver si consigo cerrar un buen trato con este cliente…) Para mirar hay que perder el miedo a “pasar tiempo” sin haber sido “eficaces”.

Todos hemos conocido personas que provocan que los que están a su lado den lo mejor de sí mismos. Son personas que logran que los demás quieran —parafraseando a Salinas— “sacar de sí su mejor yo”. Es así porque son personas que saben mirar y que por eso han sabido encontrar la llave interior de las personas. Esa llave de la confianza que uno entrega sólo cuando va a saberse visto, aceptado y querido por sí mismo.

La morada del yo Llegar a la intimidad del alma, al centro de la persona o sólo rozar su periferia, exige rodeos: rodeos que son esencialmente contemplación, escucha atenta y activa, mirada abierta y receptiva. Sólo cuando una persona percibe ese clima de confianza a su alrededor, es capaz de empezar a abrir las rendijas de su yo. Y a través esas rendijas pueden empezar a filtrarse los rayos de la luz que toda persona esconde. La intimidad, la interioridad es siempre luminosa en el sentido de iluminadora. Porque muestra siempre algo desconocido para quien no está allí dentro. No siempre será lo original y nuevo el qué diga esa persona pero sí el cómo ella lo vive. Esta es la llave que entregamos a nuestros amigos, y que hace que quedemos totalmente al descubierto: vulnerables, también.

Algunas veces, tras haber desnudado la intimidad del alma en conversación con la persona que nos ha inspirado esa confianza, uno siente el vértigo del miedo a romperse, a que le rompan, a que se burlen, a que no comprendan, al silencio indiferente o superficial. Hasta ahora, esos pensamientos, deseos, aspiraciones, miedos y preguntas más íntimas habían quedado dentro de nuestra alma. A veces nos angustiaban, otras nos elevaban, otras nos desbordaban por dentro de tal forma que había que expresarlos de algún modo (quién no ha cantado, llenado de piruetas su salón, compuesto una melodía o garrapateado un poema, historia o carta, por puro desbordamiento. Tanto no cabía dentro; fuera crecía, pero tenía más apoyos para ser sostenido, para ser vivido). Sin embargo, no dejaban de ser nuestros: los demás sólo poseían de ellos su cara externa, lo que era fruto de la superabundancia. Por lo demás, no habían sido escuchados por nadie hasta el final y sólo de vez en cuando abríamos a alguien una pequeña ventanita de nuestro interior, observando con atención la reacción del interlocutor ante aquello.

Pero, de repente, hemos encontrado alguien que ha provocado que primero quisiéramos abrir una ventanita y después otra, y otra… Luego le hemos pasado al interior de la casa, y —poco a poco— le hemos encendido todas las luces que había en ella, iluminando incluso rincones sucios, destartalados, rincones sin ordenar, o habitaciones llenas de trastos que no sabemos en dónde colocar. Le hemos enseñado el sillón de los sueños, frente a la ventana, y le hemos invitado a sentarse allí porque desde él puede conocerlos mejor. Le hemos presentado el rincón de los miedos, ese sí está a oscuras porque nos parece que la luz acabará por hacerlos crecer. Es un rincón siempre difícil de enseñar; se supone que de esos no tenemos, y nos cuidamos mucho de dejarlos salir. También le hemos pasado al cuarto de las preguntas; esa habitación está llena de frases sueltas, de pensamientos, de párrafos incluso y hasta de alguna página escrita. Pero sobre todo está lleno de interrogantes; es una habitación poblada de signos de interrogación que hemos ido recogiendo a lo largo de nuestra vida: por qué las relaciones humanas son tan complicadas, por qué hay personas que no miran hacia adentro, por qué las focas son más importantes que los países del Sur… Hay también un cuarto sin techo que mira directamente al sol, o al firmamento si es de noche. Ese es el cuarto de las aspiraciones grandes, el cuarto en el que respiro hondo, el cuarto al que hay que acudir siempre que hemos pasado un día entre mucho polvo, o mucho tiempo en el sillón. También ha conocido la buhardilla; allí no vamos demasiadas veces porque es donde están los pedazos rotos de nuestra vida y todavía nos cuesta mirarlos sin sentir dolor o pena.

Hay personas a las que paseamos por nuestra morada interior sin miedo alguno; es más, deseamos desde lo más íntimo de nuestro ser hacerlo. Sentimos desde muy hondo que apreciará, entenderá y comprenderá cada objeto que encuentre en ella. No le importarán los cacharros rotos, aunque tengamos la estantería llena de ellos; no querrá reírse de nuestras inquietudes: se le iluminará la mirada al conocerlas porque también ella las había sentido latir más de una vez. Le encantará que tengamos un sillón de sueños y un cuarto sin techo, y querrá saber qué nos dicen los astros por la noche y cómo es el vuelo de los pájaros que vemos pasar. Son personas que hacen que sintamos la necesidad de hacer crecer todo eso, de mostrárselo, de hacerlo vivir para ellas .

Esas personas son los amigos, el amigo: aquel con quien me atrevo a ser yo misma; sin restricciones y sin temores. Esa persona con la que puedo decir todo porque todo lo va a entender en su contexto; esa persona con la que puedo hablar en borrador: sin orden, sin hilazón, sin sentido algunas veces. Con rabia o ira otras, con desesperación, con alegría exultante, desvariando. Descubriendo todas las raíces de mi alma y sabiendo que en ningún momento se aprovechará de ello para arrancarme de mi lugar. “Y sabiendo que —como escribió alguien— “comprende esas contradicciones en mi naturaleza que llevarían a otros a juzgarme mal”. Eso es un amigo.

Amistad y silencio La amistad se nutre más de la comunicación que del silencio. Sin embargo, el silencio es precisamente en algunos casos el medio de comunicación que utilizan los amigos: es necesario tanto saber estar en silencio como transmitir lo que uno lleva dentro.

Asistir al desvelamiento de un secreto, al desvelamiento de la intimidad de las personas, produce en el ser humano un enmudecimiento del espíritu, un sentimiento de gratitud por lo que se percibe como un don o regalo inmerecido, una impresión de estar pisando terreno sagrado. De hecho, todos podemos remitirnos a alguna ocasión en la que, en conversación íntima con un amigo, al acabar de escuchar, no hemos encontrado palabras adecuadas para decir nada. En esos casos, quizá la prueba de mayor gratitud o de “correspondencia” sea precisamente el silencio; un silencio, eso sí, cuajado de respuesta.

Hay veces en las que no se puede decir nada… porque las palabras lo estropean todo. Hay cosas que la única contestación que merecen o que exigen es el silencio; hay cosas con las que sólo puede mantenerse conversación en silencio. Porque o el lenguaje es limitado, o uno es limitado, o ambas cosas. Pero algunas cosas, si se expresan, se profanan. Así ocurre en las experiencias de encuentro: con un amigo, con un paisaje, una obra de arte. En esos momentos, pronunciar algo es mancharlo; hablar es romperlo. Algunas veces la comunicación con las cosas y también con las personas requiere como condición que haya silencio; solamente silencio. Y no un silencio para llenar, sino como medio de entendimiento.

Cuando se tiene la suerte de topar con alguien que tiene algo —poco o mucho— que decir; cuando se tiene la suerte de que esas personas te abran sus puertas y dejan que te asomes y penetres en su mundo interior, en la mayor parte de los casos sólo se puede contestar enmudeciendo. Y ese silencio quiere ser entonces un homenaje: la mayor muestra de agradecimiento y de admiración. Porque no se trata de un silencio vacío sino pletórico de contenido: no significa carencia sino plenitud.

El silencio es importante en la amistad. Estar con un amigo es también poder estar en silencio sin miedo a que éste tenga que romperse y sin sentir la necesidad perentoria de tener que llenarlo con palabras. No hay verdadera amistad entre dos amigos si no saben disfrutar y valorar su silencio. El silencio es en sí mismo un espacio y un tiempo para compartir. Rico de contenido y esencialmente valioso porque supone una íntima comunión de espíritus.

La interioridad La amistad está también muy relacionada con la interioridad. Entre dos amigos ésta es más rica y sólida cuanta mayor sea la intimidad, la interioridad de cada uno de ellos. Hay quienes tienen un gran mundo interior; tienen mucho que decir porque son personas que integran en sí todo lo que hay a su paso: una frase que ha dicho en clase el catedrático, la actitud de tal o cual persona, la satisfacción de haber llegado al pico de la montaña, la crisis que le produce una situación difícil de trabajo, una novela que ha leído, los tirones de la madurez.

Así es como las personas se van enriqueciendo por dentro y como su interioridad cobra cada vez mayor volumen: integrando la experiencia, la vivencia personal y las de las otras personas. Aprendemos también a través de las vivencias de los demás, de la experiencia ajena. Quien está atento a su alrededor aprovecha todo intensamente.

Se puede aprender a sentir de un modo distinto al propio; se puede aprender a pensar de manera diferente a la que uno piensa; se puede aprender a valorar cosas que yo no valoro. Escuchar a las personas y tratar de ser ellas, nos permite conocer el mundo desde mil perspectivas diferentes a las nuestras. Y eso conlleva ampliación personal, crecimiento, enriquecimiento, altura, perspectiva y profundidad. La interioridad rica hace que la relación entre los amigos se amplíe. Una amiga me decía hace poco —hablando de otra persona— la satisfacción que le producía tratar con ella “porque es de esas personas que tienen algo que aportar”.

El conocimiento que alimenta la intimidad es —una vez más— el que sabe mirar, sabe escuchar, sabe estar. La sola convivencia con las personas, o el mero estar junto a las cosas o entre las cosas (junto al mar rodeado de un bellísimo paisaje, o entre las obras magníficas del Louvre) no basta. Más de una vez las ratas habrán correteado por los pasillos del Louvre; sin embargo todavía no hemos tenido ocasión de encontrarlas embelesadas frente a la Venus de Milo, tras haber pasado frente a ella toda la noche. Para las personas, las que son capaces de ello, las cosas tienen una historia que contar, la naturaleza tiene algo que transmitir y todo lo que encuentran es capaz de darles un mensaje. El hombre con interioridad es capaz de ver sentido a todas las cosas; y en cierto modo de darles él mismo el sentido puesto que es él quien lo capta, lo descubre y —en ese sentido— lo crea, lo recrea. Por eso, forma parte del “tesoro” de la amistad tener amigos con un gran mundo interior.

La amistad de las personas es un regalo. El regalo es mayor cuanta mayor sea la interioridad y la intimidad compartida. Esta debe cuidarse y en ella juega un papel muy importante el saber mirar porque puede franquearnos el paso al alma del amigo. Una vez dentro, el mundo se abre ante nosotros de un modo desconocido y luminoso que provoca en nosotros muy diversos sentimientos (admiración, compasión, respeto, etc.), pero siempre el de “desear el bien del amigo, por el amigo mismo” (Aristóteles).

Ana Mª Romero Iribas a_romeroiri@hotmail.com

José Ramón Ayllón, “Filosofía mínima”

FILOSOFÍA MÍNIMA
José Ramón Ayllón, ed. Ariel, 2003, 322 págs., 15 euros.
El último ensayo de José Ramón Ayllón, publicado por Ariel, lleva el título de “Filosofía mínima”. Ese adjetivo responde a su estilo descomplicado y coloquial, sin galimatías innecesarios. Responde también a su brevedad: apenas trescientas páginas para unos pocos temas esenciales: la verdad, la ciencia, el origen del hombre, las dimensiones de la persona, la libertad, el trabajo, el arte y la cultura, la conducta ética, la justicia y el derecho, las formas de gobierno… Esta invitación a la filosofía es mínima en un tercer sentido: incluye los contenidos fijados en el decreto oficial de mínimos para el primer curso de bachillerato. Por eso nos encontramos, en formato ensayo, un libro de texto con varias ventajas sobre los tradicionales: es más manejable, más ameno y mucho más barato. Continuar leyendo “José Ramón Ayllón, “Filosofía mínima””

Enrique Rojas, “La educación del deseo”, ABC, 12.II.03

EDUCAR es convertir a alguien en persona. Introducir en la realidad con amor y conocimiento. La educación es la base para edificar una trayectoria personal adecuada. Etimológicamente significa acompañar y extraer. Educar es cautivar con argumentos positivos, entusiasmar con los valores, seducir con lo excelente. Eso significa comunicar conocimientos y promover actitudes, en una palabra, información y formación. Educar no es enseñarle a alguien matemáticas, literatura, arte o contabilidad, sino prepararlo para que viva su biografía de la mejor manera posible. Reglas de urbanidad y convivencia, hábitos positivos para no ser sujeto masa, anónimo e impersonal.

La educación es la estructura del edificio personal, la cultura es la decoración. La primera enseña a nadar para no verse arrastrado por las mareas de todo tipo que amenazan al ser humano, la segunda enseña a vivir. La cultura es la estética de la inteligencia. Hablamos ya de un nivel superior, que empuja a caminar hacia unos objetivos verdaderamente dignos. Por eso la cultura es libertad. Espesor del conocimiento vivido, lo que queda después de olvidar lo aprendido.

Educación y cultura forman un entramado en donde se dan influencias reciprocas, con fronteras difusas y linderos mal definidos. De ahí, que a la hora de ocuparnos del deseo, hagamos estas matizaciones. El deseo es la tendencia del pensamiento y de la conducta que proporciona alegría o que terminaría con algún tipo de sufrimiento. Apetecer algo que se ve y que depende de sensaciones exteriores, mecanismos que se disparan de forma mas o menos inmediata y que empujan en esa dirección. Hay ejemplos clarificadores: los instintos o las tendencias básicas, como el hambre, la sed, la sexualidad, etc. Apetito, inclinación, que impulsa a la acción.

Descartes definió el deseo como «la agitación del alma causada por los espíritus que la disponen a las cosas que ella se representa como convenientes». Es algo característico del vivir hacia delante del ser humano, nos proyectamos al futuro, que es la dimensión mas viva de nuestra existencia. El deseo es apetito, anhelo, ansia, apetencia, tener como objeto algo que vemos ó imaginamos y que tira de uno en esa dirección. Cicerón introdujo la doctrina de las pasiones fundamentales en dos apartados: los bienes presentes (la alegría) y futuros (el deseo); y los males presentes (la tristeza) y futuros (el temor, hoy hablaríamos aquí de la ansiedad).

Por otra parte, hay deseos que dependen de uno mismo y otros que están mas relacionados con las circunstancias. Si cada uno de nosotros somos un haz de deseos, ya que son tantas las cosas hacia las que corremos, es importante poner en claro cuáles son las que de verdad interesan y posponer las otras. La persona superior, la que es líder, no debe dejarse llevar por las pasiones, sino que las domina y gobierna. La administración inteligente del deseo es propio de los que tienen una visión larga y panorámica de la realidad. Levantan la mirada y ven mas allá de lo que aparece delante de sus ojos, miran por sobreelevación.

Hay otra palabra próxima que conviene precisar su significado. Me refiero al término querer, que en el lenguaje coloquial se suelen confundir. Querer es verse motivado a hacer algo que nos hace mejores, que nos eleva hacia planos superiores y que brota de vivencias mas profundas. Aquí entra de lleno la voluntad, esa pieza clave que nos hace capaces de renunciar a lo inmediato por lo lejano, capacidad para aplazar la recompensa próxima, buscando bienes de mas calado. Voluntad es elegir. Y elegir es anunciar y renunciar: me quedo con esto y dejo de lado aquello otro. Comportamiento mas lejano, que apuesta por aquello que tardará en llegar, pero cuya posesión será mas honda y enriquecerá nuestra condición. Esto complica las cosas, porque requiere un mayor grado de madurez. Querer es determinación. Y por eso necesita del apoyo de un voluntad firme, templada en la lucha y el esfuerzo.

En la practica desear y querer aparecen mezclados. Pero en la teoría es bueno distinguirlos, para saber qué terreno estamos pisando. Es necesario un cierto ejercicio de submarinismo para delimitar la geografía marina de uno y otro. Mirada cartesiana sobre la realidad tumultuosa que nos asedia, al estar inmersos en una sociedad de consumo que trata de vendernos un producto detrás de otro, creándonos necesidades que realmente no tenemos. Vertiginosa sucesión de imágenes que despiertan intereses contradictorios en una sociedad tan permisiva y pendular.

Lo diré de un modo mas tajante. El desear y el querer buscan la felicidad. Aunque los vericuetos son distintos y los medios ofrecen recortes y matices rescatados de esfuerzos continuados. La felicidad es un resultado, la consecuencia de lo que hemos ido haciendo con nuestra vida. Pero siguiendo este curso de ideas, la felicidad es un sentimiento de equilibrio entre lo que hemos querido y los que hemos conseguido, entre los objetivos y los resultados, entre los sueños juveniles y las metas conquistadas.

Los antiguos dividían la vida en dos zonas: ocio y negocio. La primera consiste en ocuparse de saborear la existencia, de lo humano y sus derroteros. La segunda está llena de esfuerzo por alcanzar un cierto nivel de vida, un bienestar, a través de un trabajo profesional concreto. También la felicidad busca aquí un territorio intermedio entre ambos. Hay en esa travesía toda una ingeniería de la conducta, que es menester que cada uno sepa cómo irla diseñando.

Es mas fácil desear, que querer. Desear es mas superficial e inmediato. Querer es mas profundo y lejano. Aquel va al corto plazo, con mirada corta. Éste va al largo plazo, con una visión alargada, extensa, espigada, que se sitúa en los aledaños del futuro.

¿Qué es lo que hace que apuntemos hacia esa dirección, qué es lo que arrastra? El sentirnos motivados por aquello que nos interesa. La motivación es la representación anticipada de la meta, que conduce a la acción. A través de ella nos vemos llevados a realizar algo valioso que hemos elegido. El problema está en la siguiente pregunta: ¿cómo fomentar la voluntad para buscar lo que uno quiere, cuando hay otros muchos deseos que nos sacan del camino emprendido y nos distraen y nos alejan y nos sacan del sendero que conduce a la meta?, ¿cómo no cansarse cuando el objetivo, que es bueno y valioso, está lejos y tarda en llegar y es costoso de entrada? Yo daría la siguiente respuesta: teniendo claro lo que uno quiere, concretando al máximo su contenido y evitando la dispersión; y a continuación, sabiendo hacer atractiva la exigencia. Mirando siempre fijamente al horizonte de las ilusiones del provenir. Poniendo una mirada inteligente, sublimando esfuerzos, no dándose uno por vencido cuando las cosas van mal o aparece el cansancio y las dificultades, creciéndose uno ante los problemas con una fortaleza que se va haciendo rocosa. Ese es el método.

Los esfuerzos y las renuncias de ahora, tendrán su recompensa. Sólo el que sabe esperar, es capaz de utilizar la voluntad sin recoger frutos inmediatos. La vida feliz aspira a desarrollar de forma equilibrada el proyecto personal, cuyo envoltorio es la ilusión y cuyo contenido está habitado de amor, trabajo y cultura.

El hombre actual está cada vez más perdido. Nunca había tenido tanta información sobre tantos temas y a la vez, nunca había flotado sin asidero como en los tiempos que corren. Veo mucha gente sin hacer pie en lo fundamental. Y es que los modelos de identidad que nos presentan los grandes medios de comunicación social son cada vez mas pobres, menos sólidos. La televisión fabrica personajes famosos sin fondo. No perdamos de vista la diferencia entre la fama y el prestigio (entre ser conocido y tener consistencia).

La educación es ante todo educación de los deseos.

Querer es la mejor manera de descifrar la realidad, pirotecnia de propósitos concretos, que al ser pocos aterrizan en objetivos claros, que nos seducen con su carisma si están bien delimitados. El que no sabe lo que quiere no puede ser feliz. Si utiliza la voluntad, lo irá consiguiendo, porque su sombra es larguísima y sus frutos sabrosos. Gavilla de audacias cinceladas por el esfuerzo de lo diario.

ENRIQUE ROJAS Catedrático de Psiquiatría

José María Alimbau, “Utilidad del fracaso”, La Razón, 2.IV.03

Un novelista que ha conocido el éxito manifiesta: «Es más fácil salir del fracaso que del éxito. El éxito desconcierta; uno se siente como si estuviera en una nube. Y es que el éxito da una idea falsa de la realidad. Uno, que ha pasado también por años muy duros, reconoce que salió de los fracasos fortalecido. Tal vez por esa idea que los cristianos tienen e inculcan de que todo esfuerzo, todo sacrificio, todo sufrimiento… es útil».

Bazin afirma: «No tengáis miedo a los fracasos. El primero es necesario: porque educa la voluntad. El segundo fracaso puede ser útil. Y si os levantáis del tercer fracaso, es que ya sois personas hechas».

Los maestros espirituales de siempre ¬y ahora lo confirma la moderna psicología¬ han valorado positivamente el papel desempeñado por las dificultades, los conflictos, los fracasos, los sufrimientos. Todos concuerdan en que: -Los fracasos y conflictos son indispensables en el proceso de aprendizaje, tanto física como espiritualmente. Rimbaud decía: «Nadie se hace hombre sin haber triunfado de sus fracasos»; -Las dificultades son necesarias para el desarrollo, maduración y perfección del individuo. Valensin afirma: «Toda dificultad es un punto de apoyo»; -La aceptación de la propia cruz supone para el cristiano el primer paso (Mt. 16, 24) en el seguimiento de Jesucristo.

Javier Aranguren, “La idea de la formación”, 29.III.03

Una de las ventajas de la filosofía es que, al ser un saber que tiene un método propio, bien distinto del de las ciencias positivas o del de aquellas que pretenden pasar por tales, queda para el filósofo siempre un margen para jugar con el lenguaje, para buscar esa sorpresa capaz de despertar en sus oyentes (cuando existen) o en sus lectores (todavía más presuntos) el deseo de pensar. El filósofo tiene licencia para jugar con conjeturas, o con aparentes contradicciones significativas, que llamen la atención y nos sean útiles para trazar un mapa del mundo personal que sirva como coordenadas de la trayectoria que dibuja cada uno con su vida, para la que parece que no contamos con instrucciones de uso.

Movido por esa licencia, el primer título que se me ocurría para mi intervención era el de “Estatuto antropológico del estudiante”. Con ese enunciado pretendía hacer ver que nuestros alumnos son muy diferentes del material o clientela que se puede encontrar en cualquier empresa o labor que no sea directamente educativa. En estas jornadas en las que se quiere tratar sobre el binomio “motivación–esfuerzo” parece conveniente que nos planteemos como asunto de arranque, de qué idea de ser humano podemos partir en la formación de los que son parte de nuestros centros educativos, y en qué medida nuestra acción dentro de ese proceso puede tener sentido. Si llevamos entre manos un proyecto educativo, y por lo tanto metas y medios que nos permitan alcanzar el ideal planteado, debemos ser bien conscientes de qué o quiénes son aquellos a los que tratamos de motivar, cómo son las personas que constituyen tanto la materia como el fin de nuestro trabajo. Por eso decidí, finalmente, centrar mi exposición en la idea de formación, y en la diversidad de modos en que se puede entender esa expresión 1– Formación natural Todo proyecto educativo no busca otra cosa que formar a un grupo de personas. ¿Qué es propiamente formar? La primera acepción, la más básica y también la que menos relación guarda con nuestro cometido, sería la de formación natural. En ella asistimos al milagro cotidiano del desarrollo: el embrión que al cabo de pocos meses tiene manos y pies, y un complejísimo sistema nervioso; una expresión genética que de modo natural se va implementando, formando ese equilibrio maravilloso que es cada individuo de una especie. Esa formación natural no termina nunca: Aristóteles señalaba que «la vida está en el movimiento», en la continua plasmación de potencialidades. Así, el hombre pasa de la infancia a la adolescencia y de ésta a la madurez.

Esas diversas etapas van acompañadas por cambios corporales, por desarrollos psicológicos que antes no estaban, por pérdidas de otras virtualidades que se quedan formando parte del pasado. La psicología evolutiva tiene como campo de estudio ese proceso. Es evidente, especialmente en el caso del ser humano, que el desarrollo psicológico no es debido únicamente a nuestra biología: en el hombre lo natural interactúa con la cultura, la biología se acompasa con el elemento biográfico. Un ejemplo: probablemente a un percebe le baste con nacer y pegarse a una roca para ser todo lo que puede ser. A una persona no: necesita de un hogar, adquirir un lenguaje, tener un ambiente afectivo en el que descubra su propia identidad y vaya adquiriendo seguridades. La infancia del hombre es muy larga: su desarrollo físico va de la mano de su formación y capacitación social e intelectual.

La primera acepción de formación (el desarrollo natural de la formación de un cuerpo o de un individuo) no puede entenderse de un modo completamente aislado de los otros significados de la palabra. De todos modos tampoco podemos hacer mucho en algunas dimensiones de este desarrollo: la fisonomía de nuestro cuerpo o de nuestro rostro (siempre que la alimentación sea adecuada, y eso ya es un factor cultural) nos viene dada: «nadie puede añadir un solo codo a su estatura».

2– Formación humana: “paideia”, neutralidad y virtudes Se abre así un nuevo sentido de la palabra, al que podemos dar el nombre de formación humana. Aquí las posibilidades se enriquecen en la medida en que en esta dimensión entra siempre en juego la libertad. Los primeros que dejan constancia de esa preocupación son los griegos. Le dan el nombre de paideia. Bajo esa palabra (tal y como muestra el estudio ya clásico de Jaeger (1)) plantean sobre todo un ideal educativo. ¿Cuál es la pretensión de ese ideal? Fundamentalmente “formar ciudadanos” (2), esto es, hombres aptos para el gobierno de la “polis”, de la vida en la ciudad. Y para lograr esta aptitud –como recuerda Platón en “La República”- lo primero que necesitan es que esos hombres sepan gobernar ese microcosmos que es cada uno de ellos: la sociedad es la expresión comunitaria del individuo; política y ética guardan entre sí una relación de analogía.

Surge aquí un primer tema de reflexión: el concepto de “paideia” responde a un ideal, ¿se puede educar sin proyecto? No parece posible. En la acción práctica –y la educación es una tarea eminentemente práctica, más aún en la edad escolar– «el fin es el principio de la acción». Si alguien no sabe hacia dónde se dirige, si sólo pretende dejar en la cabeza de sus alumnos unos contenidos «neutrales», parece conveniente animarle a que cambie de profesión pues carecería justamente de lo definitorio de su tarea, que es el sentido teleológico.

Toda educación tiene que partir de un proyecto. Incluso la pretensión de «educación neutral» responde a un proyecto o a una tradición determinada –la ilustrada- que se considera a sí misma la correcta. Esto viene pasando desde siempre: se suele decir que los indios comanches se llamaban entre sí «seres humanos» pues ellos eran los que cumplían las condiciones que pensaban imprescindibles –ser comanche y comportarse como tal– para que les correspondiera ese atributo. De manera análoga los griegos califican de bárbaros a los que no hablan su lengua, es decir, a quienes no pertenecen a su tradición.

Con la “paideia” los griegos pretenden formar ciudadanos capaces de gobernar la polis. ¿Qué tipo de ciudadano es ése? Se trata de un hombre con un amplio elenco de habilidades y procedimientos, ducho en geometría, álgebra, Homero, gimnasia, retórica y filosofía. Pero no basta nombrar materias o destrezas. En Grecia no se pretenden eruditos. La sofística –en todo lo que tiene de descubrimiento del valor educativo– aspira a una cosa mucho más ambiciosa: que sus estudiantes sean hombres libres, que sepan gobernarse a sí mismos dominando sus pasiones y llevando la razón hasta sus más elevadas capacidades. Es decir, su proyecto se traduce en el deseo de formar “aristós” (de donde deriva la palabra aristócrata), hombres llenos de “areté”, término que nosotros solemos traducir por virtud, fuerza, capacidad.

Un buen alumno no se identifica necesariamente con el que adquiere montañas de conocimientos (la caricatura del empollón, o del chico dotado pero sin ilusiones que con frecuencia habita las aulas y a menudo se lleva incluso los premios o los aplausos), sino con el que optimiza sus capacidades sacándoles el mayor partido posible. Quien consigue esa excelencia (hermosa palabra) recibe el nombre de “megalopsikos”, esto es, magnánimo (3). Aristóteles caracteriza al hombre de ánimo grande como alguien dedicado a tareas importantes y capaz de funcionar por sí mismo (independiente, autárquico). Esas son las cualidades del liderazgo. ¿Por qué parece a veces que el líder tiene que ser cretino, engreído o egoísta? En Grecia -por el contrario- ser líder significa ser virtuoso, excelente, aquel que vive la vida del modo más propiamente humano, es decir, que es –o lucha por ser– prudente, justo, fuerte y templado. «Amigos así yo los quisiera», porque evidentemente con un buen grupo de personas poseedoras de esas características funcionarían mejor las cosas.

«Motivación y esfuerzo». Quizás el problema radique en la pequeñez de miras que encuentran los estudiantes en su propio entorno escolar o familiar. Tal vez nos resulte fácil identificar estos problemas con las faltas de virtud (especialmente las de la fortaleza –atreverse a decir ‘no’– y templanza –por el consumismo y la falta de sobriedad, por la pasividad con que se deja que lo sensual protagonice las sesiones televisivas o las lecturas que quedan sobre la mesa del salón–). La cortez de miras suele ser proporcional a la debilidad de los proyectos, a la desaparición de la magnanimidad en manos de un aburguesado abandono en el bienestar.

* * * Un apunte al margen. Habitualmente las virtudes cardinales se presentan en el orden que ya se ha expuesto: primero prudencia, segundo justicia, después fortaleza y por último templanza. A la hora de educar en las virtudes quizás el camino adecuado sea el contrario: empezar con la templanza, que fortalece la voluntad y relativiza el afán materialista que marca a la generación presente, haciendo con frecuencia que permanezca en la infancia, capturada por la inflación de caprichos propia de esa edad. Después la fortaleza, virtud de juventud, esa etapa de la vida en la que el enfrentamiento con la realidad (los padres, las salidas, el estudio, problemas psicológicos o de afectividad, etc.) se convierte con frecuencia en choque. En tercer lugar la justicia, virtud en la que la madurez hace presencia con su capacidad de dar a cada uno lo suyo. Por último la prudencia, tanto porque parece una virtud muy relacionada con la experiencia –y por eso suele ir acompañada de la edad, aunque ni se adquiere necesariamente sólo en la vejez, ni se adquiere siempre–, como porque sólo si se es templado, fuerte y justo se podrá tener la mirada suficientemente despierta como para caer en la cuenta del verdadero ser de personas y cosas (4). En nuestro caso, dedicados como estamos a la formación de niños y jóvenes, parece claro que deberíamos iniciar el edificio exigiendo –a padres y después a alumnos– en la virtud de la sobriedad, compañera íntima de la templanza.

3– Formación humana: la modernidad y la “bildung” Inicia Gadamer su monumental obra “Verdad y Método” con un estudio sobre la noción moderna de formación, palabra que en el contexto alemán se traduce como “bildung”, y que es uno de los conceptos básicos del humanismo (5). Desde la perspectiva de la Ilustración la formación «designa el modo específicamente humano de dar forma a las disposiciones y capacidades naturales del hombre». ¿Qué es lo más específicamente humano? Lo que nos haga lo más humanos posibles, esto es, aquellos aprendizajes a los que les acompaña la capacidad de potenciar la acción del sujeto, la libertad. Por eso señala Kant que existe la obligación de «no dejar oxidar los propios talentos», y si eso es una obligación quiere decir que realmente los talentos pueden echarse a perder. El hombre -el alumno-, ser libre, está en sus propias manos tanto de cara al triunfo como ante la posibilidad del fracaso.

En la mística del XVII se señala cómo «el hombre lleva en su alma la imagen de Dios según la cual fue creado, y debe reconstruirla dentro de sí». Ésa es la tarea, el proyecto, de la formación: reconstruir en cada persona la imagen de lo divino que lleva dentro de sí. ¿Y cómo es Dios? Inteligencia, amor, relación interpersonal, convivencia (coexistencia) entre las Personas trinitarias. El proyecto humano de formación, la tarea educativa, debe ir dirigida a la convivencia, al fomento de una actitud de donación, a elaborar una sociedad en la que los vínculos no sean el miedo a la amenaza externa o interna, sino el íntimo convencimiento de que la relación solidaria es la más enriquecedora.

Si formamos alumnos altamente eficientes pero aislados, encerrados en la torre de marfil del propio yo, del egoísmo o del triunfo a cualquier precio, el fondo de la tarea se habrá venido abajo: estaremos ofreciendo a nuestros discípulos vivir según una mentira, y por lo tanto oxidarán sus propios talentos al no darles forma según las disposiciones y capacidades naturales que como hombres poseían.

Hegel, siempre profundo, expresa la tarea de la formación del siguiente modo: «formar es reconocer en lo extraño lo propio, distanciarse de la inmediatez del deseo, de la necesidad personal y del interés privado». La noción hegeliana de formación se enfrenta al localismo, actitud desarrollada de manera casi escandalosa en esta España democrática, en la que cada ciudad levanta una universidad y cada pueblo quiere introducir la pequeña historia ocurrida dentro de sus muros como asignatura optativa. Frente al localismo, la formación ilustrada pide «reconocer lo extraño como propio», propuesta que quizás se convierta en el mejor modo de entender también lo propio.

De todos modos no es ese el tema que ahora me interesa. Más bien quiero subrayar lo significativa que resulta la palabra «distanciarse», porque me parece que refleja una clave: el hombre necesita trascender la inmediatez del deseo. Si una recompensa es demasiado instantánea impide el desarrollo de la inteligencia y el ejercicio de la propia libertad (6). El placer siempre presente, la recompensa apresurada, impide que la gente se atreva a afrontar proyectos ambiciosos, evita que abra sus horizontes. Una generación del “yo” que es también generación del “ya”, queda impedida para los grandes proyectos. Como se ve, es probable que Hegel también nos recomendara empezar por el ejercicio de la virtud de la sobriedad: el único modo de distanciarse es no estar tan pendiente.

* * * De los textos que recoge Gadamer, quizás el más atractivo sea el siguiente de Gracián, hablando de cómo el buen gusto supone la primera espiritualización de la animalidad (7). Señala el pensador español que el hombre culto (discreto, formado, de criterio) es «el hombre en su punto, aquel que alcanza en todas las cosas de la vida y de la sociedad la justa libertad de la distancia, de modo que sepa distinguir y elegir con superioridad y conciencia».

Vuelve a aparecer la idea de tomar distancia. Yo prefiero servirme de otra palabra, acuñada por Plessner: excentricidad (8). Decir que el hombre es excéntrico es lo mismo que señalar que no se encuentra necesariamente encerrado por la perspectiva utilitaria o interesada del instinto, sino que es capaz de trascender a ésta para hacerse con las cosas, con la realidad, tal y como son. Ahora bien, si no hay distancia no es posible la objetividad: el iracundo, el irascible, está incapacitado para ejercer la justicia porque casi siempre caerá en la precipitación en sus juicios y acciones. Distancia, excentricidad, son palabras relacionadas con virtud, pues el único modo de superar la dictadura interesada del yo tiene que ver con el ejercicio de la prudencia y de las demás virtudes. En el buen gusto se da la capacidad de distanciarse respecto a uno mismo y a las preferencias privadas.

Pero antes de explicar esto, permítaseme ofrecer un nuevo punto que quizás nos sirva para pensar un poco. Gracián ofrece su reflexión cuando habla de la formación del gusto, la cual es calificada como primer paso del proceso de humanización. En nuestros días esto resulta quizás difícil de entender, especialmente en los últimos años de la educación en los que el dominio de las materias técnicas, con salidas profesionales, útiles y productivas, han arrinconado las humanidades, hermanas pobres del saber que –como Cenicienta- son encerradas en las últimas esquinas de los planes de estudio. Parece que la eficacia, el utilitarismo, dominan el sistema educativo. ¿Deben dominar también nuestro propio proyecto? Hace unos días me preguntaba un universitario cuál era la utilidad de la filosofía, y si su fracaso no sería una señal definitiva de que es un saber del que por fin podemos prescindir. Pensando en qué decirle se me ocurría que el planteamiento debería ser justo el contrario: la filosofía –las humanidades, las artes plásticas– tienen una mala salud de hierro justamente por poseer la virtualidad de distanciarnos (nos obligan a ser reflexivos, a desarrollar el espíritu crítico e invitan a la contemplación deteniendo así la ansiedad y la prisa), y por lo tanto son ellas las que en último extremo nos enseñan a ser libres.

El éxito exige inmediatez, impide la reflexión: la gente se esclaviza por conseguir posiciones y realizar gastos que al final no están seguros de qué pueden aportarles. Por ese motivo –me atreví a señalar– la crisis de la filosofía –de las humanidades o de las artes plásticas– no es sino un factor más que señala una ruptura en el corazón del hombre, y por tanto el problema no radicaría en los saberes humanísticos sino en la antropología que estamos manejando en nuestros días, que reduce el ser humano a productor económico y a consumidor voraz de entretenimiento. Anorexia cultural y bulimia consumista (A. Llano) que hacen que alumnos y padres no busquen formación sino buenos sueldos. Viejos prematuros, fracasos del sistema educativo, hijos de una sociedad encerrada en el gasto e incapaz para lo humano.

El buen gusto nos obliga a desechar el afán de éxito a cualquier precio. Reivindica el señorío y el estilo; detesta la ansiedad. Por eso el hombre cultivado rechaza la prisa, no se le iluminan los ojos cuando aparece la comida aunque agradece los buenos platos, y habla de pocas cosas pero importantes. En esta línea, un factor central de cualquier proyecto educativo debería ser el de enseñar a hablar: en el aula, pero también en el pasillo. Superar los lenguajes monosilábicos o reducidos al código de mensajes del móvil, provocar en ellos la curiosidad, la capacidad de escuchar, el tono humano (que, y no por casualidad, recibe en nuestra lengua el nombre de buena educación).

Educar utilitariamente, además de una falta de buen gusto -lo que antes se llamaba una horterada- significa quedarse corto: el hombre no debe aspirar sólo a desenvolverse en el entramado social, sino que tiene que ser capaz de estar por encima de él, de mirarlo con cierta indulgencia o con suave ironía algo burlona. La palabra virtud en griego se dice “areté”, y está estrechamente vinculada a la noción de “aristós”, aristócrata, el hombre que es excelente, el magnánimo que se niega a verse arrastrado por acciones vulgares. ¿No sería eso también nuestro proyecto? A mi al menos me parece una idea atractiva, en buena parte también porque supone alejarse de las corrientes más comunes, de la mediocridad zafia que ahora recibe el espantoso nombre de «corrección política».

* * * Volvamos al hilo de nuestras reflexiones. Tener buen gusto, ser un hombre en su punto, significa guardar una distancia. ¿Qué es lo que implica esa distancia? Saber lo que uno es, no sólo saber hacer cosas. La formación no puede quedar reducida a procedimientos y técnicas. El educador no fabrica piezas, trabaja con personas. Su oficio no consiste ni en controlarlas ni en moldearlas de una manera prefijada, sino en fomentar y promover su condición personal: su capacidad de elegir, su capacidad de ser.

Socráticamente el ideal de educación se refleja con el dicho de Delfos: “conócete a ti mismo”. Tal lema implica una ganancia de libertad: sé de dónde parto, sé a dónde puedo ir, conozco las armas (los medios, las virtudes) con las que cuento para realizar ese viaje. Y esas armas, como ocurre con las humanidades, tienen relación tanto con la capacidad de pararse a pensar como con la de establecer un diálogo.

Pensamiento y amistad. ¿Se dan esos dos factores en una sociedad en la que se premia la prisa, el ruido, el éxito?, ¿se dan en una sociedad que insiste de un modo machacón en el valor del individualismo –«hazlo por ti mismo, nadie lo hará por ti»–, en un mundo en el que ya casi nadie entre los adultos sabe cultivar la verdadera amistad? Resulta curioso encontrar tantas personas solas, sin nadie a quien plantear una confidencia con la confianza de no ser traicionadas, en esa misma vida en la que la cultura del ocio y el aumento exponencial de salas de cine, bares y restaurantes nos tratan de hacer suponer que nunca habíamos tenido una existencia comunitaria tan intensa. Es probable que tal comunidad no exista: sí hay una muchedumbre solitaria, pero ¿con quién hablar?, ¿de qué? «Conócete a ti mismo», fomenta el buen gusto, la conversación grata, la afición hacia las cosas bellas, la lectura de los libros importantes, el silencio acompañado de la presencia de alguien que te importe. Eso es formar hombres cabales. La tradición humanista habla con frecuencia del “sensus communis”, el ‘sentido común’, dentro del cual incluye el arte de la “eloquentia”, hablar bien. No se trata de un mero ideal retórico. No es una reedición del sofístico arte de convencer, que a menudo se presenta como el sustituto entretenido y banal de la verdad (véase el prototipo de tantos debates, tanto televisivos como en las aulas). La elocuencia significa decir –y enseñar– lo correcto, lo verdadero, y en ella siempre se distingue al erudito del sabio, al trasmisor de información del que tiene conocimiento, y a éste del poseedor de sabiduría (quien sabe pocas cosas, pero sólo y todas las importantes). ¿En qué dirección, en qué sentido, formamos a nuestros alumnos?, ¿los dejamos desorientados en el mar de la arbitrariedad y faltos de puntos de referencia, o les proporcionamos un suelo firme desde el que plantarle cara la vida? Tienen internet, pero ¿ayudamos a su pensamiento?, ¿logramos que cultiven la voluntad y la inteligencia? 4– Personas y la misión mayéutica La idea de formación no se refiere por tanto a una cierta cantidad elevada de contenidos, ni siquiera a las destrezas técnicas que alguien sea capaz de adquirir, sino al fomento de las disposiciones y capacidades naturales de una persona, al cultivo de sus talentos, de esas posibilidades que el alumno lleva en su alma.

Al hablar de formación siempre hacemos referencia a cosas recibidas, a realidades que le pertenecen a él –al alumno–, y que nosotros debemos ayudarle a descubrir. Nunca tenemos que pensar que empezamos de cero, sino que él está lleno de unas virtualidades que tal vez desconozca, y que nuestra tarea “sólo” consiste en ir devastando la pieza de mármol para encontrar la escultura perfecta que subyace en ella. Sócrates hablaría de mayéutica, nosotros podemos seguir haciéndolo con él.

¿Qué encontramos en el “haber” de los estudiantes? Expresado con otra pregunta, ¿qué es el hombre? El filósofo diría: persona. ¿Y qué es lo propio de la persona? Hace tiempo que me gusta decirlo con palabras de Hanna Arendt (9): los seres humanos somos «la paradójica pluralidad de seres únicos». La expresión misma es paradójica, pero por su empeño en señalar una intuición que conduce a lo innegable: los hombres pertenecemos a una especie común, somos sujetos de derechos y deberes similares, llevamos un nombre común que nos hace reconocernos como semejantes. Pero al mismo tiempo cada uno de nosotros guarda en sí la conciencia de ser un yo, una identidad irrepetible, un ser que es único. Muchos, pero todos diferentes. Como indicaba un amigo, profesor de colegio, tenemos la ventaja –y el problema– de no trabajar con tornillos, sino con casos de individuos cada uno de los cuales en cierto modo agota su propia especie. Y eso exige un cuidado, un equilibrio y un sentido de la justicia –dar a cada uno lo suyo- realmente difícil de lograr.

La persona es alguien, y no algo; cada uno es un quién y no tan sólo un qué; la persona detenta un nombre propio que está más allá del nombre con el que se le llama (no es Javier, ni Manuela, sino ese quién que tiene una experiencia y visión del mundo estrictamente novedosa, nunca antes acaecida, que no se repetirá jamás); cada persona es la imagen de Dios, y por lo tanto llamada –referencia– hacia Él, el mismo que le otorga el nombre por el que le requiere. Tal es la materia prima de nuestro trabajo. Quizás ese mismo trabajo en último extremo consista en lograr que los alumnos, de un modo profundo, real, caigan en la cuenta de su valor único, esto es, que se descubran y alcancen la determinación de no conformarse con ser menos de lo que son. «Motivación y esfuerzo», a fin de cuentas, es un binomio que podría reconvertirse con el mandato imperativo de Delfos («¡conócete a ti mismo!»), o con una orden quizás de resonancias más bíblicas: «¡Se quien eres!», esto es, «atrévete a ser tú mismo, no te detengas antes, no te detengas nunca» (10).

Cada hombre, cada alumno, significa la aparición de una esperanza (¿será él quien elimine una plaga que azota a la humanidad?, ¿escribirá la novela que hará reír o llorar a tantos?, ¿se va a atrever a pedir perdón por todo el dolor que cause?, ¿sus hijos le mirarán como a un buen padre, recordándole gozosos también cuando acudan a despedir su cuerpo en el atestado cementerio?). Nuestra responsabilidad, al inicio del largo periplo de su existencia, es grande, incluso excesiva: quien tiene la posibilidad de lograr el éxito también lleva consigo el germen del fracaso. El hombre está abierto, por determinar. Una pequeña desviación en el inicio puede llevarle a un puerto bien distinto del deseado. En él está implícita la posibilidad de malograrse.

¿Qué es, en esta perspectiva, educar? Ayudarle -no sustituirle- a que quiera hacer de sí lo mejor posible. Por eso la motivación es plausible, pero siempre que sea capaz de apuntar a lo esencial: haz las cosas no por la recompensa externa (semanas de esquí, vehículos más o menos motorizados, horarios de salidas), sino por la recompensa interna, porque llegan a ver que son ellos los principales beneficiarios de la bondad de su acción. ¿En qué consiste esta recompensa interna? Será la retroalimentación constructiva del mismo agente o, con otras palabras, la conversión de ese estudiante en alguien más capaz, porque se ha enfrentado a sí mismo –a su dejadez, pasión, comodidad, falta de metas, aburrimiento– y ha terminado siendo un yo más allá de las cosas que tiene, un yo que posee su mundo circundante en vez de ser tenido por él (por el capricho, por la necesidad de diversión, la bebida, la duda o el desaliento). El profesor ejerce la mayéutica: debemos ser matronas que provoquen que el alumno se atreva a vivir a la altura de sus posibilidades, que no acepte la mediocre posibilidad de conformarse con menos.

5– Consecuencias a) Profesores o maestros Al tratar acerca del tema de la formación San Josemaría Escrivá solía servirse de la imagen del monje medieval que dedicaba horas a miniar un códice: cada página exigía un cuidado exquisito, de modo que las letras y los dibujos se sucedieran armónicamente, pero siendo cada uno de ellos algo único que había requerido todos los cuidados del artista. Algo similar ocurre en nuestro caso: servimos a todos de un mismo puchero (probablemente ninguno desearía más horas de clase, menos aún si eso supone seguir repitiendo la misma explicación todavía a más grupos), queremos que todos logren una cierta excelencia, pero a la vez, dando a cada uno según sus posibilidades.

La educación –por lo menos en su etapa escolar, que no quiere tanto contenidos como destrezas– no puede ir dirigida primordialmente a lo general. No podemos confundir educación e ingeniería. La capacitación técnica sí es genérica: cualquier obrero debe ser capaz de poner determinada pieza siempre y sólo de la forma correcta. Pero lo nuestro no es una educación técnica, o no debería serlo. Con frecuencia se escucha que la evaluación debe trascender las pruebas escritas u orales, que debe ir más allá del aula, y que dentro del recinto escolar hay que dar con una dinámica en la que se sucedan ininterrumpidamente los actos educativos: en la cola del comedor; en el modo de caminar o de llevar puesto el uniforme; en la evitación de las peleas, matoneos, críticas despiadadas de los ausentes; al dirigirse ellos a un profesor o un profesor a ellos: respeto, pero también simpatía, de modo que se evite cualquier asomo de relación funcionarial o de indiferencia (11).

Cuando se oferta determinado ideal educativo (no llegar a los técnicos o a los sabiondos, sino a las personas) el modelo inspirador del educador no es el del profesor (un pulcro cumplidor de deberes académicos), sino el del maestro, aquella persona capaz de ofrecer, junto con los contenidos, una manera de entender el mundo, la virtud que invite al entusiasmo por conocer o por ser una persona llena de honor, simpatía, solidaridad o cuidado. La estructura de la existencia humana es narrativa: nos atrae el cine o la novela porque necesitamos historias con las que identificarnos. Por eso lo que resulta verdaderamente educativo acaba siendo el ejemplo, la conversación, la convivencia (12), y no sólo la teoría, la lección o el libro.

El alumno necesita modelos a los que imitar, en los que reflejarse. El primero debería ser el que le ofrezcan los padres, aunque no cabe duda -y todos tenemos experiencia de ello- de que con frecuencia encuentran la imagen que les hace despertar en alguien distinto a su familia, a quien admiran por su conocimiento, fidelidad, interés hacia realidades insospechadas (la poesía, la historia, el álgebra), quizás bien distintas de lo que conocen en su casa, pero realidades que abren la mente hacia un mundo de ideas, contenidos, ideales y conceptos en el que el ser humano siente que descubre sus virtualidades más profundas.

Ser maestro es una meta cuyo logro afecta al profesor más que al alumno. Cuenta con dos riesgos: en primer lugar, que ellos no hagan caso Si se trabaja en razón de la recompensa, la amargura está asegurada, más aún entre adolescentes; trabajar por ese motivo parece contrario a la ética profesional: quien busque sobre todo el aplauso se tornará en un sofista capaz de acomodar la verdad o la exigencia a cambio de conseguir popularidad, y eso los alumnos lo notan, y no genera aprecio. El segundo riesgo está en lo que García Morente llamaba la tragedia del pedagogo: cada vez que consigue un avance –la pasión del alumno por su materia, un trato amistoso profundo, el ambiente adecuado para desarrollar a gusto la tarea que el grupo de alumnos y el profesor llevan entre manos– se cumple el plazo del curso, la generación cambia, los amigos se van y el aula se vuelve a poblar de desconocidos completamente por devastar. En educación los avances duran diez meses, tras los cuales –en septiembre– se vuelve a estar como al principio, ellos igual de jóvenes, tú un año mayor. Por eso el docente debe mantener un interior joven. Al profesor eso no le importa: él está siempre ante lo mismo; al maestro sí: la empatía que ha logrado con un determinado alumno, o con tal grupo, no es genérica, sino la adecuada para esas personas concretas. Y eso resulta cansado, aunque al mismo tiempo es el asunto más gratificante de la tarea de educar.

«¿No te aburres de explicar siempre lo mismo a jóvenes maleducados y carentes de motivación?, ¿no prefieres la universidad?». Son dos de las preguntas que me han hecho con más frecuencia el último año. Cualquiera que dedique su vida a la labor educativa conoce la respuesta: es evidente que si lo nuestro se limitara a transmitir unos contenidos, la educación sería una tarea imposible, lo más cercano a un castigo inmerecido: ¿qué licenciado puede apasionarse por las sociales de 2º de ESO o por cualquier otra materia? Pero es que no es eso lo que se quiere enseñar: a través de las sociales, o de lo que fuera, lo que se trata es de establecer unos vínculos, y que el alumno adquiera capacidades y modos de ver y actuar que hacen que los educadores nos hallemos a la cabeza de quienes transforman y mejoran el mundo. Por eso necesitamos maestros, no profesores; por eso el profesional de este medio debe sentirse orgulloso: no gana lo que un promotor, ni lo que muchos abogados, pero trata con personas, y además no como clientes, sino como compañeros de viaje que se encuentran todavía altamente desprotegidos, y a los que les va enseñando motivos y tareas, a los que va ofreciendo razones para el esfuerzo.

b) Todo por hacer Otro asunto que subraya la ambigüedad de nuestra ocupación es su mezcla de rutina y novedad. Este aspecto también nos sirve para caer en la cuenta de que la razón de ser de la enseñanza no está en los planes de estudio. Los programas se repiten, pero los alumnos no. Si sólo fuéramos profesores se nos podría sustituir por una máquina programada con las habilidades que tuviéramos que transmitir en el aula. En ese sentido, la tarea educativa ya se podría dar por terminada: un año más, los mismos contenidos, problemas y quejas. Pero tal ideal sería muy empobrecedor…, y falso. Si en sólo unos pocos años –pongamos, los que lleve en marcha el centro educativo en el que trabajas– ya estuviera todo hecho, de pobre ideal estaríamos tratando. Es verdad que habrá tradiciones, que habrá empezado con unos profesionales míticos que supieron dotar al colegio de una personalidad especial en los difíciles momentos del arranque, pero al tiempo en que todo está ya hecho, todo se encuentra por hacer.

Y es que el colegio –y las razones de la motivación, y la lucha por lograr en ellos el esfuerzo– comienza de nuevo en cada padre, en cada profesor y en cada alumno. Es una consecuencia lógica del ya citado carácter de novedad de la persona: cada uno es otra vez, y en cada uno tiene lugar un proyecto que antes estaba pero todavía no estaba. Con frecuencia una madre se indigna porque siente que su hijo ha sido clasificado bajo determinada categoría, cuando para ella siempre –y con razón– será simplemente su hijo. Por eso –y en el resto de empresas civiles ocurre lo mismo–, aunque la admiración y referencia hacia la tradición sea algo hermoso y forme parte de la virtud de la piedad, hay que mantener los ojos puestos en el proyecto, en lo futuro, en lo vivo.

El hombre es un ser histórico, por eso no puede pretender congelar el tiempo, «hacer las cosas como siempre se han hecho». La vida está en el movimiento, y los protagonistas de esa vida son los que deben en ese momento vivirla. Cada uno a su tiempo, nosotros, es siempre quien empieza.

c) Conjunción de libertades Y se empieza otra vez con cada alumno. Y cada chico debe saber que es él quien está empezando. Y así nos enfrentamos a una nueva dimensión –quizás la más desconcertante– de la compleja tarea educativa: la conjunción de libertades. ¿De qué libertades estamos hablado? De la de los sujetos activos de la educación: el alumno, los padres y los profesores.

c1– Los alumnos.

A ellos van dirigidas en principio las reflexiones de estas jornadas sobre «Motivación y esfuerzo». Con los pequeños parece que es fácil, ya que el ejercicio de su libertad está todavía en fase de descubrimiento, y con frecuencia le basta con tomar como modelo o líder tanto a los educadores como a los padres.

Con el adolescente la cosa cambia. Ha ido tomando conciencia de sí mismo, y esa conciencia se combina con un enorme deseo de autoafirmación que suele expresar por medio de elecciones a menudo marcadas por su carácter retador (es el momento de la melena, del estudiado desarreglo sistemático, de la lucha por la conquista de la hora de vuelta a casa, de poner a prueba la paciencia y capacidad del profesor novato). Pero su principal problema no es ese: le gusta elegir pero, ¿sabe lo que quiere? La inseguridad, hija de la inexperiencia y de la decepción, acompaña estrechamente a esta edad. ¿Encuentra comprensión, exigencia, respeto? Me parece que son tres palabras centrales para tratar con estas personas: 1-Tratar de ponerse en su lugar; comprender su inseguridad, sus gustos, lo que en el fondo está apuntando; eso es amor de benevolcencia: “delectatio in bene altrui” (Leibnitz) 2-Revestirle con la pesada armadura de la responsabilidad: hay que luchar contra el complejo de “Peter Pan”, la libertad sin consecuencias, y no fomentar unilateralmente la cultura de la recompensa, sino también la del deber cumplido (no tiene sentido idiotizarles con las manos llenas de regalos porque sacaron un seis en la prueba corta de sociales) y la del castigo, de modo que llegue a la consecuencia de que es él quien hace las cosas, y que sus decisiones son el peso desde el que aquilata su vida; 3-Y respetar el hecho de que él –ya desde la primera juventud– es una fuente original de elecciones que merece ser fomentada y cuidada, no solo controlada y reprimida.

Es verdad que todavía no es muy libre, que le falta carácter, personalidad –van en grupo, son las víctimas favoritas de la publicidad y del reclamo del tabaco–, que con frecuencia les puede la pasión –la ira, el deseo sexual, pero también la justicia o la amistad–, pero es precisamente por eso por lo que necesitan ayuda y formación: la tarea con ellos consiste en llegar a tiempo, no en suponer que la crisis no existe, dejarla estar y al final esperar que con un poco de suerte alguno de ellos «vuelva». Formar a un joven significa enseñarle a ser administrador de su propia libertad, en darle razones para actuar del modo que consideramos correcto y, desde luego, dejarle ser.

Aceptar la tarea de formar a una persona pasa por la asunción del riesgo de la libertad. El paternalismo es contraproducente, porque es injusto con las características ontológicas más profundas del ser personal –novedad, libertad, absoluto–. Quizás el amor a la libertad implique que no se vean los frutos, que no agradezcan nuestro desvelo. ¿Qué importa? Si las cosas se hacen mal todo agradecimiento será aparente (¡con qué frecuencia más adelante la hiper–protección acaba tornándose en recriminaciones amargas!), y además un pedagogo nunca trabaja por la recompensa inmediata, sino por la huella futura que su labor haya dejado en el educando, huella que quizás pase oculta para su beneficiario y de la que el educador recibirá noticia sólo en contadas ocasiones.

c2– Los padres El problema –y la ventaja– del adolescente es que no se encuentra solo. Tiene a sus padres. Lamentablemente no siempre es así, y cada vez con más frecuencia se nos presentan alumnos que en la práctica sufren el abandono de uno de los dos –o de los dos– progenitores. En ese caso el problema será realmente serio, pues los conflictos y ausencias afectivas en esas edades de maduración suelen producir consecuencias difícilmente reparables (13), o el alumno puede tratar de realizar una traslación de la fuente de amor de los padres a alguno de sus profesores o, con más frecuencia, al grupo de amigos que a esa edad adquieren a sus ojos un valor idealizado que acabará conduciendo con gran probabilidad a la decepción.

Una idea clave: colaboramos con los padres en la educación de los hijos, pero los principales educadores son ellos. A veces, por comodidad, por inconsciencia, «porque son los que pagan», delegan demasiado. La tarea es compartida, pero el colegio sólo tiene una responsabilidad subsidiaria. Hace unos meses un partido político hacía la propuesta de mantener los centros educativos abiertos siete días a la semana, durante doce horas al día los doce meses del año. Otros parecen preferir la cercanía de la guardería al centro de trabajo de los padres (o de la madre). No se trata tan sólo de una cuestión de perspectiva: lo primero es sencillamente un error que deja al hijo en manos de una abstracción (el “estado escuela”, los profesionales de la educación), mientras que lo que necesita como persona es de un ser concreto (la mirada de la madre, la voz exigente y cariñosa del padre).

Con los padres podemos repetir la pregunta planteada al adolescente: quieren cosas pero, ¿saben lo que quieren? A veces parece que les basta con que no haya conflictos en casa, sin importar que el hijo alcance o no la excelencia: prefieren a alguien que no dé problemas antes que un hijo con personalidad o arrastre. O le cubren de bienes y caprichos pensando que así lograrán un afecto, sin saber que su hijo se puede acabar convirtiendo en un tirano, en un ser que vive en la irreal imagen de un mundo fácil o que acaba recriminándoles porque interpreta esa abundancia de regalos o de dinero como una poco sutil forma de chantaje emocional, y no le faltará razón.

Vayamos al núcleo del problema: al hablar de motivación y esfuerzo la cuestión no puede ir dirigida sólo a los alumnos, sino en primer lugar a los padres. O se convierten en cómplices de la educación o casi todo lo que emprenda la escuela se dirigirá hacia el fracaso. ¡Con qué frecuencia somos conscientes de que toda la labor de un año se echa a perder con un veraneo vacío de cualquier contenido distinto del puro bienestar, con los fines de semana más allá de las reglas o de los límites, con la compra de la dichosa moto, o la “inocente” presencia del ordenador, la red de redes y la tele en la acomodada habitación del “estudiante”! Es verdad que a menudo trabajan, que llegan a casa cansados de luchar, sobre todo que no saben cómo hacer las cosas: nosotros llevamos años dedicados a la tarea de educar y nos sorprende lo difícil que resulta este trabajo. ¡Qué será en su caso, en el que siempre son novatos, y en el que las oportunidades se pasan sin poder corregir los errores cometidos, cosa que nosotros sí que vamos logrando hacer al enseñar a las siguientes promociones! Además, en nuestro caso los fracasos son contingentes: un mal alumno nos deja al cabo de los meses y lo olvidamos; por el contrario, la conciencia de haber fracasado en la formación del propio hijo, en la medida en que éste es insustituible por definición, les acompañará toda la vida. Los padres necesitan orientación y exigencia, en mayor medida que sus hijos.

Por este motivo quizás, ya lo he señalado, esta jornada debería haber estado dirigida sobre todo a ellos. Y todos coincidiremos en decir en que si motivar y exigir a un alumno es difícil, hacerlo con unos padres resulta todavía más complicado. En unos casos porque miran al educador por encima del hombro (se sienten socialmente superiores), o porque nosotros mismos nos dejamos influir por cierto complejo de inferioridad pues tienen mejor coche, sueldo, pinta o casa que el sufrido maestro. En otros porque se les cita y aparece sólo uno de ellos, «es que en casa me encargo yo», «es que está en el trabajo o de viaje», como si los hijos fuera una tarea equiparable al cuidado de los coches o a la elección del restaurante al que irán el viernes con el tradicional grupo de amigos.

Pero, también lo hemos dicho, las dificultades son las que hacen de nuestra tarea algo hermoso, y así la pregunta sobre la «motivación y esfuerzo» podemos –debemos– trasladarla de los padres hacia el educador: ¿nos implicamos con ellos?, ¿somos capaces de citarles para abrirles horizontes de exigencia o nos pueden los respetos humanos, el miedo a contristar o el pensamiento de que no deberíamos meternos donde no nos llaman aunque precisamente por la implícita confianza que han puesto en nosotros –o en la institución que representamos– tenemos el deber profesional y moral de a veces llegar a fondo en la intimidad que es una familia? A un técnico, a un profesor, esto es algo que no le hace falta: «yo cumplo mi tarea, y ellos salen del aula sabiendo cinemática, lo que dijo Descartes, la perspectiva caballera o la versificación de una redondilla». A un maestro sí. La pregunta es evidente, y va dirigida no al alumno ni al padre, sino al educador: ¿cuál es tu aspiración profesional?, ¿hasta qué punto te identificas con los fines de la tarea que has emprendido? La educación -quizás con la medicina- es una orientación profesional altamente vocacional: quien no esté en disposiciones de invertir tiempo, cabeza e ilusión en ella –más allá de convenios, de sueldos o de posibilidades de adquirir determinados modelos de automóvil– debe replantearse su actitud o bien su trabajo. De ese afán de servicio –y más tarde de la colaboración de los padres, ante la que lamentablemente bastantes veces constataremos nuestra impotencia– depende lo que alcancemos.

c3– Los profesores Con lo dicho podemos caer en la cuenta de la tercera clave en la tarea formativa: la libertad del docente. Externamente uno puede estar cumpliendo los términos de su contrato de una manera escrupulosa, y es bueno que ese contrato resulte adecuado a las condiciones en las que se pueda desarrollar una tarea ilusionante y eficaz. Lamentablemente el asunto económico vuelve a ser central (14) . Con demasiada frecuencia la docencia nos lleva muchas horas, la corrección otras tantas y el estrés por mantener la disciplina y la custodia de la cola del comedor pertenecen inexorablemente a nuestra jornada. Del mismo modo podemos tener que atender a un número tan elevado de alumnos que no nos quede la posibilidad de personalizarlos. O nos falta tiempo para dedicarnos a cuidarles, para la preceptuación (que en algunos casos supera a las 20 personas, desdibujándose también así la eficacia de ese medio supremo de educación), o para quedar con unos padres con el fin de mantener una reunión sosegada a la que podamos acudir bien preparados, con elementos de juicio y consejos pertinentes para colaborar en su tarea educativa.

El profesor es la clave. ¿Cómo puede formar quien no cuida su propia formación? Tanto en el campo de la pedagogía y la innovación en el aula, como en la materia de la que imparte lecciones o en la que tiene su enclave intelectual. Hay que formarse para dar clases, y para tener algo que decir a los padres. «Motivación y exigencia» es un binomio que en primer lugar debería ir dirigido a cada uno de nosotros, evitando el conformismo, guardando la actitud rebelde –del que no acepta quedarse detenido, del que siempre quiere crecer– que hace de nuestra tarea algo atractivo para el joven, algo joven en sí mismo, y que nos cambia a nosotros de profesores en maestros, de aburridos “dictadores” (de voz cansina, diciendo «lo de siempre», con los folios amarillentos temblando en nuestras manos) en fuentes de luz dentro de un mundo de sombras.

Podemos dedicarnos a cada uno, tratar a personas, o conformarnos con tener alumnos («Los de 1º A», que cambian cada año, que no dejan huella alguna en el aula anónima ni en nuestros corazones). Lo segundo es más cómodo, menos comprometedor. Pero no responde al fin de ciertos ideales educativos propios de nuestros centros, y tampoco a la tarea del pedagogo que busca audazmente la “paideia”.

c4– Dios No le había nombrado, pero –como creyente, y supongo que aunque no lo fuera– Dios me parece un término fundamental a tener en cuenta en la conjunción de libertades que acompañan a la educación.

Primero una breve consideración teórica: la libertad en Dios no se dice en el sentido de que pueda triunfar o fracasar, o de que se le plantee a inquietante disyuntiva de tener que elegir entre el bien y el mal. Dios refleja la tranquilidad de quien es en sí mismo cumplimiento puro. ¿En qué sentido es entonces Dios libre? En el sentido en que se entiende a Dios como amor. Nos ha creado no con fines pragmáticos, sino porque ha querido. No somos necesarios, sino amados de forma gratuita, libremente.

Eso da lugar a una fuente de tranquilidad: no hay que inquietarse si parece que las cosas (o tal expectativa con esa familia o con ese alumno) no sale adelante, si no responden, porque el hecho de que cada persona sea «imagen de Dios», y el de que Dios cuide de sus hijos los hombres, nos lleva a evitar el pensamiento de que en algún momento nos encontramos abandonados en la inmensidad de los espacios infinitos. «Nos hiciste Señor para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (15) . La frase agustiniana se puede tomar superficialmente como una consideración piadosa para hombres de fe profunda. También se puede entender como lo que es: la descripción breve de un hecho en torno al cual se constituye la tensión dramática de cualquier existencia humana, tensión que provoca las preguntas y la búsqueda que cualquiera –siempre que no haya estropeado definitivamente las condiciones antropológicas del preguntar– lleva a cabo.

El cristiano –y por tanto el educador de convicciones cristianas– juega con la ventaja de la verdad: él cuenta con una respuesta real a las grandes cuestiones, respuesta que además se dice de modo alegre y afirmativo –la Redención–. Pero, por eso mismo, el educador cristiano en primer lugar será un gran defensor de la libertad (del alumno, del padre, del colega), pues parte del contenido de esa verdad, en la medida en que se relaciona con la dignidad de la persona humana, consiste en la obligación de no imponerla, en el respeto a la libertad de las conciencias.

El cristiano no impone la verdad (eso sería fanatismo), sino que procura mostrarla de forma que la belleza de esa verdad deslumbre. Su convicción es que el mensaje que porta resulta atractivo para cualquier corazón que no se conforme con quedarse dormido o atenazado en la casa semivacía del placer o del escepticismo. La verdad produce deslumbramiento, pero por eso mismo no basta presentarla en el discurso teórico, precisa la narración de la propia vida, la encarnación de la verdad en la existencia, la honradez, la paciencia, la alegría, del maestro. La verdad no es rutina y bostezo, sino fuente de creatividad y audacia.

6– Conclusión Educar en la verdad. ¿Existe una verdad de la plástica, del dibujo técnico, de las ecuaciones diferenciales o del deporte? No lo sé. Existe un estilo de vida que acompaña a todo procedimiento; existe la posibilidad de «educar en la búsqueda». ¿Es el fruto de nuestra educación un conjunto de conformistas pasivos, o somos capaces de sembrar inquietudes? Dicho de otro modo, ¿aportamos horizontes de sentido y contenidos a su vocación profesional e intelectual, o sólo esperan salidas profesionales? La persona es algo más que un profesional de cualquier campo. Es profesional, pero también marido, padre, amigo, pagador de impuestos, enfermo, parado, huérfano o hijo de padres que están enfermos o que ya son ancianos. La formación va más allá de la facultad universitaria, del aula de bachillerato o del ciclo formativo. Va más allá del éxito inmediato. Por eso mismo, la tarea del educador trasciende (y mucho) las paredes del aula.

Motivación y esfuerzo: lo primero es un reto, lo segundo una necesidad. O quizás sea a la inversa. O quizás resultan retadoras y necesarias ambas cosas. O además de todo eso necesitemos mucho más: ¿qué? No sé, es posible que la existencia de un proyecto como Attendis signifique ya por sí misma la realización de ese milagro que es la educación: en ella no se puede avanzar sólo. Los alumnos, los padres, los profesores, forman un todo; y a la vez deben integrarse en un proyecto más amplio. Probablemente Attendis signifique una respuesta eficaz a tal inquietud. Aunque, evidentemente, se trata de una respuesta que nunca va a estar del todo dada, que siempre estarán formulando los padres, los profesores y, en media proporcional, los alumnos que sean parte de estos colegios.

(1) W. Jaeger, Paideia. Los ideales de la formación clásica, FCE, México 1973. (2) C. Naval, Educar ciudadanos. La polémica liberal–comunitarista en educación, Eunsa, Pamplona 1995. (3) Cf. J. Aranguren, Resistir en el bien. Razones de la virtud de la fortaleza en Santo Tomás de Aquino, Eunsa, Pamplona 2000, pp. 228-231. (4) Tomo estas ideas de Francisco Altarejos. Cf. R. Guardini, Las etapas de la vida, Palabra, Madrid 1998. (5) H. G. Gadamer, Verdad y Método I, Sígueme, Salamanca 1997, pp. 38–48. Los entrecomillados que siguen los saco de esas páginas. (6) J. A. Marina, El laberinto sentimental, Anagrama, Madrid 1999, p. 46. (7) Cf. H. G. Gadamer, o.c., pp. 66-68. (8) Cf. J. Aranguren, Antropología filosófica. Una reflexión sobre el carácter excéntrico de lo humano, McGraw-Hill, Madrid 2003, capítulo 3, en prensa. (9) H. Arendt, La condición humana, Paidos, Barcelona 1994, p. 202. (10) Cf. S. Agustín, Sermón 169. (11) Cf. R. Pomar, Gaztelueta, un estilo educativo, Fundación Gaztelueta, Bilbao 1998.

Por ejemplo, en la preparación de actividades extracurriculares: teatro, festivales, visitas culturales o conversaciones más allá del estadillo de preceptuaciones. (12) Algo así muestran los estudios de H. Harlow, tal y como cuenta S. Zeki, Una visión del cerebro, Ariel, Barcelona, 1997, pp. 245 ss. (14) Quizás también lo sean el desarrollo de la carrera profesional y la posibilidad de contabilizar méritos y cobrar algo en variable. Aunque, ¿cómo medir eso sin convertir los centros educativos en nuevas jaulas de competencia? (15) San Agustín, Confesiones, 1, 1.

José Ramón Ayllón, “Nietzsche”

Existe un feroz dragón llamado “tú debes”, pero contra él arroja el superhombre las palabras “yo quiero”.
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José Ramón Ayllón, “Sigmund Freud”

Hemos de hacer de la teoría sexual un dogma, una fortaleza inexpugnable.
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Enrique Rojas, “¿Cómo es una personalidad inmadura?”, ABC, 19.II.05

La personalidad es la suma total de las pautas de conducta actuales y potenciales determinadas por tres notas: la herencia (el equipaje genético, lo que recibimos de nuestros padres), el ambiente (el entorno) y la experiencia de la vida (la biografía de cada uno). La personalidad es el sello propio y específico de cada uno. La tarjeta de visita. Dicho en otros términos, la personalidad es una organización dinámica, en movimiento, en donde confluyen los aspectos físicos, psicológicos, sociales y culturales de un individuo. Los psiquiatras nos dedicamos a la ingeniería de la conducta. Somos perforadores de superficies psicológicas, intentamos ahondar en la mecánica interna del comportamiento, para corregirlo, mejorarlo, hacerlo más equilibrado.

La inmadurez significa una persona a medio hacer, que da lugar a una psicología incipiente, incompleta, que no está bien terminada y que tiene muchos flecos negativos, pero que puede cambiar y mejorar y hacerse mas sólida, con la ayuda de un psiquiatra o de un psicólogo.

Voy a intentar sistematizar sus principales ingredientes en este decálogo, para que el lector pueda adentrarse en la frondosidad de lo que ahí reside. Los síntomas son los siguientes: 1) Desfase entre la edad cronológica y la edad mental: esta es una de las manifestaciones que más llama la atención de entrada, en una primera aproximación. No olvidemos que hay gente de maduración tardía y otra de maduración temprana, y esto le da un carácter ligeramente distinto a esta observación.

2) Desconocimiento de uno mismo: ésta era una de las normas del héroe griego. En el templo de Apolo, en Grecia, había en el frontispicio de la entrada una inscripción que decía así: «Nosci se autom», conócete a ti mismo. Se trata de tener claro que la asignatura más importante de cada persona es uno mismo, lo que quiere decir saber las actitudes y las limitaciones que uno tiene. Ambas son como el cuaderno de bitácora que nos ayuda a una navegación por la vida adecuada.

3) Inestabilidad emocional: que se expresa mediante cambios en el estado de ánimo, pasando de la euforia a la melancolía y esto de un día para otro o dentro de un mismo día. Esto hay que diferenciarlo claramente de las llamadas depresiones bipolares. El inmaduro es desigual, variable, irregular, sus sentimientos se mueven y bambolean de forma pendular, lo que hace que nunca pueda uno saber qué va a encontrar en el otro. Esa fragilidad mudable es una nota muy característica. Su estado de ánimo se expresa a través de unos dientes de sierra, una especie de montaña rusa, en donde las oscilaciones son muy frecuentes.

4) Poca o nula responsabilidad; la inmadurez tiene niveles, lo mismo que sucede con cualquier hecho psicológico. Esta palabra procede del latín «respondere», que significa: contestar, prometer, satisfacer. Estar en la realidad es conocer el hoy-ahora de uno mismo sin ningunearse y sin creerse uno más que nadie.

5) Mala o nula percepción de la realidad: la captación incorrecta de sí mismo y del entorno que le rodea le lleva a tener una conducta desadaptada tanto intrapersonal (disarmonía consigo mismo) como interpersonal (inadecuado contacto con los demás, no sabiendo medir las distancias ni las cercanías).

6) Ausencia de un proyecto de vida: la vida no se improvisa. Necesita una cierta organización, un esquema que diseñe el porvenir. Los tres grandes argumentos de éste son: amor, trabajo y cultura. En ninguno de ellos ha calado con profundidad. No se puede vivir sin amor, el amor debe ser el primer argumento de la vida, que da vida y fuerza a los demás. Del cumplimiento de estos tres grandes temas brota la felicidad, suma y compendio de una coherencia de vida donde los tres tienen una enorme importancia.

7) Falta de madurez afectiva: entender qué es, en qué consiste y cómo vertebra nuestra vida sentimental. Por amor tiene sentido la vida. Pero no hay amor sin renuncias. Y al mismo tiempo saber que nadie puede ser absoluto para otro. El amor eterno no existe; se da en las películas, en las canciones de moda y en las personas poco maduras. Lo que sí existe es el amor trabajado día a día. Amar no significa tener dulces sentimientos, sino volcarse con el otro en las pequeñas cosas de cada día. En mi libro Quién eres, describo la madurez afectiva como una modalidad aparte, con perfiles propios y específicos. Ahí solamente subrayaría ¡que fácil es enamorarse y qué complejo mantenerse enamorado. Hoy se ha producido en este campo una auténtica socialización de la madurez sentimental.

8) Falta de madurez intelectual: la inteligencia es otra de las grandes herramientas de la psicología, junto con la afectividad. Hay muchas variedades de inteligencia: teórica, práctica, social, analítica, sintética, discursiva, matemática, analógica, intuitiva y reflexiva… Pero para quedarnos con una idea clara: una persona es inteligente cuando sabe centrar un tema, haciendo razonamientos y juicios de la realidad adecuados, siendo capaz de elaborar un conjunto de soluciones asequibles y positivas que permitan resolver problemas concretos. Dicho en términos más modernos de la psicología cognitiva: inteligencia es saber recibir información, codificarla y ordenarla de forma correcta y ofrecer respuestas válidas, coherentes y eficaces. Aquí las manifestaciones de la inmadurez se expresan de forma rica y variada. Falta de visión y de planificación del futuro. Hipertrofia del presente, una exaltación del instante. No hay crecimiento en los análisis personales y generales, con poca o nula justeza de juicio. Serias dificultades para racionalizar los hechos y aplicar un cierto espíritu cartesiano. La vida es como un viaje, por eso es importante saber a dónde uno quiere ir.

9) Poca educación de la voluntad: la voluntad es una joya que adorna la personalidad del hombre maduro. Cuando es frágil y no está templada en una lucha perseverante, convierte a ese sujeto en alguien débil, blando, voluble, caprichoso, incapaz de ponerse objetivos concretos, ya que todos se desvanecen ante el primer estímulo que llega de fuera y le hace abandonar la tarea que iba a tener entre manos. Es la imagen del niño mimado que tanta pena produce; traído y llevado y tiranizado por lo que le apetece, por lo que le pide el cuerpo en ese momento. Que no sabe decir que no, ni renunciar. Alguien echado a perder, consentido, malcriado, estropeado por cualquier exigencia seria, que no doblará el cabo de sus propias posibilidades. Un ser que ha aprendido a no vencerse, sino a seguir sus impulsos inmediatos. Por ese derrotero se ha ido convirtiendo en voluble, inconstante, ligero, superficial, frívolo, que se entusiasma fácilmente con algo, para abandonarlo cuando las cosas se tornan mínimamente difíciles.

Esto trae consigo otros datos: baja tolerancia a las frustraciones, ser mal perdedor, ya que tiene poca capacidad para remontar las adversidades, pues no está acostumbrado a vencerse en casi nada; tendencia a refugiarse en un mundo fantástico, para alejarse de la realidad.

10) Criterios morales y éticos inestables: la moral es el arte de vivir con dignidad; el arte de usar de forma correcta la libertad, conocer y poner en práctica lo que es bueno. En la persona inmadura todo está cogido por alfileres y fácilmente se deshilacha y se rompe. La moda, la permisividad, el relativismo son pautas vertebrales básicas, sigue los vaivenes de lo último a lo que se apunta todo el mundo sin ningún espíritu crítico.

La madurez es uno de los puentes levadizos que lleva a la fortaleza de la felicidad, y es el resultado de un trabajo esforzado, serio, paciente, de quitar y añadir, de pulir, de limar, de intentar que nuestra forma de ser sea como una piedra de canto rodado de esas que vemos en los ríos y que casi no tienen aristas.

Jaime Nubiola, “El trabajo de sonreír”, La Gaceta de los Negocios, 20.II.06

¡Cuánto apreciamos todos, la sonrisa amable de las personas y cuántas veces nos resistimos a sonreír! Resulta un tanto enigmático que gustándonos tanto a todos el que nos atiendan con una sonrisa seamos tan roñosos a veces para sonreír a quienes solicitan nuestra atención. Los medios de comunicación presentan de ordinario rostros violentos, airados o doloridos que nos conmueven, y cuando ponen ante nuestros ojos caras sonrientes tendemos a menudo a considerarlas falsas y forzadas —”de circunstancias”, decimos— porque pensamos que con su talante amable buscan el propio interés o simplemente la eficacia. De modo semejante, nos parece increíble que alguien pueda acogernos con una sonrisa afectuosa aun sin conocernos y, sin embargo, todos tenemos la maravillosa experiencia de aquella sonrisa a primera hora de la mañana que logró cambiar nuestro día.

Es una pena minusvalorar la sonrisa, pues es uno de los rasgos más típicos del ser humano. Ludwig Wittgenstein —para muchos el filósofo más profundo del siglo XX— anotaba incidentalmente en un oscuro pasaje de las Philosophical Investigations que “una boca sonriente sonríe sólo en un rostro humano”. Con estas palabras Wittgenstein afirma que para sonreír hace falta un rostro humano que otorgue significado a la sonrisa, pero quizá sugiere también que un rostro es plenamente humano cuando sonríe. Ya los escolásticos medievales advirtieron que la capacidad de sonreír era un accidente propio de los seres humanos, era una propiedad derivada necesariamente de su esencia. Omnis homo risibilis est, decían; todo hombre es capaz de reír. Tomarse el trabajo de sonreír es un modo aparentemente sencillo en el que cada uno puede hacer un poco más humano este mundo nuestro y hacer así también más humana su propia vida.

Para entender esto un poco mejor viene bien recordar la ontogenia de la sonrisa, su manera originaria de desarrollarse en el niño. Según dicen los expertos en desarrollo infantil, el reflejo espontáneo en el arco bucal del bebé satisfecho induce a la madre a pensar que su hijo le está sonriendo. La madre, emocionada al descubrir aquella aparente sonrisa de su bebé, le premia con achuchones afectuosos. El niño, entusiasmado a su vez ante esas oleadas de ternura efusiva, le corresponde imitando la expresión del rostro materno con una sonrisa cada vez más franca y abierta. Este singular proceso educativo muestra que la sonrisa no es un mero reflejo espontáneo del placer, sino que, sobre todo, es una valiosa conducta comunicativa.

Esta semana pasó a visitarme una doctoranda con su hija Carmen de poco más de un año. Le dimos a la niña un juguete sencillo para que se entretuviera mientras su madre y yo hablábamos de filosofía. En un momento de la conversación en el que nos reíamos abiertamente de una broma filosófica, Carmen se unió entusiasmada a nuestra risa como si hubiera entendido algo. Con aquella risa espontánea nos dio una verdadera lección de filosofía: reír juntos, sonreírnos unos a otros, crea unos formidables espacios de comunicación.

Sonreír es reconocer al otro como persona: sonrío al bedel al entrar en el edificio en el que trabajo, pero no a la fotocopiadora que está en el pasillo. Hay personas a las que la sonrisa parece serles natural. Me viene a la memoria aquella sonrisa maravillosa de Juan Pablo I que en los breves días de su pontificado llenó de esperanza al mundo. Pero puede leerse en el libro suyo Ilustrísimos Señores, escrito unos pocos años antes: “Desgraciadamente sólo puedo vivir y repartir amor en la calderilla de la vida cotidiana. Jamás he tenido que salir huyendo de alguien que quisiera matarme. Pero sí existe quien pone el televisor demasiado alto, quien hace ruido o simplemente es un maleducado. En cualquiera de esos casos es preciso comprenderlo, mantener la calma y sonreír. En ello consistirá el verdadero amor sin retórica”. Todo hace pensar que aquella sonrisa que tan natural parecía era fruto de un prolongado esfuerzo de muchos años. Algo parecido me contaba un colega de su experiencia: “Hay temporadas, días, en que es una heroicidad sonreír por lo menos para mí: días en los que no has dormido, en los que no te encuentras física o psicológicamente bien, que tienes preocupaciones u otras ocupaciones en la cabeza que te impiden ponerla en las personas que tienes a tu lado. Si te lo propones consigues dar el pego: “tú siempre tan sonriente, qué bien te va la vida” te dicen. ¡Y cada sonrisa te cuesta un mundo!”.

La sonrisa es siempre muy agradecida. Como la madre con el bebé lactante, quien sonríe cosecha muchas veces la sonrisa y el afecto de los demás. Es muy conocida aquella afirmación de William James, uno de los fundadores de la psicología contemporánea, de que no lloramos porque estamos tristes, sino que estamos tristes porque lloramos. Me parece que algo semejante puede decirse de la sonrisa. De hecho, cuando me encuentro con personas que sufren por su aislamiento, por sus dificultades de comunicación con los demás, suelo invitarles a que se empeñen en sonreír a quienes tienen a su alrededor porque —les digo— no sonreímos porque estamos contentos, sino que más bien estamos contentos porque sonreímos. No importa que en un primer momento la sonrisa sea forzada o parezca artificiosa, pues con su repetida práctica va calando por dentro hasta que alegra el corazón.

Hay quienes piensan que la guerra es el motor de la historia humana, que el conflicto y la confrontación son el motor del progreso social y científico. Lo que Benedicto XVI viene a recordarnos con su encíclica es precisamente que el motor de la historia —si es que la historia tiene motor— es el amor, el diálogo y la comunicación entre las personas y los pueblos. Lo que nos enseña es que cambiaremos el mundo a base de cariño. En este sentido, ponerse a sonreír es comenzar a cambiar el mundo, porque significa poner el amor —y no el egoísmo o el propio interés— en el centro de la vida humana. Por eso para comenzar a cambiar el mundo merece la pena tomarse en serio el trabajo de sonreír.

José Ramón Ayllón, “La buena vida”, PUP, 30.XII.00

¿Se puede decir que le ética busca la buena vida? Pienso que sí. Por definición, la ética es el arte de vivir, de optimizar nuestra conducta. Pero el lector querrá saber si existe una fórmula para lograr la buena vida. La respuesta es que existen varias. Sabemos que el fuego quema, el agua moja y las vacas dan leche. De forma similar, el hombre está sometido a ciertas condiciones objetivas que no son negociables: tiene ojos para ver, piernas para caminar, pulmones para respirar… Respecto a la conducta humana, también existen unos ingredientes fijos y unas cuantas recetas acreditadas. Entre los ingredientes con los que siempre hay que contar están los afectos, la amistad y el amor, la conciencia moral, el placer, la vida familiar y social, la libertad y la responsabilidad. Respecto a las mejores recetas, las mejores han sido propuestas por los clásicos, al menos desde que Homero presentó en Ulises el primer diseño de una conducta esforzada e inteligente. Desde que Sócrates habló de la virtud y de la muerte. Desde que Platón interpretó el misterio del amor. Desde que Aristóteles dibujó los perfiles y matices de la amistad y la felicidad. Desde que Epicuro señaló los límites razonables del placer. Desde que Séneca defendió con su pluma la dignidad humana.

¿Son los placeres el secreto de la buena vida? Así lo han pensado muchos desde antiguo, porque el placer es uno de los resortes principales de la conducta humana. Pero también sabemos que es necesaria una gestión racional del placer, porque su abuso pasa siempre factura. A principios de este año, un Magazine de El Mundo dedicaba un amplio reportaje a la fiebre consumista de las navidades. Llevaba por título “Consumidos por el consumo”, y decía textualmente que “la clave frente al ambiente consumista es el autocontrol”. Ese autocontrol es lo que, desde los griegos, conocemos por moderación o templanza, una de las cuatro virtudes básicas que Platón explicó en el inovidable mito del carro alado.

Si las recetas mencionadas no se ponen más en práctica no es porque sean complicadas. El problema es que cuestan esfuerzo, pues el ser humano no realiza el bien de forma espontánea, como las plantas realizan la función clorofílica. Esa dificultad la expresa muy bien el emperador Marco Aurelio, cuando dice que “la vida se parece más a la lucha que a la danza”, y cuando pasa revista a las excusas que ponemos para no esforzarnos: “Cosas que dependen por entero de ti: la sinceridad, la dignidad, la resistencia al dolor, el rechazo de los placeres, la aceptación del destino, la necesidad de poco, la benevolencia, la libertad, la sencillez, la seriedad, la magnanimidad. Observa cuántas cosas puedes ya conseguir sin pretexto de incapacidad natural o ineptitud, y por desgracia permaneces por debajo de tus posibilidades voluntariamente. ¿Es que te ves obligado a murmurar, a ser avaro, a adular, a culpar a tu cuerpo, a darle gusto, a ser frívolo y a someter a tu alma a tanta agitación, porque estás defectuosamente constituido? No, por los dioses. Hace tiempo que podías haberte apartado de esos defectos”.

Como el lector puede apreciar, en los clásicos de la ética siempre encontraremos una guía de navegación para la travesía que más nos interesa a todos: la de la vida. Y una interpretación de la existencia humana que supera el actual reduccionismo que quiere ver a los adolescentes como una especie de monos con pantalones, enganchados al hedonismo y cerrados a la trascendencia. Por una larga experiencia sé que la mejor tradición ética puede ser un gran instrumento educativo en las manos de sus profesores.

José Ramón Ayllón es autor de La buena vida (Ediciones Martínez Roca, 2000)