Alfonso Aguiló, “¿Aristóteles o Rousseau?”, Hacer Familia nº 148, 1.VI.2006

Hace casi veinticinco siglos, Aristóteles recomendaba una serie de directrices para la educación moral de los niños, pues de otro modo acabarían convirtiéndose en seres rebeldes e incivilizados. Comparaba esa educación ética con el entrenamiento físico, y explicaba que igual que nos volvemos fuertes y diestros al hacer cosas que requieren fuerza y destreza, también nos volvemos buenos al realizar acciones buenas. Habituarse a un buen comportamiento nos hace ser buenos, y entonces estamos en mejores condiciones de entender las ventajas y las razones de la bondad moral. Ese buen obrar moral sirve de entrenamiento para lograr el control sobre las inercias y malas inclinaciones de nuestra naturaleza y nos hace así seres humanos libres y capaces.

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Alfonso Aguiló, “El riesgo del acomodamiento”, Hacer Familia nº 147, 1.V.2006

Un maestro samurai paseaba por el bosque con su fiel discípulo, cuando vio a lo lejos un sitio de apariencia pobre, y decidió hacer una breve visita a aquel lugar. Al llegar, pudieron comprobar la pobreza de las construcciones y de sus habitantes: un matrimonio y tres hijos, una sencilla casa de madera, vestidos sucios y desgarrados, sin calzado. Preguntaron al padre de familia: “En este lugar no hay posibilidades de trabajo ni de comercio, ¿cómo hacen usted y su familia para sobrevivir aquí?” Aquel hombre calmadamente respondió: “Tenemos una vaquita que nos da varios litros de leche todos los días. Una parte la vendemos o la cambiamos por otros productos en la ciudad vecina y, con el resto, producimos queso, cuajada, etc., para nuestro consumo. Así vamos saliendo adelante.

El sabio agradeció la información, contempló el lugar por un momento más, luego se despidió y se fue. Siguieron su camino y, un rato después, se volvió hacia su discípulo y le dijo: “Busca esa vaquita, llévala hasta ese cortado y empújala al fondo del barranco.” El joven, espantado, cuestionó la orden recibida, pues la vaquita era el único medio de subsistencia de aquella pobre familia. Pero ante el silencio absoluto de su maestro, finalmente se dispuso a cumplirla. Empujó la vaquita por el precipicio y la vio morir.

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Julio de la Vega-Hazas, “La veta gnóstica”, Arvo, V.2006

Una conocida fábula de Hans Christian Andersen es la del emperador y el traje invisible. En el reino de un emperador aficionado a los trajes refinados, llegaron un día dos sastres extranjeros, precedidos de gran fama. “El emperador -cuenta Andersen- les concedió una audiencia de inmediato.

– Quiero ver esa famosa tela de la que tanto hablan -exigió el emperador.

– Aún no la hemos tejido. Pero si su majestad nos proporciona una habitación espaciosa, unos telares y ciertos materiales, confeccionaremos para su excelencia esta magnífica tela -dijo uno de los sastres.

– Y nosotros, por supuesto, como regalo, añadiremos la magia -añadió el otro sastre.

– ¿Qué magia? -preguntó el emperador, entusiasmado.

– Nadie que sea perverso o estúpido, que esté en un cargo para el que no sirve o que ocupe un lugar inmerecido en la corte, podrá ver la tela ni el vestido que haremos -comentaron los sastres con ademán de estar contando un secreto importante.

– ¿Es eso cierto? -exclamó el emperador-. ¡Asombroso! ¡Estupendo! Comiencen ya, y, por favor, no escatimen nada. De inmediato haré que les proporcionen los materiales necesarios para elaborar esa tela”.

Los sastres recopilaron así gran cantidad de hilo de oro y piedras preciosas, mientras simulaban estar tejiendo. Los ministros que supervisaban el trabajo no podían ver nada, pero nadie estaba dispuesto a pasar por tonto o por inepto, por lo que daban todo por bueno y así siguió la farsa.

Cuando fue presentada en la corte, nadie veía nada. Pero… “hicieron cara de asombro, no por ver la tela, sino por no verla y, en su confusión, exclamaron: – ¡Magnífica! ¡Realmente magnífica! – Observe su majestad qué espléndidos estampados ¡y qué colores! -decían los cortesanos señalando los telares, creyendo en verdad que los otros veían lo que no podían ver.

¿Qué absurdo es éste?, pensó el emperador. No puedo ver nada. ¡Esto es horrible! ¿Soy un estúpido? ¡Esto es lo peor que me ha ocurrido! Nadie lo debe saber. Aprobaré la tela como sea.

– ¡Oh, es deliciosa, de verdad majestuosa! -dijo el emperador en voz alta, con una sonrisa de satisfacción de oreja a oreja.- ¡Cuenta con mi aprobación!” Así llegamos al gran día de la presentación oficial a todo el reino. Todo el mundo fingía admiración, pues nadie quería pasar por tonto. Hasta que, por fin, un niño de entre la multitud gritó: “¡Pero si está desnudo!”. Al principio, hubo desconcierto, hasta que el sentido común consiguió abrirse paso, y la multitud acabó burlándose del emperador. Quedó en ridículo y se descubrió el timo; tarde, pues los sastres estafadores habían huido con el rico botín.

La fábula es aún más vieja: se recoge en el cuento nº 14 de El Conde Lucanor, escrito en el siglo XIV (con la diferencia de que quienes no lo veían no eran aquí los tontos, sino los hijos ilegítimos). Pone de manifiesto, en todo caso, que la vanidad humana es capaz de pasar por encima del sentido común y aceptar las cosas más descabelladas.

Esto viene a cuento de que, dentro del ámbito de la religión, es una de las claves para entender una constante histórica que ha recibido el nombre de “gnosticismo”. El nombre viene del griego gnosis, que significa “conocimiento” (no se debe confundir con el agnosticismo, pues la “a” como prefijo significa negación: el “no-conocimiento”). Reúne una miriada de círculos esotéricos o sectas que tienen en común afirmar una visión de la auténtica realidad que escapa al conocimiento del vulgo y se reserva para un restringido grupo de privilegiados que puede alcanzar la iluminación necesaria para alcanzar la “gnosis”.

El gnosticismo ha sido una constante histórica: siempre ha habido sectas gnósticas, y siempre han sido religiones minoritarias. Entre sus seguidores han predominado, en contra de lo que pudiera suponerse a primera vista, personas de buena posición social y cultural, como sucedía con los cortesanos de la fábula. Y no puede decirse que haya un origen determinado de este tipo de grupos. Por el contrario, se puede decir que ninguna religión bien establecida se ha librado de algún parasitismo gnóstico. El cristianismo, por supuesto, tampoco. Aparecieron gnósticos tan al principio, que ya hay en el Nuevo Testamento alguna alusión a embaucadores que vienen con extrañas fábulas. Es posible que el descubrimiento reciente de un manuscrito del llamado Evangelio de Judas tenga valor arqueológico, pero desde luego no constituye un hallazgo sorprendente. Ya está mencionado en las obras de San Ireneo, en el siglo III. Es uno más de una larga lista de escritos gnósticos, como el Evangelio de Matías, el Evangelio de Felipe, los Hechos de Pedro, los Hechos de Tomás, el Apocalipsis de Adán, el Evangelio de la verdad, el Tratado de las tres naturalezas y un largo etcétera. Alguno enlaza con gnosticismos judíos anteriores a Cristo. Los argumentos varían, pero siempre hay un denominador común: la Biblia está dirigida al vulgo ignorante, mientras que estos documentos revelan la auténtica verdad, asequible tan sólo a unos privilegiados.

Si nos ceñimos a los gnosticismos de raíz cristiana y a la actualidad, encontramos dos filones de procedencia de sectas gnósticas: Sudamérica (sobre todo Colombia, Venezuela y Brasil) y Europa occidental; a diferencia de lo que sucede con sectas de otros tipos, los Estados Unidos no son aquí muy significativos. De América del Sur -el filón más reciente- vienen cosas como el llamado Movimiento Gnóstico Cristiano Universal, con alguna implantación en España. Lo fundó en 1954 el colombiano Víctor Manuel Gómez, que aseguró ser la última reencarnación de antiguos sabios y se hizo llamar “Venerable Maestro Aun Weor”. Sostenía lo que denominaba “gnosis del Cristo cósmico”: Cristo, que había estudiado en la pirámide de Kefrén y viajado al Tíbet, legó una “liturgia solar” para que quienes tuvieran acceso a ella pudieran pasar del “cuerpo lunar” o molecular al “cuerpo solar” o astral. No falta, como en la fábula, un toque de magia -de dudoso gusto-, que proporciona además la clave oculta para poder entender lo que esconde la narración de los Evangelios. Un típico producto gnóstico.

En el mundo occidental encontramos un mosaico de grupos, que tienen antecedentes en otros similares, en una cadena que se remonta siglos. Esto permite hablar de diversas tradiciones. Entre ellas, destacan dos. La primera es la rosacruciana, nombre que hace alusión al legendario viajero alemán del siglo XIII Christian Rosenkreutz. En la actualidad, la secta de este grupo mejor implantada -España incluida- es AMORC (Antigua y Mística Orden de la Rosa Cruz), fundada en 1915 por el norteamericano -algo poco común- Harvey Spencer Lewis. Presenta una mezcla de contenidos orientales -hinduistas sobre todo-, símbolos del antiguo Egipto y algún elemento de origen cristiano. Su gnosis debe llegar a la Gran Alma Universal, y no falta el elemento mágico, que aquí se llama alquimia espiritual. Como suele ser común, reivindica que fueron rosacrucianos personajes como Leonardo o Newton.

La otra tradición destacable es la templaria, radicada sobre todo en Francia. Sus exponentes tienen en común la pretensión de ser continuadores de los secretos de la antigua Orden Templaria, suprimida en el siglo XIV, cuando su último Gran Maestre, Jacques de Molay, fue injustamente ajusticiado en la hoguera en 1314. Los “secretos” en realidad no tienen nada que ver con los auténticos templarios. En este gran saco, y dependiendo de la miriada de sectas de esta línea -más de quinientas identificadas en Francia en los últimos dos siglos- se pueden encontrar todo tipo de santos griales, tesoros ocultos y revelaciones gnósticas supuestamente conservadas por una minoría iluminada a través de los siglos, sobre Jesús y sus primeros discípulos. Y, por supuesto, también aquí es moneda común decir que Leonardo, Descartes o Newton pertenecían a esa secreta minoría. El análisis de las doctrinas de cada grupo, así como las influencias y trasvases entre ellas o con otras tradiciones, la masonería, etc., nos introduciría en un enrevesado laberinto tan complicado como inútil.

En momentos de escasa libertad religiosa, las sectas gnósticas se encierran en un hermetismo estricto. Pero cuando pueden expresar con más libertad sus ideas, la tentación de mostrarse como seres de conocimiento privilegiado es difícil de resistir. Hay también en este aspecto un paralelismo con la fábula: el emperador tenía ganas de mostrar su maravilloso traje al pueblo. Si el deseo va aderezado con el encanto del misterio y de lo mágico, se convierte fácilmente en un producto comercial. Puede dar lugar a una erudita exposición gnóstica, como ocurrió con el best-seller El retorno de los brujos (de Louis Pauwels y Jacques Bergier) hace cuarenta años; a tratar la fantasía como tal y convertirla en un cómic filmado como es el caso del grial de Indiana Jones; o a una novela aderezada de morbo y con peor idea, como sucede con El Código da Vinci. En un sentido u otro, el gnosticismo siempre ha sido una veta para los buscadores de fantasías.

¿Qué sucede al final con toda esta ilusión gnóstica? Si no se toma en serio, simplemente entretiene, y nada más. Si se toma en serio, la fábula vuelve a ser ilustrativa. Parece que hay un primer momento de mezcla de incertidumbre -¿y si es verdad?-, curiosidad y fascinación. Después acaba por imponerse el sentido común, más propicio a salir de la gente sencilla que de los pretendidamente cultos e inteligentes, más propensos a mantener actitudes postizas por vanidad o miedo a quedar en mala posición. En la Roma del año 150 debía sonar muy moderna la doctrina de Marción -un conocido gnóstico, al que Tertuliano dedica una obra-, según la cual Jesucristo era un “eón” que rescató el mundo del orgulloso Gran Arkhón que adoraban los judíos, pero tardó poco en ser considerada una ridícula fantasía, y hoy nos cuesta entender que todo un Tertuliano le dedicara tanta atención. Hoy ocurrirá lo mismo. Pero hay una última enseñanza extraída de la fábula de Andersen. Cuando todos recuperaron la sensatez, los mágicos sastres causantes de la estafa ya estaban fuera de escena, disfrutando de sus pingües ganancias a costa de los ingenuos que deseaban ser inteligentes a toda costa.

Alfonso Aguiló, “Rana de pozo”, Hacer Familia nº 146, 1.IV.2006

En un pozo profundo vivía una colonia de ranas. Llevaban su vida, tenían sus costumbres, encontraban su alimento y croaban a gusto haciendo resonar las paredes del pozo. Protegidas por su aislamiento, vivían en paz, y sólo tenían que guardarse del cubo que, de vez en cuando, alguien lanzaba desde arriba para sacar agua del fondo del pozo. Daban la alarma en cuanto oían el ruido de la polea, se sumergían bajo el agua, o se apretaban contra la pared, y allí esperaban hasta que el cubo era izado y pasaba el peligro.

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Juan Manuel de Prada, “La fuerza del espíritu”, ABC, 2.IV.2006

Hace ahora un año el universo suspendía la respiración, conmovido ante la noticia: Juan Pablo II había entregado su hálito. Aquel viejo disminuido, tembloroso de parkinson y casi inválido, con la voz adelgazada hasta el susurro había encarnado, mientras duró su estancia entre nosotros, la más bella estampa de la Verdad; y hoy, cuando ya la contempla, se erige en ejemplo para todos los que anhelamos alcanzarla. Aquel hombre, a un tiempo demolido e invicto, que mantenía una lucha encarnizada con su propia decrepitud, llevaba escrito en sus arrugas y cicatrices todo un tratado de teología: Dios mismo lo habitaba, Dios mismo le inspiraba aquella donación sufriente, Dios mismo quería mostrar al mundo a través de aquel Papa dispuesto a morir con las sandalias puestas cuál era la exacta medida del amor cristiano, que se entrega hasta calcinarse. Juan Pablo II, al inmolarse de aquel modo extraordinariamente generoso, quiso como Jesús estar al lado de los que sufren, quiso demostrarnos también que, bajo el barro fragilísimo que modela nuestra envoltura carnal, alienta la piedra del espíritu, que no admite claudicaciones.

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Alfonso Aguiló, “La satisfacción de los deseos”, Hacer Familia 145, 1.III.2006

«Había devorado todo lo que había podido, como un niño goloso, hasta la náusea. Pero tras la saciedad vienen la decepción y la apatía. Un día empezó a sentir un intenso resentimiento, no hacia mí o hacia el mundo, sino porque se había dado cuenta de que en la vida nadie puede competir con sus deseos y salir impune.» Así describe Sándor Márai en una de sus novelas ese fenómeno que a mi juicio está en la raíz de la mayoría de los problemas de convivencia entre las personas. Nuestro egoísmo, que siempre está presente, minando nuestra naturaleza, reclama de continuo la satisfacción de sus deseos. Y esos deseos interfieren con los deseos de los demás. Si no tenemos en cuenta las diferencias con esos deseos de los demás, si no hay un propósito firme de respeto y de ayuda, la convivencia acaba siendo una pugna entre las pretensiones de unos y de otros. La amistad o el amor pueden hacer coincidir inicialmente esos deseos, pero el paso del tiempo tiende a separarlos, y eso hace difícil la convivencia si no hay esfuerzo por superar el egoísmo.

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Juan Manuel de Prada, “El código Dan Brown”, ABC, 4.III.2006

Recuerdo la lectura de «El código Da Vinci» como una experiencia abracadabrante. Creo que se trata de uno de los libros más toscos que nunca hayan caído en mis manos, pero de una tosquedad que no es exactamente pedestre, sino más bien chapucera, casi me atrevería a decir que simpática de tan chapucera. El bueno de Dan Brown no disfrazaba la paparrucha de pedantería, no se preocupaba de maquillar el esquematismo de sus personajes con esos aderezos de pachulí introspectivo que suelen utilizar otros fabricantes más duchos de «best-sellers», no se molestaba en sazonar su peripecia con una mínima dosificación de la verosimilitud, ni siquiera se recataba de repetir hasta la machaconería los mismos trucos efectistas o de introducir con calzador aclaraciones que parecían postular un lector infinitamente lerdo. No, señor. Aquello era un bodrio mondo y lirondo, sin afeites ni disfraces; un bodrio candoroso, risueño, como encantado de haberse conocido. La impresión estupefaciente que me produjo su lectura nunca antes me le había deparado libro alguno; para describirla, tendría que compararla con esa hilaridad lisérgica, entreverada de pasmo y delicioso sonrojo, que me procuran las películas de Ed Wood, donde los ovnis siempre son platos de postre envueltos en papel de aluminio y los actores recitan sus parlamentos como si estuviesen en estado de trance hipnótico. Recuerdo con especial delectación un pasaje de la novela en el que los protagonistas, inmersos en su delirio esotérico-patafísico, se topaban con un mensaje presuntamente críptico que el bueno de Dan Brown reproducía, para que el lector se estrujase las meninges en su dilucidación; el mensaje se veía a la legua que era la imagen invertida que devuelve el espejo de un texto escrito en castellano (o inglés en el original), pero los protagonistas se tiraban algo así como veinte páginas discutiendo si estaría redactado en arameo o sánscrito, ocasión que el bueno de Dan Brown aprovechaba para tirar de erudición Google y colarnos unos tostonazos desquiciados sobre tan venerables y vetustas lenguas, por supuesto regados por doquier de gazapos y disparates históricos. También deambulaba por allí un sicario albino que se nos presentaba como «monje» del Opus Dei (¡vaya calladita que se tenía la Prelatura esta sucursal monástica!); y, en fin, todo tenía en el libro el mismo aire chusco, como de borrachera de anisete espolvoreada de anfetas. Continuar leyendo “Juan Manuel de Prada, “El código Dan Brown”, ABC, 4.III.2006″

Juan Manuel de Prada, “Unos embrioncitos de nada”, ABC, 18.II.2006

Mientras ocupan el debate público asuntos más estrepitosos (y triviales), se aprueba en el Congreso un proyecto de ley de reproducción asistida que ampara, bajo coartadas terapéuticas, la eugenesia y la clonación. Como no podía ocurrir de otra manera en una época desarmada moralmente, la ciencia se erige aquí en instancia suprema e inapelable: «Todo lo que se sabe hacer, se puede hacer», parece ser el lema. Esta mitificación de la ciencia como fuerza salvífica no ha mostrado reparos siquiera en pisotear la dignidad de la vida humana; de este modo, se ha llegado a aceptar la posibilidad execrable de «fabricar» vidas, servirse de ellas como material de experimentación y después destruirlas. Aprovechándose de la ingenuidad o la desesperación de mucha gente que se deja embaucar con falsas esperanzas, la propaganda justifica la perversidad de la clonación terapéutica pregonando que permitirá sanar enfermedades hoy incurables. Y con esta expectativa (que no es sino coartada que se sirve del sufrimiento ajeno), se convierte la vida humana en un producto de laboratorio y se destruyen alegremente unos embrioncitos de nada para extraerles células o tejidos, como si fueran proveedores de piezas de recambio.

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Alfonso Aguiló, “Los derechos de los demás”, Hacer Familia nº 144, 1.II.2006

Abraham Lincoln fue elegido miembro de la Cámara de Representantes del Estado de Illinois en 1834. A pesar de haber nacido en Kentucky, un estado donde se reconocía y ejercía la práctica de la esclavitud, siempre se opuso firmemente a ella. En 1837 fue uno de los dos miembros de la Cámara que firmó una propuesta abolicionista. Elegido miembro del Congreso de los Estados Unidos en 1846, pronto destacó por la formulación de un plan de emancipación gradual en el distrito federal de Columbia.

Al acabar su mandato como congresista federal, en 1849, regresó a Springfield para continuar ejerciendo su profesión como abogado. Pero en 1854, debido a su asombro ante la aprobación de la Ley Kansas-Nebraska, favorable a la esclavitud y promovida por el senador Stephen Arnold Douglas, decidió retornar a la política y se presentó contra él como candidato al Senado Federal, pero fue derrotado.

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Ignacio Aréchaga, “Religión en la escuela”, Aceprensa, 15.II.2006

Alianza de civilizaciones y religión en la escuela. No hay mejor caldo de cultivo para el conflicto que la ignorancia mutua.

La crisis internacional desatada por la publicación de las caricaturas de Mahoma ha revelado que no hay mejor caldo de cultivo para el conflicto que la ignorancia mutua: ignorancia europea de la sensibilidad religiosa islámica, e ignorancia musulmana de la sensibilidad democrática en Europa.

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