Juan Manuel de Prada, “Doctor muerte”, ABC, 14.III.2005

No nos pronunciaremos aquí sobre el escándalo que en estos días sacude un hospital de Leganés. Pero este turbio asunto nos permitirá abordar un aspecto nuclear de la eutanasia que con frecuencia se soslaya, a saber: la relación que se entabla entre el médico y el enfermo. Los defensores de la eutanasia suelen presentarla como un mero acto de voluntad soberana en el que el enfermo determina los confines de su propia existencia. Podemos echarle toda la épica sentimental que deseemos a este presunto ámbito de decisión autónoma del enfermo, mas no por ello dejaremos de falsear la realidad. La eutanasia exige al menos la intervención de dos personas: se trata de una relación intersubjetiva en la que, sin embargo, uno de los sujetos participantes impone su voluntad sobre el otro. Quizá sea este componente asimétrico el que convierte la eutanasia en una relación más que discutible desde una perspectiva estrictamente jurídica: pues, o bien el enfermo se convierte en dueño de la voluntad del médico, reduciéndolo a mero instrumento de su designio, o bien -y esta posibilidad resulta aún más escalofriante- el médico se erige en señor de la vida del enfermo, arrogándose un poder desproporcionado.

En Derecho, las relaciones imponen derechos y deberes correlativos; en la eutanasia, sin embargo, el presunto «derecho a morir» del paciente no genera un deber correlativo en el médico, pues -en esto convendremos todos, incluso los más acérrimos defensores de la eutanasia- nadie puede ser obligado por un «deber de matar». Pero la naturaleza viciada de esta peculiar relación que se entabla en la eutanasia se hace todavía más notoria, más insoportablemente notoria, cuando el médico suplanta la voluntad del paciente. La intervención del médico en casos de eutanasia es siempre valorativa; y, del mismo modo que en la emisión de un diagnóstico el médico puede cometer errores, puede confundirse en la valoración de una enfermedad que juzga incurable. Los motivos de esa valoración errónea son diversos: el médico, en el desenvolvimiento de su trabajo, está sometido con frecuencia a presiones insuperables (falta de camas, necesidad perentoria de órganos para trasplantes, etcétera), pero además pueden actuar sobre su decisión razonamientos equívocos de índole ideológica, filosófica o humanitaria (máxime ahora, cuando la eutanasia se ha convertido en una medalla de santidad laica). No olvidemos que el célebre Doctor Muerte mataba a sus pacientes convencido de que les administraba un piadoso viático.

Cuando se somete a escrutinio jurídico y moral la eutanasia, sus defensores suelen partir de una situación ideal -el enfermo, en pleno uso de sus facultades mentales, demanda la muerte- que no suele producirse en la realidad. A la postre, en la mayoría de los casos de eutanasia el enfermo carece de voluntad, o, si la posee, está muy gravemente viciada: a veces, confunde el sufrimiento con el deseo de morir; a veces, solicita la muerte convencido de que si sigue viviendo se convertirá en una rémora para su familia; y a veces, incluso, ni siquiera puede expresar su voluntad, dada la postración en que se halla. La existencia de un «testamento vital» tampoco soluciona nada, pues no podemos presumir que el deseo de morir que el enfermo expresó estando lúcido no lo haya rectificado -sin haberlo podido verbalizar- durante el estado de conciencia latente al que lo ha conducido la enfermedad.

No creo que nadie defienda la eutanasia involuntaria. Sin embargo, la experiencia demuestra que, en la relación que se entabla entre médico y paciente, una de las partes intervinientes es reducida en la mayoría de las ocasiones a mero objeto sin voluntad. ¿Puede el Derecho amparar esta relación?

Juan Manuel de Prada, “Compadecerse del Papa”, ABC, 26.II.2005

Cuando se reclama la renuncia del Papa suelen invocarse razones de compasión. Su deterioro físico promueve lástima; y esa lástima impulsa a algunos a solicitar que se ahorren padecimientos a un viejo que, a cada día que pasa, incorpora nuevos achaques a su profuso historial clínico. Al menos, retirado de su ministerio -se afirma-, podrá consumir sus postrimerías más apaciblemente. Esta argumentación adolece, sin embargo, de incongruencia: pues compadecer el sufrimiento de alguien no consiste en lamentarlo, sino, sobre todo -como la propia etimología de la palabra indica-, en comprenderlo, en hacerse partícipe de ese sufrimiento. Para llegar a sentir verdadera compasión hemos de meternos en el pellejo del que sufre; compadecer desde la lejanía quizá sea una coartada que nos sirva para posar de solidarios ante la galería, pero es una actitud en sí misma falsorra, una contradictio in terminis. Visto desde fuera, el sufrimiento del Papa puede antojársenos inútil, estéril, absolutamente ininteligible; y entonces, para descifrarlo, hemos de recurrir a explicaciones que no penetran su verdadera naturaleza; explicaciones que suelen quedarse en la cáscara -la ostentosa decrepitud de un anciano aferrado patéticamente al cargo- y que, por lo tanto, se aderezan con una munición de mentecateces de diverso pelaje: que si el Papa es rehén de sus validos, temerosos de ser relegados si su valedor los abandona; que si el Papa está dispuesto a alargar con su agonía la agonía de la Iglesia; que si oscuros pero poderosísimos grupúsculos integristas lo obligan a seguir en la brecha para afianzar y extender su influencia, etcétera, etcétera.

En todas estas explicaciones subyace un fondo de incomprensión (de falta de compasión) hacia el significado último de tanto sufrimiento. La banalidad contemporánea no puede -o no quiere- admitir que el Papa desempeña una misión espiritual en la cual el dolor forma parte de una encomienda divina. Sólo así resulta inteligible su resistencia. El Papa, como hombre mortal que es, estaría encantado de recoger el petate y retirarse a una villa campestre, atendido por una legión de chambelanes solícitos; pero antepone su misión sobre los achaques de la carne, porque esa misión la inspira una fuerza más poderosa que el declinar de su naturaleza. No creo que ni siquiera sea necesario creer en Dios para comprender esa perseverancia en el sacrificio; basta con entender que existen vocaciones que enaltecen el barro con el que estamos fabricados. A la postre, la resistencia agónica del Papa al dolor es un caso notorio de supremacía del espíritu; pero quizá una época empeñada en acallar o negar el espíritu no pueda compadecer ese gesto.

El Papa titulaba uno de sus libros más recientes con las palabras que Jesús dirigía a sus discípulos dormilones en el huerto de Getsemaní: «¡Levantaos! ¡Vamos!». La comprensión cabal del Papado de Juan Pablo II exige que nos detengamos en la lectura de este pasaje evangélico, donde nos enfrentamos a la naturaleza rabiosamente humana de Jesús, angustiado ante la proximidad de la cruz. Como Jesús, el Papa preferiría apartar de sí el cáliz de dolor que se le tiende; pero, aunque su alma está «triste hasta la muerte» -como reconocía Jesús, mientras sudaba sangre-, entiende que su voluntad no cuenta, que existe otra voluntad suprema a la que debe obedecer, aunque al acatar ese mandato sepa que está inmolándose. En esa inmolación generosa en la que el hombre entrega su hálito por mejor servir la misión que le ha sido encomendada reside el misterio de la fe; en esa comprensión del hombre como recipiente de misiones que exceden su mera envoltura carnal se cifra la epopeya interior de Juan Pablo II.

Compadezcámoslo desde dentro, respirando por su misma herida luminosa.

Juan Manuel de Prada, “Desvaríos antirreligiosos”, ABC, 21.II.2005

La vida pública española empieza a registrar episodios de desvarío antirreligioso (o, más estrictamente, anticatólico) que computaríamos como manifestaciones de cierta vocación esperpéntica muy típicamente autóctona si no fuera porque la experiencia histórica nos enseña que tales intemperancias suelen acabar como el rosario de la aurora. El llamado Consejo Escolar de Estado acaba de evacuar un documento (que imaginamos salpicado de espumarajos) en el que se exhorta al Gobierno a «derogar» el Acuerdo entre el Estado español y la Santa Sede sobre Enseñanza y Asuntos Culturales, por considerarlo contrario a la Constitución. La razón que invoca este cónclave de lumbreras y cráneos privilegiados hace palidecer las astucias de Licurgo: en dicho Acuerdo, se especifica que, «en todo caso, la educación que se imparta en los centros docentes públicos será respetuosa con los valores de la ética cristiana», extremo que a estos andobas se les antoja de una inconstitucionalidad que te cagas. El cerrilismo de la petición lo delata su formulación misma, que desconoce la naturaleza jurídica de los tratados internacionales, al reclamar su «derogación», en lugar de su denuncia. Pero quizá reclamar precisiones terminológicas tan finas a estos andobas sea como pedir peras al olmo.

Suele ocurrir que quien se llena la boca con la Constitución sólo desea hacer gárgaras con ella, para luego escupirla, convertida en un gargajo irreconocible. A los andobas del Consejo Escolar se les antoja inconstitucional que la educación impartida en los centros docentes sea respetuosa con los valores de la ética cristiana. Pero el Acuerdo entre el Estado Español y la Santa Sede no afirma que dichos centros deban comulgar con estos valores, ni asumirlos como propios, sino tan sólo respetarlos. ¿Acaso la garantía de la libertad religiosa no exige el respeto de las creencias de cada individuo? La educación impartida en centros docentes públicos ha de ser igualmente respetuosa con los valores de cualquier ética, sea cristiana o budista, siempre que no atenten contra los derechos del hombre, la convivencia democrática o el orden público; eventualidades que, desde luego, los valores de la ética cristiana no promueven.

Llama poderosamente la atención (y desenmascara a los andobas del Consejo Escolar) que, en una época que predica la tolerancia a troche y moche, se puedan proferir impunemente estas bestialidades. Salvo que aceptemos que la tan cacareada tolerancia es en realidad la coartada con que se disfraza la persecución; pues lo que los andobas del Consejo Escolar preconizan no es sino la «derogación» de la libertad de conciencia, o, mejor dicho, de determinadas conciencias. En su obcecamiento, no vacilan en retozar por los andurriales de la ilegalidad; y así, en su documento solicitan que los profesores de religión sean excluidos del claustro y que su asignatura se imparta fuera del horario escolar, en flagrante discriminación de los alumnos que opten por cursarla. A nadie se le escapa -salvo que las anteojeras del dogmatismo cieguen su ecuanimidad- que dicho documento ha sido inspirado por un resentimiento que sólo admite una explicación patológica. Cada cual es muy libre de alimentar las pasiones más mezquinas; menos comprensible resulta que el Estado erija a quienes las instigan en consejeros de su política educativa.

Hubo en Grecia un andoba -cuyo nombre omitiremos, para humillar su afán de notoriedad- que quiso inmortalizar su nombre prendiendo fuego al templo de Artemisa. La ajetreada historia de España se ha significado siempre por desdeñar las enseñanzas de la Antigüedad: aquí, en lugar de ningunear a los andobas que disfrutan quemando templos, se les concede púlpito y predicamento.

Alfonso Aguiló, “Invertir en futuro”, Hacer Familia nº 132, 1.II.2005

Un hombre estaba perdido en el desierto. Parecía condenado a morir de sed. Por suerte, llegó a una vieja cabaña destartalada, sin techo ni ventanas. Merodeó un poco alrededor hasta que encontró una pequeña sombra donde pudo acomodarse y protegerse un poco del sol. Mirando mejor, distinguió en el interior de la cabaña una antigua bomba de agua, bastante oxidada. Se arrastró hasta ella, agarró la manivela y comenzó a bombear, a bombear con todas sus fuerzas, pero de allí no salía nada. Desilusionado, se recostó contra la pared sumido en una profunda tristeza. Entonces notó que a su lado había una botella. Limpió el polvo que la cubría, y pudo leer un mensaje escrito sobre ella: “Utilice toda el agua que contiene esta botella para cebar la bomba del pozo. Después, haga el favor de llenarla de nuevo antes de marchar”.

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Juan Manuel de Prada, “La fe como provocación contra la doctrina imperante”, Zenit, 4.II.2005

Juan Manuel de Prada, uno de los autores escritores más jóvenes y galardonados de España, confiesa que redescubrió el cristianismo como «provocación» ante «la doctrina imperante». Nacido en Baracaldo (Vizcaya) en 1970, ganó el premio Planeta de 1997 con «La tempestad», el premio Primavera de Novela de 2003 y el premio Nacional de Literatura 2004 en la modalidad de Narrativa con «La vida invisible». Su labor como articulista le ha hecho merecedor de los premios Julio Camba, el de Periodismo de la Fundación Independiente, el José María Pemán y el González Ruano. En esta entrevista concedida a la agencia Veritas explica cómo ha descubierto a Dios y cómo ha interiorizado su adhesión a la propuesta cristiana.

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José María Martín Patino, “La religión en la escuela pública”, El País, 31.I.2005

Creo que es un error plantear, en términos de estricta confesionalidad, el debate sobre la enseñanza de la religión en la escuela pública. El Estado español es aconfesional, no confesante, y por tanto neutral ante lo religioso. Este carácter del Estado y la naturaleza de la escuela deben situarse en el centro del debate. Ni siquiera la espiritualidad y la vida interior de las personas deben reducirse a la cuestión confesional. El libro verde del MEC, Propuestas para un debate, en el capítulo ‘Los valores y la formación ciudadana’, en el número 10, dedicado a La enseñanza de las religiones, presenta la novedad de ofrecer dos formas de entender esta asignatura. Una general, a la cual deben acceder todos los alumnos y tener carácter común, que debe ayudar a la comprensión de las claves culturales de la sociedad española mediante el conocimiento de la historia de las religiones y de los conflictos ideológicos, políticos y sociales que en torno al hecho religioso se han producido a lo largo de la historia… Otra dimensión de la enseñanza de las religiones se refiere a sus respectivos aspectos confesionales. La obligación que tiene el Estado de ofrecer enseñanza religiosa en las escuelas deriva de los acuerdos suscritos con la Santa Sede y con otras confesiones religiosas.

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Juan Manuel de Prada, “El chollo ideológico de la izquierda”, ABC, 31.I.2005

Resulta muy remunerador para el espíritu comprobar que el mundo conmemora la liberación de Auschwitz y execra la barbarie nazi. Resulta consolador que nuestros jóvenes posean un conocimiento nítido y accesible del holocausto judío. Me pregunto, sin embargo, si los jóvenes que han asimilado el nombre de Auschwitz como emblema del horror han oído mencionar alguna vez en su vida los nombres de Vorkutá o Solovetski. Me pregunto si poseen alguna mínima noción sobre el gulag que arrasó millones de vidas. ¿Por qué la mortandad desatada por el nazismo ocupa un capítulo medular en el libro de la memoria colectiva, mientras la mortandad promovida por el comunismo -mucho más abultada, por cierto- apenas representa una nota a pie de página? ¿Hemos de entender que la consideración que nos merecen las matanzas debe ser distinta, según el signo de la ideología que las aliente? Esta asimilación de un maniqueísmo perverso no afecta tan sólo a acontecimientos pretéritos. Reparemos, por ejemplo, en la muy diversa consideración que inspiran dos personajes contemporáneos en las postrimerías de su existencia, Pinochet y Castro. Ambos instauraron en sus respectivos países dictaduras repugnantes, crudelísimas, cimentadas con una argamasa de sangre: el primero -menciono esto sin propósito atenuante, más bien con un propósito agravante dirigido hacia el segundo- auspició sin embargo la recuperación económica de su país (pero ni todo el oro del mundo vale por una vida) y cedió al empuje democrático; el segundo se ha propuesto morir en la poltrona, dejando tras de sí un pueblo hundido en la miseria, donde las muchachas se prostituyen a cambio de una pastilla de jabón. Pinochet padece, en su senectud de viejo baboso, un hostigamiento que, desde luego, no bastará para resarcir todo el mal que causó; Castro, en cambio, se pavonea y recibe -como acaba de escribir Vaclav Havel- el «servil homenaje» de los Gobiernos europeos, que -a requerimiento del español- dejarán de invitar a las recepciones de sus embajadas en La Habana a disidentes del régimen.

Descendiendo al ámbito doméstico, también apreciaremos la existencia de un doble rasero en la calificación de las conductas. Si un ministro socialista es vituperado en una manifestación, enseguida aceptaremos que sus vituperadores son una patulea de derechistas extremos, fanáticos, fascistoides y no sé cuántas lindezas más; por supuesto, nadie pensará que los vituperios son fruto espontáneo de la calentura o la exaltación del momento, sino instigados desde instancias políticas a las que de inmediato se trasladará la responsabilidad. Naturalmente, si dichas instancias políticas no se apresuran a condenar los vituperios, se entenderá que los aplauden; y, aunque lo hagan, se entenderá que se trata de una condena meramente formal. En cambio, a un ministro conservador se le puede vituperar, zarandear y hasta propinar algún mojicón sin que nadie se sienta comprometido, incluso se podrán apedrear o incendiar las sedes de su partido sin que nadie se rasgue las vestiduras, pues tales muestras de encono se reputarán veniales, incluso benéficas, ya que la derecha tiene muchas culpas que purgar; por supuesto, aunque desde las instancias políticas de izquierda no se condenen tales violencias, nadie se atreverá a acusarlas de connivencia. La izquierda ha conseguido investirse de una suerte de impunidad moral; o, si se prefiere, ha logrado trasladar sobre su adversario político una conciencia de pecado original, una «culpa ontológica» que nunca logrará redimir, por mucho que se empeñe. La izquierda, entre tanto, aparece ante nuestros ojos ungida y preservada de culpa: a este chocante y universal embuste lo denominaremos desde hoy «el chollo ideológico».

Juan Manuel de Prada, “Las ideas de la Iglesia”, ABC, 22.I.2005

Escribía Chesterton que el catolicismo es «la única religión que libera al hombre de la degradante esclavitud de ser un hijo de nuestro tiempo». Quienes acusan a la Iglesia de no acomodarse a los tiempos no entienden que ser católico consiste, precisamente, en oponerse a la mentalidad dominante, en conquistar un ámbito de fortaleza y libertad interior que, impulsado por la fe, permita nadar a contracorriente. Se repite machaconamente que la Iglesia es una enemiga de las ideas nuevas; machaconamente se la tilda de «carca», «casposa» y otras lindezas limítrofes. Un análisis serio de la Historia nos enseña, sin embargo, que los católicos se han caracterizado siempre por brindar ideas nuevas; y que, por sostener tales ideas, han padecido incomprensiones sin cuento. Cuando San Pablo, y con él las primeras comunidades de cristianos, se oponían a la esclavitud no estaban, precisamente, «acomodándose a los tiempos». Chesterton destaca que los católicos siempre han vindicado ideas nuevas «cuando eran realmente nuevas, demasiado nuevas para hallar apoyos entre las gentes de su época». Así, por ejemplo, el jesuita Francisco Suárez elaboró una lucida teoría sobre la democracia doscientos años antes de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y de la Revolución Francesa; pero, desgraciadamente, aquella teoría fue formulada con dos siglos de adelanto, en una época en que los monarcas fundaban su tiranía sobre un inexistente Derecho Divino. Los ejemplos podrían multiplicarse hasta el infinito. Cuando, en nuestros días, se caricaturiza a la Iglesia como una enemiga de las ideas nuevas se quiere decir, en realidad, que es -cito de nuevo al autor de El hombre que fue jueves- «enemiga de muchas modas influyentes y gregariamente aceptadas, muchas de las cuales se pretenden novedosas, aunque en su mayoría estén empezando a ser un pequeño fósil. La Iglesia se opone con frecuencia a las modas perecederas de este mundo; y lo hace basándose en una experiencia suficiente para saber cuán rápidamente perecen . Nueve de cada diez de las llamadas «nuevas ideas» no son sino viejos errores. La Iglesia Católica cuenta entre sus obligaciones principales con la de prevenir a la gente de incurrir otra vez en esos viejos errores No existe ningún otro caso de continuidad de la inteligencia parangonable al de la Iglesia, pues su labor ha consistido en «pensar sobre el pensamiento» durante dos mil años. De ahí que su experiencia cubra casi todas las experiencias; y, en especial, casi todos los errores».

Las palabras de Chesterton resuenan hoy con una renovada clarividencia. El error principal de nuestra época se resume en una forma deshumanizada de hedonismo que niega la intrínseca dignidad de la vida; así, se han fomentado prácticas aberrantes, como el aborto, que hoy son cobardemente aceptadas, pero que dentro de doscientos años provocarán el horror y la vergüenza de las generaciones venideras. La idea de defensa de la vida, que los apacentadores del rebaño tachan de vieja, es rabiosamente nueva; vindicarla es un modo -incómodo, por supuesto, pero por ello más excitante- de nadar a contracorriente. Naturalmente, los apacentadores del rebaño procurarán siempre soslayar el debate de las ideas, sustituyéndolo por un ofrecimiento indiscriminado de «modas influyentes» y perecederas. Frente a polémicas profilácticas con fecha de caducidad que no alcanzan el rango de verdaderas ideas, la Iglesia propone una visión humanista del sexo, encauzado por la responsabilidad y no reducido a un mero ejercicio lúdico, trivial y, a la postre, autista. Defender esta idea nueva condena a la soledad y el ostracismo; es el precio -y el premio- que acarrea liberarse de la «degradante esclavitud de ser hijos de nuestro tiempo».

Alfonso Aguiló, “El dolor de los demás”, Hacer Familia nº 131, 1.I.2005

Cuentan los biógrafos de Buda que en cierta ocasión una madre acudió a él llevando en sus brazos a un niño muerto. Era viuda, y ese niño era su único hijo, que constituía todo su amor y su atención. La mujer era ya mayor, de modo que nunca podría tener otro hijo. Oyendo sus gritos, la gente pensaba que se había vuelto loca por el dolor, y que por eso pedía lo imposible.

Pero en cambio Buda pensó que, si no podía resucitar al niño, podía al menos mitigar el dolor de aquella madre ayudándole a entender. Por eso le dijo que, para curar a su hijo, necesitaba unas semillas de mostaza, pero unas semillas muy especiales, unas semillas que se hubieran recogido en una casa en la que en los tres últimos años no se hubiese pasado algún gran dolor o sufrido la muerte de un familiar. La mujer, al ver crecida así su esperanza, corrió a la ciudad buscando de casa en casa esas milagrosas semillas. Llamó a muchas puertas. Y en unas había muerto un padre o un hermano; en otras alguien se había vuelto loco; en las de más allá había un viejo paralítico o un muchacho enfermo. Llegó la noche y la pobre mujer volvió con las manos vacías pero con paz en el corazón. Había descubierto que el dolor era algo que compartía con todos los humanos.

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Juan Manuel de Prada, “Derecho a morir dignamente”, ABC, 15.I.2005

La batalla de las ideas libra su primera escaramuza en la batalla de las palabras. Quienes imponen sus acuñaciones verbales acaban, tarde o temprano, infiltrándose en el ánimo social que, al ceder a la tropelía lingüística, muestra su permeabilidad a posteriores y más definitivas claudicaciones. Cuando se inicia un proceso de tergiversación semántica podemos anticipar cuáles serán sus consecuencias, nunca inocentes. Se empieza cediendo en el significado de las palabras y se acaba entregando sin disputa la realidad que dichas palabras representan. Quienes defienden la legalización de la eutanasia han impuesto un sintagma excluyente que destierra a las tinieblas exteriores a quienes oponen reparos jurídicos, filosóficos o morales a su vindicación. Me refiero, claro está, a la expresión "derecho a morir dignamente", que los apologistas de la eutanasia al principio empleaban con un propósito eufemístico, y cuyo uso ya ha contaminado el lenguaje coloquial, incluso el lenguaje periodístico, que se presume imparcial y ecuánime. Se trata, además, de una contaminación alevosa, pues, bajo su apariencia más o menos inocua, se incluye una intención ferozmente capciosa.

Cuando decimos "derecho a morir dignamente" dictaminamos, por pura y simple eliminación, que aquellas personas que deciden soportar el dolor o los impedimentos físicos mueren "indignamente". Así se establecía, con esa sumaria caracterización que permiten las imágenes, en la reciente película de Amenábar: si en verdad el propósito de Mar adentro hubiese sido -como rezaba la propaganda- celebrar la capacidad decisoria del hombre que resuelve soberanamente si su vida merece la pena ser vivida, la opción del personaje interpretado por José María Pou se habría mostrado tan respetable -tan digna- como la del protagonista encarnado por Javier Bardem. Pero, en lugar de aspirar a comprender, en su infinita gama de matices, las diversas actitudes con las que una persona agonizante o maltrecha se enfrenta a su propia muerte, aquella película incurría en el maniqueísmo más tosco, caricaturizando al personaje que prefería seguir viviendo y elevando a los altares del santoral laico al que decidía "morir dignamente", tomándose un chupito de cianuro.

No hay tertulia radiofónica o televisiva sobre la eutanasia que no incluya la expresión mencionada como sinónimo de la eutanasia; incluso la prensa escrita incurre con frecuencia en esta perversión lingüística. Pero cada vez que, por dejadez o perfidia, se habla del "derecho a morir dignamente" se está confinando en un lazareto de proscripción a quienes, postrados en un lecho o atados a una silla de ruedas, resisten la tentación del suicidio y sobrellevan el dolor, también a quienes los asisten abnegadamente. Así, resistir a la tentación de la muerte, esforzarse por vivir y sobreponerse al sufrimiento se convierte en una "indignidad" propia de pringados; y quienes profesan esta forma de coraje son calificados -siquiera de forma tácita- de fardos que la sociedad carga con disgusto y hastío. Hoy nos conformamos con recluirlos en un gueto de "indignidad"; quizá mañana arbitremos los mecanismos legales para administrarles por obligación una muerte "digna" e indolora.

Ahora que las perversiones lingüísticas imponen su dictadura rampante, conviene que nos alimentemos con palabras que aún no hayan extraviado su significado originario. Como las que Sancho pronuncia llorando, en el capítulo último del Quijote: "No se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo, y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía".