Alfonso Aguiló, “Huir de la realidad”, Hacer Familia nº 130, 1.XII.2004

Hay quienes viven encadenados a un fracaso o a una herida que se diría que nunca deja de supurar. Son personas que se amargan hoy porque hace veinte años no les quiso su madre, o no pudieron estudiar lo que querían, o su novio les traicionó, o perdieron injustamente su trabajo, o lo que sea. No han perdonado ni se han perdonado ese viejo dolor, y están ahí, dándole vueltas a su amargura, torturándose con sus errores y sus rencores. Como dice Martín Descalzo, parecen estatuas de sal que no logran vivir el presente de tanto mirar hacia atrás.

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Juan Manuel de Prada, “La enseñanza de la religión”, ABC, 11.XII.2004

Más de millón y medio de españoles reclaman con su firma que la asignatura de Religión sea evaluable y computable en el expediente académico. La cifra, que quizá aún se incremente en las próximas semanas, refleja una demanda colectiva que cualquier Gobierno sensato debería atender; pero uno empieza a sospechar que la sensatez se ha convertido en virtud desacreditada en una época que atiende con solicitud las reivindicaciones de las minorías más variopintas, siempre que estén aderezadas con los ribetes del estrépito y el victimismo, pero considera fútiles o reaccionarios los anhelos de un amplio sector social, al que de forma sibilina se margina y enmudece. Tres cuartas partes de los padres de nuestros alumnos reclaman para sus hijos una formación religiosa católica; con ello no hacen sino exigir un derecho que la Constitución les reconoce en su artículo 27. Resulta incuestionable, aunque la letra de la ley no lo recoja expresamente, que esa «formación religiosa y moral» que los padres demandan no puede ofrecerse en condiciones precarias o subalternas respecto a otras disciplinas, sino en condiciones de estricta igualdad; pues, de lo contrario, la enseñanza de la Religión se convertiría en una especie de excrecencia cansina dentro del sistema educativo, lo cual contradice el mandato constitucional.

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Juan Manuel de Prada, “Carnaza a las fieras”, ABC, 29.XI.2004

Hace unos días, una representante del Ministerio de Asuntos Sociales de cuyo nombre no quiero acordarme exhortaba a los españoles a no tachar en sus declaraciones de la renta la casilla que permite que una porción exigua de sus impuestos se destine a la financiación de la Iglesia. La exhortación provocará un efecto contrario al deseado: muchas personas que hasta la fecha habían preferido dejar en blanco esa casilla se inclinarán ahora a tacharla, por burlar el ánimo fiscalizador de un Gobierno que no cumple sus obligaciones de neutralidad en materia religiosa y diariamente trata de azuzar a su electorado contra una institución que representa a una porción nada exigua de los españoles, resucitando de paso los fantasmas del anticlericalismo, que tantos episodios de sangre han incorporado a nuestra Historia. Pero más allá de ese apetito de injerencia en las decisiones íntimas de los ciudadanos, lo que repugna en dicha exhortación es la bajeza de quien trata de trasladar a sus destinatarios la impresión de que, si destinan su dinero a la Iglesia, estarán engordando a los obispos, mientras que si los destinan a otros «fines de interés social» estarán impulsando proyectos solidarios, etcétera, etcétera. La abyección de ese mensaje tácito es doble: su emisora sabe que en España no existe ninguna institución cuya labor de asistencia social sea comparable a la que desarrolla la Iglesia; y sabe, también -ayer se lo recordaba su conmilitón Francisco Vázquez, en declaraciones a este periódico-, que «si mañana la Iglesia hiciera huelga paralizaría las prestaciones sociales». ¿A qué juega nuestra facción gobernante? ¿Es que, en su afán de arrojar carnaza a las fieras desprestigiando a la Iglesia, pretende negar su compromiso radical con los más necesitados? Ante manifestaciones tan cerrilmente belicosas, que denotan -amén de un anticlericalismo de naftalina- una voluntad demagógica y un desconocimiento de la realidad superlativos, resulta más bien peregrino pensar que la facción gobernante vaya a rectificar su estrategia de confrontación con la Iglesia, sustituyéndola por otra más conciliadora. Cualquier espectador ecuánime habrá observado que la facción gobernante, a falta de detractores de fuste, está extremando su enfrentamiento con la Iglesia con un doble propósito: por un lado, un anhelo compulsivo de retratarse como un adalid de la modernidad (para lo cual se busca el choque con una Iglesia a la que se atribuyen actitudes «carcas» o «casposas»); por otro, la necesidad de mitigar o encubrir sus descalabros en otros ámbitos de la acción política mediante una exasperación rechinante del «problema religioso». Algunos socialistas sensatos ya han mostrado sus reparos a una estrategia que empieza a parecerse demasiado a la del calamar que huye dejando a su paso una espesa nube de tinta: entre ellos, se cuenta algún católico practicante, como el citado Francisco Vázquez, pero también quienes desde posturas menos confesionales, como Juan Carlos Rodríguez Ibarra, entienden que muchos de los postulados socialistas están en consonancia con el mensaje evangélico y, sobre todo, que muchos de sus votantes naturales se sienten zaheridos ante esta especie de furor anticatólico que parece haberse apoderado de la facción gobernante.

Son muchos los socialistas que consideran que ese modelo de laicismo a la francesa que se trata de imponer en España, ignorando su raigambre cultural, constituye un error que la sociedad pagará con nuevos enconamientos y divisiones. Son muchos los socialistas que se cuestionan éticamente ciertas causas que el Gobierno ha abrazado como propias con una perentoriedad estridente. La facción gobernante, sin embargo, prefiere empujar a sus votantes a la casilla anticlerical, tratándolos como fieras hambrientas de carnaza.

Alfonso Aguiló, “Las sombras y los miedos”, Hacer Familia nº 129, 1.XI.2004

Es muy interesante la historia de Bucéfalo, aquel caballo que solo Alejandro Magno era capaz de montar. Todos los que lo intentaban eran incapaces de mantenerse a su grupa más allá de unos pocos segundos. El animal caracoleaba, se encabritaba, y enseguida daba en el suelo con todos sus jinetes. Alejandro supo observarlo con atención y enseguida descubrió el secreto de aquel indómito corcel. Entonces se acercó, agarró las riendas y lo puso frente al sol. Lo acarició, soltó su manto, y de un salto montó sobre él y lo espoleó con energía. Controló los corcoveos, sin dejarle apartarse de la dirección del sol, hasta que el animal se calmó y siguió su marcha a paso lento y tranquilo. Sonaron los aplausos, y dicen los historiadores que al verlo Filipo, su padre, vaticinó que el reino de Macedonia que él poseía se quedaría pequeño para la gloria a la que estaba llamado su hijo.

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Juan Manuel de Prada, “Jóvenes basura”, ABC, 13.XI.2004

Publicaba ayer Jesús Lillo, en la «Guía de televisión» de este periódico, un artículo sumamente lúcido, titulado La cantera, en el que iluminaba con una luz no usada el fenómeno de la televisión basura. En lugar de conformarse con la diatriba al uso, aportaba un dato mucho más pavoroso que los meros índices de audiencia que sostienen esta inmundicia: «Cada año, alrededor de ciento treinta mil jóvenes, algunos con la mayoría de edad recién estrenada, sienten la llamada de la fama y se presentan al programa más emblemático del realismo televisivo, «Gran Hermano»». Ciento treinta mil jóvenes que tienen -prosigue Lillo, con sarcasmo- «los ojos puestos en la tele como futuro profesional, de la misma manera que muchos otros muchos españoles, quizá no tantos, se preparan cada otoño para opositar en las pruebas de los cuerpos funcionariales que publica el Boletín Oficial del Estado». No sabemos si esa cantidad se renueva cada año o si, por el contrario, se abastece de los mismos jóvenes recalcitrantes; pero aceptando que el imperativo cronológico impondrá un paulatino refresco de los aspirantes, y considerando que en la estela «Gran Hermano» ha surgido una caterva de programas consanguíneos, no sería descabellado afirmar que en nuestro país existen varios cientos de miles de jóvenes que aspiran a ingresar en esa cofradía de homínidos que intercambian flujos y exabruptos ante las cámaras.

¿De dónde surge esta juventud dispuesta a arrojar sus mejores años al cubo de la basura y, de paso, a convertirse en breve en juguetes rotos sin oficio ni beneficio? Quienes denuestan la plaga de programas casposos que infesta nuestra televisión suelen concederles la condición de causa primigenia de muchas de las calamidades que afligen nuestra sociedad; y, un tanto ilusamente, piensan que su desalojo de la programación extinguiría los miasmas de una podredumbre que nos abochorna. Muerto el perro se acabaría la rabia, parecen predicar los analistas del fenómeno. Pero lo cierto es que la televisión basura no es la causa primigenia de muchos males sociales, sino su corolario natural. Detrás de la chabacanería que se enseñorea de dichos programas existe una subversión de valores (quizá enquistada ya en el subconsciente popular) que niega el esfuerzo y la laboriosidad como medios de triunfo y ascenso social (o como meras exigencias de una existencia digna) y entroniza en su lugar un desprestigio del mérito, un regodeo en los bajos instintos y en la mediocridad satisfecha de sí misma. Esos cientos de miles de jóvenes que anualmente se preparan para ingresar como concursantes de programas que retratan sin filtros embellecedores la tristeza de la carne y la vacuidad del espíritu ni siquiera están acuciados por la miseria o la marginación; a diferencia de aquellos muletillas de antaño que se exponían a la embestida del toro porque «más cornás da el hambre», los postulantes de «Gran Hermano» encarnan la avanzadilla, especialmente desvergonzada si se quiere, de una sociedad que se pavonea de su vulgaridad, hija de un igualitarismo que desdeña la excelencia y brinda la gloria (o sus sucedáneos más efímeros) a quienes exhiben inescrupulosamente su ignorancia cetrina, su risueña amoralidad, su desdén chulesco hacia todo lo que huela a virtud en el sentido originario de la palabra. La televisión, a la postre, se limita a premiar lo que la sociedad previamente ha entronizado.

Detrás del fenómeno de la televisión basura se agazapa, en fin, una perversión de la democracia que halla en esos cientos de miles de jóvenes que se disputan una fama catódica una infantería voluntariosa y desinhibida. Aquella rebelión de las masas que anticipara Ortega ha alcanzado, al fin, su apoteosis más sombría.

Juan Manuel de Prada, “Padre Pateras”, ABC, 1.XI.2004

En la presentación del libro «Luna negra», de María Vallejo-Nágera (Belacqua), tengo la suerte de conocer al hombre que lo inspiró, Isidoro Macías, más conocido como Padre Pateras, un fraile franciscano que regenta en Algeciras una casa de acogida en la que hospeda a las inmigrantes que arriban a las playas embarazadas o con un niño recién nacido en brazos. El hermano Isidoro es un hombre menudo, de ojillos vivaces y sonrisa bonancible; conversando con él, uno se siente enseguida contagiado de su sabiduría honda, que no nace de los libros, sino del contacto diario con el sufrimiento. Su sencillo hábito le otorga un aspecto desvalido; pero hay una cruz pendiendo sobre su pecho, una cruz desnuda -«los brazos en abrazo hacia la tierra, / el astil disparándose a los cielos / que no haya un solo adorno que distraiga este gesto, / este equilibrio humano de los dos mandamientos», como escribió León Felipe- que le inspira su fortaleza interior. El Padre Pateras nos explica el misterio de su carisma: «Hay gente que me dice: «Yo no creo en Dios, sólo en usted». ¡Pobres hijos míos! ¿Cómo no se dan cuenta de que todo lo que hago es por el amor que siento por Cristo?».

El Padre Pateras entendió un día que el rostro de Dios se copia en el de sus criaturas sufrientes. Nacido en un pueblecito minero de Huelva, fue destinado a Ceuta para realizar la mili; allí conoció al fundador de su orden, el hermano Isidoro Lezcano, quien, siguiendo el ejemplo del Poverello, quiso servir a Dios del modo más exigente, atendiendo a los enfermos y a los pobres en sus necesidades y compartiendo sus penurias. El Padre Pateras entendió que su destino se hallaba junto a los ancianos, los alcohólicos, las prostitutas, los inmigrantes y todos esos «pequeñuelos» a quienes Cristo nos encomendó: «Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; forastero fui y me acogisteis…».

Cuando concluye la mili, el Padre Pateras funda en Tánger, con el hermano Isidoro Lezcano, la primera casa de acogida de los Hermanos Franciscanos de la Cruz Blanca. Luego se traslada a Cáceres, donde cuida de niños con deficiencias mentales -«son trozos de Cristo vivo», afirma- en un colegio. En 1982, tras dar algunos tumbos por Venezuela y Costa de Marfil, el Padre Pateras se instala por fin en Algeciras, donde atiende a los ancianos, a los desahuciados, a las madres africanas -sus «morenas», como él prefiere llamarlas-, que llegan con sus bebés a punto de nacer en lanchas neumáticas. Otros tres frailes lo acompañan en esta tarea inabarcable, ayudados por gentes de corazón ancho que prestan generosamente su servicio; y aunque apenas recibe ayuda de las instituciones públicas, la Providencia le facilita medios para perseverar en su misión. El Padre Pateras sabe que esas africanas embarazadas que llaman a su puerta carecen de papeles y que, por tanto, cualquier día podrán ser expulsadas del territorio español; pero él se rige, antes que por cualquier ley humana, por la ley del amor.

En una época en que la Iglesia es hostigada y escarnecida, convendría que los medios se preocuparan de divulgar la grandeza de estos pescadores de hombres que, como el Padre Pateras, se calcinan en una misión redentora. Y la jerarquía eclesiástica debiera esforzarse por hacer más visible a la sociedad el heroísmo callado de sus mejores hijos, espejos de Cristo, que alivian el dolor del mundo; quizá así la hostilidad ambiental comenzaría a ceder. A las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan, por si quisieran aportar un donativo al Padre Pateras, les doy el número de cuenta de los Hermanos Franciscanos de la Cruz Blanca, en el Banco Santander Central Hispano: 0049-6770-86-2816039467. Dios, que se copia en el rostro de sus criaturas sufrientes, se lo agradecerá.

Alfonso Aguiló, “Las razones de los demás”, Hacer Familia nº 128, 1.X.2004

Platón, para pensar y para explicarse mejor, imaginaba personajes cuyas ideas eran opuestas a las suyas, tanto para plantear réplicas a sus afirmaciones como para exigir que las expusiera de otra manera y así las mejorara. Aristóteles mantiene en gran parte ese sistema, aunque de forma un poco menos teatral, y señala primero los obstáculos a sus afirmaciones –suele decir: “hay aquí una dificultad…”–, y luego sortea o rebate pacientemente esas objeciones. Tomás de Aquino, en cada artículo de la Summa, emplea la famosa fórmula del “sed contra est”: busca primero lo que le resulta contrario, lo que se opone a la tesis que sostiene, y luego, después de haber expuesto la solución según el orden de las razones, vuelve a las objeciones que se había hecho, y las contesta. También Descartes intercambia argumentos para responder a las objeciones que le lanzan.

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Juan Manuel de Prada, “¿Quién defiende a la Iglesia?”, ABC, 4.X.2004

Tiene más razón que un santo mi amigo Fernando Iwasaki cuando, en su artículo «El velo zen», escribe que «ni todos los católicos son de derechas, ni todos los agnósticos son de izquierdas». Creo, sin embargo, que sucumbe a cierta caracterización tan falsorra como caricaturesca cuando presenta al PP como «paladín de la Iglesia Católica». No negaremos que la facción política que hoy se lame las llagas en el purgatorio de la oposición pretendió en fechas recientes atraerse a las jerarquías eclesiásticas con gestos de apariencia amistosa que en realidad encubrían un «abrazo del oso»: pero ni la Iglesia la componen únicamente las jerarquías, ni su doctrina concuerda con los principios ideológicos de la derecha. Baste recordar cuál ha sido la posición de la Iglesia ante la reciente guerra de Irak; baste recordar las diatribas del Papa contra el capitalismo rampante y deshumanizado; baste recordar el compromiso de la Iglesia con los pobres, que no se limita a dedicarles hermosas palabras en los foros internacionales, como hacen nuestros políticos, sino que atiende su dolor, empeñando medios materiales y entregando vidas en el esfuerzo. Que los medios de comunicación silencien esta ingente labor de la Iglesia no significa que no exista; sólo demuestra que a los que manejan el cotarro no les interesa que se conozca. A la postre, lo que fastidia tanto a la izquierda como a la derecha es que la Iglesia, cuya única ideología es el Evangelio, no se amolde a las veleidades del cambalache político.
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Juan Manuel de Prada, “Compromiso personal”, ABC, 24.IX.2004

Siempre he mirado con desconfianza la connivencia del poder político con la religión. En primer lugar, porque empaña las creencias de una equívoca connotación ideológica; en segundo, porque el poder político siempre trata de sacar tajada de dicha connivencia, exigiendo a cambio de determinadas concesiones una adhesión lacayuna de las jerarquías eclesiásticas. Por lo demás, la experiencia demuestra que la hostilidad del poder político es el humus fecundo que favorece el aquilatamiento de las convicciones religiosas: probablemente, la religión cristiana no se habría propagado con la pujanza que lo hizo si Roma no hubiese dictaminado su exterminio.

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Alfonso Aguiló, “Los grandes hombres”, Hacer Familia nº 127, 1.IX.2004

Stefan Zweig relata en su autobiografía una interesante anécdota sucedida durante su estancia en París, en 1904. Por entonces, él no era más que un joven principiante de 23 años, pero tenía la suerte de coincidir de vez en cuando con algunos de los más famosos escritores y artistas de su tiempo. El trato con algunos de esos grandes hombres le estaba resultando de gran provecho, pero –según cuenta el propio Zweig– todavía estaba por recibir la lección decisiva, la que le valdría para toda la vida.

Fue un regalo del azar. Surgió a raíz de una apasionada conversación en casa de su amigo Verhaeren. Hablaban sobre el valor de la pintura y la escultura del momento, y su amigo le invitó a acompañarle al día siguiente a casa de Rodin, uno de los artistas entonces más prestigiosos. En aquella visita, Zweig estuvo tan cohibido que no se atrevió a tomar la palabra ni una sola vez. Curiosamente, ese desconcierto suyo pareció complacer al anciano Rodin, que al despedirse preguntó al joven escritor si quería conocer su estudio, en Meudon, y le invitó a comer allí con él. Había recibido la primera lección: los grandes hombres son siempre los más amables.

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