Juan Manuel de Prada, “Mar adentro”, ABC, 6.IX.2004

Después de leer quinientas o seiscientas entrevistas a Alejandro Amenábar y recensiones críticas de su película (nunca los engranajes de la propaganda se habían mostrado tan engrasados), uno llega a la conclusión de que «Mar adentro», antes que una obra de tesis, pretende ser una vindicación de la libertad del hombre para gobernar su destino. Cuando se le pregunta si aboga por la eutanasia, Amenábar esquiva la declaración tajante, para referirse a ese ámbito de autonomía personal en que cada hombre resuelve soberanamente si su vida merece o no la pena ser vivida; de este modo, la solución adoptada por Ramón Sampedro, el protagonista de la película, se presenta como un ejercicio de afirmación vitalista: el hombre es dueño de sus decisiones y, como tal, proclama su derecho a morir, libre de ataduras jurídicas o morales. La muerte se convierte así en un acto íntimo, sobre el que no ejerce imperio sino la propia conciencia; y, en consecuencia, Amenábar propone una película de corte intimista, que no aspira a juzgar las razones que impulsaron a Sampedro a abreviar sus penurias, sino a comprenderlas.

Hasta aquí las declaraciones de Amenábar, que la contemplación de «Mar adentro» desmiente concienzudamente. Pues sí, en efecto, la intención del director hubiese sido celebrar esa capacidad decisoria del hombre para determinar los confines de su propia vida, tan respetable como la solución adoptada por Sampedro resultaría la de quienes, sobreponiéndose a las calamidades que los afligen, desean seguir viviendo. Pero no. Amenábar introduce una secuencia bastante rastrera en la que se mofa de un sacerdote (al parecer inspirado en una persona real, lo cual añade vileza al asunto), paralítico como Sampedro, que afirma su ansia de vivir. Al progresismo rampante y hegemónico, que tanto se regocija con el escarnio de lo religioso (de lo cristiano, convendría precisar), esta secuencia le resultará muy graciosa y estimulante; aunque, en puridad, se trata de una caricatura gruesa, de una abyección difícilmente superable, en la que Amenábar demuestra que su intención no era comprender las razones de cada hombre, sino justificar, a través del engaño y la tergiversación de brocha gorda, las razones de su protagonista y, de paso, burlarse de quienes, en medio de la postración, aún encuentran motivos para seguir respirando. El diálogo que mantienen Sampedro y el sacerdote se presenta como una situación cómica que apela a la risa del espectador a través de recursos tan bajunos como la deformación esperpéntica y el ensañamiento bufo. Por supuesto, este diálogo incluye afirmaciones de una falsedad vomitiva (así, por ejemplo, se sostiene alegremente que la Iglesia defiende la pena de muerte), que sólo un espectador ofuscado por el odio antirreligioso podrá digerir sin repulsa.

Resulta muy difícil enjuiciar una obra tan tendenciosa y manipuladora en términos estrictamente cinematográficos. Me atreveré, no obstante, a traer a colación otro pasaje de la película sobre el que los críticos, tan sospechosamente unánimes (elogiar «Mar adentro» se ha convertido en «razón de Estado»), pasan de puntillas, temerosos de suscitar las iras de quienes manejan el cotarro. Me refiero a la secuencia de la fantasía volátil del protagonista, que se inicia con uno de esos planos de helicóptero que tanto repudian los críticos cuando se trata de denigrar una película hollywoodense y se remata con un encuentro amoroso en la playa digno de un anuncio de colonias filmado al alimón por Claude Lelouch y Franco Zeffirelli en plena resaca de anisete. Cualquier otra película que hubiese incluido esta secuencia entre sus fotogramas hubiese sido tildada de cursi y almibarada; pero la «razón de Estado» impone un deber de silencio. El silencio de los corderos, que viajan en rebaño y balan el mismo ditirambo.

Juan Manuel de Prada, “Definicíón de lo carca”, ABC, 30.VIII.2004

Desde que Rodríguez Zapatero la mencionara en una de sus arengas veraniegas, la palabra «carca» se ha convertido en una suerte de talismán lingüístico que lo mismo sirve para un roto que para un descosido. De campo semántico tan extenso como impreciso, con el concepto de lo «carca» ocurre aproximadamente lo mismo que con lo «cursi», según observara el gran Ramón Gómez de la Serna, «que tiene algo de perecedero y se va quebrando de generación en generación». Así, por ejemplo, veranear en un balneario habría sido considerado carca (amén de cursi) hace veinte años; hoy, en cambio, constituye un signo de distinción, muy en boga entre urbanitas estresados. Los abrigos de pieles, hace apenas un lustro, convertían ipso facto a su poseedora en una carca redomada; sin embargo, las ministras de cuota acaban de demostrarnos, por si alguien aún no se había enterado, que la peletería cotiza al alza en la voltaria bolsa de la moda indumentaria. El Diccionario de la Real Academia define «carca» como un adjetivo o sustantivo despectivo de significado más bien brumoso: «De actitudes retrógradas», o sea, nostálgicas del pasado. Sin embargo, la experiencia demuestra que el pasado regresa periódicamente a nuestras vidas, disfrazado de porvenirismo: los trajes de raya diplomática o el arte pop ayer nos parecían desfasadísimos, hoy se nos antojan el no va más de lo fashion, mañana quizá los volvamos a recluir en el desván de los cachivaches obsoletos. ¿Cómo definir, pues, lo «carca»? A falta de una mayor concreción, «carca» puede ser empleado como anatema con que se denigra al contrincante. A veces, estas descalificaciones de brocha gorda adquieren un predicamento indiscriminado entre los elementos biempensantes: así ha ocurrido, por ejemplo, con otro epíteto muy manoseado por nuestra progresía, «fascista», que lo mismo puede servir para motejar a un amante de la zarzuela, a un padre que no deja a su niña frecuentar las discotecas o a un asesino etarra. Ante la proteica heterogeneidad del mundo, quien se cree en posesión de la verdad se atrinchera en los tópicos (que son la cáscara con que se recubren las verdades vacías) y relega a los arrabales del oscurantismo a quienes profesan ideas distintas de las suyas. Por supuesto, en la denostación de esas ideas adversas no interfiere sistema de pensamiento ni criterio lógico alguno, mucho menos la reflexión moral; el denostador se erige en juez supremo que reparte bulas y sambenitos y dictamina arbitrariamente qué actitudes son carcas y cuáles deben considerarse intachablemente modernas, según su sacrosanta voluntad.

Si deseamos aquilatar el significado de «carca» sin incurrir en la caracterización tosca tendremos, pues, que acudir a la casuística. Así, por ejemplo, aceptando que el respeto a la vida, su consideración de bien jurídico máximo sobre el que se asientan los demás derechos humanos, constituye una muestra de avance social, ¿por qué el detractor del aborto es considerado «carca»? Si las etimologías, que nunca engañan, nos enseñan que «matrimonio» significa «oficio de la madre», ¿por qué quien niega entidad matrimonial a una unión infecunda es tildado de «carca»? Y, descendiendo a terrenos más pedestres o administrativos, ¿por qué restringir los horarios comerciales se califica de progresista? ¿Por qué un trasvase fluvial es más «carca» que una planta desalinizadora? ¿Por qué enviar tropas en misión humanitaria a Irak es más «carca» que mandar tropas con idéntico cometido a Afganistán? ¿Por qué una ministra de cuota que retoza entre pieles es una imagen progresista y una señora del barrio de Salamanca que se pasea con su abrigo de visón es una imagen «carca»? Prueben, por higiene mental, a desarrollar esta gimnasia casuística y comprobarán que, a la postre, el progresismo es un ejercicio de cínica conveniencia.

Juan Manuel de Prada, “Clonación terapéutica”, ABC, 14.VIII.2004

La llamada «clonación terapéutica» se presenta como un avance científico al servicio de la Humanidad (las mayúsculas que no falten); para que la patraña resulte más convincente y vencer las reticencias de quienes aún se atreven a oponer ciertos reparos éticos a la destrucción masiva de embriones, se utiliza el dolor de los enfermos, prometiéndoseles que la clonación será la purga de Benito. El parkinson, la diabetes, la leucemia, la esclerosis múltiple, el alzheimer -se afirma sin empacho- serán aniquilados como por arte de ensalmo, una vez que las autoridades gubernativas autoricen la experimentación con embriones. Y, naturalmente, los enfermos que padecen estas afecciones pican el anzuelo: se les ofrece una tabla de salvación; y, como náufragos que están a punto de claudicar, se aferran obstinadamente a ella. Quienes les han tendido dicha tabla saben que les están vendiendo humo; pero se aprovechan de su ignorancia y, lo que aún resulta más sórdido, de su sufrimiento. Y es que detrás del engañabobos de la llamada «clonación terapéutica» hay dinero, mucho dinero, infinitamente más del que podamos imaginar.

La sarta de patrañas se inicia con la retahíla de enfermedades que, según los apóstoles de la llamada «clonación terapéutica», se remediarán de la noche a la mañana. Muchas de ellas son de etiología desconocida o apenas dilucidada; otras muchas carecen de tratamiento satisfactorio. Simplemente, la ciencia aún no ha establecido sus causas ni su diagnóstico. ¿Cómo es posible prometer un remedio para enfermedades casi ignotas? Aprovechándose de la credulidad de la pobre gente, mercadeando con sus aflicciones y padecimientos. Del mismo modo que antaño los charlatanes de feria prometían a su clientela la curación de sus achaques si compraban tal o cual elixir o bebedizo, hoy las multinacionales de la genética presentan la llamada «clonación terapéutica» como la panacea que salvará a millones de enfermos desahuciados. La segunda patraña actúa como corolario de la primera y es, a la vez, más rocambolesca y abyecta. Una vez que se ha convencido a la pobre gente de que la llamada «clonación terapéutica» remediará todos los males habidos y por haber, se presenta dicho espejismo como una solución al acceso de cualquier bolsillo. Pero la realidad es muy otra. ¿Quiénes serían los beneficiarios de la llamada «clonación terapéutica»? No, desde luego, los enfermos de escasos recursos que aguardan el resultado de estas experimentaciones como un maná llovido del cielo, sino una clientela muy adinerada, capaz de afrontar ingentes gastos. ¿O es que esos enfermos desahuciados piensan que la Seguridad Social financiará la compra de oocitos, el cultivo de embriones, la obtención de células madre, el personal cualificado para su manipulación, las pólizas de seguro derivadas de los riesgos que se asumen en una técnica tan costosa y arriesgada? ¿A tales extremos utópicos alcanza la credulidad? La llamada «clonación terapéutica», si finalmente demostrara sus efectos curativos, sólo beneficiará a unos pocos millonarios. ¿Por qué los gobiernos que se apresuran a permitir la experimentación con embriones no empiezan por aclarar que la sanidad pública jamás podrá asumir los costes de esta nueva modalidad de medicina-ficción? Comprobará el lector que ni siquiera he entrado a discutir aquí el estatuto del embrión, a quien asiste la dignidad inherente a toda vida en ciernes. Considero superfluo oponer argumentos jurídicos o morales a una engañifa tan gruesa. La llamada «clonación terapéutica», presentada aviesamente como una panacea científica, es tan sólo un negocio pingüe ideado por quienes hacen del sufrimiento ajeno un medio de lucro. ¿Por qué lo llaman Progreso cuando quieren decir Dinero?

Juan Manuel de Prada, “La sonrisa del matarife”, ABC, 7.VIII.2004

Leo en estos días Koba el Temible (Anagrama), un libro de Martín Amis, airado y extrañamente conmovedor, que glosa la figura de Stalin y execra la connivencia de los intelectuales europeos con el comunismo. Una connivencia que, vergonzante y como en sordina, se prolonga hasta hoy, actuando sobre el subconsciente colectivo de un modo tan sibilino como pernicioso. Como el propio Amis señala en algún pasaje de su libro, «todo el mundo ha oído hablar de Auschwitz y Belsen; nadie sabe nada, en cambio, de Vorkutá ni de Solovetski». Pecaríamos de ingenuidad, sin embargo, si atribuyéramos dicho desconocimiento a la ignorancia selectiva de las masas; si hoy la mortandad desatada por el nazismo ocupa un capítulo medular en el libro de la memoria colectiva, mientras la mortandad mucho más abultada del comunismo apenas representa una nota a pie de página, es porque las élites dirigentes, representantes del progresismo rampante y hegemónico, así lo han querido. No en vano, en su juventud seudorrevolucionaria, dichas élites se amamantaron en las ubres del legado estalinista.

En Koba el Temible, Amis cuenta una anécdota de apariencia banal, pero de significación sobrecogedora. En el curso de un reciente mitin electoral celebrado en la sede de New Statesman, una publicación laborista, uno de los oradores recuerda su juventud, cuando en compañía de «antiguos camaradas» redactaba aquella revista, tan contemporizadora con el comunismo. El público responde entonces con una unánime carcajada afectuosa. Amis se pregunta qué ocurriría si un orador recordase con nostalgia en el curso de un mitin a sus fraternales camisas negras. «¿Es esa la diferencia -escribe Amis- entre el bigote pequeño y el bigote grande, entre Satanás y Belcebú? ¿Qué uno suscita espontáneamente la furia y el otro la risa?». Juguemos a trasladar la anécdota al ámbito autóctono. ¿Qué ocurriría si un político español rememorase festivamente su juventud falangista? Habría firmado su acta de defunción. En cambio, se contempla con admiración que haya militado en las filas comunistas. Y, por supuesto, a los combatientes estalinistas que perecieron en la Guerra Civil se les asigna el calificativo extravagante de «defensores de la democracia»; mientras a los combatientes que militaron en el bando de Franco se les despacha como chusma fascista.

El libro de Martín Amis, feroz y cáustico como sus novelas, transita por los pasadizos pavorosos que ya nos iluminara Solzhenitsyn en El archipiélago Gulag. Entre el desfile de horrores desatado por el comunismo (hasta completar un catastro fúnebre de veinte millones) merecen reproducirse algunas frases sentenciosas de Stalin: «La muerte soluciona todos los problemas; no hay hombre, no hay problema»; y también: «Una muerte es una tragedia; un millón de muertes, simple estadística». Sobre esta burocracia de la muerte se fundó la ideología que aún abastece de mitologías el llamado pensamiento progresista. El terror nazi se esforzaba por ser exacto, calculador, dirigido contra una parte de la población en razón de su etnia; el terror comunista, en cambio, era deliberadamente aleatorio e indiscriminado, pues su enemigo era el hombre. «El comunismo -afirma Amis- es una guerra contra la naturaleza humana».

En algún lugar del infierno, Stalin, el Gran Matarife, sonreirá complacido al contemplar la supervivencia de su legado. Con sarcasmo y algo de fatiga, Martín Amis recuerda que cuando su padre, el también escritor Kingsley Amis, abjuró públicamente de su pasado comunista, fue de inmediato tildado de «fascista» por los intelectuales británicos. Cincuenta años después, motejar de «fascista» al que piensa distinto sigue siendo el pasatiempo predilecto de nuestra progresía; el que lo probó lo sabe. El Gran Matarife sonríe, orgulloso de mantener su predicamento.

Ignacio Sánchez Cámara, “Tolerancia cero”, ABC, 31.VII.2004

Cada día aumenta el uso de la expresión «tolerancia cero», sobre todo entre ministros y dirigentes de la izquierda. Debe pronunciarse con gesto avinagrado, ceño fruncido y patente indignación. A ser posible, con una mueca hosca y dura, parecida a la que exhibía Bogart en las últimas escenas de «El tesoro de Sierra Madre». Se ha usado con relación al terrorismo. Ahora es usual emplearla refiriéndose a otras formas de delincuencia. Así, se habla de «tolerancia cero» con la violencia de género (aunque bien podría aplicarse la tolerancia cero con la propia expresión en pro de la corrección lingüística), los incendios forestales o el exceso de velocidad. Es cuestión de énfasis. «Tolerancia cero» es el no va más en la oposición, un enérgico «hasta aquí hemos llegado».
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Ignacio Sánchez Cámara, “Sobre la democracia y algunos malentendidos”, ABC, 23.VIII.2004

TODOS hablan de democracia, pero no todos al hacerlo hablan sobre lo mismo. En unos casos, las discrepancias se deben a que la entienden de distinta manera. En otros, a que algunos llaman democracia a lo que no lo es, a lo que es otra cosa, incluso a lo que se opone a ella. Por eso no faltan las tergiversaciones y suplantaciones, y, también, los malentendidos. De entrada, aclaro que hablo de democracia en el único sentido en el que creo que existe verdaderamente, en el sentido representativo y liberal. Hay otros modos de concebirla que no son, a mi juicio, «democráticos»: la democracia radical, asamblearia, directa y totalitaria. Si no me equivoco, algunos malentendidos y errores sobre la democracia surgen porque se introducen en la concepción representativa y liberal principios opuestos a ella, procedentes de esas concepciones alternativas.
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Alfonso Aguiló, “Respeto a lo sagrado”, Hacer Familia nº 125-126, 1.VII.2004

En la sociedad actual –escribo glosando ideas de Joseph Ratzinger–, gracias a Dios, se multa a quien deshonra la fe de Israel, su imagen de Dios, sus grandes figuras. Se multa también a quien vilipendia el Corán y las convicciones de fondo del Islam. Sin embargo, cuando se trata de lo que es sagrado para los cristianos, la libertad de opinión aparece como un bien supremo cuya limitación resultaría una amenaza contra la tolerancia y la libertad.

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Alfonso Aguiló, “El sentido de culpa”, Hacer Familia nº 124, 1.VI.2004

El escritor danés Henrik Stangerup presenta en su novela “El hombre que quería ser culpable” una interesante reflexión sobre el sentido de culpa. Su protagonista, Torben, ha cometido un crimen, y pretende en vano que los responsables de la justicia de la sociedad en que vive lo reconozcan como tal. Sin embargo, le dicen que su acto no ha sido un asesinato, sino un lamentable accidente provocado por las circunstancias. Le aseguran que ha venido forzado por la sociedad, que es la única verdaderamente culpable. Le tratan como a un desequilibrado, víctima de un absurdo complejo de culpabilidad. Enseguida le dejan en libertad e intentan hacerle olvidar todo recuerdo de su mujer.

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Juan Manuel de Prada, “El manotazo del Papa”, ABC, 7.VI.2004

En su más reciente libro, ¡Levantaos! ¡Vamos! (Plaza y Janés), Juan Pablo II narra las circunstancias en que fue nombrado obispo auxiliar. Se hallaba a la sazón con un puñado de amigos en la montaña, preparado para descender en canoa por un río; cuando recibe la citación de Cracovia, no tiene empacho en subirse al remolque de un camión, para abreviar el viaje de vuelta. El hombre que comparece en esas páginas es un cuarentón fornido, brioso, atezado por el sol, que gusta de las caminatas campestres; casi cuatro décadas después, ese mismo hombre es un viejo tullido, azotado por el párkinson, que habla con una voz feble y respira dificultosamente. En su estampa demolida, como en las líneas concéntricas de un árbol recién talado, se adivinan las vicisitudes traumáticas de su biografía. Pero hay algo en ese anciano decrépito que se mantiene inmune a los estragos de la edad desde que, allá en la Polonia sometida por los nazis, decidiera hacerse sacerdote. De ese fuego que no declina su llama nos habla en su último libro, ya desde el mismo título que reproduce las palabras que Jesús dirigió a sus discípulos en el huerto de Getsemaní: me refiero a la vocación de servicio, a esa capacidad para inmolarse en el desempeño de la misión que le ha sido encomendada, sacrificando hasta el último resuello.

Hemos vuelto a presenciar una muestra de esa obcecada vocación de servicio. En Suiza, el Papa leía ante diez mil jóvenes una exhortación en francés, alemán e italiano: su voz, adelgazada hasta la consunción, era apenas audible; sus manos temblorosas casi no le permitían sostener los papeles; en su rostro macilento se adivinaban los síntomas de una lipotimia. Uno de los eclesiásticos que figuraban en su séquito acudió en su auxilio, dispuesto a tomarle el relevo. Entonces el Papa, encorajinado, soltó un manotazo brusco y disuasorio sobre los papeles, mostrando así su deseo de apurar hasta las heces el cáliz del dolor; su gesto fue acogido con una ovación por los jóvenes que lo escuchaban. En esa vibración unánime de diez mil gargantas que coreaban su nombre, el viejo Wojtyla creyó escuchar la voz que tantas veces lo ha inmunizado contra el desistimiento: “¡Levántate! ¡Vamos!”; y el viejo Wojtyla sonrió, espantando los fantasmas del desaliento, y concluyó su exhortación. Luego, inflamado por esa gasolina espiritual que lo empuja a acometer tantas empresas para las que su naturaleza malherida no parece preparada, lo vimos incluso enarbolar los brazos, siguiendo el ritmo de las danzas que se ejecutaban en su honor.

Con aquel manotazo abrupto, el Papa respondió tácitamente a quienes cuestionan su idoneidad como sucesor de Pedro. El viejo Wojtyla ya ha decidido que seguirá siendo Papa mientras la sangre circule por sus venas; lo que mucha gente no entiende es que dicha decisión no es suya, sino inspirada por una fuerza interior de la que el viejo Wojtyla no es sino mero depositario. Horacio, para referirse a la inspiración poética, mencionó un “algo divino” que convierte al poeta en intermediario entre las musas y los mortales; el poeta no puede sustraerse a ese aliento que lo enaltece, tampoco puede fingirse inspirado cuando ese aliento lo ha dejado huérfano. Como el poeta, el Papa no puede renegar de su misión, ni alargarla obcecadamente cuando ese “algo divino” deje de visitarlo; mientras siga escuchando esa voz que lo incita a seguir apurando el cáliz del dolor, al viejo Wojtyla no le queda otro remedio que obedecerla. “¡Levántate! ¡Vamos!”, exclama esa voz. Y el viejo Wojtyla suelta un manotazo brusco, con la misma prontitud con la que hace cuarenta años, fornido y brioso, abandonó su canoa entre los carrizos de un río, para acudir a Cracovia.

Carta de un padre a su hijo sobre la enseñanza de religión, Revista Escuela, 3.VI.2004

En 1919 el diario socialista de París «L’Humanité» publicó una carta dirigida por un padre socialista a su hijo. Trataba de la enseñanza de la religión, y fue escrita con tan buen sentido y con tanta honradez, que la creo digna de que sea conocida. Dice así: Continuar leyendo “Carta de un padre a su hijo sobre la enseñanza de religión, Revista Escuela, 3.VI.2004”