Ignacio Aréchaga, “Polémica en torno a los profesores de religión”, Aceprensa, 12.IX.2001

El comienzo del curso escolar en España se ha visto agitado por la polémica en torno a los despidos –así los llaman los periódicos– de dos profesoras de Religión católica. La Iglesia insiste en que no se trata de despidos, sino más bien de la no propuesta por parte de dos obispos de sendas profesoras de Religión para el curso 2001-2002. La virulencia de los ataques y descalificaciones contra la actuación de la Jerarquía católica por parte de algunos medios de comunicación está siendo notable.

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Juan Manuel de Prada, “Apoteosis del estridentismo” (profesores de religión), ABC, 10.IX.2001

El sensacionalismo, el amarillismo, todas aquellas estrategias charcuteras que postulaban la deformación cochina de la realidad, palidecen ante las nuevas técnicas desarrolladas por los medios de adoctrinamiento de masas. Al menos, aquellas antiguas tretas del periodismo se sustentaban sobre la existencia de una noticia, o siquiera de un atisbo de noticia, que se engordaba con delirantes y calumniosas carnazas. Ahora la treta consiste en inventar, en «producir» la noticia, y en cocinarla muy cuidadosamente, para que su irrupción en la realidad provoque un clima de histeria disparatada y estridente; no hace falta añadir que esta invención nunca es ingenua, sino que anhela la ruina de personas o instituciones, apelando a los bajos instintos de la masa manipulada, a sus sentimientos más ofuscados, a veces mediante coartadas dudosamente compasivas. Ejemplos de este estridentismo los hay a patadas; pero sin duda una de sus víctimas más asediadas, por razones de odio atávico o simple ojeriza cantamañanas, es la Iglesia católica. Nada más higiénico y saludable que mantener sobre la Iglesia una labor vigilante de escrutinio que repruebe sus abusos de poder; nada tan abyecto y demagógico como someter a zafarrancho periodístico el uso legítimo de sus atribuciones.

Este asunto de los profesores de Religión destituidos cumple a machamartillo todos los requisitos del estridentismo más cochambroso. Se trata de un caso en el que los medios de adoctrinamiento de masas, con avilantez y desparpajo, utilizan la tribulación particular de los profesores destituidos para lanzar un mensaje avieso a la sociedad, sin importarles que dicho mensaje pisotee la letra y el espíritu de las leyes, amén del sentido común. No importa que esa atribulación particular de los profesores destituidos sea fruto de una decisión voluntaria y contraria a las más elementales «reglas del juego» que pretenden jugar; no importa tampoco que existan unos tratados internacionales que obligan a dos Estados soberanos, España y El Vaticano. El estridentismo de los medios de adoctrinamiento de masas se pasa por el forro de los cojones (perdón, quiero decir escroto) todas estas premisas, en su anhelo de hacer sangre y causar escándalo; sólo interesa la «producción» de una noticia.

Repasemos un poquito el especial marco jurídico en el que se desenvuelve la labor docente de los profesores de religión. El Estado español reconoce a la Iglesia su competencia para elegir a las personas idóneas en el desempeño de esta labor; también su facultad para removerlos de su puesto, cuando esas condiciones de idoneidad se infringen o incumplen. Que yo sepa, a nadie se le obliga a dar clase de religión con una pistola en el pecho; así que se da por sobrentendido que quien se postula a este puesto está dispuesto a transmitir las enseñanzas de la Iglesia y a predicar con el ejemplo. Si la Iglesia enseña que el matrimonio es un sacramento indisoluble (lo cual puede parecernos un axioma o una paparrucha irrisoria, pero nuestra opinión no importa, puesto que las enseñanzas de la Iglesia sólo vinculan a quienes profesan su fe), ¿por qué demonios ha de mantener en su labor docente a quien no acata esa enseñanza? Un asunto tan de perogrullo ha sido encumbrado a la categoría de noticia mediante argumentos chuscos o estrafalarios en los que se invocan Derechos Fundamentales y Demás Grandilocuencias Relumbrantes. A esta munición de argumentos turulatos ha contribuido, incluso, este periódico con un editorial en el que se fundamentaba el rapapolvo a los obispos en razones de conveniencia social y en la aplicación urbi et orbi del artículo 14 de la Constitución. Aprovechando este clima de estridentismo, mañana podría encontrar apoyo en los medios de adoctrinamiento de masas un soldado profesional que, tras jurar bandera, se negase a empuñar un arma y fuese expulsado del Ejército. ¡Igualdad a granel, que la Constitución nos ampara!

Ignacio Sánchez Cámara, “Profesores de religión”, ABC, 8.IX.2001

La oposición, casi unánime, suscitada por la decisión episcopal de no renovar el contrato de una profesora de Religión Católica de un centro público por haber contraído matrimonio civil con un divorciado, caso al que se han añadido otros dos más por distintos motivos, se basa, si no estoy equivocado, en una consideración parcial del asunto. Casi todos los argumentos se centran en el evidente perjuicio personal sufrido por la profesora como consecuencia del ejercicio de un derecho civil, pero omiten el derecho de la Iglesia Católica a enseñar su doctrina y, por tanto, a determinar quiénes la enseñan. Con ánimo de contribuir a completar tan parcial debate van las siguientes consideraciones, que no certezas.

El aspecto legal no parece ofrecer dudas. La asignatura se denomina «Religión Católica», no «Religión» sin más. Se trata, pues, de una enseñanza confesional aunque se imparta en un centro público de un Estado no confesional. Es el resultado de un compromiso contraído por el Estado con la Iglesia Católica y con otras confesiones religiosas, que también designan en su caso a sus propios profesores. La Iglesia tiene, pues, el derecho de nombrar a los profesores de Religión Católica y, por lo tanto, también el de proponer la no renovación de sus contratos. Existe jurisprudencia del Tribunal Constitucional que incluye entre los requisitos de idoneidad del profesor de Religión el que no mantenga, de modo público y notorio, un modo de vida institucionalizado contrario a la enseñanza que imparte. Mas un derecho puede ser ejercido sabia o torpemente, prudente o imprudentemente. Entramos, pues, en el terreno de la evaluación moral de la legal decisión episcopal. Debo confesar que prefiero la Iglesia del perdón a la del castigo, y que, uno de los pasajes evangélicos que siempre me impresiona más es el de la adúltera perdonada porque aúna la intransigencia ante el pecado con la indulgencia hacia el pecador. En este caso, lo decisivo es determinar si la enseñanza de la profesora se adecuaba o no a la Religión y a la Moral católicas. Si hubiera que exigir un cumplimiento perfecto, nadie podría ser profesor de Religión ni obispo. El problema consiste en valorar si quien incumple de modo público y continuado la Moral que enseña puede o no cumplir con el requisito necesario de la ejemplaridad. En cuestiones de enseñanza moral tiene que existir una coherencia mínima entre vida y doctrina. Si la profesora no ha incumplido ningún deber laboral, tiene todo el derecho a continuar en su puesto de trabajo, mas no a hacerlo en nombre de la misma Iglesia cuya doctrina públicamente incumple. Por lo demás, siempre cabe la posibilidad de que sea contratada para enseñar otra asignatura no confesional como la Ética, lo que permitiría hacer compatibles los dos derechos en conflicto.

Una cosa es la prudencia y la adaptación a los tiempos y otra claudicar ante la eventual opinión mayoritaria de la sociedad. No parece que su fundador encomendara a la Iglesia Católica la misión de acomodarse a los criterios dominantes en la sociedad sino la de enseñar su mensaje aun arriesgando la vida si fuera necesario. Tampoco parece que los primeros cristianos se atuvieran a los criterios morales dominantes en la sociedad romana. Lo que también debería ser motivo de reflexión para sus responsables es la razón del aumento de la distancia entre sus enseñanzas y el rumbo de la sociedad, y también los efectos que la decisión adoptada y, quizá sobre todo, la manera de presentarla y defenderla, pueden provocar en la opinión pública y en la conciencia de la profesora cesante. Mas una cosa es la comprensión y la tolerancia y otra renunciar a determinar quién puede enseñar la propia doctrina y cuál es el genuino contenido de ella.

Julio de la Vega-Hazas, “Las sectas en el panorama religioso de hoy”, Palabra, IX.2001

Cuando no hay formación y falta la fe, aparecen los «sucedáneos patológicos».

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Juan Manuel de Prada, “¡Que legislen ellos!” (clonación), ABC, 4.VIII.2001

La cobardía, si no oliese a cagalera, resultaría conmovedora. Prueben a taparse las narices y comprobarán que las palabras de la ministra Ana Birulés, anunciando que el Gobierno español no promoverá una legislación sobre el uso de embriones en laboratorios, poseen una especie de grandeza lastimosa que ablanda el moquillo y las glándulas lacrimales. Un sentimiento similar debió de embargar a la multitud que aguardaba el veredicto de Poncio Pilatos, cuando el gobernador de Judea solicitó un aguamanil para ejecutar sus abluciones. La hipocresía disfrazada de ecuanimidad, el miedo emboscado de triquiñuelas dilatorias y, en definitiva, ese propósito tan mequetrefe de contentar a todos y no molestar a nadie, vuelven a impulsar la labor de este «gobierno de pasmados» (Carlos Herrera dixit) que deambula groggy por la lona, suplicando que suene la campanilla que anuncia el final del combate. ¿Hasta dónde llevarán su virtuosismo de escamoteadores, su vocación de escapistas profesionales? Diríase que, al menos desde hace algunos meses, su única preocupación fuese zafarse de los asuntos enojosos o peliagudos, postergar indefinidamente la adopción de medidas controvertidas, soslayar cualquier atisbo de litigio. Esta estrategia de lavamanos y sálvese quién pueda amenaza con dejar al país empantanado, pero nuestros gobernantes parecen cómodos en medio de este marasmo de plácida inoperancia que ellos mismos han creado. Parece como si, convencidos de que la anunciada retirada de Aznar marca el final de un ciclo, su lema fuese: «El que venga detrás, que arree».

La ministra Birulés, fiel a su papelón de comparsa en la tragicomedia, ha asegurado que el Gobierno español esperará «al marco jurídico que se desarrolle dentro de la Unión Europea», para decidir la suerte de los embriones congelados que aguardan en nuestros laboratorios. A nadie con una mínima provisión de neuronas se le escapa que este subterfugio dilatorio (que pisotea, además, el principio de soberanía nacional) encubre un anhelo chabacano y pueril de caer simpáticos a todo el mundo, de remediar con cataplasmas y anestesias lo que exige una inmediata intervención quirúrgica. Temen nuestros gobernantes, por un lado, que se les tache de retrógrados si prohíben la experimentación con embriones; pero también les sofoca pensar que una parte nada nimia de su electorado se subleve ante una práctica que merodea peligrosamente la infracción del derecho a la vida. La cobardía moral, esa cochambre de tibieza y estolidez que caracteriza a nuestra derecha centrípeta, empieza a adquirir ribetes de esperpento. Prefieren propiciar la alegalidad antes que enfrentarse a la solución de asuntos espinosos que podrían desequilibrar sus hábiles ejercicios de autismo.

La primera misión de un gobierno consiste en garantizar a los ciudadanos que se hallan bajo su mandato un ámbito de seguridad jurídica («un marco jurídico de seguridad», hubiera dicho la ministra Birulés, para que la frase quede mejor enmarcada). En cambio, el Gobierno presidido por Aznar, embarrancado en los arrecifes de la dejación de responsabilidades, preconiza la instauración de la alegalidad como método para seguir tirando. Hoy son los embriones congelados en laboratorios los que se quedan sin regulación, en espera de que la Unión Europea del Imperio Romano pontifique. Pero ayer mismo fueron otros asuntos no menos perentorios los que navegaron por este limbo al que nuestros gobernantes arrojan cualquier patata caliente. Recordemos, por ejemplo, que tampoco se atrevieron a ofrecer ninguna solución legislativa a los homosexuales que demandan un reconocimiento de sus uniones. Si ahora, con los embriones, han descargado la responsabilidad en la Unión Europea del Imperio Romano, entonces idearon la triquiñuela de auspiciar leyecitas regionales (perdón, autonómicas) de dudoso encaje constitucional, para que distrajeran la atención. El caso es arrojar balones fuera, para no tener que infringir su estrategia de pasividad. La cobardía, ya digo, resultaría conmovedora, si no oliese a cagalera.

Juan Manuel de Prada, “Memoria de Induráin”, ABC, 23.VII.2001

Parece que fue ayer mismo, y ya han transcurrido diez años desde que ganó su primer Tour. Miguel Induráin no ha sido tan sólo el más portentoso deportista español del que uno guarde memoria, sino también un ejemplo para todos esos zascandiles, borrachos de fama y de dinero, que se pavonean por las secciones deportivas de los periódicos, como asteroides sin rumbo que a la temporada siguiente ya ha sepultado el olvido, u otro asteroide que llega con la cartera mejor provista de billetes. Creo que si Miguel Induráin nos entusiasmó no fue tan sólo por sus dotes físicas apabullantes, por su cosecha monótona de triunfos, ni siquiera por mero fervor patriótico, sino porque en él habían encontrado cobijo algunas de esas pasiones antiguas que encumbran al deportista a una categoría mítica: la austeridad, la modestia, el tesón, la magnanimidad sin alharacas. ¿Recuerdan cómo nos sublevábamos cada vez que cedía la victoria a un contrincante ante la mismísima línea de meta? Entonces, en el calor del momento, lamentábamos que Induráin no estuviese poseído por el «instinto asesino» que exaltaba a otros ilustres predecesores suyos, como el omnívoro Merckx. Hoy, sin embargo, la memoria enaltece la figura de aquel campeón tranquilo, y agradecemos aquellos gestos de obstinada generosidad. ¡Cuánto crece en la nostalgia la figura de aquel deportista irrepetible! En estos días en que el estadounidense Armstrong pasea su supremacía por las carreteras francesas, nos acordamos de aquel mocetón de Villava, tan diverso en estrategias y modales. Induráin jamás hubiese fingido un desfallecimiento para después triunfar avasallador en L´Alpe d´Huez. Esa innoble incursión en la pantomima, seguida de un presuntuoso alarde, jamás hubiese manchado la ejecutoria de un campeón como Induráin; el obsceno exhibicionismo, el taimado fingimiento no figuraban en el manual de conducta de aquel hombre que, en el sufrimiento y en el triunfo, adoptaba la misma máscara de impavidez, la misma humilde actitud de abnegación callada. Su elenco de victorias, amplísimo y mareante, se queda chiquito, sin embargo, ante la lista mucho más concurrida de victorias cedidas a sus rivales. O incluso a sus compañeros. Aquel espíritu de renuncia casi heroico alcanzó su cúspide en cierto mundial de fondo en el que otro corredor sometido a su disciplina, pisoteando las ilusiones largamente soñadas por Induráin, aprovechó el miedo venerable que el pentacampeón del Tour infundía a sus rivales para lanzarse hacia la meta. Induráin pudo haber reprimido aquel ardid arribista, pero dejó marchar al postulante; luego, en la meta, cuando entró segundo, Induráin alzó los brazos en señal de victoria. Fue la única vez que le vi realizar un gesto ostentoso de triunfo; pero no lo hizo para sí, sino en honor del compañero oportunista, al que cedió graciosamente los laureles. ¿Cabe mayor muestra de sacrificio? Nunca nadie llevó con mayor aplomo y honrado sosiego su superioridad inatacable. Nunca nadie se mostró más humanamente discreto; cuando llegó la hora de la despedida, lo hizo como de puntillas, dejándonos a todos un nudo en la garganta y un revoloteo de mariposas en el estómago. ¿Recuerdan que, siempre que hablaba de sus triunfos, lo hacía en un plural de modestia, precisamente él, que podría haberse permitido el plural mayestático? ¿Recuerdan que rehuía el escrutinio de la cámara, con una especie de incomodidad vergonzosa? Se había casado con su novia de toda la vida -otro ejemplo para tanto chisgarabís que confunde el éxito con el nomadismo de la ingle- y se retiró a su pueblo, para envejecer con la misma serena parsimonia con que antes había paseado por los territorios de la leyenda. Fue el héroe de mi juventud, y uno de los pocos hombres que me han permitido comprender la épica callada del deporte. Fue único y supremo; hoy, además, sabemos que era irrepetible. Por eso lloramos su ausencia.

Juan Manuel de Prada, “Tan sólo una alubia”, ABC, 21.VII.2001

Así me lo ha descrito mi mujer, como una alubia que palpita en sus entrañas, como un corazón diminuto que crece noche y día, como un nudo de sangre que anhela el futuro vertiginoso, la vida incalculable que le aguarda tras nueve meses de gestación. Yo no he podido acompañarla al médico, porque me encontraba lejos de casa, pero la noticia -tan deseada, tan fervorosamente deseada- a través del teléfono me ha llenado de una alegría que tiene algo de ebriedad y también algo de espanto. Ebriedad porque el mundo vuelve a inaugurarse ante mis ojos, con un súbito fuego y un aleteo de aturdida paloma; espanto porque ese hijo que crece en el vientre de mi mujer, invulnerable y lento como una estrella, me convertirá en un hombre que ya no se agota en sí mismo, sino que se prolonga a través de ese rescoldo de carne que mañana sostendré en mis brazos, como una ofrenda a esa inteligencia suprema que rige la órbita de los planetas y el itinerario de la sangre. De repente, el calendario ha dejado de registrar un cómputo de días monótonos como la arena y ha empezado a acompasar su latido con el latido de ese corazón rudimentario que mi mujer atisbó a través de la ecografía. Ahora el tiempo es la música que acompaña ese recóndito sueño de espuma que es nuestro hijo; ahora el tiempo es el nido que cobija ese rumor de lejana caracola que es nuestro hijo, creciendo noche y día.

Tras recibir la noticia, he sentido un inédito asombro. Durante muchos años, pensé que mis libros serían los únicos testimonios de mi paso por la tierra, pero ahora que ya sé que voy a prolongarme en otra carne he creído inundarme de una luz nueva y he salido al monte, porque la habitación del hotel donde me hospedo no podía albergar ese tumultuoso alud de pasiones que me golpeaba. Allí, en la soledad del monte, convertido en un ser tan diminuto como esa vida que crece dentro de mi mujer, he oído el nombre de nuestro hijo repetido por el viento, he visto su rostro esculpido en cada piedra, he respirado el olor de su trémula carne en la sombra de cada árbol, he escuchado su primer sollozo en el sol rugiente que bautizaba la mañana. Luego, aplacada tanta exultación, he vuelto al hotel, para pensar a ese hijo que vendrá cuando la primavera ya se anuncie en el aire. ¿Cómo podré hacerme digno de él? ¿Cómo será el mundo que acoja su andadura? ¿Conseguiré que aprenda a amar las mismas cosas que yo he amado? ¿Crecerá en esa intemperie que anuncian algunos apocalípticos, sin religión y sin libros, o, por el contrario, encontrará alivio espiritual ante la imagen de Dios crucificado, ante el bosque de palabras que soñaron otros hombres, para espantar el fantasma de la muerte? ¿Estará poseído por el estigma del arte? ¿Llorará, como yo lloro, cada vez que lea la despedida de Héctor y Andrómaca en La Iliada, cada vez que contemple la agonía de Espartaco en la película de Kubrick? ¿Le gustará cazar mariposas en verano, escuchar viejas historias de los labios de su bisabuelo casi centenario, descifrar los sagrados parajes del latín? ¿Se enamorará desde niño de una compañera de clase que le dará calabazas, pero él seguirá insistiendo hasta casarse con ella, como yo he hecho con su madre? ¿Cómo serán nuestras broncas y peleas? ¿Tendrá una adolescencia hermética y taciturna? ¿Querrá matarme simbólicamente, como propugnan los discípulos de Freud? ¿Nos abandonará muy pronto, a su madre y a mí, para alzar su propio vuelo, dejándonos solos con nuestros recuerdos? Las preguntas se abalanzan sobre mí como un enjambre que me nubla la vista. Quizá sea demasiado pronto para darles respuesta. De momento, cuento los minutos que restan para reunirme con mi mujer y tenderme a su lado, pegar una oreja a su vientre y escuchar la germinación jubilosa de la carne, ese lentísimo desentumecimiento de una vida que crece, frágil como una lágrima pero ya dispuesta a respirar, ya dispuesta a levantarse para tomar el relevo y empezar a indagar la aurora. En esa aurora presentida, en esa respiración mínima pero creciente se contiene el inmenso tamaño de mi esperanza.

Alfonso Aguiló, “Personas interesadas en los demás”, Hacer Familia nº 89-90, 1.VII.2001

«Así era mi madre —rememoraba la protagonista de El Volumen de la ausencia, esa gran novela de Mercedes Salisachs—. Un camino de renuncias sembrado de querencias que pocas veces manifestaba.

»Su ejemplo era un continuo desafío para mis reacciones egoístas. Un día, exasperada, le pregunté cómo era posible que sintiera amor por todo el mundo. Su respuesta me dejó perpleja. Me contempló, asombrada, como si yo fuera un ser de otro planeta, y me dijo: “Hija mía —y golpeó con suavidad mi frente, como si quisiera despertarme—, ¿de dónde sacas que yo siempre siento eso? El amor verdadero no siempre se siente, se practica.” »Ella solía decirme: “Actuar es la mejor forma de querer, hija. No es necesario que sientas amor por ellas —recalcaba—; sencillamente, ayúdalas. Verás qué pronto las quieres”.

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Alfonso Aguiló, “Actitud positiva”, Hacer Familia nº 88, 1.VI.2001

He recibido un e-mail, de esos envíos masivos que se mueven a diario por el ciberespacio, que habla de un tal Jerry. Tiene su gracia, y es breve, así que lo copio a continuación.

Jerry era director de un restaurante en una pequeña ciudad de Estados Unidos. Siempre estaba de buen humor y tenía algo positivo que decir.

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Juan Manuel de Prada, “Primera comunión”, ABC, 21.V.2001

Ayer, mientras mi ahijada Sara recibía su Primera Comunión, me acordaba de una sublime película (como casi todas las suyas) de Max Ophüls, «El placer», basada en relatos de Guy de Maupassant. En uno de los episodios, la madama de un concurrido burdel parisino cerraba su establecimiento para asistir a la Primera Comunión de su sobrina, hija de un jocundo campesino interpretado por el grandioso Jean Gabin, y se llevaba con ella a todas sus pupilas, un gineceo de muchachas bulliciosas a quienes su oficio no había logrado arrebatar la alegría. Cuando las putas, muy peripuestas y alborozadas, acuden a la misa en la que la sobrina de su jefa va a recibir a Dios, Ophüls nos acaricia la víscera de la emoción y nos remueve ese fondo de pureza que los hombres albergamos, allá al fondo de la memoria, bajo la maleza de los años. Las niñas comulgantes unen sus voces blancas para cantar el milagro de la Eucaristía, y la cámara se alza para captar la luz polinizada, casi comestible, que invade la iglesia rural; flotando en el aire, mecido por el ímpetu de esas gargantas que aún no conocen el pecado, Dios entra de puntillas, invisible y balsámico, en la iglesia, y se posa en el corazón de esas putas bondadosas, que por un momento, con los ojos arrasados de lágrimas, vuelven a ser niñas como antaño.

Una sensación similar me asaltaba ayer, mientras mi ahijada Sara se convertía en morada de Dios. La veía desfilar por el pasillo central de la iglesia, con su vestido blanco velado de organdí, con sus mitones blancos, con su alma blanca y su cuerpo blanco y su oración blanca en los labios, y me acordaba del niño que fui, del niño que habitaba dentro de mí, como un ángel que de pronto se desperezase, para lavarme de pecados y herirme con la herida de la nostalgia, que nunca cicatriza. Veía a mi ahijada Sara en el altar, flanqueada por otras niñas tan blancas como ella, embalsamadas de blanco, cuajadas de blanco, como una primavera unánime que espantase el acecho de las sombras, y me acordaba de mí mismo, cuando en un tiempo que ya creía enterrado (pero que, de pronto, se congregaba, pujante y vívido, en mi carne) formulaba con infinita veneración e infinito temblor aquellas palabras de la liturgia: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme». Veía a mi ahijada Sara unir su voz de luna a las voces de las otras niñas, en una hoguera blanca que se enroscaba en torno al sagrario, como una voluta de fuego purísimo, y me acordaba del niño que fui, encandilado de misterio, crédulo y fervoroso, aureolado de una pureza que ya creía reducida a cenizas, pero que de repente me ha calentado con su rescoldo, con una delgadísima reminiscencia que me ha atravesado, como una espada incruenta, ese rincón de la memoria donde se guarece lo mejor de nosotros. Veía a mi ahijada Sara alargar la lengua para recibir a Dios, y la veía cobijarlo hospitalariamente en su boca, pegadito al paladar, para que allí se fuera disolviendo lentamente, silenciosamente, con esa parsimoniosa beatitud que tiene la vida sostenida sobre el filo del milagro, y he recordado que un día ya muy lejano yo también fui por primera vez anfitrión de Dios, para mostrarle las estancias de mi castillo interior, que eran transparentes e inundadas por una luz cenital, limpias e inoxidables como una patena.

Hoy, en esas cámaras se aloja el polvo decrépito del pecado, las telarañas cansadas del desengaño, la mugre anciana que la vida va arrojando sobre nosotros, pero mientras veía a mi ahijada Sara reclinada en el altar, en diálogo mudo con su Huésped, he sentido, de repente, que un aire invisible entraba en mis estancias sin ventilar, para orear la ropa guardada en los armarios, para hacer restallar, otra vez blancas y otra vez orgullosas de su pureza, las sábanas de los recuerdos, en las que está estampada el alma de un niño que nunca muere. Yo también, junto a mi ahijada Sara, he vuelto a hacer la Primera Comunión.