Jorge Otaduy, profesor de Derecho Eclesiástico del Estado en la Universidad de Navarra, explica las peculiaridades de la enseñanza de la religión en los centros públicos, según la legislación española y fruto del Acuerdo con la Santa Sede. Para el profesor Otaduy se trata, en efecto, de una relación laboral atípica consecuencia de su doble dependencia: respecto de la Administración Pública y de la Iglesia. Continuar leyendo “Jorge Otaduy, “Quien elige religión católica desea lo que enseña la Iglesia católica”, PUP, 23.X.2001″
Juan Manuel de Prada, “Elogio del refrito”, ABC, 20.X.2001
Los perseguidores de Cela se rasgan ahora las vestiduras porque el escritor ha leído un discurso que repetía con escasas variantes otro que ya había largado en una ocasión anterior. El refrito de Cela, muy saludable y divertido, demuestra varias verdades incontrovertibles: a) que los fastos culturales al estilo del celebrado en Valladolid constituyen ejercicios bostezantes donde no importa repetir lo que ya se ha dicho; y b) que los medios de adoctrinamiento de masas sólo se enteran a la segunda. Paradójicamente, el fasto vallisoletano, tan aburrido y suntuoso, no ha deparado ninguna noticia digna de mención, salvo las precisiones lingüísticas de Cela, que en Zacatecas quedaron difuminadas porque Gabriel García Márquez las apabulló con aquella boutade peregrina que postulaba la supresión de la ortografía. Hay que aplaudir, pues, a Cela, por desenmascarar la inercia que rige estos fastos, donde los zampones que manejan el cotarro se llevan la guita a casa por ensartar chorradas grandilocuentes, y encima se pavonean como si fuesen los salvadores del idioma. Y hay que rendirle un aplauso supletorio por haber dinamitado el marasmo informativo que segregaba un fasto tan superfluo. Cela, octogenario e instalado en la gloria, sigue conservando el instinto terrorista de su juventud. ¿No deberíamos agradecérselo, en lugar de abrumarlo con denuestos hipócritas? Por lo demás, el refrito constituye la cortesía máxima del escritor, que vuelve a regalar a sus lectores aquellas palabras que en otro tiempo les brindó sin que le hicieran caso. Si Cela consideraba que las precisiones contenidas en su discurso merecían la atención social, ¿por qué no habría de repetirlas dos, tres y hasta trescientas veces si le apetece? ¿Acaso no hubiese sido mucho más lamentable ofrecer un pálido remedo, una paráfrasis difusa o cualquiera de esas triquiñuelas que el escritor emplea para marear la perdiz? Además, ¿no consiste la dignidad intelectual en pensar lo mismo sobre los mismos temas? ¿No es preferible repetirse que ser un veleta? Ciertamente, el abuso del refrito puede convertir al escritor en una caricatura de sí mismo; algo así le ocurrió a Emilio Carrere, rapsoda de las musas del arroyo y de la bohemia más desastrada, que completaba los manuscritos rescatando de aquí y de allá capítulos de sus obras anteriores, a los que sólo cambiaba el título y los nombres de los personajes. Pero frente a este caso paródico de Carrere, tenemos el ejemplo de Valle-Inclán, que con gran habilidad empedraba sus novelas con retazos de los cuentos que previamente había publicado en revistas de la época. ¿Acaso la comisión del refrito rebaja el esplendor de la prosa valleinclanesca? Otro refritero insigne y recalcitrante, acostumbrado a pasar varias veces sus artículos por la sartén de la prensa, fue Julio Camba, que en los aledaños de la vejez se dedicó a rescatar piezas de juventud. En ABC no tardaron en descubrirle el ardid, pero nunca se lo reprocharon, pues, ¿acaso aquellas palabras traspasadas de sutil inteligencia no merecían los honores de la reimpresión? También Dámaso Alonso practicó con risueña impunidad el refrito en sus conferencias, que pronunciaba una y otra vez, sin variar una coma, hasta que consideraba que ya las había amortizado. Para realizar este cómputo, solía anotar en los márgenes de la conferencia mecanografiada las cantidades que le iban abonando en ateneos y casinos y cajas de ahorros, hasta completar una cifra decorosa. En alguna ocasión me ha ocurrido que algún lector me ha conminado a volver sobre el tema de algún artículo que le ha complacido especialmente. A estos lectores tan impacientes siempre les respondo con socarronería: «Paciencia, amigo, que todo se andará; basta con que dejemos correr un poco de tiempo». No saben ellos cuánto les agradezco estas incitaciones al refrito, pues las avaras musas no nos permiten ser originales sin interrupción. Afortunadamente, porque quien es original sin interrupción o es un chaquetero o es un charlatán. Cela le ha lanzado con su refrito una higa al mundo, que es como una señora sorda exigiendo que le repitamos a voces que, además de sorda, es una fea y una estrecha.
Rafael Navarro-Valls, “Los contratos del profesorado de religión en España”, PUP, 18.X.2001
El Profesor Rafael Navarro-Valls, Catedrático de la Universidad Complutense y Secretario General de la Real Academia Española de Jurisprudencia responde a las preguntas que le ha formulado nuestro redactor Óscar Garrido con motivo de la presentación en el Congreso por parte de Izquierda Unida de una moción y anteriormente una proposición no de ley en la que denunciaba que el despido de Resurrección Galera vulnera una serie de derechos constitucionales: la libertad de expresión y libertad de cátedra, derecho a la intimidad y derecho al trabajo.
Alfonso Aguiló, “Moral laica”, Hacer Familia nº 92, 1.X.2001
Muchos padres y educadores están preocupados por la educación moral de sus hijos, alumnos, etc. Ven que bastantes de sus actuales problemas tienen la raíz en una deficiente o insuficiente formación básica en las convicciones morales, criterios de conducta, ideales de vida o valores. Pero lo que más llama la atención es que bastantes de esos padres y educadores, aun considerándose buenos creyentes, cuentan poco con la fe a la hora de educar, y eso puede ser un error de graves consecuencias.
Es cierto que se puede tener una moral muy exigente sin creer en Dios. Y también es cierto que existen personas de gran rectitud moral que no son creyentes. Y es verdad se pueden encontrar doctrinas éticas respetables que excluyen la fe. Pero no veo que ninguna de esas razones haga aconsejable que una persona creyente eduque a sus hijos como si no tuviera fe, o que ignore la importancia que tiene la religión en la educación moral de cualquier persona.
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Juan Manuel de Prada, “Sexo a la carta”, Blanco y Negro, 14.X.2001
¿No se puede detener el progreso? Un dictamen del presunto Comité Ético de la Sociedad Americana de Medicina Reproductiva desconfíen de tantas mayúsculas seguidas acaba de declarar “aceptable” que las parejas puedan elegir el sexo de sus hijos mediante la selección de embriones. Así, por ejemplo, no se consideraría reprobable que una pareja cuyo primogénito fuese varón utilizase la técnica de fecundación in vitro para obtener un embrión cuya combinación de cromosomas garantizase el nacimiento de una hembra; los embriones que no resultasen agraciados en la tómbola genética pasarían directamente a la trituradora. El dictamen de este presunto comité ético es emitido cuando la sociedad se debate en una dolorosa polémica moral sobre la experimentación con embriones: ¿es lícito progresar en el estudio de las enfermedades que desafían los remedios convencionales de la medicina a costa de aniquilar una spes vitae, una esperanza de vida?; y a la inversa: ¿es lícito aferrarse a la protección de esa spes vitae cuando se dirime la salvación de vidas ya consolidadas? Este debate, tan peliagudo y abismal, nos pilla, además, en una incómoda situación de desvalimiento, en la que la precariedad de nuestros fundamentos morales se alía con un pavoroso vacío legal, puesto que el estatuto jurídico del embrión humano no ha sido suficientemente establecido por el Derecho. Pero héte aquí que, mientras este debate se dirime, surge este dictamen del presunto comité ético estadounidense, que admite la posibilidad de destruir embriones, ya no por necesidad científica, sino por capricho. Por el puro antojo de incorporar a la prole un hijo de uno u otro sexo. Uno entendería que la selección del sexo de los embriones se realizara para evitar en la descendencia la perpetuación de taras o enfermedades hereditarias (pensemos en la sífilis, por ejemplo, aunque de nuevo nos tropezaríamos con insalvables dilemas morales. Pero, ¿qué argumentos pueden asistir a la pareja que acude a la medicina reproductiva con el deseo de elegir el sexo de su hijo? Permitirles elegir el sexo de su vástago infringe los códigos más elementales de la vida, que se rige mediante azarosas combinaciones. Quebrantar ese azar constituye, además de una postulación de la eugenesia, la antesala de una aberrante aceptación del aborto indiscriminado, siempre que el sexo del nasciturus no concuerde con las preferencias o gustos de los padres.
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Juan Manuel de Prada, “Desaliento en las aulas”, ABC, 8.X.2001
No hace falta recurrir a las encuestas para percibir el desaliento que postra a la mayoría de los maestros y profesores. Sus quejas, que ya suenan desesperadas y agónicas de tanto repetirse, se han convertido en esa marejada de fondo a la que nadie hace demasiado caso, al menos hasta que se produzca el definitivo maremoto que nos ahogue a todos. Si cada época propicia el heroísmo secreto y el sacrificio de una clase o grupo social, sobre cuyos hombros se arroja el peso de una responsabilidad sobrehumana, nadie dudará que ese papel poco remunerado (al menos, poco remunerado espiritualmente) se le ha asignado en nuestro tiempo a los maestros y profesores, cada vez más desatendidos en sus tareas educativas. Hemos logrado despojar de significado aquel adagio popular que asociaba la labor docente con la pobreza («pasa más hambre que un maestro de escuela»), pero a cambio hemos volcado sobre quienes la ejercitan la misión demasiado gravosa de servir de parapeto y muro de contención frente a la inepcia de nuestra política pedagógica y a la descomposición de los modelos familiares establecidos. Padres, profesores y alumnos coinciden en destacar la influencia insustituible que la institución familiar ejerce sobre el niño. Pero la desmembración de la familia, así como el asedio al que se ha visto sometida desde muy diversos frentes, dejan al niño expuesto a la intemperie del desamparo, huérfano de ese cimiento afectivo y cultural sin el cual resulta imposible levantar el edificio educativo. Algún día, cuando por fin se escriba la crónica veraz de nuestro tiempo, habrá que empezar a señalar con el dedo a los miserables que han jugado insensata y alevosamente a destruir el cimiento familiar, convencidos de que era el último baluarte donde se refugiaba la «reacción». Estos miserables, a quienes guía el afán de profanar lo sagrado y el más turbio resentimiento (no habría más que escarbar en las alcantarillas de su pasado), han logrado, mediante el recurso sistemático de la insidia, minar la piedra angular sobre la que se afirmaba nuestra convivencia y nuestra cultura. Ahora, la familia -o los jirones que de ella restan- ya no es aquella placenta en la que el niño asimilaba, mediante herencia secular, unos códigos de conducta y una forma de estar en el mundo, sino el páramo despavorido (¡sálvese quien pueda!) donde el niño crece sin brújula, expuesto a influencias que dejan en su piel, maleable como la arcilla, la huella de la vileza.
Desgajados de ese tejido familiar que antaño los nutría, los niños ya no van a la escuela para completar el alimento espiritual que recibían en casa. Ahora, los niños -y esto bien lo saben los desalentados maestros- son enviados allí por los padres remolones para que se desfoguen y desbraven; puesto que nadie de su familia se ha preocupado de ensayar esta labor de doma -que, convenientemente entreverada de cariño, constituye el más sano aprendizaje-, el niño llega a la escuela asilvestrado y enemigo, poco dispuesto a acatar las recomendaciones del maestro (mucho menos sus órdenes, que el acoquinado maestro ya ni siquiera se atreve a formular) y, a poco que éste se descuide, preparado para subírsele a las barbas. Súmese a esta pavorosa intemperie familiar que el niño arrastra la indigencia y la babosería de unos planes de estudio que premian la mediocridad y castigan la excelencia, que aborregan al estudiante y maniatan al maestro, que impiden la reprensión y el castigo, que estimulan la algarabía cejijunta del «todo vale» (hasta la promoción automática, no importa el número de asignaturas suspensas) y reprimen la enseñanza de esas disciplinas que conforman nuestro código genético y explican nuestro lugar en el mundo, a través del espejo insustituible del pasado. Con tanta vileza promovida por los miserables y los tontos, ¿a quién puede sorprenderle el desaliento de los maestros?
Ignacio Sánchez Cámara, “La barbarie, contra la religión”, ABC, 8.X.2001
La barbarie del 11 de septiembre, y el fundamentalismo fanático del que se nutre, ha servido para cargar las baterías de los enemigos de la religiosidad.
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Paul Johnson, “El albor de una nueva era”, El Mundo, 19.IX.2001
¿Seremos testigos de un cambio dramático en el ánimo popular del mundo occidental? El siglo XX -el Siglo Americano, como se le ha llamado a menudo- ha sido la Era del Liberalismo. En los inicios de este siglo XXI el poder económico y la preponderancia militar de Estados Unidos son mayores que nunca. Pero yo siento que este cataclismo por el que está pasando el país va a traer como resultado un endurecimiento de las mentes y los corazones estadounidenses, cuya primera advertencia será la respuesta militar que se va a dar contra los enemigos de la nación. Y cuando Estados Unidos emprende algo, el resto del mundo le sigue.
¿Está a punto de convertirse este siglo XXI en la Era de la Reacción, en la que el reloj de los tiempos de nuevo se encamine firmemente hacia la severidad, la disciplina y la aplicación inexorable de la ley? (…) El vocabulario más apropiado para la respuesta estadounidense deberá venir marcado por expresiones tales como desquite y severidad, implacabilidad y justo castigo; es necesario aplicar las leyes, tanto nacionales como internacionales, con el máximo rigor e imponerlas a un mundo sin ley, aun a expensas de cualquier otra consideración.
Es mediodía y el sheriff ya se ha puesto su estrella y ha reclutado al pueblo entero para que le ayude a enfrentarse contra el Mal. Las consecuencias de todo esto se habrán de ver muy pronto en una legislación de emergencia -posiblemente con enmiendas a la Constitución- en cuantiosos gastos de dinero y de poder industrial, en la creación de nuevas fuerzas y armamento y en operaciones militares de gran envergadura y complejidad.
En este proceso, la necesidad urgente de seguridad tiene que echar el telón sobre un siglo de liberalismo y permisividad. Y no deben confinarse estos cambios de ánimo y dirección exclusivamente en la lucha contra el terrorismo.
Al igual que en el siglo XX las nociones liberales acabaron apoderándose de todos los ámbitos de nuestra sociedad -desde el sexo y los medios de comunicación hasta el crimen y su castigo, desde el matrimonio a la vida familiar y desde las relaciones entre padres e hijos a la sustitución de la tradicional noción del deber por los derechos universales- la reacción ahora frente a esos desacreditados valores se extenderá gradualmente, aunque con rapidez cada vez mayor, hasta alcanzar los últimos rincones de nuestras permisivas sociedades.
Esta reacción debe afectar, también, a asuntos tales como el divorcio, el aborto y la ilegitimidad, a la naturaleza de la educación, al comportamiento en las universidades, a la formación de la juventud, a la gestión de becas y, no como tema menor, al futuro de la religión y de los dictados fundamentales de la moralidad. De esta manera, nos encontraremos en un mundo nuevo y más severo, pero también más seguro y estable.
Muchos millones de personas, consternadas ante la forma en que la sociedad fue yendo a la deriva y degenerándose, vienen anhelando este tipo de cambios durante largo tiempo, desesperándose por lograrlos.
Pero los historiadores sabemos muy bien que un acontecimiento súbito y horrendo puede dar lugar a cambios fundamentales en la actitud general. Así, por ejemplo, la etapa del terror de la Revolución Francesa en 1790 conmocionó al mundo, produciendo como consecuencia un renacimiento religioso que culminó en una recuperación de valores que, a su vez, condujo a las certezas de la época victoriana.
El asalto terrorista contra Estados Unidos -y la respuesta que a continuación se producirá- puede suponer un acontecimiento de características muy similares y capaz, por tanto, de poner en marcha un retorno a la noción tradicional del Bien y del Mal.
Estos días, quizá, nos estemos situando en el umbral de una nueva era que alterará no sólo nuestras propias vidas sino, también, las de nuestros biznietos. Y si esto es así, quiero darle la bienvenida con toda mi inteligencia y todo mi corazón a este evento. Y usted también debería hacerlo.
Paul Johnson es historiador e intelectual británico, autor de “Los intelectuales”, “El nacimiento del mundo moderno”, “La Historia del siglo XX”, y “La búsqueda de Dios: una peregrinación personal”, entre otras obras.
Alfonso Aguiló, “Saber escuchar”, Hacer Familia nº 91, 1.IX.2001
“Con ése se puede hablar, no parece una persona mayor”. Así se explicaba, refiriéndose a un profesor suyo, un chico de catorce años en un comentario informal con un compañero de colegio.
Al oírlo, me quedé pensativo. Me preguntaba por qué pensaría ese chico que con la mayoría de las personas mayores no se puede hablar. Descalificar sin más esa desenfadada apreciación juvenil me parecía demasiado simple, demasiado cómodo. Es más, puede que fuera un buen modo de confirmarla. Era preciso abordar ese asunto con un poco más de autocrítica por parte de la gente adulta. Tengo unas ideas al respecto y voy a intentar explicarlas.
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Juan Manuel de Prada, “América”, ABC, 15.IX.2001
Así denominan los estadounidenses a su patria, con sinécdoque algo abusiva o presuntuosa. Sin embargo, tras la designación acaparadora (que algunos identifican con un irreprimible achaque imperialista), se ampara algo más que una mera realidad geográfica. América es una idea, un sueño -quizá algo equivocado- de libertad; y para defender ese sueño, los americanos han sido bendecidos por un don muy especial, que ningún otro pueblo occidental ha recibido en tan abundantes dosis: el patriotismo. Este don nos sorprende muy especialmente, puesto que el pueblo americano está formado por agregación de pueblos foráneos, por sucesivas oleadas de pioneros más o menos mendicantes que cruzaron el charco en pos de una tierra -de una idea- virgen que les permitiera inventar otra vez el mundo. El patriotismo americano es una fuerza formidable, aglutinante, ingenua y si se quiere hasta irracional que, a diferencia de otros patriotismos más titubeantes o postizos, se robustece en las circunstancias adversas. Creo que ha sido este sentimiento vinculado a la tierra -a la idea- que les brindó su hospedaje lo que ha convertido a América en la nación más poderosa del orbe; creo que ha sido esta adhesión sin fisuras a esa tierra -a esa idea- que tuvieron que ganarse palmo a palmo lo que los hace más fuertes. Cualquier persona que desee entender este sentimiento, aliado con una confianza a prueba de bomba en las posibilidades del hombre, debería repasar la filmografía de uno de los más grandes cineastas americanos de todos los tiempos, Frank Capra (quien, como todo el mundo sabe, nació en Sicilia). Viendo las películas de Frank Capra -tan risueñamente libertarias, en el fondo- se entiende mejor este sentimiento poderosísimo, en el que participan el júbilo y la utopía, el tesón y la franqueza, la religiosidad y una exultante vindicación del hombre, a quien se supone capaz de sobreponerse a las más titánicas adversidades y a los sistemas más corruptos. Con esta aleación de idealismo y ganas de arrimar el hombro que descubrimos en las películas de Frank Capra, el pueblo americano logró remontar, de la mano de Roosevelt, la mayor crisis económica y espiritual de su Historia, mientras la vieja y claudicante Europa se entregaba a las orgías insensatas del comunismo y el fascismo.
Las tres o cuatro lectoras que aún me soportan saben bien como abomino del peculiar american way of life, cómo me acongoja su sincretismo pseudocultural, que desdeña lo antiguo y rinde sus ofrendas en los altares botarates de la modernidad y el progreso. Pero, a la vez que repudio tantas invenciones americanas (del motor de explosión al perrito caliente), admiro su patriotismo incesante, que siempre ha prevalecido sobre otras pasiones disolventes y que, en circunstancias tan dramáticas como las actuales, galvaniza a un pueblo y lo arma de un indestructible vigor moral. Quienes ironizan sobre el patriotismo de los americanos quieren reducirlo a un asunto de banderas ondeantes, celebraciones colectivas de regusto fascistilla y folclores irrisorios; pero ese patriotismo, que a veces los atrinchera frente al mundo y los hace creerse elegidos y únicos, ha sido también en otras ocasiones el motor que ha propiciado la salvación del mundo. Lo más paradójico y milagroso de este sentimiento es que, en contra de lo que pregonan sus detractores, no nace de la uniformidad gregaria, sino de una diversidad inabarcable de razas y credos religiosos que, cuando el momento lo exige, entierran sus diferencias y se funden en un mismo magma humano. Admirable sentimiento que los obliga a renunciar a vindicaciones particulares y que, ante asedios atroces como el que ahora sufren, los empuja a adoptar decisiones tan acertadas como la de vedar pudorosamente a las cámaras los resultados de la carnicería.
Los analistas, a la hora de examinar la hegemonía de los Estados Unidos a lo largo de las décadas, suelen invocar razones económicas o militares, pero olvidan este sentimiento arraigadísimo. Un sentimiento que, según los catequistas autóctonos, es cosa de fachas; vale, tíos, vale.