Conferencia Episcopal Española, “100 cuestiones y respuestas sobre el SIDA”, II.2002

EL SIDA 100 CUESTIONES Y RESPUESTAS SOBRE EL “SÍNDROME DE INMUNODEFICIENCIA ADQUIRIDA” Y LA ACTITUD DE LOS CATÓLICOS febrero de 2002

PRÓLOGO

¿Por qué la enfermedad? ¿Por qué a mí o a uno de mis seres queridos? Son interrogantes que sacuden la conciencia del hombre en cualquier época y lo sitúan irremediablemente ante el misterio dramático de su existencia.

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Alfonso Aguiló, “Resistencia a renovarse”, Hacer Familia nº 95, 1.I.2002

Siempre llama la atención que a principios del siglo XXI una fábula siga siendo ejemplificante, pero el éxito editorial de ¿Quién se ha llevado mi queso? parece demostrar que así es. La historia de esta fábula está protagonizada por dos ratoncillos y dos hombrecillos que vivían en un laberinto y dependían del queso para alimentarse. Habían descubierto una estancia repleta de queso, y vivían allí muy contentos desde hacía años. Pero un buen día se encontraron con que el queso se había acabado.

La reacción de cada uno de los personajes fue distinta. Unos siguieron buscando en la misma estancia, aunque era patente que ya no quedaba nada, pero se obstinaron en que “aquí siempre ha habido queso”, y en que “siempre lo hemos hecho así”, de manera que ni se plantearon cambiar sus inveteradas costumbres. Otros, que habían advertido tiempo atrás que el queso se acababa, se habían preocupado de buscar en otros lugares del laberinto y ya disfrutaban de quesos mejores y más variados. Y de los que no fueron previsores, hubo quien al final admitió su error y quien nunca quiso hacerlo.

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Alfonso Aguiló, “El fundador del Opus Dei y la educación”, Retamach, I.2002

Colegio Retamar, 13 de septiembre de 2001. Continuar leyendo “Alfonso Aguiló, “El fundador del Opus Dei y la educación”, Retamach, I.2002″

Alfonso Aguiló, “El mito de Sísifo”, Hacer Familia nº 94, 1.XII.2001

Sísifo es uno de los personajes más interesantes de la mitología griega. Vencedor de la Muerte, amante incondicional de la vida, Sísifo engañó a los dioses para escapar de los Infiernos y por ello fue condenado por Zeus a un castigo cruel por toda la eternidad: debía subir a fuerza de brazos una gran piedra hasta una cumbre del inframundo. Pero cada vez que el desdichado llegaba a la cima, la roca se le escapaba de las manos y rodaba por la ladera hasta abajo. No le quedaba otro remedio que descender y recomenzar su esfuerzo, sabiendo que nunca sería coronado por el éxito.

Esta lucha indefinidamente recomenzada, en una eterna rotación de pesadilla, simboliza el absurdo de una búsqueda sin esperanza. La figura de Sísifo se ha evocado siempre como paradigma de tarea extenuante y descorazonadora. Albert Camus le dedicó una de sus obras, en la que imagina al hombre como un Sísifo feliz, que en medio de la aridez y la monotonía de su vida vislumbra que su existencia no es ni más ni menos absurda que otras, sino como todas las vidas. Camus propuso la figura de un hombre frío, conocedor de ese supuesto absurdo de la vida y buscador infatigable de placeres que puedan dar algo de dicha a su existencia. Esa figura ejerció una notable fascinación para las generaciones salidas de la Segunda Guerra Mundial, y aún hoy, más de medio siglo después, es una imagen que late dentro del corazón de muchos que buscan con ansiedad en el placer un poco de calor de suba la temperatura de sus vidas.

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Juan Manuel de Prada, “Dinero clonado”, ABC, 3.XII.2001

Entre las más nocivas y malintencionadas corrupciones del lenguaje se halla la suplantación de la palabra «Dinero» por el eufemismo «Progreso». A cada poco se nos presentan como Avances Imprescindibles para el Progreso de la Humanidad lo que no son sino argucias para allegar Dinero. Me había prometido no volver a escribir sobre ese sórdido asunto monetario que los pardillos denominan «clonación terapéutica», pero acabo de leer en «Los Domingos de ABC» un artículo firmado por Gonzalo Herranz, imprescindible y lúcido, que me anima a quebrantar mi promesa. El artículo, titulado «Propaganda y realidad», desenmascara con argumentos técnicos irrebatibles lo que uno, más modestamente, ha intentado exponer a la luz quirúrgica del sentido común; quizá su virtud más notable consista en situar el debate suscitado por la llamada «clonación terapéutica» en el terreno puramente económico, que es el que le corresponde. Los apóstoles de la clonación, ayudados por la ingenuidad gregaria de los medios de adoctrinamiento de masas, han conseguido que la gente de buena voluntad se distraiga de lo que verdaderamente impulsa su labor (el Dinero) y se engolfe en dolorosos dilemas morales: «Pues si a cambio de cargarse un embrioncito de nada pueden salvarse millones de personas, quizá debamos admitir la llamada clonación terapéutica», dicen, los pobres incautos.

El artículo de Gonzalo Herranz desmonta las mentiras divulgadas por los medios de adoctrinamiento de masas con una clarividencia impávida y apabullante. En primer lugar, recuerda que las enfermedades que presuntamente se van a remediar con la llamada «clonación terapéutica» -alzheimer, parkinson, esclerosis múltiple, etc.- son, en su mayoría, de etiología desconocida o apenas dilucidada. Sólo la más desatada avaricia, el más abyecto afán de acaparar Dinero puede arrastrar a jugar de modo tan alevoso con las esperanzas de los enfermos. ¿Cómo puede permitir la comunidad científica que la llamada «clonación terapéutica» se presente como la purga de Benito de enfermedades aún ignotas? ¿No existen códigos éticos que se opongan a semejante patraña? ¿O es que, en su afán atropellado de «Progreso», la ciencia se ha desentendido ya de los métodos tradicionales, que exigen una rigurosa verificación de los avances y descubrimientos, antes de ser divulgados? ¿No será que a estos apóstoles de la llamada «clonación terapéutica» no les interesan tanto los logros de sus investigaciones (probablemente nulos, o poco concluyentes) como su publicidad aparatosa, su conversión en una gran atracción de barraca que genere beneficios instantáneos? ¿No será que este hatajo de ventajistas, como los corifeos que los aplauden desde los medios de adoctrinamiento de masas, aspiran a convertir la ciencia en una gran fábrica de pelotazos bursátiles? No se pierdan el artículo de Gonzalo Herranz, porque no tiene desperdicio. Estos servidores del Dinero sostienen que la llamada «clonación terapéutica» salvará a millones de personas, pero encubren o soslayan, los muy bellacos, la inclemente y atroz verdad: aún suponiendo que, en efecto, esas enfermedades de etiología indescifrable o brumosa lleguen algún día a poder remediarse mediante procedimientos de clonación, dichos procedimientos deberán respetar la identidad genérica entre clon y clonante. Que ningún ingenuo sueñe con bancos de clones que aguardan en el laboratorio la llegada del enfermo, como si de meras transfusiones de sangre se tratase. Obtener esos clones será siempre un proceso costosísimo que sólo podrán pagarse los millonarios, no los pobres incautos a quienes se dirige la aturdidora propaganda. La Seguridad Social, en la que cotizan nuestros curritos, jamás se hará cargo de estas prestaciones. ¿Por qué no se aclaran estos extremos? La respuesta es muy simple: porque el Dinero se ha disfrazado de Progreso, para engañar a los pobres incautos.

Juan Manuel de Prada, “Sambenitos”, ABC, 24.XI.2001

Los reportajes grabados con cámara oculta, ¿son verdadero periodismo de investigación? Así lo considera una sentencia de un juzgado de Valencia que ayer citaba este periódico. Allí se especificaban, como rasgos de esta presunta modalidad periodística, la «simulación de la situación» y la «no revelación de la identidad del interlocutor»; rasgos que, por cierto, también podrían predicarse de cualquiera de esos programuchos que tanto proliferan, dedicados a bromazos e inocentadas de dudoso gusto. Y es que estos reportajes, antes que un subgénero del periodismo de investigación, constituyen un avatar más de una moda televisiva que ha expuesto la intimidad ajena al microscopio de nuestra curiosidad. No creo que podamos entender la naturaleza de estos reportajes, y su éxito repentino, sin vincularlos con esa moda a la que veladamente se adscriben. Invocar pomposamente el «derecho a la información» para defender estos reportajes, sin mencionar que su auge discurre simultáneo al de engendros como «Gran Hermano» o «Inocente, inocente», se me antoja un ejercicio de hipocresía. Los reportajes grabados con cámara oculta satisfacen la misma demanda que esos programas, que no es otra que el anhelo morboso de inmiscuirnos en las existencias ajenas, el deseo de convertirnos en Diablos Cojuelos que impune y cómodamente descubren -con hilaridad, con pasmo, con horror- las miserias más recónditas del prójimo.

Cualquier análisis que se pretenda realizar sobre la legalidad o ilegalidad de estos presuntos ejercicios de periodismo no puede soslayar el reconocimiento de su verdadera naturaleza. El propósito primordial de estos reportajes no es otro que halagar el morbo de la audiencia y asegurarse unas «cuotas de pantalla» suculentas. Quizá existan otros propósitos añadidos (y por lo tanto subordinados) de naturaleza difusamente «social», que los responsables de las cadenas de televisión se ocupan de resaltar, para maquillar sus intenciones crudamente mercantiles; pero pretender que nos traguemos que esos reportajes se realizan por el puro afán de «informar» y «concienciar» al espectador constituye un ejercicio de cinismo que sólo se tragarán los comulgantes de ruedas de molino. Ahora estalla el escándalo, puesto que un juez, con criterio irreprochable, ordena retirar de la emisión un reportaje grabado con cámara oculta en el que unos patrones sin escrúpulos se aprovechan de su posición de dominio para requebrar o magrear a sus empleadas. Los responsables de la cadena que iba a emitir el reportaje, en un alarde de demagogia insoportable, han llegado a resaltar «la paradoja de que haya sido una mujer quien haya dictado esta medida cautelar sobre un asunto que afecta al sesenta por ciento de las mujeres» y blablablá. Como si la justicia se administrase según el sexo de sus ministros; hace falta bellaquería para atreverse a formular esta «paradoja».

Lo que esa medida cautelar del juez reprime -a mi entender con buen criterio- no es el derecho a la información, sino la exposición pública del delincuente. Quien incurre en el delito de acoso sexual, como cualquier otro delincuente, merece el castigo de la ley; pero en modo alguno debe ser expuesto a la vergüenza de la picota mediática. Los condenados por la Inquisición eran paseados en un carro de bueyes y engalanados con un capotillo que proclamaba su delito. Ese capotillo, el celebérrimo sambenito, resucita ahora en estos reportajes de cámara oculta, que quieren someter la culpa del delincuente al vilipendio público. Estos programas, como la publicidad de las listas de pederastas y violadores que hace poco se debatió, sólo contribuyen a devolver la justicia a un estadio de atavismo y vindicta publica que estigmatiza al delincuente y niega su posibilidad de redención, convirtiéndolo para siempre en diana de todos los escarnios. No creo en el periodismo de investigación que convierte la culpa en espectáculo; mucho menos cuando las añagazas de ese presunto periodismo son las mismas que emplean los programas más desatadamente morbosos.

Juan Manuel de Prada, “El rey desnudo”, ABC, 19.XI.2001

Recibo con frecuencia cartas de lectores que me brindan su apoyo y me muestran su agradecimiento, por abordar asuntos o defender posturas -cito a uno de mis corresponsales- «que sólo le granjearán antipatías. No porque lo que usted sostiene sea contrario al sentir general, sino porque quienes sentimos como usted no nos atrevemos a decirlo, para que no nos tachen de retrógrados». La carta que cito me ha llegado en estos días –al hilo de una pendencia descabellada que ha alimentado la liberalidad excesiva de este periódico–, pero su tono dolorido y hastiado responde a un estado de ánimo colectivo y, por desgracia, endémico. Son muchas, demasiadas, las personas que se sienten desalentadas ante el sistemático avasallamiento de sus principios; son muchas, demasiadas, las personas que ante tan eficaz y sostenido atropello ponen la otra mejilla y se refugian en el ostracismo y el silencio, temerosas de que su voz pueda sonar a discordancia irrisoria. Entre el ejército de personas postradas que ya no se atreven a oponer resistencia figuran jóvenes y viejos, hombres y mujeres, ricos y pobres, todos ellos unidos en la triste fraternidad de la derrota y como resignados a un papel de comparsería sordomuda en el guirigay desatado por quienes los han hecho callar. ¿Para siempre? Me resisto a creerlo. Proclamar que el rey está desnudo se ha convertido en un acto de involuntario heroísmo; pero si no nos atrevemos a proclamarlo, por miedo a ser confinados en los barracones del desprestigio social, acabaremos reducidos a añicos, triturados por la voraz máquina de la mentira.

Esa máquina cuenta con una organización envidiable. Quienes diariamente engrasan sus engranajes se sirven del silencio pusilánime de quienes no se atreven a pronunciar su pequeña verdad, y también del susurro apagado de quienes, por culpa de una tolerancia mal entendida, se dejan apabullar por el griterío de los fanáticos. Contra el fanatismo no valen tibias y afligidas transigencias; contra el fanatismo hay que oponer una beligerancia sin fisuras, una hostilidad a cara de perro. Me escriben muchos lectores que contemplan cómo sus creencias religiosas son arrastradas por el fango, que comprueban cómo sus sentimientos más nobles son tomados a chirigota y vilmente ridiculizados, que descubren con perplejidad cómo la morralla artística es encumbrada a las cúspides del Parnaso. Esa inversión de valores, tan rampante y satisfecha de sí misma, no hubiese sido posible si se hubiese tropezado con una oposición enconada; pero los miserables que la promueven sabían que el odio, el sectarismo y el rencor, esas pasiones sórdidas que guían sus designios, iban a encontrar el campo de batalla expedito, pues enfrente sólo había apatía y desmoronamiento. Y complejos, sobre todo muchos complejos.

Estos complejos vergonzantes han condenado a muchas personas a los arrabales del silencio compungido. Algunas -las más derrotistas– se resignan a una vida subalterna y marginal. Otras -las más bellacas- reniegan de esos principios, o los maquillan con un barniz pringoso que les permita pasar desapercibidas en el concierto de balidos dirigido por los que mandan. Unas y otras dimiten de sus creencias más queridas y arraigadas, o las condenan a la clandestinidad, creyendo que así podrán dar el pego y evitar que se les tache de cavernícolas y fachas. Pero los miserables de alma peluda y embetunada que han propiciado el afloramiento de estos complejos se ríen, mientras tanto, a mandíbula batiente; porque ellos bien saben -como las alimañas, distinguen a sus congéneres por el olfato- quiénes son los suyos y quiénes se esfuerzan en vano por serlo, en un patético ejercicio de travestismo y tragaderas. También saben que el rey está desnudo, pero se las prometen muy felices, puesto que nadie lo denuncia. Espero que algún día se les acabe el chollo.

Alfonso Aguiló, “¿Soberbia yo?”, Hacer Familia nº 93, 1.XI.2001

Un escritor va paseando por la calle y se encuentra con un amigo. Se saludan y comienzan a charlar. Durante más de media hora el escritor le habla de sí mismo, sin parar ni un instante. De pronto se detiene un momento, hace una pausa, y dice: “Bueno, ya hemos hablado bastante de mí. Ahora hablemos de ti: ¿qué te ha parecido mi última novela?”.

Es un ejemplo gracioso de actitud vanidosa, de una vanidad bastante simple. De hecho, la mayoría de los vicios son también bastante simples. Pero en cambio la soberbia suele manifestarse bajo formas más complejas que las de aquel fatuo escritor. La soberbia tiende a presentarse de forma más retorcida, se cuela por los resquicios más sorprendentes de la vida del hombre, bajo apariencias sumamente diversas. La soberbia sabe bien que si enseña la cara, su aspecto es repulsivo, y por eso una de sus estrategias más habituales es esconderse, ocultar su rostro, disfrazarse. Se mete de tapadillo dentro de otra actitud aparentemente positiva, que siempre queda contaminada.

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Juan Manuel de Prada, “Un coloquio inmortal”, ABC, 29.X.2001

Jamás imaginé que también él fuese a padecer unas postrimerías nubladas por la desmemoria. Cuando apenas contaba un mes de edad, mi abuelo entró a hacerme una visita a la habitación donde yo dormitaba; se inclinó sobre la cuna, para espiar mi sueño, y entonces yo lo sobresalté con una carcajada estruendosa, inverosímil en un niño de tan corta edad. Desde entonces, entre mi abuelo y yo se entabló una hermandad indestructible, una aleación de pasiones que desafiaba los estragos del tiempo y acompasaba nuestros corazones con la respiración del planeta. Aprendí a leer y a escribir sentado en sus rodillas, cuando aún no me habían retirado los pañales; aprendí a caminar a su lado, prendido de su mano que me transmitía el calor antiguo de su sangre, el calor indómito de su piel, el calor invicto de sus recuerdos, que eran populosos y fervientes como el mundo que cada mañana se inauguraba ante nuestra mirada. Juntos íbamos a misa los domingos; juntos íbamos a la biblioteca pública, donde descubrí el rumor arborescente de la letra impresa, y también mi vocación; juntos atravesábamos la ciudad levítica y salíamos al campo, dejando el sol a nuestras espaldas, como un escudo de bronce que protegiera nuestra confidencias. Mi abuelo me cantaba canciones de antes de la guerra y me narraba las vicisitudes de su juventud hosca y aventurera, las penurias de su infancia lejanísima, las tribulaciones de su viudez temprana.

Mi abuelo me enseñaba a distinguir el canto de la abubilla y el ruiseñor. Me enseñaba a reconocer el temblor diminuto del poleo, la blancura inhóspita del espino albar, el perfume campesino del romero, la llama súbita de la genciana, el vilano viajero del diente de león, que yo soplaba para propagar su semilla hasta los confines de la tierra. Mi abuelo me descubría los manantiales de agua esbelta y clandestina, las sendas que sólo hollaba el lobo, las madrigueras donde refugiaba su pavor el conejo. Hacia el final de nuestro paseo, junto a la ribera de un río o a la sombra de un árbol de sombra extensa como el atlas, mi abuelo extendía una manta sobre el suelo, y ambos nos tumbábamos a mirar las nubes, que se desentumecían lentamente sobre el tapiz del cielo. Para entonces, mi abuelo se había despojado de la camisa, y yo me quedaba como extasiado contemplando el vello nevado que emboscaba su torso y le otorgaba un aspecto de anciano mitológico, descendiente directo de Abraham. La brisa mecía su vello, y el crepúsculo lo incendiaba con un brillo de plata añeja. Y, entretanto, su voz seguía desgranando los avatares de su juventud, como una salmodia áspera y ensimismada.

Jamás imaginé que él fuese a padecer unas postrimerías nubladas por la desmemoria. La decrepitud ha hincado las garras en su organismo, y una delgadez voraz ha ido excavando su rostro y desnudando su hermosa calavera. La sangre que bullía en sus venas se ha estancado, y los recuerdos que sobrevolaban como un enjambre tumultuoso su inteligencia se han ido desvaneciendo, atrapados en una telaraña que aún acierta a apartar, de vez en cuando, al conjuro de una voz que le brota exangüe de los labios, aquellos labios que me enseñaron tantas benditas palabras. Todavía sus ojos se iluminan, cuando me ve llegar; todavía pronuncia mi nombre con orgullo; todavía evoca algunos episodios de nuestra hermandad indestructible, pero ya la ciega noche coloniza sus pensamientos, ya su memoria navega por los pasadizos inciertos del olvido. Con su memoria, viaja también mi entereza, que no puede soportar el dolor de ver cómo el hombre que me crió me dice adiós lentamente. Al menos me queda el consuelo de saber que, cuando su alma emigre, se posará sobre la mía, como un pájaro que busca su nido, para seguir ambas su coloquio inmortal, para seguir deletreando el mundo, para seguir caminando juntas su camino, eternamente unidas, eternamente jóvenes, eternamente invictas.

Juan Manuel de Prada, “Familia”, ABC, 27.X.2001

Se suele reprochar al Gobierno presidido por Aznar que, siendo de derechas, preste tan poca atención a la familia. Siempre me ha causado una perplejidad rayana en la jaqueca que la protección de la institución familiar se vincule con las tendencias ideológicas de nuestros gobernantes. Ante tamaña sandez, me pregunto: ¿Eran los romanos de derechas? ¿Aquella fabulosa maquinaria de amparo jurídico a la familia que idearon, sobre la que se asentaba su organización política, económica y cultural, tenía una inspiración fascistoide? Un similar estupor me sacude cuando se menciona el sentimiento patriótico entre los síntomas de adscripción al conservadurismo más cavernario. ¿Hemos de leer a Homero y a Cicerón con la prevención de saber que eran unos fachas inveterados? Son preguntas irrisorias, a las que sólo un perturbado respondería afirmativamente, pero esa respuesta ha gozado de predicamento en ciertos círculos intelectuales. Allá por los años sesenta, por ejemplo, se llegó a escribir en una revista de crítica cinematográfica: «Nos desagrada profundamente John Ford, porque es un fascista». Uno ve las películas de John Ford y encuentra en ellas una denodada vindicación de la familia, también de la patria (sobre todo de su lejana patria irlandesa), pero por mucho que se estruje las meninges no halla por ninguna parte trazas de fascismo. Salvo que por fascismo entendamos la lealtad a unos sentimientos ancestrales que garantizan la supervivencia de una sociedad.

Bueno, pues si defender la familia es una actitud derechista, hemos de convenir que el Gobierno presidido por Aznar se adscribe a la izquierda más dura. Yo más bien creo que la protección de la familia, como piedra angular sobre la que se asienta el ordenamiento de una sociedad, constituye la enseña de un gobierno inteligente. Podría afirmarse, sin temor a incurrir en la hipérbole, que los gastos y cuidados que un gobierno destina a la preservación y defensa de la institución familiar son inversamente proporcionales a los que engruesan la partida difusa de «asuntos sociales». Una protección civilizada de la familia reduciría hasta la extinción todos esos quebrantos del sistema educativo que tanto preocupan a nuestros politicastros y que tan sañudamente sufren nuestros maestros. Si los chavales llegan a las aulas sin desbravar es, en buena medida, porque han crecido en familias invertebradas, adelgazadas hasta la inanición, que no han sabido ni podido inculcarles las nociones básicas que rigen la vida en sociedad. Y la proliferación de desarreglos psíquicos entre la población actual, ¿no tendrá mucho que ver con la anulación de ese tibio cobijo que la familia nos proporciona, frente a las intemperies de la vida? ¿Por qué nadie se atreve a formular con claridad el vínculo que existe entre muchas de las recientes patologías sociales -el consumismo bulímico y descontrolado, la soledad urbana, las plurales ansiedades que desnortan nuestra brújula vital- y la sistemática demolición de la familia? Los perseguidores de esta milenaria creación humana suelen tildarla de represiva, tiránica, intemperante y castradora; tanto encono sólo puede derivarse del rencor, de ese sórdido resentimiento que la fealdad moral profesa a las cosas hermosas. Quizá las familias de estos resentidos fueron, en efecto, jaulas irrespirables donde borboteaban las pasiones más mezquinas. Y ese rencor privado han querido instalarlo a la sociedad, como las alimañas rabiosas que no encuentran alivio hasta que no consiguen contagiar su veneno mediante el mordisco. Pero quienes hemos probado el amor maternal, la protección paterna, la fraternidad tumultuosa y fecunda, las enseñanzas invictas del abuelo, estamos inmunizados contra ese mordisco. Y, además, por mucho que les joda a los resentidos, vamos a seguir reproduciendo ese mismo ámbito de hermosa creación humana, de generación en generación, aunque nuestros lastimosos gobernantes prefieran seguir gastando dinero en «asuntos sociales», categoría mucho más difusa y mucho menos fascista que la familia.