Alfonso Aguiló, “Vivir mejor con menos”, Hacer Familia nº 79, 1.IX.2000

Muchas veces nos sorprendemos de cómo nuestra casa va poco a poco llenándose de multitud de cosas de utilidad más que dudosa, que hemos ido comprando sin apenas necesidad.

Quizá en su momento parecía muy necesario. Parece, por ejemplo, que cualquier máquina que reduzca un poco el esfuerzo físico resulta enseguida indispensable. Tomamos el ascensor para subir o bajar uno o dos pisos, o el coche para recorrer sólo unos cientos de metros, y, al tiempo, con frecuencia nos proponemos hacer un poco más de ejercicio o practicar todas las semanas un rato de deporte.

Continuar leyendo “Alfonso Aguiló, “Vivir mejor con menos”, Hacer Familia nº 79, 1.IX.2000″

Juan Manuel de Prada, “Clonación a plazos”, ABC, 19.VIII.2000

Tiene razón el maestro Campmany cuando afirma que el progreso científico es algo sencillamente imparable. Pero le faltó preguntarse si ese progreso científico persevera en su función originaria, de servicio a la Humanidad, o si, por el contrario, en su carrera alocada en pos de nuevos finisterres de espectacularidad, lo guían propósitos obscenamente mercantiles. Las proclamas sensacionalistas, los métodos poco escrupulosos, la utilización espuria de datos poco concluyentes que enseguida son divulgados por los medios de adoctrinamiento de masas han suplantado el tradicional cauce de exploración científica. Esta «aceleración» de la ciencia ha adquirido ribetes de descaro en el desciframiento del genoma humano, que una empresa llamada sin pudor «Celera» utilizó para su prosperidad bursátil. Antes, los descubrimientos científicos eran expuestos a un escrutinio ético; ahora, su comunicación es casi instantánea, de tal manera que el barullo o fanfarria mediática sustituye y aniquila las consideraciones morales, la decencia, la probidad, el rigor, en fin, esos requilorios del pasado.

Antes, quienes osaban infringir estos trámites, eran de inmediato desterrados al arrabal del descrédito; hoy, esos mismos apóstoles del guirigay mediático, esos ventajistas que aspiran a convertir la ciencia en una gran atracción de barraca con cotización en bolsa, reciben el tratamiento de héroes. El grato tintineo del dinero se antepone así a cualquier consideración ética; y mientras el dinero prosigue su incesante fluir, nos vamos convirtiendo en una sociedad aturdida, ensordecida por el mogollón, desarmada de principios morales. Sólo así se explica el genuflexo beneplácito con que se ha acogido el designio británico de modificar su legislación sobre clonación humana. La premiosidad de este designio delata sus propósitos puramente económicos; la biología celular, como el auge del Internet, asegura pelotazos bursátiles sin cuento, y la Gran Bretaña no puede quedarse al margen del gran banquete universal. Poco importa que nuestro precario conocimiento del genoma humano nos impida saber a ciencia cierta qué enfermedades pueden remediarse mediante la clonación; poco importa que esas células madre que, según se intuye, podrían remediar taras hoy incurables, puedan obtenerse sin necesidad de crear artificialmente embriones que luego serán destruidos. Poco importa que los cimientos sean endebles; de lo que se trata es de levantar a la mayor velocidad posible un edificio, aunque sea de humo, aprovechando la revalorización del terreno genético. Lo de menos es que luego el edificio se derrumbe; para entonces, el negocio -o el timo- ya habrá rendido sus beneficios.

¿Qué más da si entretanto nos cargamos unos millares de embrioncitos de nada? Esta reducción de los embriones en los que alienta vida humana a meras empanadillas que aguardan en el frigorífico su inmolación sólo puede ser admitida por una sociedad que antes ha claudicado una y mil veces en exigencias éticas que atañen a su misma dignidad. No obstante, y por si todavía anidara algún residuo de escrúpulo en esa sociedad, los urdidores del pelotazo genético se han cuidado de especificar que jamás experimentarán con embriones de más de dos semanas; incluso, en su canallesca propensión al eufemismo, hablan ya de «pre-embriones», los muy cabritos. ¿Pero a quién se proponen engañar estos matarifes de la asepsia? ¿Qué más da que el embrión tenga catorce días o catorce semanas, si lo que se destruye es lo mismo, un organismo con combinación genética propia? ¿O es que lo que pretenden, cepillándoselo tan pronto, es que al embrión no le hayan crecido todavía ojos en el rostro, para no tener que arrostrar su mirada recriminatoria? La mala conciencia propicia estas hilarantes distinciones de plazos; y la sociedad gregaria las acepta como si fuesen dogmas de fe, sin atreverse siquiera a discutirlas. Antes, los plazos servían para pagar nuestras deudas con el banco; hoy, se han convertido en un cómodo sistema para soslayar nuestras deudas con la moral.

Juan Manuel de Prada, “La fuerza de la oración”, ABC, 12.VIII.2000

Jaromir Hladík, escritor de sangre judía, es aprehendido por la Gestapo y, tras un interrogatorio sumario, condenado a ser fusilado. «Fuera de algunas amistades y de muchas costumbres, el problemático ejercicio de la literatura constituía su vida», nos refiere Borges, en una frase que, desde niño, pensé que iba secretamente dirigida a mí. Hladík impetra a Dios que le permita concluir el drama que está escribiendo: «Para llevar a término ese drama, que puede justificarme y justificarte, requiero un año más. Otórgame esos días, Tú de Quien son los siglos y el tiempo». A la mañana siguiente, Hladík es conducido ante el piquete. Entonces el universo físico se detiene; la omnipotencia divina ha concedido a Hladík ese año solicitado. Sin otro sostén que la memoria, Hladík va agregando mentalmente los hexámetros que componen su drama; cuando el último epíteto es dirimido, suena la descarga que le borra la vida. «El milagro secreto», se titula el cuento de prosa cincelada y exacta que tan torpemente acabo de resumir.

Me he acordado de Jaromir Hladík después de leer las reacciones sarcásticas, burlonas o meramente ofensivas que han suscitado las declaraciones de Rouco, en las que animaba a los católicos a que emprendiesen «una campaña de oración», solicitando a Dios la abdicación del plomo y de la sangre. Enseguida han surgido folicularios de medio pelo que se descojonaban de Rouco y le ordenaban con chulería o matonismo que se dedicara a sus pejigueras diocesanas y dejase los asuntos serios a personas serias como ellos, que solucionan el mundo cada mañana, ensartando rutinarias condenas en sus artículos o repitiendo las mismas banalidades cada vez que les arriman un micrófono a los belfos. Ciertamente, no podemos esperar que la oración detenga el itinerario de las balas y suspenda el universo físico durante el tiempo necesario para acabar con el drama del terrorismo; los milagros, secretos o escandalosos, ya sólo acaecen en los cuentos de Borges. Pero pitorrearse tan obscenamente de la fuerza de la oración me parece una injuria contra la palabra, que curiosamente es el mismo recurso que emplean –tan devaluadamente, pobrecitos– esos plumillas que han arremetido contra Rouco. ¿Qué consuelo le queda a la víctima inerme, sino la palabra que conforta y ayuda a exorcizar el temor? ¿Acaso son más eficaces las manifestaciones de protesta o las expresiones archisabidas de condena? Si nos burlamos de la palabra musitada en soledad, si encontramos irrisorio el coloquio con Dios, en el que el hombre emplea todas sus potencias intelectuales (la inmaginación y la memoria, la inteligencia y la voluntad), a las que suma el fervoroso deseo, ¿no deberíamos también carcajearnos de cualquier otra reacción pacífica? Dirá un incrédulo que la oración es inútil, porque no hay un destinatario que la escuche. Entonces lo mejor sería no ofrecer ningún tipo de resistencia a la barbarie, porque, si existe algún destinatario sordo, es el terrorista que empuña la pistola, a quien nuestras quejas e imprecaciones se la sudan. ¿Por qué ese regodeo en negar y pisotear la posibilidad del misterio? Un rezo no va a imponer nuestros anhelos a la realidad, pero puede que, al conjuro de esas palabras, nuestra pobre naturaleza humana, desvalida y apabullada, ascienda sobre el barro de sus debilidades y halle una luz no usada que le infunda fortaleza y convicciones. Esas palabras que pujan por encontrar un interlocutor sobrenatural no son ridículas, ni estériles, ni pazguatas; son la expresión de hombres que se resisten a desfallecer y claman justicia y enarbolan la voz, como un incienso votivo, para contrarrestar el olor de la pólvora. ¿Qué hay de chistoso en esta hermosa decisión? Comenzaba recordando a Borges y concluyo citando a Lucas, que a mí no se me caen los anillos revelando mis lecturas: «¿Y Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a Él día y noche, aun cuando los haga esperar? Os digo que hará justicia prontamente. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?».

Alfonso Aguiló, “Enfermedades de la voluntad”, Hacer Familia nº 77-78, 1.VII.2000

Hemos hablado ya del voluntarismo, y ahora seguimos con algunos otros errores en la educación de la voluntad. Todos ellos pueden darse de forma más o menos intensa o permanente en cualquier persona sin llegar a suponer una patología importante.

La impulsividad se manifiesta en diversos rasgos: tendencia a cambiar demasiado de una actividad a otra; propensión a actuar con frecuencia antes de pensar; dificultad para organizar las tareas pendientes; excesiva necesidad de supervisión de lo que uno hace; dificultad para guardar el turno en la conversación o en cualquier situación de grupo; tendencia a levantar la voz o perder el control ante algo que contraría; etc.

Continuar leyendo “Alfonso Aguiló, “Enfermedades de la voluntad”, Hacer Familia nº 77-78, 1.VII.2000″

Alfonso Aguiló, “Voluntarismo”, Hacer Familia nº 76, 1.VI.2000

El voluntarismo es un error en la educación de la voluntad. No es un exceso de fuerza de voluntad, sino una enfermedad –entre las muchas posibles– de la voluntad.

Una enfermedad, además, que a todos nos afecta en alguna faceta o en algún momento de nuestra vida. Porque, al pensar en el voluntarismo, quizá imaginamos una persona tensa y agarrotada, y ciertamente las hay, y no pocas, pero eso no quita que el voluntarismo es algo que, de una manera o de otra, en unas circunstancia u otras, nos concierne a todos.

Continuar leyendo “Alfonso Aguiló, “Voluntarismo”, Hacer Familia nº 76, 1.VI.2000″

Enrique Bonete, “Nietzsche y la muerte de Dios”, Alfa y Omega, 4.V.2000

En 1900 moría uno de los más grandes filósofos alemanes del siglo XIX. A sus veinticuatro años llegó a ser catedrático de Filología Clásica de la Universidad de Basilea. Se vio a sí mismo como un profeta de siglos venideros, y acabó sus días sumido en una profunda enfermedad mental (probablemente originada por una sífilis contraída décadas antes). A partir de 1889, tras intensos años de trabajo y agotadoras enfermedades, con sólo cuarenta y cinco años, cayó la mente de Nietzsche en una total oscuridad, en un estado de aletargamiento del que ya no logró salir. Vivió en completa ausencia y ajeno al impacto cultural de su obra durante los casi doce años anteriores a su muerte. Este final trágico ha hecho de Nietzsche uno de los personajes más intrigantes y legendarios del XIX; precursor de los avatares demenciales de nuestro siglo.

Continuar leyendo “Enrique Bonete, “Nietzsche y la muerte de Dios”, Alfa y Omega, 4.V.2000″

Alfonso Aguiló, “Los golpes de la vida”, Hacer Familia nº 75, 1.V.2000

William Shakespeare dejó escrito que no hay otro camino para la madurez que aprender a soportar los golpes de la vida.

Porque la vida de cualquier hombre, lo quiera o no, trae siempre golpes. Vemos que hay egoísmo, maldad, mentiras, desagradecimiento. Observamos con asombro el misterio del dolor y de la muerte. Constatamos defectos y limitaciones en los demás, y lo constatamos igualmente cada día en nosotros mismos.

Continuar leyendo “Alfonso Aguiló, “Los golpes de la vida”, Hacer Familia nº 75, 1.V.2000″

Alfonso Aguiló, “Soluciones sencillas”, Hacer Familia nº 74, 1.IV.2000

Se cuenta que en una ocasión Cristóbal Colón fue invitado a un banquete donde se le había asignado, como es natural, un puesto de honor.

Uno de los invitados era un cortesano que se sentía muy celoso con el gran descubridor. En cuanto tuvo ocasión, se dirigió hacia él y le preguntó de forma un tanto altiva: —Si usted no hubiera descubierto América, ¿acaso no hay otros hombres en España que habrían podido hacerlo? Colón prefirió no responder directamente a aquel hombre. Le propuso un juego de ingenio. Se levantó, tomó un huevo de gallina fresco e invitó a todos los presentes a que intentaran colocarlo de forma que se mantuviera en pie sobre uno de sus extremos.

Continuar leyendo “Alfonso Aguiló, “Soluciones sencillas”, Hacer Familia nº 74, 1.IV.2000″

Alfonso Aguiló, “El control de la ira”, Hacer Familia nº 73, 1.III.2000

Cuando alguien recibe un agravio, o algo que le parece un agravio, si es persona poco capaz de controlarse, es fácil que eso le parezca cada más ofensivo, porque su memoria y su imaginación avivan dentro de él un gran fuego gracias a que da vueltas y más vueltas a lo que ha sucedido.

La pasión de la ira tiene una enorme fuerza destructora. La ira es causa de muchas tragedias irreparables. Son muchas las personas que por un instante de cólera han arruinado un proyecto, una amistad, una familia. Por eso conviene que antes de que el incendio tome cuerpo, extingamos las brasas de la irritación sin dar tiempo a que se propague el fuego.

Continuar leyendo “Alfonso Aguiló, “El control de la ira”, Hacer Familia nº 73, 1.III.2000″

Juan Manuel de Prada, “Buñuel”, ABC, 22.II.2000

«Lo he reconocido ya: culturalmente, soy cristiano. Habré rezado dos mil rosarios y no sé cuántas veces habré comulgado. Eso ha marcado mi vida. Comprendo la emoción religiosa y hay ciertas sensaciones de mi infancia que me gustaría volver a tener: la liturgia en mayo, las acacias floridas, la imagen de la Virgen rodeada de luces. Son experiencias inolvidables, profundas». De este modo tan elocuente y rotundo responde Buñuel a Tomás Pérez Torrent y José de la Colina cuando le inquieren por la naturaleza de su obsesión hacia la figura de Cristo. Luis Buñuel, insurrecto creador de poemas visuales, buceador en las alcantarillas del subconsciente, debelador de los códigos morales burgueses, heresiarca que hizo de la más radical libertad imaginativa una suerte de religión, no se recata en declararse, sentimental y culturalmente, católico. En esa añoranza de la emoción religiosa que palpita en los yacimientos sumergidos de su memoria, ¿no se adivina una búsqueda de la inocencia primigenia, similar a la que azuzaba la existencia del «Ciudadano Kane», cuando invocaba el nombre de «Rosebud»? Y, yendo todavía un poco más lejos, ¿no podría entenderse el cine de Buñuel, tan despiadadamente fustigador de la religión, tan socarronamente crítico con las cortapisas sociales que sojuzgan al hombre, tan indagador de patologías y monstruosidades, como una nostalgia de un tiempo en el que aún era posible aspirar el perfume de las acacias floridas? «Mi imaginación está siempre presente y me sostendrá en su inocencia inatacable hasta el fin de mis días. Horror a comprender. Felicidad de recibir lo inesperado», declarará en otra ocasión Buñuel, tratando de expresar el meollo de su poética. ¿No se detecta también aquí una concepción religiosa del arte? En esa vindicación de la inocencia creativa, en esa felicidad que produce lo inesperado, en ese horror a comprender, ¿no se están enumerando las condiciones que hacen posible el milagro? Despachar la obsesión religiosa de Buñuel con el calificativo de «blasfema» constituye una banalidad intolerable. El cura quijotesco de Nazarín que, impulsado por una locura divina, trata de extender el evangelio y se topa con la incomprensión de pobres y ricos (los primeros, porque necesitan un consuelo más efectivo; los segundos, porque lo consideran un subversivo peligroso), no personifica tanto una burla de la religión como un sarcasmo desolado ante la inutilidad de una misión que se tropieza con la oposición del hombre. Algo parecido ocurre en Simón del desierto, donde el anacoreta que vive encaramado en una columna ejecuta con rutinaria normalidad el milagro de devolverle las manos a un amputado; lo primero que hará el beneficiario del milagro es propinarle un mojicón a su hijo. La ferocidad de Buñuel no cuestiona la intromisión de lo sobrenatural, sino la intrínseca maldad del hombre, que hace estéril el milagro y lo aprovecha para consolidar una relación de dominio.

Las irreverencias y ultrajes de la religión católica que recorren la filmografía buñueliana se engloban dentro de un proyecto sistemático de pisotear las convenciones sociales. En La edad de oro, Buñuel no desdeña el sacrilegio, pero tampoco la impiedad (un ciego es pateado por el protagonista) ni el pavoroso crimen: cuando el protagonista y la hija de un marqués alcanzan el orgasmo, mientras se chupetean los dedos de los pies y se clavan las uñas en los ojos hasta hacerse sangrar, gritan con exultación: «¡Qué alegría haber asesinado a nuestros hijos!». Todo este carrusel de atónita barbarie rechaza una lectura literal: Buñuel no profiere «un apasionado llamamiento al crimen» (otra de sus célebres boutades que tanto han contribuido a trivializar la comprensión de su obra), sino un desesperado grito de rebelión social. En La edad de oro, como en todo el cine de Buñuel, la irreverencia adquiere un sentido metafórico y liberatorio, una fuerza subversiva y catártica: el hombre tiene que desprenderse de atávicas hipocresías si desea conquistar su libertad plena, ese residuo indómito que sepultan las plurales formas de dominación instituidas por la sociedad.

Este ímpetu de catarsis y subversión que guía el proyecto estético de Buñuel se confabula con una suerte de despiadado escepticismo. Buñuel, en su descreimiento amargo y corrosivo, niega al hombre toda posibilidad de salvación y desdeña la misión redentora de Cristo, suplantando su figura por la de un ciego lujurioso y voraz, en aquella célebre secuencia de Viridiana donde se parodia la Última Cena de Leonardo. El sacrificio de la Cruz se perfila así como una quijotada baldía, tan baldía como los milagros de los anacoretas o la aparición providencial de los restos de un avión, en La muerte en el jardín; cuando el sacerdote que forma parte de la extenuada expedición agradece a Dios ese signo de misericordia que les permitirá abastecerse con los víveres que encuentren, otro de los miembros de la expedición le recordará, con apabullante brutalidad, que para lograr su salvación, antes Dios ha tenido que adjudicar la muerte al puñado de inocentes que viajaban en ese avión.

Este sarcasmo teológico tiene la fuerza de una increpación dirigida contra el mismo Dios. Una intención similar anima esa gran parábola religiosa que es La vía láctea. La cita que ilustra la película («No he venido a la Tierra para traer la paz, sino la espada») adquiere una resonancia ominosa a medida que se desgrana ante nosotros un rosario de episodios signados por la destrucción y el triunfo de la muerte. Pero aún en medio de tanto caos, Buñuel nos ofrece una última lección de perplejidad: los episodios que se refieren al peregrinaje de los mendigos protagonistas componen un repertorio de herejías y bacanales y heterodoxias; en cambio, los episodios dedicados a la vida de Jesús, lejos de participar de la mistificación, se revisten de una fidelidad casi documental a los Evangelios, dejándonos en el paladar un regusto ambiguo. El mismo que ese episodio final de la película, paradójico y socarrón, en que Jesús devuelve la vista a dos ciegos; cuando esos ciegos tienen que salvar una zanja que se interpone en su camino, uno de ellos lo hará limpiamente, mientras el otro tantea con el bastón, inseguro del terreno que pisa.

Buñuel, una vez más, no niega el misterio, pero cuestiona su eficacia y su capacidad redentora. El humor impío y burlón que clausura La vía láctea no logra anular la sospecha que, una vez más, emerge ante nosotros: quizá a ese ciego que libró el obstáculo de la zanja lo guiase el mismo perfume de acacias florecidas que a Buñuel le traía reminiscencias de la niñez. Llegados a este punto de desconcierto y estupor, sólo nos queda recordar aquellas palabras de reproche que Régis Debray le dirigió a Buñuel, mientras lo zarandeaba con despecho: «No lo soporto a usted, Buñuel. Gracias a usted la gente sigue hablando de la Santísima Trinidad y de la Inmaculada Concepción de María. Usted ha mantenido viva toda la cultura del catolicismo con sus malditas obsesiones. ¡Yo le detesto, Buñuel!». Nosotros, en cambio, lo amamos arrebatadamente.