Ignacio Sánchez Cámara, “Totalitarismo débil”, ABC, 9.III.2011

«La verdad no depende del sufragio universal. Un buen Gobierno no se opone a que el conocimiento aumente, pero jamás puede legítimamente determinar lo que es verdadero o bueno. Si el poder público impone como verdad sus opiniones, destruye la libertad»
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Alfonso Aguiló, “Quemar las naves”, Hacer Familia nº 205, 1.III.2011

Fue en el año 1519 cuando Hernán Cortés tomó aquella famosa determinación de “quemar las naves”, que ha pasado a la historia como símbolo de las decisiones que ya no tienen vuelta atrás. Se habían producido entre sus subordinados diversas intrigas que estaban sembrando la división, unos a favor de seguir adelante y otros que planeaban tomar algunas de las naves y regresar a Cuba. Ante esa posible deserción, opta por eliminar cualquier duda y, sobre todo, cualquier posible medio de escape. Como persona de decisiones meridianas que era, mandó barrenar y hundir la mayor parte de los barcos. De esta manera, sus hombres recibieron un mensaje inequívoco: luchar hacia adelante o morir.
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Alfonso Aguiló, “La lección de cada fracaso”, Hacer Familia nº 204, 1.II.2011

Thomas Alva Edison nació en 1847. Era el séptimo hijo de una familia humilde recientemente establecida en Ohio y que había pasado por numerosas penalidades. A los ocho años, el pequeño Thomas acudió por primera vez a la escuela. Después de tres meses de asistencia a clase, un día regresó a su casa llorando: el maestro lo había calificado de alumno “perezoso e inútil”.

Su madre logró que el chico fuera readmitido en la escuela y aquello supuso un gran respaldo para él: “Descubrí que una madre es algo maravilloso. Fue la defensora más entusiasta que hubiera podido tener cualquier niño, y fue precisamente entonces cuando tomé la decisión de que sería digno de ella y le demostraría que no estaba equivocada.”
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Alfonso Aguiló, “Adicción al reconocimiento”, Hacer Familia nº 203, 1.I.2011

«Los elogios y el reconocimiento me acompañaron durante toda mi infancia. Y, sin darme cuenta, poco a poco se convirtieron en una adicción. “La pequeña Eva recita poesía estupendamente —me decían a los seis años—. ¡Seguro que más adelante hablará en público maravillosamente!”. Y la pequeña Eva aprendió la lección. No había alabanza que le bastara, y cada vez aprendía más poesías, cantaba canciones y se recreaba con el reconocimiento de los demás. Incluso es muy posible que confundiera los elogios con el amor. Pero, en todo caso, eso le marcó la ruta a seguir: rendir y alcanzar logros para ser amada, apropiarse de cosas que le sirvieran de confirmación.
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Alfonso Aguiló, “Lamentarse”, Hacer Familia nº 202, 1.XII.2010

A comienzo de los años veinte, Franklin Roosevelt era una figura importante en la vida pública norteamericana. Tenía 37 años, era alto y bien parecido, y sobre todo era un brillante orador con una carrera política muy prometedora. Ya durante la Primera Guerra Mundial había sido el más alto responsable de la Marina de los Estados Unidos, y en 1920 fue nombrado candidato del Partido Demócrata para ser Vicepresidente de los Estados Unidos.
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Alfonso Aguiló, “Lecciones humildes y sencillas”, Hacer Familia nº 201, 1.XI.2010

“Matar un ruiseñor” es una magnífica novela de Harper Lee publicada en 1960 y que ganó el Premio Pulitzer. Pronto alcanzó un gran éxito y se convirtió en un clásico de la literatura norteamericana.

La historia transcurre durante la época de la Gran Depresión en Maycomb, un viejo pueblo de Alabama. La narradora es Scout Finch, una niña de seis años que vive con su hermano mayor Jem y su padre Atticus, un abogado viudo de mediana edad. A Atticus le encargan la defensa de un hombre de color llamado Tom Robinson, acusado de violar a una joven mujer blanca llamada Mayella Ewell. Aunque muchos de los pobladores de Maycomb no están de acuerdo, Atticus acepta defender a Tom en el juicio.

Otros niños se burlan de Jem y Scout a causa de la posición que toma su padre Atticus, y lo llaman despectivamente “amante de los negros”.
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Alfonso Aguiló, “El síndrome de la ventana rota”, Hacer Familia nº 200, 1.X.2010

En 1969, en la Universidad de Stanford, el profesor Phillip Zimbardo realizó un interesante experimento de psicología social. Dejó dos automóviles abandonados en la calle. Eran idénticos: la misma marca, el mismo modelo y el mismo color. Uno lo dejó en el Bronx, por entonces una zona pobre y conflictiva de Nueva York, y el otro en Palo Alto, una zona tranquila y adinerada de California.

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Alfonso Aguiló, “Inteligencia maternal”, Hacer Familia nº 199, 1.IX.2010

Durante décadas se ha extendido el tópico de que la maternidad atonta y alela a las mujeres, centrando su vida en un mundo infantil y relegándolas a tareas tediosas y repetitivas. Así lo explica Katherine Ellison, una exitosa periodista de investigación galardonada con el Premio Pulitzer y que considera que todas esas ideas proceden de clichés y trivializaciones que no reflejan la realidad.

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Alfonso Aguiló, “Hacer el bien sin vanagloriarse”, Hacer Familia nº 197-198, 1.VII.2010

La historia de Irena Sendler ha estado extraviada entre los pliegues del tiempo durante más de medio siglo. Su hazaña ha permanecido desconocida y oculta de manera inexplicable, como un viejo tesoro esperando a ser descubierto. Durante la Segunda Guerra Mundial, en plena ocupación nazi de Polonia, esta mujer logró salvar a 2.500 niños judíos. Y luego, ni la Gestapo ni sus torturas lograron que desvelara dónde estaban los pequeños.
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Alfonso Aguiló, “Alardes y vanidades”, Hacer Familia nº 196, 1.VI.2010

Cicerón y Demóstenes fueron dos de los más grandes oradores de la antigüedad. Cuando Cicerón hablaba, todo el mundo quedaba pasmado ante su capacidad oratoria. Era un hombre muy instruido, que sobresalió en toda clase de estilos, pero sus discursos y sus escritos transmiten un sutil deseo de hacer alarde de erudición. Demóstenes, en cambio, aunque también tuvo un extraordinario talento y superaba a todos los que competían con él en la tribuna y en el foro, cuando hablaba, la gente no quedaba tan impresionada, pero salía encendida, dispuesta a ponerse en marcha, a hacer cosas, y las hacía. Es quizá la diferencia entre una ostentación de destrezas retóricas y una verdadera comunicación.
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