Después de pasar una larga temporada en el palacio de Circe, Ulises emprende definitivamente el camino a Ítaca. La diosa, antes de dejarle partir, le había adelantado algunas de las aventuras que iba a vivir en los días siguientes. La primera de ellas era el encuentro con las sirenas.
Desde su nave, Ulises divisa el peñasco de las sirenas. La isla aparece rodeada de cadáveres cuya carne se pudre al sol sobre la arena. Los muertos son aquellos que han cedido a la seducción del canto. Al pasar por delante de aquel lugar en que los navegantes quedaban embaucados y acababan estrellándose contra los arrecifes, Ulises pide a sus hombres que todos se tapen con cera los oídos, y que a él le aten con cuerdas a un mástil del barco. Les ordena que no le suelten por mucho que luego lo pida: “Amigos, atadme con dolorosas ligaduras para que permanezca firme allí, junto al mástil; que me sujeten bien las amarras, y si os suplico o doy órdenes de que me desatéis, apretadme todavía con más cuerdas”.