Ignacio Aréchaga, “Cuando los ateos se lanzan a predicar”, Gaceta, 29.XI.08

Utilizan la publicidad para vender la idea de que sin Dios se vive muy bien

Los ateos pasan a la ofensiva dispuestos a convertir al hombre de la calle. Antes habían denunciado como nefando proselitismo cualquier intento de convencer a otros de las propias creencias religiosas. Sólo el intolerante, incapaz de respetar a los otros, se atrevería a pretender que los demás pensaran del mismo modo. Pero ahora los ateos se han lanzado a la ofensiva, decididos a convertir al hombre de la calle, no sólo con libros, sino hasta con anuncios publicitarios.

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Alfonso Aguiló, “Educar la memoria”, Hacer Familia nº 178, 1.XII.2008

Gabriel García Márquez contaba aquel breve relato de un pobre desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa merecía la pena ser vivida.

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Manuel González Barón, “Suicidio aistido y eutanasia: ¿muertes dignas?”, El Mundo, 24.XI.2008

Cada vez con mayor frecuencia, oímos hablar en los medios de comunicación sobre suicidio asistido, eutanasia, muerte digna…; y no pocas veces se advierte una notable confusión en quienes utilizan esos términos. Esa confusión “contamina” después necesariamente las encuestas que se hacen sobre estas cuestiones. Puede tener cierto interés, por tanto, empezar clarificando algunos conceptos.

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Alfonso Aguiló, “Criterio propio”, Hacer Familia nº 177, 1.XI.2008

Era otoño, y los indios de una remota reserva norteamericana preguntaron a su nuevo jefe si el próximo invierno iba a ser frío o apacible. Como aquel jefe había sido educado en una sociedad moderna, no conocía la vieja sabiduría de su raza. Así que, cuando miró el cielo, se vio incapaz de adivinar qué iba a suceder con el tiempo. Para no parecer inseguro o dubitativo, respondió que el invierno iba a ser verdaderamente frío y que los miembros de la tribu debían recoger leña para estar preparados.

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Alfonso Aguiló, “Decir la verdad”, Hacer Familia nº 176, 1.X.2008

Me lo contó hace años el protagonista de la anécdota y no se me ha olvidado. Un profesor de una prestigiosa institución educativa llega a su despacho, que comparte con otros compañeros. Nada más entrar, ve el cubilete de cerámica en el que pone los bolígrafos, que está roto en varios pedazos. Pero no están caídos en el suelo, sino recogidos los trozos y puestos en orden sobre la mesa. Alineados, los lápices, los bolígrafos y el abrecartas. Junto a ellos, una nota pidiendo disculpas: “Perdón. Se me ha caído. He sido yo.” Y su firma.

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Alfonso Aguiló, “Tachar de ingenuos”, Hacer Familia nº 175, 1.IX.2008

A sus 23 años, Erin Gruwell parecía dispuesta a comerse el mundo, un día de otoño de 1994, cuando empezaba a trabajar como profesora en el Woodrow Wilson High School, un conflictivo instituto de Long Beach, en California. Los experimentos de integración racial en las aulas de aquella escuela no parecían estar dando los resultados apetecidos. Como profesora en prácticas, le asignaron la peor clase del instituto, la que nadie quería. Se encontró con un grupo de chicos de diferentes etnias, con problemas familiares y de adaptación social, incapaces de progresar en el estudio y a los que el sistema daba ya por irrecuperables. Lo único que aquellos chicos parecían tener en común era la rivalidad entre ellos y el convencimiento de que el sistema educativo se limitaba a retenerlos allí como fuera hasta que llegaran a la edad legal necesaria para abandonar la escuela.

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Juan Manuel de Prada, “Curas pederastas”, ABC, 21.VII.2008

Hubo épocas en que los cristianos se acogieron a la disciplina del arcano, ocultando las cosas de la religión a los paganos, pues comprobaban que, por mucho que se esforzasen en explicarles los misterios de su fe, los paganos lo entendían todo del revés y propalaban, por ejemplo, que la Eucaristía consistía en comerse a un niño crudo y otras aberraciones semejantes. Ando en estos días preparando una antología de artículos del gran Leonardo Castellani, a quien últimamente tanto cito, para que los muchos lectores que en estos meses me han preguntado por él puedan disfrutar a la vuelta del verano en una edición accesible de quien, sin duda alguna, es el mejor escritor católico en español del siglo XX; y, entre el bosque de artículos suculentos que Castellani dio a la prensa, me tropiezo con uno titulado «¡Al arcano de nuevo!», en el que con su habitual gracejo propone volver a aquella disciplina de los primeros cristianos, viendo que los señores incrédulos de nuestra época se obstinan en creer que Jesús estuvo enamorado de María Magdalena o que la burra de Balaam se llama así porque milagrosamente una vez baló. Tratar de aproximar la religión a ciertas personas contaminadas por las más rocambolescas mistificaciones lo considera Castellani trabajos de amor perdidos; y propone jocosamente que, en lugar de deslomarnos escribiendo tratados de apologética que rechazarán (aunque luego crean en el espiritismo, o en el Progreso, o en cualquier otra chorrada, pues ya se sabe que cuando se deja de creer en Dios se empieza a creer en cualquier cosa), nos dediquemos a hacerles creer las trolas más jacarandosas. Por ejemplo: que al Papa todos los cristianos deben adorarlo como Dios; o que la Santísima Trinidad la componen la paloma del Espíritu Santo, el Cordero de Dios y el Buey de Belén. Trolas que, indudablemente, se tragarán; pues nadie hay más crédulo que un incrédulo profesional.

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Alfonso Aguiló, “No olvides lo principal”, Hacer Familia nº 173-174, 1.VII-VIII.2008

Cuenta la leyenda que una mujer pobre con un niño en los brazos pasaba delante de una caverna y escuchó una voz misteriosa que desde dentro le decía: “Entra y toma todo lo que desees, pero no te olvides de lo principal. Y recuerda que, después de que salgas, la puerta se cerrará para siempre. Por tanto, aprovecha la oportunidad, pero te repito: no olvides lo principal.”

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Alfonso Aguiló, “Implicarse”, Hacer Familia nº 172, 1.VI.2008

Una mañana del año 1974, Muhammad Yunus recorría las calles de Jobra, una modesta población de Bangladesh que sufría una feroz hambruna. Yunus era un inquieto profesor universitario de 34 años, formado brillantemente en Estados Unidos y que había vuelto a su país para colaborar en el proceso de construcción nacional que se puso en marcha tras su declaración de independencia en 1971. Era Director del Departamento de Economía de la Universidad de Chittagong, y ansiaba que sus clases se adaptaran a la realidad que tan trágicamente vivía su país. Recorría las aldeas buscando el contacto directo con la gente y se preguntaba constantemente cuál era la raíz de sus dificultades para progresar.

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Alfonso Aguiló, “Servir a los demás”, Hacer Familia nº 171, 1.V.2008

Una noche de tormenta, hace ya bastantes años, un matrimonio mayor entró en la recepción de un pequeño hotel en Filadelfia. Se aproximaron al mostrador y preguntaron: “¿Puede darnos una habitación?”.

El empleado, un hombre atento y de movimientos rápidos, les dijo: “Lo siento de verdad, pero hoy se celebran tres convenciones simultáneas en la ciudad. Todas nuestras habitaciones y las de los demás hoteles cercanos están ocupadas.” El matrimonio manifestó discretamente su agobio, pues era difícil que a esa hora y con ese tiempo tan horroroso pudieran encontrar dónde pasar la noche. El empleado entonces les dijo: “Miren…, no puedo dejarles marchar si más con este aguacero. Si ustedes aceptan la incomodidad, puedo ofrecerles mi propia habitación. Yo me arreglaré con el sillón de la oficina, pues tengo que estar toda la noche pendiente de lo que pase.”

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