Alfonso Aguiló, “El fantasma de Canterville”, Hacer Familia nº 239, 1.I.2014

“El fantasma de Canterville” es una simpática parodia de los relatos de terror escrita por Oscar Wilde en 1887.

Un embajador norteamericano llamado Hiram B. Otis se traslada con su familia a un castillo recién comprado en un hermoso lugar en la campiña inglesa a siete millas de Ascot, al sur de Londres. El dueño anterior, Lord Canterville, que no quería engañarle, le avisa de que en el castillo habita un fantasma desde hace más de trescientos años, y que en todo ese tiempo nadie ha logrado vivir en paz en aquel lugar.

Pero el nuevo inquilino, que no creía nada en esas cosas, en vez de asustarse o preocuparse, pensó que era un aliciente más, un extra que venía incluido con el castillo, o sea, que había tenido la suerte de comprar el típico castillo inglés con fantasma y todo, y que eso sería la envidia de sus amigos norteamericanos. Y se fue a vivir allí con su esposa Lucrecia, su hijo mayor Washington, su hermosa hija Virginia y los dos traviesos gemelos.

Desde el primer momento empezaron a suceder cosas extrañas dentro de la casa. El fantasma empezó a pasearse por los pasillos intentando atemorizar a los nuevos inquilinos, pero su sorpresa fue mayúscula cuando se dio cuenta de que nadie tenía miedo ante su presencia. Esto provocó que el fantasma comenzara a deprimirse. Su tristeza iba en aumento, pues no solo no conseguía asustarlos, sino que era objeto de la mofa y sorna de sus nuevos dueños, y en particular de los dos gemelos que siempre estaban ideando alguna travesura contra él. Siempre salía perdiendo el pobre fantasma, que era el que tenía que marchase completamente atemorizado.

El fantasma de Canterville se desinfló, después de trescientos años de aterrorizar a la gente, en cuanto dejó de ser tomado en serio, en cuanto apareció alguien que no le tuvo miedo sino que lo encontró ridículo e incluso divertido.

Hay quizá en nuestra vida miedos que son parecidos a los que, durante trescientos años, tantas personas tuvieron a ese viejo fantasma. Miedos que necesitan ser tenidos un poco menos en serio, reírse un poco de ellos y hacerles frente.

Por ejemplo, el miedo a decir lo que uno piensa, aunque sea un poco contra corriente. O el miedo a decir las cosas a la cara a la gente, con lealtad, en vez de criticarles a sus espaldas. Bien podemos descubrir un día que se vive mejor manteniendo una postura clara y coherente en los diferentes ámbitos de nuestra vida, sin necesidad de tantos cálculos o estrategias según con quien estemos.

O quizá hemos de perder miedo a adquirir más responsabilidades, o a asumir compromisos más duraderos. Quizá llevamos tiempo posponiendo algo que deberíamos haber hecho ya, y no nos atrevemos, o nos ponemos todo tipo de excusas para retrasarlo, o para no hacerlo. Excusas quizá para no abandonar esa zona de confort, bien conocida y cálida, pero que hace tiempo debíamos haber dejado.

Miedo a los cambios. Miedo a lo desconocido. Miedo a cometer errores. Miedo incluso al éxito, por los sacrificios que comporta. Miedo a tomar una decisión equivocada. Miedo al fracaso. Miedo a no estar a la altura. Miedo a formar una familia, a una opción vital que supone asumir obligaciones importantes, perder independencia, hipotecar posibilidades… para ganar evidentemente otras. Algunos tienen demasiado miedo a vivir con independencia territorial y emocional respecto de sus padres, o a hacerse cargo de sí mismos sin el respaldo cercano de otros, o a perder comodidades.

Todo el mundo tiene sus miedos, es lo más normal, y una persona sin miedo sería temeraria y sumamente peligrosa. Lo importante es saber si cada uno de esos miedos que sentimos deben retraernos o, por el contrario, tenemos que actuar a pesar de ellos.

Alfonso Aguiló, “Saberse vulnerables”, Hacer Familia nº 238, 1.XII.2013

“El caudal de las noches vacías” es la última novela de Mercedes Salisachs, que ha escrito con gran dificultad, a sus 96 años y aquejada de una grave enfermedad. La autora ha explicado que quiso escribir esta obra postrera porque tenía necesidad de hablar sobre una situación que observa cada vez con más frecuencia en las relaciones entre hombre y mujer.

El protagonista, Guillermo, es un sacerdote comprometido con su labor pastoral, con dotes literarias y don de palabra, atractivo, culto, pero un poco imprudente, que un buen día se encuentra aceptando, sin un motivo muy claro, ser profesor particular del hijo de una adinerada mujer divorciada. Sin pensarlo mucho tampoco, acepta poco después la invitación de esa mujer para pasar las vacaciones con ellos y así continuar la educación del hijo, que ha experimentado un enorme progreso gracias a las indudables cualidades de su nuevo profesor. Cuando quiere darse cuenta, Guillermo se ha convertido en el hombre de moda de los encuentros sociales de la clase alta de la ciudad. Poco a poco, su segura religiosidad y sus claros principios morales se van resquebrajando ante la sensualidad y el glamour de la mujer y de su entorno. En paralelo, vemos la trayectoria de su mejor amigo, un sacerdote llamado Esteban, que opta por el camino contrario y busca una vida de mayor austeridad y entrega a los demás.

No es difícil adivinar quién acaba mejor. La novela describe con habilidad ese tipo de enamoramientos que son un autoengaño disfrazado de amor, una solemne trampa. Es verdad que el enamoramiento es una fase maravillosa que puede llevar a descubrir y a afianzar el verdadero amor. Pero también puede ser un estado de elipsis donde los sentidos cobran demasiada relevancia y el raciocinio se ofusca con sensaciones que nublan la mente y eclipsan la sensatez.

Guillermo se da cuenta de los riesgos que corre, se da cuenta de que se engaña, pero se engaña a su vez pensando que es algo que puede controlar, se cree más fuerte de lo que en realidad es. Se aventura en caminos y enredos que casi siempre nacían de la vanidad, del dejarse llevar por impulsos poco rectos, de reflejos que convertían simples corazonadas en realidades infalibles. Es la historia de una infidelidad a lo que más apreciaba, la historia de cómo una persona inteligente y cultivada se va engañando poco a poco, de cómo las ideas claras son extremadamente vulnerables cuando una persona se deja envolver por la efusión del sexo, el poder, el lujo o la vanidad. La historia de la importancia de proteger nuestros puntos débiles. Porque uno puede resistir largo tiempo, pero luego, por unos cuantos descuidos, caer en el abismo.

Cada persona debe construir una defensa en torno a sus puntos más vulnerables. Debe aprender de los tropiezos de otros, aprender a verse capaz de cometer los mismos errores que nos sorprenden tanto en los demás y en los que quizá a nosotros nos parece imposible caer. Saber que los halagos de cualquier vicio pueden ensombrecer nuestra razón igual que ha sucedido con otros. Detectar el fatalismo que rodea a esos engaños, que tantas veces son objetivamente absurdos o inviables pero que están avalados por la sinrazón que se ha apoderado de la persona.

Se puede tener una excelente formación y una excelente tranquilidad y seguridad pero, si no se sabe controlar el corazón, cualquiera puede verse arrebatado por la locura de unos cuantos descuidos, que parecían perfectamente controlados, pero que acaban llevando a decisiones desastrosas. Cuántos desencantos producidos tras la explosión impactante de un cuerpo perfecto, o de una mirada abrasante, que tienen un “después” frustrante: porque en la pasión humana, la rutina siempre acecha, y fácilmente acaba por desentronizar lo que la mirada logró en su día entronizar.

Reconocer la propia debilidad, saberse frágiles, alejar la altivez de esa prepotencia que nos hace exponernos a situaciones que quizá podemos superar habitualmente pero que no dejan de ser una temeridad innecesaria. Todo eso nos ayuda también a comprender los errores de los demás, incluso los que quizá nos parecen menos razonables, y guardar distancia con lo que vemos que ha perdido a otros.