Alfonso Aguiló, “Buscar lo que une”, Hacer Familia nº 268, 1.VI.2016

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Después de las atrocidades cometidas durante la Segunda Guerra Mundial, la Organización de las Naciones Unidas, a través de la UNESCO, estaba comprometida a preparar una Declaración Universal de los Derechos Humanos que sentara unas bases comunes que todo el mundo pudiera reconocer.

Pasaba el tiempo y en 1947 los trabajos preparatorios de la Declaración estaban en un callejón sin salida. Los desencuentros ideológicos entre las distintas posiciones de fondo presentes eran muy fuertes. Julian Huxley, un prestigioso científico británico que era por entonces Director General de la UNESCO, insistía en que esos derechos no podían basarse en convicciones religiosas. Se buscó una salida invitando a intelectuales de diversas culturas del mundo a interrogarse sobre el significado y la posibilidad de un acuerdo respecto a esos derechos.

El Gobierno francés encargó al filósofo y embajador Jacques Maritain encabezar la delegación francesa a la II Conferencia General de la UNESCO, celebrada en México en noviembre de 1947. Le correspondió el discurso inaugural, como Presidente de la Conferencia, con una intervención que marcaría de modo decisivo su resultado. Insistió en que para resolver los problemas de la posguerra se necesitaba una organización supranacional de los pueblos, de modo que quienes estaban divididos por convicciones ideológicas muy diferentes pudieran colaborar en un común compromiso práctico.

Maritain aseguraba estar convencido que su manera personal de fundamentar los derechos humanos era la única asentada sólidamente en la verdad. Pero eso no impedía estar de acuerdo con quienes llegaban a esos mismos derechos a partir de presupuestos muy diferentes a los suyos pero igualmente convencidos de ser los únicos bien fundados. “¡Y Dios me guarde –concluía– de decir que no importa saber cuál de ellos tiene la razón! ¡Importa y mucho! Pero sobre esta afirmación práctica de los derechos humanos se podrán formular juntos muchos principios comunes de acción”.
Según cuentan los cronistas de la época, los delegados de las naciones representadas escuchaban en silencio, cautivados. Sobre la escena internacional, que no era rica en personalidades fuertes, aparecía un hombre nuevo y unas ideas nuevas. Su llamada a todos los hombres de buena voluntad resultaba una brillante solución al estéril debate que les había precedido.

Tras su intervención, se comienza a hablar de una cooperación más efectiva entre los hombres de distintas visiones religiosas. La “conversión” propuesta por Maritain fue, en definitiva, aceptada por todos. Todos quedaron sorprendidos de que los grupos más radicales de oposición acabaran estando de acuerdo con la lista de los derechos: “estamos de acuerdo con los derechos, con la condición de que nadie nos pregunte por qué”. Al principio les resultaba difícil ponerse de acuerdo en cuáles eran los derechos, pero era bastante más fácil coincidir en qué es lo que rechazaban, y así, poco a poco, salió la lista completa. El propio Huxley dejó de insistir en su línea de pensamiento, netamente materialista, y mostrando en esto nobleza y altura de miras, encargó a Maritain la redacción de la introducción del informe final.

Aunque Maritain partía de un planteamiento filosófico muy distinto al de Huxley, en su discurso no planteaba un duelo especulativo con él. Al contrario, su objetivo era mostrar que, aunque la humanidad se encontraba dividida sobre la base de desacuerdos intelectuales, era posible la cooperación práctica.

Han pasado muchos años, pero la escena se repite constantemente. Muchos debates se enconan de modo estéril porque falta voluntad de buscar lo que une, de trabajar y convivir pacíficamente. Muchos problemas quedan sin resolver porque prima el deseo de imponerse y avasallar a los demás. Porque se plantean las conversaciones como duelos a muerte en cuestiones en las que se podría disentir y al tiempo convivir pacíficamente. Porque hay demasiada gente empeñada en que los demás piensen en todo como ellos.

Puede que las ideas provoquen distancia entre los seres humanos, pero tenemos en común nuestra naturaleza humana, y eso es muchísimo. Con independencia de nuestras ideas, muchas veces tan diferentes, los hombres podemos vivir en armonía, pues, al fin y al cabo, el hecho de ser humanos nos hace miembros de una misma familia universal.

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