Alfonso Aguiló, “Cambiar el entorno emocional”, Hacer Familia nº 260, 1.X.2015

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Sonya Carson abandonó muy joven sus estudios y se casó siendo aún adolescente. El matrimonio se rompió y pronto ella se encontró a cargo de sus dos hijos pequeños, por lo que tuvo que simultanear varios empleos para salir adelante.

El más pequeño de los hijos, Benjamin, que había nacido en Detroit en 1951, manifestó tempranamente dificultades en su educación primaria. Parecía el peor alumno de su clase y era objeto de burlas e insultos por parte de sus compañeros. Todo eso le hizo desarrollar un temperamento un tanto agresivo e incontrolable.

La señora Carson se encontraba sumida en una espiral de negros presagios. Se había visto envuelta en ellos toda su vida, y ahora parecía que iba a suceder lo mismo con sus hijos. Ella apenas tenía formación académica, y en eso poco podía ayudarles. Pero estaba decidida a que las cosas cambiaran, pese a que todo parecía estar en contra. Lo primero que se planteó fue limitar el tiempo que su hijo Ben pasaba frente a la televisión. Tampoco le dejaba salir a jugar hasta que tenía hechas todas sus tareas. Eran normas sencillas pero se iban mostrando efectivas. Le exigió leer en casa dos libros cada semana y redactar un resumen escrito sobre cada uno, a pesar de que ella, debido a su propia falta de preparación, apenas podía entenderlos.

Pronto Ben empezó a sorprender a sus compañeros y profesores. El último de la clase empezaba a despertar. Todos lo observaban con asombro. “Fue entonces cuando me di cuenta que yo no era tonto”, recordaba Ben años después. Al curso siguiente, Ben Carson era, sin lugar a dudas, el mejor alumno de su clase.

Carson se graduó con honores de la escuela secundaria. Fue admitido en la Universidad de Yale, donde obtuvo una licenciatura en Psicología. A continuación, estudió en la Facultad de Medicina de la Universidad de Michigan, donde su interés se desplazó hacia la neurocirugía. Su esfuerzo y sus excelentes capacidades hicieron de él un extraordinario cirujano. Fue el primer afroamericano residente de neurocirugía en el Hospital Johns Hopkins en Baltimore. A los 32 años fue nombrado Director del Departamento de Neurocirugía Pediátrica, siendo el médico más joven en ocupar ese puesto.

Ben Carson llegó a ser conocido por acceder a tratar casos desesperados o de alto riesgo, y por su capacidad de combinar sus propias habilidades quirúrgicas con el conocimiento del funcionamiento del cerebro gracias a innovadoras tecnologías. Fue el primero en operar a un feto dentro del útero. En 1985 se especializó en la hemisferectomía, y poco después se hizo famoso como un experto en uno de los tipos de cirugía más difíciles: la separación de gemelos siameses.

Ha recibido numerosos honores y premios, incluyendo más de 50 doctorados honoris causa. En 2001 fue considerado uno de los 20 principales médicos y científicos de Estados Unidos y también seleccionado por la Biblioteca del Congreso como una de las 89 «leyendas vivientes» de la nación. También recibió en 2006 la Medalla Spingarn, el más alto honor otorgado por la Asociación Nacional por el Progreso de la Gente de Color (NAACP), y en 2008 de la Medalla Presidencial de la Libertad, el más alto honor civil en el país.

La historia de Ben Carson, y quizá sobre todo la de su madre, son una muestra más de la importancia de sobreponerse a lo que parece un destino fatal e inexorable. Es cierto, por ejemplo, que la falta de cultura de los padres es un lastre para la educación los hijos. Pero eso es un efecto pequeño frente a lo que puede lograr una madre decidida. Un chico mal encaminado puede rehacer su vida. Puede cambiar lo que parece estar ya sentenciado. Hace falta convicción, oportunidades y esfuerzo en la formación del carácter. Y para ello, entender las circunstancias emocionales que rodean a cada uno, porque para despertar talentos adormecidos hay que actuar sobre los entornos emocionales. Todos vivimos rodeados de emociones y estados de ánimo, y quien se sobrepone y cada mañana busca nuevas oportunidades, las encuentra. Pero si se abandona a los estados de ánimo negativos, se bloquean las expectativas, tanto del educador como del que es educado.

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