Alfonso Aguiló, “El pensamiento automático”, Hacer Familia nº 237, 1.XI.2013

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Suele llamarse “pensamiento automático” a ese conjunto de ideas que surgen en nosotros de forma espontánea, son de formulación sencilla y están profundamente arraigadas, de modo que afloran en nuestra mente sin apenas deliberación y sin oponer sentido crítico. Es muy habitual que esos pensamientos no se reconozcan como tales sino se profundiza bastante en el propio conocimiento, normalmente con la ayuda del contraste con personas que nos conocen bien y nos ayudan a descubrirlos.
 

Por ejemplo, son muy frecuentes en cuestiones como las valoraciones negativas sobre uno mismo o sobre otras personas, o en nuestra opinión sobre determinadas situaciones o ambientes. El miedo al ridículo es otro ejemplo muy claro. La convicción de que a uno se le da mal determinado asunto, sin haberlo contrastado objetivamente, es también otro caso bastante habitual. O la idea de si caemos bien o mal alguien, o de si nos cae bien o mal a nosotros, o de si es apropiada o no determinada actuación. Son pensamientos que reflejan una valoración no objetiva que surge de modo automático sobre una cuestión que, con mucha frecuencia, es vista desde fuera de modo muy diferente.

El pensamiento automático no tiene por qué verse inicialmente como algo negativo. No podemos hacer una gran deliberación para cada pequeña decisión que tomamos. La mayoría de las cosas que hacemos se fundamentan en apreciaciones que hemos aprendido a hacer muy rápidamente y con un automatismo que resulta imprescindible, de la misma manera que subimos una escalera o nos bajamos del coche con un movimiento automático, sin pensar en cómo tenemos que adelantar la pierna o darnos impulso.

Lo malo del pensamiento automático es cuando nace de un dogmatismo interior plagado de respuestas automáticas a cada información que nos llega, con gran resistencia a analizar personalmente su contenido, quizá porque nos falta el coraje intelectual necesario para remar contra la corriente establecida.

Resistirse al pensamiento automático habitual supone plantearse de vez en cuando si debemos decir algo diferente de lo que se espera que digamos, porque quizá nos hemos encuadrado o nos han encuadrado en un conjunto de ideas a las que se supone que debemos total acatamiento. Significarse contra el pensamiento dominante de nuestro entorno, sea una entorno muy pequeño o muy grande, puede ser una muestra de personalidad, pero también puede ser muestra de falta de personalidad, depende de por qué lo hagamos, de si lo hacemos con convicción y rectitud o lo hacemos por motivos mucho menos elevados. En todo caso, el miedo a quedarnos solos sosteniendo una opinión, si esa opinión ha sido realmente madurada y purificada de intereses poco rectos, es un miedo que debemos superar, sea un miedo pequeño o grande, pues quizá hay veces en que esa soledad es condición propia del pensamiento intelectual libre de automatismos como actos reflejos de respuesta.

La idea de alinearse con “los míos” ante casi todo, suele ser una muestra de haberse rendido al pensamiento automático, ya sea en el ámbito político, deportivo, cultural, religioso, laboral, familiar o en lo que sea. Lo normal es que coincidamos en muchas cosas con los que nos resultan más próximos por un motivo o por otro, pero lo que no sería normal es que coincidiéramos siempre y en casi todo, porque eso sería muestra de haber renunciado a tener criterio propio. Superar el pensamiento automático debe ser un acto de rectitud y de valentía, no de orgullo tonto de significarse ante los demás, ni de afán de comodidad, o de llevar la contraria, o de presentarse como original. Y por supuesto debe ser empleado con sensatez y oportunidad.

Se trata de luchar contra el pensamiento polarizado, que nos impide observar las cosas desde diferentes perspectivas. De evitar la tendencia a generalizar situaciones a raíz de una situación aislada. De no pensar siempre como se espera que pensemos y, al tiempo, no creerse tontamente por encima del pensamiento de los demás, ni caer en la oposición automática. En fin, como casi siempre, una cuestión de equilibrio personal que cada uno tenemos que buscar.  

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