Alfonso Aguiló, “La bella y la bestia”, Hacer Familia nº 211, 1.IX.11

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Desde tiempo inmemorial, y en los más variados rincones del planeta, se han relatado muchas historias sencillas, de esas que tienen la misteriosa capacidad de transmitir enseñanzas que por mucho que varíen los tiempos siempre son universales.

La historia de la Bella y la Bestia, que se ha conocido mundialmente sobre todo gracias a la adaptación de Walt Disney, es una antigua leyenda que se ha difundido en muy diversas versiones. Es la historia de un príncipe que vive en un precioso castillo, con todas las riquezas que se pueda imaginar pero sin amor en su corazón. Es egoísta, autoritario y vanidoso. Una noche de invierno, una anciana harapienta llama a su puerta y le pide ayuda para no morir de frío. El príncipe se niega, y la anciana se convierte en una hechicera que desata el poder de su magia y lanza sobre él un hechizo que lo transforma en una bestia repugnante. Al irse, le explica la única forma de deshacer el conjuro: que antes de los 21 años aprenda a amar y llegue a ser amado por alguien; de lo contrario, su aspecto se quedará así para siempre.

El joven se encierra desesperado en su castillo, seguro de que nadie será capaz de amar a una bestia con semejante figura. Tiempo después, un viejo mercader que ha perdido su camino en la noche se detiene a pedir posada en el castillo encantado y la Bestia lo encierra en sus mazmorras. Unos días más tarde, la única hija del mercader, siguiendo la pista del caballo de su padre, llega al castillo e implora a la bestia que lo libere. La Bestia pone una condición: que se intercambie por su padre y quede encerrada en el castillo para siempre. Ella acepta.

Pasan los meses y la chica empieza a descubrir que tras aquel horrible aspecto hay otros valores. A su vez, él se va contagiando de la bondad de aquella joven que, con su carácter, le descubre un mundo que jamás había imaginado, ni siquiera cuando lo tenía todo, y se enamora de ella. Una tarde, a través de un espejo mágico, la chica ve con horror cómo las gentes de su pueblo han escuchado a su padre la historia del castillo encantado y piensan que ha perdido el juicio y van a encerrarlo en un manicomio. La Bestia, al ver el dolor de la muchacha, la deja marchar. Ella corre hacia el pueblo y explica lo sucedido. A pesar de sus ruegos, se organiza una expedición para acabar con la Bestia, que se deja prender sin resistencia, ya que sin su amada ya no desea vivir. Cuando ella llega y lo ve muerto en el suelo, rompe a llorar sobre su cadáver. Esas lágrimas deshacen el hechizo y aquel cuerpo inerte se transforma en el cuerpo del apuesto príncipe que antes había sido.

Se trata de una historia que, en sus diversas variantes, ha conmovido a millones de corazones a lo largo de los siglos, y que apunta hacia un principio innegable: la principal belleza está en el corazón, en aprender a querer a los demás y a darse a ellos sin esperar nada a cambio. Así es como se logra ser feliz, y también es, de modo habitual, como se logra que los demás nos quieran.

Muchas veces, por temor a sentirnos vulnerables, encerramos nuestros sentimientos en una coraza de despego y de arrogancia. Quizá apenas nos damos a los demás por miedo a que se aprovechen de nuestros buenos sentimientos, y por ese miedo perdemos grandes oportunidades de querer y ser queridos. O quizá consideramos inalcanzable cambiar nuestro carácter y nos encastillamos en nuestra individualidad, sin esforzarnos en encontrar una salida. O damos demasiada importancia al atractivo externo, pese a que sabemos bien que son cosas que apenas resisten la prueba del tiempo.

Muchas personas hacen grandes sacrificios por mejorar su aspecto externo, y eso es positivo en cuanto supone un esfuerzo por hacer más agradable la vida a los demás. Pero, por encima de la apariencia externa, hay que cuidarse de no ser engullido por la espiral de decepción que siempre produce el egoísmo, y que tantas veces tardamos demasiado en desenmascarar. La falta de amor agría el carácter y deja al descubierto nuestros peores defectos, que ya no se templan por el afecto desinteresado. En cambio, como describe esta historia, el sacrificio asociado al amor busca la felicidad del otro y proyecta a las personas hacia cotas mucho más elevadas de satisfacción personal. 

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