Alfonso Aguiló, “La pasividad”, Hacer Familia nº 116, XI.2003

Christine se asombraba de lo fácil que le resultaba de pronto la conversación. Algo se estremecía bajo su piel. ¿Quién soy yo ahora, qué me está pasando? ¿Por qué puedo hacer de pronto todo esto? ¿Con qué soltura me muevo, y eso que siempre todos me decían que yo era rígida y patosa? Y con qué soltura hablo, y supongo que no digo ingenuidades, porque este importante caballero me escucha con interés. ¿Qué sucede? ¿Me habrán cambiado las circunstancias de hoy, o es que lo llevaba todo dentro y simplemente carecía de valor para lanzarme, estaba siempre demasiado pasiva y atemorizada? Mi madre me lo decía. A lo mejor no es todo tan difícil, a lo mejor la vida es infinitamente más llevadera de lo que creía, sólo hay que tener un poco más de arrojo, sentirse más segura, y la fuerza acude entonces de lugares insospechados.

Esta reflexión de la protagonista de una novela de Stefan Zweig me recuerda a su vez otra de Susana Tamaro acerca de la pasividad. La pasividad –asegura la escritora italiana– es uno de los grandes venenos de nuestro tiempo. Uno se vuelve pasivo en el momento mismo en que decide no crecer más, en el momento en que se detiene porque piensa que no puede o que no debe ir más allá. Es como si girara un conmutador y, al girarlo, nos cerramos ante la riqueza que la vida nos sigue ofreciendo.

La pasividad suele surgir de una frase o de un pensamiento que nos frena ante la idea de acometer algo nuevo. Ciertamente, si durante veinte años jamás me inclino para recoger algo, al llegar el vigésimo primer año la espalda ya no se doblará. ¿Por qué no lo hace? Sencillamente, porque durante mucho tiempo le hemos dicho que era inútil que se doblase. Pero es la mente quien decide eso, no un destino inexorable.

Hay personas que llegan a una edad avanzada con el cuerpo y la mente joven, y no simplemente porque hayan tenido suerte con la salud, sino porque han realizado un prolongado trabajo interior, han sabido alimentar la fuerza de un espíritu que les ha hecho vivir jóvenes durante largo tiempo. Son personas capaces de flexionar su espalda, pero sobre todo de flexionar sus pensamientos. Todavía son capaces de asombrarse y de producir asombro. En vez de juzgar desde la pasividad, saben escuchar y poner interés en las cosas. Han cultivado con respeto y atención su mente y su cuerpo, los han tratado con la dignidad que merecen.

Insisto en la importancia de la diligencia y la firmeza porque el corazón del hombre es un sitio en el que muchas veces el mal se impone sobre el bien precisamente por pasividad. El mal es fácil, banal, espontáneo. No requiere esfuerzo ni oposición. El mal es un atajo. El bien, en cambio, es un recorrido. Un recorrido a veces solitario, áspero, difícil, y en ocasiones también antipopular y lleno de caídas. Por eso, hacer el bien exige rechazar la superficialidad del conformismo y los engaños del prejuicio. El bien es una cosa extremadamente seria. La bondad es un camino severo y, en su severidad, necesita de la fuerza. La bondad, como el amor, requiere fuerza. Requiere valores como la audacia, la paciencia y la espera. La victoria sobre el mal no se consigue caminando en un idílico atardecer por la playa de un mar en calma, sino subiendo por los montes, sorteando zarzas y espinos, asumiendo riesgos. El mal no se puede combatir con el mal, pero tampoco con una retórica vacía sobre el bien y los buenos sentimientos. Para hacer el bien no basta tener buen corazón, también hay que lograr –entre otras cosas– templar el alma y el cuerpo ante los embates de la pasividad.