1. El encuentro con la verdad sobre uno mismo

Dios no habla,
pero todo habla de Dios.

Julien Green

Cuenta Gorki la historia de un pensador ruso que pasaba por una etapa de cierta crisis interior y decidió ir a descansar unos días a un monasterio. Allí le asignaron una habitación que tenía en la puerta un pequeño letrero en el que estaba escrito su nombre. Por la noche, no lograba conciliar el sueño y decidió dar un paseo por el imponente claustro. A su vuelta, se encontró con que no había suficiente luz en el pasillo para leer el nombre que figuraba en la puerta de cada dormitorio.

Fue recorriendo el claustro y todas las puertas le parecían iguales. Por no despertar a los monjes, pasó la noche dando vueltas por el enorme y oscuro corredor. Con la primera luz del amanecer distinguió al fin cuál era la puerta de su habitación, por delante de la cual había pasado tantas veces, sin reconocerla.

Aquel hombre pensó que todo su deambular de aquella noche era una figura de lo que a los hombres nos sucede con frecuencia en nuestra vida. Pasamos muchas veces por delante de la puerta que conduce al camino que estamos llamados, pero nos falta luz para verlo.

Saber cuál es nuestra misión en la vida es la cuestión más importante que debemos plantearnos cada uno, y que podemos plantear a quienes queremos ayudar a vivir con acierto. La vocación es el encuentro con la verdad sobre uno mismo. Un encuentro que proporciona una inspiración básica en la vida, de la que nace el compromiso, el cometido principal que cada persona tiene, y que quien es creyente percibe como los planes de Dios para él. La vocación incluye todo aquello que una persona se ve llamada a hacer, lo que da sentido a su vida.

-¿Y si no quisiera conocerla?

Quizá la mayor desgracia que puede sufrir una persona sea la de desconocer la voluntad de Dios para ella. La vocación es como el reto que el Señor nos plantea en nuestra vida, lo que nos hará más felices que cualquier otra opción. Por eso, la ayuda que pueda darse a otra persona para encontrar la voluntad de Dios, sea probablemente el mejor servicio que se le puede prestar. Porque no se trata de una cuestión accesoria o puntual de la que dependa solo un poco más de felicidad en la vida de esa persona, sino algo que afecta al resultado global de su existencia.

-¿Te refieres a la felicidad en la vida eterna?

Me refería a la felicidad aquí en la tierra, aunque, al fin y al cabo, son cuestiones muy relacionadas, pues quienes buscan la felicidad del Cielo encuentran también el ciento por uno aquí en la tierra.

Cualquier ideal humano, cualquier cambio en la vida de un hombre, nace del descubrimiento de una verdad. El encuentro más profundo con la verdad, después de la fe, es la vocación. La vocación es una nueva luz, un acontecimiento que nos da una visión nueva de la vida. Una luz para acertar con nuestro camino y para no tropezar en él.

La vocación es una llamada que pide respuesta dentro de nosotros. Y dentro de nosotros hay muchas respuestas, que pueden encarnar muchos modos de desarrollar nuestra vida, con más o menos generosidad. Nuestra vida puede ser muy distinta, según sean esas respuestas, porque, como dice un proverbio indio, allí donde el hombre pone su pie, pisa mil caminos. La libertad solo recorre uno, pero está abierta a muchos.

Por esa razón, los relatos y reflexiones que irán saliendo a lo largo de estas páginas no pretenden convencer dialécticamente acerca de lo que Dios pueda pedir a una persona, sino ayudar a que cada uno tenga ese encuentro con Jesucristo, ya que, en definitiva, eso es la vocación. He procurado recoger muchos testimonios y textos, provenientes de muchas fuentes, así como algunas de las muchas preguntas que ordinariamente se plantean en torno a este tema. Las ideas, las anécdotas o los ejemplos de la vida de los santos, nos abren un panorama que nos invita a buscar ese encuentro. Y las consideraciones que se hacen, nunca pretenden ser exhaustivas, sino meras pautas de reflexión, consideraciones, nunca respuestas concluyentes.

-¿Pero la vocación es encontrar una verdad, o es encontrar a Jesucristo?

Para quien es cristiano y creyente, viene a ser lo mismo, pues en el Nuevo Testamento puede leerse bien claro que Él es la Verdad. Por eso, conocer cada vez mejor a Jesucristo es algo central para el discernimiento de la vocación. No se suele comenzar a ser cristiano, ni a entregarse a Dios, por una decisión ética, o por una gran idea, sino más bien por el encuentro con la persona de Jesucristo, o al menos con lo que ese encuentro ha supuesto para otras personas.

Conocer a Jesucristo no es una mera curiosidad piadosa, o un grado más en el camino de la vida ascética. Es algo que afecta muy seriamente a nuestra existencia. “Porque -como ha escrito José Luis Martín Descalzo- con Jesús no ocurre como con otros personajes de la historia. Que César pasara el Rubicón o no lo pasara, es un hecho que puede ser verdad o mentira, pero que en nada cambia el sentido de mi vida. Que Carlos V fuera emperador de Alemania o de Rusia, nada tiene que ver con mi salvación como hombre. Que Napoleón muriera derrotado en la isla de Santa Elena o que llegara siendo emperador hasta el final de sus días, no moverá hoy a un solo ser humano a dejar su casa, su comodidad y su amor y marcharse a hablar de él a una aldehuela del corazón de África.

“Pero Jesús no, Jesús exige respuestas absolutas. Él asegura que, creyendo en él, el hombre salva su vida e, ignorándole, la pierde. Este hombre se presenta como el camino, la verdad y la vida. Por tanto -si esto es verdad- nuestro camino, nuestra vida, cambian según sea nuestra respuesta a la pregunta sobre su persona. ¿Y cómo responder sin conocerle, sin haberse acercado a su historia, sin contemplar los entresijos de su alma, sin haber leído y releído sus palabras?”.

La convicción de que Dios existe no es una idea más. Creer no es añadir una opinión a otras. El hecho de creer, cambia nuestra vida, la llena de luz, nos da una orientación para saber cómo vivir. Creer es seguir la senda señalada por la palabra de Dios. Y la elección de Dios que supone la vocación, es una elección de amor, una iniciativa de Dios, que ha pensado lo mejor para cada uno de nosotros.

En los Evangelios pueden leerse numerosas escenas en las que el Señor pasa y llama. Llama y espera una respuesta. “Llamó a los que quiso”, recalcan los evangelistas. Y relatan el caso de alguno que se ofrece a seguir determinado camino  y no es admitido. Han pasado veinte siglos, y hoy el Señor sigue llamando, y sigue llamando a cada uno según quiere.

Una mirada al mundo muestra enseguida la inmensidad del trabajo pendiente. “Alzad los ojos y ved los campos, dispuestos para la siega”. El campo está listo, las necesidades son enormes, pero los trabajadores son escasos. ¿Cómo van a conocer a Dios si no hay quien dé testimonio de Él? Hacen falta personas que entreguen su vida para llevar la luz del Evangelio a todo el mundo, a los dirigentes de la sociedad, a los empresarios, a los intelectuales, a los abatidos, a los enfermos, a las zonas más remotas de la tierra, a quienes viven sin esperanza.

2. Palabras que hieren

La mediocridad, posiblemente,
consiste en estar delante de la grandeza
y no darse cuenta.

G. K. Chesterton

Como en otras jornadas anteriores, Mateo el publicano estaba sentado en su banco, cobrando impuestos. Pero aquel día todo cambió. La voz de Jesucristo, que pasaba a su lado, sonó escueta e imperiosa: “Vio Jesús a un hombre sentado en el telonio, llamado Mateo, y le dijo: Sígueme”. Jesucristo se adentró en su vida para siempre, pidiéndole la entrega de todo cuanto era y cuanto tenía. Quizá no había pensado nunca en otro porvenir que el que le deparaba su trabajo. Pero ante la llamada del Señor, responde inmediatamente y acoge en su alma la vocación divina: “Se levantó y le siguió”.

Es una escena que desde entonces hasta hoy se ha repetido, de manera semejante, en la vida de muchas personas. El Señor ha salido al encuentro de ellas con ocasión de las cosas más cotidianas, y les ha llamado. Esa llamada, la vocación, es la gran pregunta del hombre, un interrogante que compromete toda su existencia: qué quiere Dios que sea yo. Dios da la vocación y, con ella, las luces necesarias para verla. Por nuestra parte, debemos allanarle el camino, salir a su encuentro con la oración y la rectitud de vida.

-Pero lo difícil es saber cómo en concreto podemos percibir cuál es la llamada de Dios para nosotros.

Podremos percibir esa llamada de Dios de un modo apabullante y maravilloso, con una gran conmoción, como quizá nos gustaría. O bien, y quizá esto es lo más corriente, con ese aire cotidiano, bajo el rostro de las cosas sencillas, de un amigo, de una noticia, de una conversación, de un libro.

Para cultivar una buena disposición hacia la llamada de Dios, es fundamental el espíritu de oración. La piedad popular ha representado a la Virgen haciendo oración, cuando recibe la embajada del ángel. Es indudable que Nuestra Señora guardaría un recogimiento habitual, y que tenía un espíritu de oración que la dispuso para recibir el mensaje divino y aceptarlo. Para percibir las llamadas de Dios es preciso tener esa orientación habitual hacia lo divino, saber escuchar la voz del Señor en medio de los afanes de la vida diaria, y después, contestar, como ella, con un “Hágase en mí según tu palabra”.

-¿Y qué tipo de cosas sencillas y cotidianas debemos observar en nuestra oración?

Examina tu corazón, en el que bulle quizá, desde hace tiempo, la ilusión de algo grande. Piensa si no será Dios el que te está hablando bajito, con las palabras de un libro, de un amigo, tras la aparente monotonía de la vida. Considera quién golpea suavemente tu alma. Quizá lleve tiempo hablándote, y no lo hayas descubierto todavía, como les sucedió a aquellos dos discípulos que caminaban con Él hacia Emaús. Jesús caminaba a su lado, alejándose de Jerusalén, como un peregrino más. Les hablaba con el acento de su tierra. Solo cuando rezaron con Él se dieron cuenta de que habían estado largo tiempo junto al Señor sin saberlo. Y exclamaron: “¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino?”.

Piensa qué palabras te han impactado últimamente, casi sin saber por qué. No repares demasiado en quién te las ha dicho. Mira si hay recuerdos, inquietudes, deseos, afanes, que te encienden el alma y te llenan de alegría. Y pregúntate si no será Jesucristo el que hace que arda tu corazón en el camino. Mientras tanto, vive alerta. Interroga los rostros y los sucesos. Ahí, entre la monotonía de los días iguales, te puede estar llamando Dios.

Quizá ahora te haces preguntas que nunca te habías hecho: ¿Qué sentido tiene esto que hago? ¿Vale la pena vivir así? ¿Vale la pena mi vida? ¿Por qué Dios permite esta circunstancia, y aquélla, y aquella otra? Y hay anécdotas, situaciones, sugerencias, vivencias, comentarios que antes pasaban inadvertidos y que ahora, en cambio, te llegan, te calan, te hieren. Adviertes, bajo esas circunstancias, un lenguaje un poco enigmático con el que quizá Dios quiere decirte algo por medio de unos signos inesperados y a la vez cotidianos.

-¿A qué te refieres con lo de los signos y el lenguaje enigmático?

Podemos recordar, por ejemplo, la historia de la vocación de San Francisco de Borja. Desde los dieciocho años estaba en la corte de Carlos V, y a los veintinueve fue nombrado virrey de Cataluña. Ese mismo año, recibió la misión de conducir los restos mortales de la emperatriz Isabel hasta la sepultura real de Granada. Él había visto muchas veces a la deslumbrante emperatriz rodeada de aduladores y de todas las riquezas de la corte. Al abrir el féretro para reconocer el cuerpo, el rostro de la que fue bellísima emperatriz estaba ya en proceso de descomposición. Cuando vio el terrible efecto de la muerte, aquello le impresionó vivamente. Comprendió la caducidad de la vida terrena, y tomó entonces su famosa resolución: “¡Nunca más servir a señor que se me pueda morir!”.

Todo aquello fue un gran aldabonazo en su alma. Cuando falleció su esposa, y sus hijos estuvieron ya emancipados, renunció a sus títulos y posesiones en favor de sus hijos, tomó el hábito y recibió la ordenación sacerdotal en 1551. La noticia de que el Duque de Gandía se había hecho jesuita tuvo un gran impacto en aquella época. Fue destinado a la casa de los jesuitas de Oñate y empezó a trabajar como ayudante del cocinero. Sus tareas eran acarrear agua y leña, encender la estufa, limpiar la cocina y atender la mesa, y lo hacía con gran humildad, sin dar muestras de la menor impaciencia.

A los pocos años fue nombrado Superior de la Compañía de Jesús en España, y después fue elegido Padre General. Durante los seis años que desempeñó ese cargo, hasta su muerte en 1572, sus logros al frente de los jesuitas le valieron por parte de los historiadores la consideración de ser el más grande general tras el fundador San Ignacio de Loyola. Fundó lo que sería luego la Universidad Gregoriana, envió misioneros a los más lejanos puntos del planeta, asesoró a reyes y papas, e impulsó con gran acierto los numerosos asuntos de la Compañía en rápida expansión. A pesar del gran poder que tuvo en sus manos, siguió un estilo de vida sencillo y fue ampliamente reconocido como santo aun antes de morir. Todo empezó por aquel episodio ante el féretro de la hermosa emperatriz. No fue el único que estaba allí presente en aquel momento, pero Dios se sirvió de ese signo para remover su alma.

La llamada divina puede presentarse de maneras muy diversas. Por ejemplo, unos siglos antes, en Florencia, un joven de familia noble y poderosa llamado Juan Gualberto ve como su único hermano muere asesinado. Un tiempo después, el día de Viernes Santo del año 1003, cuando tiene solo dieciocho años, cabalga rodeado de varios hombres armados, camino de Siena. En una revuelta del camino, se encuentra con un hombre al que reconoce de inmediato como el asesino de su hermano. No tiene escapatoria, ni posibilidad de hacer frente a aquella tropa. No le queda más remedio que someterse a la ley inexorable de la venganza, que exige su sangre. Todo ocurre muy deprisa. En un súbito arranque, inspirado por el sentimiento religioso, aquel desdichado baja del caballo, se arrodilla con los brazos en cruz, le dice: “Juan, hoy es Viernes Santo. Por Cristo que murió por nosotros en la cruz, perdóname la vida”. Juan se disponía a asestarle el golpe mortal, cuando aquel hombre, viéndose ya perdido, musitó: “Jesús, Hijo de Dios, perdóname Tú al menos”. Al oír esto, Juan arrojó la espada, bajó de su caballo, levantó al asesino, le abrazó y le dijo: “Por amor a Cristo, por la sangre que hoy derramó Jesús en la cruz, te perdono”.

La lucha entre la sed de venganza y la conciencia de su deber de cristiano, aunque duró breves instantes, debió de ser muy fuerte en el alma de aquel joven caballero. Estaba por allí cerca, a orillas del Arno, la abadía de San Miniato. Entró en la iglesia y se arrodilló ante la imagen de Cristo crucificado. La mirada de aquel Cristo quedó clavada en su alma. Así pasó varias horas. Desde aquel día, Juan Gualberto no fue el mismo de antes. Sus aspiraciones mundanas le parecían vanas. No pasó mucho tiempo antes de que llamara a la puerta de ese monasterio y pidiera al abad vestir el hábito benedictino. Fue un gran monje, y poco después fundó en los bosques de Vallumbrosa una nueva orden religiosa, con muchos monasterios en Italia, y hoy es San Juan Gualberto. Dios salió a su encuentro de aquel modo tan singular, y él supo reconocerlo.

Podrían citarse muchos otros ejemplos. Si nos fijamos en alguno más de nuestra época, podríamos referirnos a Ruth, una chica que a los veinte años ingresó en el Instituto de Hermanas de la Cruz, y cuyo testimonio conmovió a Juan Pablo II y al millón de jóvenes que le acompañaban en Cuatro Vientos el año 2003. “Antes de ingresar en el Instituto -explicaba la joven religiosa- llevaba una vida normal. Me gustaba la música, las cosas bellas, el arte, la amistad, la aventura. Había soñado muchas veces con mi futuro, pero un día vi por la calle a dos hermanas que me llamaron la atención por su recogimiento, su paso ligero y la paz de su semblante. Eran jóvenes como yo. Me sentí vacía y en mi interior y oí una voz que me decía: “¿Qué haces con tu vida?”. Quise justificarme: “Estudio, saco buenas notas, tengo muchos amigos”. Me quedé mirándolas hasta que desaparecieron de mi vista mientras yo me preguntaba: “¿Quiénes son? ¿Adónde van?”.

“Como Nicodemo, invité a Jesús en la noche de mi inquieto corazón, y en la oración entré en diálogo con Él. Con Él, sentí la llamada de tantos hermanos que me pedían mi tiempo, mi juventud, el amor que había recibido del Señor. Y busqué. Y me encontré con la mujer que estaba más cerca del misterio de la cruz de Jesús junto a María, Sor Ángela de la Cruz. Ella se había configurado tanto con la cruz de Jesús que se hizo amor para los pobres que sufren. Me cautivó y quise ser de las suyas. Y aquí estoy, Santidad, consciente de lo que he dejado.

“He dejado todo lo que los jóvenes que están con nosotros esta tarde poseen: la libertad, el dinero, un futuro tal vez brillante, el amor humano, quizá unos hijos. Todo lo he dejado por Jesucristo, que cautivó mi corazón para hacer presente el amor de Dios a los más débiles en mi pobre naturaleza de barro.

“Tengo que confesarle, Santidad, que soy muy feliz y que no me cambio por nada ni por nadie. Vivo en la confianza de que quien me llamó a ser testigo me acompaña con su gracia. Gracias, Santo Padre, por su vida entregada sin reservas como testigo fiel del Evangelio, por fortalecer nuestra fe, avivar nuestra esperanza y abrir nuestro corazón al amor ardiente del que sabe perder su vida para que los demás la ganen. Gracias por su vida, que a muchos de nosotros nos ha marcado. Gracias por venir a decirnos a los jóvenes que el mundo necesita testigos vivos del Evangelio, que cada uno de nosotros podemos ser uno de esos valientes que se arriesguen a construir la nueva civilización del amor, porque lo que nosotros no hagamos, se quedará sin hacer.”

-Has puesto tres ejemplos y todos son de frailes y monjas. ¿Acaso es la vocación más habitual?

La mayor parte de los cristianos están llamados por Dios a vivir en las condiciones normales de la vida. Así lo ha proclamado el Concilio Vaticano II, al recordar a todos la llamada universal a la santidad. Y aunque a lo largo de este libro salgan bastantes anécdotas o relatos de la vida consagrada o sacerdotal, ya verás que hay muchos otros ejemplos en que no es así. Y en todo caso, está claro que Dios llama a toda persona a ser santa, y que lo más corriente es que deba serlo en medio de su trabajo y sus ocupaciones habituales.

3. Cómo acertar

Si quieres conocer a una persona,
no le preguntes lo que piensa
sino lo que ama.

San Agustín

La pregunta sobre qué quiere Dios de mí es una pregunta personalísima, de respuesta también personalísima. No hay recetas hechas. No hay fórmulas exactas para saber cuál es la propia vocación. Dios no se repite. No hay un atlas donde, como sucede con las estrellas, uno pueda buscar y reconocer la suya. Dios llama de modos tan distintos como modos hay de enamorarse. Nos llama y nos habla de forma singular. A algunos santos, Dios les sugirió oscuramente su vocación desde la niñez: a Santa Catalina de Siena con una visión, a San Juan Bosco con un sueño. Pero fueron la excepción, y además, ellos no descubrieron el significado de aquello hasta bastante tiempo más tarde.

A veces, Dios da su gracia de un modo llamativo, casi estruendoso, como hizo con San Pablo. También fue excepcional la conversión de Paul Claudel, un literato francés que había perdido la fe muy joven, y a quien, la noche de Navidad de 1886, un taxi lo dejó, por casualidad, a la puerta de Notre Dame, en París. Se quedó solo en la gran explanada, frente a la catedral. Contempló la imponente fachada gótica con el gran rosetón central, fulgurante y multicolor en la oscuridad. Se escuchaban los cantos que celebraban la Nochebuena. Decidió entrar. El templo estaba abarrotado. Se fue abriendo paso entre la multitud, hasta llegar junto a la imagen de la Virgen.

Y fue entonces, mientras escuchaba el “Magníficat”, cuando se produjo su conversión. “Yo estaba de pie entre la muchedumbre, cerca del segundo pilar a la entrada del coro, a la derecha del lado de la sacristía. Fue entonces cuando se produjo el acontecimiento que ha dominado toda mi vida. En un instante mi corazón fue tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con tal agitación de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con tal certidumbre, que no dejaba lugar a ninguna clase de duda; que después, todos los libros, todos los razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida, no han podido sacudir mi fe, ni, a decir verdad, tocarla. De repente, tuve el sentimiento desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de Dios, de una verdadera revelación inefable. Al intentar, como he hecho muchas veces, reconstruir los minutos que siguieron a este instante extraordinario, encuentro los siguientes elementos que, sin embargo, formaban un único destello, una única arma, de la que la divina Providencia se servía para alcanzar y abrir finalmente el corazón de un pobre niño desesperado: “¡Qué feliz es la gente que cree! ¿Si fuera verdad? ¡Es verdad! ¡Dios existe, está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal como yo! ¡Me ama! ¡Me llama!”. Las lágrimas y los sollozos acudieron a mí y el canto tan tierno del Adeste Fideles aumentaba mi emoción.”

En su interior se mezclaban sentimientos contrapuestos. “La religión católica seguía pareciéndome el mismo tesoro de absurdas anécdotas. Sus sacerdotes y fieles me inspiraban la misma aversión, que llegaba hasta el odio y el asco. Esta resistencia mía duró cuatro años. Me atrevo a decir que realicé una defensa valiente. Y la lucha fue leal y completa. Nada se omitió. Utilicé todos los medios de resistencia imaginables y tuve que abandonar, una tras otra, las armas que de nada me servían. Esta fue la gran crisis de mi existencia, esta agonía del pensamiento sobre la que Arthur Rimbaud escribió: “El combate espiritual es tan brutal como las batallas entre los hombres. ¡Dura noche!”. Los jóvenes que abandonan tan fácilmente la fe, no saben lo que cuesta reencontrarla, y a precio de qué torturas.”

Había en el interior de Paul Claudel un “hombre nuevo” que le empujaba a cambiar de vida. Pero seguía también el “hombre viejo”, que resistía con todas sus fuerzas y no quería entregarse a esta nueva vida que se abría ante él. “¿Debo confesarlo? El sentimiento que más me impedía manifestar mi convicción era el miedo a la opinión de los demás. El pensamiento de revelar a todos mi conversión y decírselo a mis padres…, manifestarme como uno de los tan ridiculizados católicos…, todo eso me producía un sudor frío. Y, de momento, me sublevaba incluso la violencia interior que se me había hecho. Pero sentía sobre mí una mano firme. (…) No conocía un solo sacerdote. No tenía un solo amigo católico. (…) Pero el gran libro que se me abrió y en el que hice mis estudios, fue la Iglesia. ¡Sea eternamente alabada esta Madre grande y majestuosa, en cuyo regazo lo he aprendido todo!”.

Decidió entregarse a Dios. Al principio, pensaba que la vida religiosa era lo suyo. Pero al poco de estar en un convento le dijeron que probablemente aquel no era su camino. Volvió a insistir en otro lugar, un tiempo más tarde, y volvieron a decirle lo mismo. Le aconsejaron que pensara si quizá Dios no lo quería como fraile, sino en el ejercicio de la diplomacia y en el cultivo de la literatura. Entendió entonces que aquella era la voz de Dios, que le llegaba por encima de sus deseos e impresiones iniciales. Y fue un gran diplomático y una de las glorias literarias de Francia. Sirvió eficacísimamente a la Iglesia con su trabajo y con su pluma. Con el tiempo, comprendió que sus primeras decisiones fueron solo recodos de un camino que le llevaba derechamente hacia la voluntad de Dios.

Esta suele ser la situación en la que se encuentra el alma antes de decidirse. No ve con nitidez, no escucha con claridad. Solo se tiene una inquietud, una intuición. Es quizá una llamada aún poco perceptible, pero muchas veces no por eso menos real. ¿Dónde me quiere Dios? ¿Para qué? Hay que aguzar el oído, rezar, insistir al Espíritu Santo que nos dé luz, pedir consejo.

-Pero quizá es mejor decidir por uno mismo estas cosas tan personales, sin dejarse influir por consejos de nadie.

Las decisiones personales importantes han de tomarse de modo personal, por supuesto, pero no deja de ser una muestra de inteligencia y hasta de sensatez saber escuchar los consejos de aquellos a quienes podemos considerar dignos de nuestra confianza. A veces, desde fuera se ven las cosas con más objetividad. Y no porque desde fuera se vea mejor la vocación, sino porque quizá pueden ayudarnos mejor a reflexionar sobre cómo son nuestras disposiciones o nuestras actitudes. También pueden decirnos si, por su experiencia, les parece que tenemos o no las condiciones necesarias para seguir un determinado camino en una determinada institución de la Iglesia.

La clave es a quién se pide ese consejo, y cómo se recibe. Hay que buscarlo en personas que posean la ecuanimidad y la rectitud necesarias para una cuestión tan importante. Y hay que recibirlo sin dejarse influir por quienes nos empujan a seguir con precipitación un entusiasmo pasajero, pero tampoco por quienes nos invitan a guiarnos por el egoísmo o a dejar siempre las cosas para más adelante.

-¿Y qué puede hacer el que no cuenta con personas de confianza? ¿No se bastará a sí mismo?

Pienso, como Alejandro Llano, que cuando el aprendiz está maduro, encuentra siempre a su maestro. Puede costar más o menos, pero al final siempre se encuentra. Debemos pedir consejo a personas que tengan la necesaria rectitud y consideración hacia lo sagrado de la conciencia. A personas que entiendan que la labor de consejo y de orientación espiritual es una tarea encaminada a situar a cada uno frente a su propia responsabilidad delante de Dios, una ayuda que nunca supone menoscabo de la autonomía individual.

Toda ayuda espiritual, igual que toda acción de apostolado o de proselitismo, es siempre dar luz a las personas para que, cada una, día a día, vaya descubriendo su camino y lo siga. Quien da consejo sobre la vocación, debe tenerlo presente; y quien lo recibe, debe comprender que, lógicamente, no basta con el consejo para resolver nuestro discernimiento, pues el discernimiento de la vocación es siempre personal.

El consejo espiritual ha estado presente en la historia personal de los santos a lo largo de la historia de la Iglesia. Así sucedió, por ejemplo, a Santa Juana Francisca de Chantal. En el año 1601 falleció su marido, el Barón de Chantal, y quedó viuda con veintinueve años y cuatro hijos. Juana Francisca pedía a Dios que pusiera en su camino un director espiritual verdaderamente santo, capaz de ayudarla a encontrar su vocación en aquellas nuevas circunstancias. En 1604 conoció a San Francisco de Sales, y enseguida comprendió que era la persona que ella buscaba. Juana Francisca se dedicó a educar a sus hijos, a administrar los muchos bienes que le había dejado su marido y a hacer numerosas obras de caridad con los pobres y enfermos que ella visitaba o que acudían a verla al Castillo de Monthelon, donde vivía. Pasados los años, cuando sus hijos estuvieron ya preparados para valerse por sí mismos, decidió hacerse religiosa, y San Francisco de Sales vio en ella la persona ideal para comenzar la fundación de una nueva comunidad de religiosas que visitaran a los pobres, de ahí su nombre de Hermanas de la Visitación de la Santísima Virgen. Era una mujer con grandes dotes de gobierno, que caminaba de ciudad en ciudad organizando nuevas comunidades por todas las provincias de Francia. En 1622 falleció San Francisco de Sales y quedó ella sola al frente de la numerosa comunidad recién fundada. Buscó entonces la ayuda de San Vicente de Paúl, que sería en lo sucesivo su director espiritual. Cuando falleció Juana Francisca, en 1641, había ya ochenta y tres conventos de la Visitación en varios países de Europa. Ella siempre estuvo muy agradecida a la ayuda y el consejo que recibió de esas dos personas tan santas, que supieron orientarla con sabiduría y fueron decisivas para conocer su propia vocación y para seguirla con fidelidad.

 

4. ¿Dejarse aconsejar?

Poca observación y muchas teorías llevan al error.
Mucha observación y pocas teorías llevan a la verdad.

Alexis Carrel

La vocación suele presentarse al principio como una serie de pequeñas inquietudes, de conmociones interiores. Quieres hacer algo grande en tu vida. Sientes que Dios espera algo más de ti. Te preocupa el dolor de los hombres. Te gusta la vida que ahora llevas, pero sientes que falta algo. Son signos que parecen el oleaje de un mar interior, como susurros lejanos de una llamada más clara, que llegará a su hora.

-¿A qué hora?

A la mejor hora, a la que Dios haya pensado. Son atisbos de amor que preparan el alma hacia la generosidad de la entrega. Esas inquietudes quizá son indicios de la vocación, señales que sirven para alertar el corazón y urgirle a luchar, a rezar, a esperar con el oído atento a lo que Dios quiera decirnos. Cada uno debe asegurarse de que actúa con diligencia, que no se duerme mientras Dios habla, que no hace oídos sordos a sus llamadas.

-¿Y puede que esos indicios sean un poco cambiantes, que “vayan y vengan”?

Cuenta Santa Teresa cómo en su alma adolescente le venían “estos buenos pensamientos de ser monja”, pero “luego se quitaban, y no podía persuadirme a serlo”. Es un fenómeno natural. Quizá hemos oído hablar ya muchas veces sobre la entrega a Dios, y nunca hemos visto claro que sea nuestro camino, pero tampoco lo hemos descartado. Se trata de algo habitual en la mayoría de las decisiones de cierta relevancia en cualquier persona. ¿Debo orientar en este sentido mi vida profesional? ¿Será ésta la persona con quien debo casarme? ¿No debería cortar con esta mala costumbre que se ha introducido en mi vida?

Es frecuente que la voz de Dios tarde en esclarecerse, que no se escuche al principio con nitidez, quizá porque precisamos de una mejora en nuestra sensibilidad interior, y eso a veces lleva su tiempo. Debemos hablarlo con Dios en la oración, y mejorar nuestras condiciones personales para que esa semilla pueda germinar, quizá intensificando nuestra vida sacramental. Y quizá también pedir consejo a quien realmente nos ayude a exigirnos y nos oriente para descubrir la voluntad de Dios, y no a quien siempre nos dice que no nos compliquemos la vida.

-Pero hay que escuchar los consejos de unos y de otros, no solo los que nos animan en un sentido.

Es bueno escuchar a todos, y debemos tener la madurez necesaria para escuchar opiniones a favor o en contra. Pero el acierto en una decisión no proviene de la media aritmética de las opiniones de los que están a favor o en contra. Por eso, hay que estar en guardia, tanto contra el entusiasmo precipitado o ingenuo, como contra el sutil engaño de ampararnos en lo que justifica las decisiones cómodas y egoístas.

-Quizá es mejor entonces no consultar con nadie y decidir por uno mismo.

Es una opción respetable. Pero las personas con cierto nivel de responsabilidad en la vida profesional, o social, o política, suelen buscar el consejo de personas experimentadas. Para llegar a buen puerto es buena cosa contar con un buen guía, tanto si es puerto de montaña, o de mar, o de la vida espiritual.

A veces, ante la perplejidad de la duda, nos refugiamos en el aturdimiento de la frivolidad, de los días vacíos o del vértigo del atolondramiento. Y quizá entonces, aunque casi inconscientemente, eludimos las conversaciones o las lecturas que nos hacen afrontar esas inquietudes.

No es un fenómeno nuevo ni extraño. Así ha sucedido a los santos. San Juan Bosco quería ser franciscano, pero en el fondo lo que le movía a pensarlo era el temor a no perseverar en otro lugar. Y escuchó, durante uno de sus sueños: “Otra mies te prepara Dios.” Se lo contó a su confesor, que le dijo que en esos temas él no entraba. Bosco quedó sumido en la perplejidad. Pero Dios no abandona nunca a los que le buscan con sincero corazón, y un herrero amigo suyo le sugirió consultarlo con Don Cafasso, un sacerdote conocido por su buen juicio y su sentido sobrenatural. Don Cafasso le dio un consejo decisivo para su vida, pues le animó a seguir con sus estudios en el seminario y a esperar una luz del Cielo que no le habría de faltar, como no le faltó. Y fue un gran santo, fundador de una de las órdenes religiosas que mayores servicios ha prestado a la Iglesia.

-Pero es importante asegurar que el consejo que pedimos sobre la vocación no resulte ser un consejo interesado.

Por supuesto. Es muy grande la responsabilidad de los que aconsejan a las personas que se plantean la posibilidad de entregarse a Dios. Quienes aconsejan sobre estos temas deben cuidar mucho su rectitud, para no confundir sus propios deseos con los del Espíritu Santo.

-¿Y crees entonces que una persona puede aconsejar con rectitud sobre la vocación a su propia institución?

Pienso que sí. Si esa persona es sensata, no querrá orientar hacia su camino a alguien equivocadamente, pues ese deseo no recto haría daño al interesado, a sí mismo y a la institución a la que teóricamente favorece.

Los grandes fundadores han solido recomendar mucha prudencia a la hora de aconsejar sobre la vocación. Por ejemplo, San José de Calasanz decía: “No temáis abrir cien puertas en lugar de una para que salgan todos y cerrar noventa y nueve y media para permitir la entrada a los que se presenten”. Y el propio San Pablo, en su primera carta a Timoteo, recalca la importancia del discernimiento: “No te precipites en imponer a nadie las manos, no te hagas partícipe de los pecados ajenos”.

Me parece que no hace falta mucha perspicacia para advertir si una persona nos aconseja con rectitud o no. Y estar siguiendo un camino no invalida para aconsejar sobre él, sino que quizá es al revés, como lo demuestra el hecho de que la mayoría de las vocaciones fieles y felices han nacido del consejo de alguien que ha servido de referencia para seguir ese mismo camino. Igual sucede, por ejemplo, con la vocación profesional, donde es muy normal que el testimonio de la vida de una persona sirva para despertar ese mismo deseo en otra, y para ayudar a discernir si se trata o no de su camino. No puede olvidarse que Dios, para dar a conocer su voluntad, se sirve ordinariamente de las personas que tenemos a nuestro alrededor.

Como es lógico, lo que nadie puede atribuirse es ningún tipo de exclusiva, o de infalibilidad, o de iluminaciones especiales sobre el discernimiento de la vocación de los demás. Como decía Benedicto XVI en un encuentro con sacerdotes: “No pretendo ser aquí ahora como un “oráculo” que responda de modo satisfactorio a todas las cuestiones. San Gregorio Magno dice que cada uno debe conocer sus limitaciones, y esas palabras valen también para el Papa. O sea, que también el Papa, día tras día, debe conocer y reconocer sus límites. Debe reconocer que solo colaborando todos, en el diálogo, en la cooperación común, en la fe, como cooperadores de la Verdad, de la Verdad que es Jesucristo, podemos cumplir juntos nuestro servicio, cada uno en la parte que le corresponde. En este sentido, mis respuestas no serán exhaustivas, sino fragmentarias.”

Cuando alguien aconseja sobre la vocación de otro, no debe seguir sus propias opiniones, ni sus propios deseos, sino que por encima de todo debe ayudar a averiguar el deseo de Dios. Así lo explicaba también Benedicto XVI en la homilía de inicio de su pontificado, aludiendo a que no tenía programa propio de gobierno, y a que su papel no era imponer sus ideas: “Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él.”

Nadie puede asegurar o negar con rotundidad sobre el discernimiento de una determinada vocación en otra persona. Pero sí puede ayudar en ese discernimiento. Puede realizar una labor de acompañamiento espiritual que arroje luz en esa tarea personal de encontrar el camino que marca Dios. Porque Dios tiene pensado algo para cada uno, y tiene pensado también un modo de hacérnoslo saber, y da igual el modo por el que Dios siembre en nuestra alma esa inquietud.

5. Casualidades

Si no esperas lo inesperado
no lo reconocerás cuando llegue.

Heráclito

“Durante cinco años -cuenta el filósofo francés Jean Guitton- fui prisionero de guerra en un campo de concentración destinado a oficiales, cuyo número ascendía a cinco o seis mil hombres.

“Aquellos hombres, obligados a la reclusión, privados de la familia que habían formado o esperaban formar, no podían evitar las reflexiones sobre la condición humana. Recuerdo que, durante un triste atardecer, no sabíamos qué hacer, y uno de nosotros imaginó un extraño juego: cada uno debía contar de qué modo su padre había conocido a su madre.

“Como fácilmente se adivinará, todas las historias, pese a ser muy distintas, se parecían. Lo que había provocado el amor del hombre por la mujer o de la mujer por el hombre era, a menudo, un pequeño detalle: el hecho de perder un tren, una mirada, una simple palabra, un silencio más prolongado…

“Tras estas confidencias, en el barracón de los prisioneros se produjo un silencio metafísico. Cada uno de nosotros comprendía que aquello en virtud de lo cual uno mismo existía, había sido originado por algo insignificante, por un encuentro, por un rasgo en un rostro, por el color de unas pupilas. Cada uno de nosotros comparaba la desproporción entre el origen de su ser -una casualidad, un movimiento emotivo-, y su propio ser, y comprendía que estaba ante un misterio, ante la desproporción entre algo fugaz y aleatorio, por una parte, y el universo espiritual, surgido de este hecho accidental, por otra.”

El desarrollo de un amor, o de la lealtad a una decisión, suele comenzar de modo tan modesto y casual como el recogido por Guitton en este recuerdo autobiográfico. Hay frecuentemente una notable desproporción entre los inicios sencillos, y en apariencia quizá intrascendentes, de un afecto, y el amor ardiente e incondicionado que después ese afecto está llamado a ser. El amor humano, como el sobrenatural, ha de atravesar necesariamente un conjunto de etapas e incidencias, que son parte de la biografía de la persona, y forman la historia de la fidelidad a lo que Dios le pide. Sucede con el amor, y sucede también, por ejemplo, con el proceso de muchas conversiones. Se podrían contar miles de casos.

“Me llegó una carta -contaba la Madre Teresa de Calcuta- de un brasileño muy rico. Me decía que había perdido la fe; pero no solo la fe en Dios sino también la fe en los hombres. Estaba harto de su situación y de todo lo que le rodeaba, y había adoptado una decisión radical: suicidarse. Un día, en que aquel hombre iba de paso por una abarrotada calle del centro, vio un televisor en el escaparate de una tienda. El programa que estaban transmitiendo en aquel momento había sido rodado en nuestro Hogar del Moribundo Abandonado de Calcuta. Se veía a nuestras Hermanas cuidando a los enfermos y moribundos. El remitente me aseguraba que, al ver aquello, se sintió empujado a caer de rodillas y rezar, tras muchos años en que no había hecho ninguna de ambas cosas: orar arrodillado. A partir de aquel día recobró su fe en Dios y en la humanidad, y se convenció de que Dios lo seguía amando.”

Las llamadas de Dios son distintas para cada uno. Y no faltan ocasiones en que la llamada se presenta bajo la apariencia de un error. Un día del año 1588, un joven napolitano llamado Ascanio Caracciolo recibe por error una carta de Agostino Adorno, pidiéndole consejo acerca de la idea de fundar una nueva comunidad religiosa y proponiendo su colaboración. En realidad, la carta estaba dirigida a otra persona, que tenía idéntico nombre y apellido, pero él, al leerla, comprende que eso era precisamente lo que había deseado desde hacía años. Fue a entregar la carta a su destinatario, estuvo charlando con él y decidió formar parte de esa nueva institución, los Clérigos Regulares Menores, de la que fue prácticamente su cofundador. Dios se sirvió de aquel error humano para dar a conocer su vocación a aquel joven, que acabaría siendo San Francesco Caracciolo.

Dios habla a cada alma con un lenguaje distinto, personal. Tiene una llave distinta, un “password” personal para el alma de cada uno. Y evoca recuerdos y situaciones que solo cobran sentido para cada uno. A Natanael le dice: “Antes que Felipe te llamase, te vi yo, cuando estabas debajo de la higuera”. Nunca sabremos qué sucedió exactamente en su interior, pero aquello fue lo que le movió a seguir al Señor. Por eso, no debemos menospreciar las pequeñas insinuaciones de Dios que provienen de cosas que leemos, o que se nos ocurren, o que recordamos, o que nos dicen. Pueden ser pequeños oleajes interiores, bajo la superficie aparentemente calmada de nuestra vida, un mar de fondo con el que quizá Dios esté queriendo decirnos algo.

-¿Crees entonces que en el descubrimiento de la propia vocación son frecuentes las casualidades…?

Se puede ver de otro modo, pensando no tanto en casualidades sino en buscar el designio de Dios a través de las cosas ordinarias que la Providencia pone en nuestro camino. Y eso ya no es tanto “casualidad” como “causalidad”.

No es propiamente casualidad, por ejemplo, que San Maximiliano Kolbe escuchara en una homilía de domingo de 1906 la noticia de que se abría un nuevo seminario franciscano en Lvov, y que aquello removiera sus inquietudes vocacionales y se decidiera a ingresar allí a los pocos meses. O que San Juan de Dios escuchara en Granada en 1539 la predicación de San Juan de Ávila y que aquello le hiciera cambiar de vida por completo. O que San Camilo de Lelis tuviera que acudir en 1582 al Hospital de Santiago, en Roma, para curar una herida, y que allí descubriera su llamada a fundar una congregación dedicada al cuidado de los enfermos. Podrían citarse multitud de aparentes casualidades de las que Dios se sirvió para hacer ver sus designios a una persona.

Un día de agosto de 1930, un joven ingeniero industrial llamado Isidoro Zorzano viaja de Málaga a Madrid. Pasea por la calle Nicasio Gallego mientras hace tiempo hasta la salida del tren que le llevará a pasar unos días de vacaciones en Logroño. San Josemaría Escrivá, antiguo compañero suyo del colegio, vuelve en ese momento a casa por un recorrido que no era el habitual. Al doblar una esquina, se encuentra con Isidoro, cuya llegada a Madrid ignoraba. Charlan un rato e Isidoro le cuenta enseguida sus inquietudes de entrega a Dios, que arrancan de unos años atrás pero que no sabe cómo orientar. San Josemaría le habla del Opus Dei, recién fundado y en el que se encuentra todavía prácticamente solo. Isidoro queda muy impresionado y ve en todo aquello un claro designio de Dios. Desde aquel día tiene total seguridad de su vocación, a la que es ejemplarmente fiel hasta que fallece, en 1943, con fama de santidad.

-Pero no todas las casualidades que nos acontecen en la vida serán un designio de Dios, porque entonces podríamos ver signos por todas partes.

No debemos interpretar cada pequeña cosa como una señal divina que nos indica qué debemos hacer. Pero también es cierto que nada de lo que nos sucede es simple casualidad. Todo sucede por algo y para algo. Dios no dispone las cosas, la vida de una persona, para que esté ahí, sin más, sin sentido: nacer, vivir, morir, sin un porqué ni un para qué.

Dios acompaña cada uno de nuestros pasos, tantas veces vacilantes. Nos descubre lo necesario para que a su vez nosotros descubramos el sentido de nuestra vida. Suele hacerlo poco a poco, sin avasallar, buscando en nosotros una respuesta paulatina, un diálogo de generosidad entre sus llamadas y nuestras respuestas. Quizá ha esperado durante mucho tiempo y ahora empieza a descubrirte su querer, o quizá lo intenta desde hace tiempo y ahora empiezas a verlo. Lo decisivo es la resonancia que esos sucesos alcanzan en nuestra alma, despertando una sensibilidad nueva.

-Pero esas casualidades pueden ser simplemente medios de los que se sirve Dios para hacernos ver cuestiones en las que mejorar.

Sí. Y si respondemos con generosidad, seremos cada vez mejores, y quizá Dios nos irá haciendo nuevas llamadas hasta desvelar cada vez más su designio para con nosotros.

-¿Y a Dios no le basta con que seamos “buenas personas”, nada más?

Toda persona con un mínimo de formación tiene sus proyectos de futuro, su ilusión profesional, sus deseos de mejorar el mundo, de hacer algo por luchar contra la pobreza, contra la ignorancia, contra la injusticia. Cuando alguien dice que se conforma con ser buena persona, sin más, da la impresión de que pone unos límites bastante cortos a esos horizontes; que alberga buenos deseos, pero no está dispuesto a perder comodidades.

Toda vocación comporta una llamada a desprenderse del pequeño horizonte de la vida actual, para comprometerse en una obra más grande. Es cierto que la concreción de esos grandes ideales se presenta a veces como algo incómodo, con demasiadas responsabilidades y exigencias, y lo vemos como algo lejano. Pero quizá un día, de repente, casi sin darte cuenta, en el momento y en el lugar más insospechados, te encuentras delante de un Dios que quiere decirte algo, no sabes bien qué.

6. Capacidad de escucha

No es tan dañoso oír lo superficial
como dejar de oír lo necesario

Quintiliano

Cuando el aprendiz está maduro
encuentra siempre a su maestro.

Alejandro Llano


Samuel era hijo de Elcana y de Ana. Vivía junto al sumo sacerdote Helí. Y una noche Dios quiso mostrarle su vocación. Samuel descansaba en una habitación cercana a la de su maestro, cuando escuchó una voz -“Samuel, Samuel”- que le llamaba por su nombre.

Se extrañó. A nosotros nos hubiese sucedido lo mismo. Pensamos que Dios debe llamarnos tal y como nos lo imaginamos. Y naturalmente, dentro de nuestro horario de visita. ¿A quién se le ocurre venir a media noche?

Samuel se sobresaltó. Y luego le entró la duda. Esa llamada que creía sentir, ¿era fruto de su imaginación, del sueño…, o era efectivamente un deseo real de Dios? Podría haber seguido durmiendo. Podría haber esperado a la mañana siguiente. Podría haber pensado que era una de tantas cosas un poco extrañas que se imagina uno a veces. Aquello había sido solo una llamada vaga en el silencio. Pero se levantó y fue a despertar a Helí. Escuchó una voz que llamaba en la intimidad del alma, y acudió a quien pensaba que le podía dar un buen consejo.

Pero Helí no había oído nada. Sin embargo, no se sorprendió de aquella llamada nocturna de Dios. Era un hombre experimentado. Sabía que Dios a veces alterna urgencias y silencios, llamadas fuertes con otras más leves. Que muchas veces desea que nosotros tomemos la iniciativa. Que nos prueba, para ver si estamos receptivos, si nos levantamos del sueño, si nos atrevemos a hablar.

-Pero la vocación es algo que se descubre de modo personal delante de Dios, no hablando con otro hombre.

La vocación es un querer de Dios, es verdad. Luego viene la respuesta generosa del hombre al que Dios llama. Y, de ordinario, suele haber un tercer elemento: la aceptación de esa respuesta por… otro hombre.

-Pero eso es supeditar la vocación a otro hombre…

Si nuestra vocación está encuadrada en una institución de la Iglesia, y muchas veces incluso aunque no lo esté, al final, casi siempre tenemos que hablar con un hombre. Somos seres corporales, no ángeles ni espíritus. Dios suele manifestar su voluntad mediante signos y medios externos, además de los internos y espirituales. Y entre esos medios externos están algunas personas que con frecuencia Dios utiliza como instrumentos en el camino de nuestra vida. Como es lógico, esas personas no otorgan la vocación, pero sí tienen la obligación de discernir si la persona que tienen delante posee la suficiente madurez para ser admitida en ese seminario, en ese noviciado, o en esa institución, del tipo que sea, a la que esa persona se siente llamada.

Deben comprobar, en lo posible, que ese candidato no siente en su alma una inclinación hacia un determinado camino movida quizá sobre todo por un sentimentalismo pasajero, o con un desconocimiento de la realidad de ese camino. O si esa pretendida vocación de misionero no es sobre todo una atracción por la aventura, o hacia los viajes por África, o es una ilusión poco sobrenatural. O si desea permanecer célibe sobre todo por miedo a la difícil realidad del matrimonio. O si aspira a ser sacerdote simplemente para emular al admirado amigo, o a un brillante hermano mayor. O lo que sea.

Dios se sirve de ordinario de un hombre para verificar en lo posible la autenticidad de esa llamada que se siente o se cree sentir. La Iglesia valora cuidadosamente que quienes se entregan al servicio de Dios lo hagan libremente, con conocimiento de causa, y que posean la madurez psicológica e intelectual adecuada a sus circunstancias. Cuando alguien siente una vocación y llama a una puerta, quienes están tras esa puerta deben tomar las cautelas oportunas para asegurar en lo posible que ese impulso está motivado por una recta intención, por un deseo de servir a Dios. Y han de cerciorarse de si el candidato posee la necesaria integridad moral, si tiene vida de oración, si goza de la salud física y psíquica imprescindible para ir adelante por ese camino.

-¿Qué tiene que ver la salud con la vocación?

Tiene su relación, pues no sería acertado, por ejemplo, admitir a una persona en una institución cuyo tipo de vida desgastara su salud y le arruinara física o psíquicamente. Quienes dirigen esa institución tienen que valorar si esa persona es idónea para ese camino o si tiene algún impedimento que le imposibilite cumplir con las obligaciones específicas de esa vida de entrega.

A veces, esa falta de salud hace dar un giro en el camino de la entrega a Dios, y eso es parte de su sabia Providencia. Así sucedió, por ejemplo, a Santa Juana de Lestonnac, que en al año 1597 había quedado viuda al fallecer su esposo, el barón de Landirás y de la Mothe. Ella ya había considerado en su juventud la posibilidad de ser religiosa, y esa antigua idea fue madurando en su nueva situación. Seis años más tarde, en 1603, cuando sus hijos tienen ya la suficiente independencia, decide abandonar Burdeos e ingresar en un monasterio cisterciense de Toulouse. Su felicidad como religiosa es muy grande, pero la rigurosa forma de vida del monasterio agota sus fuerzas y su salud empeora de día en día. Ella prefiere la muerte antes de ser infiel a Dios, pero la superiora le indica que su falta de salud es muestra de que aquel no es su camino, y que es preferible seguir la prescripción facultativa y regresar a su casa. Aquella noche, mientras su alma se esfuerza en aceptar la voluntad divina y el consiguiente cambio de planes, Dios le hace ver que debe iniciar una obra en beneficio de la juventud femenina. En aquella velada última de oración en su aposento de novicia cisterciense, comienza a gestarse la congregación de las Hijas de María Nuestra Señora, una nueva fundación que será la primera congregación religiosa femenina dedicada a la educación de niñas y jóvenes. En 1607 recibió la aprobación de la Santa Sede, y la fundadora, a pesar de sus cincuenta y un años y su delicada salud, logró en poco tiempo extender la institución por toda Francia y hacer con su santidad una gran aportación al mundo de la enseñanza y a la vida de la Iglesia.

Se podrían poner muchos otros ejemplos. En 1865, una chica de diecinueve años quiere entrar en el Carmelo que Santa Teresa de Jesús había fundado en Sevilla. A pesar de su gran capacidad para la vida contemplativa, no es admitida porque no tiene suficiente salud para una vida tan austera. En 1868 entra como postulante en las Hijas de la Caridad. Su salud se resiente y es trasladada a Cuenca y luego a Valencia, por si le sienta mejor aquel clima, pero en 1870 tiene que dejar definitivamente aquel camino, a pesar de su entrega y su fidelidad. Vuelve a su anterior trabajo en un taller, hasta que un tiempo después comprende que Dios le pide fundar una nueva institución. El 2 de agosto de 1875 comienza su andadura la Compañía de las Hermanas de la Cruz. Su estilo es el de mujeres sencillas, populares, austeras, con una dulzura que la gente percibe como un nuevo modo de querer a Dios y a los pobres. Pronto llegan muchas vocaciones y se extienden con rapidez por toda España y América. Su mala salud le hizo cambiar sus deseos y planes iniciales, pero gracias a su fidelidad hoy Sor Ángela de la Cruz es una gran santa y la congregación que fundó sigue haciendo un gran trabajo en todo el mundo.

-¿Y cómo sigue la historia de Samuel?

Samuel contó a Helí lo que había escuchado y este le dijo: “No te he llamado, vuélvete a dormir”. También pasa eso a veces con la vocación. Hay que esperar a que madure. Hay que asentar esas buenas disposiciones, seguir luchando hasta que las virtudes arraiguen con más fuerza en el alma y se vean las cosas con más claridad.

-¿Y mientras tanto?

Lo que hizo Samuel: seguir a la escucha. Y al escuchar de nuevo la llamada, no darse la vuelta y seguir en la cama con la excusa fácil: “Bah, es como la otra vez”.

Aquello sucedió tres veces. Helí le aconsejó que, si lo volvía a oír, dijera: “Habla Señor, que tu siervo escucha”. Samuel siguió el consejo y, gracias a eso, escuchó al Señor cuando le habló. Así conoció finalmente el querer de Dios para su vida. El Señor le llamó como las otras veces: “¡Samuel, Samuel! “. Y él respondió: “¡Habla, Señor, que tu siervo escucha!”. Cuando hay esa buena disposición, al final se escucha siempre la voz de Dios: vibrante, inconfundible, clara.

Las escenas del antiguo Testamento que narran la vocación de Samuel, Eliseo, Amós, Ezequiel, etc., subrayan siempre que la iniciativa es de Dios. Él es quien interpela y llama. Se presenta cuando quiere y como quiere. La vocación es un acto de Dios que, habiendo elegido a un hombre, se dirige a él para darle a conocer su voluntad. Y suele haber un diálogo directo y comprometedor, en el que Dios espera una respuesta. Dios no trata a los hombres como seres inanimados o pasivos, sino como seres libres, dueños de sí y de sus actos. Y les llama de modo total, haciendo que su vida, a partir de ese momento, pase a girar en torno a la llamada y a fundamentarse en ella. Las escenas de vocación no son acontecimientos aislados, sino el inicio de un encuentro y un diálogo que se prolonga durante el resto de la existencia. Hablar de vocación no es hablar de un acontecimiento sino de toda una vida.

Y en el Nuevo Testamento, las escenas de vocación son muy parecidas. Jesucristo llama a personas concretas para que sean sus discípulos, y los evangelistas recalcan que la iniciativa es de Él, que llama a quien quiere. Es una llamada a compartir la vida con Él, a seguirle, no solo a escuchar sus enseñanzas. Y llama con autoridad (“Seguidme”, o “Sígueme”), sin dejar lugar a condiciones o limitaciones, pero, al tiempo, con gran respeto a la libertad personal, pues se relatan escenas en las que consta expresamente que la llamada no fue acogida, como es el caso del joven rico.

-¿Y qué es más habitual, que la llamada de Dios irrumpa de pronto en la vida de una persona, o que esa llamada se vaya percibiendo poco a poco?

Ambas cosas son bastante habituales, pero quizá es algo más frecuente que sea de modo sencillo y gradual. En un encuentro con jóvenes en Roma en el año 2006, Benedicto XVI respondió a una pregunta sobre la vocación que le hacía un universitario de veinte años y relató brevemente los inicios de la suya: “La vocación al sacerdocio creció casi naturalmente junto conmigo y sin grandes acontecimientos de conversión. Además, en este camino me ayudaron dos cosas: ya desde mi adolescencia, con la ayuda de mis padres y del párroco, descubrí la belleza de la liturgia y siempre la he amado, porque sentía que en ella se nos presenta la belleza divina y se abre ante nosotros el cielo. El segundo elemento fue el descubrimiento de la belleza del conocer, el conocer a Dios, la Sagrada Escritura, gracias a la cual es posible introducirse en la gran aventura del diálogo con Dios que es la teología. Así, fue una alegría entrar en este trabajo milenario de la teología, en esta celebración de la liturgia, en la que Dios está con nosotros y hace fiesta juntamente con nosotros.”

“Es importante estar atentos a los gestos del Señor en nuestro camino. Él nos habla a través de acontecimientos, a través de personas, a través de encuentros; y es preciso estar atentos a todo esto. Luego, es preciso entrar realmente en amistad con Jesús, en una relación personal con él. No debemos limitarnos a saber quién es Jesús a través de los demás o de los libros, sino que debemos vivir una relación cada vez más profunda de amistad personal con Él, en la que podemos comenzar a descubrir lo que nos pide.

“Luego, debo prestar atención a lo que soy, a mis posibilidades: por una parte, valentía; y, por otra, humildad, confianza y apertura, también con la ayuda de los amigos, de la autoridad de la Iglesia y también de los sacerdotes, de las familias. ¿Qué quiere el Señor de mí? Ciertamente, eso sigue siendo siempre una gran aventura, pero solo podemos realizarnos en la vida si tenemos la valentía de afrontar la aventura, la confianza en que el Señor no me dejará solo, en que el Señor me acompañará, me ayudará.”

7. Detalles que a otros pasan inadvertidos

Muy débil es la razón
si no llega a comprender
que hay muchas cosas que la sobrepasan.

Blas Pascal

Transcurren las vacaciones navideñas del año 1917 en Logroño, una pequeña ciudad española. Desde hace unos días nieva sin interrupción y el nuevo año entra con temperaturas glaciales. El termómetro desciende hasta dieciséis grados bajo cero.

Una de esas mañanas, un chico de quince años sale a la calle. Se llama Josemaría Escrivá. Contempla el espectáculo de la ciudad nevada. El amanecer ha sido blanco y transparente. Cuando pasa por delante del colegio de los Maristas, se encuentra con algo que llama poderosamente su atención y que variará el curso de su existencia: las huellas en la nieve de unos pies descalzos. Se para a examinarlas con curiosidad y observa que aquel rastro corresponde a la pisada desnuda de un fraile carmelita muy popular en la zona: el Padre José Miguel.

Se encuentra enseguida sumergido en una profunda remoción interior. En su alma irrumpe con fuerza una idea. Hay en el mundo personas, como aquel hombre, que hacen grandes sacrificios por Dios y por los demás. ¿Y yo? ¿No voy a ser capaz de ofrecerle nada?

Es probable que bastantes personas hayan pasado por aquel mismo lugar esa mañana. Unos no habrán reparado en aquellas pisadas, entremezcladas quizá con los rastros de otras personas, carros o bicicletas, marcados también sobre la nieve. Otros, las habrán visto, y quizá han pensado que es admirable que haya personas tan extraordinarias, pero en su interior no ha surgido ningún pensamiento que les interpele en su propia vida. En cambio, a ese adolescente le hacen ver que Dios le pide que se complique la vida, que se comprometa en una gran tarea en servicio de los demás. Inesperadamente, se siente interpelado por Dios de un modo nuevo, total, nunca antes imaginado. Comprende que Dios le llama, aunque aún no sabe bien cómo.

Durante dos o tres meses, acude a visitar al padre José Miguel. Le cuenta lo que ha sucedido en su interior, el horizonte, todavía oscuro, que Dios ha querido abrir en su alma. El fraile le propone ingresar en el Carmelo. Josemaría medita esta proposición y la descarta. Sabe, con una convicción que personalmente le sorprende, que el Señor tiene planes diferentes sobre su vida.

Pasa un tiempo en la oscuridad, a solas con su oración perseverante, mientras germina la semilla que el Cielo ha depositado en su corazón. Al mismo tiempo, se emplea a fondo en sus estudios de bachillerato. Por entonces, invade su ánimo la idea de entregarse a Dios siendo sacerdote. No lo había pensado nunca, pero el Cielo sigue pidiéndole algo. Y de la mano de esa llamada, cada vez más fuerte que su propia voluntad, decide emprender ese camino. “Yo no pensaba hacerme sacerdote, pero vino Jesús a mi alma, como viene el amor, en el momento más inesperado.”

Tiene todavía algunas dudas. Su vocación es otra, aunque aún la ve inconcreta. Piensa, eso sí, que siendo sacerdote estará más disponible para cumplir la voluntad de Dios, que aún no conoce, y que sin embargo ilumina ya su vida. En octubre de 1918 ingresa en el Seminario de Logroño, y en 1925 se ordena sacerdote. Hasta el 2 de octubre de 1928 no tuvo claro qué quería Dios de él. Fue entonces cuando vio que, sin querer él ser fundador de nada, Dios le pedía que fundara el Opus Dei. Cuando murió, en 1975, la institución que había iniciado estaba ya extendida por todo el mundo, con más de sesenta mil miembros de todas las nacionalidades. Hoy, San Josemaría Escrivá es una referencia espiritual para millones de personas, pero todo empezó así, con unas sencillas pisadas en la nieve.

Toda la realidad que nos rodea es una interpelación constante hacia la reflexión y el compromiso. El mundo a nuestro alrededor está lleno de preguntas que esperan una respuesta personal. Son como susurros que solo se oyen cuando hay un cierto grado de madurez personal y de rectitud de vida. El que vive acaparado y seducido por sus propios intereses no suele percibir esas preguntas ni esas llamadas. Y si no se perciben las preguntas, es difícil encontrar respuestas que den un sentido claro a la vida.

-¿Piensas entonces que la clave está en que todos tengamos más actitud de escucha y más sensibilidad hacia lo que Dios quiere decirnos?

Es imprescindible esa actitud de escucha, un cierto silencio interior que permita oír bien. Pero, sobre todo, hacen falta respuestas personales generosas. Si uno no se pregunta para qué está en el mundo, qué es lo que de verdad vale la pena en la vida, nunca llegará a percibir ni formular una respuesta clarificadora. En ese sentido, son importantes las preguntas, pero, después, lo fundamental es la respuesta al querer de Dios.

-Pero, para dar una respuesta personal generosa, hace falta saber cuál ha de ser nuestra respuesta, y eso no siempre es sencillo.

Si uno no se hace esas preguntas, nunca encontrará las respuestas. Por eso es preciso afinar el oído, y atreverse a preguntarse para qué estamos en este mundo, qué es lo que puede dar verdadero valor a nuestra vida, qué puede llenar realmente nuestro corazón y otorgarnos una felicidad duradera. Son preguntas que, si se responden con acierto y luego se persevera en el compromiso que suponen, son la condición para llegar a ser uno mismo, para vivir la propia vida y para vivirla con verdadera libertad.

La generosidad de las personas se puede comprobar observando la relación entre el modo en que se le pide algo y cómo responden a esa petición. Cuando aquel chico de quince años ve esas huellas en la nieve, que vieron tantos otros en aquellos días, se siente llamado por Dios a una mayor entrega. Ante una pequeña insinuación de Dios, hay una respuesta generosa.

-¿Y no te parece que para descubrir qué quiere Dios de nosotros, hemos de esforzarnos primero por salir un poco de nuestro individualismo?

El individualismo y el egoísmo son efectivamente impedimentos importantes. Porque percibir el querer de Dios suele ir unido a percibir el querer de los demás. “El amor al prójimo -señala Benedicto XVI- es un camino para encontrar también a Dios, y cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios.”

Hace un tiempo leí que una de las decisiones más importantes en la vida de una persona, y que más condicionan el resultado global de su existencia, es una determinación que todos acabamos tomando, casi sin darnos demasiada cuenta, y es esta: si centramos nuestra vida en nosotros mismos o en los demás.

Muchas personas, ya en el ocaso de sus días, hacen balance y se preguntan a qué se debe el resultado tan decepcionante de su vida. Y en medio de todas esas ruinas y naufragios de sus proyectos, se preguntan con asombro la razón de ese caos y esa devastación que observan a su alrededor. Pero no siempre se dan cuenta de que se debe sencillamente a que han querido amar para ellos, a que han confundido amor y egoísmo.

Todo nuestro entorno lanza llamadas continuas a despertar nuestra sensibilidad hacia las necesidades de los demás. Hay personas que se acostumbran a hacer oídos sordos a esas llamadas. Otras, en cambio, les dan entrada y reflexionan sobre ellas. Son personas que tienen ojos para descubrir los sufrimientos y las necesidades de los demás. Piensan poco en su propia satisfacción y, curiosamente, son quienes luego alcanzan mayores cotas de satisfacción y de felicidad. Saben estar atentos y procuran colmar, con la riqueza de su corazón, las carencias de quienes les rodean. Y quizá parece que en ellos esa actitud es innata, pero se debe más a la educación recibida y, sobre todo, al esfuerzo y la entrega personal a lo largo de la vida.

El 28 de octubre de 1816, Marcelino Champagnat, un sacerdote de veintisiete años recién ordenado, acude con urgencia a la aldea de Les Palais y asiste en su lecho de muerte a un chico llamado Juan Bautista Montagne. El moribundo tiene dieciséis años pero no ha oído nunca ni siquiera hablar de Dios. El joven sacerdote queda muy impresionado, pues comprende entonces que en ese mismo estado deben estar miles y miles de jóvenes, por falta de maestros que les enseñen el camino de la fe. Decide poner en marcha de inmediato una fundación dirigida a instruir cristianamente a la juventud, la congregación de los Hermanos Maristas. En 1818 funda la primera escuela en su pueblo natal, Marlhes. Y al año siguiente, en su parroquia, La Valla-en-Gier. A su muerte, veintidós años después, en 1840, hay ya casi cincuenta escuelas por toda Francia.

Hoy, los Hermanos Maristas son más de cuatro mil religiosos y están presentes en más de cien países, gracias a que San Marcelino Champagnat estuvo atento a la voz de Dios. Primero cuando, a los catorce años, recibe en Marlhes la visita de un sacerdote que le propone entrar en el seminario. Después, cuando persevera en sus estudios, pese a que el primer año fracasa como estudiante y el director del seminario le recomienda quedarse en casa porque no es apto para los estudios eclesiásticos. O más adelante, cuando no se conforma con sus obligaciones como joven sacerdote y se lanza a una nueva fundación, a pesar de su escasa salud y de la convulsa situación del país en aquella época. Con la ayuda de Dios, logró superar numerosas contrariedades, sobre todo en los comienzos de su obra, pues hasta sus colegas sacerdotes lo tildaban de orgulloso, de obrar por la vanidad de presentarse como fundador, y lo consideraron loco y falto de toda prudencia. Sin embargo, no se desanimó por las incomprensiones o las calumnias, fue un gran pionero en muchas cuestiones educativas, un gran evangelizador y un gran santo.

El 2 de septiembre de 1827, una humilde mujer de origen francés que viaja desde Milán a Lyon con su esposo y sus tres hijos, llama a las puertas de una parroquia de Turín. Está en el sexto mes de embarazo y gravemente enferma. Le abre la puerta un sacerdote de cuarenta y un años llamado José Benito Cottolengo. Al verla en ese estado, la conduce en su carruaje hasta el cercano hospital de tuberculosos, pero no es atendida por tratarse de una extranjera que no reúne los requisitos legales para ser internada. Hace nuevos intentos en otras instituciones sanitarias pero todo es en vano: la pobre mujer fallece tras una larga y dolorosa agonía. Al ver los rostros desolados del marido y de los tres niños, comprende que debe hacer algo para que la gente desamparada tenga un sitio al que acudir. Cuatro meses después, ya ha puesto en marcha un pequeño hospital en una casa alquilada. Al cabo de pocos años, disponía ya de varios edificios destinados de modo específico a enfermos mentales, huérfanos, inválidos, desamparados y sordomudos. Fundó una congregación dedicada exclusivamente a prestar asistencia a todos esos pacientes, que estaban en situación de extrema pobreza.

Hoy, en muchos lugares del mundo, a las instituciones que acogen a la gente más desamparada se les designa con el nombre de “cottolengos”, prueba evidente de la gran influencia de aquel sacerdote de Turín que supo captar la voz de Dios en la triste muerte de aquella mujer inmigrante. Esas situaciones no eran infrecuentes en aquella época, pero él tuvo ojos para descubrir en todo ello un designio de Dios para su vida. Quizá a otros les hacía simplemente maldecir la situación, o incluso renegar de Dios, pero a San José Benito Cottolengo le hizo entregar su vida a promover fecundas y extensas iniciativas en favor de todo tipo de necesitados.

El 6 de febrero de 1844, una chica joven de la alta sociedad madrileña visita con una amiga suya el hospital San Juan de Dios, donde están las mujeres de mala vida que caen enfermas. Se llama Micaela Desmaisières López de Dicastillo y Olmeda, Vizcondesa de Jorbalán. Es una mujer sensible, que alterna la vida de la aristocracia con las obras de caridad. Pero aquel día Micaela se topa de pronto con el drama de estas chicas jóvenes en la persona de una de ellas: una muchacha modosa y tímida, hija de un rico banquero navarro, que se había visto abocada a la prostitución tras ser engañada y seducida por unos desalmados. Nunca se había imaginado que los hombres dieran un trato tan injusto y cruel a esas pobres criaturas, después de haberlas corrompido.

Aquel espectáculo es para ella como una revelación del Cielo. Micaela se referirá siempre a aquella mujer como “la chica del chal” y su historia le conmueve de tal forma que la marca de por vida. Cuando se entera, además, de la espantosa vida que les espera cuando salen de allí, piensa que es necesario hacer algo para ayudarlas. Enseguida pone en marcha un pequeño colegio para las muchachas en peligro, y para las que ya han sido víctimas, para intentar redimirlas. A partir de ahí, se produce a su alrededor una verdadera tormenta de incomprensiones, aun entre sus mejores amistades. ¿A quién se le iba a ocurrir que una mujer de la más alta clase social, emparentada con las familias más ricas y famosas de la capital, se dedique a cuidar mujeres de mala vida? Las calumnias van en aumento, pero a ella no parecen importarle demasiado. En 1850, deja los fastos de la corte de Isabel II para vivir con sus chicas en el colegio. Tras grandes dificultades, el colegio crece y ya tiene con ella algunas colaboradoras. Ve la necesidad de formar una comunidad que dé estabilidad a la obra, y en 1856 funda la Congregación de Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad, dedicadas a adorar a Cristo Jesús en la Eucaristía y a trabajar por preservar a las muchachas en peligro y a redimir a las que ya cayeron.

La comunidad se extiende rápidamente y hoy cuenta con casi dos mil religiosas en más de ciento sesenta casas y colegios por todo el mundo. Ella decía a sus religiosas: “Es difícil encontrar otra fundadora que haya sido más acusada, más calumniada y más regañada que yo. Mis acciones las juzgan de la peor manera posible. Pero poco me interesa lo que las gentes están diciendo de mí, porque mi juez es Dios.” Y Dios la glorificó haciendo numerosos milagros por su intercesión. Hoy las religiosas de Santa María Micaela siguen prestando un servicio impagable a decenas de miles de mujeres que sufren el riesgo de las muchas formas de explotación y esclavitud que siempre tiene la sociedad de cualquier época.