Alfonso Aguiló, “Educar desde la coherencia”, Hacer Familia nº 87, 1.V.2001

«Me gustaría que mis padres, y que usted mismo, supieran ponerse más a mi nivel (el que remarcaba esas palabras con seriedad pero con desenvoltura era Daniel, un alumno de diecisiete años resuelto y reflexivo, al comienzo de la primera sesión de tutoría del curso).

»Me molesta que los adultos hablen siempre con tanta seguridad, que adopten siempre la posición de expertos conocedores de todo. Se lo digo a usted desde el principio, y no para ofender, de verdad. Me gustaría que los adultos se bajaran un poco de su pedestal, que no se dirigieran a la gente joven siempre dando órdenes o consejos.

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Alfonso Aguiló, “El riesgo del autoengaño”, Hacer Familia nº 86, 1.IV.2001

Cuentan sus biógrafos que, hasta su suicidio bajo la cancillería de Berlín el 30 de abril de 1945, Adolf Hitler fue sufriendo un paulatino proceso de huida de la realidad, una necesidad constante de autoengañarse y de recibir noticias favorables. Sobre todo a partir de la entrada de Estados Unidos en la guerra, Hitler fue entrando cada vez más en un mundo de ficción creado por sí mismo. Es indudable que poseía una portentosa inteligencia, pero prefirió engañarse, y su engaño le llevó a huir de la realidad de una manera sorprendente. De hecho, a mediados de aquel mes de abril de 1945, cuando los tanques del mariscal soviético Zhukov estaban ya a pocos kilómetros de la puerta de Brandenburgo, Hitler repetía a gritos ante su Estado Mayor, dentro de su refugio subterráneo, que los rusos sufrirían una sangrienta derrota ante las puertas de Berlín.

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Mikel Gotzon Santamaría, “Cómo hablar de la castidad a los jóvenes”, Palabra, IV.2001

La explicación de la verdad y el bien en el campo de la sexualidad a los jóvenes incluye una dificultad intrínseca. Así ha sido siempre, por distintas razones. En primer lugar, porque cada persona tiene una distinta sensibilidad, entorno cultural y amistades, que exigen un ritmo y un lenguaje diferentes en cada caso. Segundo, porque la distancia generacional hace que sea bastante difícil hacerse cargo de cuáles son esos entornos de experiencia. En tercer lugar, porque el análisis filosófico y teológico del sentido de la sexualidad es relativamente reciente, y todavía está por desarrollar.

En el momento actual, a las dificultades de siempre se añade una razón más: la degradación acelerada del ambiente moral –y, en particular, el sexual– hace que los padres y educadores estén muy alejados de la experiencia lingüística y visual de sus interlocutores.

En la mayoría de los casos sucede que las palabras de contenido sexual tienen un significado y unas resonancias afectivas muy diversas en la persona que habla y en la que escucha. De modo que resulta difícil saber cuál es el tipo de lenguaje que se ha de usar en cada caso.

Ni vulgares ni estrechos Sería malo emplear un lenguaje que sea percibido como grosero o “guarro”, pues escandalizaría al interlocutor y sería contrario al modo correcto de vivir la sexualidad. Pero sería igualmente malo usar un lenguaje que se perciba como pacato o “estrecho”, pues haría imposible todo diálogo posterior y transmitiría un doble mensaje implícito, tremendamente dañino: o el sexo es algo sucio de lo que la gente buena no puede hablar, o el que me habla no controla el tema y me tengo que buscar otras fuentes de información.

La única manera de detectar el tipo de lenguaje adecuado es hacer que el otro hable lo más posible, que diga lo que sabe, lo que ha visto u oído, lo que le inquieta, lo que no entiende o le ha llamado la atención. Así descubriremos cuál es el lenguaje que, para él, es “normal”. Porque, cuando hable con nosotros, normalmente no va a utilizar el lenguaje que considera “guarro”, sino el que entiende como “normal” y “bueno”. Así podremos situarnos, rectificar lo necesario y comunicarnos adecuadamente.

Resonancias cambiantes Hay que percatarse de que no es nuestra sensibilidad la que marca el nivel de lo delicado, lo normal y lo grosero, sino la sensibilidad del interlocutor. Las palabras no tienen un significado permanente, sino que van cambiando con el tiempo. Y lo que cambia aún más rápidamente son las resonancias afectivas y las asociaciones implícitas que cada palabra contiene.

Palabras que eran inocentes, adquieren connotaciones morbosas. Y otras, que sonaban a morbosas, han perdido resabios negativos. Estas asociaciones y resonancias, que determinan el nivel “moral” –delicado o grosero– del lenguaje, suceden en el interior de nuestro interlocutor y dependen de cuál sea su entorno.

Lo que se hace o dice habitual y abiertamente en la calle, en la televisión o en la escuela, es percibido –de entrada– como normal y bueno. Y no incluye resonancias afectivas negativas, “guarras” o “poco delicadas”. Otra cosa es que sea bueno. Pero, si es malo, habrá que explicarlo con naturalidad y claramente, tal y como ha sido recibido por nuestro interlocutor en su ambiente habitual.

Leyes de la comunicación

Sería un error técnico sin arreglo pretender transmitir cómo es y se vive adecuadamente la sexualidad y, a la vez, en ese mismo diálogo, pretender establecer cuál es el tipo de lenguaje que nuestro interlocutor “debe” considerar delicado o grosero. Es imposible alcanzar estas dos metas al mismo tiempo. Y sobre todo: lo que, de hecho, él percibe como normal o grosero, no lo establece nuestro discurso verbal, sino su experiencia vital.

Alguien podría objetar: –¡Pero es que el ambiente está muy mal, y no se puede ceder! Yo le respondería: —Sí, efectivamente, no se puede ceder en vivir con delicadeza la virtud, pero los modos concretos de lo que afecta o no afecta a la sensibilidad y a la virtud cambian de hecho con la experiencia que cada uno posee. Según las distintas sensibilidades, se darán distintos modos de vivir la misma virtud de un modo igualmente delicado.

No aceptar esa realidad trae consigo ineficacia a la hora de transmitir la doctrina y de ayudar a vivir con delicadeza la virtud. Sin darnos cuenta, podría parecer que estamos explicándole cómo moverse elegantemente en una reunión de sociedad, cuando lo que necesita es aprender cómo agarrarse a las piedras para resistir un viento huracanado.

Lo “normal” y lo “bueno” Estamos hablando de una sociedad en la que se vive como normal –y, por tanto, se presenta como normal– un modo degenerado de vivir la sexualidad. Ese modo es el que nuestro interlocutor recibe de entrada como normal y aceptado, lo cual, sobre todo en la infancia, implica que lo considere como bueno. Es cuestión de orden natural. Lo contrario supondría anteponer el juicio propio al de los demás y pretender algo que es simplemente imposible para un chico.

Por eso, cuando la sociedad no ofrece una experiencia adecuada del bien, la formación moral exige mayor profundidad y razonamientos más elaborados. No basta con decir que eso está mal y que “se debe” vivir de otra manera.

La moral católica se basa en la aceptación libre del bien. Y la fe reclama entender, como ha recordado la Fides et ratio. Por eso, y porque otra cosa es un error abocado al fracaso, es necesario razonarles muy a fondo, ya desde que son pequeños, aunque todavía no capten todo el sentido. Las meras recetas terminan manifestándose insuficientes, aunque durante algún tiempo den resultados aparentes.

Razonamientos para torpes (o sea, todos) A la hora de razonar, necesitaremos explicaciones que en otro tiempo no necesitábamos –aunque no nos hubieran venido mal–, porque veíamos el bien hecho vida. Cuando el bien se ve, no requiere razonamientos para ser aceptado.

Nadie necesita hoy en día muchos explicaciones para entender que es malo tener esclavos. No sucedía lo mismo, por ejemplo, en la época del Imperio Romano. Había quienes trataban bien a sus esclavos, y quienes los trataban mal. Pero todos pensaban que era normal tener esclavos. Cuando llegó Jesucristo y empezaron a oír que tener esclavos era malo, muchos romanos buenos no entendían nada. Si se convertían, lo aceptaban por fe, pero no entendían algo que, ahora, a cualquier ciudadano occidental –aunque sea ateo–, después de siglos de cultura cristiana, le parece elemental, de pura lógica humana: la esclavitud es mala.

Esta simple comparación sirve para situar el actual error cultural respecto de la sexualidad (y de otras cuestiones). Porque lo mismo que les pasaba a los romanos con la esclavitud, le ocurre ahora al ciudadano normal –a nuestro interlocutor– con la sexualidad. No entiende qué es y cómo se vive de verdad. La moral sexual no es una cuestión de fe sobrenatural, es una cuestión de ética humana, como la dignidad y libertad de las personas. Pero la sociedad actual no vive ni expresa la dignidad del amor y de la sexualidad. De ahí que sea necesario razonar lo que en otros tiempos podía ser evidente. Ahora, lo “normal” es no entender la sexualidad, igual que el romano “normal” no entendía que la esclavitud fuera mala.

Considero esencial insistir en que la moral sexual es cuestión humana, no de fe. Requiere ser entendida y razonada con argumentos intelectuales, comprendiendo qué es y cómo se vive la sexualidad, del mismo modo que se comprende que está mal sacarle un ojo al vecino, y no sólo porque lo diga la Iglesia. Es también importante transmitir el mensaje implícito: si no lo entiendes, no es que tengas un problema de fe, sino, antes que nada, un problema humano: tienes la cabeza mal amueblada y no consigues entender algo que es tan evidente como la maldad de la esclavitud.

Es pecado, pero ¡no puede ser malo! Me he encontrado con muchos jóvenes que aceptan la autoridad de la Iglesia y, por tanto, asumen que tal acción sexual es pecado; por eso se confiesan de ello y tienen la experiencia de la alegría de la gracia. Ahora bien, si les preguntas si lo que han cometido es malo en sí mismo a nivel humano, te dicen con plena seguridad que no, que cómo va a ser malo si todo el mundo lo hace y lo acepta y, además, es estupendo.

—Entonces…, no es malo, respondo.

—No.

—¿Pero es pecado? —Sí.

—¿Te das cuenta de lo que dices? Si no es malo, ¿por qué es pecado? —Porque Dios lo prohíbe.

—O sea que es bueno, pero Dios lo prohíbe.

—Sí.

—Entonces Dios es un canalla.

Aparece la cara de perplejidad. Y preguntan: —No es posible, ¿verdad? —No. Si hacer eso es bueno en el orden humano, no puede ser pecado. O si no, Dios es un canalla por prohibirte algo tan divertido.

—Entonces no entiendo nada. ¿Por qué es malo? ¿Cómo puede ser malo, si todo el mundo lo hace y dice que es bueno? —Si algo es malo es porque estropea algo bueno. Por eso, para entender por qué es malo hay que entender cuál es el bien que estropea.

Es el momento de explicar cuál es el papel y el sentido de la sexualidad en el conjunto de la persona. Sólo explicando lo positivo se entiende el porqué de lo negativo.

Al final, ni siquiera hace falta extraer las conclusiones: las sacan ellos solitos: —Luego esto que yo hago está mal, porque se estropea esto otro.

Detectar qué teclas funcionan Para que vayan entendiendo es preciso partir de una verdad que sea aceptada por el que comienza a razonar. Y no siempre es fácil saber cómo está la cabeza de quien tiene uno delante y cuál es su experiencia. Hay que ir detectando qué teclas le funcionan y cuáles no. Porque si se toca una melodía pulsando teclas que no funcionan, no suena.

Cada persona necesita razonamientos que partan de bases distintas y sigan caminos diferentes. Depende de cuáles sean los conceptos que uno necesita para construir, y de cuáles sean los que el interlocutor tenga y vaya entendiendo. Mi experiencia es que llegan a entender, lo que no significa que siempre puedan vivir todo de modo inmediato.

Mentalidad de pioneros Entender y asumir estos temas, como otros muchos de la vida cristiana, significa situarse en una posición excéntrica respecto de su mundo, su cultura, sus amigos y, a veces, sus padres. Para poder asumir esto, hay que darles un esquema que les permita digerir esa nueva situación. Hay que excusar la realidad de sus padres, de sus amigos, de su cultura, de modo que puedan comprender y puedan aceptar.

La única situación mental que lo permite es la de quien se siente pionero: «Tengo una verdad nueva que los otros todavía no tienen; les comprendo, rezo por ellos, y poco a poco iremos consiguiendo que esto cale en el ambiente». Una mentalidad parecida a la de un militante de Greenpeace. Como me decía uno: «Si vives en cristiano, o te sientes pionero, o te sientes idiota».

NOVIAZGO, TIEMPO DE CONOCERSE Y DE SOPESAR LA CALIDAD DEL CARIÑO

El amor humano –sin mayores distinciones– tiene tres niveles: atracción física, enamoramiento afectivo y amor de entrega.

El amor es más que el enamoramiento, aunque lo suponga. El enamoramiento no es del todo libre: depende de uno mismo, pero a la vez es algo que «te sucede». Tampoco abarca la integridad de la otra persona, sino sólo sus aspectos que atraen.

El amor de entrega, en cambio, es algo que uno decide asumir con plena libertad. Incluye la total aceptación de la otra persona, también de sus defectos y limitaciones; si no, no se ama de verdad: se ama sólo el propio enamoramiento El noviazgo es el tiempo en que un hombre y una mujer enamorados se tratan intensamente para conocerse uno a otro en profundidad, en orden a calibrar si pueden asumir un imponente proyecto de vida en común: fundar una familia. En otras palabras, el noviazgo es tiempo de sopesar si el mero enamoramiento de un varón y una mujer da o no lugar a un amor de entrega.

Nunca como en el noviazgo es más necesario mantener el corazón sometido a la cabeza. Esta lucidez –de importancia vital– lleva a renunciar al matrimonio si se descubre que no hay un amor de entrega –en un@ mism@ o en la otra persona–, lo que a la larga acarrearía el fracaso y la infelicidad. Entonces, lo obvio será cancelar las relaciones.

Castidad en el noviazgo

«Los novios están llamados a vivir la castidad en la continencia. En esta prueba han de ver un descubrimiento del mutuo respeto, un aprendizaje de la fidelidad y de la esperanza de recibirse el uno al otro de Dios. Reservarán para el tiempo del matrimonio las manifestaciones de ternura específicas del amor conyugal. Deben ayudarse mutuamente a crecer en la castidad». Esto dice el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 2.350).

Entre novios, las caricias y besos son manifestación natural del cariño. El núcleo del asunto está en cuidar que el cariño sea auténtico, evitando que una caricia sincera pueda disparar la excitación sexual, que estaría fuera de lugar.

La dinámica de la excitación reclama llegar hasta el final, porque está diseñada por Dios para ser vehículo de expresión y realización de la mutua y total entrega. De ahí que el único lugar lógico de la excitación sea el matrimonio, la unión conyugal de los esposos, la comunión de amor del único con la única. Buscarla, pues, sólo tiene sentido cabal cuando antes se ha dicho públicamente: «soy tuy@ para siempre». Por eso, si se consiente o se busca fuera del contexto del amor matrimonial, se falsea su sentido y se estropea su sabor.

Mikel Gotzon Santamaría Revista Palabra, nº 442-443, abril 2001

Alfonso Aguiló, “Echar las culpas”, Hacer Familia nº 85, 1.III.2001

“El Caballero de la Armadura Oxidada” es un sorprendente best-seller de Robert Fisher que se vende por millones en Estados Unidos y que en España lleva ya más de cuarenta ediciones. Es un relato de fantasía adulta, cuyo protagonista es un ejemplar caballero medieval que “cuando no estaba luchando en una batalla, matando dragones o rescatando damiselas, estaba ocupado probándose su armadura y admirando su brillo”. El éxito del libro está en que simboliza nuestra ascensión por la montaña de la vida y hace certeras observaciones sobre la conducta humana.

Nuestro caballero se había enamorado hasta tal punto de su armadura que se la empezó a poner para cenar, y a menudo para dormir. Después de un tiempo, ya no se tomaba la molestia de quitársela para nada. Su mujer estaba cada vez más harta de no poder ver el rostro de su marido, y de dormir mal por culpa del ruido metálico de la armadura.

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Alfonso Aguiló, “Independencia y formación”, Hacer Familia nº 84, 1.II.2001

Hay personas que piensan que formar a otros en unos valores supone una imposición de esos valores. Dicen que debería ser cada uno quien reconozca los que le interesen; que formar a otros en unos valores determinados es forzar a las personas, ahormarlas, someterlas a una influencia más o menos autoritaria y, en esa medida, destructora de la originalidad personal.

Sin embargo, parece claro que toda nuestra existencia está tejida con aportaciones de los demás, y que sería ridículo querer eludir de modo absoluto su influencia. Basta pensar en el proceso que sigue cualquier persona desde su nacimiento: el hombre viene al mundo como el más desvalido de los vivientes, incapacitado para casi todo durante largos años; y así como su desarrollo corporal no se produce sin una alimentación proporcionada por otros, algo parecido ocurre con su inteligencia, cuya potencialidad se desarrolla mediante la influencia de los demás, una influencia que —al menos durante los primeros años— resulta totalmente imprescindible. De hecho, los escasos ejemplos conocidos de niños que se criaron de modo salvaje, al margen de la civilización, muestran a las claras esa realidad.

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Alfonso Aguiló, “El abismo de la soledad”, Hacer Familia nº 83, 1.I.2001

«El matrimonio tenía dos hijos: dos muchachos despiertos, inteligentes y resabiados que conocían al dedillo la forma de tratar a sus padres para conseguir lo que se proponían.

»A menudo recurrían a buscar complicidades unilaterales cuando los padres estaban en desacuerdo, y era tal el acierto con que utilizaban sus trucos que siempre salían victoriosos: “Pero no se lo digas a tu padre”, o bien: “Sobre todo, que no se entere tu madre”. Era una forma cómoda de quitarse los problemas de encima, y de aceptar sin aceptar. O de asentir traicionando. Pero ni el marido ni la mujer se daban cuenta de que aquel sistema no sólo malcriaba a los hijos sino que los iba separando poco a poco de ellos. Estaban demasiado ocupados en organizar su vida con agendas apretadas: reuniones, viajes, estrenos, conferencias o invitaciones de alta sociedad, como para divagar sobre las consecuencias de las minucias de sus hijos.

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Enrique Bonete, “Nietzsche y la muerte de Dios”, Alfa y Omega, 4.V.2000

En 1900 moría uno de los más grandes filósofos alemanes del siglo XIX. A sus veinticuatro años llegó a ser catedrático de Filología Clásica de la Universidad de Basilea. Se vio a sí mismo como un profeta de siglos venideros, y acabó sus días sumido en una profunda enfermedad mental (probablemente originada por una sífilis contraída décadas antes). A partir de 1889, tras intensos años de trabajo y agotadoras enfermedades, con sólo cuarenta y cinco años, cayó la mente de Nietzsche en una total oscuridad, en un estado de aletargamiento del que ya no logró salir. Vivió en completa ausencia y ajeno al impacto cultural de su obra durante los casi doce años anteriores a su muerte. Este final trágico ha hecho de Nietzsche uno de los personajes más intrigantes y legendarios del XIX; precursor de los avatares demenciales de nuestro siglo.

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Juan Manuel de Prada, “Condones transversales” (preservativos en el aula), ABC, 12.II.2000

Hace ya algunas semanas, los padres de alumnos matriculados en el cuarto curso de ESO en un instituto del madrileño Barrio del Pilar recibían una carta. En ella se especificaba que unos voluntarios de la Cruz Roja, con la connivencia del Ministerio de Sanidad, se disponían a impartir a sus vástagos unas clases en horario lectivo. Los discípulos de Florence Nightingale incluían en su ambicioso temario anzuelos tan convincentes como la bulimia y la anorexia, pero ya advertían que el grueso de sus enseñanzas atañían a la educación sexual. El desquiciamiento pedagógico que sufrimos hace posibles estas paradojas grotescas: nuestros jóvenes abandonan las aulas sin tener ni puñetera idea de su ubicación en el mundo, pero en cambio se les informa exhaustivamente sobre sus coordenadas genitales. Hasta hoy, una de las muestras más inequívocas de orfandad cultural era la propensión a contemplarse el propio ombligo; a partir de ahora, esa propensión descenderá hasta las partes pudendas. Como se ve, algo hemos progresado, aunque sea hacia abajo.

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Juan Manuel de Prada, “Aborto progresista”, ABC, 5.II.2000

Más execrable que el crimen del aborto me resulta la anuencia sorda, la complicidad cetrina de una sociedad que lo acepta como un mal menor, o incluso como un remedio benéfico. Una sociedad capaz de convivir silenciosamente con su oprobio es una sociedad enferma; si, además, ese oprobio se erige en mercancía de chalaneo electoral, quizá debamos preguntarnos si esa sociedad no está demandando una autopsia urgente. Vuelvo a referirme al aborto, esa incalculable abyección moral, desoyendo los consejos de mis editores, agentes y demás promotores de mi carrera literaria, que me solicitan que calle y me lave las manos, para no crearme rencillas y animadversiones. Cuando me adjudicaron el premio Planeta, varias revistas culturales propagaron mi beligerancia contra el aborto y solicitaron a sus lectores que no compraran los libros de alguien que se atrevía a pronunciar tamaña inconveniencia. Al parecer, denunciar la condición criminal del aborto constituye un síntoma de adhesión a la «derecha ultramontana»; lo progresista es acatar la barbarie, bendecirla o al menos transigir pudorosamente con ella, como si la barbarie fuese algo que no nos atañe, como si el aire que respiramos no estuviese infectado con sus miasmas. Continuar leyendo “Juan Manuel de Prada, “Aborto progresista”, ABC, 5.II.2000″

Alfonso Aguiló, “Hacer rendir el tiempo”, Hacer Familia nº 32, 1.X.1996

E.M.Gray escribió hace unos años un ensayo bastante famoso, que tituló The Common Denominator of Success: El común denominador del éxito. Lo hizo después de dedicar mucho tiempo a estudiar qué era lo común a las personas que tenían éxito en su trabajo y, más en general, en el resultado general de su vida.

Curiosamente, su conclusión no situaba la clave en trabajar mucho, ni en tener suerte, ni en saber relacionarse (aun siendo todas estas cuestiones muy importantes), sino que, según decía, las personas con éxito han adquirido la costumbre de hacer las cosas que a quienes fracasan no les gusta hacer. Hay muchas cosas que no les apetece hacer, pero subordinan ese disgusto suyo a un propósito de mayor importancia: saben depender de los valores que guían su vida y no del impulso o el deseo del momento.

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