Carlos Chiclana, “Masturbación: menos moral y más ciencia”, ECD-Opinión 16.XI.09

Se ruega leer sin prejuicios morales ni religiosos. Me decepciona que empleemos dinero público (o privado) en promocionar la masturbación como conducta sexual sana y deseable.

Me resulta decepcionante que empleemos dinero público (o privado) en promocionar la masturbación como una conducta sexual sana y deseable. Los pediatras, educadores y psicólogos infantiles saben que en algún momento de la maduración de la persona y de su personalidad, puede ser una conducta que esté presente de forma esporádica. Pero me atrevo a afirmar sin sonrojarme que la práctica de la masturbación como un hábito no es beneficiosa para el que la sufre.

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José Ignacio Moreno Iturralde, “Filosofía y fe católica”

Prólogo

Este trabajo se presenta como una búsqueda de servicio de la filosofía a la teología. Se trata de aplicar una serie de ideas centrales de la filosofía realista al entendimiento de la fe revelada cristiana. Adopta un carácter de ensayo, sin pretender una metodología y un carácter rigurosamente científico. No plantea un sistema cerrado ni con aspiraciones de globalidad.

 El estudio pretende ayudar a entender más la fe para amar más a Dios. Tiene un tono intelectual pero divulgativo, doctrinal y ascético. Se plantea la doctrina en orden a hacerla vida.

 La filosofía y la teología tienen su respectiva autonomía pero también hay en ellas complementariedad. Aquí intentamos ofrecer unas claves filosóficas al servicio de la mejor comprensión del siempre inabarcable misterio de la fe cristiana.

 Juan Pablo II, en su Encíclica “Fides et ratio” estableció una armoniosa relación entre el pensamiento humano y la fe sobrenatural. En este Documento el Papa animaba a los profesores de filosofía a profundizar en la búsqueda de la verdad mediante una razón abierta a la fe. He aquí una modesta contribución a los ánimos de aquel inolvidable Romano Pontífice, a quien tuve la gracia y la dicha de saludar y abrazar.

 No sé si hoy buscamos mucho el amor a la sabiduría. De lo que estoy seguro es de que queremos amar sabiamente. Lo primero ayuda a lo segundo.

 

Índice

I. Sabiduría humana y cristiana

1. El amor a la sabiduría.
2. La cruz como punto de encuentro entre la razón y la fe.

II. Verdad y conocimiento

1. El sentido de la lógica: Fuera y dentro del mundo.
2. La verdad no siempre es evidencia.
3. Conocimiento racional y conocimiento intuitivo.

III. Moral y protección de la vida humana

1. Imperativos morales absolutos.
2. Respetar la vida humana.

IV. Tú y los demás

1. La originalidad.
2. Unidad en la pluralidad.
3. Ser querido.

V. Familia y cuestiones sociales

1. Amor, familia, identidad
2. La familia como raíz de identidad.
3. Trabajar y disfrutar
4. Sociedad, valores y cristianismo.
5. El laicismo contra los laicos.

VI. Hacia el sentido de la vida

1. La vida como regalo.
2. Ser y seres.
3. Vida y misterio.
4. Alegría en la verdad.

 

VII. Felicidad y vida en Cristo

1. La felicidad redimida.
2. La experiencia del perdón.
3. Meditación y oración.
4. Casa de los hombres y Casa de Dios.
5. Muchos en uno: La Eucaristía.
6. Generosidad y apostolado.
7. Matrimonio y celibato por el reino de los cielos.
8. Enfermedad, muerte y eternidad.

Bibliografía seleccionada

 

I. Sabiduría humana y cristiana

1. El amor a la sabiduría

Filosofía significa amor a la sabiduría. Sólo se puede amar a algo que es apasionante, aunque no lo parezca a primera vista. La sabiduría es un núcleo de doctrina viva, palpitante, que satisface la inteligencia y el corazón.

 Se pueden desear cosas pero lo que propiamente se ama, o se odia, es a las personas. Las personas podemos ser amadas por nosotras mismas porque tenemos una libertad moral y, por tanto, una vida biográfica.

 Pronto hemos hallado que una auténtica sabiduría tiene que llevarnos a querer a los demás. Pero sólo sabremos amar si encontramos la verdad profunda y personal de los seres humanos.

 La búsqueda de la verdad de la propia vida se hace indispensable para alcanzar una filosofía satisfactoria. El esfuerzo de la inteligencia, acompañado de la acción de la voluntad que busca el bien, es condición imprescindible para el amor. No se ama a quien no se conoce. Nuestra vida se da en un mundo lleno de seres humanos semejantes a nosotros. Sin un sentido del mundo y de los demás la propia vida se torna incomprensible.

 Es fácil querer un entorno familiar lleno de cuidados y de cariño. Pero qué decir de un mundo lleno de acontecimientos duros e injustos; o al menos plagado de precariedades y límites. Desde luego nos hace falta la búsqueda de una verdad que hilvane todos los acontecimientos de la existencia.

 La Filosofía se ha interpretado como un saber acerca de las últimas causas de la realidad con las solas luces de la razón. Por otra parte, el cristianismo, la relación con un Dios personal que se ha encarnado y que está con nosotros todos los días, supuso y supone el acontecimiento más fascinante de la historia del hombre. La riqueza de sabiduría vital que trae Jesús de Nazaret es tan sublime como cotidiana. Tal convicción, la creencia en que Jesucristo es Dios hecho hombre, es posible por una ayuda del propio Dios en el creyente. Sin tal apoyo, el hombre no puede ser elevado a este conocimiento por el sólo esfuerzo de su inteligencia y de su voluntad. En este sentido razón y fe se entrelazan estando cada una a su nivel. Creer para entender y entender para creer; éste era el lema de San Agustín.

Quiero recordar aquí  la necesidad vital que el estudiante de filosofía cristiano tiene de encauzar su inteligencia, su voluntad y su corazón a Cristo. No podrá hacerlo a base de hacer decir a la filosofía en nombre propio aquello que la excede. Pero tampoco puede excluir de su personal horizonte mental a quien considera el mismo Logos hecho carne.

 La riqueza de la Revelación es tal que una búsqueda de la sabiduría que olvidara este tesoro caería, en mi opinión, en un reduccionismo. Pensar el mensaje del Dios vivo a los hombres cobra un apasionamiento originario superior al de la búsqueda de las cuestiones últimas que fundaron, hace veintiséis siglos, los pilares de la cultura occidental.

 La Revelación divina aporta un mapa del conocimiento humano de  aguda eficacia. El conocimiento racional, basado en la experiencia y en el sentido común, tiene así una referencia y unas metas nuevas. La razón, donde ya no pueda llegar, dará paso a la confianza; algo –por cierto- razonable.

 Amar la sabiduría para saber amar sabiamente. Cristo, cumbre de sabiduría, esculpe un estilo de vida que no puede ser obviado en la tarea intelectual de un filósofo cristiano.

2. La cruz como punto de encuentro entre la razón y la fe

 La muerte de una persona joven, cualquier desgracia imprevista o la panorámica de las injusticias del mundo seleccionadas por los medios de comunicación pueden hacer que, en ciertas ocasiones, se tambalee nuestra comprensión del sentido de la vida. Pero junto a estas realidades duras  también hemos de saber que se nos escapa gran parte “del guión de la película”.

 La filosofía nos ha hablado con frecuencia del principio de no contradicción como primera y fundamental regla de la realidad: “una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido”. Sin este principio no se podría ni pensar: se estaría admitiendo entonces una cosa y su contraria a la vez. De todos modos no parece que esta máxima filosófica aporte mucho consuelo a los reveses serios de la vida. Sin embargo ofrece una idea fundamental: el absurdo radical es imposible; no por optimismo, sino por lógica.

 Los llamados “renglones torcidos de Dios” suponen una asignatura de extraordinario interés que supera el conocimiento filosófico, sin contradecirlo. Vallejo Nájera pone en uno de los personajes de su novela “Concierto para violines desafinados” un verso digno de reproducirse:
“Baja y subirás volando/ al cielo de tu consuelo, /porque para subir al cielo,
/se sube siempre bajando”.

 Es experiencia universal que la enfermedad puede hacernos más comprensivos con los demás. El fallecimiento de un ser querido nos recuerda las verdaderas dimensiones y límites de esta vida. Las guerras y calamidades están clamando que este mundo está en sí mismo mutilado. Frente a la tentación del absurdo, amarga y contradictoria desde la perspectiva de la experiencia sensible, la petición de complemento de sentido de la vida se hace necesaria y razonable. Vemos entonces como la Revelación cristiana plantea respuestas, no evidentes, pero  satisfactorias.

 ¿Puede haber algo más aparentemente contradictorio que un Dios ejecutado de una manera infamante? Sabemos por la fe, avalada por la historia, que esta ha sido la elección de Dios para justificar al mundo. Lo explica Juan Pablo II en “Fides et ratio”, 23: “… La relación del cristiano con la filosofía, pues, requiere un discernimiento radical. En el Nuevo Testamento, especialmente en las Cartas de san Pablo, hay un dato que sobresale con mucha claridad: la contraposición entre « la sabiduría de este mundo » y la de Dios revelada en Jesucristo. La profundidad de la sabiduría revelada rompe nuestros esquemas habituales de reflexión, que no son capaces de expresarla de manera adecuada.
El comienzo de la Primera Carta a los Corintios presenta este dilema con radicalidad. El Hijo de Dios crucificado es el acontecimiento histórico contra el cual se estrella todo intento de la mente de construir sobre argumentaciones solamente humanas una justificación suficiente del sentido de la existencia. El verdadero punto central, que desafía toda filosofía, es la muerte de Jesucristo en la cruz. En este punto todo intento de reducir el plan salvador del Padre a pura lógica humana está destinado al fracaso. « ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el docto? ¿Dónde el sofista de este mundo? ¿Acaso no entonteció Dios la sabiduría del mundo? » (1 Co 1, 20) se pregunta con énfasis el Apóstol. Para lo que Dios quiere llevar a cabo ya no es posible la mera sabiduría del hombre sabio, sino que se requiere dar un paso decisivo para acoger una novedad radical: « Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios […], lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es » (1 Co 1, 27-28). La sabiduría del hombre rehúsa ver en la propia debilidad el presupuesto de su fuerza; pero san Pablo no duda en afirmar: « pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte » (2 Co 12, 10). El hombre no logra comprender cómo la muerte pueda ser fuente de vida y de amor, pero Dios ha elegido para revelar el misterio de su designio de salvación precisamente lo que la razón considera « locura » y « escándalo ». Hablando el lenguaje de los filósofos contemporáneos suyos, Pablo alcanza el culmen de su enseñanza y de la paradoja que quiere expresar: « Dios ha elegido en el mundo lo que es nada para convertir en nada las cosas que son » (1 Co 1, 28). Para poner de relieve la naturaleza de la gratuidad del amor revelado en la Cruz de Cristo, el Apóstol no tiene miedo de usar el lenguaje más radical que los filósofos empleaban en sus reflexiones sobre Dios. La razón no puede vaciar el misterio de amor que la Cruz representa, mientras que ésta puede dar a la razón la respuesta última que busca. No es la sabiduría de las palabras, sino la Palabra de la Sabiduría lo que san Pablo pone como criterio de verdad, y a la vez, de salvación.
La sabiduría de la Cruz, pues, supera todo límite cultural que se le quiera imponer y obliga a abrirse a la universalidad de la verdad, de la que es portadora. ¡Qué desafío más grande se le presenta a nuestra razón y qué provecho obtiene si no se rinde! La filosofía, que por sí misma es capaz de reconocer el incesante transcenderse del hombre hacia la verdad, ayudada por la fe puede abrirse a acoger en la « locura » de la Cruz la auténtica crítica de los que creen poseer la verdad, aprisionándola entre los recovecos de su sistema. La relación entre fe y filosofía encuentra en la predicación de Cristo crucificado y resucitado el escollo contra el cual puede naufragar, pero por encima del cual puede desembocar en el océano sin límites de la verdad. Aquí se evidencia la frontera entre la razón y la fe, pero se aclara también el espacio en el cual ambas pueden encontrarse”.

 

II. Verdad y conocimiento
1. El sentido de la lógica: Fuera y dentro del mundo.
Si la historia del universo ocupara un año parece que la aparición del ser humano tendría lugar el 31 de diciembre. Podemos pensar que respecto a los 15.000 millones de años que parece tener el universo cada una de nuestras vidas es algo insignificante. ¿Cómo vamos a conocer el sentido de nuestra vida si no tenemos la referencia global del sentido del mundo? Sería algo así como determinar el valor de un cinco sin saber si esa nota cuenta sobre cinco, sobre diez o sobre cinco mil. Algo parecido es lo que plantea el pensador austriaco Wittgenstein en su obra “Tractatus”. Afirma que el sentido del mundo debe de quedar fuera del mundo y que “Dios no se revela en el mundo”.
 Al respecto se pueden objetar varias cosas: Si todo conocimiento es circunstancial y relativo llegamos a la consabida contradicción de establecer el dogma del relativismo. Por otra parte aunque una persona viva no muchos años sin salir de su propio pueblo puede darse cuenta de la existencia de verdades generales que son válidas para todo espacio y tiempo como son los primeros principios: el principio de no contradicción, el de causalidad; o, simplemente, que dos y dos son cuatro. Es decir: en experiencias temporales y concretas nos damos cuenta de principios generales que son condición necesaria para la realidad. El sentido del mundo y de la propia vida puede ser captado satisfactoriamente, aunque no exhaustivamente.
 Wittgenstein escribió otra obra llamada “Investigaciones Filosóficas”. Aquí se va a mostrar partidario de que el sentido de las palabras no tiene nunca un valor objetivo y permanente sino circunstancial y pragmático. El sentido de cada palabra sería el significado concreto que se le quiere dar por una persona determinada en un momento concreto. Sin embargo, frente a estas afirmaciones conviene recordar que por ese camino volveríamos a llegar a la contradicción relativista que establece como fijo la circunstancialidad total de los significados de las palabras y de las cosas. No es así: las palabras designan la naturaleza o definición de las cosas, que mantienen una identidad permanente a lo largo de los cambios.
 Las verdades parciales se sostienen si existe una verdad absoluta, como explicó Agustín de Hipona. El sentido de las palabras sólo puede ser verdaderamente significativo si queda sostenido por una palabra absoluta: “En el Principio existía el Verbo (la Palabra) y el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios”  . Dios sí se revela en el mundo.

2. La verdad no siempre es evidencia
 Nos parece evidente que el sol gira alrededor de la tierra; sin embargo resulta que es al revés. En este punto, ponerse en el lugar de la realidad costó milenios de investigaciones. No se trata ahora de fomentar una malsana duda respecto a todas nuestras percepciones, pero sí hemos de saber que nuestro conocimiento no funda la verdad de las cosas. Estar muy seguro de algo no significa que necesariamente sea cierto: nos podemos equivocar. Tenemos que contrastar con la realidad.
 Cuando Descartes funda su filosofía en el “pienso luego existo” quiere hacer una sistema racional que comience en la primera evidencia: la existencia de mi yo me es revelada gracias a mi pensamiento. Pero, además de la certera crítica que le hace Husserl al establecer que gracias a que pienso algo soy capaz de pensar en mí mismo, tenemos que reconocer con sencillez y certeza que la verdad es que gracias a que existo soy capaz de pensar.
 Este dar la vuelta a las cosas resulta muy saludable a varios niveles. Por ejemplo, cuando Víctor Frankl -en su tremenda experiencia de Auschwitz, relatada en su libro “El hombre en busca de sentido”- llega a la conclusión que es más importante lo que la vida espera de nosotros que lo que nosotros esperamos de la vida.
 Salir de nosotros mismos para poder entender mejor la realidad  y entendernos no sólo es cuestión de generosidad sino también de inteligencia. En este sentido Joseph Pieper, en su obra “Las virtudes fundamentales”, al hablar de la prudencia destaca la importancia de ser realistas.
 Este darse la vuelta es de especial interés en el ámbito de la familia. Es muy posible que un padre feliz es aquél que se dedica a hacer felices a su esposa y a sus hijos, intentando olvidarse de que él existe: la historia da la razón a este exigente planteamiento. Se trata de una historia antigua. Chesterton la fundamenta así en un artículo suyo titulado “La familia como institución en el mundo moderno”: “El cristia-nismo, por enorme que fuera la revolución que supuso, no alteró esta cosa sagrada, tan antigua y salvaje; no hizo nada más que darle la vuelta. No negó la trinidad de padre, madre y niño. Sencillamente la leyó al revés, haciéndola niño, madre y padre. Y ésta ya no se llama familia, sino Sagrada Familia, pues muchas cosas se hacen santas sólo con darles la vuelta”.
 Toda esta escuela tiene una aplicación de un gran interés a la hora de entender la vocación cristiana. “Vocare” en latín significa llamar; no elegir. La misión humana y sobrenatural de una persona es ante todo una llamada de Dios que, teniendo en cuenta cómo somos, nos sugiere un planteamiento de vida que puede atraernos mucho, poco o nada; aunque no nos dejará indiferentes. Esta traslación de la cuestión a la correspondencia a la gracia divina parece de extraordinario interés a la hora de plantear adecuadamente la cuestión vocacional: ya sea irse a África de misionero o querer a nuestro cónyuge cuando el afecto parece debilitarse.
 En definitiva, no se trata de ser muy auténticos o autocoherentes con nosotros mismos, sino de ser muy verdaderos respecto a la vida que nos toca vivir.

3. Conocimiento racional y conocimiento intuitivo

 Aunque ahora no esté muy de moda considerar que la razón humana puede alcanzar la verdad de las cosas, la vida cotidiana con sus funciones fundamentales pone en evidencia la inconsistencia de tanto escepticismo postizo; por ejemplo a la hora de comer.

 A partir de la experiencia, a la que llegamos mediante nuestros sentidos, vamos obteniendo el conocimiento de leyes y de diversas finalidades de las cosas. Las ideas que vamos teniendo del mundo y de nosotros mismos se modelan a partir del contacto con la experiencia y de nuestra vivencia interior de esas experiencias. Otro factor de importancia fundamental es la confianza en quien nos enseña aspectos de la realidad: familia, amigos, profesores. La confianza se refleja como un aspecto matizable pero insustituible a la hora de adquirir conocimientos.

 A la hora de conocer, la inteligencia tiende a la verdad, la voluntad al bien y el corazón a hacerse uno con lo querido. Vemos, por tanto, que la inteligencia tiene una prioridad respecto a las otras dos capacidades citadas; aunque amar sea más importante que entender. El volante no es más valioso que el motor de un coche; pero si el volante falla el coche entero se puede perder. Inteligencia, voluntad y corazón deben ayudarse mutuamente.

 Existe un tipo de conocimiento que va más allá del discursivo o racional. Es, por ejemplo, el conocimiento que una madre experimenta respecto a su hijo con solo mirarle a la cara. Tal conocimiento se apoya evidentemente en múltiples experiencias y razonamientos sobre el chico; pero llega más allá. Hay algo que escapa y supera a la mera racionalidad. Se trata de un conocimiento del corazón para el que la razón y la voluntad han sido tan sólo medios. Como se ha escrito “el tú sólo se revela al amor”.

 En el juicio estético se da un proceso análogo. Es muy difícil explicar por qué algo nos gusta. De todas maneras no existe en este campo una total ausencia de reglas. El bien –fundado en la verdad- es la condición metafísica de la belleza. Aún así el juicio estético queda muy indefinido en su entidad; vamos a intentar una aproximación. El núcleo de la estética nos parece que consiste en la contemplación de algo o alguien que al verse en armonía con el conjunto del mundo, especialmente con nuestros semejantes, produce un sentimiento o emoción  que potencia nuestra entidad personal. Así experimentada, la vivencia estética es la única que nos hace entender la comunión, no identificación, de nuestro ser con el mundo.

 El conocimiento de Dios, en el que Él –no lo olvidemos- lleva la iniciativa, también se basa en conocimientos de experiencia razonados, y en actos de confianza en la Iglesia –podríamos parafrasear a San Juan diciendo que el que no cree a los hombres, a los que ve, no puede creer en Dios a quien no ve-. Pero la experiencia del trato con Dios nos habla de la realidad de la actuación de la gracia divina en el alma. En este sentido es aconsejable una dirección espiritual con una persona adecuada, quien tenga la formación necesaria para ayudarnos a discernir la Voluntad de Dios de meras impresiones subjetivas. Hay una nota distintiva al respecto: las cosas de Dios, suelen inundar de paz y de alegría, aunque supongan esfuerzos que, además, se presentan muy razonables. Otra cuestión interesante, que no procede aquí desarrollar, es la cierta facilidad con que podemos tergiversar estos mensajes de Dios.

 En los tres ejemplos citados de conocimiento intuitivo: el del amor de madre, el de la experiencia estética, y el del trato con Dios se dan algunos rasgos comunes: Se apoyan en el conocimiento racional pero lo superan. Hay un sentimiento de comunión con lo conocido. Existe una complementariedad entre los tres; salvaguardando la distancia infinita de la dignidad de Dios sobre lo creado. Quien sabe querer a Dios sabe querer mejor a los demás y al mundo; pero quien sabe encontrar más armonía en el mundo quiere con más facilidad a los demás y a Dios. La síntesis de la referida sabiduría está hecha vida en Santa María Virgen.

 

III. Moral y protección de la vida humana

1. Imperativos morales absolutos.

 Podría pensarse que no hay cosas buenas y cosas malas en general: Lo bueno, como lo malo, es para alguien concreto y en un momento determinado. Frente a esta postura el filósofo Spaemann explica que hay algunas acciones que siempre y para todos están bien –como ayudar a un enfermo- y otras que siempre están mal –como maltratar a un marginado-. No en vano la llamada regla de oro de la moral afirma: ”trata a los demás como quieres que te traten a ti”. Hay muchas cosas relativas y opinables; pero existen algunas intocables, entre las que destaca la defensa de los más débiles.

 La historia de las civilizaciones humanas pone de manifiesto que los hombres necesitan apoyarse en algunas verdades estables para vivir personal y socialmente. Desde luego que han existido civilizaciones más dignas que otras. Tan claro como lo anterior es que consideramos mejores a las sociedades que han tenido más respeto por las personas humanas. Sin embargo, dándonos poca o mucha cuenta, hoy nos estamos deslizando con rapidez hacia situaciones en la que el trato a la vida humana es, cuando menos, objeto de una fuerte polémica.

 Las verdades estables de las que hablábamos antes surgen, en muchas ocasiones, de la propia realidad natural. Lo que conviene darse cuenta es de que existen unas leyes que son condición de posibilidad de esa realidad y, si no se respetan, se rompe el juego de la vida. En la naturaleza humana se unen a las leyes físicas otras de tipo moral. A estas últimas leyes son a las que llamamos imperativos morales absolutos. Si el propio ser humano pudiera redefinir absolutamente la estructura física y moral de sí mismo no existiría ninguna instancia ética que pudiera culpar a estructuras de opresión y criminalidad como el exterminio de judíos perpetrado por algunos nazis; o los sistemas de trabajo complacientes con la esclavitud. El respeto a la naturaleza y a la moral de la persona humana solo puede provenir de la comprensión y respeto de una legislación previa a nosotros mismos. Los que etiquetan a estas posturas de fundamentalistas tienen el mismo rigor intelectual de quienes sostuvieran que no hace falta el suelo para andar o el aire para respirar.

 Las actuales democracias occidentales parecen erigir en último criterio de actuación, para cualquier cosa, la opinión de la mayoría –a la que se puede manipular con cierta facilidad-. La mayoría es ciertamente muy importante, pero si no existe un mínimo de verdades previas a ella aquí no hay quien se entienda. Si se hace pensar que la mayoría está de acuerdo en que no hay leyes naturales y morales comunes que respetar llegamos a la confrontación de intereses, caldo de cultivo para la violencia. La política debería ser muy consciente de que el patrimonio común de valores estables para la convivencia es algo que surge de la vida de las personas apoyadas por las instituciones ciudadanas y morales anteriores al quehacer político.

 La noción de derechos humanos se ha relativizado tanto que sin la aceptación de un origen y fuente de sentido de estos mismos derechos se están diciendo palabras vacías sobre lo más importante para una sociedad. Desde hace décadas es una exigencia divulgar en nuestra sociedad las verdades más básicas sobre el respeto a la vida humana. 

 El cristianismo establece su visión revelada de los imperativos morales absolutos en los Diez Mandamientos. Hay en ellos contenido sobrenatural que hace más humanos a los hombres. Cabe resaltar que para amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo –el núcleo del Decálogo- hay que recordar que “Dios nos amó primero” .

2. Respetar la vida humana

Toda naturaleza tiene un modo de ser en parte permanente. El ser humano, recordamos, tiene una naturaleza biográfica. Se trata de un ser con libertad y responsabilidad limitadas, pero inalienables. Esta libertad y esta responsabilidad actúan en un organismo vivo, sujeto a leyes y condiciones particulares. La libertad propia se manifiesta desde un cuerpo con el que se une. La libertad humana opera en una materia con unas características morfológicas determinadas por la genética. Sin embargo la libertad no pesa un gramo y, si bien necesita de una base de operaciones fisiológicas, no es fisiológica en sí misma. La libertad tiene una cierta dependencia y una cierta independencia respecto al cuerpo; como una hoja respecto a su árbol. Pero si la libertad quiere ser hoja de nadie, como las caídas en otoño, se termina agostando.

 La naturaleza humana es la propia de un ser con libertad moral. La duda que puede plantearse es si el individuo humano lo es cuando no está capacitado para ejercer su libertad. Aristóteles aclara una idea capital: Una naturaleza se posee no cuando se ejercen los actos propios de ella; sino cuando se tienen las capacidades para hacerlos. Estas capacidades pueden no estar operativas, transitoria o definitivamente, como ocurre en múltiples casos: una persona que duerme, que tiene alguna discapacidad, que enferma, un anciano o un nonato. Negar la naturaleza humana por una disminución de actividades supone adoptar una actitud eugenésica.

 Otra de las cuestiones que pueden abordarse es la entidad de la naturaleza y su relación con la cultura. La cultura produce una transformación creativa de las naturalezas que nos rodean, así como de la nuestra propia. La historia forma, por tanto, un factor clave en las relaciones entre cultura y naturaleza. El paso del tiempo no es por sí solo un factor determinante en la mejora de la cultura. Las tremendas guerras del siglo XX lo han puesto de manifiesto. La cultura tiene por misión mejorar la naturaleza y para esto requiere de una condición previa: respetarla. La suplantación de la naturaleza por la cultura es una negación de la cultura misma.

 A la hora de comprender la entidad de la naturaleza humana  existen dos enfoques opuestos: el del interés y el del respeto. El ser humano, todo ser humano, merece ser tratado desde el respeto y no desde el utilitarismo. En la medida en que el respeto al ser humano, en cualquiera de sus fases y circunstancias, prima sobre la utilidad y la manipulación interesada estamos construyendo una cultura más humana y solidaria. De lo contrario la sociedad se va transformado en una selva donde los fuertes oprimen e incluso anulan a los más débiles. Por ejemplo, la esclavitud ha sido –y todavía es- una llaga dolorosa en nuestro mundo.

 En todas las polémicas bioéticas que surgen hoy existe una clara disyuntiva: El predominio de la propia autonomía sobre la naturaleza o el respeto a la naturaleza, al que debe subordinarse la autonomía o libertad propia. Lo que honradamente cabe observar es que la autonomía -o libertad propia- surge de la naturaleza humana; no ocurre al revés. Nadie ha elegido tener dos brazos y un solo corazón.

 Planteadas así las cosas  parece que sería lógico que el respeto primara sobre el interés en las relaciones humanas. Muchas veces ocurre así; pero también con frecuencia constatamos ataques severos a la condición humana como es la práctica habitual, extendida y permitida por muchos gobiernos, del aborto voluntario. Ésta y otras muchas lacras sociales nos hacen preguntarnos por los cimientos del respeto a la vida humana. El respeto sin más base se muestra transgredido e ineficaz. En efecto, si se despoja a la naturaleza humana de su sacralidad, de hecho, se la acaba cosificando. La sacralidad es una dimensión de la persona hacia lo absoluto. Los partidarios de legislar como si Dios no existiera, con frecuencia, no cimentan valores incondicionados y configuran una sociedad que, bajo la excusa de una falsa laicidad, desacraliza al hombre y, en parte, lo deshumaniza. Legislar debe atenerse a unos imperativos morales absolutos que, además, encuentran su raíz más segura en Dios.

 Abortar es matar una sonrisa humana. Pero además, para el creyente, el aborto es matar a una imagen y semejanza de Dios.

 

IV. Tú y los demás

1. La originalidad

Tal vez la originalidad tenga que ver con el origen. Y el origen nos puede recordar el lugar donde uno ha nacido, donde estaban los amigos de la infancia; en definitiva: la patria chica. Es un lugar entrañable. Allí uno se encuentra a gusto; esta bien consigo mismo.

 Hay niveles más profundos de encontrarse uno a sí mismo; de aceptarse -sin que esto suponga una claudicación por superarse-, de estar contento. Quizás sea ahí: en el conocimiento de nuestra naturaleza, en la madurez que supone saber algo sobre nuestras posibilidades y límites, donde uno puede lograr ilusión para hacer de sí mismo “un clásico”.

 Quizás para ser un “clásico” no hace falta poseer la intuición de Einstein o la imaginación de Spielberg. Simplemente puede consistir en sacar fuera lo mejor de nosotros mismos. Tal vez todo sea tan sencillo como ser normal o ser natural. Pero…¿qué es ser natural? Actuar según nuestra naturaleza más verdadera. Explica Antonio Millán  que las personas estamos compuestas por una tendencia a abrirnos a la realidad y por otra tendencia a cerrarnos en nosotros mismos. De la pugna entre ambas  surgirá el resultado de la propia vida. La tendencia a la apertura puede llamarse vocación, en sus dimensiones profesional, afectiva, espiritual, etc; la clausura es el egoísmo. Así la vocación es  para algunos motivo de felicidad y para otros motivos de angustia.
        
 Hay algo que a los humanos nos atrae como un poderoso imán: la alegría. Al entender la vida al revés, sustituyendo la autorrealización  por el servicio a los demás, uno se libera de las autoritarias exigencias de su propio yo. Exigencias que pueden ser gigantes e irrealizables y, por tanto, sustituidas con el tiempo por la apatía o el peor conservadurismo: la cobardía de encerrarse en el anonimato.

Salir de uno mismo supone iniciar la aventura de acceder a una realidad que es anterior a mí; es disfrutar con la existencia de unas leyes previas a mí, en las que puedo descansar. Esta actitud ofrece resortes para afrontar los imprevistos de la existencia. Posibilita abandonar la pesada carga de algunos proyectos personales que tal vez no sean necesarios. Cuando uno aprende a ponerse en su sitio también aprende a quererse mejor a sí mismo.
Una aguda frase afirma que el cielo no vale ni poco ni mucho sino exactamente todo lo que uno tenga. La confianza y el abandono en Dios hacen experimentar la frase evangélica que dice “mi yugo es suave y mi carga ligera” . Dios no suele pedir asuntos muy difíciles sino cosas sencillas hechas, en ocasiones, con esfuerzo y siempre con buena voluntad.

2. Unidad en la pluralidad

La unidad entre las personas que compran en unos grandes almacenes es por lo general una relación de interés y agregación. Sus relaciones son sobre todo utilitarias. La unidad entre los hinchas de un mismo equipo deportivo es algo más, comparten una afición: un interés no necesario. La unidad que se da entre los hombres de bien tras la liberación de un secuestrado que ha sufrido torturas es mucho mayor: las personas se alegran profundamente por la alegría de la persona que estaba siendo maltratada. Esta es una unidad  por la que se quiere el bien de la otra persona. El hecho de que le hayan sido devueltas las condiciones propias de su dignidad  crea en los demás un clima de unidad. Se comprende al otro  porque de algún modo es igual a los demás. La persona es el ser capaz de comprender; de ponerse en el lugar del otro; de salir de sí misma. Por esto, afirma Spaeman  , la persona es un símbolo del absoluto.
 
 Hay otro aspecto que no conviene olvidar: Lewis, al hablar de la amistad en su obra “Los cuatro amores”, afirma que cada amigo me revela parte de mi yo. La amistad no es sólo un lujo sino algo que nos engrandece; algo que nos hace ser más. “Las victorias de mis amigos son también mis victorias”, afirma Tomás de Aquino. La riqueza interior de cada uno depende de todos aquellos que le aprecian bien. Aquí hay algo muy importante: de alguna manera el otro está en el fondo de mí;  su verdad está conectada a la mía, aunque ambas son distintas. 

Si una mujer o un hombre viven rodeados de injusticias que afectan a otros y no hacen nada que esté a su alcance por evitarlas, sus propias vidas empiezan a perder sentido. Si trabajan por mejorar las condiciones de vida de sus semejantes comienzan a estar satisfechos: a estar a bien consigo mismos, a ser felices. Tenemos mayor unidad interior, integridad y plenitud de sentido en la medida en que somos generosos.

 En cierta ocasión un alumno hizo una pregunta un tanto espesa y algo ambigua a su profesor: “El hombre tiene alma y cuerpo; podríamos decir que su número es el 2. Dios es tres Personas; su número es el 3. ¿Cómo puede pasar el hombre del 2 al 3?”. El profesor, de inmediato, respondió: “El 3 son los demás, la bendita fraternidad cristiana”. Cuando la Iglesia nos propone la doctrina de la comunión de los santos está afirmando la naturaleza humana y elevándola a la hermandad de los hijos de Dios. Esa familiaridad es imagen y semejanza del misterio central de la fe cristiana: Dios es uno en naturaleza y trino en Personas. Los hombres somos sustancias (seres en sí) que se relacionan, como es el caso de padres e hijos. Las Personas divinas son relaciones (Paternidad, Filiación, Expiración de Amor) subsistentes (permanentes). Dios Padre es todo y sólo Paternidad. Dios Hijo es todo y sólo Filiación. Dios Espíritu Santo es todo y sólo Amor Personal entre el Padre y el Hijo. Cuando el cristiano alaba a Dios no da culto a un Dios temible y distante; alaba a la misma Alabanza. Dios, en su seno, es comunión personal, familia.

3. Ser querido

Ser querido, dejarse querer, parece lo más natural del mundo. Se ve muy claro en los niños y en los ancianos; y en todo el mundo. Sin embargo, en épocas más o menos largas, nos cuesta aceptar el aprecio de los demás aunque en el fondo lo deseamos.
       
 Nuestra autonomía, incluso en el darse, puede impedir algo que tal vez es más importante que querer: aceptar ser querido. La razón es quizá sencilla: nadie da de lo que no tiene. Nadie que no haya sido querido sabrá querer. Querer a otra persona, como dice Pieper, no es quererla para mí sino querer lo mejor para ella. Ser querido es por tanto ser dignificado, ser dotado de sentido, de valor. También este autor afirma que “amar es como decir: es bueno que existas”. Cuando me sé bueno porque me sé querido por alguien a quien valoro es cuando soy capaz de amar, de entregarme.

 Ser querido es en cierta manera permitir que nuestra identidad dependa de otro, lo que puede sugerir cierto vértigo. Ser querido es aceptar la unión con las demás personas, y supone -si se puede hablar así- perder algo de casta para ganarlo de personalidad. Aceptar ser querido es la base para querer; y sólo quien se sabe muy querido sabrá querer y darse con toda su persona.

 La realidad de fe en la filiación divina supone saberse íntima, personal e intensamente querido por Dios; y al conocerse concorpóreo y consanguíneo de Jesucristo surge la necesidad y la gozosa responsabilidad  de participar en su vida redentora. Dios nos dice “es bueno que existas”.
V. Familia y cuestiones sociales

1. Amor, familia, identidad 

Toda la entidad de la vida humana se relaciona directamente con la familia y la familia con el amor. Si no se sabe qué es el amor, no se sabe lo que es la familia y así tampoco se sabe quién es uno mismo.
 
 Hay que redescubrir la magnitud formidable de traer un hijo al mundo. Esto es así si a cada vida humana se le respeta su dimensión vocacional, la posibilidad de hacer de su existencia una aventura en servicio de una causa noble. La vocacionalidad de la vida humana sólo se entiende permitiendo la existencia de algo que no controlamos: la providencialidad. Un mundo sin providencialidad es un mundo hecho completamente por nosotros mismos; es decir: un mundo en que nos ahogamos porque no puede haber aventura. Los imprevistos, frecuentes e inevitables, se convierten en algo placentero o repugnante, pero -en cualquier caso- incomprensible.

 La ausencia de providencialidad lleva al olvido de la vocacionalidad. La atención se centra en el interés que necesita del dominio y del consumo: el dominio como meta y el consumo como medio. El ideal de servicio se valora en unos raptos de nostalgia y se practica en algunas dosis intermitentes de misteriosa eficacia tranquilizadora: se dan retales, en ocasiones generosos, pero no se da la tela. Así no se entiende una opción de servicio radical como modo de vida propio, porque esto es imposible sin vocación ni providencia.

 Si quiero dominar completamente la trayectoria de mi vida, si quiero ser totalmente autónomo, si quiero ser autor y actor al mismo tiempo: no puedo ser elegido, no puedo ser dotado de sentido desde fuera de mí mismo, no puedo ser transformado por el amor de alguien hacia mí.

Si mi medio de vida es sólo consumista, el amor queda reducido a atracción pasajera: a una suerte de apetito –refinado, en el mejor de los casos, por sentimientos y afectos satisfactorios-. Este falso amor no es darse, sino recibir. Es un amor cuyo fruto no se desea. Ese fruto es la piedra de toque del amor porque su aceptación y cuidado conlleva sacrificio y generosidad. La biología, ingenua e inconsciente, transmite la vida porque el amor debería dar vida, vida querida. Pero hoy, con brutal terquedad, se odia ese fruto, se le destruye…porque entonces no se ama.

Lo verdaderamente apasionante es nacer, incluso en siniestras condiciones, que penden de la providencia. Es normal en las historias que merecen la pena que haya pena. El amor, para no perder su identidad, respeta la vida. La nueva vida humana se respeta por sí misma: esa es la condición de la familia. La familia es el lugar del amor respetado, donde se quiere a cada uno por sí mismo. Los hijos nacen y se educan en un ambiente donde son tan queridos como exigidos, tan seguros en reivindicar los bombones como pesarosos ante el reproche de sus padres por no haber hecho la tarea.

 Los hijos encuentran en su madre y en su padre la raíz providencial de su vocación a ser hombres, a amar.

 2. La familia como raíz de humanidad

 Entre las cosas más fantásticas de este mundo destaca la diferencia maravillosa entre un hombre y una mujer. Esta complementariedad natural entre lo masculino y lo femenino es regla básica de la vida. El atractivo físico, psicológico y afectivo puede culminar en un amor de benevolencia por el que se quiere a la otra persona tanto como a uno mismo. Un sabio escribió en cierta ocasión que “el amor nunca pasa y si pasa no es amor”. El compromiso matrimonial hace justicia a este amor. Cuando se ama a alguien se le quiere para siempre; de lo contrario estaremos hablando de pasión o mera afectividad, pero no de amor personal. La mutua ayuda, la conyugalidad en todos sus aspectos, requiere de personas generosas, con virtudes y aptitud para la convivencia. Esta relación entre dos es elevada a una nueva y tercera dimensión: El amor esponsal entra en una superación que se hace vida nueva. La mirada entre dos ya no se cansa porque se renueva y fecunda en un arcano de vida. Los padres se ven en los ojos de los hijos.

La esponsalidad conlleva tareas y responsabilidades primordiales como la educación de los propios hijos. Esta realidad requiere de una relación exclusiva de fidelidad. Amor esponsal y fidelidad son las dos caras de una misma moneda. No es este el momento de reflexionar sobre las posibles causas de nulidad matrimonial o de separación; sino de pensar acerca de la hondura antropológica del matrimonio humano, en una época en la que se está intentando, con vehemencia internacional, romper la entidad natural de la familia.

La propia familia de origen supone las raíces de uno mismo. Se trata del lugar donde hay un amor incondicionado por cada uno de sus miembros. Este apoyo incondicional se da de modo natural entre padres e hijos. Reventar el sentido de la sexualidad y de la familia, como de hecho se está haciendo, redunda en fomentar diversos tipos de esclavitud en el ser humano.

A lo largo de los siglos han caído poderosos imperios; pero la Familia del que no tuvo una casa para nacer sigue siendo el faro de luz de nuestra civilización. El mensaje familiar del Redentor no niega nada de la nobleza humana sino que la eleva a alturas insospechadas.

La Redención del corazón, en expresión de Juan Pablo II, supone la purificación del amor familiar por la gracia divina y la correspondencia a esa gracia. El hecho de que aquél Papa haya dicho de la dimensión sexual de las relaciones esponsales que son un icono del amor intratrinitario es una afirmación entroncada con el Génesis, donde Dios bendice el amor humano. San Josemaría Escrivá de Balaguer afirmaba que el lecho matrimonial es un altar. Es conocida la relación que hace San Pablo entre Cristo y la Iglesia como esposo y esposa.

La Revelación cristiana no impone nada, sino que sublima lo genuinamente humano, salvaguardándonos de los errores, desvaríos y enfermedades del corazón. La familia, con sus roces, precariedades y ajetreos diarios, es el único lugar donde el hombre puede llevar a cabo su vocación al amor. Esto no quiere decir, como es lógico, que existan otros modos de entrega a los demás que impliquen el estado de soltero, como puede ser –por ejemplo- la vida sacerdotal. En este sentido, el libro “Amor y responsabilidad”, de Karol Wojtyla, manifiesta como una comprensión adecuada del matrimonio y del celibato por el reino de los cielos se potencian una a otra, ya que se trata de dos modos de entrega, de cumplimiento de la ley del “don de sí”.

La familia humana, aunque solo sea por la limitación de la muerte, necesita de una dimensión eterna para ser acorde con el corazón humano. Esta dimensión es para los cristianos la Iglesia, la familia de Dios.

3. Trabajar y disfrutar

 Es muy probable que lo fundamental del trabajo recaiga sobre todo en la propia disposición interior. Recuerdo la afirmación mañanera de un viejo profesor:”un nuevo día, sale el sol y estoy rodeado de gente a la que puedo ayudar”. A esa misma persona le hablé en una ocasión acerca del trabajo sobre la importancia de “gestionar la complejidad”; él me respondió que era más importante “gestionar la sencillez”. Así es.

Nuestro mundo occidental trabaja y consume desaforadamente pero, con todo respeto a los ritmos de competitividad, me parece que tal ritmo está algo desenfocado. El afán por el enriquecimiento que se transforma en ansiedad y en angostura de espíritu es la consecuencia de tomar al trabajo como un fin cuando no es más que un medio. La aceleración, la falta de autoposesión, difumina hacia delante la propia persona que queda sin peso, sin contornos, sin los límites que la hacen irrepetible.
 
 Cuando alguien se decide a serenarse, a aceptar su vida y la realidad más cercana que le rodea, empieza a ser un punto fijo; uno de esos escasos lugares desde los que se puede mover el mundo. Esto requiere sencillez de espíritu: una sencillez que no es sencilla de adquirir.

 Ser o no ser, he ahí una cuestión mal expresada. Ser amado o no ser, he ahí la verdadera cuestión. Trabajar desde, por y para el amor a Dios y a los demás es la  recia escuela de la plenitud del sentido humano del trabajo.
 
Trabajar, encanecer sonriendo, saborear una gran gama de matices, agrios y dulces de la vida cotidiana, aquí está el verdadero, real y fantástico reto que se nos ofrece; no hay otro. La dimensión humana del trabajo se abre así a su dimensión divina. El estilo de trabajo sencillo de la Sagrada Familia se nos muestra como el retrato vivo de la perfección de una vida de trabajo y amor.

 

4. Sociedad, valores y cristianismo

 Es mucho lo que la historia nos puede enseñar: no en vano se la considera “maestra de vida”. Desde hace dos mil años se ha ido perfilando el concepto de persona y de dignidad como atributo inalienable de todo ser humano. Kant lo precisó con acierto al afirmar que toda persona es un fin en sí misma. Esto supone que nunca se debe instrumentalizar al hombre.

 El proceso de avance de la idea de autonomía desde el siglo XVIII ha llegado, en algunos sectores muy influyentes de la actualidad, a disociar la autonomía de la naturaleza. Con tal motivo se plantean alternativas al matrimonio natural fundado en la unión estable entre un hombre y una mujer. Se busca el aborto como un derecho de la mujer, cerrando los ojos a la evidencia de que el nasciturus es  un ser humano. Se utiliza a los embriones humanos como si fueran los de un animal cualquiera. La religión en su dimensión social es entendida como una injerencia intolerable en la conseguida laicidad del Estado.

En el telón de fondo de la Declaración de los Derechos humanos de 1948 observamos la lección histórica de la necesidad de unos principios comunes entre las personas que tienen que basarse en la naturaleza humana para ser comúnmente aceptados. Las atrocidades y crímenes contra la humanidad perpetrados en la Segunda Guerra Mundial hicieron necesaria esta Declaración de principios. Valores actuales como la citada autonomía o libertad personales son valiosos en cuanto no comprometan la identidad de la naturaleza personal y social del hombre. Sin embargo, algunos de los promotores de una pluralidad de maneras de entender lo nuclear del ser humano, niegan -de hecho- el concepto de naturaleza humana. Esto necesariamente lleva a una acusada falta de valores comunes y, por tanto, de sociabilidad. La tolerancia, erigida como supremo valor equilibrador de intereses, es un pedestal muy débil sobre el que basar la cultura de los pueblos. Así, en la práctica, las sociedades se crispan.

 Por otra parte, en un clima donde la idea de comunicabilidad y participación de bienes está mermada, resurge un neoliberalismo de escaso rostro humano. En la era de la globalización somos más conscientes de un mundo en el que la riqueza está muy mal repartida y donde las soluciones a estos desajustes parecen de corto alcance para las necesidades reales de los más deprimidos.

 Todos estos factores hacen necesaria una nueva profundización y difusión del valioso patrimonio histórico europeo relativo a la dignidad de la persona, en sociedades democráticas con estados aconfesionales. En este sentido es de mucho interés recordar que el cristianismo, pese a los  defectos personales y sociales de los cristianos, ha sido un  impulsor principal de una idea clave: la fraternidad entre los seres humanos. Esta idea clave se está debilitando severamente. La fraternidad humana, pese a las tensiones y conflictos, supone un respeto incondicionado a toda persona a la vez que le recuerda su irrenunciable compromiso social. Los cristianos no pueden dejar de reivindicar esta perspectiva indispensable para la humanidad.

5. El laicismo contra los laicos

 Aristóteles –nada sospechoso de confesionalismo- decía que los opuestos pertenecen al mismo género: esto es lo que puede que ocurra entre clericales y anticlericales o laicistas. El clericalismo es la postura, a mi parecer, que considera como una “longa manus” del clero a los laicos sin entender la legítima autonomía de éstos.
 
El laico sabe que para ser buen cristiano tiene que ejercer su personal libertad y responsabilidad en las mil iniciativas de este mundo, al mismo tiempo que se adhiere al Magisterio de la Iglesia porque quiere libremente hacerlo. Este ciudadano no es que tolere el derecho de cada cual a su religión sino que lo desea positivamente, tal y como lo quiere para él mismo. Lógicamente quiere la libertad de las conciencias: tanto la de otro cristiano, como la de un musulmán o como la de un ateo; sencillamente porque tiene sentido común. Si defiende la propiedad privada no es por ser confesional sino por ser hombre; si no le gusta que otro tipo coquetee con su mujer no es por ser involucionista sino por no ser tonto.

 El laicista es alguien muy distinto al laico: el laicista es un clerical “rebotado”. Si un tipo defiende la dignidad de todos los embriones humanos porque él también ha sido hombre, el laicista le llamará vaticanista, aunque se trate de un inmigrante zulú. Ante un razonamiento que pone de manifiesto la esencial diferencia entre un matrimonio entre hombre y mujer, por un lado, y una unión entre dos personas del mismo sexo, por otro, la opinión laicista  tachará la reflexión con el sanbenito de machista. Tratándose de un jurista que se lleva las manos a la cabeza por una ley del divorcio que da al matrimonio menos estabilidad que un contrato de alquiler, el laicista percibirá influencias canónicas. Cuando un médico corrobora que un aborto voluntario es descuartizar a una criatura humana el laicismo entenderá a aquél doctor como un profesional dogmático.

 Actualmente los términos laicista y progresista casi se identifican conceptualmente. El progresismo consiste en romper barreras morales consideradas obsoletas hacia nuevas aventuras de la humanidad, aún a costa de la propia naturaleza. Para el progresista hay progreso pero no hay hombre. El progresista no acepta la libertad enraizada en la realidad natural sino la libertad por la que yo puedo decir que soy lo que me dé la gana.
 

El laicismo nace de la confusión en las relaciones entre naturaleza y fe; confusión que algunos clericales del pasado llevaron a cabo en sentido inverso; dicho sea sin juzgar las intenciones de ambos. Simplemente se trata de una insensatez que traspasa la raya, progresistamente, de la salud mental.

El laicista no ha entendido lo laico: el valor y la autonomía intrínsecos de las realidades civiles abiertas a la dignidad trascendente de la vida y la actividad humanas.

 

VI. Hacia el sentido de la vida

1. La vida como regalo

“Se trata de que no se vaya el santo al cielo sino que venga el cielo al santo”. Esta frase la decía un buen amigo en la mesa, señalando un magnífico postre en un día de fiesta.¡Cuanta razón tenía!

 Hoy parece que se ha acentuado el  afán de disfrutar. Muchos buscan una auténtica cultura del “éxtasis”, un empeño por gustar sensaciones fuertes, potenciado y extendido por capitalismos mediáticos  publicitarios. Es lógico querer pasarlo bien; sin embargo el problema está en que curiosamente no se sabe vivir bien . Las prisas, la búsqueda del éxito y del dinero rápido, la aceleración como modo de vida puede que no sea, en el fondo, más que una huida hacia delante.

 La exaltación de las emociones nocturnas no da respuesta a la realidad del trabajo cotidiano. Se vive con cierta histeria una única realidad en la que no se encuentra la unidad de sentido de la vida. Y esto se debe, como afirma Alfonso Aguiló , a que se busca la felicidad donde no está y se ignora que para ser feliz lo que hay que modificar no es tanto lo de fuera  sino lo de dentro de uno mismo.

 Reflexionar en que uno ha nacido sin ningún mérito personal ni consulta previa es mucho más que una perogrullada: es la pura verdad que, sin embargo, olvidamos con mucha frecuencia. A pesar de los flagrantes males del mundo, de la enfermedad y del dolor moral, la vida sigue siendo una llamada, un regalo de valor incalculable. El bien suele ser más discreto y silencioso que el mal, pero mucho más sólido y fundamental…como lo es una madre buena. Lo que podemos hacer, en expresión de Julián Marías es “educar la mirada”, y también el entendimiento y la voluntad, para caer en la cuenta de la cantidad de cosas estupendas que nos suceden: desde respirar hasta optar por ocupaciones quizás sencillas pero llenas de verdad y de bien, maduras de humanidad y sazonadas de buen humor. Quien procura vivir siempre  así, de hecho, es bastante probable que lo haga desde la fuerza de la fe.

 Hay un salto de confianza, de esperanza, de aptitud para la felicidad -esto es en parte la fe- que no puede ser impuesto racionalmente, porque la mano de Dios sólo se coge si libremente se quiere. Lo que sí se puede constatar es que quien así lo hace está en condiciones de disfrutar tanto en día laborable como en fin de semana; y con un gozo enorme, porque todo se llena de sentido. Y este sentido es la fuente de la felicidad.

 2. Ser y seres

 Un chico de unos nueve años le dijo a su padre en cierta ocasión: ”Papá; tú eres, pero podrías no ser; yo soy, pero podría no ser. Dios es, pero no puede no ser”. Este hecho verídico, me consta, es una de esas muestras en las que sencillez y sabiduría se identifican.

 La tierra es de tres dimensiones y tiene colores. Nos llaman la atención las cordilleras, los valles, los ríos, el mar, y la diversidad de especies vegetales y animales. Todas estas realidades son; pero…¿Por qué? Tomás de Aquino, entre otros, nos explicó que hay muchos modos de ser y que cada uno de estos modos constituye una naturaleza. No somos combinaciones de oxígeno y carbono desarrolladas, ni pequeños dioses; somos hombres. En sus conocidas cinco vías Tomás afirma que tiene que haber un primer motor inmóvil pues de lo contrario no existirían motores subordinados ni transmisión del movimiento. Lo mismo ocurre con una primera causa incausada; sin la que no habría causas secundarias ni efectos últimos. Junto a seres materiales, corruptibles, no necesarios, que alguna vez no fueron, tiene que existir un ser necesario e incorruptible, que sea desde siempre; porque, si no, hubo un tiempo en que no había nada y de la nada, por sí misma, no sale nada. Los seres parcialmente perfectos tienen una participación necesaria del  ser que es perfección en plenitud, de modo similar a como las verdades parciales participan de la existencia de una verdad absoluta. El orden inmaterial e inteligentemente diseñado en la materia también apunta la existencia de una inteligencia ordenadora que trasciende lo material.

 La comunicación entre los diversos seres y el ser por esencia propia es similar a la de un rayo de luz que penetra en un lago dando calor y vida a sus aguas, sin que él mismo se moje.

 En la Sagrada Escritura Dios revela su nombre a Moisés: “Yo soy el que soy”. Dios es el ser que por naturaleza tiene la plenitud del ser. La Revelación cristiana nos dice mucho más en el Nuevo Testamento: Dios es tres Personas. Dios es Amor Personal. El Ser Supremo no es alguien solitario sino una inefable Comunión de Personas, como anteriormente apuntamos.
 

El amor verdadero, el que nos hace ser mejor personas, es la única actividad que es un fin en sí misma. Qué lógico resulta que Dios mismo sea Amor, entrega, caridad –como afirma San Juan- . El ser humano, hecho a imagen y semejanza de Dios, es un ser para el amor, para la ley del don de sí –en expresión de Juan Pablo II-. Esta vocación se robustece y enraíza cuando el hombre se siente querido por sus semejantes y sabe, por la fe, que Dios le quiere como a su hijo. Razón y conocimiento revelado vuelven a encontrarse y a potenciarse mutuamente.

3. Vida y misterio

La vida esconde en su origen y en su actualidad el misterio de su por qué. La palabra misterio era traducida por los latinos como sacramentum; esto es: algo visible que connota lo invisible, lo que está detrás; lo que es su sentido. La realidad visible es de alguna manera un símbolo; algo que remite a su origen, a lo que la dota de unidad de sentido. Y, en la realidad, viven unos símbolos vivos y libres que somos nosotros mismos.
 
Los hombres podemos representar personalmente el mundo; por ejemplo al escribir una novela, pero no podemos dotarla de realidad. Hay Alguien que si puede. En Él, en virtud de su máxima simplicidad, su ser se identifica con su pensamiento y su querer con su poder. Un “literato” ha creado la novela en que vivimos. Alguien entiende el mundo y al entenderlo lo ama. Nos entiende a través de su Idea, de su Nombre. Somos porque nos quiere. En expresión de Chesterton “el mundo es una novela donde los personajes pueden encontrarse con su autor”  .

La Revelación bíblica da plenitud a las reflexiones anteriores, hasta el punto insospechado de que el propio Autor del libro del mundo se haga uno de nosotros dotando de gran valor a nuestras biografías.

 4. Alegría en la verdad

 ¡Eureka! Éste suele ser el grito de júbilo del investigador que da con la verdad de un problema. El hallazgo de algunas verdades trae consigo una subida satisfactoria del ánimo. Pero no podemos olvidar que no todas las verdades producen felicidad. Conviene recordar que los sufrimientos ante los males, como explicamos antes, pueden reconducirse hacia bienes superiores, no sin esfuerzo. Incluso los males provocados por la propia libertad pueden ser el humus de un replanteamiento fecundo en sabiduría.

 Muchos bienes no son noticia. Dicen, con respeto y aprecio a las verdades difundidas por el periodismo, que el ruido no hace bien y que el bien no hace ruido. Fijarse en lo bueno es el requisito previo para conseguirlo. En ocasiones el escalador tiene que mirar hacia abajo pero sobre todo debe mirar arriba para poder llegar a la cima.

Cada persona se transforma en aquello hacia lo que se dirige. Si nos fijamos en el bien y nos acercamos a él seremos buenos. Esto requiere un ingrediente difícil de obtener: el conocimiento propio. En este conocimiento, donde juegan un papel importante la sensatez, la experiencia y el consejo cualificado, también hay que fijarse en lo positivo, en lo bueno de nosotros mismos, por las mismas razones que hemos mencionado antes, para renovar, con más temple, la propia ilusión de vivir. Mirar a la victoria, sin desconocer las dificultades que pueda llevar consigo, es ya empezar a conquistarla.

 La verdad y el bien son los que satisfacen la inteligencia y la voluntad llenando de paz el corazón. La verdad es la que deja tranquilidad en el alma. Esta serenidad es el marco perfecto de la dicha; algo así como el bosque respecto de los cantos de los pájaros.

 La alegría surge con frecuencia de la consecución de unas metas. Pero una alegría más honda nace de saberse querido y valorado por las personas más cercanas a nuestro entorno familiar, profesional y social.

 Todo lo anterior requiere del ejercicio de las virtudes. La prudencia busca la aplicación del bien a los casos concretos; es una virtud que supone realismo. La justicia se esfuerza por dar a cada uno lo suyo. La fortaleza se orienta a la búsqueda ardua del bien. La templanza procura el domino de lo racional sobre lo orgánico. Sobre estas virtudes humanas o cardinales se ensamblan las teologales: dones de Dios que implica nuestro empeño en cultivarlos. La fe por la que nos fiamos de Dios y de su Revelación. La esperanza a través de la que confiamos en que Dios nos ayudará a conseguir nuestro destino sobrenatural eterno. La caridad mediante la que amamos a Dios y a los demás por Dios. Esta última es la virtud por la que nos hacemos amigos de Dios; sabiendo, como afirma Tomás de Aquino, que las victorias de nuestros amigos son también nuestras victorias.

La asombrosa noticia cristiana es que somos hijos de Dios. Algo mucho más por conocer que conocido. A ninguna mente humana se le hubiera ocurrido, por sí misma, pensar que Dios se ha enamorado locamente del hombre; y éste es un postulado principal de la doctrina y la vida de Jesucristo.

Sin embargo, lejos de ingenuidades, experimentamos con frecuencia las precariedades y dificultades de la vida, en el ámbito personal y social. ¿Cómo reencontrar la alegría en nuestro normal transcurrir de los días? Buscando la verdad de la propia vida en tantas cosas: la familia, el trabajo, la amistad, el compromiso social.

Tomando ideas de clases impartidas por el profesor Antonio Ruíz Retegui, diremos que Dios se acepta plenamente a sí mismo. Al ser el hombre imagen y semejanza de Dios, la clave de su felicidad consiste en la aceptación de su propia vida, en los momentos fáciles y en los difíciles. Una aceptación que no nace de un mero conformismo sino precisamente de entender la propia existencia como una llamada vocacional divina.

 El cristianismo aporta una rotunda iluminación al problema de la verdad y de la alegría. Nuestra falta de aptitud estable para la gratitud y la dicha provienen de una herida en el corazón humano que hace al hombre pretender ser creador del bien y del mal, de la verdad y de la mentira. De este modo quiere elegir y no ser elegido; desea generar significado en vez de descubrirlo, falseando así su propia verdad y, como consecuencia, su felicidad. Esta herida de egolatría es sanada, nos explica el cristianismo, por la sublime muestra de humildad abismal de Cristo crucificado.

 El secreto de la paz y de la alegría, en la perspectiva cristiana, consiste en vivir en la cruz: en la verdad de nuestra condición –es decir, en la humildad-, en la ley del don de sí a Dios y a los demás, en la gratitud ante lo agradable y lo desagradable en la que medida en que son combustible para la “llama de amor vivo” –proveniente del soplo del Espíritu divino-, tantas veces alimentada por el arrepentimiento  de los  errores personales.

 

VII. Felicidad y vida en Cristo

1. La felicidad redimida

 La felicidad es más un don que una consecuencia del esfuerzo, aunque también interviene en ella. La felicidad es un sentimiento de plenitud y dotación de significado propio que abarca múltiples aspectos. Se diferencia del placer en que éste es un estado sensitivo pasajero y muy dependiente de las sensaciones corporales, mientras que la felicidad es más un estado del alma. Todos buscamos ser felices y, sin embargo, sabemos por experiencia que la felicidad es misteriosa y parece que nunca se acaba de alcanzarla del todo.

 Por lo que hemos dicho en capítulos anteriores la felicidad humana más satisfactoria radica en saberse valorado y querido por personas a las que amamos. Influyen muchos otros factores, desde los físiológicos hasta los logros académicos o profesionales. Esta temática supone el ejercicio de las virtudes que son el medio indispensable para ser verdaderamente felices. La felicidad no puede buscarse en directo; porque es la posible consecuencia de hacer el bien. En cierto modo hay que olvidarse de ser feliz para llegar a serlo.

 El escritor Gustave Thibon ha afirmado que el cierto descontento que nos dejan los bienes limitados de este mundo es el envés de la sed que nos agita por un Bien absoluto. La fragilidad de la felicidad humana es muy grande si se apoya en factores meramente pasajeros.

 Anclar la vida en Cristo, saberse redimidos por Él, es una fuente de sentido y de felicidad inmensa, a la que se accede en la medida de la propia generosidad. Este enfoque sobrenatural de la felicidad no desprecia los bienes transitorios; todo lo contrario: los ordenan descubriendo su verdadera identidad.

 La capacidad de amar y ser amados, el aspecto más nuclear de la felicidad, tantas veces alterada en nuestra vida, se agranda y purifica ante el ejemplo luminoso del Hijo de Dios. La vida cristiana no es fácil; pero tampoco es especialmente difícil. La Cruz del cristiano supone ante todo vivir de cara a Dios y a los demás. Esto implica esfuerzo abundante pero es fuente de un  gozo profundo.

 El progresivo descubrimiento del rostro del Señor, cuyo retrato moral son las Bienaventuranzas, es un origen de transformación interior, de identificación con Cristo, que nos acerca al corazón de los demás hombres. La vida cristiana no suplanta la felicidad humana sino que eleva todo lo noble de nuestra naturaleza y plantea una lucha sin cuartel a todo aquello que la envilece: el egoísmo, el error moral, el pecado.

2. La experiencia del perdón

 Un ser humano, a diferencia de un animal, es capaz de separarse de su conducta y de rectificar. Un hombre es lo que es y lo que puede llegar a ser; por esto puede ser perdonado y perdonar. Alguien ha afirmado que si se trata a una persona como lo que es, será lo que es; pero que si se la trata como lo que puede y debe ser, llegará a comportarse de esta manera. En la película “Los miserables” un mendigo es acogido por una familia. Durante la cena, el hospedado comenta al dueño de la casa si no tiene miedo de que le robe. El anfitrión cambia de conversación instando a su invitado a cambiar el tipo de conductas que lleva hasta la fecha. Durante la noche, tras escuchar unos ruidos, el propietario descubre a su huésped robándole y éste responde golpeándole y huyendo. A la mañana siguiente la policía trae al ladrón con el botín a la casa ultrajada. El propietario de aquellas cosas afirma que son un regalo con el que ha ayudado al presunto bandido. La policía se va y el desagradecido personaje, lleno de admiración, pregunta a su víctima por qué ha actuado así. La respuesta es la siguiente: “Este es el precio que pago para devolverle a Dios a usted; y recuerde que durante la cena había prometido cambiar de vida”. Así ocurrió después.

 Comportarse con la generosidad de aquél anfitrión no está al alcance de todos los ánimos, pero si es un botón de muestra para hacernos ver las posibilidades que tiene el corazón humano de sacar de la miseria moral a sus semejantes. Una característica profundamente humana e inteligente es la capacidad de comprensión, de ponerse en el lugar de la realidad, especialmente de los demás. No estamos defendiendo que la misericordia anule a la justicia, pues una y otra se necesitan mutuamente, sino que el perdón es una actitud que puede remover muy eficazmente los deseos de mejora personal.

 La radical novedad que trae consigo el cristianismo al pedir el perdón a los enemigos no supone, insistimos, una dejación de deberes. Si hay que denunciar a alguien la virtud de la justicia puede exigir hacerlo. Pero de lo que se trata es de no criar odio, mala sangre, rencor, deseos de venganza. El odio es, por contraste al amor, lo que más desfigura al espíritu humano.

 La vida de Cristo supone una insólita muestra de perdón, más allá de cualquier cálculo humano. El ejemplo del Redentor nos exige la obligación recia de perdonar en el fondo del corazón. Se trata de algo que, cuando la ofensa es grave, no se puede lograr sin la ayuda divina que hay que implorar. Una persona capaz de perdonar a sus enemigos no se comporta de un modo inhumano, sino todo lo contrario. La gracia divina, secundada por la voluntad, hace a tal persona rica en humanidad.

 Lope de Vega escribió: “¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?/ ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,/ que a mi puerta, cubierto de rocío,/ pasas las noches del invierno oscuras?/ ¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras, pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío/ si de mi ingratitud el hielo frío/ secó las llagas de tus plantas puras!/¡Cuántas veces el ángel me decía:/ Alma, asómate ahora a la ventana/ verás con cuánto amor llamar porfía!/ Y cuántas hermosura soberana:/ Mañana le abriremos –respondía-,/ para lo mismo responder mañana!”. Este poema pone de manifiesto la admiración humana ante el amor demostrado por Dios a sus criaturas. El sacramento de la confesión, donde se encarna el perdón de Dios, es una maravillosa muestra de la entraña misericordiosa del Corazón de Dios. Ante ese perdón divino, a la medida de su Amor y de nuestra flaqueza, se hace patente la obligación de comprender y perdonar a los demás. Todo esto redundará en la mejora de la convivencia familiar y social.

3. Meditación y oración

 Pensar la realidad que vivimos se hace necesario para ser humanamente libres. Considerar qué nos ha ocurrido hoy, qué hemos hecho y por qué, es motivo para vivir de un modo más humano, más biográfico. Dentro de esas valoraciones de la experiencia la más importante es la moral. Lo más genuinamente humano de la vida es la experiencia moral: ¿Me han tratado bien? ¿Me he portado mal con esa persona?… Es imposible callar estas preguntas de la propia conciencia. Silenciarlas es tanto como renunciar a ser persona.

 Meditar sobre la propia vida y la de los demás no es un fin en sí mismo; que más bien radica en recibir y comunicar amor para poder ser feliz. No se trata, por tanto, de enfrascarse en excesivos análisis que, al cabo, terminan paralizando la conducta. Pero no parece que el peligro venga hoy por este lado. La ausencia de interioridad, como explicó Juan Pablo II en Madrid el año 2003, es un drama de nuestro tiempo .
Es preciso ordenar la cabeza y el corazón con un empeño decidido de la voluntad. Hay que tener una jerarquía de valores, establecerse un horario de actividades, buscar con constancia unas metas. Todo esto con la flexibilidad propia de la persona, con sentido común, que se da cuenta de que no maneja muchos de los hilos de su vida pues la realidad es inmensa y cambiante. Hace falta pararse y preguntarse sin miedo, con cierta frecuencia, por qué y para qué hago esta cosa y esta otra. También nos será de mucha utilidad la experiencia y el consejo de personas que merezcan nuestra confianza.

La oración añade una tercera dimensión a la sola meditación. La oración actualiza las virtudes teologales impulsándonos a pedir ayuda y respuestas, buscando a Dios en el centro de nuestra alma, a partir de lo que hemos vivido, en orden a lo que nos disponemos a vivir. La oración, cuyos tiempos hay que saber encontrar, es la actividad mas productiva del cristiano. En ella se busca lo verdaderamente importante de la existencia expresado en los famosos versos: “Al final de la jornada aquél que se salva sabe y el que no, no sabe nada”; o también en la afirmación de San Juan de la Cruz: “A la caída de la tarde te juzgarán en el amor”. Lo único que tiene valor de eternidad en este mundo es lo que hagamos por amor a Dios, y a los demás por Dios. Sorprende ver qué escaso se anda en ocasiones de este precioso capital. Siempre consuela saber que el arrepentimiento puede cambiar el pasado porque la contrición es amor y el amor verdadero tiene jurisdicción sobre el tiempo, ya que Dios es Amor.

4. Casa de Dios y casa de los hombres

 Los que hemos tenido la inmensa suerte de tener un padre y una madre incondicionales sabemos hasta que punto el hogar de origen establece una columna central en nuestra personalidad. La familia como núcleo de amor y de vida, tan siniestramente atacada hoy en día por diversas fuerzas convergentes, supone un lugar nuclear en nuestro espíritu. Pero es cierto y triste que la familia de origen pueda quebrarse o incluso ni siquiera existir en algunos casos. En estas circunstancias se somete a los  afectados a una prueba severa.

 Nuestros padres y hermanos,  cónyuge e hijos, establecen relaciones primordiales con nosotros. También nos interpelan, en diversos grados, las relaciones con  otros familiares, amigos, compañeros y ciudadanos. Nuestra propia identidad depende de la calidad de nuestro convivir con los demás. De todos estos ámbitos de convivencia la familia es el más indispensable. El hombre es un ser esencialmente familiar y no puede realizarse como persona sin tener algún tipo de vinculaciones familiares. Todo lo que llevamos a cabo con nuestro trabajo e iniciativa, las cosas que nos hacen gozar o padecer, tendemos a comunicarlas en un terreno familiar, la patria más indispensable para toda persona. El hombre, quiéralo o no, gira en torno al campo gravitatorio de la familia. De algún modo, por utilizar una imagen  de Chesterton, la vida del hombre es como una vuelta al mundo, en la que sale del hogar y retorna a él.

 La Iglesia, la Casa de Dios, es también casa del hombre. El Pórtico de esta Casa es el Bautismo; el sacramento que nos hace hijos del Padre. La Casa del que no tuvo un techo para nacer se convierte en la casa de toda persona que acepte entrar en Ella. El hogar humano se fortalece en el hogar de Dios, llegándose a identificar. La familia cristiana es una dimensión de la misma Iglesia, jerárquica y fraterna. El Cuerpo de Cristo, el Pan de los hijos, constituye un Hogar. El propio espíritu de la persona se transforma en Iglesia al participar de la comunión de los santos. En la Iglesia el alma cristiana encuentra su definitivo hogar, en este mundo y en la eternidad. Clemente de Alejandría escribió: “Si la voluntad de Dios es un acto que se llama mundo, su intención es la salvación de los hombres y se llama Iglesia” .

5. Muchos en Uno: La Eucaristía

 ¿Dónde está le Iglesia? Donde está la Eucaristía. La Iglesia es sacramental y, por este motivo, hay en Ella jerarquía. Dios verdadero y sustancial se quiere hacer Pan para nosotros. A diferencia de otras religiones inhumanas,  donde los hombres eran sacrificados a los dioses, en la religión cristiana Dios es quien se sacrifica por los hombres. Por esto no basta un mero deseo de ser cristiano si se tiene acceso al conocimiento de la Encarnación y Redención del Hijo de Dios. Todo hombre honrado y justo, que haya tenido la noticia del Evangelio, tiene la responsabilidad de informarse e interesarse activamente ante el anuncio de que Dios se ha hecho uno entre nosotros. Lo contrario es mediocridad, poltronería e ingratitud. Existe una llamada universal a la santidad; y es asequible a todos una respuesta libre a la gracia de Dios, que Él otorga a quien sinceramente se la pide. Una persona no debe  acostumbrarse a convivir a medio gas con la Buena Nueva divina; o a no escucharla con solicitud, pudiendo hacerlo.

En cierta ocasión escuché una idea que considero muy interesante: La Eucaristía es el mismo Cristo que nos dice “déjame que viva tu vida contigo para que tú puedas vivir conmigo Mi Vida”. “Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en Mi y Yo en él”  . El estilo de Vida de Dios, convertido en sencillo Pan, es un modelo inefable de ofrenda, de solicitud, de Amistad sublime, de servicio. Participar en la Eucaristía supone tener conciencia de estar en gracia de Dios y querer aumentar esa gracia con una vida de entrega a Dios y a los demás, viviendo un auténtico don de sí mismo.

La Eucaristía manifiesta el insondable Amor de Dios por nosotros, criaturas de carne y hueso. Un Amor que es eterno, inmortal. La Eucaristía es así prenda de vida eterna. “Quien coma mi carne y beba mi sangre Yo le resucitaré en el último día”  . La Eucaristía, donde está el cuerpo glorioso, la sangre, el alma y la divinidad de Jesucristo; real, verdadera y sustancialmente presente –como afirmaba San Josemaría, siguiendo el Magisterio de la Iglesia Católica- es para nosotros prenda para la vida eterna. Ya es el Cielo en la tierra. Lo cual implica, en expresión de Benedicto XVI, una respuesta vocacional: “Yo, pero «no» más yo  ”; “…es Cristo quien vive en mí  ”

6. Generosidad y apostolado

 La vida cristiana es esencialmente apostólica. Católico significa, como es sabido, universal. Del mismo modo que un hombre que poseyera una medicina infalible para sanar toda enfermedad tendría la obligación moral de darla a conocer, un cristiano tiene el derecho y el deber de dar a conocer, con su ejemplo y con su palabra, la doctrina verdadera para la vida terrena y eterna.

 La generosidad, con orden y sentido común, implica la comunicación del patrimonio más importante del cristiano: su vida en Cristo. Desde una bendita pluralidad, en comunión con el Magisterio de la Iglesia asistido por el Espíritu Santo, la vida del cristiano debe ser un banderín de enganche a la causa del Evangelio. Bandera discutida pero bandera de paz, de comprensión y de alegría.

 El sacramento de la Confirmación supone una nueva efusión del Espíritu Santo –Amor Personal entre el Padre y el Hijo- por el que el fiel cristiano se hace “milites Christi”, soldado de Cristo, para librar estas batallas de paz. En seguida recordamos que la vida cristiana no consiste, para la mayoría las personas, en grandes epopeyas sino en hacer de nuestra vida una historia entroncada en el espíritu nazareno, de sencillez y cotidianidad humana y divina.

 Cada hombre, de algún modo, representa a la humanidad. Todos tenemos responsabilidad sobre los demás. En el mundo hay suficiente dosis de injusticia y de mentira para no parar de hacer apostolado; también con la sonrisa, con el descanso y la diversión. Pero esta vida propia, personal, no tendrá un fruto apostólico proporcional al mero número de obras de caridad efectuadas, siendo éstas imprescindibles. La Obra de Dios es la identificación con Cristo a través de la realidad de cada día. Aquí la victoria de unos es poderosa ayuda para la victoria de otros. Dios es Dios de victoria.

7. Matrimonio y celibato por el reino de los cielos

 Karol Wojtyla, antes de convertirse en Juan Pablo II, escribió un valioso libro titulado “Amor y responsabilidad”. Una idea sacada de su lectura es, como dijimos, que para entender bien el matrimonio hay que entender bien el celibato por el reino de los cielos y viceversa. Ambos estados de vida son las dos caras de una misma moneda, la del amor esponsal. Como dijo Antonio Machado “la monedita del alma se pierde si no se da”. Otra frase, ignoro su origen, relacionada con la entrega es esta: “El Cielo no cuesta ni poco ni mucho; sencillamente todo lo que uno tenga”. Matrimonio y celibato son entrega; algo así como decir: “voy a procurar hacer feliz a los demás, con la ayuda de Dios y a pesar de mis defectos, porque el que no vive para servir, no sirve para vivir”.

 Por este motivo en una sociedad en la que abundan familias enterizas cristianas hay vocaciones sacerdotales. Pero si la familia está en crisis también lo estarán estas vocaciones. La vocación al sacerdocio es, como todas, iniciativa de Dios, pero conviene mucho que el terreno humano esté abonado de generosidad y alegría de vivir. Una juventud bien formada cristianamente no ve el celibato por el reino de los cielos –en el sacerdote o en el laico- como algo “demasiado fuerte”; sino como un modo de vivir la intimidad con Dios y la entrega a los demás. Como se pone en boca del actor que representa a Juan Pablo II en la película Karol “el sacerdote es un hombre para los demás”.
Por otra parte el mencionado libro de Wojtyla establece, con una filosofía personalista, las bases de una moral sexual y de una teología del cuerpo, posteriormente desarrollada durante su Pontificado, que suponen una auténtica mina de valores humanos y cristianos para estudiar y dar a conocer. Las palabras de Juan Pablo II son una contestación profunda y convincente a la revolución sexual desencadenada en los años sesenta del siglo XX y cuyas consecuencias actuales han contribuido a una deshumanización de la sexualidad, a la tragedia silenciosa del aborto masivo, y a un falseamiento de la identidad del matrimonio en algunas legislaciones civiles. Junto a todo esto ha surgido, como nunca hasta antes en la historia, el esperanzador fenómeno social del asociacionismo familiar en defensa de la identidad de la realidad de la familia natural humana, así como del respeto y ayuda que se merece.

8. Enfermedad, muerte y vida eterna

No llevamos el timón de la realidad, ni siquiera totalmente el de nuestra propia vida, pero aunque en el mar de la existencia haya tormentas que no entendemos no por eso carecen de un sentido que quizás más adelante podremos comprender. Este es un punto importante para saber que la vida es una verdad imperfecta en la que nos podemos realizar como personas.

 La enfermedad, especialmente la crónica, es una acompañante de camino bastante antipática, francamente desagradable y, en ocasiones, brutalmente ofensiva. Sin embargo, resulta ser una catedrática de fina sabiduría y tras su rostro feo esconde un alma delicada, tenaz entusiasta de nuestra mejora personal.
 
 Cabalgar por las amargas estepas del insomnio o sentir la ácida y abotargada sensación de las jaquecas o el desaliento y el malestar no es algo solamente nefasto. El espíritu puede entonces sacar de la autosuficiencia dependencia, de la pedantería sencillez, de la torpeza comprensión, de la angustia paz, de la tragedia comedia. Empieza a entenderse la vida como regalo y al descostrarse nuestro egoísmo podemos volver a vislumbrar de un modo nuevo la actitud más básica y fundamental del hombre, tan frecuentemente olvidada: la gratitud.

 El enfermo es para su familia fuente de contradicción e incluso de aburrimiento; pero en mucho mayor grado es causa de generosidad y de fraternidad.  En especial cuando nuestro enfermo entra en fase terminal y fallece. La insuficiencia de este mundo se manifiesta patente, nítida; pero no su sin sentido si se tienen ciertas referencias. Más todavía, como he visto, si la persona fallecida ha encarado su enfermedad y muerte con categoría humana, con plenitud de sentido y con amor a los demás. Tal actitud no aparece como absurda sino todo lo contrario: como la más noble, digna y verdaderamente humana. Su capacidad de transformar es poderosa. Verdaderamente la auténtica buena muerte, su aceptación llena de paz y de esperanza es toda una escuela para la vida.

 El sacramento de la Unción de los enfermos es una nueva ayuda de nuestra Madre la Iglesia. Una Unción, para un ungido o elegido, que prepara el tránsito al encuentro con Dios, o restablece la salud si conviene a los planes de la Providencia. Con este signo sensible de Cristo se pueden preludiar unas palabras de valor incalculable ”Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor  ”.

9. Modelo de sabiduría

 Al escribir sobre una filosofía al servicio de la fe queremos concluir con el paralelismo que estableció Juan Pablo II entre la filosofía y la Virgen María: “Mi último pensamiento se dirige a Aquélla que la oración de la Iglesia invoca como Trono de la Sabiduría. Su misma vida es una verdadera parábola capaz de iluminar las reflexiones que he expuesto. En efecto, se puede entrever una gran correlación entre la vocación de la Santísima Virgen y la de la auténtica filosofía. Igual que la Virgen fue llamada a ofrecer toda su humanidad y feminidad a fin de que el Verbo de Dios pudiera encarnarse y hacerse uno de nosotros, así la filosofía está llamada a prestar su aportación, racional y crítica, para que la teología, como comprensión de la fe, sea fecunda y eficaz. Al igual que María, en el consentimiento dado al anuncio de Gabriel, nada perdió de su verdadera humanidad y libertad, así el pensamiento filosófico, cuando acoge el requerimiento que procede de la verdad del Evangelio, nada pierde de su autonomía, sino que siente como su búsqueda es impulsada hacia su más alta realización. Esta verdad la habían comprendido muy bien los santos monjes de la antigüedad cristiana, cuando llamaban a María « la mesa intelectual de la fe ». En ella veían la imagen coherente de la verdadera filosofía y estaban convencidos de que debían philosophari in Maria. Que el Trono de la Sabiduría sea puerto seguro para quienes hacen de su vida la búsqueda de la sabiduría. Que el camino hacia ella, último y auténtico fin de todo verdadero saber, se vea libre de cualquier obstáculo por la intercesión de Aquella que, engendrando la Verdad y conservándola en su corazón, la ha compartido con toda la humanidad para siempre  .

 

Bibliografía seleccionada

– “Fides et ratio”. Juan Pablo II

– “Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica. Primera Parte: La profesión de la fe. Primera Sección: Creo-Creemos”. Asociación de editores del Catecismo.

-“Ortodoxia”. Chesterton, G.K. Obras completas, tomo I. Espasa Calpe.

– “El amor o la fuerza del sino”. Chesterton, G.K.  Rialp, 1993.

-“Las virtudes fundamentales”. Pieper, J. Rialp

 

Manuel González Barón, “Suicidio aistido y eutanasia: ¿muertes dignas?”, El Mundo, 24.XI.08

Cada vez con mayor frecuencia, oímos hablar en los medios de comunicación sobre suicidio asistido, eutanasia, muerte digna…; y no pocas veces se advierte una notable confusión en quienes utilizan esos términos. Esa confusión “contamina” después necesariamente las encuestas que se hacen sobre estas cuestiones. Puede tener cierto interés, por tanto, empezar clarificando algunos conceptos.

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John Flynn, “La sexualización de las chicas”, Zenit, 9.III.07

Una sexualización malsana está poniendo en peligro a las chicas cada vez más, concluye un informe publicado el 19 de febrero por la Asociación Psicológica Americana.

Titulado «Report of the APA Task Force on the Sexualization of Girls» (Informe del Equipo de Trabajo de la APA sobre la Sexualización de las Chicas), el estudio es el resultado de la investigación sobre el contenido y los efectos de los medios de comunicación: televisión, vídeos musicales, música, revistas, películas, vídeo juegos e Internet.

El equipo de trabajo examinó también las campañas de promoción y anuncios de productos dirigidos a las chicas.

«Tenemos una extensa serie de evidencias para concluir que la sexualización tiene efectos negativos en diversos campos, que incluyen el funcionamiento cognitivo, la salud física y mental, y el desarrollo sexual sano», afirmaba la doctora Eileen Zurbriggen, directora del equipo de trabajo y profesora de psicología en la Universidad de California, Santa Cruz, en una nota de prensa que acompañaba el informe.

La sexualización causa dificultades a cualquier edad, indica el informe, pero añade que es especialmente problemática cuando tiene lugar a una edad más temprana. Lograr la madurez sexual en los adolescentes no es un proceso fácil, reconoce el estudio, pero observa que cuando se anima a una chica joven o adolescente a ser sexy, sin que ellas sepan siquiera lo que esto significa, el proceso se complica aún más.

Saturación de los medios El informe citaba algunos estudios que detallan la gran cantidad de tiempo pasado en contacto con los medios. Según los datos, el niño o adolescente ve de media tres horas de televisión al día. Sin embargo, cuando se calcula el número de horas totales ante todos los tipos de medios, resulta que los niños están expuestos a algún tipo de medio – televisión, vídeo juegos, música, et…- seis horas y media al día.

Un estudio llevado a cabo en el 2003 informaba que el 68% de los niños tienen una televisión en su habitación, y que el 51% de las chicas juegan a juegos interactivos en sus ordenadores y en consolas de vídeo juegos. Tanto chicas como chicos pasan una media de una hora al día ante el ordenador, visitando páginas webs, escuchando música, frecuentando chats, jugando a juegos o enviando mensajes a sus amigos.

El informe de la Asociación Psicológica Americana observaba: «En la televisión, los jóvenes televidentes encuentran un mundo que es desproporcionadamente masculino, especialmente en los programas orientados a la juventud, y en el que las figuras femeninas es más probable que vistan de modo más atractivo y provocativo que las masculinas».

Un gran porcentaje de vídeos musicales contienen imágenes sexuales, y las mujeres suelen ser presentadas vestidas de forma provocativa. El informe también observaba que las artistas femeninas son presentadas de forma que su foco de atención principal no es su talento o su música, sino más bien su cuerpo y sexualidad. Así, concluye el informe, los espectadores reciben el mensaje de que el éxito viene de ser un objeto sexual atractivo.

En cuanto a las canciones mismas, los investigadores de la APA lamentaban que no haya análisis recientes sobre su contenido sexual. En su informe, no obstante, citaban algunos ejemplos de cómo las palabras de algunas canciones de éxito reciente sexualizan a las mujeres, o se refieren a ellas de formas altamente degradantes.

En cuanto a la gran pantalla, el informe comentaba la falta de personajes femeninos en las películas generalistas, y en las películas de serie G. Un estudio de 101 películas de serie G, de 1990 a 2004, revelaban que de los más de 4.000 personajes de estas películas, el 75% eran varones, el 83% de los caracteres secundarios eran varones, el 83% de los narradores también lo eran, y el 72% de los protagonistas con diálogo eran también varones. «Esta clara falta de representación de las mujeres y chicas en las películas con contenido familiar reflejan una oportunidad perdida de presentar un espectro más amplio de las chicas y de las mujeres en papeles que no están sexualizados», observaba el informe de la APA.

Dudosas influencias Las revistas para adolescentes son otra importante influencia en las chicas. El informe citaba algunos estudios sobre el contenido de las revistas, y revelaba que uno de los mensajes centrales de las publicaciones es que «presentarse a uno mismo como sexualmente deseable, y obtener así la atención de los hombres, es, y debe ser, la meta focal de las mujeres».

Es difícil determinar el enormemente variado contenido que está disponible vía Internet, pero los investigadores de la APA citaban un estudio sobre páginas webs que suelen atraer a las chicas – las páginas webs de fans de celebridades masculinas y femeninas. Un análisis de su contenido encontró que las celebridades femeninas eran de forma aplastantes más representadas con imágenes sexuales que las masculinas, sin importar si se trataba de la página web oficial o de una creada por sus fans.

La publicidad es otra área importante donde se suele sexualizar a las mujeres. Además, el estudio indica que la investigación ha mostrado la tendencia a presentar a las mujeres de forma decorativa o explotadora sigue aumentando. Ha alcanzado el punto, añadía, en el que se usan chicas en poses seductivas para atraer audiencias adultas.

Recientemente, algunos comentaristas han resaltado el hecho de que también el mercado del juguete se está viendo afectado por la tendencia a la sexualización. Los investigadores de la APA declararon que estaban preocupados por los vestidos sexualmente provocativos que suelen vestir las muñecas más populares para las niñas entre 4 y 8 años.

Lo mismo ocurre con la ropa. Se invita a chicas en edades cada vez más jóvenes a vestir ropa diseñada para destacar la sexualidad femenina. Los cosméticos también se están dirigiendo a chicas más jóvenes.

Todas estas influencias se combinan para ocasionar una serie de problemas a las chicas. El informe de la APA establecía que la sexualización está ligada con tres de los problemas de salud mental más comunes en las chicas y en las mujeres: desórdenes alimenticios, baja autoestima y depresión.

Los investigadores añadían que también existen evidencias que muestran que la sexualización de las chicas, y los sentimientos negativos por el propio cuerpo que provoca, pueden llevar a problemas sexuales en la edad adulta. Indicaban que se relaciona con el problema de la idealización de la juventud como la única edad buena y hermosa de la vida. El actual auge de los productos antienvejecimiento y de la cirugía cosmética es resultado de esta belleza impuesta.

La victoria de los móviles Resistir la tendencia a la hiper sexualización no es fácil, pero en Canadá, hace dos semanas, la decencia ganó una batalla.

En enero, la segunda compañía de telefonía de Canadá, Telus, comenzó ofreciendo fotos y vídeos pornográficos a sus usuarios. La compañía con sede en Vancouver recibió fuertes críticas del arzobispo, Mons. Raymond Roussin. «La decisión de Telus es decepcionante y motivo de malestar», declaraba el 12 de febrero.

En otra declaración publicada cuatro días después, el arzobispo de Vancouver acusaba a la compañía de dañar a la sociedad en su búsqueda de una parte de los lucrativos beneficios obtenidos por la industria pornográfica.

El arzobispo pidió un servicio de telefonía móvil libre de pornografía. También declaró que se estaba poniendo en comunicación con las iglesias y colegios católicos para que no renovaran sus contratos de telefonía móvil con Telus. Además, pedía a todos los católicos y a los demás canadienses preocupados por el hecho que contactaran con las compañías de telefonía móvil para expresar su preocupación por la proliferación de pornografía a través de los móviles.

El 21 de febrero, Telus anunció que cancelaba su servicio de «contenido adulto». Según un reportaje del periódico canadiense Globe and Mail, la compañía declaró que había recibido cientos de quejas de sus usuarios.

Mons. Roussin celebró la medida en una declaración el mismo día: «Estamos apenas empezando a darnos cuenta de cuán grave es en realidad el tema de la adicción al sexo y a la pornografía», comentaba.

La preocupación por el efecto de la cultura de moda también fue expresada recientemente por Benedicto XVI. En su mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que tendrá lugar el 20 de mayo, el Papa observaba la tendencia a la exaltación de la violencia y a la trivialización de la sexualidad.

El pontífice escribía: «La belleza, que es como un espejo de lo divino, inspira y vivifica los corazones y mentes jóvenes, mientras que la fealdad y la tosquedad tienen un impacto deprimente en las actitudes y comportamientos» (No. 2).

Los campeones de la cultura moderna han acusado con frecuencia y falsamente a la Iglesia de estar obsesionada con el sexo. De hecho, es la sociedad contemporánea la que sufre esta obsesión, mientras la Iglesia sigue defendiendo la dignidad, y la belleza, de la persona humana.

Padre John Flynn Tomado de Zenit, ZS07030907

“El corrosivo avance de la pornografía”, Zenit, 11.II.06

NUEVA YORK, 11 febrero 2006 (ZENIT.org).- Los últimos estudios están confirmando la antigua preocupación sobre la influencia corrupta de la pornografía. En los últimos años, muchos observadores seculares han rechazado las restricciones sobre el contenido sexual de los medios. Pero la inundación de pornografía a través de internet está llevando a un cambio de postura.

El 31 de enero, el New York Times informaba de la creciente preocupación sobre los efectos en los niños. El artículo informaba de los descubrimientos publicados en julio por la revista Pediatrics, en un estudio titulado «Impacto de los Medios en las Actitudes y Comportamientos Sexuales Adolescentes».

El periódico admitía que se sabe poco sobre los efectos de los medios en el comportamiento sexual adolescente, sobre todo por la falta de investigación sobre el tema. No hay dudas, sin embargo, de que los jóvenes están inmersos, con frecuencia sin supervisión paterna, en una cultura mediática en la que abunda cada vez más el contenido sexual gráfico.

Puede que no sea una coincidencia, por tanto, que cada año en Estados Unidos cerca de 900.000 adolescentes se queden embarazadas y la tasa de enfermedades de transmisión sexual sea más alta entre los adolescentes que entre los adultos.

Los riesgos no terminan aquí. «Los datos sugieren que los adolescentes sexualmente activos tienen un riego más alto de depresión y suicidio», indica el reportaje de Pediatrics. «Experiencias sexuales tempranas entre los adolescentes también se asocian con otros comportamientos dañinos para la salud, como el alcohol, la marihuana y otro consumo de drogas».

En cuanto a Internet, el reportaje observaba que una encuesta nacional a chicos y chicas de entre 10 y 17 años encontró que uno de cada cinco había «encontrado de forma inadvertida contenido sexual explícito, y uno de cada cinco se había expuesto a solicitaciones sexuales mientras estaba conectado».

Preocupación en Canadá El reportaje de Pediatrics ha confirmado las preocupaciones surgidas en un estudio publicado en noviembre de 2004 por el Instituto Canadiense para la Educación en la Familia. El autor, Peter Stock, en un documento titulado «Los Efectos Dañino sobre los Niños de la Exposición a la Pornografía», citaba evidencias publicadas por un hospital de la ciudad australiana de Canberra.

La unidad de niños en riesgo del hospital documentó un drástico aumento en el número de niños implicados en «comportamiento sexual abusivo». A mediados de los noventa, la unidad trataba dos o tres casos al año. En el 2000, este número subió a 28, y a finales de 2003 la unidad trató más de 70 casos. La responsable de la unidad, Annabel Wyndham, comentaba, «creemos que es una cosa nueva del mundo moderno, debida al acceso a la red y – para ser veraces- combinado con unos padres bastante terribles».

Stock también observó que en marzo de 2004 la policía destapó algunos casos de violación perpetrados por niños sobre otros niños en Hamilton, Ontario. Todas las víctimas eran menores de 12 años y el autor más mayor tenía 13. En todos los casos, los agresores indicaron que imitaban el comportamiento que habían visto retratado en los canales pornográficos de televisión por cable y en internet.

El informe también citaba algunos de los diversos estudios y comentarios de expertos en los que se muestra que la exposición a la pornografía, especialmente de naturaleza extrema o violenta, tiende a reforzar el comportamiento agresivo y lleva a los espectadores a imitar lo que ven.

La investigación demuestra que «hay una correlación de modesta a fuerte entre la exposición a la pornografía y la actividad desviada de los individuos», observaba Stock.

También hay preocupación por el hecho de que la pornografía distorsione el desarrollo sexual de niños y adolescentes. La pornografía no sólo no da una adecuada visión de la sexualidad humana, sino que también deshumaniza a las mujeres.

El informe también observaba que, bajo las leyes canadienses, la producción, distribución y posesión de la mayoría de la pornografía no es ya un delito criminal. La mayoría de las leyes que trataban la «obscenidad» fueron invalidadas como inconstitucionales por el Tribunal Supremo de Canadá en 1992.

Desde entonces los tribunales canadienses han seguido eliminando restricciones, con la sentencia más reciente antes de Navidad. En lo que el periódico Globe and Mail llamó el 22 de diciembre una «sentencia histórica», el Tribunal Supremo de Canadá afirmó que dos clubs de alterne de Montreal no habían violado las leyes de obscenidad puesto que el sexo en grupo que se practicaba allí no causaba daño a los participantes ni a la sociedad en su conjunto.

La decisión, según el periódico, «legaliza en esencia los clubs de sexo en grupo mientras los participantes sean adultos con consentimiento». Un editorial del periódico criticaba duramente la sentencia: «La comercialización del sexo en lugares públicos puede ofender los estándares de la comunidad, y los tribunales no deberían tener miedo de decirlo».

Clubs de alterne Janet Epp Buckingham, directora de derecho y política pública en la Evangelical Fellowship de Canadá, con sede Ottawa, comentaba la sentencia en un artículo publicado el 27 de diciembre en el Globe and Mail. Observaba que en su sentencia del 21 de diciembre el tribunal afirmaba que los clubs no incurrían en conductas criminales debido a que no dañan «el funcionamiento apropiado de la sociedad canadiense». En realidad coloca la línea de lo «dañino» a un nivel increíblemente alto.

Pero liberalizar la actividad sexual, sostenía Buckingham, dañará de hecho y herirá las relaciones familiares, rompiendo matrimonios y causando problemas psicológicos que surgirán de la infidelidad.

Estas preocupaciones se presentaron en una misiva del representante de la Heritage Foundation de Washington al senado de Estados Unidos. El 9 de noviembre, Jill Manning, testificó ante Comité sobre la Constitución, los Derechos Civiles y los Derechos de Propiedad.

«La investigación revela muchos efectos sistemáticos de la pornografía en internet que están minado una cultura del matrimonio y la familia ya de por sí débil», indicaba Manning. «Además, la investigación de los numerosos efectos negativos apunta que resulta extremadamente difícil, si no imposible, que los ciudadanos individuales y sus familias los combatan por sí mismos».

Los estudios publicados en las revistas de investigación indican que el consumo de pornografía se asocia con seis tendencias, entre otras: – aumento de las tensiones maritales, y riesgo de separación y divorcio; – descenso de la intimidad marital y de la satisfacción sexual; – infidelidad; – apetito en aumento de formas más gráficas de pornografía y actividad sexual asociada con prácticas abusivas, ilegales e inseguras; – devaluación de la monogamia, el matrimonio y la crianza de los hijos; – un creciente número de personas debatiéndose con un comportamiento sexual compulsivo y adictivo.

Aunque la pornografía de internet se consume normalmente por un miembro de la casa de forma solitaria, sostenía Manning, el impacto del material sexualmente explícito se siente en toda la familia, y en la comunidad en general.

Los datos recogidos en el encuentro de noviembre del 2002 de la Academia Americana de Abogados Matrimoniales en Chicago consideraban el impacto del uso de internet sobre los matrimonios. En este encuentro, el 62% de los 350 asistentes dijeron que Internet ha sido un factor significativo en los divorcios que pasaron por sus manos el año anterior.

También observaron que en el 68% de los casos de divorcios, a una de las partes había encontrado un nuevo interés amoroso en internet. Y en el 56% de los casos de divorcios, una de las partes tenía un interés obsesivo en las páginas webs pornográficas.

La nueva tecnología da más posibilidades a la industria porno. El Washington Post informaba el 15 de noviembre que a Apple Computer le llevó 20 días alcanzar un millón de descargas de archivos de vídeo en su almacén online. En comparación, una página web que ofrece vídeos de modelos desnudas alcanzó ese millón en una semana.

Según el Post, ya es un negocio multimillonario la venta de entretenimiento de adultos para descargar a los móviles. Apenas en sus comienzos, el mercado de Estados Unidos podría crecer cerca de 200 millones de dólares al año antes del 2009, según la empresa de investigación de Boston Yankee Group.

El Catecismo de la Iglesia Católica advierte contra la pornografía. El No. 2.354 observaba que no sólo ofende la castidad, sino que también atenta contra la dignidad de las personas al convertirlas en objeto de placer. Además, «introduce a unos y a otros en la ilusión de un mundo ficticio». Ficticio o no, su impacto causa cada vez más daños.

Tomado de Zenit, ZSI06021102

Gonzalo Herranz, “El mito del preembrión”, Diario Médico, 8.II.06

El preembrión, conviene decirlo así de claro, es una ficción, un mito, un desfiguramiento de la realidad. Y es también un anacronismo. Y, sin embargo, parece que pronto lo vamos a ver embutido por segunda vez en nuestra legislación. Nuestros diputados lo harán por decreto y credulidad, no por ciencia. En este breve artículo trataré de hacer un esbozo de la compleja historia del mito. Me gustaría que sirviera para iniciar, en las páginas de DM, un diálogo clarificador con quienes piensan de otro modo.

El lugar de nacimiento de un concepto La expresión pre-embrión fue acuñada por Penelope Leach, psicóloga y autora de deliciosos cuentos infantiles, en una sesión de la Voluntary Licensing Authority británica, en 1985. Pero, antes de creada la palabra, existía ya el concepto. Se hablaba tiempo atrás de que, en el curso del desarrollo del ser humano, los primeros catorce días son un tiempo especial, pues en ellos el embrión carece de los caracteres ontológicos o biológicos que titulan para el trato que se da y los derechos que se asignan a los otros seres humanos.

No fueron médicos, biólogos, juristas o filósofos los inventores del concepto, sino ciertos moralistas católicos desengañados por la doctrina de la Encíclica Humanae vitae, de Pablo VI (1968). En ella, el Papa no habla ni de píldora ni de embriones. Pero estaba claro ya entonces que la píldora y los dius podían impedir la anidación. Para declarar inocentes esos procedimientos de contracepción era necesario implantar la idea de que malograr embriones humanos de menos de dos semanas era acción moralmente irreprochable.

Y, así como ciertos organismos médicos (el ACOG, la FIGO y la OMS) recurrieron a redefinir la gestación para que nadie pudiera hablar de abortos contraceptivos, los moralistas echaron mano de la gemelación monocigótica como argumento irrefutable para mostrar que el embrión de menos de 14 días carece de consistencia metafísica, biológica y ética. Razonaban así: todo hombre es un ser individual, uno y único; es así que el embrión puede, hasta los 14 días, dividirse en dos o más individuos; ergo, el embrión de menos de 14 días no es todavía un ser humano individual de pleno derecho. De ese modo, y en contra de la doctrina de Humanae vitae, el uso de la píldora podría tenerse por lícito.

El salto al mundo secular En 1979 el Comité Asesor de Ética del Departamento de Salud, Educación y Bienestar de los Estados Unidos recibió el encargo de determinar si y en qué condiciones se podía subvencionar con dinero federal la investigación sobre fecundación in vitro. El año anterior, 1978, había nacido en Inglaterra la primera niña probeta. Formaba parte del Comité el padre Richard McCormick. Él ha contado cómo, apoyándose en un extenso informe encargado por el comité al teólogo moral Charles E. Curran, propuso introducir en las recomendaciones finales del comité que la investigación sobre embriones humanos de menos de 14 días fuera tenida como norma pública aceptable. De este modo, el concepto de los moralistas entró en la bioética secular, donde triunfó de modo arrollador.

Del trampolín del Comité Asesor norteamericano, la idea de los 14 días saltó al Estado de Vitoria, en Australia (Comité Waller, 1982) y al Reino Unido (Comité Warnock, 1984). Sobre la marcha, al argumento de la gemelación monocigótica se sumaron otros. Los australianos distinguen el día 14 como momento en que “se forma la línea primitiva y entonces es claramente evidente la diferenciación del embrión”. Eclécticamente, el Informe Warnock acumula razones en el día 14: es el comienzo del desarrollo individual porque ya no cabe gemelación después de él, porque la línea primitiva es el resello de esa individualidad, porque ese día marca la terminación del estadio implantatorio.

Después de Warnock, el concepto de preembrión y la divisoria de los 14 días obtuvieron un crédito muy amplio, casi universal: se han convertido en artículo de fe de normas éticas y reglamentos legales.

Un concepto que amenaza ruina Impera en los libros de texto de Embriología y Obstetricia una doctrina sobre la cronología de la gemelación en 14 días, basada en la correlación entre momento supuesto de fisión del embrión y estructura de las envolturas fetales. Se trata de una mera hipótesis, cierto que sumamente racional, pero jamás demostrada. Es uno de esos idola tribus médicos, que duran y se transmiten, pero que nadie comprueba. Por lo que dan a entender las recientes investigaciones sobre la compleja arquitectura del embrión inicial, es, muy probablemente, falsa.

La línea primitiva no marca el comienzo de la diferenciación. Ésta viene de mucho antes. La embriología reciente (ver, p. ej., Smith A. The Battlefield of Pluripotency. Cell 2005;123:757-760) está haciendo polvo muchas ideas viejas: la del cigoto como una esfera amorfa, la de la mórula como un colectivo de blastómeros idénticos entre sí, la del blastocisto como yuxtaposición de dos poblaciones. En éste están definidos ya el trofectodermo, el endodermo primitivo, el epiblasto. La línea primitiva marca simplemente el lugar de migración de esas células, pero no es, como se pretende, una especie de artilugio que induce la primera diferenciación celular en el embrión.

Y ¿qué decir del final de la implantación? Datarlo hasta el día 14 es una exageración. Con una mirada libre de prejuicios, los cortes histológicos de embriones muy jóvenes muestran que eso ocurrió unos cuantos días antes. Es poético, no científico, decir que sólo el día 14 la anidación se constituye en símbolo de la aceptación materna.

Poder legislativo y razón científica En 2006, un parlamento que diga que “a efectos de esta Ley, podrán usarse embriones humanos de menos de 14 días en proyectos de investigación aprobados por los organismos competentes” estará ejerciendo su potestad, políticamente correcta, aunque censurable éticamente. Incurriría, en cambio, en un abuso si sostuviera que la norma se basa en el concepto científico de preembrión. No vale hoy ese concepto. No son válidos los argumentos que ligan día 14 con la gemelación monocigótica como marcador de la individualidad, con la formación de la línea primitiva como marcador de la diferenciación del embrión, con el término de la anidación como símbolo de aceptación.

En una tribuna de DM el espacio disponible es siempre poco; hay que hablar esquemáticamente. Lo que he querido decir es sencillo: la noción de preembrión es una idea política con pies científicos de barro. El progreso de la embriología es la piedra que rodó monte abajo y rompió el pedestal de barro. El constructo se ha derrumbado. ¿Por qué mantener un muerto en la legislación? Gonzalo Herranz. Profesor honorario. Departamento de Humanidades Biomédicas. Universidad de Navarra.

Martha Morales”, 10 razones para la abstinencia en el noviazgo”

Martha Morales”, 10 razones para la abstinencia en el noviazgo” 1. La pureza ayuda a tener una buena comunicación con tu pareja Cuando una pareja vive la abstinencia sexual, su comunicación es buena porque no se centran solamente en el placer sino en la alegría de compartir puntos de vista y vivencias, además, sus conversaciones son más profundas. Por el contrario, la intimidad física es una forma fácil de relacionarse pero eclipsa otras formas de comunicación. Es un modo de evitar el trabajo que supone la verdadera intimidad emocional, como hablar de temas personales y profundos y trabajar en las diferencias básicas que hay entre ambos.

2. Crece el lado amistoso de tu relación La cercanía física puede llevar a que los adolescentes piensen que están emocionalmente cercanos, cuando en realidad no lo están. Una relación romántica consiste esencialmente en cultivar una amistad, y no hay amistad sin conversación y sin compartir intereses. La conversación personal crea lazos de amistad, y ayuda a que uno descubra al otro, que conozca sus defectos y sus cualidades. Algunos jóvenes se dejan llevar por las pasiones y cuando se conocen en profundidad, se desencantan. Y no se conocieron porque no llegaron a ser amigos, sino novios con derechos.

3. Hay mejor relación con los padres de familia de ambos Cuando el hombre y la mujer que se respetan mutuamente, maduran su cariño y mejoran la amistad con los padres de ambos. Generalmente, los padres de familia prefieren que sus hijos solteros vivan la continencia sexual, y se sienten mal si saben que están sexualmente activos sin ser casados. Cuando una pareja sabe que debe de esconder sus relaciones sexuales, crece en ellos la culpa y el stress. Los novios que viven la pureza se relacionan más cordialmente con los padres de familia propios y de la pareja.

4. Te ves más libre para cuestionar si ese noviazgo te conviene Las relaciones sexuales tienen el poder de unir a dos personas con fuerza, y pueden prolongar una relación poco sana basada en la atracción física o en la necesidad de seguridad. Una persona se puede sentir “atrapada” en una relación de la cual quisiera salir pues en fondo no la desea, pero no encuentra la salida. Una persona casta puede romper con mayor facilidad el vínculo afectivo que lo ata al otro pues no ha habido una intimidad tan poderosa en el aspecto físico.

5. Se fomenta la generosidad contra el egoísmo Las relaciones sexuales en el noviazgo, invitan al egoísmo y a la propia satisfacción, inclinan a sentirse en competencia con otras personas que puede resultarle más atractivas a la propia pareja. Se fomenta la inseguridad y el egoísmo pues, empezar a entrar en intimidades, invita a pedir más y más.

6. Hay menos riesgo de abuso físico o verbal El sexo fuera del matrimonio se asocia a la violencia y a otras formas de abuso. Por ejemplo, se da más del doble de agresión física entre parejas que viven juntas sin compromiso, que entre las parejas casadas. Hay menos celos y menos egoísmo en las parejas de novios que viven la pureza que en las que se dejan llevar por las pasiones.

7. Aumenta el repertorio de modos de mostrar afecto Los novios que vive la abstinencia encuentran detalles “nuevos” para mostrar afecto; cuenta con inventiva e ingenio para pasarla bien y demostrarse mutuamente su interés. La relación se fortalece y tienen más oportunidad de conocerse en cuanto a su carácter, hábitos y en el modo de mantener una relación.

8. Hay más posibilidades de triunfar en el matrimonio Las investigaciones han demostrado que las parejas que han cohabitado tienen más posibilidades de divorciarse que las que no han cohabitado.

9. Si decides “romper” esa relación, dolerá menos Los lazos que crea la actividad sexual por naturaleza, vinculan fuertemente, entonces, si hay una ruptura, se intensifica el dolor que produce la ruptura por los vínculos establecidos. Cuando no se han tenido relaciones íntimas, y deciden separarse, la separación es menos devastadora.

10. Te sentirás mejor como persona Los adolescentes sexualmente activos, frecuentemente pierden autoestima y admiten vivir con culpas. Cuando deciden dejar de lado la intimidad física y vivir castamente, se sienten como nuevos y crecen como personas. Además, mejoran su potencial intelectual, artístico y social. Con el sexo no se juega. Cuando alguien te presione, piensa en lo que vas a responder: “Sólo te lo pido una vez, y no insistiré más” / “Eso es justo lo que me preocupa. Prefiero conservarme para alguien que me va a querer toda la vida”.

Tomado de www.autorescatolicos.org

Llucià Pou Sabaté, “Infidelidad en el matrimonio”, 12.XI.05

“Qué duro es olvidar una infidelidad”, he oído decir a distintas personas, llorando porque hacía uno, dos, más años que le pedía a Dios que le hiciera olvidar esta terrible experiencia de sentir “la traición”. Sensación de tristeza, desconcierto porque sucedió con la persona menos esperada, y desde entonces ya nada es igual: “ya no siento lo mismo que antes”. Hay melancolía, pues “la herida” tarda en cerrar, y el dolor puede hacerse insoportable hasta poder decir: “a veces mi cabeza va a estallar”… entonces, se piensa en la separación para huir de esa situación.

Todo esto lo trata la película “Infiel” (Trolösa) tiene por directora Liv Ullmann, y por guionista Ingmar Bergman, los que en otro tiempo fueron director y musa, además de compañera sentimental. Ahora es ella quien dirige un drama por el que los dos han pasado, ella directora y él ahora guionista. No se juega ahí con ser “modernos” y decir que hay que ser “auténticos” en una relación y “encontrarse a sí mismo”: se va al fondo de la cuestión, hasta llegar a las víctimas del crimen: la revolución sexual es ya historia. En el cine comercial, como dice “Bloggermania.com” en la crítica de este film, se ve “una visión trivial de la infidelidad, que poco tiene que ver con la vida real”. Ahí se notan los cineastas de categoría, al abordar con expresión artística el adulterio y sus consecuencias sin ningún barniz acaramelado.

“Infiel” comienza con el relato de un escritor (Erlend Josephson, que representa a Bergman) solitario, en su casa junto al mar, que recuerda una mujer (Lena Endre). Ella aparece y responde a sus preguntas, que se van convirtiendo en el relato de su vida… un matrimonio que se resquebraja, por culpa del amigo íntimo del marido. La infidelidad será la causa de la infelicidad de todos, especialmente de la hija… (recordemos que Liv y Ingmar tuvieron una hija). Según la propia Ullmann es un “drama psicológico durísimo y muy oscuro… su historia es mi historia, y también la de Bergman… es la historia de todos nosotros, de todos ustedes, porque creo que la película habla de asuntos universales”.

Efectivamente, la realidad del adulterio y sus terribles consecuencias son una plaga hoy día, y se plantean cosas tremendas como el resentimiento: “Creo en el perdón, porque toda mi vida he pensado que si no somos capaces de perdonar al otro, por ejemplo a la pareja infiel, la vida no avanza, todo se estanca, será imposible ser feliz de nuevo”, sigue diciendo Ullmann.

Se plantean problemas interesantes. Uno de ellos es la irresponsabilidad, que destroza unas vidas por dejarse llevar por la sensualidad, por buscar una “historia más excitante” que la vida ordinaria. La irresponsabilidad viene muchas veces por una excesiva seguridad, y no cuidar las ocasiones previsibles, como dice Cervantes: “que es de vidrio la mujer pero no debes probar si se puede o no quebrar que todo podría ser”, y lo mismo se puede decir del hombre pues en esto también hay bastante igualdad.

Ante un bien tan sagrado como es el matrimonio, la infidelidad aparece con falsas razones: “no causa ningún mal si hay ignorancia, si el engaño no se llega a saber”… Parece que no pasa nada, pero entonces ya “ha pasado mucho”. A eso se llama banalidad, que es una de las caras del mal. Poco a poco, imperceptiblemente se va desmoronando todo, el egoísmo va minando el amor hasta convertirlo en odio y venganza, una pasión que ciega y lleva a la crueldad, destroza todo, como dice el comienzo del film: “No hay ningún fracaso, ni la enfermedad, ni la ruina profesional o económica, que tenga un eco tan cruel y profundo en el subconsciente, como un divorcio. Penetra hasta el núcleo de la angustia, resucitándola. La herida provocada es más profunda que toda una vida” (Botho Strauss). Podría matizarse esta afirmación, pero nos lleva a tomar conciencia de que la ruptura nunca puede ser considerada como un bien en sí misma, ni como la primera opción ante los problemas conyugales. En aquellos casos en que, tras mucho sopesar y recibir consejo autorizado, se vea como el mal menor, siempre será algo que cause mucho sufrimiento.

Ullmann ve que en un mundo de engaño y falta de verdad, “la deslealtad es un modo de vida que cada vez adoptan más personas. Los principios morales simplemente desaparecen. Hombres y mujeres deciden jugar a un juego de adultos: amémonos al límite, seamos felices juntos, olvidémonos de juzgar qué es bueno y qué es malo. Pero súbitamente todo se desmorona. Viene la tragedia. Todos son infieles entre sí… la víctima resulta ser la niña, la personita que ha sido utilizada en el juego de los adultos, sentada en medio de un carrusel emocional, sin entender cuál es su verdadero papel en la historia. Esta lucidez choca con los comentarios engañosos que oímos: “no voy a dejar de ser feliz por culpa de los niños…” Sigue Liv con su análisis: “En este nuevo milenio que estrenamos, la deslealtad es un modo de vida que cada vez adoptan más personas”… al final, la muerte. Esta es la parte más negativa de Bergman y de sus películas: en el film aparece un “determinismo”, aporta un análisis psicológico de gran calidad, los problemas del hombre, pero no la dirección en la que se encuentran las soluciones, por eso tiene un punto de amargado en su lucidez cerrada a la trascendencia.

En realidad, la vida no es así: no somos “inamovibles”, siempre hay la posibilidad de recomenzar, hay voluntad de poder querer: esto es la libertad. La felicidad pasa por aceptar las personas como son, eso es querer. ¿Y qué pasa cuando el cónyuge es infiel? Hay motivos para separarse de él, si se quiere: pero es la última solución. Hay derecho a la ruptura, pero quien tiene fe –y todos podemos pedirla- ve en la desgracia una Cruz, un camino de encuentro con Jesús, de ser feliz. Muchas separaciones son precipitadas, se dice “me he liberado” -tanto ellas como ellos-, y luego es peor porque la liberación no viene de huir de las dificultades, la auténtica libertad viene de asumir compromisos y en definitiva de la fidelidad. La felicidad está en darse en un compromiso de amor. Quizá sea el momento de descubrir qué es el verdadero amor, que exige de cada cónyuge que asuma y responda realmente a su vocación. Quizá sea el momento de profundizar en las raíces de la herida que la vida conyugal ha sufrido, para pedir a Dios que sane y alimente cada vez más el vínculo indisoluble que Él unió sacramentalmente.

Oriana Fallaci, “Nosotros los caníbales (investigación con embriones)”, El Mundo, 9.VI.05

Italia celebrará un referéndum los días 12 y 13 de junio donde los ciudadanos de ese país decidirán si quieren que se permita la investigación con embriones humanos, si se profundiza el desarrollo científico en áreas como la fertilización asistida y las pruebas con células madres. A raíz de la consulta a la población, la escritora Oriana Fallaci publicó en el Corriere della Sera un artículo que EL MUNDO reproduce íntegro por la actualidad que posee el tema en nuestra sociedad y la necesidad de un debate entre ciudadanos debidamente informados. En Italia se votarán cuatro cuestiones de una ley considerada muy rígida. El primer punto permitirá derogar el artículo que impide la investigación sobre embriones -el asunto más controvertido-; mientras que los tres capítulos restantes son mucho más técnicos y dependerán, en esencia, del primero.

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José López Guzmán, “Píldora postcoital, una bomba hormonal”, La Razón, 28.IV.05

El Ayuntamiento de Madrid ha manifestado su intención de facilitar, de forma gratuita, la píldora del día siguiente. La iniciativa busca potenciar, todavía más, su utilización, por estimar que la píldora postcoital es un método eficaz para reducir la tasa de embarazos no deseados en las jóvenes madrileñas. De hecho, las altas cifras de embarazos no deseados se han convertido, en ese grupo de población, en un problema de salud pública que requiere una solución.

Ante esta decisión, me gustaría hacer varias observaciones. La primera, que la intercepción postcoital no es un método de rutina, sino absolutamente excepcional. Hay que tener presente que estamos ante una auténtica bomba hormonal: con la píldora del día siguiente la usuaria toma, en un solo día, de 6 a 30 veces la cantidad de levonorgestrel que se encuentra en la dosis diaria de un anticonceptivo hormonal oral. Además, no hay que olvidar sus efectos secundarios (nauseas, fatiga, dolor abdominal, vértigo,…). Estos han llevado a las autoridades sanitarias americanas a no autorizar su utilización sin prescripción. Por ello, la estrategia basada en la trivialización de la píldora del día siguiente es erróneas y peligrosa, ya que induce, principalmente en jóvenes, a un uso frecuente.

La segunda, que la píldora del día siguiente es un método de intercepción postcoital que tiene por objetivo prevenir la implantación del embrión en el útero, en el caso de que se haya producido la fecundación. De su definición se deduce, claramente, que no es un método anticonceptivo, ya que su acción principal va dirigida hacia el embrión. Por lo tanto, cuando se recurre a la píldora del día siguiente se asume, voluntaria y deliberadamente, el riesgo de provocar un aborto. No hay duda científica sobre el hecho de que el embrión es el estado inicial de un ser humano y sobre la realidad de que éste surge con la fecundación. No obstante, la nula protección que en España se otorga a la vida humana -vease, por ejemplo, la escasa protección que se otorga a los embriones en el anteproyecto de ley sobre técnicas de reproducción asistida, tan discutido en las últimas semanas, o la posibilidad de obtener, en algunas Comunidades Autónomas, la píldora del día siguiente de forma totalmente gratuita – contradice esta realidad. Parece que el Ayuntamiento de Madrid quiere sumarse a esta penosa situación que, en la práctica, supone considerar a un ser humano como un mero, desechable amasijo de células.

En último lugar, conviene no olvidar que en distintos estudios se ha demostrado que los adolescentes que utilizaban la píldora del día siguiente no reducían el número de embarazos no planeado, posiblemente como consecuencia de asumir mayores riesgos en sus relaciones sexuales. Por lo tanto, la trivialización en la distribución de la píldora del día siguiente no es un buen camino para reducir la incidencia de estos embarazos.

Las razones señaladas tienen el suficiente peso como para pensar en un cambio de estrategia, depositando menos confianza en la química y más en la educación. Da la impresión de que las políticas dirigidas a los jóvenes parten de que éstos no son capaces de asumir responsabilidades, y que las consecuencias de sus actos se pueden aliviar tomando simplemente un producto químico. Ello no es más que una nueva manifestación de un fenómeno que se extiende poderosamente en nuestra sociedad, la medicalización de la vida.

Mi propuesta es que hay que combatir esa medicalización (perjudicial para la salud, estéril para la necesaria maduración como persona) con educación. En el caso que nos ocupa, con una educación sexual seria y responsable, centrada en el respeto a la unicidad de la dignidad humana (que integra la dimensión corporal, afectiva, racional, y espiritual de la persona). Por el contrario, los modelos exclusivamente higiénico-sanitarios caen en una verdadera deshumanización, -o desintegración de la persona- al presentar el sexo como algo externo al ser humano – desgajado -, como una función biológica más.

La postura que ha adoptado el Ayuntamiento de Madrid, al decidir distribuir gratuitamente la píldora del día siguiente es, desde luego, cómoda, sencilla y, sobre todo, populista (espero que, al menos, les dé votos). Pero es una estrategia equivocada. Por una parte, no va a conseguir el objetivo de reducir la tasa de embarazos no deseados (se pueden revisar, en la bibliografía científica, los resultados de otros programas equivalentes). Por otra, implica riesgos serios para la salud, y contribuye a la mencionada medicalización de nuestra sociedad. Por último, va a apartar a nuestros jóvenes, todavía más, de la posibilidad de que integren el sexo en el desarrollo armónico de su personalidad. No cabe sino concluir que, con esta vía, el Ayuntamiento contribuye a fomentar la trivialización del sexo, convirtiéndolo en un producto más de consumo. Quizás la educación integral sea un camino más largo, menos populista, pero, sin duda, beneficia más a nuestros jóvenes. De cualquier forma, ahí está la alternativa que revela la verdadera categoría de un político: ¿medidas populistas o búsqueda honesta del bien común? José López Guzmán Departamento de Humanidades Biomédicas Universidad de Navarra

Rafael Rubio, “El embrión”, La Razón, 25.V.05

En las últimas semanas una serie de noticias amenazan con eliminar totalmente la protección jurídica que en nuestro país se concedía al embrión. La aprobación del Proyecto de ley de reproducción asistida, y el anuncio de la futura legalización de la clonación en España son las más importantes. El Gobierno ha visto, en las expectativas generadas por estos avances, su oportunidad para reducir la discusión a un simple problema de eficacia, como si lo que antes era malo ahora, que es posible, es tremendamente beneficioso, ignorando la reciente condena de las Naciones Unidas a cualquier tipo de clonación.

Con este fin venimos asistiendo a distintas estrategias de confusión que requieren alguna aclaración. No hay dos tipos de clonación: ambas consisten en crear vida humana en el laboratorio, de manera artificial, implantando en un óvulo sin núcleo, el núcleo de la persona a clonar. Una vez creado el nuevo embrión, genéticamente idéntico a la persona que le dio origen, se puede optar por utilizar sus células para la investigación, o implantarlo en el seno materno para obtener una nueva persona.

Otra estrategia de confusión es hablar de células madre adultas y células madre embrionarias como si todas fueran lo mismo. La diferencia es esencial, mientras que las primeras se extraen de órganos de las personas como el cordón umbilical, las segundas se obtienen de la destrucción de embriones, obtenidos de la fecundación invitro o por medio de la clonación. Siempre que se logra un nuevo avance científico con la aplicación de células madre adultas, aquellas que no requieren la eliminación de embriones para su obtención, se habla del genérico células madre, para presentar el logro como fruto de la investigación con embriones que, a día de hoy, no ha producido ningún resultado médico. La tercera táctica es rebajar la dignidad del embrión, que se describe como una «minúscula pelota de unos cientos de células que carecen de cualquier rasgo identificable como humano», aunque posea la carga genética completa que tiene el ser humano y, si se implantara en el seno materno se desarrollaría hasta su nacimiento.

Así, ante la manipulación de la información, no es de extrañar el desconcierto de la sociedad, a la que se pregunta ¿quiere usted renunciar a la curación de enfermedades degenerativas? sin explicarle como será esa curación, ni su precio. ¿Inconsciencia? ¿desinformación? O simplemente engaño.

Rafael Rubio es Profesor de Derecho Constitucional

Olegario González de Cardedal, “¿Qué leer?”, ABC, 19.III.05

La casa del hombre se sostiene en cuatro columnas: realismo ascético de la acción, penetración perforadora del pensamiento, recogimiento actualizador de la memoria y anticipación proyectiva de la esperanza. Pero cada uno de nosotros sólo puede construir una pared de esa morada vital, encender unos fuegos, plantar unas semillas. La mayor parte de lo que necesitamos lo recibimos de los demás por la palabra viva; y, cuando ésta ya no es posible, por la lectura. ¿Qué sería de nosotros si no nos hubiera quedado escrita la palabra de los grandes filósofos y científicos, santos y poetas? Somos humanos extendiendo nuestra corta y pobre vida a la anchura y riqueza de quienes nos han precedido en la senda de la verdad y de la misericordia, del coraje y de la utopía.

Sólo quien ha perdido la pasión absoluta de lo humano y se ha aposentado con el sopor del animal en los prados de la inmediatez pregunta por qué leer. ¿Cómo seríamos ya libres sin libros? ¿Cómo seríamos contemporáneos de Sócrates sin Platón, de Jesucristo sin los evangelios, de la «humanitas» romana sin Cicerón, de los ideales y temores de la Edad Media sin la Divina Comedia, del humanismo renaciente sin Shakespeare y del idealismo ensoñador sin Cervantes? Hay que leer para ver con los ojos de quienes han pensado antes que nosotros y así ensanchar las posibilidades propias. El hombre lee para responder a sus necesidades, discernir sus entresijos, encender su soledad, ensanchar sus límites y, sobre todo, para acoger lo que le puede sobrevenir en la palabra de los otros y como don del Otro. La lectura es el espacio de la libertad.

Lecturas funcionales unas, que nos cualifican para el ejercicio de una profesión; lecturas gratuitas otras, que nos ayudan a ser más persona acogiendo el mundo como juego y tarea, viviéndolo como espectáculo, y transformándolo como el artista modela el barro con sus dedos y el escultor la madera con sus gubias. Hay lecturas gratuitamente necesarias para existir con dignidad y respirar con holgura. Hay libros vivos y vivificadores, que alumbran nuestros redaños, mientras que hay libros muertos y mortíferos, que por su vacuidad y vulgaridad, rencor o malevolencia, degradan al lector. Hay libros que son como personas vivas y hay personas que son como libros vivos. Cuando el «Índice» de libros prohibidos de 1558 dejó a Santa Teresa sumida en profunda tristeza, oyó del Señor esta palabra: «Yo seré para ti libro vivo».

¿Qué leer? Narrativa y poesía, épica y lírica, pensamiento y novela, ciencia y teología. Cada género requiere una actitud vital y una correspondencia afectiva. Pero sobre todo requiere aquella querencia que descubre lo implícito, percibe lo sugerido y adivina lo intentado. H. Hesse afirmaba que leer sin amor, saber sin respeto, formación sin corazón es uno de los peores pecados contra el espíritu. La lectura requiere cercanía generosa a la vez que distancia a lo leído. Leer requiere pensar y discernir, asentir y rechazar.

Hay una pedagogía y una ética de la lectura. Es falso decir que lo importante es leer y no importa qué. Unamuno alanceaba contra quienes, para aprender griego en la escuela, decían que lo mejor era traducir la Anábasis de Jenofonte. ¿Qué me importan las parasangas que avanzaban cada día los ejércitos griegos o persas? ¿No será infinitamente más valioso traducir los Diálogos de Platón que exponen al vivo la justicia, la verdad, la belleza, las ideas y los días, la tiranía y la libertad? La vida es corta y no es posible leerlo todo; hay que seleccionar. Hoy el problema no es la carencia de libros sino la superabundancia. Hay que elegir y recibir críticamente, y para ello es necesario aprender a leer. ¿Cómo leer? Con ilusión, libertad y silencio para integrar lo leído en el universo propio de valores, dejándose inhabitar por las propuestas recibidas del autor y confrontándolas con las experiencias fundamentales de la vida humana, con las grandes figuras de la creatividad, santidad y servicio que la historia ha ido ofreciendo. Sobre todo preguntándose: ¿este libro me hace más libre, limpio y fuerte? Pero ¿qué funda y sostiene nuestra libertad? Tiene dos fuentes: el saber y el amor. Hay que poder ser libre. Esta potencia en parte la conquistamos por nosotros mismos (saber) y en parte nos tiene que ser regalada (amor). La bella lectura es una fuente con dos caños, del uno mana el saber y del otro el amor.

Hay que leer, sobre todo, aquellos libros que han superado la prueba de humanidad: los clásicos. Estos han dignificado a los humanos tirando de ellos hacia arriba, hacia su mejor yo, y no correspondiendo vilmente a sus pasiones. La cesura cultural más grave que hemos conocido en los últimos decenios es la reducción del libro a producto de consumo, que se elabora por cálculo anticipado de lo que halaga y confirma al lector en sus necesidades inmediatas, otorgando legitimidad a sus gustos o pecados. Se suman todos esos elementos, se agitan conjuntamente, y se le entrega el libro como un bebedizo para anestesiar sus necesidades profundas y sumergirlo plácidamente en sus cotidianas infecciones. En cambio, la lectura de un libro bueno es una de las mayores fuentes de gozo personal, más allá del mero placer instintivo y de la placidez directa.

Hoy es necesaria una lectura informativa y sobre todo formativa, para poder contrarrestar los asedios de aquellos poderes que utilizan la noticia y el dato como trampolín para lanzarnos a la compra de sus productos o arrancarnos la adhesión a sus programas. Sólo quien lee libros y piensa por sí mismo, con saberes fundados y pensamientos confrontados, puede hoy ser libre, perdurar con dignidad. Los mejores teóricos de la democracia han repetido que ésta sólo crece y perdura donde la sostienen una ética real y una real cultura. Por eso yo invito a invertir las proporciones actuales: sesenta por ciento formación y cuarenta por ciento información. La información ante todo por libros, luego por periódicos, después por radio, y finalmente, en medida mínima, por televisión. De esta forma exorcizamos el peligro de convertirnos en masa o en secta, y persistimos enhiestos como personas y ciudadanos libres.

Si alguien me pidiese criterios para saber qué leer, yo le diría que elija: lo que ensancha la conciencia, en el sentido de saber intelectual, y la purifica en el sentido de responsabilidad moral (1); lo que alimenta el gozo de ser hombre y mujer, estar en el mundo y existir gratuitamente (2); lo que despliega ante nuestros ojos universos nuevos de realidad, los abismos de nuestro ser y las cumbres que podemos escalar (3); lo que nos relativiza con la crítica, ironía y sorna llevándonos a pensar en los demás, a contemplar el mundo tan diverso, tan vasto, tan hermoso, y a contar con Dios (4); lo que nos hace fraternales participantes en las diversas formas de grandeza y necesidad humana, discerniendo el poder, la ciencia, la cultura, la santidad, el heroísmo (5); lo que nos llega gratuitamente desde una voz amiga y sabia, sin ningún interés ideológico, político o económico (6); los libros que no están de moda pero que han superado cribas y cedazos porque en ellos ha latido el corazón humano con sus mejores vibraciones, desde la Odisea a la Biblia, desde Virgilio a Dante, desde San Juan de la Cruz a Góngora, desde Goethe a Hölderlin, desde Galdós a Unamuno, desde Dickinson a Edith Stein, desde Eliot y Hopkins a Muñoz Rojas y A. Colinas (7); lo que por la belleza de estilo y finura de espíritu nos arranca a la vulgaridad desenmascarando nuestras complicidades, malevolencias y olvidos culpables (8); lo que nos divierte en el mejor sentido del término y nos hace amar nuestro siglo, a la vez que nos abre a lo eterno y nos emplaza ante el Eterno (9); lo que nos recuerda que somos humanos, entre el animal y Dios (10).

No voy a repetir el intento de H. Bloom ofreciendo un «canon» de lecturas. Me parece, sin embargo, criterio supremo afirmar con él que hay que leer lo que exalta la magnanimidad y excluye la desidia, nos abre a lo sublime y rechaza la mediocridad, venga ésta propuesta o impuesta por quien fuere: «Cuando uno ronda los 70 le apetece tan poco leer mal como vivir mal, porque el tiempo transcurre implacable. No sé si Dios o la naturaleza tienen el derecho a exigir nuestra muerte, aunque es ley de vida que llegue nuestra hora, pero estoy seguro de que nada ni nadie, cualquiera que sea la colectividad que pretenda representar o a la que intente promocionar, puede exigir de nosotros la mediocridad».

Marcello Pera, “La crisis del relativismo en Europa”, ABC, 2.V.05

Entrevista de Juan Manuel de Prada a MARCELLO PERA, Presidente del senado de ITALIA Continúa leyendo Marcello Pera, “La crisis del relativismo en Europa”, ABC, 2.V.05

Cristina López Schlichting, “El condón de las… narices”, La Razón, 21.I.05

Cuando la ministra de Sanidad dijo que la Iglesia era un estorbo en la lucha contra el sida a muchos se nos revolvieron las entrañas. Porque si alguien está atendiendo a los enfermos de sida en el mundo, desde África hasta el Bronx, es la Iglesia. Los católicos estamos hartos de que no se nos reconozca el bien que hacemos y, además, de que se nos identifique con la caverna. Parece que cuando especificamos que el condón no garantiza al 100 por 100 la seguridad frente a las enfermedades de transmisión sexual nos inventamos algo. ¿Pero acaso no están los hospitales llenos de mujeres que piden la píldora del día de después porque se les ha roto el preservativo? Por eso Juan Antonio Martínez Camino, portavoz de la Conferencia Episcopal Española, cogió el portafolios y se fue a ver a Elena Salgado, con el informe de la revista médica «The Lancet» de noviembre de 2004. Porque en la publicación –que es considerada el altar de la investigación internacional– los científicos coinciden con la Iglesia en el juicio sobre las políticas de prevención de la transmisión por vía sexual de la enfermedad. «Lancet» explica que la única forma infalible de no coger el sida es la abstención; que una segunda manera (menos segura, y esto lo apunto yo, porque sé que mucha gente vive con parejas infieles y ni lo sospecha) es la fidelidad; y que la tercera –reservada lógicamente para quienes quieran asumir cierto riesgo de contagio– es el preservativo. Señores, no me parece tan difícil de entender. La Iglesia está harta de repetir que el condón no es totalmente seguro ¡pero es que la ciencia dice lo mismo! Las campañas del «póntelo, pónselo» no solamente enseñan a los promiscuos a reducir el riesgo –que está muy bien para evitar muertes–, sino que están incitando a los que no lo son (adolescentes, por ejemplo) a creer que el condón es «sexo seguro» y a delegar la responsabilidad sexual en una goma. Que los medios de comunicación españoles hayan caricaturizado el noble esfuerzo de la Iglesia por aunar esfuerzos con el Gobierno en la lucha contra una pandemia terrible, es triste. No sólo porque es mentira que Martínez Camino haya aprobado moralmente el uso del condón, sino porque el escándalo y la confusión han truncado un esfuerzo loable de diálogo con el mundo no católico. De no haberse producido tan lamentable espectáculo, Iglesia y Estado podrían haber emprendido un camino común contra el sida que hubiese redundado en bien de todos, sobre todo de quienes se contagiarán en los próximos días, semanas y meses cuando un preservativo se rompa, se deslice o se desplace fuera de su sitio ¿Y quién abrazará al seropositivo cuando el análisis confirme sus peores sospechas? En un alto porcentaje de casos, un católico. Es lamentable que, al menos en España, sólo la Iglesia sea capaz de decir en alto: cuidado, el condón no es la panacea.

Llucià Pou Sabaté, “Eutanasia… ¿qué es la muerte dulce?”, 27.XII.04

Tim O’Brien escribió en 1990 “Las cosas que llevaban los hombres que lucharon”, preciosa novela sobre la supervivencia de un soldado (depende de lo que lleva). En la guerra, la línea que separa la vida de la muerte es más tenue que nunca. Aparte de lo que lleva en la mochila, carga con su memoria, recuerdos, amuletos, fantasmas del pasado, objetos triviales que no le dejan olvidar que hay otra vida más allá de la guerra. En el capítulo “Amigos” habla de cómo Dave Jensen y Lee Strunk se hicieron amigos en el campo de batalla y se confiaron sus vidas, “hicieron el pacto de que si uno de los dos resultaba gravemente herido –como para tener que ir en silla de ruedas-, el otro, automáticamente, se encargaría de liquidarlo. Por lo que vi, hablaban en serio. Lo dejaron escrito en un papel, que firmaron junto con un par de compañeros a los que pidieron que hicieran de testigos. Y entonces, en octubre, Lee Strunk pisó una granada de mortero enterrada como si fuera una mina. Le arrancó la pierna derecha hasta la rodilla… Dave Jensen se acercó y se arrodilló junto a Strunk… hubo dudas acerca de si Strunk seguía vivo, pero al fin abrió los ojos y los alzó hacia Dave Jensen.

‘-¡Dios mío!’ –gimió, y trató de alejarse deslizándose y dijo-: ‘¡Por Dios, chico, no me mates!’ –‘Tranquilo’ –dijo Jensen. Lee Strunk parecía mareado y confundido. Se quedó quieto un instante y después hizo un gesto hacia la pierna: -‘En realidad, no es muy grave. No es el fin. ¡Eh, en serio… pueden volver a cosérmela… en serio!’ –‘Es cierto. Me juego algo a que pueden’. –‘¿Lo crees?’ -¿Por supuesto que sí’.

Strunk frunció el entrecejo hacia el cielo. Volvió a desmayarse, después despertó y dijo: -‘¡No me mates!’ –‘No lo haré –dijo Jensen.

–‘Hablo en serio.’ –‘Por supuesto’.

–‘Pero tienes que prometerlo. Júramelo: jura que no me matarás’.

Jensen asintió y dijo: ‘-Lo juro’.

–Y un momento después llevamos a Strunk al helicóptero. Jensen tendió la mano y le tocó la pierna buena-: ‘Vete tranquilo’ –dijo. Más tarde nos enteramos de que Strunk murió en algún sitio sobre Chu Lai, lo que pareció aliviar a Dave Jensen de un peso enorme”.

Un estudio del Instituto de Tumores de Milán (datos del 2001, publicados en el diario italiano “Avvenire”) refleja que de novecientos pacientes seguidos en ese año, sólo uno pidió que se le ayudara a morir. Y este único enfermo, cuando tuvo tratamientos paliativos que mitigaron el dolor, cambió de idea. Sigue diciendo el estudio que entre los enfermos de cáncer, el índice de suicidios es inferior a la media de la población sana (17.964 pacientes investigados en Italia en estos años por el Instituto de Tumores de Milán, cinco suicidios, es decir el 0,027% y una media similar se da en otros países europeos). Concluyen los autores de ese estudio que, mientras los medios de comunicación se hacen eco de las campañas en favor de la eutanasia para estos enfermos terminales, en los pasillos de los hospitales no suele ser un argumento frecuente: más bien el estudio constata que el cáncer desarrolla en la persona un fuerte apego a la vida. Franco De Conno, responsable de Terapias Paliativas de ese Instituto, afirma que más allá de la legitimidad o no de la eutanasia «el problema es ofrecer a todos la posibilidad de soportar la enfermedad sin sufrimientos inútiles».

La práctica de eutanasia a una persona en Holanda cuesta 3.600 dólares, y explica De Conno que es «un negocio para las clínicas que la practican, así como para las empresas de seguros y para el servicio sanitario que así se liberan del peso de la asistencia a un enfermo que, cuando no es asistido adecuadamente, la única cosa que pide es morir cuanto antes». La estancia diaria de un paciente terminal en un hospital de la red sanitaria pública italiana cuesta unos 180 dólares al día. Y la eutanasia podría ser una tentación para solucionar un problema de mantenimiento del sistema público, si no se atiende bien a alguien, éste pide morir y se complacen sus deseos: se ahorraría Hacienda devolver a determinadas personas lo que recibió de ellas como cotización de Seguridad Social.

La novela citada en el principio cuenta los recuerdos que quedan en la memoria, y de los que está hecha la vida, con una imagen de cuando patinaba, cuando de pequeño le llamaban Timmy: “Soy joven y feliz. Nunca moriré. Estoy deslizándome por la superficie de mi propia historia, moviéndome deprisa, viajando sobre el hielo derretido bajo la hoja de los patines, y cuando doy un largo salto hacia la oscuridad y aterrizo treinta años después, advierto que es como si Tim tratara de salvar la vida de Timmy con una historia”. Acaba así, con un canto a la esperanza que hemos de fomentar día a día, afrontando la vida y haciendo el bien, que nos lleva luego a ese otro mundo donde no hay ya muerte…

Hermann Tertsch”, Josef Mengele. El monstruo irredento”, El País, 26.XI.04

Para atención de los que experimentan con humanos, no ya al amparo de la mezcla de ideología y ciencia, como Mengele, sino al amparo de la mezcla de dinero y ciencia.

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José María Barrio, “La educación sexual y afectiva”, Arvo, 14.XI.04

“Se ama a alguien no sólo cuando se pasa bien con esa persona, sino cuando se está dispuesto a pasarlo mal por ella, y también a esperar”. Entrevista con el prof. Barrio Maestre, de la Universidad Complutense de Madrid.

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Ignacio Sánchez Cámara, “Democracia a la carta (eutanasia)”, ABC, 4.IX.2004

La película de Amenábar reabre el debate sobre la eutanasia con más fuerza que el drama personal de Ramón Sampedro. La realidad imita al arte. Mientras tanto, Holanda abre el camino a la eutanasia infantil, en la que el único argumento a favor, la autonomía personal y la libre decisión, queda suprimido, aunque se sustituya por la decisión de los padres. El Gobierno, por su parte, anuncia una solución legal en la actual Legislatura. No sabemos cuál porque él mismo no lo sabe. Depende de la voluntad de los ciudadanos. Como debe ser en una democracia, el gobierno del pueblo. La propuesta del Ejecutivo revela su concepción de la democracia: abrir un debate sereno y riguroso, en el que se escuche a los expertos y a la sociedad para saber lo que quieren los españoles. Incluso anuncian una encuesta del CIS, el nuevo oráculo. Que hable la calle. Tan irreprochablemente democrático proceder suscita, no obstante, algunas dudas y perplejidades. En primer lugar, sombras sobre la posición del Gobierno. Ni sabe ni contesta. Espera. Y esperar el veredicto popular es la manera perfecta de no equivocarse. Mas ¿por qué la incertidumbre en este caso y la certeza en tantos otros? Acaso se trate de una de esas cuestiones, por lo que parece escasas, en las que sólo cabe esperar el dictamen de la voluntad popular, al margen de los expertos. Pero a esta conjetura se opone el anuncio de consultar a los expertos. ¿A cuáles? ¿A los que decida el Gobierno? ¿A los médicos y científicos? ¿A los moralistas? ¿A los juristas? Inmediatamente asaltan otras dudas. ¿Y si la opinión de los expertos fuera contraria a la opinión mayoritaria, convenientemente expresada en las encuestas del CIS? ¿Qué hacer entonces? ¿Sacrificar a los expertos o a la mayoría? La opción democrática parece clara. Entonces, ¿para qué consultar a los expertos? Y ¿por qué no se somete a escrutinio la opinión de los ciudadanos sobre, por ejemplo, los Presupuestos Generales del Estado, o el matrimonio entre homosexuales, o la reforma de los Estatutos de Autonomía? Por lo demás, esta implacable lógica democrática podría conducir a la supresión de los programas electorales y, por ese camino, de los partidos políticos. Todo quedaría reducido a una gran e indeclinable promesa electoral: hacer lo que quiera el pueblo. ¿Quién se atrevería a votar en contra? No hay programa preferible a ése que promete todo lo que la mayoría decida. Sería la apoteosis del programa único, del partido único, y el triunfo de la democracia directa y plebiscitaria. La vieja estirpe de los políticos decididos, como Pericles, a convencer a la opinión del valor de sus ideas y propuestas quedaría definitivamente extinguida. El político vendría a ser así mero ejecutor de la voluntad soberana. El resultado no es otro que el gobierno a golpe de debate y encuesta. Es la realización del sueño de todo demagogo: carecer de ideas propias y convertirse en el brazo ejecutor de la voluntad popular. ¿Quién se atreverá a exigir límites a un Gobierno sólo guiado por la sabiduría popular que nunca se equivoca? Es también el acta de defunción de la democracia liberal y representativa, atenta, sobre todo, a trazar límites, frenos y contrapesos al ejercicio del poder, y a establecer un procedimiento para la libre crítica y la sustitución pacífica de los gobernantes. Ni la eutanasia ni ninguna otra cosa están en sí mismas bien o mal desde el punto de vista de la justicia. Todo depende del resultado de los debates y del dictamen de las encuestas. Y la oposición, al trastero con las demás cosas inservibles.

Míchel Esparza, “La autoestima del cristiano”, Zenit, 2.IX.04

Entrevista a Míchel Esparza, filósofo y teólogo, autor de «La autoestima del cristiano», de la Editorial Belacqva, una obra que se dirige a cristianos corrientes que se afanan por mejorar la calidad de su amor. Michel Esparza es sacerdote y ejerce su ministerio pastoral en Logroño, y es autor de «El pensamiento de Edith Stein» (Eunsa).

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Damián Muñoz, “Mar adentro”, ABC, 10.IX.04

Hay hechos históricos que conviene recordar porque aportan luz para analizar la actualidad.

En 1920, Alfred Hoch y Karl Binding publicaron un libro titulado «Autorización para la destrucción de vidas indignas de vivir». En ese libro acuñaron una expresión que ahora volvemos a oír -«vidas indignas de ser vividas»- y reclamaron la autorización de la eutanasia para unos seres humanos a los que describían como «cáscaras humanas vacías».

En 1942, Joseph Goebbels, ministro de propaganda de Hitler, preparó minuciosamente la estrategia de la eutanasia nazi con la ayuda de una película titulada «Yo acuso». Contaba la historia de una mujer gravemente enferma que suplicaba a su marido que la matara. El esposo secundaba esta petición, sufriendo por ello una dura condena. La finalidad de la película era desencadenar reacciones emotivas del público en contra de los fiscales y jueces, y difundir una opinión favorable hacia este tipo de «muerte por compasión».

No sé si la película «Yo acuso» tuvo una campaña publicitaria tan sonada como la que nos inunda en estos días, ni si a su estreno asistió la mitad del Gobierno, pero, desde luego, logró su objetivo.

Antonio Fontán, “Humanismo cristiano y liberal”, ABC, 1.X.04

La palabra «humanismo» nació en alemán a principios del siglo XIX. Apareció impresa por primera vez en el título de un libro de 1808, publicado en Jena (Turingia), la ciudad por cuya universidad pasaron grandes ingenios germanos del «ochocientos» (Hegel, Fichte, los Schlegel, Schiller y más tarde Marx). El autor definía con ese término una filosofía de la educación y un sistema pedagógico que se proponían la enseñanza y promoción de los saberes que se consideraban más propiamente humanos: las lenguas y literaturas antiguas, la filosofía, la historia, etc.

El invento de la voz «humanismo» era fácil. «Humanista» existía en las lenguas cultas de Europa desde el siglo XVI para designar a los estudiosos y cultivadores de las letras latinas y griegas y a acreditados escritores de lenguas modernas. Cervantes la emplea por lo menos en tres ocasiones. Una para elogiar a un poeta amigo suyo al que quiso honrar con ese título, otra en la novela del Licenciado Vidriera, y una tercera en un contexto magistralmente irónico en que se burla de las pedanterías de los que querían pasar por cultos. En uno de los más divertidos episodios de la segunda parte del Quijote aparece un personaje al que el autor no quiso poner nombre, y al que llama simplemente «el primo», que sería el guía que llevó a caballero y escudero a través de Sierra Morena hasta la boca de la cueva de Montesinos.

Don Quijote, siempre curioso escudriñador de vidas ajenas que gustaba de saber quiénes eran y qué hacían los hombres y mujeres que se encontraba en el camino, le preguntó por su profesión y «ejercicios». El «primo» respondió que él era «humanista», y su oficio «componer libros para dar a la imprenta de gran provecho y no menos entretenimiento para la república». A continuación enumeró una pretensiosa y ridícula retahíla de los títulos y de los asuntos que trataban los tales libros, que constituye una chispeante burla cervantina de las falsas erudiciones más frecuentes quizá en aquella época que en la nuestra, donde tampoco faltan.

En la misma Alemania, medio siglo después de acuñada la palabra «humanismo» empezaron a emplearla los historiadores de la cultura para referirse a las letras y a la época del Renacimiento, y a las artes de aquellos siglos. Pronto se extendió su uso en este sentido por las otras lenguas europeas. En el último tramo del siglo XIX el término «humanismo» está ya plenamente instalado en castellano con el mismo sentido que poseía en la cultura europea y norteamericana. El año 1878, en su primera lección de cátedra, Menéndez y Pelayo escribe que «una reseña de la literatura hispano latina , o sea, del «humanismo» en el siglo XVI, es preliminar indispensable para el estudio de la literatura en las lenguas vulgares».

El paso siguiente en la historia de la palabra humanismo en la cultura moderna es el de su transferencia a los campos de la filosofía social y política y de la sociología general. Humanismo es una marca de prestigio a la que desde todas partes le llueven adeptos.

Curiosamente, en las dos guerras mundiales de la pasada centuria, y en los años inmediatamente siguientes a ellas, el humanismo, o más bien los humanismos, aparece unas veces como solución y otras como problema. Maeztu, desde Londres, al final de la primera contienda vio en crisis una cierta versión filosófica y política del humanismo. Después de la segunda, en 1947, un escritor francés planteaba a Heidegger la cuestión de ¿cómo se podría volver a dar un sentido a la palabra Humanismo? El maestro alemán contestaba preguntando a su vez si es que era preciso hacerlo. Porque, añadía, «el humanismo se divide según el concepto que se tenga de la libertad y de la naturaleza del hombre». Para Marx y para los marxistas, incluso para los más modernos, «el hombre humano es el hombre social, que es también el hombre natural», una pura y simple naturaleza en el sentido común y final de la palabra, mientras que «el cristiano ve la humanidad del hombre en su delimitación con respecto a la divinidad», dice literalmente el filósofo alemán, que había sido católico y sabía de lo que estaba hablando.

Esa visión del hombre, que sería, según Heidegger, la del humanismo cristiano no significa una confesionalidad política y social, que en nuestro siglo no postula el catolicismo, ni en la práctica casi ninguna de las demás confesiones cristianas. Hay estados confesionales, o más bien de «iglesia establecida» en algunas monarquías protestantes, pero eso es otra cosa o más bien una herencia del pasado sin mucho contenido ni verdadera vigencia social. Eso no es el humanismo cristiano y liberal que inspira ciertas ideologías políticas y al que cuadran, sin incompatibilidad alguna, dos definiciones que se hallan en una obra tan neutral y objetiva como la actual versión del famoso diccionario Webster. El nuevo humanismo, se lee allí, es una doctrina filosófica del siglo XX que se distingue por su fe en la moderación, en la dignidad de la voluntad humana y en un sentido de los valores permanentes. Dentro de ese amplio espacio un cristiano puede encontrarse en su propio terreno, porque el humanismo cristiano es «una filosofía que defiende una plena realización del hombre y de lo humano dentro de un marco de principios cristianos».

Además de nuevo y cristiano, que en este caso son conceptos convergentes, suelen acompañar al término humanismo en el siglo pasado, y quizá también en este, otros adjetivos que quieren ser definitorios. Uno es el que se opone polarmente a cristiano y es toda una filosofía: el humanismo ateo que clasificó y estudió cumplidamente el jesuita Henri Lubac, uno de los padres de la «nouvelle théologie» y uno de los precursores del Concilio Vaticano, al que se vio pasar en pocos lustros de autor de doctrina sospechosa a cardenal de la Iglesia. Es el humanismo de Feuerbach, de Comte, de Nietzsche, del que daría cuenta con su experiencia religiosa de buscar a Dios el ruso Dostoievski.

Hay otros humanismos sectoriales, como el científico que, en cuanto filosofía general del hombre y de la vida, llega hasta donde llega y se queda ahí. Hay humanismos políticos como el antes mencionado de los marxistas, que ha sido arrumbado por la historia con la simple caída de un muro. Hay el fundamentalismo laicista, que algunos quieren extender desde Francia a toda Europa en la que podría ser la ley fundamental de la Unión. Incluso algunos apuntan a un humanismo de tradiciones occidentales, que implicaría consagrar una división del género humano según los puntos cardinales.

En medio de este desorden terminológico y lingüístico, la filosofía cristiana, que cree en la moderación como método, en la dignidad de la voluntad humana y su derecho a ejercerse libremente y en los valores permanentes de una concepción cristiana del hombre y de la vida, sin confesionalidades ni coacciones religiosas o laicistas, estaría llamada a asegurar la continuidad abierta y liberal de la historia de la actual Unión y de todo el continente, del que forma parte también la «santa Rusia» de la «tercera Roma».

Hace pocos meses, en los borradores de la que se pretende que sea una constitución -o más propiamente una ley marco- para la Unión Europea, se reconocía que la cultura social, literaria y política de este conjunto de naciones tenía sus raíces en las tradiciones cristianas del continente que, además de historia, son vida. Después, el fundamentalismo laicista del gobierno francés y de algunos de sus asociados han conseguido barrer esas líneas para sustituirlas por una corta serie de adjetivos que vienen a ser, como se dice en América, un «empty suit», un «traje vacío» sin nadie ni nada dentro.

El anterior gobierno español, con la mayoría política nacional que lo respaldaba, defendió hasta el final el mantenimiento de esa verdad histórica de que Europa, igual que España, y el cristianismo son realidades históricas, culturales y políticas que tienen mucho que ver entre sí.

Luis de Moya, “La visita que hice a Ramón Sampedro”, Zenit, 9.IX.04

Entrevista con Luis de Moya, un sacerdote tetrapléjico que tuvo oportunidad de visitar a Ramón Sanpedro año y medio antes de que éste –también tetrapléjico por un accidente– se quitara la vida en 1998, una decisión que ha inspirado la película que pretende reavivar el debate sobre la eutanasia, «Mar adentro». Presentada en el Festival de Venecia, la película –dirigida por el cineasta español Alejandro Amenábar– en una secuencia ridiculiza «la intervención y las palabras de un sacerdote, también él tetrapléjico, metiéndole en los esquemas teóricos, siempre exigentes, de la moral católica, olvidando que ésta pide ser vivida con fe y amor», según constató «Radio Vaticana» el sábado pasado. En esta entrevista concedida a Zenit, Luis de Moya (Ciudad Real, 1953) recuerda el encuentro que tuvo con Ramón Sampedro y se sumerge en la cuestión de la eutanasia desde su condición de tetrapléjico a raíz de un accidente que sufrió hace más de 13 años. Médico y sacerdote, Luis de Moya se ha encargado de distintas capellanías universitarias en la Universidad de Navarra, una labor a la que sigue dedicándose con las limitaciones propias de su estado.

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Aquilino Polaino, “Aspectos psiquiátricos en torno a los embriones congelados”, Arbil, 27.IX.04

Entrevista al Prof. Dr. Aquilino Polaino-Lorente, Catedrático de Psicopatología, director del departamento de Psicologia de la Universidad San Pablo Ceu y autor de muchas de las principales obras sobre diversos aspectos de la materia. Entrevista de Jesús Romero-Samper sobre “Aspectos psiquiátricos en torno a los embriones congelados y la investigación con sus células troncales”.

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Juan Cruz Cruz, “La envidia como raíz del odio”, Arvo, 5.X.04

La envidia es considerada por el Aquinate como una de las raíces del odio. Ella es, desde el punto de vista fenomenológico, una mirada fascinante. ¿Qué es la fascinación? Es simplemente, según el diccionario, la acción de «aojar», de emitir un mal a través de los ojos. ¿Hay en el acto comunicativo gentes que emiten maldad a través de sus ojos? ¿Hay personas que con su mirada maléfica influyen negativamente en el mismo acto comunicativo? Este es en síntesis el problema de la «fascinación», en el que resalta, de un lado, el «aojador» o agente fascinador y, de otro lado, el que provoca la fascinación.

Es preciso referirnos al hecho de que en nuestras sociedades aparece con frecuencia una creencia inconsciente en una fuerza dispersa que, concentrada en algunos hombres, se emite por los ojos y perjudica a otras personas en su salud o en sus propiedades, impidiendo su felicidad en esta vida. Estos hombres son los «fascinadores», pues emiten una fuerza que tendría la propiedad de dañar o consumir las cosas sobre las cuales se fija. Se estima entonces, también inconscientemente, que la pupila de este «fascinador» descarga sobre lo que mira una sustancia invisible, semejante al veneno de la serpiente. Cuenta Plutarco que Eutélidas tenía tanto poder negativo en sus pupilas que podía dañarse a sí mismo con sólo mirarse al espejo. Ese poder fue llamado por los latinos fascinum (de ahí nuestra palabra fascinación), que en castellano también se llama aojo o mal de ojo. Cuando el «aojador» encuentra una cosa viva y hermosa, buena, elevada, lanza contra ella la luz envenenada de sus pupilas y la hace languidecer paulatinamente, o incluso la mata. Al hombre sobre el que ha recaído el mal de ojo no podrá ya salirle bien ninguna tarea, ningún proyecto: lo que emprenda o realice le saltará en mil pedazos; hasta el futuro que estima queda amenazado. Los «fascinadores» suelen tener aspectos contrahechos o mostrar una fealdad física, especialmente la apariencia facial, la que se ve o que entra por los ojos.

El mal surgido del fascinador es provocado o inducido por las «cualidades» de otros hombres, estimadas como negativas: por algo aprehendido como un mal hubiera dicho Santo Tomás y, por tanto, motivo de aversión u odio. ¿Pero qué cualidades son estimadas aquí como «negativas» y provocadoras de la reacción maléfica de la «fascinación»? ¿Las buenas o las malas? Aunque parezca mentira, normalmente son las buenas.

2. Lo negativo y provocador es la inteligencia, la belleza, las cualidades, el bienestar que se ve, por ejemplo, en una persona. Este ser inteligente, capacitado o lleno de cualidades físicas, psíquicas y sociales es el provocador, el inductor: por su carácter presuntamente negativo, atrae el «mal de ojo» del «fascinador».

Salta a la vista que el fascinador está atormentado en su interior por un sentimiento de odio especial, provocado por la envidia, la cual no es otra cosa que la tristeza o el pesar del bien y de la felicidad del otro. Envidia, etimológicamente, viene del verbo latino videre que indica la acción de ver por los ojos, y de la partícula in; de modo que invidere significa mirar con malos ojos, proyectar sobre el otro el mal de ojo. En nuestro caso, decir envidioso es decir fascinador del otro. De este modo se erige la envidia en raíz o madre del odio a la persona: invidia est mater odii, primo ad proximum, decía Santo Tomás.

El mundo antiguo conocía muchos caracteres de la envidia como pasión íntima. Entre los griegos es representada como una mujer con la cabeza erizada de serpientes y la mirada torcida y sombría. Su extraña mirada, junto con su tinte cetrino, tienen una explicación fisiológica normal, pues en el acto de envidiar sufre el hombre una acción cardiovascular constrictiva, la cual produce lesiones viscerales microscópicas, dificulta la irrigación sanguínea y la asimilación normal. La cabeza coronada de serpientes era símbolo de sus perversas ideas; en cada mano llevaba un reptil: uno que inoculaba el veneno a la gente; otro que se mordía la cola, simbolizando con ello el daño que el envidioso se hace a sí mismo.

3. La filosofía clásica encontró fenomenológicamente al menos seis características en el «envidioso».

Primero, al «envidioso» le produce pesar o descontento el bienestar y la fortuna de los demás: invidia est tristitia de bono alterius, inquantum aestimatur diminuere gloriam propriam. Por ejemplo, él ve los bienes del otro, pero no las dificultades inherentes a su conducta, ni las privaciones y desventajas que ha tenido que superar para conseguirlos.

Segundo, el envidioso es una persona próxima al provocador: próxima en espacio y en fortuna. Yo no puedo envidiar a un Rockefeller, pero sí a don Próspero, el charcutero de mi barrio, que se está enriqueciendo. Y si a don Próspero se le rompiere una pierna, me consolaré pensando que ahora podría yo andar mejor por la vida. La gran desigualdad provoca admiración, mientras que la desigualdad mínima provoca envidia y ojeriza: invidia non est inter multum inaequales, sed ad illos tantum, quibus potest quis se aequare vel praeferre. El estudiante que se dirige a pie desde su barrio a la Universidad, odia solo un poquito al compañero que va montado en un modesto automóvil; pero el dueño de ese automóvil se muere de envidia cuando es adelantado por un vehículo deslumbrante y de afamada marca. A veces lo envidiado es igual o parecido a lo que el envidioso tiene; pero la imaginación inconsciente lo deforma y lo agranda. Por eso dice el refrán que el envidioso hace de los mosquitos elefantes.

Tercero, lo que al envidioso le molesta no son tanto los valores materiales del otro, sus cosas, cuanto la persona misma poseedora de esos valores. Aunque siente el bien del otro como mal propio, dirige un odio mucho más profundo a la persona que tiene el bien: su mal propiamente dicho es aquella persona colmada de tantos bienes. Y por eso dirige contra el otro una parte de su carga agresiva, queriendo anularlo: no pretende obtener sus bienes, sino destruirlos y, a ser posible, destruirlo a él también. Su envidia es sádica; viene a decir: si yo no puedo tener eso, haré que no lo tengas tú”.

Cuarto, cuanto más favores, atenciones o regalos haga el provocador al fascinador, más fuerte será en éste el deseo de eliminar a aquél, pues la dádiva le recordará siempre que él está en un grado inferior o de carencia. Y aun cuando se lograra una perfecta justicia igualitaria, siempre quedaría la desigualdad de inteligencia y de carácter, la cual sería motivo de envidia.

Quinto, como la mayoría de las veces el fascinador no puede destruir al otro y, además, no puede soportar la idea de que le sobrevivan las personas afortunadas, dirige contra sí mismo la otra parte de ese odio agresivo: no sólo quiere destruir al otro, sino destruirse a sí mismo; es autodestructivo, autodevorador, siendo su lema: «prefiero morirme antes que verte feliz!». El fascinador es también masoquista. De ahí que digamos que alguien se muere de envidia.

Sexto, el fascinador nunca descansa: ni siquiera la expropiación forzosa de la fortuna del otro, en sentido igualitario, logra apagar su envidia. Por eso, si la envidia fuese fiebre, todo el mundo habría muerto, dice el refrán.

Tomado de “Ontología del amor humano en Tomás de Aquino”, (Ed. Rialp 1999), publicado en www.arvo.net

José Luis Cañas, “Por qué se extienden las adicciones”, Aceprensa, 16.VI.04

Cuando se habla de adicciones, lo común es pensar en las drogas. Pero resulta cada vez más claro que las toxicomanías son solo una modalidad de dependencia. Hay personas preocupadas de modo compulsivo por el sexo, el aspecto físico, el trabajo, el juego… Con droga o sin ella, el fenómeno tiene la misma raíz, que está en la persona, según explica José Luis Cañas, especialista en adicciones.

José Luis Cañas Fernández es profesor de Hermenéutica y Filosofía de la Historia en la Universidad Complutense (Madrid). Investiga el problema de las adicciones desde 1993, y en 1996 apareció su primer libro sobre el tema, De las drogas a la esperanza (Ediciones San Pablo). Acaba de publicar el manual Antropología de las adicciones (Dykinson, Madrid, 2004), con la intención de que sirva de referencia teórica a los profesionales que trabajan en la lucha contra las dependencias –en especial, a la Asociación Proyecto Hombre–, desde una visión del fenómeno adictivo centrada en la persona.

Entrevista de Ignacio Fernández Zabala en Aceprensa 16/6/2004 Continúa leyendo José Luis Cañas, “Por qué se extienden las adicciones”, Aceprensa, 16.VI.04

Ana Mª Romero Iribas, “La tarea más personal, vivir”, Nuestro Tiempo, VI.04

Eso había sido un descubrimiento. Tras vivir inmersa en el torrente vital que caracterizó los primeros años en el mundo profesional, vi con claridad que vivir se perfilaba como algo más que un mero “sobrevivir”: que vivir era una tarea, y una tarea apasionante que –con palabras de Ortega– “me han dado pero no me han dado hecha”. Comprenderla así era como tener en las manos un libro: un libro en blanco que a cada uno nos corresponde escribir y que se redacta dando comienzo a la historia fascinante de vivir. Desarrollar esa historia exigía vivirla con protagonismo, en primera persona, evitando que fueran los acontecimientos , las circunstancias o las personas los que “me vivieran” a mí. Este protagonismo -propio de la vida humana a diferencia de la animal y vegetal- hacía que vivir se convirtiera en aventura, y que fuera tarea: el trabajo que yo tengo por delante para hacer de ella lo que quiero que sea; para hacer de mí lo que quiero ser. Para ir adonde quiero llegar.

La vida es tarea porque hay que trabajarla si quiero vivirla desde la más íntima libertad personal y no sólo de modo superficial. Eso la convierte en algo a veces difícil y costoso, pero apasionante, fascinante, porque al obligarme a poner en juego mi libertad más honda, pone en juego todo mi ser SOÑAR EL PROYECTO VITAL La vida se presenta ante nuestros ojos como senda hacia el horizonte, puesto que se percibe como algo que yo —dentro de unos límites— crearé, diseñaré y realizaré. Este hecho es una perspectiva que llena el alma, que la hace respirar hondo, y que se nos presenta a cada uno al despertar la juventud. La juventud es precisamente el momento biográfico de soñar la propia existencia, de crearla en el interior de cada uno y de compartirla en conversaciones nocturnas mirando —a oscuras— el techo de la habitación: qué seré, adónde llegaré, cómo será mi vida, con quién quiero compartirla… En esos momentos, soñar la propia vida es poner alas al alma y hacerla navegar por los mares de lo desconocido para que escoja en ellos lo que le es afín. Mares desconocidos porque esas preguntas, los deseos de infinitud y los anhelos de grandeza, son lo mismo que imaginaron los grandes conquistadores cuando lanzaron sus naves al mar. Comenzaban la singladura habiendo soñado una meta y queriendo llegar a ella, pero desconociendo lo que en el viaje les aguardaba.

Ser joven significa soñar la propia vida, y soñar es buscar horizontes: buscar los horizontes en los que se va a realizar. Para eso se requiere pasear el alma, la mirada: lanzarla a pensar, a desear y a querer infinitamente. Llevar la mente y el corazón por las alturas más grandes y por los más profundos abismos; por los picachos agudos y los verdes valles, por las arenas desérticas y por los hielos eternos, por los volcanes fogosos y las selvas más exuberantes. Por lo aparentemente inalcanzable, por los ideales más altos y bellos: cambiaremos el mundo, seré alguien importante, en nuestro futuro habrá paz… Así lo expresaba W. Whitman en uno de sus poemas más famosos, “¡Oh! ¡Hacerme a la mar en un navío! Abandonar esta intolerable tierra firme (…) Abandonarte, oh, tierra sólida e inmóvil, embarcarme en un navío, Y ¡navegar, navegar, navegar! ¡Oh! ¡Hacer de la vida, desde ahora, un poema de nuevas alegrías! (…) Ser marinero del universo, dirigirme a todos los puertos.” De la misma manera que para soñar la propia vida hay que llevar al alma por las alturas de los grandes deseos e ideales, no podemos dejar de pasearla también por la vida cotidiana, por —tomando un término de Tolkien— la Tierra Media, tan llena de bellezas y de verdades personales, quizá más ocultas o menos grandiosas, pero igualmente esplendorosas cuando se sacan a la luz: el esfuerzo que mis padres han realizado para que yo haya llegado aquí y sea así; el trabajo poco vistoso de tantos “normales” como yo, que dedican ratos libres y vacaciones a colaborar con una ONG , esas personas grandes que han pasado por nuestro lado y nos han dedicado sus energías y su tiempo… tantas y tantas cosas. Pasear la mirada y el alma por la “tierra media” es una actividad valiente y necesaria para percibir que lo grandioso de la tierra se ha hecho con cosas pequeñas o rutinarias y aparentemente insignificantes.

Y soñar así no es una tarea inútil, ni una pérdida de tiempo ni la ingenuidad del iluso que no sabe lo que es verdaderamente la vida. No. Soñar es lo que hace el valiente y el audaz, el que conoce que habrá dificultades, cansancio, rutina, inquietudes, incertidumbres y mil cosas más, pero no por eso niega la existencia de una tierra más allá de todo eso: la tierra que quiere conquistar. Como enseñaba el famoso profesor Keating a sus alumnos, “sólo al soñar tenemos libertad”..

Pero, ¿cómo se sueña?, ¿quién sueña? Pues soñar tiene sus condiciones. Se necesita un espíritu libre: inteligencia abierta, voluntad decidida, corazón grande y valeroso, y no sólo un alma pequeña. El alma pequeña es un espíritu atado al realismo encarcelante que no deja mirar más allá de los propios zapatos; es decir, más allá de lo que parece perfectamente posible y alcanzable. O el que se ata a la falsa felicidad de una vida cómoda y perfectamente calculada, y sin lugar para el riesgo, o lo inesperado… ni para que la vida haga que probemos y descubramos quiénes somos verdaderamente. Pues si hay algo que caracteriza al hombre frente a otras especies es precisamente que es capaz de innovar, de reaccionar ante una situación que nunca antes se había presentado y de hacerlo desde dentro de sí mismo, y siendo yo: Beatriz, Juan, Alejandro. Sin imitar lo que hace… mi padre, mi mejor amiga, lo que hace todo el mundo, lo que me han dicho que haga, lo que hace esa persona que admiro tanto. Manuel García Morente afirmaba en su “Ensayo sobre la vida privada” que “para ser persona no hace falta ser un genio (…). Basta con querer ser lo que realmente se es, sin dejarse sobornar por lo que ‘se’ dice, ‘se’ piensa, ‘se’ siente, ‘se’ cree; basta con resolverse enérgicamente a aquilatar en la intimidad del yo las mercancías que circulan en los bazares colectivos; basta con tomarse la cuenta de la vida. Pero esta actitud requiere cierto esfuerzo, resolución valerosa. Más cómodo resulta descansar en las convicciones ya hechas y recibidas de fuera, dejarse vivir en la grey, arroparse en los abrigos construidos por otros, que hacerse uno mismo sinceramente su propia vida, grande o pequeña”.

Sabe y puede soñar quien reconoce en su interior la llamada a ir más allá de la inmediatez, de lo que hago ahora mismo y de lo que haré este año. Quien vislumbra en su interior un destino personal y el deseo de cumplirlo. Eso es ser joven y poseer la riqueza de la juventud. La juventud se reconoce como un tesoro de la vida del hombre no sólo porque suponga plenitud de fuerzas y salud: sino fundamentalmente porque es el momento biográfico que le lleva a formular el proyecto de vida, el rumbo por el que marchará hacia el horizonte, la senda que ha de recorrer. Porque es el momento de mirar hacia adelante. Porque se ha dejado atrás una niñez centrada inadvertidamente en uno mismo, y se ha liberado de la inestabilidad de la adolescencia. Al encontrarse por primera vez consigo misma y con un gran mundo alrededor, cada persona es capaz de mirar hacia delante y ver en lontananza el futuro que quiere para sí.

Ese descubrir el mundo de alrededor supone, en primer lugar, saber quiénes somos nosotros mismos. Y por eso me decía una vez y con mucha razón Sara, que “no hay nada más bonito que encontrarse a uno mismo”. Porque poder decir “yo” sabiendo qué es lo que pienso, qué es lo que me gustaría o quién soy ahora mismo, es el paso previo a definir el proyecto vital.

Así pues, la tarea primera es tener un proyecto de vida: los sueños: quién y qué quiero ser; para quién quiero ser y vivir; cómo quiero ser y vivir.

EL TRABAJO QUE LA TAREA IMPONE Después llega el trabajo que la tarea impone: cómo voy a realizar, cómo realizo en mi vida de cada día eso que he soñado que soy y que seré. En eso consiste el encontrar el propio “lugar en el mundo”, que es el título de una buena película argentina de A.Aristaráin. Su protagonista se enfrenta a una vida algo difícil, pero acaba convencido de que tiene y encontrará su lugar en el mundo: el hueco, el sitio desde el que llevar a cabo la tarea de vivir, pues parece que no se hace desde cualquiera. Esto último tiene su parte de verdad porque no todas las tierras dejan florecer las mismas plantas: las hortensias se ahogan sin humedad, los geranios soportan bien situaciones extremas, la buganvilla sólo crece si hay abundante luz. Pero hay que saber también que el lugar de cada uno en el mundo no es tanto un espacio externo como un ámbito interior. Ese “lugar en el mundo” es más un modo de enfrentar la vida, las cosas y las circunstancias que un bello edificio externo en el que nos podamos refugiar. El lugar de cada uno en el mundo es su hogar, y el hogar está siempre ligado a la intimidad: al mundo interior que hay dentro de cada uno y a la capacidad de exteriorizarlo, de forma que podemos “hacer casa” casi de cualquier lugar porque sabemos volcar en él nuestra interioridad, y al hacerlo así éste se vuelve reconocible y habitable.

Sólo los lugares que quemen o ahoguen nuestras raíces se vuelven inhóspitos para nosotros, puesto que las raíces (mis principios, mis ideales, etc.), son el origen de la propia vitalidad y por tanto de la interioridad.

El encontrar el propio lugar en el mundo es la tarea de la primera madurez, pasada ya la juventud. Es el momento de empezar a poner por obra todos aquellos sueños que bullen en nuestro interior y que deben ser nuestro norte, el rumbo y el horizonte al que muchas veces habremos de dirigir la mirada para decirnos una y otra vez que sí, que seguimos detrás de ellos… aunque hayamos descubierto que alcanzarlos es una tarea esforzada y a veces costosa y difícil.

Para algunos, encontrar el propio lugar en el mundo pueda quizá parecer trivial, o innecesario (para quienes resulte “evidente” que todos tenemos un lugar); incluso puro romanticismo. Pero para muchas personas, encontrar el propio lugar es la única manera de vivir. Mientras tanto, se puede sobrevivir, es decir, se puede ir pasando por la vida, se puede ir paseando por los días, pero las cosas no se integran de modo unitario dentro de nosotros.

Encontrar el lugar propio es necesario para realizar la vocación vital. Y como la vocación es algo que se lleva dentro, “mi lugar en el mundo” no es tanto un lugar físico que yo haya de encontrar como un modo de vivir que he de aprender a desarrollar, allá donde me encuentre, y sean cuales sean las circunstancias. Pero darse cuenta de esto, quizá, no sea fácil y supone tiempo, atención a los acontecimientos, confianza, diálogo y paciencia.

Necesita tiempo y paciencia porque un camino que al principio podía resultarnos intrincado para nuestro modo de ser o para nuestros deseos, acaba abriéndose en un claro que nos permite sentarnos a recopilar nuestras aventuras y darlas a conocer facilitando así a otros el camino que nosotros hemos hollado ya. Para llegar al claro hay que andar, hay que esperar, y hay que confiar. Porque aunque el hombre sea un coleccionista de seguridades, y nuestra vida se asiente sobre ellas, la vida es en sí misma aventura además de tarea, y hay que admitir que en ella hay que dejar espacio al misterio, a un cierto riesgo o a la incertidumbre. A pesar de que tratemos incansablemente de convertir la vida —un terreno pantanoso— en suelo firme, quedan cosas que escapan a nuestro control: siempre habrá cierta incertidumbre respecto al futuro.

Y aunque esa es nuestra inclinación, es poco humano vivir constantemente de seguridades porque nosotros nos hacemos en el tiempo, somos seres biográficos; es decir, sólo somos dueños de nuestro presente y sólo con él podemos jugar a favor de nuestro crecimiento personal.

El diálogo es un elemento imprescindible para encontrar nuestro lugar aunque aquí sólo vamos a mencionar su importancia. Aprovechar la experiencia de quien ya ha tenido que hacer esa tarea; saberse comprendido en los momentos de dificultad; aprender a reconocer la verdad; aprender a mirar el horizonte; no vivir en soledad, que es lo más duro del caminar, como ya reconoció el mismo Aristóteles en su Etica: “No es fácil en soledad estar continuamente activo; en cambio es más fácil con otros y respecto a otros”.

También hay que evitar por todos los medios la comparación, el mirar a los lados del camino, o a las vidas ajenas. Mirar a nuestro lado, a los que nos cruzamos en los caminos de nuestra historia para aprender, siempre es positivo, pero deja de serlo cuando tomamos como propios sus parámetros de existencia. Cada camino es distinto aunque no lo parezca, porque aun siendo el mismo el sendero a recorrer, es distinto el calzado, el paso de quien lo recorre, la altura del sujeto, el talante y el estado de ánimo de quien lleva esos zapatos. Incluso el día en el que se recorre. Pues no es lo mismo andar con sol y calor, que hacerlo en un día primaveral; no es igual andar con barro en los zapatos que con ellos limpios; no es lo mismo estrenarlos, que usarlos cuando la horma se ha hecho a nuestro pie. Tantas cosas son diferentes, que la comparación al final no puede resultar más que negativa o inútil. Mirar hacia adelante y mirar hacia adentro de nosotros es lo que nos dará la clave verdadera de cómo recorrer la senda. Porque mirando hacia delante, veremos cómo se dibuja el camino y nos daremos cuenta de cómo encontrar la mejor manera de recorrerlo. Y para saber cómo hacerlo hemos de pararnos primero a escuchar lo que nos dicta nuestro interior y tener la valentía de saber actuar desde nosotros mismos, de buscar respuestas en nosotros, de actuar desde nuestra propia libertad. Porque en algún momento, nos encontraremos con dificultades, obstáculos o encrucijadas… y no siempre habrá a nuestro lado un amigo, un maestro o compañero fiel que nos aconseje o nos acompañe por él: sólo desde nosotros mismos podremos responder, actuando desde lo que somos y sabemos.

Una tentación frecuente al caminar, al tratar de cumplir esa vocación vital que cada uno descubrimos y tenemos, es la de rendirse ante los obstáculos que se presentan. Y oyendo de nuevo a García Morente sabremos que, “la vida privada hay que hacérsela, hay que conquistarla. No basta con existir para tenerla. Querer ser lo que realmente se es. Ahí está la clave”. Y eso supone, como me escribía una amiga, “ser capaz de asombrarse, de profundizar, de no dar la espalda a la inquietud de encontrar respuesta a las realidades más profundas y complejas”.

LA FORJA PERSONAL Lo que hay después de los sueños es el trabajo por realizarlos.

Y eso es una tarea algo más costosa y difícil que simplemente soñarla. Pues para soñar basta con tener alma grande, imaginación y capacidad de asombro. Pero para realizar los sueños, para la forja del hombre, de la persona, se necesita algo más que eso.

Aun suponiendo un esfuerzo importante, la forja personal, la dificultad de roturar el camino, de crecer, de seguir madurando, de sacar una y otra vez de nosotros cuando ya parecía que no había más, tiene también para la persona un atractivo, una grandeza especial.

¿Conoces las alegrías del pensamiento meditativo? ¿Las alegrías del corazón libre y solitario, del corazón tierno y sombrío? ¿Las alegrías del paseo triste, del espíritu agobiado pero orgulloso del sufrimiento y de la lucha? (W. Whitman, “Hojas de hierba”).

Vivir es crecer constantemente. Y el crecimiento implica estiramiento personal, sacar de donde parece que no hay, como el tallo de las plantas o los huesos de los niños. Implica mirar hacia arriba o hacia delante para alcanzar la meta que la mirada no pierde de vista. Implica confiar en uno mismo: en que no me he engañado cuando he visto la meta, la he admirado y he decidido que ella sería la que quería tener para toda la vida.

Ese crecimiento está acompañado por un cierto dolor, un cierto sufrir. El de superarse constantemente para alcanzar el rayo de sol que se ve al final y que necesitamos para vivir. El de no desanimarse cuando todo se oscurece o nos sentimos sin fuerzas para seguir adelante. No es solución pararse ante la negrura o la oscuridad, pues hay una parte de la vida, de nuestro camino, que se hace al andar. Y sobre todo hay que aceptar que en la vida hay tramos que se caminan en cierta oscuridad, como ocurre a la Comunidad del Anillo cuando se adentra en las Minas de Moria. En esos tramos, el mismo andar forja la meta y abre el camino. Los sueños que perseguimos se realizan en el mismo avanzar.

Pero la oscuridad nunca es total cuando se vive enamorado. El motor más importante para hacer realidad los sueños es precisamente el amor: vivir con la convicción de que hay un tú que espera de mí todo eso y lo mira con un cariño y una ilusión única. Saber que no hay un solo esfuerzo que caiga en saco roto porque todos son valorados. Tener la íntima alegría de compartir los logros; experimentar la certeza de no estar nunca solo: ni en los momentos nuevos, ni en los difíciles, ni ante las cosas o personas que nos inspiran temor. Tampoco en los tropezones, los errores, las equivocaciones o los fracasos Vivir la vida no desde el “yo”, sino desde el “nosotros”. Estar en el mundo no “para mí”, sino “para nosotros”. Ese es el motor fundamental del alma que se ha embarcado, que ha dejado atrás la orilla para lanzarse en pos de sus sueños. Por eso, el descubrimiento del amor en la vida del hombre, pertenece de modo íntimo e intrínseco a su realización como persona. Sin él las cosas tienen un sentido limitado, plano, y de resonancia escasa. El amor es configurador, es motor de crecimiento y de superación.

La mirada del amor hace crecer a la persona y le hace descubrir el mundo y la vida de un modo diferente. Hay quienes no necesitan para crecer más que la mirada del otro. Esa es su lluvia y su sol. Su ser se desenvuelve y despliega de modo asombroso, sólo porque hay un “tú” (persona amada, amigo, padre, madre…) que lo mira. Y es maravilloso descubrir personas llenas de mundo interior y de espacios que se iluminan… y que ese mundo se ha creado en ellas precisamente porque hay un tú, un alguien que lo mira con sorpresa, con admiración y con “ingenuidad”. Es como si hubiera una inmensa reciprocidad: uno descubre personas llenas de mundo… que a su vez han sido capaces de crearlo, porque yo lo he mirado. El encuentro entre las personas, la apertura y el darse, es lo que las hace realizarse más plenamente, lo que las hace ser más. La persona se realiza y despliega en la autoentrega, en el otro, en el darse y ser recibido. Ser persona es ser relación a, es ser para alguien.

BUSCAR Y ENCONTRAR MAESTROS DE VIDA Para quien ha comenzado a recorrer el camino de la existencia personal con protagonismo y profunda libertad, o para quienes perseguimos con empeño la tarea de vivir una vida intelectual en medio del tráfago de la existencia, buscar y encontrar maestros de vida es una necesidad indeclinable. Necesaria para poder avanzar en esa tarea y también para conservar el alma de filósofos en el vertiginoso transcurrir del día a día. Todos necesitamos de esos maestros, guías en la existencia, que nos hacen el camino más fácil porque se cuenta con su compañía, su sabiduría, su experiencia, su consejo y también con su exigencia. Los maestros muestran con su existencia el arte de vivir encarnado. Hacen atractiva la meta y motivan aun en los momentos penosos del camino porque se reconocen en ellos los valores, los ideales o los sueños que nosotros perseguimos todavía.

Los maestros suponen una guía, y una compañía en el recorrido porque han alcanzado ya lo que nosotros estamos todavía comenzando. Ellos suponen la seguridad de saber que se puede llegar al final del camino, y —sobre todo— facilitan el recorrido porque nos muestran cómo se anda por él. Muestran con su modo de vivir. Como escribió A. Ruiz Retegui a este propósito, “las lecciones del maestro son manifestación de búsqueda personal y libre de la verdad: son lecciones magistrales. La actividad del maestro es rica y densa pues supone la puesta en juego de las energías personales más íntimas y verdaderas (…) Las lecciones magistrales son una muestra de libertad y por eso forman en libertad. La actividad del maestro requiere una gran intensidad de vida intelectual y personal. Esa actividad expresa la libertad al más alto nivel pues es mostrar la actividad investigadora y de relación con la realidad desde el más hondo foco personal. El maestro muestra el alma al mostrar que su acción es verdaderamente suya y no tomada en préstamo de otro.” Encontrar maestros, sin embargo, no es a veces tarea fácil para quien advierte su necesidad. Precisamente porque el maestro muestra el alma en su actuación, no sirve cualquiera, ni es el mismo para todas las personas, ni siquiera para todas las que comparten una misma inquietud. La relación del maestro y el aprendiz supone “la puesta en juego de las energías personales más íntimas y verdaderas”. Y esa apertura de la intimidad, ese entreveramiento de intimidades que en cierto modo se da en ella, requiere conexión de las almas y un ambiente propicio para el encuentro entre el aprendiz y el maestro. Quien desea un maestro de vida debe, por tanto, estar muy atento a los acontecimientos y personas de su alrededor.

Estar atentos a las personas puede resultar más sencillo. Pero también es importante estar atento a los acontecimientos, a lo que la vida va depositando a nuestro lado en la orilla, a lo que no se va con la corriente, a lo que permanece con nosotros a pesar del color cambiante del cielo y del constante fluir del agua. Porque en eso que la vida va dejando a nuestro lado —si somos capaces de advertir que está ahí— aparecen los tesoros. Y quien nunca hubiéramos pensado que lo fuera, se perfila como el maestro personal.

Habrá para quienes la búsqueda del maestro no sea dificultosa. Pero para los que esto no resulte tan sencillo sirve aquello de García Morente de “atender a una vocación histórica imperiosa”. Es decir, de no dejar morir en nosotros el deseo de encontrarlo. Porque en ese recorrer el camino, lo que estamos pretendiendo, lo que estamos haciendo, es ir en pos de la verdad personal, en busca de la verdad de la propia existencia que es la búsqueda de la vocación vital.

LA AVENTURA DE VIVIR Al final, nadie puede sustituirnos a cada uno en esta andadura, que es una andadura de libertad, y eso despierta en nosotros cierto miedo y al tiempo pasión: temor a equivocarse y afán por vivir con protagonismo la existencia aventurándose, adentrándose en ella. Al hilo de una conversación así, me decía Jaime que esto supone todo un planteamiento vital: protagonizar la aventura por excelencia que es la propia vida. Me la comparaba –con gran acierto– con dirigir una película haciendo de director, realizador, protagonista y chico de los recados. En esos momentos, seguía describiendo, “Spielberg es a tu lado un farsante porque no actúa sobre la realidad. Tú sí. Tú consigues que cada plano pase a la posteridad y no termine arrinconado bajo una capa de polvo en un almacén cualquiera. Porque tus planos son reales y tienen la capacidad de cambiar el mundo. Aunque sea un pedacito. Pero el mundo se cambia así: a pedacitos; con vidas que provocan cambios en otras vidas.” Este planteamiento vital puede suponer cierta incomodidad: la que tiene forma de inseguridad y es resultado de no tener la certeza de ir por el camino adecuado, y como consecuencia tener que empezar de nuevo. Andar, vivir, es saber con certeza que te vas a equivocar alguna vez. Y sin embargo, eso no nos excusa a nadie del deber de luchar por encontrar y vivir la vocación personal.

También puede resultar incómodo porque, seguía argumentando Jaime, “lo cómodo es lo fácil, lo que no exige esfuerzo, el dejarse llevar –incluso en lo bueno–, el andar por caminos bien asfaltados, el vivir sin salirse de unos parámetros que impidan la agitación interior, el no llamar la atención, el creer lo que me conviene, el no preguntarse demasiado por nada, el “dar el pego”, la monotonía, lo esperable, el hacer por hacer.” Para vivir en primera persona se requiere –por tanto– valentía: quizá hayamos de romper moldes, abrir nuevas sendas o caminar en dirección contraria a la de la mayoría. En ocasiones nos tocará caminar en soledad o podremos sufrir la incomodidad y la angustia de la incomprensión… El coraje es un arma imprescindible para actuar así, como lo es la responsabilidad para asumir los riesgos que toda búsqueda y realización implican.

Este modo de vivir exige también la generosidad y grandeza de alma de no exigir a todos que nos entiendan; o la de saber perdonar y disculpar a quienes ponen piedras en nuestro camino por envidia, ignorancia… o incluso por bondad. No todos somos iguales, ni vemos la vida igual. No todos vemos con la misma hondura. Pero quien tiene la suerte de percibir la vida así, como tarea apasionante, y es consciente de que tiene en ella un papel importante (lo cual no depende de la trascendencia externa o apariencia exitosa), no puede ni debe renunciar a eso. No puede retirar la mirada de su interioridad y traicionar a su más íntimo ser, a la llamada que desde él está percibiendo, sólo porque muchos otros no la perciban o porque nuestro entorno nos dirija llamadas acuciantes –las de la prisa diaria- que aparentemente no pueden esperar más.

Frodo, Gandalf y Aragorn, los personajes de Tolkien, nos sirven a este propósito para entender que se necesita cierta capacidad para la soledad y paciencia. En la larga peregrinación a Mordor, cada uno de ellos guarda para sí ciertos datos, pensamientos o temores de los que no hacen partícipes al resto de la Compañía, porque parecen considerar que no es necesario cargarlos innecesariamente sobre los demás. En su viaje, como en el de la vida, se necesita cierta capacidad para la soledad y también paciencia. Pues se puede sentir el cansancio de vivir en permanente búsqueda al tiempo que estamos en el día a día del trabajo, los amigos, la familia, las relaciones profesionales… Haciendo que todo ello funcione lo mejor posible, a pesar de que son de momento piezas de un puzzle que no acaban de encajar. Y para sobrellevar la inquietud que aguijonea cuando nadie a nuestro alrededor parece sentir esa necesidad de integrar todas las cosas, o parece tenerlas feliz y pacíficamente integradas desde hace mucho tiempo. Porque la tranquilidad puede convertirse en un bien ardientemente deseado en el a veces tumultuoso buscarse, encontrarse, entenderse, poseerse y así poder entregarse.

¿Y cómo saber que se ha llegado a la meta? Simplemente, se sabe. Y cuando la búsqueda ha sido constante e intensa, de gran implicación personal, el descubrimiento produce una alegría íntima y especial: nada explosivo, ni apasionando, ni tampoco un alborozo exagerado. Se trata más bien de un sentimiento de serenidad, de equilibrio, una satisfacción honda, un regusto de plenitud personal. Y eso es lo que nos permite, una vez alcanzada la meta, esta meta, volver al camino de nuevo, pues la vida está llena de principios, de nuevas etapas que comienzan.

Ana Mª Romero Iribas a_romeroiri@hotmail.com

Ignacio Sánchez Cámara, “Los términos del problema (clonación)”, ABC, 14.VIII.2004

La admisión de la clonación terapéutica entraña un grave problema moral. Lo primero ha de ser atenerse a los hechos y plantear con claridad los términos del problema. El lector atento y con buen criterio extraerá la solución, que no debe confundirse con «su» solución, pues el relativismo cuela ya de tapadillo la suya errónea: todo es relativo; luego, haga cada cual lo que mejor le parezca. El análisis de todo problema moral debe partir del respeto a los hechos. ¿Qué es lo que se debate? En este caso, se trata de determinar si es lícito crear un embrión clónico para utilizarlo en investigación de terapias contra enfermedades hoy incurables, y destruirlo después. Dejemos de lado las serias dudas que existen sobre la eficacia de estas terapias y la posibilidad de la existencia de tratamientos alternativos. ¿Es o no lícito moralmente hacerlo? ¿Deben autorizarlo los Estados? ¿Es compatible con la dignidad que conferimos a la vida humana, o con la que ésta posee de suyo? El siguiente paso bien podría ser rechazar lo que no está en discusión, los falsos planteamientos y las eventuales falacias. No se trata de una cuestión religiosa que afecte al ámbito de la fe y enfrente a creyentes y no creyentes. Tampoco se puede saldar el debate apelando al oscurantismo de quienes se oponen al avance de la ciencia, entre otras razones porque quienes argumentan así sí rechazan, muchas veces sin argumentos, la clonación reproductiva. Quienes se opusieron a la eugenesia nazi no fueron oscurantistas. Ni cabe zanjar el debate esgrimiendo la insensibilidad hacia el dolor de quienes oponen reparos morales. No hay debate auténtico cuando falta la buena fe. Ni tampoco cuando ningún interlocutor está dispuesto a atender los argumentos ajenos y descarta toda posibilidad de ser convencido. LO que verdaderamente se dirime es si es lícito fabricar un embrión clónico para curar y ser destruido. Argumentarán a favor quienes antepongan la salud y la vida del adulto frente a la dignidad de la vida embrionaria o quienes nieguen que la clonación atente contra ella. Se enfrentan aquí, como en tantos otros casos, distintas concepciones sobre la realidad, la moral y el valor de la vida humana, distintos planteamientos sobre la relevancia de la autonomía de la voluntad, la dignidad del hombre, la valoración exclusiva de las consecuencias de la acción, la justificación de los medios por el fin, la idea del deber o la afirmación de la existencia de acciones intrínsecamente buenas o malas. En suma, se enfrentan diferentes concepciones filosóficas con distintos órdenes de jerarquía de valores. Aunque no sea fácil, no debemos resignarnos a la inexistencia de un debate genuino. No valen ni la descalificación previa, ni el mero recurso al consenso, tan socorrido para políticos con convicciones anémicas. Ni tampoco la superficialidad antifilosófica. LAS disquisiciones sobre cuándo el embrión llega a ser persona me parecen alambicadas y, a veces, desembocan en meras disputas sobre palabras. La diferencia entre una célula madre y un adulto de, por ejemplo, sesenta años es patente. Pero también lo es que el embrión clonado es idéntico a lo que un día fue la persona cuya vida se intenta salvar mediante su fabricación. En cualquier caso, no se trata de un debate que enfrente a ilustrados y oscurantistas, sino a quienes sustentan diferentes concepciones acerca del valor de la vida embrionaria, una más laxa y otra más estricta, o, si se prefiere, una que defiende el valor intrínseco de la vida y otra que lo niega.

Jaime Nubiola, “Torturas y pornografía: la degradación de la humanidad”, La Gaceta, 19.VI.04

Como a todos, las imágenes que han ido apareciendo a lo largo del mes de mayo de las torturas en la cárcel de Abu Ghraib, me han impresionado muchísimo. En un primer momento, me impactó la degradación de la humanidad que entrañaba el sometimiento de los presos iraquíes a vejaciones sexuales y de todo tipo por parte de sus carceleros: trataban a los iraquíes como objetos de diversión y al hacer esto se ponían a sí mismos en el nivel de los animales que torturan a sus víctimas antes de devorarlas. Quizá la imagen más gráfica -que muchos conservaremos en nuestra memoria- es la de Lynndie England, la soldado de 21 años, que mira con desprecio a un iraquí desnudo, tirado en el suelo como un animal abatido, al que lleva en su mano izquierda atado por el cuello con una correa de perro. En los ojos de Lynndie England no hay odio, solo un desprecio infinito.

En un segundo momento, lo que llamó mi atención no fueron tanto las horribles imágenes en sí mismas, sino el lamentable aspecto de carnaval pornográfico que tenía toda la serie de fotografías distribuidas. El periódico británico The Guardian llamó particularmente la atención sobre este punto. El festival de violencia que mostraban las imágenes tenía un carácter típicamente pornográfico: muchas de las víctimas habían sido reducidas a objetos de exhibición, llevaban capuchas o no mostraban sus caras; los hombres y mujeres autores de los abusos aparecían posando con aire triunfal delante de sus “proezas”; a su vez, quienes tomaban las fotos concentraban su atención en los genitales de sus víctimas y en aquellos aspectos que más pudieran llamar la atención del espectador. Como advirtió Luc Sante, aquellas fotos eran como los trofeos de un safari fotográfico.

Tal como escribía la historiadora Joanna Bourke el 7 de mayo, “no hay aquí perplejidad moral ninguna: los fotógrafos ni siquiera parecen advertir que están registrando un crimen de guerra. No hay el menor indicio de que estén documentando algo moralmente equivocado. Para la persona de detrás de la cámara, la estética de la pornografía le protege de cualquier culpa”. Esas fotos no son sobre “los horrores de la guerra”, sino que en su mayoría son una glorificación de la violencia y el abuso sexual. Da la impresión de que muchas de esas fotos fueron tomadas por gentes a quienes agradaba lo que estaban viendo, que disfrutaban con esas “hazañas” de humillación sadomasoquista. “La pornografía del sufrimiento que muestran estas imágenes -concluye Bourke- es de naturaleza voyeurística. El abuso se lleva a cabo para la cámara”.

De los debates que han seguido durante las semanas siguientes, quiero destacar la explicación de Donald Rumsfeld acerca de la distribución de esas imágenes. Se quejaba el Secretario de Estado norteamericano de que ya no era posible censurar las cartas de los soldados como en los viejos tiempos tachando las líneas inadecuadas, pues hoy en día los soldados no escriben cartas, sino que “funcionan como turistas que viajan con sus cámaras digitales, toman esas increíbles fotografías y las pasan a los medios de comunicación para sorpresa nuestra y en contra de la ley”. Las cámaras digitales, los ficheros JPEG y el correo electrónico diseminan de inmediato por todo el mundo las “gestas” de estos turistas tan especiales que, imbuidos de la “cultura de la pornografía”, se dedican a la tortura y al abuso sexual de ciudadanos de aquel país al que supuestamente iban a liberar.

En los últimos días -daba la noticia Katharine Vine- ha aparecido un nuevo elemento que da indicios del enorme poder de la industria pornográfica: la producción y distribución de películas que muestran la violación de mujeres vestidas de iraquíes por hombres vestidos de soldados estadounidenses. El problema de fondo es -me parece- la enorme expansión de la pornografía en la última década a través de internet. Si se busca “sex” en Google proporciona en 0,11 segundos la friolera de 204 millones de resultados que contienen las escenas más horripilantes de sexo y degradación que hasta el momento los seres humanos han logrado imaginar. Las penosas escenas de la cárcel de Abu Ghraib ponen delante de nuestros ojos el estrecho vínculo que hay entre tortura y pornografía. Susan Sontag se preguntaba hace unos pocos días en el New York Times cuántas de las torturas sexuales infligidas a los presos en Abu Ghraib habían sido inspiradas por el enorme repertorio de imágenes pornográficas disponibles en internet que los soldados trataban de emular ante las cámaras de sus compañeros.

¿Cómo influye la pornografía en la vida real de sus consumidores? Así como sabemos que el tabaco daña gravemente a la salud, ¿cómo afecta el consumo de pornografía a los seres humanos? Los estudios científicos disponibles no llegan todavía a un consenso total, pero las escenas de Abu Ghraib me parece que muestran de manera bien patente la capacidad que la pornografía tiene no solo de herir la sensibilidad del espectador, sino de dañar su conducta, de degradar su humanidad. Como decía el título de un libro francés sobre esta materia: La marea negra de la pornografía. Una plaga de orígenes y de consecuencias mal conocidos. El efecto más negativo de la pornografía es, muy probablemente, que afecta a la imaginación de sus consumidores hasta el punto de llegar a transformar reductivamente -esto es, a reducir a mera satisfacción sexual- las relaciones entre los seres humanos. Como las relaciones entre las personas están mediadas por su imaginación, la sistemática reducción de las relaciones entre mujeres y varones a su excitación sexual implica una degradación violenta de nuestra humana condición.

Las imágenes de la cárcel de Abu Ghraib han traído a mi memoria una anotación en su diario del reciente premio Nobel de Literatura Imre Kerstész, superviviente de Auschwitz y Buchenwald: “Las dos grandes metáforas del siglo XX: el campo de concentración y la pornografía -ambas bajo el punto de vista de la servidumbre total, de la esclavitud-. Como si la naturaleza mostrara ahora su lado funesto al hombre, a su nacimiento, desvelando radicalmente la naturaleza humana”. La tortura y la pornografía son aspectos complementarios de la degradación de la naturaleza humana que ha caracterizado a nuestro tiempo. El NO rotundo a la tortura que atraviesa nuestra sociedad ha de ir acompañado de un NO igualmente rotundo a la pornografía que es su cara oculta o quizá más bien la forma mediáticamente correcta de su presentación.

En la medida en que aspiramos a forjar una sociedad democrática, plural y respetuosa de la igual dignidad y de las diferencias entre varones y mujeres, ha de afrontarse decididamente la eliminación de la excitación sexual en los medios de comunicación. La tolerancia ingenua de la pornografía en los medios de comunicación, incluido internet, so capa de libertad de expresión, conduce a la degradación de la condición humana que muestran las penosas imágenes de Abu Ghraib.

La Gaceta de los Negocios (Madrid), 19 de junio de 2004 Jaime Nubiola es Profesor de Filosofía de la Universidad de Navarra

Ignacio Sánchez Cámara, “El valor de la vida”, ABC, 2.VI.2004

Entre el capítulo de las promesas socialistas con destino a ser cumplidas parece que se encuentran la reforma de la legislación sobre la penalización del aborto, la supresión de los límites para la reproducción asistida y la autorización de la experimentación con embriones con fines terapéuticos. Resulta barato y puede complacer a los sectores más «progresistas», que se verían así compensados por otras promesas incumplidas. Existe un sector, acaso mayoritario, en el PSOE que parece empeñado en suscitar una «cuestión religiosa» que la Constitución y el sentir de la mayoría de los ciudadanos ya han resuelto. La libertad religiosa y el derecho de los padres a elegir la educación que han de recibir sus hijos, en igualdad de condiciones, alejan toda posibilidad de un anacrónico conflicto religioso en España. Pero el aborto no es una cuestión religiosa, sino moral y jurídica. No enfrenta a los católicos y a quienes no lo son, sino a posiciones divergentes en cuanto a la naturaleza y los límites de la protección de la vida humana. Por lo tanto, en torno a su valor y dignidad. No es un asunto de sacristías y catequesis, sino que afecta al cimiento moral de la sociedad. La actual legislación, como es sabido, califica el aborto como delito y excluye la aplicación de la pena en tres casos. Su aplicación permisiva, bordeando en muchos casos, si no traspasando, el fraude de ley, podría hacer más aconsejable su limitación, o al menos, la lucha contra el fraude, que su ampliación. El proyecto del PSOE prevé la aprobación de una ley de plazos. Durante los tres primeros meses de la gestación, la madre, por así decirlo, podría decidir la interrupción del embarazo, es decir, la muerte del embrión. De ser un delito con tres excepciones pasaría a ser un derecho de la madre (y sólo de ella) durante los tres primeros meses de gestación. No sé si es muy coherente excluir de la decisión al padre y luego atribuirle el cuidado compartido de los hijos y de su educación. Esta modificación entrañaría una transformación radical de la actual legislación, que, por lo demás, encajaría muy difícilmente en la regulación constitucional. Me limitaré, en las líneas que siguen, a una discusión y valoración de los aspectos jurídicos. La valoración moral, por razones que ahora no expondré, me parece clara y gravemente negativa. El problema jurídico reside en determinar si se trata de un asunto de conciencia que debe ser decidido por cada cual sin intervención de los poderes públicos (en sana doctrina liberal) o si (también en sana doctrina liberal) se trata de un asunto que afecta al orden público y a los fundamentos de la convivencia. De lo que en ningún caso se trata es de un conflicto entre el laicismo y el integrismo religioso. La proscripción del aborto no es asunto de fe. Otra cosa es que la doctrina moral de la Iglesia católica haya sido, y siga siendo, contundente. Pero no se trata de un dogma de fe o de un asunto de régimen interno para los católicos. Nadie argumenta así en lo que se refiere a la penalización del homicidio o del robo. Existen normas que obligan a los católicos, y sólo a ellos, en cuanto tales. Por ejemplo, la obligación de asistir a la Misa dominical. Imponerla a toda la sociedad sería lesivo para la libertad religiosa (y para el sentido común). Pero nadie rechaza o discute la conveniencia de castigar el homicidio porque lo repudie la Iglesia católica. La cuestión no es, por tanto, religiosa. Se trata de determinar si la proscripción del aborto se asemeja a la del homicidio o a la del precepto dominical. Y no se resuelve la cuestión apelando al laicismo. Si nadie argumenta que quien quiera matar que mate, y quien no que no lo haga, no es evidente que quepa argumentar así en el caso del aborto. Tampoco cabe limitar el derecho de la Iglesia a pronunciarse sobre la legitimidad de un Gobierno que apruebe esas medidas, ya que esa capacidad no se discute a otras instancias sociales cuando se han pronunciado sobre la política exterior o si reprobaran, con razón, eventuales permisiones de la tortura o de la pena de muerte o la adopción de medidas racistas por parte de una mayoría parlamentaria. Por lo demás, la argumentación no se sustenta sobre afirmaciones dogmáticas o de uso interno para creyentes, sino que apela a la concepción compartida de los derechos humanos y, en especial, del fundamental derecho a la vida. No es, pues, asunto de fe. La consideración del aborto como un derecho (de la mujer) o la legalización de la producción de embriones destinados a la destrucción, aunque sea con fines sanitarios, contradicen el estatuto del derecho a la vida y la protección jurídica del embrión reconocida por el Tribunal Constitucional. Entrañan una violación del derecho a la vida y una subversión radical de nuestro sistema jurídico. Aunque las leyes tienen que fijar límites más o menos arbitrarios, por ejemplo, la determinación de la mayoría de edad, resulta arbitrario e injusto que la eliminación del embrión sea un derecho hasta los tres meses de vida para convertirse en un delito un día después. La creciente aceptación social del aborto es uno de los más graves síntomas de la perturbación moral de nuestro tiempo. Podría argumentarse que se trata de una cuestión moral, reservada al ámbito de la conciencia, en el que los poderes públicos no deberían intervenir. Algo semejante a lo que sucede, por ejemplo, con la prostitución o la pornografía. Mas no es así. Se trata de la protección de la vida humana, que es uno de los fines fundamentales del Derecho. Tampoco cabe invocar la libertad en casos como la ablación de clítoris o las prácticas eugenésicas. Lo que hay que determinar es si el aborto entraña la eliminación de una vida humana. Y, sobre eso, por más disquisiciones que se quieran hacer, no caben dudas. Por lo demás, ni siquiera cuenta con el grado necesario de consenso social para adoptar esa medida. Y bastante se nos ha bombardeado con el consenso y el diálogo, para regatearlo en cuestión tan grave. No se trata, pues, de imponer a todos las convicciones de algunos. Se trata de cuál es la convicción mayoritaria y, sobre todo, y por encima de las eventuales mayorías, cuál es la solución más justa. Por otra parte, existen los tres supuestos ya reconocidos, y la aplicación de las eximentes, como el estado de necesidad, y de las atenuantes, para eliminar o paliar los eventuales efectos nocivos o duros de la aplicación de las penas en muchos casos. Pero esto no puede eximir al Estado de su obligación de proteger el derecho a la vida. Se encuentran en conflicto quizá dos concepciones antagónicas acerca del valor de la vida y de su dignidad. Para unos es un valor fundamental que debe ser protegido sin excepciones (en algunos casos, no en todos, porque se trata de un don de Dios). Para otros, parece tratarse de algo así como de una mera propiedad inmanente a ciertos seres, sin un valor especial, y sobre el que deben prevalecer la libertad y el bienestar de los adultos o la salud de otras personas. Por mi parte, me adhiero a la primera posición. Dudo que la segunda sea la mayoritaria, pero, aunque lo fuera, no se soluciona el problema adoptando una solución que vulnera el sentimiento jurídico y moral de muchos, máxime cuando caben posiciones intermedias, como la actualmente vigente. Por lo demás, tan dogmática sería, en su caso, una posición como la contraria. La aprobación de las reformas previstas por el Gobierno entrañaría una grave injusticia y, muy probablemente, la vulneración de nuestra regulación constitucional sobre el derecho a la vida.

Jokin de Irala, “Nuevas estrategias preventivas contra el sida”, Diario de Navarra, 2.XII.03

Desde el corazón de África, nuevas estrategias preventivas contra el sida. Continúa leyendo Jokin de Irala, “Nuevas estrategias preventivas contra el sida”, Diario de Navarra, 2.XII.03

Carlos Soler, “La ética de Savater”

Recensión del libro
FERNANDO SAVATER, Ética para Amador, Ariel, 43 ed. Barcelona 2003, 189 pp Continúa leyendo Carlos Soler, “La ética de Savater”

Beverly McMillan: Confesiones de una ginecóloga

A veces ser católico y tratar de estar a la altura de las enseñanzas morales de la Iglesia puede resultar un poco opresivo. Así es como me sentí cuando, en 1990, regresé a la Iglesia Católica. Había sido una larga ausencia para mi.

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Albert J. Novell, “¿Por qué papá se tapa los ojos cuando llora?”, El País 16.IX.03

Era una cena normal, de una familia aparentemente normal. El hijo pequeño, de dos años, se movía por el comedor jugando en su mundo alegre e imaginario. El hijo mayor, de cuatro, cenaba distraído haciendo figuras geométricas con la comida, jugaba a cuchillo y tenedor. De fondo, el telediario nocturno emitía noticias que quizás herirían la sensibilidad de nuestros abuelos: muertes por causas étnicas y religiosas se mezclaban con disputas y guerras sin sentido. Las noticias demostraban una vez más el axioma de que “el sentido común es el menos común de los sentidos”.

La mamá y el papá cenaban en silencio. Tenían que estar pendientes de tantas cosas: que la imaginación del pequeño no le causara una caída, que la geometría del mayor no derramara un vaso, que las obscenidades de las noticias pasaran desapercibidas para los menores, que sus problemas cotidianos no invadieran la intimidad familiar y, por qué no decirlo, también tenían que estar pendientes de ellos mismos. Los gritos de los niños y los bustos parlantes televisivos ocupaban un silencio que podría haberse cortado con un cuchillo.

Pendiente de todo, la mujer miraba de reojo a su marido. Éste, distraído y absorto, cenaba como un pajarito encerrado en su jaula.

Finalmente, la mujer, consciente de que se acercaba la fecha del próximo control, le pone la mano en la pierna y le dice: no te preocupes, todo saldrá bien. No es el primero ni el último control que te hacen. Te encuentras bien. Confía en Dios. El hombre mira a su mujer y fuerza una sonrisa de agradecimiento. Le coge la mano, se la aprieta, la mira a los ojos y le habla, lenta y pausadamente, para no distraer a los pequeños artistas. Sabes, hoy han sacado un titular en EL PAÍS en el que una investigadora afirma: “…Quizás el cáncer dice que nos diseñaron para vivir menos tiempo”, y en el texto también dice que “cuanto más avanzada es la edad, menos avanzan los tumores” (EL PAÍS, 23, Revista de Agosto).

La mujer aprieta la mano de su marido y se dice para sí misma, qué sensibilidad que tienen estos científicos cuando hablan para la prensa. El marido la mira a los ojos y sigue hablando: “No creas, también dice: “…sigue siendo inhumano que la gente muera de cáncer” y que “debería ser una prioridad”. Y añade: “…ver a una persona enferma tanto tiempo y no poder hacer nada quiere decir que no sabemos hacer nada”. Llegados a este punto de la conversación conyugal, el marido mira a su mujer y repite para sí mismo despacio y de forma vehemente: están equivocados, todos pueden hacer algo, pueden hacer mucho, pero nadie quiere hacer nada. Llevamos el fantasma de la muerte encima y no podemos zafarnos de él.

El matrimonio calla con prudencia para no alertar a sus hijos. Han decidido preservar la felicidad familiar y no hablar de la enfermedad de papá a los niños hasta que ésta sea inevitable. El papá baja la cabeza hacia el plato. Se le dispara el pensamiento y se pone taquipsíquico. Recuerda los paseos en el posoperatorio inmediato, calle arriba calle abajo, atrapados los cuatro en la soledad de una ciudad vacía de personas en el mes de agosto y preguntándose a sí mismo: ¿por qué a mí?, ¿por qué ahora? Se acuerda de las personas que decían que eran amigas y cómo desaparecieron, unas silenciosamente, otras bruscamente. El cáncer aparece como la modernización de la peste. Nada cambia, todo se moderniza, hasta las guerras étnicas. Se acuerda de las amistades que reaparecieron. El cáncer te enseña quién es quién en tu vida, el verdadero valor de las personas que forman eso que se llama el entorno. Piensa en las pocas veces que ha oído un ¿cómo estás?, ¿cómo te encuentras? De lo duro que resulta ser padre, enfermo, joven y médico. La de veces que ha escuchado: tú no tendrás problemas siendo médico, o, al fin y al cabo, tú tienes suerte, a los sanos no nos hacen tantas pruebas. Se acuerda de ese estudio que codirigió sobre pacientes oncológicos en el que la mayor parte de los participantes se sentían estigmatizados y veían su cáncer como un tema tabú.

Lamentablemente, interesa más la telomerasa que la estigmatización de los pacientes, la investigación genética es más sexy que la social. Hablemos del futuro y olvidemos el presente, ésta es la estrategia. Piensa con intensidad. Ve a sus hijos ajenos a las obscenidades de las noticias. Él cuenta su supervivencia no en meses ni en años, sino en kilos y centímetros. Ahora es de 14 kilos y 94 centímetros, lo que pesa y mide su hijo pequeño, nacido el mismo mes de su operación. Insiste, ¡sí que se puede hacer algo por los pacientes con cáncer!: cuidarles, dejar que expresen sus emociones, no ofrecerles falsas esperanzas y, sobre todo, quererles y no abandonarles. Ellos necesitan que los quieran, no que les recuerden que no se puede hacer nada y que la situación pinta mal. Y desde luego, sí se puede hacer algo por ellos y mucho, pero ¿a quién le interesa hablar de esto? El papá sigue pensando rápido. El cáncer no se cura. Uno puede vivir más o menos años, con mejor o peor calidad de vida. Hasta se pueden ganar cinco tours de Francia seguidos con la enfermedad, pero mientras hayan controles periódicos y cada una de las vacaciones familiares se viva como si pudiera ser la última, el cáncer existe.

Llegados a este punto de su pensamiento, cae derrotado. Las lágrimas empiezan a brotar sobre sus mejillas y de forma instintiva se tapa los ojos con las manos para que sus hijos no le vean llorar. La mamá, reteniéndose como puede, le coge la mano, la aprieta con fuerza y le dice con convicción: no sufras más, todo saldrá bien.

El hijo mayor deja la geometría por unos instantes, busca la mirada de su mamá y le pregunta: “Mamá, ¿por qué papá se tapa los ojos cuando llora?”. Ella cuenta hasta tres y no dice lo que piensa. Es un niño muy pequeño aún para oír: papá se tapa los ojos para no ver cómo quizás a las personas como él nadie en esta sociedad les mira. En lugar de eso, coge discreta y delicadamente a los niños y se los lleva a la cocina. Hoy habrá ración doble de helado para postre. Os habéis portado muy bien.

Esta historia es real, pero ¿a alguien le interesa de verdad saber quién es el papá de esta historia? Pues, lamentablemente, hay muchos casos como el suyo, perdón, como el mío.

El 25% de las víctimas del sida son atendidas por la Iglesia católica, Zenit, 23.IX.03

Informe del cardenal Hummes ante la asamblea plenaria de la ONU: El 25% de las víctimas del sida en el mundo son atendidos por la Iglesia.

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Recopilación de artículos de ARVO sobre fecundación in vitro

Pinchar aquí para ir a la recopilación de artículos de ARVO Temas tratados: -Embriones humanos «congelados»… -Más luz sobre la Ley de reforma de Reproducción Asistida y de la Nota de la Conferencia Episcopal Española. -Instrucción «Donum vitae» sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación. -De Hipócrates a Kevorkian: ¿Hacia dónde va la Ética Médica? -Persona y dignidad. -Aportaciones más recientes en torno al debate sobre los embriones humanos, su estatuto en las diversas situaciones, el uso terapéutico de las células madre, la reproducción asistida, etc. -La situación biológica primordial del ser humano engendrado y del producido mediante la fecundación in vitro (FIVET).

-El respeto y las afrentas a la dignidad humana -Experimentación con embriones sobrantes. Las vidas humanas no valen menos porque nadie las llore. Gonzalo Herranz.

Preocupación ante las enfermedades de transmisión sexual, PUP, 30.VII.03

El “sexo libre” está desatando una crisis de salud Continúa leyendo Preocupación ante las enfermedades de transmisión sexual, PUP, 30.VII.03

Julio Barrilero, reseña-resumen de Alejandro Llano, “La vida lograda”, 7.III.02

La vida lograda, de Alejandro Llano (Editorial Ariel, 2002, 200 páginas).

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Miguel A. Cárceles, “Educación afectivo-sexual de niños y adolescentes”, Palabra, IV.01

Dios, que es amor y vive en una comunidad de amor, al crear al hombre a su imagen y semejanza le ha conferido una vocación como la suya: una vocación al amor. Este amor es siempre don de sí mismo.

«El hombre y la mujer pueden llevar a cabo esa llamada, o como personas individuales, o unidos con carácter permanente en una pareja que forma una comunidad de amor. Si lo hacen individualmente vivirán la virginidad; cuando establecen una comunidad de amor, la viven en el matrimonio. Pero en ambos casos es la totalidad de la persona la que hace el don de sí» (Engracia A. Jordán, La educación para el amor humano).

Siendo el hombre un compuesto de cuerpo y alma, su radical vocación a amar abarca también el cuerpo humano, que se hace partícipe del amor espiritual. El hombre ama con todo su ser, en cuerpo y alma.

Educación de la afectividad La sexualidad no puede reducirse a un fenómeno puramente biológico: a la experiencia genital, a la unión carnal hombre–mujer. La sexualidad alcanza categoría humana cuando se enlaza en el misterio del amor, esencial en la existencia del hombre. Por esta razón, la educación sexual ha de estar incluida en el marco de la educación de la afectividad, es decir, en la educación de los sentimientos y tendencias humanas, entre las que el amor tiene carácter primordial.

Cuando el sexo no se entiende enmarcado en la espiritualidad se vuelve inhumano, y lo inhumano es más bajo que lo puramente animal. El sexo aislado del mundo espiritual –del contexto global del hombre– ve en el otro un «objeto sexual», no «una persona amada». La pura unión carnal, desprovista de espíritu, rebaja las personas a la condición de cosas que sólo tienen sentido en cuanto producen satisfacción o placer.

«Dado que la vida se hace específicamente humana en la medida en que se utiliza la razón –afirma Víctor García-Hoz–, la educación empieza por una acción sobre la inteligencia. De aquí la consecuencia de que toda educación en le aspecto sexual tiene que apoyarse en la formación de una conciencia clara del papel que desempeñamos cara a Dios en nuestra vida».

Esta educación afectivo-sexual debe ser, por tanto, una educación para el amor, que oriente a cada uno, según su vocación específica, hacia la virginidad o hacia el matrimonio. La primera es una vocación al amor, al don de sí mismo primero a Dios y en Él a todos los hombres. La segunda requiere una sana educación para el amor conyugal, que es un amor de totalidad.

Actualidad y urgencia «En la actual situación socio–cultural es urgente dar a los niños, a los adolescentes y a los jóvenes una positiva y gradual educación afectivo–sexual, ateniéndose a las disposiciones conciliares. El silencio no es una norma absoluta de conducta en esta materia, sobre todo cuando se piensa en los numerosos «persuasores ocultos» que usan un lenguaje insinuante» (S. C. para la Educación Católica, Orientaciones educativas sobre el amor humano. Pautas de educación sexual, nº 106).

La razón es obvia: el tema del sexo está en la calle y entra en el hogar a través de los medios de comunicación social, que con gran frecuencia emplean un lenguaje destinado únicamente a estimular el instinto y a provocar manifestaciones sexuales desconectadas con el sentimiento y el espíritu, con el don de sí, con la apertura a los otros, a la vida y a Dios. Es ésta «una cultura que banaliza en gran parte la sexualidad humana –afirma Juan Pablo II–, porque la interpreta y la vive de manera reductiva y empobrecida, relacionándola únicamente con el cuerpo y el placer egoísta» (Familiaris consortio, nº 37).

Por eso es preciso oponer, a esta acción deformadora y corruptora, la verdadera educación afectivo-sexual, centrada en el concepto cristiano de la sexualidad humana.

Derecho y deber de los padres Como toda educación, también la afectivo-sexual corresponde principalmente a los padres. La familia es la primera comunidad de amor y en ella se forman los hijos en el verdadero amor, como un servicio sincero y solícito hacia los demás. Es en la familia donde surgen numerosas ocasiones para entablar el diálogo sobre distintos temas relacionados con el sexo y la afectividad: la llegada de un nuevo hijo, la gestación del niño en el seno de la madre, el desarrollo sexual en la pubertad, la atracción de los adolescentes hacia amigos y conocidos de distinto sexo, etcétera. Son momentos oportunos para conversar sobre el tema.

Sobre esta materia, el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer aconseja: «Que sean los padres los que den a conocer a sus hijos el origen de la vida, de un modo gradual, acomodándose a su mentalidad y a su capacidad de comprender, anticipándose ligeramente a su natural curiosidad; hay que evitar que rodeen de malicia esta materia, que aprendan algo, que es en sí mismo noble y santo, de una mala confidencia de un amigo o de una amiga» (Conversaciones, nº 100).

Para esta importante labor educativa los padres cuentan con la gracia de estado recibida en el sacramento del Matrimonio, que «los consagra en la educación propiamente cristiana de los hijos (…) y los enriquece en sabiduría, consejo, fortaleza y en los otros dones del Espíritu Santo, para ayudar a sus hijos en su crecimiento humano y cristiano» (Familiaris consortio, nº 38).

Existen, además, libros sencillos y apropiados, asociaciones familiares, cursillos de orientación familiar organizados por entidades de confianza, etcétera, que permiten profundizar en la mejor forma de impartir la urgente educación afectivo-sexual.

Modo de impartirla La educación afectivo-sexual ha de ser: — Verdadera: ha de ajustarse siempre a la realidad de las cosas, con precisión y delicadeza.

— Clara: comprensible para el niño o adolescente.

— Gradual: el conocimiento ha de adquirirse al compás del desarrollo corporal y espiritual. De este modo irá evolucionando armónicamente toda la personalidad, primero del niño y después del adolescente. –Individual, pues lo que convenga decir a un chico o una chica, quizá otro de la misma edad no esté en condiciones de asimilarlo.

— Completa: tanto en cuanto a los temas, como en cuanto a la extensión y profundidad con que se tratan.

— Oportuna: deben aprovecharse las ocasiones más favorables, que ordinariamente se presentan cuando el niño hace preguntas sobre estos temas, o en determinados períodos críticos, como son los siete años y la pubertad. Sin ir más allá de lo que pregunta, pero dejando siempre abierta la puerta para que pueda hacer nuevas preguntas.

La respuesta personal Toda educación exige una respuesta por parte del alumno: no sólo debe ser asumirla, sino también complementarla mediante la lucha personal. Con mayor motivo cabe afirmar esto a propósito de la educación y de la vivencia afectivo-sexual. «El uso cristiano de la sexualidad –afirma García-Hoz– no se realiza sin esfuerzo, sobre todo en la época de la adolescencia y de la juventud, en las que la fuerza de las tendencias sexuales y la poca madurez de la personalidad exigen una lucha más rigurosa».

Es preciso concienciar a adolescentes y jóvenes de que la vida humana sólo se realiza a través del esfuerzo. La impureza es, en buena parte, un problema de pereza. Una y otra –o una con otra–, si se descontrolan, si no se las encauza del modo adecuado, machacan la personalidad embaucando con el goce inmediato, roban la auténtica alegría, pasan siempre amargas facturas al cabo del tiempo y pueden dejar hondas heridas para el futuro.

Resulta desaconsejable cargar las tintas en los aspectos meramente costosos y negativos, que chocan con su falta de perspectiva y sus afanes juveniles y, a veces, fomentan un insensato espíritu de rebeldía. Por el contrario, a adolescentes y jóvenes –ellos y ellas– debe animárseles a pasar al campo de los fuertes, de los generosos, de los magnánimos, que es el campo de las personas nobles y sabias, de las felices y de las que tienen porvenir.

Los medios De igual modo es necesario descubrirles los medios, tanto humanos como sobrenaturales, para coronar con éxito el empeño.

He aquí algunos medios humanos: — Desear de veras la pureza, y rebelarse contra el mal que intenta esclavizarles, es el primero de los medios humanos.

— Estar siempre ocupado mediante el trabajo, estudio, deporte o cualquier otra actividad, ya que «la ociosidad –como dice la Escritura–, es maestra de todos los vicios».

— Vivir el pudor y la modestia: «el pudor, afirma Max Scheller, no sólo da forma humana a la sexualidad, sino que favorece, además, su armónico desarrollo».

— Vigorizar la voluntad, venciendo pequeñas dificultades de todo estilo que se presenten, sin ceder a la pereza, la comodidad, el desorden, el capricho, etcétera.

— Despreciar o sortear las ocasiones innobles: lecturas, amistades, películas, conversaciones subidas de tono, etcétera.

Entre los medios sobrenaturales destacan: — La oración, ya que sin ella es imposible vencer de modo habitual: «orad, dice Jesús, para no caer en la tentación».

— La mortificación, pues no sólo fortalece la voluntad, sino que –como enseña el Beato Josemaría Escrivá– «es la oración de los sentidos».

— La frecuencia de sacramentos, ya que, tanto en la Sagrada Comunión como en la Penitencia, Jesucristo fortalece el alma con su gracia y la ayuda a vencer.

— El trato frecuente con la Santísima Virgen.

— La conversación periódica con un sacerdote.

— El aprecio del cuerpo, ya que es templo del Espíritu Santo. Vale la pena tener en cuenta que el sentimiento de dignidad es uno de los rasgos fundamentales de la personalidad, que se vive con especial intensidad en la juventud, y por lo que constituye uno de los estímulos más fuertes para la educación. n CASTIDAD Y CAPACIDAD DE AMAR La conciencia del significado positivo de la sexualidad, en orden a la armonía y al desarrollo de la persona, como también en relación con la vocación de la persona en la familia, en la sociedad y en la Iglesia, representa siempre el horizonte educativo que hay que proponer en las etapas del desarrollo de la adolescencia. No se debe olvidar que el desorden en el uso del sexo tiende a destruir progresivamente la capacidad de amar de la persona, haciendo del placer –en vez del don sincero de sí– el fin de la sexualidad, y reduciendo a las otras personas a objetos para la propia satisfacción. Tal desorden debilita tanto el sentido del verdadero amor entre hombre y mujer –siempre abierto a la vida– como la misma familia, y lleva sucesivamente al desprecio de la vida humana concebida, que se considera como un mal que amenaza el placer personal.

Consejo Pontificio para la Familia, Sexualidad humana: verdad y significado. Orientaciones educativas en familia, 8-XII-1995, n. 105 Miguel Ángel Cárceles Revista Palabra, nº 442-443, abril 2001

Gonzalo Herranz, “El sacrificio de prisioneros de guerra y los embriones congelados”, PUP, 7.XI.02

El autor -Director del Departamento de Humanidades Biomédicas de la Universidad de Navarra- se pregunta si son reales las expectativas que ofrece a la medicina la investigación con embriones congelados excedentes de FIV. A este planteamiento añade otro de un gran calado ético, como es el de la dignidad humana. Estos embriones, aunque están abocados a su desaparición, tienen igual dignidad que el resto de seres humanos. Las clínicas de FIV deberían defender sus vidas.

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Emilio Sanz, “Pisar la raya”, La Tribuna, 15.XI.02

Confieso públicamente que, cada vez que sale una nueva novela de John Grisham, (ese abogado estadounidense que cambió la toga por la pluma, y del que los fabricantes de chistes de abogados dirían que dejó de contar historias en los tribunales para contarlas en las novelas), cada vez que sale una nueva, digo, intento conseguírmela cuanto antes y me la leo en “dos patás”.

Pues resulta que, en una de las últimas de Grisham, se hace una descripción bastante buena de un hombre sin norte, que eso son los negociantes tramposos de las novelas, y el último rasgo del retrato viene a decir que “era uno de esos tipos que borró la raya, de tanto pisarla”.

Me he acordado de esto del pisar la raya al informarme sobre la cuestión de la clonación terapéutica.

La empresa estadounidense “Advanced Cell Technology” ha sido la primera en acercar el pie a la raya anunciando la posibilidad de utilizar embriones nacidos de un proceso de clonación humana, para obtener células madre, y con estas últimas tratar a pacientes con enfermedades degenerativas.

Pues bien: lo que propone el citado laboratorio norteamericano es aprovechar esos embriones humanos que pretende crear mediante clonación, para sacarles las células de su disco embrionario (células madre) y, después de una serie de procesos y cultivos, trasplantar esas células a un enfermo. Hay que decir que para poder extraer el disco embrionario, el embrión en cuestión debe morir.

El proceso sería el siguiente: 1.- Tomar una célula del paciente y clonarla. De ahí se obtiene un embrión humano; 2.- Cultivar ese embrión en un laboratorio durante unos días, el tiempo suficiente para que se le puedan separar las células de su disco embrionario (las famosas células madre). El embrión muere, y ya tenemos células madre; 3.- Esas células son tratadas para evitar su envejecimiento, y luego se transforman en células del tipo que necesita el enfermo: nerviosas, musculares, o del tipo que sea; y 4.- Se hace el trasplante, y se tiene cuidado de que no haya rechazo y de que las células trasplantadas se integren funcionalmente en el cuerpo del enfermo.

Dicen los científicos que, de todos estos pasos, ahora mismo sólo se sabe cómo hacer el segundo de ellos, porque se ha ensayado sobre embriones “sobrantes” de fecundaciones in vitro. Pero los demás pasos, no se sabe cómo hacerlos. Estamos, pues, en condiciones de hablar, por ahora, sólo de experimentos. Resulta curioso que ya han corrido ríos de tinta sobre este tema, pero en discursos de políticos, en artículos de periodistas, y en anuncios de empresas: artículos científicos hay sólo media docena.

A mí me ha quedado bastante claro que se trata de crear un ser humano mediante la técnica de la clonación, para luego extirparle un trozo. Con esa extirpación el ser humano se muere, pero se muere “por una buena causa” como es que se cure su progenitor biológico. Como si la bondad de la intención justificase la barbaridad de crear un ser humano con la única finalidad de luego matarlo para aprovechar sus despojos. Suena muy fuerte, pero porque es muy fuerte. Digan lo que digan los diputados y los ministros de letras, un embrión humano es un ser humano. Para evitar la asociación de ideas, a veces dicen “conjunto de células”, en vez de embrión. Pero es lo mismo: un ser humano.

Pensemos un poco. Siempre que surge la controversia ética/ciencia existe la tentación de admitir que el fin justifica los medios. Con el señuelo del progreso y con el dolor de la pena que da un enfermo, nos plantean que hay que hacer lo que sea para llegar a la solución. Y ese “lo que sea” es el que suscita el debate ético. Y, si no se tienen las ideas claras, se puede ir tapando la verdad a base de echarla encima paladas de sentimentalismo que ahoguen a la verdad misma.

Cuando hay en juego vidas humanas, y no sólo vidas humanas sino la concepción que en la sociedad se tiene acerca de su naturaleza y de su valor, es mejor mantenerse muy lejos de aquella raya de la que hablábamos al principio, no vaya a ser que, de tanto pisarla, la borremos.

Y lo mejor del caso es que, paralelamente, se están haciendo experimentaciones clínicas en las que, en vez de obtener células madre de un embrión, se obtienen de un organismo adulto, extracción ésta que no mata a nadie, con lo que no parece que sea necesario cultivar embriones. La pregunta es la que todo el mundo tiene en la cabeza: Entonces, ¿por qué tanto interés en los “experimentos” con embriones humanos? La respuesta no la tienen los diputados de letras, ni los periodistas, ni siquiera los científicos. Pero podría estar en que a esa empresa le interese económicamente ir acercándose a la raya, con el riesgo para todos de que, en un descuido, la pise, y la termine borrando. La estrategia sería, así, perfecta: se busca un motivo terapéutico, se desarrolla la técnica, se comercializa, y la propia dinámica de las cosas irá extendiendo su uso a otros fines menos terapéuticos.

Lo dicho: por favor, es mejor que nadie pise la vida.

Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, 15.XI.02 Tomado de www.sanz.biz

Andrés Ollero, “La dignidad humana es anterior a la autonomía”, 8.I.03

En el Congreso de los Diputados español se ha rechazado recientemente una proposición de ley de despenalización de la eutanasia. Andrés Ollero, catedrático de Filosofía del Derecho y diputado del Partido Popular, razonó el voto en contra de su grupo. Continúa leyendo Andrés Ollero, “La dignidad humana es anterior a la autonomía”, 8.I.03

BMJ, “La educación sexual y el embarazo de adolescentes”, Aceprensa, 4.XII.02

La educación sexual de los últimos treinta años no previene el embarazo de adolescentes. Continúa leyendo BMJ, “La educación sexual y el embarazo de adolescentes”, Aceprensa, 4.XII.02

Juan Ramón García-Morato, “La educación afectiva, una asignatura pendiente en la cultura actual”

Escribir sobre el corazón del hombre sin caer en tópicos o reduccionismos fáciles parece tarea complicada. Y a la vez es materia constante de análisis, de obras artísticas, de literatura más o menos afortunada. Juan Ramón García-Morato, médico cirujano, sacerdote, profesor universitario, hombre inconformista y sobre todo lector insaciable, publica en su libro reciente “Crecer, sentir, amar”, una serie de sesiones televisadas. El origen de todo es una entrevista donde se le preguntaba a bocajarro, y respondía desde la espontaneidad: con sus convicciones y su experiencia. El atractivo de este libro brilla sobre todo en el diálogo con cientos de personas, muy distintas, muy lejanas en sus convicciones. Queda así un tejido rico, de rigor intelectual y ameno. Las preguntas y respuestas que siguen son sólo botón de muestra de cuestiones más complejas abordadas en su obra. Continúa leyendo Juan Ramón García-Morato, “La educación afectiva, una asignatura pendiente en la cultura actual”

Massimo Introvigne, “Los raelianos, una religión atea tras el anuncio de la clonación”, 14.I.03

Massimo Introvigne Director del Centro de Estudios para las Nuevas Religiones.

VILNIUS, 14 enero 2003 (ZENIT.org).- El anuncio del nacimiento por clonación de un bebé hecho público por «Clonaid», empresa basada en Las Vegas, cuyo fundador ha dado también origen a la «secta» de los Raelianos, ha atraído la atención del mundo sobre este grupo poco conocido.

Para comprender mejor lo que se esconde detrás del anuncio, Zenit ha entrevistado a Massimo Introvigne, director del Centro de Estudios para las Nuevas Religiones (http://www.cesnur.org), en Vilnius (Lituania), donde prepara la Conferencia mundial 2003 de esta institución (10 al 12 de abril).

–¿Cómo ha nacido esta secta? ¿Quién es Rael? –Massimo Introvigne: Ante todo quisiera dejar claro que yo no utilizo la palabra «secta», que hoy por hoy ha adquirido un significado más polémico que científico. Claude Vorilhon, que se encuentra en el origen de los Raelinos, nace en Vichy, en 1946. Apasionado de automovilismo, funda y dirige una revista deportiva dedicada a los automóviles. El 13 de diciembre de 1973, en el cráter de Puy de Lassolas, uno de los volcanes que destacan en Clermont-Ferrand, entra en «contacto» (al menos eso es lo que dice) con un extraterrestre, del tamaño de un niño, que le invita a subir abordo de un OVNI, donde le revela la verdad sobre el Antiguo y el Nuevo Testamento, que será completada por sucesivas revelaciones.

Según estas revelaciones, hace muchos años, extraterrestres semejantes a los hombres, aprendieron a crear la vida en laboratorio. Una parte de los habitantes del planeta se escandalizó del descubrimiento, y obligó a los científicos a continuar sus experimentos en un planeta lejano, la Tierra. Aquí los Elohim (es decir, los extraterrestres, «los que vinieron del Cielo», según la palabra utilizada en la Biblia, impropiamente traducida por «Dios») crean a los hombres por clonación, a su imagen y semejanza. Después, sorprendidos por la agresividad de sus creaturas, les desterraron del «laboratorio», el «Paraíso terrestre».

Sin embargo, después, algunos Elohim se unen con mujeres terrestres, dando origen así al pueblo judío. Mientras tanto, en el planeta de los Elohim, un grupo de oposición –guiado por Satanás– piensa que en la Tierra han sido creados seres peligrosos, y pide su destrucción. Las tesis de Satanás prevalecen, y es provocado el diluvio (en realidad un bombardeo atómico). Un grupo de Elohim, sin embargo, logra salvar a algunas criaturas en el Arca de Noé (una nave espacial). Después del diluvio, los Elohim se dan cuenta de que han sido creados a su vez por seres venidos de otro planeta (y así al infinito) y hacen el voto de no destruir nunca más a la humanidad. Es más, envían a la Tierra mensajeros (Moisés, Jesús –nacido de la unión entre el jefe de los Elohim y una terrestre–, Buda, Mahoma, y otros) para revelar la verdad, aunque en un inicio de forma alegórica y velada.

Pero en 1945, el año de la explosión atómica de Hiroshima y de la concepción de Vorilhon, comienza la época del Apocalipsis: la «revelación», la época en la que la verdad puede ser presentada en términos científicos, y no alegóricos.

El extraterrestre impuso a Vorilhon el nombre de «Rael» («el mensajero», en francés se escribe con diéresis, Raël) y le da una serie de consejos para la humanidad de nuestro tiempo.

En 1974, Rael publica «El libro que dice la verdad» y funda el MADECH (Movimiento para la Acogida de los Elohim creadores de la humanidad). Dentro del MADECH surgieron desacuerdos entre apasionados en OVNIS, curiosos, y los seguidores de Rael en lo que se refiere a la creación de una nueva religión atea. Por este motivo, en 1975, Rael dejó el MADECH. El 7 de octubre de 1975, en el Roc Plat, en Brantôme, se encuentra de nuevo con extraterrestres y esta vez le permiten visitar incluso el planeta de los Elohim.

Surgen así nuevas revelaciones, en las que se dice, entre otras cosas, que Rael es el fruto de una relación entre el jefe de los Elohim, Yaveh, y su madre, secuestrada en un platillo volante e inseminada como de hecho lo fue la madre de Jesús), que recogió en varios volúmenes. En 1976, Rael funda el Movimiento Raeliano.

Después del éxito de una gira de conferencias celebrada en ese mismo año, Rael se fue a vivir a Québec (Canadá), tierra particularmente tolerante con las minorías religiosas, donde estableció el centro internacional del Movimiento Raeliano internacional, al que en 1998 dio el nombre de Religión Raeliana.

–¿Cómo se organizan los Raelianos? –Massimo Introvigne: El movimiento tiene una organización jerárquica que hace una distinción entre la «Estructura», compuesta por unos 1.500 miembros más involucrados en el movimiento, que tiene en la cúpula a los Guías, y los simples miembros (unos 50.000). Dentro de la Estructura, hay seis niveles: comienzan por el Ayudante animador, Animador, Asistente Guía, Guía Sacerdote, Guía Obispo y, por último, Guía Planetaria o «Guía de los Guías» (cargo desempeñado por Rael). En los años noventa, se creó también una «orden» religiosa, sólo para mujeres, la Orden de los Ángeles de Rael. En ella hay ángeles «rosas» (por ahora sólo seis) y «blancos» (más de 160), con el objetivo de atender afectiva y sexualmente a Rael (así como a los 39 profetas y Elohim, pero sólo cuando los profetas y Elohim regresen a la Tierra), y difundir el mensaje raeliano entre las mujeres que no forman parte del movimiento. El regreso de los Elohim está previsto para el 2035. Los raelianos proyectan construir una embajada para acogerlos (quizá no puedan hacerlo en Israel, lugar previsto en un primer momento, por encontrar enormes dificultades). Este proyecto era preparado también por las actividades de Ovnilandia, una especie de museo propagandista sobre ovnis en Valcourt (Québec), pero cerrado en 2001. En Francia, los raelianos han sido uno de los objetivos principales del movimiento contra las sectas, pero han reaccionado con firmeza, obteniendo incluso algún éxito importante en los tribunales.

–¿Qué enseña Rael? –Massimo Introvigne: Los Elohim, creadores del hombre, habrían revelado a Rael todos los elementos para fundar su «religión atea»: no existe ni Dios ni alma, ni Paraíso ni Infierno. Tras la muerte, quienes lo merecen, serán «vueltos a crear» en el planeta de los Elohim. Para lograrlo, es necesario que un Guía (un dirigente raeliano) transmita el plan celular del fiel a los Elohim, en una ceremonia especial, y que en el momento de su muerte el hueso frontal (del que comenzará de nuevo la «re-creación») sea entregado al jefe del movimiento (el Guía de los Guías: Rael). La extracción del hueso frontal ha obligado a hacer acuerdos específicos entre la Religión Raeliana y algunas agencias de pompas fúnebres. Entre los consejos prácticos de los Elohim, hay algunos de carácter por así decir político, entre los cuales se encuentra el de la «geniocracia», es decir, el electorado activo y pasivo debería componerse sólo por personas con un coeficiente intelectual superior. Respondiendo a las críticas, Rael ha presentado la geniocracia como una utopía clásica, propuesta como ideal provocador, pero que no está destinado a ser realizado literalmente.

–¿Qué es la clonación para los Raelianos? –Massimo Introvigne: La clonación, como hemos visto, es la manera en que, según las revelaciones de Rael, han sido «creados» (en realidad, más bien «fabricados» en laboratorio) los seres humanos por los extraterrestres. Estos últimos, a su vez, fueron un día clonados basándose en otros extraterrestres, y así hasta el infinito. Rael no nos dice de dónde proceden los primeros extraterrestres, que deberían conformar el origen de toda la cadena. Por tanto, al clonar a los hombres, no hacen más que repetir el experimento de los extraterrestres del que son el producto. Hay que aclarar que la auténtica clonación sería la que consiste en reproducir al hombre adulto en el mismo estado en que se encuentra, es más, en un estado mejor, libre de las enfermedades y la vejez. Según Rael, no se trata de la clonación que del hombre saca un bebé. Ésta es sólo un primer paso.

–¿De dónde viene esta fascinación por el progreso científico sin ética tan típico de los Raelianos? –Massimo Introvigne: Según Rael (Claude Vorilhon, fundador de los Raelianos), los extraterrestres enseñan que, en cuanto creaciones suyas, los hombres no están llamados a limitar las posibilidades de la ciencia, es más, tienen que tratar de aprovechar todas las posibilidades que los extraterrestres han inscrito en su cuerpo y en su mente: por este motivo, a partir del año 2000, lanzaron los experimentos de clonación humana. Esta idea, según la cual no existen límites éticos a la ciencia y todo lo que es técnicamente posible es automáticamente lícito, ha hecho que algunos investigadores que no soportan los límites de la ética y de la ley se sientan atraídos y pasen a formar parte de las filas de los Raelianos. Por otra parte, si los hombres son creaciones de laboratorio, no tienen ningún deber de reprimir sus deseos o su sexualidad. La Religión Raeliana desconfía del matrimonio, considerándolo un contrato inútil, y enseña la máxima libertad sexual, según la cual, la sexualidad puede manifestarse libremente, siempre y cuando no se abuse de los demás. La propaganda explícita de los Raelianos por la masturbación, el control de los nacimientos, las relaciones prematrimoniales (con frecuencia con tonos anticatólicos, manifestadas en los «condon-autos», es decir, coches especiales encargados de distribuir preservativos ante las escuelas canadienses, u operaciones de distribución de preservativos durante el Jubileo), ha aparecido en las crónicas de Quebec y de otros países. La «meditación sensual», enseñada por Rael, que en realidad no se reduce a los aspectos sexuales, sino que busca la restauración de la armonía entre el hombre y el cosmos, promete entre otras cosas una mayor plenitud en las relaciones amorosas.

–¿Son influyentes? ¿Tienen dinero? ¿Son peligrosos para sus miembros? –Massimo Introvigne: Los Raelianos tienen influencia sólo sobre sus miembros y sobre los clientes de Clonaid. La prensa mundial y la comunidad científica hablan de ellos más bien mal, y en los mismos ambientes que creen en platillos voladores y en los extraterrestres, Rael es considerado como un personaje que con sus comentarios corre el riesgo de descalificar a todo el movimiento de quienes creen en ovnis. Ciertamente Rael ha conseguido conquistar a muchos seguidores, y muchos de ellos pagan una contribución al movimiento. Hay además varias personas ricas que no son técnicamente Raelianos, pero que contribuyen económicamente esperando ser clonados. Como ya no creen en nada, ven en la clonación la única inmortalidad posible.

Por lo que se refiere a su grado de peligrosidad, creo que es necesario distinguir rigurosamente entre peligro espiritual, moral y social. Desde un punto de vista espiritual, desde una perspectiva católica, la doctrina raeliana recuerda al «hombre-máquina» de ciertos filósofos de la Ilustración y representa la modernidad en todo lo que tiene de brutalmente anticatólico.

Desde el punto de vista moral, en caso de que fuera posible, estoy convencido de que la clonación humana es reprobable e ilícita, y que en general el principio raeliano, según el cual todo lo que es técnicamente posible es también lícito, destruye la moral. Por desgracia, esta idea no sólo es de los Raelianos.

Desde el punto de vista social, en una sociedad pluralista, cada quien es libre ante la ley (no ante la propia conciencia, aunque los dos niveles son diferentes) de creer o no creer lo que quiera, por tanto, de creer que Rael se pasea en platillos voladores con los extraterrestres, que predican la revolución sexual y el ateísmo.

La distinción entre estos tres niveles (peligro espiritual, moral y social) es muy importante para salvar tanto el derecho de los católicos a testimoniar su fe, como el deber de respetar la libertad religiosa y la libertad de pensamiento, según las enseñanzas de su doctrina social.

Los peligros espirituales y culturales se combaten desde el púlpito, y difundiendo valores positivos, no hay que llamar a la policía. Los peligros sociales, sin embargo, se combaten a través de la policía y en los tribunales.

La clonación humana debe ser prohibida porque es socialmente destructiva, no porque la proponen los Raelianos; y debe ser prohibida a todos, no sólo a los Raelianos. Lo mismo se puede decir de la distribución de preservativos a menores de edad, y a personas que de todos modos no quieren recibirlos. Esto también debe ser prohibido, pues perturba el bien común, independientemente de quien sea el causante, y no porque sean los Raelianos, tipos raros que creen en platillos voladores. En algunos países, el Estado distribuye los preservativos a menores de Edad, a una escala mucho más amplia, y por tanto, violando más gravemente el bien común que los Raelianos. Es perfectamente posible defender al mismo tiempo la libertad religiosa (o de pensamiento) de los Raelianos y su derecho a creer en los extraterrestres (y de propagar sus creencias sobre el argumento) y al mismo tiempo pedirles que pongan punto final a sus experimentos sobre la clonación humana o sus campañas de distribución de preservativos. Se les debe tratar como a cualquier otra persona, repito.

–¿Cree que realmente han clonado seres humanos? –Massimo Introvigne: Es posible que hayan realizado verdaderamente esos experimentos: entre los Raelianos hay personas con capacidades científicas, aunque no de altísimo nivel, y hay también científicos que no toleran ningún límite ético o jurídico a la experimentación, y que les ayudan. Pero es posible que se trate de un engaño total.

Aunque parezca difícil de creer, desde el punto de vista personal, para Rael esto no podría tener ninguna importancia. La auténtica capacidad de Rael (recuerde que fue periodista) es la de convertir todo lo que le rodea en una noticia de primera página: la noticia de las clonaciones, aunque se revelara falsa, de todos modos habría dado una publicidad increíble en todo el mundo a los Raelianos, algo que no hubiera podido pagarse nunca con dinero.

He entrevistado en dos ocasiones a Rael, y me he convencido de que se da cuenta perfectamente que hoy es imposible el que los medios de comunicación internacionales hablen bien de él. ¿Quién hablaría bien de un personaje que se pasea con extraterrestres y dice que éstos tienen una máquina para clonar mujeres preciosas con el único objetivo de satisfacer sus deseos? Desde hace muchos años, Rael ha asumido el lema de Oscar Wilde (retomado también por George Bernard Shaw), según el cual, sólo hay algo peor que tener mala prensa, que la prensa no hable de ti. Los preservativos que distribuyeron durante el Jubileo y la clonación serían golpes suicidas, en caso de que Rael quisiera tener buena prensa, pero son golpes maestros si lo que quiere es atraer el interés de la prensa. Sabe muy bien que de todos modos hablarán mal de él.

Rael será un mal profeta, pero es un óptimo publicista. Si nos rasgamos demasiado las vestiduras ante Rael, en el fondo le estamos haciendo el juego. Rael provoca precisamente porque espera que alguien responda.

Aquí se abre un amplio campo de investigación: desde tiempo Aleister Crowley, o quizá incluso antes, los movimientos religiosos más extremistas han razonado como Rael y han ofrecido conscientemente material a la prensa que les atacaba. Según una tesis defendida en la Universidad de Princeton, sabemos hoy que Aleister Crowley, uno de los personajes más controvertidos de la historia del ocultismo, ofrecía material a escondidas contra su propia persona a los periódicos populares ingleses que le atacaban definiéndole «el hombre más malo de la Tierra» y «un hombre que nos gustaría ahorcar». Se llevaba incluso un porcentaje de sus ventas.

Se puede sospechar que muchos de los nuevos movimientos religiosos –o al menos los que han renunciado a tener buena prensa– se comportan como Crowley… o como Rael, y alimentan conscientemente campañas hostiles, con tal de seguir saliendo en primera página. Desde este punto de vista, el teatro de los medios de comunicación, en particular la televisión, promueve a los mismos personajes que dice atacar.

Tomado de ZS03011406 y ZS03011501

Ana Mª Romero Iribas, “La amistad, un tesoro”, Nuestro Tiempo, I.03

Para Aristóteles la amistad era “lo más necesario para la vida”, y nosotros cuando oímos decir que “un amigo es un tesoro” o que “donde está tu amigo, está tu tesoro”, nos damos cuenta de que esas palabras resuenan como un aldabonazo en nuestro interior. No nos dejan indiferentes, porque todos sabemos o intuimos qué clase de tesoro puede llegar a ser una amistad.

A las personas nos gusta tener amigos: gente con la que compartir vida, experiencias, tiempo, conversación… Nos gustan los amigos y nos parecen muy importantes, incluso imprescindibles. La amistad es una relación humana con un valor muy especial. Junto con la familia y el trabajo, es algo que nos parece que merece la pena y a lo cual dedicamos tiempo y esfuerzo. Queremos tener amigos en la vida: para no estar solos —a veces se siente la soledad incluso estando rodeados de gente—, para vivir la vida más a fondo y para disfrutarla de verdad. Como escribió Aristóteles, “sin amigos nadie querría vivir aun cuando poseyera todos los demás bienes”.

Quizá por eso escribo esto. Escribir sobre la amistad me ayuda a saber qué espero yo de ella, qué doy yo a mis amigos, si mi amistad con ellos es plena o sólo algo “satisfactorio”. Reflexionar sobre las cosas ayuda a vivirlas mejor. Reflexionar es un modo de vivir.

La amistad como regalo Decía más arriba que dedicamos esfuerzo a hacer amigos. Y el esfuerzo es necesario porque las cosas no salen solas. Sin embargo, la amistad no se puede forzar. Por eso también puede decirse que la amistad surge siempre como un regalo, como un don que se recibe. En un momento dado, aparece entre dos personas un deseo de compartir, de comunicarse, de contar lo que se lleva dentro y de contrastarlo, de ser conocido muy a fondo. De hecho, cuando uno vislumbra en el horizonte la posibilidad de hacer una nueva amistad, de esas profundas y verdaderas, que aportan y llenan tanto por dentro, parece que su espíritu se hincha y crece. Es como ver nacer un día radiante. La vida se ve de otro color porque los amigos hacen cobrar sentido a nuestras vivencias: éstas no van a ser sólo para nosotros. Las cosas son distintas porque las vivimos pensando en compartirlas, en transmitirlas, en discutirlas, en compararlas. De nuestros amigos nos interesa todo: lo que piensan, lo que hacen, cómo viven las cosas. Lo importante no es sólo lo que cuentan ni lo que les pasa; lo importante es que eso “es tuyo”, “eres tú”.

Desde mi adolescencia he experimentado disgusto ante las cartas meramente descriptivas de los acontecimientos, o las que eran como una reseña informativa de lo que había ocurrido en el verano. Las cartas verdaderas eran aquellas en las que los acontecimientos del lunes o del viernes se describían como cosas que me pasaban y no sólo como cosas que pasaban a mi lado. Lo interesante y lo que hacía disfrutar era ver cómo esas cosas se vivían desde dentro de mi amigo. Como si fuera con él en un submarino: en el suyo. ¡Y qué deseos tan enormes se sentían de entrar en el submarino! ¡Qué maravilloso era todo desde allí dentro! Aunque no siempre fueran cosas bonitas las que se veían, se veían desde la casa de tu amigo, y estar en el interior de la casa, contemplar el mundo desde allí, era un privilegio. El grado de amistad con los amigos podía distinguirse precisamente por eso. Por si las cartas estaban llenas de preguntas convencionales y frases que se repetían del mismo modo en todas las demás cartas o si en ellas te dejabas llevar, trayendo a colación esto o aquello, y acabando en lugares desconocidos para ti misma, pero bonitos y en los que habías disfrutado. Escribir para los amigos era descubrir el mundo con unos ojos nuevos para dárselo a ellos.

La amistad es un regalo porque es vivir otra vida además de la propia. Es poder vivir dos veces. Y es también reafirmar tu propia existencia porque hay alguien que la quiere así: incondicionalmente. En el amigo encontramos aceptación plena. La amistad es don porque, en cierto modo, llega cuando y como quiere; no es programable; simplemente, surge y es como un regalo, un don que uno recibe. Esa comunión del espíritu que hay entre los amigos, ese compartir denso e intenso, ese vivir y ser sin dar explicaciones porque éstas no son necesarias para nuestro mutuo entendimiento, ese encontrar las puertas del alma siempre abiertas y acogedoras para ti porque eres tú, es el tesoro incalculable. No es extraño que los griegos la calificaran como regalo de los dioses.

Regalo es también en el sentido de que nunca es verdaderamente merecida. Si se puede hablar así, algunos podrían merecer más que otros el tener amigos. Pero en el fondo, la amistad de una persona difícilmente es algo que uno llegue a “merecer”. Se pueden tener de modo habitual disposiciones personales adecuadas para la amistad, para tener amigos (no todo el mundo las tiene). Pero no se puede decidir en qué momento aparecerá el amigo o de quién seré amigo. Por ejemplo, todos contamos con momentos imborrables de la vida en los que comprendes repentinamente que tienes delante a alguien que puede leer dentro de ti como si fueras tú quien lo hicieras; que puede pasearse por tu alma sin explicaciones de tu parte; sin necesidad de mapas, brújulas o palabras clave que le hagan entender lo que se va a encontrar. Es la empatía, una sintonía especialísima que se establece con muy pocas personas a lo largo de la existencia, y que es un descenso y un ascenso vertiginoso por las entrañas de la verdadera vida.

Mirar a las personas Cuando nos sentimos así, vistos con unos ojos ajenos que al mismo tiempo son como los nuestros propios, es como si todo nuestro ser despertara. Querríamos saberlo todo acerca de aquella persona y que ella conociera nuestro yo hasta el final. Las conversaciones se convierten en un continuo maravillarse y mutuo aportarse. Sentimos el mundo como un pequeño globo terráqueo que gira entre nuestras manos y el motor de ese movimiento es la corriente que entre nosotros se ha creado. Es un encuentro con otro yo, sin que ese yo se refiera a un yo idéntico, a un “alma gemela”; pues puede serlo o no. Es otro yo porque se pone en nuestra piel como si fuéramos nosotros mismos; pero al tiempo que mantiene su mismidad y su alteridad. Y por eso, hay mucha riqueza en el trato con el amigo, porque lo distinto siempre nos enriquece.

Mirarnos en un amigo es mirarnos en un espejo. En un espejo que devuelve algo más que una simple reproducción de la propia imagen. Mirarnos en un amigo es encontrarnos a nosotros mismos vistos desde fuera y con mayor perspectiva, pero con el cuidado con que nosotros mismos pondríamos al mirarnos: “a través de él, los amigos se enriquecen y perfeccionan, se descubren e interpretan. Se podría decir que, al ver al otro, cada uno de ellos aprende a conocerse” (Marías). La acción de mirar que tanto aparece entre los amigos, es algo que me parece esencial para que pueda surgir amistad entre dos personas: para tener amigos hay que saber mirar.

En una carta que recibí hace unos meses me decía una amiga que “había encontrado el camino para trascender lo inmediato. El despertador para mirar (…) era el del pensamiento filosófico y la contemplación de las cosas bellas”. En mi respuesta, le reafirmé en su descubrimiento porque me parecía realmente valioso: la filosofía y la contemplación estética son dos medios muy buenos para acceder a lo más hondo de la realidad.

La belleza es un camino hacia la verdad especialmente bueno. Porque la belleza no produce únicamente la mera delectación estética; posee una cualidad inestimable, y es que exige contemplación por nuestra parte. Ante las cosas bellas no basta pasear la vista. Para disfrutarlas verdaderamente hay que mirarlas con detenimiento , con miramiento. Con ellas, hay que andarse con contemplaciones. Y contemplar es importante porque hace que nos detengamos y miremos las cosas tal como son, “dejando” que sean así.

La contemplación es un camino abierto hacia la verdad. Hacia la verdad personal, la de los demás y la del universo entero. Eso lo expresa muy bien de otro modo Lorenzo Silva en una de sus novelas. Escribía que “el mundo está lleno de tesoros sin descubrir porque no hay quien se pare a mirarlos. Pero en cuanto hay alguien que se detiene ante ellos, se abren ante esa persona como una maravillosa realidad llena de riqueza y significado ofreciéndole nuevos horizontes”. Yo he pensado muchas veces que eso exactamente pasa con las personas.

Por eso, para tener amigos hay que saber mirar. Mirar es ver con atención, es contemplar, es concentrar nuestro ser entero en los ojos deseando captar lo que hay frente a ellos. Mirar presupone una vista limpia, sin prejuicios ni cargas anteriores, para captar lo que hay y no lo que yo he puesto o quiero poner. Mirar no es ver lo que yo quiero ver sino percibir cómo son las cosas o las personas en sí. Y además de limpieza interior, la mirada requiere también aceptación, renuncia a dominar. Cuando miramos de verdad, estamos dispuestos a dejar ser a las cosas y a las personas tal y como son. Esto es especialmente importante con las personas. A las personas hay que dejarlas ser, hay que aceptarlas como son. Sin esa condición nunca sabremos lo que es una verdadera amistad; nunca llegaremos a saborear el gozo inmenso que produce esa identificación con el otro, ese compartir la vida, los sueños, los deseos, los fracasos. Habrá siempre en el amigo una zona de acceso prohibido o de “reservado”.

Para mirar de verdad hay que aprender a hacerlo. Los hay que conocen ese arte de modo natural o han sido educados en él. Pero también puede aprenderse. Para mirar hay que pararse, parar la rueda de la actividad exterior y parar también nuestro ruido interior (qué tengo que hacer luego, cómo resolveré la cena en casa de mi hermano, qué ropa necesito, a ver cómo queda el Madrid, a ver si consigo cerrar un buen trato con este cliente…) Para mirar hay que perder el miedo a “pasar tiempo” sin haber sido “eficaces”.

Todos hemos conocido personas que provocan que los que están a su lado den lo mejor de sí mismos. Son personas que logran que los demás quieran —parafraseando a Salinas— “sacar de sí su mejor yo”. Es así porque son personas que saben mirar y que por eso han sabido encontrar la llave interior de las personas. Esa llave de la confianza que uno entrega sólo cuando va a saberse visto, aceptado y querido por sí mismo.

La morada del yo Llegar a la intimidad del alma, al centro de la persona o sólo rozar su periferia, exige rodeos: rodeos que son esencialmente contemplación, escucha atenta y activa, mirada abierta y receptiva. Sólo cuando una persona percibe ese clima de confianza a su alrededor, es capaz de empezar a abrir las rendijas de su yo. Y a través esas rendijas pueden empezar a filtrarse los rayos de la luz que toda persona esconde. La intimidad, la interioridad es siempre luminosa en el sentido de iluminadora. Porque muestra siempre algo desconocido para quien no está allí dentro. No siempre será lo original y nuevo el qué diga esa persona pero sí el cómo ella lo vive. Esta es la llave que entregamos a nuestros amigos, y que hace que quedemos totalmente al descubierto: vulnerables, también.

Algunas veces, tras haber desnudado la intimidad del alma en conversación con la persona que nos ha inspirado esa confianza, uno siente el vértigo del miedo a romperse, a que le rompan, a que se burlen, a que no comprendan, al silencio indiferente o superficial. Hasta ahora, esos pensamientos, deseos, aspiraciones, miedos y preguntas más íntimas habían quedado dentro de nuestra alma. A veces nos angustiaban, otras nos elevaban, otras nos desbordaban por dentro de tal forma que había que expresarlos de algún modo (quién no ha cantado, llenado de piruetas su salón, compuesto una melodía o garrapateado un poema, historia o carta, por puro desbordamiento. Tanto no cabía dentro; fuera crecía, pero tenía más apoyos para ser sostenido, para ser vivido). Sin embargo, no dejaban de ser nuestros: los demás sólo poseían de ellos su cara externa, lo que era fruto de la superabundancia. Por lo demás, no habían sido escuchados por nadie hasta el final y sólo de vez en cuando abríamos a alguien una pequeña ventanita de nuestro interior, observando con atención la reacción del interlocutor ante aquello.

Pero, de repente, hemos encontrado alguien que ha provocado que primero quisiéramos abrir una ventanita y después otra, y otra… Luego le hemos pasado al interior de la casa, y —poco a poco— le hemos encendido todas las luces que había en ella, iluminando incluso rincones sucios, destartalados, rincones sin ordenar, o habitaciones llenas de trastos que no sabemos en dónde colocar. Le hemos enseñado el sillón de los sueños, frente a la ventana, y le hemos invitado a sentarse allí porque desde él puede conocerlos mejor. Le hemos presentado el rincón de los miedos, ese sí está a oscuras porque nos parece que la luz acabará por hacerlos crecer. Es un rincón siempre difícil de enseñar; se supone que de esos no tenemos, y nos cuidamos mucho de dejarlos salir. También le hemos pasado al cuarto de las preguntas; esa habitación está llena de frases sueltas, de pensamientos, de párrafos incluso y hasta de alguna página escrita. Pero sobre todo está lleno de interrogantes; es una habitación poblada de signos de interrogación que hemos ido recogiendo a lo largo de nuestra vida: por qué las relaciones humanas son tan complicadas, por qué hay personas que no miran hacia adentro, por qué las focas son más importantes que los países del Sur… Hay también un cuarto sin techo que mira directamente al sol, o al firmamento si es de noche. Ese es el cuarto de las aspiraciones grandes, el cuarto en el que respiro hondo, el cuarto al que hay que acudir siempre que hemos pasado un día entre mucho polvo, o mucho tiempo en el sillón. También ha conocido la buhardilla; allí no vamos demasiadas veces porque es donde están los pedazos rotos de nuestra vida y todavía nos cuesta mirarlos sin sentir dolor o pena.

Hay personas a las que paseamos por nuestra morada interior sin miedo alguno; es más, deseamos desde lo más íntimo de nuestro ser hacerlo. Sentimos desde muy hondo que apreciará, entenderá y comprenderá cada objeto que encuentre en ella. No le importarán los cacharros rotos, aunque tengamos la estantería llena de ellos; no querrá reírse de nuestras inquietudes: se le iluminará la mirada al conocerlas porque también ella las había sentido latir más de una vez. Le encantará que tengamos un sillón de sueños y un cuarto sin techo, y querrá saber qué nos dicen los astros por la noche y cómo es el vuelo de los pájaros que vemos pasar. Son personas que hacen que sintamos la necesidad de hacer crecer todo eso, de mostrárselo, de hacerlo vivir para ellas .

Esas personas son los amigos, el amigo: aquel con quien me atrevo a ser yo misma; sin restricciones y sin temores. Esa persona con la que puedo decir todo porque todo lo va a entender en su contexto; esa persona con la que puedo hablar en borrador: sin orden, sin hilazón, sin sentido algunas veces. Con rabia o ira otras, con desesperación, con alegría exultante, desvariando. Descubriendo todas las raíces de mi alma y sabiendo que en ningún momento se aprovechará de ello para arrancarme de mi lugar. “Y sabiendo que —como escribió alguien— “comprende esas contradicciones en mi naturaleza que llevarían a otros a juzgarme mal”. Eso es un amigo.

Amistad y silencio La amistad se nutre más de la comunicación que del silencio. Sin embargo, el silencio es precisamente en algunos casos el medio de comunicación que utilizan los amigos: es necesario tanto saber estar en silencio como transmitir lo que uno lleva dentro.

Asistir al desvelamiento de un secreto, al desvelamiento de la intimidad de las personas, produce en el ser humano un enmudecimiento del espíritu, un sentimiento de gratitud por lo que se percibe como un don o regalo inmerecido, una impresión de estar pisando terreno sagrado. De hecho, todos podemos remitirnos a alguna ocasión en la que, en conversación íntima con un amigo, al acabar de escuchar, no hemos encontrado palabras adecuadas para decir nada. En esos casos, quizá la prueba de mayor gratitud o de “correspondencia” sea precisamente el silencio; un silencio, eso sí, cuajado de respuesta.

Hay veces en las que no se puede decir nada… porque las palabras lo estropean todo. Hay cosas que la única contestación que merecen o que exigen es el silencio; hay cosas con las que sólo puede mantenerse conversación en silencio. Porque o el lenguaje es limitado, o uno es limitado, o ambas cosas. Pero algunas cosas, si se expresan, se profanan. Así ocurre en las experiencias de encuentro: con un amigo, con un paisaje, una obra de arte. En esos momentos, pronunciar algo es mancharlo; hablar es romperlo. Algunas veces la comunicación con las cosas y también con las personas requiere como condición que haya silencio; solamente silencio. Y no un silencio para llenar, sino como medio de entendimiento.

Cuando se tiene la suerte de topar con alguien que tiene algo —poco o mucho— que decir; cuando se tiene la suerte de que esas personas te abran sus puertas y dejan que te asomes y penetres en su mundo interior, en la mayor parte de los casos sólo se puede contestar enmudeciendo. Y ese silencio quiere ser entonces un homenaje: la mayor muestra de agradecimiento y de admiración. Porque no se trata de un silencio vacío sino pletórico de contenido: no significa carencia sino plenitud.

El silencio es importante en la amistad. Estar con un amigo es también poder estar en silencio sin miedo a que éste tenga que romperse y sin sentir la necesidad perentoria de tener que llenarlo con palabras. No hay verdadera amistad entre dos amigos si no saben disfrutar y valorar su silencio. El silencio es en sí mismo un espacio y un tiempo para compartir. Rico de contenido y esencialmente valioso porque supone una íntima comunión de espíritus.

La interioridad La amistad está también muy relacionada con la interioridad. Entre dos amigos ésta es más rica y sólida cuanta mayor sea la intimidad, la interioridad de cada uno de ellos. Hay quienes tienen un gran mundo interior; tienen mucho que decir porque son personas que integran en sí todo lo que hay a su paso: una frase que ha dicho en clase el catedrático, la actitud de tal o cual persona, la satisfacción de haber llegado al pico de la montaña, la crisis que le produce una situación difícil de trabajo, una novela que ha leído, los tirones de la madurez.

Así es como las personas se van enriqueciendo por dentro y como su interioridad cobra cada vez mayor volumen: integrando la experiencia, la vivencia personal y las de las otras personas. Aprendemos también a través de las vivencias de los demás, de la experiencia ajena. Quien está atento a su alrededor aprovecha todo intensamente.

Se puede aprender a sentir de un modo distinto al propio; se puede aprender a pensar de manera diferente a la que uno piensa; se puede aprender a valorar cosas que yo no valoro. Escuchar a las personas y tratar de ser ellas, nos permite conocer el mundo desde mil perspectivas diferentes a las nuestras. Y eso conlleva ampliación personal, crecimiento, enriquecimiento, altura, perspectiva y profundidad. La interioridad rica hace que la relación entre los amigos se amplíe. Una amiga me decía hace poco —hablando de otra persona— la satisfacción que le producía tratar con ella “porque es de esas personas que tienen algo que aportar”.

El conocimiento que alimenta la intimidad es —una vez más— el que sabe mirar, sabe escuchar, sabe estar. La sola convivencia con las personas, o el mero estar junto a las cosas o entre las cosas (junto al mar rodeado de un bellísimo paisaje, o entre las obras magníficas del Louvre) no basta. Más de una vez las ratas habrán correteado por los pasillos del Louvre; sin embargo todavía no hemos tenido ocasión de encontrarlas embelesadas frente a la Venus de Milo, tras haber pasado frente a ella toda la noche. Para las personas, las que son capaces de ello, las cosas tienen una historia que contar, la naturaleza tiene algo que transmitir y todo lo que encuentran es capaz de darles un mensaje. El hombre con interioridad es capaz de ver sentido a todas las cosas; y en cierto modo de darles él mismo el sentido puesto que es él quien lo capta, lo descubre y —en ese sentido— lo crea, lo recrea. Por eso, forma parte del “tesoro” de la amistad tener amigos con un gran mundo interior.

La amistad de las personas es un regalo. El regalo es mayor cuanta mayor sea la interioridad y la intimidad compartida. Esta debe cuidarse y en ella juega un papel muy importante el saber mirar porque puede franquearnos el paso al alma del amigo. Una vez dentro, el mundo se abre ante nosotros de un modo desconocido y luminoso que provoca en nosotros muy diversos sentimientos (admiración, compasión, respeto, etc.), pero siempre el de “desear el bien del amigo, por el amigo mismo” (Aristóteles).

Ana Mª Romero Iribas a_romeroiri@hotmail.com

José Ramón Ayllón, “Filosofía mínima”

FILOSOFÍA MÍNIMA
José Ramón Ayllón, ed. Ariel, 2003, 322 págs., 15 euros.
El último ensayo de José Ramón Ayllón, publicado por Ariel, lleva el título de “Filosofía mínima”. Ese adjetivo responde a su estilo descomplicado y coloquial, sin galimatías innecesarios. Responde también a su brevedad: apenas trescientas páginas para unos pocos temas esenciales: la verdad, la ciencia, el origen del hombre, las dimensiones de la persona, la libertad, el trabajo, el arte y la cultura, la conducta ética, la justicia y el derecho, las formas de gobierno… Esta invitación a la filosofía es mínima en un tercer sentido: incluye los contenidos fijados en el decreto oficial de mínimos para el primer curso de bachillerato. Por eso nos encontramos, en formato ensayo, un libro de texto con varias ventajas sobre los tradicionales: es más manejable, más ameno y mucho más barato. Continúa leyendo José Ramón Ayllón, “Filosofía mínima”

Nuevos estudios muestran los daños para la salud de la marihuana, 12.2.03

Duras evidencias para una droga «blanda» Continúa leyendo Nuevos estudios muestran los daños para la salud de la marihuana, 12.2.03

Cardenal Rouco, “Pena de muerte e Iglesia, hoy”, Zenit, 15.III.03

Intervención del cardenal Antonio María Rouco Varela, arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, pronunciada el 29 de enero en la videoconferencia internacional de teología organizada por la Congregación vaticana para el Clero sobre la paz.

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Berta Lasheras, “El éxtasis produce graves trastornos cerebrales irreversibles”, PUP, 21.III.03

Entrevista a Berta Lasheras, Doctora en Farmacia y profesora de Farmacología de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Navarra, investigadora de prestigio mundial que está llevando a cabo estudios sobre el éxtasis.

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Enrique Rojas, “La educación del deseo”, ABC, 12.II.03

EDUCAR es convertir a alguien en persona. Introducir en la realidad con amor y conocimiento. La educación es la base para edificar una trayectoria personal adecuada. Etimológicamente significa acompañar y extraer. Educar es cautivar con argumentos positivos, entusiasmar con los valores, seducir con lo excelente. Eso significa comunicar conocimientos y promover actitudes, en una palabra, información y formación. Educar no es enseñarle a alguien matemáticas, literatura, arte o contabilidad, sino prepararlo para que viva su biografía de la mejor manera posible. Reglas de urbanidad y convivencia, hábitos positivos para no ser sujeto masa, anónimo e impersonal.

La educación es la estructura del edificio personal, la cultura es la decoración. La primera enseña a nadar para no verse arrastrado por las mareas de todo tipo que amenazan al ser humano, la segunda enseña a vivir. La cultura es la estética de la inteligencia. Hablamos ya de un nivel superior, que empuja a caminar hacia unos objetivos verdaderamente dignos. Por eso la cultura es libertad. Espesor del conocimiento vivido, lo que queda después de olvidar lo aprendido.

Educación y cultura forman un entramado en donde se dan influencias reciprocas, con fronteras difusas y linderos mal definidos. De ahí, que a la hora de ocuparnos del deseo, hagamos estas matizaciones. El deseo es la tendencia del pensamiento y de la conducta que proporciona alegría o que terminaría con algún tipo de sufrimiento. Apetecer algo que se ve y que depende de sensaciones exteriores, mecanismos que se disparan de forma mas o menos inmediata y que empujan en esa dirección. Hay ejemplos clarificadores: los instintos o las tendencias básicas, como el hambre, la sed, la sexualidad, etc. Apetito, inclinación, que impulsa a la acción.

Descartes definió el deseo como «la agitación del alma causada por los espíritus que la disponen a las cosas que ella se representa como convenientes». Es algo característico del vivir hacia delante del ser humano, nos proyectamos al futuro, que es la dimensión mas viva de nuestra existencia. El deseo es apetito, anhelo, ansia, apetencia, tener como objeto algo que vemos ó imaginamos y que tira de uno en esa dirección. Cicerón introdujo la doctrina de las pasiones fundamentales en dos apartados: los bienes presentes (la alegría) y futuros (el deseo); y los males presentes (la tristeza) y futuros (el temor, hoy hablaríamos aquí de la ansiedad).

Por otra parte, hay deseos que dependen de uno mismo y otros que están mas relacionados con las circunstancias. Si cada uno de nosotros somos un haz de deseos, ya que son tantas las cosas hacia las que corremos, es importante poner en claro cuáles son las que de verdad interesan y posponer las otras. La persona superior, la que es líder, no debe dejarse llevar por las pasiones, sino que las domina y gobierna. La administración inteligente del deseo es propio de los que tienen una visión larga y panorámica de la realidad. Levantan la mirada y ven mas allá de lo que aparece delante de sus ojos, miran por sobreelevación.

Hay otra palabra próxima que conviene precisar su significado. Me refiero al término querer, que en el lenguaje coloquial se suelen confundir. Querer es verse motivado a hacer algo que nos hace mejores, que nos eleva hacia planos superiores y que brota de vivencias mas profundas. Aquí entra de lleno la voluntad, esa pieza clave que nos hace capaces de renunciar a lo inmediato por lo lejano, capacidad para aplazar la recompensa próxima, buscando bienes de mas calado. Voluntad es elegir. Y elegir es anunciar y renunciar: me quedo con esto y dejo de lado aquello otro. Comportamiento mas lejano, que apuesta por aquello que tardará en llegar, pero cuya posesión será mas honda y enriquecerá nuestra condición. Esto complica las cosas, porque requiere un mayor grado de madurez. Querer es determinación. Y por eso necesita del apoyo de un voluntad firme, templada en la lucha y el esfuerzo.

En la practica desear y querer aparecen mezclados. Pero en la teoría es bueno distinguirlos, para saber qué terreno estamos pisando. Es necesario un cierto ejercicio de submarinismo para delimitar la geografía marina de uno y otro. Mirada cartesiana sobre la realidad tumultuosa que nos asedia, al estar inmersos en una sociedad de consumo que trata de vendernos un producto detrás de otro, creándonos necesidades que realmente no tenemos. Vertiginosa sucesión de imágenes que despiertan intereses contradictorios en una sociedad tan permisiva y pendular.

Lo diré de un modo mas tajante. El desear y el querer buscan la felicidad. Aunque los vericuetos son distintos y los medios ofrecen recortes y matices rescatados de esfuerzos continuados. La felicidad es un resultado, la consecuencia de lo que hemos ido haciendo con nuestra vida. Pero siguiendo este curso de ideas, la felicidad es un sentimiento de equilibrio entre lo que hemos querido y los que hemos conseguido, entre los objetivos y los resultados, entre los sueños juveniles y las metas conquistadas.

Los antiguos dividían la vida en dos zonas: ocio y negocio. La primera consiste en ocuparse de saborear la existencia, de lo humano y sus derroteros. La segunda está llena de esfuerzo por alcanzar un cierto nivel de vida, un bienestar, a través de un trabajo profesional concreto. También la felicidad busca aquí un territorio intermedio entre ambos. Hay en esa travesía toda una ingeniería de la conducta, que es menester que cada uno sepa cómo irla diseñando.

Es mas fácil desear, que querer. Desear es mas superficial e inmediato. Querer es mas profundo y lejano. Aquel va al corto plazo, con mirada corta. Éste va al largo plazo, con una visión alargada, extensa, espigada, que se sitúa en los aledaños del futuro.

¿Qué es lo que hace que apuntemos hacia esa dirección, qué es lo que arrastra? El sentirnos motivados por aquello que nos interesa. La motivación es la representación anticipada de la meta, que conduce a la acción. A través de ella nos vemos llevados a realizar algo valioso que hemos elegido. El problema está en la siguiente pregunta: ¿cómo fomentar la voluntad para buscar lo que uno quiere, cuando hay otros muchos deseos que nos sacan del camino emprendido y nos distraen y nos alejan y nos sacan del sendero que conduce a la meta?, ¿cómo no cansarse cuando el objetivo, que es bueno y valioso, está lejos y tarda en llegar y es costoso de entrada? Yo daría la siguiente respuesta: teniendo claro lo que uno quiere, concretando al máximo su contenido y evitando la dispersión; y a continuación, sabiendo hacer atractiva la exigencia. Mirando siempre fijamente al horizonte de las ilusiones del provenir. Poniendo una mirada inteligente, sublimando esfuerzos, no dándose uno por vencido cuando las cosas van mal o aparece el cansancio y las dificultades, creciéndose uno ante los problemas con una fortaleza que se va haciendo rocosa. Ese es el método.

Los esfuerzos y las renuncias de ahora, tendrán su recompensa. Sólo el que sabe esperar, es capaz de utilizar la voluntad sin recoger frutos inmediatos. La vida feliz aspira a desarrollar de forma equilibrada el proyecto personal, cuyo envoltorio es la ilusión y cuyo contenido está habitado de amor, trabajo y cultura.

El hombre actual está cada vez más perdido. Nunca había tenido tanta información sobre tantos temas y a la vez, nunca había flotado sin asidero como en los tiempos que corren. Veo mucha gente sin hacer pie en lo fundamental. Y es que los modelos de identidad que nos presentan los grandes medios de comunicación social son cada vez mas pobres, menos sólidos. La televisión fabrica personajes famosos sin fondo. No perdamos de vista la diferencia entre la fama y el prestigio (entre ser conocido y tener consistencia).

La educación es ante todo educación de los deseos.

Querer es la mejor manera de descifrar la realidad, pirotecnia de propósitos concretos, que al ser pocos aterrizan en objetivos claros, que nos seducen con su carisma si están bien delimitados. El que no sabe lo que quiere no puede ser feliz. Si utiliza la voluntad, lo irá consiguiendo, porque su sombra es larguísima y sus frutos sabrosos. Gavilla de audacias cinceladas por el esfuerzo de lo diario.

ENRIQUE ROJAS Catedrático de Psiquiatría