Juan Manuel de Prada, “Antiabortistas a la cárcel”, ABC, 19.XII.2009

Pues ahí lo tenemos: el aborto convertido en derecho; esto es, en bien jurídico amparado por la ley, que a partir de hoy se ocupará de velar por su protección efectiva y de remover cualquier obstáculo que trate de impedir su libre ejercicio. ¿Y qué son los médicos que invocan la objeción de conciencia para negarse a perpetrar un aborto o las universidades que se niegan a enseñar las técnicas para perpetrarlo, sino obstáculos que la ley se encargará de remover? Sospecho que ni siquiera los detractores de la nueva ley son capaces de vislumbrar su verdadero alcance: un médico que, a partir de hoy, rechace su participación en un aborto invocando la libertad de conciencia se convertirá ipso facto en un delincuente; y lo mismo le ocurrirá a una universidad que invoque la libertad de cátedra para excluir de su programa académico la enseñanza de las técnicas abortivas. Porque ni la libertad de conciencia ni la libertad de cátedra pueden ser baluartes contra el ejercicio de un derecho; y eso es el aborto a partir de hoy: el derecho a exterminar vidas inocentes porque nos da la real gana, en un acto de libre disposición. Y quien se oponga a la consecución de ese derecho será llamado, desde hoy, criminal.

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Ignacio Sánchez Cámara, “La abolición del bien”, La Gaceta, 21.XII.2008

El relativismo ético goza de una inmerecida buena reputación.

Al relativismo ético le corresponde una responsabilidad fundamental sobre la crisis moral de nuestras sociedades occidentales. Si se niega la existencia de criterios objetivos o universales para distinguir entre el bien y el mal, la frontera entre ambos resulta porosa, y queda abierta la vía que conduce a la abolición del bien. El relativismo ético goza de una inmerecida buena reputación. Es cierto que, aparentemente, resulta convincente, y que es innegable la discrepancia de opiniones morales y la influencia sobre ellas de factores sociales y culturales, y que suele ir vinculado, erróneamente, a posiciones tolerantes y liberales, no dogmáticas. Pero constituye un viejo error filosófico, que data, al menos, del siglo V antes de nuestra era, con el sofista Protágoras.

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Manuel González Barón, “Suicidio aistido y eutanasia: ¿muertes dignas?”, El Mundo, 24.XI.2008

Cada vez con mayor frecuencia, oímos hablar en los medios de comunicación sobre suicidio asistido, eutanasia, muerte digna…; y no pocas veces se advierte una notable confusión en quienes utilizan esos términos. Esa confusión “contamina” después necesariamente las encuestas que se hacen sobre estas cuestiones. Puede tener cierto interés, por tanto, empezar clarificando algunos conceptos.

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Gonzalo Herranz, “El mito del preembrión”, Diario Médico, 8.II.06

El preembrión, conviene decirlo así de claro, es una ficción, un mito, un desfiguramiento de la realidad. Y es también un anacronismo. Y, sin embargo, parece que pronto lo vamos a ver embutido por segunda vez en nuestra legislación. Nuestros diputados lo harán por decreto y credulidad, no por ciencia. En este breve artículo trataré de hacer un esbozo de la compleja historia del mito. Me gustaría que sirviera para iniciar, en las páginas de DM, un diálogo clarificador con quienes piensan de otro modo.

El lugar de nacimiento de un concepto La expresión pre-embrión fue acuñada por Penelope Leach, psicóloga y autora de deliciosos cuentos infantiles, en una sesión de la Voluntary Licensing Authority británica, en 1985. Pero, antes de creada la palabra, existía ya el concepto. Se hablaba tiempo atrás de que, en el curso del desarrollo del ser humano, los primeros catorce días son un tiempo especial, pues en ellos el embrión carece de los caracteres ontológicos o biológicos que titulan para el trato que se da y los derechos que se asignan a los otros seres humanos.

No fueron médicos, biólogos, juristas o filósofos los inventores del concepto, sino ciertos moralistas católicos desengañados por la doctrina de la Encíclica Humanae vitae, de Pablo VI (1968). En ella, el Papa no habla ni de píldora ni de embriones. Pero estaba claro ya entonces que la píldora y los dius podían impedir la anidación. Para declarar inocentes esos procedimientos de contracepción era necesario implantar la idea de que malograr embriones humanos de menos de dos semanas era acción moralmente irreprochable.

Y, así como ciertos organismos médicos (el ACOG, la FIGO y la OMS) recurrieron a redefinir la gestación para que nadie pudiera hablar de abortos contraceptivos, los moralistas echaron mano de la gemelación monocigótica como argumento irrefutable para mostrar que el embrión de menos de 14 días carece de consistencia metafísica, biológica y ética. Razonaban así: todo hombre es un ser individual, uno y único; es así que el embrión puede, hasta los 14 días, dividirse en dos o más individuos; ergo, el embrión de menos de 14 días no es todavía un ser humano individual de pleno derecho. De ese modo, y en contra de la doctrina de Humanae vitae, el uso de la píldora podría tenerse por lícito.

El salto al mundo secular En 1979 el Comité Asesor de Ética del Departamento de Salud, Educación y Bienestar de los Estados Unidos recibió el encargo de determinar si y en qué condiciones se podía subvencionar con dinero federal la investigación sobre fecundación in vitro. El año anterior, 1978, había nacido en Inglaterra la primera niña probeta. Formaba parte del Comité el padre Richard McCormick. Él ha contado cómo, apoyándose en un extenso informe encargado por el comité al teólogo moral Charles E. Curran, propuso introducir en las recomendaciones finales del comité que la investigación sobre embriones humanos de menos de 14 días fuera tenida como norma pública aceptable. De este modo, el concepto de los moralistas entró en la bioética secular, donde triunfó de modo arrollador.

Del trampolín del Comité Asesor norteamericano, la idea de los 14 días saltó al Estado de Vitoria, en Australia (Comité Waller, 1982) y al Reino Unido (Comité Warnock, 1984). Sobre la marcha, al argumento de la gemelación monocigótica se sumaron otros. Los australianos distinguen el día 14 como momento en que “se forma la línea primitiva y entonces es claramente evidente la diferenciación del embrión”. Eclécticamente, el Informe Warnock acumula razones en el día 14: es el comienzo del desarrollo individual porque ya no cabe gemelación después de él, porque la línea primitiva es el resello de esa individualidad, porque ese día marca la terminación del estadio implantatorio.

Después de Warnock, el concepto de preembrión y la divisoria de los 14 días obtuvieron un crédito muy amplio, casi universal: se han convertido en artículo de fe de normas éticas y reglamentos legales.

Un concepto que amenaza ruina Impera en los libros de texto de Embriología y Obstetricia una doctrina sobre la cronología de la gemelación en 14 días, basada en la correlación entre momento supuesto de fisión del embrión y estructura de las envolturas fetales. Se trata de una mera hipótesis, cierto que sumamente racional, pero jamás demostrada. Es uno de esos idola tribus médicos, que duran y se transmiten, pero que nadie comprueba. Por lo que dan a entender las recientes investigaciones sobre la compleja arquitectura del embrión inicial, es, muy probablemente, falsa.

La línea primitiva no marca el comienzo de la diferenciación. Ésta viene de mucho antes. La embriología reciente (ver, p. ej., Smith A. The Battlefield of Pluripotency. Cell 2005;123:757-760) está haciendo polvo muchas ideas viejas: la del cigoto como una esfera amorfa, la de la mórula como un colectivo de blastómeros idénticos entre sí, la del blastocisto como yuxtaposición de dos poblaciones. En éste están definidos ya el trofectodermo, el endodermo primitivo, el epiblasto. La línea primitiva marca simplemente el lugar de migración de esas células, pero no es, como se pretende, una especie de artilugio que induce la primera diferenciación celular en el embrión.

Y ¿qué decir del final de la implantación? Datarlo hasta el día 14 es una exageración. Con una mirada libre de prejuicios, los cortes histológicos de embriones muy jóvenes muestran que eso ocurrió unos cuantos días antes. Es poético, no científico, decir que sólo el día 14 la anidación se constituye en símbolo de la aceptación materna.

Poder legislativo y razón científica En 2006, un parlamento que diga que “a efectos de esta Ley, podrán usarse embriones humanos de menos de 14 días en proyectos de investigación aprobados por los organismos competentes” estará ejerciendo su potestad, políticamente correcta, aunque censurable éticamente. Incurriría, en cambio, en un abuso si sostuviera que la norma se basa en el concepto científico de preembrión. No vale hoy ese concepto. No son válidos los argumentos que ligan día 14 con la gemelación monocigótica como marcador de la individualidad, con la formación de la línea primitiva como marcador de la diferenciación del embrión, con el término de la anidación como símbolo de aceptación.

En una tribuna de DM el espacio disponible es siempre poco; hay que hablar esquemáticamente. Lo que he querido decir es sencillo: la noción de preembrión es una idea política con pies científicos de barro. El progreso de la embriología es la piedra que rodó monte abajo y rompió el pedestal de barro. El constructo se ha derrumbado. ¿Por qué mantener un muerto en la legislación? Gonzalo Herranz. Profesor honorario. Departamento de Humanidades Biomédicas. Universidad de Navarra.

Llucià Pou Sabaté, “Infidelidad en el matrimonio”, 12.XI.05

“Qué duro es olvidar una infidelidad”, he oído decir a distintas personas, llorando porque hacía uno, dos, más años que le pedía a Dios que le hiciera olvidar esta terrible experiencia de sentir “la traición”. Sensación de tristeza, desconcierto porque sucedió con la persona menos esperada, y desde entonces ya nada es igual: “ya no siento lo mismo que antes”. Hay melancolía, pues “la herida” tarda en cerrar, y el dolor puede hacerse insoportable hasta poder decir: “a veces mi cabeza va a estallar”… entonces, se piensa en la separación para huir de esa situación.

Todo esto lo trata la película “Infiel” (Trolösa) tiene por directora Liv Ullmann, y por guionista Ingmar Bergman, los que en otro tiempo fueron director y musa, además de compañera sentimental. Ahora es ella quien dirige un drama por el que los dos han pasado, ella directora y él ahora guionista. No se juega ahí con ser “modernos” y decir que hay que ser “auténticos” en una relación y “encontrarse a sí mismo”: se va al fondo de la cuestión, hasta llegar a las víctimas del crimen: la revolución sexual es ya historia. En el cine comercial, como dice “Bloggermania.com” en la crítica de este film, se ve “una visión trivial de la infidelidad, que poco tiene que ver con la vida real”. Ahí se notan los cineastas de categoría, al abordar con expresión artística el adulterio y sus consecuencias sin ningún barniz acaramelado.

“Infiel” comienza con el relato de un escritor (Erlend Josephson, que representa a Bergman) solitario, en su casa junto al mar, que recuerda una mujer (Lena Endre). Ella aparece y responde a sus preguntas, que se van convirtiendo en el relato de su vida… un matrimonio que se resquebraja, por culpa del amigo íntimo del marido. La infidelidad será la causa de la infelicidad de todos, especialmente de la hija… (recordemos que Liv y Ingmar tuvieron una hija). Según la propia Ullmann es un “drama psicológico durísimo y muy oscuro… su historia es mi historia, y también la de Bergman… es la historia de todos nosotros, de todos ustedes, porque creo que la película habla de asuntos universales”.

Efectivamente, la realidad del adulterio y sus terribles consecuencias son una plaga hoy día, y se plantean cosas tremendas como el resentimiento: “Creo en el perdón, porque toda mi vida he pensado que si no somos capaces de perdonar al otro, por ejemplo a la pareja infiel, la vida no avanza, todo se estanca, será imposible ser feliz de nuevo”, sigue diciendo Ullmann.

Se plantean problemas interesantes. Uno de ellos es la irresponsabilidad, que destroza unas vidas por dejarse llevar por la sensualidad, por buscar una “historia más excitante” que la vida ordinaria. La irresponsabilidad viene muchas veces por una excesiva seguridad, y no cuidar las ocasiones previsibles, como dice Cervantes: “que es de vidrio la mujer pero no debes probar si se puede o no quebrar que todo podría ser”, y lo mismo se puede decir del hombre pues en esto también hay bastante igualdad.

Ante un bien tan sagrado como es el matrimonio, la infidelidad aparece con falsas razones: “no causa ningún mal si hay ignorancia, si el engaño no se llega a saber”… Parece que no pasa nada, pero entonces ya “ha pasado mucho”. A eso se llama banalidad, que es una de las caras del mal. Poco a poco, imperceptiblemente se va desmoronando todo, el egoísmo va minando el amor hasta convertirlo en odio y venganza, una pasión que ciega y lleva a la crueldad, destroza todo, como dice el comienzo del film: “No hay ningún fracaso, ni la enfermedad, ni la ruina profesional o económica, que tenga un eco tan cruel y profundo en el subconsciente, como un divorcio. Penetra hasta el núcleo de la angustia, resucitándola. La herida provocada es más profunda que toda una vida” (Botho Strauss). Podría matizarse esta afirmación, pero nos lleva a tomar conciencia de que la ruptura nunca puede ser considerada como un bien en sí misma, ni como la primera opción ante los problemas conyugales. En aquellos casos en que, tras mucho sopesar y recibir consejo autorizado, se vea como el mal menor, siempre será algo que cause mucho sufrimiento.

Ullmann ve que en un mundo de engaño y falta de verdad, “la deslealtad es un modo de vida que cada vez adoptan más personas. Los principios morales simplemente desaparecen. Hombres y mujeres deciden jugar a un juego de adultos: amémonos al límite, seamos felices juntos, olvidémonos de juzgar qué es bueno y qué es malo. Pero súbitamente todo se desmorona. Viene la tragedia. Todos son infieles entre sí… la víctima resulta ser la niña, la personita que ha sido utilizada en el juego de los adultos, sentada en medio de un carrusel emocional, sin entender cuál es su verdadero papel en la historia. Esta lucidez choca con los comentarios engañosos que oímos: “no voy a dejar de ser feliz por culpa de los niños…” Sigue Liv con su análisis: “En este nuevo milenio que estrenamos, la deslealtad es un modo de vida que cada vez adoptan más personas”… al final, la muerte. Esta es la parte más negativa de Bergman y de sus películas: en el film aparece un “determinismo”, aporta un análisis psicológico de gran calidad, los problemas del hombre, pero no la dirección en la que se encuentran las soluciones, por eso tiene un punto de amargado en su lucidez cerrada a la trascendencia.

En realidad, la vida no es así: no somos “inamovibles”, siempre hay la posibilidad de recomenzar, hay voluntad de poder querer: esto es la libertad. La felicidad pasa por aceptar las personas como son, eso es querer. ¿Y qué pasa cuando el cónyuge es infiel? Hay motivos para separarse de él, si se quiere: pero es la última solución. Hay derecho a la ruptura, pero quien tiene fe –y todos podemos pedirla- ve en la desgracia una Cruz, un camino de encuentro con Jesús, de ser feliz. Muchas separaciones son precipitadas, se dice “me he liberado” -tanto ellas como ellos-, y luego es peor porque la liberación no viene de huir de las dificultades, la auténtica libertad viene de asumir compromisos y en definitiva de la fidelidad. La felicidad está en darse en un compromiso de amor. Quizá sea el momento de descubrir qué es el verdadero amor, que exige de cada cónyuge que asuma y responda realmente a su vocación. Quizá sea el momento de profundizar en las raíces de la herida que la vida conyugal ha sufrido, para pedir a Dios que sane y alimente cada vez más el vínculo indisoluble que Él unió sacramentalmente.

Olegario González de Cardedal, “¿Qué leer?”, ABC, 19.III.05

La casa del hombre se sostiene en cuatro columnas: realismo ascético de la acción, penetración perforadora del pensamiento, recogimiento actualizador de la memoria y anticipación proyectiva de la esperanza. Pero cada uno de nosotros sólo puede construir una pared de esa morada vital, encender unos fuegos, plantar unas semillas. La mayor parte de lo que necesitamos lo recibimos de los demás por la palabra viva; y, cuando ésta ya no es posible, por la lectura. ¿Qué sería de nosotros si no nos hubiera quedado escrita la palabra de los grandes filósofos y científicos, santos y poetas? Somos humanos extendiendo nuestra corta y pobre vida a la anchura y riqueza de quienes nos han precedido en la senda de la verdad y de la misericordia, del coraje y de la utopía.

Sólo quien ha perdido la pasión absoluta de lo humano y se ha aposentado con el sopor del animal en los prados de la inmediatez pregunta por qué leer. ¿Cómo seríamos ya libres sin libros? ¿Cómo seríamos contemporáneos de Sócrates sin Platón, de Jesucristo sin los evangelios, de la «humanitas» romana sin Cicerón, de los ideales y temores de la Edad Media sin la Divina Comedia, del humanismo renaciente sin Shakespeare y del idealismo ensoñador sin Cervantes? Hay que leer para ver con los ojos de quienes han pensado antes que nosotros y así ensanchar las posibilidades propias. El hombre lee para responder a sus necesidades, discernir sus entresijos, encender su soledad, ensanchar sus límites y, sobre todo, para acoger lo que le puede sobrevenir en la palabra de los otros y como don del Otro. La lectura es el espacio de la libertad.

Lecturas funcionales unas, que nos cualifican para el ejercicio de una profesión; lecturas gratuitas otras, que nos ayudan a ser más persona acogiendo el mundo como juego y tarea, viviéndolo como espectáculo, y transformándolo como el artista modela el barro con sus dedos y el escultor la madera con sus gubias. Hay lecturas gratuitamente necesarias para existir con dignidad y respirar con holgura. Hay libros vivos y vivificadores, que alumbran nuestros redaños, mientras que hay libros muertos y mortíferos, que por su vacuidad y vulgaridad, rencor o malevolencia, degradan al lector. Hay libros que son como personas vivas y hay personas que son como libros vivos. Cuando el «Índice» de libros prohibidos de 1558 dejó a Santa Teresa sumida en profunda tristeza, oyó del Señor esta palabra: «Yo seré para ti libro vivo».

¿Qué leer? Narrativa y poesía, épica y lírica, pensamiento y novela, ciencia y teología. Cada género requiere una actitud vital y una correspondencia afectiva. Pero sobre todo requiere aquella querencia que descubre lo implícito, percibe lo sugerido y adivina lo intentado. H. Hesse afirmaba que leer sin amor, saber sin respeto, formación sin corazón es uno de los peores pecados contra el espíritu. La lectura requiere cercanía generosa a la vez que distancia a lo leído. Leer requiere pensar y discernir, asentir y rechazar.

Hay una pedagogía y una ética de la lectura. Es falso decir que lo importante es leer y no importa qué. Unamuno alanceaba contra quienes, para aprender griego en la escuela, decían que lo mejor era traducir la Anábasis de Jenofonte. ¿Qué me importan las parasangas que avanzaban cada día los ejércitos griegos o persas? ¿No será infinitamente más valioso traducir los Diálogos de Platón que exponen al vivo la justicia, la verdad, la belleza, las ideas y los días, la tiranía y la libertad? La vida es corta y no es posible leerlo todo; hay que seleccionar. Hoy el problema no es la carencia de libros sino la superabundancia. Hay que elegir y recibir críticamente, y para ello es necesario aprender a leer. ¿Cómo leer? Con ilusión, libertad y silencio para integrar lo leído en el universo propio de valores, dejándose inhabitar por las propuestas recibidas del autor y confrontándolas con las experiencias fundamentales de la vida humana, con las grandes figuras de la creatividad, santidad y servicio que la historia ha ido ofreciendo. Sobre todo preguntándose: ¿este libro me hace más libre, limpio y fuerte? Pero ¿qué funda y sostiene nuestra libertad? Tiene dos fuentes: el saber y el amor. Hay que poder ser libre. Esta potencia en parte la conquistamos por nosotros mismos (saber) y en parte nos tiene que ser regalada (amor). La bella lectura es una fuente con dos caños, del uno mana el saber y del otro el amor.

Hay que leer, sobre todo, aquellos libros que han superado la prueba de humanidad: los clásicos. Estos han dignificado a los humanos tirando de ellos hacia arriba, hacia su mejor yo, y no correspondiendo vilmente a sus pasiones. La cesura cultural más grave que hemos conocido en los últimos decenios es la reducción del libro a producto de consumo, que se elabora por cálculo anticipado de lo que halaga y confirma al lector en sus necesidades inmediatas, otorgando legitimidad a sus gustos o pecados. Se suman todos esos elementos, se agitan conjuntamente, y se le entrega el libro como un bebedizo para anestesiar sus necesidades profundas y sumergirlo plácidamente en sus cotidianas infecciones. En cambio, la lectura de un libro bueno es una de las mayores fuentes de gozo personal, más allá del mero placer instintivo y de la placidez directa.

Hoy es necesaria una lectura informativa y sobre todo formativa, para poder contrarrestar los asedios de aquellos poderes que utilizan la noticia y el dato como trampolín para lanzarnos a la compra de sus productos o arrancarnos la adhesión a sus programas. Sólo quien lee libros y piensa por sí mismo, con saberes fundados y pensamientos confrontados, puede hoy ser libre, perdurar con dignidad. Los mejores teóricos de la democracia han repetido que ésta sólo crece y perdura donde la sostienen una ética real y una real cultura. Por eso yo invito a invertir las proporciones actuales: sesenta por ciento formación y cuarenta por ciento información. La información ante todo por libros, luego por periódicos, después por radio, y finalmente, en medida mínima, por televisión. De esta forma exorcizamos el peligro de convertirnos en masa o en secta, y persistimos enhiestos como personas y ciudadanos libres.

Si alguien me pidiese criterios para saber qué leer, yo le diría que elija: lo que ensancha la conciencia, en el sentido de saber intelectual, y la purifica en el sentido de responsabilidad moral (1); lo que alimenta el gozo de ser hombre y mujer, estar en el mundo y existir gratuitamente (2); lo que despliega ante nuestros ojos universos nuevos de realidad, los abismos de nuestro ser y las cumbres que podemos escalar (3); lo que nos relativiza con la crítica, ironía y sorna llevándonos a pensar en los demás, a contemplar el mundo tan diverso, tan vasto, tan hermoso, y a contar con Dios (4); lo que nos hace fraternales participantes en las diversas formas de grandeza y necesidad humana, discerniendo el poder, la ciencia, la cultura, la santidad, el heroísmo (5); lo que nos llega gratuitamente desde una voz amiga y sabia, sin ningún interés ideológico, político o económico (6); los libros que no están de moda pero que han superado cribas y cedazos porque en ellos ha latido el corazón humano con sus mejores vibraciones, desde la Odisea a la Biblia, desde Virgilio a Dante, desde San Juan de la Cruz a Góngora, desde Goethe a Hölderlin, desde Galdós a Unamuno, desde Dickinson a Edith Stein, desde Eliot y Hopkins a Muñoz Rojas y A. Colinas (7); lo que por la belleza de estilo y finura de espíritu nos arranca a la vulgaridad desenmascarando nuestras complicidades, malevolencias y olvidos culpables (8); lo que nos divierte en el mejor sentido del término y nos hace amar nuestro siglo, a la vez que nos abre a lo eterno y nos emplaza ante el Eterno (9); lo que nos recuerda que somos humanos, entre el animal y Dios (10).

No voy a repetir el intento de H. Bloom ofreciendo un «canon» de lecturas. Me parece, sin embargo, criterio supremo afirmar con él que hay que leer lo que exalta la magnanimidad y excluye la desidia, nos abre a lo sublime y rechaza la mediocridad, venga ésta propuesta o impuesta por quien fuere: «Cuando uno ronda los 70 le apetece tan poco leer mal como vivir mal, porque el tiempo transcurre implacable. No sé si Dios o la naturaleza tienen el derecho a exigir nuestra muerte, aunque es ley de vida que llegue nuestra hora, pero estoy seguro de que nada ni nadie, cualquiera que sea la colectividad que pretenda representar o a la que intente promocionar, puede exigir de nosotros la mediocridad».

Rafael Rubio, “El embrión”, La Razón, 25.V.05

En las últimas semanas una serie de noticias amenazan con eliminar totalmente la protección jurídica que en nuestro país se concedía al embrión. La aprobación del Proyecto de ley de reproducción asistida, y el anuncio de la futura legalización de la clonación en España son las más importantes. El Gobierno ha visto, en las expectativas generadas por estos avances, su oportunidad para reducir la discusión a un simple problema de eficacia, como si lo que antes era malo ahora, que es posible, es tremendamente beneficioso, ignorando la reciente condena de las Naciones Unidas a cualquier tipo de clonación.

Con este fin venimos asistiendo a distintas estrategias de confusión que requieren alguna aclaración. No hay dos tipos de clonación: ambas consisten en crear vida humana en el laboratorio, de manera artificial, implantando en un óvulo sin núcleo, el núcleo de la persona a clonar. Una vez creado el nuevo embrión, genéticamente idéntico a la persona que le dio origen, se puede optar por utilizar sus células para la investigación, o implantarlo en el seno materno para obtener una nueva persona.

Otra estrategia de confusión es hablar de células madre adultas y células madre embrionarias como si todas fueran lo mismo. La diferencia es esencial, mientras que las primeras se extraen de órganos de las personas como el cordón umbilical, las segundas se obtienen de la destrucción de embriones, obtenidos de la fecundación invitro o por medio de la clonación. Siempre que se logra un nuevo avance científico con la aplicación de células madre adultas, aquellas que no requieren la eliminación de embriones para su obtención, se habla del genérico células madre, para presentar el logro como fruto de la investigación con embriones que, a día de hoy, no ha producido ningún resultado médico. La tercera táctica es rebajar la dignidad del embrión, que se describe como una «minúscula pelota de unos cientos de células que carecen de cualquier rasgo identificable como humano», aunque posea la carga genética completa que tiene el ser humano y, si se implantara en el seno materno se desarrollaría hasta su nacimiento.

Así, ante la manipulación de la información, no es de extrañar el desconcierto de la sociedad, a la que se pregunta ¿quiere usted renunciar a la curación de enfermedades degenerativas? sin explicarle como será esa curación, ni su precio. ¿Inconsciencia? ¿desinformación? O simplemente engaño.

Rafael Rubio es Profesor de Derecho Constitucional