José María Barrio, “La educación sexual y afectiva”, Arvo, 14.XI.04

“Se ama a alguien no sólo cuando se pasa bien con esa persona, sino cuando se está dispuesto a pasarlo mal por ella, y también a esperar”. Entrevista con el prof. Barrio Maestre, de la Universidad Complutense de Madrid.

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Hermann Tertsch”, Josef Mengele. El monstruo irredento”, El País, 26.XI.04

Para atención de los que experimentan con humanos, no ya al amparo de la mezcla de ideología y ciencia, como Mengele, sino al amparo de la mezcla de dinero y ciencia.

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Antonio Fontán, “Humanismo cristiano y liberal”, ABC, 1.X.04

La palabra «humanismo» nació en alemán a principios del siglo XIX. Apareció impresa por primera vez en el título de un libro de 1808, publicado en Jena (Turingia), la ciudad por cuya universidad pasaron grandes ingenios germanos del «ochocientos» (Hegel, Fichte, los Schlegel, Schiller y más tarde Marx). El autor definía con ese término una filosofía de la educación y un sistema pedagógico que se proponían la enseñanza y promoción de los saberes que se consideraban más propiamente humanos: las lenguas y literaturas antiguas, la filosofía, la historia, etc.

El invento de la voz «humanismo» era fácil. «Humanista» existía en las lenguas cultas de Europa desde el siglo XVI para designar a los estudiosos y cultivadores de las letras latinas y griegas y a acreditados escritores de lenguas modernas. Cervantes la emplea por lo menos en tres ocasiones. Una para elogiar a un poeta amigo suyo al que quiso honrar con ese título, otra en la novela del Licenciado Vidriera, y una tercera en un contexto magistralmente irónico en que se burla de las pedanterías de los que querían pasar por cultos. En uno de los más divertidos episodios de la segunda parte del Quijote aparece un personaje al que el autor no quiso poner nombre, y al que llama simplemente «el primo», que sería el guía que llevó a caballero y escudero a través de Sierra Morena hasta la boca de la cueva de Montesinos.

Don Quijote, siempre curioso escudriñador de vidas ajenas que gustaba de saber quiénes eran y qué hacían los hombres y mujeres que se encontraba en el camino, le preguntó por su profesión y «ejercicios». El «primo» respondió que él era «humanista», y su oficio «componer libros para dar a la imprenta de gran provecho y no menos entretenimiento para la república». A continuación enumeró una pretensiosa y ridícula retahíla de los títulos y de los asuntos que trataban los tales libros, que constituye una chispeante burla cervantina de las falsas erudiciones más frecuentes quizá en aquella época que en la nuestra, donde tampoco faltan.

En la misma Alemania, medio siglo después de acuñada la palabra «humanismo» empezaron a emplearla los historiadores de la cultura para referirse a las letras y a la época del Renacimiento, y a las artes de aquellos siglos. Pronto se extendió su uso en este sentido por las otras lenguas europeas. En el último tramo del siglo XIX el término «humanismo» está ya plenamente instalado en castellano con el mismo sentido que poseía en la cultura europea y norteamericana. El año 1878, en su primera lección de cátedra, Menéndez y Pelayo escribe que «una reseña de la literatura hispano latina , o sea, del «humanismo» en el siglo XVI, es preliminar indispensable para el estudio de la literatura en las lenguas vulgares».

El paso siguiente en la historia de la palabra humanismo en la cultura moderna es el de su transferencia a los campos de la filosofía social y política y de la sociología general. Humanismo es una marca de prestigio a la que desde todas partes le llueven adeptos.

Curiosamente, en las dos guerras mundiales de la pasada centuria, y en los años inmediatamente siguientes a ellas, el humanismo, o más bien los humanismos, aparece unas veces como solución y otras como problema. Maeztu, desde Londres, al final de la primera contienda vio en crisis una cierta versión filosófica y política del humanismo. Después de la segunda, en 1947, un escritor francés planteaba a Heidegger la cuestión de ¿cómo se podría volver a dar un sentido a la palabra Humanismo? El maestro alemán contestaba preguntando a su vez si es que era preciso hacerlo. Porque, añadía, «el humanismo se divide según el concepto que se tenga de la libertad y de la naturaleza del hombre». Para Marx y para los marxistas, incluso para los más modernos, «el hombre humano es el hombre social, que es también el hombre natural», una pura y simple naturaleza en el sentido común y final de la palabra, mientras que «el cristiano ve la humanidad del hombre en su delimitación con respecto a la divinidad», dice literalmente el filósofo alemán, que había sido católico y sabía de lo que estaba hablando.

Esa visión del hombre, que sería, según Heidegger, la del humanismo cristiano no significa una confesionalidad política y social, que en nuestro siglo no postula el catolicismo, ni en la práctica casi ninguna de las demás confesiones cristianas. Hay estados confesionales, o más bien de «iglesia establecida» en algunas monarquías protestantes, pero eso es otra cosa o más bien una herencia del pasado sin mucho contenido ni verdadera vigencia social. Eso no es el humanismo cristiano y liberal que inspira ciertas ideologías políticas y al que cuadran, sin incompatibilidad alguna, dos definiciones que se hallan en una obra tan neutral y objetiva como la actual versión del famoso diccionario Webster. El nuevo humanismo, se lee allí, es una doctrina filosófica del siglo XX que se distingue por su fe en la moderación, en la dignidad de la voluntad humana y en un sentido de los valores permanentes. Dentro de ese amplio espacio un cristiano puede encontrarse en su propio terreno, porque el humanismo cristiano es «una filosofía que defiende una plena realización del hombre y de lo humano dentro de un marco de principios cristianos».

Además de nuevo y cristiano, que en este caso son conceptos convergentes, suelen acompañar al término humanismo en el siglo pasado, y quizá también en este, otros adjetivos que quieren ser definitorios. Uno es el que se opone polarmente a cristiano y es toda una filosofía: el humanismo ateo que clasificó y estudió cumplidamente el jesuita Henri Lubac, uno de los padres de la «nouvelle théologie» y uno de los precursores del Concilio Vaticano, al que se vio pasar en pocos lustros de autor de doctrina sospechosa a cardenal de la Iglesia. Es el humanismo de Feuerbach, de Comte, de Nietzsche, del que daría cuenta con su experiencia religiosa de buscar a Dios el ruso Dostoievski.

Hay otros humanismos sectoriales, como el científico que, en cuanto filosofía general del hombre y de la vida, llega hasta donde llega y se queda ahí. Hay humanismos políticos como el antes mencionado de los marxistas, que ha sido arrumbado por la historia con la simple caída de un muro. Hay el fundamentalismo laicista, que algunos quieren extender desde Francia a toda Europa en la que podría ser la ley fundamental de la Unión. Incluso algunos apuntan a un humanismo de tradiciones occidentales, que implicaría consagrar una división del género humano según los puntos cardinales.

En medio de este desorden terminológico y lingüístico, la filosofía cristiana, que cree en la moderación como método, en la dignidad de la voluntad humana y su derecho a ejercerse libremente y en los valores permanentes de una concepción cristiana del hombre y de la vida, sin confesionalidades ni coacciones religiosas o laicistas, estaría llamada a asegurar la continuidad abierta y liberal de la historia de la actual Unión y de todo el continente, del que forma parte también la «santa Rusia» de la «tercera Roma».

Hace pocos meses, en los borradores de la que se pretende que sea una constitución -o más propiamente una ley marco- para la Unión Europea, se reconocía que la cultura social, literaria y política de este conjunto de naciones tenía sus raíces en las tradiciones cristianas del continente que, además de historia, son vida. Después, el fundamentalismo laicista del gobierno francés y de algunos de sus asociados han conseguido barrer esas líneas para sustituirlas por una corta serie de adjetivos que vienen a ser, como se dice en América, un «empty suit», un «traje vacío» sin nadie ni nada dentro.

El anterior gobierno español, con la mayoría política nacional que lo respaldaba, defendió hasta el final el mantenimiento de esa verdad histórica de que Europa, igual que España, y el cristianismo son realidades históricas, culturales y políticas que tienen mucho que ver entre sí.

Juan Cruz Cruz, “La envidia como raíz del odio”, Arvo, 5.X.04

La envidia es considerada por el Aquinate como una de las raíces del odio. Ella es, desde el punto de vista fenomenológico, una mirada fascinante. ¿Qué es la fascinación? Es simplemente, según el diccionario, la acción de «aojar», de emitir un mal a través de los ojos. ¿Hay en el acto comunicativo gentes que emiten maldad a través de sus ojos? ¿Hay personas que con su mirada maléfica influyen negativamente en el mismo acto comunicativo? Este es en síntesis el problema de la «fascinación», en el que resalta, de un lado, el «aojador» o agente fascinador y, de otro lado, el que provoca la fascinación.

Es preciso referirnos al hecho de que en nuestras sociedades aparece con frecuencia una creencia inconsciente en una fuerza dispersa que, concentrada en algunos hombres, se emite por los ojos y perjudica a otras personas en su salud o en sus propiedades, impidiendo su felicidad en esta vida. Estos hombres son los «fascinadores», pues emiten una fuerza que tendría la propiedad de dañar o consumir las cosas sobre las cuales se fija. Se estima entonces, también inconscientemente, que la pupila de este «fascinador» descarga sobre lo que mira una sustancia invisible, semejante al veneno de la serpiente. Cuenta Plutarco que Eutélidas tenía tanto poder negativo en sus pupilas que podía dañarse a sí mismo con sólo mirarse al espejo. Ese poder fue llamado por los latinos fascinum (de ahí nuestra palabra fascinación), que en castellano también se llama aojo o mal de ojo. Cuando el «aojador» encuentra una cosa viva y hermosa, buena, elevada, lanza contra ella la luz envenenada de sus pupilas y la hace languidecer paulatinamente, o incluso la mata. Al hombre sobre el que ha recaído el mal de ojo no podrá ya salirle bien ninguna tarea, ningún proyecto: lo que emprenda o realice le saltará en mil pedazos; hasta el futuro que estima queda amenazado. Los «fascinadores» suelen tener aspectos contrahechos o mostrar una fealdad física, especialmente la apariencia facial, la que se ve o que entra por los ojos.

El mal surgido del fascinador es provocado o inducido por las «cualidades» de otros hombres, estimadas como negativas: por algo aprehendido como un mal hubiera dicho Santo Tomás y, por tanto, motivo de aversión u odio. ¿Pero qué cualidades son estimadas aquí como «negativas» y provocadoras de la reacción maléfica de la «fascinación»? ¿Las buenas o las malas? Aunque parezca mentira, normalmente son las buenas.

2. Lo negativo y provocador es la inteligencia, la belleza, las cualidades, el bienestar que se ve, por ejemplo, en una persona. Este ser inteligente, capacitado o lleno de cualidades físicas, psíquicas y sociales es el provocador, el inductor: por su carácter presuntamente negativo, atrae el «mal de ojo» del «fascinador».

Salta a la vista que el fascinador está atormentado en su interior por un sentimiento de odio especial, provocado por la envidia, la cual no es otra cosa que la tristeza o el pesar del bien y de la felicidad del otro. Envidia, etimológicamente, viene del verbo latino videre que indica la acción de ver por los ojos, y de la partícula in; de modo que invidere significa mirar con malos ojos, proyectar sobre el otro el mal de ojo. En nuestro caso, decir envidioso es decir fascinador del otro. De este modo se erige la envidia en raíz o madre del odio a la persona: invidia est mater odii, primo ad proximum, decía Santo Tomás.

El mundo antiguo conocía muchos caracteres de la envidia como pasión íntima. Entre los griegos es representada como una mujer con la cabeza erizada de serpientes y la mirada torcida y sombría. Su extraña mirada, junto con su tinte cetrino, tienen una explicación fisiológica normal, pues en el acto de envidiar sufre el hombre una acción cardiovascular constrictiva, la cual produce lesiones viscerales microscópicas, dificulta la irrigación sanguínea y la asimilación normal. La cabeza coronada de serpientes era símbolo de sus perversas ideas; en cada mano llevaba un reptil: uno que inoculaba el veneno a la gente; otro que se mordía la cola, simbolizando con ello el daño que el envidioso se hace a sí mismo.

3. La filosofía clásica encontró fenomenológicamente al menos seis características en el «envidioso».

Primero, al «envidioso» le produce pesar o descontento el bienestar y la fortuna de los demás: invidia est tristitia de bono alterius, inquantum aestimatur diminuere gloriam propriam. Por ejemplo, él ve los bienes del otro, pero no las dificultades inherentes a su conducta, ni las privaciones y desventajas que ha tenido que superar para conseguirlos.

Segundo, el envidioso es una persona próxima al provocador: próxima en espacio y en fortuna. Yo no puedo envidiar a un Rockefeller, pero sí a don Próspero, el charcutero de mi barrio, que se está enriqueciendo. Y si a don Próspero se le rompiere una pierna, me consolaré pensando que ahora podría yo andar mejor por la vida. La gran desigualdad provoca admiración, mientras que la desigualdad mínima provoca envidia y ojeriza: invidia non est inter multum inaequales, sed ad illos tantum, quibus potest quis se aequare vel praeferre. El estudiante que se dirige a pie desde su barrio a la Universidad, odia solo un poquito al compañero que va montado en un modesto automóvil; pero el dueño de ese automóvil se muere de envidia cuando es adelantado por un vehículo deslumbrante y de afamada marca. A veces lo envidiado es igual o parecido a lo que el envidioso tiene; pero la imaginación inconsciente lo deforma y lo agranda. Por eso dice el refrán que el envidioso hace de los mosquitos elefantes.

Tercero, lo que al envidioso le molesta no son tanto los valores materiales del otro, sus cosas, cuanto la persona misma poseedora de esos valores. Aunque siente el bien del otro como mal propio, dirige un odio mucho más profundo a la persona que tiene el bien: su mal propiamente dicho es aquella persona colmada de tantos bienes. Y por eso dirige contra el otro una parte de su carga agresiva, queriendo anularlo: no pretende obtener sus bienes, sino destruirlos y, a ser posible, destruirlo a él también. Su envidia es sádica; viene a decir: si yo no puedo tener eso, haré que no lo tengas tú”.

Cuarto, cuanto más favores, atenciones o regalos haga el provocador al fascinador, más fuerte será en éste el deseo de eliminar a aquél, pues la dádiva le recordará siempre que él está en un grado inferior o de carencia. Y aun cuando se lograra una perfecta justicia igualitaria, siempre quedaría la desigualdad de inteligencia y de carácter, la cual sería motivo de envidia.

Quinto, como la mayoría de las veces el fascinador no puede destruir al otro y, además, no puede soportar la idea de que le sobrevivan las personas afortunadas, dirige contra sí mismo la otra parte de ese odio agresivo: no sólo quiere destruir al otro, sino destruirse a sí mismo; es autodestructivo, autodevorador, siendo su lema: «prefiero morirme antes que verte feliz!». El fascinador es también masoquista. De ahí que digamos que alguien se muere de envidia.

Sexto, el fascinador nunca descansa: ni siquiera la expropiación forzosa de la fortuna del otro, en sentido igualitario, logra apagar su envidia. Por eso, si la envidia fuese fiebre, todo el mundo habría muerto, dice el refrán.

Tomado de “Ontología del amor humano en Tomás de Aquino”, (Ed. Rialp 1999), publicado en www.arvo.net

Damián Muñoz, “Mar adentro”, ABC, 10.IX.2004

Hay hechos históricos que conviene recordar porque aportan luz para analizar la actualidad.

En 1920, Alfred Hoch y Karl Binding publicaron un libro titulado «Autorización para la destrucción de vidas indignas de vivir». En ese libro acuñaron una expresión que ahora volvemos a oír -«vidas indignas de ser vividas»- y reclamaron la autorización de la eutanasia para unos seres humanos a los que describían como «cáscaras humanas vacías».

En 1942, Joseph Goebbels, ministro de propaganda de Hitler, preparó minuciosamente la estrategia de la eutanasia nazi con la ayuda de una película titulada «Yo acuso». Contaba la historia de una mujer gravemente enferma que suplicaba a su marido que la matara. El esposo secundaba esta petición, sufriendo por ello una dura condena. La finalidad de la película era desencadenar reacciones emotivas del público en contra de los fiscales y jueces, y difundir una opinión favorable hacia este tipo de «muerte por compasión».

No sé si la película «Yo acuso» tuvo una campaña publicitaria tan sonada como la que nos inunda en estos días, ni si a su estreno asistió la mitad del Gobierno, pero, desde luego, logró su objetivo.

Luis de Moya, “La visita que hice a Ramón Sampedro”, Zenit, 9.IX.2004

Entrevista con Luis de Moya, un sacerdote tetrapléjico que tuvo oportunidad de visitar a Ramón Sanpedro año y medio antes de que éste –también tetrapléjico por un accidente– se quitara la vida en 1998, una decisión que ha inspirado la película que pretende reavivar el debate sobre la eutanasia, «Mar adentro». Presentada en el Festival de Venecia, la película –dirigida por el cineasta español Alejandro Amenábar– en una secuencia ridiculiza «la intervención y las palabras de un sacerdote, también él tetrapléjico, metiéndole en los esquemas teóricos, siempre exigentes, de la moral católica, olvidando que ésta pide ser vivida con fe y amor», según constató «Radio Vaticana» el sábado pasado. En esta entrevista concedida a Zenit, Luis de Moya (Ciudad Real, 1953) recuerda el encuentro que tuvo con Ramón Sampedro y se sumerge en la cuestión de la eutanasia desde su condición de tetrapléjico a raíz de un accidente que sufrió hace más de 13 años. Médico y sacerdote, Luis de Moya se ha encargado de distintas capellanías universitarias en la Universidad de Navarra, una labor a la que sigue dedicándose con las limitaciones propias de su estado.

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Míchel Esparza, “La autoestima del cristiano”, Zenit, 2.IX.04

Entrevista a Míchel Esparza, filósofo y teólogo, autor de «La autoestima del cristiano», de la Editorial Belacqva, una obra que se dirige a cristianos corrientes que se afanan por mejorar la calidad de su amor. Michel Esparza es sacerdote y ejerce su ministerio pastoral en Logroño, y es autor de «El pensamiento de Edith Stein» (Eunsa).

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Jaime Nubiola, “Torturas y pornografía: la degradación de la humanidad”, La Gaceta, 19.VI.04

Como a todos, las imágenes que han ido apareciendo a lo largo del mes de mayo de las torturas en la cárcel de Abu Ghraib, me han impresionado muchísimo. En un primer momento, me impactó la degradación de la humanidad que entrañaba el sometimiento de los presos iraquíes a vejaciones sexuales y de todo tipo por parte de sus carceleros: trataban a los iraquíes como objetos de diversión y al hacer esto se ponían a sí mismos en el nivel de los animales que torturan a sus víctimas antes de devorarlas. Quizá la imagen más gráfica -que muchos conservaremos en nuestra memoria- es la de Lynndie England, la soldado de 21 años, que mira con desprecio a un iraquí desnudo, tirado en el suelo como un animal abatido, al que lleva en su mano izquierda atado por el cuello con una correa de perro. En los ojos de Lynndie England no hay odio, solo un desprecio infinito.

En un segundo momento, lo que llamó mi atención no fueron tanto las horribles imágenes en sí mismas, sino el lamentable aspecto de carnaval pornográfico que tenía toda la serie de fotografías distribuidas. El periódico británico The Guardian llamó particularmente la atención sobre este punto. El festival de violencia que mostraban las imágenes tenía un carácter típicamente pornográfico: muchas de las víctimas habían sido reducidas a objetos de exhibición, llevaban capuchas o no mostraban sus caras; los hombres y mujeres autores de los abusos aparecían posando con aire triunfal delante de sus “proezas”; a su vez, quienes tomaban las fotos concentraban su atención en los genitales de sus víctimas y en aquellos aspectos que más pudieran llamar la atención del espectador. Como advirtió Luc Sante, aquellas fotos eran como los trofeos de un safari fotográfico.

Tal como escribía la historiadora Joanna Bourke el 7 de mayo, “no hay aquí perplejidad moral ninguna: los fotógrafos ni siquiera parecen advertir que están registrando un crimen de guerra. No hay el menor indicio de que estén documentando algo moralmente equivocado. Para la persona de detrás de la cámara, la estética de la pornografía le protege de cualquier culpa”. Esas fotos no son sobre “los horrores de la guerra”, sino que en su mayoría son una glorificación de la violencia y el abuso sexual. Da la impresión de que muchas de esas fotos fueron tomadas por gentes a quienes agradaba lo que estaban viendo, que disfrutaban con esas “hazañas” de humillación sadomasoquista. “La pornografía del sufrimiento que muestran estas imágenes -concluye Bourke- es de naturaleza voyeurística. El abuso se lleva a cabo para la cámara”.

De los debates que han seguido durante las semanas siguientes, quiero destacar la explicación de Donald Rumsfeld acerca de la distribución de esas imágenes. Se quejaba el Secretario de Estado norteamericano de que ya no era posible censurar las cartas de los soldados como en los viejos tiempos tachando las líneas inadecuadas, pues hoy en día los soldados no escriben cartas, sino que “funcionan como turistas que viajan con sus cámaras digitales, toman esas increíbles fotografías y las pasan a los medios de comunicación para sorpresa nuestra y en contra de la ley”. Las cámaras digitales, los ficheros JPEG y el correo electrónico diseminan de inmediato por todo el mundo las “gestas” de estos turistas tan especiales que, imbuidos de la “cultura de la pornografía”, se dedican a la tortura y al abuso sexual de ciudadanos de aquel país al que supuestamente iban a liberar.

En los últimos días -daba la noticia Katharine Vine- ha aparecido un nuevo elemento que da indicios del enorme poder de la industria pornográfica: la producción y distribución de películas que muestran la violación de mujeres vestidas de iraquíes por hombres vestidos de soldados estadounidenses. El problema de fondo es -me parece- la enorme expansión de la pornografía en la última década a través de internet. Si se busca “sex” en Google proporciona en 0,11 segundos la friolera de 204 millones de resultados que contienen las escenas más horripilantes de sexo y degradación que hasta el momento los seres humanos han logrado imaginar. Las penosas escenas de la cárcel de Abu Ghraib ponen delante de nuestros ojos el estrecho vínculo que hay entre tortura y pornografía. Susan Sontag se preguntaba hace unos pocos días en el New York Times cuántas de las torturas sexuales infligidas a los presos en Abu Ghraib habían sido inspiradas por el enorme repertorio de imágenes pornográficas disponibles en internet que los soldados trataban de emular ante las cámaras de sus compañeros.

¿Cómo influye la pornografía en la vida real de sus consumidores? Así como sabemos que el tabaco daña gravemente a la salud, ¿cómo afecta el consumo de pornografía a los seres humanos? Los estudios científicos disponibles no llegan todavía a un consenso total, pero las escenas de Abu Ghraib me parece que muestran de manera bien patente la capacidad que la pornografía tiene no solo de herir la sensibilidad del espectador, sino de dañar su conducta, de degradar su humanidad. Como decía el título de un libro francés sobre esta materia: La marea negra de la pornografía. Una plaga de orígenes y de consecuencias mal conocidos. El efecto más negativo de la pornografía es, muy probablemente, que afecta a la imaginación de sus consumidores hasta el punto de llegar a transformar reductivamente -esto es, a reducir a mera satisfacción sexual- las relaciones entre los seres humanos. Como las relaciones entre las personas están mediadas por su imaginación, la sistemática reducción de las relaciones entre mujeres y varones a su excitación sexual implica una degradación violenta de nuestra humana condición.

Las imágenes de la cárcel de Abu Ghraib han traído a mi memoria una anotación en su diario del reciente premio Nobel de Literatura Imre Kerstész, superviviente de Auschwitz y Buchenwald: “Las dos grandes metáforas del siglo XX: el campo de concentración y la pornografía -ambas bajo el punto de vista de la servidumbre total, de la esclavitud-. Como si la naturaleza mostrara ahora su lado funesto al hombre, a su nacimiento, desvelando radicalmente la naturaleza humana”. La tortura y la pornografía son aspectos complementarios de la degradación de la naturaleza humana que ha caracterizado a nuestro tiempo. El NO rotundo a la tortura que atraviesa nuestra sociedad ha de ir acompañado de un NO igualmente rotundo a la pornografía que es su cara oculta o quizá más bien la forma mediáticamente correcta de su presentación.

En la medida en que aspiramos a forjar una sociedad democrática, plural y respetuosa de la igual dignidad y de las diferencias entre varones y mujeres, ha de afrontarse decididamente la eliminación de la excitación sexual en los medios de comunicación. La tolerancia ingenua de la pornografía en los medios de comunicación, incluido internet, so capa de libertad de expresión, conduce a la degradación de la condición humana que muestran las penosas imágenes de Abu Ghraib.

La Gaceta de los Negocios (Madrid), 19 de junio de 2004 Jaime Nubiola es Profesor de Filosofía de la Universidad de Navarra

Ignacio Sánchez Cámara, “Los términos del problema (clonación)”, ABC, 14.VIII.2004

La admisión de la clonación terapéutica entraña un grave problema moral. Lo primero ha de ser atenerse a los hechos y plantear con claridad los términos del problema. El lector atento y con buen criterio extraerá la solución, que no debe confundirse con «su» solución, pues el relativismo cuela ya de tapadillo la suya errónea: todo es relativo; luego, haga cada cual lo que mejor le parezca. El análisis de todo problema moral debe partir del respeto a los hechos. ¿Qué es lo que se debate? En este caso, se trata de determinar si es lícito crear un embrión clónico para utilizarlo en investigación de terapias contra enfermedades hoy incurables, y destruirlo después. Dejemos de lado las serias dudas que existen sobre la eficacia de estas terapias y la posibilidad de la existencia de tratamientos alternativos. ¿Es o no lícito moralmente hacerlo? ¿Deben autorizarlo los Estados? ¿Es compatible con la dignidad que conferimos a la vida humana, o con la que ésta posee de suyo? El siguiente paso bien podría ser rechazar lo que no está en discusión, los falsos planteamientos y las eventuales falacias. No se trata de una cuestión religiosa que afecte al ámbito de la fe y enfrente a creyentes y no creyentes. Tampoco se puede saldar el debate apelando al oscurantismo de quienes se oponen al avance de la ciencia, entre otras razones porque quienes argumentan así sí rechazan, muchas veces sin argumentos, la clonación reproductiva. Quienes se opusieron a la eugenesia nazi no fueron oscurantistas. Ni cabe zanjar el debate esgrimiendo la insensibilidad hacia el dolor de quienes oponen reparos morales. No hay debate auténtico cuando falta la buena fe. Ni tampoco cuando ningún interlocutor está dispuesto a atender los argumentos ajenos y descarta toda posibilidad de ser convencido. LO que verdaderamente se dirime es si es lícito fabricar un embrión clónico para curar y ser destruido. Argumentarán a favor quienes antepongan la salud y la vida del adulto frente a la dignidad de la vida embrionaria o quienes nieguen que la clonación atente contra ella. Se enfrentan aquí, como en tantos otros casos, distintas concepciones sobre la realidad, la moral y el valor de la vida humana, distintos planteamientos sobre la relevancia de la autonomía de la voluntad, la dignidad del hombre, la valoración exclusiva de las consecuencias de la acción, la justificación de los medios por el fin, la idea del deber o la afirmación de la existencia de acciones intrínsecamente buenas o malas. En suma, se enfrentan diferentes concepciones filosóficas con distintos órdenes de jerarquía de valores. Aunque no sea fácil, no debemos resignarnos a la inexistencia de un debate genuino. No valen ni la descalificación previa, ni el mero recurso al consenso, tan socorrido para políticos con convicciones anémicas. Ni tampoco la superficialidad antifilosófica. LAS disquisiciones sobre cuándo el embrión llega a ser persona me parecen alambicadas y, a veces, desembocan en meras disputas sobre palabras. La diferencia entre una célula madre y un adulto de, por ejemplo, sesenta años es patente. Pero también lo es que el embrión clonado es idéntico a lo que un día fue la persona cuya vida se intenta salvar mediante su fabricación. En cualquier caso, no se trata de un debate que enfrente a ilustrados y oscurantistas, sino a quienes sustentan diferentes concepciones acerca del valor de la vida embrionaria, una más laxa y otra más estricta, o, si se prefiere, una que defiende el valor intrínseco de la vida y otra que lo niega.

José Luis Cañas, “Por qué se extienden las adicciones”, Aceprensa, 16.VI.04

Cuando se habla de adicciones, lo común es pensar en las drogas. Pero resulta cada vez más claro que las toxicomanías son solo una modalidad de dependencia. Hay personas preocupadas de modo compulsivo por el sexo, el aspecto físico, el trabajo, el juego… Con droga o sin ella, el fenómeno tiene la misma raíz, que está en la persona, según explica José Luis Cañas, especialista en adicciones.

José Luis Cañas Fernández es profesor de Hermenéutica y Filosofía de la Historia en la Universidad Complutense (Madrid). Investiga el problema de las adicciones desde 1993, y en 1996 apareció su primer libro sobre el tema, De las drogas a la esperanza (Ediciones San Pablo). Acaba de publicar el manual Antropología de las adicciones (Dykinson, Madrid, 2004), con la intención de que sirva de referencia teórica a los profesionales que trabajan en la lucha contra las dependencias –en especial, a la Asociación Proyecto Hombre–, desde una visión del fenómeno adictivo centrada en la persona.

Entrevista de Ignacio Fernández Zabala en Aceprensa 16/6/2004 Continuar leyendo “José Luis Cañas, “Por qué se extienden las adicciones”, Aceprensa, 16.VI.04″