Manuel González Barón, “Suicidio aistido y eutanasia: ¿muertes dignas?”, El Mundo, 24.XI.08

Cada vez con mayor frecuencia, oímos hablar en los medios de comunicación sobre suicidio asistido, eutanasia, muerte digna…; y no pocas veces se advierte una notable confusión en quienes utilizan esos términos. Esa confusión “contamina” después necesariamente las encuestas que se hacen sobre estas cuestiones. Puede tener cierto interés, por tanto, empezar clarificando algunos conceptos.

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Llucià Pou Sabaté, “Eutanasia… ¿qué es la muerte dulce?”, 27.XII.04

Tim O’Brien escribió en 1990 “Las cosas que llevaban los hombres que lucharon”, preciosa novela sobre la supervivencia de un soldado (depende de lo que lleva). En la guerra, la línea que separa la vida de la muerte es más tenue que nunca. Aparte de lo que lleva en la mochila, carga con su memoria, recuerdos, amuletos, fantasmas del pasado, objetos triviales que no le dejan olvidar que hay otra vida más allá de la guerra. En el capítulo “Amigos” habla de cómo Dave Jensen y Lee Strunk se hicieron amigos en el campo de batalla y se confiaron sus vidas, “hicieron el pacto de que si uno de los dos resultaba gravemente herido –como para tener que ir en silla de ruedas-, el otro, automáticamente, se encargaría de liquidarlo. Por lo que vi, hablaban en serio. Lo dejaron escrito en un papel, que firmaron junto con un par de compañeros a los que pidieron que hicieran de testigos. Y entonces, en octubre, Lee Strunk pisó una granada de mortero enterrada como si fuera una mina. Le arrancó la pierna derecha hasta la rodilla… Dave Jensen se acercó y se arrodilló junto a Strunk… hubo dudas acerca de si Strunk seguía vivo, pero al fin abrió los ojos y los alzó hacia Dave Jensen.

‘-¡Dios mío!’ –gimió, y trató de alejarse deslizándose y dijo-: ‘¡Por Dios, chico, no me mates!’ –‘Tranquilo’ –dijo Jensen. Lee Strunk parecía mareado y confundido. Se quedó quieto un instante y después hizo un gesto hacia la pierna: -‘En realidad, no es muy grave. No es el fin. ¡Eh, en serio… pueden volver a cosérmela… en serio!’ –‘Es cierto. Me juego algo a que pueden’. –‘¿Lo crees?’ -¿Por supuesto que sí’.

Strunk frunció el entrecejo hacia el cielo. Volvió a desmayarse, después despertó y dijo: -‘¡No me mates!’ –‘No lo haré –dijo Jensen.

–‘Hablo en serio.’ –‘Por supuesto’.

–‘Pero tienes que prometerlo. Júramelo: jura que no me matarás’.

Jensen asintió y dijo: ‘-Lo juro’.

–Y un momento después llevamos a Strunk al helicóptero. Jensen tendió la mano y le tocó la pierna buena-: ‘Vete tranquilo’ –dijo. Más tarde nos enteramos de que Strunk murió en algún sitio sobre Chu Lai, lo que pareció aliviar a Dave Jensen de un peso enorme”.

Un estudio del Instituto de Tumores de Milán (datos del 2001, publicados en el diario italiano “Avvenire”) refleja que de novecientos pacientes seguidos en ese año, sólo uno pidió que se le ayudara a morir. Y este único enfermo, cuando tuvo tratamientos paliativos que mitigaron el dolor, cambió de idea. Sigue diciendo el estudio que entre los enfermos de cáncer, el índice de suicidios es inferior a la media de la población sana (17.964 pacientes investigados en Italia en estos años por el Instituto de Tumores de Milán, cinco suicidios, es decir el 0,027% y una media similar se da en otros países europeos). Concluyen los autores de ese estudio que, mientras los medios de comunicación se hacen eco de las campañas en favor de la eutanasia para estos enfermos terminales, en los pasillos de los hospitales no suele ser un argumento frecuente: más bien el estudio constata que el cáncer desarrolla en la persona un fuerte apego a la vida. Franco De Conno, responsable de Terapias Paliativas de ese Instituto, afirma que más allá de la legitimidad o no de la eutanasia «el problema es ofrecer a todos la posibilidad de soportar la enfermedad sin sufrimientos inútiles».

La práctica de eutanasia a una persona en Holanda cuesta 3.600 dólares, y explica De Conno que es «un negocio para las clínicas que la practican, así como para las empresas de seguros y para el servicio sanitario que así se liberan del peso de la asistencia a un enfermo que, cuando no es asistido adecuadamente, la única cosa que pide es morir cuanto antes». La estancia diaria de un paciente terminal en un hospital de la red sanitaria pública italiana cuesta unos 180 dólares al día. Y la eutanasia podría ser una tentación para solucionar un problema de mantenimiento del sistema público, si no se atiende bien a alguien, éste pide morir y se complacen sus deseos: se ahorraría Hacienda devolver a determinadas personas lo que recibió de ellas como cotización de Seguridad Social.

La novela citada en el principio cuenta los recuerdos que quedan en la memoria, y de los que está hecha la vida, con una imagen de cuando patinaba, cuando de pequeño le llamaban Timmy: “Soy joven y feliz. Nunca moriré. Estoy deslizándome por la superficie de mi propia historia, moviéndome deprisa, viajando sobre el hielo derretido bajo la hoja de los patines, y cuando doy un largo salto hacia la oscuridad y aterrizo treinta años después, advierto que es como si Tim tratara de salvar la vida de Timmy con una historia”. Acaba así, con un canto a la esperanza que hemos de fomentar día a día, afrontando la vida y haciendo el bien, que nos lleva luego a ese otro mundo donde no hay ya muerte…

Ignacio Sánchez Cámara, “Democracia a la carta (eutanasia)”, ABC, 4.IX.2004

La película de Amenábar reabre el debate sobre la eutanasia con más fuerza que el drama personal de Ramón Sampedro. La realidad imita al arte. Mientras tanto, Holanda abre el camino a la eutanasia infantil, en la que el único argumento a favor, la autonomía personal y la libre decisión, queda suprimido, aunque se sustituya por la decisión de los padres. El Gobierno, por su parte, anuncia una solución legal en la actual Legislatura. No sabemos cuál porque él mismo no lo sabe. Depende de la voluntad de los ciudadanos. Como debe ser en una democracia, el gobierno del pueblo. La propuesta del Ejecutivo revela su concepción de la democracia: abrir un debate sereno y riguroso, en el que se escuche a los expertos y a la sociedad para saber lo que quieren los españoles. Incluso anuncian una encuesta del CIS, el nuevo oráculo. Que hable la calle. Tan irreprochablemente democrático proceder suscita, no obstante, algunas dudas y perplejidades. En primer lugar, sombras sobre la posición del Gobierno. Ni sabe ni contesta. Espera. Y esperar el veredicto popular es la manera perfecta de no equivocarse. Mas ¿por qué la incertidumbre en este caso y la certeza en tantos otros? Acaso se trate de una de esas cuestiones, por lo que parece escasas, en las que sólo cabe esperar el dictamen de la voluntad popular, al margen de los expertos. Pero a esta conjetura se opone el anuncio de consultar a los expertos. ¿A cuáles? ¿A los que decida el Gobierno? ¿A los médicos y científicos? ¿A los moralistas? ¿A los juristas? Inmediatamente asaltan otras dudas. ¿Y si la opinión de los expertos fuera contraria a la opinión mayoritaria, convenientemente expresada en las encuestas del CIS? ¿Qué hacer entonces? ¿Sacrificar a los expertos o a la mayoría? La opción democrática parece clara. Entonces, ¿para qué consultar a los expertos? Y ¿por qué no se somete a escrutinio la opinión de los ciudadanos sobre, por ejemplo, los Presupuestos Generales del Estado, o el matrimonio entre homosexuales, o la reforma de los Estatutos de Autonomía? Por lo demás, esta implacable lógica democrática podría conducir a la supresión de los programas electorales y, por ese camino, de los partidos políticos. Todo quedaría reducido a una gran e indeclinable promesa electoral: hacer lo que quiera el pueblo. ¿Quién se atrevería a votar en contra? No hay programa preferible a ése que promete todo lo que la mayoría decida. Sería la apoteosis del programa único, del partido único, y el triunfo de la democracia directa y plebiscitaria. La vieja estirpe de los políticos decididos, como Pericles, a convencer a la opinión del valor de sus ideas y propuestas quedaría definitivamente extinguida. El político vendría a ser así mero ejecutor de la voluntad soberana. El resultado no es otro que el gobierno a golpe de debate y encuesta. Es la realización del sueño de todo demagogo: carecer de ideas propias y convertirse en el brazo ejecutor de la voluntad popular. ¿Quién se atreverá a exigir límites a un Gobierno sólo guiado por la sabiduría popular que nunca se equivoca? Es también el acta de defunción de la democracia liberal y representativa, atenta, sobre todo, a trazar límites, frenos y contrapesos al ejercicio del poder, y a establecer un procedimiento para la libre crítica y la sustitución pacífica de los gobernantes. Ni la eutanasia ni ninguna otra cosa están en sí mismas bien o mal desde el punto de vista de la justicia. Todo depende del resultado de los debates y del dictamen de las encuestas. Y la oposición, al trastero con las demás cosas inservibles.

Damián Muñoz, “Mar adentro”, ABC, 10.IX.04

Hay hechos históricos que conviene recordar porque aportan luz para analizar la actualidad.

En 1920, Alfred Hoch y Karl Binding publicaron un libro titulado «Autorización para la destrucción de vidas indignas de vivir». En ese libro acuñaron una expresión que ahora volvemos a oír -«vidas indignas de ser vividas»- y reclamaron la autorización de la eutanasia para unos seres humanos a los que describían como «cáscaras humanas vacías».

En 1942, Joseph Goebbels, ministro de propaganda de Hitler, preparó minuciosamente la estrategia de la eutanasia nazi con la ayuda de una película titulada «Yo acuso». Contaba la historia de una mujer gravemente enferma que suplicaba a su marido que la matara. El esposo secundaba esta petición, sufriendo por ello una dura condena. La finalidad de la película era desencadenar reacciones emotivas del público en contra de los fiscales y jueces, y difundir una opinión favorable hacia este tipo de «muerte por compasión».

No sé si la película «Yo acuso» tuvo una campaña publicitaria tan sonada como la que nos inunda en estos días, ni si a su estreno asistió la mitad del Gobierno, pero, desde luego, logró su objetivo.

Luis de Moya, “La visita que hice a Ramón Sampedro”, Zenit, 9.IX.04

Entrevista con Luis de Moya, un sacerdote tetrapléjico que tuvo oportunidad de visitar a Ramón Sanpedro año y medio antes de que éste –también tetrapléjico por un accidente– se quitara la vida en 1998, una decisión que ha inspirado la película que pretende reavivar el debate sobre la eutanasia, «Mar adentro». Presentada en el Festival de Venecia, la película –dirigida por el cineasta español Alejandro Amenábar– en una secuencia ridiculiza «la intervención y las palabras de un sacerdote, también él tetrapléjico, metiéndole en los esquemas teóricos, siempre exigentes, de la moral católica, olvidando que ésta pide ser vivida con fe y amor», según constató «Radio Vaticana» el sábado pasado. En esta entrevista concedida a Zenit, Luis de Moya (Ciudad Real, 1953) recuerda el encuentro que tuvo con Ramón Sampedro y se sumerge en la cuestión de la eutanasia desde su condición de tetrapléjico a raíz de un accidente que sufrió hace más de 13 años. Médico y sacerdote, Luis de Moya se ha encargado de distintas capellanías universitarias en la Universidad de Navarra, una labor a la que sigue dedicándose con las limitaciones propias de su estado.

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Albert J. Novell, “¿Por qué papá se tapa los ojos cuando llora?”, El País 16.IX.03

Era una cena normal, de una familia aparentemente normal. El hijo pequeño, de dos años, se movía por el comedor jugando en su mundo alegre e imaginario. El hijo mayor, de cuatro, cenaba distraído haciendo figuras geométricas con la comida, jugaba a cuchillo y tenedor. De fondo, el telediario nocturno emitía noticias que quizás herirían la sensibilidad de nuestros abuelos: muertes por causas étnicas y religiosas se mezclaban con disputas y guerras sin sentido. Las noticias demostraban una vez más el axioma de que “el sentido común es el menos común de los sentidos”.

La mamá y el papá cenaban en silencio. Tenían que estar pendientes de tantas cosas: que la imaginación del pequeño no le causara una caída, que la geometría del mayor no derramara un vaso, que las obscenidades de las noticias pasaran desapercibidas para los menores, que sus problemas cotidianos no invadieran la intimidad familiar y, por qué no decirlo, también tenían que estar pendientes de ellos mismos. Los gritos de los niños y los bustos parlantes televisivos ocupaban un silencio que podría haberse cortado con un cuchillo.

Pendiente de todo, la mujer miraba de reojo a su marido. Éste, distraído y absorto, cenaba como un pajarito encerrado en su jaula.

Finalmente, la mujer, consciente de que se acercaba la fecha del próximo control, le pone la mano en la pierna y le dice: no te preocupes, todo saldrá bien. No es el primero ni el último control que te hacen. Te encuentras bien. Confía en Dios. El hombre mira a su mujer y fuerza una sonrisa de agradecimiento. Le coge la mano, se la aprieta, la mira a los ojos y le habla, lenta y pausadamente, para no distraer a los pequeños artistas. Sabes, hoy han sacado un titular en EL PAÍS en el que una investigadora afirma: “…Quizás el cáncer dice que nos diseñaron para vivir menos tiempo”, y en el texto también dice que “cuanto más avanzada es la edad, menos avanzan los tumores” (EL PAÍS, 23, Revista de Agosto).

La mujer aprieta la mano de su marido y se dice para sí misma, qué sensibilidad que tienen estos científicos cuando hablan para la prensa. El marido la mira a los ojos y sigue hablando: “No creas, también dice: “…sigue siendo inhumano que la gente muera de cáncer” y que “debería ser una prioridad”. Y añade: “…ver a una persona enferma tanto tiempo y no poder hacer nada quiere decir que no sabemos hacer nada”. Llegados a este punto de la conversación conyugal, el marido mira a su mujer y repite para sí mismo despacio y de forma vehemente: están equivocados, todos pueden hacer algo, pueden hacer mucho, pero nadie quiere hacer nada. Llevamos el fantasma de la muerte encima y no podemos zafarnos de él.

El matrimonio calla con prudencia para no alertar a sus hijos. Han decidido preservar la felicidad familiar y no hablar de la enfermedad de papá a los niños hasta que ésta sea inevitable. El papá baja la cabeza hacia el plato. Se le dispara el pensamiento y se pone taquipsíquico. Recuerda los paseos en el posoperatorio inmediato, calle arriba calle abajo, atrapados los cuatro en la soledad de una ciudad vacía de personas en el mes de agosto y preguntándose a sí mismo: ¿por qué a mí?, ¿por qué ahora? Se acuerda de las personas que decían que eran amigas y cómo desaparecieron, unas silenciosamente, otras bruscamente. El cáncer aparece como la modernización de la peste. Nada cambia, todo se moderniza, hasta las guerras étnicas. Se acuerda de las amistades que reaparecieron. El cáncer te enseña quién es quién en tu vida, el verdadero valor de las personas que forman eso que se llama el entorno. Piensa en las pocas veces que ha oído un ¿cómo estás?, ¿cómo te encuentras? De lo duro que resulta ser padre, enfermo, joven y médico. La de veces que ha escuchado: tú no tendrás problemas siendo médico, o, al fin y al cabo, tú tienes suerte, a los sanos no nos hacen tantas pruebas. Se acuerda de ese estudio que codirigió sobre pacientes oncológicos en el que la mayor parte de los participantes se sentían estigmatizados y veían su cáncer como un tema tabú.

Lamentablemente, interesa más la telomerasa que la estigmatización de los pacientes, la investigación genética es más sexy que la social. Hablemos del futuro y olvidemos el presente, ésta es la estrategia. Piensa con intensidad. Ve a sus hijos ajenos a las obscenidades de las noticias. Él cuenta su supervivencia no en meses ni en años, sino en kilos y centímetros. Ahora es de 14 kilos y 94 centímetros, lo que pesa y mide su hijo pequeño, nacido el mismo mes de su operación. Insiste, ¡sí que se puede hacer algo por los pacientes con cáncer!: cuidarles, dejar que expresen sus emociones, no ofrecerles falsas esperanzas y, sobre todo, quererles y no abandonarles. Ellos necesitan que los quieran, no que les recuerden que no se puede hacer nada y que la situación pinta mal. Y desde luego, sí se puede hacer algo por ellos y mucho, pero ¿a quién le interesa hablar de esto? El papá sigue pensando rápido. El cáncer no se cura. Uno puede vivir más o menos años, con mejor o peor calidad de vida. Hasta se pueden ganar cinco tours de Francia seguidos con la enfermedad, pero mientras hayan controles periódicos y cada una de las vacaciones familiares se viva como si pudiera ser la última, el cáncer existe.

Llegados a este punto de su pensamiento, cae derrotado. Las lágrimas empiezan a brotar sobre sus mejillas y de forma instintiva se tapa los ojos con las manos para que sus hijos no le vean llorar. La mamá, reteniéndose como puede, le coge la mano, la aprieta con fuerza y le dice con convicción: no sufras más, todo saldrá bien.

El hijo mayor deja la geometría por unos instantes, busca la mirada de su mamá y le pregunta: “Mamá, ¿por qué papá se tapa los ojos cuando llora?”. Ella cuenta hasta tres y no dice lo que piensa. Es un niño muy pequeño aún para oír: papá se tapa los ojos para no ver cómo quizás a las personas como él nadie en esta sociedad les mira. En lugar de eso, coge discreta y delicadamente a los niños y se los lleva a la cocina. Hoy habrá ración doble de helado para postre. Os habéis portado muy bien.

Esta historia es real, pero ¿a alguien le interesa de verdad saber quién es el papá de esta historia? Pues, lamentablemente, hay muchos casos como el suyo, perdón, como el mío.

Andrés Ollero, “La dignidad humana es anterior a la autonomía”, 8.I.03

En el Congreso de los Diputados español se ha rechazado recientemente una proposición de ley de despenalización de la eutanasia. Andrés Ollero, catedrático de Filosofía del Derecho y diputado del Partido Popular, razonó el voto en contra de su grupo. Continúa leyendo Andrés Ollero, “La dignidad humana es anterior a la autonomía”, 8.I.03

Juan Pablo II, “No al ensañamiento terapéutico”, Zenit, 26.III.02

JUAN PABLO II ALERTA ANTE EL ENSAÑAMIENTO TERAPÉUTICO Recibe a la Organización Mundial de Gastroenterología CIUDAD DEL VATICANO, 26 marzo 2002 (ZENIT).- En un momento en el que la actualidad internacional lleva a la Iglesia a recordar su oposición a la eutanasia, Juan Pablo II ha alertado ante el «ensañamiento terapéutico», y exhorta a ensañarse en la investigación médica.

El llamamiento pontificio tuvo lugar este sábado, 23 de marzo, al recibir a una delegación de miembros de Organización Mundial de Gastroenterología, que se reunieron en Roma para afrontar la prevención del cáncer en el aparato digestivo.

La organización, fundada en París en 1954, reagrupa en estos momentos a 88 asociaciones nacionales.

«Un exasperado ensañamiento terapéutico, incluso con las mejores intenciones, además de ser inútil, no respetaría en definitiva plenamente al enfermo, que ha llegado ya a un estado terminal», afirmó el Papa.

El pontífice constató «la creciente disponibilidad de recursos técnicos y farmacológicos que permiten discernir con prontitud, en la mayoría de los casos, los síntomas del cáncer e intervenir así con mayor rapidez y eficacia».

Por eso, invitó a los doctores a «proseguir con confianza y tenacidad la investigación y la terapia, empleando los recursos científicos mas avanzados».

Por lo que se refiere a sus relaciones con los pacientes, el obispo de Roma recordó a los médicos que «el ser humano es limitado y mortal».

«Hay que acercarse al paciente con un sano realismo que impida dar a la persona que sufre la ilusión de la omnipotencia de la medicina –aconsejó–. Hay límites que no es humanamente posible superar; en esos casos es necesario saber aceptar con serenidad la propia condición humana, que el creyente sabe leer a la luz de la divina providencia».

Juan Pablo II recordó que «la complejidad de la persona humana exige que, a la hora de suministrar el tratamiento necesario, se tome en consideración tanto el espíritu como el cuerpo. Sería presuntuoso contar solo con la tecnología».

«El concepto de salud, tan querido al pensamiento cristiano, contrasta con una visión que la reduce a un mero equilibrio psico-físico –siguió diciendo–. Esa visión olvida la dimensión espiritual de la persona y acabaría poniendo en peligro el verdadero bien».

Con este espíritu, concluyó, «informar a los ciudadanos con respeto y verdad, especialmente cuando están afectados por situaciones patológicas, constituye una auténtica misión para quienes tienen a su cargo la salud pública».

Tomado de Zenit, ZS02032607

Javier Vega, “¿Qué entendemos por eutanasia?”, PUP, 14.X.01

De todos los países del mundo, la eutanasia sólo está legalizada en Holanda desde enero del presente año, ya que, entre otros motivos, es considerada como una práctica peligrosa e innecesaria; así, según un reciente estudio realizado en nuestrio país, la demanda de eutanasia en las unidades de cuidados paliativos a enfermos terminales es del 0,3%, y en la mayoría de los casos, al tratarse adecuadamente el dolor y paliar otros síntomas, los enfermos desistieron de tal petición.

Son necesarias algunas aclaraciones terminológicas. Actualmente se entiende por eutanasia aquella acción (eutanasia activa), u omisión (eutanasia pasiva), encaminada a dar la muerte, de una manera indolora, a los enfermos incurables.

Según la Organización Médica Colegial, “la eutanasia pasiva es verdadera eutanasia, pues, desde el punto de vista de la ética profesional, es irrelevante quitar la vida a un paciente mediante una acción que se ejecuta o mediante la omisión de una intervención médica obligada. En uno y otro caso hay eutanasia, pues se provoca deliberadamente la muerte a un paciente”.

La O.M.C. recomienda hablar de eutanasia (ya sea activa o pasiva), pues algunos “entienden, erróneamente, que eutanasia pasiva es no instaurar o suspender tratamientos médicos inútiles, y esto es un acto ético, por cuanto constituye práctica médica correcta”.

No es eutanasia la aplicación de fármacos para aliviar el dolor u otros síntomas en un paciente terminal aunque ello produzca, indirecta e inevitablemente, un cierto acortamiento de la vida. Si se aplican convenientemente los principios éticos es no sólo aceptable sino aconsejable y necesario en ocasiones. Siempre debe procurarse no impedir que el enfermo pueda actuar libremente en la disposición de su última voluntad y, en el caso de que los medios usados lleven aneja la pérdida de conciencia, será necesario el consentimiento del enfermo.

Tampoco es eutanasia la omisión o retirada de medios extraordinarios o desproporcionados para prolongar artificialmente la vida de un enfermo terminal, pues está ausente la acción positiva de matar y la posibilidad de una vida natural. Es el médico –consultando en algunos casos límite a otros colegas-, o los comités de ética de algunos hospitales, los que deben determinar qué medios se pueden considerar proporcionados y cuáles desproporcionados para un paciente determinado, teniendo en cuenta sus circustancias concretas. No obstante, hay una serie de medios que hoy día se consideran habitualmente como ordinarios o proporcionados (la hidratación y la nutrición -por boca o sonda nasogástrica- son los cuidados básicos mínimos).

En el estado vegetativo persistente o coma irreversible, sólo deben darse los cuidados básicos mínimos, y habitualmente en unos meses el paciente fallece a causa de una infección o de otras complicaciones.

Algunos llaman “ortotanasia” a la muerte que ocurre a su tiempo, sin acortarse la vida y sin alargarla innecesariamente mediante medios extraordinarios. A este alargamiento de la vida mediante medios desproporcionados se le conoce con el nombre de “ensañamiento terapéutico”, que no es lícito, como señala el Código deontológico.

El “diagnóstico de muerte” es un punto importante ya que, desde que se establece el diagnóstico de muerte clínica, no hay problema de eutanasia, pudiéndose extraer los órganos del cadáver para trasplantes o retirar la ventilación asistida, pues se trata de un cadáver. El cese irreversible de las funciones encefálicas y/o cardiorrespiratorias son criterios suficientes para confirmar la muerte de una persona, al cesar de funcionar su organismo espontáneamente como un todo.

Javier Vega Gutiérrez. Profesor titular de Medicina legal. Universidad de Valladolid.

Antonio María Rouco, “Sobre el testamento vital”, 22.XII.00

La Conferencia Episcopal publica una propuesta de «Testamento vital» En respuesta a la nueva ley aprobada por el Parlamento de Cataluña BARCELONA/MADRID, 22 dic 2000 (ZENIT).- En el momento en el que el pleno del Parlamento de Cataluña daba su visto bueno al proyecto de ley que permitirá a cualquier persona evitar ciertas acciones médicas en caso de sufrir una enfermedad terminal, la Conferencia Episcopal Española ha publicado una propuesta de «Testamento vital». La nueva ley catalana, aprobada ayer por unanimidad, prevé que cualquier persona que padezca una enfermedad incurable, dolorosa y mortal pueda dejar constancia de su voluntad expresa de no ser mantenida en vida por medios artificiales. Esto se hace ordinariamente con el así llamado «Testamento vital». La propuesta de «Testamento vital», distribuido por la página web de la Conferencia Episcopal Española, busca prevenir a los médicos ante cualquier posibilidad de aplicación de la eutanasia, y al mismo tiempo evitar el así llamado ensañamiento terapéutico, es decir, la suministración de tratamientos inútiles y en ocasiones dolorosos. El signatario de ese «Testamento» pide que «si por mi enfermedad llegara a estar en situación crítica irrecuperable, no se me mantenga en vida por medio de tratamientos desproporcionados o extraordinarios; que no se me aplique la eutanasia activa, ni que se me prolongue abusiva e irracionalmente mi proceso de muerte; que se me administren los tratamientos adecuados para paliar los sufrimientos». Asimismo, el signatario del Testamento pide «ayuda para asumir cristiana y humanamente mi propia muerte». Para que tenga validez el «Testamento vital», según indica la nueva ley catalana, deberá ser confirmado ante notario o bien ante tres testigos, dos de los cuales no han de tener parentesco o relación patrimonial con el interesado y también hará falta entregarlo al centro sanitario donde la persona deba ser atendida para incorporarlo a su historial clínico. Si bien la ley fue aprobada por todas las fuerzas políticas, ha tenido interpretaciones diferentes. Para los partidos de izquierda la ley constituye una despenalización de la eutanasia pasiva; para el Partido Popular no implica nada más que una manera de evitar el ensañamiento terapéutico. Según el diputado del PPC, Daniel Sirera, «lo que se ha hecho es recoger los códigos deontológicos de los colegios de médicos, que ya aplican esos supuestos y que se podría resumir como la negativa a alargar la vida de forma artificial». Ofrecemos a continuación el texto íntegro del «Testamento vital» distribuido por la Conferencia Episcopal Española. A mi familia, a mi médico, a mi sacerdote, a mi notario: Si me llega el momento en que no pueda expresar mi voluntad acerca de los tratamientos médicos que se me vayan a aplicar, deseo y pido que esta Declaración sea considerada como expresión formal de mi voluntad, asumida de forma consciente, responsable y libre, y que sea respetada como si se tratara de un testamento. Considero que la vida en este mundo es un don y una bendición de Dios, pero no es el valor supremo absoluto. Sé que la muerte es inevitable y pone fin a mi existencia terrena, pero desde la fe creo que me abre el camino a la vida que no se acaba, junto a Dios. Por ello, yo, el que suscribe…………………… pido que si por mi enfermedad llegara a estar en situación crítica irrecuperable, no se me mantenga en vida por medio de tratamientos desproporcionados o extraordinarios; que no se me aplique la eutanasia activa, ni que se me prolongue abusiva e irracionalmente mi proceso de muerte; que se me administren los tratamientos adecuados para paliar los sufrimientos. Pido igualmente ayuda para asumir cristiana y humanamente mi propia muerte. Deseo poder prepararme para este acontecimiento final de mi existencia, en paz, con la compañía de mis seres queridos y el consuelo de mi fe cristiana. Suscribo esta Declaración después de una madura reflexión. Y pido que los que tengáis que cuidarme respetéis mi voluntad. Soy consciente de que os pido una grave y difícil responsabilidad. Precisamente para compartirla con vosotros y para atenuaros cualquier posible sentimiento de culpa, he redactado y firmo esta declaración. Firma: Fecha:

Alfonso Basallo, “Crimen de Estado” (eutanasia), El Mundo, 3.XII.00

El 10 de mayo de 1940 los nazis se zampaban Holanda. No tardaron en comenzar las ejecuciones. El país ocupado había quedado reducido a la condición de esclavo por dos razones, porque había perdido el primero de los derechos humanos fundamentales: el derecho a la vida. Esclavo, también, porque había quedado dominado por un Estado totalitario, que autorizaba a sus verdugos (en este caso los agentes de las SS) a quitar la vida.

Casi 60 años después, el 28 de noviembre del 2000, Hitler ha vuelto a invadir Holanda. El país ha quedado de nuevo reducido a la condición de esclavo. Porque ha perdido el derecho a la vida y porque ha quedado dominado por un Estado totalitario, que autoriza a sus verdugos (médicos y enfermeras) a quitar la vida.

Con la legalización de la eutanasia, un país de la Unión Europea pasa a engrosar la lista de regímenes asesinos, como la Camboya de Pol Pot, el Chile de Pinochet o la URSS de Stalin. Desde el punto de vista jurídico y moral, no existe la menor diferencia. Monseñor Ersilio Tonini, ha planteado la gravedad del asunto: «¿Puede el Estado autorizar a quitar la vida sin asumir la prepotencia del emperador que decía sí o no a los gladiadores?».

Se alega que, en este caso, es el enfermo terminal el que voluntariamente solicita la muerte. Pero el Estado no puede abdicar de su deber de proteger la vida, delegando su responsabilidad en la decisión del enfermo. La voluntad individual no es fuente de la legalidad. Nadie tiene derecho a morir, por la sencilla razón de que no existe el derecho a la muerte. El derecho a la vida no depende ni de la voluntad individual, ni del consenso social, ni del juego de las mayorías. Es universal e intangible y sirve para todos.

De acuerdo con las condiciones para aplicar la eutanasia establecidas en la ley neerlandesa habría que reducir parte de la población de los psiquiátricos, eliminar a muchas personas que padecen depresiones endógenas e incluso a algunos deficientes mentales. Porque ninguno de ellos tiene posibilidad de mejora, todos padecen sufrimientos morales insoportables y, en su desesperación, desean liberarse de la carga de la vida. No es ciencia-ficción, ni una metáfora de la Alemania nazi. La iniciativa holandesa incluye el mal de Alzheimer como posible justificante de la eutanasia, porque supone un sufrimiento insoportable y la pérdida de la personalidad.