Ignacio Sánchez Cámara, “La abolición del bien”, La Gaceta, 21.XII.2008

El relativismo ético goza de una inmerecida buena reputación.

Al relativismo ético le corresponde una responsabilidad fundamental sobre la crisis moral de nuestras sociedades occidentales. Si se niega la existencia de criterios objetivos o universales para distinguir entre el bien y el mal, la frontera entre ambos resulta porosa, y queda abierta la vía que conduce a la abolición del bien. El relativismo ético goza de una inmerecida buena reputación. Es cierto que, aparentemente, resulta convincente, y que es innegable la discrepancia de opiniones morales y la influencia sobre ellas de factores sociales y culturales, y que suele ir vinculado, erróneamente, a posiciones tolerantes y liberales, no dogmáticas. Pero constituye un viejo error filosófico, que data, al menos, del siglo V antes de nuestra era, con el sofista Protágoras.

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Manuel González Barón, “Suicidio aistido y eutanasia: ¿muertes dignas?”, El Mundo, 24.XI.2008

Cada vez con mayor frecuencia, oímos hablar en los medios de comunicación sobre suicidio asistido, eutanasia, muerte digna…; y no pocas veces se advierte una notable confusión en quienes utilizan esos términos. Esa confusión “contamina” después necesariamente las encuestas que se hacen sobre estas cuestiones. Puede tener cierto interés, por tanto, empezar clarificando algunos conceptos.

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Llucià Pou Sabaté, “Eutanasia… ¿qué es la muerte dulce?”, 27.XII.2004

Tim O’Brien escribió en 1990 “Las cosas que llevaban los hombres que lucharon”, preciosa novela sobre la supervivencia de un soldado (depende de lo que lleva). En la guerra, la línea que separa la vida de la muerte es más tenue que nunca. Aparte de lo que lleva en la mochila, carga con su memoria, recuerdos, amuletos, fantasmas del pasado, objetos triviales que no le dejan olvidar que hay otra vida más allá de la guerra. En el capítulo “Amigos” habla de cómo Dave Jensen y Lee Strunk se hicieron amigos en el campo de batalla y se confiaron sus vidas, “hicieron el pacto de que si uno de los dos resultaba gravemente herido –como para tener que ir en silla de ruedas-, el otro, automáticamente, se encargaría de liquidarlo. Por lo que vi, hablaban en serio. Lo dejaron escrito en un papel, que firmaron junto con un par de compañeros a los que pidieron que hicieran de testigos. Y entonces, en octubre, Lee Strunk pisó una granada de mortero enterrada como si fuera una mina. Le arrancó la pierna derecha hasta la rodilla… Dave Jensen se acercó y se arrodilló junto a Strunk… hubo dudas acerca de si Strunk seguía vivo, pero al fin abrió los ojos y los alzó hacia Dave Jensen.

‘-¡Dios mío!’ –gimió, y trató de alejarse deslizándose y dijo-: ‘¡Por Dios, chico, no me mates!’ –‘Tranquilo’ –dijo Jensen. Lee Strunk parecía mareado y confundido. Se quedó quieto un instante y después hizo un gesto hacia la pierna: -‘En realidad, no es muy grave. No es el fin. ¡Eh, en serio… pueden volver a cosérmela… en serio!’ –‘Es cierto. Me juego algo a que pueden’. –‘¿Lo crees?’ -¿Por supuesto que sí’.

Strunk frunció el entrecejo hacia el cielo. Volvió a desmayarse, después despertó y dijo: -‘¡No me mates!’ –‘No lo haré –dijo Jensen.

–‘Hablo en serio.’ –‘Por supuesto’.

–‘Pero tienes que prometerlo. Júramelo: jura que no me matarás’.

Jensen asintió y dijo: ‘-Lo juro’.

–Y un momento después llevamos a Strunk al helicóptero. Jensen tendió la mano y le tocó la pierna buena-: ‘Vete tranquilo’ –dijo. Más tarde nos enteramos de que Strunk murió en algún sitio sobre Chu Lai, lo que pareció aliviar a Dave Jensen de un peso enorme”.

Un estudio del Instituto de Tumores de Milán (datos del 2001, publicados en el diario italiano “Avvenire”) refleja que de novecientos pacientes seguidos en ese año, sólo uno pidió que se le ayudara a morir. Y este único enfermo, cuando tuvo tratamientos paliativos que mitigaron el dolor, cambió de idea. Sigue diciendo el estudio que entre los enfermos de cáncer, el índice de suicidios es inferior a la media de la población sana (17.964 pacientes investigados en Italia en estos años por el Instituto de Tumores de Milán, cinco suicidios, es decir el 0,027% y una media similar se da en otros países europeos). Concluyen los autores de ese estudio que, mientras los medios de comunicación se hacen eco de las campañas en favor de la eutanasia para estos enfermos terminales, en los pasillos de los hospitales no suele ser un argumento frecuente: más bien el estudio constata que el cáncer desarrolla en la persona un fuerte apego a la vida. Franco De Conno, responsable de Terapias Paliativas de ese Instituto, afirma que más allá de la legitimidad o no de la eutanasia «el problema es ofrecer a todos la posibilidad de soportar la enfermedad sin sufrimientos inútiles».

La práctica de eutanasia a una persona en Holanda cuesta 3.600 dólares, y explica De Conno que es «un negocio para las clínicas que la practican, así como para las empresas de seguros y para el servicio sanitario que así se liberan del peso de la asistencia a un enfermo que, cuando no es asistido adecuadamente, la única cosa que pide es morir cuanto antes». La estancia diaria de un paciente terminal en un hospital de la red sanitaria pública italiana cuesta unos 180 dólares al día. Y la eutanasia podría ser una tentación para solucionar un problema de mantenimiento del sistema público, si no se atiende bien a alguien, éste pide morir y se complacen sus deseos: se ahorraría Hacienda devolver a determinadas personas lo que recibió de ellas como cotización de Seguridad Social.

La novela citada en el principio cuenta los recuerdos que quedan en la memoria, y de los que está hecha la vida, con una imagen de cuando patinaba, cuando de pequeño le llamaban Timmy: “Soy joven y feliz. Nunca moriré. Estoy deslizándome por la superficie de mi propia historia, moviéndome deprisa, viajando sobre el hielo derretido bajo la hoja de los patines, y cuando doy un largo salto hacia la oscuridad y aterrizo treinta años después, advierto que es como si Tim tratara de salvar la vida de Timmy con una historia”. Acaba así, con un canto a la esperanza que hemos de fomentar día a día, afrontando la vida y haciendo el bien, que nos lleva luego a ese otro mundo donde no hay ya muerte…

Damián Muñoz, “Mar adentro”, ABC, 10.IX.2004

Hay hechos históricos que conviene recordar porque aportan luz para analizar la actualidad.

En 1920, Alfred Hoch y Karl Binding publicaron un libro titulado «Autorización para la destrucción de vidas indignas de vivir». En ese libro acuñaron una expresión que ahora volvemos a oír -«vidas indignas de ser vividas»- y reclamaron la autorización de la eutanasia para unos seres humanos a los que describían como «cáscaras humanas vacías».

En 1942, Joseph Goebbels, ministro de propaganda de Hitler, preparó minuciosamente la estrategia de la eutanasia nazi con la ayuda de una película titulada «Yo acuso». Contaba la historia de una mujer gravemente enferma que suplicaba a su marido que la matara. El esposo secundaba esta petición, sufriendo por ello una dura condena. La finalidad de la película era desencadenar reacciones emotivas del público en contra de los fiscales y jueces, y difundir una opinión favorable hacia este tipo de «muerte por compasión».

No sé si la película «Yo acuso» tuvo una campaña publicitaria tan sonada como la que nos inunda en estos días, ni si a su estreno asistió la mitad del Gobierno, pero, desde luego, logró su objetivo.

Luis de Moya, “La visita que hice a Ramón Sampedro”, Zenit, 9.IX.2004

Entrevista con Luis de Moya, un sacerdote tetrapléjico que tuvo oportunidad de visitar a Ramón Sanpedro año y medio antes de que éste –también tetrapléjico por un accidente– se quitara la vida en 1998, una decisión que ha inspirado la película que pretende reavivar el debate sobre la eutanasia, «Mar adentro». Presentada en el Festival de Venecia, la película –dirigida por el cineasta español Alejandro Amenábar– en una secuencia ridiculiza «la intervención y las palabras de un sacerdote, también él tetrapléjico, metiéndole en los esquemas teóricos, siempre exigentes, de la moral católica, olvidando que ésta pide ser vivida con fe y amor», según constató «Radio Vaticana» el sábado pasado. En esta entrevista concedida a Zenit, Luis de Moya (Ciudad Real, 1953) recuerda el encuentro que tuvo con Ramón Sampedro y se sumerge en la cuestión de la eutanasia desde su condición de tetrapléjico a raíz de un accidente que sufrió hace más de 13 años. Médico y sacerdote, Luis de Moya se ha encargado de distintas capellanías universitarias en la Universidad de Navarra, una labor a la que sigue dedicándose con las limitaciones propias de su estado.

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Albert J. Novell, “¿Por qué papá se tapa los ojos cuando llora?”, El País 16.IX.2003

Era una cena normal, de una familia aparentemente normal. El hijo pequeño, de dos años, se movía por el comedor jugando en su mundo alegre e imaginario. El hijo mayor, de cuatro, cenaba distraído haciendo figuras geométricas con la comida, jugaba a cuchillo y tenedor. De fondo, el telediario nocturno emitía noticias que quizás herirían la sensibilidad de nuestros abuelos: muertes por causas étnicas y religiosas se mezclaban con disputas y guerras sin sentido. Las noticias demostraban una vez más el axioma de que “el sentido común es el menos común de los sentidos”.

La mamá y el papá cenaban en silencio. Tenían que estar pendientes de tantas cosas: que la imaginación del pequeño no le causara una caída, que la geometría del mayor no derramara un vaso, que las obscenidades de las noticias pasaran desapercibidas para los menores, que sus problemas cotidianos no invadieran la intimidad familiar y, por qué no decirlo, también tenían que estar pendientes de ellos mismos. Los gritos de los niños y los bustos parlantes televisivos ocupaban un silencio que podría haberse cortado con un cuchillo.

Pendiente de todo, la mujer miraba de reojo a su marido. Éste, distraído y absorto, cenaba como un pajarito encerrado en su jaula.

Finalmente, la mujer, consciente de que se acercaba la fecha del próximo control, le pone la mano en la pierna y le dice: no te preocupes, todo saldrá bien. No es el primero ni el último control que te hacen. Te encuentras bien. Confía en Dios. El hombre mira a su mujer y fuerza una sonrisa de agradecimiento. Le coge la mano, se la aprieta, la mira a los ojos y le habla, lenta y pausadamente, para no distraer a los pequeños artistas. Sabes, hoy han sacado un titular en EL PAÍS en el que una investigadora afirma: “…Quizás el cáncer dice que nos diseñaron para vivir menos tiempo”, y en el texto también dice que “cuanto más avanzada es la edad, menos avanzan los tumores” (EL PAÍS, 23, Revista de Agosto).

La mujer aprieta la mano de su marido y se dice para sí misma, qué sensibilidad que tienen estos científicos cuando hablan para la prensa. El marido la mira a los ojos y sigue hablando: “No creas, también dice: “…sigue siendo inhumano que la gente muera de cáncer” y que “debería ser una prioridad”. Y añade: “…ver a una persona enferma tanto tiempo y no poder hacer nada quiere decir que no sabemos hacer nada”. Llegados a este punto de la conversación conyugal, el marido mira a su mujer y repite para sí mismo despacio y de forma vehemente: están equivocados, todos pueden hacer algo, pueden hacer mucho, pero nadie quiere hacer nada. Llevamos el fantasma de la muerte encima y no podemos zafarnos de él.

El matrimonio calla con prudencia para no alertar a sus hijos. Han decidido preservar la felicidad familiar y no hablar de la enfermedad de papá a los niños hasta que ésta sea inevitable. El papá baja la cabeza hacia el plato. Se le dispara el pensamiento y se pone taquipsíquico. Recuerda los paseos en el posoperatorio inmediato, calle arriba calle abajo, atrapados los cuatro en la soledad de una ciudad vacía de personas en el mes de agosto y preguntándose a sí mismo: ¿por qué a mí?, ¿por qué ahora? Se acuerda de las personas que decían que eran amigas y cómo desaparecieron, unas silenciosamente, otras bruscamente. El cáncer aparece como la modernización de la peste. Nada cambia, todo se moderniza, hasta las guerras étnicas. Se acuerda de las amistades que reaparecieron. El cáncer te enseña quién es quién en tu vida, el verdadero valor de las personas que forman eso que se llama el entorno. Piensa en las pocas veces que ha oído un ¿cómo estás?, ¿cómo te encuentras? De lo duro que resulta ser padre, enfermo, joven y médico. La de veces que ha escuchado: tú no tendrás problemas siendo médico, o, al fin y al cabo, tú tienes suerte, a los sanos no nos hacen tantas pruebas. Se acuerda de ese estudio que codirigió sobre pacientes oncológicos en el que la mayor parte de los participantes se sentían estigmatizados y veían su cáncer como un tema tabú.

Lamentablemente, interesa más la telomerasa que la estigmatización de los pacientes, la investigación genética es más sexy que la social. Hablemos del futuro y olvidemos el presente, ésta es la estrategia. Piensa con intensidad. Ve a sus hijos ajenos a las obscenidades de las noticias. Él cuenta su supervivencia no en meses ni en años, sino en kilos y centímetros. Ahora es de 14 kilos y 94 centímetros, lo que pesa y mide su hijo pequeño, nacido el mismo mes de su operación. Insiste, ¡sí que se puede hacer algo por los pacientes con cáncer!: cuidarles, dejar que expresen sus emociones, no ofrecerles falsas esperanzas y, sobre todo, quererles y no abandonarles. Ellos necesitan que los quieran, no que les recuerden que no se puede hacer nada y que la situación pinta mal. Y desde luego, sí se puede hacer algo por ellos y mucho, pero ¿a quién le interesa hablar de esto? El papá sigue pensando rápido. El cáncer no se cura. Uno puede vivir más o menos años, con mejor o peor calidad de vida. Hasta se pueden ganar cinco tours de Francia seguidos con la enfermedad, pero mientras hayan controles periódicos y cada una de las vacaciones familiares se viva como si pudiera ser la última, el cáncer existe.

Llegados a este punto de su pensamiento, cae derrotado. Las lágrimas empiezan a brotar sobre sus mejillas y de forma instintiva se tapa los ojos con las manos para que sus hijos no le vean llorar. La mamá, reteniéndose como puede, le coge la mano, la aprieta con fuerza y le dice con convicción: no sufras más, todo saldrá bien.

El hijo mayor deja la geometría por unos instantes, busca la mirada de su mamá y le pregunta: “Mamá, ¿por qué papá se tapa los ojos cuando llora?”. Ella cuenta hasta tres y no dice lo que piensa. Es un niño muy pequeño aún para oír: papá se tapa los ojos para no ver cómo quizás a las personas como él nadie en esta sociedad les mira. En lugar de eso, coge discreta y delicadamente a los niños y se los lleva a la cocina. Hoy habrá ración doble de helado para postre. Os habéis portado muy bien.

Esta historia es real, pero ¿a alguien le interesa de verdad saber quién es el papá de esta historia? Pues, lamentablemente, hay muchos casos como el suyo, perdón, como el mío.

¿Una muerte digna?

“No daré veneno a nadie
aunque me lo pida,
ni le sugeriré tal posibilidad”.

Juramento de Hipócrates

La intolerancia con los débiles

La intolerancia frente a los débiles ha adquirido con frecuencia a lo largo de la historia una dolorosa forma social e institucionalizada de legalidad.

Son muchas las voces que se han atrevido a denunciar con firmeza esos atropellos de la dignidad humana. Atropellos que llegan a veces a constituir una auténtica “cultura de la muerte” que en todas las épocas se ha manifestado en la muerte legal de inocentes.

La historia reciente nos lo muestra con crudeza en el genocidio nazi, en las limpiezas étnicas de tantos conflictos bélicos, o en el más sutil y solapado quitar la vida a los seres humanos antes de su nacimiento, o antes de que lleguen a la meta natural de la muerte.

Son siempre los miembros más débiles de la sociedad quienes corren mayor riesgo frente a esta peligrosa manifestación de intolerancia. Las víctimas suelen ser los no nacidos (aborto y manipulaciones genéticas), los niños (comercio de órganos), los enfermos y ancianos (eutanasia), los pobres (abusivas imposiciones de control demográfico), las minorías, los inmigrantes y refugiados, etc. Continuar leyendo “¿Una muerte digna?”