0. Introducción

     LA LLAMADA DE DIOS
    
      Anécdotas, relatos y reflexiones sobre la vocación
      
       
       Vocación no es algo que tienen algunos, sino todos. La vocación es el encuentro con la verdad sobre uno mismo. Un encuentro que proporciona una inspiración básica en la vida, de la que nace el compromiso, el cometido principal que cada persona tiene, y que quien es creyente percibe como los planes de Dios para él.
      
       Por eso, saber cuál es nuestra misión en la vida es la cuestión más importante que debemos plantearnos cada uno, y que podemos plantear a quienes queremos ayudar a vivir con acierto.
      
       Dios busca la felicidad del hombre, y la vocación es el descubrimiento de ese designio y ese plan que Dios ha previsto para que cada uno alcance la máxima realización personal. La vocación es como el reto que nos plantea nuestra vida. Es una nueva luz, un acontecimiento que nos da una nueva visión de la vida, y la llena de sentido.
      
       A través de relatos, ejemplos y anécdotas de la vida cotidiana y de la historia de los santos, en estas páginas se ofrecen algunas ideas sobre cómo conocer cada vez mejor ese designio de Dios y sobre cómo incorporarlo a nuestra vida. Mediante un diálogo con el lector, se abordan las principales dudas y cuestiones que se plantean en torno a esa gran pregunta del hombre que es la vocación, un enigma que a cada uno toca descifrar.
      
      
      
     
     
 

       ALFONSO AGUILÓ PASTRANA nació en Madrid. Es ingeniero de caminos y PADE del IESE. Desde 1991 es Vicepresidente del Instituto Europeo de Estudios de la Educación (IEEE) y desde 2007 Presidente de la Asociación Madrileña de Empresas Privadas de Enseñanza (AMEPE) y miembro de la Junta Directiva Nacional de la Confederación Española de Centros de Enseñanza (CECE).
      
       Ha publicado diez libros sobre temas de educación y antropología ("Tu hijo de 10 a 12 años", "Educar el carácter", "Interrogantes en torno a la fe", "La tolerancia", "Carácter y valía personal", "Educar los sentimientos", "25 cuestiones actuales en torno a la fe", "¿Es razonable ser creyente?" y "Carácter y acierto en el vivir"), así como más de doscientos artículos en diversas revistas y publicaciones.
      
       En 1999 creó el portal www.interrogantes.net y desde 2002 es director de Tajamar.
      

49. Ponerse en marcha

No maldigas la oscuridad,
enciende una vela.

Proverbio

       
       "A mi colegio de monjas de la Congregación del Amor de Dios -escribe Juan Manuel de Prada- iba de vez en cuando a visitarnos alguna misionera recién llegada de Nigeria o Mozambique. Eran mujeres que habían entregado su juventud a Dios y que, después de profesar, habían solicitado voluntariamente un traslado a aquellas regiones fustigadas por el hambre y la pólvora y las epidemias más feroces, para inmolarse en una tarea callada. Eran mujeres enjutas, prematuramente encanecidas, calcinadas por un sol impío que había agostado los últimos vestigios de su belleza, y sin embargo risueñas, como alumbradas por unas convicciones indómitas. Habían renunciado a las ventajas de una vida regalada, habían renunciado al regazo protector de la familia y la congregación para agotarse en una labor tan numerosa como las arenas del desierto. Entregaban su vida fértil en la salvación de otras vidas con un denuedo que parecía incongruente con la fragilidad de sus cuerpecillos entecos, reducidos casi a la osamenta. Con cuatro duros y toneladas de entusiasmo, habían puesto en marcha comedores y hospitales y escuelas, habían repartido medicinas y viandas y consuelo espiritual, habían enseñado a los indígenas a labrar la tierra y a cocer el pan. También habían velado la agonía de muchos niños famélicos, habían apaciguado el dolor de muchos leprosos besando sus llagas, habían sentido la amenaza de un fusil encañonando su frente. ¿De dónde sacaban fuerzas para tanto?
      
       ""Un día descubrí que Dios no era invisible -recuerdo que me contestó una de aquellas misioneras-. Su rostro asoma en el rostro de cada hombre que sufre." Este descubrimiento las había obligado a rectificar su destino: "Si no atendía esa llamada, no merecía la pena seguir viviendo". Y así se fueron al África o a cualquier otro arrabal del atlas, con el petate mínimo e inabarcable de sus esperanzas, dispuestas a contemplar el rostro multiforme de Dios. A veces tardaban años en volver, tantos que, cuando lo hacían, sus rasgos resultaban irreconocibles incluso para sus familiares; luego, tras una breve visita, regresaban a la misión, para seguir repartiendo el viático de su sonrisa, la eucaristía de sus desvelos. Y así, en un ejercicio de caridad insomne, iban extenuando sus últimas reservas físicas, hasta que la muerte las sorprendía ligeras de equipaje, para llevarse tan solo su envoltura carnal, porque su alma acérrima y abnegada se quedaba para siempre entre aquellos a quienes habían entregado su coraje. Algunas, antes de dimitir voluntariamente de la vida, eran despedazadas por las epidemias que trataban de sofocar, o fusiladas por una partida de guerrilleros incontrolados.
      
       "Repartidos por los parajes más agrestes u hostiles del mapa, una legión de hombres y mujeres de apariencia humanísima y espíritu sobrehumano contemplan cada día el rostro de Dios en los rostros acribillados de moscas de los moribundos, en los rostros tumefactos de los enfermos, en los rostros llagados de los hambrientos, en los rostros casi transparentes de quienes viven sin fe ni esperanza. Son hombres y mujeres como aquellas monjas que iban a visitarme a mi colegio, enjutos y prematuramente encanecidos, en cuyos cuerpecillos entecos anida una fuerza sobrenatural, un incendio de benditas pasiones que mantiene la temperatura del universo. Un día descubrieron que Dios no era invisible, que su rostro se copia y multiplica en el rostro de sus criaturas dolientes, y decidieron sacrificar su vida en la salvación de otras vidas, decidieron ofrendar su vocación en los altares de la humanidad desahuciada. Que nos cuenten su epopeya silenciosa y cotidiana, que divulguen su peripecia incalculablemente hermosa, a ver si hay papel suficiente en el mundo."
      
       -Es un ejemplo admirable, desde luego, pero la mayoría de la gente lo ve como algo inimitable, demasiado costoso, el sacrificio de toda una vida.
      
       Sin duda es admirable, y es cierto que no todos, ni la mayoría, estamos llamados a ese camino. Pero una vocación de entrega especialmente exigente no debe verse como algo triste o negativo. La entrega supone esfuerzo, es verdad, pero eso sucede con cualquier ideal o proyecto en la vida de cualquier persona.
      
       Como ha señalado Benedicto XVI, el esfuerzo personal es algo esencial, y eludir esa evidencia es engañarse: "El futuro de la Iglesia solo puede venir y solo vendrá de la fuerza de aquellos que tienen raíces profundas y viven con plenitud su fe. No vendrá de aquellos que hacen solo teorías. No vendrá de aquellos que solo eligen el camino más cómodo. De los que esquivan la pasión de la fe y declaran falso y superado todo aquello que exige el esfuerzo del hombre, que le cuesta superarse y darse a sí mismo. El futuro de la Iglesia está marcado, siempre, por los santos. Por personas que captan más que las solas frases huecas que están de moda."
      
       -Es un ideal atractivo, ciertamente, pero debe ser necesaria una ayuda especial de Dios para vivirlo.
      
       Dios da siempre esa ayuda. Nos da una luz que nos hace ver que nuestra misión es necesaria, que hay muchas personas que esperan mucho de nosotros. Es una vida de entrega a los demás, que no solo es compatible con la alegría, sino que está en su fundamento. "Un santo triste es un triste santo", decía Santa Teresa de Ávila.
      
       "En los momentos de incertidumbre sobre mi vocación -decía por su parte la Madre Teresa de Calcuta-, hubo un consejo de mi madre que me resultó muy útil: "Cuando aceptes una tarea, hazla de buena gana, o no la aceptes", me decía. Una vez pedí consejo a mi director espiritual acerca de mi vocación. Le pregunté cómo podía saber que Dios me llamaba y para qué me llamaba. Él me contestó: "Lo sabrás por tu felicidad interior. Si te sientes feliz por la idea de que Dios te llama para servirle a él y al prójimo, ésa es la prueba definitiva de tu vocación. La alegría profunda del corazón es la brújula que nos marca el camino que debemos seguir en la vida. No podemos dejar de seguirla, aunque nos conduzca por un camino sembrado de espinas."
      
       Y lo decía una persona que, como hemos visto, pasó por largas etapas de aridez interior, por la famosa "noche oscura del alma". Su entrega nos muestra que esa alegría interior no se fundamenta en la ausencia de inquietudes o tribulaciones, ni en que ese camino nos resulte fácil, sino en una convicción profunda del alma que nos confirma que ese sacrificio merece la pena y que debemos dedicar a él nuestra vida.
      
       -Pero hablas siempre, a lo largo de todo el libro, de metas muy altas, que ahora mismo veo inalcanzables.
      
       Quizá lo ves como algo inasequible, y esa es la causa de tu indecisión y tu retraimiento, de tu inseguridad. No se trata de plantearse la vida como una escalada al Everest, sino como un largo caminar, paso a paso, y no hace falta que sean pasos de gigante, pueden ser pasos cortos, pero es fundamental ponerse en marcha. Después de un paso tienes que dar otro, no pararte. Eso es lo decisivo. Quizá los ejemplos que han salido en este libro te resultan estimulantes pero lejanos. Los ves como grandes hazañas que nada tienen que ver con tu vida. Pero puedes verlos como un modelo, como una guía para ponerte en marcha, con humildad, sin creerte llamado a grandes éxitos, sino a una gran tarea. Los grandes ideales siempre deben concretarse en pequeños pasos, pues, de lo contrario, se quedan en metas inaccesibles que acaban frustrando todo.
      
       Además, los grandes santos nunca supieron bien a dónde llegarían. Es Dios quien marca los tiempos. En este sentido podría aplicarse aquí, y es una paradoja, aquello de que nadie llega tan lejos como quien no sabe adonde va, pues las vidas de los santos ponen de manifiesto, como hemos visto a lo largo de estas páginas, que el hombre que se encamina hacia Dios no debe mirar tanto hacia su futuro como hacia su presente, porque es en el presente donde se desenvuelve su relación con Dios, y de ello depende un futuro que no es fácil de prever, pues el detallismo de los proyectos humanos minuciosos suele ser un estorbo para arrancar el impulso que corresponde a los planes de Dios.
      

50. Arreglar al hombre

No hay ningún viento favorable
para el que no sabe
a qué puerto se dirige.

Arthur Schopenhauer

       
       Un hombre sabio vivía preocupado con los muchos problemas que aquejaban a la humanidad. Pasaba los días en busca de respuestas para sus inquietudes sobre cómo mejorar el mundo. Una mañana, un hijo suyo de nueve años entró en su despacho y se ofreció a ayudarle a trabajar. El hombre, nervioso por la interrupción, pidió al niño que se fuera a otro sitio a jugar. Viendo que no lograba que se marchara, pensó en algo que pudiese mantenerle ocupado durante un rato. Vio una revista donde había un mapa del mundo, y con unas tijeras lo recortó en numerosos pedazos. Se lo entregó a su hijo, junto con un rollo de cinta adhesiva, y le dijo: "Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar este mundo roto en pedazos, que es como está, para que lo recompongas tú solo, sin ayuda de nadie".
      
       Calculó que al pequeño le podría llevar varias horas rehacer aquel mapa, si es que llegaba a conseguirlo. Sin embargo, pasados unos minutos, escuchó la voz del niño: "Papá, ya lo he acabado". Al principio no se lo tomó en serio. Era imposible que, a su edad, hubiese logrado recomponer un mapa que apenas había visto antes. Levantó la vista con la certeza de que vería el trabajo propio de un niño. Pero, para su sorpresa, el mapa estaba perfecto. Todos los pedazos estaban en su debido lugar. ¿Cómo era posible que un niño hubiera podido hacerlo?
      
       Le dijo: "Hijo mío, tú no sabías cómo era el mundo, ¿cómo has logrado recomponerlo?". "Papá, yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que en la otra cara del papel estaba la figura de un hombre. Así que di la vuelta a los recortes y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía como era. Cuando conseguí arreglar el hombre, di vuelta la hoja y había arreglado el mundo."
      
       Arreglar el hombre es arreglar el mundo. Por eso son tan necesarios los santos. Los santos son la salvación de la Iglesia, el verdadero honor de la cristiandad, el hilo de oro que atraviesa la historia de los hombres, el canal limpio por el que llega a nosotros el testimonio vivo de Dios. Los santos remueven a quienes tienen alrededor y les ponen de cara a su responsabilidad delante de Dios.
      
       Una tarde de noviembre de 1942, en Madrid, San Josemaría Escrivá acude al único centro de mujeres del Opus Dei que por entonces existe. Todo el Opus Dei femenino se reduce por entonces a diez chicas jóvenes. Se reúne con las tres que a esa hora están en la casa. Desdobla un papel y lo extiende sobre la mesa. Es como un cuadro, un esquema donde se exponen las diversas labores de apostolado que habrán de realizar en el mundo entero. Al tiempo que explica con viveza su contenido, va señalando con el dedo cada uno de los rótulos del cuadro: escuelas para campesinas, residencias universitarias, clínicas, centros de capacitación profesional de la mujer en distintos ámbitos, actividades en el campo de la moda, librerías… Les dice también, antes y después, que lo más importante ha de ser el apostolado de amistad que cada una desarrolle con sus familias, con sus vecinas, con sus conocidas, con sus colegas. El Padre repite varias veces: "¡Soñad y os quedaréis cortas!".
      
       Aquellas tres le miran pasmadas, entre el asombro y el vértigo. Les parece que allí, sobre la mesa, se está desplegado un sueño. Un bello sueño para un lejano futuro. Ellas se sienten inexpertas, sin medios, sin recursos, incapaces. No se les ocurre pensar que todo eso tengan que hacerlo ellas mismas. San Josemaría capta en esas miradas la ilusión y la impotencia, el deseo y el temor, un acobardado ¡ya nos gustaría…! Muy despacio, recoge el papel y comienza a doblarlo. Su rostro ha cambiado. Ahora está serio. ¿Decepcionado? ¿Triste? Por la mente y por el corazón de San Josemaría ha cruzado, posiblemente, como un pájaro torvo, el pensamiento derrengador de que hace más de doce años que lucha por dar cuerpo y vida al Opus Dei de las mujeres, tal como vio que Dios lo quería, el 14 de febrero de 1930. Primero llegaron unas que parloteaban y trajinaban, pero no rezaban. Se fueron. Luego llegaron otras que sí rezaban, pero no trabajaban: no eran esa clase de mujeres que han de bregar en la sociedad civil para poner a Cristo en la cumbre de toda actividad humana. Eran muy buenas, pero de pasta mística. Tuvo que decirles que tampoco servían. Éstas de ahora son de la tercera hornada, ¿y es posible que, a la hora de fajarse con la realidad, se queden ahí, paralizadas por el miedo? Sin desafíos, va a ponerlas de cara a su responsabilidad. Escogiendo muy bien las palabras, les dice: "Ante esto, se pueden tener dos reacciones. Una, la de pensar que es algo muy bonito pero quimérico, irrealizable. Y otra, de confianza en el Señor que, si nos pide todo esto, nos ayudará a sacarlo adelante."
      
       Calla. Las mira, deteniéndose en cada una, como si con esa mirada pudiera trasvasarles su propia fe, inundarlas con su seguridad. Después, antes de marcharse, añade: "Espero que tengáis la segunda reacción". Y la tienen. No es una utopía. Ciertamente, no están abiertos los caminos. Los harán ellas, al golpe de sus pisadas. A la vuelta de cuarenta años, todo aquello era una realidad extendida por más de setenta países en los cinco continentes. Aquellas tres se han multiplicado por más de diez mil cada una. Desplegando sueños, pero arremangándose en la faena diaria. Sin decir basta. Sin amilanarse. Martilleando sobre las resistencias. Sin detenerse en lo fácil.
      
       Una sociedad cristiana se mide por su capacidad de engendrar santos, es decir, personas decididas a seguir con empeño los designios de Dios. Y no me refiero a lo que se describe en esas colecciones de biografías de santos en las que se les pinta blanditos, dulcecitos, demasiado místicos. Tomados en su realidad, los santos queman. Los santos no son como los centauros o las sirenas, no son una especie de seres mitológicos que salen solo en los libros, sino seres normales, con defectos, porque los santos tenían defectos, quizá más que otros que no lo fueron, pero su santidad se plasmó sobre todo en la maravilla de dominarlos. No nacieron santos, sino que llegaron a serlo gracias a su lucha diaria por superarse.
      
       "Mediante el ejemplo de la vida de los santos -decía Benedicto XVI en Colonia en 2005-, Dios nos ha abierto a lo largo de la historia el Evangelio, hojeando sus páginas, y lo sigue haciendo todavía. En las vidas de esas personas se revela la riqueza del Evangelio como en un gran libro ilustrado. Son la estela luminosa que Dios ha dejando en el transcurso de la historia, y sigue dejando aún.
      
       "Los santos han sido personas que no han buscado obstinadamente la propia felicidad, sino que han querido simplemente entregarse, porque han sido alcanzados por la luz de Cristo. De este modo, ellos nos indican el camino para ser felices y nos muestran cómo se consigue ser personas verdaderamente humanas.
      
       "En las vicisitudes de la historia, los santos han sido los verdaderos reformadores que tantas veces han remontado a la humanidad de los valles oscuros en los cuales está siempre en peligro de precipitar; y la han iluminado siempre de nuevo. Los santos son los verdaderos reformadores. Solo de los santos, solo de Dios, proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo."
      
       En ese mismo año 2005, todo el mundo había contemplado con asombro el vendaval de emoción que supuso el fallecimiento de Juan Pablo II. Fue una extraordinaria muestra de la fecundidad de una vida santa, de una vida de entrega absoluta a la misión que tenía encomendada por Dios. Fueron millones de personas que se conmovieron, que pedían su urgente canonización, que con aquello decidieron dar un cambio en sus vidas. Toda la biografía de Karol Wojtyla fue una lucha titánica contra las dificultades que se afanaban en impedir su avance en el camino señalado por Dios, pero su fidelidad inquebrantable ha dado luz y esperanza a nuestro mundo cansado.
      
       Su vida, como la de tantos otros que han salido en estas páginas, y como la de tantos otros millones de almas desconocidas que pueblan la tierra, son vidas abiertas a la respuesta personal a los requerimientos de Dios. No son vidas cerradas. Santo Tomás Moro podría haber cedido a los deseos de Enrique VIII y hoy sería un triste personaje más de un lamentable reinado de la Inglaterra del siglo XVI. Santo Tomás de Aquino o Santa Catalina de Siena podrían haber cedido a los deseos de su madre, o San Luis Gonzaga o San Estanislao de Kostka ante los de su padre. El Santo Cura de Ars o San Clemente Hofbauer podrían haberse rendido a las dificultades que tuvieron para hacer sus estudios sacerdotales, o Santa Jacinta ante las dificultades de su carácter. San Agustín podía haberse quedado enredado en sus amoríos. San Maximiliano Kolbe podría no haber tenido aquel arranque de generosidad en Auschwitz. Pero ellos, y muchos otros, fueron fieles a la llamada que Dios les hacía y hoy el mundo es distinto gracias a ellos.

42. El hijo del pobre alguacil de Riese

Si de verdad vale la pena hacer algo,
vale la pena hacerlo a toda costa.

G. K. Chesterton

       
       Juan Bautista Sarto era alguacil en Riese, un pueblecito del norte de Italia, pequeño y humilde como la mayoría de los que había en toda aquella zona a mediados del siglo XIX. Aquel hombre vivía de su modesto empleo en el Ayuntamiento, de su trabajo en un pequeño huerto y de lo que le proporcionaba el cuidado de una vaca. Su mujer, Margarita Sanson, trabajaba como costurera. Tenían diez hijos, aún pequeños. El mayor, Beppino, parecía un chico despierto. Era una pena, pensaba, que esa inteligencia se perdiera, pero él no tenía dinero para dar estudios a ninguno de sus hijos.
      
       Un día de 1844 se plantó en su casa el coadjutor de la parroquia. Le dijo que habría que enviar a Beppino a estudiar a Castelfranco, porque el chico quería ser sacerdote. Su padre se angustió un poco. ¿Qué podía hacer él, un pobre alguacil de pueblo, sin más recursos que su huerto y su vaca, con tantos hijos a la mesa? Él esperaba, además, que Beppino empezara a ayudarle pronto a sostener a la familia, pero también estaba dispuesto a hacer cualquier sacrificio para que su hijo pudiera ser sacerdote. No se le ocurrió mejor solución que redoblar su trabajo para costearlo, aunque de todas formas Beppino tendría que ir y volver a pie todos los días de Riese a Castelfranco.
      
       Dicho y hecho. Su hijo salía de madrugada y volvía de noche. Castelfranco estaba a siete kilómetros y Beppino venía con los pies magullados, porque se quitaba las sandalias para no gastarlas por el camino. A la madre se le partía el corazón al verle llegar así. Pero no había más remedio. Y pasó el tiempo. El chico terminó brillantemente sus estudios en Castelfranco y tenía que continuarlos. Acudió al párroco. Todos querían sacar adelante la vocación de Beppino, pero ¿qué más podían hacer? Don Fito Fusarini tuvo una idea: escribirían al Arzobispo de Venecia, que era de Riese y procedía también de una familia humilde, como él. ¡Mamma mia! ¡El Patriarca de Venecia! Aquellas palabras sonaban imponentes y casi inaccesibles en sus oídos: ¡El Patriarca de Venecia! Pero la escribió. ¿Qué hay -pensaba- que un padre no haga por un hijo que quiere ser sacerdote?
      
       Pasaron las semanas. Cuando llegó la carta no se atrevían a abrirla. Les temblaba el pulso. Fueron corriendo a buscar al párroco. Don Fito leyó: ¡el Cardenal de Venecia concedía una beca para que su hijo estudiara en Padua! Aquello era un portillo de luz en medio de su pobreza, que seguía siendo agobiante: para hacerle la sotana, su mujer tuvo que llevar un viejo colchón al Monte de Piedad de Castelfranco. Siguieron las desgracias, porque el pobre alguacil falleció poco tiempo después. Y Beppino vio, con el corazón destrozado, cómo su madre tuvo que trabajar aún más, de día y noche, para sostener a la numerosa familia sin contar con su ayuda. Pero ella lo hizo gustosa, por sacar adelante la vocación de su hijo. Un día el pequeño Beppino llegaría a ser Cardenal de Venecia; y más tarde Papa, con el nombre de Pío X, y santo.
      
       Una historia admirable, pero no un caso aislado. Como esta, podrían relatarse miles de historias en las que muchos padres cristianos han escrito, con sencillez, páginas admirables de heroísmo silencioso y de abnegación que han dado grandes frutos de santidad en toda la Iglesia. Su vida fue, en gran medida, la de sus hijos. Su vivir fue desvivirse por ellos, y la gloria de sus hijos es su mejor gloria.
      
       La santidad de la vida de los santos nos deslumbra y casi nos impide ver a sus padres, pero fueron ellos en multitud de ocasiones los que cuidaron de que esa luz, encendida por el Espíritu Santo en el alma de sus hijos, no se apagara.
      
       Me recuerda la historia de Montse Grases, una chica de dieciséis años que en 1957 escribe a San Josemaría Escrivá para manifestarle su deseo de pertenecer al Opus Dei. "Mis padres que ya lo saben están muy contentos", explica en su carta. Efectivamente, unos días antes le dijo a su madre: "Mamá, me parece que tengo vocación". "Pero, ¿te lo has pensado bien, Montse?". "Sí, sí, mamá. Quiero pedir la admisión como Numeraria". "Pero Montse, ¿lo has consultado ya con tu director espiritual?". "No, mamá, porque antes quiero estar segura". "Pues yo te sugiero que lo hagas, porque él puede ayudarte. ¿Qué te parece si se lo decimos a papá?". Montse no parecía muy dispuesta. Le insistió: "Mira, papá puede ayudarnos a encomendarlo más". Montse dudó unos instantes. No había contado con esto. Al final aceptó: "Bien, hablaremos con él". Su padre recibió la noticia con su calma habitual. Contuvo su emoción como pudo. La entrega de sus hijos a Dios, por los caminos a los que Dios les llamase, era algo por lo que había rezado siempre. Ya tenía un hijo en el seminario y ahora Dios le daba una nueva vocación. Quince meses después, Montse fallecía con fama de santidad. Hoy esta joven adolescente catalana está en proceso de beatificación, y el ejemplo de su vida, a pesar de ser tan breve, ha ayudado a muchísimas personas a descubrir la alegría de la entrega y la aceptación de la enfermedad.
      
       El Espíritu Santo suscita vocaciones para la Iglesia habitualmente en el seno de las familias cristianas. Se sirve del santo afán de esos padres cristianos, que aspiran a salvar miles de almas gracias al apostolado de sus hijos, muchas veces en lugares a donde ellos habían soñado llegar. Y para ellos es un motivo particular de gozo ver cómo la nueva evangelización que necesita el mundo es fruto de su respuesta generosa. Gracias a esa respuesta generosa -de los padres y de los hijos- la Iglesia está presente en nuevos lugares, se revitaliza la vida cristiana en muchos ambientes, y se aprecian signos esperanzadores en todo el mundo.
      
       Dios concede a los padres tantas veces una gracia pedida durante años en su oración. Esa decisión es un acto de libertad que germina en el seno de una educación cristiana. La familia se convierte así, gracias a la respuesta generosa de los padres, en una verdadera Iglesia doméstica, donde el Espíritu Santo suscita todo tipo de carismas y santifica así a toda la Iglesia.
      
       -¿A qué te refieres con los diversos tipos de carismas?
      
       A que Dios llama por caminos muy diversos. Como decía Juan Pablo II en 1988, ante un estadio abarrotado de jóvenes: "Con el corazón encendido, dialogando con el Señor, tal vez alguno de vosotros se dé cuenta de que Jesús le pide más, de que le llama a que, por su amor, se lo entregue todo. Queridos jóvenes, quisiera deciros a cada uno: si tal llamada llega a tu corazón, no la acalles. Deja que se desarrolle hasta la madurez de una auténtica vocación. Colabora con esa llamada a través de la oración y la fidelidad a los mandamientos. Hay -lo sabéis bien- una gran necesidad de vocaciones sacerdotales, religiosas y de laicos comprometidos que sigan más de cerca a Jesús. "La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 37-38). Con este programa la Iglesia se dirige a vosotros, jóvenes. Rogad también vosotros. Y, si el fruto de esta oración de la Iglesia llega a nacer en lo íntimo de vuestro corazón, escuchad al Maestro que os dice: "Sígueme". No tengáis miedo y dadle, si os lo pide, vuestro corazón y vuestra vida entera."