¿Siempre de acuerdo con el Papa?

—Entiendo que los que no son católicos pueden estar o no de acuerdo con lo que diga el Papa. Pero, ¿y los católicos? ¿deben estar de acuerdo siempre y en todo?

El Romano Pontífice habla “ex cathedra” y goza por tanto de infalibilidad en razón de su oficio cuando, como supremo pastor y doctor de todos los fieles, proclama de una forma definitiva la doctrina de fe y costumbres. En esos casos, el Romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que, en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica.

En el n. 25 de la Constitución Lumen Gentium, del Concilio Vaticano II, se señala también que los que somos católicos debemos aceptar con respeto el magisterio auténtico del Romano Pontífice aun cuando no hable “ex cathedra”, de tal manera que aceptamos con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad prestamos adhesión al parecer expresado por él, según su manifiesta mente y voluntad, lo cual se deduce o se concluye principalmente por la índole de los documentos, por la frecuente proposición de la misma doctrina, o por la forma de decirlo.

A la vez, es obvio que, como es natural, con frecuencia los documentos magisteriales de los Papas presentan además otro tipo de consideraciones: referencias a hechos históricos y a la cultura del momento, observaciones sobre cuestiones relativas a las ciencias, exhortaciones y sugerencias para la vida espiritual,  etc., que han de recibirse con respeto y afecto, pero que por su misma naturaleza no piden una adhesión en sentido estricto, salvo que en algún caso, por su relación con la fe o la moral, el tenor de la enseñanza lo requiera.

Es decir, se puede ser un buen católico y disentir de algunas apreciaciones o consideraciones hechas al hilo de lo que es propiamente la enseñanza magisterial, pero, si son efectivamente buenos católicos, deben expresarlo con prudencia y respeto, y evitando que esto les lleve a ignorar o a desaprovechar la gran riqueza espiritual que contienen las palabras de los Papas.

Alfonso Aguiló

Ricardo Estarriol, “El celibato no es la causa de la pedofilia”, Aceprensa, 23.III.2010

Viena.— El Prof. Hans-Ludwig Kröber, director del Instituto de Psiquiatría Forense de la Universidad Libre de Berlín, es uno de los más prestigiosos profesores de su especialidad en Alemania. Preguntado sobre los abusos de menores cometidos por clérigos o religiosos, de los que se habla en las últimas semanas, niega que el problema tenga su origen en el celibato. La probabilidad de que un célibe cometa un abuso sexual es de uno contra 40, dice.
Continuar leyendo “Ricardo Estarriol, “El celibato no es la causa de la pedofilia”, Aceprensa, 23.III.2010″

Enlaces sobre el Opus Dei

 

 

 

Rafael Gómez Pérez, “Los porqués de la leyenda negra”, R.H.I.V, 1.VI.06

El nombre de Leyenda Negra es relativamente reciente, pero el nombre es lo de menos, importa el hecho. Desde el siglo XVI se desarrolla en muchos países de Europa una campaña de descrédito contra España.

Los tópicos de la leyenda negra son bien conocidos: exageración de los males de la Inquisición, invento de oscuras intrigas sobre los reyes Austria, descrédito de la presencia de España en América, presunto fanatismo religioso de los españoles, expulsión de los judíos y de los moriscos, etc. No se trata de entrar en estos temas, sino de intentar explicar los porqués de esa campaña de descrédito y de su perdurabilidad como un locus historicus, un lugar común de la historiografía. Pero baste un dato. España no fue, ni mucho menos, la primera en decidir expulsiones de los judíos. Si en España fue en 1492, varios siglos antes ya habían tenido lugar expulsiones: en Francia, en 1182, por mandato de Felipe Augusto; en Inglaterra, en 1290, por orden de Eduardo I de Inglaterra, que fue la primera expulsión de grandes proporciones; durante todo el siglo XIV, en Francia, expulsiones en 1306, 1321/22, y sobre todo la de 1394 por decisión de Felipe IV. Es mas, durante siglos los judíos expulsados de Francia se refugiaron en España, país por el que tuvieron siempre predilección.

Por qué surge la Leyenda Se descubren tres factores principales: 1. Los propios errores; 2. Los intereses de las contiendas entre naciones; 3. La ofensiva del protestantismo contra el catolicismo.

1. Los errores propios. La política de los Austria, como cualquier otra, no fue una serie de aciertos. Sólo muy por encima cabe destacar: a) el exagerado interés de los Reyes Católicos -sobre todo de Fernando, por calculo político, como vio muy bien Maquiavelo- en una institución, la Inquisición, que ni siquiera los Papas querían con tanta virulencia; b) los titubeos en la legislación sobre Indias, con leyes excelentes pero práctica muy en desacuerdo con ellas, mal crónico en España; c) la rigidez en la equiparación de nación con catolicismo, lo que lleva a la expulsión de judíos y de moriscos. Pero todo eso, con ser condición necesaria para el nacimiento de una leyenda negra, no es condición suficiente. Baste una reflexión: lo mismo se hacía en otros países, católicos o protestantes; Lutero justificó el dominio absoluto de los príncipes y patrocinó matanzas de campesinos rebeldes: Calvino tenía en Ginebra una “inquisición” de la que, por ejemplo, fue víctima el español Miguel Servet; las matanzas de los hugonotes en Francia, para preservar la unidad política y religiosa del reino, fueron frecuentes; Cromwell eliminó a decenas de miles de irlandeses católicos… Por analogía se podría añadir: ¿qué leyenda habría que construir sobre Turquía, con el genocidio de mas de un millón de cristianos armenios; sobre Alemania, después del Holocausto; sobre Rusia, con los mas de cuarenta millones de víctimas del comunismo, sobre todo en el periodo leninista y estalinlano, es decir, entre 1917 y 1953 (pero no sólo en él)? Y, sin embargo, no se ha hecho un lugar histórico de ese conjunto de desmanes y crímenes. Pero hay un caso contemporáneo y muy similar: el de Portugal: país con Inquisición, con una continua colonización en América, con gran abundancia de esclavos (en Brasil), con expulsión de los judíos… Pero no hay una leyenda negra portuguesa, quizá porque: a) no fue nunca un país hegemónico; b) se alió muy pronto con Gran Bretaña, uno de los focos de creación de la leyenda negra española. Entre los errores propios hay que incluir algo insólito, que no se dio con tal virulencia en ningún otro país, al menos hasta el siglo XVIII: los escritos de los propios españoles criticando el sistema. Es el caso de Fray Bartolomé de Las Casas, en su denuncia de los aspectos peores de la gobernación de las Indias, denuncia hecha desde la honradez, pero inevitablemente aprovechada por los enemigos de España. Más culpa tenia Antonio Pérez, antiguo secretario de Felipe II, huido al ser perseguido por determinados delitos. Recalo en Gran Bretaña donde desde 1594 publicó unas Relaciones, calumniosas para la monarquía española, un material que fue aprovechado por los ingleses y los holandeses.

2. Los intereses de las naciones. El gran fenómeno europeo del siglo XV, anticipado a veces en el XIV, es la superación del feudalismo y la aparición de las Naciones-Estado, con un poder que cada vez es más absorbente y absoluto. La división territorial de gran parte de la Europa occidental, central y meridional era tal que no extraña que las principales potencias -bien por derechos de familia o por simple deseo de aumentar el poder y los ingresos económicos- se enzarzaran en una política de alianza o de guerras. Pero esas principales potencias eran España, Francia y, en menor medida porque era un mosaico, el Imperio, en gran parte de Alemania, Austria, Bohemia, Moravia…

Cuando un nieto de los Reyes Católicos, Carlos I, hereda además el Imperio -como Carlos V- la guerra contra Francia se hace casi Inevitable. Durante muchos decenios los franceses son derrotados -Pavía, San Quintín-, su rey humillado… Francisco I escribe a su madre, desde la prisión, que “todo se ha perdido, menos el honor” Junto a Francia, al menos contra España, se alineó, desde mediados del XVII, Gran Bretaña, en concreto desde la fundación del anglicanismo por Enrique VIII, el fracaso de la llamada -por los ingleses, con sarcasmo- “Armada Invencible” por razones tanto políticas como religiosas.

En Francia durante los gobiernos de Richelieu y Mazzarino la enemistad hacia España es tan clara que incluso se prefiere la alianza con países protestantes e incluso -ellos, cardenales- mantienen cierta connivencia con el turco. En la misma Francia la actividad denigratoria hacia España viene a menos en el siglo XVIII, tanto porque España ya no es hegemónica como, sobre todo, porque gobierna un Borbón, Felipe V, un nieto de Luis XIV, con ese nombre que lo hace sucesor de los Felipes de Austria Pero es entonces cuando la principal fuente de la leyenda negra será Gran Bretaña, que de ese modo se opone a la hegemonía francesa. También desde mediados del XVI el descrédito contra lo español es utilizado en los Países Bajos por los protestantes como argumento a favor de su independencia para lo que contaban con el apoyo de los ingleses.

3. Ofensiva protestante contra el catolicismo. Tanto el luteranismo como el calvinismo y el anglicanismo fueron separaciones de la única Iglesia existente entonces en Europa occidental y central: la católica. Pero cualquier creencia colectiva, sobre todo si se identifica con los intereses nacionales, necesita justificarse como originaria, fundante, y no como separación. Como esa tarea no podía hacerse con los datos históricos, se tendió a falsearlo, echando todas las culpas al catolicismo y a los países que se identificaban con el. En los siglos XVI y XVII ese país era España. Y junto a él una entera dinastía, la de los Austria. Las matanzas por ambas partes en la Guerra de los Treinta Años fueron funestas. Pero se difundieron en Europa sólo las causadas por las tropas católicas. A partir del siglo XVIII, la campaña de descrédito de España, y del catolicismo, entra a formar parte de la habitual propaganda de las distintas formaciones masónicas, hasta hoy mismo.

Conclusión La Historia de la civilización Occidental es la historia de sus logros y de sus profundas equivocaciones, incluidos no pocos crímenes personales y colectivos. Si se hiciera la Historia sólo de esto último, España no quedaría en peor lugar que Francia, Alemania, Inglaterra, Estados Unidos, Rusia, por no hablar, en otras latitudes, de las matanzas a manos de hunos, mogoles, árabes, tártaros… La llamada leyenda negra aparece cada vez con mayor claridad como una tarea de relaciones públicas y de marketing político contra España, primero por parte de su directo competidor -Francia- y después por parte de los que, como Inglaterra, Países Bajos, parte de Italia, sacarían una sustanciosa tajada de la decadencia española. Finalmente queda como un tópico histórico, una de esas generalizaciones ociosas que se incorporan con facilidad a la cultura de lo incultural media.

Revista Historia de Iberia Vieja Nº 12

Thomas D. Williams L.C., “El Evangelio de Judas”, Zenit, 6.IV.2006

«National Geographic» ha anunciado su intención de publicar una traducción en varios idiomas de un antiguo texto llamado «El Evangelio de Judas» a finales de este mes. El manuscrito de 31 páginas, escrito en copto, hallado en Ginebra en 1983, no aparece hasta ahora traducido en las lenguas modernas. El padre Thomas D. Williams L.C., decano de la Facultad de Teología de la Universidad «Regina Apostolorum» de Roma, comenta la importancia de este descubrimiento.

Continuar leyendo “Thomas D. Williams L.C., “El Evangelio de Judas”, Zenit, 6.IV.2006″

Todo sobre libro y película Código da Vinci

Todo sobre el libro y la película Dan Brown “Código da Vinci” en www.conelpapa.com

Resumen de “Descodificando El Código Da Vinci”

Descodificando El Código Da Vinci Michael Gleghorn Introducción a El Código Da Vinci La tremendamente exitosa novela de Dan Brown, El Código Da Vinci, ha generado un enorme interés en el público lector. A la fecha, el libro ha vendido unos cinco millones de ejemplares. Aparentemente, Ron Howard ha dado su acuerdo para dirigir la historia para Sony Pictures Entertainment, y posiblemente la lleve a las pantallas en 2005.{1} Pero, ¿por qué tanto alboroto? Y ¿por qué ha causado tanto revuelo la novela de Brown? La historia comienza con el asesinato del director del Louvre, dentro del museo. Pero el director no está interesado solo en el arte; es, también, el Gran Maestro de una sociedad secreta conocida como El Priorato de Sion. El Priorato guarda un antiguo secreto que, de ser revelado, minaría la autoridad de la iglesia y desacreditaría completamente el cristianismo bíblico. Antes de morir, el director intenta pasar el secreto a su bisnieta, Sofía, una criptógrafa, y a Robert Langdon, un profesor de Harvard, dejando una serie de pistas que espera que los guiarán a la verdad. Continuar leyendo “Resumen de “Descodificando El Código Da Vinci””

Alejandro Rodríguez de la Peña, “Leyendas negras de ayer, hoy y mañana”, Alfa y Omega, 20.V.2005

Cuando se aborda la historia de la Iglesia católica, tarde o temprano nos encontraremos con el fenómeno historiográfico que se ha dado en llamar leyenda negra. Ésta consiste en una labor de propaganda, de desinformación, que, a través de la presentación tendenciosa de los hechos históricos, bajo la apariencia de objetividad y de rigor histórico o científico, procura crear una opinión pública, bien anticlerical, bien anticatólica. Por eso se aparta de lo que podría aceptarse como una simple crítica, una denuncia honesta y rigurosa de los errores cometidos por los miembros de la Iglesia, dando en cambio una imagen voluntariamente distorsionada del pasado de la Iglesia, para convertirla en una descalificación global de una misión milenaria, tanto antes como, sobre todo, en la actualidad. Continuar leyendo “Alejandro Rodríguez de la Peña, “Leyendas negras de ayer, hoy y mañana”, Alfa y Omega, 20.V.2005″

Algunos mitos sobre el dinero de la Iglesia en España, 27.IV.2005

El español medio no tiene una gran cultura económica y es fácil hablar de dinero dando la sensación de que “hay algo turbio”. Es bueno aclarar algunos mitos.

Queremos comentar aquí algunas ideas que circulan últimamente sobre la economía de la Iglesia en España y más en concreto sobre su relación con el Estado. No hablaremos de las cuentas de la Santa Sede ni de la Iglesia en otros países, excepto por comparación.

MITO 1: La Iglesia es, económicamente, UNA gran entidad Falso. Jurídica y administrativamente, la Iglesia católica no es UNA entidad. Son -textualmente- 40.000 entidades distintas, sólo en España. Son parroquias, órdenes, movimientos, asociaciones, fundaciones, organizaciones, diócesis… Cada una tiene su propio estatuto económico, cada una lleva sus propias cuentas, según las leyes civiles vigentes y según el derecho canónico. El tesorero de un obispado no tiene nada que ver con el de una ONG católica o con el de una parroquia. Hablar de “el dinero de la Iglesia” es como hablar de “el dinero de la sociedad civil”: se refiere a muchas entidades distintas y de muy diversas funciones.

MITO 2: En España, el Estado subvenciona a la Iglesia.

Falso. Son los ciudadanos quienes libremente asignan una cantidad de dinero a la Iglesia mediante la famosa “crucecita” del IRPF. El Estado no da ese dinero, lo dan los ciudadanos. El Estado lo único que hace es ayudar a recaudarlo.

MITO 3: El “sistema alemán” de financiación de la Iglesia es una alternativa que propone el Gobierno Ojalá. El secretario de Libertades Públicas del PSOE, Álvaro Cuesta, propuso hace unos meses recurrir a un sistema “similar al alemán”, que según él es un “impuesto religioso voluntario y adicional” donde el Estado haría de mero recaudador. En realidad, en Alemania, cada ciudadano con capacidad fiscal, por el sólo hecho de estar bautizado, destina automáticamente a su iglesia (católica o protestante) una cantidad adicional de un 9% sobre lo que paga a Hacienda (un 8% en Baviera y Baden-Wutenberg).

La administración alemana se queda entre un 2 y un 4,5% de comisión según el land. Sólo se libran de pagar aquellos que renuncian a su fe mediante declaración de apostasía. Así, en el 2003, la Iglesia católica de Alemania, la más rica de Europa, ingresó, por la vía del Impuesto sobre la Renta, casi 4.500 millones de euros. ¡Compárese el contraste con los 141 millones que recibirá la Iglesia española por la “crucecita” del IRPF este año 2005! Sería muy extraño, realmente, que el Gobierno implantase este sistema en España.

MITO 4: “Lo de las expropiaciones es cosa del pasado”.

En España el Estado tiene una larga tradición de confiscar bienes eclesiales. Cuando al Estado le falta dinero, confisca cosas a la Iglesia. Empezó en 1768 (Reforma de Olavide), cuando se expulsó a los jesuitas y se confiscaron sus tierras. Justo antes de la Guerra de Independencia (desamortización de Godoy) se confiscaron los bienes de hospitales, hospicios, casas de misericordia y cofradías, casi todas ellas entidades eclesiales.

En 1808 era José Bonaparte, el hermano de Napoleón, quien confiscaba bienes eclesiales. En 1823 fueron las Cortes de Cádiz, decretando la reducción a un tercio del número de monasterios y conventos. De 1834 a 1854 la famosa desamortización de Mendizábal confiscó todas las propiedades de monjes y frailes y parte de las del clero secular. En 1855 la Ley Pascual Madoz fue la confiscación más completa de bienes del clero, tanto regular como secular. Estas confiscaciones enriquecieron sobre todo a la burguesía urbana y rural.

Hoy, más eficaz que expropiar es amenazar una y otra vez a la Iglesia con dificultar su financiación. El 4 de mayo de 2004 el ministro de Justicia, Juan-Fernando López Aguilar ya declaró que el Gobierno quiero revisar la financiación de la Iglesia y reformar los Acuerdos de 1979, entre la Santa Sede y el Estado. El 22 de julio era el ministro de Trabajo, Jesús Caldera, quien anunciaba que la financiación de la Iglesia “tendrá que acabarse algún día”.

Pero aún así hoy, en pleno siglo XXI, la tradición de expropiar se mantiene viva. El 27 de diciembre de 2004, uno de los portavoces del tripartito catalán, Joan Boada (IC-V-EUA) pedía en el DIARI DE GIRONA “una confiscación y posterior socialización de los bienes de la Iglesia”. En mayo de 2002, el arquitecto Oriol Bohigas, ex-concejal y actual asesor del alcalde socialista de Barcelona, pedía “que la Sagrada Familia sea el vestíbulo de la estación del Tren de Alta Velocidad”.

Una víctima preferencial son los conventos de monjas carmelitas: en el 2003 el Ayuntamiento de Córdoba (IU) quería expropiar un huerto a un convento carmelita, pero 40.000 firmas y una oleada de e-mails pararon la medida. Lo mismo intentó el ayuntamiento socialista de León en el 2004 con sus carmelitas descalzas, con la consiguiente oleada de quejas ciudadanas. En Esplugues (Barcelona), el Ayuntamiento socialista este año 2005 acosaba con deshaucios y expropiaciones a un monasterio de dominicas aunque la presión ciudadana ha bloqueado el proceso por ahora.

Tomado de ForumLibertas.com

William Shea, “El caso Galileo en un contexto nuevo”, Alfa y Omega, 27.I.2005

Religión y ciencia son dos asuntos cuya capacidad de convocatoria en la opinión pública es cada vez más creciente. El conflicto que en el pasado las había confrontado parece haberse esfumado. El mismo caso Galileo, que representa el momento de mayor tensión entre ambas, se encuadra en un contexto nuevo. Hoy aparece como un acontecimiento sobre el que se ha especulado durante largo tiempo, y que debe ser juzgado con mayor objetividad. Los documentos de los Archivos Vaticanos no concuerdan con lo que la propaganda decimonónica anticlerical dice de este episodio. Lo afirma, en esta entrevista concedida al diario Avvenire, el profesor William Shea, quien, después de haber enseñado en Cambridge y en Harvard, ocupa hoy la misma cátedra de Historia de la Ciencia que ocupó Galileo, en Padua.

Continuar leyendo “William Shea, “El caso Galileo en un contexto nuevo”, Alfa y Omega, 27.I.2005″

Amy Welborn, “Descodificando a Da Vinci”, Palabra, X.2004

Los hechos reales ocultos en “El Código DaVinci”

“Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”. SAN JERÓNIMO Prólogo a Isaías Índice Prólogo Cómo usar este libro

Introducción
Capítulo 1.Secretos y mentiras
Capítulo 2. ¿Quién seleccionó los Evangelios?
Capítulo 3. Elección divina
Capítulo 4. ¿Reyes derrocados?
Capítulo 5. María, llamada Magdalena
Capítulo 6. ¿La era de las diosas?
Capítulo 7. ¿Dioses robados? El cristianismo y las religiones mistéricas
Capítulo 8. ¿Seguro que ha entendido correctamente a Leonardo?
Capítulo 9. El Grial, el Priorato y los Caballeros Templarios
Capítulo 10. El código católico
Epílogo: ¿Por qué importa?

Continuar leyendo “Amy Welborn, “Descodificando a Da Vinci”, Palabra, X.2004″

Vittorio Messori, “El anticatolicismo ha sustituido al antisemitismo”, La Razón, 20.X.2004

El conocido escritor y periodista italiano Vittorio Messori ha salido al paso de la ola de anticatolicismo que impera en toda Europa en una entrevista publicada estos días por el diario italiano «Il Messagiero». Messori analiza la situación y afirma que «afortunadamente» ha terminado el antisemitismo, pero ha sido sustituido en la cultura occidental por un «anticatolicismo» férreo. El intelectual asegura que, sin embargo, esta «furia anticatólica» es «providencial». Messori es célebre, además, por ser autor de un libro de conversaciones con el Papa que se ha convertido en bestseller en todo el mundo: «Cruzando el umbral de la esperanza». Continuar leyendo “Vittorio Messori, “El anticatolicismo ha sustituido al antisemitismo”, La Razón, 20.X.2004″

Agostino Borromeo, “La Inquisición: purificar la memoria, también de estereotipos”, 23.VI.2004

La Biblioteca Vaticana acaba de publicar el volumen que reúne las aportaciones de treinta historiadores de reconocido prestigio internacional, que participaron en un simposio monográfico sobre la Inquisición, celebrado en el Vaticano en octubre de 1998. El profesor Agostino Borromeo, editor de la obra y docente de historia en varias universidades de Roma, explica en esta entrevista de Diego Contreras en Acepresna el significado del trabajo a la luz de la petición de perdón llevada a cabo por el Papa durante el Jubileo del año 2000. Continuar leyendo “Agostino Borromeo, “La Inquisición: purificar la memoria, también de estereotipos”, 23.VI.2004″

Antonio Fontán, “Europa y el cristianismo”, ABC, 2.X.2003

Europa, «la más hermosa de las tierras», como dijo Plinio (23-79 d.C.), era para griegos y romanos y para la Edad Media una de las tres partes del mundo. Las otras dos de entonces se llamaban como ahora, Asia y África. Los más antiguos testimonios de esta tripartición del orbe que se conservan son de Heródoto (480-424 a. C.), el «padre de la historia» y el primer escritor occidental que enriqueció con su elocuencia este género literario. Pero no fue él quien puso el nombre a Europa. Lo empleaba como algo conocido y declaraba ignorar el origen de esta denominación. «No existen datos que especifiquen de dónde ha tomado ese nombre, ni quién fue el que se lo impuso».

Según una leyenda procedía del de una princesa fenicia de la que se prendó Zeus cuando la vio jugando con otras muchachas en una playa y la raptó, montándola sobre los lomos del manso toro blanco en que se había transformado para esta aventura. Pero Heródoto no lo creía, porque la bella princesa era de Asia y ni el toro ni ella pisaron el continente europeo.

Antes de Heródoto, Europa, como nombre geográfico, había sido mencionada en el relato de un viaje del dios Apolo por la Hélade. Allí se llamaba Europa a la Grecia continental, pero sólo a ella. ¿Sería que entre el tiempo de ese himno y el de Heródoto el nombre se extendió hasta designar toda una parte del mundo? ¿O es que el vate lo aplicó a ese espacio más reducido para distinguirlo de las islas y del Peloponeso? En todo caso, la división del mundo en esas tres partes, separadas entre ellas por el río Don, el mar Mediterráneo o la cuenca del Nilo, fue doctrina común entre los griegos desde el siglo V a. C. De ellos la tomaron los romanos y de estos los europeos de los «siglos oscuros» y los de la Edad Media.

Ya en el 700 a. C. había establecimientos helénicos en las costas de Anatolia y en las del Mar Negro. Pero aquello no era Europa sino Asia. Después de Alejandro (356-323 a. C.) los griegos y su cultura se adueñaron de los dominios del «Gran Rey» y de Egipto. Pero esos reinos pertenecían a Asia o a África. Por el contrario, la península itálica, sus islas y las colonias y centros comerciales griegos del Mediterráneo occidental (Marsella, Ampurias, etc.) estaban en Europa.

La primera Europa que conoció la Antigüedad fue la griega que, desde la Hélade en oriente, llegaba a Italia, a la gran colonia de Marsella y a las más modestas de Iberia. Después, Europa fue la de la Roma republicana de la cultura grecorromana de expresión latina. Con centro en Italia abarcaba desde Tracia a los Alpes, el sur de la actual Francia y las provincias hispanas, y se coronó con la conquista de las Galias por César y su desembarco en Britania. En los primeros reinados del Imperio sus límites fueron el Rin y el Danubio, hasta sus desembocaduras en las provincias de la «Germania inferior» y de Dacia. Finalmente, a partir del siglo IV, se entiende por Europa, la Europa cristiana, que en seiscientos años alcanzaría a cubrir todo el continente. Esa es la Europa que tiene su continuación en el resto de la Edad Media y en la Moderna hasta hoy, por muy secularizados que estén en la actualidad los pueblos y los estados.

Un ilustre y acreditado historiador británico, recientemente fallecido, John Morris Roberts, es autor, entre otras monografías y obras generales, de una de las mejores historias de Europa que yo conozco. Se publicó en Oxford en 1996 y no ha sido traducida al español. Con el estilo sobrio y directo de los buenos escritores anglosajones de ahora el profesor Roberts gusta de salpicar su prosa con frases rotundas y expresivas.

Así, en uno de los primeros capítulos de su libro, al enunciar las herencias que han dado vida y significación al continente, escribe que en los últimos años del reinado de Augusto ocurrió un acontecimiento del que se puede afirmar que no ha habido ningún otro de tanta repercusión en la existencia de la humanidad. «Fue, prosigue, el nacimiento en Palestina de un judío que ha pasado a la historia con el nombre de Jesús». Para sus seguidores, que pronto se llamaron cristianos, la trascendencia de este hecho se basa en que entendieron que era un ser divino. «Pero no hay que decir tanto para encarecer la importancia de ese Jesús. Toda la historia lo pone de relieve». «Sus discípulos iban a cambiar el mundo. En lo que concierne a Europa, ningún otro grupo de hombres o mujeres ha hecho más para conformar su historia».

«No ha dejado de haber, reconoce el profesor inglés, violentos desacuerdos sobre quién era Jesús y lo que hizo y se propuso hacer. Pero es innegable que su enseñanza ha tenido mayor influencia que la de ningún otro «santo» de cualquier época, porque sus seguidores lo vieron crucificado y después creyeron que resucitó de entre los muertos». «Somos lo que somos, concluye Roberts, y Europa es lo que es, porque un puñado de judíos palestinos dieron testimonio de estas cosas».

Los discípulos y continuadores de esos palestinos, en menos de diez generaciones -o sea, unos tres siglos-, cristianizaron en griego y en latín el mundo romano, integrando en su mensaje religioso los valores, principios e historias del judaísmo, cuyos libros sagrados pasaron a formar parte de su patrimonio espiritual y cultural, junto con los que referían la vida y las enseñanzas de Jesús -los Evangelios- y los escritos doctrinales de los primeros y más inmediatos seguidores del «Maestro».

Ambas series de obras, conocidas como el Antiguo y el Nuevo Testamento, constituyen la Biblia de los cristianos.

Desde el siglo V el cristianismo se propagó por tierras y pueblos no romanizados (los celtas irlandeses, los godos, francos y otros germanos invasores), gracias a la acción misionera de los monjes y a la obra política de los reyes. Hacia el año mil o poco después había llegado por el lado latino a Escandinavia y al centro del continente hasta Polonia. Por el lado bizantino, con la escritura cirílica y la vieja lengua eslava, se asentó en Bulgaria, en lo que hoy es Ucrania («ukraina» es frontera) y en la Rusia de Kiev.

Pero al nivel de la época el cristianismo había asimilado la filosofía y la ciencia de los griegos y los conceptos y principios romanos de la persona, la igualdad y universalidad del género humano y la organización política de la sociedad, el derecho y el poder. Todos esos contenidos y doctrinas los recibe la Modernidad por la «intermediación cristiana». Hasta el siglo XX, el de los totalitarismos nazi y comunista, todo -lo bueno y lo malo, las guerras y las paces- ha quedado entre cristianos: ortodoxos o heterodoxos, de una u otra confesión o iglesia, como ya venía ocurriendo desde la Edad Media: Dante y Bonifacio, Loyola y Lutero, Trento y Calvino, Descartes y Kant, Galileo y Newton, Maquiavelo y Erasmo Pero tratando de cristianismo y Europa no todo es historia. También hay sociología. La mayoría de los ciudadanos de la actual Unión son cristianos. Asiduos o no a la práctica de sus respectivas confesiones, los cristianos superan los dos tercios de la población de los «quince». Con las diez nuevas incorporaciones su número y proporción aumentarán. Son herencia viva de la cultura cristiana en Europa hasta el calendario, las fiestas, el descanso semanal y el domingo, así como la influencia ideológica y moral de las iglesias. Las familias europeas suelen bautizar, por lo menos en su mayor parte, a sus hijos y quieren que en su país y entre los suyos se conozcan los hábitos y tradiciones del cristianismo. El anticristianismo de marxistas y de nazis, vencido por la historia, ha arriado sus banderas o ha limado sus uñas. La libertad religiosa -que implica la de no tener religión- es un principio compartido por creyentes e increyentes. Política y religión son entidades separadas. En una palabra, ha acabado siendo de general aceptación el principio enunciado por Jesús de Nazaret cuando mandó «dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

No obstante, parece existir en algunos doctrinarismos oficiales de ciertos estados y políticos un nuevo laicismo militante que conduce al absurdo de negar la historia de los pueblos y la realidad social.

Por el contrario, recoger en el pórtico de la Constitución europea la herencia del cristianismo no es un confesionalismo anacrónico. Será el reconocimiento, a la altura del siglo XXI, del propio ser de Europa, de su cultura y la de las naciones que la integran.

Juan Velarde Fuertes, “La Iglesia y el dinero”, Alfa y Omega, 13.IX.2001

Cada época necesita un orden socioeconómico diferente. Al abrirse y enlazarse el mundo económico en los siglos XV y XVI gracias a los descubrimientos lusitanos y españoles, se hundió para siempre la Edad Media como idea directriz de lo económico. Schumpeter, en su Historia del Análisis Económico, nos señala cómo así, entre otras cosas, se hizo añicos todo un planteamiento que ascendía hasta Aristóteles, al escribir que «nada más fácil que mostrar que lo que primariamente interesaba a Aristóteles era lo natural y lo justo, vistos desde la posición de su ideal de la vida buena y virtuosa, y que los hechos económicos y las relaciones entre hechos económicos por él considerados y estimados se presentan a la luz de los prejuicios ideológicos que se podían suponer en un hombre que ha vivido en, y ha escrito para una clase culta y ociosa que despreciaba el trabajo y los negocios, amaba, naturalmente, al agricultor que le alimentaba y odiaba al prestamista que explotaba al agricultor». Pero todo se altera cuando, al concluir el Medioevo -agrega Schumpeter en esta obra fundamental-, «los escolásticos tardíos analizaron la actividad económica en sí misma -la industria decía san Antonio de Florencia-, y particularmente la actividad comercial y de especulación, desde un punto de vista contrapuesto diametralmente al de Aristóteles. El hombre económico de épocas posteriores asomó ya en la concepción de la razón económica prudente, frase tomista que adquirió una connotación nada tomista por la interpretación de Juan de Lugo: la prudente razón implica en efecto, según Lugo, la intención de conseguir ganancias por cualquier medio legítimo».

El capitalismo naciente, que ha puesto así a su favor a la escolástica tardía, logrará pronto el apoyo de la Escuela de Salamanca. Con Domingo de Soto o Tomás de Mercado, y, por supuesto, con toda esa pléyade de discípulos de Francisco de Vitoria que encabeza Martín de Azpilcueta, al justificar el pago de intereses, se abre una comprensión nueva del fenómeno económico desde el punto de vista de la Iglesia católica. El que con esta ayuda se pudieron conseguir progresos, en el ámbito católico, tan importantes como sucedió en la Europa nórdica con el auxilio de las tesis de los teólogos puritanos estudiados por Max Weber, es algo crecientemente admitido. Sin ir más lejos, basta consultar a Amintore Fanfani.

Es más, este sistema crecientemente globalizado, con una complejidad grande en sus estructuras financieras, basadas, entre otras cosas, en una especulación creciente, nunca vista, crea un punto de apoyo tal, como he señalado en mi contestación al discurso de recepción en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas del cardenal Rouco el 29 de marzo de 2001, que hoy, prácticamente, todos los pueblos podrían tener una vida decente si sus gobernantes dejasen de ser, simultáneamente, incapaces y corruptos. Esto es, el juego de los mercados -lo que exige especulaciones-, su acción en lo financiero y en lo productivo, no es nada malo ni condenable. Es más, se puede demostrar que así es como el hombre dejó de ser aquel ser degradado, maloliente, de escasa esperanza de vida, al que aludió Hobbes.

Después de la Revolución Industrial existió en la Iglesia de Francia -recordemos los célebres sermones del padre Félix S.J. en Notre Dame- una admisión de los planteamientos de la ortodoxia de los grandes clásicos. Una serie de excelentes economistas, desde Paul Leroy-Beaulieu a Thery y los componentes de la Escuela de Angers, sostuvieron estos puntos de vista hasta ser sumergidos por la corriente doctrinal católica alemana, que se vinculó a la heterodoxia económica del historicismo y del socialismo de cátedra. En Francia también, a comienzos del siglo XX, la Iglesia defendió sus activos, trasladándolos a España, al huir de la campaña anticlerical del Gran Oriente Francés, cuando éste lanzó el llamado asunto de los mil millones. También esta Iglesia tuvo equivocaciones tan espectaculares como el célebre asunto Bontoux, que provocó una ejemplar reacción entre la Jerarquía gala. El primer impulso a nuestra industria hidroeléctrica, en parte, partió de ahí, de esta llegada de fondos católicos galos. Y mucho nos benefició, así como a las necesidades de la Iglesia en el país vecino.

Sin embargo, en el siglo XX, un grupo importante de católicos, y dentro de él algunos teólogos, comenzó a dejarse influir por asertos que, de algún modo, se enmarcan en la marcha hasta el socialismo de la que habló también Schumpeter en su postrer ensayo. Procuraron crear una mala conciencia en los empresarios, en los financieros, en los grandes dirigentes de la vida económica. Sólo el Estado, con su intervencionismo, o extraños y utópicos movimientos contra el capitalismo, podían justificarse moralmente. Su presión fue colosal, al menos hasta que la encíclica Centesimus annus, de Juan Pablo II, comenzó a levantar esta losa, tras haber escuchado Su Santidad a un importante grupo de maestros de la economía.

El reflujo ha comenzado, pero los rescoldos de esta reacción contra el mercado, contra la especulación, contra la búsqueda de beneficios, aún permanecen. Por eso se considera incluso impropio que la Iglesia se dedique a actuar en el mundo financiero. Pues bien, hay que decirlo alto y claro. La Iglesia tiene obligación de, con los fondos que administra, obtener las mayores rentas posibles, para dedicarlas a sus fines pastorales: tareas caritativas, acciones misioneras, atención pecuniaria de los servidores del culto, desarrollo de los centros de enseñanza. Por tanto, nada de desagarrarse las vestiduras porque estos fondos se inviertan en los mercados financieros. Otra cosa sería estúpido.

Dicho esto, es también evidente que se trata de dinero sagrado, esto es, que no es tolerable cometer con él imprudencias, como se ha puesto, por ejemplo, en evidencia más de una vez, y no sólo en el caso de Gescartera, en el que la acumulación de estupideces y de estúpidos asombra. Por ello creo que ha llegado el momento, para la Iglesia española, de crear un Consejo, Comisión, o cosa así, de notables expertos en cuestiones financieras a los que se convoque -y que tendrían, a mi juicio, responsabilidad moral grave si no acuden a esa convocatoria-, para aconsejar a la Jerarquía en estas cuestiones. Con este Consejo o Comisión, no hubiera sida posible que se cayese en el garlito de los pingües beneficios que anuncian, más de una vez, los aventureros y desaprensivos. Simultáneamente la Iglesia debe señalar que la lucha para eliminar la pobreza es su labor, y que centrar la vida en el dinero es reprobable, y que no tiene sentido, como ya sostuvo Aristóteles, identificar el comportamiento racional del hombre con la búsqueda incansable de la riqueza. También que debe apoyar la búsqueda del orden del mercado, como ha sostenido la Escuela de Friburgo tan ligada a esa Universidad Católica alemana, para impedir monopolios. Igualmente, que se debe luchar contra la masificación y que el mercado no debe afectar a nada que suponga restringir la dignidad de la persona humana, o lo que es igual, que el mercado laboral no puede ser libre.

Nada de eso quiere decir que se pueda descuidar el que de los activos económicos eclesiásticos sean administrados de modo tal que sean capaces de rendir los mejores resultados materiales posibles. Hay que recordar, con la ciencia económica en la mano aquello de los Hechos de los Apóstoles: «Oí una voz que me decía: Anda, Pedro: mata y come. Yo respondí: Ni pensarlo, Señor; jamás ha entrado en mi boca nada profano o impuro». Ayunos de conocimientos de economía -no fue este el caso, por cierto, de la Escuela de Salamanca-, a lo largo del siglo XX se han declarado impuras demasiadas tomas de posición en economía, que han impedido matar y comer cosas que Dios había declarado puras no sólo a los miembros individuales del pueblo de Dios, sino a la propia Iglesia.

Rafael González-Villalobos, “Me lo han robado” (vocación de los hijos), MC

Las páginas que tienes entre las manos no persiguen pasar a la historia por su calidad literaria –y mejor así, porque en caso contrario la frustración del autor sí que sería histórica–. Tampoco pretenden ser recordadas por su aportación al pensamiento filosófico o teológico –en este caso el desencanto sería de grado superlativo–. Ni siquiera se busca que constituyan un medio para el sustento de la numerosa prole del autor –no tengo intención de que mis hijos pasen hambre, mientras Dios me de los medios para mantenerlos dignamente, y desde luego no parece que estas líneas sean candidatas a figurar en ningún ranking de best sellers–.

Continuar leyendo “Rafael González-Villalobos, “Me lo han robado” (vocación de los hijos), MC”

César Vidal, “Isabel ¿santa o villana?”, Calibán, 1.X.02

Acusada de intolerante, racista e incluso sucia, Isabel la Católica vuelve a ser noticia una vez más en virtud de la publicación de varios libros relacionados con ella y el relanzamiento de su causa de beatificación. Sin embargo, ¿cómo fue realmente Isabel la Católica? La utilización que el régimen de Franco hizo de los Reyes Católicos facilitó la tarea de todos aquellos que sentían por otras razones una especial repulsión hacia su legado y deseaban denigrarlo. Los enemigos de la memoria relacionada con los Reyes Católicos han ido históricamente de los republicanos a los islamistas pasando por los separatistas vascos y catalanes que siempre han lamentado la tarea de reunificación nacional consumada – que no iniciada – por Isabel y Fernando. Sobre estas razones políticamente correctas, se ha ido labrando un cúmulo de leyendas especialmente contrarias a la reina de Castilla tachándola de sucia, intolerante, fanática y racista. Sin embargo, la realidad es que ninguno de esos mitos resiste la más elemental confrontación con las fuentes históricas. Empecemos por la leyenda relativa a una Isabel que no se cambiaba nunca de camisa aunque ésta apestara. Lo que nos enseñan las fuentes es que precisamente Isabel era una mujer de pulcritud sorprendente para su época; que se esforzó por hacer extensivas al conjunto de la población sus normas de conducta acentuadamente higiénica; que los informes de los médicos de la corte señalan su especial preocupación “por la higiene o los alimentos”. No menos difícil de sostener es la acusación de racista lanzada sobre Isabel. No sólo fue ella la principal inspiradora de las Leyes de Indias que convertían a los indios americanos en súbditos de pleno derecho frente a las codicias de no pocos sino que además el número de judíos que trabajaron para ella antes y después del Edicto de Expulsión fue muy numeroso. Nombres de gente de estirpe judía como Pablo de Santa María, Alonso de Cartagena, el inquisidor Torquemada, fray Hernando de Talavera, Hernando del Pulgar, Francisco Alvarez de Toledo o el padre Mariana entre otros muchos son muestra de hasta qué punto Isabel no fue nunca racista. Este tipo de ataques ha intentado sostenerse sobre todo en episodios como la Expulsión de los judíos y el final de la Reconquista. La expulsión de los judíos significó un conjunto de dolorosísimos dramas humanos pero en su época la acción distó mucho de tener esa connotación tan negativa. Las fuentes históricas nos muestran no sólo que la medida fue precedida por otras similares en naciones como Inglaterra, Francia o Alemania sino que incluso fue saludada con aprecio en Europa porque, a diferencia de lo ocurrido en otras naciones, los Reyes Católicos no actuaron movidos por el ánimo de lucro. En su momento, la decisión estuvo además relacionada con el proceso de Yuçé Franco y otros judíos que confesaron haber matado a un niño en la localidad de la Guardia en un remedo blasfemo de la Pasión de Jesús y, muy especialmente, con los intentos de ciertos sectores del judaísmo hispano por traer de vuelta a la fe de sus padres a algunos conversos. Actualmente, los historiadores tienden a considerar el caso del niño de la Guardia como un fraude judicial pero lo cierto es que en aquella época las formalidades legales se respetaron escrupulosamente y este hecho, unido a la gravedad del crimen, provocó una animadversión en la población que, en apariencia, sólo podía calmarse con la expulsión de un colectivo odiado. Por otro lado, Isabel se preocupó personalmente de que no se cometieran abusos en las personas y haciendas de los judíos expulsados como se puso de manifiesto en la Real de provisión de 18 de julio de 1492 que velaba por evitar y castigar los maltratos que ocasionalmente habían sucedido en algunas poblaciones como la actual Fresno el Viejo. Por si fuera poco, durante los ciento cincuenta años siguientes, la innegable hegemonía española en el mundo no llevó a nadie a pensar que la expulsión de los judíos hubiera sido un desastre – habría que esperar a la Edad contemporánea para escuchar esa teoría – y, desde luego, difícilmente se hubiera podido sostener que el episodio había sido más grave que otros similares realizados en otras naciones europeas. Aún más fácil de comprender resulta el final de la Reconquista. Que los Reyes Católicos, tras reunir los territorios de Castilla y Aragón, ambicionaran concluir el proceso reconquistador era lógico y, desde luego, no chocaba con las trayectorias de otros monarcas anteriores. Con todo, la lucha contra el reino nazarí de Granada no fue provocada por ellos sino por la ruptura de los pactos previos por parte del rey moro y por las incursiones de agresión que los musulmanes desencadenaron contra las poblaciones fronterizas. No se trataba, desde luego, de una lucha meramente religiosa sino también nacional y no deja de ser significativo que cuando se supo que Granada había capitulado, los judíos danzaran para celebrarlo ya que también ellos habían sido víctimas de la intolerancia musulmana. Sin embargo, la grandeza – grandeza difícilmente negable – de Isabel de Castilla descansa no en el hecho de que los ataques contra ella sean de escasa consistencia sino en que fue una reina verdaderamente excepcional en lo político, en lo humano y en lo espiritual. Por ejemplo, supo comprender el efecto pernicioso que sobre la economía ejercía la subida de impuestos y prefirió la austeridad presupuestaria al incremento de la presión fiscal. Asimismo fue enemiga resuelta de las conversiones a la fuerza y así lo dejó expresado en la Real cédula de 27 de enero de 1500. Además, en agudo contraste con la figura de su hermanastro y antecesor Enrique IV el Impotente, Isabel fue partidaria de una adjudicación de funciones públicas que no derivara del favor real sino de los méritos del aspirante. Esa circunstancia basta por sí sola para explicar buena parte de los méritos de gestión del reinado y, especialmente, el deseo que Isabel tenía de que las mujeres pudieran recibir una educación académica similar a la de los hombres. Como ella misma diría “no es regla que todos los niños son de juicio claro y todas las niñas de entendimiento obscuro”. Aún más notable es el aspecto humanitario de la personalidad de la reina. Por ejemplo, cuando en 1495 tuvo noticia de que Colón había traido de América indígenas a los que había vendido, dispuso que se procediera a su búsqueda y se les pusiera en libertad con cargo a las arcas del reino. Aunque fue una excelente mujer de estado, Isabel no dejó jamás de mostrar una profunda preocupación por la suerte de los más débiles y desfavorecidos. A ella hay que atribuirle el establecimiento de las primeras indemnizaciones y pensiones para viudas y huérfanos de guerra – una disposición tomada después de la guerra civil de Castilla cuando las arcas del tesoro estaban exhaustas – o la creación de los primeros hospitales de campaña durante la guerra de Granada. A todo lo anterior hay que añadir su ejemplaridad de vida o, de manera muy especial, su celo por la expansión del Evangelio por encima de cualquier otra consideración. Desde luego, el descubrimiento y la posterior colonización de América son incomprensibles sin una mención cualificada a las causas espirituales expresadas desde el primer momento por Isabel la Católica y recogidas en diferentes documentos de la época. Todo ello explica que su figura fuera muy estimada en su época y abundan los testimonios de españoles y extranjeros que la tuvieron por una mujer no sólo excepcional sino tocada por la gracia de la santidad. De hecho, los ataques contra su persona procedieron exclusivamente de enemigos que temían lo que representaba e históricamente se han caracterizado por su falacia. Poco ha cambiado al respecto. En la actualidad, los ataques contra Isabel arrancan o bien de una clara ignorancia histórica – como muestra la leyenda de su camisa sucia – o de una repugnancia ante sus logros excepcionales. En contra de esa visión marcada profundamente por el sectarismo se hallan los testimonios de la época y las opiniones favorables de personajes de la talla de Washington Irving, W. T. Walsh, William Prescott, Ludwig Pfandl, Marcel Bataillon, Gregorio Marañón, Salvador de Madariaga, Ortega y Gasset o incluso Johnson y Eisenhower, ambos presidentes de Estados Unidos, entre muchos otros. Al final, como sucede con tantas otras cuestiones, sobre el frío y documentado análisis histórico prevalece la lucha política.

César Vidal, “Isabel ¿santa o villana?”, Calibán, 1.X.2002

Acusada de intolerante, racista e incluso sucia, Isabel la Católica vuelve a ser noticia una vez más en virtud de la publicación de varios libros relacionados con ella y el relanzamiento de su causa de beatificación. Sin embargo, ¿cómo fue realmente Isabel la Católica? La utilización que el régimen de Franco hizo de los Reyes Católicos facilitó la tarea de todos aquellos que sentían por otras razones una especial repulsión hacia su legado y deseaban denigrarlo. Los enemigos de la memoria relacionada con los Reyes Católicos han ido históricamente de los republicanos a los islamistas pasando por los separatistas vascos y catalanes que siempre han lamentado la tarea de reunificación nacional consumada – que no iniciada – por Isabel y Fernando. Sobre estas razones políticamente correctas, se ha ido labrando un cúmulo de leyendas especialmente contrarias a la reina de Castilla tachándola de sucia, intolerante, fanática y racista. Sin embargo, la realidad es que ninguno de esos mitos resiste la más elemental confrontación con las fuentes históricas. Empecemos por la leyenda relativa a una Isabel que no se cambiaba nunca de camisa aunque ésta apestara. Lo que nos enseñan las fuentes es que precisamente Isabel era una mujer de pulcritud sorprendente para su época; que se esforzó por hacer extensivas al conjunto de la población sus normas de conducta acentuadamente higiénica; que los informes de los médicos de la corte señalan su especial preocupación “por la higiene o los alimentos”. No menos difícil de sostener es la acusación de racista lanzada sobre Isabel. No sólo fue ella la principal inspiradora de las Leyes de Indias que convertían a los indios americanos en súbditos de pleno derecho frente a las codicias de no pocos sino que además el número de judíos que trabajaron para ella antes y después del Edicto de Expulsión fue muy numeroso. Nombres de gente de estirpe judía como Pablo de Santa María, Alonso de Cartagena, el inquisidor Torquemada, fray Hernando de Talavera, Hernando del Pulgar, Francisco Alvarez de Toledo o el padre Mariana entre otros muchos son muestra de hasta qué punto Isabel no fue nunca racista. Este tipo de ataques ha intentado sostenerse sobre todo en episodios como la Expulsión de los judíos y el final de la Reconquista. La expulsión de los judíos significó un conjunto de dolorosísimos dramas humanos pero en su época la acción distó mucho de tener esa connotación tan negativa. Las fuentes históricas nos muestran no sólo que la medida fue precedida por otras similares en naciones como Inglaterra, Francia o Alemania sino que incluso fue saludada con aprecio en Europa porque, a diferencia de lo ocurrido en otras naciones, los Reyes Católicos no actuaron movidos por el ánimo de lucro. En su momento, la decisión estuvo además relacionada con el proceso de Yuçé Franco y otros judíos que confesaron haber matado a un niño en la localidad de la Guardia en un remedo blasfemo de la Pasión de Jesús y, muy especialmente, con los intentos de ciertos sectores del judaísmo hispano por traer de vuelta a la fe de sus padres a algunos conversos. Actualmente, los historiadores tienden a considerar el caso del niño de la Guardia como un fraude judicial pero lo cierto es que en aquella época las formalidades legales se respetaron escrupulosamente y este hecho, unido a la gravedad del crimen, provocó una animadversión en la población que, en apariencia, sólo podía calmarse con la expulsión de un colectivo odiado. Por otro lado, Isabel se preocupó personalmente de que no se cometieran abusos en las personas y haciendas de los judíos expulsados como se puso de manifiesto en la Real de provisión de 18 de julio de 1492 que velaba por evitar y castigar los maltratos que ocasionalmente habían sucedido en algunas poblaciones como la actual Fresno el Viejo. Por si fuera poco, durante los ciento cincuenta años siguientes, la innegable hegemonía española en el mundo no llevó a nadie a pensar que la expulsión de los judíos hubiera sido un desastre – habría que esperar a la Edad contemporánea para escuchar esa teoría – y, desde luego, difícilmente se hubiera podido sostener que el episodio había sido más grave que otros similares realizados en otras naciones europeas. Aún más fácil de comprender resulta el final de la Reconquista. Que los Reyes Católicos, tras reunir los territorios de Castilla y Aragón, ambicionaran concluir el proceso reconquistador era lógico y, desde luego, no chocaba con las trayectorias de otros monarcas anteriores. Con todo, la lucha contra el reino nazarí de Granada no fue provocada por ellos sino por la ruptura de los pactos previos por parte del rey moro y por las incursiones de agresión que los musulmanes desencadenaron contra las poblaciones fronterizas. No se trataba, desde luego, de una lucha meramente religiosa sino también nacional y no deja de ser significativo que cuando se supo que Granada había capitulado, los judíos danzaran para celebrarlo ya que también ellos habían sido víctimas de la intolerancia musulmana. Sin embargo, la grandeza – grandeza difícilmente negable – de Isabel de Castilla descansa no en el hecho de que los ataques contra ella sean de escasa consistencia sino en que fue una reina verdaderamente excepcional en lo político, en lo humano y en lo espiritual. Por ejemplo, supo comprender el efecto pernicioso que sobre la economía ejercía la subida de impuestos y prefirió la austeridad presupuestaria al incremento de la presión fiscal. Asimismo fue enemiga resuelta de las conversiones a la fuerza y así lo dejó expresado en la Real cédula de 27 de enero de 1500. Además, en agudo contraste con la figura de su hermanastro y antecesor Enrique IV el Impotente, Isabel fue partidaria de una adjudicación de funciones públicas que no derivara del favor real sino de los méritos del aspirante. Esa circunstancia basta por sí sola para explicar buena parte de los méritos de gestión del reinado y, especialmente, el deseo que Isabel tenía de que las mujeres pudieran recibir una educación académica similar a la de los hombres. Como ella misma diría “no es regla que todos los niños son de juicio claro y todas las niñas de entendimiento obscuro”. Aún más notable es el aspecto humanitario de la personalidad de la reina. Por ejemplo, cuando en 1495 tuvo noticia de que Colón había traido de América indígenas a los que había vendido, dispuso que se procediera a su búsqueda y se les pusiera en libertad con cargo a las arcas del reino. Aunque fue una excelente mujer de estado, Isabel no dejó jamás de mostrar una profunda preocupación por la suerte de los más débiles y desfavorecidos. A ella hay que atribuirle el establecimiento de las primeras indemnizaciones y pensiones para viudas y huérfanos de guerra – una disposición tomada después de la guerra civil de Castilla cuando las arcas del tesoro estaban exhaustas – o la creación de los primeros hospitales de campaña durante la guerra de Granada. A todo lo anterior hay que añadir su ejemplaridad de vida o, de manera muy especial, su celo por la expansión del Evangelio por encima de cualquier otra consideración. Desde luego, el descubrimiento y la posterior colonización de América son incomprensibles sin una mención cualificada a las causas espirituales expresadas desde el primer momento por Isabel la Católica y recogidas en diferentes documentos de la época. Todo ello explica que su figura fuera muy estimada en su época y abundan los testimonios de españoles y extranjeros que la tuvieron por una mujer no sólo excepcional sino tocada por la gracia de la santidad. De hecho, los ataques contra su persona procedieron exclusivamente de enemigos que temían lo que representaba e históricamente se han caracterizado por su falacia. Poco ha cambiado al respecto. En la actualidad, los ataques contra Isabel arrancan o bien de una clara ignorancia histórica – como muestra la leyenda de su camisa sucia – o de una repugnancia ante sus logros excepcionales. En contra de esa visión marcada profundamente por el sectarismo se hallan los testimonios de la época y las opiniones favorables de personajes de la talla de Washington Irving, W. T. Walsh, William Prescott, Ludwig Pfandl, Marcel Bataillon, Gregorio Marañón, Salvador de Madariaga, Ortega y Gasset o incluso Johnson y Eisenhower, ambos presidentes de Estados Unidos, entre muchos otros. Al final, como sucede con tantas otras cuestiones, sobre el frío y documentado análisis histórico prevalece la lucha política.

“La ciencia echa una mano a la Biblia”, El País, 11.IX.2003

La prueba del carbono 14 demuestra que un acueducto subterráneo de Jerusalén fue construido en tiempos del rey Ezequías Continuar leyendo ““La ciencia echa una mano a la Biblia”, El País, 11.IX.2003″

Nuevo documento histórico sobre Galileo, Zenit, 21.VIII.2003

CIUDAD DEL VATICANO, 21 agosto 2003 (ZENIT.org).-

Una carta, descubierta en estos días, confirma que el Papa Urbano VIII se preocupó porque el proceso contra Galileo Galilei (1564-1642) se realizara con rapidez a causa y en el respeto de las precarias condiciones de salud del imputado.

El descubrimiento de la carta se debe al historiador Francesco Beretta, profesor de Historia del Cristianismo, en la Universidad alemana de Friburgo, que la ha encontrado en los archivos del antiguo Santo Oficio, actualmente Congregación para la Doctrina de la Fe.
Continuar leyendo “Nuevo documento histórico sobre Galileo, Zenit, 21.VIII.2003”

César Vidal, “Cuando los pueblos se equivocan”, La libertad digital, 14.V.2001

Lo dijo Churchill y es cierto. La democracia es el peor de los sistemas de gobierno si se exceptúan todos los demás. El sistema garantiza, por regla general, el turno pacífico y regular en el poder y, gracias a ello, la existencia de raciones no despreciables de libertad y derivadamente de paz social y de justicia. Lamentablemente, la democracia no puede garantizar la virtud, la bondad o la decencia. Incluso puede convertirse en el camino hacia el poder de fuerzas políticas que, una vez en él, consagrarán la existencia de sistemas antidemocráticos o la mera esclavitud de sectores enteros de la población. En el colmo de las perversiones esas fuerzas llegan al poder apoyados en los votos de millones de ciudadanos.

Mussolini se hizo con el dominio absoluto de Italia no gracias a un golpe de estado, a una revolución o a una guerra civil sino al respaldo de importantes sectores de la población que le veían como una garantía de orden y progreso. Mayor interés, sin embargo, merece el caso de Hitler. El Führer se aupó a la cancillería alemana sobre millones de votos que lo consideraron la garantía cierta de que los alemanes recuperarían su autoestima nacional. Por supuesto, Hitler tuvo opositores pero la aplastante mayoría de los alemanes consideraron que lo que hacía lo hacía bien y que si no había que apoyarlo al menos había que dejarle hacer. Ni siquiera esa opinión varió cuando el III Reich comenzó a cosechar derrota tras derrota y a ser objeto de terribles bombardeos. El mensaje nacionalsocialista había calado tan hondo entre los alemanes que ahora se consideraban víctimas de una conjura mundial promovida –¡cómo no!– por los judíos. Fue necesaria la derrota militar para que Alemania sometiera a profunda crítica sus últimos doce años de Historia, la historia de un pueblo que, conscientemente, entregó el poder a los nazis por encima de cualquier otra consideración como la de la supervivencia de los no-nacionalistas o de los judíos.

(…) En ocasiones, los pueblos cometen terribles equivocaciones pero lo más grave no es que se condenen con ellas al desastre. Lo peor es que ese desastre lo transmiten a gente cercana que la única culpa que arrastran es la de tenerlos cerca. Así los justos –al menos de esa falta– pagan por los empedernidos pecadores. Alemania en los años treinta fue un buen ejemplo de la veracidad de esta tesis.

¿Qué ha aportado el cristianismo en la historia de la humanidad?

La historia no es útil
tanto por lo que nos dice del pasado
como porque en ella se lee el futuro.

J. B. Say

Los primeros cristianos

Los primeros años del cristianismo no pudieron comenzar con más dificultades exteriores. Desde el primer momento sufrió una dura persecución por parte del judaísmo. Sin embargo, en poco menos de veinte años desde la muerte de Jesucristo, el cristianismo había arraigado y contaba con comunidades en ciudades tan importantes como Atenas, Corinto, Éfeso, Colosas, Tesalónica, Filipos, y en la misma capital del imperio, Roma.

Desde luego, no podía atribuirse ese avance a la simpatía del Imperio Romano. En realidad, el cristianismo era para ellos incluso más molesto en sus pretensiones, sus valores y su conducta que para los judíos. No solo eliminaba las barreras étnicas entonces tan marcadas, sino que, además, daba una acogida extraordinaria a la mujer, se preocupaba por los débiles, los marginados, los abandonados, es decir, por aquellos por los que el imperio no sentía la menor preocupación. Continuar leyendo “¿Qué ha aportado el cristianismo en la historia de la humanidad?”

¿Qué hay de verdad en tantas leyendas negras de la Iglesia?

El ideal o el proyecto más noble
puede ser objeto de burla
o de ridiculizaciones fáciles.
Para eso no se necesita
la menor inteligencia.

Alexander Kuprin

La historia de las misiones

—Hay bastantes movimientos críticos contra el modo en que se desarrollaron las misiones. Parece que la Iglesia lleva con esto un lastre importante.

Pienso que ha habido con esto muchos juicios sumarios y apresurados que no responden a la verdad de la historia. No pretendo disculpar los fallos, grandes o pequeños, que seguro que habrá habido a lo largo de todos estos siglos de trabajo en las misiones de tantísimas personas en tantísimos lugares del mundo. Pero hay cada vez más estudios históricos serios sobre este tema, y las nuevas investigaciones dejan al descubierto que la fe, y la propia Iglesia, realizaron una gran tarea de servicio y de protección de las personas y de la cultura frente al impulso de aplastamiento que muchas veces tuvieron los conquistadores o las potencias coloniales.

Continuar leyendo “¿Qué hay de verdad en tantas leyendas negras de la Iglesia?”

¿Qué sucedió realmente con la Inquisición?

Si poseyeseis cien bellas cualidades,
la gente os miraría
por el lado menos favorable.

Molière

Un concepto errado de libertad religiosa

El origen de la Inquisición se remonta al siglo XIII. El primer tribunal para juzgar delitos contra la fe nació en Sicilia en el año 1223. Por aquella época surgieron en Europa diversas herejías que pronto alcanzaron bastante difusión. Inicialmente se intentó que cambiaran de postura mediante la predicación pacífica, pero después se les combatió formalmente. En esas circunstancias nacieron los primeros tribunales de la Inquisición.

—¿Y no es un contrasentido perseguir la herejía de esa manera?

Lo es. Pero no debe olvidarse la estrecha vinculación que hubo a lo largo de muchos siglos entre el poder civil y el eclesiástico. Si se perseguía con esa contundencia la herejía era sobre todo por la fuerte perturbación de la paz social que causaba.

—¿Y cómo pudo durar tanto tiempo un error así?

Cada época se caracteriza tanto por sus intuiciones como por sus ofuscaciones. La historia muestra cómo pueblos enteros han permanecido durante períodos muy largos sumidos en errores sorprendentes. Basta recordar, por ejemplo, que durante siglos se ha considerado normal la esclavitud, la segregación racial o la tortura, y que, por desgracia, en algunas zonas del planeta se siguen aún hoy practicando y defendiendo. La historia tiene sus tiempos y hay que acercarse a ella teniendo en cuenta la mentalidad de cada época. Continuar leyendo “¿Qué sucedió realmente con la Inquisición?”

¿Cuál fue el error en el caso Galileo?

Pronto se arrepiente
el que juzga apresuradamente.

Pablio Siro

Una comparación

—¿Y qué me dices del famoso caso Galileo, condenado a morir quemado en la hoguera por defender una teoría científica hoy comúnmente aceptada?

Hay un poco de leyenda en torno a la figura de Galileo. Sin pretender ser puntilloso, lo cierto es que Galileo Galilei falleció el 8 de enero de 1642, de muerte natural, a los 78 años de edad, en su casa de Arcetri, cerca de Florencia. No pasó ni un solo día en la cárcel ni sufrió ninguna violencia.

Continuar leyendo “¿Cuál fue el error en el caso Galileo?”

¿Cómo actuó la Iglesia ante el nazismo?

Haz lo que sea justo.
Lo demás vendrá por sí solo.

Goethe

La Santa Sede y el Holocausto nazi

De vez en cuando se repite la acusación de que la Iglesia católica mantuvo una actitud un tanto confusa ante el exterminio de millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial.

Estas críticas no comenzaron hasta 1963, cuando se estrenó una obra teatral del dramaturgo alemán Rolf Hochhuth, y desde entonces han venido repitiéndose con una notable falta de documentación histórica.

La realidad, en cambio, es que las más contundentes y tempranas condenas del nazismo en aquellos años provinieron precisamente de la jerarquía católica. Y si no fueron más contundentes aún fue por los difíciles equilibrios que hubieron de hacer para denunciar los abusos de Hitler sin poner en peligro la vida de millones de personas. Nunca dejaron de combatir y condenar los atropellos nazis. Pero tenían las manos atadas: pronto comprobaron que cuando arreciaban sus denuncias, las represalias nazis eran mucho mayores. Continuar leyendo “¿Cómo actuó la Iglesia ante el nazismo?”

Francisco Varo, “Santiago, hermano de Jesús”, PUP, 28.X.2002

En los últimos días ha saltado a las páginas de los periódicos la noticia de que ha aparecido un osario de piedra caliza del tiempo de Jesucristo, procedente de Jerusalén, con la inscripción aramea “Ya’aqob bar Yosef ajui di Yeshua” (Jacob -o lo que es lo mismo, Santiago-, hijo de José, hermano de Jesús -o Josué-). Lo da a conocer un estudio realizado por André Lemaire, especialista en paleografía de la Escuela Práctica de Altos Estudios de París y publicado en el último número (noviembre/diciembre 2002) de la “Biblical Archaeology Review”.

El osario ha sido datado por los arqueólogos en el año 63 de nuestra era. La inscripción está grabada en una de sus caras laterales, escrita en arameo, con un tipo de letra que se utilizó entre los años 10 y 70 dC. Según los editores, se trataría del enterramiento de Santiago, al que se cuenta entre los “hermanos de Jesús” en el Evangelio de San Mateo (Mt 13,55) y en la Epístola a los Gálatas (Ga 1,19).

En Jerusalén durante el siglo I se utilizaba ese tipo de recipientes. Entonces estaba extendida la práctica de depositar los cadáveres en una tumba excavada en la roca, y al cabo de unos años reunir los huesos en un osario de piedra o cerámica, que llevaba inscrito el nombre del difunto. Se han encontrado varios centenares. Hasta ahora el personaje más conocido cuyos restos han aparecido en uno de estos recipientes era Caifás, el que fue Sumo Sacerdote, y cuyo osario salió a la luz en Jerusalén en 1990 cuando quedó al descubierto un cementerio al remover tierras para la construcción de una avenida.

El nuevo hallazgo arqueológico ha tenido amplia resonancia. Si ese “Yeshua” mencionado en la inscripción fuera Jesús de Nazaret, ésta sería la primera vez que se descubre una evidencia arqueológica sobre la figura de Jesucristo. Si ese “Yosef” se identificase con San José, habría que tomar en consideración la alusión del apócrifo “Protoevangelio de Santiago” (9,2) a que José era viudo y tenía hijos cuando tomó como esposa a María.

Los cristianos con tendencia a realizar una lectura fundamentalista de la Biblia, y por tanto con un cristianismo poco coherente, posiblemente estén de enhorabuena por lo que considerarán un argumento más a favor de la historicidad de las Escrituras. Sin embargo, una reflexión madura exige sopesar los hechos de modo crítico. La fe católica no requiere argumentos demagógicos, sino una investigación seria de la verdad.

Para cualquier técnico en la materia está claro que nunca será posible tener certeza de que realmente ese osario pertenezca al personaje del Nuevo Testamento. De una parte porque los nombres que están grabados en él (Ya’aqob, Yosef y Yeshua) eran muy comunes. Sólo entre los osarios encontrados en Jerusalén aparece cada uno de ellos centenares de veces. Personajes en los que se diera la misma combinación de esta inscripción se calcula que podía haber al menos veinte. De otra parte, la denominación “hermano” de Jesús que se aplica a Santiago es un modo semítico de hablar para designar a los “parientes”. Pero de ninguno de los personajes a los que se llama “hermano de Jesús” en el Nuevo Testamento se afirma que fuera “hijo de José”. De hecho, los dos Apóstoles de Jesús que llevan el nombre de Ya’aqob, Santiago el Mayor y Santiago el Menor, son hijos de Zebedeo y Alfeo, respectivamente según los datos evangélicos (Mt 10,2-3). No es posible, pues, identificar al personaje del osario con ninguno de ellos. Además, la urna de piedra que ahora sale a la luz tiene una procedencia insegura desde el punto de vista de la técnica arqueológica: no se sabe de dónde procede ni en qué condiciones se encontró. Es propiedad de un coleccionista que la compró vacía en un mercado de antigüedades hace quince años.

Este hallazgo, por lo tanto, no plantea ningún problema real a los datos que la historia y la fe mantienen hasta ahora. Al contrario, es un testimonio más acerca del trasfondo histórico de los textos del Nuevo Testamento. Se comprueba que los nombres de sus protagonistas eran los nombres más corrientes en Jerusalén y en la Galilea judía de aquel tiempo. Los Apóstoles y los primeros cristianos eran gente normal. Pero en medio de las dificultades económicas, y con los graves problemas sociales y políticos de la sociedad en que vivían, fueron hombres y mujeres de fe, sabedores que tenían algo que aportar al mundo. El gran descubrimiento al que nos acercan siempre estos hallazgos consiste en recordar la existencia, ya desde los orígenes del cristianismo, de personas corrientes que se esforzaban por ser santos allá donde estaban.

Francisco Varo Profesor de Sagrada Escritura de la Universidad de Navarra

Juan Luis Lorda, “No tan hereje: dialoguemos con rigor”, PUP, 1.II.2003

Recientemente un artículo titulado “Herejes”, de Tomás Yerro, salía en defensa del teólogo Tamayo, recordando lo que les pasaba a los herejes de otros tiempos. Es un mal argumento, además de muy sobado. Con la historia en la mano, sólo se puede demostrar lo brutos que han sido nuestros antepasados (los de todos) y lo poco que calaron en el mensaje cristiano. Pero no sirve para juzgar el presente. Es como si cada vez que hablara un socialista, se le mentase a Stalin. Y cada vez que hablara un alemán, se le recordara el Holocausto. Y cada vez que saliera un ilustrado, se le leyeran las horrorosas opiniones de Voltaire sobre la trata de esclavos (de la que era decidido partidario); o se le contara lo que pasó con los hijos de Rousseau. O cada vez que se menciona la izquierda española, se recordara lo que le sucedió al obispo de Barbastro durante la guerra civil. Esta retórica sirve para confundir los sentimientos, pero no aclara la razón.

Para aclararse, hay que atenerse a los datos. Los datos son que, en estos años, el señor Tamayo ha discrepado con frecuencia y duramente de la Iglesia. Y ha dejado claro que no piensa lo que la Iglesia piensa en muchos puntos. Cualquiera que haya leído el periódico en el que escribe, lo sabe. Esta vez sucede lo contrario y es la Iglesia la que discrepa públicamente de Tamayo. Y lo ha hecho en términos mucho menos agresivos, y con muchos menos miles de ejemplares.

Desde el punto de vista democrático, sin querer entrar en la cuestión religiosa, hay que respetar los derechos de las dos partes. Tamayo tiene el derecho de discrepar y no creer lo que cree la Iglesia. La Iglesia tiene el derecho de discrepar y no creer lo que cree Tamayo. Tamayo tiene el derecho de separarse de la Iglesia. Y la Iglesia tiene el derecho de separarse de Tamayo. En un debate público, todos los derechos que se le concedan a Tamayo se le deben conceder a la Iglesia, por el mismo título.

Pero si se quiere entrar en la cuestión religiosa, nos encontramos con un problema doctrinal, que es preciso resolver con criterios doctrinales. Aquí lo que está en juego es que la Iglesia tiene dos mil años de existencia, una confesión de fe y un Catecismo de la Iglesia Católica. Y esa Iglesia, que sabe algo de lo que dice, declara que Tamayo no dice lo mismo. Ante tal discrepancia, Tamayo tiene varias posibilidades: aceptar que no dice lo mismo y corregirse; demostrar que dice lo mismo y no corregirse; demostrar que tiene razón y corregir el Catecismo; hacer su propio Catecismo y fundar otra iglesia. Sólo a esto último se le llama herejía. Y sólo si Tamayo lo hace, puede ser considerado un hereje; no porque lo diga la Iglesia, sino porque lo dice el Diccionario de la Real Academia.

De momento, aparte del señor Yerro, nadie ha llamado hereje al señor Tamayo. La Iglesia no se dedica a ofender a las personas, sino a defender su doctrina. Es seguro que todo el proceso se habrá hecho con mucha delicadeza, probablemente mucha más de la que usa Tamayo cuando le da por discrepar. No sé cuáles serán los sentimientos de Tamayo: si se sentirá mal o se sentirá bien. Si esto le hará feliz o le causará pesar. Si la publicidad gratuita que ha conseguido le resultará ofensiva o la agradecerá por lanzarle a la fama y permitirle vender masivamente sus libros. Si es el momento más bajo o el más alto de su carrera. Si le gusta sentirse un cristiano como todos, o prefiere ser el héroe transgresor que se opone al Catecismo. Cada uno tiene un margen para elegir el papel que quiere jugar en la vida y en la Iglesia. Pero, como en el matrimonio, cuando se trata de dos, la otra parte también tiene derecho a decir algo.

A Tomás Yerro, que compara a Tamayo con San Juan de la Cruz, le reconforta “saber que, en una sociedad cada vez más narcotizante del pensamiento, aún pueden surgir intelectuales disidentes, insumisos, rebeldes, réprobos y heterodoxos”. Cree que hacen falta herejes de la política, la economía, la ciencia, la filosofía, el arte y la literatura. Para Yerro, Tamayo ya ha conseguido ser hereje de la doctrina católica. Hoy por hoy, es lo más fácil y lo menos arriesgado. Ahora debería intentarlo con la economía y convertirse en disidente, insumiso, rebelde, réprobo y heterodoxo con la declaración de hacienda. A ver qué pasa.

Luis Suárez, “La beatificación de Isabel la Católica y los judíos”, Zenit, 3.IV.03

«La beatificación de Isabel la Católica sería muy importante para las relaciones entre Europa y América».

Entrevista a Luis Suárez, historiador y testigo en el proceso de beatificación.

Continuar leyendo “Luis Suárez, “La beatificación de Isabel la Católica y los judíos”, Zenit, 3.IV.03″

Mariano Artigas y William Shea, “Nueva perspectiva del caso Galileo”, Zenit, 31.III.2003

«Galileo en Roma. Crónica de 500 días» (Ediciones Encuentro) es el volumen que vuelve a tratar la relación entre ciencia y fe en el caso Galileo, ahora desde la perspectiva de los seis viajes que el científico realizó a Roma para entrevistarse con el Papa.

Mariano Artigas, físico, filósofo y profesor de Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Navarra, y William Shea, profesor de Historia de la Ciencia en la Universidad de Padua (uno de los más destacados expertos sobre el tema Galileo a nivel mundial) son los responsables de la publicación del libro en español.
Continuar leyendo “Mariano Artigas y William Shea, “Nueva perspectiva del caso Galileo”, Zenit, 31.III.2003″

Henry Kamen, “Cómo fue la Inquisición”, ARVO, 19.III.2003

¿La Inquisición significó realmente la condena de la libertad y el empleo de una crueldad indiscriminada con los “disidentes religiosos”? Una falsa y distorsionada imagen de este tribunal permanece aún en gran parte de la opinión pública. Ser “inquisitorial” ha llegado a ser sinónimo de intolerante y totalitario. Y sin embargo, esto no parece corresponderse con la verdad histórica. Pocos son los que se plantean un enfoque objetivo de la cuestión, sin apasionamientos, buscando el porqué del tribunal y las circunstancias que lo determinaron. Tal es la inspiración que anima el ensayo del profesor Kamen.

La Inquisición no fue un fenómeno exclusivamente español, a pesar de que es una impresión que a menudo encontramos a nivel popular. Si hojeamos las páginas de la cuantiosa bibliografía publicada en 1983 por Emil van der Vekene Bibliotheca inquisitionis, podemos observar un listado de 4.808 obras que abarcan la historia de más de 500 años de toda la Europa Occidental, y solamente una parte de su material se refiere a España. Últimamente, se ha venido prestando excesiva atención a la Inquisición española, por ello sería beneficioso para nosotros procurarnos una mas amplia perspectiva y considerar todo el fenómeno de la Inquisición española en su contexto europeo. Así podremos entender uno de los acontecimientos cruciales en la historia de la civilización occidental. Quiero comenzar mi exposición con ciertas preguntas clave que quizás nos ayudarán a pensar en el fenómeno. Continuar leyendo “Henry Kamen, “Cómo fue la Inquisición”, ARVO, 19.III.2003″

Mariano Artigas, “Tres casos: Galileo, Lavoisier y Duhem”, ARVO, 1992

A veces, los prejuicios contra la Iglesia provienen de la presunta oposición deja religión hacia la ciencia. Es interesante considerar algunos datos al respecto. Continuar leyendo “Mariano Artigas, “Tres casos: Galileo, Lavoisier y Duhem”, ARVO, 1992″

David Dalin, “Pío XII salvó más vidas de judíos que Oskar Schindler”, 27.VIII.01

Entrevista con el rabino de Estados Unidos, David Dalin.

Continuar leyendo “David Dalin, “Pío XII salvó más vidas de judíos que Oskar Schindler”, 27.VIII.01″

José Ignacio Moreno, “Galileo Galilei y sus jueces”, Palabra, IX.1997

En octubre de 1992, coincidiendo con el 359 aniversario de la muerte de Galileo Galilei, presentaba sus conclusiones la Comisión especial de teólogos, científicos e historiadores, creada por Juan Pablo II en 1981, para examinar los posibles errores cometidos por el tribunal eclesiástico que condenó (1633) al famoso astrónomo. Dicho examen tampoco aportó ninguna novedad desconocida: los teólogos pontificios del siglo XVII traspusieron los límites de la doctrina de la fe para interferir en una cuestión de ámbito científico. Por su parte, Galileo presentaba como conclusiones irrefutables unas verdades que no había logrado demostrar científicamente: sólo se probarían un siglo más tarde. En todo caso, conviene señalar que el episodio de Galileo no es, en absoluto representativo: es el único conflicto histórico de ese género.
Continuar leyendo “José Ignacio Moreno, “Galileo Galilei y sus jueces”, Palabra, IX.1997″

César Vidal, “La lucha contra la esclavitud”

La defensa de los indios contó con exponentes claros tanto en el seno del catolicismo como del protestantismo. No sucedió lo mismo, sin embargo, en relación con la esclavitud, otra de las grandes lacras que experimentaron un extraordinario desarrollo con ocasión del descubrimiento y colonización de nuevos mundos. De hecho, el mismo padre Las Casas llegó a considerar que la utilización de esclavos de origen africano podría paliar el triste destino de los indígenas americanos.

La lucha contra la esclavitud fue una causa que derivó de una cosmovisión bíblica, que se extendió a lo largo de varios siglos y que, de hecho, solo mucho después recibió el respaldo de ideologías distintas del cristianismo. Basta examinar las páginas de la Enciclopedia, el máximo monumento de la Ilustración, para percatarse de que los ilustrados no solo no eran contrarios a la esclavitud, sino que incluso la consideraban natural, dada la inferioridad racial de los esclavizados. Por ejemplo, en la voz “Negros, considerados como esclavos en las colonias de América”, el texto dice: Estos hombres negros, nacidos vigorosos y acostumbrados a una alimentación burda, encuentran en América dulzuras que les hacen la vida animal mucho mejor que en su país.

Desde luego, resulta más que dudoso que la esclavitud en las colonias americanas pudiera ser calificada de “dulzuras” y que la vida de los negros pudiera ser por definición calificada de animal, hasta el punto de que el hecho de ser esclavos la mejorara. Sin embargo, eso y no otra cosa afirma el citado artículo de la Enciclopedia, y no resulta mejor la descripción que aparece en relación con esta población negra: Estos negros son idólatras, su lengua es difícil de pronunciar, saliendo la mayoría de los sonidos de la garganta con esfuerzo… Estos negros, se les llame como se les llame, hablan todos la misma lengua sobre poco más o menos.

Por si fuera poco, el ilustrado autor del artículo de la Enciclopedia indicaba que algunos negros logran superar sus defectos propios y se convierten en buenas personas cuya característica fundamental es, nada menos que, la sumisión a su dueño: Los defectos de los negros no se encuentran extendidos de manera tan universal que no se encuentren muy buenos sujetos. Varios habitantes poseen familias enteras compuestas de gente muy honrada y muy unida a su amo.

Partiendo de esa base, no resulta extraño que se afirmara que encontrar negros buenos era un fruto más de la casualidad que de la probabilidad: Si por azar se encuentra gente honrada entre los negros de Guinea, en su mayoría son durante todo el tiempo viciosos. En su mayor parte están inclinados al libertinaje, a la venganza, al robo y a la mentira.

Las consecuencias de semejante discurso no podían resultar más obvias. La esclavitud era censurable, pero los “salvajes” actuales habían caído tan por debajo del imaginario nivel en que se encontraba el “buen salvaje” primitivo que no cabía sino emprender su educación. Era obvio que unas razas eran superiores y otras claramente inferiores. Esa circunstancia obligaba a las primeras a dominar a las segundas por su bien. Que el resultado no podía sino ser positivo lo demostraba el que, hasta reducidos a la esclavitud, los negros se encontraran mejor bajo el dominio de un amo blanco en América que en libertad en África.

No resulta muy difícil imaginar lo que hubiera sido la suerte de estos desdichados si, frente a la visión de los conquistadores, al pensamiento ilustrado y, por supuesto, a las concepciones islámica y pagana de la esclavitud, no se hubiera alzado una recuperación del concepto bíblico acerca de esta institución. En realidad, basta con examinar lo que fue la trayectoria de la trata antes del movimiento emancipador.

El inicio de la trata se debió a los portugueses, que la comenzaron en 1444, y que unos quince años después importaban cada año poco menos de un millar de esclavos procedentes de diferentes puntos de la costa africana. Durante más de un siglo, Portugal monopolizó el comercio gracias a la colaboración indispensable de los comerciantes árabes del norte de África, que enviaban esclavos de África central a los mercados de Arabia, Irán y la India.

El descubrimiento de América llevó a otras naciones a sumarse a tan vergonzosa y denigrante institución. Como ya hemos indicado, incluso los defensores de los indígenas de América no encontraron censurable —en ocasiones les pareció un remedio— el recurrir a la esclavitud de los africanos. En 1517, por ejemplo, Carlos I estableció un sistema de concesiones a particulares para introducir y vender esclavos africanos en América. A finales de ese mismo siglo, Inglaterra comenzó a competir por el derecho a abastecer de esclavos a las colonias españolas, detentado hasta entonces por Portugal, Francia, Holanda y Dinamarca. De hecho, la Paz de Utrecht, que se tradujo para España en la pérdida del territorio español de Gibraltar, significó también que la British South Sea Company consiguiera el derecho exclusivo de suministro de esclavos a estas colonias. Pero para entonces hacía ya casi un siglo que habían llegado a las colonias inglesas de América del Norte los primeros esclavos africanos, y este tráfico se incrementaría sobremanera con el desarrollo del sistema de planificaciones.

Ni siquiera la Revolución americana de 1776 cambió la situación de los esclavos. El liberalismo había podido tomar de la fe cristiana algunos de sus principios políticos esenciales, pero no estaba dispuesto a disminuir sus beneficios por razones éticas. Si la Ilustración había justificado —sobre el papel, claro está— la esclavitud, la Constitución norteamericana sentenció el triste destino de los esclavos sancionando la existencia de la institución que los mantenía sometidos a tan lamentable estado. No era extraño si se tiene en cuenta que algunos de los Padres fundadores, como Thomas Jefferson, eran pingües propietarios de esclavos.

El enfrentamiento con la esclavitud surgió en el seno del cristianismo y por razones enraizadas directamente en las Escrituras. Durante el siglo XVII, los cuáqueros (…) y en el siglo siguiente, los metodistas (..), hombres como William Knibb (…) y William Wilberforce, un hombre piadoso que (…) en su calidad de miembro del Parlamento, se dedicó a tareas de profundo contenido social. Así, Wilberforce —al que se llegó a denominar la conciencia del primer ministro— fomentó la educación de los necesitados y, sobre todo, desarrolló una extraordinaria labor para lograr la erradicación de la esclavitud. No fue una tarea fácil, ya que chocaba con intereses económicos obvios, pero en 1807 consiguió la prohibición británica del comercio de esclavos y en 1833 se declaró la abolición de la esclavitud en la totalidad de los territorios británicos. El único país que se había adelantado a Inglaterra en la abolición de la trata había sido Dinamarca, en 1792, y también apelando directamente a los principios contenidos en la Biblia.

A lo largo del siglo XIX la emancipación de los esclavos se convirtió en una bandera utilizada en la lucha contra el poder colonial —México abolió la esclavitud en 1813; Venezuela y Colombia, en 182 l—, pero no siempre con convicción. La explicación de este comportamiento no podía ser más obvia: el proceso de abolición chocaba con los intereses de la burguesía. De hecho, Uruguay mantuvo la esclavitud hasta 1869; España, en Cuba, hasta 1886; y Brasil, hasta 1888. Cualquiera de estos procesos emancipatorios es dudoso incluso que hubiera comenzado sin los precedentes del mundo anglosajón, puesto que fue Inglaterra la que durante el Congreso de Viena instó a las otras potencias europeas a adoptar medidas similares a las aprobadas por su Parlamento.

A finales del siglo XX, y a pesar de la incorporación de normas antiesclavistas en la legislación internacional, la esclavitud sigue siendo una realidad fuera de Occidente y afecta a no menos de cien millones de personas. En algunos países islámicos y budistas incluso cuenta con una existencia legal. De no haber sido por la influencia del cristianismo, tal vez ese también sería el panorama en las sociedades occidentales. Sin embargo, el triunfo de la lucha contra la esclavitud durante el siglo XIX no significó que la causa de la libertad humana quedara salvada y asegurada para el siglo siguiente. En realidad, iba a enfrentarse durante este con los peores desafíos que había experimentado a lo largo de la Historia humana, y de nuevo el papel del cristianismo resultaría esencial.

Tomado de “El legado del cristianismo en la cultura occidental”, Espasa, 2000, pp. 208-214.

Beatriz Comella, “La verdad sobre la Inquisición”, ARVO,

La Inquisición fue y sigue siendo un tribunal polémico para el gran público y no les faltan razones. Los historiadores, por su parte, se han ocupado de esta institución desde una perspectiva científica especialmente a partir de un Congreso internacional celebrado en Cuenca en 1978. Con motivo del jubileo del año 2000, la Santa Sede convocó en Roma a expertos de diversos credos y nacionalidades para clarificar la actuación histórica del Santo Oficio. El papa Juan Pablo II aprobó el documento “Memoria y reconciliación”

Continuar leyendo “Beatriz Comella, “La verdad sobre la Inquisición”, ARVO,”

Mariano Artigas, “Nuevos documentos sobre Galileo”, PUP, 26.III.2001

Un nuevo documento revela que los eclesiásticos no querían condenar a Galileo

Artigas halla un manuscrito que “muestra que las autoridades eclesiásticas no estaban empeñadas en condenar a Galileo o a la nueva ciencia”

Mariano Artigas, profesor de Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Navarra, ha descubierto un nuevo documento sobre el caso Galileo en el archivo de la Congregación del Índice, relacionada con el Santo Oficio y que se encargaba de los libros prohibidos. “Se trata de un manuscrito que muestra que las autoridades eclesiásticas no estaban empeñadas en condenar a Galileo o a la nueva ciencia”, explica.
Continuar leyendo “Mariano Artigas, “Nuevos documentos sobre Galileo”, PUP, 26.III.2001″

Mariano Artigas, “Lo que deberíamos saber sobre Galileo”, ARVO

El caso Galileo suele ser utilizado para afirmar que la Iglesia católica es enemiga del progreso científico. Por tanto, me llama la atención que bastantes católicos, incluidos sacerdotes, religiosos y otras personas que tienen conocimientos teológicos, conozcan ese caso de un modo bastante superficial y, en ocasiones, incluso equivocado.

Hace unos años me encontraba en Roma dando un curso de doctorado. En una sesión hablé sobre el caso Galileo. Al terminar, un sacerdote que estaba trabajando en su tesis doctoral vino a hablar conmigo. Estaba muy enfadado y me decía: ¿cómo es posible que yo, sacerdote católico, que he pasado años en un Seminario y ahora trabajo en mi tesis doctoral en Roma, me entere a fecha de hoy que a Galileo no le mató la Inquisición? Tenía toda la razón en sentirse desconcertado. Dado que tengo experiencias similares con cierta frecuencia, he decidido escribir este artículo, en el que pretendo resumir, muy brevemente, los aspectos centrales del caso Galileo: qué sabemos con seguridad que sucedió o no sucedió; qué temas continúan siendo discutidos; cuál es, en definitiva, el estado actual de la cuestión en sus dimensiones principales.

Cuáles sean las causas de la ignorancia y la confusión que existen en torno al caso Galileo es un tema que merecería ser estudiado. En parte se puede deber al uso demasiado partidista que muchas veces se ha hecho de este caso: algunos, deseando atacar a la Iglesia, han acentuado excesivamente lo que les interesaba o han deformado los hechos, y otros, al defender a la Iglesia, a veces han utilizado una apologética demasiado fácil, desconociendo las complejidades del caso. En la actualidad existen muchos estudios rigurosos sobre Galileo, de modo que se puede establecer con objetividad qué es lo que sabemos y qué es lo que ignoramos. La Iglesia católica ha mostrado, por medio de su máximo representante, el Papa, un claro deseo de clarificar el tema, y no ha tenido inconveniente en reconocer sin paliativos los errores que sus representantes pudieron cometer con Galileo, pidiendo incluso perdón por ello. Parece que estamos en un buen momento para proponer un resumen desapasionado del famoso caso.

1. ¿CÓMO MURIÓ GALILEO? El primer punto que debería quedar claro es que a Galileo no lo mató la Inquisición, ni nadie. Murió de muerte natural. Galileo nació el martes 15 de febrero de 1564 en Pisa, y murió el miércoles 8 de enero de 1642, en su casa, una villa en Arcetri, en las afueras de Florencia. Por tanto, cuando murió tenía casi 78 años (es posible encontrar una diferencia de un año incluso en documentos oficiales, porque entonces, en Florencia, los años se empezaban a contar el 25 de marzo, fecha de la Encarnación del Señor). Cuenta Vincenzo Viviani, un joven discípulo de Galileo que permaneció continuamente junto a él en los últimos treinta meses, que su salud estaba muy agotada: tenía una grave artritis desde los 30 años, y a esto se unía “una irritación constante y casi insoportable en los párpados” y “otros achaques que trae consigo una edad tan avanzada, sobre todo cuando se ha consumido en el mucho estudio y vigilia”. Añade que, a pesar de todo, seguía lleno de proyectos de trabajo, hasta que por fin “le asaltó una fiebre que le fue consumiendo lentamente y una fuerte palpitación, con lo que a lo largo de dos meses se fue extenuando cada vez más, y, por fin, un miércoles, que era el 8 de enero de 1642, hacia las cuatro de la madrugada, murió con firmeza filosófica y cristiana, a los setenta y siete años de edad, diez meses y veinte días”. Por tanto, no existió la hoguera, ni nada parecido.

Tampoco fue condenado a muerte. El único proceso en que fue condenado tuvo lugar en 1633, y allí fue condenado a prisión que, en vista de sus buenas disposiciones, fue conmutada inmediatamente por arresto domiciliario, de modo que nunca llegó a ingresar en la cárcel. Según las normas comunes, durante el proceso debería haber estado en la cárcel de la Inquisición, pero de hecho no estuvo nunca ahí: antes de empezar el proceso se alojó en la embajada de Toscana en Roma, situada en Palazzo Firenze, donde vivía el embajador; durante el proceso se le exigió en algunos momentos alojarse en el edificio de la Inquisición, pero entonces se le habilitaron unas estancias que estaban reservadas para los eclesiásticos que trabajaban allí, permitiendo que le llevaran la comida desde la embajada de Toscana; y al acabar el proceso se le permitió estar alojado en Villa Medici, una de las mejores villas de Roma, con espléndidos jardines, que era propiedad del Gran Duque de Toscana. Todo esto se explica porque Galileo era oficialmente el primer matemático y filósofo del Gran Duque de Toscana, territorio importante (incluye Florencia, Pisa, Livorno, Siena, etc.) y tradicionalmente bien relacionado con la Santa Sede, y las autoridades de Toscana ejercieron sus buenos oficios para que en Roma se tratara a Galileo lo mejor posible, como de hecho sucedió. El embajador de Toscana, Francesco Niccolini, apreciaba muchísimo a Galileo, y puso todos los medios para que sufriera lo menos posible con el proceso, y para que no ingresara en prisión. Niccolini consiguió que, al acabar el proceso, la pena de prisión que se le impuso fuera conmutada por confinamiento en Villa Medici. Después de pocos días se le permitió trasladarse a Siena, donde se alojó en el palacio del arzobispo, monseñor Ascanio Piccolomini; éste era un gran admirador y amigo de Galileo, y le trató espléndidamente durante los varios meses que estuvo en su casa, de modo que allí se recuperó del trauma que, sin duda, supuso para él el proceso (en 1633, cuando tuvo lugar el proceso, Galileo tenía 69 años). Después, se le permitió trasladarse a la casa que tenía en las afueras de Florencia, y allí permaneció hasta que murió, ya viejo, de muerte natural. Acabó su obra más importante, y la publicó, en 1638, después del proceso.

En definitiva, Galileo no fue condenado a muerte, sino a una prisión que no se llegó a ejecutar porque fue conmutada: primero, por una estancia de varios días en Villa Medici, en Roma; después, por una estancia de varios meses en el palacio de su amigo el arzobispo de Siena; y a continuación (finales de 1633), se le permitió residir, en una especie de arresto domiciliario, en su propia casa, la Villa del Gioiello, en Arcetri, en las afueras de Florencia, donde vivió y trabajó hasta su muerte.

Galileo tampoco fue nunca sometido a tortura o a malos tratos físicos. Sin duda, hacerle ir a Roma desde Florencia para ser juzgado, teniendo 69 años, supone mal trato, y lo mismo puede decirse de la tensión psicológica que tuvo que soportar durante el proceso y en la condena final, seguida de una abjuración forzada. Es cierto. Desde el punto de vista psicológico, con la repercusión que esto puede tener en la salud, Galileo tuvo que sufrir por esos motivos y, de hecho, cuando llegó a Siena después del proceso, se encontraba en malas condiciones. Pero es igualmente cierto que no fue objeto de ninguno de los malos tratos físicos típicos de la época. Algún autor ha sostenido que, durante el proceso, al final, en una ocasión fue sometido a tortura; sin embargo, autores de todas las tendencias están de acuerdo, con práctica unanimidad, que esto realmente no sucedió. En la fase conclusiva del proceso, en una ocasión, se encuentra una amenaza de tortura por parte del tribunal, pero todos los datos disponibles están a favor de que se trató de una pura formalidad que, debido a los reglamentos de la Inquisición, el tribunal debía mencionar, pero sin intención de llevar a la práctica la tortura y sin que, de hecho, se realizara (consta, además, que en Roma no se llevaba a cabo tortura con personas de la edad de Galileo). Después de la condena, en Siena, Galileo se recuperó. Luego sufrió diversas enfermedades, pero eran las mismas que ya sufría habitualmente desde muchos años antes, que se fueron agravando con la edad. Llegó a quedarse completamente ciego, pero esto nada tuvo que ver con el proceso.

2. ¿POR QUÉ FUE CONDENADO GALILEO? Lo que más llama la atención no son los malos tratos físicos que, como acabamos de ver, no existieron, sino el hecho mismo de que Galileo fuera condenado, con las tensiones y sufrimientos que esto implica. Desde luego, no era homicida, ni ladrón, ni malhechor en ningún sentido habitual de la palabra. Entonces, ¿por qué fue condenado?, y ¿cuál fue la condena? Se suele hablar de dos procesos contra Galileo: el primero en 1616, y el segundo en 1633. A veces sólo se habla del segundo. El motivo es sencillo: el primer proceso realmente existió, porque Galileo fue denunciado a la Inquisición romana y el proceso fue adelante, pero no se llegó a citar a Galileo delante del tribunal: el denunciado se enteró de que existía la denuncia y el proceso a través de comentarios de otras personas, pero el tribunal nunca le dijo nada, ni le citó, ni le condenó. Por eso, con frecuencia no se considera que se tratara de un auténtico proceso, aunque de hecho la causa se abrió y se desarrollaron algunas diligencias procesuales durante meses. En cambio, el de 1633 fue un proceso en toda regla: Galileo fue citado a comparecer ante el tribunal de la Inquisición de Roma, tuvo que presentarse y declarar ante ese tribunal, y finalmente fue condenado. Se trata de dos procesos muy diferentes, separados por bastantes años; pero están relacionados, porque lo que sucedió en el de 1616 condicionó en gran parte lo que sucedió en 1633.

2.1. El proceso de 1616 En 1616 se acusaba a Galileo de sostener el sistema heliocéntrico propuesto en la antigüedad por los pitagóricos y en la época moderna por Copérnico: afirmaba que la Tierra no está quieta en el centro del mundo, como generalmente se creía, sino que gira sobre sí misma y alrededor del Sol, lo mismo que otros planetas del Sistema Solar. Esto parecía ir contra textos de la Biblia donde se dice que la Tierra está quiera y el Sol se mueve, de acuerdo con la experiencia; además, la Tradición de la Iglesia así había interpretado la Biblia durante siglos, y el Concilio de Trento había insistido en que los católicos no debían admitir interpretaciones de la Biblia que se aparten de las interpretaciones unánimes de los Santos Padres.

Los hechos de 1616 acabaron con dos actos extra-judiciales. Por una parte, se publicó un decreto de la Congregación del Índice, fechado el 5 de marzo de 1616, por el que se incluyeron en el Índice de libros prohibidos tres libros: Acerca de las revoluciones del canónigo polaco Nicolás Copérnico, publicado en 1543, donde se exponía la teoría heliocéntrica de modo científico; un comentario del agustino español Diego de Zúñiga, publicado en Toledo en 1584 y en Roma en 1591, donde se interpretaba algún pasaje de la Biblia de acuerdo con el copernicanismo; y un opúsculo del carmelita italiano Paolo Foscarini, publicado en 1615, donde se defendía que el sistema de Copérnico no está en contra de la Sagrada Escritura. Quedaba afectado por las mismas censuras cualquier otro libro que enseñara las mismas doctrinas. El motivo que se daba en el decreto para esas censuras era que la doctrina que defiende que la Tierra se mueve y el Sol está en reposo es falsa y completamente contraria a la Sagrada Escritura. Por otra parte, se amonestó personalmente a Galileo, para que abandonara la teoría heliocéntrica y se abstuviera de defenderla.

El opúsculo de Foscarini fue prohibido absolutamente. En cambio, los libros de Copérnico y de Zúñiga solamente fueron suspendidos hasta que se corrigieran algunos pasajes. En el caso de Zúñiga, lo que debería modificarse era muy breve. En el caso de Copérnico se trataba de diversos pasajes donde había que explicar que el heliocentrismo no era una teoría verdadera, sino sólo un artificio útil para los cálculos astronómicos. De hecho, esas correcciones se prepararon y se aprobaron al cabo de cuatro años, en 1620.

Nos podemos preguntar por qué se daba tanta importancia a algo que, hoy día, parece sencillo: cuando la Biblia habla de cuestiones científicas, con frecuencia adopta el modo de hablar propio de la cultura, de la época o simplemente de la experiencia ordinaria. De hecho, éste fue uno de los argumentos que utilizó Galileo en su Carta a Benedetto Castelli, que circuló en copias a mano (Castelli era un benedictino, amigo y discípulo de Galileo, profesor de matemáticas en la Universidad de Pisa), y con mayor extensión en su Carta a la Gran Duquesa de Toscana, Cristina de Lorena (madre de quien en aquellos momentos era Gran Duque de Toscana, Cosme II), a quien habían llegado ecos de las acusaciones bíblicas contra Galileo.

Para comprender el trasfondo del asunto hay que mencionar tres problemas. En primer lugar, Galileo se había hecho célebre con sus descubrimientos astronómicos de 1609-1610. Utilizando el telescopio que él mismo contribuyó de modo decisivo a perfeccionar, descubrió que la Luna posee irregularidades como la Tierra, que alrededor de Júpiter giran cuatro satélites, que Venus presenta fases como la Luna, que en la superficie del Sol existen manchas que cambian de lugar, y que existen muchas más estrellas de las que se ven a simple vista. Galileo se basó en estos descubrimientos para criticar la física aristotélica y apoyar el heliocentrismo copernicano. Las profesores aristotélicos, que eran muchos y poderosos, sentían que los argumentos de Galileo contradecían su ciencia, y a veces quedaban en ridículo. Estos profesores atacaron seriamente a Galileo y, cuando se les acababan las respuestas, algunos recurrieron a los argumentos teológicos (la pretendida contradicción entre Copérnico y la Biblia).

En segundo lugar, la Iglesia católica era en aquellos momentos especialmente sensible ante quienes interpretaban por su cuenta la Biblia, apartándose de la Tradición, porque el enfrentamiento con el protestantismo era muy fuerte. Galileo se defendió de quienes decían que el heliocentrismo era contrario a la Biblia explicando por qué no lo era, pero al hacer esto se ponía a hacer de teólogo, lo cual era considerado entonces como algo peligroso, sobre todo cuando, como en este caso, uno se apartaba de las interpretaciones tradicionales. Galileo argumentó bastante bien como teólogo, subrayando que la Biblia no pretende enseñarnos ciencia y se acomoda a los conocimientos de cada momento, e incluso mostró que en la Tradición de la Iglesia se encontraban precedentes que permitían utilizar argumentos como los que él proponía. Pero, en una época de fuertes polémicas teológicas entre católicos y protestantes, estaba muy mal visto que un profano pretendiera dar lecciones a los teólogos, proponiendo además novedades un tanto extrañas.

En tercer lugar, la cosmovisión tradicional, que colocaba a la Tierra en el centro del mundo, parecía estar de acuerdo con la experiencia ordinaria: vemos que se mueven el Sol, la Luna, los planetas y las estrellas; en cambio, si la Tierra se moviera, deberían suceder cosas que no suceden: proyectiles tirados hacia arriba caerían atrás, no se sabe cómo estarían las nubes unidas a la Tierra sin quedarse también atrás, se debería notar un movimiento tan rápido. Además, esa cosmovisión tradicional parecía mucho más coherente con la perspectiva cristiana de un mundo creado en vistas al hombre, y también con la Encarnación y la Redención de la humanidad a través de Jesucristo; de hecho, entre quienes habían aceptado las ideas de Copérnico se contaba Giordano Bruno, quien defendió que existen muchos mundos habitados y acabó sosteniendo doctrinas más o menos heréticas (Bruno fue quemado, como consecuencia de su condena por la Inquisición romana, en 1600, aunque debe señalarse, no como disculpa sino para mayor claridad, que no era propiamente un científico, aunque utilizara el copernicanismo como punto de partida).

Los sucesos de 1616 culminaron en un decreto de la Congregación del Índice, fechado el 5 de marzo de 1616, por el que se prohibieron los libros mencionados, con los matices ya señalados. El decreto se publicó en nombre de la Congregación, y está firmado por el cardenal prefecto y por el secretario de la Congregación, no por el Papa. Desde luego, un acto de ese tipo se hacía con el mandato o aprobación del Papa y, de algún modo, comprometía la autoridad del Papa, pero de ninguna manera puede ser considerado como un acto en el que se pone en juego la infalibilidad del Papa: por una parte, porque ni está firmado por el Papa y ni siquiera se le menciona; por otra, porque se trata de un acto de gobierno de una Congregación, no de un acto de magisterio; y además, porque no pretende definir una doctrina de modo definitivo. Eso se sabía perfectamente entonces, igual que ahora; como prueba de ella se puede mencionar una carta de Benedetto Castelli a Galileo, escrita el 2 de octubre de 1632, cuando ya se había ordenado a Galileo que compareciera ante la Inquisición de Roma. Castelli ha hablado con el Padre Comisario del Santo Oficio, Vincenzo Maculano, y ha defendido la ortodoxia de la posición de Copérnico y de Galileo, añadiendo que varias veces ha hablado de todo ello con teólogos piadosos y muy inteligentes, y no han visto ninguna dificultad; añade que el mismo Maculano le ha dicho que está de acuerdo y que, en su opinión, la cuestión no debería zanjarse recurriendo a la Sagrada Escritura. Es fácil advertir que estas opiniones, tratadas en el mismo Comisario del Santo Oficio, no tendrían sentido si el decreto del Índice de 1616 pudiera ser interpretado como teniendo un alcance de magisterio infalible o definitivo.

En las deliberaciones de la Santa Sede, previas al decreto, se pidió la opinión a once consultores del Santo Oficio, quienes dictaminaron, el 24 de febrero de 1616, que decir que el Sol está inmóvil en el centro del mundo es absurdo en filosofía y además formalmente herético, porque contradice muchos lugares de la Escritura tal como los exponen los Santos Padres y los teólogos, y decir que la Tierra se mueve es también absurdo en filosofía y al menos erróneo en la fe. Con frecuencia se toma esta opinión de los teólogos consultores como si fuera el dictamen de la autoridad de la Iglesia, pero no lo es: fue sólo la opinión de esas personas. El único acto público de la autoridad de la Iglesia fue el decreto de la Congregación del Índice, y en ese decreto no se dice que la doctrina heliocentrista sea herética: se dice que es falsa y que se opone a la Sagrada Escritura. El matiz es importante, y cualquier entendido en teología lo sabía entonces y lo sabe ahora. Nadie consideró entonces, ni debería considerar ahora, que se condenó el heliocentrismo como herejía, porque no es cierto. Esto explica que Galileo y otras personas igualmente católicas continuaran aceptando el heliocentrismo; Galileo sabía (y era cierto) que él había mostrado, en sus cartas a Castelli y a Cristina de Lorena, que el heliocentrismo se podía compaginar con la Sagrada Escritura, utilizando además principios que no eran nuevos, sino que tenían apoyo en la Tradición de la Iglesia.

La decisión de la autoridad de la Iglesia en 1616 fue equivocada, aunque no calificó al heliocentrismo como herejía. Galileo y sus amigos eclesiásticos se propusieron conseguir que ese decreto fuera revocado. Podían haberlo conseguido: se trataba de un decreto disciplinar que, aunque iba acompañado por una valoración doctrinal, no condenaba el heliocentrismo como herejía, ni era un acto de magisterio infalible.

Otro aspecto importante a tener en cuenta es que, aunque las críticas de Galileo a la posición tradicional estaban fundadas, ni él ni nadie poseían en aquellos momentos argumentos para demostrar que la Tierra se mueve alrededor del Sol. Esta afirmación parecía, más bien, absurda, tal como la calificaron los teólogos del Santo Oficio. En una famosa carta, el cardenal Roberto Belarmino, uno de los teólogos más influyentes entonces, pedía tanto a Foscarini como a Galileo que utilizaran el heliocentrismo sólo como una hipótesis astronómica, sin pretender que fuera verdadera ni meterse en argumentos teológicos, en cuyo caso no habría ningún problema. Pero Galileo, para defenderse de acusaciones personales y para intentar que la Iglesia no interviniera en el asunto, se lanzó a una defensa fuerte del copernicanismo, trasladándose a Roma e intentando influir en las personalidades eclesiásticas; esto quizá tuvo el efecto contrario, provocando que la autoridad de la Iglesia interviniera para frenar la propaganda de Galileo que, al menos en sus críticas, era bastante convincente.

Además del decreto de la Congregación del Índice, las autoridades eclesiásticas tomaron otra decisión que afectaba personalmente a Galileo y que influyó decisivamente en su proceso, 17 años más tarde. En concreto, por orden del Papa (Pablo V), el cardenal Belarmino citó a Galileo (que se encontraba entonces en Roma, dedicado a la propaganda del copernicanismo) y, en la residencia del cardenal, el 26 de febrero de 1616, le amonestó a abandonar la teoría copernicana. El Papa había mandado que Belarmino hiciera esta amonestación, añadiendo que, si Galileo no quería abandonar la teoría, el Comisario del Santo Oficio, delante de notario y testigos, le ordenara que no enseñara, defendiera ni tratara esa doctrina, y que si se negase a esto, se le encarcelase. Consta que Belarmino hizo la amonestación. Pero entre los documentos que se han conservado existe uno que ha dado lugar a discusiones sobre la fuerza y el alcance de ese precepto: dice que, a continuación de la amonestación de Belarmino, el Padre Comisario del Santo Oficio (el dominico Michelangelo Seghizzi) le transmitió el precepto mencionado; pero ese documento está sin firmar. Se han dado interpretaciones de todo tipo; la más extrema es que se trata de un documento falseado deliberadamente en 1616 o en 1633 para acabar con Galileo; pero esto parece muy poco probable. Con los documentos que poseemos, es muy difícil saber exactamente cómo se desarrolló el encuentro entre Belarmino y Galileo. Pero está claro que Galileo entendió perfectamente que, en lo sucesivo, no podía argumentar a favor del copernicanismo, y en efecto así lo hizo durante años. Precisamente, el proceso a que fue sometido 17 años después, en 1633, fue motivado porque, aparentemente, Galileo desobedeció a ese precepto.

2.2. El proceso de 1633 Si el decreto de la Congregación del Índice en 1616 fue una equivocación, también lo fue prohibir a Galileo tratar o defender el copernicanismo. Galileo lo sabía. Sin embargo, obedeció. Siempre fue y quiso ser buen católico. Pero sabía que la prohibición de 1616 se basaba en una equivocación y quería solucionar el equívoco. Incluso advertía el peligro de escándalo que podría ocasionar esa prohibición en el futuro, si se llegaba a demostrar con certeza que la Tierra gira alrededor del Sol. Sus amigos estaban de acuerdo con él.

En 1623 coincidieron unas circunstancias que parecían favorecer una revisión de las decisiones de 1616, o por lo menos hacer posible que se expusieran, aunque fuese con cuidado, los argumentos a favor del copernicanismo. El factor principal fue la elección como Papa del cardenal Maffeo Barberini, que tomó el nombre de Urbano VIII. Era, desde hacía años, un admirador de Galileo, a quien incluso había dedicado una poesía latina en la que alababa sus descubrimientos astronómicos. Además, desde el primer momento tuvo en puestos de mucha confianza a varios amigos y partidarios de Galileo. En 1624 Galileo fue a Roma y el Papa le recibió seis veces, con gran cordialidad. Pero Galileo comprobó, al tantear el asunto del copernicanismo, que, si bien Urbano VIII no lo consideraba herético (ya hemos visto que nunca fue declarado tal), lo consideraba como una posición doctrinalmente temeraria y, además, estaba convencido de que nunca se podría demostrar: decía que los mismos efectos observables que se explican con esa teoría, podrían deberse a otras causas diferentes, pues en caso contrario estaríamos limitando la omnipotencia de Dios. Se trataba de un argumento que, aparentemente, tenía mucha fuerza, y parecía que quien pretendiera haber demostrado el copernicanismo estaba poniendo límites a la omnipotencia de Dios.

A pesar de todo, el talante del nuevo Papa y la posición estratégica de sus amigos llevaron a Galileo a embarcarse en un viejo proyecto pendiente: escribir una gran obra discutiendo el copernicanismo y, desde luego, argumentando en su favor. Simplemente, la presentaría como un diálogo entre un partidario del geocentrismo y otro del heliocentrismo, sin dejar zanjada la cuestión. Y añadiría el argumento del Papa. Pero el lector inteligente ya se daría cuenta de quién tenía razón.

Además, Galileo pensaba que disponía de un argumento nuevo que demostraba el movimiento de la Tierra: el argumento de las mareas. Según Galileo, las mareas sólo se podrían explicar suponiendo el movimiento de la Tierra (y no aceptaba, como si sonara a astrología, que se debieran a la influencia de la Luna). Incluso quería titular su obra de ese modo, como un tratado sobre las mareas, pero el Papa supo que pretendía utilizar ese título y, como sonaba a demasiado realista (como en efecto lo era), aconsejó poner otro título que no sonara a una prueba del movimiento de la Tierra (desde luego, como sabemos, el argumento de las mareas estaba equivocado). Galileo cambió el título del libro, que se vino a llamar Dialogo en torno a los dos grandes sistemas del mundo, el tolemaico y el copernicano. Un título muy acertado debido, en parte, a la ingerencia de un Papa que no quería que se tratara el movimiento de la Tierra como algo real: pero, sin duda, ésa era la intención principal de Galileo en su obra. Galileo estaba dispuesto a conceder todo lo que fuera necesario, con tal de publicar una obra donde se recogieran los argumentos en contra de la posición tradicional y en favor del copernicanismo.

Galileo acabó de redactar el Diálogo en 1630, y lo llevó a Roma para obtener el permiso eclesiástico para imprimirlo. El permiso debía ser concedido por el Maestro del Sagrado Palacio, el dominico Niccolò Riccardi, que no sabía astronomía pero era admirador de Galileo y siempre se había mostrado deseoso de ayudarle. Ahora Riccardi se encontró en un compromiso. Dio a entender que no habría problemas, aunque habría que ajustar una serie de detalles. Galileo volvió a Florencia, la peste estableció serias limitaciones al tráfico y correo entre Florencia y Roma, y ahí comenzó una cadena de equívocos que alargaron la concesión del permiso y pusieron nervioso a Galileo. Al cabo de un año, Galileo solicitó y obtuvo la intervención del Gran Duque de Toscana y de su embajador en Roma para obtener el permiso. Riccardi, que también era toscano y era pariente de la esposa del embajador, fue sometido a una presión muy fuerte. Finalmente concedió el permiso para que se imprimiera el libro en Florencia, pero con una serie de condiciones que hacía saber a Galileo y al Inquisidor de Florencia. Riccardi sabía lo que el Papa pensaba: que sólo se podía tratar el copernicanismo como una hipótesis matemática, no como una representación de la realidad; las condiciones y advertencias que dio se encaminaban a garantizar esto, que no estaba nada claro en la obra de Galileo.

Galileo introdujo cambios pero, seguramente, no todos los que hubiera introducido Riccardi y hubiera deseado el Papa. En el libro, Simplicio, el personaje que defiende la posición tradicional de Aristóteles y Tolomeo, siempre sale perdiendo. Simplicio fue uno de los más famosos comentadores antiguos de Aristóteles, pero en la obra de Galileo daba la impresión de que sus argumentos y su actitud correspondían demasiado bien a su nombre. Por otra parte, el argumento favorito del Papa aparecía al final de la obra: después de haber expuesto todos los argumentos físicos y filosóficos, Simplicio, precisamente Simplicio, utilizaba ese argumento, y aunque Salviati, el defensor de Copérnico (y Galileo) lo aprueba, el final es muy breve y forzado. Para mayor confusión, una Introducción aprobada por Riccardi, en la que se explicaba que esa obra no pretendía establecer el copernicanismo como teoría verdadera, apareció impresa en un tipo diferente al del resto de la obra, dando la impresión de un añadido postizo.

El Diálogo se acabó de imprimir en Florencia el 21 de febrero de 1632. Galileo envió enseguida ejemplares por todas partes, también a sus amigos de otros países de Europa. Todavía había problemas de comunicación con Roma por la peste, de modo que los primeros ejemplares no llegaron a Roma hasta mitad de mayo. Uno de ellos fue entregado al cardenal Francesco Barberini, sobrino y mano derecha del Papa, a quien Galileo había ayudado, hacía años, a conseguir el doctorado, y a quien consideraba, al igual que a su tío el Papa, como un gran amigo personal.

En 1632 la mayor preocupación del Papa no era precisamente el movimiento del Sol y de la Tierra. Estaba en pleno desarrollo la Guerra de los Treinta Años, que comenzó en 1618 y no terminó hasta 1648, que enfrentaba a toda Europa en dos mitades, los católicos y los protestantes. En aquel momento había problemas muy complejos, porque la católica Francia se encontraba más bien al lado de los protestantes de Suecia y Alemania, enfrentada con las otras potencias católicas, España y el Imperio. Urbano VIII había sido cardenal legado en París y tendía a alinearse con los franceses, temiendo, además, una excesiva prepotencia de los españoles, e intentando no perder a Francia. Se trataba de equilibrios muy difíciles. Los problemas eran graves. El 8 de marzo de 1632, en una reunión de cardenales con el Papa, el cardenal Gaspar Borgia, protector de España y embajador del Rey Católico, acusó abiertamente al Papa de no defender como era preciso la causa católica. Se creó una situación extraordinariamente violenta. En esas condiciones, Urbano VIII se veía especialmente obligado a evitar cualquier cosa que pudiera interpretarse como no defender la fe católica de modo suficientemente claro.

Precisamente en esas circunstancias, a mitad de mayo, empezaron a llegar a Roma los primeros ejemplares del Dialogo. En un primer momento no sucedió nada. Pero al cabo de dos meses, a mitad de julio, se supo que el Papa estaba muy enfadado con el libro, que intentaba frenar su difusión, y que iba a crear una comisión para estudiarlo y dictaminarlo.

La documentación que poseemos no permite saber qué provocó el enfado y la decisión del Papa. Galileo siempre lo atribuyó a la actuación de sus enemigos (que no eran pocos ni poco influyentes), que habrían informado al Papa de modo tendencioso, predisponiéndole en contra. Por ejemplo, además de denunciar que el libro defendía el copernicanismo, en contra del decreto de 1616, habrían puesto de relieve que uno de los tres personajes que intervienen en el diálogo, Simplicio, que siempre lleva las de perder, es quien expone el argumento preferido del Papa acerca de la omnipotencia de Dios y los límites de nuestras explicaciones. Esto podía parecer una burla deliberada, y parece que así fue interpretado: varios años después, Galileo todavía enviaba un mensaje al Papa, desde su villa de Arcetri, haciéndole saber que jamás había pasado por su mente tal cosa. Además, como se ha señalado, las circunstancias personales de Urbano VIII en aquel momento eran difíciles, y no podía tolerar que se publicara un libro, que aparecía con los permisos eclesiásticos de Roma y de Florencia, en el que se defendía una teoría condenada por la Congregación del Índice en 1616 como falsa y contraria a la Sagrada Escritura.

El Papa estableció una comisión para examinar las acusaciones contra Galileo, y se dictaminó que el asunto debía ser enviado al Santo Oficio (o Inquisición romana), desde donde se ordenó a Galileo, que vivía en Florencia, que se presentara en Roma ante ese tribunal durante el mes de octubre de 1632. Después de intentos dilatorios que duraron varios meses, el 30 de diciembre de 1632, el Papa con la Inquisición hizo saber que, si Galileo no se presentaba en Roma, se enviaría quien se cerciorase de su salud y, si se veía que podía ir a Roma, le llevarían encadenado. El Papa aconsejó seriamente al Gran Duque que se abstuviera de intervenir, porque el asunto era serio. Las autoridades toscanas decidieron aconsejar a Galileo que fuese a Roma. El embajador Niccolini, que conocía bien al Papa y hablaba con él con frecuencia, advertía que discutir con el Papa y llevarle la contraria era el camino mejor para arruinar a Galileo. Cuando el Papa hablaba con Niccolini del problema causado por Galileo, en varias ocasiones montó en cólera. Todos advirtieron a Galileo que lo mejor era que fuera a Roma y que se mostrara en todo momento dispuesto a obedecer en lo que le dijeran, porque si tomaba otra actitud las consecuencias serían perjudiciales para él.

Galileo llegó a Roma el domingo 13 de febrero de 1633, en una litera facilitada por el Gran Duque, después de esperar en la frontera de los Estados Pontificios a causa de la peste que seguía en Florencia. El embajador de Toscana, Francesco Niccolini, se portó maravillosamente con Galileo, interviniendo continuamente en su favor ante las autoridades de Roma, de acuerdo con las instrucciones del Gran Duque. Consiguieron que Galileo no estuviera en la cárcel del Santo Oficio, como exigían las normas. Desde su llegada a Roma hasta el 12 de abril (dos meses), Galileo vivió en el Palacio de Florencia, donde se encontraba la embajada de Toscana y la casa del embajador. Las autoridades le recomendaron que evitara la vida social, de modo que no salía de casa, pero gozaba de un trato exquisito por parte del embajador y de su esposa. Niccolini pedía al Papa que el asunto fuese lo más breve posible, pero se alargaba porque la Inquisición todavía estaba deliberando sobre el modo de actuar. Como se había descubierto en los archivos del Santo Oficio el escrito de 1616 en el que se prohibía Galileo tratar de cualquier modo el copernicanismo, el proceso se centró completamente en una única acusación: la de desobediencia a ese precepto de 1616.

Galileo fue llamado a deponer al Santo Oficio el martes 12 de abril de 1633. Su defensa nos puede parecer muy extraña: negó que, en el Dialogo, defendiera el copernicanismo. Galileo no sabía que el Santo Oficio había pedido la opinión al respecto a tres teólogos y que, el 17 de abril, los tres informes concluían sin lugar a dudas (como de hecho así era) que Galileo, en su libro, defendía el copernicanismo; en este caso, los teólogos tenían razón. Esto complicaba la situación, pues un acusado que no reconocía un error comprobado debía ser tratado muy severamente por el tribunal. Por otra parte, Galileo se defendió mostrando una carta que, a petición suya, le había escrito el cardenal Belarmino después de los sucesos de 1616, para que pudiera defenderse frente a quienes le calumniaban; en ese escrito, Belarmino daba fe de que Galileo no había tenido que abjurar de nada y que simplemente se le había notificado la prohibición de la Congregación del Índice. Pero eso podía interpretarse también contra Galileo si se mostraba, como era el caso, que en su libro argumentaba en favor de la doctrina condenada en 1616. El tribunal se centró en matices de la prohibición hecha a Galileo en 1616, que Galileo decía no recordar, porque había conservado el documento de Belarmino y ahí no se incluían esos matices. Desgraciadamente, Belarmino había muerto y no podía aclarar la situación.

Esos días Galileo seguía en el Santo Oficio, aunque tampoco entonces estuvo en la cárcel. Por deferencia con el Gran Duque de Toscana y ante la insistencia del embajador, Galileo fue instalado en unas habitaciones del fiscal de la Inquisición, le traían las comidas desde la embajada de Toscana, y podía pasear. Estuvo allí desde el martes 12 de abril hasta el sábado 30 de abril: 17 días completos con sus colas.

Para desbloquear la situación, el Padre Comisario propuso a los Cardenales del Santo Oficio algo insólito: visitar a Galileo en sus habitaciones e intentar convencerle para que reconociera su error. Lo consiguió después de una larga charla con Galileo el 27 de abril. Al día siguiente, sin comunicarlo a nadie más, escribió lo que había hecho y el resultado al cardenal sobrino del Papa, que se encontraba esos días en Castelgandolfo con el Papa; a través de esa carta se ve claro que esa actuación estaba aprobada por el Papa: de ese modo, el tribunal podría salvar su honor condenando a Galileo, y luego se podría usar clemencia con Galileo dejándole recluido en su casa, tal como (dice el Padre Comisario) sugirió Vuestra Excelencia (el cardenal Francesco Barberini).

En efecto, el sábado 30 de abril Galileo reconoció ante el tribunal que, al volver a leer ahora su libro, que había acabado hacía tiempo, se daba cuenta de que, debido no a mala fe, sino a vanagloria y al deseo de mostrarse más ingenioso que el resto de los mortales, había expuesto los argumentos en favor del copernicanismo con una fuerza que él mismo no creía que tuvieran. A partir de ahí, las cosas se desarrollaron como el Comisario había previsto. Ese mismo día se permitió a Galileo volver al palacio de Florencia, a la casa del embajador. El martes 10 de mayo se le llamó al Santo Oficio para que presentara su defensa; presentó el original de la carta del cardenal Belarmino, y reiteró que había actuado con recta intención. Seguía encerrado en el palazzo Firenze; el embajador consiguió que le permitieran ir a pasear a Villa Medici, e incluso a Castelgandolfo, porque le sentaba mal no hacer ningún tipo de ejercicio. Mientras tanto, la peste seguía azotando a Florencia, y en alguna carta le decían que, en medio de su desgracia, era una suerte que no estuviera entonces en Florencia.

El jueves 16 de junio, la Congregación del Santo Oficio tenía, como cada semana, su reunión con el Papa. En esta ocasión se celebró en el palacio del Quirinal. Estaban presentes 6 de los 10 Cardenales de la Inquisición, además del Comisario y del Asesor (en los interrogatorios y, en general, en todas las sesiones que se han mencionado hasta ahora, no estaban presentes los Cardenales: estaban los oficiales del Santo Oficio que transmitían las actas a la Congregación de los Cardenales, y éstos, con el Papa, tomaban las decisiones). Ese día el Papa decidió que Galileo fuera examinado acerca de su intención con amenaza de tortura (en este caso se trataba de una amenaza puramente formal, que ya se sabía de antemano que no se iba a realizar). Después, Galileo debía abjurar de la sospecha de herejía ante la Congregación en pleno. Sería condenado a cárcel al arbitrio de la Congregación, se le prohibiría que en el futuro tratara de cualquier modo el tema del movimiento de la Tierra, se prohibiría el Diálogo, y se enviaría copia de la sentencia a los nuncios e inquisidores, sobre todo al de Florencia, para que la leyera públicamente en una reunión en la que procuraría que se encontraran los profesores de matemática y de filosofía. El Papa comunicó esta decisión al embajador Niccolini el 19 de junio. Niccolini pidió clemencia, y el Papa, manifestando algo que, como se ha señalado, estaba ya decidido de antemano, le respondió que, después de la sentencia, volvería a ver al embajador para ver cómo se podría arreglar que Galileo no estuviera en la cárcel. De acuerdo con el Papa, Niccolini comunicó a Galileo que la causa se acabaría enseguida y el libro se prohibiría, sin decirle nada acerca de lo que tocaba a su persona, para no causarle más aflicción.

Desde el martes 21 de junio hasta el viernes 24 de junio, Galileo estuvo de nuevo en el Santo Oficio. El miércoles día 22 Galileo fue llevado al convento de Santa María sopra Minerva; se le leyó la sentencia (firmada por 7 de los 10 Cardenales del Santo Oficio) y abjuró de su opinión acerca del movimiento de la Tierra delante de la Congregación. Fue, para Galileo, lo más desagradable de todo el proceso, porque afectaba directamente a su persona y se desarrolló en público de modo humillante. El jueves 23 el Papa, con la Congregación del Santo oficio reunida en el Quirinal, concedió a Galileo que la cárcel fuera conmutada por arresto en Villa Medici, a donde se trasladó el viernes día 24. El jueves día 30 se permitió a Galileo abandonar Roma y trasladarse a Siena, en Toscana, al palacio del Arzobispo. Galileo dejó Roma el miércoles 6 de julio y llegó a Siena el sábado 9 de julio. Había acabado la pesadilla romana.

La sentencia de la Inquisición comienza con los nombres de los 10 cardenales de la Inquisición, y acaba con las firmas de 7 de ellos. El Papa, junto con la Congregación, decidió que se condenase a Galileo y que abjurase de su opinión, pero en el texto de la sentencia no aparece en ningún momento citado el Papa; por tanto, ese documento no puede ser considerado como un acto de magisterio pontificio, y menos aún como un acto de magisterio infalible ni definitivo. En el texto de la abjuración se lee “maldigo y detesto los mencionados errores y herejías”, pero no se trata de una doctrina definida como herejía por el magisterio de la Iglesia: en el texto de la abjuración se dice, como así es, que esa doctrina fue declarada contraria a la Sagrada Escritura, y, como sabemos, esta declaración se hizo mediante un decreto de la Congregación del Índice, que no constituyó un acto de magisterio infalible ni definitivo.

El Arzobispo de Siena, Ascanio Piccolomini, era un antiguo discípulo, admirador y gran amigo de Galileo. Se había ofrecido varias veces para alojarle en su casa, teniendo en cuenta, además, que estaba relativamente cerca de Florencia y que en Florencia todavía existían ramalazos de la peste. En Siena, Galileo fue tratado espléndidamente y se recuperó de la tensión de los meses precedentes. A petición del Gran Duque de Toscana, el Papa, junto con el Santo Oficio, concedió el 1 de diciembre de 1633 a Galileo que pudiera volver a su casa en las afueras de Florencia, la Villa del Gioiello, con tal que permaneciera como en arresto domiciliario, sin moverse de allí ni hacer vida social. Consta que el 17 de diciembre Galileo ya estaba en su casa, y allí siguió hasta su muerte en 1642.

En Arcetri Galileo siguió trabajando. Allí acabó sus Discursos y demostraciones en torno a dos nuevas ciencias, obra que se publicó en 1638 en Holanda. Se trata de su obra más importante, donde expone los fundamentos de la nueva ciencia de la mecánica, que se desarrollará en ese siglo hasta alcanzar 50 años más tarde, con los Principios matemáticos de la filosofía natural de Newton, obra publicada en 1687, la formulación que marca el nacimiento definitivo de la ciencia experimental moderna.

3. INTERROGANTES E INTERPRETACIONES Hasta aquí he intentado exponer los datos básicos del proceso a Galileo. A partir de este momento me ocuparé de la valoración de esos datos. Dada la perspectiva que he adoptado, solamente aludiré brevemente a algunos aspectos que considero especialmente interesantes.

En primer lugar, ¿podemos decir que sabemos lo fundamental acerca del proceso a Galileo?, ¿es posible que existan datos importantes desconocidos? La respuesta es que los documentos que se conservan permiten reconstruir casi todos los aspectos del proceso con gran fiabilidad. Poseemos los interrogatorios y declaraciones de Galileo en su totalidad, así como las decisiones del Papa y de la Congregación del Santo Oficio. En este terreno, no es plausible que aparezcan nuevos documentos que afecten sustancialmente a lo que ya sabemos. Seguramente existen huecos; uno de ellos, bastante importante, se refiere a los acontecimientos del verano de 1632, desde que el Diálogo llega a Roma hasta que el Papa convoca la congregación de teólogos para decidir qué se hace. ¿Quién y cómo informó al Papa? Galileo siempre consideró su proceso como consecuencia de las informaciones tendenciosas de sus enemigos. Es posible que existan documentos sobre esos acontecimientos, cuyo conocimiento permitiría comprender mejor por qué se desarrollaron del modo que lo hicieron. Podríamos saber, quizás, hasta qué punto las cosas podían haber sucedido de otra manera. De todos modos, eso no cambiaría los hechos ya conocidos, entre los cuales se cuenta que Galileo llevó adelante, durante años, su programa copernicano, aunque exteriormente pareciera haber renunciado a él, y que Urbano VIII quedó muy afectado cuando advirtió que su admirado amigo estaba, en realidad, haciendo un juego diferente del que él pensaba.

Esto no significa que Galileo mintiera deliberadamente. Pero no hay duda de que consideró el copernicanismo como una teoría verdadera, también después del proceso. En su Carta a Cristina de Lorena había explicado ampliamente cómo se podía solucionar la aparente contradicción entre copernicanismo y Biblia; tenía razón y lo sabía: por este motivo podía admitir, con conciencia tranquila, el copernicanismo, incluso después de las condenas de 1616 y 1633. Lo mismo sucedía con sus amigos y con otras personas suficientemente informadas. Lo cual nos lleva a preguntarnos por qué las autoridades eclesiásticas condenaron una teoría que, si bien no estaba completamente demostrada en aquel momento, podía demostrarse y, de hecho, recibió nuevas confirmaciones en los años siguientes.

Para responder a ese interrogante hemos de advertir que la ciencia experimental moderna, tal como la conocemos ahora, estaba naciendo y se encontraba todavía en un estado embrionario. Precisamente fue Galileo uno de sus padres fundadores. Pero el Galileo que veían las autoridades era muy diferente del que vemos ahora, a la luz del desarrollo de la física durante casi cuatro siglos. Galileo había realizado unos descubrimientos astronómicos importantes y se le habían reconocido. Pero no podía probar el movimiento de la Tierra. La ciencia moderna prácticamente no existía: las contribuciones más importantes de Galileo a esa ciencia fueron las publicadas, en los Discursos, después del proceso. Los eclesiásticos (Belarmino, Urbano VIII y muchos otros), al igual que la mayoría de los profesores universitarios, pensaban que el movimiento de la Tierra era absurdo, porque contradice a muchas experiencias ciertas y, si existiera, debería tener consecuencias que de hecho no se observan. No era fácil tomarse en serio el copernicanismo. Los teólogos que valoraron en 1616 la quietud del Sol y el movimiento de la Tierra dijeron, en primer lugar, que ambos eran absurdos en filosofía. Además parecían contrarios a la Biblia. Belarmino, y otros eclesiásticos, advirtieron que si se llegaba a demostrar el movimiento de la Tierra, habría que interpretar una serie de pasajes de la Biblia de modo no literal; sabían que eso podría hacerse, pero pensaban que el movimiento de la Tierra nunca se demostraría y que era absurdo. Esto no justifica toda su actuación, pero permite situarla en su contexto histórico real y hacerla comprensible.

El proceso de Galileo no debería entenderse como un enfrentamiento entre ciencia y religión. Galileo siempre se consideró católico e intento mostrar que el copernicanismo no se oponía a la doctrina católica. Por su parte, los eclesiásticos no se oponían al progreso de la ciencia; durante su viaje a Roma en 1611, se tributó a Galileo un gran homenaje público en un acto celebrado en el Colegio Romano de los jesuitas, por sus descubrimientos astronómicos. El problema es que no consideraban que el movimiento de la Tierra fuera una verdad científica, e incluso algunos (entre ellos, el Papa Urbano VIII) estaban convencidos de que nunca se podría demostrar.

Los enemigos de Galileo desempeñaron, probablemente, un papel importante para desencadenar el proceso. El temperamento muy vivo de Galileo no contribuía a apaciguar las numerosas disputas que originó su trabajo desde 1610. Además, él mismo se procuró enemistades de modo innecesario, de tal modo que, cuando el Diálogo se publicó en 1632, es fácil imaginar que sus enemigos en Roma pudieran presentar al Papa las cosas de tal manera que, teniendo en cuenta además las difíciles circunstancias por las que atravesaba Urbano VIII, éste se considerara ofendido por Galileo y viera necesario intervenir con fuerza. El temperamento de Urbano VIII también desempeñó un papel: tenía un carácter fuerte y pensó que Galileo había traicionado a su amistad sincera; repitió varias veces al embajador Niccolini que Galileo se había burlado de él. Consta que, al hablar de este tema con Niccolini, Urbano VIII se encolerizaba. Galileo seguramente no pretendió, en modo alguno, burlarse del Papa, pero es probable que los enemigos de Galileo, en el verano de 1632, convencieran al Papa de lo contrario, y que esto influyera seriamente en el desarrollo de los acontecimientos.

No hay que pensar sólo en enemigos personales de Galileo. El movimiento de la Tierra podía fácilmente ser visto como causa de dificultades importantes para el cristianismo. Si la Tierra se convertía en un planeta más, y si existían muchas más estrellas de las que se ven a simple vista, ¿no podría esto interpretarse en la línea de Giordano Bruno, quien afirmó que existen muchos mundos como el nuestro, con sus estrellas y planetas habitados? En ese caso, ¿qué significado tendría la Encarnación y la Redención de Jesucristo?, ¿qué sucedería con la salvación de posibles seres inteligentes que podrían vivir en otros lugares del universo? Son preguntas que, en la actualidad, se plantean todavía con más fuerza que entonces, ante la posibilidad, remota pero real, de que se llegue a saber que existe vida en otros lugares del universo. En realidad, no es difícil advertir que la revelación cristiana se refiere directamente a lo que sucede con nosotros y, por tanto, no hay dificultad en principio para integrar dentro de ella a otros seres inteligentes. Además, la Iglesia enseña que los frutos de la Redención se aplican también a personas que han vivido antes de la Encarnación, o que viven después de ella y no conocen, sin culpa suya, la verdad del cristianismo. Pero se comprende que estos problemas pudieran influir en aquellos momentos. La asociación del copernicanismo con Bruno no podía favorecer a Galileo. Se puede recordar que dos personas clave en la condena del copernicanismo en 1616 fueron el Papa Pablo V y el cardenal Belarmino; ambos eran Cardenales de la Inquisición cuando, en 1600, el proceso de Bruno llegó a su final, y se puede suponer que, al pensar en el copernicanismo, lo verían, por así decirlo, asociado a los errores teológicos de Bruno.

El movimiento de la Tierra parecía afectar al cristianismo desde otro punto de vista. El Diálogo de Galileo contenía críticas muy fuertes contra la filosofía de Aristóteles, que se venía usando, al menos desde el siglo XIII, como ayuda para la teología. En esa filosofía se admitía, por ejemplo, que en el mundo existe finalidad, y que las cualidades sensibles existen objetivamente y forman la base del conocimiento humano. Estas ideas parecían arruinarse con la nueva filosofía matemática y mecanicista de Galileo. La nueva ciencia nacía en polémica con la filosofía natural antigua, y no parecía poder llenar el hueco que ésta dejaba. Aunque las críticas de Galileo al aristotelismo se redujeran a aspectos concretos de la física que, ciertamente, debían abandonarse, parecía que la nueva ciencia pretendía arrojar fuera, como suele decirse, al niño junto con la bañera. Este problema sigue siendo actual. Incluso puede decirse que el progreso científico de los últimos siglos lo ha hecho cada vez más agudo. Son muchas las voces que piden un serio esfuerzo para integrar el progreso científico dentro de una visión más amplia que incluya las dimensiones metafísicas y éticas de la vida humana. En este sentido, los que veían en la nueva ciencia una fuente de dificultades no estaban completamente equivocados. Por supuesto, el problema no es de la ciencia en sí misma, de cuya legitimidad sería absurdo dudar. El progreso científico es ambivalente y el hecho de que pueda utilizarse mal no significa que deba castigarse a la ciencia. Simplemente intento subrayar que, en el fondo del caso Galileo, se encuentran algunos problemas que son reales, siguen siendo actuales, y esperan todavía una solución. Cuál sea el alcance del conocimiento científico es uno de esos problemas.

Consta que hubo un intento de denunciar a Galileo ante la Santa Sede por su filosofía atomista, expuesta brevemente en su obra, de 1623, Il Saggiatore, argumentando que Galileo negaba la objetividad de las cualidades sensibles (colores, olores, sabores) y que esto contradice la doctrina del Concilio de Trento sobre la Eucaristía, según la cual, después de la consagración, se encuentran las especies sacramentales (accidentes del pan, como por ejemplo las cualidades sensibles) sin su sujeto natural. Se ha llegado a decir que el motivo más profundo de la acusación contra Galileo en 1632 era éste, y que el Papa consiguió que el proceso se centrara en torno al movimiento de la Tierra, porque en el otro caso las consecuencias hubieran sido mucho peores. La denuncia mencionada existió, pero parece demasiado exagerado centrar ahí los problemas de Galileo. Esta cuestión pone de manifiesto, sin embargo, que la nueva física venía acompañada por una filosofía mecanicista que, en parte, chocaba con la filosofía y la teología generalmente admitidas, y es cierto que este problema continuó vivo durante mucho tiempo e incluso sigue vivo, en parte, en la actualidad.

El caso Galileo no afectó seriamente al progreso de la ciencia. La semilla que Galileo plantó dio fruto inmediatamente, también en Italia. Al cabo de pocas décadas, Newton llevó la física moderna hasta su nacimiento definitivo, y el trabajo de Galileo quedó bien asentado.

Por fin, es interesante señalar que no ha existido ningún otro caso semejante al de Galileo. El caso Galileo no es un caso entre otros del mismo tipo. El caso más semejante es el del evolucionismo, pero la teoría de la evolución, dentro de su ámbito científico, nunca ha sido condenada por ningún organismo de la Iglesia universal. Si se intenta poner en el mismo nivel que el caso Galileo asuntos como el aborto, la eutanasia, la bioética, etc., debe advertirse que, si bien esos problemas incluyen componentes relacionados con la ciencia, no son problemas propiamente científicos, sino, como máximo, de aplicación de los conocimientos científicos. Pero esto exigiría una reflexión específica que va más allá de los objetivos que aquí me he propuesto.

REFERENCIAS: Los datos de este artículo están tomados, en su mayoría, de la Edición Nacional de las obras de Galileo, preparada por Antonio Favaro: “Le Opere di Galileo Galilei”, 20 volúmenes, reimpresión, G. Barbèra Editore, Firenze 1968. Los documentos del proceso se encuentran en el tomo XIX, pp. 272-421, y también han sido editados por Sergio Pagano: “I documenti del processo di Galileo Galilei”, Pontificia Academia Scientiarum, Ciudad del Vaticano 1984.

Tomado de www.arvo.net.

Andrea Tornielli, “Hitler ordenó destruir el Vaticano y secuestrar a Pío XII”, 27.VIII.01

Hitler ordenó destruir el Vaticano y secuestrar a Pío XII, en venganza por la ayuda que ofreció el Papa a los judíos.

Continuar leyendo “Andrea Tornielli, “Hitler ordenó destruir el Vaticano y secuestrar a Pío XII”, 27.VIII.01″

Luis Suárez, “Isabel la Católica y los derechos humanos”, La Razón, 3.IV.02

Entrevista de Álex Navajas Continuar leyendo “Luis Suárez, “Isabel la Católica y los derechos humanos”, La Razón, 3.IV.02″

Paolo Mieli, “Judíos y no católicos en defensa de Pío XII”, 30.VI.01

Dos grandes expertos de la época rompen prejuicios.

Continuar leyendo “Paolo Mieli, “Judíos y no católicos en defensa de Pío XII”, 30.VI.01″

David Dalin, “Pío XII, gran defensor de los judíos en la II Guerra Mundial”, PUP 27.II.01

El Rabino de Nueva York contradice a J. Cornwell con datos y testigos: “Pío XII, el gran defensor de los judíos en la guerra mundial”.

Continuar leyendo “David Dalin, “Pío XII, gran defensor de los judíos en la II Guerra Mundial”, PUP 27.II.01″

Juan Mª Bordaberry, “Pío XII y nacionalsocialismo”, R.E., 1998

Eugenio Pacelli, futuro Pío XII, fue Cardenal Secretario de Estado de su antecesor, Pío XI. A la muerte de éste, fue coronado Papa en marzo de 1939 y, por tanto, gobernó la Iglesia durante los tormentosos años de la II Guerra Mundial, ya que falleció en 1958.

Persiste una campaña velada (y a veces no tanto) que tiende a responsabilizar a los católicos en general y a Pío XII en particular, por los horrores cometidos contra los judíos por el nazismo. Esta campaña va deformando lentamente la verdad histórica y llevando a las personas desprevenidas a la impresión de que los católicos, la Santa Sede y el papa tuvieron alguna responsabilidad en ello. No es así, desde luego.

A quien le interese profundizar el punto no le ha de faltar material. El Padre Pierre Bret, S.J., especialista en historia del Vaticano durante Pío XI y Pío XII, fue el coordinador de la edición en doce volúmenes de las actas y documentos de la Santa Sede relativos a la «Shoah», tarea que demandó dieciocho años y que el P. Blet condensó en un libro, obra calificada de «magistral» por la crítica (1).

Pío XII conocía bien Alemania. Fue nuncio en Berlín durante la Primera Guerra Mundial y, luego, como Secretario de Estado de Pío XI, tuvo numerosas intervenciones ante el rumbo que estaba tomando la política alemana. En calidad de tal, intervino decisivamente en la encíclica de Pío XI, conocida como «Mit brennender Sorge» (que puede traducirse «Con ardiente preocupación»). La iniciativa de la encíclica partió, contrariamente a lo que se cree, de los obispos alemanes, el primer borrador fue redactado en Roma por el Cardenal Faulhaber. El entonces Cardenal Pacelli, que dominaba el alemán, le dió forma definitiva y, presentada a Pío XI, fue firmada y publicada (2).

La encíclica denunciaba la ideología y la conducta nazis, y condenaba el culto a la personalidad en términos que vale la pena citar. «Quien quiera que, con sacrílego desconocimiento de las diferencias esenciales entre Dios y la criatura, entre el Hombre-Dios y el simple hombre, osara levantar a un mortal, aunque fuera el más grande de todos los tiempos, a nivel de Cristo, más aún, por encima de El o contra El, ese merece que se le diga que es un profeta de fantasías, al que se le aplica espantosamente la palabra terrible de la Escritura. El que vive en los Cielos se ríe de ellos». Nadie había hablado antes, directamente y en esos términos, a Adolfo Hitler. No advirtió quién pueda haberlo hecho, ni antes ni después, pero si alguien lo hizo, a lo sumo podrá decir que hizo lo mismo que la Iglesia alemana y sus Obispos, que el futuro Pío XII y que Pío XI.

Fue una sorpresa general, agrega De la Vega-Hazas, para fieles, autoridades y policía, la lectura de la encíclica, el domingo 21 de marzo de 1937, en todos los templos católicos alemanes, que eran más de 11.000. La unanimidad fue absoluta. Y, en toda la breve historia del III Reich, nunca recibió éste en Alemania una crítica que llegara a acercarse a la de «Mit brennender Sorge».

La Iglesia Católica fue así quien, antes que nadie, cuando aún no había estallado la guerra, con más valor que nadie, condenó al nazismo, mientras países que hoy callan cuando se la ataca, negociaban con Berlín.

A partir de 1940, ya elevado al Papado, Pío XII multiplica los esfuerzos y las intervenciones en defensa de los judíos perseguidos en Alemania y en los países ocupados por ella. Es imposible reseñar todas esas intervenciones; baste decir que, veinte años después, cita el Padre Blet que el entonces cónsul de Israel en Milán, Pinchas Lapides, cree poder evaluar en 860.000 el número de judíos salvados por la Iglesia.

Después del radio mensaje pontificio de la Navidad de 1942, el Servicio de Seguridad del Reich afirmó del Papa que era «el portavoz de los judíos criminales de guerra».

En un interesante artículo de Vincent Tremolet de Villers (3), comentando también la obra del P. Blet, se relata que cuando en 1943, los alemanes entraron en Roma, los jefes de la comunidad judía fueron convocados al cuartel general de las SS, donde se les intimó a entregar en veinticuatro horas 50 kilos de oro, bajo amenaza de ser deportados todos los judíos de la ciudad. El Gran Rabino de Roma, Zolli, no habiendo podido reunir más de 35 kilos, apeló a Pío XII, que ordenó fundir los vasos sagrados de todas las parroquias romanas. Este gesto fue superfluo, puesto que poco después el mismo rabino informaba al Papa que los quince kilos faltantes habían sido donados por la comunidad católica romana.

A partir de allí, sin embargo, empezó la persecución a los judíos de Roma. El Papa, entonces, ordenó levantar las barreras canónicas y abrir las clausuras de los monasterios que recogieron hombres y mujeres indistintamente, para protegerlos de la persecución. Tan valiente y ejemplar caridad tuvo frutos espirituales: el más destacado, la conversión del propio rabino Zolli, quien se hizo bautizar tomando el nombre de Eugenio, por Eugenio Pacelli, Papa Pío XII.

El canal de televisión italiano Sat 2000 difundió el pasado marzo un reportaje sobre la vida de Pío XII y dio a conocer una carta del científico judío alemán -radicado en los Estados Unidos- Albert Einstein en la que elogia al Pontífice por su defensa de los judíos. La carta fue revelada por el sacerdote alemán Peter Gumpel, relator histórico e la causa de beatificación del Papa Pacelli, que fue introducida en 1967. «En una declaración del 23 de diciembre de 1940 tras poner su esperanza en la resistencia al nazismo, primero en las universidades y luego en la prensa libre alemana, Einstein admitió que la única organización que tuvo el coraje de ponerse contra Hitler fue la Iglesia Católica. y de un desinterés despreciativo pasó a una admiración incondicional y sin reservas».

En el memorial de Yad Vachem, en el valle de los Justos, un árbol fue plantado en recuerdo de Pío XII.

El Papa Pacelli fue un ejemplo de firmeza en la defensa de la Fe y prudencia en el uso de su poder espiritual en tiempos de terrible conmoción. Se le reprocha, injustamente, una supuesta «pasividad» en su conducta. Ya se ha visto todo lo que hizo por los perseguidos. Pero si él hizo eso por los amenazados directamente, debía velar con especial cuidado por su propia grey y por la Iglesia alemana. La amenaza de crear una Iglesia cismática en Alemania, con las consiguientes persecuciones a obispos, sacerdotes y fieles católicos, estaba latente, y solamente su prudencia, sin mengua de su afirmación doctrinaria sin claudicaciones, permitió superar esos tiempos de prueba.

Ese fue Pío XII, Papa en tiempos de convulsión, severo en el juicio de los injustos, bondadoso hasta el heroísmo con los perseguidos. Los católicos tenemos obligación de restablecer la verdad y defender su memoria.

(1) Pío XII y la Segunda Guerra Mundial, ed. Perrin, París. (2) De la Vega-Hazas, Julio, El nacionalsocialismo y la Iglesia, en Revista Palabra, IX.1997. (3) Pío XII y el secreto de los archivos, «Spectacle du Monde» n° 428, noviembre de 1997.

Renato Moro, “No hay motivo para una leyenda negra contra Pío XII”, Zenit, 27.VI.02

Historiadores de diferentes puntos de vista opinan sobre el Holocausto.

Continuar leyendo “Renato Moro, “No hay motivo para una leyenda negra contra Pío XII”, Zenit, 27.VI.02″

César Vidal, “¿Fueron las Cruzadas fruto de un interés material”, La libertad digital, 1.IV.2002

Durante décadas distintos historiadores, especialmente de orientación marxista, han insistido en presentar las Cruzadas como un fruto de factores materiales exclusivamente.

Continuar leyendo “César Vidal, “¿Fueron las Cruzadas fruto de un interés material”, La libertad digital, 1.IV.2002″

Luis Suárez, “Isabel de Castilla, mujer que reinó”, Alfa y Omega, 4.IV.2002

En torno a la propuesta de la Conferencia Episcopal Española, que mantiene estrecha comunicación con Hispanoamérica, para que se aceleren los trámites del proceso iniciado en 1958 en torno a las virtudes de Isabel la Católica, ha surgido una apasionada polémica, en que, curiosamente, la parte principal y más sonora corresponde a quienes están fuera de la Iglesia o, incluso, de toda religión. Esto obliga a preguntarse por las razones profundas de tal irritación. No se despiertan polémicas de esta especie en torno a otros personajes, magnificados en sus respectivos ámbitos. Para un católico la cuestión no puede ser más simple: la Iglesia cuenta con medios más que suficientes para examinar la muy copiosa documentación recogida, los argumentos a favor y en contra, tomando finalmente una decisión. No voy a cometer aquí el error de prejuzgar cuál pueda ser ésta. A mí me basta con decir que mi confianza en la Iglesia es tan completa que no me abriga la menor duda: ella sabrá bien, al final, lo que conviene hacer. Pues la cuestión no depende de nosotros, los historiadores, a quienes corresponde indagar cómo las cosas fueron en realidad.

No caigamos en dislates. Anda por ahí una página web en que se pretende decir que los judíos eran amenazados de muerte si no se bautizaban. Seriedad. Todo el mundo es libre de formular opiniones, pero la mentira es como una serpiente que devora a quien la produce. Otros pretenden decir que para ello tenía que conculcar derechos de ciudadanía. En el siglo XV, en todos los países, la ciudadanía estaba ligada al principio religioso, de modo que el no fiel podía ser un huésped tolerado y sufrido –ésta es la frase exacta que utilizan los documentos– pero no un súbdito. Al huésped, al que se le cobra una determinada cantidad por cabeza a cambio del derecho de estancia, se le podía suspender ese permiso. Lo habían hecho Inglaterra, Francia y todos los países europeos conforme llegaban a su madurez política. De modo que España fue el último. Se trata, en todo caso, de un error colectivo, general y no de una decisión personal. ¿Saben ustedes que el claustro de la Universidad de París se reunió para felicitar a los reyes por la medida que, al fin, habían tomado? Isabel fue, ante todo, una mujer. Tuvo la suerte de ser educada fuera de la Corte, librándose así de influencias perniciosas. Cuando fue mayor, ella se ocupó de los bastardos de su marido, de los del cardenal Mendoza y de los de la reina Juana, esposa de Enrique IV, justificando su conducta con el propósito de que no se perdieran. Por vez primera impuso a su marido la norma jurídica de que en Castilla las mujeres no sólo no transmiten derechos sino que pueden reinar. Y esta norma estaría vigente hasta principios del siglo XVIII en que, por razones de progreso ilustrado, se impuso la ley Sálica que nos produjo algunas hermosas guerras civiles en el siglo XIX. Firmó una ley que suprimía cualquier resto de servidumbre entre sus súbditos, después de que su marido hubiera resuelto, con admirable maestría, el problema de los remensas de Cataluña. Las tres personas que más influyeron, Teresa Enríquez, Beatriz de Silva, Hernando de Talavera compartieron el mismo grado de santidad… Si fray Hernando no está hoy en los altares, es porque –razones de humildad– los Jerónimos se prohibían a sí mismos promover procesos canónicos.

Una mujer que reinó. Es muy difícil, para nosotros, los historiadores, distinguir el papel que ella o su marido desempeñaron en los acontecimientos, ya que cuidaban mucho de aparecer juntos. Para ambos, el amor –y fue grande el que se profesaron– no era consecuencia de la atracción mutua sino del deber que conduce a una entrega. Así lo reconocieron en el momento final de su existencia. Reinar era llevar a nivel alto las obligaciones que significa la monarquía, que es aquella forma de Estado que se apoya, exquisitamente, en el cumplimiento de la ley. Tal vez lo que muchas mentalidades actuales encuentran intolerable es que afirmara, como todos los grandes pensadores de su tiempo, que la ley divina está por encima de todo: las leyes humanas positivas tienen que someterse a aquélla. En consecuencia, muchos aspectos que, hoy, resultan simplemente opinables, para las gentes de su generación, y para ella de un modo particular, estaban axiomáticamente establecidas y fuera de su control.

Probablemente es aquí en donde encontramos la clave de otras muchas cosas. Los reyes, que fueron oficialmente llamados Católicos, entendían que el Estado, naciente a la sazón, se encuentra supeditado a la noción del orden moral objetivo. Por eso, continuando una línea que el Papa Clemente VI iniciara a mediados del siglo XIV, reconocieron en los habitantes de las islas recién descubiertas a seres humanos dotados de los derechos esenciales inherentes a la persona humana, que no dependen de un acuerdo entre los hombres, sino de que son criaturas divinas. Ciertamente en esta línea de conducta –puede decirse que estamos en el primer tramo hacia la construcción de tal doctrina– ella se vio defraudada. Los encargados de ejecutar la empresa, buscando beneficios particulares, conculcaron y destruyeron muchas veces esos principios. Ésta es otra de las realidades que es preciso tener en cuenta.

Cuando, en 1958, se inició el proceso y se pidió a algunos historiadores que aportaran su ayuda y su consejo, recuerdo muy bien que una de las condiciones fundamentales que entonces se manejó consistía precisamente en esto: había muchos puntos oscuros; lo importante era descubrir la verdad, sin juicios previos, sin metas prefabricadas. Es mucho lo que se ha avanzado. Hoy estamos bastante seguros de las coordenadas personales y políticas que enmarcan este reinado excepcional. Pero los prejuicios, entre los que no saben Historia y por eso es fácil valerse de ella, siguen subsistiendo. Sólo la verdad puede otorgar la libertad de juicio. Confieso que cuanto más penetro en el conocimiento de aquel tiempo, de sus errores, de sus virtudes, de sus avances y de sus defectos, más crece la admiración por esta figura singular a quien Dios encomendó en este mundo los oficios más difíciles y más fecundos: el de mujer y el de reina. Pues allí nació España. Allí se afirmó esa veta de la modernidad que conduce, por la vía de la racionalidad y el libre albedrío, al derecho de gentes. Y ese amor recíproco hacia la Universidad, casa del saber, como aún puede leerse, en griego, en el frontis de la de Salamanca.

Juan Pablo II, “No hay lugar en el sacerdocio para quienes dañan a los jóvenes”, 25.IV.2002

Con palabras rotundas y gesto severo, Juan Pablo II advirtió ayer a los cardenales norteamericanos y al mundo que «no hay lugar en el sacerdocio ni en la vida religiosa para quienes dañan a los jóvenes». En su encuentro con los purpurados de EE.UU. el Papa les pidió «reforzar las medidas para que esos errores no se repitan».

ROMA. El presidente de la conferencia episcopal norteamericana, monseñor Wilton Gregory, reconoció ayer que «durante toda la mañana, el ambiente fue muy serio, casi sombrío. Pero, al final, el Papa nos reconfortó». Aunque su discurso fue exigente, Juan Pablo II les manifestó su plena confianza en que conseguirán erradicar la pederastia y prestar un gran servicio a la Iglesia del siglo XXI. La reunión urgente para hacer frente al escándalo terminará hoy con el debate sobre nuevas directrices y un almuerzo final con el Papa.

En su primer encuentro con los trece cardenales norteamericanos, los tres directivos de la conferencia episcopal y los máximos cargos de la Curia romana, el Papa manifestó que «también a mí me ha dolido profundamente el hecho de que algunos sacerdotes y religiosos hayan causado tanto sufrimiento y escándalo a los jóvenes. Debido a ese gran daño hay desconfianza en la Iglesia, y muchos se sienten ofendidos por el modo en que han actuado los responsables eclesiásticos».

Para disipar cualquier duda sobre la gravedad del problema, el Santo Padre señaló que «los abusos que han causado esta crisis son inicuos desde todo punto de vista y, con justicia, la sociedad los considera delito. Son también un pecado horrendo ante Dios. Quiero expresar a las víctimas y sus familias mi profundo sentimiento de solidaridad y mi preocupación».

Decisiones erróneas Con toda sencillez, el Papa reconoció que durante muchos años, la falta de conocimiento científico sobre la pederastia y una excesiva confianza de los psiquiatras en sus terapias «llevó a los obispos a tomar decisiones que, posteriormente, se demostraron erróneas». Admitido el fallo, el Santo Padre recordó a los 24 prelados que este encuentro extraordinario de dos días en Roma debe precisamente «establecer criterios más fiables para que esos errores no se repitan». Las nuevas directrices, que serán presentadas hoy, acelerarán el cese de los culpables, la información a las autoridades, la ayuda a las víctimas y la transparencia.

En tono rotundo, el Papa afirmó que «no hay lugar en el sacerdocio y la vida religiosa para quienes dañan a los jóvenes». La seriedad en erradicar la pederastia permitirá recuperar la confianza de los fieles mientras que, al final, «toda esta pena y todo este dolor debe llevar a un sacerdocio más santo, a un episcopado más santo y a una Iglesia más santa». Si el virulento problema americano se abrió como una herida, su tratamiento y cura pueden terminar siendo un bien, y el Papa incluyó una nota positiva: «Debemos tener confianza en que este tiempo de prueba traera una purificación a toda la comunidad católica, una purificación que es necesaria y urgente para que la Iglesia predique más eficazmente el Evangelio de Jesucristo con toda su fuerza liberadora».

Juan Pablo II considera que «el abuso de los jóvenes es el grave síntoma de una crisis que afecta no sólo a la Iglesia sino a la sociedad entera». Por lo tanto, «haciendo frente al problema con claridad y determinación, la Iglesia ayudará a la sociedad a entender y resolver la crisis que atraviesa». De hecho, la incidencia de pederastia entre el clero católico, aunque inadmisible, es numéricamente más baja que en cualquier otra categoría social, cultural o profesional en Estados Unidos. El modo en que la jerarquía católica aborda el problema puede servir de ejemplo a otras instituciones y a la sociedad en su conjunto.

Confianza en la jerarquía Tras el llamamiento a la severidad y a la fortaleza, el Papa quiso manifestar su confianza en la jerarquía norteamericana recordando «el inmenso bien espiritual, humano y social que realizan la gran mayoría de sacerdotes y religiosos en los Estados Unidos», así como los misioneros americanos en el mundo. «A todos ellos -dijo- va el sentido agradecimiento de la Iglesia católica y el agradecimiento del obispo de Roma».

El daño causado por un pequeño porcentaje de sacerdotes y religiosos -cuyos delitos fueron cometidos sobre todo hace una o dos décadas- es horrendo, pero es necesario contemplar la Iglesia americana en su conjunto, y el Santo Padre recurrió a un ejemplo muy gráfico: «Una gran obra de arte, aun con alguna rotura, sigue siendo bella. Y esto lo reconoce cualquier crítico intelectualmente honrado». Al término de la primera jornada, el problema quedó identificado y valorado. El desafío, ahora, es resolverlo.

Los cardenales americanos proponen «tolerancia cero» contra la pederastia La reunión especial de los cardenales norteamericanos con los máximos cargos de la Curia romana está avanzando hacia una política de «tolerancia cero» frente a los casos de pederastia de sacerdotes y la formación de consejos disciplinarios que incluyan miembros laicos.

Como presidente de la Conferencia Episcopal norteamericana, monseñor Wilton Gregory está decidido a cortar por lo sano. Por eso, aun teniendo presente el comentario del Papa sobre la posibilidad de «conversión», interpreta que su mensaje de que «no hay lugar en el sacerdocio para quienes dañan a los jóvenes» como un respaldo a la política de «tolerancia cero», que la mayoría de los cardenales norteamericanos ven como única salida a la crisis.

Algunos prelados formulan la nueva línea con una frase tomada del béisbol -donde se expulsa al jugador al tercer fallo-, pero en versión mucho más severa: «Una falta, y fuera del partido». A monseñor Wilton Gregory le parece lo más indicado para los casos de abuso de menores, pero el cardenal de Chicago, Eugene George, advirtió de que no se deben meter todos los deslices sexuales en un único cajón de sastre.

No hay consenso Según el cardenal arzobispo de Chicago, en estos momentos, «no hay consenso sobre la tolerancia cero. Una cosa es un monstruo como John Geoghan (el ex-sacerdote de Boston que abusó de 130 niños durante tres décadas) y otra muy distinta un sacerdote que, con algunas copas, tiente a una mujer y ésta le devuelva el afecto. La misma ley civil establece las diferencias». Tampoco hay consenso en cuanto a la exclusión de seminaristas con tendencias homosexuales. El cardenal de Filadelfia los excluye a rajatabla, mientras que el cardenal de Chicago dijo ayer que lo más importante no es la orientación sexual sino el comportamiento.

Tanto Gregory, el primer obispo negro que preside la Conferencia Episcopal, como el cardenal George se manifestaron a favor de que las diócesis creen comisiones para estudiar las denuncias de abusos sexuales.

Según el presidente de la Conferencia, «quizá lo mejor es que el obispo no decida solo. Debe haber unos consejos, con laicos e incluso con participación de las propias víctimas». Dos días antes de venir a Roma, el cardenal Roger Mahony, anunció que el consejo sobre abusos sexuales de su archidiócesis de Los Ángeles pasará de los nueve miembros actuales a un total de quince, de los cuales tan sólo tres serán sacerdotes. Para el titular de la mayor diócesis americana, «resulta claro que una parte demasiado grande de todo este asunto se ha llevado hasta ahora dentro de círculos clericales cerrados. Obtenemos un servicio mucho mejor cuando implicamos a gente laica».

El cardenal George manifestó que el celibato de los sacerdotes salió a colación en el encuentro de ayer tan sólo para estudiar modos de que se viva mejor, y recordó que «por los datos que tenemos, tan sólo un 1,5 por ciento de sacerdotes ha fallado en este punto». George señaló que «la dimisión del cardenal Bernard Law no se mencionó» y reveló que la noche del lunes, los cardenales y obispos americanos se reunieron para preparar la sesión de ayer con el Papa y la Curia. «Law nos dijo que no estaríamos aquí si él no hubiese cometido algunos errores tremendos, y pidió disculpas. No dijo nada de una posible dimisión, y nadie le preguntó».

Juan Vicente Boo, ABC, 24.IV.02 Texto del discurso de Juan Pablo II Queridos hermanos: 1. Permitidme que os asegure ante todo mi gran aprecio por el esfuerzo que estáis realizando para mantenernos informados a la Santa Sede y a mí personalmente sobre la compleja y difícil situación que ha surgido en vuestro país en los meses recientes. Confío en que estas discusiones vuestras den mucho fruto para el bien de los católicos de Estados Unidos. Habéis venido a la casa del sucesor de Pedro, cuya tarea consiste en confirmar a sus hermanos obispos en la fe y en el amor, y en unirles en torno a Cristo al servicio del Pueblo de Dios. La puerta de esta casa está siempre abierta para vosotros. En particular, cuando vuestras comunidades se encuentran en el dolor.

Al igual que vosotros, yo también he quedado profundamente apenado por el hecho de que sacerdotes y religiosos, cuya vocación es la de ayudar a la gente a vivir la santidad según Dios, han provocado ellos mismos estos sufrimientos y escándalos a jóvenes. A causa del grave daño provocado por algunos sacerdotes y religiosos, la Iglesia misma es vista con desconfianza, y muchos se han ofendido por la manera en que han percibido la acción los líderes de la Iglesia en esta materia. El tipo de abuso que ha causado esta crisis es en todos los sentidos equivocado y justamente considerado como un crimen por la sociedad; es también un espantoso pecado a los ojos de Dios. A las víctimas y a sus familias, dondequiera que estén, les expreso mi profundo sentimiento de solidaridad y preocupación.

2. Es verdad que una generalizada falta de conocimiento de la naturaleza del problema y el consejo de expertos clínicos llevó en ocasiones a los obispos a tomar decisiones que, según los acontecimientos sucesivos, se han demostrado erróneas. Vosotros estáis trabajando ahora para establecer criterios más fidedignos para asegurar que este tipo de errores no se repitan. Al mismo tiempo, incluso reconociendo el carácter indispensable de estos criterios, no podemos olvidar el poder de la conversión cristiana, esta decisión radical de abandonar el pecado y de regresar a Dios, que alcanzar las profundidades del alma de una persona y que puede producir un cambio extraordinario.

Tampoco deberíamos olvidar el inmenso bien espiritual, humano y social que la gran mayoría de los sacerdotes y religiosos en Estados Unidos han hecho y siguen haciendo. La Iglesia católica en vuestro país siempre ha promovido los valores cristianos con gran vigor y generosidad, de manera que ha ayudado a consolidar todo lo que hay de noble en el pueblo estadounidense.

Un gran obra de arte ha sido manchada, pero conserva su belleza; es una verdad que toda crítica intelectualmente honesta reconocerá. A las comunidades católicas en Estados Unidos, a sus pastores y miembros, a religiosos y religiosas, a los profesores de las universidades y escuelas católicas, a los misioneros estadounidenses en todas las partes del mundo, se dirige el profundo agradecimiento de toda la Iglesia católica y la gratitud personal del obispo de Roma.

3. El abuso de jóvenes es un grave síntoma de una crisis que está afectando no sólo a la Iglesia, sino a la sociedad en su conjunto. Es una profunda crisis de moralidad sexual, incluso de las relaciones humanas, y sus primeras víctimas son la familia y los jóvenes. Al afrontar el problema del abuso con claridad y determinación, la Iglesia debe ayudar a la sociedad a comprender y afrontar esta crisis en su corazón.

Debe quedar totalmente claro a los fieles católicos, y a toda la comunidad, que los obispos y los superiores están preocupados, ante todo, por el bien espiritual de las almas. La gente necesita saber que no hay lugar en el sacerdocio y en la vida religiosa para quienes dañan a los jóvenes. Tienen que saber que los obispos y los sacerdotes están totalmente comprometidos en la plenitud de la verdad católica sobre asuntos de moral sexual, una verdad tan esencial a la renovación del sacerdocio y del episcopado, como a la renovación de la vida matrimonial y familiar.

4. Tenemos que confiar que este tiempo de prueba traerá una purificación de toda la comunidad católica, una purificación necesitada urgentemente si la Iglesia quiere predicar de manera más efectiva el Evangelio de Jesucristo en toda su fuerza liberadora. Ahora vosotros tenéis que asegurar que allí donde abunda el pecado, la gracia sobreabunda (Cf. Romanos 5:20). Tanto sufrimiento, tanta tristeza debe llevar a un sacerdocio más santo, a un episcopado más santo, a una Iglesia más santa.

Sólo Dios es la fuente de la santidad, y tenemos que dirigirnos sobre todo a él para pedir perdón, curación y la gracia de afrontar este desafío con un aliento sin compromisos y con armonía de intentos. Al igual que el Buen Pastor del Evangelio del último domingo, los pastores deben ser entre sus fieles y su gente hombres que inspiran profunda confianza y que les llevan hacia aguas donde pueden descansar (Cf. Ps 22:2).

Pido al Señor que les dé a los obispos de Estados Unidos la fuerza para construir la respuesta a la crisis actual sobre sólidos cimientos de fe y sobre una genuina caridad pastoral hacia las víctimas, al igual que a los sacerdotes y a toda la comunidad católica en vuestro país. Y pido a los católicos que estén cerca de sus sacerdotes y obispos, y que les apoyen con sus oraciones en estos momentos difíciles.

Zenit, 24.IV.02 El Vaticano afronta un escándalo en curso por primera vez en su historia La revisión de la condena a Galileo requirió el paso de varios siglos y el trabajo de una comisión pontificia durante una década. La petición de perdón en el Año Jubilar fue más facil, pero se limitó a las culpas del pasado. Juan Pablo II ha vuelto a romper moldes pidiendo excusas por errores de sacerdotes y prelados, por primera vez en tiempo real.

La velocidad de crucero de la Iglesia y su cercanía a la sociedad civil están cambiando gracias, paradójicamente, a los errores cometidos por algunos obispos norteamericanos. El vaticanista italiano Luigi Accatoli, señalaba ayer que «algo nuevo está sucediendo en el Vaticano: se afronta directamente un escándalo en el momento en que se está produciendo, y se habla de él en público. Se trata de un acontecimiento extraordinario».

El veterano vaticanista -que intuyó una de las líneas maestras de Juan Pablo II y publicó el libro «Cuando el Papa pide perdón» ya en 1997-, subraya que acabamos de ver «un acontecimiento inédito incluso respecto a los «mea culpa» del Año Santo y que los supera, puesto que reconocer un escándalo en marcha requiere mucho más coraje que el reconocimiento de los pecados de épocas anteriores».

Mientras numerosos eclesiásticos leían y releían las tajantes palabras del Papa sobre la exclusión de los pederastas del sacerdocio y la vida religiosa, el jurista italiano Pietro Scoppola señalaba que «Karol Wojtyla ha antepuesto la coherencia del Evangelio a la defensa de la imagen de la Iglesia, rechazando la hipocresía y aceptando el riesgo de actuar en público». El profesor de Derecho señala que «entre los motivos por los que el problema sale a la luz se cuenta el cambio de cultura que la Iglesia ha favorecido: el menor de edad, el niño, no es una cosa sino una persona, que merece todo el respeto precisamente por su propia fragilidad. La dignidad de la persona humana es un quicio de la enseñanza de la Iglesia sobre el que ha insistido sin descanso Juan Pablo II».

Respeto a la ley civil El ventarrón del escándalo americano ha mejorado, de repente, el sentido del respeto a la ley civil en ambientes eclesiásticos que hasta ahora defendían a rajatabla exenciones e inmunidades. Juan Pablo II declaró que la pederastia no sólo es un «pecado horrendo», sino que además «la sociedad lo considera, con toda justicia, un delito». La versión contemporánea de «dar al César lo que es del César» se tradujo ayer en la insistencia en colaborar con las autoridades civiles para investigar y resolver ese tipo de delitos. El cardenal de Los Ángeles, Roger Mahony, manifestó que «casi todos los prelados americanos mencionamos la necesidad de colaborar estrechamente con las fuerzas del orden». El cardenal James Francis Stafford, presidente del Pontificio Consejo para los Laicos, señaló hace unos días que «cuando el obispo es responsable, los fiscales no tienen que preocuparse. Los problemas surgen cuando falta liderazgo eclesiástico».

Igualmente novedoso resulta el crear comisiones nacionales o diocesanas sobre abuso sexual de las que formen parte fieles laicos y expertos en psicología o derecho incluso en abrumadora mayoría, como la de doce sobre un total de quince miembros en la archidiócesis de Los Ángeles. Naturalmente, los obispos americanos tendrán que evitar que las comisiones de vigilancia se conviertan en tribunales de la Inquisición, por cuyos errores pasados pidió perdón el Papa en el año 2000. La paranoia respecto a la pederastia dificulta resolver el problema.

Estudio de la pederastia La histórica reunión en el Vaticano acelerará los estudios clínicos y sociológicos sobre una patología -el abuso sexual de menores- cuya incidencia se conoce poco. Los prelados americanos confían en que sus errores terminen por traer mejoras a la sociedad y que la «tolerancia cero» se extienda a otras profesiones de servicio a los jóvenes.

La Iglesia debe ser transparente» El secretismo y la política del avestruz han dado frutos amargos. En sus primeras palabras al encuentro en el Vaticano, el cardenal Secretario de Estado, Ángelo Sodano, precisó que «nuestra tarea es reflexionar sobre los problemas con gran apertura de espíritu, sabiendo que la Iglesia debe ser transparente. La Iglesia ama la verdad, que debe siempre poner en práctica con caridad». El llamamiento a la transparencia era superfluo para la mayoría de los cardenales americanos -pioneros en abrir sus puertas a los fieles y a la Prensa-, pero resultaba oportuno para los obispos anclados todavía en la cultura del secreto innecesario. Incluso una parte de la Curia romana prefería que el Papa no convocase a los cardenales norteamericanos, o que no hiciese público su discurso. Así como el secretismo agravó los daños causados por los sacerdotes pederastas, la transparencia y la confianza en los fieles laicos ayudarán a remediar el problema.

Se expulsará a los pederastas según criterios de máxima severidad Para erradicar la pederastia, los cardenales norteamericanos y la Santa Sede elaborarán sistemas rápidos de expulsión de los sacerdotes reincidentes en abusos de menores o que, a juicio del obispo, presenten el riesgo de hacerlo después del primer caso. Todos los delitos serán comunicados inmediatamente a las autoridades.

Al cabo de una jornada agotadora, los cardenales norteamericanos y la Curia romana anunciaron anoche las medidas para solucionar el escandalo de pederastia.

El comunicado final del encuentro de los 26 prelados durante dos días comienza subrayando que el abuso sexual de menores es un delito, y el presidente de la Conferencia Episcopal, Wilton Gregory, reiteró que «la responsabilidad de abordarlo corresponde a las autoridades civiles», por lo que las diócesis deben informar en cuanto reciban las primeras acusaciones.

Con independencia de que la diócesis intente esclarecer los hechos, la investigación preliminar para clarificar si hubo abusos corresponde ya, según Gregory, «a las autoridades civiles».

Pocos casos de «pederastia» Aunque los considera graves, el comunicado precisa que los casos de «verdadera pederastia», es decir, abuso de niños o niñas que no han llegado a la pubertad, «son pocos». Según los datos reunidos, «casi todos los casos han implicado a adolescentes y, por lo tanto, no son casos de verdadera pederastia». La gran mayoría son incidentes de homosexualidad ejercitada abusivamente con muchachos, aunque hay también algunos abusos de muchachas.

El cuadro clínico requiere, según los prelados, pedir a la Santa Sede una Visita Apostólica (inspección) de todos los seminarios y casas de formación de religiosos en Estados Unidos, revisando los requisitos de admision.

No a «homosexuales activos» El obispo Wilton Gregory reiteró que la Iglesia americana intentará cumplir de una vez la orden de no admitir en los seminarios jóvenes con inclinaciones homosexuales. Sin embargo, el cardenal de Washington, Theodore McCarrick, apostilló que deben excluirse solo a «los homosexuales activos», lo cual es un criterio diferente.

Hay acuerdo, en cambio, en pedir a Roma «un proceso especial para expulsar del estado clerical a los sacerdotes que, en casos notorios, son culpables de abusos sexuales repetidos de menores». Si este punto se refiere a delitos ya cometidos, el siguiente propone establecer, para el futuro, «un procedimiento especial de expulsion de sacerdotes que abusen de menores, incluso en casos poco notorios, si el obispo considera que el sacerdote es una amenaza para los niños y los jóvenes, con vistas a evitar graves escándalos en el futuro».

El farragoso lenguaje esconde la politica de «una falta y fuera» o de «tolerancia cero» para los casos graves. Si el obispo ve peligro de reincidencia, podrá tramitar la reducción al estado laical por la vía rápida. Tan solo este proceder garantiza la seguridad de los niños. Naturalmente, los sacerdotes expulsados conservan el derecho de apelar a la Santa Sede.

Principales medidas El cardenal de Washington anunció que las medidas para solucionar la pederastia consistirán en «ofrecer ayuda a las víctimas, separar al sacerdote acusado de su tarea mientras se investiga el caso, informar a las autoridades civiles, ofrecer tratamiento médico al sacerdote implicado y crear comisiones sobre abusos sexuales».

Según Theodore McCarrick, «las comisiones deben estar compuestas mayoritariamente por laicos: madres de familia, psicólogos, abogados, víctimas de abusos o parientes de las víctimas, etc. que estudien los casos y hagan recomendaciones al obispo. Los laicos tendrán un papel mayor, a nivel diocesano y a nivel nacional».

El presidente de la Conferencia Episcopal, Wilton Gregory, insistió en este punto subrayando que «uno de los problemas de los obispos es que hemos intentado tomar decisiones solos, sin la participación de gente experta» que valore los problemas desde el punto de vista del ciudadano honrado, en contacto con la realidad diaria y los problemas de criar a los hijos.

El cardenal James Francis Stafford, antiguo arzobispo de Denver y actual presidente del Pontificio Consejo para los Laicos, añadió que «aunque no figura en el comunicado, en todos nuestros debates se aludió continuamente a los laicos. Fue una expresión sincera y espontánea de confianza en los fieles laicos».

Recuperar a los fieles Las nuevas normas permitirán a los obispos hacer limpieza en la propia casa y recuperar la confianza de los fieles si se ve que las aplican con eficacia.

Pero ayer se notaba un nuevo problema: muchos sacerdotes americanos se sentían ofendidos por las sospechas. Para calmar los ánimos, los cardenales les dirigieron una carta de petición de perdón: «Sentimos que la supervisión de los obispos no haya sido capaz de evitar este escándalo a la Iglesia de Cristo».

Juan Vicente Boo, ABC, 25.IV.02 Sacerdotes pederastas El escándalo de los sacerdotes pederastas de Estados Unidos ha sacudido no sólo a la sociedad norteamericana y mundial, sino sobre todo al conjunto de la comunidad católica. El estallido del escándalo se produjo casi al mismo tiempo que el Tribunal Supremo de Estados Unidos declaraba inconstitucional la prohibición de la pornografía infantil virtual por Internet, lo cual es una paradoja sólo aparente, porque pone de manifiesto la especial ejemplaridad que se espera del clero católico, también en una sociedad que anda moralmente tan desorientada como las demás de Occidente. Y por eso mismo la gravedad de los hechos ahora descubiertos es infinitamente mayor, y mucho más dramático el terremoto moral experimentado en el mundo católico. Esto ocurre siempre que los llamados a dar ejemplo incumplen clamorosamente sus obligaciones específicas.

El Papa Juan Pablo II ha demostrado, con su inmediata reacción de afrontar el gravísimo problema, cuánta razón le asiste cuando dice, aludiendo a sus dificultades al andar, que la Iglesia no se gobierna con los pies, sino con la cabeza. Su llamada a Roma a los cardenales estadounidenses y su importante y vigoroso discurso significan, entre otras muchas cosas valiosas, que los graznidos que reclaman su dimisión (sobre todo desde el seno mismo de la Iglesia) carecen no sólo de una mínima fe en el Espíritu Santo, sino también de fundamento humano razonable, al menos hasta el día de hoy.

Lo ocurrido en Estados Unidos -y seguramente en otros lugares, porque USA no tiene por qué ostentar la exclusiva, desde luego- es muy grave, y hay que reflexionar sobre las causas profundas de esta evidente pérdida del sentido sobrenatural del sacerdocio y de la aspiración al seguimiento fiel de Jesucristo en esos clérigos desventurados. Pero una cosa aparece, a mi entender, con toda claridad: el modo de ayudar a que estos hechos no se repitan no será ni suprimiendo el celibato sacerdotal, ni permitiendo la ordenación de las mujeres, ni adoptando esta panoplia de medidas que sectores de la propia Iglesia han elegido como bandera de su contestación a la autoridad del Papa, como se comprueba sin ninguna dificultad con sólo echar un vistazo a la pederastia en el mundo. Aprovechar este episodio tremendo para insistir en la abolición del tesoro que representa el celibato de los sacerdotes católicos no es más que un torpe ejercicio de oportunismo demagógico.

Ramón Pi, ABC, 25.IV.02 El Vaticano extenderá las normas antipederastia al resto de países Las normas para erradicar la pederastia, elaboradas por los cardenales norteamericanos y la Curia romana, se extenderán con rapidez al resto del mundo puesto que cuentan con el apoyo del Papa y solucionan un problema no sólo odioso, sino también costosísimo en los Estados con leyes avanzadas.

El secretario general de la Conferencia Episcopal mexicana, Abelardo Alvarado, manifestó ayer que los obispos de México adoptarán las normas de máxima severidad elaboradas en Roma y aplicarán con mayor rigor los procedimientos normales previstos en el Código de Derecho Canónico para expulsar del estado clerical a los sacerdotes pederastas.

Al día siguiente de la petición de perdón de los cardenales americanos en Roma, el cardenal Wilfred Napier, primado de África del Sur, manifestó en Capetown que «si bien la mayoría de nuestros sacerdotes vive delicadamente el celibato, la Iglesia de Suráfrica admite que algunos de sus sacerdotes han sido acusados de abuso sexual de menores. Todo abuso, pero especiamente el abuso de poder y el abuso sexual, es condenable, y tomaremos todas las medidas necesarias para que no se repita».

Aunque la doble circunstancia de sufrir los escándalos más graves y contar, al mismo tiempo, con la Justicia y la Prensa más eficaces ha puesto al episcopado norteamericano al frente de la lucha contra la pederastia, el problema afecta también a Irlanda y Gran Bretaña, que se disponen a seguir el ejemplo. En medios vaticanos se prevé que, por su propio peso, las nuevas normas serán asumidas espontáneamente en los países afectados por escándalos similares como Francia, Polonia e Italia.

Autonomía de los obispos La necesidad de respetar la autonomía de los obispos obliga a que las nuevas medidas -expulsar del sacerdocio a los pederastas al primer incidente, informar a las autoridades, separar de la tarea a los acusados mientras dura la investigación, crear consejos supervisores con fieles laicos, etc…- sean debatidas en la reunión plenaria de la Conferencia Episcopal norteamericana a mediados del mes de junio en Dallas.

A los cardenales americanos y la Curia romana les hubiese gustado establecer las normas como vinculantes, pero en Estados Unidos hay 195 diócesis, y ni los cardenales ni el presidente de la Conferencia, monseñor Wilton Gregory, que realizó un espléndido trabajo en la reunión de Roma, pueden decidir por el resto. El itinerario formal será que la asamblea plenaria de Dallas las proponga al Vaticano y Roma las apruebe en un plazo brevísimo puesto que ya las ha estudiado.

El Código de Derecho Canónico prevé la expulsión del estado clerical por delitos graves, y que cada obispo nombre en su diócesis un tribunal de tres miembros para juzgarlos y decidir por mayoría. Los miembros del tribunal tienen que ser licenciados en Derecho Canónico, pero pueden ser diáconos permanentes o laicos, tanto hombres como mujeres. También pueden serlo los instructores, por lo que el «déficit» de laicos que los cardenales norteamericanos lamentaron y prometieron resolver era debido a la inercia clerical y no a limitaciones canónicas.

Comisiones supervisoras Aparte de los tribunales diocesanos, que tienen competencia general, las diócesis que todavía no lo han hecho constituirán comisiones supervisoras sobre abusos sexuales compuestos fundamentalmente por madres y padres de familia, y expertos en derecho, medicina, psicología, etc…, por lo que serán muy accesibles a los fieles que deseen informarse o comunicar abusos, lo cual ayudará a recuperar la confianza.

Juan Vicente Boo, ABC, 26.IV.02 Fidelidad a la enseñanza moral de la Iglesia La crisis que han vivido los católicos en Estados Unidos a causa de los escándalos de sacerdotes exige vivir y predicar con plena fidelidad las enseñanzas de la Iglesia, especialmente en el campo moral, afirmaron los cardenales y obispos reunidos en Roma para afrontar el argumento. Así lo afirman los participantes estadounidenses en el encuentro, que tuvo lugar entre el 23 y el 24 de abril, en un comunicado final en el que revelan propuestas que presentarán a la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, que tendrá lugar en Dallas del 13 al 15 de junio.

El documento, utilizando tonos muy duros contra los pecados de pederastia de sacerdotes, establece: «los pastores de la Iglesia necesitan promover claramente la correcta enseñanza moral de la Iglesia y reprender públicamente a los individuos que la contradicen y a los grupos que presentan enfoques ambiguos de la atención pastoral».

Para alcanzar este objetivo, los purpurados estadounidenses y los directivos de la Conferencia episcopal anuncian que presentarán a revisión de la Santa Sede «un conjunto de medidas» en las que «se establezcan los elementos esenciales de la política que hay que seguir para afrontar el abuso sexual de menores en las diócesis y en los institutos religiosos en Estados Unidos».

Expulsión del ministerio sacerdotal En particular, los participantes en el encuentro proponen «un proceso especial para la expulsión del estado clerical de los sacerdotes de quienes se sepa que son culpables de abuso sexual de menores repetido y agresivo».

No sólo, anuncian que sugerirán también «un proceso especial» de reducción al laicado para aquellos sacerdotes que, aunque no sean conocidos, podrían representar según sus obispos «una amenaza para la protección de los niños y los jóvenes».

«Visita apostólica» a los seminarios y casas de formación Los lugares de formación de futuros sacerdotes tienen un papel decisivo a la hora de evitar estos escándalos. El documento final propone una «visita apostólica», es decir, un profundo examen de los «seminarios y casas de formación religiosa». Esta «visita apostólica» deberá prestar atención en especial, explican en el comunicado, «a la necesidad de la fidelidad a la enseñanza de la Iglesia, especialmente en el área de la moral, y de un estudio más profundo de los criterios de idoneidad de los candidatos al sacerdocio».

Celibato, «don de Dios» A diferencia de lo que había escrito la prensa estadounidense en las vísperas del encuentro, la respuesta de los cardenales y obispos no pasa por el relajamiento de la propuesta católica (la prensa hablaba de la posibilidad de replantear el celibato o incluso el sacerdocio femenino). Por el contrario, el comunicado final afirma: «Dado que la relación entre celibato y pederastia no puede ser sostenida científicamente, la reunión reafirmó el valor del celibato sacerdotal como un don de Dios a la Iglesia».

Un sacerdocio más santo Como dijo en su discurso el Papa, los prelados norteamericanos consideran que esta dura crisis constituye una oportunidad que debería llevar «a un sacerdocio, a un episcopado y a una Iglesia más santos». Al mismo tiempo, insisten en que «es necesario comunicar a las víctimas y sus familiares un profundo sentido de solidaridad y ofrecerles la asistencia apropiada para que recuperen la fe y reciban atención pastoral».

Como propuesta conclusiva, los cardenales y representantes del episcopado proponen establecer una «jornada de oración y penitencia» en el país «para implorar la reconciliación y la renovación de la vida eclesial».

Zenit, 25.IV.02

Josep Ignasi Saranyana, “Por qué la Iglesia pide perdón”, Palabra, IX.1997

Desde hace unos años se habla mucho de que la Iglesia debe pedir perdón por sus “errores históricos,. Es decir, por aquellos comportamientos de los fieles que han supuesto un cierto antitestimonio, han comprometido la fe o manchado la buena imagen de la Iglesia. Juan Pablo II no ha tenido reparos en reconocer siempre la verdad allá donde estuviera y “pedir perdón” si era el caso. Y es que, al margen de las circunstancias particulares de cada episodio, el reconocimiento de los errores pasados tiene una enjundia teológica notable.

Este especial está dedicado a la revisión de algunas de las actuaciones quizá más desafortunadas de los órganos centrales de la Iglesia (por ejemplo, dicasterios romanos o asimilables); o de la jerarquía eclesiástica (obispos, abades y superiores eclesiásticos); o de los cristianos actuando más o menos corporativamente (en sistemas sociales hierócratas o regalistas). Es decir, aquellos comportamientos que han supuesto, al menos desde nuestro punto de vista, un cierto antitestimonio por parte de los fieles (ordenados in sacris o no; consagrados o no; individual o corporativamente), con daño para la fe o el buen nombre de la Iglesia. Es obvio que la denominación “error histérico” tiene, con frecuencia, carácter eufemístico, pero no por ello dejaremos de usarla.

Los casos que suelen citarse son conocidos de todos: sentencias de la inquisición romana o de la Inquisición española o, incluso, la misma existencia de tales tribunales extraordinarios; politices de dudosa moralidad, que se han mezclado con experiencias evangelizadoras, a veces haciéndolas posibles; prácticas socioeconómicas de instituciones eclesiásticas, que han supuesto explotación de los más débiles; violación de los derechos humanos toleradas o “bendecidas” por los eclesiásticos de determinadas épocas; condenas de hipótesis filosóficas 0 teológicas, que después, a la larga, se han mostrado verdaderas o, por lo menos, fecundas; censuras de intelectuales, que la posteridad ha rehabilitado; y tantos ejemplos más, suficientemente conocidos, cuya enumeración detallada resultaría prolija.

La polémica no es nueva. Conocemos abundantes casos del periodo medieval, como las recriminaciones de Pedro Abelardo a los crédulos monjes de San Dionisio, las acusaciones de los legisperitos de Felipe el Hermoso contra Bonifacio VIII, las diatribas de los fraticelos contra el Papa Juan XXII, o las amargas quejas de los husitas contra el Concilio de Constanza, por citar algunos momentos emblemáticos.

Pero la polémica se acentuó en la segunda mitad del siglo XVI, cuando las discusiones entre católicos y luteranos invadieron también el campo historiográfico. Las recriminaciones a la Iglesia adquirieron particular acritud en los años de la Ilustración, sobre todo por parte de los ilustrados franceses, y se consolidaron con las polémicas entre revolucionarios y restauracionistas de la primera mitad del siglo XIX. Ahora las acusaciones se enmarcan especialmente en dos ámbitos: el de las relaciones entre la fe y la razón científica, y el de la atención a los derechos humanos.

JUAN PABLO II “PIDIÓ PERDÓN” Juan Pablo II ha observado, con respecto a los “errores históricos,, una conducta que no ha pasado inadvertida: no le ha importado “pedir perdón por algunos de estos antitestimonios. Recordemos sus discursos con ocasión del quinto centenario de la evangelización americana, disculpándose por el mal trato que algunos cristianos, a veces en nombre de la fe, infligieron a los amerindios y a los afroamericanos; o su condena del perverso tráfico esclavista que practicaron las potencias atlánticas, cristianas e incluso católicas, en el Bajomedievo y en los siglos modernos; o rectificando varios extremos del denominado “caso Galileo”.

Además, se sabe que ha pedido la opinión de los expertos con relación a otros antitestimonios, como la intolerancia inquisitorial o las censuras declaradas contra Lutero.

Tal praxis pontificia no es nueva y ya habla sido iniciada por Pablo VI, al levantar el anatema que los legados pontificios habían fulminado contra Miguel Cerulario en 1054, o al suprimir de la liturgia pascual las recriminaciones contra los “pérfidos judíos”.

Algunos católicos se han preguntado por qué actúa así el Santo Padre y qué significado tienen tales intervenciones pontificias. Se arguye que el Papa no está autorizado para pedir perdón en nombre de la Iglesia por errores pasados, puesto que nadie, se dice, es responsable de las equivocaciones de sus antecesores. Otros van más allá, señalando que los “errores”, ahora reconocidos aparecen como tales sólo cuando se juzgan desde una perspectiva descontextualizada, o sea, anacrónica. En otros términos: que cada época ha tenido su propio afán y su manera de ver las cosas, y que resulta injustificado acusar a un pueblo apelando a valores que en otras épocas no se conocían o que entonces no eran prioritarios.

Tales puntos de vista se confirmarían, además, con la epístola de San Pablo a Filemón, que no habría condenado “expresamente”, la esclavitud, o con los pasajes supuestamente misóginos de las epístolas a los corintios o, en su caso extremo, con la actitud del mismo Jesucristo, que no habría venido a abolir la Ley o los profetas, sino a darles su pleno cumplimiento.

APUNTES TEOLÓGICOS El tema, como puede comprenderse, tiene, más allá de los debates concretos y la valoración histérica de las circunstancias particulares, una enjundia teológica notable, que merece la pena apuntar, aunque sólo brevemente.

En primer lugar, la petición de perdón por los antitestimonios expresa la idea -fundamental para la eclesiología católica- que los bautizados constituimos un sólo linaje, o sea, una sola familia o un sólo pueblo, como recuerda San Pedro: “linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido”. En caso contrario, no podría considerarse el pecado original originado como un verdadero pecado, es decir, un pecado estrictamente propio, verdaderamente tenido, aunque no cometido. En linea de máxima, la argumentación paulina de que Cristo cargó con nuestros pecados, se apoya en el hecho de que Cristo es de nuestro linaje. Si no hubiese sido “uno de nosotros”, nosotros permaneceríamos todavía en nuestro pecado. Así pues, la unidad de linaje confiere a la Pasión “bajo Poncio Pilato”, todo su valor soteriológico.

En segundo lugar, la solidaridad de unos con otros, por encima del tiempo, constituye un tema bíblico, que se repite hasta la saciedad en la Sagrada Escritura. Abrahán fue en sus descendientes; David edificó el templo en su hijo Salomón; el mismo David purgó su pecado en el hijo adulterino que murió, y por su personal soberbia, su pueblo sufrió la peste. Ajab, arrepentido a última hora, recibió la condena en su sucesor. Maria será bendita en todas las generaciones. Jesús mismo, camino del Gólgota, anunció un castigo que se abatirla sobre una generación judía posterior. San Pablo se angustió, sintiéndose solidario con el destino de su pueblo…

UNIDAD DEL GÉNERO HUMANO Muchos son los católicos que han intuido la extraña unidad del género humano y sus consecuencias. La humanidad, en efecto, constituye como un cuerpo viviente que supera las barreras de espacio y tiempo. Las consecuencias teológicas de este aserto son innumerables y de suma importancia. Por ejemplo: entre los teólogos proféticos de la evangelización fundante americana (Bartolomé de Las Casas entre ellos) se lee con frecuencia que la “destrucción” demográfica de las Indias es un castigo a la metrópoli por el mal comportamiento de los conquistadores.

Los anteriores ejemplos, que podrían multiplicarse, muestran una profunda e inequívoca comunión humana. Ésta traduce temporalmente, es decir, en categorías histéricas, la misteriosa unidad del Cuerpo místico, y es signo de las bodas del Cordero celestial. La Iglesia in terris es sacramento de la Iglesia in Patria, donde nadie se sentirá extranjero, es decir, los santos vivirán unidos y todo lo tendrán en común, llevando a la plenitud la experiencia de Pentecostés.

La patrística intuyó incluso la estrecha solidaridad entre el mundo humano y el mundo angélico. Las “sillas vacias” de la fiesta celestial, vacantes por la infidelidad de los demonios, serán cubiertas por los hombres que se salven. Cuando se alcance el número de los elegidos, entonces cesará la historia. En definitiva, el juicio universal, tan bellamente descrito por Cristo y trasmitido por el evangelio de San Mateo, constituye una prueba definitiva de que no somos mutuamente extraños en nuestra suerte, sino que, por el contrario, somos solidarios y corresponsables, en Cristo, de todos nuestros actos. Nuestras actuaciones, incluso las inmanentes, tienen repercusión social.

EN EL JUBILEO En plena preparación del jubileo del año 2000, ¿por qué sorprenderse de que el Santo Padre pida perdón por los “errores histéricos” de la Iglesia? En la medida en que esto sea posible, mientras corre todavía la historia, conviene tomarse muy en serio el jubileo. La legislación mosaica lo entendía como una “ley de punto y final, o de “borrón y cuenta nueva”. ¿Por qué no pedir perdón a Dios y a los hermanos perjudicados por nuestros antitestimonios? En otros términos, ¿por qué no reconocer que algunos de nuestra familia se portaron mal? Por ello es justo que “la Iglesia asuma una conciencia más viva del pecado de sus hijos recordando todas /as circunstancias en /as que, a lo largo de la historia, se han alejado del Espirita de Cristo y de su Evangelio, ofreciendo al mundo, en vez del testimonio de una vida inspirada en los valores de la fe, el espectáculo de modos de pensar y de actuar que eran verdaderas formas de antitestimonio y de escándalo” (Tertio Millennio adveniente, 23).

Se ha dicho, con razón, que, ya desde ahora, tales antitestimonios determinan un lugar teológico “propio declarativo”, según la terminología técnica, porque manifiestan la unidad de la Iglesia en Cristo, más allá no sólo de toda raza y pueblo, sino del espacio y del tiempo. Los antitestimonios constituyen, pues, un “locus”, como también lo son, y quizá con mayor motivo, la vida de los santos y las glorias cristianas de todos los pueblos.

En la Conferencia de Santo Domingo de 1992, junto a las alabanzas por la labor evangelizadora, al Papa no le importó “pedir perdón ” por algunos excesos cometidos por cristianos en aquella época.

Julio de la Vega-Hazas, “La Iglesia católica y el nazismo”, Palabra, IX.1997

l. HITLER TOMA EL PODER El 28 de enero de 1933 Adolf Hitler fue nombrado Canciller alemán. Su partido, el nacionalsocialista, estaba en minoría, y Hitler sólo tardó tres días en convocar nuevas elecciones. El 5 de marzo las urnas le dieron 288 escaños, que no suponían mayoría absoluta en un parlamento de 647 diputados, pero aprovechó el incendio del Reichstag, atribuido a los comunistas pero en realidad organizado por los nazis, para declarar ilegal al partido comunista. Descartados así los 81 diputados comunistas, los nazis obtenían una mayoría absoluta por escaso margen –10 Escaños, con la que aprobaban una ley de plenos poderes. Un año después, el 2 de agosto de 1934, fallecía el presidente alemán, mariscal Hindenburg. Tan sólo una hora después se anunció que se unificaban los puestos de presidente y canciller en la persona de Hitler. Se convocó un plebiscito para ratificar esta medida, y, con la maquinaria de propaganda firmemente en manos del nazi Goebbels, el 19 de ese mismo mes el pueblo alemán votó afirmativamente por abrumadora mayoría. Con ello, Adolf Hitler se convertía en señor absoluto de Alemania hasta el aplastamiento de ésta en 1945.

Desde su aparición en la escena pública, a la jerarquía católica alemana no le pasó inadvertida la verdadera naturaleza e ideas de los nazis, máxime cuando el Papa Pío XI, a la vista de las convulsiones sociales con que empezaba la década de los 30, ya había advertido públicamente de las consecuencias que traería la prevalencia de «un duro nacionalismo, es decir, el odio y la envidia en lugar del mutuo deseo del bien» (discurso de Navidad de 1930). Los obispos, como sucede hoy en día, redactaban cartas pastorales cuando tenían lugar elecciones, recordando los criterios morales sobre el voto y las ideas que resultaban inaceptables para un católico, aunque sin señalar nombres propios. De particular relieve eran las pastorales del cardenal Faulhaber, por ser el arzobispo de Munich, cuna del nazismo. A diferencia de otras épocas, no puede decirse que los fieles católicos no entendieran el mensaje o lo recibieran con indiferencia. El fulgurante ascenso de la representación parlamentaria del partido nacionalsocialista se debió al voto masivo de las zonas protestantes, sobre todo Prusia, mientras que los católicos se decidieron sobre todo por el viejo «Zentrum» –nacido en la época de Bismarck, e instrumento decisivo para poner fin a su «Kulturkampf»–, y, en Baviera –zona católica y a la vez de bastante inclinación nacionalista y donde se gestó el partido nazi–, a este se le sumaba el partido populista bávaro, que obtuvo 19 escaños en 1933.

Poco después del triunfo nazi de 1933 se reunían los obispos alemanes en el lugar tradicional, Fulda. Se examinó la situación, y las preocupaciones se plasmaron en una carta colectiva del episcopado. No era una condena explícita, pero no carecía en absoluto de claridad. Examinando las doctrinas que se imponían, hay frases que no dejaban lugar a dudas, como la siguiente: «la afirmación exclusiva de los principios de la sangre y de la raza conduce a injusticias que hieren gravemente la conciencia cristiana». Por lo demás, se podía apreciar que los principales temores de los obispos eran dos. Por una parte, que el nuevo Estado totalitario acabase con las organizaciones católicas, especialmente las educativas. Y, por otra, que el nuevo régimen tratara de crear una especie de iglesia nacional y quisiera englobar en ella a todos, también a los católicos. Y, si los nazis ya habían dado pasos en la primera dirección, también había indicios de que el segundo temor era real, pues en algunos círculos protestantes, sobre todo prusianos, ya se hablaba de un cristianismo nacional para arios. Saliendo al paso con firmeza y rapidez de lo que parecían ser los prolegómenos de una nueva «Kulturkampf», los obispos alemanes también enviaron un mensaje no escrito, del que los nazis tomaron buena nota: la confirmación de su unidad, prácticamente sin fisuras. No resultaba prometedor intentar sembrar la discordia entre el episcopado. Para los hitlerianos, parecía una mejor vía de atacar a la Iglesia el intentar abrir una brecha entre los obispos alemanes y la Santa Sede. Esta fue una de las razones por las que Hitler vio con buenos ojos la posibilidad de firmar con la Santa Sede un concordato. Su propaganda empezó a preparar el terreno hablando de los pactos de Letrán con la Italia de Mussolini como «modélicos».

2. EL CONCORDATO En realidad, la iniciativa de un concordato entre el III Reich y la Santa Sede no surgió ni de los nazis ni de la Iglesia, sino de un político católico del Centro, Franz von Papen, a quien Hitler, que quería, mientras viviera Hindenburg, mantener una apariencia respetable, le tenía en su gobierno como vicecanciller. Como católico y miembro del gobierno, creía que un acuerdo serviría para resolver las posibles fricciones que ya empezaban a manifestarse. Con este fin, von Papen visitó Roma en abril de 1933.

En Roma, las principales figuras con las que tenía que entrevistarse eran dos: el Papa Pío XI, y su Secretario de Estado Pacelli. Los dos eran favorables a firmar un concordato, y pensaban que, por pocas que fuesen las ventajas, siempre resultaba conveniente intentar entenderse con los diferentes regímenes, aunque fueran hostiles a la Iglesia, como se había demostrado, por ejemplo, con la República española.

El concordato no requirió largas negociaciones. Básicamente reproducía el contenido de los recientes concordatos con varios «Länder» alemanes, Baviera, Prusia y Baden, que habían sido negociados por el entonces nuncio Pacelli. Sólo hubo un punto controvertido. Pío XI, que tantas esperanzas tenía puestas en las organizaciones confesionales, quería dejar bien atado que conservaban su independencia, especialmente las juveniles. La experiencia italiana le mostraba que ese era un punto de fricción. Al final se llegó a una redacción que satisfacía a las dos partes, y la firma fue pregonada como un éxito por ambas.

No hubo ingenuidad en la negociación del concordato, salvo, quizás, por parte de von Papen. Hitler, desde el primer momento, no actuaba de buena fe. La Iglesia no se hacía ilusiones al respecto, pero consideraba que el concordato serviría de referencia para denunciar los previsibles abusos que cometerían las autoridades, y quizás para mitigarlas. Es difícil calibrar hasta qué punto sirvió para conseguir este último objetivo, pero puede aventurarse que tuvo cierta utilidad. En cuanto al instrumento en sí, no parece en absoluto desacertado su contenido si se tiene en cuenta que ese concordato de 1933 sigue todavía vigente.

3. LA ENCICLICA «MIT BRENNENDER SORGE» El gobierno empezó a incumplir el concordato desde el primer momento. Y desde el primer momento empezaron a llover las denuncias por parte de los obispos alemanes. Se hostigaba a la Iglesia de diversos modos, sin excluir encarcelamientos de eclesiásticos. Desde Roma se apoyaba a la jerarquía local, y Pacelli envió varios memorandums de protesta a las autoridades alemanas, y el mismo Pío XI aprovechó varias peregrinaciones de alemanes para formular públicamente sus quejas. A partir de 1935, la propaganda nazi lanzó una campaña de desprestigio de la Iglesia católica, con el montaje de varios procesos amañados a eclesiásticos acusados de fraude.

En enero de 1937 llegaban a Roma, con la mayor discreción posible, los principales representantes del episcopado alemán: los cardenales Bertram (el Primado, de Breslau, ciudad actualmente polaca con el nombre de Wroclaw), Faulhaber (Munich) y Schulte (Colonia), y los obispos Preysing (Berlín) y von Galen (Munster). A la vista del acoso que sufría la Iglesia católica alemana, iban con el propósito de solicitar una intervención pontificia que condenara el nazismo. De aquí nacería la encíclica “Mit brennender Sorge”, que, contrariamente a lo que se piensa, partió de una iniciativa del episcopado alemán, no de la Santa Sede.

En Roma se entrevistaron con Pío XI y con el cardenal Pacelli. El primero, sin dejar de darles su pleno apoyo, fue algo reservado. Pero Pacelli suscribió la iniciativa sin reservas, y pidió al cardenal Faulhaber un borrador. A los cuatro días lo pasó al Secretario de Estado, y Pacelli, que dominaba el alemán, le dio su forma definitiva. La denuncia de la ideología y la conducta nazis era clarísima: racismo, divinización del sistema, calificación de la construcción de una iglesia nacional como apostasía, etc. No faltaban referencias a lo que hoy se denomina «culto a la personalidad»: «Quien quiera que, con sacrílego desconocimiento de las diferencias esenciales entre Dios y la criatura, entre el Hombre-Dios y el simple hombre, osara levantar a un mortal, aunque fuera el más grande de todos los tiempos, al nivel de Cristo, más aún, por encima de Él o contra Él, ese merece que se le diga que es un profeta de fantasías, al que se le aplica espantosamente la palabra terrible de la Escritura. El que vive en los cielos se ríe de ellos». Por mucho menos se había dado por personalmente aludido Adolf Hitler. Pero Pío XI no dudó en firmar la encíclica.

Fue una sorpresa general, para fieles, autoridades y policía, la lectura de la encíclica, el domingo día 21 de marzo de 1937, en todos los templos católicos alemanes, que eran más de 11.000. La unanimidad fue absoluta. Y, en toda la breve historia del Tercer Reich, nunca recibió éste en Alemania una contestación que llegara a acercarse a la que se produjo con la “Mit brennender Sorge”.

Como era de esperar, al día siguiente el órgano oficial nazi, “Voelkischer Beobachter”, publicó una primera réplica a la encíclica. Pero, sorprendentemente, fue también la última. El ministro alemán de propaganda, Joseph Goebbels, fue lo suficientemente inteligente y perspicaz como para advertir la fuerza que había tenido esa declaración. Y, con el control total de prensa y radio que ya tenia por esas fechas, decidió que lo más conveniente para el régimen era ignorar completamente la encíclica y las declaraciones de la jerarquía. Sus subordinados cumplieron escrupulosamente sus órdenes. Y, durante una temporada, disminuyeron asimismo los ataques a la Iglesia.

4- LA UNION DE AUSTRIA AL REICH Un año después, en marzo de 1938, el ejército alemán entraba en Austria, llamado por un canciller que había impuesto Hitler con amenazas. En general, se recibió bien la anexión –el «Anschluss»–, por la inestabilidad que sufría Austria y por la imagen que del régimen alemán había dado la activa propaganda nazi. Se convocó un plebiscito, por el que Austria pasaba a ser la «Ostmark», la «marca del Este» del Reich alemán.

Se vivía un clima de euforia. Si para la humillada Austria era la recuperación del orgullo perdido, para más de un eclesiástico era el alejamiento del peligro comunista. Todavía no sabían con quien se habían juntado. Con ese ambiente, cuando Hitler –austríaco de nacimiento– llegó a Viena, se entrevistó con el cardenal Innitzer. Creyendo que era bien acogido, emitió unas directrices en las que pedía que se acogiera la anexión con buena voluntad, e incluía, como se lo había pedido el Führer, el que las organizaciones juveniles se prepararan para incorporarse a las del Reich alemán. Pocos días después encabezaba una declaración del episcopado austríaco en la que se daba la bienvenida y se ensalzaba al nacionalsocialismo alemán. Enseguida vio Innitzer que se habían rebasado los limites de la prudencia, y añadió una nota aclaratoria en la que se decía que todo lo anterior estaba condicionado a que se garantizaran los derechos de Dios y de la iglesia. Como era de suponer, la propaganda nazi aireó la declaración, pero omitiendo toda referencia a esta última nota.

Este comportamiento fue muy mal recibido en Roma, máxime cuando incluía esa imprudente declaración sobre las organizaciones juveniles católicas. Innitzer fue inmediatamente llamado a Roma. Allí le esperaba Pacelli, con quien mantuvo una tensa conversación. Como resultado, “L’Osservatore Romano” publicaba el 7 de abril una declaración de Innitzer, que venía a ser una rectificación de lo anterior, en la que reivindicaba los derechos establecidos en el concordato austríaco, la independencia de las organizaciones juveniles católicas y los derechos de los fieles cristianos. Sólo entonces recibía Pío XI al cardenal austríaco; hasta entonces no había querido hacerlo.

La prensa nazi ignoró la rectificación. Y el nuevo gobierno suprimió de un golpe las organizaciones juveniles católicas, la enseñanza de la religión y, poco más tarde, hasta la facultad de teología de Innsbruck. El palacio arzobispal de Innitzer fue asaltado y arrasado por las «Hitler-Jugend», las juventudes hitlerianas.

Lo ocurrido en Austria muestra el acierto de los obispos alemanes. La firmeza de estos impidió que los nazis tomaran las medidas de desmantelamiento de la Iglesia católica en Alemania, país en que los católicos eran minoría, mientras que la debilidad y cortedad de miras de los austríacos no pusieron freno a esas medidas en la católica Austria.

5. LA GUERRA MUNDIAL Con el estallido de la guerra mundial, cambiaran bastantes cosas. Las relaciones de la Iglesia con el Tercer Reich ya no se referirán tan sólo a lo que suceda dentro de las fronteras alemanas, sino a una geografía más amplia y siempre cambiante. A los efectos que nos interesan, lo que importa es únicamente cuando un territorio está bajo la directa dominación alemana, y no si está alineado con el Eje. Italia, por ejemplo, sólo cae bajo dominio alemán cuando es derribado Mussolini en septiembre de 1943, y sólo la parte no ocupada por los aliados; habrá paracaidistas alemanes –y más discretamente, la Gestapo– vigilando los bordes de la Ciudad del Vaticano, pero sólo medio año, pues los norteamericanos entrarán en Roma a principios de junio de 1944. El hecho de que cada vez más países entren en guerra, y lo crítica que se volverá su situación a partir de 1943, hará que el régimen nazi se radicalice: cada vez le importará menos quedar bien ante nadie, ni le quedarán espacios donde poner en juego la diplomacia. Las matanzas de judíos –la «solución final»– comenzaron en la segunda mitad de 1942. En esa situación, los esfuerzos de la Santa Sede se dirigirán más bien a los aliados de Alemania, desde luego menos inhumanos que esta, con la intención de que resistieran la presión de los nazis para realizar deportaciones.

Cada país es una historia, y no hay espacio aquí para detallar qué sucedió en cada uno. Por parte de la Santa Sede, la principal novedad es el fallecimiento de Pío XI poco antes de comenzar la guerra, en febrero de 1939. Pero su sucesor fue el hasta entonces Secretario de Estado, Pacelli, que tomó el nombre de Pío XII. Nombró Secretario de Estado al cardenal Luigi Maglione. En cuanto a Alemania, no hay cambios importantes en la jerarquía. Por su firmeza en denunciar los abusos, que no faltaban, consiguieron que la represión anticatólica no fuera tan fuerte como en otros lugares, aunque hubo detenciones e internamientos en campos de concentración. Por lo demás, al estallar la guerra muchos de los judíos alemanes ya habían emigrado, y los mayores atropellos nazis tuvieron lugar fuera de sus fronteras, donde poco podían hacer los obispos alemanes.

6. POLONIA Durante la mayor parte de la guerra, la principal preocupación de la Santa Sede era Polonia. Conquistada el primer mes de la guerra, seguiría en manos alemanas hasta el otoño de 1944, casi al final. Tenía todos los ingredientes para convertirse en un infierno: ocupada durante cinco años, país católico, de la raza eslava, despreciada por los nazis y con más de tres millones de judíos, casi diez veces más que Alemania antes del nazismo, y la mayor proporción de Europa –ligeramente superior al 10%–. Y en eso se convirtió.

Se produjo una triple división con la ocupación. La franja oriental la ocuparon los soviéticos, que persiguieron duramente a la Iglesia católica. La parte central pasó a denominarse «Gobierno General de Polonia», bajo control alemán. La franja occidental se anexionó al Reich, que recuperaba así su frontera oriental anterior a la primera guerra mundial, y pasó a ser un distrito conocido como el «Warthegau».

Los alemanes no aceptaron un representante de la Santa Sede para un país que para ellos había dejado de existir, pero a la vez rechazaban sistemáticamente cualquier referencia del nuncio en Berlín, Mons. Orsenigo, a asuntos de Polonia, alegando que sólo se le reconocía competencia para lo que sucediera en el Reich. También, en esta hora amarga, la Iglesia polaca se quedó sin la cabeza que podía darle la cohesión que necesitaba. La invasión sorprendió al cardenal Hlond, arzobispo de Varsovia y primado polaco, de peregrinación en Lourdes, y no pudo moverse de allí hasta acabada la guerra.

Los nazis no sólo querían someter Polonia, sino suprimirla como nación, despojarla de su identidad. Por ello enseguida comenzaron las detenciones de lo que con razón consideraban como una de las principales señas de identidad polacas: la Iglesia católica. Se cerraron seminarios, se detuvieron sacerdotes y seminaristas, incluso varios obispos. Los alemanes intentaron aislar Polonia y que no llegaran al exterior noticias de lo que pasaba. Pero llegaban. Comenzaron a llover protestas de la Santa Sede. Se consiguió poco; principalmente, que los eclesiásticos detenidos fuesen a parar a un mismo lugar. Pero posiblemente esta medida también convenía a los nazis, y el lugar era el nada envidiable campo de concentración de Dachau, donde murieron muchos, a causa de las duras condiciones de vida y también por los «experimentos médicos» –a muchos se les inyectó tifus– que les tuvieron como víctimas.

Podría parecer que las condiciones de vida para la Iglesia en el «Warthegau» iban a ser mejores, pero no fue así. Con la misma excusa para evitar injerencias de la Santa Sede –que el territorio caía fuera del ámbito concordatario–, Hitler aprovechó la situación para hacer una especie de «prueba-piloto» e implantar de golpe lo que pretendía que acabara siendo el régimen de su «Gran Alemania». Para ello nombró un «Gauleiter» con poderes especiales. Pronto se vio que incluían la detención masiva de eclesiásticos, tanto de habla polaca como alemana. Buena parte de los clérigos alemanes que fueron a parar a Dachau provenían de esta provincia. Con la experiencia del Warthegau se comprenden perfectamente las verdaderas intenciones de Hitler, y lo que hubiera sucedido en el resto de Alemania si la jerarquía eclesiástica no hubiera dado un ejemplo de cohesión y firmeza.

7. EL DILEMA DE LA SANTA SEDE En una guerra se pueden disimular acciones aisladas y ocultar en el anonimato nombres propios, pero no se pueden esconder por mucho tiempo atrocidades como las cometidas por los nazis en Europa a quienes tienen medios para hacerse informar. Ahora están apareciendo pruebas documentales de algo que por lo demás es de sentido común: que los gobiernos aliados estaban perfectamente al tanto del exterminio programado de judíos. Si no lo denunciaron públicamente es porque nadie quería recibir una oleada de refugiados judíos. Probablemente sabían también que los nazis, antes de decidir la «solución final», habían considerado otras posibles alternativas que incluían el destierro forzoso. La Santa Sede tenía cauces de información distintos, pero los tenía y, aunque se le pudieran escapar datos como para tener el cuadro completo, lo cierto es que estaba muy al tanto de los atropellos nazis. ¿Debió formular condenas públicas y explícitas? En primer lugar, no puede perderse de vista lo delicado de la situación. A diferencia de otros gobiernos, la Santa Sede no hablaba «desde fuera»: estaba en juego la supervivencia misma de la Iglesia en muchos países. Y, en los primeros años de la guerra, parecía claro que había medidas que podían resultar contraproducentes, pues podían conducir a que los entonces victoriosos nazis radicalizaran más aún sus posturas. El nuncio en Berlín, Orsenigo, ya había oído de algunos funcionarios que interceder por una persona sólo servía para que empeorara su situación. Y pudo comprobarse que era verdad: cuando la jerarquía católica de Amsterdam se quejó públicamente en 1942 del trato que se daba a los judíos, la respuesta alemana fue limpiar Amsterdam de judíos, enviados a los campos de concentración. Además, la praxis diplomática de la Santa Sede tenía como norma evitar, en tiempo de guerra, hacer manifiestos que pudieran aprovecharse por la propaganda de alguno de los beligerantes y situar a la Iglesia como parcial. La principal razón es que generaba desunión entre los católicos, y en particular de los de la parte «perjudicada», con la Santa Sede. Por ello, de entrada se prefirió la protesta, que fue todo lo intensa que se pudo. El mismo Pío XII, al recibir al ministro alemán de Asuntos Exteriores von Ribbentrop en 1941, le formuló una lista detallada de quejas durante dos días (Ribbentrop, que hizo la visita con fines propagandísticos, declaró que su resultado era «satisfactorio», pero no fue así. Cuando se produjo la invasión de la URSS, Alemania quiso que el Vaticano la denominase «cruzada contra el bolchevismo», y la contestación vaticana, con su negativa, era otra lista de agravios, que se añadió a la que acababa de formular el episcopado alemán tras su reunión de Fulda.

A la vez, la Santa Sede consideraba la posibilidad de formular una condena pública. Al principio, decidió amagar. Hizo saber a las autoridades nazis, a través del embajador von Weizsacker, que si seguían produciéndose los abusos no le quedaría otro remedio que formular un manifiesto de condena. Por un tiempo, por desgracia breve, pareció surtir efecto. Más adelante, ya no le importaba a Alemania, y en el Vaticano se llegó a la conclusión de que no serviría para nada.

En el último periodo de la guerra los esfuerzos de la Iglesia fueron encaminados a intentar salvar personas, e influir ante los satélites de Hitler para que impidieran a las SS alemanas tener mano libre en su territorio. Se consideraba lo más práctico, y una visión retrospectiva parece confirmarlo; se salvaron así muchos miles de hebreos –no se puede dar una cifra exacta, pero esta debería tener seis dígitos–, aunque, en comparación con el total exterminado, los resultados fueran más bien exiguos: no se podía hacer otra cosa. Se pudieron conseguir resultados en Italia, donde muchos judíos se salvaron por la protección de eclesiásticos –en Roma, Pío XII participaba personalmente en esta labor– y otros fieles católicos, y en menor medida en Francia y Bélgica. También en Rumanía, gracias a que entre la caída de Antonescu –que puso el país en manos alemanas– y la entrada de los rusos medió poco tiempo; pero en ese poco tiempo pudieron hacer más estragos si no fuera por las gestiones, entre otros, de Mons. Roncalli, futuro Juan XXII y entonces delegado apostólico en Turquía. Por fortuna para muchos judíos rumanos, su país, a diferencia de otros, tenía una vía de escape: el mar Negro.

8. CASOS TRAGICOS Como ya se ha señalado, cada país tuvo sus peculiares circunstancias y su historia. Es bastante ilustrativo lo sucedido en tres de ellos, con algunas características comunes: los tres eran de mayoría católica, en los tres parecía que podía evitarse la catástrofe, pero al final los tres casos acabaron en tragedia.

El primer caso era el de Croacia. Antes de la guerra formaba parte de Yugoslavia. Los recientes acontecimientos han puesto de manifiesto que la antigua Yugoslavia (la «Eslavia del sur») era un país complejo y problemático. Lo ha sido desde su nacimiento, pues no nació bien: fue una idea de Clemenceau en Versalles aglutinar varios territorios en ese nuevo Estado, juntando a Serbia con la Croacia y Eslovenia que habían pertenecido al imperio austrohúngaro, y con algunas zonas más. En resumen: era un país bastante artificial, y con nacionalismos latentes que estallarían en la guerra. Alemania la ocupo en primavera de 1941, y se retiró a finales de 1944, con sus tropas muy hostigadas por los guerrilleros de Tito, comunistas armados por los ingleses y no por los rusos. Junto a la ocupación alemana, hubo un sector italiano al noroeste, hasta el armisticio italiano de 1943.

Los alemanes se aprovecharon enseguida del nacionalismo croata para crear un Estado títere en Croacia, con un filonazi –Pavelic– como presidente, que incluso envió tropas al frente ruso para luchar con los alemanes. Pero los problemas que pronto empezaron a surgir venían sobre todo de las milicias que quedaron en Croacia: los «ustachis». Fanáticos y violentos, comenzaron a hostigar a serbios y judíos. Como, al menos en teoría, los ustachis eran católicos, la comunidad judía apeló a la Santa Sede, y ésta, que ya estaba recibiendo informes de obispos y noticias de sus quejas, reaccionó. Consiguió garantías en la zona italiana, y envió en el verano de 1941 un delegado apostólico a Zagreb, el abad benedictino Marcone. Este encontró que buena parte de los judíos habían sido concentrados en campos, pero sus gestiones eran respondidas con evasivas; sólo a principios de 1942 pudo su secretario y el del arzobispo de Zagreb visitar algunos de los campos.

A pesar de todo, el catolicismo del país se notaba, y no todos eran fanáticos pronazis. Marcone entabló cierta amistad con el jefe de la policía croata. A través de él pudo saber en el verano de 1942 que los alemanes habían pedido la deportación de todos los judíos a Alemania. Informó inmediatamente a la Santa Sede, pidiendo que se hiciera algo. Pero ese «algo» tenía que consistir principalmente en las gestiones del propio Marcone. Y las realizó repetidamente, sobre todo ante Pavelic, que no quiso hacerle caso. El jefe de la policía procuró retrasarlo, pero en noviembre cambió, y el nuevo era un viejo funcionario que tenía miedo de hacer nada al respecto. En mayo de 1943 Himmler visita Zagreb para ultimar la operación. Marcone y el arzobispo de Zagreb, Stepinac, intentaron hacer gestiones para parar la deportación judía. Fue en vano. Con todo, el esfuerzo de Marcone no había pasado inadvertido a la comunidad hebrea, cuyo gran rabino de Zagreb ya le había llamado varias veces para darle las gracias.

Otro caso particularmente doloroso es el de Hungría. Nación de mayoría católica, contaba con una numerosa población judía, superior al medio millón si se incluían los huidos de otros países. Gobernaba el dictador Horthy, que no era católico, bajo el cual el país se había incorporado al Eje y luchado al lado de Alemania. Había hecho aprobar algunas leyes que discriminaban a los judíos, pero nunca quiso ir más allá, y se negó a cualquier deportación a territorio bajo control alemán. La Santa Sede, a través sobre todo del nuncio Rotta, estaba ejerciendo una eficaz mediación para su salvaguardia. Pero en marzo de 1944 el ejército alemán entró en Hungría. Comenzaron las deportaciones con destino a Auschwitz. En julio, Horthy recupera el control y se interrumpen. Pero en octubre los alemanes le arrestan, y colocan en su lugar a extremistas fanáticos –los «cruces de flechas»–, y es entonces cuando las deportaciones cobran mayor intensidad, hasta principios de 1945, cuando el país cae en manos rusas. Era un afán diabólico. Con la guerra claramente perdida, muchos trenes que se necesitaban para el esfuerzo bélico se dedicaron a transportar hacia la muerte a decenas de miles de judíos. Pío XII había enviado en agosto de 1944 un telegrama a Horthy, que fue bien recibido, pero cuando se le apartó del poder no se pudo hacer nada. Los «cruces de flechas» no escuchaban a la Iglesia; con ellos, antes que con los comunistas, conoció la cárcel el futuro cardenal Mindszenty, que ya era obispo por estas fechas.

El tercer caso es el de Eslovaquia. A raíz de la ocupación alemana de Bohemia y Moravia –la actual Chequia–, Eslovaquia se independizó, aunque sin dejar de ser un satélite de Alemania. Gobernaba el país –de mayoría católica– un partido filonazi cuya cabeza era el primer ministro, Bela Tuka. Pero el presidente de la República era un sacerdote católico, Josef Tiso. Tiso constituye un buen ejemplo de a dónde puede conducir un nacionalismo aparentemente inofensivo. Era un claro ejemplo de nacionalismo, y políticamente era de derechas y de cierta tendencia antisemita, pero no era de ideología nazi, y menos aún un asesino. Política y personalmente débil, dejaba hacer a Tuka y su partido, que se iba radicalizando conforme avanzaba la guerra. En 1942 empezaron las deportaciones de judíos –había unos 80.000 en Eslovaquia–, y la Santa Sede, que ya veía con desagrado la posición de Tiso, pidió a su encargado de negocios (siguiendo la tradición, no había representación diplomática plena en un país que nace en una guerra mientras esta no acabase), Mons. Burzio, que formulara las protestas pertinentes, a las que se sumaba el Secretario de Estado Maglione, que recibió al ministro eslovaco Sidor. Además, la Santa Sede pidió a Burzio que apelara a la conciencia sacerdotal de Tiso. Este intentó suavizar la realización de las medidas y concedió los indultos que pudo… pero nada más. Le frenaba el miedo a los alemanes, y a que estos acabaran con el Estado eslovaco. El gobierno eslovaco respondió al Vaticano dando unas garantías insuficientes y con ambigüedad. Con todo, en 1943 hubo pocas deportaciones, y la situación se calmó. Pero en 1944 cambiaron las cosas. En verano hubo una sublevación, y para sofocarla entraron tropas alemanas en Eslovaquia. Y, con ellas, se reanudaron las deportaciones en masa. Tiso quiso oponerse, pero apenas consiguió retrasarlas unos días. Burzio pidió a la Santa Sede una intervención, y Mons. Tardini envió a Tiso un telegrama en nombre de Pío XII, que el Papa había revisado personalmente. Pedía, en nombre del Santo Padre, «que ajustara sus sentimientos y sus decisiones a las exigencias de su dignidad y de su condición sacerdotal». La verdad es que a esas alturas poco podía hacer Tiso, pero también es cierto que él no estuvo a la altura: en su contestación –fechada el 8 de noviembre–, aparte de inculpar veladamente a los alemanes, intentó minimizar la gravedad de lo que sucedía, dio a entender que las deportaciones tenían como destino las fábricas alemanas, e incluso se deslizaba alguna expresión antisemita. La Santa Sede no respondió, y quedó con el consuelo de saber que buena parte de los judíos que se habían salvado lo habían hecho gracias al refugio que encontraron en instituciones católicas, donde se les escondía arriesgando la vida –y en más de un caso perdiéndola–, como en tantos lugares de Europa. En cuanto a Tiso, tampoco parecía procedente iniciar un expediente penal canónico: para cuando se hubiera fallado, ya estaría en manos rusas. Así ocurrió, y fue fusilado en 1947 9. FINAL Poco después, en mayo de 1945, acababa la pesadilla de la guerra en Europa. No duraría mucho el alivio de la Santa Sede, que no tardaría en ver nacer la pesadilla comunista en el Este europeo. La Iglesia intentó desde el primer momento frenar la avalancha neopagana y racista nazi. No pudo conseguir demasiado, salvo en algunos sitios como Francia e Italia, pero igualmente cierto es que lo intentó con todos los medios a su alcance y que, cuando terminó la contienda, entre los pocos a quienes podían manifestar su agradecimiento las organizaciones judías figuraban la Santa Sede y unas cuantas personalidades e instituciones de la Iglesia católica, empezando por Pío XII.

Jesús Bastante, “La mayoría de los sacerdotes defienden el celibato”, ABC, 6.IV.2002

La mayoría de los sacerdotes católicos considera de plena validez la norma del celibato presbiteral (vigente en la Iglesia católica de rito latino desde el siglo IV) como signo de una «entrega total» a su vocación.

Algunos colectivos eclesiales han solicitado una reforma que permita la existencia de curas casados. Sin embargo, la doctrina oficial de la Iglesia católica a lo largo de los siglos ha subrayado la importancia del celibato sacerdotal como signo de cercanía a Jesús y como modo de dedicarse plenamente al ejercicio de la labor pastoral de los presbíteros. En el Catecismo de la Iglesia católica se recoge que los sacerdotes son «llamados a consagrarse totalmente al Señor y a sus cosas», que se entregan «enteramente a Dios y a los hombres». «El celibato es un signo de esa vida nueva al servicio de la cual es consagrado el ministro de la Iglesia».

Como ha subrayado el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Darío Castrillón Hoyos, «se ha hecho un problema de algo que en sí no lo es. En el mundo hay 450.000 sacerdotes que viven su celibato con alegría. Frente a éstos, hay una minoría, porcentualmente insignificante, que se rebela contra esta ley del celibato, o que en algún momento de debilidad producida por múltiples causas, ha tomado la decisión de abandonar esta forma de vida».

Desde su experiencia personal, el cardenal Castrillón revela que «el celibato es un don, que se acoge como un amor de entrega, de donación, con un amor generoso hacia Dios y hacia los hombres como Cristo los amó. Sólo así se puede comprender el celibato».

Para el presidente de la Conferencia Episcopal Española, Antonio María Rouco, «el sacerdocio exige un estilo de vida de total desprendimiento, por lo que el celibato es lo mejor». «Se pide ser célibe -añade- para ser sacerdote; el que no quiera ser célibe, no vale para ser sacerdote».

Por su parte, el obispo de Osma-Soria y director nacional de Obras Misionales Pontificias, Francisco Pérez, señaló que «para mí, el celibato es la gracia más hermosa que guardo en mi corazón y en mi vida sacerdotal. Le doy gracias a Dios por darme este carisma. Cuanto más pasa el tiempo, más enamorado estoy de él». Para monseñor Pérez, «el celibato me ayuda a amar más a Dios y a los seres humanos, embellece mi vida y la vida de la Iglesia». Sobre el debate acerca del celibato opcional, afirma que «el celibato sigue teniendo sentido, pese a las dificultades y las debilidades».

El celibato es opcional «La reivindicación del celibato opcional parece un sinsentido, porque nuestro celibato es opcional», indica Manuel María Bru, sacerdote desde 1989 y en la actualidad delegado de medios de comunicación del arzobispado de Madrid. «Nadie nos ha obligado a ser célibes, ni se nos ha pasado por la cabeza otra forma de entender nuestra vocación sacerdotal que como vocación también al celibato».

Para el sacerdote madrileño «mi vocación no es una profesión, sino la necesidad de seguir a Cristo siendo otro Cristo. Él vivió para los demás, yo pido la gracia de vivir para los demás. Él vivió célibe para cumplir su misión, yo pido la gracia del celibato para cumplir mi misión». Desde su experiencia como sacerdote en la parroquia de San Jorge, Bru añade que «he comprobado cómo la fidelidad al celibato no es una conquista, sino una gracia. El gran enemigo del celibato es la soledad, la exclusión social de una cultura laicista que nos mira y nos presenta como bichos raros, y la tentación al desánimo cuando no vemos la cosecha de nuestra siembra».

De la misma opinión es Ernesto Bilbao Solozábal, ordenado hace 11 años y que en la actualidad tiene a su cargo 56 pueblos de la Ribagorza oriental, cercana a Lérida. Para él, los recientes escándalos protagonizados por sacerdotes «me llevan a procurar rezar y desagraviar al Señor» y «verme capaz de cualquier cosa si me abandono». Sobre su postura frente al celibato, estima que «es un regalo del sacerdote a la Iglesia y a toda la comunidad», por lo que «hay que protegerlo con fidelidad y lealtad, con madurez y responsabilidad». Bilbao, ferviente partidario de vestir sacerdotalmente («manifesta mi entrega y disponibilidad las 24 horas del día»), opina que «hay que promover la fidelidad y la lealtad a los compromisos adquiridos, pero no sólo entre los curas, también en el matrimonio y en la vida social».

Iglesias de rito oriental Uno de los aspectos que sostienen la tesis de los partidarios de la existencia de sacerdotes casados está en que las Iglesias de rito oriental (en comunión con Roma) sí admiten esta figura. En este sentido, el Catecismo, en su artículo 1580, reconoce que «en las Iglesias orientales, desde hace siglos, está en vigor una disciplina distinta: mientras los obispos son elegidos únicamente entre los célibes, hombres casados pueden ser ordenados presbíteros y diáconos». Esta práctica, a juicio de la Iglesia católica, «es considerada como legítima desde tiempos remotos». No obstante, se subraya cómo «en Oriente como en Occidente, quien recibe el sacramento del Orden no puede contraer matrimonio».

Teófilo Moldovan es sacerdote rumano (de la Iglesia Ortodoxa de rito bizantino), está casado y trabaja en el secretariado de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal. «Personalmente, tuve la bendición de Dios y la suerte de tener un apoyo moral y práctico en grado sumo por parte de mi esposa y mis dos hijas en mi larga trayectoria de vida sacerdotal». Sobre la postura de las Iglesias orientales, el padre Moldovan sostiene que «siempre manifestamos un profundo respeto de la disciplina celibataria en la praxis de la Iglesia católica latina. La norma celibataria merece todo respeto y aprecio, por la total entrega de la vida al servicio de Cristo y de la Iglesia».

Respecto a la polémica suscitada en nuestro país, el sacerdote opina que «con la secularización, el indiferentismo religioso y el sensacionalismo que se busca, resulta difícil la vida sacerdotal de los orientales casados y de los célibes latinos». A su juicio, «todo dependerá, en buena medida, de las personas y su responsabilidad moral y de conciencia ante Dios y el mundo, que asumieron la gran y exigente tarea divino-humana del sacerdocio».

«En nuestra Iglesia -abunda monseñor Virgil Bercea, obispo de Oradea Mare de los Rumanos- el 20 por ciento de los sacerdotes de rito greco-católico están casados, mientras que los otros viven el celibato. En mi diócesis tengo sacerdotes casados y con hijos y, en general, tienen más problemas que los demás, pues los célibes pueden dedicarse a la misión a tiempo completo, mientras que los casados tienen que entregar una parte de su tiempo y de sus preocupaciones a guiar y sostener a su familia».

El celibato en la historia de la Iglesia Aunque ya San Pablo subrayaba que «el célibe se ocupa de los asuntos del Señor, mientras que el casado de los asuntos del mundo», durante sus primeros siglos de existencia, el Cristianismo ordenaba como sacerdotes a hombres casados. No fue hasta la celebración del Concilio Provincial de Elvira (Toledo) en el año 325, cuando la Iglesia católica no comenzó a regular la cuestión del celibato. En 385, San Siricio abandonó a su esposa para convertirse en Papa, decretando que los sacerdotes pudieran «dormir con sus esposas». En el siglo VI, el segundo Concilio de Tours establecía que todo clérigo que sea hallado en la cama con su esposa «será excomulgado por un año y reducido al estado laico». El punto de inflexión respecto a este asunto surge con el cambio de milenio. En 1074, Gregorio VII dice que toda persona que desea ser ordenada debe hacer primero voto de celibato Los dos primeros Concilios de Letrán, del siglo XII, confirman que «los matrimonios clericales no son válidos». Finalmente, el Concilio de Trento (1563) establece que celibato y virginidad son superiores al matrimonio. En el siglo pasado, Pablo VI, en su encíclica «Caelibatus Sacerdotalis», subrayaba que el celibato «es un estímulo para que todos alcen la vista a las cosas que están allá arriba, en donde está Cristo».