¿Siempre de acuerdo con el Papa?

 
—Entiendo que los que no son católicos pueden estar o no de acuerdo con lo que diga el Papa. Pero, ¿y los católicos? ¿deben estar de acuerdo siempre y en todo?
El Romano Pontífice habla “ex cathedra” y goza por tanto de infalibilidad en razón de su oficio cuando, como supremo pastor y doctor de todos los fieles, proclama de una forma definitiva la doctrina de fe y costumbres. En esos casos, el Romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que, en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica. 
En el n. 25 de la Constitución Lumen Gentium, del Concilio Vaticano II, se señala también que los que somos católicos debemos aceptar con respeto el magisterio auténtico del Romano Pontífice aun cuando no hable “ex cathedra”, de tal manera que aceptamos con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad prestamos adhesión al parecer expresado por él, según su manifiesta mente y voluntad, lo cual se deduce o se concluye principalmente por la índole de los documentos, por la frecuente proposición de la misma doctrina, o por la forma de decirlo.
A la vez, es obvio que, como es natural, con frecuencia los documentos magisteriales de los Papas presentan además otro tipo de consideraciones: referencias a hechos históricos y a la cultura del momento, observaciones sobre cuestiones relativas a las ciencias, exhortaciones y sugerencias para la vida espiritual,  etc., que han de recibirse con respeto y afecto, pero que por su misma naturaleza no piden una adhesión en sentido estricto, salvo que en algún caso, por su relación con la fe o la moral, el tenor de la enseñanza lo requiera.
Es decir, se puede ser un buen católico y disentir de algunas apreciaciones o consideraciones hechas al hilo de lo que es propiamente la enseñanza magisterial, pero, si son efectivamente buenos católicos, deben expresarlo con prudencia y respeto, y evitando que esto les lleve a ignorar o a desaprovechar la gran riqueza espiritual que contienen las palabras de los Papas. 
 
Alfonso Aguiló 

Dossier sobre sacerdotes y abusos de menores

Charles Scicluna, "El Papa no encubrió a un acusado", Aceprensa, 16 Marzo 2010

 

Algunos medios han afirmado que el Card. Joseph Ratzinger autorizó en 1980 –cuando era arzobispo de Múnich– el traslado de un sacerdote pederasta de la diócesis de Essen a una parroquia de Múnich, donde el clérigo cometió nuevos abusos. Pero en realidad el actual Papa no tomó la decisión de reintegrar al clérigo.

 

El pasado viernes, 12 de marzo, la archidiócesis de Múnich y Frisinga primero y la Oficina de Prensa de la Santa Sede después se anticiparon a las acusaciones que iba a difundir al día siguiente el diario alemán Süddeutsche Zeitung.

 

Según este periódico, un sacerdote de la diócesis de Essen –Peter Hullermann, acusado de abusos sexuales a un muchacho de 11 años– fue trasladado a la archidiócesis de Múnich en 1980, donde recibió un nuevo encargo pastoral. Todo esto con el visto bueno del Card. Joseph Ratzinger, entonces arzobispo de Múnich.

 

La versión del Süddeutsche Zeitung fue repetida después por otros. El Times (13-03-2010) tituló: “El Papa sabía que el sacerdote era pedófilo pero autorizó que continuara en su ministerio”.

 

Tanto el comunicado de la archidiócesis de Múnich y Frisinga como el de la Santa Sede precisan cuál es la conexión del actual Papa con este caso: sólo autorizó que Hullermann residiera en una residencia de sacerdotes de Múnich mientras recibía una terapia.

 

Hasta aquí llega la actuación del arzobispo. En noviembre de 1981, Juan Pablo II nombró al Card. Ratzinger prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe. Por este motivo, en febrero siguiente renunció a la sede de Múnich y se trasladó a Roma.

 

El problema es que luego, en septiembre de 1982 (cuando el card. Ratzinger ya estaba en Roma y aún no había sido nombrado su sucesor), el vicario general de Múnich, Gerhard Gruber, decidió dar a Hullermann un encargo como asistente pastoral en una parroquia. En un comunicado reciente, Gruber reconoce su error y  asume “toda la responsabilidad”.

 

Mientras Joseph Ratzinger fue arzobispo de Múnich, no hubo denuncias contra Hullermann. Las primeras acusaciones llegaron en 1985. Al comprobar que la policía había iniciado una investigación contra Hullermann, la diócesis de Múnich lo retiró del ministerio.

 

En junio de 1986, Hullermann fue condenado por un tribunal de la Alta Baviera a 18 meses de cárcel en libertad condicional y una multa de 4.000 marcos, por abuso de menores.

 

Charles Scicluna es Promotor de Justicia de la Congregación para la Doctrina de la Fe

 

 

El New York Times intenta implicar al Papa en un caso de pederastia

 

La Santa Sede ha salido al paso explicando con rigor aquel episodio y poniendo en evidencia la tendenciosidad del artículo de la cabecera neoyorquina

 

Los medios de comunicación internacionales están ensañándose con la Iglesia católica por los casos de abusos sexuales que se han destapado en diferentes diócesis europeas. De hecho, algunos diarios han querido relacionar directamente al Papa Benedicto XVI con alguno de estos casos. El último despropósito, en este sentido, lo ha protagonizado el americano New York Times.

 

El diario estadounidense, en su edición del 25 de marzo, ha abundado en su carácter anticatólico al difundir un bulo relativo al Santo Padre según el cual los cardenales Ratzinger y Tarcisio Bertone (actual secretario de Estado del Vaticano) habrían ocultado el caso, señalado a la Congregación para la Doctrina de la Fe por la archidiócesios de Milwaukee, relativo a un cura pedófilo, Lawrence Murphy.

 

New York Times acusa a la instrucción Crimen sollicitationis de 1962 de haber actuado para impedir que el caso Murphy fuese llevado a la atención de la autoridades civiles. La realidad es radicalmente distinta como se podrá ver a continuación.

 

Alrededor de 1975, según explica el portal de noticias Zenit, Murphy fue acusado de abusos particularmente graves y desagradables en un colegio para menores sordos. El caso fue inmediatamente denunciado a las autoridades civiles, que no encontraron pruebas suficientes para proceder contra Murphy. La Iglesia, en esta cuestión más severa que el Estado, continuó sin embargo con persistencia indagando sobre Murphy y, dado que sospechaba que fuese culpable, a limitar de diversos modos su ejercicio del ministerio, a pesar de que la denuncia contra él hubiese sido archivada por la magistratura correspondiente.

 

Veinte años después del episodio, en 1975, la archidiócesis de Milwaukee consideró oportuno señalar el caso a la Congregación para la Doctrina de la Fe (en las que estaban Ratzinger y Bertone) al vivir un contexto de polémicas sobre los casos de ‘curas pedófilos’. La Congregación –al ser informada de que el cura estaba en un estado cercano a la muerte- no publicó documentos y declaraciones veinte años después de los hechos, sino que recomendó que se continuase limitando las actividades pastorales de Murphy y que se le pidiese que admitiera públicamente sus responsabilidades. Cuatro meses después de la intervención romana, Murphy murió.

 

New York Times y su oportunismo anticristiano ha rescatado un episodio de hace treinta y cinco años, conocido y discutido por la prensa local ya a mitad de los años 70, cuya gestión por parte de la Congregación para la Doctrina de la Fe, fue canónica y moralmente impecable, y mucho más severa que la de las autoridades estatales americanas.

 

 

“No hubo encubrimiento alguno”

 

El propio L’Osservatore Romano, ha salido al paso de las afirmaciones de la cabecera neoyorquina que trataba de ensuciar la imagen de Benedicto XVI. “No hay encubrimiento alguno”, asegura el diario vaticano en su respuesta al artículo del New York Times, que trata de implicar a la Congregación para la Doctrina de la Fe, cuando tenía por prefecto al cardenal Joseph Ratzinger, con el caso de Murphy.

 

Como ha explicado una nota publicada por el padre Federico Lombardi, director de la Oficina de Información de la Santa Sede, la arquidiócesis estadounidense no presentó el caso por denuncias de abusos sexuales del sacerdote, una cuestión que para la justicia estadounidense había sido archivada años atrás, sino por violación del sacramento de la penitencia, perpetrada a través de solicitaciones sexuales en el confesonario, delito castigado por el canon 1387 del Código de Derecho Canónico.

 

“Como puede deducirse fácilmente leyendo la reconstrucción realizada por el New York Times, sobre el caso del padre Murphy no hubo encubrimiento alguno”, asegura L'Osservatore Romano en la edición del 26 de marzo.

 

 

Massimo Introvigne, "El lobby laicista contra el Papa. El gran bulo del New York Times", 27 de marzo de 2010

 

Ayer, jueves 25 de marzo la agencia de noticias Zenit publicaba el siguiente artículo de Massimo Introvigne. Vale la pena leerlo y conservarlo.

 

La batalla continúa y es muy conveniente saber de dónde llegan los ataques. No podemos ni queremos disculpar a los pedófilos, pero los cristianos tenemos el derecho y el deber de defender a la Iglesia y al Papa.

 

Si hay un periódico que me viene a la mente cuando se habla de lobbies laicistas y anticatólicos, este es el New York Times. El 25 de marzo de 2010, el diario de Nueva York ha confirmado esta vocación suya con un increíble bulo relativo a Benedicto XVI y al cardenal secretario de Estado Tarcisio Bertone.

 

Según el diario en 1996 los cardenales Ratzinger y Bertone habrían ocultado el caso, señalado a la Congregación para la Doctrina de la Fe por la archidiócesis de Milwaukee, relativo a un cura pedófilo, Lawrence Murphy. Increíblemente – tras años de precisiones y después de que el documento fue publicado y comentado ampliamente en medio mundo, desvelando las falsificaciones y los errores de traducción de los lobbies laicistas – el New York Times acusa aún a la instrucción Crimen sollicitationis de 1962 (en realidad, segunda edición de un texto de 1922) de haber actuado para impedir que el caso Murphy fuese llevado a la atención de las autoridades civiles.

 

Los hechos son un poco distintos. Alrededor de 1975, Murphy fue acusado de abusos particularmente graves y desagradables en un colegio para menores sordos. El caso fue inmediatamente denunciado a las autoridades civiles, que no encontraron pruebas suficientes para proceder contra Murphy. La Iglesia, en esta cuestión más severa que el Estado, continuó sin embargo con persistencia indagando sobre Murphy y, dado que sospechaba que fuese culpable, a limitar de diversos modos su ejercicio del ministerio, a pesar de que la denuncia contra él hubiese sido archivada por la magistratura correspondiente.

 

Veinte años después de los hechos, en 1995 – en un clima de fuertes polémicas sobre los casos de los “curas pedófilos” – la archidiócesis de Milwaukee consideró oportuno señalar el caso a la Congregación para la Doctrina de la Fe. El señalamiento era relativo a violaciones de la disciplina de la confesión, materia de competencia de la Congregación, y no tenía nada que ver con la investigación civil, que se había llevado a cabo y que había concluido veinte años antes. Se debe también observar que en los veinte años precedentes a 1995 no había habido ningún hecho nuevo, o una nueva acusación hacia Murphy. Los hechos de los que se discutía eran aún aquellos de 1975. La archidiócesis señaló también a Roma que Murphy estaba moribundo. La Congregación para la Doctrina de la Fe ciertamente no publicó documentos y declaraciones veinte años después de los hechos, sino que recomendó que se continuase limitando las actividades pastorales de Murphy y que se le pidiese que admitiera públicamente sus responsabilidades. Cuatro meses después de la intervención romana, Murphy murió.

 

Este nuevo ejemplo de periodismo basura confirma cómo funcionan los “pánicos morales”. Para enfangar a la persona del Santo Padre se renueva un episodio de hace treinta y cinco años, conocido y discutido por la prensa local ya a mitad de los años 70, cuya gestión – en cuanto era de su competencia y un cuarto de siglo después de los hechos – por parte de la Congregación para la Doctrina de la Fe, fue canónica y moralmente impecable, y mucho más severa que la de las autoridades estatales americanas. ¿De cuántos de estos “descubrimientos” tenemos aún necesidad para darnos cuenta de que el ataque contra el Papa no tiene nada que ver con la defensa de las víctimas de los casos de pedofilia – ciertamente graves, inaceptables y criminales, como Benedicto XVI ha recordado con tanta severidad – sino que intenta desacreditar a un Pontífice y a una Iglesia que molestan a los lobbies por su eficaz acción de defensa de la vida y de la familia?

 

El obispo Joseph Ratzinger y el pederasta de Múnich: no lo destinó a una parroquia

 

En Alemania se denuncian unos 15.000 casos de abusos a menores cada año, y desde 1995 son unos 210.000 (los cuenta Luigi Accattoli en "Liberal", 9 de marzo de 2010) pero a la prensa los casos que les interesan de verdad son los que implican al clero católico (sólo hay 94 demostrados en estos 15 años) y, sobre todo, cualquiera que tenga que ver con el alemán Joseph Ratzinger, es decir, con el Papa Benedicto XVI.

 

Este viernes 12 de marzo por la tarde el diario alemán "Süddeutsche Zeitung" publicó en su edición de Internet el testimonio jurado de un hombre que sufrió abusos cuando tenía 11 años por parte de un cura. Ese sacerdote, expulsado de la diócesis de Essen por su implicación en casos de abusos, fue acogido en enero de 1980 por la arquidiócesis de Munich para ser sometido a terapia.

 

El entonces arzobispo de Munich, Joseph Ratzinger, tomó la decisión de alojarlo en una casa parroquial para que siguiera el tratamiento, pero no le encomendó ningún cargo pastoral. Ratzinger no tomó ninguna decisión más respecto a ese hombre, llamado "H." en un informe reciente de la diócesis.

 

El cura en realidad no llegó a seguir ninguna terapia, y de hecho se puso a trabajar en responsabilidades pastorales (con acceso a jóvenes y menores) por indicación del vicario general de la diócesis, Gerhard Gruber. Éste ha declarado ahora: "La reintegración de H. fue un grave error. Asumo toda la responsabilidad. Lamento profundamente que esta decisión haya podido acarrear perjuicio a los jóvenes, y presento mis excusas a todos los que han sufrido un daño".

 

Juan Pablo II nombró a Ratzinger prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe el 25 de noviembre de 1981 y en 1982 ya estaba en Roma.

 

La diócesis de Múnich supo en 1985 que "H." volvía a estar implicado en asuntos turbios: había denuncias de abuso sexual contra él y una investigación policial. En cuanto se supo, se le apartó de toda tarea pastoral.

 

En junio de 1986, el Tribunal de Distrito de Ebersberg halló culpable a "H." de abuso sexual a menores. Le condenó a 18 meses de privación de libertad en régimen de libertad condicional y a una multa de 4.000 marcos. Al acusado se le ordenó someterse a psicoterapia.

 

De noviembre 1986 a octubre 1987, la diócesis colocó al sacerdote en un lugar donde, en principio, no podía causar daños: capellán en un asilo de ancianos.

 

Después, según explica un comunicado del actual arzobispado de Múnich, dado que la sentencia del tribunal había sido "relativamente ligera" y que la psicóloga que le daba tratamiento estaba de acuerdo, la diócesis lo reintegró en una parroquia de Garching. Desde el fallo del tribunal, en 1986, las autoridades diocesanas no han tenido conocimiento de ningún otro caso de abuso atribuido al sacerdote.

 

El 6 de mayo de 2008 el sacerdote fue retirado de sus funciones administrativas en la parroquia en Garching, y en octubre de 2008, fue integrado en la pastoral del Turismo. Se le impuso como condición que no tuviera ninguna relación con niños, jóvenes o monaguillos.

 

Un informe legal preparado por petición del nuevo arzobispo de Múnich, Reinhard Marx, ha confirmado que el sacerdote no debía haber sido reintegrado en la parroquia de Garching. Desde hace un tiempo el actual vicario general de la diócesis, Peter Beer, ha creado un grupo de trabajo para revisar la manera en que se han afrontado en el pasado las acusaciones de abusos sexuales atribuidos a sacerdotes. Este grupo es quien ha rastreado el caso, lo ha explicado y lo ha remitido a Roma y a la prensa alemana.

 

El portavoz vaticano, el padre Lombardi, se remite a este informe para dejar claro que Joseph no encargó a "H." ninguna función pastoral, sino que se limitó a alojarlo en una casa parroquial para que siguiese terapia, y que apenas dos años después Ratzinger ya no estaba en la diócesis, tres años antes de que se supiese que el sacerdote reincidía. 

 

Otra estrategia que se ha intentado usar para relacionar el nombre del Papa con los abusos es el de los casos de Regensburg (Ratisbona) donde ha vivido y trabajado siempre el hermano del Papa, Georg Ratzinger. Un artículo de "L'Osservatore" lo abordaba y la agencia Aceprensa lo resumía así:

 

Otra muestra de información no ya sesgada sino falsa ha sido el intento de involucrar en el escándalo de los abusos sexuales al hermano del Papa, Georg Ratzinger, por casos sucedidos en el coro de Ratisbona (Domspatzen) del que fue director musical de 1964 a 1993. Pero ninguno de los casos declarados se refieren a este periodo ni al coro en sí. Según la nota publicada por el obispado de Ratisbona, en la institución hay tres secciones: un liceo (Gymnasium), gestionado por un director laico; un internado, dirigido por un sacerdote, donde se alojan los niños del coro; y el coro, a cargo del director musical.

 

De los casos mencionados en estos días, el primero es de 1958, por un abuso cometido por el vice-director de la escuela. Cuando fue conocido el delito, fue apartado de su cargo y condenado penalmente. El segundo caso es el de una persona que trabajó allí en 1958 durante siete meses, y que fue condenado doce años después por un caso de abuso sexual. Parece que hay un tercer caso de 1969, que ocurrió diez años después de que el presunto culpable abandonara su relación con el coro.

 

En suma, los casos hasta ahora denunciados se refieren a un periodo en que Georg Ratzinger no era tan siquiera director del coro.

 

Las precisiones del obispo de Ratisbona, publicadas en L’Osservatore Romano, fueron seguidas de una nota en la que “la Santa Sede se alegra de esta voluntad de transparencia en el seno de la Iglesia y espera que se actúe con la misma claridad en el seno de otras instituciones, públicas y privadas, si verdaderamente preocupa a todos el bien de la infancia”.

 

 

Marcello Pera, "Una agresión al Papa y a la democracia", Il Corriere della Sera, 17 de marzo de 2010

 

Estimado director:

 

La cuestión de los sacerdotes pedófilos u homosexuales desencadenada últimamente en Alemania tiene como objetivo al Papa. Pero se cometería un grave error si se pensase que el golpe no irá más allá, dada la enormidad temeraria de la iniciativa. Y se cometería un error aún más grave si se sostuviese que la cuestión finalmente se cerrará pronto como tantas otras similares. No es así. Está en curso una guerra. No precisamente contra la persona del Papa ya que, en este terreno, es imposible. Benedicto XVI ha sido convertido en invulnerable por su imagen, por su serenidad, su claridad, firmeza y doctrina. Basta su sonrisa mansa para desbaratar un ejército de adversarios.

 

No, la guerra es entre el laicismo y el cristianismo. Los laicistas saben bien que, si una mancha de fango llegase a la sotana blanca, se ensuciaría la Iglesia, y si fuera ensuciada la Iglesia lo sería también la religión cristiana. Por esto, los laicistas acompañan su campaña con preguntas del tipo «¿quién más llevará a sus hijos a la Iglesia?», o también «¿quién más mandará a sus chicos a una escuela católica?», o aún también «¿quién hará curar a sus pequeños en un hospital o una clínica católica?».

 

Hace pocos días una laicista ha dejado escapar la intención. Ha escrito: «La entidad de la difusión del abuso sexual de niños de parte de sacerdotes socava la misma legitimidad de la Iglesia católica como garante de la educación de los más pequeños». No importa que esta sentencia carezca de pruebas, porque se esconde cuidadosamente «la entidad de la difusión»: ¿uno por ciento de sacerdotes pedófilos?, ¿diez por ciento?, ¿todos? No importa ni siquiera que la sentencia carezca de lógica: bastaría sustituir «sacerdotes» con «maestros», o con «políticos», o con «periodistas» para «socavar la legitimidad» de la escuela pública, del parlamento o de la prensa. Lo que importa es la insinuación, incluso a costa de lo grosero del argumento: los sacerdotes son pedófilos, por tanto la Iglesia no tiene ninguna autoridad moral, por ende la educación católica es peligrosa, luego el cristianismo es un engaño y un peligro.

 

Esta guerra del laicismo contra el cristianismo es una batalla campal. Se debe llevar la memoria al nazismo y al comunismo para encontrar una similar.

 

Cambian los medios, pero el fin es el mismo: hoy como ayer, lo que es necesario es la destrucción de la religión. Entonces Europa, pagó a esta furia destructora, el precio de la propia libertad. Es increíble que, sobre todo Alemania, mientras se golpea continuamente el pecho por el recuerdo de aquel precio que ella infligió a toda Europa, hoy, que ha vuelto a ser democrática, olvide y no comprenda que la misma democracia se perdería si se aniquilase el cristianismo.

 

La destrucción de la religión comportó, en ese momento, la destrucción de la razón. Hoy no comportará el triunfo de la razón laicista, sino otra barbarie. En el plano ético, es la barbarie de quien asesina a un feto porque su vida dañaría la «salud psíquica» de la madre. De quien dice que un embrión es un «grumo de células» bueno para experimentos. De quien asesina a un anciano porque no tiene más una familia que lo cuide.

 

De quien acelera el final de un hijo porque ya no está consciente y es incurable. De quien piensa que «progenitor A» y «progenitor B» es lo mismo que «padre» y «madre». De quien sostiene que la fe es como el coxis, un órgano que ya no participa en la evolución porque el hombre no tiene más necesidad de la cola y se mantiene erguido por sí mismo.

 

O también, para considerar el lado político de la guerra de los laicistas al cristianismo, la barbarie será la destrucción de Europa. Porque, abatido el cristianismo, queda el multiculturalismo, que sostiene que cada grupo tiene derecho a la propia cultura. El relativismo, que piensa que cada cultura es tan buena como cualquier otra. El pacifismo que niega que existe el mal.

 

Esta guerra al cristianismo no sería tan peligrosa si los cristianos la advirtiesen. En cambio, muchos de ellos participan de esa incomprensión. Son aquellos teólogos frustrados por la supremacía intelectual de Benedicto XVI. Aquellos obispos equívocos que sostienen que entrar en compromisos con la modernidad es el mejor modo de actualizar el mensaje cristiano. Aquellos cardenales en crisis de fe que comienzan a insinuar que el celibato de los sacerdotes no es un dogma y que tal vez sería mejor volver a pensarlo. Aquellos intelectuales católicos apocados que piensan que existe una «cuestión femenina» dentro de la Iglesia y un problema no resuelto entre cristianismo y sexualidad. Aquellas conferencias episcopales que equivocan en el orden del día y, mientras auspician la política de las fronteras abiertas a todos, no tienen el coraje de denunciar las agresiones que los cristianos sufren y las humillaciones que son obligados a padecer por ser todos, indiscriminadamente, llevados al banco de los acusados. O también aquellos embajadores venidos del Este, que exhiben un ministro de exteriores homosexual mientras atacan al Papa sobre cada argumento ético, o aquellos nacidos en el Oeste, que piensan que el Occidente debe ser «laico», es decir, anticristiano.

 

La guerra de los laicistas continuará, entre otros motivos porque un Papa como Benedicto XVI, que sonríe pero no retrocede un milímetro, la alimenta. Pero si se comprende por qué no cambia, entonces se asume la situación y no se espera el próximo golpe. Quien se limita solamente a solidarizarse con él es uno que ha entrado en el huerto de los olivos de noche y a escondidas, o quizás es uno que no ha entendido para qué está allí.

 

 

Carta del Papa a los católicos de Irlanda: texto íntegro

 

1. Queridos hermanos y hermanas de la Iglesia en Irlanda: os escribo con gran preocupación como Pastor de la Iglesia universal. Al igual que vosotros estoy profundamente consternado por las noticias concernientes al abuso de niños y jóvenes indefensos por parte de miembros de la Iglesia en Irlanda, especialmente sacerdotes y religiosos. Comparto la desazón y el sentimiento de traición que muchos de vosotros experimentaron al enterarse de esos actos pecaminosos y criminales y del modo en que fueron afrontados por las autoridades de la Iglesia en Irlanda.

 

Como sabéis, invité hace poco a los obispos de Irlanda a una reunión en Roma para que informasen sobre cómo abordaron esas cuestiones en el pasado e indicasen los pasos que habían dado para hacer frente a una situación tan grave. Junto con algunos altos prelados de la Curia Romana escuché lo que tenían que decir, tanto individualmente como en grupo, sea sobre el análisis de los errores cometidos y las lecciones aprendidas, que sobre la descripción de los programas y procedimientos actualmente en curso. Nuestras discusiones fueron francas y constructivas. Estoy seguro de que, como resultado, los obispos están ahora en una posición más fuerte para continuar la tarea de reparar las injusticias del pasado y de abordar cuestiones más amplias relacionadas con el abuso de los niños de manera conforme con las exigencias de la justicia y las enseñanzas del Evangelio.

 

2. Por mi parte, teniendo en cuenta la gravedad de estos delitos y la respuesta a menudo inadecuada que han recibido por parte de las autoridades eclesiásticas de vuestro país, he decidido escribir esta carta pastoral para expresaros mi cercanía, y proponeros un camino de curación, renovación y reparación.

 

Es verdad, como han observado muchas personas en vuestro país, que el problema de abuso de menores no es específico de Irlanda o de la Iglesia. Sin embargo, la tarea que tenéis ahora por delante es la de hacer frente al problema de los abusos ocurridos dentro de la comunidad católica de Irlanda y de hacerlo con coraje y determinación. Que nadie se imagine que esta dolorosa situación se resuelva pronto. Se han dado pasos positivos pero todavía queda mucho por hacer. Necesitamos perseverancia y oración, con gran fe en la fuerza salvadora de la gracia de Dios.

 

Al mismo tiempo, debo también expresar mi convicción de que para recuperarse de esta dolorosa herida, la Iglesia en Irlanda, debe reconocer en primer lugar ante Dios y ante los demás, los graves pecados cometidos contra niños indefensos. Ese reconocimiento, junto con un sincero pesar por el daño causado a las víctimas y sus familias, debe desembocar en un esfuerzo conjunto para garantizar que en el futuro los niños estén protegidos de semejantes delitos.

 

Mientras os enfrentáis a los retos de este momento, os pido que recordéis la "roca de la que fuisteis tallados" (Isaías 51, 1). Reflexionad sobre la generosa y a menudo heroica contribución ofrecida a la Iglesia y a la humanidad por generaciones de hombres y mujeres irlandeses, y haced que de esa reflexión brote el impulso para un honesto examen de conciencia personal y para un sólido programa de renovación de la Iglesia y el individuo. Rezo para que, asistida por la intercesión de sus numerosos santos y purificada por la penitencia, la Iglesia en Irlanda supere esta crisis y vuelve a ser una vez más testimonio convincente de la verdad y la bondad de Dios Todopoderoso, que se manifiesta en su Hijo Jesucristo.

 

3. A lo largo de la historia, los católicos irlandeses han demostrado ser, tanto en su patria como fuera de ella, una fuerza motriz del bien. Monjes celtas como san Columba difundieron el evangelio en Europa occidental y sentaron las bases de la cultura monástica medieval. Los ideales de santidad, caridad y sabiduría trascendente, nacidos de la fe cristiana, quedaron plasmados en la construcción de iglesias y monasterios y en la creación de escuelas, bibliotecas y hospitales, que contribuyeron a consolidar la identidad espiritual de Europa. Aquellos misioneros irlandeses debían su fuerza y su inspiración a la firmeza de su fe, al fuerte liderazgo y a la rectitud moral de la Iglesia en su tierra natal.

 

A partir del siglo XVI, los católicos en Irlanda atravesaron por un largo período de persecución, durante el cual lucharon por mantener viva la llama de la fe en circunstancias difíciles y peligrosas. San Oliver Plunkett, mártir y arzobispo de Armagh, es el ejemplo más famoso de una multitud de valerosos hijos e hijas de Irlanda dispuestos a dar su vida por la fidelidad al Evangelio. Después de la Emancipación Católica, la Iglesia fue libre de nuevo para volver a crecer. Las familias y un sinfín de personas que habían conservado la fe en el momento de la prueba se convirtieron en la chispa de un gran renacimiento del catolicismo irlandés en el siglo XIX.

 

La iglesia escolarizaba, especialmente a los pobres, lo que supuso una importante contribución a la sociedad irlandesa. Entre los frutos de las nuevas escuelas católicas se cuenta el aumento de las vocaciones: generaciones de sacerdotes misioneros, hermanas y hermanos, dejaron su patria para servir en todos los continentes, sobre todo en mundo de habla inglesa. Eran excepcionales, no sólo por la vastedad de su número, sino también por la fuerza de la fe y la solidez de su compromiso pastoral. Muchas diócesis, especialmente en África, América y Australia, se han beneficiado de la presencia de clérigos y religiosos irlandeses, que predicaron el Evangelio y fundaron parroquias, escuelas y universidades, clínicas y hospitales, abiertas tanto a los católicos, como al resto de la sociedad, prestando una atención particular a las necesidades de los pobres.

 

En casi todas las familias irlandesas, ha habido siempre alguien –un hijo o una hija, una tía o un tío– que dieron sus vidas a la Iglesia. Con razón, las familias irlandesas tienen un gran respeto y afecto por sus seres queridos que dedicaron la vida a Cristo, compartiendo el don de la fe con los demás y traduciéndola en acciones sirviendo con amor a Dios y al prójimo.

 

4. En las últimas décadas, sin embargo, la Iglesia en vuestro país ha tenido que enfrentarse a nuevos y graves retos para la fe debidos a la rápida transformación y secularización de la sociedad irlandesa. El cambio social ha sido muy veloz y a menudo ha repercutido adversamente en la tradicional adhesión de las personas a las enseñanzas y valores católicos. Asimismo, las prácticas sacramentales y devocionales que sustentan la fe y la hacen crecer, como la confesión frecuente, la oración diaria y los retiros anuales se dejaron, con frecuencia, de lado.

 

También fue significativa en este período la tendencia, incluso por parte de los sacerdotes y religiosos, a adoptar formas de pensamiento y de juicio de la realidad secular sin referencia suficiente al Evangelio. El programa de renovación propuesto por el Concilio Vaticano II fue a veces mal entendido y, además, a la luz de los profundos cambios sociales que estaban teniendo lugar, no era nada fácil discernir la mejor manera de realizarlo.

 

En particular, hubo una tendencia, motivada por buenas intenciones, pero equivocada, de evitar los enfoques penales de las situaciones canónicamente irregulares. En este contexto general debemos tratar de entender el inquietante problema de abuso sexual de niños, que ha contribuido no poco al debilitamiento de la fe y la pérdida de respeto por la Iglesia y sus enseñanzas.

 

Sólo examinando cuidadosamente los numerosos elementos que han dado lugar a la crisis actual es posible efectuar un diagnóstico claro de las causas y encontrar las soluciones eficaces. Ciertamente, entre los factores que han contribuido a ella, podemos enumerar: los procedimientos inadecuados para determinar la idoneidad de los candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa, la insuficiente formación humana, moral, intelectual y espiritual en los seminarios y noviciados, la tendencia de la sociedad a favorecer al clero y otras figuras de autoridad y una preocupación fuera de lugar por el buen nombre de la Iglesia y por evitar escándalos cuyo resultado fue la falta de aplicación de las penas canónicas en vigor y de la salvaguardia de la dignidad de cada persona. Es necesaria una acción urgente para contrarrestar estos factores, que han tenido consecuencias tan trágicas para la vida de las víctimas y sus familias y han obscurecido tanto la luz del Evangelio, como no lo habían hecho siglos de persecución.

 

5. En varias ocasiones, desde mi elección a la Sede de Pedro, me he encontrado con víctimas de abusos sexuales y estoy dispuesto a seguir haciéndolo en futuro. He hablado con ellos, he escuchado sus historias, he constatado su sufrimiento, he rezado con ellos y por ellos. Anteriormente en mi pontificado, preocupado por abordar esta cuestión, pedí a los obispos de Irlanda, durante la visita ad limina de 2006 que "establecieran la verdad de lo ocurrido en el pasado y tomasen todas las medidas necesarias para evitar que sucediera de nuevo, para asegurar que los principios de justicia sean plenamente respetados y, sobre todo, para curar a las víctimas y a todos los afectados por estos crímenes atroces" (Discurso a los obispos de Irlanda, el 28 de octubre de 2006).

 

Con esta carta, quiero exhortaros a todos vosotros, como pueblo de Dios en Irlanda, a reflexionar sobre las heridas infligidas al cuerpo de Cristo, los remedios necesarios y a veces dolorosos, para vendarlas y curarlas, y la necesidad de la unidad, la caridad y la ayuda mutua en el largo proceso de recuperación y renovación eclesial. Me dirijo ahora a vosotros con palabras que me salen del corazón, y quiero hablar a cada uno de vosotros y a todos vosotros como hermanos y hermanas en el Señor.

 

6. A las víctimas de abusos y a sus familias

 

Habéis sufrido inmensamente y me apesadumbra tanto. Sé que nada puede borrar el mal que habéis soportado. Vuestra confianza ha sido traicionada y violada vuestra dignidad. Muchos de vosotros han experimentado que cuando tuvieron el valor suficiente para hablar de lo que les había pasado, nadie quería escucharlos. Aquellos que sufrieron abusos en los internados deben haber sentido que no había manera de escapar de su dolor. Es comprensible que os sea difícil perdonar o reconciliaros con la Iglesia. En su nombre, expreso abiertamente la vergüenza y el remordimiento que sentimos todos. Al mismo tiempo, os pido que no perdáis la esperanza. En la comunión con la Iglesia es donde nos encontramos con la persona de Jesucristo, que fue Él mismo una víctima de la injusticia y el pecado. Como vosotros aún lleva las heridas de su sufrimiento injusto. Él entiende la profundidad de vuestro dolor y la persistencia de su efecto en vuestras vidas y vuestras relaciones con los demás, incluyendo vuestra relación con la Iglesia.

 

Sé que a algunos de vosotros les resulta difícil incluso entrar en una iglesia después de lo que ha sucedido. Sin embargo, las heridas de Cristo, transformadas por su sufrimiento redentor, son los instrumentos que han roto el poder del mal y nos hacen renacer a la vida y la esperanza. Creo firmemente en el poder curativo de su amor sacrificial – incluso en las situaciones más oscuras y desesperadas – que libera y trae la promesa de un nuevo comienzo.

 

Al dirigirme a vosotros como un pastor, preocupado por el bienestar de todos los hijos de Dios, os pido humildemente que reflexionéis sobre lo que he dicho. Ruego que, acercándoos a Cristo y participando en la vida de su Iglesia – una Iglesia purificada por la penitencia y renovada en la caridad pastoral – podáis descubrir de nuevo el amor infinito de Cristo por cada uno de vosotros. Estoy seguro de que de esta manera seréis capaces de encontrar reconciliación, profunda curación interior y paz.

 

7. A los sacerdotes y religiosos que han abusado de niños

 

Habéis traicionado la confianza depositada en vosotros por jóvenes inocentes y por sus padres. Debéis responder de ello ante Dios Todopoderoso y ante los tribunales debidamente constituidos. Habéis perdido la estima de la gente de Irlanda y arrojado vergüenza y deshonor sobre vuestros semejantes. Aquellos de vosotros que son sacerdotes han violado la santidad del sacramento del Orden, en el que Cristo mismo se hace presente en nosotros y en nuestras acciones. Junto con el inmenso daño causado a las víctimas, un daño enorme se ha hecho a la Iglesia y a la percepción pública del sacerdocio y de la vida religiosa.

 

Os exhorto a examinar vuestra conciencia, a asumir la responsabilidad de los pecados que habéis cometido y a expresar con humildad vuestro pesar. El arrepentimiento sincero abre la puerta al perdón de Dios y a la gracia de la verdadera enmienda.

 

Debéis tratar de expiar personalmente vuestras acciones ofreciendo oraciones y penitencias por aquellos que habéis ofendido. El sacrificio redentor de Cristo tiene el poder de perdonar incluso el más grave de los pecados y extraer el bien incluso del más terrible de los males. Al mismo tiempo, la justicia de Dios nos llama a dar cuenta de nuestras acciones sin ocultar nada. Admitid abiertamente vuestra culpa, someteos a las exigencias de la justicia, pero no desesperéis de la misericordia de Dios.

 

A los padres

 

Os habéis sentido profundamente indignados y conmocionados al conocer los hechos terribles que sucedían en lo que debía haber sido el entorno más seguro para todos. En el mundo de hoy no es fácil construir un hogar y educar a los hijos. Se merecen crecer con seguridad, cariño y amor, con un fuerte sentido de su identidad y su valor. Tienen derecho a ser educados en los auténticos valores morales enraizados en la dignidad de la persona humana, a inspirarse en la verdad de nuestra fe católica y a aprender los patrones de comportamiento y acción que lleven a la sana autoestima y la felicidad duradera. Esta tarea noble pero exigente está confiada en primer lugar a vosotros, padres. Os invito a desempeñar vuestro papel para garantizar a los niños los mejores cuidados posibles, tanto en el hogar como en la sociedad en general, mientras la Iglesia, por su parte, sigue aplicando las medidas adoptadas en los últimos años para proteger a los jóvenes en los ambientes parroquiales y escolares. Os aseguro que estoy cerca de vosotros y os ofrezco el apoyo de mis oraciones mientras cumplís vuestras grandes responsabilidades

 

A los niños y jóvenes de Irlanda

 

Quiero dirigiros una palabra especial de aliento. Vuestra experiencia de la Iglesia es muy diferente de la de vuestros padres y abuelos. El mundo ha cambiado desde que ellos tenían vuestra edad. Sin embargo, todas las personas, en cada generación están llamadas a recorrer el mismo camino durante la vida, cualesquiera que sean las circunstancias. Todos estamos escandalizados por los pecados y errores de algunos miembros de la Iglesia, en particular de los que fueron elegidos especialmente para guiar y servir a los jóvenes. Pero es en la Iglesia donde encontraréis a Jesucristo que es el mismo ayer, hoy y siempre (cf. Hb 13, 8). Él os ama y se entregó por vosotros en la cruz. ¡Buscad una relación personal con Éll dentro de la comunión de su Iglesia, porque él nunca traicionará vuestra confianza! Sólo Él puede satisfacer vuestros anhelos más profundos y dar pleno sentido a vuestras vidas, orientándolas al servicio de los demás. Mantened vuestra mirada fija en Jesús y su bondad y proteged la llama de la fe en vuestros corazones. Espero en vosotros para que, junto con vuestros hermanos católicos en Irlanda, seáis fieles discípulos de nuestro Señor y aportéis el entusiasmo y el idealismo tan necesarios para la reconstrucción y la renovación de nuestra amada Iglesia.

 

A los sacerdotes y religiosos de Irlanda

 

Todos nosotros estamos sufriendo las consecuencias de los pecados de nuestros hermanos que han traicionado una obligación sagrada o no han afrontado de forma justa y responsable las denuncias de abusos. A la luz del escándalo y la indignación que estos hechos han causado, no sólo entre los fieles laicos, sino también entre vosotros y vuestras comunidades religiosas, muchos os sentís desanimados e incluso abandonados. Soy también consciente de que a los ojos de algunos aparecéis tachados de culpables por asociación, y de que os consideran como si fuerais de alguna forma responsable de los delitos de los demás. En este tiempo de sufrimiento, quiero dar acto de vuestra dedicación cómo sacerdotes y religiosos y de vuestro apostolado, y os invito a reafirmar vuestra fe en Cristo, vuestro amor por su Iglesia y vuestra confianza en las promesas evangélicas de la redención, el perdón y la renovación interior. De esta manera, podréis demostrar a todos que donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (cf. Rm 5, 20).

 

Sé que muchos estáis decepcionados, desconcertados y encolerizados por la manera en que algunos de vuestros superiores abordaron esas cuestiones. Sin embargo, es esencial que cooperéis estrechamente con los que ostentan la autoridad y colaboréis en garantizar que las medidas adoptadas para responder a la crisis sean verdaderamente evangélicas, justas y eficaces. Por encima de todo, os pido que seáis cada vez más claramente hombres y mujeres de oración, que siguen con valentía el camino de la conversión, la purificación y la reconciliación. De esta manera, la Iglesia en Irlanda cobrará nueva vida y vitalidad gracias a vuestro testimonio del poder redentor de Dios que se hace visible en vuestras vidas.

 

11. A mis hermanos, los obispos

 

No se puede negar que algunos de vosotros y de vuestros predecesores han fracasado, a veces lamentablemente, a la hora de aplicar las normas, codificadas desde hace largo tiempo, del derecho canónico sobre los delitos de abusos de niños. Se han cometido graves errores en la respuesta a las acusaciones. Reconozco que era muy difícil comprender la magnitud y la complejidad del problema, obtener información fiable y tomar decisiones adecuadas en función de los pareceres contradictorios de los expertos. No obstante, hay que reconocer que se cometieron graves errores de juicio y hubo fallos de dirección. Todo esto ha socavado gravemente vuestra credibilidad y eficacia. Aprecio los esfuerzos llevados a cabo para remediar los errores del pasado y para garantizar que no vuelvan a ocurrir. Además de aplicar plenamente las normas del derecho canónico concernientes a los casos de abusos de niños, seguid cooperando con las autoridades civiles en el ámbito de su competencia. Está claro que los superiores religiosos deben hacer lo mismo. También ellos participaron en las recientes reuniones en Roma con el propósito de establecer un enfoque claro y coherente de estas cuestiones. Es imperativo que las normas de la Iglesia en Irlanda para la salvaguardia de los niños sean constantemente revisadas y actualizadas y que se apliquen plena e imparcialmente, en conformidad con el derecho canónico.

 

Sólo una acción decisiva llevada a cabo con total honestidad y transparencia restablecerá el respeto y el afecto del pueblo irlandés por la Iglesia a la que hemos consagrado nuestras vidas. Hay que empezar, en primer lugar, por vuestro examen de conciencia personal, la purificación interna y la renovación espiritual. El pueblo de Irlanda, con razón, espera que seáis hombres de Dios, que seáis santos, que viváis con sencillez, y busquéis día tras día la conversión personal. Para ellos, en palabras de San Agustín, sois un obispo, y sin embargo, con ellos estáis llamados a ser un discípulo de Cristo (cf. Sermón 340, 1). Os exhorto a renovar vuestro sentido de responsabilidad ante Dios, para crecer en solidaridad con vuestro pueblo y profundizar vuestra atención pastoral con todos los miembros de vuestro rebaño. En particular, preocupaos por la vida espiritual y moral de cada uno de vuestros sacerdotes. Servidles de ejemplo con vuestra propia vida, estad cerca de ellos, escuchad sus preocupaciones, ofrecedles aliento en este momento de dificultad y alimentad la llama de su amor por Cristo y su compromiso al servicio de sus hermanos y hermanas.

 

Asimismo, hay que alentar a los laicos a que desempeñen el papel que les corresponde en la vida de la Iglesia. Aseguraos de su formación para que puedan, articulada y convincentemente, dar razón del Evangelio en medio de la sociedad moderna (cf. 1 Pet 3, 15), y cooperen más plenamente en la vida y misión de la Iglesia. Esto, a su vez, os ayudará a volver a ser guías y testigos creíbles de la verdad redentora de Cristo.

 

12. A todos los fieles de Irlanda

 

La experiencia de un joven en la Iglesia debería siempre fructificar en su encuentro personal y vivificador con Jesucristo, dentro de una comunidad que lo ama y lo sustenta. En este entorno, habría que animar a los jóvenes a alcanzar su plena estatura humana y espiritual, a aspirar a los altos ideales de santidad, caridad y verdad y a inspirarse en la riqueza de una gran tradición religiosa y cultural. En nuestra sociedad cada vez más secularizada en la que incluso los cristianos a menudo encuentran difícil hablar de la dimensión trascendente de nuestra existencia, tenemos que encontrar nuevas modos para transmitir a los jóvenes la belleza y la riqueza de la amistad con Jesucristo en la comunión de su Iglesia. Para resolver la crisis actual, las medidas que contrarresten adecuadamente los delitos individuales son esenciales pero no suficientes: hace falta una nueva visión que inspire a la generación actual y a las futuras generaciones a atesorar el don de nuestra fe común. Siguiendo el camino indicado por el Evangelio, observando los mandamientos y conformando vuestras vidas cada vez más a la figura de Jesucristo, experimentaréis con seguridad la renovación profunda que necesita con urgencia nuestra época. Invito a todos a perseverar en este camino.

 

13. Queridos hermanos y hermanas en Cristo, profundamente preocupado por todos vosotros en este momento de dolor, en que la fragilidad de la condición humana se revela tan claramente, os he querido ofrecer palabras de aliento y apoyo. Espero que las aceptéis como un signo de mi cercanía espiritual y de mi confianza en vuestra capacidad para afrontar los retos del momento actual, recurriendo, como fuente de renovada inspiración y fortaleza a las nobles tradiciones de Irlanda de fidelidad al Evangelio, perseverancia en la fe y determinación en la búsqueda de la santidad. En solidaridad con todos vosotros, ruego con insistencia para que, con la gracia de Dios, las heridas infligidas a tantas personas y familias puedan curarse y para que la Iglesia en Irlanda experimente una época de renacimiento y renovación espiritual

 

14. Quisiera proponer, además, algunas medidas concretas para abordar la situación.

 

Al final de mi reunión con los obispos de Irlanda, les pedí que la Cuaresma de este año se considerase un tiempo de oración para la efusión de la misericordia de Dios y de los dones de santidad y fortaleza del Espíritu Santo sobre la Iglesia en vuestro país. Ahora os invito a todos a ofrecer durante un año, desde ahora hasta la Pascua de 2011, la penitencia de los viernes para este fin. Os pido que ofrezcáis el ayuno, las oraciones, la lectura de la Sagrada Escritura y las obras de misericordia por la gracia de la curación y la renovación de la Iglesia en Irlanda. Os animo a redescubrir el sacramento de la Reconciliación y a utilizar con más frecuencia el poder transformador de su gracia.

 

Hay que prestar también especial atención a la adoración eucarística, y en cada diócesis debe haber iglesias o capillas específicamente dedicadas a ello. Pido a las parroquias, seminarios, casas religiosas y monasterios que organicen períodos de adoración eucarística, para que todos tengan la oportunidad de participar. Mediante la oración ferviente ante la presencia real del Señor, podéis cumplir la reparación por los pecados de abusos que han causado tanto daño y al mismo tiempo, implorar la gracia de una fuerza renovada y un sentido más profundo de misión por parte de todos los obispos, sacerdotes, religiosos y fieles.

 

Estoy seguro de que este programa conducirá a un renacimiento de la Iglesia en Irlanda en la plenitud de la verdad de Dios, porque la verdad nos hace libres (cf. Jn 8, 32).

 

Además, después de haber rezado y consultado sobre el tema, tengo la intención de convocar una Visita Apostólica en algunas diócesis de Irlanda, así como en los seminarios y congregaciones religiosas. La visita tiene por objeto ayudar a la Iglesia local en su camino de renovación y se establecerá en cooperación con las oficinas competentes de la Curia Romana y de la Conferencia Episcopal Irlandesa. Los detalles serán anunciados en su debido momento.

 

También propongo que se convoque una misión a nivel nacional para todos los obispos, sacerdotes y religiosos. Espero que gracias a los conocimientos de predicadores expertos y organizadores de retiros en Irlanda, y en otros lugares , mediante la revisión de los documentos conciliares, los ritos litúrgicos de la ordenación y profesión, y las recientes enseñanzas pontificias, lleguéis a una valoración más profunda de vuestras vocaciones respectivas, a fin de redescubrir las raíces de vuestra fe en Jesucristo y de beber a fondo en las fuentes de agua viva que os ofrece a través de su Iglesia.

 

En este año dedicado a los sacerdotes, os propongo de forma especial la figura de San Juan María Vianney, que tenía una rica comprensión del misterio del sacerdocio. "El sacerdote -escribió- tiene la llave de los tesoros de los cielos: es el que abre la puerta, es el mayordomo del buen Dios, el administrador de sus bienes." El cura de Ars entendió perfectamente la gran bendición que supone para una comunidad un sacerdote bueno y santo: "Un buen pastor, un pastor conforme al corazón de Dios es el tesoro más grande que Dios puede dar a una parroquia y uno de los más preciosos dones de la misericordia divina". Que por la intercesión de San Juan María Vianney se revitalice el sacerdocio en Irlanda y toda la Iglesia en Irlanda crezca en la estima del gran don del ministerio sacerdotal.

 

Aprovecho esta oportunidad para dar las gracias anticipadamente a todos aquellos que ya están dedicados a la tarea de organizar la Visita Apostólica y la Misión, así como a los muchos hombres y mujeres en toda Irlanda que ya están trabajando para proteger a los niños en los ambientes eclesiales. Desde el momento en que se comenzó a entender plenamente la gravedad y la magnitud del problema de los abusos sexuales de niños en instituciones católicas, la Iglesia ha llevado a cabo una cantidad inmensa de trabajo en muchas partes del mundo para hacerle frente y ponerle remedio. Si bien no se debe escatimar ningún esfuerzo para mejorar y actualizar los procedimientos existentes, me anima el hecho de que las prácticas vigentes de tutela, adoptadas por las iglesias locales, se consideran en algunas partes del mundo, un modelo para otras instituciones.

 

Quiero concluir esta carta con una Oración especial por la Iglesia en Irlanda, que os dejo con la atención que un padre presta a sus hijos y el afecto de un cristiano como vosotros, escandalizado y herido por lo que ha ocurrido en nuestra querida Iglesia. Cuando recéis esta oración en vuestras familias, parroquias y comunidades, la Santísima Virgen María os proteja y guíe a cada uno de vosotros a una unión más estrecha con su Hijo, crucificado y resucitado. Con gran afecto y confianza inquebrantable en las promesas de Dios, os imparto a todos mi bendición apostólica como prenda de fortaleza y paz en el Señor.

 

Desde el Vaticano, 19 de marzo de 2010, Solemnidad de San José,

Benedictus PP XVI

 

Dios de nuestros padres,

renuévanos  en la fe que es nuestra vida y  salvación,

en  la esperanza que promete el perdón y la renovación interior,

en la caridad que purifica y abre nuestros corazones

en tu amor, y a través de ti  en el amor de  todos nuestros hermanos y hermanas.

 

Señor Jesucristo,

Que la Iglesia en Irlanda renueve su compromiso milenario

en la formación de nuestros jóvenes en el camino de la verdad, la bondad, la santidad y el servicio generoso a la sociedad.

Espíritu Santo, consolador, defensor y guía,

inspira una nueva primavera de santidad y entrega apostólica

para la Iglesia en Irlanda.

Que nuestro dolor y nuestras lágrimas,

nuestro sincero esfuerzo para enderezar los errores del pasado

y nuestro firme propósito de enmienda,

den una cosecha abundante  de gracia

para la profundización de la fe

en nuestras familias, parroquias, escuelas y asociaciones,

para el progreso espiritual de la sociedad irlandesa,

y el crecimiento de la caridad. la justicia, la alegría y la paz en toda la familia humana.

 

A ti, Trinidad,

con plena confianza en la protección de María,

Reina de Irlanda,  Madre nuestra,

y de San Patricio, Santa Brígida y todos los santos,

nos confiamos nosotros mismos, nuestros hijos,

y confiamos las necesidades de la Iglesia en Irlanda.

 

 

Bruno Mastroianni, "Sobre la pedofilia en la Iglesia", 26.03.2010

 

El debate sobre este tema ha alcanzado tales niveles que requiere reordenar los elementos principales para comprender lo que está pasando.  Teniendo en cuenta los datos y los hechos sobre la pedofilia estamos ante una alarma injustificada. La Iglesia está poniendo los medios de una manera efectiva desde hace tiempo para mejorar la situación.

 

Los números en los EE.UU.: 54 condenas en 42 años

 

El recuento de los casos de abuso infantil por parte del clero no es para menospreciar, pero sí para entenderla en su dimensión correcta. Massimo Introvigne, en un artículo publicado en Avvenire ha mostrado algunos datos de EE.UU. Según el estudio del año 2004 del John Jay College of Criminal Justice, los sacerdotes acusados de efectiva pedofilia en 42 años fueron 958, 18 por año. Las condenas fueron 54, poco más de una al año (los sacerdotes y religiosos en los Estados Unidos son alrededor de 109.000). Durante el mismo período hubo 6.000 condenas a profesores de gimnasia y entrenadores, declarados culpable de ese delito por tribunales de los EE.UU.

94 casos sospechosos en Alemania sobre un total de 210.000; los problemas de Irlanda son del sistema educativo

 

En un artículo del periodista Andrea Tornielli, informa de que en Alemania desde 1995 se notificaron 210.000 casos de delitos contra menores. Los casos sospechosos dentro de la Iglesia católica fueron 94 (1 sobre 2000). En Irlanda, el Informe Ryan del año 2009 ha recogido los testimonios de 1090 personas con casos de violencia (no sólo sexuales, sino sobre todo física y psicológica) en el sistema escolar de la isla desde 1914 hasta 2000. Tras un examen minucioso de cientos de casos de violencia, los religiosos acusados de abuso sexual a niños fueron 23, si bien los datos no son completos porque en dos escuelas no se especifica el número. En las escuelas de niñas fueron acusados sólo 3 seglares empleadas. En varias escuelas los abusos fueron cometidos por el personal o por visitantes externos o por alumnos mayores y no por parte de sacerdotes (resumen de Diego Contreras). Cómo señala Introvigne en su artículo, el informe muestra más que la pedofilia en la Iglesia, una clara situación de abandono, violencia física y depravación que han caracterizado los métodos educativos de todo el sistema escolar.

300 casos en todo el mundo, alrededor de 400.000 sacerdotes

 

Mons. Scicluna, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, afirmó en una entrevista que desde 2001 hasta 2010, la congregación ha trabajado en cerca de 3000 casos de sacerdotes diocesanos y religiosos relacionados con crímenes cometidos durante los últimos cincuenta años. Sólo en el 10 % de los casos se ha tratado de actos de pedofilia, es decir 300 en todo el mundo. El número total de sacerdotes diocesanos y religiosos en el mundo es de 400.000.

 

Los documentos con disposiciones explícitas

 

En los discursos sobre la pedofilia, se citan a menudo documentos, dando una información errónea sobre instrucciones para la cobertura de los casos de pedofilia. De hecho, todos los documentos tienen carácter oficial y son públicos y la actitud de condena es clara y fuerte. Los malentendidos surgen de malas traducciones e imprecisiones debidas al hecho de que los documentos están escritos en latín y no hay traducciones oficiales en otros idiomas.

 

El primer documento de referencia es la instrucción "Crimen Sollicitationis" (texto en latín) un texto de 1922, nuevamente propuesto por Juan XXIII en 1962. La Instrucción trata del delito de incitación a actos indecentes por confesores. El documento, que se refiere principalmente a otros abusos, hace directa mención a la pedofilia llamándola “crimen pessimus”. Es explícita en el documento la obligación de denunciar los delitos (traducción no oficial al italiano de las medidas más explícitas). El segundo documento es el "De delictis gravioribus" (texto en latín , en italiano), firmado por Joseph Ratzinger y el cardenal Tarcisio Bertone, en 2001, que fue escrito para actuar el motu proprio "Sacramentorum Sanctitatis tutela" (texto en latín, en italiano en una traducción no oficial) del Papa Juan Pablo II que, para evitar los encubrimientos y corruptelas locales, asigna la competencia sobre cuestiones de pedofilia a la Congregación para la Doctrina de la Fe.. Si ha habido encubrimientos y omisiones, se deben a una falta de lealtad a las disposiciones del Papa y del Magisterio.

 

El celibato no tiene nada que ver con la pedofilia

 

También se ha hablado estos días de un vínculo entre el celibato y la pedofilia. El psiquiatra Manfred Lutz, uno de los más importantes expertos en el tema, explicó en una reciente entrevista cómo esta conexión no existe. Es más, los expertos dicen que las personas que viven la abstinencia sexual tienen menos riesgo de cometer abusos que los casados. En el mencionado artículo de Introvigne se hace referencia a los estudios de Jerkins, que ha recogido como la mayor parte de casos de abusos sobre niños se han dado en mayor medida entre las diversas denominaciones protestantes, donde los pastores pueden casarse. Incluso la cifra ya citada de los 6.000 casos de abuso en los Estados Unidos en el mismo periodo, fueron cometidos en su mayoría por personas casadas. Por lo tanto una relación entre el celibato y la pedofilia no parece que exista.

 

La acción clara y decidida de Benedicto XVI

 

El Papa Benedicto XVI, primero como Prefecto de la Doctrina de la Fe y luego como Papa es sin duda el que más se ha comprometido en la corrección de este flagelo en la Iglesia. En ese ámbito se circunscribe la reciente carta a los católicos irlandeses. En ella hay una condena clara del fenómeno y una enérgica llamada de atención a los obispos para que asuman sus propias responsabilidades para reparar y para garantizar que no vuelva a suceder en el futuro. La misma claridad y determinación ha mostrado el Papa durante su viaje a los EE.UU. (aquí una relación de textos con intervenciones suyas sobre la pedofilia) y a Australia (aquí una relación de textos con sus intervenciones).

 

Culpas de pocos y del pasado… reparación de todos

 

Aunque solo hubiera un caso de pedofilia de un sacerdote ya sería repugnante, así como lo son un solo caso de incesto o un infanticidio. De los datos, de los documentos y las respuestas se observa que el Papa invita a la Iglesia en su conjunto a hacer un esfuerzo para tomar sobre sus hombros y reparar las faltas de unos pocos. Mientras tanto, un informe reciente de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos revela que el número de denuncias de presuntos casos de abuso infantil por parte del clero ha alcanzado su nivel más bajo desde 2004 (desde que se comenzó a registrarlos). Es una señal de que la "política" de Benedicto XVI está haciendo efecto. De hecho, la mayoría de las acusaciones que están apareciendo en los medios de comunicación, son casos viejos, sustancialmente cerrados y conocidos desde hacía tiempo: la plaga de la pedofilia es una tragedia del pasado, que se está batallando con eficacia…

 

Confusiones mediáticas: el hermano del Papa, el caso de Munich y el sacerdote de Milwaukee

 

Hasta ahora han sido mostrados algunos casos de pedofilia que de alguna manera parecen tocar al Pontífice. El primero es el de dos casos de abusos que se produjeron en Regensburg alrededor del año 1958, que parecían implicar al hermano del Papa. En realidad ambos casos eran conocidos, jurídicamente cerrados y referidos a un período diferente de la dirección del coro de Georg Ratzinger desde 1964 a 1994 (véase el artículo citado anteriormente de Tornielli, explicando los dos casos).

 

El segundo es el caso de un pedófilo en la Archidiócesis de Munich y Freising, donde Ratzinger fue arzobispo en esa época. El caso se remonta a 1980. Surgió en 1985 y fue juzgado por un tribunal alemán en 1986. El tribunal observó, entre otras cosas, que la decisión de aceptar al sacerdote en la Archidiócesis en cuestión no se produjo por el cardenal Ratzinger y ni siquiera la había conocido (este episodio se explica en un artículo de Massimo Introvigne ya citado).

 

El tercer caso es el de un sacerdote acusado de pedofilia en la diócesis de Milwaukee en los años 70. Los documentos dicen que la Congregación para la Doctrina de la Fe (de la que era entonces prefecto Ratzinger) fue consultada 20 años después de los hechos e invitó a mantener el sacerdote fuera de la actividad pastoral, a pesar de que habían pasado tantos años sin evidencia de nuevos delitos y a pesar de que la misma justicia civil había cerrado el caso (aquí la explicación completa).

 

Alemania: abusos de menores en la Iglesia y fuera

 

En muchas ocasiones se mezclan abusos sexuales y castigos corporales o malos tratos. El ambiente en que se produce la mayoría de los abusos es la familia, no la escuela ni la Iglesia.

 

José M. García Pelegrín, 12 Marzo 2010

 

Colonia. El 28 de enero saltaron a los titulares de un periódico de Berlín, Der Tagesspiegel, los primeros casos de abusos sexuales cometidos en un colegio católico; se trataba de sucesos ocurridos en los años 70 y 80 en el Canisius-Kolleg dirigido por los jesuitas en Berlín. Los autores eran antiguos profesores (religiosos jesuitas) que abandonaron el colegio –y alguno, también la orden– hace ya decenios.

 

Según la legislación alemana vigente, todos esos casos estaban ya prescritos, porque la responsabilidad penal se extingue diez años después de que la víctima haya cumplido 18 años. Precisamente, una de las propuestas que se han hecho en este contexto es ampliar al plazo; por ejemplo, el arzobispo de Bamberg, Ludwig Schick, propone dejarlo en 30 años.

 

Reacción en cadena

 

Aquello fue el comienzo de una reacción en cadena; pocas semanas después, mientras aún seguían las noticias de los abusos en Berlín, se dieron a conocer otros casos en Baviera, en la escuela de la Abadía benedictina de Ettal, muy conocida en toda Alemania, y entre los Regensburger Domspatzen (coro de niños cantores de Ratisbona), caso que ha despertado especial eco en los medios, por haber sido su director durante treinta años –de 1964 a 1994– Georg Ratzinger, el hermano del Papa.

 

A Ettal acudió el Fiscal del Estado Thomas Pfister para investigar los hechos. En el balance que hacía de su investigación, Pfister mezclaba sin embargo los casos de abusos sexuales (Missbrauch) con los de castigos corporales o malos tratos (Misshandlung). Así, cuando Pfister habla de unas 100 víctimas de “un número claramente superior a 10 profesores” no queda claro si se refiere a “profesores que pegaban sistemática y brutalmente” o a verdaderos abusos sexuales. Se mezclan así –como también ha sucedido en el caso de los niños cantores de Ratisbona– dos hechos muy distintos. Los castigos corporales, por muy reprobables que se consideren hoy en día, eran en las décadas de los 60 y de los 70 una praxis muy generalizada, y no solo en las escuelas llevadas por religiosos.

 

Si no sorprende que el semanario Der Spiegel, por su vena anticatólica, aprovechara la situación para atacar a la Iglesia ya desde la portada, sí llamaron la atención las vehementes declaraciones de la ministra alemana de Justicia, la liberal Sabine Leutheusser-Schnarrenberger, que acusó a la Iglesia de alzar un “muro de silencio” en torno a estos casos. La ministra se escudaba en una directiva de la Congregación para la Doctrina de la Fe que, según Leutheusser-Schnarrenberger, obligaba a someter esos asuntos a silencio de oficio y no ponerlos en conocimiento de la autoridad estatal (lo primero es exacto, lo segundo es erróneo: cfr. Aceprensa, 16-01-2002).

 

La Conferencia Episcopal, a través de su presidente, el arzobispo Robert Zollitsch, lo desmintió inmediatamente e instó a la ministra a que se retractara. El antiguo presidente de la Conferencia Episcopal, el cardenal Karl Lehmann, descendió a más detalles en un artículo para el Allgemeine Zeitung: “Se trata de un crimen, de una falta grave y un pecado mortal”, y continúa: “Fuimos el primer grupo social en redactar una ‘guía’ para el trato con víctimas y autores (2002) y la revisamos, después de las primeras experiencias, con expertos y en dos ocasiones (2005 y 2008). Es totalmente absurdo decir que la Iglesia católica no tiene una voluntad convincente para esclarecer los hechos”.

 

También otros políticos, como Stephan Mayer (cristiano-social, CSU), respondieron a la ministra de Justicia: “No veo que la Iglesia católica alce un muro de silencio”; el vice-portavoz del grupo parlamentario cristiano-demócrata (CDU), Günter Krings, añadía: “Quien limita el problema a la Iglesia católica, no lo ha comprendido realmente”.

 

Poco después, saltaba la noticia de que también en una escuela laica, el internado de élite de Odenwald, en Heppenheim (Hessen), se habían producido casos de ese tipo. Se ha sabido ya de tres profesores que, en los años 70 y 80 (el último caso conocido hasta ahora data de 1988) abusaron sexualmente de 23 chicos y una chica.

 

El abuso de los abusos

 

El conocido psiquiatra Manfred Lütz llegaba incluso a hablar del “abuso de los abusos”: la ministra –al igual que algunos medios de comunicación– aprovecha las noticias para dar rienda suelta a sus resentimientos anticatólicos. A veces, ese furor germanicus lleva hasta el punto de producir gazapos realmente divertidos, como el del Frankfurter Rundschau que, en su versión on-line, exigía: “El Papa debe tomar postura sobre Odenwald”. Solo unas horas más tarde se dieron cuenta y cambiaron el titular: “El Papa debe tomar postura sobre las acusaciones”.

 

Para muchos se trata de un reflejo: en cuanto oyen hablar de abusos sexuales en el seno de la Iglesia, enseguida lo relacionan con el celibato. Que lo uno nada tiene que ver con lo otro lo acaba de recalcar Christian Pfeiffer, Director del Instituto de investigación criminológica de Hannover, según el diario Stuttgarter Nachrichten: “Pedófilo se es ya a los 15, 16 años; sin embargo, la promesa de vivir el celibato no la hacen los sacerdotes hasta los 25 ó 30 años, cuando la identidad sexual está ya plenamente fundada”. Y concluida diciendo que no entendía por qué algunos dicen que el celibato es culpable de los abusos sexuales.

 

A esto se ha referido últimamente, por ejemplo, Marian Eleganti, obispo auxiliar de Zúrich: “Esos abusos son crímenes horrendos. Sin embargo, los medios lo empeoran cuando despiertan la impresión de que el mayor peligro son hombres que viven el celibato. Es un hecho sabido que los abusos sexuales se producen sobre todo en la familia”.

 

Si se tiene en cuenta que, según las estadísticas criminales, cada año aproximadamente 15.000 niños son víctimas de abusos sexuales (y esto se refiere solo a los casos que se denuncian, que se suponen muy inferiores a la realidad), queda muy claro que no son solo la escuela o el club deportivo los ambientes en que sucede. Según Bärbl Meier, presidenta de una asociación de ayuda, más de la mitad de las víctimas tiene una relación familiar con el autor; aproximadamente en el 20 por ciento de los casos es el propio padre y en otro 20 por ciento es el padrastro o nuevo “compañero sentimental” de la madre. El Google alemán da 45.300 resultados cuando se introduce (entrecomillada) la frase “abusos sexuales en la familia” (“Sexueller Missbrauch in der Familie”).

 

El obispo de Ratisbona, Gerhard Ludwig Müller, se ha referido en una nota de prensa de 15 puntos, tanto a los abusos como a su instrumentalización anticatólica. La nota comienza con una claridad meridiana: “Los abusos sexuales a niños y adolescentes es una infame lesión de su dignidad personal; teológicamente es un pecado mortal”. En los últimos puntos hace referencia a la “unidad personal del espíritu, el alma y el cuerpo”, en el que ha de estar integrada la sexualidad. Y termina con las palabras: “Una renuncia al matrimonio y una vida de continencia sexual es posible y puede ser vivida, cuando se basa en una decisión libre y cuando esa forma del celibato por el servicio al Reino de Dios es aceptada como una vocación carismática”.

 

Aclaración sobre un sacerdote estadounidenses acusado de violar a niños sordos

 

[Fuente: Zenit. Traducción del original inglés realizada por Jesús Colina]

 

Por su interés adjuntamos a continuación el comunicado del padre Federico Lombardi sobre el intento de implicar al Papa Benedicto XVI en un caso de pederastia

 

El caso del padre Lawrence Murphy, sacerdote de la arquidiócesis de Milwaukee, involucró a víctimas particularmente vulnerables, que sufrieron de una manera terrible por lo que hizo. Al abusar sexualmente de niños con deficiencia auditiva, el padre Murphy violó la ley y, lo que es más grave, la sagrada confianza que las víctimas habían puesto en él.

 

En la mitad de los años setenta, algunas víctimas del padre Murphy informaron sobre estos abusos a las autoridades, que emprendieron una investigación en ese momento; de todos modos, según algunos informes, fue abandonada. La Congregación para la Doctrina de la Fe fue informada sobre esta cuestión unos 20 años después.

 

Se ha sugerido que existe una relación entre la aplicación de Crimen sollicitationis y la falta de denuncia a las autoridades sobre los abusos sexuales contra niños en este caso. De hecho no existe esta relación. De hecho, a diferencia de ciertas declaraciones que han circulado en la prensa, ni Crimen sollicitationis ni el Código de Derecho Canónico han prohibido nunca informar sobre los casos de abuso sexual de niños a las autoridades judiciales competentes.

 

A finales de los años noventa, después de que pasaran dos décadas de la denuncia de estos abusos a los representantes diocesanos y a la policía, se presentó por primera vez a la Congregación para la Doctrina de Fe la cuestión de cómo afrontar canónicamente el caso Murphy. Se informó a la Congregación sobre el asunto porque involucró solicitaciones sexuales en el confesionario, que es una violación del Sacramento de la Penitencia. Es importante subrayar que la cuestión canónica presentada a la Congregación no estaba relacionada con las potenciales medidas civiles o criminales contra el padre Murphy.

 

En estos casos, el Código de Derecho Canónico no prevé penas automáticas, sino que recomienda que se emita sentencia sin excluir ni siquiera la pena eclesiástica más grave, la expulsión del estado clerical (cf. Canon 1395, no. 2). Dado que el padre Murphy era anciano, en un estado de salud muy deteriorado, en aislamiento, y que no se habían registrado denuncias de abusos desde hacía veinte años, la Congregación para la Doctrina de la Fe sugirió que el arzobispo de Milwaukee considerara afrontar la situación, por ejemplo, restringiendo el público ministerio del padre Murphy y exigiendo que el padre Murphy aceptara la plena responsabilidad de sus actos. El padre Murphy murió aproximadamente cuatro meses después, sin ulteriores incidentes.

 

Cómo actúa la Iglesia ante los abusos sexuales

Avvenire, 13 Marzo 2010

 

Mons. Charles J. Scicluna es promotor de justicia de la Congregación para la Doctrina de la Fe. En términos más sencillos, es el “fiscal” del tribunal de la Santa Sede encargado de juzgar los delitos más graves contemplados en la ley canónica. Entre ellos están los abusos de menores cometidos por clérigos. Ante la revelación de más casos en Alemania y algunos otros países europeos, en una entrevista de Gianni Cardinali para Avvenire (13-03-2010) explica cómo responde la Congregación a tales hechos.

 

Los delicta graviora (delitos más graves) reservados a la Congregación para la Doctrina de la Fe están definidos en el motu proprio de 2001 Sacramentorum sanctitatis tutela (cfr. Aceprensa, 16-01-2002). Son las profanaciones de la Eucaristía, las del sacramento de la Penitencia –como violar el secreto de confesión– y los contactos sexuales de un clérigo con un menor de edad.

 

La entrevista se centra en la actitud de la Iglesia ante las pruebas o sospechas de contactos sexuales con menores por parte de clérigos. ¿Ha habido ocultamiento? ¿Se ha usado de excesiva tolerancia?

 

Mons. Scicluna recuerda que la Iglesia siempre ha condenado con claridad estos actos y ha previsto sanciones rigurosas contra los culpables: un ejemplo antiguo es la instrucción Crimen sollicitacionis de 1922. Ahora bien, añade, “puede ser que antes, quizás por un mal entendido sentido de responsabilidad hacia el buen nombre de la institución, algunos obispos, en la práctica, hayan sido demasiado indulgentes con este tristísimo fenómeno”.

 

No hay prohibición de denunciar a la autoridad civil

 

La investigación de tales casos por parte de la Santa Sede está sujeta a secreto ya desde las normas anteriores a las hoy vigentes, que son las recogidas de Sacramentorum sanctitatis tutela. Esto ha dado pie a decir, como ha hecho la ministra alemana de Justicia (cfr. Aceprensa, 12-03-2010), que la Iglesia prohíbe comunicar las denuncias a las autoridades civiles.

 

Mons. Scicluna precisa: “Una mala traducción al inglés dio pábulo a que se pensara que la Santa Sede imponía el secreto para ocultar los hechos. Pero no era así. El secreto de instrucción servía para proteger la buena fama de todas las personas involucradas, en primer lugar las víctimas, y después los clérigos acusados, que tienen derecho –como cualquier persona– a la presunción de inocencia hasta que se demuestre lo contrario. A la Iglesia no le gusta la justicia espectáculo. La normativa sobre los abusos sexuales no se ha interpretado nunca como prohibición de denuncia a las autoridades civiles”.

 

De hecho, la praxis de la Iglesia es más bien la contraria. “En algunos países de cultura jurídica anglosajona, y también en Francia, si un obispo se entera, fuera del secreto sacramental de la confesión, de que uno de sus sacerdotes ha cometido abuso de menores, está obligado a denunciarlo a la autoridad judicial”. En tales casos, “nuestra indicación [a los obispos] es respetar la ley”.

 

Donde no hay obligación legal, “no imponemos a los obispos que denuncien a sus sacerdotes, sino que les alentamos a dirigirse a las víctimas para invitarlas a presentar denuncia ellas mismas. Además, les invitamos a proporcionarles asistencia espiritual, pero no solo espiritual. En un caso reciente, de un sacerdote condenado por un tribunal civil italiano, fue precisamente esta Congregación la que sugirió a los denunciantes, que se habían dirigido a nosotros para un proceso canónico, que lo comunicaran también a las autoridades civiles, en interés de las víctimas y para evitar nuevos crímenes”.

 

Tampoco tiene base reprochar negligencia o encubrimiento al Papa actual durante su mandato al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe (1981-2005). Mons. Scicluna señala que “el cardenal Ratzinger demostró sabiduría y firmeza al tratar esos casos. Más aún: dio prueba de gran valor afrontando algunos casos muy difíciles y espinosos, sine acceptione personarum”.

 

Cómo se han resuelto los procesos

 

La entrevista explica qué pasos se dan cuando llega una denuncia a la autoridad eclesiástica. “Si la acusación es verosímil, el obispo tiene la obligación de investigar tanto la credibilidad de la denuncia como el objeto de la misma. Y si el resultado de la investigación previa es que hay base para abrir un proceso, [el obispo] no tiene ya competencia sobre el caso y debe remitirlo a nuestra Congregación, donde será tratado por la oficina disciplinaria”.

 

A continuación, Mons. Scicluna detalla el número y tipología de los casos llegados a la Congregación. “En los últimos nueve años (2001-2010) hemos analizado las acusaciones relativas a unos 3.000 casos de sacerdotes diocesanos y religiosos por delitos cometidos en los últimos cincuenta años”. “Grosso modo, el 60% son de ‘efebofilia’, o sea de atracción sexual por adolescentes del mismo sexo; el 30% son de relaciones heterosexuales, y el 10%, de actos de pederastia verdadera y propia, esto es, por atracción sexual hacia niños impúberes. Los casos de sacerdotes acusados de pederastia verdadera y propia son, pues, unos trescientos en nueve años. Son siempre demasiados, desde luego, pero hay que reconocer que el fenómeno no está tan difundido como se dice”.

 

De los tres mil asuntos en total, “en el 20% de los casos se ha celebrado un proceso penal o administrativo, normalmente en las diócesis de procedencia –siempre bajo nuestra supervisión–, y solo algunas veces aquí, en Roma: así se agiliza el procedimiento”. Muchos procesos terminaron en sentencia condenatoria. “Pero tampoco han faltado otros en que el sacerdote fue declarado inocente o en que las pruebas no fueron consideradas suficientes. De cualquier modo, en todos los casos se analiza no solo si el clérigo acusado es culpable o no, sino también si es idóneo para ejercer el ministerio públicamente”.

 

“En el 60% de los casos no hubo proceso, principalmente por la edad avanzada de los acusados, pero se dictaron contra ellos sanciones administrativas y disciplinarias, como la prohibición de celebrar misa con presencia de fieles y de oír confesiones, y la obligación de llevar una vida retirada y de oración. Hay que subrayar que en estos casos, entre los cuales hubo algunos muy sonados, de los que se ocuparon los medios de comunicación, no se trata de absoluciones. Ciertamente no ha habido una condena formal, pero si a una persona la obligan al silencio y a la oración, por algo será”.

 

De los demás casos que se resolvieron sin llegar a concluir un proceso judicial canónico, en la mitad, “particularmente graves y con pruebas abrumadoras, el Santo Padre asumió la dolorosa responsabilidad de autorizar un decreto de dimisión del estado clerical”. “En el restante 10% de los casos los mismos clérigos acusados pidieron la dispensa de las obligaciones derivadas del sacerdocio, que fue concedida con prontitud. Los sacerdotes implicados en estos últimos casos tenían en su poder material de pornografía pederasta y por eso fueron condenados por las autoridades civiles”.

 

Cuántos casos y de dónde

 

Los casos examinados por la Congregación ocurrieron en su mayor parte en “Estados Unidos: en 2003-2004 eran alrededor del 80% del total. En 2009 la proporción de casos estadounidenses bajó al 25% de los 223 nuevos casos llegados de todo el mundo”. Después de 2007, a la Congregación vienen llegando unos 250 casos anuales; de muchos países tan solo uno o dos. “Aumenta, por lo tanto, el número de los países de procedencia de los casos, pero el fenómeno es muy limitado. Recordemos que en el mundo hay unos 400.000 sacerdotes diocesanos y religiosos. Estos datos no se corresponden con la impresión que se crea cuando casos tan tristes ocupan las primeras planas de los periódicos”.

 

En Italia, “hasta ahora no parece que el fenómeno tenga dimensiones dramáticas; pero me preocupa una especie de ‘cultura del silencio’ que veo todavía muy difundida. La Conferencia Episcopal Italiana ofrece un óptimo servicio de asesoría técnico-jurídica para los obispos que hayan de tratar esos casos. Observo con gran satisfacción el empeño de los obispos italianos por afrontar cada vez mejor los casos que les llegan”.

 

¿Deben prescribir?

 

Ahora se plantea si la ley canónica –a diferencia de las leyes civiles– debería considerar imprescriptibles estos abusos de menores. “En el pasado, es decir antes de 1889, la prescripción de la acción penal era una norma ajena al derecho canónico. Para los delitos más graves, el motu proprio de 2001 introdujo la prescripción al cabo de diez años, que en los casos de abuso sexual se cuentan a partir del día en que el menor cumple 18”.

 

“La experiencia indica –añade Mons. Scicluna– que el plazo de diez años no es adecuado a este tipo de casos, y sería deseable volver al sistema anterior, en el que no prescribían los delicta graviora. El 7 de noviembre de 2002, el venerable siervo de Dios Juan Pablo II concedió a este dicasterio la facultad de derogar la prescripción caso por caso ante una petición motivada por parte del obispo, y la derogación normalmente se concede”.

 

Abusos sexuales: máxima claridad y titulares engañosos

 

Aceprensa, 10 Marzo 2010

 

El escándalo de los abusos sexuales cometidos por clérigos continúa ocupando amplio espacio en los medios informativos europeos. Pero al presentar los casos ocurridos en Alemania, Austria y Holanda -que han concentrado la mayor atención durante esta semana- la prensa ha mezclado la información de datos y hechos con insinuaciones y equívocos provocados. Al final, la impresión es que la única culpable de esa triste situación es la Iglesia católica y sus depravados ministros.

 

Saliendo al paso de esta impresión, el director de la Oficina de prensa de la Santa Sede, P. Federico Lombardi, publicó una nota el día 8 en la que mantiene que “los errores cometidos en las instituciones y por responsables eclesiales son particularmente reprobables, dada la responsabilidad educativa y moral de la Iglesia”. “Pero –añade– todas las personas objetivas e informadas saben que la cuestión es mucho más amplia, y concentrar las acusaciones sólo en la Iglesia lleva a falsear la perspectiva”.

 

Como ejemplo, cita que “los últimos datos facilitados por las autoridades competentes de Austria indican que en el mismo período de tiempo los casos señalados en instituciones vinculadas a la Iglesia eran 17 mientras que en otros ambientes eran 510. Es conveniente preocuparse también por ellos”.

 

El comunicado señala que las principales instituciones eclesiásticas afectadas han afrontado el problema con “tempestividad y decisión” y “han dado prueba de su voluntad de transparencia”, “invitando a las víctimas a hablar incluso cuando se trataba de casos de hace mucho tiempo”.

 

“El punto de partida correcto –precisa el comunicado– es el reconocimiento de lo que ha sucedido y la preocupación por las víctimas y las consecuencias de los actos perpetrados contra ellas”.

 

“Estos hechos –dice la nota refiriéndose a los abusos sexuales– llevan a la Iglesia a elaborar las respuestas apropiadas y se insertan en un contexto y una problemática más amplia que atañe a la protección de los niños y de los jóvenes de los abusos sexuales en la sociedad”. En esta línea se felicita de que en Alemania el Ministerio de la Familia haya convocado una mesa redonda de instituciones educativas y sociales para tratar el problema, iniciativa en la que la Iglesia está dispuesta a participar.

 

No solo en la Iglesia

 

Vaticanistas experimentados, como Luigi Accattoli, señalan también el distinto modo de tratar estos casos según que afecten a la Iglesia católica o a otras instituciones. En un artículo publicado en Liberal (9-03-2010), Accattoli da un dato: Desde 1995 se han denunciado en Alemania 210.000 casos de abusos sexuales; de ellos, 94 afectan a personas o instituciones de la Iglesia católica. Incluso en estos días han surgido casos que nada tienen que ver con el clero católico, como los de la prestigiosa escuela Odenwald de Heppenheim; se habla de entre cincuenta y cien casos a partir de 1971.

 

¿Por qué entonces la atención mediática se centra solo en la Iglesia católica? Según Accattoli, que ha trabajado durante cuarenta años para diarios como La Repubblica y Corriere della Sera, es fácil explicarse el ensañamiento de los medios con el clero católico: “El mundo de los periodistas apoya espontáneamente la ‘revolución sexual’ y encuentra la mayor resistencia a tal orientación en el clero católico: de ahí el ímpetu con el que resalta –si puede– las contradicciones”.

 

Otra muestra de información no ya sesgada sino falsa ha sido el intento de involucrar en el escándalo de los abusos sexuales al hermano del Papa, Georg Ratzinger, por casos sucedidos en el coro de Ratisbona (Domspatzen) del que fue director musical de 1964 a 1993. Pero ninguno de los casos declarados se refieren a este periodo ni al coro en sí. Según la nota publicada por el obispado de Ratisbona, en la institución hay tres secciones: un liceo (Gymnasium), gestionado por un director laico; un internado, dirigido por un sacerdote, donde se alojan los niños del coro; y el coro, a cargo del director musical.

 

De los casos mencionados en estos días, el primero es de 1958, por un abuso cometido por el vice-director de la escuela. Cuando fue conocido el delito, fue apartado de su cargo y condenado penalmente. El segundo caso es el de una persona que trabajó allí en 1958 durante siete meses, y que fue condenado doce años después por un caso de abuso sexual. Parece que hay un tercer caso de 1969, que ocurrió diez años después de que el presunto culpable abandonara su relación con el coro. En suma, los casos hasta ahora denunciado se refieren a un periodo en que Georg Ratzinger no era tan siquiera director del coro.

 

Las precisiones del obispo de Ratisbona, publicadas en L’Osservatore Romano, fueron seguidas de una nota en la que “la Santa Sede se alegra de esta voluntad de transparencia en el seno de la Iglesia y espera que se actúe con la misma claridad en el seno de otras instituciones, públicas y privadas, si verdaderamente preocupa a todos el bien de la infancia”.

 

El Papa pide a los obispos irlandeses honradez y valentía contra los abusos

 

Aceprensa, 17 Febrero 2010

 

Afrontar la actual crisis con “honradez y valentía” es lo que ha pedido Benedicto XVI en la reunión que ha mantenido con los obispos irlandeses el 15 y 16 de febrero para examinar los casos de abusos sexuales cometidos por algunos sacerdotes y religiosos.

 

Según el comunicado emitido por la Oficina de Información de la Santa Sede, tras una breve introducción del Papa, cada uno de los 24 obispos ofreció sus propias observaciones y sugerencias. Junto con representantes de la Curia Romana, examinaron “el fracaso de las autoridades de la Iglesia durante muchos años para afrontar eficazmente los casos de abusos sexuales de jóvenes por parte de algunos clérigos y religiosos irlandeses”. Todos los presentes han reconocido que “esa grave crisis ha desembocado en el desmoronamiento de la confianza en la jerarquía eclesiástica y ha perjudicado su testimonio del Evangelio y sus enseñanzas morales.”

 

Los obispos expresaron “el sentido de pena, rabia, traición, escándalo y vergüenza expresado en numerosas ocasiones por aquellos que han sufrido abusos”. Y, como reacción, entre los fieles “se ha dado un sentimiento de indignación por parte de los laicos, sacerdotes y religiosos en este sentido”.

 

Los obispos, sigue diciendo la nota, subrayaron que “mientras que no cabe duda de que en el corazón de la crisis se encuentran errores de juicio y omisiones, ahora hay que tomar medidas significativas para asegurar la seguridad de los niños y jóvenes”, y manifestaron su compromiso de colaborar con las autoridades civiles.

 

Por su parte, Benedicto XVI observó que “el abuso sexual de niños y jóvenes no es sólo un crimen atroz, sino también un pecado grave que ofende a Dios y hiere a la dignidad de la persona humana, creada a su imagen”.

 

También apuntó que “la debilitación de la fe ha sido un factor que ha contribuido de manera significativa al fenómeno de los abusos sexuales de menores” e hizo un llamamiento a “mejorar la preparación humana, espiritual, académica y pastoral de los candidatos tanto al sacerdocio como a la vida religiosa”.

 

Los obispos tuvieron la oportunidad de conocer y discutir un borrador de la carta pastoral que prepara el Santo Padre para los católicos de Irlanda”.

 

Cambios en la Iglesia de Irlanda

 

Tras la cumbre episcopal, el cardenal Seán Brady, primado de Irlanda, acompañado de otros cuatro obispos irlandeses, tuvo un encuentro con periodistas en la sede de Radio Vaticano. El cardenal reconoció que la recuperación de la credibilidad de los obispos irlandeses requerirá tiempo y exigirá “humillación”.

 

El cardenal reconoció los errores y culpas de los obispos a la hora de afrontar los casos de abusos, y explicó que la santa Sede no tiene responsabilidades en ello, pues los clérigos o religiosos involucrados dependían de sus superiores locales.

 

Explicó que esta reunión con el Papa no se ha centrado en tomar disposiciones concretas. Para esto se ha convocado una asamblea plenaria del episcopado dentro de tres semanas. Al hablar de los medios para mejorar el gobierno de la Iglesia, Brady explicó que “antes de inventarnos nuevas estructuras, tenemos que utilizar lo mejor posible las ya existentes, como los consejos pastorales parroquiales o diocesanos”.

 

Entre los temas pendientes está la situación de los obispos que en el Murphy Report (el informe sobre los abusos sexuales) son acusados de no haber reaccionado debidamente ante las denuncias, y de haber tratado de ocultarlas. El pasado diciembre, cuatro obispos habían presentado su dimisión. Pero el arzobispo de Dublín, Diarmuid Martin, sugirió también recientemente la posibilidad de una amplia reorganización de la iglesia en Irlanda.

 

Falló también el Estado

 

El informe Murphy fue encargado por el gobierno irlandés a una comisión independiente para investigar cómo actuó la Iglesia ante las denuncias de abusos sexuales contra niños y jóvenes cometidas por clérigos desde 1975 a 2004. Su conclusión fue que “las preocupaciones de la archidiócesis de Dublín al afrontar los casos de abusos sexuales, al menos hasta la mitad de los años 90, fueron mantener el secreto, evitar el escándalo, proteger la reputación de la Iglesia y preservar sus propiedades. Otras consideraciones, incluido el bienestar de los niños y la justicia a las víctimas, se subordinaron a estas prioridades. La archidiócesis no aplicó las reglas del Derecho Canónico e hizo todo lo posible para que no se aplicara la ley del Estado”. El informe Murphy se centra en las alegaciones de abusos contra 46 sacerdotes de la archidiócesis de Dublín.

 

De la investigación se desprende también que las propias autoridades civiles, incluidas la fiscalía y la policía, facilitaron el encubrimiento de los casos de pederastia. Después de la publicación del informe, el gobierno irlandés presentó sus excusas por los fallos del Estado en este asunto.

 

El Papa, “determinado” a tomar medidas en los casos de abusos en la Iglesia

 

El portavoz del vaticano, Federico Lombardi, habla de la necesidad de “una ruta clara en aguas agitadas” y pone como modelo la forma de proceder de la Iglesia alemana

 

Los recientes escándalos de presuntos abusos sexuales en los que se ha visto involucrada la Iglesia han sido utilizados por numerosos medios de comunicación europeos para acusar al Vaticano de ocultar la realidad, ser flexibles con estas prácticas e, incluso, de provocar este tipo de acontecimientos por la imposición del celibato. Nada más lejos de la realidad. Diferentes voces en el seno de la Iglesia, incluida la del propio Papa Benedicto XVI, se han mostrado firmes e intolerantes con estos casos que están lejos del sentido del hombre y, mucho más, del sentido doctrinal del ministerio del sacerdocio.

 

El Papa Benedicto XVI, ha sabido tomar las riendas de la situación, fundamentalmente legitimado por su experiencia de más de veinte años como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Por ello, según indicó ayer el arzobispo Rino Fisichella “Benedicto XVI no está en ningún caso paralizado o encerrado en una torre de marfil frente a la avalancha de casos de pedofilia que implican a la Iglesia católica”. Al contrario, se trata de una persona “clara, determinada, extremadamente lúcida en su análisis, una lucidez que lo lleva a tomar las medidas necesarias”, declaró Fisichella al diario 'Corriere della Sera'.

 

Según el arzobispo, la carta pastoral que debe dirigir el Papa dentro de poco al episcopado irlandés -cuestionado desde fines de 2009 por haber cubierto durante décadas abusos sexuales cometidos por religiosos-, será “una nueva ilustración de sus posiciones claras, determinadas, sin voluntad de disimulación”. Los casos de pedofilia revelados en las últimas semanas, en particular en Alemania, Austria, Holanda, Suiza, “ensombrecen el conjunto de la Iglesia católica: la intolerancia total para nosotros no es facultativa, es una obligación moral”, destacó el arzobispo.

 

“He visto aquí un discernimiento mucho más selectivo en la selección de los candidatos al sacerdocio y una implicación sin precedente en su formación académica y espiritual”, explicó. Según el teólogo, las precedentes generaciones de seminaristas habían perdido de vista la importancia de “la identidad sacerdotal de la espiritualidad”. “A partir de los años 1960 se difundió una cultura que consideraba que todo era aceptable”.

 

Una imagen de la Iglesia exagerada

 

Por otro lado, Giuseppe Versaldi, obispo de Alejandría (norte de Italia), en un artículo publicado por L’Osservatore Romano, después de “confirmar la condena sin reservas de estos delitos gravísimos que son repugnantes para la conciencia de cualquier persona”, ha subrayado que existe “un ensañamiento con la Iglesia católica, como si fuera la institución en la que con más frecuencia se comenten estos abusos”.

 

“La imagen negativa atribuida a la Iglesia católica a causa de estos delitos -afirma el prelado- parece exagerada. Además, hay quien atribuye al celibato de los sacerdotes católicos la causa de los comportamientos desviados, mientras que está comprobado que no existe ninguna relación de causa: ante todo, porque es sabido que los abusos sexuales sobre los menores de edad están más difundidos entre los laicos y los casados que entre el clero célibe”.

 

Versaldi constata como la Iglesia es “la institución que ha decidido librar la batalla más clara contra los abusos sexuales contra los menores de edad, comenzando por su interior”. En esto, según el obispo, “hay que reconocer que Benedicto XVI ha dado un impulso decisivo a esta lucha, gracias a su experiencia de más de veinte años como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe”.

 

El sacerdocio, según prosigue el artículo, exige que accedan “únicamente personas humana y espiritualmente maduras: aunque sólo se diera un caso de abuso por parte de un sacerdote sería inaceptable”. “Si además estos crímenes son cometidos por personas que desempeñan un papel en la Iglesia, personas en las que se pone una especial confianza por parte de los fieles y en particular de los niños, entonces el escándalo es aún más grave y condenable”, concluye el texto.

 

Alemania: un modelo a seguir

 

El portavoz del vaticano y director de la Oficina de Información de la Santa Sede, el padre Federico Lombardi, abordó el tema el pasado domingo, 14 de marzo, valorando la reacción de la Conferencia Episcopal Alemana ante los casos de abusos como “un modelo muy útil e inspirador para otras conferencias episcopales que tengan que afrontar problemas análogos”.

 

Lombardi ha recalcado que las declaraciones del presidente de la Conferencia, el arzobispo Robert Zollitsch, después del encuentro con el Santo Padre, “retoman las líneas establecidas por la asamblea de la Conferencia y confirman sus puntos operativos esenciales: reconocer la verdad y ayudar a las víctimas, reforzar la prevención y la colaboración de una manera constructiva junto a las autoridades -incluidas las judiciales y estatales- por el bien común de la sociedad”.

 

“Monseñor Zollitsch –según explica el portavoz vaticano- también ha confirmado sin dejar lugar a dudas la opinión de los expertos, según la cual, la cuestión del celibato no debe ser confundida con la de la pederastia. El Santo Padre ha alentado la línea de los obispos alemanes, que -teniendo en cuenta el carácter específico de su país- puede ser considerada como un modelo muy útil e inspirador para otras conferencias episcopales que tengan que afrontar problemas análogos”.

 

“A la Iglesia no le gusta la justicia concebida como un espectáculo”

 

En este sentido, se ha manifestado el padre Charles J. Scicluna, de origen maltés, en una entrevista en el diario ‘Avvenire’. Scicluna es promotor de justicia de la Congregación para la Doctrina de la Fe, fiscal del Tribunal de la Santa Sede, que tiene por tarea investigar los delitos que la Iglesia considera como más graves (delicta graviora): contra la Eucaristía, contra la santidad del sacramento de la penitencia y el delito contra el sexto mandamiento (No cometerás actos impuros), por parte de un clérigo con un menor de 18 años.

 

El sacerdote explica en la entrevista que la condena por esta tipología de delitos “ha sido siempre firme e inequívoca” por el Vaticano.

 

“Por lo que respecta solamente al siglo pasado, basta recordar la famosa instrucción ‘Crimen Sollicitationes’ de 1922”. Y aclara que el secreto de instrucción “servía para proteger la buena fama de todas las personas involucradas, en primer lugar las víctimas, y después los clérigos acusados, que tienen derecho -como cualquier persona- a la presunción de inocencia hasta que se demuestre lo contrario”, y concluye: “A la Iglesia no le gusta la justicia concebida como un espectáculo”.

 

Cuestionado por los tres mil casos de sacerdotes pederastas en el mundo, Scicluna matiza: “No es correcto definirlo así. Podemos decir que grosso modo en el 60% de esos casos se trata más que nada de actos de ‘efebofilia’, o sea debidos a la atracción sexual por adolescentes del mismo sexo, en el otro 30% de relaciones heterosexuales y en el 10% de actos de pederastia verdadera y propia, esto es, determinados por la atracción sexual hacia niños impúberes. Los casos de sacerdotes acusados de pederastia verdadera y propia son, entonces, unos trescientos en nueve años. Son  siempre demasiados, es indudable, pero hay que reconocer que el fenómeno no está tan difundido como se pretende”.

 

 

Diez mitos sobre la pedofilia de los sacerdotes, http://apologetica.org

 

Confrontar lo que "se dice" con los datos.

 

Deal Hudson, CRISIS Magazine, 4 de abril 2002.

 

Mito 1: Es más probable que sacerdotes católicos, en comparación con otros grupos de hombres, sean pedófilos

 

Esto es simplemente falso. No existe evidencia alguna de que los sacerdotes estén más inclinados a abusar de los niños que otros grupos de hombres. El uso y abuso de los niños como objeto de gratificación sexual por parte de los adultos es epidémico en todas las clases sociales, profesiones, religiones y grupos étnicos alrededor del mundo, según lo demuestran claramente las estadísticas acerca de la pornografía, el incesto y la prostitución infantil. La pedofilia (el abuso sexual de niños preadolescentes) entre los sacerdotes es extremamente rara, pues afecta solamente al 0.3% del clero. Esta cifra, citada en el libro Pedophiilia and Piresthood (Pedofilia y Sacerdocio), escrito por el estudioso no-católico Philip Jenkins, está tomada del estudio más amplio que existe hoy día sobre este tema. Concluye que solamente uno de entre 2,252 sacerdotes que formaron parte del estudio a lo largo de un período de más de 30 años, se ha visto afectado por la pedofilia. En los escándalos recientes de Boston, solamente 4 de entre más de los 80 sacerdotes etiquetados por los medios de comunicación como "pedófilos" son en realidad culpables de abusar de niños pequeños.

 

La pedofilia es un tipo particular de desorden sexual compulsivo en el cual un adulto (hombre o mujer) abusa de niños preadolescentes. La gran mayoría de los escándalos sexuales del clero que están saliendo a la luz ahora no entran propiamente en la categoría de pedofilia. Más bien, se deben calificar como efebofilia o atracción homosexual hacia adolescentes. Aunque el número total de sacerdotes que cometen abuso sexual es mucho más alto que el de los que son culpables de pedofilia, la cifra total queda aún por debajo del 2% que es semejante al porcentaje que se da entre hombres casados (Jenkins, Pedophilia and Priests).

 

Con ocasión de la crisis actual en la Iglesia, otros grupos religiosos e instituciones no religiosas han admitido tener problemas semejantes tanto de pedofilia como de efebofilia entre las filas de su clero o personal. No hay evidencia de que la pedofilia sea más común entre el clero católico, que entre los Ministros protestantes, los líderes Judíos, los médicos, o miembros de cualquier otra institución en la que los adultos ocupen posiciones de autoridad sobre los niños.

 

Mito 2. El estado célibe de los sacerdotes conduce hacia la pedofilia

 

El celibato no es causa de ninguna adicción sexual desviada, entre las que se cataloga la pedofilia. De hecho, en comparación con los sacerdotes, es tan probable que los hombres casados abusen sexualmente de los niños (Jenkins, Pedophilia and Priests). Entre la población general, la mayoría de los transgresores son hombres heterosexuales reincidentes que abusan sexualmente de las niñas. También hay mujeres que cometen este tipo de abusos sexuales. Aunque es difícil obtener estadísticas exactas sobre el abuso sexual de los niños, los rasgos característicos de los que repetidamente cometen abuso sexual con niños han sido bien descritos. El perfil de los abusadores sexuales de niños nunca incluye adultos normales que se sienten atraídos eróticamente hacia los niños como resultado de la abstinencia (Fred Berlin, Compulsive Sexual Behaviors, in Addiction and Compulsion Behaviors [Boston: NCBC, 1998]; Patrick J. Carnes, Sexual Compulsion: Challenge for Church Leaders, in Addiction and Compulsion; Dale O’Leary, Homosexuality and Abuse).

 

Mito 3. Si los sacerdotes se casaran, desparecerían la pedofilia y otras formas de conducta sexual desviada

 

Algunas personas incluyendo algunos disidentes católicos que suelen expresar su disconformidad en público se están aprovechando de esta crisis para promover sus propios intereses. Como respuesta a los escándalos, algunos están exigiendo que el clero sea casado, como si el matrimonio hiciera que "ciertos" hombres dejasen de molestar sexualmente a los niños. Esta afirmación se desmiente con las estadísticas mencionadas antes sobre el hecho de que, comparados con los sacerdotes célibes, es igualmente común que los hombres casados abusen sexualmente de los niños. (Jenkins, Pedophilia and Priests).

 

Dado que ni el ser católico ni el ser célibe predispone a una persona a caer en la pedofilia, el clero casado no resolvería el problema (Doctors call for pedophilia research, The Hartford Currant, March 23). No hay más que mirar a las crisis en otras religiones, sectas o profesiones para ver este punto con claridad.

 

El hecho es que hombres heterosexuales sanos no suelen caer en la atracción erótica hacia los niños como resultado de su abstinencia.

 

Mito 4. El celibato sacerdotal fue una invención medieval

 

Mentira. En la Iglesia católica de Occidente, el celibato se practicó ya universalmente a partir del siglo IV, comenzando con la adopción que S. Agustín hizo de la disciplina monástica para todos sus sacerdotes. Además de las muchas razones prácticas para adoptar esta disciplina se suponía que era un buen medio para evitar el nepotismo el estilo de vida célibe permitía a los sacerdotes ser más independientes y disponibles. Este ideal era también una oportunidad para que los sacerdotes dieran también testimonio del mismo estilo de vida que sus hermanos los monjes. La Iglesia no ha cambiado las normas del celibato, porque con el paso de los siglos se ha dado cuenta del valor práctico y espiritual que posee (Pablo VI, carta encíclica sobre El celibato sacerdotal, 1967). De hecho, incluso en la Iglesia católica del Este que admite también la posibilidad de tener sacerdotes casados los obispos son elegidos solamente entre los sacerdotes no casados.

 

Cristo reveló el verdadero valor y significado del celibato. Los sacerdotes católicos, desde S. Pablo hasta el presente le han imitado en la total donación de si mismos a Dios y a los demás viviendo célibes. Aunque Cristo elevó el matrimonio al nivel de sacramento que revela el amor y vida de la Santísima Trinidad, él fue también testigo vivo de la vida futura. Los sacerdotes célibes son para nosotros testigos vivos de esta vida futura en la cual la unidad y el gozo del matrimonio entre un hombre y una mujer son sobrepasados por la perfecta y amorosa comunión con Dios. El celibato entendido y vivido adecuadamente libera a la persona para amar y servir como Cristo lo hizo.

 

En los últimos cuarenta años, el celibato ha sido un testimonio todavía más poderoso del sacrificio amoroso de hombres y mujeres que se ofrecen a sí mismos para servir a sus comunidades.

 

Mito 5. Mujeres sacerdotes ayudarían a solucionar el problema

 

No hay en absoluto ninguna conexión lógica entre el comportamiento desviado de una pequeña minoría de sacerdotes varones y la inclusión en sus filas de las mujeres. Aunque es verdad que según muestran la mayoría de las estadísticas sobre abuso de niños es más común que los hombres abusen de ellos, el hecho es que también hay mujeres que molestan sexualmente a los niños. En 1994, el National Opinion Research Center demostró que la segunda forma más común de abuso sexual de niños era el de mujeres que abusaban de niños varones. Por cada tres varones abusadores sexuales de niños, hay una mujer abusadora. Las estadísticas sobre las mujeres que abusan sexualmente de otros son más difíciles de obtener porque el crimen es más oculto (entrevista con el Dr. Richard Cross, "Una cuestión de carácter", National Opinion Research Center; cf. Carnes). Además, es más imporbable que sus víctimas más frecuentes, los niños, reporten los abusos sexuales, especialmente cuando el abusador es una mujer (O’Leary, Child Sexual Abuse).

 

Hay razones por las cuales la Iglesia no puede ordenar sacerdotes a las mujeres (como Juan Pablo II ha explicado en numerosas ocasiones). Pero esto nos sacaría ahora del tema. El debate sobre la ordenación de las mujeres no está para nada relacionado con el problema de la pedofilia ni con otras formas de abuso sexual.

 

Mito 6. La homosexualidad no está conectada con la pedofilia

 

Esto es simplemente falso. Es tres veces más probable que los homosexuales sean pedófilos que los hombres heterosexuales. Aunque la pedofilia exclusiva (atracción hacia los preadolescentes) es un fenómeno extremo y raro, un tercio de los varones homosexuales sienten atracción por los adolescentes (Jenkins, Priests and Pedophilia). La seducción de adolescentes varones por parte de homosexuales es un fenómeno bien documentado. Esta forma de comportamiento desviado es el tipo más común de abuso obrado por sacerdotes y está directamente relacionado con el comportamiento homosexual.

 

Como Michael Ross muestra en su libro, Goodbye!, Good Men (Adiós, hombres buenos!), hay una activa sub-cultura homosexual dentro de la Iglesia. Esto se debe a varios factores. La confusión que se ha dado en la Iglesia como resultado de la revolución sexual de los años 60, el tumulto posterior al Concilio Vaticano II, y una mayor aprobación de la homosexualidad por parte de la cultura. Todo esto hizo que se creara un ambiente en el cual homosexuales varones activos fueron admitidos y tolerados en el sacerdocio. La Iglesia se ha apoyado también más en la psiquiatría para valorar la idoneidad de a los candidatos al sacerdocio y para tratar a los sacerdotes que tenían problemas. En 1973, The American Psychological Association (Asociación Psicológica Americana) dejó de considerar la homosexualidad como una orientación objetivamente desordenada y la suprimió de su Manual Diagnóstico y Estadístico (Nicolosi, J., Reparative Therapy of Male Homosexuality, 1991; Diamond, E,. Et al. Homosexuality and Hope, documento no publicado de la CMA). Lógicamente, el tratamiento de comportamientos sexuales desviados se vio afectado por este cambio de actitud.

 

Mientras la actitud de la Iglesia hacia quienes tienen problema de atracción homosexual se ha caracterizado por la compasión, también ha sido firme y constante en sostener el punto de vista de que la homosexualidad es objetivamente desordenada y que el matrimonio entre un hombre y una mujer es el único contexto propio para el ejercicio de la actividad sexual.

 

Mito 7. La Jerarquía católica no ha hecho nada para solucionar la pedofilia

 

Aunque todos estamos de acuerdo en que la jerarquía no ha hecho lo suficiente, esta afirmación es, sin embargo, falsa. Cuando el Código de Derecho Canónico fue revisado en 1983, se añadió un pasaje importante:

 

El clérigo que cometa de otro modo un delito contra el sexto mandamiento del Decálogo, cuando este delito haya sido cometido con violencia o amenazas, o públicamente o con un menor que no haya cumplido dieciséis años de edad, debe ser castigado con penas justas, sin excluir la expulsión del estado clerical, cuando el caso lo requiera. (Canon 1395, 2)

 

Pero ciertamente, no es lo único que la Iglesia ha hecho. Los obispos, comenzando con el Papa Pablo VI en 1967, publicaron una advertencia dirigida a los fieles sobre las consecuencias negativas de la revolución sexual. La encíclica papal Sacerdotalis coelibatus (sobre el celibato sacerdotal), trató el tema del celibato sacerdotal en medio de un ambiente cultural que exigía mayor "libertad" sexual. El Papa volvió a reafirmar el celibato al mismo tiempo que apelaba a los obispos para que asumieran responsabilidad por "los hermanos sacerdotes afligidos por dificultades que ponen en peligro el don divino que han recibido". Aconsejaba a los obispos que buscaran ayuda para estos sacerdotes, o, en casos graves, que pidieran la dispensa para los sacerdotes que no podían ser ayudados. Además, les pidió que fuesen más prudentes al juzgar sobre la aptitud de los candidatos al sacerdocio.

 

En 1975, la Iglesia publicó otro documento llamado Declaración sobre ciertas cuestiones sobre la ética sexual (escrito por el cardenal Josef Raztinger) que trataba explícitamente, entre otros asuntos, el problema de la homosexualidad entre los sacerdotes. Tanto el documento de 1967 como el de 1975 tratan el tema de las desviaciones sexuales, incluso la pedofilia y la efebofilia, que son especialmente frecuentes entre los homosexuales.

 

En 1994, el Ad hoc Committee on Sexual Abuse (Comité sobre abuso sexual de la Conferencia Episcopal Americana) publicó unas orientaciones dirigidas a las 191 diócesis de Estados Unidos para ayudarles a crear unas líneas de acción para tratar el problema de abuso sexual de menores. Casi todas las diócesis redactaron sus propias directrices (USCCB document: Guideliness for dealing with Child sexual Abuse, 1993-1994). En estas fechas la pedofilia se reconocía ya como un desorden que no podía ser curado, y como un problema que se estaba agravando debido al aumento de la pornografía. Antes de 1994, los obispos siguieron la opinión de los psiquiatras expertos que creían que la pedofilia podía ser tratada con éxito. Los sacerdotes convictos de abuso sexual eran enviados a uno de los establecimientos especializados de los Estados Unidos. Los obispos frecuentemente se basaban en los juicios de los expertos para determinar si los sacerdotes estaban listos para volver al ministerio. Esto no mitiga la negligencia por parte de algunos miembros de la jerarquía, pero por lo menos ayuda a entender mejor la cuestión.

 

Como respuesta a los escándalos recientes, algunas diócesis están creando comisiones especiales para afrontar los casos de abuso de menores, y también están creando grupos de defensa de las víctimas; y están reconociendo oficialmente que se debe atender inmediatamente cualquier legítima acusación.

 

Mito 8. La enseñanza de la Iglesia sobre moralidad sexual es el verdadero problema, no la pedofilia

 

                La enseñanza de la Iglesia sobre la moralidad sexual se basa en la dignidad de la persona humana y en la bondad de la sexualidad humana. Esta enseñanza condena el abuso de los niños en todas sus formas, lo mismo que condena otros crímenes sexuales reprensibles como la violación, el incesto, la pornografía infantil y la prostitución infantil. En otras palabras, si estas enseñanzas se vivieran, no existiría el problema de la pedofilia.

 

                La creencia de que esta enseñanza conduce a la pedofilia se basa en un concepción falsa o en una deliberada falsa interpretación de la moral sexual católica. La Iglesia reconoce que la actividad sexual sin el amor y compromiso que se da solamente en el matrimonio, disminuye la dignidad de la persona humana y a fin de cuentas es destructiva. En lo que se refiere al celibato, siglos de experiencia han probado que hombres y mujeres pueden abstenerse de la actividad sexual al mismo tiempo que se realizan plenamente viviendo una vida sana y llena de sentido.

 

Mito 9. Los periodistas católicos han ignorado el problema de la pedofilia

 

                Como todo lector de CRISIS sabe, esta afirmación es claramente falsa. Nuestro artículo de portada de octubre de 2001 se titulaba así: The High Price of Priestly Pederasty, (El alto precio de la pederastia de los sacerdotes), una exposición del escándalo que saldría a la superficie en el resto de la prensa tres meses después. Puedes leer nuestro artículo haciendo click sobre el título.

 

                Y nosotros no fuimos los únicos que hemos seguido el problema de pedofilia/pederastia. Charles Sennot, autor de Broken Covenant, Rod Dreher de la National Review, el cofundador de CRISIS, Ralph McIncerny, Maggie Gallagher, Dale O’Leary, The Catholic Medical Association, Michael Novak, Peggy Noona, Bill Donohue, Dr. Richard Cross, Philip Lawler, Alan Keyes, and Msgr. George Kelly han cubierto este tema ampliamente.

 

                El hecho de que el resto de los medios de comunicación haya ignorado nuestro trabajo, no significa que no lo hayamos hecho.

 

Mito 10. El requisito del celibato limita el número de candidatos al sacerdocio, con el resultado de que haya un número alto de sacerdotes sexualmente desequilibrados

 

                Primero de todo, no existe un "alto número de sacerdotes sexualmente desequilibrados". De nuevo afirmamos que la gran mayoría de los sacerdotes son normales, sanos y fieles. Cada día demuestran que son dignos de la confianza de aquellos cuyo cuidado se les ha confiado.

 

                En segundo lugar, quienes no se sienten llamados a una vida de celibato están ipso facto excluidos de poder ser sacerdotes católicos. De hecho, la mayoría de los hombres no está llamada a ser célibe. Sin embargo, algunos están llamados, y de entre ellos algunos están llamados por Dios al sacerdocio.

 

                La vocación sacerdotal, como el matrimonio, requiere el mutuo y libre consentimiento de ambas partes. Por tanto, la Iglesia debe discernir si un candidato es verdaderamente digno y apto mental, física y espiritualmente para comprometerse a una vida de servicio sacerdotal. El deseo que un candidato tenga de ser sacerdote no constituye de por sí una vocación. Los directores espirituales y vocacionales conocen ahora mejor que nunca las deficiencias de carácter que hacen que un candidato, en otros campos cualificado, no sea apto para el sacerdocio.

 

¿Es psicológicamente peligroso el celibato sacerdotal?

 

Entrevista con Aquilino Polaino Lorente, Catedrático de Psicopatología. Universidad Complutense

 

ROMA, lunes 8 de marzo de 2010 (ZENIT.org)

 

El pasado viernes culminó, en la Pontificia Universidad de la Santa Croce de Roma, el congreso “El celibato sacerdotal: teología y vida”, organizado por la facultad de teología de esta institución y patrocinado por la Congregación para el Clero, a propósito del Año Sacerdotal.

 

        Una de las ponencias más aplaudidas por sus asistentes, compuestos mayormente por diáconos y sacerdotes, fue la denominada “La realización de la persona en el celibato sacerdotal” del profesor español Aquilino Polaino Lorente.

 

        Polaino es médico de la Universidad de Granada. Posteriormente estudió psicología clínica en la Complutense de Madrid. Es doctor en Medicina de la Universidad de Sevilla. También es licenciado en filosofía de la Universidad de Navarra. Ha ampliado sus estudios en diversas instituciones de educación superior europeas y americanas. Desde 1978 hasta 2004 fue catedrático de Psicopatología en la Universidad Complutense de Madrid y actualmente es docente de la misma materia en la Universidad de San Pablo en la capital española.

 

        Ha escrito numerosos artículos y libros, especialmente sobre los problemas psicológicos infantiles y juveniles así como los familiares. Es miembro de academias de medicina de varias ciudades españolas, colaborador de multitud de organismos y por su trabajo y su bagaje intelectual ha recibido varias distinciones.

 

        ZENIT entrevistó al profesor Polaino quien en su ponencia explicó cómo una correcta visión de la sexualidad, donde se deben integrar el amor, la apertura a la vida y el placer puede entender también el sentido del celibato al que son llamadas algunas personas para ser más disponibles para el apostolado y para vivir el amor universal.

 

        “Dios no pide cosas imposibles a quien llama a su servicio”, dijo en su intervención refiriéndose al tema central del congreso.

 

-¿Es psicológicamente peligroso el celibato sacerdotal?

 

        Aquilino Polaino: No es nada peligroso porque quizás se compadece muy bien con lo que es la estructura antropológica realista de la condición humana. Tiene sus dificultades como es lógico puesto que la naturaleza humana está un poquito deteriorada y caída y hay que integrar todas las dimensiones. A mí me parece más peligroso el comportamiento sexual abierto, no normativo en que todo vale, creo que eso tiene consecuencias más desestructuradoras de la personalidad que el celibato bien vivido en plenitud, sin rupturas o quebrantos.

 

-¿Qué medios debe poner el sacerdote para ser fiel al voto de celibato durante todos los días de su vida?

 

        Aquilino Polaino: La tradición de la Iglesia tiene multitud de consejos que se pueden poner en práctica y que son eficaces, por ejemplo la guarda de corazón y la guarda de la vista. Lo que no se ve no se siente. Tampoco hay que ir mirando al suelo pero se puede ver sin mirar. Eso asegura la limpieza del corazón y además la vivencia del primer mandamiento que es amar a Dios sobre todas las cosas. En una olla que está a presión no entran moscas. Un corazón satisfecho no anda con mezquindades ni con fragmentaciones.

 

-¿Cree usted que la cultura hedonista de este nuevo siglo tan difundida en los medios de comunicación influye en el hecho que algunos sacerdotes no sean fieles al voto del celibato?

 

        Aquilino Polaino: Es posible, porque la fragilidad de la condición humana también la tienen los sacerdotes. Yo creo que hay que fijarse más en el inmenso número de sacerdotes fieles a su vocación. Lo excepcional también se da en la vida sacerdotal pero es excepcional. Aunque periodísticamente sea muy correcto ir a la excepción, no podemos ser ciegos a la inmensa mayoría de sacerdotes que son leales, que viven su vocación a plenitud, que son felices, de los cuales el mundo le debe la felicidad. Eso hay que ponerlo en énfasis.

 

-¿Una recta visión de la sexualidad puede dar una recta visión de la vida célibe?

 

        Aquilino Polaino: Sí. Creo que la sexualidad hoy es una función muy confusa, es una facultad sobre la que hay más errores que puntos de acuerdo con lo que es la naturaleza humana y quizás es un programa para enseñar e impartir en todas las edades porque como es uno de los ejes fundamentales de la vida humana, si no está bien atendido, si la gente no está bien formada, lo que vivirá es la confusión reinante. Eso afecta tanto a seminaristas como a gente joven o como a los novios que se van a casar. Esa educación hoy es una educación para la vida. Es una materia que a veces se enseña mal porque se enseñan los errores y eso es confundir todavía más en vez de explicar esa materia con un rigor científico que tenga fundamento en la naturaleza humana.

 

-¿Qué significa que el sacerdote esté llamado a ser padre espiritual?

 

        Aquilino Polaino: Creo que eso es uno de los temas en los que poco se ha profundizado. La paternidad espiritual también la tienen que vivir los padres biológicos y muchos de ellos no han oído hablar de eso nunca. La paternidad espiritual es, en cierta manera, vivir todas las obras de misericordia, consolar a triste, redimir al cautivo, ser hospitalario, afirmar al otro en lo que vale, evitarle los problemas, animarle y motivarle para que crezca personalmente, estimularle la aparición de valores que ya tiene porque le han venido con su naturaleza pero tal vez no han sabido encontrarlos ni hacerlos crecer. Creo que este mundo está huérfano de esa paternidad y esa maternidad espiritual y creo que es una dimensión que el sacerdote casi sin darse cuenta de lo que hace ya la vive.

 

-¿La vida célibe puede hacer más fecunda esta paternidad espiritual?

 

        Aquilino Polaino: Necesariamente sí porque hay más tiempo y más disponibilidad, si el objetivo final es la unión con Dios la paternidad espiritual cobra más sentido porque es la mejor imagen de la paternidad divina en el mundo contemporáneo por tanto está como mediador y en la medida en que viva la filiación divina también vivirá muy bien la paternidad espiritual.

 

 

 

Ricardo Estarriol, “El celibato no es la causa de la paidofilia”, Aceprensa, 23.III.10

Viena.— El Prof. Hans-Ludwig Kröber, director del Instituto de Psiquiatría Forense de la Universidad Libre de Berlín, es uno de los más prestigiosos profesores de su especialidad en Alemania. Preguntado sobre los abusos de menores cometidos por clérigos o religiosos, de los que se habla en las últimas semanas, niega que el problema tenga su origen en el celibato. La probabilidad de que un célibe cometa un abuso sexual es de uno contra 40, dice. El problema viene más bien de que los culpables son homosexuales incontinentes.
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Rafael Gómez Pérez, “Los porqués de la leyenda negra”, R.H.I.V, 1.VI.06

El nombre de Leyenda Negra es relativamente reciente, pero el nombre es lo de menos, importa el hecho. Desde el siglo XVI se desarrolla en muchos países de Europa una campaña de descrédito contra España.

Los tópicos de la leyenda negra son bien conocidos: exageración de los males de la Inquisición, invento de oscuras intrigas sobre los reyes Austria, descrédito de la presencia de España en América, presunto fanatismo religioso de los españoles, expulsión de los judíos y de los moriscos, etc. No se trata de entrar en estos temas, sino de intentar explicar los porqués de esa campaña de descrédito y de su perdurabilidad como un locus historicus, un lugar común de la historiografía. Pero baste un dato. España no fue, ni mucho menos, la primera en decidir expulsiones de los judíos. Si en España fue en 1492, varios siglos antes ya habían tenido lugar expulsiones: en Francia, en 1182, por mandato de Felipe Augusto; en Inglaterra, en 1290, por orden de Eduardo I de Inglaterra, que fue la primera expulsión de grandes proporciones; durante todo el siglo XIV, en Francia, expulsiones en 1306, 1321/22, y sobre todo la de 1394 por decisión de Felipe IV. Es mas, durante siglos los judíos expulsados de Francia se refugiaron en España, país por el que tuvieron siempre predilección.

Por qué surge la Leyenda Se descubren tres factores principales: 1. Los propios errores; 2. Los intereses de las contiendas entre naciones; 3. La ofensiva del protestantismo contra el catolicismo.

1. Los errores propios. La política de los Austria, como cualquier otra, no fue una serie de aciertos. Sólo muy por encima cabe destacar: a) el exagerado interés de los Reyes Católicos -sobre todo de Fernando, por calculo político, como vio muy bien Maquiavelo- en una institución, la Inquisición, que ni siquiera los Papas querían con tanta virulencia; b) los titubeos en la legislación sobre Indias, con leyes excelentes pero práctica muy en desacuerdo con ellas, mal crónico en España; c) la rigidez en la equiparación de nación con catolicismo, lo que lleva a la expulsión de judíos y de moriscos. Pero todo eso, con ser condición necesaria para el nacimiento de una leyenda negra, no es condición suficiente. Baste una reflexión: lo mismo se hacía en otros países, católicos o protestantes; Lutero justificó el dominio absoluto de los príncipes y patrocinó matanzas de campesinos rebeldes: Calvino tenía en Ginebra una “inquisición” de la que, por ejemplo, fue víctima el español Miguel Servet; las matanzas de los hugonotes en Francia, para preservar la unidad política y religiosa del reino, fueron frecuentes; Cromwell eliminó a decenas de miles de irlandeses católicos… Por analogía se podría añadir: ¿qué leyenda habría que construir sobre Turquía, con el genocidio de mas de un millón de cristianos armenios; sobre Alemania, después del Holocausto; sobre Rusia, con los mas de cuarenta millones de víctimas del comunismo, sobre todo en el periodo leninista y estalinlano, es decir, entre 1917 y 1953 (pero no sólo en él)? Y, sin embargo, no se ha hecho un lugar histórico de ese conjunto de desmanes y crímenes. Pero hay un caso contemporáneo y muy similar: el de Portugal: país con Inquisición, con una continua colonización en América, con gran abundancia de esclavos (en Brasil), con expulsión de los judíos… Pero no hay una leyenda negra portuguesa, quizá porque: a) no fue nunca un país hegemónico; b) se alió muy pronto con Gran Bretaña, uno de los focos de creación de la leyenda negra española. Entre los errores propios hay que incluir algo insólito, que no se dio con tal virulencia en ningún otro país, al menos hasta el siglo XVIII: los escritos de los propios españoles criticando el sistema. Es el caso de Fray Bartolomé de Las Casas, en su denuncia de los aspectos peores de la gobernación de las Indias, denuncia hecha desde la honradez, pero inevitablemente aprovechada por los enemigos de España. Más culpa tenia Antonio Pérez, antiguo secretario de Felipe II, huido al ser perseguido por determinados delitos. Recalo en Gran Bretaña donde desde 1594 publicó unas Relaciones, calumniosas para la monarquía española, un material que fue aprovechado por los ingleses y los holandeses.

2. Los intereses de las naciones. El gran fenómeno europeo del siglo XV, anticipado a veces en el XIV, es la superación del feudalismo y la aparición de las Naciones-Estado, con un poder que cada vez es más absorbente y absoluto. La división territorial de gran parte de la Europa occidental, central y meridional era tal que no extraña que las principales potencias -bien por derechos de familia o por simple deseo de aumentar el poder y los ingresos económicos- se enzarzaran en una política de alianza o de guerras. Pero esas principales potencias eran España, Francia y, en menor medida porque era un mosaico, el Imperio, en gran parte de Alemania, Austria, Bohemia, Moravia…

Cuando un nieto de los Reyes Católicos, Carlos I, hereda además el Imperio -como Carlos V- la guerra contra Francia se hace casi Inevitable. Durante muchos decenios los franceses son derrotados -Pavía, San Quintín-, su rey humillado… Francisco I escribe a su madre, desde la prisión, que “todo se ha perdido, menos el honor” Junto a Francia, al menos contra España, se alineó, desde mediados del XVII, Gran Bretaña, en concreto desde la fundación del anglicanismo por Enrique VIII, el fracaso de la llamada -por los ingleses, con sarcasmo- “Armada Invencible” por razones tanto políticas como religiosas.

En Francia durante los gobiernos de Richelieu y Mazzarino la enemistad hacia España es tan clara que incluso se prefiere la alianza con países protestantes e incluso -ellos, cardenales- mantienen cierta connivencia con el turco. En la misma Francia la actividad denigratoria hacia España viene a menos en el siglo XVIII, tanto porque España ya no es hegemónica como, sobre todo, porque gobierna un Borbón, Felipe V, un nieto de Luis XIV, con ese nombre que lo hace sucesor de los Felipes de Austria Pero es entonces cuando la principal fuente de la leyenda negra será Gran Bretaña, que de ese modo se opone a la hegemonía francesa. También desde mediados del XVI el descrédito contra lo español es utilizado en los Países Bajos por los protestantes como argumento a favor de su independencia para lo que contaban con el apoyo de los ingleses.

3. Ofensiva protestante contra el catolicismo. Tanto el luteranismo como el calvinismo y el anglicanismo fueron separaciones de la única Iglesia existente entonces en Europa occidental y central: la católica. Pero cualquier creencia colectiva, sobre todo si se identifica con los intereses nacionales, necesita justificarse como originaria, fundante, y no como separación. Como esa tarea no podía hacerse con los datos históricos, se tendió a falsearlo, echando todas las culpas al catolicismo y a los países que se identificaban con el. En los siglos XVI y XVII ese país era España. Y junto a él una entera dinastía, la de los Austria. Las matanzas por ambas partes en la Guerra de los Treinta Años fueron funestas. Pero se difundieron en Europa sólo las causadas por las tropas católicas. A partir del siglo XVIII, la campaña de descrédito de España, y del catolicismo, entra a formar parte de la habitual propaganda de las distintas formaciones masónicas, hasta hoy mismo.

Conclusión La Historia de la civilización Occidental es la historia de sus logros y de sus profundas equivocaciones, incluidos no pocos crímenes personales y colectivos. Si se hiciera la Historia sólo de esto último, España no quedaría en peor lugar que Francia, Alemania, Inglaterra, Estados Unidos, Rusia, por no hablar, en otras latitudes, de las matanzas a manos de hunos, mogoles, árabes, tártaros… La llamada leyenda negra aparece cada vez con mayor claridad como una tarea de relaciones públicas y de marketing político contra España, primero por parte de su directo competidor -Francia- y después por parte de los que, como Inglaterra, Países Bajos, parte de Italia, sacarían una sustanciosa tajada de la decadencia española. Finalmente queda como un tópico histórico, una de esas generalizaciones ociosas que se incorporan con facilidad a la cultura de lo incultural media.

Revista Historia de Iberia Vieja Nº 12

Thomas D. Williams L.C., “El Evangelio de Judas”, Zenit, 6.IV.06

«National Geographic» ha anunciado su intención de publicar una traducción en varios idiomas de un antiguo texto llamado «El Evangelio de Judas» a finales de este mes. El manuscrito de 31 páginas, escrito en copto, hallado en Ginebra en 1983, no aparece hasta ahora traducido en las lenguas modernas. El padre Thomas D. Williams L.C., decano de la Facultad de Teología de la Universidad «Regina Apostolorum» de Roma, comenta la importancia de este descubrimiento.

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Enlaces interesantes sobre Código da Vinci

  • Todo sobre el libro y la pélícula en www.conelpapa.com
  • Resumen de lo principal en diez minutos
  • Juan Manuel de Prada, “El código Dan Brown”, ABC, 4.III.06
  • Resumen de “Descodificando El Código Da Vinci”

    Descodificando El Código Da Vinci Michael Gleghorn Introducción a El Código Da Vinci La tremendamente exitosa novela de Dan Brown, El Código Da Vinci, ha generado un enorme interés en el público lector. A la fecha, el libro ha vendido unos cinco millones de ejemplares. Aparentemente, Ron Howard ha dado su acuerdo para dirigir la historia para Sony Pictures Entertainment, y posiblemente la lleve a las pantallas en 2005.{1} Pero, ¿por qué tanto alboroto? Y ¿por qué ha causado tanto revuelo la novela de Brown? La historia comienza con el asesinato del director del Louvre, dentro del museo. Pero el director no está interesado solo en el arte; es, también, el Gran Maestro de una sociedad secreta conocida como El Priorato de Sion. El Priorato guarda un antiguo secreto que, de ser revelado, minaría la autoridad de la iglesia y desacreditaría completamente el cristianismo bíblico. Antes de morir, el director intenta pasar el secreto a su bisnieta, Sofía, una criptógrafa, y a Robert Langdon, un profesor de Harvard, dejando una serie de pistas que espera que los guiarán a la verdad.

    Entonces, preguntará usted, ¿cuál es el secreto? El lugar, la verdadera identidad, del muy buscado Santo Grial. Pero, en la novela de Brown, el Grial no es la copa supuestamente usada por Cristo en la Última Cena. Más bien, es la persona de María Magdalena, ¡la esposa de Jesús, que mantuvo el linaje real de Cristo dando a luz a su hijo! ¡El Priorato de Sion guarda celosamente la ubicación secreta de la tumba de María y está encargado de proteger el linaje de Jesús, que ha continuado hasta hoy! Pero, ¿hay alguien que tome en serio estas ideas? Sí; de hecho, lo hay. Esto se debe, en parte, a la forma en que Brown ha escrito su historia. Si uno empieza a leer El Código Da Vinci, la primera palabra que encuentra, en negrita y mayúsculas, es “HECHOS”. Poco después, Brown escribe: “Todas las descripciones de ilustraciones, arquitectura, documentos y ritos secretos en esta novela son exactas”.{2} Y, el lector promedio, sin ningún conocimiento o capacitación especial en estas áreas, dará por sentado que la afirmación es verdadera.

    Pero no lo es. Y se han escrito muchos artículos documentando específicamente algunas de las imprecisiones de Brown en estas áreas.{3} Pero Brown, además, tiene una forma de hacer que las novedosas teorías acerca de Jesús y la historia primitiva del cristianismo de la novela parezcan creíbles. Las teorías son adoptadas por los personajes más cultos de la novela: un historiador real británico, Leigh Teabing, y un profesor de Simbología Religiosa de Harvard, Robert Langdon. En boca de estos personajes, el lector desprevenido queda con la impresión de que las teorías son, en realidad, verdaderas. Pero, ¿lo son? En el resto del artículo, mi argumento será que la mayor parte de lo que Brown nos cuenta de Jesús, la Biblia y la historia de la iglesia primitiva, es simplemente falso.

    ¿Alteró Constantino nuestros cuatro Evangelios? Los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, que más tarde fueron reconocidos oficialmente como parte del canon (o “regla de fe”) del Nuevo Testamento, ¿fueron alterados y “mejorados” intencionalmente en el siglo IV por orden del emperador Constantino? Esto es lo que Leigh Teabing, el historiador real ficticio de El Código Da Vinci, sugiere. En un punto dice: “Constantino encargó y financió una nueva Biblia, que omitía aquellos evangelios que hablaban de los rasgos humanos de Cristo, y alteró aquellos Evangelios que lo hacían aparecer con características de Dios”. (234). Pero, ¿es esto realmente verdad? Es cierto que en una carta al historiador de la iglesia primitiva, Eusebio, Constantino ordenó la preparación de “cincuenta copias de las Sagradas Escrituras”.{4} Pero en ninguna parte de la carta ordena que ninguno de los Evangelios sea alterado a fin de hacer aparecer a Jesús más como Dios. Y, aun si lo hubiera hecho, habría sido prácticamente imposible lograr que los fieles cristianos aceptaran este tipo de relatos.

    Antes del reinado de Constantino, la iglesia había enfrentado una persecución generalizada bajo el emperador Diocleciano. ¡Resulta difícil creer que la misma iglesia que había soportado esta persecución de pronto arrojaría por la borda sus amados Evangelios para abrazar relatos alterados de la vida de Jesús! Además, con toda seguridad, de haber intentado hacer algo así Constantino, tendríamos bastante evidencia en los escritos de los Padres de la Iglesia. Pero esta evidencia falta por completo. Y, finalmente, decir que los líderes de la iglesia del cuarto siglo, muchos de los cuales había soportado persecución por su fe en Cristo, accederían a unirse a Constantino en una gran conspiración de este tipo es completamente fantasioso. Simplemente no hay ninguna evidencia de que haya ocurrido jamás.

    Un último punto. Tenemos copias de Mateo, Marcos, Lucas y Juan que son significativamente anteriores a Constantino y al Concilio de Nicea. Si bien ninguna de las copias está completa, sí tenemos copias casi completas tanto de Lucas como de Juan en un códice fechado entre 175 y 225 d.C., al menos cien años antes de Nicea. Otro manuscrito, fechado alrededor de 200 d.C. o antes, contiene la mayor parte del Evangelio de Juan.{5} Pero, ¿por qué es importante esto? Primero, podemos comparar estos manuscritos prenicenos con los que siguieron a Nicea para ver si hubo alguna alteración. No hubo ninguna. Segundo, las versiones prenicenas del Evangelio de Juan incluyen algunas de las declaraciones más fuertes registradas sobre la deidad de Jesús (ej: 1:1-3; 8:58; 10:30-33; etc.). Es decir, ¡las declaraciones más explícitas de la deidad de Jesús en cualquiera de nuestros Evangelios ya se encuentran en manuscritos que antedatan a Constantino en más de cien años! Esto en cuanto a la teoría de que fueron alterados. Pero, ¿podemos confiar en estos Evangelios? ¿Podemos confiar en los Evangelios? Si bien no hay ninguna base histórica para la afirmación de que Constantino alteró los Evangelios del Nuevo Testamento para que hicieran aparecer a Jesús más parecido a Dios, todavía debemos preguntar si los Evangelios son fuentes confiables y fidedignas de información sobre Jesús. Según Teabing, el historiador ficticio que encontramos anteriormente: “Casi todo lo que nuestros padres nos enseñaron acerca de Cristo es falso” (235). ¿Es cierto esto? La respuesta depende, en gran manera, de la confiabilidad de las biografías más antiguos que tenemos de Jesús, los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

    Cada uno de los Evangelios fue escrito en el primer siglo d.C. Si bien son, técnicamente, anónimos, tenemos evidencia bastante fuerte de escritores del segundo siglo, como Papías (c. 125 d.C.) e Ireneo (c. 180 d.C.), que atribuye cada Evangelio a su autor tradicional. Si su testimonio es verdadero (y tenemos pocos motivos para dudarlo), entonces Marcos, el compañero del discípulo Pedro, escribió la esencia de la predicación de Pedro. Y Lucas, el compañero del apóstol Pablo, investigó cuidadosamente y escribió la biografía que lleva su nombre. Finalmente, Mateo y Juan, dos de los doce discípulos de Jesús, escribieron los libros que se les atribuyen. Si todo esto es correcto, entonces los sucesos registrados en estos evangelios “están basados en el testimonio directo o indirecto de testigos oculares”.{6} Pero, los escritores de los Evangelios, ¿tuvieron la intención de registrar de forma fidedigna la vida y el ministerio de Jesús? ¿Estaban, siquiera, interesados en la historia, o acaso sus intenciones teológicas opacaron todo deseo que pudieran haber tenido de decirnos lo que realmente pasó? Craig Blomberg, un estudioso del Nuevo Testamento de Denver Seminary, observa que la introducción del Evangelio de Lucas “se parece mucho a los prólogos de obras históricas y biográficas de la antigüedad en las que la gente confía generalmente”. Además, señala que, dado que Mateo y Marcos son muy similares a Lucas en términos de género, “parece razonable que la intención histórica de Lucas reflejaría muy estrechamente la intención de ellos”.{7} Finalmente, Juan nos dice que escribió su Evangelio para que la gente pudiera creer que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y que, al creer, pudieran tener vida eterna en su nombre (20:31). Si bien podemos reconocer que esta declaración revela una clara intención teológica, Blomberg señala que “si una se va a convencer lo suficiente como para creer, la teología tiene que fluir de la historia exacta”.{8} Es interesante que las disciplinas de la historia y la arqueología son una gran ayuda para corroborar la confiabilidad general de los escritores del Evangelio. Donde estos autores mencionan personas, lugares y sucesos que pueden ser verificados con otras fuentes antiguas, se demuestra consistentemente que son bastante confiables. Por lo tanto, tenemos buenos fundamentos para confiar en los Evangelios del Nuevo Testamento.

    Pero, ¿qué pasó con los “evangelios” que no llegaron a entrar en el Nuevo Testamento? Específicamente, que pasó con los documentos de Nag Hammadi? Los evangelios de Nag Hammadi Desde su descubrimiento en 1945, ha habido mucho interés en los textos de Nag Hammadi. Pero, ¿qué son estos documentos? ¿Cuándo se escribieron, por quiénes, y con qué propósito? Según Teabing, le historiador ficticio de El Código Da Vinci, los textos de Nag Hammadi representan “los registros cristianos más antiguos” (245). Estos “evangelios inalterados”, dice, cuentan la verdadera historia acerca de Jesús y el cristianismo primitivo (248). Los Evangelios del Nuevo Testamento son, supuestamente, una versión posterior y adulterada de estos sucesos.

    El único problema con la teoría de Teabing es que es errónea. Los documentos de Nag Hammadi no son “los registros cristianos más antiguos”. Cada uno de los libros del Nuevo Testamento es anterior a ellos. Los documentos del Nuevo Testamento, incluyendo los cuatro Evangelios, fueron escritos todos en el primer siglo d.C. En contraste con estos documentos, las fechas de los textos de Nag Hammadi van del segundo al tercer siglo d.C. Como señala el Dr. Darrell Bock, en su próximo libro, Breaking the Da Vinci Code, “El grueso de este material dista algunas generaciones de los fundamentos de la fe cristiana, un punto vital a recordar al evaluar los contenidos”.{9} ¿Qué sabemos, entonces, acerca del contenido de esto libros? Suele haber acuerdo en que los textos de Nag Hammadi son documentos gnósticos. El fundamento clave del gnosticismo es que la salvación se obtiene a través de un conocimiento secreto y esotérico. Como resultado, los evangelios gnósticos, en fuerte contraste con sus contrapartes del Nuevo Testamento, no asignan prácticamente ningún valor a la muerte y resurrección de Jesús. Por cierto, la cristología gnóstica tendía a separar al Jesús humano del Cristo Divino, y los consideraba como dos seres distintos. No fue el Cristo Divino el que sufrió y murió; fue simplemente el Jesús humano, o tal vez Simón de Cirene mismo.{10}En realidad, a los gnósticos no les importaba mucho, porque, según su forma de ver, la muerte de Jesús era irrelevante para obtener la salvación. Lo verdaderamente importante no era la muerte del hombre Jesús sino el conocimiento secreto que trajo el Cristo Divino. Según los gnósticos, la salvación venía a través de una comprensión correcta de este conocimiento secreto.{11} Está de más decir que estas doctrinas son incompatibles con la enseñanza del Nuevo Testamento acerca de Cristo y la salvación (ej: Romanos 3:21-26; 5:1-11; 1 Corintios 15:3-11; Tito 2:11-14). Irónicamente, son también incompatibles con la perspectiva de Teabing de que los textos de Nag Hammadi “hablan del ministerio de Cristo en términos muy humanos” (234). Los textos de Nag Hammadi, en realidad, presentan a Cristo como un ser divino, si bien de forma bastante diferente de la perspectiva del Nuevo Testamento.{12} Por lo tanto, los textos de Nag Hammadi son posteriores a los escritos del Nuevo Testamento y se caracterizan por una cosmovisión que es completamente ajena a su teología. Los Padres de la Iglesia fueron sabios al rechazarlos para el canon del Nuevo Testamento. Pero, ¿cómo decidieron cuáles libros sí incluir? La formación del canon del Nuevo Testamento En los primeros siglos del cristianismo, se escribieron muchos libros acerca de las enseñanzas de Jesús y sus apóstoles. La mayoría de estos libros nunca llegaron a estar en el Nuevo Testamento. Estos incluyen títulos como El Evangelio de Felipe, Los Hechos de Juan, Tercera de Corintios y El Apocalipsis de Pedro. ¿Cómo decidió la iglesia primitiva qué libros incluir en el Nuevo Testamento, y cuáles rechazar? ¿Cuándo se tomaron estas decisiones, y quiénes las tomaron? Según el historiador ficticio Teabing, “la Biblia, tal como la conocemos hoy, fue compaginada por . . . Constantino el Grande” (231). De nuevo debemos preguntarnos: ¿es cierto esto? La iglesia primitiva tenía criterios muy definidos que debía cumplir un libro para ser incluido en el Nuevo Testamento. Según señala el Dr. Bart Ehrman, un libro debía ser antiguo, escrito cerca del tiempo de Jesús. Debía ser escrito por un apóstol o por un compañero de un apóstol. Debía ser consistente con la comprensión ortodoxa de la fe. Y tenía que estar ampliamente reconocido y aceptado por la iglesia.{13} Los libros que no cumplían con estos criterios no fueron incluidos en el Nuevo Testamento.

    ¿Cuándo se tomaron estas decisiones? Y, ¿quiénes las tomaron? Nunca hubo un concilio ecuménico en la iglesia primitiva que decretara oficialmente que los veintisiete libros que tenemos hoy en nuestro Nuevo Testamento eran los correctos.{14} Más bien, el Canon tomó forma gradualmente a medida que la iglesia reconocía y aceptaba aquellos libros que eran inspirados por Dios. La colección más antigua de libros “que circuló entre las iglesia en la primera mitad del segundo siglo” fueron los cuatro Evangelios y las cartas de Pablo.{15} Pero no fue hasta que el hereje Marción publicara su versión expurgada del Nuevo Testamento, alrededor de 144 d.C. que los líderes de la iglesia buscaron definir el Canon más específicamente.{16} Hacia el final del segundo siglo, hubo un consenso creciente en la iglesia de que el Canon debía incluir los cuatro Evangelios, Hechos, las trece cartas paulinas, “epístolas de otros “hombres apostólicos” y el Apocalipsis de Juan”. {17} Por ejemplo, el Canon Muratorio, que data de fines del segundo siglo, reconoció a cada uno de los libros del Nuevo Testamento excepto Hebreos, Santiago, 1 y 2 Pedro, y 3 Juan. Ireneo reconoció libros similares, si bien no idénticos, a fines del segundo siglo, al igual que Orígenes, a principios del tercer siglo. Por lo tanto, mientras que el listado más antiguo de todos los libros del Nuevo Testamento proviene de Atanasio, en 367 d.C., había un acuerdo generalizado sobre la mayoría de los libros (incluyendo los cuatro Evangelios) para fines del segundo siglo. El Canon del Nuevo Testamento no fue producto de una decisión de Constantino.

    ¿Quién fue María Magdalena? (Primera parte) Otra acusación que se hace en El Código Da Vinci es la desafortunada idea errónea de que María Magdalena era una prostituta. ¿De dónde salió esta idea? Y, ¿por qué tanta gente la cree? Según Leigh Teabing, el historiador ficticio de El Código Da Vinci, la idea popular de que María Magdalena era una prostituta “es el legado de una campaña de desprestigio . . . de la iglesia primitiva”. Según Teabing, “la iglesia necesitaba difamar a María . . . a fin de encubrir su peligroso secreto: su papel como el Santo Grial” (244). Recuerde que, en el mundo de esta novela, el Santo Grial no es la copa usada por Jesús en la Última Cena. En cambio, es María Magdalena, que supuestamente sería la esposa de Jesús y quien llevó en su vientre su linaje real.

    ¿Qué podemos decir al respecto? La iglesia primitiva, ¿realmente buscó calumniar a María como prostituta a fin de encubrir su relación íntima con Jesús? La primera instancia registrada de María Magdalena identificada erróneamente como una prostituta ocurrió en un sermón del Papa Gregorio el Grande, en 591 d.C. {18} Lo más probable es que este no fue un intento deliberado de calumniar la persona de María. Más bien, Gregorio probablemente interpretó erróneamente algunos pasajes de los Evangelios, lo que hizo que identificara a María, incorrectamente, como una prostituta.

    Por ejemplo, podría haber identificado a la mujer pecadora sin nombre de Lucas 7, que ungió los pies de Jesús, con María de Betania, de Juan 12, que también ungió los pies de Jesús poco antes de su muerte y sepultura. Esto podría haber ocurrido fácilmente porque, si bien hay importantes diferencias, hay también muchas similitudes entre ambos incidentes. Si Gregorio pensó que la mujer pecadora de Lucas 7 era la María de Juan 12, entonces tal vez vinculó erróneamente a esta mujer con María Magdalena. Resulta que Lucas menciona a María Magdalena por primera vez al comienzo del capítulo 8, justo después de la historia del ungimiento de Jesús, en Lucas 7. Dado que la mujer sin nombre de Lucas 7 era probablemente culpable de algún tipo de pecado sexual, si Gregorio llegó a creer que esta mujer era María Magdalena, entonces no sería un salto demasiado grande inferir que era una prostituta.

    Por lo tanto, si bien no hay ninguna evidencia real de que María fuera una prostituta, no es difícil ver cómo Gregorio podría haberla identificado erróneamente con una. Es lamentable que lo haya hecho, y necesita ser corregido, pero difícilmente sea necesario creer que formó parte de una campaña de desprestigio deliberado de la iglesia primitiva.

    ¿Quién fue María Magdalena? (Segunda parte) ¿Qué revelan nuestras fuentes más antiguas acerca de la verdadera María Magdalena? Según Teabing, María fue la esposa de Jesús, la madre de su hijo, y la que establecería la iglesia luego de la muerte de Jesús (244-48). En apoyo de esta teoría, Teabing apela a dos de los evangelios gnósticos: El Evangelio de Felipe y El Evangelio de María [Magdalena] . Consideraremos El Evangelio de Felipe más adelante. Por ahora, miremos más detenidamente El Evangelio de María.

    La sección de este evangelio citada en la novela de Brown muestra un Pedro incrédulo, que simplemente no puede creer que el Cristo resucitado haya revelado secretamente información a María que no reveló a sus discípulos varones. Leví, sin embargo, reprende a Pedro: “Si el Salvador la consideró digna, ¿quién eres tú . . . para rechazarla? Sin duda el Salvador la conoce muy bien. Por eso la amó a ella más que a nosotros” (247).

    ¿Qué podemos decir de este pasaje? Primero, es importante observar que en ninguna parte de este evangelio se nos dice que María era la esposa de Jesús o la madre de su hijo. Segundo, muchos estudiosos creen que este texto probablemente debería leerse de forma simbólica, donde Pedro representa la ortodoxia primitiva cristiana y María, una forma del gnosticismo. Por lo tanto, este evangelio probablemente esté diciendo que “María” (es decir, los gnósticos) ha recibido revelación divina, aun cuando “Pedro” (es decir, los ortodoxos) no lo puedan creer.{19} Finalmente, aun cuando este texto tenga que leerse literalmente, tenemos pocas razones para creer que es históricamente confiable. Probablemente fue compuesto en algún momento del final del segundo siglo, unos cien años después de los evangelios canónicos.{20} Por lo tanto, a diferencia de lo que sugiere la novela, ciertamente no fue escrito por María Magdalena, ni por ninguno de los demás seguidores originales de Jesús.{21} Si queremos tener información confiable acerca de María, debemos recurrir a nuestras fuentes más antiguas, los Evangelios del Nuevo Testamento. Estas fuentes nos dicen que María era una seguidora de Jesús del pueblo de Magdala. Luego de que Jesús echara siete demonios de ella, ella (junto con otras mujeres) ayudó a apoyar su ministerio (Lucas 8:1-3). Fue testigo de la muerte, sepultura y resurrección de Jesús, y la primera en ver al Cristo resucitado (Mateo 27:55-61; Juan 20:11-18). Jesús llegó a confiarle el anuncio de su resurrección a sus discípulos varones. En este sentido, María fue una “apóstol” para los Apóstoles.{22} Esto es todo lo que nos dicen los Evangelios acerca de María.{23} Claramente, fue una mujer importante. Pero no hay nada que sugiera que fue la esposa de Jesús o que Jesús quería que ella liderara la iglesia.

    Pero, ¿no indica El Evangelio de Felipe que María y Jesús estaban casados? Echemos una mirada.

    ¿Se casó Jesús? (Primera parte) La evidencia textual más fuerte que tenemos de que Jesús y María Magdalena estuvieron casados viene de El Evangelio de Felipe. Por lo tanto, no nos sorprende que Leigh Teabing, el historiador ficticio de El Código Da Vinci apele a este texto. La sección de este evangelio citado en la novela dice lo siguiente: Y la compañera del Salvador es María Magdalena. Cristo la amó más que todos los discípulos y solía besarla frecuentemente en la boca. Los demás discípulos se ofendieron por esto y expresaron su desaprobación. Le dijeron: “¿Por qué la amas a ella más que todos nosotros?” (246).

    Note que la primera frase se refiere a María como la compañera del Salvador. En la novela, Teabing remata su argumento de que Jesús y María estuvieron casados diciendo: “Como le dirá cualquier estudioso del arameo, la palabra compañera, en esos días, significaba, literalmente, cónyuge” (246). Esto parece ser evidencia bastante fuerte. Después de todo, ¿podría haber estado Jesús casado? Es importante notar que este evangelio fue escrito originalmente en griego.{24} Por lo tanto, lo que quería decir la palabra “compañera” en arameo es irrelevante. Aun en la traducción copta que se encuentra en Nag Hammadi, hay una palabra tomada prestada del griego (es decir, koinonos) detrás de la palabra que se traduce como “compañera”. Darrell Bock señala que esta palabra puede significar “esposa” o “hermana” en un sentido espiritual, pero “no es el término típico o habitual para “esposa” en griego”.{25} Por cierto, koinonos se usa más frecuentemente en el Nuevo Testamento para referirse a “socio” o “compartidor”. Lucas usa este término para describir a Santiago y Juan como los “socios” comerciales de Pedro (Lucas 5:10). Por lo tanto, en oposición a la afirmación de Teabing, la declaración de que María era la “compañera” de Jesús no demuestra, de ninguna manera, que era su esposa. Pero ¿qué podemos decir de la declaración siguiente: “Cristo la amó a ella . . . y solía besarla frecuentemente en la boca”? Primero, esta parte del manuscrito está dañada. En realidad, no sabemos dónde Cristo besaba a María. Por cierto, algunos creen que “era besada en la mejilla o la frente, ya que cualquiera de las palabras encaja en el corte”.{26} Segundo, aun cuando el texto dijera que Cristo besaba a María en la boca, no significaría que hubiera algo sexual involucrado. La mayoría de los eruditos concuerdan en que los textos gnósticos contienen mucho simbolismo. Por lo tanto, leer este tipo de textos literalmente es leerlos incorrectamente. Finalmente, independientemente de la intención del autor, este evangelio recién fue escrito en la segunda mitad del tercer siglo, más de doscientos años después del tiempo de Jesús.{27} En consecuencia, la referencia a que Jesús besaba a María es muy probablemente no confiable históricamente.

    El Evangelio de Felipe ofrece evidencia insuficiente de que Jesús estuvo casado. Pero, ¿no hubiera sido raro que Jesús permaneciera soltero? ¿Se casó Jesús? (Segunda parte) Las dos personas más cultas de El Código Da Vinci dicen que un Jesús no casado es altamente improbable. Leigh Teabing, el historiador ficticio, dice: “Jesús, como hombre casado, tiene infinitamente más sentido que nuestra visión bíblica tradicional de Jesús como soltero” (245). Robert Langdon, profesor de Simbología Religiosa de Harvard, concuerda: Jesús era judío, y el decoro social durante ese tiempo prácticamente prohibía que un hombre judío no se casara. Según la costumbre judía, el celibato era condenado . . . Si Jesús no se casó, al menos uno de los Evangelios de la Biblia lo hubiera mencionado y habría ofrecido alguna explicación de su condición antinatural de soltería (245).

    ¿Es cierto esto? ¿Qué podemos decir en respuesta de estas afirmaciones? En su próximo libro, Breaking the Da Vinci Code, Darrell Bock argumenta persuasivamente que un Jesús no casado no es para nada improbable.{28} Por supuesto, es muy cierto que la mayoría de los hombres del tiempo de Jesús sí se casaban. Es cierto, también, que el matrimonio era considerado frecuentemente como una obligación humana fundamental, especialmente a la luz de la orden de Dios de “Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra…” (Génesis 1:28). No obstante, para el primer siglo había excepciones reconocidas y aun elogiadas a esta regla general.

    Filón de Alejandría, el escritor judío del primer siglo, describió a los esenios como aquellos que “repudian el matrimonio . . . porque ninguno de los esenios se casa jamás con una esposa”.{29} Es interesante que los esenios no solo escaparon la condenación por su celibato, sino que eran admirados frecuentemente. Filón escribió, también: “Este es, ahora, el envidiable sistema de vida de estos esenios, de forma que no solo personas individuales sino aun reyes poderosos admiran a los hombres, veneran su secta, y aumentan . . . los honores que les confieren”. {30} Esta citas revelan claramente que no todos los judíos del tiempo de Jesús consideraban que el matrimonio era obligatorio. De hecho, quienes buscaban evitar el matrimonio por razones religiosas eran a menudo admirados antes que condenados.

    Es importante recordar que la Biblia no condena la soltería en ninguna parte. Por cierto, elogia a los que escogen permanecer solteros para dedicarse plenamente a la obra del Señor (ej: 1 Corintios 7:25-38). En Mateo 19:12, Jesús explica que algunas personas “no se casan para dedicarse sólo a trabajar en el reino de Dios” (La Biblia en Lenguaje Sencillo). Concluye diciendo: “Por eso, esta enseñanza es sólo para quienes decidan vivir así”. Es prácticamente cierto que Jesús había decidido vivir así. Había renunciado al matrimonio para dedicarse plenamente a la obra de su Padre celestial. Es más, dado que había un antecedente en el primer siglo de hombres judíos que permanecían solteros por razones religiosas, la soltería de Jesús no hubiera sido condenada. En oposición a las afirmaciones de El Código Da Vinci, hubiera sido completamente aceptable que Jesús no se hubiera casado.

    Los primeros seguidores de Jesús, ¿proclamaron su deidad? Hemos considerado la afirmación de El Código Da Vinci de que Jesús se casó y vimos que era deficiente. Pero, ¿por qué hemos dedicado tanto tiempo a este tema? Mark Roberts señala que “la mayoría de los que proponen la tesis de que Jesús se casó tienen una intención oculta. Están intentando quitar a Jesús su condición de único, y especialmente su deidad”{31} Esto, ciertamente, se cumple en El Código Da Vinci. No solo cuestiona esta novela la deidad de Jesús al aducir que se casó, ¡sino que sostiene que sus primeros seguidores nunca creyeron siquiera que fue divino! Según Teabing, la doctrina de la deidad de Cristo fue producto originalmente de una votación en el Concilio de Nicea. Asevera, además: “hasta ese momento de la historia, Jesús era considerado por sus seguidores como un profeta mortal . . . un gran y poderoso hombre, pero un hombre al fin de cuentas” (233). ¿Verdadero o falso? Los primeros seguidores de Jesús, ¿realmente creían que era solo un hombre? El Concilio de Nicea se reunió en 325 d.C. Para entonces, los seguidores de Jesús ya habían estado proclamando su deidad por casi tres siglos. Nuestras fuentes escritas más antiguas sobre la vida y las enseñanzas de Jesús se encuentran en el Nuevo Testamento. Estos documentos del primer siglo afirman repetidamente la deidad de Cristo. Por ejemplo, en su Carta a los Colosenses, el apóstol Pablo declaró: “Toda la plenitud de la divinidad habita en forma corporal en Cristo” (Colosenses 2:9; ver también Romanos 2:5; Filipenses 2:5-11; Tito 2:13). Y el Evangelio de Juan dice de Jesús: “En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios… Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros” (Juan 1:1, 14).

    Además del Nuevo Testamento, hay también afirmaciones de la deidad de Jesús en los escritos de los Padres de la Iglesia prenicenos. Por ejemplo, a principios del siglo segundo, Ignacio de Antioquía escribió de “nuestro Dios, Jesús el Cristo”.{32} Pueden encontrarse afirmaciones similares en todos estos escritos. Hay también un testimonio no cristiano del segundo siglo de que los cristianos creían en la divinidad de Cristo. En una carta de Plinio el Joven al emperador Trajano, fechada alrededor de 112 d.C., Plinio dijo que los primeros cristianos “tenían la costumbre de reunirse en cierto día fijo . . . en el cual cantaban . . . un himno a Cristo, como a un dios”.{33} Está claro que los cristianos creían en la deidad de Cristo antes del Concilio de Nicea. También está claro que la mayoría de las teorías sobre Jesús y la iglesia primitiva de El Código Da Vinci son falsas. Si le interesa explorar más estos temas, le recomiendo calurosamente el libro de Darrel Bock, Breaking the Da Vinci Code.

    Mas mentiras imposible. Asi sigue la Iglesia haciendo que el ser humano no avance, su meta de siempre, parar el desarrollo y el conocimiento del hombre. Amen Notas Lea más acerca de esto en www.filmrot.com/articles/filmrot_news/004089.php (January 15, 2004).

    1. Dan Brown, The Da Vinci Code (New York: Doubleday, 2003), 1.

    2. Vea, por ejemplo, Sandra Miesel, “Dismantling the Da Vinci Code,” at www.crisismagazine.com/september2003/feature1.htm y James Patrick Holding, “Not InDavincible: A Review and Critique of The Da Vinci Code,” at www.answers.org/issues/davincicode.html.

    3. Philip Schaff and Henry Wace, eds., Nicene and Post-Nicene Fathers (Reprint. Grand Rapids, Eerdmans, 1952), 1:549, citado en Norman Geisler and William Nix, A General Introduction to the Bible: Revised and Expanded (Chicago: Moody Press, 1986), 282.

    4. Para más información, ver Geisler and Nix, A General Introduction to the Bible, 390.

    5. Lee Strobel, The Case for Christ (Grand Rapids, Michigan: Zondervan, 1998), 25.

    6. Ibid., 39-40.

    7. Ibid., 40.

    8. Darrell Bock, Breaking the Da Vinci Code (Thomas Nelson Publishers, 2004), 52 (copia manuscrita previa a la publicación).

    9. Ibid., 62-63. Ver también The Coptic Apocalypse of Peter and The Second Treatise of the Great Seth en Bart Ehrman, Lost Scriptures: Books That Did Not Make It Into The New Testament, (New York: Oxford University Press, 2003), 78-86.

    10. Por ejemplo, The Coptic Gospel of Thomas (saying 1), en Ehrman, Lost Scriptures, 20.

    11. Bock, Breaking the Da Vinci Code, 63.

    12. Bart D. Ehrman, Lost Christianities: Christian Scriptures and the Battles Over Authentication (Chantilly, Virginia: The Teaching Company: Course Guidebook, part 2, 2002), 37.

    13. Ehrman, Lost Scriptures, 341.

    14. F.F. Bruce, “Canon,” en Dictionary of Jesus and the Gospels, eds. Joel B. Green, Scot McKnight and I. Howard Marshall (Downers Grove, Illinois: InterVarsity Press, 1992), 95.

    15. Ibid., 95-96.

    16. Ibid., 96.

    17. Bock, Breaking the Da Vinci Code, 25-26. Me he apoyado fuertemente en el análisis del Dr. Bock en esta sección.

    18. Ibid., 116-17.

    19. Bart Ehrman, Lost Scriptures, 35.

    20. Dan Brown, The Da Vinci Code (New York: Doubleday, 2003). En la página 247 leemos: “Sophie no había sabido que existía un evangelio en palabras de Magdalena”.

    21. Un “apóstol” puede referirse simplemente a “uno enviado” como emisario o mensajero. María fue una “apóstol” en este sentido, ya que fue enviada por Jesús para decir a los discípulos que Él había resucitado.

    22. Para más información, ver Bock, Breaking the Da Vinci Code, 16-18.

    23. Ehrman, Lost Scriptures, 19.

    24. Bock, Breaking the Da Vinci Code, 22.

    25. Ibid., 21.

    26. Ibid., 20.

    27. En esta sección me he apoyado fuertemente en el capítulo 3 del libro de Dr. Bock, Breaking the Da Vinci Code, pp. 40-49 (copia anterior a la publicación).

    28. Philo, Hypothetica, 11.14-17, citado en Bock, Breaking the Da Vinci Code, 43.

    29. Ibid., 44.

    30. Mark D. Roberts, “Was Jesus Married? A Careful Look at the Real Evidence,” en www.markdroberts.com/htmfiles/resources/jesusmarried.htm, January, 2004.

    31. Ignatius of Antioch, “Ephesians,” 18:2, citado en Jack N. Sparks, ed., The Apostolic Fathers, trans. Robert M. Grant (New York: Thomas Nelson Publishers, 1978), 83.

    32. Pliny, Letters, transl. by William Melmoth, rev. by W.M.L. Hutchinson (Cambridge: Harvard Univ. Press, 1935), vol. II, X:96, citado en Habermas, The Historical Jesus, 199.

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    Algunos mitos sobre el dinero de la Iglesia en España

    El español medio no tiene una gran cultura económica y es fácil hablar de dinero dando la sensación de que “hay algo turbio”. Es bueno aclarar algunos mitos.

    Queremos comentar aquí algunas ideas que circulan últimamente sobre la economía de la Iglesia en España y más en concreto sobre su relación con el Estado. No hablaremos de las cuentas de la Santa Sede ni de la Iglesia en otros países, excepto por comparación.

    MITO 1: La Iglesia es, económicamente, UNA gran entidad Falso. Jurídica y administrativamente, la Iglesia católica no es UNA entidad. Son -textualmente- 40.000 entidades distintas, sólo en España. Son parroquias, órdenes, movimientos, asociaciones, fundaciones, organizaciones, diócesis… Cada una tiene su propio estatuto económico, cada una lleva sus propias cuentas, según las leyes civiles vigentes y según el derecho canónico. El tesorero de un obispado no tiene nada que ver con el de una ONG católica o con el de una parroquia. Hablar de “el dinero de la Iglesia” es como hablar de “el dinero de la sociedad civil”: se refiere a muchas entidades distintas y de muy diversas funciones.

    MITO 2: En España, el Estado subvenciona a la Iglesia.

    Falso. Son los ciudadanos quienes libremente asignan una cantidad de dinero a la Iglesia mediante la famosa “crucecita” del IRPF. El Estado no da ese dinero, lo dan los ciudadanos. El Estado lo único que hace es ayudar a recaudarlo.

    MITO 3: El “sistema alemán” de financiación de la Iglesia es una alternativa que propone el Gobierno Ojalá. El secretario de Libertades Públicas del PSOE, Álvaro Cuesta, propuso hace unos meses recurrir a un sistema “similar al alemán”, que según él es un “impuesto religioso voluntario y adicional” donde el Estado haría de mero recaudador. En realidad, en Alemania, cada ciudadano con capacidad fiscal, por el sólo hecho de estar bautizado, destina automáticamente a su iglesia (católica o protestante) una cantidad adicional de un 9% sobre lo que paga a Hacienda (un 8% en Baviera y Baden-Wutenberg).

    La administración alemana se queda entre un 2 y un 4,5% de comisión según el land. Sólo se libran de pagar aquellos que renuncian a su fe mediante declaración de apostasía. Así, en el 2003, la Iglesia católica de Alemania, la más rica de Europa, ingresó, por la vía del Impuesto sobre la Renta, casi 4.500 millones de euros. ¡Compárese el contraste con los 141 millones que recibirá la Iglesia española por la “crucecita” del IRPF este año 2005! Sería muy extraño, realmente, que el Gobierno implantase este sistema en España.

    MITO 4: “Lo de las expropiaciones es cosa del pasado”.

    En España el Estado tiene una larga tradición de confiscar bienes eclesiales. Cuando al Estado le falta dinero, confisca cosas a la Iglesia. Empezó en 1768 (Reforma de Olavide), cuando se expulsó a los jesuitas y se confiscaron sus tierras. Justo antes de la Guerra de Independencia (desamortización de Godoy) se confiscaron los bienes de hospitales, hospicios, casas de misericordia y cofradías, casi todas ellas entidades eclesiales.

    En 1808 era José Bonaparte, el hermano de Napoleón, quien confiscaba bienes eclesiales. En 1823 fueron las Cortes de Cádiz, decretando la reducción a un tercio del número de monasterios y conventos. De 1834 a 1854 la famosa desamortización de Mendizábal confiscó todas las propiedades de monjes y frailes y parte de las del clero secular. En 1855 la Ley Pascual Madoz fue la confiscación más completa de bienes del clero, tanto regular como secular. Estas confiscaciones enriquecieron sobre todo a la burguesía urbana y rural.

    Hoy, más eficaz que expropiar es amenazar una y otra vez a la Iglesia con dificultar su financiación. El 4 de mayo de 2004 el ministro de Justicia, Juan-Fernando López Aguilar ya declaró que el Gobierno quiero revisar la financiación de la Iglesia y reformar los Acuerdos de 1979, entre la Santa Sede y el Estado. El 22 de julio era el ministro de Trabajo, Jesús Caldera, quien anunciaba que la financiación de la Iglesia “tendrá que acabarse algún día”.

    Pero aún así hoy, en pleno siglo XXI, la tradición de expropiar se mantiene viva. El 27 de diciembre de 2004, uno de los portavoces del tripartito catalán, Joan Boada (IC-V-EUA) pedía en el DIARI DE GIRONA “una confiscación y posterior socialización de los bienes de la Iglesia”. En mayo de 2002, el arquitecto Oriol Bohigas, ex-concejal y actual asesor del alcalde socialista de Barcelona, pedía “que la Sagrada Familia sea el vestíbulo de la estación del Tren de Alta Velocidad”.

    Una víctima preferencial son los conventos de monjas carmelitas: en el 2003 el Ayuntamiento de Córdoba (IU) quería expropiar un huerto a un convento carmelita, pero 40.000 firmas y una oleada de e-mails pararon la medida. Lo mismo intentó el ayuntamiento socialista de León en el 2004 con sus carmelitas descalzas, con la consiguiente oleada de quejas ciudadanas. En Esplugues (Barcelona), el Ayuntamiento socialista este año 2005 acosaba con deshaucios y expropiaciones a un monasterio de dominicas aunque la presión ciudadana ha bloqueado el proceso por ahora.

    Tomado de ForumLibertas.com

    Alejandro Rodríguez de la Peña, “Leyendas negras de ayer, hoy y mañana”, Alfa y Omega, 20.V.05

    Cuando se aborda la historia de la Iglesia católica, tarde o temprano nos encontraremos con el fenómeno historiográfico que se ha dado en llamar leyenda negra. Ésta consiste en una labor de propaganda, de desinformación, que, a través de la presentación tendenciosa de los hechos históricos, bajo la apariencia de objetividad y de rigor histórico o científico, procura crear una opinión pública, bien anticlerical, bien anticatólica. Por eso se aparta de lo que podría aceptarse como una simple crítica, una denuncia honesta y rigurosa de los errores cometidos por los miembros de la Iglesia, dando en cambio una imagen voluntariamente distorsionada del pasado de la Iglesia, para convertirla en una descalificación global de una misión milenaria, tanto antes como, sobre todo, en la actualidad.

    La leyenda negra de la Iglesia no es un asunto baladí que deba ser objeto de preocupación sólo para los historiadores. Lo cierto es que todos los católicos nos jugamos mucho en la lucha contra sus manipulaciones. Y es que la descalificación global de esta institución religiosa a largo de toda su historia compromete seriamente ante la opinión pública su legitimidad social y moral de cara al futuro. Un fenómeno reciente como la polvareda social levantada por la novela El Código Da Vinci resulta ser un magnífico ejemplo del peligro que la manipulación de la historia de la Iglesia entraña para su acción pastoral actual.

    Los ataques, desde antiguo En realidad, los ataques demagógicos y panfletarios contra el pasado y el presente de la Iglesia datan de muy antiguo. En efecto, podemos encontrar diatribas furibundas contra el cristianismo católico por parte de autores paganos grecorromanos (Celso, Zósimo, Juliano el Apóstata…), de los diferentes heresiarcas medievales y de los polemistas judíos y musulmanes. Pero la polémica anticatólica se acentuó y cobró una especial virulencia en la segunda mitad del siglo XVI, cuando las discusiones entre católicos y protestantes invadieron también el campo historiográfico y literario, surgiendo entonces todo un modelo de difamación sistemática de la Iglesia.

    Más en concreto, encontramos el origen del discurso anticatólico actual en la llamada leyenda negra, un conjunto de acusaciones contra la Iglesia y la monarquía hispánica que se generó y se desarrolló en Inglaterra y Holanda, en el curso de la lucha entre Felipe II y los protestantes.

    El anticatolicismo llegó a ser, con el tiempo, parte integral de la cultura inglesa, holandesa o escandinava. Escritores y libelistas se esforzaron por inventar mil ejemplos de la vileza y perfidia papista, y difundieron por Europa la idea de que la Iglesia católica era la sede del Anticristo, de la ignorancia y del fanatismo. Tal idea se generalizó en el siglo XVIII, a lo largo y ancho de la Europa iluminista y petulante de la Ilustración, señalando a la Iglesia como causa principal de la degradación cultural de los países que habían permanecido católicos.

    En los prejuicios difundidos sobre la historia de la Iglesia se observan dos elementos básicos y, en no pocas ocasiones, íntimamente entremezclados: la visión de la Iglesia medieval y moderna como una institución oscurantista, reaccionaria y enemiga de todo progreso intelectual o social; y su caricaturización como una fuerza represiva e intolerante, enemiga de los derechos humanos y promotora de las Cruzadas y la Inquisición.

    Se suele afirmar, por ejemplo, que las Cruzadas fueron guerras de agresión provocadas contra un mundo musulmán pacífico. Esta afirmación es completamente errónea. Ahora mismo tenemos en nuestras pantallas una película, El reino de los cielos, bastante proclive a esta angelización de los musulmanes del medievo. Pero lo cierto es que, desde los mismos tiempos de Mahoma, los musulmanes habían intentado conquistar el mundo cristiano. E incluso habían obtenido éxitos notables. Tras varios siglos de continuas conquistas, los ejércitos musulmanes dominaban todo el norte de África, Oriente Medio, Asia Menor y gran parte de España. En otras palabras, a finales del siglo XI, las fuerzas islámicas habían conquistado dos terceras partes del mundo cristiano: Palestina, la tierra de Jesucristo; Egipto, donde nace el cristianismo monástico; Asia Menor, donde san Pablo había plantado las semillas de las primeras comunidades cristianas… Estos lugares no estaban en la periferia de la cristiandad, sino que eran su verdadero centro.

    ¡Así se escribe la Historia! Otro lugar común de la leyenda negra anticatólica es –no podía ser de otro modo– la acción de la Inquisición en la Edad Media y la Moderna. Por ejemplo, todo el mundo ha oído hablar del caso de Galileo Galilei, casi siempre de modo deformado, ya que no se suele explicar que el sabio italiano apenas sufrió otro castigo que un cómodo arresto domiciliario en un palacio cardenalicio. Por el contrario, son pocos los colegiales que saben que Antoine Lavoisier, uno de los fundadores de la Química, fue guillotinado a causa de sus ideas políticas, por un tribunal durante el Terror jacobino, al grito de ¡La Revolución no necesita científicos! No olvidemos tampoco que, en Ginebra –la Meca del protestantismo–, Juan Calvino no dudó en mandar a la hoguera al ilustre descubridor de la circulación de la sangre, nuestro compatriota Miguel Servet. El científico aragonés fue tan sólo una de las quinientas víctimas de diez años de intolerancia calvinista en una ciudad con apenas diez mil habitantes. Con esta proporción brutal de represaliados, la Inquisición española habría debido quemar ¡un millón de personas cada siglo! –en realidad, fueron tres mil en trescientos años–. Aun así, Torquemada ha pasado al argot popular como sinónimo de intolerancia, y Calvino es ponderado por muchos como uno de los padres de las democracias liberales del norte de Europa.

    Un ejemplo reciente de cómo la leyenda negra ha cobrado nuevos bríos últimamente lo hallamos en el ya mencionado Código Da Vinci. Su autor, Dan Brown, deja caer que la Iglesia habría quemado a cinco millones de brujas (p. 158), cuando todos los especialistas, con Brian Pavlac a la cabeza, limitan la cifra a 30.000, a lo sumo, para el período 1400-1800 (por cierto, el 90% víctimas de la Inquisición protestante, y no de la católica).

    Esto conecta con el ominoso concepto de Gendercide (genocidio de las mujeres), que han acuñado el feminismo y el lesbianismo radicales en las universidades norteamericanas. Esto es, la criminalización de la Iglesia católica, que cargaría con una mancha histórica tan negra como el Holocausto nazi. De la misma forma que el nazismo ha quedado desacreditado para siempre jamás por su ejecutoria asesina contra los judíos, la Iglesia carecería de toda legitimidad como institución por su pasado criminal en relación a las mujeres. Barbaridades como ésta se leen y se escuchan en algunos departamentos de Gender studies de los Estados Unidos.

    No en vano, el Código Da Vinci se basa en una serie de absurdas creencias neo-gnósticas y feministas que entran en oposición directa no sólo con el cristianismo, sino con la Historia académica tal y como es enseñada en todas las universidades respetables del mundo. Mucho se ha hablado de la inverosímil hipótesis de Dan Brown de que Cristo y María Magdalena estaban casados y tuvieron descendencia, pero eso sólo es la punta de un iceberg de disparates. Convenientemente camufladas tras la atractiva trama narrativa propia de un thriller policíaco, el autor va deslizando aquí y allá ideas propias de una cosmovisión que enseña que el cristianismo es una mentira violenta y sangrienta, que la Iglesia católica es una institución siniestra y misógina, y que la verdad es, en última instancia, creación y producto de cada persona.

    La realidad, como es Volviendo al espinoso asunto de la Inquisición, si queremos ser rigurosos, hay que señalar que el Santo Oficio era un tribunal dedicado a investigar si entre los católicos había herejes, un tema gravísimo entonces, al que ahora no se da importancia porque las sociedades no son confesionales. Pero es que entonces las disputas teológicas daban lugar a guerras y conmociones sin cuento (las guerras de religión en Europa provocaron un millón de muertos entre 1517 y 1648). Por consiguiente, la Inquisición era un instrumento básico para el mantenimiento de la paz en un reino. Por otro lado, un hecho no suficientemente conocido es que la Inquisición no tenía jurisdicción alguna sobre los no bautizados. Por tanto, ni judíos ni musulmanes podían ser juzgados, detenidos o acosados por la Inquisición.

    Ciertamente, el Santo Oficio usaba el tormento como todos los tribunales de la época, pero generalmente con mayores garantías procesales, ya que se realizaba siempre en presencia del notario, los jueces y un médico, y sin que se pudieran causar al reo mutilaciones, quebrantamiento de huesos, derramamiento de sangre ni lesiones irreparables. Finalmente, hay que llamar la atención sobre el hecho de que la mayoría de las penas eran de tipo canónico, como oraciones o penitencias. Las condenas a muerte fueron rarísimas, y sólo en casos muy graves sin arrepentimiento, pues si había arrepentimiento había indulgencia con el reo. Como ya se ha dicho, en sus tres siglos de historia, la Inquisición ajustició a unos 3.000 reos (de un total de 200.000 procesados). Esta cifra, con ser alta, representa tan sólo la décima parte de los asesinados en Francia por el régimen del Terror jacobino en el periodo 1792-1795. Es decir, en tan sólo tres años, los hijos de la Ilustración iluminista habían multiplicado por diez las víctimas fruto de trescientos años de actuación de la Inquisición católica. ¿Y quien se atreve hoy en día a mentarle este hecho a un defensor de la democracia liberal, cuyos fundamentos mismos sentó la Revolución Francesa? ¿Porqué, entonces, tenemos los católicos que aguantar día sí día también que algunos sectarios nos recuerdan la Inquisición cada vez que nos identificamos como hijos de la Santa Madre Iglesia? Conquista de América: ni robo, ni genocidio El empecinado odio anticatólico y antihispanista afirma, en primer lugar, que España se apropió de las tierras indígenas en un acto típico de rapacidad imperialista. La verdad es que, antes de la llegada de los españoles, los indios concretos y singulares no eran dueños de ninguna tierra, sino empleados gratuitos y castigados de un Estado idolatrizado y de unos caciques despóticos tenidos por divinidades supremas. Carentes de cualquier legislación que regulase sus derechos laborales, el abuso y la explotación eran la norma; y el saqueo y el despojo, las prácticas habituales. Impuestos, cargas, retribuciones forzadas, exacciones virulentas y pesados tributos fueron moneda corriente en las relaciones indígenas previas a la llegada de los españoles. El más fuerte sometía al más débil y lo atenazaba con escarmientos y represalias. Ni los más indigentes quedaban exceptuados, y solían llevar como estigmas de su triste condición mutilaciones evidentes y distintivos oprobiosos. Una justicia claramente discriminatoria distinguía entre pudientes y esclavos, en desmedro de los últimos. La verdad es, también, que los principales dueños de la tierra que encontraron los españoles –mayas, incas y aztecas– lo eran a expensas de otros dueños, a quienes habían invadido y desplazado. Y que fue ésta la razón por la que una parte considerable de tribus aborígenes –carios, tlaxaltecas, cempoaltecas, zapotecas, otomíes, cañarís, huancas, etcétera– se aliaron naturalmente con los conquistadores, procurando su protección y el consecuente resarcimiento.

    Sólo a partir de la conquista, los indios conocieron el sentido personal de la propiedad privada y la defensa jurídica de sus obligaciones y derechos. Es España la que se plantea la cuestión de los justos títulos, con autoexigencias tan sólidas que ponen en tela de juicio la misma autoridad del monarca y del Pontífice. Es España –con ese maestro admirable del Derecho de Gentes que se llamó Francisco de Vitoria– la que funda la posesión territorial en las más altas razones de bien común y de concordia social, la que insiste una y otra vez en la protección que se le debe a los nativos en tanto súbditos, la que garantiza y promueve un reparto equitativo de precios, la que atiende sobre abusos y querellas, la que no dudó en sancionar duramente a sus mismos funcionarios descarriados, y la que distinguió entre posesión como hecho y propiedad como derecho, porque sabía que era cosa muy distinta fundar una ciudad en el desierto y hacerla propia, que entrar a saco a un granero particular. Por eso, sólo hubo repartimientos en tierras despobladas y encomiendas «en las heredades de los indios». Porque, pese a tantas fábulas indoctas, la encomienda fue la gran institución para la custodia de la propiedad y de los derechos de los nativos. Por la encomienda, el indio poseía tierras particulares y colectivas sin que pudieran arrebatárselas impunemente. Por la encomienda, organizaba su propio gobierno local y regional, bajo un régimen de tributos que distinguía ingresos y condiciones, y que no llegaban al Rey –que renunciaba a ellos–, sino a los conquistadores. No es España la que despoja a los indios de sus tierras. Es España la que les inculca el derecho de propiedad, la que les restituye sus heredades asaltadas por los poderosos y sanguinarios Estados tribales, la que los guarda bajo una justicia humana y divina, la que los pone en paridad de condiciones con sus propios hijos, e incluso en mejores condiciones que muchos campesinos y proletarios europeos.

    Se dice también que la Conquista, caracterizada por el saqueo y el robo, produjo un genocidio aborigen. La verdad es que España no planeó ni ejecutó ningún plan genocida; el derrumbe de la población indígena –que nadie niega– no está ligado a los enfrentamientos bélicos con los conquistadores, sino a una variedad de causas, entre las que sobresale la del contagio microbiano. La verdad es que la acusación homicídica como causa de despoblación no resiste las investigaciones serias de autores como Nicolás Sánchez Albornoz, José Luis Moreno, Ángel Rosemblat o Rolando Mellafé, que no pertenecen precisamente a escuelas hispanófilas. La verdad, incluso, es que hasta las mitas, los repartimientos y las encomiendas, lejos de ser causa de despoblación, son antídotos que se aplican para evitarla. Ni despojo de territorios, ni sed de oro, ni matanzas en masa. Un encuentro providencial de dos mundos. Encuentro en el que, al margen de todos los aspectos traumáticos que gusten recalcarse, uno de esos mundos, el Viejo, gloriosamente encarnado por la Hispanidad, tuvo el enorme mérito de traerle al otro nociones que no conocía sobre la dignidad de la criatura, hecha a imagen y semejanza del Creador. Esas nociones, patrimonio de la cristiandad, difundidas por sabios eminentes, no fueron letra muerta ni objeto de violación constante. Fueron el verdadero programa de vida, el genuino plan salvífico por el que la Hispanidad luchó en tres siglos largos de descubrimiento, evangelización y civilización abnegados.

    Alejandro Rodríguez de la Peña es profesor de Historia Medieval, de la Universidad San Pablo-CEU y Secretario Nacional de Jóvenes de la Asociación Católica de Propagandistas

    Amy Welborn, “Descodificando a Da Vinci”, Palabra, X.04

    Los hechos reales ocultos en “El Código DaVinci” Continúa leyendo Amy Welborn, “Descodificando a Da Vinci”, Palabra, X.04

    William Shea, “El caso Galileo en un contexto nuevo”, Alfa y Omega, 27.I.05

    Religión y ciencia son dos asuntos cuya capacidad de convocatoria en la opinión pública es cada vez más creciente. El conflicto que en el pasado las había confrontado parece haberse esfumado. El mismo caso Galileo, que representa el momento de mayor tensión entre ambas, se encuadra en un contexto nuevo. Hoy aparece como un acontecimiento sobre el que se ha especulado durante largo tiempo, y que debe ser juzgado con mayor objetividad. Los documentos de los Archivos Vaticanos no concuerdan con lo que la propaganda decimonónica anticlerical dice de este episodio. Lo afirma, en esta entrevista concedida al diario Avvenire, el profesor William Shea, quien, después de haber enseñado en Cambridge y en Harvard, ocupa hoy la misma cátedra de Historia de la Ciencia que ocupó Galileo, en Padua.

    Continúa leyendo William Shea, “El caso Galileo en un contexto nuevo”, Alfa y Omega, 27.I.05

    Vittorio Messori, “El anticatolicismo ha sustituido al antisemitismo”, La Razón, 20.X.04

    El conocido escritor y periodista italiano Vittorio Messori ha salido al paso de la ola de anticatolicismo que impera en toda Europa en una entrevista publicada estos días por el diario italiano «Il Messagiero». A raíz del caso Buttiglione, el comisario europeo recusado por el Parlamento por afirmar que la homosexualidad «es pecado», Messori analiza la situación y afirma que «afortunadamente» ha terminado el antisemitismo, pero ha sido sustituido en la cultura occidental por un «anticatolicismo» férreo. El intelectual asegura que, sin embargo, esta «furia anticatólica» es «providencial». Messori es célebre, además, por ser autor de un libro de conversaciones con el Papa que se ha convertido en bestseller en todo el mundo: «Cruzando el umbral de la esperanza». Continúa leyendo Vittorio Messori, “El anticatolicismo ha sustituido al antisemitismo”, La Razón, 20.X.04

    Agostino Borromeo, “La Inquisición: purificar la memoria, también de estereotipos”, 23.VI.04

    La Biblioteca Vaticana acaba de publicar el volumen que reúne las aportaciones de treinta historiadores de reconocido prestigio internacional, que participaron en un simposio monográfico sobre la Inquisición, celebrado en el Vaticano en octubre de 1998. El profesor Agostino Borromeo, editor de la obra y docente de historia en varias universidades de Roma, explica en esta entrevista de Diego Contreras en Acepresna el significado del trabajo a la luz de la petición de perdón llevada a cabo por el Papa durante el Jubileo del año 2000. Continúa leyendo Agostino Borromeo, “La Inquisición: purificar la memoria, también de estereotipos”, 23.VI.04

    José Ignacio Moreno Iturralde, “Vocación”

    César Corría 1985 cuando conocí a César, uno de mis primeros alumnos de un colegio del barrio de Vallecas, en Madrid. Estudiaba primero del antiguo bachillerato. Era un tipo de catorce años, vivaracho y con una prodigiosa memoria. Al terminar el curso cambié de centro educativo y tuvieron que pasar dos años hasta que un día le vi en el metro. Tenía melenas, vestía una chupa de cuero negra claveteada, la típica heavy. Reaccionó con alegría al verme. Intercambiamos unas palabras gratas en el ambiente tecnourbano del metro. Él también había dejado aquel colegio y tenía toda la pinta de haberse convertido en el genuino macarrilla de dieciséis años. Entró el veloz gusano metálico y nos separamos.

    La montaña rusa de la vida me devolvió al mismo colegio de Vallecas en 1991. Era agosto, antes del comienzo de curso, cuando un personaje se acercó y me dijo: ¿Me conoces? Su cara me era familiar pero no le acababa de situar. Era él: César. Estaba estudiando Derecho. Su estética se había refinado, alguien me dijo después que había sido “Mod”, una especie de tribu urbana. Me alegró reencontrarle. Quedamos en que le llamaría para unos coloquios con universitarios. No lo hice por puro olvido; qué negligentes y estúpidos son algunos olvidos.

    Unos meses más tarde, César buscó a un sacerdote que trabajaba en el colegio. Le dijo que venía a encargar su funeral. Ante la cara de desconcierto del receptor del mensaje César le aclaró su situación. Le habían encontrado un tumor en el cerebro y había que intervenir rápidamente. Su vida corría peligro en la operación. El sacerdote trató de darle ánimos. Charló con él un buen rato. Pienso que César se confesó.

    Pese a que la intervención quirúrgica parecía haber salido bien, hubo una complicación posterior y César falleció. Pocos días después se celebró el funeral al que asistieron sus padres –envueltos en lágrimas- y sus compañeros de universidad y los antiguos del colegio. El sacerdote dijo que César había muerto como un valiente.

    César no tuvo una vida demasiado lograda desde el punto de vista humano, pero supo acertar al final. Seguramente no se cumplieron muchos de los sueños que pretendía realizar pero logró el más importante: situar su vida desde la óptica sobrenatural. Creo que está en el cielo: no sé si allí permiten las chupas de cuero claveteadas, pero no dudo de que es feliz para siempre –palabra poco meditada- en la gloria y alegría que debe suponer estar viviendo en el Corazón de Dios.

    Juventud, madurez y felicidad Mucha gente joven se lo pasa bien. Quieren ser felices, aunque probablemente sólo lo consigan en algunos ratos. A medida que pasan los años descubren que la vida es, a veces, bastante dura. La televisión no sirve precisamente para darle un sentido al mundo y la espontaneidad afectiva tampoco resulta suficiente para llenar el propio corazón. Los días se suceden: algunos se dan bien, otros peor, de vez en cuando hay uno muy entrañable y excepcionalmente puede ocurrir algo que casi no cabe en la cabeza: la barbaridad que sucedió en Madrid el pasado once de marzo de 2004. Ante ese crimen terrorista horrendo, el corazón de miles de ciudadanos supo sacar lo mejor que tenía dentro: hombres a los que explotó una segunda bomba por auxiliar a los heridos de la primera, largas colas de donantes de sangre, mantas arrojadas desde las ventanas para los heridos, ayuda incondicional de todo tipo de personas a las víctimas y a sus familiares. Se hizo evidente que el don de uno mismo es lo único que hace ser verdaderamente feliz. Sin embargo estas ocasiones no se presentan con mucha frecuencia y no es plan, me parece, esperarlas para demostrar que uno lleva dentro algo muy valioso.

    Dominique Lapierre escribe en su libro “La ciudad de la alegría” que “todo lo que no se da se pierde”. Es una gran verdad que recuerda la frase evangélica “Hay más alegría en dar que en recibir”; a la que algunos añaden maliciosamente: “este es el lema de los boxeadores”. ¿Por qué quizás muchos no actuamos así? Por desconfianza, por falta de un fundamento sólido para la acción. Los demás por los demás no es un motivo suficiente. Los esposos se deciden a ser fieles no sólo por sus respectivos encantos, sino también por Dios nuestro Señor. El profesor que no estrangula a cierto tipo de alumnos obra así por idéntico motivo; además de por no perder su paciente y ejemplar empleo. Cuando la mirada a otra persona se convierte en una inesperada perspectiva de Dios la cosa cambia. Pero hoy parece que hay muchos que no entiende la palabra Dios: no lo conciben como lo que es: Verdad detonadora de la propia y genuina biografía en la que uno puede ser una persona digna, un artista en el trato con los demás, un hombre o una mujer maduros, comprometidos con su familia y con el mundo y, ante todo, personas enamoradas de la vida, en las duras y en las maduras.

    Bastantes jóvenes dedican tres horas al día a la televisión, una a internet y otra a la play station. Más que suficiente para convertirse en un perfecto inútil, anestesiado del espíritu. La mayoría de la culpa no es de ellos, sino con frecuencia de sus padres que no saben bien lo que es querer porque considero que no se trata sólo de dar cosas y tiempos a sus hijos, sino darse ellos mismos: renunciar a otros proyectos personales porque la familia es el mayor proyecto al que todos los demás pueden subordinarse de un modo real y eficaz.

    César encontró al final la verdad de su vida. Miles de madrileños se encontraron ennoblecidos al ayudar a las víctimas del terrorismo; pero muchos, entre los que los jóvenes destacan, no acaban de encontrar una misión que abarque y llene su existencia de un modo vital, diario, hecho de cosas menudas y cotidianas. Existen algunos factores: parece que ahora no es fácil encontrar la llamada vocacional por el mismo motivo que no es fácil quemar un prado verde o que salgan corriendo unos atletas profundamente dormidos al grito de preparados, listos, ya. ¿Qué pasa? Bombas de humo No afligiré al lector que haya tenido el mérito de llegar aquí con un análisis histórico de los factores que nos han llevado a una sociedad individualista. La causa primera y última de esta sordera para descubrir la propia vocación o sentido pleno de la propia vida es vieja y se llama egoísmo. Lo que ocurre es que ahora al egoísmo le hacen el juego, por una parte, la técnica electrodoméstica y, por otra, una cierta intelectualización para hacer lo que a uno le da la gana; se la suele llamar autonomía.

    Una sociedad occidental que tiene mucha técnica requiere de mucha ética. No ocurre así. Con frecuencia tener es poder, es bulimia de poseer; pero la avaricia acaba rompiendo el saco de la propia identidad.

    Por otra parte la libertad de expresión hace que las vallas publicitarias de nuestras ciudades exhiban con obsesiva frecuencia señoritas casi en cueros: a esto se le llama naturalismo, como si fuéramos bambis. Aborta toda mujer que pueda sufrir un peligro psíquico para su salud: es decir…, en la práctica, la que quiere en virtud de su inviolable autonomía. Matar al hijo de las entrañas es considerado algo parecido a una liposucción. Los matrimonios se disuelven como la espuma de las olas del mar pero los efectos de esto permanecen como la espuma de los ríos fecales urbanos. En algunos países ya se otorga igual legitimidad al matrimonio que a las parejas de homosexuales porque el fundamento del derecho pasa a ser la intensidad del sentimiento en vez de la justicia y el respeto a la naturaleza. Y en este elenco no podemos olvidar los abundantísimos programas televisivos del corazón donde, con un asombroso olvido de la propia categoría, unos personajes cuentan sin ningún pudor sus desengaños amorosos, ante una gran audiencia. La audiencia lo justifica todo. No sé como no se les ha ocurrido hacer un concurso de aerofagia entre los más rudos; no me extrañaría que igualara en audiencia a una final de la Champions.

    No agotaremos los males y, además, son muchos más los bienes, pero con frecuencia más ocultos en una sociedad fuertemente informativa. Si una loca envenena la sopa de su hijo será noticia; si cien millones de madres dan de comer a sus hijos con primor no saldrán en portada. Si una mulier fortis asa a su compañero sentimental con una manzana en la boca y se consigue el reportaje, éste ganará el premio Pulitzer. Si miles de mujeres entrañables levantan la moral de sus esposos con una mirada comprensiva y coqueta no aparecerán en un semanal rosa. Si se abandona a una abuela en la carretera se hará una entrevista al cabestro del familiar que hizo tal proeza. Los familiares que atienden a enfermos de alzheimer, que retarían a la paciencia del mismísimo Job, no tendrán una exclusiva en el telediario. Todo esto hay que redescubrirlo porque muchas bombas de humo afectan a nuestra visión de la realidad. Las cosas buenas están ahí, soportándolo todo, como los cimientos, como la propia tierra, como la mirada misericordiosa de Dios sobre la tierra.

    Hacer oración Básicamente hay dos posturas. Una dice que un día la nada estaba cansada y sacó un universo que evolucionó por azar. Agua, bacterias, reptiles, aves, monos: y así sucesivamente hasta volver a la nada. Otra –que no niega la evolución- dice que Dios, un ser perfecto en si mismo y bueno, decidió por Amor escribir, parafraseando a Chesterton, una novela donde los personajes puedan encontrarse con su autor. Cada uno es libre de elegir la que quiera pero la primera opción es absurda y la segunda es lógica pese a que haya cosas que no nos son del todo claras; aunque conviene no olvidar que la lógica de Dios no se identifica con la nuestra.

    Es importante meditar en la propia incompetencia, pese a todas las estupendas publicaciones sobre la autoestima. Es conveniente aceptar varias cosas. Primero: que uno puede ser bastante más inútil de lo que piensa. Segundo: que efectivamente es así. Tercero: que es bueno y divertido asumirlo porque es la única posibilidad de hacer algo verdaderamente interesante en este mundo.

    El grado de incompetencia es directamente proporcional a la incapacidad de ver la realidad que uno tiene a un palmo de sus narices. Los niños pequeños, en este sentido, se muestran magistralmente competentes: pueden hacer de cualquier cosa un juego. La oración –en la que se une el pasado, el presente y el futuro- hace recuperar el sentido biográfico en momentos buenos, malos y aparentemente indiferentes. Siguiendo ideas de C. S. Lewis, la mentira insiste en sacar a los hombres del presente porque el presente es el punto de encuentro entre el tiempo y la eternidad. Evadirse del presente, con frecuencia, agujerea la personalidad.

    Valorar la realidad supone valorar la no realidad. Ninguno de nosotros tiene en si mismo la razón de su existencia: la vida es un gran regalo. La verdad es que, hasta que no lo pasamos mal, no solemos caer en la cuenta de esto. Valoramos algo o a alguien cuando le perdemos. Cuando realmente se sabe quién es una madre es cuando fallece.

    El cristiano que se decide a transformar con la oración su vida se instala en la cruz. La cruz es el lugar donde se ve la verdad de la realidad. Luchar por vivir para Dios y para los demás, día a día, permite descargarse de muchos fardos inútiles, ver en las cosas su radical transitoriedad y encontrar el núcleo de donde emana la radiación de lo eterno: algo tan invisible como la luz que permite ver todo con su verdadero color.

    Aprender a querer Los que quieren bien a los demás se quieren bien a sí mismos. Tener paciencia con el torpón, levantar al que se equivoca dándole una salida airosa, concentrar a otra persona dispersa con una mirada comprensiva supone un querer máximamente desinteresado y, sin embargo, muy gratificante. Tengo amigos que saben hacerlo así y, a su vez, poseen una gran alegría de vivir, una voluntad emprendedora y –los más dotados- una encantadora capacidad de reírse de sí mismos.

    Lewis dijo que cuando a nuestros amores humanos los transformamos en dioses se convierten en demonios. ¿Habrá que querer calculando? La propia vida va poniendo los afectos en su sitio… o no. Querer a una persona es querer lo mejor para ella. El cristiano sabe o debería saber que querer a alguien por Dios es querer máximamente a ese alguien. Querer, o mejor: amar, ha escrito Pieper es afirmar “es bueno que existas”. Por eso existimos: porque somos queridos. Vivir con dignidad es saberse queridos por un amor que no traiciona. Si nos aventuramos a creer esto, cualquier instante de nuestra vida estará lleno de sentido. Amar es dotar de sentido. Un cosmos que no hubiera sido creado por Amor no tendría sentido, sería imposible.

    Toda la escuela del querer es recia cosa. Es seguro que el corazón tendrá que sangrar algunas veces; así disminuirá una insana hipertensión egocéntrica y el voluntarioso director de orquesta arterial volverá a bombear sangre con renovados bríos, con más armonía y salero.

    Optimismo Camino hacia Almería para dar el último adiós a un querido familiar que, anciano y enfermo grave, vive sus últimos días en este mundo, noto levemente la inmensa tristeza de su esposa. Hay situaciones objetivas que suponen sin duda un especial dramatismo. La tristeza y la alegría son, sin embargo, climas que se dan sobre todo en la orografía del espíritu. Si los acantilados cayeran sobre la nada y los cabos desembocaran en inmensas llanuras yermas y pedregosas haríamos bien en darnos a la bebida. Si las cordilleras se recortaran sobre una bóveda metálica de perpetuo color aluminio sería aceptable el irnos constantemente de marcha. Pero no es así. No hace falta tener una sensibilidad exquisita para recrearse en tantos recodos magníficos o sencillos del mundo. Distinta es la paisajística moral de algunos sucesos donde el azul del cielo y del mar hay que creerlos sin verlos; si bien pueden ser entendidos. Este mundo mutilado reclama la reparación de fracturas por sí solas incurables.

    La poesía tal vez sea la captación de la serena aceptación que cada ser vivo tiene de sí mismo en armonía con el resto del universo. Las vacas, ejemplo eximio de poesía, no pueden tener el mérito de aceptarse; pero los hombres sí, y podrán hacerlo –nunca mejor dicho- gracias a Dios.

    Hay, en una considerable parte de la vida, cosas muy buenas, especialmente las gratas relaciones humanas. Cumpleaños, aniversarios, el día en que aprobamos la oposición, o placeres menores como el terminar de una vez de leer estas reflexiones. No se trata de un optimismo manso y bobo. Todo lo que tiene un orden tiene un sentido. Todo lo que tiene un sentido tiene una verdad. Toda verdad supone un bien y una armonía o belleza. El mal no se sostiene por si mismo: es un desorden en el orden. El mal es una herida: siguiendo a Tomás de Aquino, la herida es en el cuerpo, no el cuerpo en la herida. El mal es una sombra: las sombras son por las luces, no las luces por las sombras. Ser optimistas es ser realistas.

    Trabajo e ilusión He constatado que algunos niños quieren ser bomberos cuando sean mayores. La sirena, el color rojo del camión, los cascos encima del uniforme azul, la misión arriesgada y heroica… Lo que no sospechan esos niños, y otros no tan niños, es que en el futuro quizás serán camareros, oficinistas, empleados de una funeraria…, aunque, ¡caramba!, alguno será bombero.

    Claro que es importante lo que se hace pero quizás es más importante cómo se hace. Si no somos bomberos podemos, al menos, tener espíritu de bomberos y apagar muchos fuegos, de fuera y de dentro del propio yo. Tener el espíritu de algo es ya de algún modo serlo. Es bonito hacer lo que a uno le gusta pero es bueno hacer lo que sirve a los demás dentro de las propias y flexibles aptitudes. El propio yo, a diferencia de lo que pueda parecer, no es ni mucho menos el mayor motivo de superación. Cuentan una historia trepidante de un cuidador del zoológico. Con horror vio como su niña pequeña caía dentro del foso de los cocodrilos. Sin dilaciones se tiró él también y arrancándole los ojos a uno de los animales consiguió salvar a su hija de las fauces del peligroso y, finalmente, ciego lagarto. El afán de ayuda y protección a los seres queridos hace intrépidas las decisiones, agudiza el ingenio y hace aumentar los ingresos. Con pena cabe reconocer que si es mucha la gente querida eso no nos hará necesariamente millonarios.

    Tener un sano afán de superación profesional es algo tonificante. Un conformismo que descartara actualizaciones en el trabajo y cierta creatividad bajaría la conveniente tensión humana para seguir adelante una tarea laboral de interés. Hay que cuidar el propio segmento de investigación y desarrollo. Conviene que las cosas urgentes no invadan siempre el lindero de lo importante no urgente. La constancia, las múltiples rectificaciones, el no sobrevalorar éxitos o fracasos momentáneos, el intento tenaz de aportar el estilo propio, el saber rectificar una y mil veces, nos hará con toda probabilidad ser unos buenos profesionales.

    Esta labor profesional no se reduce a ser una posible realización personal en la solidaridad. El cristiano está continuando personalmente la tarea profesional del propio Cristo. Fabrica con sus manos los muebles del Artesano Nazareno: las mesas, las camas, las sillas, que hicieron que este mundo -a pesar de los pesares- pueda considerarse un hogar.

    El atractivo de Cristo Si logramos situarnos en las coordenadas de lo verdaderamente humano, de una vida limpia y honesta, estaremos en condiciones no sólo de intentar ser buenos cristianos -que es mucho- sino de ir profundizando en la intimidad del trato con Cristo. Hay unas palabras de San Josemaría Escrivá de Balaguer que me llaman especialmente la atención: “Cada vez estoy más convencidos de que el cielo es para los que saben ser felices en esta tierra”. Me atrevería a decir que Jesús es el mayor de los vividores porque su vida de entrega redentora y su presencia actual en la Eucaristía nos quieren decir, según escuché a un sabio teólogo, que Él quiere vivir con cada uno de nosotros nuestra propia vida. Esto significa que si queremos podemos vivir su Vida ya aquí, ahora. Tal propósito supone una profunda transformación. Hay que enamorarse de verdad, cambiar de raíz el ángulo de tiro del corazón.

    La Eucaristía, la Eternidad en el tiempo, nos hace eternos; nos introduce en una elevación de la vida cotidiana donde lo precario de la condición humana nos lanza, como a una pelota de goma, hacia la belleza y la grandeza divinas que nos transforman.

    Escribe Tomás de Aquino que las victorias de nuestros amigos son en cierto sentido nuestras. Ser amigo de Cristo supone participar ya en este mundo de su victoria.

    Una vida nueva Ya consigamos el premio Nobel, ya nos dé una depresión que nos deje hecho migas, ya seamos dependientes de unos almacenes de medio pelo, la vida se hace nueva porque el Amor hace nuevas todas las cosas. Un amor pegadizo, celoso, libre y exigente. Un amor que se introduce en la naturaleza humana con la misma autoridad que un bombón en la boca de un niño, como el vino añejo con solera en el paladar del catador. Hay que ser buen vino y eso requiere tiempo y fermentación: un cambio progresivo y paciente. Muchas veces no llegamos a ser ese buen vino y en otras ocasiones no todos los paladares están preparados. Sin embargo no hay excusas: hay que dar a conocer el vino de la vida eterna de todos los modos posibles que convergen en sólo uno: mediante la propia vida.

    La vida y la vocación es una misma cosa. Nuestro yo, escribía Chesterton, está más lejos que las estrellas. Esto es así porque la mirada cariñosa de Dios sobre cada uno de nosotros constituye nuestra más profunda intimidad: el misterio vocacional de nuestra vida donde la providencia quiere la libertad y la libertad puede querer la providencia porque el verdadero amor es providencial y libre.

    No estamos dispuestos a que el Señor nos diga al final de nuestra vida “No os conozco”: no veo en vosotros el Cristo que debíais ser. Muy al contrario, con Pedro, queremos decir: “Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te quiero”.

    La Virgen María Agustín de Hipona dice que Santa María es la “forma Dei”, el estilo de Dios. La Virgen es la mejor armonía humana, la inteligencia más preclara y el corazón más enamorado. Santa María supone la superación de un aparente imposible vocacional: ser madre y ser virgen; ser Hija, Madre y Esposa de Dios. Sabernos hijos de tal Madre -Cristo nos la dio por tal- nos llevará a luchar por vivir según su Corazón, a que Ella habite en nuestra mente, en nuestra voluntad y en nuestros afectos. Así podremos tener una fortaleza de roca pese a nuestra fragilidad, una humildad cordial pese a nuestra soberbia y una sabiduría que sobrepasa lo que sólo humanamente es imposible: llegar a ser santos.

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  • Opus Dei: colegios, clubes juveniles, colegios mayores y universidades vinculadas al Opus Dei

    Algunas labores apostólicas del Opus Dei: colegios, clubes juveniles, colegios mayores, universidades, etc.

    Otras labores apostólicas no corporativas

    Rafael González-Villalobos, “Me lo han robado” (vocación de los hijos), MC

    INTRODUCCIÓN: EL PORQUÉ DE ESTAS LÍNEAS A QUIÉN VA DIRIGIDO CASO 1 CASO 2 A QUIÉN VA DIRIGIDO ¿POR QUÉ LLAMA DIOS? LA LLAMADA, SIGNO DE PREDILECCIÓN LA RESPUESTA LAS GRANDES PREGUNTAS ¿POR QUÉ A MI HIJA/O? ¿NO SON DEMASIADO JÓVENES? ¿Y SI SE EQUIVOCAN? ¿QUÉ HACER EN EL MOMENTO? ¿QUÉ HACER DESPUÉS? A MODO DE CONCLUSIÓN PASOS PARA CONSEGUIR LA VOCACIÓN DE LOS HIJOS CUATRO SUGERENCIAS PARA QUE DIOS NO COMPLIQUE LA VIDA DE UN HIJO APÉNDICE: UNA GENEROSIDAD “EGOÍSTA” EPÍLOGO: CARTA A UN/UNA REBELDE INTRODUCCION: EL PORQUÉ DE ESTAS LINEAS Las páginas que tienes entre las manos no persiguen pasar a la historia por su calidad literaria –y mejor así, porque en caso contrario la frustración del autor sí que sería histórica–. Tampoco pretenden ser recordadas por su aportación al pensamiento filosófico o teológico –en este caso el desencanto sería de grado superlativo–. Ni siquiera se busca que constituyan un medio para el sustento de la numerosa prole del autor –no tengo intención de que mis hijos pasen hambre, mientras Dios me de los medios para mantenerlos dignamente, y desde luego no parece que estas líneas sean candidatas a figurar en ningún ranking de best sellers–.

    El origen de lo que tienes delante es totalmente subjetivo, y se fundamenta en aquella frase de la Sagrada Escritura: de la abundancia del corazón habla la boca. Es decir, responde a la necesidad de todo ser humano de comunicar a quien lo quiera escuchar la inmensa alegría que llevamos dentro. Probablemente, esta sea la palabra clave que ilumine todo lo que sigue: alegría.

    La alegría de haber visto a lo largo de los últimos años cómo la familia iba creciendo en número de componentes, con la aportación personalísima de cada uno de ellos.

    La alegría de haber contemplado el crecimiento individual de cada uno de los hijos en todos los elementos de su personalidad: como ser humano –inteligencia, virtudes, …– y como hijos de Dios.

    La alegría de haber sido testigos privilegiados del florecimiento de decisiones libérrimas de entrega de sus propias vidas a Dios y a los demás.

    Por eso, existe un impulso interior que lleva necesariamente a difundir esa alegría a los demás, a desear que otras muchas personas puedan participar de ese gozo. Y, en ocasiones, la boca, se queda corta para hablar de la abundancia del corazón, y se hace necesario coger la pluma o el tratamiento de textos para decir a quien lo quiera escuchar: ¡No seas majadero! ¡Deja a un lado ideas preconcebidas y miedos sin fundamento, y métete de lleno en la aventura de la felicidad! A QUIEN VA DIRIGIDO Estas ideas van dirigidas a…

    Podría intentar la definición de los posibles destinatarios de estas páginas. Pero, además de que será destinatario todo aquel que lo desee, permíteme que te hable en primer lugar de dos familias que conocí hace algún tiempo.

    CASO 1: MARIA Y CARLOS María y Carlos se conocían desde muy jóvenes. Los padres de ambos eran amigos y las familias tenían un trato frecuente. De hecho, Carlos era compañero de curso del hermano mayor de María. Al principio, Carlos veía a la que luego sería su mujer como “la pesada de la hermana de su amigo, que además era una pequeñaja”. Estaba entonces bastante lejos de adivinar lo que sería el futuro.

    Los dos habían crecido en el ámbito de una familia profundamente cristiana, y sus respectivos padres se habían preocupado de transmitirles una formación completa y consistente. Para ello, habían elegido cuidadosamente un colegio adecuado y coherente con las enseñanzas que sus hijos recibían en casa.

    Con el paso de los años, María dejó de ser “esa pequeñaja” para pasar a ser “María”, y Carlos ya no era “ese chico que no me deja en paz”, sino que era “Carlos”.

    Demos un salto en el tiempo: Carlos y María se casaron con veintiséis y veinticuatro años, respectivamente. Un año después nació Santiago.

    Puedes imaginarte –posiblemente no sea necesaria la imaginación, bastará con la memoria– la enorme alegría que inundó la casa: durante el noviazgo habían hablado en muchas ocasiones de sus hijos: cómo serían, qué nombre les pondrían, cómo les iban a educar… No siempre estaban de acuerdo, sobre todo en los matices. Pero compartían una visión y un proyecto común.

    Recogiendo las enseñanzas y el ejemplo de sus familias, tanto María como Carlos eran personas de profunda vida cristiana, así es que, de manera natural, educaron a sus hijos en esa vida de fe. Desde muy pequeños comenzaron a enseñarles oraciones cortas y elementales; a hablarles de la Virgen, su Madre; de los Ángeles Custodios… A medida que iban creciendo, la formación ganaba en consistencia. Pronto comenzaron a asistir a la Misa de los domingos con sus padres y, aunque a los niños se les hacía larga, entendían que estaban en la Casa de Dios y su comportamiento era absolutamente adecuado.

    Una de las decisión capitales en el seno del matrimonio se planteó en el momento de escolarizar a Santiago. Cerca de casa existía un centro docente. Ventajas: al estar tan cerca, el niño podría comer en casa e, incluso, dormir una pequeña siesta antes de volver a clase por la tarde; además, esa cercanía permitía a sus padres asistir con menos esfuerzo a las entrevistas con los profesores y a las reuniones de padres; por último, aunque no por ello menos importante, el coste del colegio era prácticamente nulo, porque se trataba de un centro subvencionado. Inconvenientes: no existía un ideario claro –en realidad, María y Carlos opinaban que no existía ideario– tanto en lo que se refiere a educación de la persona como en lo tocante a formación en la fe. Claro que, a lo mejor, esas carencias se podían suplir en casa…

    A través de unos amigos, conocieron otro colegio que les causó muy buena impresión. Desde la primera entrevista con el director se dieron cuenta de que les ofrecían lo que estaban buscando: una formación integral para su hijo, que abarcaba la vertiente intelectual, su educación como persona y una formación cristiana que marchaba paralela a la que ellos transmitían en su casa. Este centro presentaba dos inconvenientes: por una parte, se encontraba alejado de su domicilio: eso suponía que Santiago tendría que madrugar más; en segundo lugar, era bastante más costoso porque carecía de subvención.

    Después de varias conversaciones, decidieron que su hijo iría al segundo colegio. Para ello, habría que reducir gastos en la creciente familia –para entonces ya había llegado Teresa, la segunda de los hijos–.

    Demos otro salto en el tiempo. Santiago tiene quince años. Desde hace dos, suele asistir los sábados a un club juvenil con varios compañeros de clase. María y Carlos están encantados, porque conocen el ambiente que allí se respira y lo ven como una continuidad de lo que se vive en casa y en el colegio. Además, Santiago va muy contento ya que practica el baloncesto, que es su auténtica pasión. Y por si fuera poco, le hablan de ser mejor en casa, de ayudar a sus padres y hermanos, de preocuparse por los demás… ¡Que más quieren unos padres para un hijo en edad adolescente! Cierto día, a la vuelta del club, Santiago da a sus padres la gran sorpresa: ellos le habían notado inquieto desde hacía algún tiempo, pero lo habían atribuido a la edad. “Estará enamorado”, pensaban. Carlos había iniciado alguna conversación con su hijo, pero este prefería no decir nada. Y Carlos respetaba su intimidad. Sin embargo, ese sábado fue Santiago el que dijo a sus padres que quería contarles algo “sin hermanos delante”. Esa fue la primera sorpresa. La segunda era lo que les quería contar: había decidido entregar su vida a Dios.

    CASO 2: PEDRO Y TERESA Pedro y Teresa se conocieron en la Universidad: eran compañeros en la facultad de derecho. Desde el primer curso, Pedro se había fijado en Teresa: guapa, agradable en el trato, buena compañera… Solo tenía un “defecto”: era una “chapona”. Teresa, en cambio, no parecía reparar en exceso en Pedro. Sin embargo, a medida que iba conociéndole mejor, le empezaba a gustar aquel chico. Le llamaba la atención que, siendo simpático, era muy respetuoso con las compañeras de clase, algo poco habitual. Además, era un buen amigo: siempre disponible para ayudar en lo que fuera necesario. Su pequeño utilitario era conocido como “el taxi”, porque Pedro siempre estaba dispuesto a llevar a quien quisiera a su casa. A Teresa se le quedó muy grabado el día que, tras un largo examen que terminó a las nueve de la noche, Pedro salió quejándose de un fuerte dolor de cabeza. De hecho, no iba a asistir a la tradicional cerveza en el bar de la facultad. Al dirigirse a la salida, un compañero le pidió que le trasladara hasta su casa porque tenía prisa, a lo que Pedro se prestó sin aludir a su jaqueca.

    Teresa pertenecía a una familia de tradición cristiana, si bien en su casa la prioridad era que se educara como una “buena persona”: trabajadora, generosa, sincera… Sus padres no practicaban: la Misa dominical quedaba fuera del plan si no encajaba con el horario que habían previsto, algo que sucedía con gran frecuencia.

    Pedro provenía de una familia alejada de la fe. Por alguna reminiscencia del pasado, su padre no pisaba la Iglesia desde hacía varios años. Su madre, asidua devoradora de todo libro que caía en sus manos, había “decidido racionalmente” permanecer al margen de toda cuestión religiosa, tanto en su vida personal como en la educación de sus hijos. Sin embargo, años después Pedro resumía en dos ideas la educación que había recibido en su casa: la primera, le habían enseñado a ser “un hombre íntegro”, forjado en las virtudes humanas –lealtad, generosidad, reciedumbre…–; la segunda, le habían inculcado el respeto a los demás –ese respeto que a la larga le sirvió para que Teresa reparara en él–. En este sentido, Pedro recordaba que, a pesar del distanciamiento de sus padres con respecto a la Iglesia, jamás había escuchado de ellos una palabra de menosprecio hacia el Papa, los sacerdotes o las religiosas; es más, su padre no toleraba esas expresiones en su presencia.

    Teresa empezó a manifestar una cierta correspondencia hacia Pedro en el segundo curso, y en tercero ya eran novios. Se casaron dos años después de terminar la carrera, cuando ambos habían encontrado trabajo.

    Al año siguiente llegó Pilar. Omitiremos aquí las reacciones por ser comunes a las manifestadas por Carlos y María.

    Al igual que les sucedió a los protagonistas del primer caso, Pedro y Teresa se enfrentaron con la gran decisión: ¿a qué colegio mandamos a Pilar? Tras informarse cuidadosamente de las diferentes opciones, centraron el debate en tres centros: el primero, el colegio público que les correspondía por el lugar de residencia; el segundo, un centro regido por religiosas, también relativamente cercano a su casa; finalmente, un centro privado bilingüe. Las ventajas del colegio público se resumían en la cercanía y el bajo coste. Del colegio religioso les atraía la atención personalizada y el cariño que veían hacia los alumnos. Por motivos obvios, no les parecía relevante que transmitieran a Pilar una adecuada formación en la fe. Por último, en el tercer centro apreciaban el hecho de que fuera bilingüe, una muy aceptable calidad de la enseñanza, y la prioridad que en el ideario del colegio se otorgaba a la formación humana de la persona: formación exigente en las virtudes humanas. Desde el punto de vista religioso, este centro se manifestaba “neutral”: ni entraba ni salía.

    A pesar de que económicamente era el más gravoso, Teresa y Pedro se inclinaron finalmente por el colegio bilingüe.

    A medida que pasaban los años, Pilar destacaba entre sus compañeros como una alumna trabajadora –obtenía unos resultados brillantes–, buena compañera apreciada por todos –pronto fue elegida delegada de curso–, y correcta en el trato con los profesores. Realmente, era una digna hija de sus padres.

    A los trece años había formado una pandilla con otros compañeros de la clase. Solían reunirse de vez en cuando, habitualmente en la casa de alguno de ellos, a merendar y a ver algún vídeo. De manera especial, había entablado una amistad más profunda con Luisa, otra compañera. Este trato agradaba a Pedro y a Teresa porque Luisa era muy parecida a Pilar: trabajadora, buena amiga… Conocían a sus padres: compartían con ellos la mayor parte de las inquietudes y prioridades en materia de educación de los hijos. A diferencia de ellos, los padres de Luisa eran profundamente cristianos, y habían educado a su hija de acuerdo con esos principios. Evidentemente, en ese punto no había coincidencia, pero a Pedro y a Teresa no les parecía mal, porque apreciaban y valoraban el cariño y la lealtad que mostraban hacia Pilar tanto Luisa como sus padres.

    A los quince años, la pandilla había perdido fuerza, y Pilar y Luisa hacían planes por su cuenta. Comenzaron a asistir, junto con otro grupo de chicas amigas de Luisa y con las que Pilar pronto congenió, a un hospital de niños para jugar con ellos y entretenerles, los sábados por la tarde. Al mismo tiempo, todas ellas recibían una visión cristiana del sufrimiento y del servicio a los demás. A Pedro y Teresa les parecía muy bien que su hija prestara parte de su tiempo a “otras personas que habían tenido menos suerte en la vida”. Además, veían en esa actividad un modo de fortalecer a Pilar y de que aprendiese a valorar lo que tenía.

    Con dieciséis años, un sábado a la vuelta del hospital, reunió a sus padres después de cenar y les comunicó su decisión: había visto claro que quería dedicar su vida a Dios y a servir a los demás.

    A QUIÉN VA DIRIGIDO Posiblemente ahora será más fácil explicar quienes son los destinatarios fundamentales de estas páginas: Van dirigidas a María y Carlos, y a aquellos padres que, como María y Carlos han ido poniendo las bases para que sus hijos estén en disposición de recibir la llamada de Dios, mediante una educación profundamente cristiana.

    Van dirigidas a Teresa y Pedro, y a cuantos como ellos también han puesto a sus hijos en situación de escuchar esa misma llamada, en ocasiones sin saberlo, a través de una educación igualmente sacrificada para conseguir mujeres y hombres de una pieza.

    Van dirigidas a todos aquellos padres que, sin identificarse plenamente con María, ni con Carlos, ni con Teresa, ni con Pedro, se han encontrado con la “sorpresa” de una hija o un hijo que toma la decisión de poner su vida entera al servicio de Dios y de los demás.

    Van dirigidas a cualquier madre o padre que, por las edades de sus hijos, se encuentre en situación potencial de verse incluido en cualquiera de los tres grupos anteriores.

    A todos ellos y a ti, amigo lector, se dirigen estas ideas, con la intención de contagiar al menos un ápice de la alegría y la paz que transmite la entrega.

    ¿POR QUÉ LLAMA DIOS? He aquí la primera gran cuestión que nos podemos plantear, y no sin razón: si Dios ha creado todo de la nada, sin ninguna colaboración externa; si Dios ha llevado a cabo la gran obra de la Redención enviando al mundo a su propio Hijo; si Dios, en definitiva, como Omnipotente que es, no necesita de nadie ni de nada para actuar; ¿por qué llama a su servicio a determinados hombres y mujeres? Evidentemente, la argumentación tiene todo su peso. Y la respuesta no puede ser otra que el Amor.

    Por Amor hacia sus hijos, Dios permite que cada uno, en uso de su libertad, pueda elegir entre el camino de la correspondencia y el de la separación de su Padre.

    Por Amor, se queda con nosotros y a nuestra disposición en el Sacramento de la Eucaristía, expuesto a la desidia, al abandono o al desprecio de los hombres.

    Y por Amor quiere contar con la ayuda de algunos hombres y mujeres que, entregados a su servicio, estén dispuestos a dar su vida por la salvación de los demás.

    Ese Amor se pone de manifiesto, en primer lugar, hacia los propios elegidos, haciéndoles participar de la felicidad que conlleva la intimidad con Dios. Quizás al lector, madre o padre, le resulte sencillo entender esta argumentación pensando en tantas ocasiones en las que ha pedido la “inestimable colaboración” de un hijo pequeño para llevar a cabo cualquier tarea en el hogar. Probablemente, en la mayor parte de los casos, el pequeño entorpecía más de lo que ayudaba. Pero al final, ¡qué gran satisfacción experimentaba al ver la labor realizada “entre los dos”! Y en segundo lugar, hacia el resto de la humanidad, poniendo a su alcance a otros hombres y mujeres como ellos, con sus mismas dificultades, con sus mismas debilidades, que les entienden, y que consecuentemente están en una disposición inmejorable para prestarles ayuda y consejo. Es cierto que Dios podría haber establecido “por escrito” el camino a recorrer, y que cada cual actuase en consecuencia. Pero como Padre que es, conocedor de la condición humana, prefiere poner un grupo de escogidos al servicio de sus semejantes para que esa cercanía nos facilite el camino del Cielo.

    Como en otras muchas cuestiones, el recurso al análisis de la historia facilita la comprensión de los argumentos. Basta con la lectura de los Hechos de los Apóstoles para darse cuenta de cómo se producía la elección de los ministros entre los primeros cristianos, y como los designados tenían claramente asumido su papel de privilegiados y, simultáneamente, de servidores de los demás.

    Esta visión de la llamada divina se ha mantenido a lo largo de los siglos. Tradicionalmente, para toda familia cristiana era un signo de predilección contar entre sus miembros con alguno o algunos que entregaran su vida a Dios. Con esta concepción, aplicando unos criterios educativos coherentes, y dado que habitualmente las familias tenían un número de hijos considerable, lo normal era que efectivamente surgieran en su seno las vocaciones.

    En las últimas décadas este proceso se ha visto frenado debido a la alteración de los factores anteriores: la generalización del denominado “estado del bienestar”, con sus componentes positivos –mejora en las condiciones de vida– pero también negativos –exaltación del consumismo hasta los máximos niveles– hacen que cualquier concepción de la vida como servicio, sobre todo si va acompañado de importantes dosis de renuncia como es el caso, sea rechazada como algo abominable. Si a eso añadimos que las familias distan mucho de ser numerosas, la consecuencia lógica es que el número de personas decididas a entregar su vida a Dios descienda alarmantemente.

    Puedes estar seguro, amigo lector, de que esta sociedad que hoy se encuentra emborrachada de autocomplacencia y satisfacción por los logros que se van alcanzando año tras año, se lamentará a no mucho tardar al ver las consecuencias que se siguen de su comportamiento egoísta. Por eso, hoy más que nunca, Dios necesita de un puñado de hombres y mujeres, rebeldes con causa, que no tengan reparo en dedicar todo su tiempo y todas sus energías en gritar a sus semejantes que abandonen esos caminos de egocentrismo que sólo llevan a la desgracia y busquen la verdadera felicidad: la correspondencia al Amor.

    LA LLAMADA, SIGNO DE PREDILECCIÓN Como te recordé antes, la tradición cristiana ha identificado a través de los siglos la vocación como un signo de predilección divina.

    Esta visión no se corresponde, por decirlo en términos coloquiales, con una costumbre que se ha ido transmitiendo de generación en generación sin un motivo claro. Por el contrario, tiene su fundamento profundo en la Sagrada Escritura. Recuerda cómo para los primeros cristianos la elección de sus ministros se llevaba a efecto entre aquellos que por diversas circunstancias podían desarrollar mejor su labor. Además, vemos reiteradamente en los Hechos de los Apóstoles que antes de tomar la decisión pedían las luces adecuadas al Espíritu Santo.

    Por otra parte, tenemos la experiencia de tantos hombres y mujeres de Dios –santos y santas–, que han saboreado con un íntimo y especial deleite aquella frase de la Escritura: ego vocavi te nomine tuo, meus es tu, yo te he llamado por tu nombre, eres mío. El Señor llama a cada uno de manera individual, por su nombre, por su apelativo familiar. Cada persona, con sus peculiaridades, con sus virtudes y defectos, con su carácter, ha sido llamado por Dios para tener con El un trato de intimidad, para tener en El a su mejor Padre, a su mejor Amigo. Estas características que definen a la vocación cristiana común a todos los bautizados, cobran su mayor esplendor en el caso de la llamada a la entrega total. Aquí es como si Dios dijera al elegido: de entre todos mis hijos, he pensado que seas tú el que te encargues de mis asuntos. Te otorgo ese privilegio.

    Pero posiblemente el ejemplo más claro lo encontramos en el Evangelio, cuando narra cómo Jesús elige a los Apóstoles: sin duda, podía haber buscado entre los más brillantes sabios de la época, y haber removido su corazón; también podría haber designado a un colectivo, a un grupo ya formado. Sin embargo, fue buscando a los que El quería, y llamándoles de manera individual, por su nombre, en el lugar donde cada uno desarrollaba su actividad –a unos en la barca de pescador, a otro tras la mesa de los tributos…–. Imagina como sería esa llamada para que todos ellos, dejándolo todo, le siguieran. Con esa misma fuerza –la fuerza que otorga el Amor, que es compatible con el respeto a la libertad– sigue llamando hoy el Señor a su servicio. Y el que escucha esa voz, como les sucedió entonces a los Apóstoles, no puede por menos que responder con un sí incondicional.

    Ahora, amigo lector que te encuentras en tu condición de madre o padre, intenta por un momento ponerte en la piel de tu hija o de tu hijo. Imagina la inmensa felicidad de su alma cuando sienta que es su nombre el que sale de los labios de Jesús, y que con toda su libertad y con toda su decisión responde al Señor, como el joven Samuel del Antiguo Testamento: ecce ego quia vocasti me, aquí estoy, Señor, porque me has llamado.

    Si has conseguido ponerte en el lugar de tu hijo, ya te habrá contagiado una pequeña parte de esa felicidad, de esa alegría y de esa paz difícilmente descriptibles. Como madre, como padre, que desde el primer momento has buscado lo mejor para tu hija o para tu hijo, estarás inundado de satisfacción.

    Pero por si todavía no he conseguido transmitirte esos sentimientos, déjame que lo intente con un razonamiento mucho más humano: ¿Cuál sería tu reacción si te comunican que tu hija ha sido seleccionada para representar a tu país en los juegos olímpicos? ¿Cuál si designan a tu hijo como componente del equipo nacional en unos campeonatos del mundo? ¿Y si alguno de ellos es elegido para desempeñar un cargo público de elevada responsabilidad? No conozco ningún padre que acogiese con pesar o indiferencia cualquiera de las situaciones anteriores. Entonces, ¿cómo deberías sentirte en tu papel de padre si el que elige no es un seleccionador deportivo, o un gobernante, sino el mismo Dios? ¿Y si, además, sabes que la recompensa no es una medalla de metal o unos ingresos más o menos saneados, sino el ciento por uno, y la Vida Eterna? LA RESPUESTA Permíteme, querido lector, que a estas alturas de nuestra conversación tenga una confidencia contigo: como hombre de ciencias, siento un cierto mareo después de haber escrito varias páginas sin introducir un solo número. Como el tema no es propicio a las cifras, deja que me vacune introduciendo una fórmula matemática, un “teorema” que me he formulado: FELICIDAD = f ( RESPUESTA ); f’ > 0 Si eres colega, ya habrás descifrado el mensaje; en caso contrario, no te preocupes: lo traduciré al lenguaje habitual. La felicidad de la persona que recibe la llamada de Dios está en función de su respuesta. Cuanto más generosa sea esta, mayor será su felicidad. Este “teorema” tiene una segunda parte: es igualmente aplicable a sus padres.

    Procedamos a su demostración. Cada vez resulta más evidente algo que, para cualquier mínimo conocedor del género humano, era ya irrefutable: el hombre tiene necesidad de trascendencia. Nadie como San Agustín, experimentado luchador herido en cientos de batallas, lo ha expresado con tanta claridad: Dios nos creó para El, y nuestro corazón no descansará hasta que le alcancemos. Y digo que cada vez resulta más evidente por la simple observación del mundo que nos rodea y en el que nos encontramos: ante un abandono progresivo de toda visión trascendente, ante la invasión masiva de planteamientos materialistas –lo que importa es tener– y hedonistas –la búsqueda del placer como bien supremo–, el hombre se encuentra profundamente insatisfecho, y en los últimos años proliferan de manera espectacular las organizaciones de carácter filantrópico (ONG, movimientos de solidaridad), que desarrollan una labor muy positiva de atención y ayuda a los más necesitados. Sin embargo, resulta triste verificar que cuando detrás de las personas implicadas en estas actividades no existe una visión trascendente, terminan con una sensación de impotencia y frustración ante lo que, por inevitable, les parece injusto. Ciertamente, por mucho que los conocimientos técnicos avancen de año en año, jamás lograrán vencer totalmente al dolor –físico o psíquico– y a la muerte. Si se carece de la visión cristiana –no resignación ante lo inevitable sino valoración positiva del dolor como participación en la Cruz de Cristo–, la consecuencia ineludible es la amargura y la tristeza ante la impotencia humana.

    Por el contrario, cuando esos deseos de trascendencia se enfocan de acuerdo con lo que exige la naturaleza humana, el servicio a los demás como consecuencia de una entrega a Dios y de una vida de intimidad con El, todo –lo positivo y lo que consideramos negativo– cobra una dimensión diferente, adquiere un sentido que de otra manera nunca acertamos a descubrir, y se entiende en toda su hondura la expresión de San Pablo: todo es para bien. La consecuencia lógica es la paz y la felicidad de la persona.

    Existe un segundo argumento para consolidar nuestra tesis: uno de los factores que más puede alterar la estabilidad de la persona es la inseguridad: como madre o como padre recordarás, posiblemente, algunos de los peores momentos de la vida de tu familia, y es muy probable que bastantes de ellos los identifiques con situaciones de enfermedad de algún hijo, sobre todo antes de conocer el diagnóstico exacto. O tal vez ante momentos de inseguridades económicas.

    Muy superior es el desasosiego ante la duda a la hora de tomar decisiones trascendentales. Y la decisión de mayor enjundia podría definirse como ¿qué hago de mi vida? Cuando un adolescente se plantea esta cuestión, es lógico que le invada la intranquilidad.

    Te pido de nuevo que intentes ponerte en la piel de tu hijo. Se presentan ante ti dos caminos, y sabes que tu elección va a condicionar gran parte de tu vida futura. Estás nervioso, inquieto. Imagina ahora que, en un determinado momento, ves con nitidez cuál es el camino adecuado y, a pesar de que parece más escarpado, tomas la decisión firme de seguirlo. ¿Cuál no será tu paz, después de los momentos de duda pasados, cuando des el primer paso? Tu hija, tu hijo, ha pasado por el mismo trance. Hasta que, en un momento de especial intimidad con Dios, ha conocido su Voluntad, y ha decidido cumplirla. A partir de ese instante, la paz y la serenidad han invadido su alma.

    La segunda parte del teorema, la que atañe a la felicidad de los padres, presenta la paradoja de que, siendo la más difícil de detectar a simple vista, exige sin embargo menos demostración.

    En efecto, la primera idea que le puede venir a la cabeza a un padre cuando su hijo le comunica una decisión de entrega de su vida, es la del alejamiento físico del hijo. En ese momento, cualquier otra consideración suele pasar a un segundo plano.

    Si alguna vez experimentas, o has experimentado esta sensación, no te preocupes: se trata de la reacción lógica del corazón. Basta que dejes pasar los primeros momentos. Entonces, ese mismo corazón, y la cabeza, te dirán –lo sabes bien– que tu felicidad correrá paralela a la de tu hijo; que en la medida que le veas contento y sereno, tú también lo estarás. Y si pasados esos primeros momentos la paz sigue sin llegar a tu alma, te sugiero que busques ayuda y comprensión: habla con alguien que, como tú, haya pasado por ese trance. O con alguien que conozca bien a tu hijo, a tu hija. Desahoga tu intranquilidad; no te quedes con ella dentro: es mejor echarla fuera para que deje sitio a la alegría y a la paz.

    Además, ¿no recuerdas la promesa de Jesús para los que le sigan? Aquel que deje todo para acompañarle recibirá el ciento por uno en la tierra, y la Vida Eterna. ¿Qué más quieres para tu hija, para tu hijo? Y por otra parte, ¿qué no tendrá preparado Dios, que es ante todo Padre, y que entregó a su Hijo, para aquellos que, identificándose con El, entreguen también a sus hijos a su servicio? ¿Y si, además, esa entrega se hace con alegría, que es compatible con el dolor propio del corazón de madre o de padre? Deja pasar el tiempo. Comprobarás la realidad de la promesa evangélica: no habrás “perdido” un hijo: habrás ganado centenares de hijos, que estarán a tu lado permanentemente.

    Apoyado en su incuestionable autoridad, avalada por la experiencia propia y ajena, nos transmite esta idea Juan Pablo II: “A los padres les digo, confiando en su sensibilidad cristiana, nutrida de fe viva, que podrán ellos gustar la alegría del don divino, que entrará en su casa, si un hijo o una hija es llamado por el Señor a su servicio”. (Juan Pablo II. Mensaje para la XXIX jornada mundial de oración por las vocaciones. Vaticano, 1 de noviembre de 1991).

    LAS GRANDES PREGUNTAS Llegados a este punto, el sentimiento materno y paterno hace que nos planteemos algunas preguntas fundamentales relativas a la vocación del hijo. Intentaré darte adecuada respuesta a cada una de ellas.

    ¿POR QUÉ MI HIJA/O? Esta cuestión presenta una doble vertiente. Dicho de otro modo, los padres podemos plantearnos esta pregunta en un doble sentido.

    Un primer sentido sería el de aquellos que, asumiendo en su totalidad todo lo expuesto hasta el momento, ven en la llamada divina a su hijo una bendición inmerecida. A estos tan solo cabe decirles que den muchas gracias a Dios, y sigan rezando por sus hijos.

    El segundo sentido, más habitual y absolutamente comprensible, es el de los padres que se plantean si no existirán otras y otros a los que “complicar la vida”: ¿por qué a mi hija, y no a la hija de mi vecino, o a la compañera de clase? Antes de contestarte, déjame que te insista en que la vocación de un hijo es un signo de predilección del Señor, en primer lugar hacia el propio hijo, y en segundo lugar y por extensión, a su familia.

    ¿Quieres saber porqué Dios ha complicado la vida de tu hijo, y la tuya? 1.– Porque durante los años anteriores, has trabajado muy bien esa tierra para dejarla en disposición de que el Señor siembre, la semilla agarre, y dé como resultado un buen árbol. Posiblemente –casi con toda seguridad– cada vez que metías el arado pensabas en cualquier cosa menos en que estabas preparando el terreno a Jesús. Pero como lo has hecho muy bien, como has obtenido un hijo de Dios alegre, generoso, sincero, trabajador, leal, incluso con vida de trato con su Padre, ha llegado el Sembrador y ha dicho: “esta tierra la quiero para mí, para que crezca en ella uno de mis mejores árboles”.

    Piensa que, aunque para Dios todo es posible, y en cualquier momento caben las conversiones “a lo San Pablo”, lo más habitual será que Jesús no recurra a las caídas del caballo, sino que elija a sus amigos más cercanos entre aquellos que tienen una base sólida, en vida cristiana y en virtudes humanas, para escuchar su llamada y responder afirmativamente.

    Además, no olvides que San Pablo, siendo todavía Saulo, era un gran perseguidor de la Iglesia; pero al mismo tiempo, era un gran hombre, lleno de virtudes humanas. Por eso, de un gran perseguidor salió un gran Apóstol.

    2.– Porque Dios tiene todo el “derecho” a llamar a quien quiera. No pierdas de vista que los padres recibimos a los hijos en depósito, no como propiedad. Por más que nos empeñemos, y en ocasiones nos empeñamos más de la cuenta, nuestras hijas y nuestros hijos volarán. Antes o después saldrán de casa, como lo hemos hecho nosotros, y como lo hicieron nuestros padres. Entonces, ¿cómo podemos extrañarnos de que quiera marcharse con Jesús, y no nos llama la atención que se vaya con una mujer o con un hombre? Por último, déjame que te cuente algo que he oído en muchas ocasiones de labios de San Josemaría Escrivá: el noventa por ciento de la vocación se debe a los padres. Piénsalo despacio. Saboréalo. Llénate de orgullo. Y de responsabilidad.

    ¿NO SON DEMASIADO JÓVENES? Como puedes ver, amigo lector, vamos subiendo el nivel de categoría en las preguntas. Cuando nos planteamos dudas acerca de la temprana edad de nuestros hijos para tomar una decisión de este calibre, es porque de un modo más o menos explícito hemos asimilado la sorpresa inicial, hemos entendido la bendición que supone esa vocación, e incluso aceptamos que Dios tiene todo el derecho a elegir a nuestro hijo.

    La aparición en los padres de ese vértigo ante la toma de decisiones trascendentes en los hijos adolescentes es algo, no solamente comprensible, sino incluso te diría que propio de la naturaleza de padre. Es una manifestación más de nuestro instinto de protección. Por eso, si notas desasosiego interior, si te asusta la sola posibilidad de que tu hija o tu hijo equivoquen el camino a una edad tan temprana, no pienses que te estás dejando llevar por tu egoísmo. Habitualmente –tú lo sabes mejor: examina tu conciencia– no es así. Para los padres, los hijos nunca dejan de ser “demasiado jóvenes”: cuando comienzan su andadura escolar, nos parece que son muy pequeños; en el momento de elegir entre las diversas opciones que ofrecen los planes de estudio, pensamos que aún no tienen capacidad de discernir, y que siempre optarán por lo que les resulte más fácil; para qué hablar de la entrada en la Universidad: en ocasiones constituye un auténtico dilema familiar la elección de la carrera adecuada.

    Sin embargo, ellos nos demuestran una vez tras otra que nuestros temores suelen ser infundados: normalmente se equivocan menos de los que nosotros presumimos.

    La decisión de entregar la vida es, ciertamente, de gran trascendencia. Pero hay diversos motivos que deben llevarte a una gran paz interior ante esta situación.

    En primer lugar, no pierdas nunca de vista que es Dios quien elige. Y para Dios no existe el tiempo. El llama a los que quiere, y cuando quiere.

    En la Sagrada Escritura encontramos ejemplos de personas que descubrieron su vocación en diversos momentos de la vida. A Samuel le llama Dios cuando era un niño; a San Juan, siendo aún un adolescente –y fue el discípulo predilecto–; también en la adolescencia sugiere Jesús una entrega total al joven rico del Evangelio –él no respondió a esa llamada, y constituye el único caso de alguien que, después de acercarse al Señor, se marchó “triste”–; el resto de los apóstoles reciben su vocación siendo ya hombres maduros. ¿Vamos a ser nosotros quienes impongamos a Dios un calendario? Por otra parte, en ocasiones los padres pensamos que antes de tomar una decisión de este calibre, nuestros hijos deberían conocer “otras opciones”.

    Pienso que, aparte de que tus hijos y los míos –en la mayor parte de los casos por desgracia– “conocen más mundo” que tú y que yo cuando nos casamos, la respuesta a la vocación divina no depende del grado de conocimiento de otras alternativas, sino de la madurez en el trato con Dios.

    Además, ¿no te parece una contradicción lamentable la de tantos padres que “alejan a sus hijos del peligro de que se compliquen la vida”, y sin embargo no obstaculizan o incluso fomentan que esos mismos adolescentes frecuenten ambientes y actividades que presentan riesgos inmediatos de caer en situaciones objetivamente nocivas? Pienso ahora en aquellos que impulsan a sus hijos a participar en diversiones en las que, con facilidad, tienen acceso a alcohol, tabaco, drogas, promiscuidad sexual, etc., con la finalidad de “que no se queden aislados”, “introducirles desde jóvenes en el mundo” o, incluso, “que se le vayan los pájaros de la cabeza” –así llaman a los deseos de entrega–. Posiblemente nunca se pararon a analizar su responsabilidad como padres, y las cuentas que deberán rendir como administradores de algo que no les pertenece.

    Existe un último “razonamiento”, el más sibilino, para sembrar en el alma de una madre o de una padre la inquietud ante la vocación del hijo: ¿no será esta decisión fruto de un ímpetu juvenil transitorio, condicionado por el ambiente que le rodea –amigos, compañeros, incluso la propia familia–? Nosotros, los padres, que conocemos tan bien como el que más el mundo que nos rodea, que sabemos el ambiente que nuestros hijos se encuentran en la calle, somos conscientes de que en esta sociedad nada empuja a tomar decisiones de entrega. Más bien al contrario, la presión que experimentan los jóvenes –una presión brutal– les lleva sin ningún tipo de esfuerzo a una vida gobernada por el materialismo, la búsqueda del placer físico y el deseo de triunfo por encima de todo. Es posible que en otros momentos de la historia los factores externos condicionaran muchas decisiones de entrega, pero pensar que en la actualidad se reproducen esos factores supone, al menos, desconocer el suelo que pisamos, cuando no buscar una excusa que disfrace nuestra falta de generosidad. Por eso he calificado este argumento de sibilino.

    Deja que sea de nuevo San Josemaría Escrivá quien te lo explique mejor, respondiendo a una pregunta que, en este mismo sentido, le hace un padre: “Si Dios les llama, dejadles tranquilos, serenos; y pedid por su perseverancia. La vocación nunca es el entusiasmo de un momento: supone siempre sacrificio grande, vencimiento propio y soltarse, además, de todas las cosas que tenemos alrededor. Eso sí que es ser rebeldes. Esta es la gran rebeldía: la del alma que no quiere ser bestia, que desea tratar a Dios con intimidad, y darle el corazón plenamente”. (San Josemaría Escrivá, tertulia en el colegio Gaztelueta, Bilbao, 12 de octubre de 1972) Te anticipo desde ahora unas líneas al final acerca de esa rebeldía.

    ¿Y SI SE EQUIVOCAN? A estas alturas, ya hemos asumido la decisión de nuestro hijo, la valoramos –siquiera parcialmente– en lo positivo que tiene, e incluso entendemos que la edad no es un obstáculo para entregar la vida. Sólo nos queda una última duda: ¿y si, con el paso del tiempo, se da cuenta de que se ha equivocado? ¿No quedará, entonces, en inferioridad de condiciones con respecto a los de su entorno? Esta cuestión requiere una respuesta diferenciada, en función de las circunstancias personales de cada uno. Sin duda, cuando alguien que ha tomado una decisión de compromiso decide volver atrás tras un periodo prolongado de tiempo –es difícil cuantificar, situémonos en la madurez–, los años transcurridos dejan una huella y, en ocasiones, condicionan el devenir de su vida. Pero eso no sucede únicamente con la vocación: pensemos en el caso de un matrimonio que, con el paso del tiempo, descubren una incompatibilidad; o en aquellos que al cabo de los años piensan haber equivocado su trayectoria profesional. El ser humano, por su propia naturaleza, es susceptible de acertar o de errar. Pero el miedo a equivocarse no puede suponer un freno a la hora de tomar decisiones. De ser así, nunca caminaríamos, ya que para andar es necesario poner un pie en el aire. Es cierto que la sociedad actual no ayuda a tomar decisiones, sobre todo si suponen un elevado grado de compromiso, y a mantenerlas hasta el final luchando contra los obstáculos que puedan aparecer. Por el contrario, la tendencia es a proteger al dubitativo, dejando siempre cubierta la retirada. En este siglo, Hernán Cortes hubiese sido tildado de loco por quemar sus naves. Pero no podemos olvidar que una de las características que marcan la frontera entre el adolescente y la persona madura es su capacidad para responder de las decisiones tomadas. Y no podemos consentir que nuestros hijos sean adolescentes de por vida.

    No obstante, el caso anterior no es ni el más habitual ni el que más debe preocupar a un padre. Por eso, centraremos la cuestión en el temor a que el hijo o la hija que responde a la llamada de Dios no persevere en su decisión en un plazo más o menos corto. Parte de la argumentación anterior sigue siendo válida, ya que, en cualquier caso, todo avance implica un determinado grado de riesgo. Pero, además, existen otros argumentos que en ocasiones me he formulado y que no quisiera dejar pasar.

    Por una parte, no debemos olvidar que la Iglesia es Madre, y que por lo tanto tiene ese mismo deseo de protección hacia sus hijos, tan propio de la condición maternal. Por eso, sea cual sea el camino elegido para la entrega a Dios, se establecen siempre unos periodos de prueba –por cierto, mucho más prolongados que la mayor parte de los noviazgos–, antes de los cuales no es posible tomar una decisión definitiva.

    En segundo lugar, pienso que si en el transcurso de ese tiempo mi hija o mi hijo descubre que el camino iniciado no es su verdadera vocación, tengo presente que: 1.– No ha fracasado. Jesús nos ha dicho que nadie que dé un vaso de agua a un discípulo suyo quedará sin recompensa. Mucho más si lo que se está dispuesto a entregar es la propia vida.

    2.– Ha sido generoso. En un momento de su vida, ha aparcado sus proyectos, sus objetivos humanos –lícitos–, y ha decidido poner toda su vida en manos de su Padre Dios, con total disponibilidad. Esa entrega constituye un rasgo de suprema generosidad. Y, puedes estar seguro, Dios no se deja ganar en generosidad.

    3.– Ha crecido en vida interior. A lo largo de todo el tiempo transcurrido desde que tomó la decisión de seguir la llamada, ha intensificado el trato con Dios: ha tomado por costumbre hablar con su Padre; contarle sus alegrías y penas; desahogar en Él sus preocupaciones y agobios; darle gracias de manera habitual por todo lo bueno; pedirle perdón por sus errores; acudir a Él en busca de la fuerza que precisa docenas de veces a lo largo de la jornada. En definitiva, casi sin darse cuenta, se ha convertido en alma de oración. Con una adecuada ayuda, y con el ejercicio de su voluntad, ese hábito de hablar con Dios ante cualquier circunstancia le acompañará durante toda su vida. Es decir, habrá adquirido un barniz que le llevará a estar en contacto permanente con el mejor Consejero, con el mejor Amigo, ante cualquier circunstancia de su vida.

    4.– Ha luchado y ha adquirido virtudes humanas. La entrega de la propia vida supone, ya desde el primer momento, el ejercicio continuado de las virtudes humanas: fortaleza y reciedumbre para vivir contra corriente; sinceridad total para dejarse moldear a la medida del Señor; generosidad para dejar de lado todo aquello que estorbe a la vocación… y tantas otras que han ido saliendo y saldrán a lo largo de estas páginas. Ese ejercicio continuado, y más en una etapa de formación de la persona como es la adolescencia, genera la asunción de las virtudes, que quedan incorporadas a la propia personalidad para siempre.

    Como padres experimentados, sabemos que determinados hábitos buenos –virtudes– se adquieren con mayor facilidad en una edad que en otra. Si mi hijo no ha aprendido a ser ordenado con tres, cuatro o cinco años, será más complicado que adquiera el hábito del orden a los dieciocho. Es como andar en bicicleta: es más fácil aprender en la infancia que en la madurez. De manera similar, el fortalecimiento de esas virtudes, su consolidación y, lo que es fundamental, su asunción razonada –el hábito y el porqué– se produce en la época adolescente. Durante esos años, la persona es aún maleable, muy vulnerable a determinados peligros pero, paralelamente, susceptible de fortalecer las componentes más positivas de su personalidad. Después, será cuestión de seguir ejercitándose.

    5.– Ha recibido una profunda formación cristiana. De forma paralela –y necesaria– al crecimiento de la vida interior, se va recibiendo una profunda formación que abarca diversos aspectos –ascética, doctrinal, espiritual…–, y que supone un fundamento excepcional para toda la vida, con independencia de cuales sean las circunstancias que rodeen a la persona.

    6.– Además, y como padres lo que sigue no deja de tener una importancia significativa, mi hija o mi hijo habrán pasado una etapa tan crítica como la adolescencia en un ambiente inmejorable.

    Ahora, querido lector, te propongo una prueba: intenta olvidar por un momento el contexto de estas líneas; prescinde de todo lo que has leído. Cuando te encuentres en esa disposición, relee únicamente los seis puntos anteriores. Imagínate a tu hija, a tu hijo, adornado con esas seis cualidades. Y respóndete, si eres capaz, que no las deseas para ellos. ¿No sientes el impulso de preguntar “donde hay que firmar”? ¿QUÉ HACER EN EL MOMENTO? A estas alturas de la historia, es muy probable que hayas asumido la entrega de tu hija o de tu hijo, e incluso que te vaya invadiendo una sensación de paz que antes no sospechabas. También es posible –así lo espero– que las dudas que te asaltaban se estén diluyendo a medida que haces tuyos los razonamientos anteriores. Si es así, te aseguro que estás cerca de dar el gran paso: ponerte a disposición de la vocación de tu hijo; empeñarte en facilitar su perseverancia en todo aquello que dependa de ti.

    Por lo tanto, pregúntate –si es que no lo has hecho ya–: ¿cómo debo actuar ante este nuevo rumbo que toma la vida de mi hijo?; ¿qué debo hacer? Lo primero que debes tener presente es que, en los componentes esenciales de vuestra relación hija/o – madre y padre, nada ha cambiado. Esto tiene dos implicaciones: por una parte, tú continúas siendo el máximo responsable de la educación de tu hijo, el más interesado en que alcance su objetivo final; por lo tanto, la nueva situación no supone para los padres un “lavarse las manos”. En segundo lugar, como ya te recordé anteriormente, tus hijos te han sido entregados en depósito, y este convencimiento debe llevarte a rectificar de manera constante la intención: los hijos son de Dios, y los padres debemos buscar siempre que cada día estén un poco más cerca de su Padre.

    Además, debes asumir que su entrega es un ejercicio y una consecuencia de su legítima libertad. No nos corresponde a los padres poner trabas a ese ejercicio, sino muy al contrario, facilitar que su respuesta a lo largo del tiempo sea consecuente con la elección inicial. Esto no significa, como ya veremos, que nuestra labor a partir de este momento se limite a asentir a cualquiera de sus deseos; se trata de poner al servicio de su fidelidad nuestra mayor madurez, nuestra experiencia y la visión de futuro de la que pueden carecer nuestros hijos – al fin y a la postre, adolescentes–. Para ello, no puedes perder de vista la rectitud de intención a la que antes hice referencia.

    En tercer lugar, no sometas a tu hija o a tu hijo a “pruebas” que contrasten la firmeza de su vocación. La mayor prueba la tienen en el mundo que les rodea: será frecuente que los amigos, compañeros, algunos familiares, etc., ni entiendan ni compartan su decisión. Por eso, necesitan de la figura firme de sus padres, de la seguridad que les podemos transmitir, que les haga dejar de lado esas incomprensiones de los que están a su alrededor. Por otra parte, te das perfecta cuenta que el entorno social –la calle, las diversiones, televisión, publicidad…– no suponen precisamente una ayuda para la vida de renuncia y de entrega. ¿Vas a ser tú un colaborador –por tu ascendiente de madre o de padre, un valiosísimo colaborador– de los que ponen todo su empeño en que tu hijo abandone el camino iniciado? Deja que sea otra vez San Josemaría Escrivá quien, con palabras fuertes, te lo explique mucho mejor: “Se me vienen a la memoria unos versos de Cervantes: Que es de vidrio la mujer Pero no debes probar Si se puede o no quebrar Que todo podría ser.

    De manera que no pruebe si puedes quebrar. ¡Que te deje tranquilo! Mamá ahí está equivocada. Debe desear que tú no hagas probatinas; que son ofensas de Dios. Si no te deja en paz, perderá ella su paz, enredará su conciencia y pondrá su vida eterna en compromiso.”(San Josemaría Escrivá, tertulia en el teatro Coliseo de Buenos Aires, 23 de junio de 1974) Permíteme, amigo lector, una confidencia: aunque desde el principio he pretendido que el tono general de estas líneas fuera muy positivo, no sería noble por mi parte silenciar el desasosiego y la tristeza que produce la actitud de ciertos padres empeñados en obstaculizar la vocación de sus hijos. Es lamentable comprobar como en ocasiones las mayores dificultades para la perseverancia en una decisión de entrega provienen del ámbito familiar, que olvida que el primer mandamiento (amar a Dios sobre todas las cosas) no se enfrenta ni anula al cuarto mandamiento (amar a los padres). Haré, por lo tanto, un paréntesis en esta tónica optimista, y te contaré una historia.

    En pleno siglo XIV, una joven de diecisiete años, Catalina de nombre, decidió entregar su vida a Dios. “¡Te casarás aunque se te rompa el corazón!”, fue la respuesta que recibió de su madre. “¡No te dejaremos en paz!”.

    Catalina contó con el apoyo de su padre, que entendió la elección de su hija. Sin embargo, su madre rechazó en todo momento el camino elegido por Catalina. En ocasiones la oposición era silenciosa; otras veces, explícita y virulenta.

    Siendo todavía joven, Catalina consiguió poner punto final a uno de los episodios más lamentables de la historia de la Iglesia: logró el regreso del Papa a Roma, abandonando Avignón. Falleció antes que su madre, que fue testigo presencial, y supongo que también perpleja, de la solemne procesión con las reliquias de su hija. ¿Te imaginas que las presiones maternas hubieran triunfado sobre la decisión de la hija? ¿Cómo habría sido la historia de la Iglesia sin Santa Catalina de Siena? Estoy convencido de que tu modelo de comportamiento, amigo lector, no será el de la madre de Catalina. Por eso, una vez satisfecha la necesidad de poner de manifiesto todas las actitudes posibles ante la vocación de los hijos, cierro el paréntesis y recupero el hilo argumental.

    Habla con Dios. Habla de ellos, y pide por ellos. Siéntate tu solo, en intimidad con tu Padre, y hablad los dos de aquella hija, de aquel hijo, que ahora compartís de una manera tan especial. Cuéntale tus agobios, tus inquietudes, tus temores. También tu alegría, tu satisfacción. Dile cómo, de un tiempo a esta parte, quieres a tu hija o a tu hijo de un modo diferente –no diré que más, pero sí diferente–. Deja que Él te conteste: escúchale. Verás que esos temores, esas inquietudes se desvanecen, igual que cuando tú acudes a ayudar a tus hijos pequeños ante una “dificultad insuperable” que desaparece en cuanto intervienen mamá o papá. Y pídele por su fidelidad. Pídele que te ilumine para que, en tu papel de padre, sepas actuar en cada momento de la forma que más ayude a su perseverancia final. Te aseguro que Él está más empeñado que tú.

    ¿No te parece lo más natural? Si tu hijo o tu hija se “ennoviaran”, ¿no te apresurarías a conocer al candidato/a? ¿No estarías pendiente de hablar con él, de saber cómo piensa…? Es posible que todo esto te resulte un poco sorprendente, que no te lo hayas planteado nunca. Incluso puede suceder que no tengas demasiada práctica en ese diálogo confiado y distendido. A lo mejor necesitas ayuda. Coméntalo con un buen sacerdote, que te comprenda, que te aconseje. Te haré una sugerencia: pide consejo a tu propia hija, a tu propio hijo. ¿Qué mejor ayuda que la del mismo sacerdote que le conoce a él? Además, ¿te imaginas la alegría y la satisfacción que le vas a dar? Después, no te olvides de agradecer a Jesús el “detalle” que ha tenido contigo y con tu familia: el privilegio de elegir de entre toda la humanidad a uno de los tuyos para su servicio. Y finalmente, déjate inundar por la alegría y la paz.

    Si todo lo anterior te parece largo y complejo, te ofrezco otra alternativa: cuando te asalte la duda de cómo actuar, ponte en el lugar –o mejor, a su lado– de la Virgen María y de San José. Medita con tranquilidad la escena en la que Jesús, con doce años, se queda en el templo sin que sus padres lo perciban. Imagina la preocupación y la angustia que experimentarían al perder a su Hijo, que era además el Hijo de Dios, que les había sido confiado. Aprende de ellos la lección de entrega –renuncian a su Hijo por Amor de Dios–, humildad –pasan a un segundo plano a pesar de ser padres–, saber estar, asunción de su papel… Y pídeles que te enseñen.

    ¿QUÉ HACER DESPUÉS? Una vez pasados esos primeros momentos, tu deseo de ser el primer colaborador en la fidelidad de tu hijo te llevará a preguntarte cómo debes actuar en lo sucesivo. Realmente, todo lo que te he propuesto en el punto anterior sigue siendo válido. Añadiré algunas sugerencias más.

    En cierta ocasión escuché comparar la naciente vocación de un adolescente con una planta recién salida de sus raíces. Del mismo modo, puedes asimilar esa vocación a tu hijo recién nacido –probablemente te resulte más cercano–. En cualquier caso, tanto uno como otra precisan de multitud de cuidados. Es preciso protegerles. Igual que no expondrías a un pequeño al frío de la noche sin una prenda adecuada, tampoco debes dejar a la intemperie una incipiente vocación: necesita el abrigo de tu protección. Como ya te recordé antes, la sociedad en la que vivimos no fomenta decisiones de entrega. Por lo tanto, debes cuidar el entorno que rodea a tu hijo.

    ¿Entonces, tengo que aislar a mi hijo del mundo? No. Es precisamente en ese mundo donde ha recibido la llamada de Dios, y ese ahí donde tiene que responder. De igual modo que, cuando tenía pocos días de vida, no le mantenías encerrado por temor a que cogiera alguna enfermedad, tampoco ahora debes rodearle de una urna de cristal. Tu labor radica en encontrar ese punto intermedio, ese abrigo necesario para que pueda estar en la calle sin temor a los catarros.

    Lo más acertado es pedir consejo a las personas que mejor conocen su alma. Sin embargo, el sentido común te dictará algunos criterios que es conveniente seguir, no sólo en estos casos sino para todos tus hijos: piensa en los lugares que eliges para pasar las vacaciones; analiza si seleccionas los programas de televisión que se ven en tu casa, y bajo qué criterios; qué tipo de lecturas (libros, revistas, etc.) tienen tus hijos al alcance de manera habitual; cuáles son las inquietudes y los temas de conversación de las amistades –no sólo de las suyas, también de las tuyas–. Puedes continuar la lista.

    Un segundo aspecto a cuidar especialmente es aquel que afecta a las exigencias propias del camino elegido: con independencia de las características específicas de cada vocación, es indudable que tu hijo, además de continuar con las actividades inherentes a su edad –estudios, atención a su familia, colaboración en casa, trato con sus amigos …– empieza a dedicar parte de su tiempo a otras que tareas novedosas para él. Así, será habitual que pase unas horas al cabo de la semana en contacto más directo con otros lugares y ambientes diferentes al hogar familiar, dedicará un tiempo a asistir a medios de formación específicos, adecuados a la vocación recibida, empleará parte de sus horas en intensificar su trato personal con Dios, dedicará un mayor esfuerzo en tiempo e intensidad a actividades de ayuda a los demás, se preocupará de la mejora de sus amigos, etc.

    Nos corresponde a los padres facilitar también este aspecto de la llamada. En esta cuestión, nuestra labor será más pasiva que activa: no se trata tanto de organizar su tiempo –ya es mayor y sabe cómo lo debe hacer, y en cualquier caso este terreno debe incumbir fundamentalmente a las personas que le asesoran en su camino–, como de no obstaculizar esa dedicación y, en la medida de lo posible, facilitársela.

    En ocasiones, resulta lamentable ver la paradoja de determinados padres que ponen el listón de la exigencia por lo que atañe al horario familiar mucho más elevado en los hijos que han seguido una vocación divina, con respecto a otros hermanos que viven lo que se suele denominar la “vida normal de un adolescente”. Así, mientras toleran que algunos de sus hijos se impliquen con todas las consecuencias en las diversiones habituales de la edad, que en la mayor parte de los casos implican vida nocturna con el consiguiente desorden para el resto de la familia, por miedo a que si adoptan una postura más intransigente sus hijos “se queden aislados y sin amigos” o “les consideren bichos raros”, ponen el grito en el cielo –con minúscula– cuando el hermano plantea pasar fuera de casa un sábado, o no digamos si es un fin de semana o parte de sus vacaciones veraniegas. ¡Ese es el tiempo de la familia! ¡Se está cargando el ambiente familiar! En la mayor parte de los casos, y suponiendo que tras esa conducta no se esconda la intención de impedir la continuidad en el camino emprendido, esta actitud se debe a la cobardía y comodidad propias de quien prefiere cargar las tintas sobre el que sabe que no le causará grandes problemas. ¡Cualquiera le dice a un adolescente que no vuelva a casa a altas horas de la madrugada! Es mucho más sencillo atar a alguien que está escuchando casi a diario que una parte importante de su vocación se encarna en la vida familiar, y en vivir intensamente el cuarto mandamiento del Decálogo.

    Nuestra labor, te insisto, debe ser la de quien facilita esa disponibilidad de tiempo a su hijo, consciente entre otras cosas de que tiene todo el derecho a disponer de su intimidad, y de su tiempo como componente fundamental de ésta. Y la manera de facilitar es, no sólo no impedir, sino buscar el modo de hacer compatible la vida de familia y el cumplimiento de sus exigencias personales. Incluso, en ocasiones, estando dispuesto a hacer unos cuantos kilómetros al volante del coche.

    Por último, te sugiero que mantengas un contacto más o menos frecuente con las personas que conocen de cerca la vocación de tu hijo.

    En este sentido, es fundamental que cada cual tenga claro su papel en la “novela divina”: la madre, el padre, son los primeros y fundamentales educadores. A ellos corresponde moldear al hijo desde su concepción. Pero llega un momento en que el hijo, si toma una decisión de seguir a Cristo de cerca, pone con total libertad su alma en manos de quien, por conocimientos, experiencia y gracia de Dios, es la persona adecuada. Por lo tanto, existe una barrera que los padres no podemos ni debemos traspasar. Al igual que cuando era más pequeño y enfermaba le llevábamos al médico, y no se nos ocurría inmiscuirnos en su labor, en estos momentos tampoco nos corresponde invadir ese terreno tan personal, competencia de otros.

    Sentado este principio, sin embargo es evidente que en multitud de aspectos la tarea de llevar a buen puerto a nuestro hijo compete tanto a los padres como a aquellas otras personas que por conocimiento y experiencia pueden aconsejarle en la decisión emprendida. El crecimiento en virtudes humanas, la relación con la familia, la planificación de periodos de tiempo, son algunos de esos aspectos. Por otra parte, la proximidad que los padres tenemos con nuestros hijos –cercanía física y profundidad de conocimiento– permite que, en ocasiones, podamos detectar estados de ánimo que, probablemente, pasan desapercibidos para otros. Cuántas veces un padre, y en especial una madre, ha descubierto un problema, una preocupación en una hija o en un hijo sin que estos digan nada, con sólo mirarles a la cara o detectando que han comido menos de lo normal.

    Por eso, padres y directores espirituales, siempre, por supuesto, “tirando del carro” en el mismo sentido, deben tener un contacto más o menos frecuente y, en todo caso, confiado y disponible. Lo normal será que las conversaciones sean espaciadas a lo largo del tiempo; pero si, por cualquier motivo, detectas o tu sexto sentido de madre/padre te dice que algo no va bien, no tengas inconveniente en emplear todo el tiempo necesario en buscar juntos causas y soluciones. No pierdas de vista que tu hijo sigue siendo un adolescente: la entrega a Dios no altera la evolución de la personalidad. Y como cualquier otro joven de su edad necesita seguridad, firmeza e ir ganando en madurez personal.

    Muchas de las crisis vocacionales en los primeros años de la juventud son crisis de crecimiento y, por eso mismo, no sólo son vencibles sino que, una vez superadas, suponen una contratuerca para la propia vocación.

    A MODO DE CONCLUSIÓN Querido amigo lector: como te dije al principio, mi intención al ponerme delante del papel no ha sido otra más que la de contagiarte siquiera un ápice de la alegría, la paz y la ilusión que deben invadir a cualquier madre o cualquier padre “tocados” por el dedo divino de la elección de un hijo.

    Si he conseguido aunque sólo sea parcialmente ese objetivo, probablemente también te haya llegado un segundo mensaje que, sin ser el primordial, es igual de ilusionante: nosotros, los padres y las madres, tu y yo, tenemos un gran protagonismo en esta novela divina. De nosotros depende, en gran medida, que nuestros hijos escuchen la llamada de Dios, que respondan a ella afirmativamente, y que perseveren en su decisión hasta el final. Por si lo entiendes así y compartes esa pasión por que alguno o algunos de los tuyos sean de los predilectos de Jesús, permíteme que te transmita mis PASOS PARA CONSEGUIR LA VOCACIÓN DE LOS HIJOS Primero: rezar por ellos Como ya te dije, la vocación es una llamada de Dios. Teniendo esto presente, sobra decir que ningún consejo garantiza la obtención del resultado, si Dios no llama.

    Sin embargo, la oración de un padre, y fundamentalmente la de una madre, tiene un poder inmenso cuando se trata de los hijos. A lo largo de la historia sobran los ejemplos: Jesús “cambió sus planes” en las bodas de Caná a petición de su Madre, y convirtió el agua en vino a pesar de que “no tenía previsto” realizar ese que fue su primer milagro. El mismo Señor resucitó al hijo único de una viuda, al ver las lágrimas de su madre. Y curó a la hija de la cananea ante sus súplicas. Las oraciones de Santa Mónica valieron para arrancar de Dios la conversión de San Agustín. Y como estos, muchos más.

    Por eso, pido al Señor que adorne a mi familia con el lucero de alguna vocación. O con más luceros. Pídeselo tú desde ya. Aunque tu hija o tu hijo sean muy jóvenes. Incluso si aún no han nacido. Y le pido también que, en lo que de mi dependa, el terreno esté bien preparado y abonado cuando llegue el momento de la llamada. Que me dé luces en cada momento para actuar con mis hijos conforme a su Voluntad.

    Segundo: crear un clima propicio Debemos ocuparnos desde que nacen nuestros hijos en que el entorno más próximo sea favorable para que acojan adecuadamente la llamada de Dios.

    Educarles desde una edad muy temprana en la adquisición y crecimiento de las virtudes humanas, porque no se tiene noticia de ningún santo que no fuera una gran mujer o un gran hombre: generosidad, para que sean capaces de dejar todo por Cristo y por los demás; lealtad, para que empeñen toda su existencia en seguir pase lo que pase y pese a quien pese el camino que vieron en un primer momento; reciedumbre, para que venzan con fortaleza las dificultades que se les presentarán a lo largo de su vida, y para que no se amilanen ante la incomprensión de los miopes “buenos” que querrán “aconsejarles” a pesar de su ceguera; magnanimidad, para que sean capaces de ilusionarse con proyectos grandes, escapando de la ramplonería materialista y hedonista; sinceridad, para que sepan en todo momento acudir a quien puede ayudarles en las dificultades; responsabilidad, para que siendo conscientes del compromiso que asumen, respondan hasta las últimas consecuencias.

    Inculcarles desde la infancia una vida de piedad sincera y, en la medida de las posibilidades de cada edad, profunda. Para ello, recuerda que “fray ejemplo” es el mejor predicador. No puedo desear que recen si no me ven a mi rezar. Podemos comenzar con pequeñas oraciones, al levantarse, al acostarse, antes de las comidas; enseñarles, desde pequeños, a dar gracias a Dios por todo lo que tienen, a pedirle perdón cuando hagan algo mal, a pedir ante las necesidades propias y ajenas; llevarles con frecuencia a la Iglesia, siquiera en visitas cortas, para que sepan que allí está Jesús, y aprendan desde el principio que en la Iglesia se deben comportar de una manera especial: en silencio, sabiendo hacer una genuflexión…; enseñarles a tener un trato filial con su Madre la Virgen. A medida que van creciendo, podemos fomentar en ellos la oración confiada con su Padre; enseñarles a tener un trato más constante y frecuente, por medio de algunas oraciones, con Dios y con la Virgen María: pueden rezar parte del Santo Rosario…; que se vayan familiarizando con la vida de Jesús: que lean el Evangelio o leérselo en voz alta; y, sobre todo, que adquieran una intensa vida sacramental: es fundamental la asistencia frecuente a la Santa Misa y al Sacramento de la Penitencia.

    Esmerarse en cuidar al máximo el entorno ajeno a la familia: es básico concentrar todos nuestros esfuerzos en elegir el colegio que más se adapte a los objetivos educativos que hemos establecido para nuestros hijos, pasando por encima de las dificultades y asumiendo los esfuerzos que sean precisos –económicos, de exigencia personal, de tiempo, etc.–. Igualmente, debemos conocer sus amistades, fomentando las que vemos más adecuadas e intentando soslayar las menos convenientes, todo ello “con mano izquierda”.

    Buscar un tercer lugar –además de familia y colegio– donde pueda centrar su tiempo libre, en contacto con otros amigos de su edad. No olvidemos que el tiempo libre puede ser tan educativo o tan “deseducativo” como la vida de familia.

    Tercero: siempre disponible Necesitamos crear un ambiente de confianza que fomente el diálogo con la hija o con el hijo. Que puedan acudir a nosotros, si lo desean, cuando comiencen a barruntar el Amor de Dios.

    Este clima no se consigue de la noche a la mañana, a los catorce años. Es preciso que vean en sus padres, no solo y fundamentalmente a un amigo, sino a un padre o a una madre, que es mucho más que un amigo, con la garantía de que va a ser escuchado, comprendido, y que le van a aconsejar pensando siempre en lo mejor para él. Eso supone que, desde que son pequeños, deben encontrarnos siempre disponibles para sus asuntos: el negocio más importante, el mejor cliente, el superior más exigente, el trabajo inaplazable, es siempre cada uno de los hijos. Posiblemente, en la infancia, interrumpirán nuestra tarea o nuestro descanso con cuestiones que, desde la visión de adulto, carecerán de trascendencia. No podemos equivocarnos: su trascendencia radica en que, si dejamos pasar esas ocasiones, cuando las materias sean más enjundiosas no acudirán a nosotros. Entonces será cuando demandemos diálogo, posiblemente con pocos resultados.

    Cuarto: fomentar su “rebeldía” Que sepan que son diferentes. Tienen que ser diferentes. Deben navegar contra corriente, porque lo más fácil es dejarse llevar, pero de balsas a la deriva Dios no puede sacar nada positivo. Para ello, somos los padres los primeros que tenemos que tomar en serio esa rebeldía: nosotros seremos diferentes, haremos lo que no hace la mayoría, y dejaremos de hacer lo que la mayoría hace. No caeremos en el consumismo absurdo de “tener por tener” aunque lo que se tenga no sirva para nada. Nos negaremos a valorar a las personas en función de lo que tienen en lugar de por lo que son. No consentiremos la negación y el rechazo sistemático del dolor, porque conoceremos su sentido cristiano. No buscaremos como bien supremo el placer físico, la comodidad, ni idolatraremos nuestro cuerpo. Si nos ven en esa actitud, con alegría y poniéndonos el mundo por montera, les haremos atractiva esa rebeldía.

    Si en tu camino te encuentras con alguien en nuestras mismas circunstancias que, tras explicarle todo lo anterior, piensa que más vale que Dios no se meta en la vida de su hijo y, fundamentalmente, no le complique la suya, puedes transmitirle las siguientes: CUATRO SUGERENCIAS PARA QUE DIOS NO COMPLIQUE LA VIDA A UN HIJO Primero: evitar cualquier planteamiento ni referencia remotamente sobrenatural Que no se le ocurra rezar, no vaya a ser que Dios le pida algo. Porque, claro está, luego es mucho más difícil decirle no. Al fin y al cabo, probablemente sea un “buen cristiano”.

    Por el mismo motivo, aconséjale que no enseñe a rezar a sus hijos. A lo más, que sepan alguna oración de corrido, para poder tranquilizar su conciencia. Pero, sobre todo, que no hablen con Dios.

    Que no les hable de Dios. El mejor antídoto es la ignorancia. El que no piensa, no se complica.

    Pero dile que no se confíe: esto no es suficiente. Recuérdale a San Pablo. Si quiere obtener resultados…

    Segundo: procurar que no adquiera muchas virtudes Las imprescindibles para ser decente, buena persona. Y sin exagerar.

    Que sus hijos no sean generosos. Es preferible que aplique aquello de que la caridad bien entendida empieza por uno mismo. Que el mundo es muy agresivo, y a la menor te ponen la zancadilla. Y, en todo caso, que sepan calcular.

    Que se cuiden. El cuerpo es fundamental: hay que cuidarlo al máximo. La imagen abre todas las puertas. Además, ya se dice que lo importante es tener salud. Así es que nada de grandes esfuerzos, nada de sacrificarse. El único esfuerzo consentido es el que vaya en beneficio directo del cuerpo –gimnasio, dietas…–.

    Que sean “flexibles”. Todo es cambiante. Nada es para siempre. No es preciso comprometerse. Tienen que aprender a cubrirse siempre la retirada. ¿Qué es eso de la constancia? Algunos confunden la terquedad con la constancia.

    Ojo con la sinceridad. No se puede confiar en nadie, que cuando te das la vuelta te clavan el puñal. Que no dejen traslucir sus sentimientos. Por supuesto, no le aconsejes que sean grandes mentirosos –eso está muy mal visto, sobre todo si te descubren–, pero la “mentira piadosa” no es propiamente mentira; y cual más piadosa que la que cubre a uno mismo…

    En consecuencia, cuidado con los “amigos”. Ya sabemos que “de los amigos líbrame, Señor, que de los enemigos ya me libro yo”. La verdadera amistad no existe. Los amigos duran mientras pueden sacar provecho. Pero cuando de verdad son necesarios, desaparecen.

    Que procure educarles en el arte del “escaqueo”. No hay nada peor que responsabilizarse de algo, sobre todo si no es remunerado. Al final, al que no cumple se le piden cuentas. Y encima de estar “agobiado”, no se obtiene nada en limpio.

    Tercero: rodear a los hijos de un ambiente “normal de la calle” Hay que prepararles para la vida: lo importante es que sepan adaptarse al entorno, como un camaleón. ¡Con lo competitiva que es nuestra sociedad! Lo que tienen que hacer es triunfar, ser los mejores, utilizando las mismas armas que los demás. Es fundamental fomentar su “vida social”. Sobre todo, que nunca se sientan extraños o diferentes. Que no les señalen con el dedo. Que no se distingan demasiado, ni por comportamientos ni por ideas. ¡Hay que ser “tolerantes”! Para eso, debe tener contacto con todo tipo de gente, cuanta más mejor. Ojo: sin mayor compromiso: ya te dije antes que la amistad no existe. Consecuentemente, no tiene demasiada relevancia saber quienes son sus compinches de aventuras. ¿Para qué? Además, de esta forma el padre o la madre se quita un problema de encima al no tener que “controlar”. Aunque, por supuesto, no lo hace por eso. ¡Seguro que quiere lo mejor para su hijo! Ni que decir tiene que el mejor colegio es el más cercano a casa o, en último extremo, el que ofrezca mejores posibilidades de triunfo material para su hijo. En este último caso, los criterios de selección deben ser: instalaciones deportivas, nivel social de los compañeros, viajes, cursos en el extranjero… Pero, sobre todo, cuidado con los idearios demasiado definidos. A ver si van a hacer del hijo un fanático, un “idealista”. Capacidad de adaptación; pragmatismo; que sea capaz de relativizar todo; al fin y al cabo, ¿qué es la verdad? Es importante que el padre y la madre se autoconvenzan de la gran fuerza que tiene este argumento. Porque puede venir en algún momento de “flaqueza” la tentación de pensar que están actuando guiados por otras motivaciones. Por ejemplo, que un colegio de este tipo complica mucho menos la vida, porque no exige coherencia de vida en casa ni implica demasiado en la educación de los hijos. Pueden olvidarse de entrevistas frecuentes con los tutores –las mínimas imprescindibles– reuniones habituales con otros padres, etc. Además, muy probablemente ahorrarán bastante dinero en la factura del colegio, lo que permitirá un mayor desahogo para afrontar otros gastos “muy necesarios en el mundo que vivimos”. Pero eso es secundario. Por supuesto, no es el motivo fundamental de su actuación. ¡No olvides que siempre buscan lo mejor para su hijo! Cuarto: mantener las distancias: no darles mucha confianza Esta idea debe matizarse: está bien la confianza de “colega”, de amiguete: que vean a su padre como uno más de su pandilla. Para eso, es preciso estar a su altura, sobre todo en aquellas cuestiones que son fundamentales para ellos: vocabulario –que no se le ocurra hablar como un “carroza”: es necesario utilizar sus mismas expresiones, aunque parezcan inadecuadas o soeces, que eso acerca mucho–, vestimenta, temas de conversación habitual… Otro aspecto a cuidar: jamás intentar convencerles de algo; recordemos que somos uno más. No tenemos criterios firmes e inamovibles, como ellos tampoco los tienen. Y, sobre todo, adularles. Todo lo que hace la juventud es, por definición, sano y noble. Los de nuestra generación sí que fuimos unos desgraciados: no teníamos “libertad” –qué fácil es confundir su significado– para nada.

    Lo que no debemos tolerar es que la confianza sea tal que vean en nosotros un referente, una figura de prestigio, a la que plantear cuestiones más serias: hay que tener cuidado porque pueden colocarnos en la desagradable tesitura de tener que pronunciarse. Y entonces, a ver dónde queda el relativismo, la capacidad de camaleón.

    El único riesgo que se corre al seguir esta pauta es que el hijo caiga en actividades que verdaderamente parecen peligrosas: droga, alcohol, sida, embarazos no deseados… Si su padre es un colega; si todo lo que hace la juventud está bien; si todo es relativo; si es el primero en negar la existencia de criterios firmes e inamovibles, ¿Cómo le va a imponer a estas alturas sus temores? Pero debes tranquilizar a tu interlocutor: “con todo lo que le ha dado, malo será que le toque a él”.

    Llegados a este punto, y ya que has tenido la deferencia de asesorar a quien te plantee sus temores, puedes pedirle que al menos te permita dos peticiones.

    La primera es que, si con el paso de los años su hija o su hijo no son lo que había planeado o, incluso, le presentan problemas serios, no le eche la culpa a Dios. Por favor, que omita expresiones del tipo de ¿qué he hecho yo para merecer esto?, o ¿porqué me castiga Dios así? Dios no castiga: simplemente, ha respetado su libertad y le ha permitido trabajar la tierra cómo y cuando ha querido. Ahora recoge lo que en su momento sembró.

    La segunda: casi con toda seguridad habrá logrado su objetivo de que Dios no complique la vida de su hijo –y de paso la suya–. Pero, por favor, pídele que cuando haya terminado su “labor”, le busque trabajo en las antípodas, porque a esa criatura no la va a aguantar ni su padre. Es decir, no la va a aguantar ni él mismo.

    APÉNDICE: UNA GENEROSIDAD “EGOÍSTA” Permíteme ahora, querido lector que, en uso de nuestra amistad, basada en tantas confidencias que llevamos ya compartidas, te hable de nuestra vida. Posiblemente te sentirás, igual que yo, “hecho un chaval”. Si eres lectora, entonces lo anterior lo afirmo con rotundidad: seguro que rebosas juventud por todas partes.

    Sin embargo, tampoco será de extrañar que te encuentres enfilando la recta de la cuarentena, o de la treintena, o…

    Por ese motivo, en más de una ocasión te habrás parado a pensar que la vida en esta tierra se acaba en algún momento, cuando Dios quiera –ojalá, lo deseo para ti y para mí, dentro de muchos años–.

    Si es así, te invito ahora a que imaginemos juntos la escena; si no lo has pensado nunca, te sugiero que esta sea la primera vez.

    Imagino mi juicio particular: Dios Padre me llama a su presencia por mi nombre. Mientras espero, he visto pasear por el Cielo a un montón de gente conocida: familiares cercanos, otros no tan cercanos, amigos, vecinos, compañeros… También he descubierto a personajes conocidos de la humanidad, de toda la historia, que me ha alegrado encontrar. Y, por supuesto, los Santos. A lo mejor, como decía un amigo mío, he pensado: “en cuanto entre en el Cielo busco a San Pablo para que me aclare si, después de dos cartas, los corintios le contestaron”. Igualmente, me he dado cuenta de que no están algunos…

    Llega el momento de comparecer ante mi Padre. Antes, buscaré a alguno de los Santos a los que tuve especial devoción para que me acompañe, y siga intercediendo por mí. Por supuesto, tengo a mi lado a la Santísima Virgen, mi Madre. ¡Qué guapa es! Ninguna de las imágenes que conocí en la tierra, ni siquiera aquella que más me gustaba, se acerca a la realidad. Además, ¡me siento tan seguro al lado de una Madre a la que su Hijo no le puede negar nada! Está acompañada, como no podía ser menos, por San José. Es un gran amigo: no en vano he acudido a su ayuda muchísimas veces, para que me iluminase en mi labor de padre. También me acompaña mi Angel Custodio, el que más tiempo ha pasado a mi lado, y más me ha protegido. ¡Tiene un montón de condecoraciones! Se ve que le di bastante trabajo.

    Por fin, me presento ante la Trinidad. Siento una sensación curiosa: tantas veces en la tierra me había imaginado –o me habían dibujado– el juicio como una situación dura, difícil. Y sin embargo, con toda esa Compañía, me encuentro relajado. Aunque, como es lógico, con la duda de si habré “aprobado con buena nota”.

    Comienza la sesión, y se proyecta la película de mi vida. Como tengo costumbre de examinar mi conciencia frecuentemente –si no lo haces así, te recomiendo vivamente que comiences hoy mismo– sé que en esa película hay escenas agradables: detalles de renuncia, de entrega a los demás, de vencimientos por Amor a Dios, de trabajos bien hechos con rectitud de intención, de sacrificios por mi familia con una sonrisa en los labios, de aceptación amorosa de la Cruz, cuando Jesús me la quiso enviar…

    Pero también soy consciente de los momentos más oscuros de la proyección: todas las ocasiones que tuve de unirme a la Cruz, con pequeñas renuncias, y las dejé pasar; cuantos amigos o conocidos a mi alrededor que esperaban una palabra de ayuda y no obtuvieron más que el silencio; cuantas veces cedí ante las solicitudes del cuerpo, dejándome vencer por la sensualidad; cuantas manifestaciones de soberbia, cuanto pensar en mí, en lo poco que me valoran, en la injusticia que se comete conmigo…

    Por un instante, siento escalofríos: el plato de la balanza donde se colocan los momentos oscuros pesa mucho… Además, me viene a la cabeza la parábola de los talentos y las palabras de Jesús: al que mucho se le ha dado, mucho se le pedirá. Y soy consciente de lo mucho que he recibido.

    En ese momento, posiblemente María, mi Madre, o ese Santo que hace las funciones de mi abogado, me sugieren que saque el comodín de la manga: “Señor, reconozco que he sido un miserable. Lo bueno que he hecho en mi vida se debe a que siempre te he tenido a Ti para sostenerme. Y sin embargo, fíjate cuantas meteduras de pata –algunas pequeñas, otras grandes–. Y no será porque no tuve a mi alrededor personas que me avisaran. Ni tampoco porque Tú no me dieras tiempo y ocasiones para enmendarme. Fue simplemente porque no valgo nada.

    Todo eso es así, Jesús. Pero mira: aquí te traigo mis credenciales. ¿Recuerdas lo que nos dijiste en la parábola de los talentos? Pues bien, tantos hijos me diste, tantos te devuelvo como buenos hijos tuyos. Y una/o de ellos –o dos, o tres, o cuatro…– en el grupo de tus escogidos. He rentabilizado bien tus talentos. Tú contabas con ellas y con ellos para tu servicio, y no solo no puse objeciones, sino que hice todo lo que estaba en mi mano para que, libremente, respondiera a tu llamada”.

    Puedes estar seguro de que ese comodín pesa mucho en el plato de las acciones buenas. Y, salvo que la balanza estuviese muy desequilibrada, recibirás un gran abrazo de tu Padre.

    También puedes poner tu imaginación en juego, para adivinar como sería la escena cuando el que comparece ha elegido el camino contrario: ¡Qué pena, qué amargura sentirá ese padre o esa madre, al escuchar de Jesús: Yo había elegido a tu hija, a tu hijo, para que estuviese muy cerca de Mí; para que viviese en intimidad conmigo; para que fuese un instrumento de ayuda a los demás y de salvación para otras almas. Y no pudo ser, porque tú te empeñaste en impedirlo.

    Y entonces, en aquel momento en que todo se ve con claridad, cuando ya no sirven las disculpas o las justificaciones, cuando se desvanecen los miedos absurdos y queda a la vista el verdadero fundamento de esta actitud, que no es otro que el egoísmo personal, esa madre o ese padre se darán cuenta de lo erróneo de su comportamiento.

    Pero entonces ya no habrá solución. Ahora sí. Aún estamos a tiempo de recapacitar, de aparcar nuestros temores estúpidos y nuestro egoísmo disfrazado con harapos miserables. Aún podemos seguir, de la mano de nuestros hijos, aquella primera frase de Juan Pablo II mientras todavía la fumata vaticana desprendía humo blanco: “No tengáis miedo. Abrid las puertas a Cristo”.

    EPÍLOGO: CARTA A UN/UNA REBELDE Aunque estas páginas están escritas para tu madre y para tu padre, no quiero ni puedo dejar pasar la ocasión de decirte algunas cosas que llevo dentro. Pídeles que te dejen leer al menos esta parte.

    Querida amiga/o –querida hija/o–, muchas gracias. Gracias por haber entregado tu vida al servicio de Dios y de todos nosotros. Gracias por estar tan próxima al Cielo que nos acercas también a nosotros. Gracias por habernos dado ese ejemplo de entrega, generosidad y fortaleza a los que estamos a tu alrededor; por haber sido más valiente a pesar de tu juventud que todos los que, orgullosos de nuestra “madurez”, hemos dejado tantas veces a Jesús en la estacada. Como San Juan ante la Cruz, que siendo apenas un adolescente fue el único capaz de dar la cara por su Señor en los peores momentos.

    Quiero decirte que eres el orgullo de tus padres. A lo mejor ya te has dado cuenta. O quizás no lo notes, porque ellos tienen que disimular –tienen otros hijos…–. O probablemente no lo percibas porque ellos mismos tampoco lo saben. No te preocupes: ya verás como a no mucho tardar me darás la razón.

    Has tomado una decisión importante. Para ti –eres consciente– supone alguna que otra renuncia a las cosas legítimas y buenas de la tierra. No importa. Tu sabes mejor que yo hasta qué punto compensa. Te lo dice tu mejor Amigo: todo aquel que deje padre, madre,… tendrá el ciento por uno y la vida eterna. Tú si que has sabido elegir. Has sabido enamorarte, desde joven, de Aquel que nunca falla; has entendido mejor que nadie la maravilla de ser hijo de Dios. Además, sabe perfectamente que cualquiera que sea el camino que escojamos en la tierra, supone una renuncia. Sólo conoceremos la satisfacción plena en el Cielo. Y en esa “taquilla” tú has comprado las mejores entradas.

    Ahora, a seguir sin parar hasta que llegues a la meta. Sin distraerte por las voces y movimientos que percibas a tu alrededor. ¿Has visto alguna vez una carrera de maratón? Los atletas van por las calles de la ciudad y por las carreteras. No se quedan en el estadio. Dicen que ese es uno de los atractivos del maratón. Pero, al mismo tiempo, son más vulnerables a las influencias externas, es más difícil su concentración. ¿Te imaginas a un maratoniano en plena carrera olímpica parándose a escuchar lo que dice el público? ¿Y frenando su marcha para ver un paisaje? Sería grotesco.

    Pues en tu camino también vas a encontrar motivos de distracción. Por una parte, las mil cosas de este mundo. Algunas de ellas son buenas y queridas por Dios, pero no para ti porque te desviarían de tu meta. Son como el paisaje para el corredor. Otras son malas y deberás rechazarlas como cualquier hijo de Dios.

    También escucharás voces que gritan a tu alrededor. Algunas, bien intencionadas pero ignorantes, te sugerirán que pares, que te tomes un descanso en la carrera. ¿Qué sería del atleta que parase a tomar un refresco en una terraza de su recorrido? No las escuches. Solo debes tener oídos para tu “entrenador” –la persona que dirige tu alma–.

    Otras, en cambio, no tendrán ninguna intención sana. Tu y yo sabemos que existe un tipo despreciable llamado satanás –me gusta escribirlo con minúscula aún a costa de la ortografía– que anda enredando todo lo que puede a las almas. A este sujeto le molesta sobremanera cualquier acción buena de los hombres. Pero hay algunas que le incordian especialmente. Y una de ellas es la entrega de un alma joven y limpia como la tuya para que Dios disponga de ella en servicio de la humanidad y para su Gloria. Como no sabe estar quieto, remueve lo posible y lo imposible para estorbar esa decisión. Y en ocasiones se sirve de personas semejantes a ti y a mí. Cuando te las encuentres, te sugiero que en primer lugar, reces por ellas –te aseguro que resulta bastante costoso–. Pero en segundo lugar, diles las verdades. Es la mejor forma de fortalecer tu decisión, ayudar a esas pobres almas, y darle en los morros al del rabo.

    Diles que son cobardes como ratas, incapaces de asumir retos ilusionantes y plantar cara a las dificultades.

    Diles que son rastreras como serpientes, que no pueden elevarse un palmo del polvo.

    Diles que cada vez que intentan volar son como las gallinas, que apenas pegan dos aletazos vuelven al suelo.

    Diles que son como los cerdos, sin posibilidad de levantar la mirada por encima de la porquería en la que retozan.

    Diles que tú te has entregado con toda tu libertad, porque te da la gana –puedes emplear otra expresión sinónima, más contundente, pero que, como comprenderás, no sería correcto que yo la pusiese por escrito–, mientras que ellos, muy “libres” según pregonan, son esclavos de unos pocos que lo único que buscan es llenar su bolsillo a costa de la salud de cuerpo y de alma de la juventud, y les imponen modas, costumbres, comportamientos, diversiones… Sobre todo, reacciona ante aquellas o aquellos que te acusen de “haberte dejado convencer y anular tu voluntad” o, como ellos dicen, “haber permitido que te coman el coco”. Contéstales que todavía no ha nacido nadie capaz de anular tu voluntad… ni lo que hay que tener para tomar una decisión como la que has tomado tú. Diles que son como cacharros de lata, que cuando salen de la fábrica, empaquetados y lustrosos, llaman la atención de algunos; pero que al cabo de poco tiempo, sucios y sobados, tan solo merecen ser utilizados como lo que son, simples instrumentos, y a la postre, arrojados a la basura sin una consideración que no sea la de indiferencia o desprecio.

    No te calles: estos son los peores. Porque a todas las “lindezas” anteriores añaden que, en el fondo de su alma, son conscientes de la grandeza de tu entrega; y ellos, cobardes como nadie, no están dispuestos a “dejarse contagiar” –pobres ingenuos. ¡Qué más quisieran! ¡Como si Dios llamase a cualquiera…!–. Por eso, tu sola presencia les revuelve las entrañas.

    Y diles que compadeces al pobre o a la pobre que en el futuro cargue con ellos.

    Tú, en cambio, fíjate en tus compañeros en la maratón. Sobre todo, en los que te preceden, los que corren delante de ti. Van felices en busca de la meta. En ocasiones, detectarás en su rostro, como en el tuyo, gestos de cansancio y de dolor. Entonces, acelera tu zancada: están esperando un apoyo, una compañía a su lado. Quizás tengan heridas en las piernas, rozaduras en los pies. Pero aguantan. No abandonarían por nada del mundo: les reconforta el aliento del público, el apoyo permanente de su entrenador. Les estimula la presencia de otros corredores a su lado, recorriendo el mismo camino y persiguiendo la misma meta. Además, están haciendo lo que más les gusta. Y no olvides que esto es la maratón. Lo principal es llegar al estadio del Cielo, donde te espera la ovación de unas gradas repletas de santos –ellos también corrieron antes–, el abrazo final de tu Padre Dios, el cariño y los cuidados maternales de María.

    Nosotros, los padres, tenemos alguna influencia en la decisión que has tomado –posiblemente has oído lo del noventa por ciento que he contado a tus padres en páginas anteriores–. No nos corresponde ninguna medalla, porque ya tenemos un lucero que ilumina la casa, y porque te aseguro que ya hemos empezado a recibir el ciento por uno prometido por Jesús. Pero sí te pido que no te olvides de rezar por nosotros todos los días de tu vida. Reza por nuestras necesidades, pero sobre todo, para que sepamos ser lo que Jesús espera de nosotros, para que cuando llegues al Cielo nos encuentres a los dos allí esperándote.

    Y, ahora que no nos oye nadie, pídele a tu Padre que tus hermanos sigan tu camino. Dile que en casa tenemos sitio para un montón de luceros más.

    Publicado en Folletos MC, “Me lo han robado”.

    Antonio Fontán, “Europa y el cristianismo”, ABC, 2.X.03

    Europa, «la más hermosa de las tierras», como dijo Plinio (23-79 d.C.), era para griegos y romanos y para la Edad Media una de las tres partes del mundo. Las otras dos de entonces se llamaban como ahora, Asia y África. Los más antiguos testimonios de esta tripartición del orbe que se conservan son de Heródoto (480-424 a. C.), el «padre de la historia» y el primer escritor occidental que enriqueció con su elocuencia este género literario. Pero no fue él quien puso el nombre a Europa. Lo empleaba como algo conocido y declaraba ignorar el origen de esta denominación. «No existen datos que especifiquen de dónde ha tomado ese nombre, ni quién fue el que se lo impuso».

    Según una leyenda procedía del de una princesa fenicia de la que se prendó Zeus cuando la vio jugando con otras muchachas en una playa y la raptó, montándola sobre los lomos del manso toro blanco en que se había transformado para esta aventura. Pero Heródoto no lo creía, porque la bella princesa era de Asia y ni el toro ni ella pisaron el continente europeo.

    Antes de Heródoto, Europa, como nombre geográfico, había sido mencionada en el relato de un viaje del dios Apolo por la Hélade. Allí se llamaba Europa a la Grecia continental, pero sólo a ella. ¿Sería que entre el tiempo de ese himno y el de Heródoto el nombre se extendió hasta designar toda una parte del mundo? ¿O es que el vate lo aplicó a ese espacio más reducido para distinguirlo de las islas y del Peloponeso? En todo caso, la división del mundo en esas tres partes, separadas entre ellas por el río Don, el mar Mediterráneo o la cuenca del Nilo, fue doctrina común entre los griegos desde el siglo V a. C. De ellos la tomaron los romanos y de estos los europeos de los «siglos oscuros» y los de la Edad Media.

    Ya en el 700 a. C. había establecimientos helénicos en las costas de Anatolia y en las del Mar Negro. Pero aquello no era Europa sino Asia. Después de Alejandro (356-323 a. C.) los griegos y su cultura se adueñaron de los dominios del «Gran Rey» y de Egipto. Pero esos reinos pertenecían a Asia o a África. Por el contrario, la península itálica, sus islas y las colonias y centros comerciales griegos del Mediterráneo occidental (Marsella, Ampurias, etc.) estaban en Europa.

    La primera Europa que conoció la Antigüedad fue la griega que, desde la Hélade en oriente, llegaba a Italia, a la gran colonia de Marsella y a las más modestas de Iberia. Después, Europa fue la de la Roma republicana de la cultura grecorromana de expresión latina. Con centro en Italia abarcaba desde Tracia a los Alpes, el sur de la actual Francia y las provincias hispanas, y se coronó con la conquista de las Galias por César y su desembarco en Britania. En los primeros reinados del Imperio sus límites fueron el Rin y el Danubio, hasta sus desembocaduras en las provincias de la «Germania inferior» y de Dacia. Finalmente, a partir del siglo IV, se entiende por Europa, la Europa cristiana, que en seiscientos años alcanzaría a cubrir todo el continente. Esa es la Europa que tiene su continuación en el resto de la Edad Media y en la Moderna hasta hoy, por muy secularizados que estén en la actualidad los pueblos y los estados.

    Un ilustre y acreditado historiador británico, recientemente fallecido, John Morris Roberts, es autor, entre otras monografías y obras generales, de una de las mejores historias de Europa que yo conozco. Se publicó en Oxford en 1996 y no ha sido traducida al español. Con el estilo sobrio y directo de los buenos escritores anglosajones de ahora el profesor Roberts gusta de salpicar su prosa con frases rotundas y expresivas.

    Así, en uno de los primeros capítulos de su libro, al enunciar las herencias que han dado vida y significación al continente, escribe que en los últimos años del reinado de Augusto ocurrió un acontecimiento del que se puede afirmar que no ha habido ningún otro de tanta repercusión en la existencia de la humanidad. «Fue, prosigue, el nacimiento en Palestina de un judío que ha pasado a la historia con el nombre de Jesús». Para sus seguidores, que pronto se llamaron cristianos, la trascendencia de este hecho se basa en que entendieron que era un ser divino. «Pero no hay que decir tanto para encarecer la importancia de ese Jesús. Toda la historia lo pone de relieve». «Sus discípulos iban a cambiar el mundo. En lo que concierne a Europa, ningún otro grupo de hombres o mujeres ha hecho más para conformar su historia».

    «No ha dejado de haber, reconoce el profesor inglés, violentos desacuerdos sobre quién era Jesús y lo que hizo y se propuso hacer. Pero es innegable que su enseñanza ha tenido mayor influencia que la de ningún otro «santo» de cualquier época, porque sus seguidores lo vieron crucificado y después creyeron que resucitó de entre los muertos». «Somos lo que somos, concluye Roberts, y Europa es lo que es, porque un puñado de judíos palestinos dieron testimonio de estas cosas».

    Los discípulos y continuadores de esos palestinos, en menos de diez generaciones -o sea, unos tres siglos-, cristianizaron en griego y en latín el mundo romano, integrando en su mensaje religioso los valores, principios e historias del judaísmo, cuyos libros sagrados pasaron a formar parte de su patrimonio espiritual y cultural, junto con los que referían la vida y las enseñanzas de Jesús -los Evangelios- y los escritos doctrinales de los primeros y más inmediatos seguidores del «Maestro».

    Ambas series de obras, conocidas como el Antiguo y el Nuevo Testamento, constituyen la Biblia de los cristianos.

    Desde el siglo V el cristianismo se propagó por tierras y pueblos no romanizados (los celtas irlandeses, los godos, francos y otros germanos invasores), gracias a la acción misionera de los monjes y a la obra política de los reyes. Hacia el año mil o poco después había llegado por el lado latino a Escandinavia y al centro del continente hasta Polonia. Por el lado bizantino, con la escritura cirílica y la vieja lengua eslava, se asentó en Bulgaria, en lo que hoy es Ucrania («ukraina» es frontera) y en la Rusia de Kiev.

    Pero al nivel de la época el cristianismo había asimilado la filosofía y la ciencia de los griegos y los conceptos y principios romanos de la persona, la igualdad y universalidad del género humano y la organización política de la sociedad, el derecho y el poder. Todos esos contenidos y doctrinas los recibe la Modernidad por la «intermediación cristiana». Hasta el siglo XX, el de los totalitarismos nazi y comunista, todo -lo bueno y lo malo, las guerras y las paces- ha quedado entre cristianos: ortodoxos o heterodoxos, de una u otra confesión o iglesia, como ya venía ocurriendo desde la Edad Media: Dante y Bonifacio, Loyola y Lutero, Trento y Calvino, Descartes y Kant, Galileo y Newton, Maquiavelo y Erasmo Pero tratando de cristianismo y Europa no todo es historia. También hay sociología. La mayoría de los ciudadanos de la actual Unión son cristianos. Asiduos o no a la práctica de sus respectivas confesiones, los cristianos superan los dos tercios de la población de los «quince». Con las diez nuevas incorporaciones su número y proporción aumentarán. Son herencia viva de la cultura cristiana en Europa hasta el calendario, las fiestas, el descanso semanal y el domingo, así como la influencia ideológica y moral de las iglesias. Las familias europeas suelen bautizar, por lo menos en su mayor parte, a sus hijos y quieren que en su país y entre los suyos se conozcan los hábitos y tradiciones del cristianismo. El anticristianismo de marxistas y de nazis, vencido por la historia, ha arriado sus banderas o ha limado sus uñas. La libertad religiosa -que implica la de no tener religión- es un principio compartido por creyentes e increyentes. Política y religión son entidades separadas. En una palabra, ha acabado siendo de general aceptación el principio enunciado por Jesús de Nazaret cuando mandó «dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

    No obstante, parece existir en algunos doctrinarismos oficiales de ciertos estados y políticos un nuevo laicismo militante que conduce al absurdo de negar la historia de los pueblos y la realidad social.

    Por el contrario, recoger en el pórtico de la Constitución europea la herencia del cristianismo no es un confesionalismo anacrónico. Será el reconocimiento, a la altura del siglo XXI, del propio ser de Europa, de su cultura y la de las naciones que la integran.

    Juan Velarde Fuertes, “La Iglesia y el dinero”, Alfa y Omega, 13.IX.01

    Cada época necesita un orden socioeconómico diferente. Al abrirse y enlazarse el mundo económico en los siglos XV y XVI gracias a los descubrimientos lusitanos y españoles, se hundió para siempre la Edad Media como idea directriz de lo económico. Schumpeter, en su Historia del Análisis Económico, nos señala cómo así, entre otras cosas, se hizo añicos todo un planteamiento que ascendía hasta Aristóteles, al escribir que «nada más fácil que mostrar que lo que primariamente interesaba a Aristóteles era lo natural y lo justo, vistos desde la posición de su ideal de la vida buena y virtuosa, y que los hechos económicos y las relaciones entre hechos económicos por él considerados y estimados se presentan a la luz de los prejuicios ideológicos que se podían suponer en un hombre que ha vivido en, y ha escrito para una clase culta y ociosa que despreciaba el trabajo y los negocios, amaba, naturalmente, al agricultor que le alimentaba y odiaba al prestamista que explotaba al agricultor». Pero todo se altera cuando, al concluir el Medioevo -agrega Schumpeter en esta obra fundamental-, «los escolásticos tardíos analizaron la actividad económica en sí misma -la industria decía san Antonio de Florencia-, y particularmente la actividad comercial y de especulación, desde un punto de vista contrapuesto diametralmente al de Aristóteles. El hombre económico de épocas posteriores asomó ya en la concepción de la razón económica prudente, frase tomista que adquirió una connotación nada tomista por la interpretación de Juan de Lugo: la prudente razón implica en efecto, según Lugo, la intención de conseguir ganancias por cualquier medio legítimo».

    El capitalismo naciente, que ha puesto así a su favor a la escolástica tardía, logrará pronto el apoyo de la Escuela de Salamanca. Con Domingo de Soto o Tomás de Mercado, y, por supuesto, con toda esa pléyade de discípulos de Francisco de Vitoria que encabeza Martín de Azpilcueta, al justificar el pago de intereses, se abre una comprensión nueva del fenómeno económico desde el punto de vista de la Iglesia católica. El que con esta ayuda se pudieron conseguir progresos, en el ámbito católico, tan importantes como sucedió en la Europa nórdica con el auxilio de las tesis de los teólogos puritanos estudiados por Max Weber, es algo crecientemente admitido. Sin ir más lejos, basta consultar a Amintore Fanfani.

    Es más, este sistema crecientemente globalizado, con una complejidad grande en sus estructuras financieras, basadas, entre otras cosas, en una especulación creciente, nunca vista, crea un punto de apoyo tal, como he señalado en mi contestación al discurso de recepción en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas del cardenal Rouco el 29 de marzo de 2001, que hoy, prácticamente, todos los pueblos podrían tener una vida decente si sus gobernantes dejasen de ser, simultáneamente, incapaces y corruptos. Esto es, el juego de los mercados -lo que exige especulaciones-, su acción en lo financiero y en lo productivo, no es nada malo ni condenable. Es más, se puede demostrar que así es como el hombre dejó de ser aquel ser degradado, maloliente, de escasa esperanza de vida, al que aludió Hobbes.

    Después de la Revolución Industrial existió en la Iglesia de Francia -recordemos los célebres sermones del padre Félix S.J. en Notre Dame- una admisión de los planteamientos de la ortodoxia de los grandes clásicos. Una serie de excelentes economistas, desde Paul Leroy-Beaulieu a Thery y los componentes de la Escuela de Angers, sostuvieron estos puntos de vista hasta ser sumergidos por la corriente doctrinal católica alemana, que se vinculó a la heterodoxia económica del historicismo y del socialismo de cátedra. En Francia también, a comienzos del siglo XX, la Iglesia defendió sus activos, trasladándolos a España, al huir de la campaña anticlerical del Gran Oriente Francés, cuando éste lanzó el llamado asunto de los mil millones. También esta Iglesia tuvo equivocaciones tan espectaculares como el célebre asunto Bontoux, que provocó una ejemplar reacción entre la Jerarquía gala. El primer impulso a nuestra industria hidroeléctrica, en parte, partió de ahí, de esta llegada de fondos católicos galos. Y mucho nos benefició, así como a las necesidades de la Iglesia en el país vecino.

    Sin embargo, en el siglo XX, un grupo importante de católicos, y dentro de él algunos teólogos, comenzó a dejarse influir por asertos que, de algún modo, se enmarcan en la marcha hasta el socialismo de la que habló también Schumpeter en su postrer ensayo. Procuraron crear una mala conciencia en los empresarios, en los financieros, en los grandes dirigentes de la vida económica. Sólo el Estado, con su intervencionismo, o extraños y utópicos movimientos contra el capitalismo, podían justificarse moralmente. Su presión fue colosal, al menos hasta que la encíclica Centesimus annus, de Juan Pablo II, comenzó a levantar esta losa, tras haber escuchado Su Santidad a un importante grupo de maestros de la economía.

    El reflujo ha comenzado, pero los rescoldos de esta reacción contra el mercado, contra la especulación, contra la búsqueda de beneficios, aún permanecen. Por eso se considera incluso impropio que la Iglesia se dedique a actuar en el mundo financiero. Pues bien, hay que decirlo alto y claro. La Iglesia tiene obligación de, con los fondos que administra, obtener las mayores rentas posibles, para dedicarlas a sus fines pastorales: tareas caritativas, acciones misioneras, atención pecuniaria de los servidores del culto, desarrollo de los centros de enseñanza. Por tanto, nada de desagarrarse las vestiduras porque estos fondos se inviertan en los mercados financieros. Otra cosa sería estúpido.

    Dicho esto, es también evidente que se trata de dinero sagrado, esto es, que no es tolerable cometer con él imprudencias, como se ha puesto, por ejemplo, en evidencia más de una vez, y no sólo en el caso de Gescartera, en el que la acumulación de estupideces y de estúpidos asombra. Por ello creo que ha llegado el momento, para la Iglesia española, de crear un Consejo, Comisión, o cosa así, de notables expertos en cuestiones financieras a los que se convoque -y que tendrían, a mi juicio, responsabilidad moral grave si no acuden a esa convocatoria-, para aconsejar a la Jerarquía en estas cuestiones. Con este Consejo o Comisión, no hubiera sida posible que se cayese en el garlito de los pingües beneficios que anuncian, más de una vez, los aventureros y desaprensivos. Simultáneamente la Iglesia debe señalar que la lucha para eliminar la pobreza es su labor, y que centrar la vida en el dinero es reprobable, y que no tiene sentido, como ya sostuvo Aristóteles, identificar el comportamiento racional del hombre con la búsqueda incansable de la riqueza. También que debe apoyar la búsqueda del orden del mercado, como ha sostenido la Escuela de Friburgo tan ligada a esa Universidad Católica alemana, para impedir monopolios. Igualmente, que se debe luchar contra la masificación y que el mercado no debe afectar a nada que suponga restringir la dignidad de la persona humana, o lo que es igual, que el mercado laboral no puede ser libre.

    Nada de eso quiere decir que se pueda descuidar el que de los activos económicos eclesiásticos sean administrados de modo tal que sean capaces de rendir los mejores resultados materiales posibles. Hay que recordar, con la ciencia económica en la mano aquello de los Hechos de los Apóstoles: «Oí una voz que me decía: Anda, Pedro: mata y come. Yo respondí: Ni pensarlo, Señor; jamás ha entrado en mi boca nada profano o impuro». Ayunos de conocimientos de economía -no fue este el caso, por cierto, de la Escuela de Salamanca-, a lo largo del siglo XX se han declarado impuras demasiadas tomas de posición en economía, que han impedido matar y comer cosas que Dios había declarado puras no sólo a los miembros individuales del pueblo de Dios, sino a la propia Iglesia.

    César Vidal, “Isabel ¿santa o villana?”, Calibán, 1.X.02

    Acusada de intolerante, racista e incluso sucia, Isabel la Católica vuelve a ser noticia una vez más en virtud de la publicación de varios libros relacionados con ella y el relanzamiento de su causa de beatificación. Sin embargo, ¿cómo fue realmente Isabel la Católica? La utilización que el régimen de Franco hizo de los Reyes Católicos facilitó la tarea de todos aquellos que sentían por otras razones una especial repulsión hacia su legado y deseaban denigrarlo. Los enemigos de la memoria relacionada con los Reyes Católicos han ido históricamente de los republicanos a los islamistas pasando por los separatistas vascos y catalanes que siempre han lamentado la tarea de reunificación nacional consumada – que no iniciada – por Isabel y Fernando. Sobre estas razones políticamente correctas, se ha ido labrando un cúmulo de leyendas especialmente contrarias a la reina de Castilla tachándola de sucia, intolerante, fanática y racista. Sin embargo, la realidad es que ninguno de esos mitos resiste la más elemental confrontación con las fuentes históricas. Empecemos por la leyenda relativa a una Isabel que no se cambiaba nunca de camisa aunque ésta apestara. Lo que nos enseñan las fuentes es que precisamente Isabel era una mujer de pulcritud sorprendente para su época; que se esforzó por hacer extensivas al conjunto de la población sus normas de conducta acentuadamente higiénica; que los informes de los médicos de la corte señalan su especial preocupación “por la higiene o los alimentos”. No menos difícil de sostener es la acusación de racista lanzada sobre Isabel. No sólo fue ella la principal inspiradora de las Leyes de Indias que convertían a los indios americanos en súbditos de pleno derecho frente a las codicias de no pocos sino que además el número de judíos que trabajaron para ella antes y después del Edicto de Expulsión fue muy numeroso. Nombres de gente de estirpe judía como Pablo de Santa María, Alonso de Cartagena, el inquisidor Torquemada, fray Hernando de Talavera, Hernando del Pulgar, Francisco Alvarez de Toledo o el padre Mariana entre otros muchos son muestra de hasta qué punto Isabel no fue nunca racista. Este tipo de ataques ha intentado sostenerse sobre todo en episodios como la Expulsión de los judíos y el final de la Reconquista. La expulsión de los judíos significó un conjunto de dolorosísimos dramas humanos pero en su época la acción distó mucho de tener esa connotación tan negativa. Las fuentes históricas nos muestran no sólo que la medida fue precedida por otras similares en naciones como Inglaterra, Francia o Alemania sino que incluso fue saludada con aprecio en Europa porque, a diferencia de lo ocurrido en otras naciones, los Reyes Católicos no actuaron movidos por el ánimo de lucro. En su momento, la decisión estuvo además relacionada con el proceso de Yuçé Franco y otros judíos que confesaron haber matado a un niño en la localidad de la Guardia en un remedo blasfemo de la Pasión de Jesús y, muy especialmente, con los intentos de ciertos sectores del judaísmo hispano por traer de vuelta a la fe de sus padres a algunos conversos. Actualmente, los historiadores tienden a considerar el caso del niño de la Guardia como un fraude judicial pero lo cierto es que en aquella época las formalidades legales se respetaron escrupulosamente y este hecho, unido a la gravedad del crimen, provocó una animadversión en la población que, en apariencia, sólo podía calmarse con la expulsión de un colectivo odiado. Por otro lado, Isabel se preocupó personalmente de que no se cometieran abusos en las personas y haciendas de los judíos expulsados como se puso de manifiesto en la Real de provisión de 18 de julio de 1492 que velaba por evitar y castigar los maltratos que ocasionalmente habían sucedido en algunas poblaciones como la actual Fresno el Viejo. Por si fuera poco, durante los ciento cincuenta años siguientes, la innegable hegemonía española en el mundo no llevó a nadie a pensar que la expulsión de los judíos hubiera sido un desastre – habría que esperar a la Edad contemporánea para escuchar esa teoría – y, desde luego, difícilmente se hubiera podido sostener que el episodio había sido más grave que otros similares realizados en otras naciones europeas. Aún más fácil de comprender resulta el final de la Reconquista. Que los Reyes Católicos, tras reunir los territorios de Castilla y Aragón, ambicionaran concluir el proceso reconquistador era lógico y, desde luego, no chocaba con las trayectorias de otros monarcas anteriores. Con todo, la lucha contra el reino nazarí de Granada no fue provocada por ellos sino por la ruptura de los pactos previos por parte del rey moro y por las incursiones de agresión que los musulmanes desencadenaron contra las poblaciones fronterizas. No se trataba, desde luego, de una lucha meramente religiosa sino también nacional y no deja de ser significativo que cuando se supo que Granada había capitulado, los judíos danzaran para celebrarlo ya que también ellos habían sido víctimas de la intolerancia musulmana. Sin embargo, la grandeza – grandeza difícilmente negable – de Isabel de Castilla descansa no en el hecho de que los ataques contra ella sean de escasa consistencia sino en que fue una reina verdaderamente excepcional en lo político, en lo humano y en lo espiritual. Por ejemplo, supo comprender el efecto pernicioso que sobre la economía ejercía la subida de impuestos y prefirió la austeridad presupuestaria al incremento de la presión fiscal. Asimismo fue enemiga resuelta de las conversiones a la fuerza y así lo dejó expresado en la Real cédula de 27 de enero de 1500. Además, en agudo contraste con la figura de su hermanastro y antecesor Enrique IV el Impotente, Isabel fue partidaria de una adjudicación de funciones públicas que no derivara del favor real sino de los méritos del aspirante. Esa circunstancia basta por sí sola para explicar buena parte de los méritos de gestión del reinado y, especialmente, el deseo que Isabel tenía de que las mujeres pudieran recibir una educación académica similar a la de los hombres. Como ella misma diría “no es regla que todos los niños son de juicio claro y todas las niñas de entendimiento obscuro”. Aún más notable es el aspecto humanitario de la personalidad de la reina. Por ejemplo, cuando en 1495 tuvo noticia de que Colón había traido de América indígenas a los que había vendido, dispuso que se procediera a su búsqueda y se les pusiera en libertad con cargo a las arcas del reino. Aunque fue una excelente mujer de estado, Isabel no dejó jamás de mostrar una profunda preocupación por la suerte de los más débiles y desfavorecidos. A ella hay que atribuirle el establecimiento de las primeras indemnizaciones y pensiones para viudas y huérfanos de guerra – una disposición tomada después de la guerra civil de Castilla cuando las arcas del tesoro estaban exhaustas – o la creación de los primeros hospitales de campaña durante la guerra de Granada. A todo lo anterior hay que añadir su ejemplaridad de vida o, de manera muy especial, su celo por la expansión del Evangelio por encima de cualquier otra consideración. Desde luego, el descubrimiento y la posterior colonización de América son incomprensibles sin una mención cualificada a las causas espirituales expresadas desde el primer momento por Isabel la Católica y recogidas en diferentes documentos de la época. Todo ello explica que su figura fuera muy estimada en su época y abundan los testimonios de españoles y extranjeros que la tuvieron por una mujer no sólo excepcional sino tocada por la gracia de la santidad. De hecho, los ataques contra su persona procedieron exclusivamente de enemigos que temían lo que representaba e históricamente se han caracterizado por su falacia. Poco ha cambiado al respecto. En la actualidad, los ataques contra Isabel arrancan o bien de una clara ignorancia histórica – como muestra la leyenda de su camisa sucia – o de una repugnancia ante sus logros excepcionales. En contra de esa visión marcada profundamente por el sectarismo se hallan los testimonios de la época y las opiniones favorables de personajes de la talla de Washington Irving, W. T. Walsh, William Prescott, Ludwig Pfandl, Marcel Bataillon, Gregorio Marañón, Salvador de Madariaga, Ortega y Gasset o incluso Johnson y Eisenhower, ambos presidentes de Estados Unidos, entre muchos otros. Al final, como sucede con tantas otras cuestiones, sobre el frío y documentado análisis histórico prevalece la lucha política.

    Manipulación sobre un documento vaticano de 1962, PUP, 19.VIII.03

    Desmentidas las “alucinantes” revelaciones sobre ese documento Continúa leyendo Manipulación sobre un documento vaticano de 1962, PUP, 19.VIII.03

    “La ciencia echa una mano a la Biblia”, El País, 11.IX.03

    La prueba del carbono 14 demuestra que un acueducto subterráneo de Jerusalén fue construido en tiempos del rey Ezequías Continúa leyendo “La ciencia echa una mano a la Biblia”, El País, 11.IX.03

    Nuevo documento histórico sobre Galileo, Zenit, 21.VIII.03

    CIUDAD DEL VATICANO, 21 agosto 2003 (ZENIT.org).- Una carta, descubierta en estos días, confirma que el Papa Urbano VIII se preocupó porque el proceso contra Galileo Galilei (1564-1642) se realizara con rapidez a causa y en el respeto de las precarias condiciones de salud del imputado.

    El descubrimiento de la carta se debe al historiador Francesco Beretta, profesor de Historia del Cristianismo, en la Universidad alemana de Friburgo, que la ha encontrado en los archivos del antiguo Santo Oficio, actualmente Congregación para la Doctrina de la Fe.

    Se trata de una carta del comisario del Santo Oficio Vincenzo Maculano da Firenzuola del 22 de abril de 1633, dirigida al cardenal Francesco Barberini, para expresar las preocupaciones del Papa por el científico acusado de herejía.

    Según Beretta, la redacción de la sentencia del 22 de junio de 1633 contra Galileo, al menos en sus partes esenciales, se debe probablemente al mismo comisario del Santo Oficio.

    «Es indudable que para alguno todavía hoy Galileo es sinónimo de libertad, modernidad y progreso, mientras que la Iglesia es dogmatismo, oscurantismo, estancamiento. Pero la realidad es muy diferente de esta percepción surgida de la fantasía», explica el nuevo secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

    El arzobispo Angelo Amato, de 65 años, salesiano, tras este descubrimiento recuerda en una entrevista concedida a la última edición del semanario italiano «Famiglia Cristiana», aspectos sobre el proceso contra Galileo.

    «Cuando, en 1610, Galileo publicó “Sidereus Nuncius”, en donde sostenía la centralidad del sol en el universo, recibió el aplauso tanto de Johannes Kepler, el gran astrónomo, y del jesuita Clavius, autor del Calendario gregoriano. Incluso entre los cardenales romanos recogió un gran éxito, de hecho todos querían contemplar el cielo con su famoso telescopio».

    «Quienes se le opusieron fueron sobre todo los filósofos, en especial los de la escuela peripatética de Pisa, que se inspiraban en Aristóteles, y comenzaron a poner en juego la Sagrada Escritura», recuerda. Por estas presiones, intervino después el Santo Oficio.

    En octubre de 1992, coincidiendo con el 359 aniversario de la muerte de Galileo Galilei, presentó sus conclusiones la Comisión especial de teólogos, científicos e historiadores, creada por Juan Pablo II en 1981, presidida por el cardenal Paul Poupard, presidente del Consejo Pontificio de la Cultura, para examinar los posibles errores cometidos por el tribunal eclesiástico que condenó en 1633 al famoso astrónomo.

    El 31 de octubre de 1992, Juan Pablo II reconoció públicamente esos errores: «Permítasenos deplorar ciertas actitudes mentales… derivadas de la falta de percepción de la legítima autonomía de la ciencia», afirmó ante la Academia Pontificia de las Ciencias.

    Ahora bien, monseñor Amato pide acabar finalmente con la leyenda negra en torno a Galileo, «transmitida por una mentirosa iconografía, según la cual, Galileo fue encarcelado o incluso torturado para que abjurase».

    «Cuando se alojó unos veinte días en el Santo Oficio, su habitación fue el apartamento del fiscal, uno de los oficiales más elevados de la Inquisición, donde fue asistido por su propio servidor», explica. «Durante el resto de su estancia en Roma fue huésped del embajador florentino en la Villa Medicis».

    En una pasada entrevista concedida a Zenit, el cardenal Poupard recordó que «desde luego, Galileo sufrió mucho; pero la verdad histórica es que fue condenado sólo a “formalem carcerem” –una especie de reclusión domiciliaria–, varios jueces se negaron a suscribir la sentencia, y el Papa de entonces no la firmó».

    «Galileo pudo seguir trabajando en su ciencia y murió el 8 de enero de 1642 en su casa de Arcetri, cerca de Florencia. Viviani, que le acompañó durante su enfermedad, testimonia que murió con firmeza filosófica y cristiana, a los setenta y siete años de edad», añadió el cardenal Poupard.

    La Comisión vaticana que sirvió para la rehabilitación de Galileo, sigue revelando monseñor Amato, declaró que «la abjuración del sistema copernicano por parte del científico se debió esencialmente a su personalidad religiosa, que pretendía obedecer a la Iglesia aunque ésta estuviera en el error. Galileo no quería ser un hereje, no quería exponerse a la condenación eterna, y por tanto aceptó la abjuración para no pecar».

    En definitiva, según el arzobispo, tras la investigación de la Comisión y la rehabilitación del Papa, se puede considerar que el caso de Galileo ha quedado cerrado.

    Este episodio, concluye, ha enseñado «a no poner en primer plano la contraposición sino más bien la armonía que debe reinar» entre la razón y la fe, «las dos alas con las que el cristiano puede volar hasta Dios», «como ha sintetizado Juan Pablo II en la encíclica “Fides et ratio”».

    El científico creyente, subraya el secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, tiene la tarea «de no tener miedo a desempeñar su labor de investigación de la verdad».

    Tomado de Zenit, ZS03082103

    Francisco Varo, “Santiago, hermano de Jesús”, PUP, 28.X.02

    En los últimos días ha saltado a las páginas de los periódicos la noticia de que ha aparecido un osario de piedra caliza del tiempo de Jesucristo, procedente de Jerusalén, con la inscripción aramea “Ya’aqob bar Yosef ajui di Yeshua” (Jacob -o lo que es lo mismo, Santiago-, hijo de José, hermano de Jesús -o Josué-). Lo da a conocer un estudio realizado por André Lemaire, especialista en paleografía de la Escuela Práctica de Altos Estudios de París y publicado en el último número (noviembre/diciembre 2002) de la “Biblical Archaeology Review”.

    El osario ha sido datado por los arqueólogos en el año 63 de nuestra era. La inscripción está grabada en una de sus caras laterales, escrita en arameo, con un tipo de letra que se utilizó entre los años 10 y 70 dC. Según los editores, se trataría del enterramiento de Santiago, al que se cuenta entre los “hermanos de Jesús” en el Evangelio de San Mateo (Mt 13,55) y en la Epístola a los Gálatas (Ga 1,19).

    En Jerusalén durante el siglo I se utilizaba ese tipo de recipientes. Entonces estaba extendida la práctica de depositar los cadáveres en una tumba excavada en la roca, y al cabo de unos años reunir los huesos en un osario de piedra o cerámica, que llevaba inscrito el nombre del difunto. Se han encontrado varios centenares. Hasta ahora el personaje más conocido cuyos restos han aparecido en uno de estos recipientes era Caifás, el que fue Sumo Sacerdote, y cuyo osario salió a la luz en Jerusalén en 1990 cuando quedó al descubierto un cementerio al remover tierras para la construcción de una avenida.

    El nuevo hallazgo arqueológico ha tenido amplia resonancia. Si ese “Yeshua” mencionado en la inscripción fuera Jesús de Nazaret, ésta sería la primera vez que se descubre una evidencia arqueológica sobre la figura de Jesucristo. Si ese “Yosef” se identificase con San José, habría que tomar en consideración la alusión del apócrifo “Protoevangelio de Santiago” (9,2) a que José era viudo y tenía hijos cuando tomó como esposa a María.

    Los cristianos con tendencia a realizar una lectura fundamentalista de la Biblia, y por tanto con un cristianismo poco coherente, posiblemente estén de enhorabuena por lo que considerarán un argumento más a favor de la historicidad de las Escrituras. Sin embargo, una reflexión madura exige sopesar los hechos de modo crítico. La fe católica no requiere argumentos demagógicos, sino una investigación seria de la verdad.

    Para cualquier técnico en la materia está claro que nunca será posible tener certeza de que realmente ese osario pertenezca al personaje del Nuevo Testamento. De una parte porque los nombres que están grabados en él (Ya’aqob, Yosef y Yeshua) eran muy comunes. Sólo entre los osarios encontrados en Jerusalén aparece cada uno de ellos centenares de veces. Personajes en los que se diera la misma combinación de esta inscripción se calcula que podía haber al menos veinte. De otra parte, la denominación “hermano” de Jesús que se aplica a Santiago es un modo semítico de hablar para designar a los “parientes”. Pero de ninguno de los personajes a los que se llama “hermano de Jesús” en el Nuevo Testamento se afirma que fuera “hijo de José”. De hecho, los dos Apóstoles de Jesús que llevan el nombre de Ya’aqob, Santiago el Mayor y Santiago el Menor, son hijos de Zebedeo y Alfeo, respectivamente según los datos evangélicos (Mt 10,2-3). No es posible, pues, identificar al personaje del osario con ninguno de ellos. Además, la urna de piedra que ahora sale a la luz tiene una procedencia insegura desde el punto de vista de la técnica arqueológica: no se sabe de dónde procede ni en qué condiciones se encontró. Es propiedad de un coleccionista que la compró vacía en un mercado de antigüedades hace quince años.

    Este hallazgo, por lo tanto, no plantea ningún problema real a los datos que la historia y la fe mantienen hasta ahora. Al contrario, es un testimonio más acerca del trasfondo histórico de los textos del Nuevo Testamento. Se comprueba que los nombres de sus protagonistas eran los nombres más corrientes en Jerusalén y en la Galilea judía de aquel tiempo. Los Apóstoles y los primeros cristianos eran gente normal. Pero en medio de las dificultades económicas, y con los graves problemas sociales y políticos de la sociedad en que vivían, fueron hombres y mujeres de fe, sabedores que tenían algo que aportar al mundo. El gran descubrimiento al que nos acercan siempre estos hallazgos consiste en recordar la existencia, ya desde los orígenes del cristianismo, de personas corrientes que se esforzaban por ser santos allá donde estaban.

    Francisco Varo Profesor de Sagrada Escritura de la Universidad de Navarra

    Juan Luis Lorda, “No tan hereje: dialoguemos con rigor”, PUP, 1.II.03

    Recientemente un artículo titulado “Herejes”, de Tomás Yerro, salía en defensa del teólogo Tamayo, recordando lo que les pasaba a los herejes de otros tiempos. Es un mal argumento, además de muy sobado. Con la historia en la mano, sólo se puede demostrar lo brutos que han sido nuestros antepasados (los de todos) y lo poco que calaron en el mensaje cristiano. Pero no sirve para juzgar el presente. Es como si cada vez que hablara un socialista, se le mentase a Stalin. Y cada vez que hablara un alemán, se le recordara el Holocausto. Y cada vez que saliera un ilustrado, se le leyeran las horrorosas opiniones de Voltaire sobre la trata de esclavos (de la que era decidido partidario); o se le contara lo que pasó con los hijos de Rousseau. O cada vez que se menciona la izquierda española, se recordara lo que le sucedió al obispo de Barbastro durante la guerra civil. Esta retórica sirve para confundir los sentimientos, pero no aclara la razón.

    Para aclararse, hay que atenerse a los datos. Los datos son que, en estos años, el señor Tamayo ha discrepado con frecuencia y duramente de la Iglesia. Y ha dejado claro que no piensa lo que la Iglesia piensa en muchos puntos. Cualquiera que haya leído el periódico en el que escribe, lo sabe. Esta vez sucede lo contrario y es la Iglesia la que discrepa públicamente de Tamayo. Y lo ha hecho en términos mucho menos agresivos, y con muchos menos miles de ejemplares.

    Desde el punto de vista democrático, sin querer entrar en la cuestión religiosa, hay que respetar los derechos de las dos partes. Tamayo tiene el derecho de discrepar y no creer lo que cree la Iglesia. La Iglesia tiene el derecho de discrepar y no creer lo que cree Tamayo. Tamayo tiene el derecho de separarse de la Iglesia. Y la Iglesia tiene el derecho de separarse de Tamayo. En un debate público, todos los derechos que se le concedan a Tamayo se le deben conceder a la Iglesia, por el mismo título.

    Pero si se quiere entrar en la cuestión religiosa, nos encontramos con un problema doctrinal, que es preciso resolver con criterios doctrinales. Aquí lo que está en juego es que la Iglesia tiene dos mil años de existencia, una confesión de fe y un Catecismo de la Iglesia Católica. Y esa Iglesia, que sabe algo de lo que dice, declara que Tamayo no dice lo mismo. Ante tal discrepancia, Tamayo tiene varias posibilidades: aceptar que no dice lo mismo y corregirse; demostrar que dice lo mismo y no corregirse; demostrar que tiene razón y corregir el Catecismo; hacer su propio Catecismo y fundar otra iglesia. Sólo a esto último se le llama herejía. Y sólo si Tamayo lo hace, puede ser considerado un hereje; no porque lo diga la Iglesia, sino porque lo dice el Diccionario de la Real Academia.

    De momento, aparte del señor Yerro, nadie ha llamado hereje al señor Tamayo. La Iglesia no se dedica a ofender a las personas, sino a defender su doctrina. Es seguro que todo el proceso se habrá hecho con mucha delicadeza, probablemente mucha más de la que usa Tamayo cuando le da por discrepar. No sé cuáles serán los sentimientos de Tamayo: si se sentirá mal o se sentirá bien. Si esto le hará feliz o le causará pesar. Si la publicidad gratuita que ha conseguido le resultará ofensiva o la agradecerá por lanzarle a la fama y permitirle vender masivamente sus libros. Si es el momento más bajo o el más alto de su carrera. Si le gusta sentirse un cristiano como todos, o prefiere ser el héroe transgresor que se opone al Catecismo. Cada uno tiene un margen para elegir el papel que quiere jugar en la vida y en la Iglesia. Pero, como en el matrimonio, cuando se trata de dos, la otra parte también tiene derecho a decir algo.

    A Tomás Yerro, que compara a Tamayo con San Juan de la Cruz, le reconforta “saber que, en una sociedad cada vez más narcotizante del pensamiento, aún pueden surgir intelectuales disidentes, insumisos, rebeldes, réprobos y heterodoxos”. Cree que hacen falta herejes de la política, la economía, la ciencia, la filosofía, el arte y la literatura. Para Yerro, Tamayo ya ha conseguido ser hereje de la doctrina católica. Hoy por hoy, es lo más fácil y lo menos arriesgado. Ahora debería intentarlo con la economía y convertirse en disidente, insumiso, rebelde, réprobo y heterodoxo con la declaración de hacienda. A ver qué pasa.

    Luis Suárez, “La beatificación de Isabel la Católica y los judíos”, Zenit, 3.IV.03

    «La beatificación de Isabel la Católica sería muy importante para las relaciones entre Europa y América».

    Entrevista a Luis Suárez, historiador y testigo en el proceso de beatificación.

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    Mariano Artigas y William Shea, “Nueva perspectiva del caso Galileo”, Zenit, 31.III.03

    Nueva perspectiva de las relaciones entre Galileo y la Iglesia, a través de un libro de Mariano Artigas y William Shea.

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    Henry Kamen, “Cómo fue la Inquisición”, ARVO, 19.III.03

    ¿La Inquisición significó realmente la condena de la libertad y el empleo de una crueldad indiscriminada con los “disidentes religiosos”? Una falsa y distorsionada imagen de este tribunal permanece aún en gran parte de la opinión pública. Ser “inquisitorial” ha llegado a ser sinónimo de intolerante y totalitario. Y sin embargo, esto no parece corresponderse con la verdad histórica. Pocos son los que se plantean un enfoque objetivo de la cuestión, sin apasionamientos, buscando el porqué del tribunal y las circunstancias que lo determinaron. Tal es la inspiración que anima el ensayo del profesor Kamen.

    La Inquisición no fue un fenómeno exclusivamente español, a pesar de que es una impresión que a menudo encontramos a nivel popular. Si hojeamos las páginas de la cuantiosa bibliografía publicada en 1983 por Emil van der Vekene Bibliotheca inquisitionis, podemos observar un listado de 4.808 obras que abarcan la historia de más de 500 años de toda la Europa Occidental, y solamente una parte de su material se refiere a España. Últimamente, se ha venido prestando excesiva atención a la Inquisición española, por ello sería beneficioso para nosotros procurarnos una mas amplia perspectiva y considerar todo el fenómeno de la Inquisición española en su contexto europeo. Así podremos entender uno de los acontecimientos cruciales en la historia de la civilización occidental. Quiero comenzar mi exposición con ciertas preguntas clave que quizás nos ayudarán a pensar en el fenómeno.

    La realidad de la Inquisición En primer lugar, ¿existió la Inquisición? Todos los estudios de Henry Charles Lea, Vacandard y otros hablan libremente de ésta como si fuera un cuerpo con forma y funciones claras. Estudios más reducidos, como el de Turberville, no dejan tampoco duda de que existió. Una “Inquisición” era, esencialmente, una inquisitio o investigación, para determinar si existía alguna herejía. La fecha habitual que se da para la fundación de la Inquisición de la Edad Media es la de 1233, cuando Gregorio IX distribuyó poderes a los inquisidores dominicos para empezar sus funciones. Si observamos esto más de cerca advertiremos que los historiadores especializados son un poco más precavidos a la hora de dar fechas.

    Aunque el papado continuó distribuyendo poderes, principalmente en Francia, Alemania e Italia, tales poderes eran puramente temporales y estrictamente locales; no habla una estructura organizadora que dictara funciones ni había reglas precisas. A pesar de que sobrevive un manual de inquisidores franceses del año 1248, no apareció ningún libro de reglas hasta el manual de Bernard Gui, un siglo más tarde, en 1324. En sentido real no había una Inquisición organizada hasta la española de 1480 y la romana de 1542. Aun entonces, su permanencia no era siempre deseada; parece que el tribunal de Castilla se consideraba temporal, lo cual podría ayudar a explicar por qué no tenía una fuente de ingresos regular y tenía que confiar completamente en las confiscaciones. En resumen, ningún tribunal de la Inquisición puede ser discutido sin tener en cuenta el contexto local que es el que lo desencadena.

    La cuestión temporal Una segunda cuestión fundamental, para la cual no hay una respuesta sencilla, es ésta: ¿Por qué había Inquisiciones en algunos periodos y en otros no? Este problema del tiempo es, quizás, el más interesante de todos. Es importante determinar por qué a lo largo de la historia de la Iglesia no hubo Inquisición hasta el siglo XIII. H. C. Lea, cuyos volúmenes están dominados por el énfasis sobre la importancia de los sistemas legales como una explicación del pasado, afirma que el aumento del estudio del derecho romano desde el siglo XII condujo a un mayor uso de los procedimientos legales y como consecuencia produjo un aumento de las persecuciones. Lea establece de esta manera que fue el aumento de la herejía lo que provocó la persecución. ¿Acaso antes del siglo XIII no hubo herejías? ¿Es que sólo desde el siglo XIII hubo una persecución seria de la herejía? La clave de la respuesta —que ha sido examinada por varios estudiosos, principalmente Jacques Le Goff, Kieckhefer, y Moore— parece estar en que había dos rasgos completamente nuevos que distinguían la represión del siglo XIII de otras persecuciones anteriores: 1) Las autoridades seculares (principalmente las de Alemania y Francia) habían entrado por primera vez en los asuntos religiosos, y consideraban una forma de herejía el catarismo y el valdesianismo, por ser socialmente subversivos; 2) Por primera vez se introdujo la pena de muerte como castigo regular para los casos de herejía.

    Asi podemos afirmar categóricamente que, aunque la herejía era conocida y castigada desde bastante tiempo atrás, no existía antes del siglo XIII como ofensa religiosa y social y, por tanto, no había petición de investigación —esto es, Inquisitio— de la ofensa antes de este momento. Sólo con la determinación de la ofensa como tal se exigió el castigo.

    Diferencias nacionales Esto nos conduce a la tercera pregunta: ¿Por qué algunos países tenían Inquisición y otros no? ¿Por qué la Inquisición estuvo reducida a la Europa del sur, centro y oeste, mientras que la Europa del norte y del este no la conocieron? Quizás hay dos maneras de formular la respuesta. En primer lugar, las Inquisiciones de la Iglesia Católica medieval no eran tanto instituciones como comisiones papales, de modo que la jurisdicción del tribunal coincidí por completo con los limites de la autoridad papal; esto explicaría por qué en la Europa del este, donde se detectaban también herejías, no había Inquisiciones. En consecuencia, la Inquisición sólo tuvo arraigo en aquellos lugares en los que el papado tenía una cooperación estrecha con el poder secular, como en el asunto de los cátaros del sur de Francia. En segundo lugar, las Inquisiciones utilizaban un sistema legal completamente nuevo que era una adaptación de los principios del derecho romano. Éste no podía ser introducido en países como Inglaterra donde el derecho romano no se conocía. Sirva como ejemplo un caso de la Inglaterra del siglo XIV donde los inquisidores, en un juicio frente a la Orden de los Templarios, no pudieron hacer uso del procedimiento de la tortura, porque en las leyes inglesas la tortura no existía. Estas dos explicaciones también nos ayudan a resolver un problema afín: por qué la Inquisición era aceptada en la Corona de Aragón medieval y no en Castilla.

    Hostilidad hacia la Inquisición Un cuarto punto que hallamos en todos los países estudiados es el alto grado de oposición a la Inquisición. ¿Por qué sentir hostilidad hacia la Inquisición, cuando la Inquisición simplemente dirigía su trabajo a la peligrosa pero ínfima minoría de herejes? De hecho, hubo aspectos nuevos de su procedimiento legal que fueron criticados en la Francia del siglo XIII y en la Castilla del siglo XV. Enumeremos algunas de estas innovaciones: 1) El uso de la pena de muerte por el delito de herejía; una novedad a la que muchos se resistían. En Inglaterra, por ejemplo, la pena de muerte por herejía no existió hasta el estatuto De heretico comburendo de 1400, estatuto que un siglo más tarde fue revocado por el rey Enrique VIII en 1533 y reintroducido por María Tudor en 1553. No es necesario recordarles que cuando la Inquisición introdujo en Castilla la pena de muerte, el secretario real Hernando del Pulgar comentó: “los Inquisidores no harán tan buenos cristianos con su fuego como los obispos antiguos hicieron con su agua”. Tradicionalmente los historiadores católicos solían negar cualquier responsabilidad de la Iglesia respecto a la pena de muerte, ya que las autoridades seculares habían sido siempre las encargadas de llevarla a cabo. Hoy en día, nadie se arriesga a mantener este argumento, puesto que es evidente que la Iglesia creó el castigo, aun cuando no lo administrase.

    2) Al principiar la Edad Media, el uso de la tortura fue, durante mucho tiempo, desconocido. Sólo a principios del siglo XIII los tribunales seculares empezaron a hacer uso de ella. En 1252 Inocencio IV autorizó, por primera vez, el uso de la tortura en las inquisitiones, en casos de herejía. Normalmente había sido usada como castigo para confirmar una información. Pero para los inquisidores adquirió un nuevo significado: se usaba como medio de asegurar el arrepentimiento, esto es, era una penitencia más que un castigo.

    3) La identidad de los testigos se mantenía en secreto, práctica que contravenía el sistema legal. En realidad, todo el sistema testimonial se alteró. A partir del conflicto con los cátaros, los inquisidores comprendieron que era necesario crear nuevos métodos de interrogación. Las personas acusadas tendrían que denunciarse a si mismas. Una práctica inaceptable en la mayoría de los sistemas legales de Europa.

    4) Se pusieron restricciones a una posible defensa y, a menudo, no se permitía un abogado defensor.

    5) La humillación del castigo de la vergüenza pública, como por ejemplo, la obligación de llevar vestiduras especiales (San Benito), fue muy impopular, pues significaba un descrédito para la comunidad entera.

    Los inquisidores reconocían la novedad de todo esto, y muchos de ellos fueron asesinados a causa de sus actividades. Pero debemos recordar una diferencia básica entre el sistema inquisitorial y el resto de los sistemas legales: los inquisidores no pretendían ser un tribunal de justicia ni ejercer justicia; eran simplemente un cuerpo penitenciario y su propósito —aparte de la inquisitio—no era el de castigar, sino el de salvar, aun cuando la salvación significara la muerte. Lo que hemos apuntado sobre el uso de la tortura puede ser aplicado a todo el sistema: éste era penitencial y no punitivo.

    Ampliando estas observaciones, podemos afirmar —como dice Lea muy claramente en sus estudios— que la Inquisición no intentaba en absoluto administrar justicia. Su procedimiento se hizo absolutamente necesario a los ojos de la Iglesia porque la justicia ordinaria no estaba preparada para tratar con los problemas especiales de la herejía. Como consecuencia de esto, se invirtieron todas las reglas normales. En el siglo IX el papa Nicolás I había condenado el uso de la tortura porque violaba las leyes divinas y humanas; en el siglo XIII, en cambio, el papa Inocencio IV convertía la tortura en un procedimiento contra los herejes.

    ¿Un fenómeno aislado? Habiendo considerado cuatro aspectos centrales del papel de la Inquisición, déjenme pasar a considerar una perspectiva más general.

    Hubo un control ideológico en toda Europa que no se limitaba sólo a la Inquisición romana. Christopher Hill nos recuerda que, aunque Inglaterra no tuvo Inquisición, tuvo un sistema de control, especialmente bajo el reinado de Carlos I, que sus oponentes consideraban como una Inquisición. En Inglaterra, como en todos los países, los tribunales episcopales eran el principal mecanismo para la persecución de la herejía; y podemos considerar su trabajo como inquisitorial.

    Inevitablemente, los obispos ejercieron de inquisidores. El caso más interesante, que Emmanuel Le Roy Ladurie quiso discutir sin conseguirlo, concernía a la diócesis de Pamiers donde, en el periodo comprendido entre 1318 y 1325, el obispo Jacques Forunier dirigía largas sesiones de investigación sobre los campesinos cátaros en el Ariege.

    Tanto si miramos hacia Inglaterra, Francia o hacia otro país cualquiera, con o sin Inquisición, el problema es el mismo: la colaboración entre la Iglesia y el Estado para controlar las ideas sociales subversivas. No estamos considerando los problemas religiosos como tales, sino un problema socio-político en el cual la Iglesia jugaba un papel crucial.

    El alcance social de la herejía Veamos el uso de la palabra “herejía”. Es una palabra antigua cuyo significado original griego quería decir “opinión”. Fue usada ampliamente por los escritores católicos medievales para describir a los componentes de un partido opuesto, como los arrianos. No adquirió un significado especial hasta el siglo XIII, cuando el catalán Ramón de Penyafort dio quizás una definición más especifica de la palabra en el Concilio de Tarragona el año de 1242. En el mismo periodo, comenzó la legislación secular del emperador Federico II contra la herejía en Alemania (1230). La palabra “herejía”, como se observa en los escritores del siglo XIII, no se limitaba a las ideas, sino que en realidad cubrÍa toda una cadena de implicaciones sociales. Desde el siglo XIII hasta el siglo XX las Inquisiciones se ocupaban no tan sólo de las divergencias en las creencias, sino también del significado social y repercusión de estas creencias.

    Cualquiera que lea el Montaillou de Ladurie se dará cuenta de que el problema no era otro que el conflicto entre dos tipos de sociedad bastante diferentes. Por un lado existía una sociedad que se identificaba con las aspiraciones de la Iglesia oficial; por otro, había una sociedad que difería muy poco en cuanto al dogma, pero con aspiraciones que descansaban en otros valores sociales. Esto se puede decir de los cátaros en el Languedoc, de los puritanos en Inglaterra y de los judíos conversos en Castilla. Es la diferencia que más tarde el erudito alemán Troeltsch formuló como estar entre una “iglesia” y una “secta”.

    Puede decirse que si las autoridades ayudaban a la Inquisición era porque les ofrecía un medio de control social. Sin embargo, el problema está en definir los objetivos y las funciones de este tribunal de la Iglesia, puesto que los tribunales variaban completamente de un país a otro y de una provincia a otra, dependiendo de las condiciones locales. En otras palabras, la función del tribunal no era siempre de sangre y represión. Esto nos sitúa frente al primer gran obstáculo de la historia del fenómeno: su imagen. Todos los estudiosos que han abordado la cuestión saben lo difícil que es cambiar la imagen con la que empezaron su investigación. Por ello quiero decir algunas palabras sobre la imagen de la Inquisición tomando como orientación el reciente libro del historiador americano Edward Peters.

    Imagen, leyenda y mito La Inquisición, nos recuerda Peters, adquirió una imagen constituida por un grupo de leyendas y mitos. Entre los siglos XVI y XVIII se definió el carácter de los tribunales inquisitoriales impidiendo cualquier esfuerzo por recobrar su realidad histórica. Hubo al menos tres factores que ayudaron a crear esta imagen mítica y antihistórica: 1) La Iglesia, al perseguir a los protestantes, provocó una reacción. En Inglaterra los protestantes acusaron al arzobispo Laud de mantener una Inquisición, pues sus tribunales especiales usaban la tortura y obligaban a los testigos a denunciarse a si mismos.

    2) El siglo XVI generó una visión protestante de la historia, que identificó las Inquisiciones contemporáneas con los tribunales del pasado medieval, y ambos como parte de una política constante de persecución. En la historiografía protestante, todo el pasado histórico de la Europa católica queda reflejado como una gran Inquisición.

    3) Los historiadores asociaron el poderío de España del siglo XVI con la Inquisición española, propagando una imagen en la que ésta era parte natural de la política católica. Este hecho jugó un papel crucial en la rebelión de los Países Bajos.

    Esta falsa imagen creó una Inquisición que nunca existió en el tiempo: una Inquisición presente desde la Edad Media en todos los países católicos, dedicada a la destrucción de la libertad. Al comienzo del reinado de María Tudor en 1553, apareció un libro con el titulo A new Inquisition in the kingdom of England (Una Nueva Inquisición en el Reino de Inglaterra). Y sin embargo, en Inglaterra no existía la Inquisición como tal. En los Países Bajos, cuando surgieron las primeras protestas contra la política de Felipe II, una de las acusaciones más fuertes y falsas contra el rey fue la de que éste estaba intentando introducir en aquellos países la Inquisición española. Como ustedes saben, uno de los trabajos de mayor importancia de este periodo y en el contexto de la revuelta de los Países Bajos fue la obra de Reginaldus Consalvius Montanus, publicada en Heidelberg en 1567 e inmediatamente traducida a varios idiomas. Hoy se conoce a Montamus como Antonio del Corro, uno de los monjes que huyó del monasterio de San Isidoro de Sevilla. El aspecto que me interesa de la obra de Montanus es su crítica a la Inquisición exclusivamente desde la perspectiva de la Reforma protestante. Decía de aquélla que era un monstruo de tiranía y persecución. A Montanus no parecía importarle y, ciertamente ni siquiera lo mencionó, el gran crimen que la Inquisición cometió al eliminar a cientos de miles de judíos conversos. Su enfoque, deliberadamente distorsionado, era el más frecuente entre los que se propagaron sobre la historia de la Inquisición. Montanus ignoró el gran horror del tribunal contra los conversos y prefirió centrarse en lo que fue ciertamente la menos importante de las áreas en donde el Santo Oficio intervino: la supresión del protestantismo.

    Control ideológico Esta misma falta de enfoque ha sido uno de los grandes problemas en el estudio de las Inquisiciones de Europa, y muchos historiadores han contemplado sólo una perspectiva ignorando otras. Recientemente asistí a un congreso internacional sobre la Inquisición donde los participantes parecían pensar que los únicos que sufrieron bajo el tribunal fueron los judíos. Otros historiadores han pensado, creo que equivocadamente, que la Inquisición estaba dedicada a eliminar ideas, como si éstas pudieran existir al margen de la sociedad que las crea. ¿Podemos afirmar, como un historiador contemporáneo, que la Inquisición española ejerció “control de pensamiento” sobre los españoles? Veamos esta cuestión, ya que la crítica más convincente que se puede hacer contra las tiranías del siglo XX es que han intentado manipular la mente. ¿Se puede mantener que el modo de pensar fuera también controlado? El problema no tiene una solución fácil. Ningún inquisidor, ya fuera en Francia, Alemania o Roma o aun en Valladolid, afirmó nunca que tratara de controlar el pensamiento. Censurar, quizás; educar, desde luego. El hecho es que no había ningún cuerpo eclesiástico en ningún país que tuviera la maquinaria para intentar imponer un control de pensamiento. Ciertamente, el método menos probable de control de pensamiento era el de la palabra impresa, ya que en la sociedad preindustrial el 90% de la población no sabía leer. Por ello no sorprende que en Inglaterra, por ejemplo, los intentos de control se hicieran a través del púlpito y que sólo a los clérigos con licencia se les permitiera predicar. Un motivo más para protestar contra el sistema del arzobispo Laud. El sistema de las licencias fue en extremo difícil de imponer en los países católicos; en la práctica había mucha más libertad de predicar en la España del siglo XVII que en la Inglaterra del mismo siglo. Así pues, es difícil ver dónde estuvo amenazada la libertad de pensamiento. En cuanto a la facilidad para expresar ideas abiertamente, mi opinión es que España fue uno de los países más libres de Europa en este aspecto. Cuando las leyes de la censura se introdujeron en los países de Occidente, uno de los últimos territorios en ponerlas en vigor fue Castilla, desde 1558, y en la Corona de Aragón no hubo control estatal sobre la prensa hasta finales del siglo XVI.

    Hay toda una confusión de criterios sobre la cuestión de la censura y de la Inquisición, que, como ya he dicho, se produce a causa de un fallo de enfoque. El punto de vista que compartÍan los pensadores de la Ilustración francesa era que las Inquisiciones estaban destinadas a reprimir las ideas. Los ilustrados, y principalmente Montesquieu y Voltaire, partiendo de una falta de información, crearon el mito de una Inquisición encasillada en la Edad Media, dirigida por el papado y dedicada al exterminio de la libertad. Se prestó poca o casi ninguna atención al contexto histórico y es significativo que al hablar de España apenas se hiciera mención de los judíos. En realidad, las Inquisiciones estaban destinadas, no a reprimir, sino a corregir. La famosa Inquisición estatal de la Francia de los Valois, la Cámara Ardiente que se estableció en 1547, tenía un limitado y especifico propósito; y lo mismo se podría decir de la Inquisición española. En cada caso y en cada país la capacidad del tribunal para controlar dependía entera y exclusivamente del poder secular. Nunca hubo un sistema de control puramente eclesiástico. Todos los sistemas estaban dictados por los señores seculares, los reyes y las instituciones.

    Al decir esto, nos acercamos a una de las consideraciones esenciales para el estudio de la Inquisición: la necesidad de mirar a la sociedad en la que fue creada. El tribunal debía su existencia o no existencia exclusivamente al equilibrio de intereses sociales y políticos. Cuando Lea escribió su historia, tomó como guía el desarrollo de la jurisprudencia y concluyó que el nacimiento de la Inquisición se debía al desarrollo de la misma. Es verdad que la jurisprudencia era un elemento esencial, pero viéndolo en perspectiva parece obvio que la jurisprudencia dependía de quien controlaba los tribunales. La Inquisición papal pudo intervenir porque era un cuerpo externo que no parecía amenazar a los intereses locales: Carlos V, por ejemplo, pudo introducirla en los Países Bajos en 1520 precisamente por esto. En cambio, la Inquisición española nunca hubiera sido aceptada allí (como Felipe II comprobó) porque representaba el poder real. De la misma manera la Inquisición era más débil allí donde su jurisdicción era impugnada por otros tribunales: por ejemplo, en Cataluña, donde tanto el tribunal real —la Audiencia— como las jurisdicciones locales se negaron a aceptar muchas de sus peticiones. No sorprende que en Inglaterra las luchas entre el régimen de Laud y las pretensiones del Parlamento se vieran a menudo como un lucha entre jurisdicciones.

    Lo más sobresaliente Vamos ahora a resumir el contexto general en el cual nacen las Inquisiciones, así como las funciones que realizaban.

    1) La Iglesia Católica hacia tiempo que veía la necesidad de reprimir la herejía; sin embargo, nunca había tenido la capacidad para hacerlo y, en cualquier caso, no tenía una idea clara de lo que la herejía significaba. No existió una idea clara de herejía en la Iglesia de Occidente hasta el siglo XIII y en Castilla hasta 1460. Por tanto, podría ser engañoso decir que la represión apareció como consecuencia de la herejía. El mejor ejemplo es la Inquisición de Castilla, introducida en fecha tan tardía como 1480, cuando el problema de los judíos conversos había estado presente al menos desde la conversión en masa de 1391. Sin embargo, ningún tribunal eclesiástico había intentado sistemáticamente identificar ninguna herejía.

    2) El temor a la herejía era siempre local y relacionado con la estructura de la sociedad y la política locales. Por ejemplo, el problema de los cátaros era un problema social y local; en España la cuestión de judaizar sólo apareció como un verdadero asunto susceptible de ser tratado por la Inquisición después de los conflictos sociales de Toledo en 1440. Las autoridades foráneas (por ejemplo, el Papado), sólo intervenían por invitación. Aun cuando el Papado intervenía, como en el caso de los nombramientos de los inquisidores de Alemania y Francia, no había Inquisición, sino inquisidores; su deber era sólo investigar y corregir, y sus poderes eran siempre locales y temporales. En resumen, la iniciativa no era esencialmente eclesiástica, sino más bien local.

    3) Los tribunales de represión (uso este término para poder incluir los tribunales de los Estuardos y también la Cámara Ardiente), se instituían según el deseo de las autoridades seculares. Esto es así aun hablando de la Inquisición de Roma, ya que el Papado era un poder secular y religioso a la vez. Si el poder secular no tenía una intervención directa en la introducción del tribunal (como en el caso de la Inquisición de Venecia), entonces intentaba ganar control o reducir el poder del tribunal. Los tribunales de represión, tales como los comités locales que controlaban las iglesias calvinistas, estaban destinados ante todo a disciplinar más que a eliminar la herejía directamente.

    4) El procedimiento inquisitorial estaba limitado al Sur de Europa porque allí se usaron y adaptaron las formas del derecho romano. Más allá del Sur de Europa donde se extendió el procedimiento inquisitorial, las formas de la ley tenían que ser modificadas y esto provocó la oposición de la elite, como ocurrió en la Inquisición española en 1480 y en la de los Países Bajos en 1520.

    5) Dos aspectos clave del procedimiento criminal de la Inquisición —el uso de la tortura y la pena de muerte— eran completamente nuevos y por lo tanto provocaban una fuerte oposición. El uso de la tortura (que, en realidad, parece que se aplicaba raras veces) capturó la imaginación de los escritores populares tardíos y a ellos debemos algunas de las más imaginativas páginas de la ficción romántica que se produjeron durante el siglo XVIII y XIX. Es instructivo recordar la novedad de la pena de muerte, que a voces creemos pacíficamente aceptada. Por el contrario, en Castilla en los años de 1480, habla fuertes objeciones a su empleo (tenemos las bien conocidas quejas del secretario de la reina Hernando del Pulgar) y lo mismo sucedía en los Países Bajos en 1520. Quizás podemos repetir lo que todos los críticos de la persecución han repetido desde el siglo XVI: que las Inquisiciones, directa o indirectamente, eran cuerpos sanguinarios que ejecutaban a miles de personas en nombre de Cristo, con el convencimiento de que matando el cuerpo salvaban el alma.

    A pesar de esto, no debemos exagerar el significado de la tortura o de la pena de muerte. Salvo algunas excepciones importantes, la tortura se empleaba poco, y las cifras por muertes inquisitoriales han sido consistentemente exageradas.

    6) Con la notable excepción de la Inquisición romana de 1542, que era un cuerpo general con un propósito general, la mayoría de las Inquisiciones se introdujeron, no para tratar con las ideas peligrosas, sino con las consecuencias sociales de la herejía. En el siglo XIII los inquisidores eran enviados contra sectas (valdenses, cátaros) cuya estructura y relaciones sociales diferían del resto de la sociedad. Por el mismo motivo, el tribunal español tenía propósitos específicamente antisemíticos; y en los Países Bajos el objetivo principal eran los anabaptistas, quienes desafiaban la estructura normal de la autoridad. La Inquisición era específicamente un instrumento de control social más que de control teológico y aun secciones de la Inquisición romana —en especial la de Venecia—pasaban la mayor parte de su tiempo persiguiendo judíos más que erradicando ideas equivocadas 7) Aunque es corriente decir que la persecución no tuvo éxito, es preciso tener en cuenta los siguientes hechos: el catarismo, concienzudamente perseguido, fue virtualmente extirpado; los conversos judaizantes fueron exterminados hasta tal punto que hacia principios del siglo XVI se admitía en general en España que la ofensa prácticamente había desaparecido (un proceso al que ayudó la expulsión de 1492); el holocausto de los anabaptistas en los Países Bajos los eliminó como secta religiosa importante.

    En Inglaterra la persecución sectaria llevó a miles de personas a arriesgar sus vidas buscando la libertad en América. Por ejemplo, la secta de los menonitas, hoy una rica y floreciente comunidad del Nuevo Mundo. Por lo tanto, no podemos decir que las Inquisiciones fueron un fracaso. Fueron evidentemente un éxito. Tampoco podemos decir que las ideas perseguidas sobreviven: la historia del catarismo demuestra precisamente todo lo contrario.

    8) En la Europa histórica es normal culpar al Papado y a la Iglesia Católica de la persecución; pero en realidad cada país y cada ideología tenían alguna forma de disciplina que puede ser calificada de Inquisición. Cuando, a mitad del siglo XVI, Juan Calvino permitió la ejecución de Miguel Servet en Ginebra, los comentaristas no tardaron en señalar que los calvinistas, igual que los católicos, tenían también su propia Inquisición. El irresoluble problema de mantener la libertad sin perder la disciplina es una cuestión ineludible y las respuestas al problema fueron sustancialmente diferentes en cada país.

    Publicado en el nº 8 de la Revista “Atlántida” Tomado de http://www.arvo.net/includes/documento.php?IdDoc=7627&IdSec=968

    Mariano Artigas, “Lo que deberíamos saber sobre Galileo”, ARVO

    El caso Galileo suele ser utilizado para afirmar que la Iglesia católica es enemiga del progreso científico. Por tanto, me llama la atención que bastantes católicos, incluidos sacerdotes, religiosos y otras personas que tienen conocimientos teológicos, conozcan ese caso de un modo bastante superficial y, en ocasiones, incluso equivocado.

    Hace unos años me encontraba en Roma dando un curso de doctorado. En una sesión hablé sobre el caso Galileo. Al terminar, un sacerdote que estaba trabajando en su tesis doctoral vino a hablar conmigo. Estaba muy enfadado y me decía: ¿cómo es posible que yo, sacerdote católico, que he pasado años en un Seminario y ahora trabajo en mi tesis doctoral en Roma, me entere a fecha de hoy que a Galileo no le mató la Inquisición? Tenía toda la razón en sentirse desconcertado. Dado que tengo experiencias similares con cierta frecuencia, he decidido escribir este artículo, en el que pretendo resumir, muy brevemente, los aspectos centrales del caso Galileo: qué sabemos con seguridad que sucedió o no sucedió; qué temas continúan siendo discutidos; cuál es, en definitiva, el estado actual de la cuestión en sus dimensiones principales.

    Cuáles sean las causas de la ignorancia y la confusión que existen en torno al caso Galileo es un tema que merecería ser estudiado. En parte se puede deber al uso demasiado partidista que muchas veces se ha hecho de este caso: algunos, deseando atacar a la Iglesia, han acentuado excesivamente lo que les interesaba o han deformado los hechos, y otros, al defender a la Iglesia, a veces han utilizado una apologética demasiado fácil, desconociendo las complejidades del caso. En la actualidad existen muchos estudios rigurosos sobre Galileo, de modo que se puede establecer con objetividad qué es lo que sabemos y qué es lo que ignoramos. La Iglesia católica ha mostrado, por medio de su máximo representante, el Papa, un claro deseo de clarificar el tema, y no ha tenido inconveniente en reconocer sin paliativos los errores que sus representantes pudieron cometer con Galileo, pidiendo incluso perdón por ello. Parece que estamos en un buen momento para proponer un resumen desapasionado del famoso caso.

    1. ¿CÓMO MURIÓ GALILEO? El primer punto que debería quedar claro es que a Galileo no lo mató la Inquisición, ni nadie. Murió de muerte natural. Galileo nació el martes 15 de febrero de 1564 en Pisa, y murió el miércoles 8 de enero de 1642, en su casa, una villa en Arcetri, en las afueras de Florencia. Por tanto, cuando murió tenía casi 78 años (es posible encontrar una diferencia de un año incluso en documentos oficiales, porque entonces, en Florencia, los años se empezaban a contar el 25 de marzo, fecha de la Encarnación del Señor). Cuenta Vincenzo Viviani, un joven discípulo de Galileo que permaneció continuamente junto a él en los últimos treinta meses, que su salud estaba muy agotada: tenía una grave artritis desde los 30 años, y a esto se unía “una irritación constante y casi insoportable en los párpados” y “otros achaques que trae consigo una edad tan avanzada, sobre todo cuando se ha consumido en el mucho estudio y vigilia”. Añade que, a pesar de todo, seguía lleno de proyectos de trabajo, hasta que por fin “le asaltó una fiebre que le fue consumiendo lentamente y una fuerte palpitación, con lo que a lo largo de dos meses se fue extenuando cada vez más, y, por fin, un miércoles, que era el 8 de enero de 1642, hacia las cuatro de la madrugada, murió con firmeza filosófica y cristiana, a los setenta y siete años de edad, diez meses y veinte días”. Por tanto, no existió la hoguera, ni nada parecido.

    Tampoco fue condenado a muerte. El único proceso en que fue condenado tuvo lugar en 1633, y allí fue condenado a prisión que, en vista de sus buenas disposiciones, fue conmutada inmediatamente por arresto domiciliario, de modo que nunca llegó a ingresar en la cárcel. Según las normas comunes, durante el proceso debería haber estado en la cárcel de la Inquisición, pero de hecho no estuvo nunca ahí: antes de empezar el proceso se alojó en la embajada de Toscana en Roma, situada en Palazzo Firenze, donde vivía el embajador; durante el proceso se le exigió en algunos momentos alojarse en el edificio de la Inquisición, pero entonces se le habilitaron unas estancias que estaban reservadas para los eclesiásticos que trabajaban allí, permitiendo que le llevaran la comida desde la embajada de Toscana; y al acabar el proceso se le permitió estar alojado en Villa Medici, una de las mejores villas de Roma, con espléndidos jardines, que era propiedad del Gran Duque de Toscana. Todo esto se explica porque Galileo era oficialmente el primer matemático y filósofo del Gran Duque de Toscana, territorio importante (incluye Florencia, Pisa, Livorno, Siena, etc.) y tradicionalmente bien relacionado con la Santa Sede, y las autoridades de Toscana ejercieron sus buenos oficios para que en Roma se tratara a Galileo lo mejor posible, como de hecho sucedió. El embajador de Toscana, Francesco Niccolini, apreciaba muchísimo a Galileo, y puso todos los medios para que sufriera lo menos posible con el proceso, y para que no ingresara en prisión. Niccolini consiguió que, al acabar el proceso, la pena de prisión que se le impuso fuera conmutada por confinamiento en Villa Medici. Después de pocos días se le permitió trasladarse a Siena, donde se alojó en el palacio del arzobispo, monseñor Ascanio Piccolomini; éste era un gran admirador y amigo de Galileo, y le trató espléndidamente durante los varios meses que estuvo en su casa, de modo que allí se recuperó del trauma que, sin duda, supuso para él el proceso (en 1633, cuando tuvo lugar el proceso, Galileo tenía 69 años). Después, se le permitió trasladarse a la casa que tenía en las afueras de Florencia, y allí permaneció hasta que murió, ya viejo, de muerte natural. Acabó su obra más importante, y la publicó, en 1638, después del proceso.

    En definitiva, Galileo no fue condenado a muerte, sino a una prisión que no se llegó a ejecutar porque fue conmutada: primero, por una estancia de varios días en Villa Medici, en Roma; después, por una estancia de varios meses en el palacio de su amigo el arzobispo de Siena; y a continuación (finales de 1633), se le permitió residir, en una especie de arresto domiciliario, en su propia casa, la Villa del Gioiello, en Arcetri, en las afueras de Florencia, donde vivió y trabajó hasta su muerte.

    Galileo tampoco fue nunca sometido a tortura o a malos tratos físicos. Sin duda, hacerle ir a Roma desde Florencia para ser juzgado, teniendo 69 años, supone mal trato, y lo mismo puede decirse de la tensión psicológica que tuvo que soportar durante el proceso y en la condena final, seguida de una abjuración forzada. Es cierto. Desde el punto de vista psicológico, con la repercusión que esto puede tener en la salud, Galileo tuvo que sufrir por esos motivos y, de hecho, cuando llegó a Siena después del proceso, se encontraba en malas condiciones. Pero es igualmente cierto que no fue objeto de ninguno de los malos tratos físicos típicos de la época. Algún autor ha sostenido que, durante el proceso, al final, en una ocasión fue sometido a tortura; sin embargo, autores de todas las tendencias están de acuerdo, con práctica unanimidad, que esto realmente no sucedió. En la fase conclusiva del proceso, en una ocasión, se encuentra una amenaza de tortura por parte del tribunal, pero todos los datos disponibles están a favor de que se trató de una pura formalidad que, debido a los reglamentos de la Inquisición, el tribunal debía mencionar, pero sin intención de llevar a la práctica la tortura y sin que, de hecho, se realizara (consta, además, que en Roma no se llevaba a cabo tortura con personas de la edad de Galileo). Después de la condena, en Siena, Galileo se recuperó. Luego sufrió diversas enfermedades, pero eran las mismas que ya sufría habitualmente desde muchos años antes, que se fueron agravando con la edad. Llegó a quedarse completamente ciego, pero esto nada tuvo que ver con el proceso.

    2. ¿POR QUÉ FUE CONDENADO GALILEO? Lo que más llama la atención no son los malos tratos físicos que, como acabamos de ver, no existieron, sino el hecho mismo de que Galileo fuera condenado, con las tensiones y sufrimientos que esto implica. Desde luego, no era homicida, ni ladrón, ni malhechor en ningún sentido habitual de la palabra. Entonces, ¿por qué fue condenado?, y ¿cuál fue la condena? Se suele hablar de dos procesos contra Galileo: el primero en 1616, y el segundo en 1633. A veces sólo se habla del segundo. El motivo es sencillo: el primer proceso realmente existió, porque Galileo fue denunciado a la Inquisición romana y el proceso fue adelante, pero no se llegó a citar a Galileo delante del tribunal: el denunciado se enteró de que existía la denuncia y el proceso a través de comentarios de otras personas, pero el tribunal nunca le dijo nada, ni le citó, ni le condenó. Por eso, con frecuencia no se considera que se tratara de un auténtico proceso, aunque de hecho la causa se abrió y se desarrollaron algunas diligencias procesuales durante meses. En cambio, el de 1633 fue un proceso en toda regla: Galileo fue citado a comparecer ante el tribunal de la Inquisición de Roma, tuvo que presentarse y declarar ante ese tribunal, y finalmente fue condenado. Se trata de dos procesos muy diferentes, separados por bastantes años; pero están relacionados, porque lo que sucedió en el de 1616 condicionó en gran parte lo que sucedió en 1633.

    2.1. El proceso de 1616 En 1616 se acusaba a Galileo de sostener el sistema heliocéntrico propuesto en la antigüedad por los pitagóricos y en la época moderna por Copérnico: afirmaba que la Tierra no está quieta en el centro del mundo, como generalmente se creía, sino que gira sobre sí misma y alrededor del Sol, lo mismo que otros planetas del Sistema Solar. Esto parecía ir contra textos de la Biblia donde se dice que la Tierra está quiera y el Sol se mueve, de acuerdo con la experiencia; además, la Tradición de la Iglesia así había interpretado la Biblia durante siglos, y el Concilio de Trento había insistido en que los católicos no debían admitir interpretaciones de la Biblia que se aparten de las interpretaciones unánimes de los Santos Padres.

    Los hechos de 1616 acabaron con dos actos extra-judiciales. Por una parte, se publicó un decreto de la Congregación del Índice, fechado el 5 de marzo de 1616, por el que se incluyeron en el Índice de libros prohibidos tres libros: Acerca de las revoluciones del canónigo polaco Nicolás Copérnico, publicado en 1543, donde se exponía la teoría heliocéntrica de modo científico; un comentario del agustino español Diego de Zúñiga, publicado en Toledo en 1584 y en Roma en 1591, donde se interpretaba algún pasaje de la Biblia de acuerdo con el copernicanismo; y un opúsculo del carmelita italiano Paolo Foscarini, publicado en 1615, donde se defendía que el sistema de Copérnico no está en contra de la Sagrada Escritura. Quedaba afectado por las mismas censuras cualquier otro libro que enseñara las mismas doctrinas. El motivo que se daba en el decreto para esas censuras era que la doctrina que defiende que la Tierra se mueve y el Sol está en reposo es falsa y completamente contraria a la Sagrada Escritura. Por otra parte, se amonestó personalmente a Galileo, para que abandonara la teoría heliocéntrica y se abstuviera de defenderla.

    El opúsculo de Foscarini fue prohibido absolutamente. En cambio, los libros de Copérnico y de Zúñiga solamente fueron suspendidos hasta que se corrigieran algunos pasajes. En el caso de Zúñiga, lo que debería modificarse era muy breve. En el caso de Copérnico se trataba de diversos pasajes donde había que explicar que el heliocentrismo no era una teoría verdadera, sino sólo un artificio útil para los cálculos astronómicos. De hecho, esas correcciones se prepararon y se aprobaron al cabo de cuatro años, en 1620.

    Nos podemos preguntar por qué se daba tanta importancia a algo que, hoy día, parece sencillo: cuando la Biblia habla de cuestiones científicas, con frecuencia adopta el modo de hablar propio de la cultura, de la época o simplemente de la experiencia ordinaria. De hecho, éste fue uno de los argumentos que utilizó Galileo en su Carta a Benedetto Castelli, que circuló en copias a mano (Castelli era un benedictino, amigo y discípulo de Galileo, profesor de matemáticas en la Universidad de Pisa), y con mayor extensión en su Carta a la Gran Duquesa de Toscana, Cristina de Lorena (madre de quien en aquellos momentos era Gran Duque de Toscana, Cosme II), a quien habían llegado ecos de las acusaciones bíblicas contra Galileo.

    Para comprender el trasfondo del asunto hay que mencionar tres problemas. En primer lugar, Galileo se había hecho célebre con sus descubrimientos astronómicos de 1609-1610. Utilizando el telescopio que él mismo contribuyó de modo decisivo a perfeccionar, descubrió que la Luna posee irregularidades como la Tierra, que alrededor de Júpiter giran cuatro satélites, que Venus presenta fases como la Luna, que en la superficie del Sol existen manchas que cambian de lugar, y que existen muchas más estrellas de las que se ven a simple vista. Galileo se basó en estos descubrimientos para criticar la física aristotélica y apoyar el heliocentrismo copernicano. Las profesores aristotélicos, que eran muchos y poderosos, sentían que los argumentos de Galileo contradecían su ciencia, y a veces quedaban en ridículo. Estos profesores atacaron seriamente a Galileo y, cuando se les acababan las respuestas, algunos recurrieron a los argumentos teológicos (la pretendida contradicción entre Copérnico y la Biblia).

    En segundo lugar, la Iglesia católica era en aquellos momentos especialmente sensible ante quienes interpretaban por su cuenta la Biblia, apartándose de la Tradición, porque el enfrentamiento con el protestantismo era muy fuerte. Galileo se defendió de quienes decían que el heliocentrismo era contrario a la Biblia explicando por qué no lo era, pero al hacer esto se ponía a hacer de teólogo, lo cual era considerado entonces como algo peligroso, sobre todo cuando, como en este caso, uno se apartaba de las interpretaciones tradicionales. Galileo argumentó bastante bien como teólogo, subrayando que la Biblia no pretende enseñarnos ciencia y se acomoda a los conocimientos de cada momento, e incluso mostró que en la Tradición de la Iglesia se encontraban precedentes que permitían utilizar argumentos como los que él proponía. Pero, en una época de fuertes polémicas teológicas entre católicos y protestantes, estaba muy mal visto que un profano pretendiera dar lecciones a los teólogos, proponiendo además novedades un tanto extrañas.

    En tercer lugar, la cosmovisión tradicional, que colocaba a la Tierra en el centro del mundo, parecía estar de acuerdo con la experiencia ordinaria: vemos que se mueven el Sol, la Luna, los planetas y las estrellas; en cambio, si la Tierra se moviera, deberían suceder cosas que no suceden: proyectiles tirados hacia arriba caerían atrás, no se sabe cómo estarían las nubes unidas a la Tierra sin quedarse también atrás, se debería notar un movimiento tan rápido. Además, esa cosmovisión tradicional parecía mucho más coherente con la perspectiva cristiana de un mundo creado en vistas al hombre, y también con la Encarnación y la Redención de la humanidad a través de Jesucristo; de hecho, entre quienes habían aceptado las ideas de Copérnico se contaba Giordano Bruno, quien defendió que existen muchos mundos habitados y acabó sosteniendo doctrinas más o menos heréticas (Bruno fue quemado, como consecuencia de su condena por la Inquisición romana, en 1600, aunque debe señalarse, no como disculpa sino para mayor claridad, que no era propiamente un científico, aunque utilizara el copernicanismo como punto de partida).

    Los sucesos de 1616 culminaron en un decreto de la Congregación del Índice, fechado el 5 de marzo de 1616, por el que se prohibieron los libros mencionados, con los matices ya señalados. El decreto se publicó en nombre de la Congregación, y está firmado por el cardenal prefecto y por el secretario de la Congregación, no por el Papa. Desde luego, un acto de ese tipo se hacía con el mandato o aprobación del Papa y, de algún modo, comprometía la autoridad del Papa, pero de ninguna manera puede ser considerado como un acto en el que se pone en juego la infalibilidad del Papa: por una parte, porque ni está firmado por el Papa y ni siquiera se le menciona; por otra, porque se trata de un acto de gobierno de una Congregación, no de un acto de magisterio; y además, porque no pretende definir una doctrina de modo definitivo. Eso se sabía perfectamente entonces, igual que ahora; como prueba de ella se puede mencionar una carta de Benedetto Castelli a Galileo, escrita el 2 de octubre de 1632, cuando ya se había ordenado a Galileo que compareciera ante la Inquisición de Roma. Castelli ha hablado con el Padre Comisario del Santo Oficio, Vincenzo Maculano, y ha defendido la ortodoxia de la posición de Copérnico y de Galileo, añadiendo que varias veces ha hablado de todo ello con teólogos piadosos y muy inteligentes, y no han visto ninguna dificultad; añade que el mismo Maculano le ha dicho que está de acuerdo y que, en su opinión, la cuestión no debería zanjarse recurriendo a la Sagrada Escritura. Es fácil advertir que estas opiniones, tratadas en el mismo Comisario del Santo Oficio, no tendrían sentido si el decreto del Índice de 1616 pudiera ser interpretado como teniendo un alcance de magisterio infalible o definitivo.

    En las deliberaciones de la Santa Sede, previas al decreto, se pidió la opinión a once consultores del Santo Oficio, quienes dictaminaron, el 24 de febrero de 1616, que decir que el Sol está inmóvil en el centro del mundo es absurdo en filosofía y además formalmente herético, porque contradice muchos lugares de la Escritura tal como los exponen los Santos Padres y los teólogos, y decir que la Tierra se mueve es también absurdo en filosofía y al menos erróneo en la fe. Con frecuencia se toma esta opinión de los teólogos consultores como si fuera el dictamen de la autoridad de la Iglesia, pero no lo es: fue sólo la opinión de esas personas. El único acto público de la autoridad de la Iglesia fue el decreto de la Congregación del Índice, y en ese decreto no se dice que la doctrina heliocentrista sea herética: se dice que es falsa y que se opone a la Sagrada Escritura. El matiz es importante, y cualquier entendido en teología lo sabía entonces y lo sabe ahora. Nadie consideró entonces, ni debería considerar ahora, que se condenó el heliocentrismo como herejía, porque no es cierto. Esto explica que Galileo y otras personas igualmente católicas continuaran aceptando el heliocentrismo; Galileo sabía (y era cierto) que él había mostrado, en sus cartas a Castelli y a Cristina de Lorena, que el heliocentrismo se podía compaginar con la Sagrada Escritura, utilizando además principios que no eran nuevos, sino que tenían apoyo en la Tradición de la Iglesia.

    La decisión de la autoridad de la Iglesia en 1616 fue equivocada, aunque no calificó al heliocentrismo como herejía. Galileo y sus amigos eclesiásticos se propusieron conseguir que ese decreto fuera revocado. Podían haberlo conseguido: se trataba de un decreto disciplinar que, aunque iba acompañado por una valoración doctrinal, no condenaba el heliocentrismo como herejía, ni era un acto de magisterio infalible.

    Otro aspecto importante a tener en cuenta es que, aunque las críticas de Galileo a la posición tradicional estaban fundadas, ni él ni nadie poseían en aquellos momentos argumentos para demostrar que la Tierra se mueve alrededor del Sol. Esta afirmación parecía, más bien, absurda, tal como la calificaron los teólogos del Santo Oficio. En una famosa carta, el cardenal Roberto Belarmino, uno de los teólogos más influyentes entonces, pedía tanto a Foscarini como a Galileo que utilizaran el heliocentrismo sólo como una hipótesis astronómica, sin pretender que fuera verdadera ni meterse en argumentos teológicos, en cuyo caso no habría ningún problema. Pero Galileo, para defenderse de acusaciones personales y para intentar que la Iglesia no interviniera en el asunto, se lanzó a una defensa fuerte del copernicanismo, trasladándose a Roma e intentando influir en las personalidades eclesiásticas; esto quizá tuvo el efecto contrario, provocando que la autoridad de la Iglesia interviniera para frenar la propaganda de Galileo que, al menos en sus críticas, era bastante convincente.

    Además del decreto de la Congregación del Índice, las autoridades eclesiásticas tomaron otra decisión que afectaba personalmente a Galileo y que influyó decisivamente en su proceso, 17 años más tarde. En concreto, por orden del Papa (Pablo V), el cardenal Belarmino citó a Galileo (que se encontraba entonces en Roma, dedicado a la propaganda del copernicanismo) y, en la residencia del cardenal, el 26 de febrero de 1616, le amonestó a abandonar la teoría copernicana. El Papa había mandado que Belarmino hiciera esta amonestación, añadiendo que, si Galileo no quería abandonar la teoría, el Comisario del Santo Oficio, delante de notario y testigos, le ordenara que no enseñara, defendiera ni tratara esa doctrina, y que si se negase a esto, se le encarcelase. Consta que Belarmino hizo la amonestación. Pero entre los documentos que se han conservado existe uno que ha dado lugar a discusiones sobre la fuerza y el alcance de ese precepto: dice que, a continuación de la amonestación de Belarmino, el Padre Comisario del Santo Oficio (el dominico Michelangelo Seghizzi) le transmitió el precepto mencionado; pero ese documento está sin firmar. Se han dado interpretaciones de todo tipo; la más extrema es que se trata de un documento falseado deliberadamente en 1616 o en 1633 para acabar con Galileo; pero esto parece muy poco probable. Con los documentos que poseemos, es muy difícil saber exactamente cómo se desarrolló el encuentro entre Belarmino y Galileo. Pero está claro que Galileo entendió perfectamente que, en lo sucesivo, no podía argumentar a favor del copernicanismo, y en efecto así lo hizo durante años. Precisamente, el proceso a que fue sometido 17 años después, en 1633, fue motivado porque, aparentemente, Galileo desobedeció a ese precepto.

    2.2. El proceso de 1633 Si el decreto de la Congregación del Índice en 1616 fue una equivocación, también lo fue prohibir a Galileo tratar o defender el copernicanismo. Galileo lo sabía. Sin embargo, obedeció. Siempre fue y quiso ser buen católico. Pero sabía que la prohibición de 1616 se basaba en una equivocación y quería solucionar el equívoco. Incluso advertía el peligro de escándalo que podría ocasionar esa prohibición en el futuro, si se llegaba a demostrar con certeza que la Tierra gira alrededor del Sol. Sus amigos estaban de acuerdo con él.

    En 1623 coincidieron unas circunstancias que parecían favorecer una revisión de las decisiones de 1616, o por lo menos hacer posible que se expusieran, aunque fuese con cuidado, los argumentos a favor del copernicanismo. El factor principal fue la elección como Papa del cardenal Maffeo Barberini, que tomó el nombre de Urbano VIII. Era, desde hacía años, un admirador de Galileo, a quien incluso había dedicado una poesía latina en la que alababa sus descubrimientos astronómicos. Además, desde el primer momento tuvo en puestos de mucha confianza a varios amigos y partidarios de Galileo. En 1624 Galileo fue a Roma y el Papa le recibió seis veces, con gran cordialidad. Pero Galileo comprobó, al tantear el asunto del copernicanismo, que, si bien Urbano VIII no lo consideraba herético (ya hemos visto que nunca fue declarado tal), lo consideraba como una posición doctrinalmente temeraria y, además, estaba convencido de que nunca se podría demostrar: decía que los mismos efectos observables que se explican con esa teoría, podrían deberse a otras causas diferentes, pues en caso contrario estaríamos limitando la omnipotencia de Dios. Se trataba de un argumento que, aparentemente, tenía mucha fuerza, y parecía que quien pretendiera haber demostrado el copernicanismo estaba poniendo límites a la omnipotencia de Dios.

    A pesar de todo, el talante del nuevo Papa y la posición estratégica de sus amigos llevaron a Galileo a embarcarse en un viejo proyecto pendiente: escribir una gran obra discutiendo el copernicanismo y, desde luego, argumentando en su favor. Simplemente, la presentaría como un diálogo entre un partidario del geocentrismo y otro del heliocentrismo, sin dejar zanjada la cuestión. Y añadiría el argumento del Papa. Pero el lector inteligente ya se daría cuenta de quién tenía razón.

    Además, Galileo pensaba que disponía de un argumento nuevo que demostraba el movimiento de la Tierra: el argumento de las mareas. Según Galileo, las mareas sólo se podrían explicar suponiendo el movimiento de la Tierra (y no aceptaba, como si sonara a astrología, que se debieran a la influencia de la Luna). Incluso quería titular su obra de ese modo, como un tratado sobre las mareas, pero el Papa supo que pretendía utilizar ese título y, como sonaba a demasiado realista (como en efecto lo era), aconsejó poner otro título que no sonara a una prueba del movimiento de la Tierra (desde luego, como sabemos, el argumento de las mareas estaba equivocado). Galileo cambió el título del libro, que se vino a llamar Dialogo en torno a los dos grandes sistemas del mundo, el tolemaico y el copernicano. Un título muy acertado debido, en parte, a la ingerencia de un Papa que no quería que se tratara el movimiento de la Tierra como algo real: pero, sin duda, ésa era la intención principal de Galileo en su obra. Galileo estaba dispuesto a conceder todo lo que fuera necesario, con tal de publicar una obra donde se recogieran los argumentos en contra de la posición tradicional y en favor del copernicanismo.

    Galileo acabó de redactar el Diálogo en 1630, y lo llevó a Roma para obtener el permiso eclesiástico para imprimirlo. El permiso debía ser concedido por el Maestro del Sagrado Palacio, el dominico Niccolò Riccardi, que no sabía astronomía pero era admirador de Galileo y siempre se había mostrado deseoso de ayudarle. Ahora Riccardi se encontró en un compromiso. Dio a entender que no habría problemas, aunque habría que ajustar una serie de detalles. Galileo volvió a Florencia, la peste estableció serias limitaciones al tráfico y correo entre Florencia y Roma, y ahí comenzó una cadena de equívocos que alargaron la concesión del permiso y pusieron nervioso a Galileo. Al cabo de un año, Galileo solicitó y obtuvo la intervención del Gran Duque de Toscana y de su embajador en Roma para obtener el permiso. Riccardi, que también era toscano y era pariente de la esposa del embajador, fue sometido a una presión muy fuerte. Finalmente concedió el permiso para que se imprimiera el libro en Florencia, pero con una serie de condiciones que hacía saber a Galileo y al Inquisidor de Florencia. Riccardi sabía lo que el Papa pensaba: que sólo se podía tratar el copernicanismo como una hipótesis matemática, no como una representación de la realidad; las condiciones y advertencias que dio se encaminaban a garantizar esto, que no estaba nada claro en la obra de Galileo.

    Galileo introdujo cambios pero, seguramente, no todos los que hubiera introducido Riccardi y hubiera deseado el Papa. En el libro, Simplicio, el personaje que defiende la posición tradicional de Aristóteles y Tolomeo, siempre sale perdiendo. Simplicio fue uno de los más famosos comentadores antiguos de Aristóteles, pero en la obra de Galileo daba la impresión de que sus argumentos y su actitud correspondían demasiado bien a su nombre. Por otra parte, el argumento favorito del Papa aparecía al final de la obra: después de haber expuesto todos los argumentos físicos y filosóficos, Simplicio, precisamente Simplicio, utilizaba ese argumento, y aunque Salviati, el defensor de Copérnico (y Galileo) lo aprueba, el final es muy breve y forzado. Para mayor confusión, una Introducción aprobada por Riccardi, en la que se explicaba que esa obra no pretendía establecer el copernicanismo como teoría verdadera, apareció impresa en un tipo diferente al del resto de la obra, dando la impresión de un añadido postizo.

    El Diálogo se acabó de imprimir en Florencia el 21 de febrero de 1632. Galileo envió enseguida ejemplares por todas partes, también a sus amigos de otros países de Europa. Todavía había problemas de comunicación con Roma por la peste, de modo que los primeros ejemplares no llegaron a Roma hasta mitad de mayo. Uno de ellos fue entregado al cardenal Francesco Barberini, sobrino y mano derecha del Papa, a quien Galileo había ayudado, hacía años, a conseguir el doctorado, y a quien consideraba, al igual que a su tío el Papa, como un gran amigo personal.

    En 1632 la mayor preocupación del Papa no era precisamente el movimiento del Sol y de la Tierra. Estaba en pleno desarrollo la Guerra de los Treinta Años, que comenzó en 1618 y no terminó hasta 1648, que enfrentaba a toda Europa en dos mitades, los católicos y los protestantes. En aquel momento había problemas muy complejos, porque la católica Francia se encontraba más bien al lado de los protestantes de Suecia y Alemania, enfrentada con las otras potencias católicas, España y el Imperio. Urbano VIII había sido cardenal legado en París y tendía a alinearse con los franceses, temiendo, además, una excesiva prepotencia de los españoles, e intentando no perder a Francia. Se trataba de equilibrios muy difíciles. Los problemas eran graves. El 8 de marzo de 1632, en una reunión de cardenales con el Papa, el cardenal Gaspar Borgia, protector de España y embajador del Rey Católico, acusó abiertamente al Papa de no defender como era preciso la causa católica. Se creó una situación extraordinariamente violenta. En esas condiciones, Urbano VIII se veía especialmente obligado a evitar cualquier cosa que pudiera interpretarse como no defender la fe católica de modo suficientemente claro.

    Precisamente en esas circunstancias, a mitad de mayo, empezaron a llegar a Roma los primeros ejemplares del Dialogo. En un primer momento no sucedió nada. Pero al cabo de dos meses, a mitad de julio, se supo que el Papa estaba muy enfadado con el libro, que intentaba frenar su difusión, y que iba a crear una comisión para estudiarlo y dictaminarlo.

    La documentación que poseemos no permite saber qué provocó el enfado y la decisión del Papa. Galileo siempre lo atribuyó a la actuación de sus enemigos (que no eran pocos ni poco influyentes), que habrían informado al Papa de modo tendencioso, predisponiéndole en contra. Por ejemplo, además de denunciar que el libro defendía el copernicanismo, en contra del decreto de 1616, habrían puesto de relieve que uno de los tres personajes que intervienen en el diálogo, Simplicio, que siempre lleva las de perder, es quien expone el argumento preferido del Papa acerca de la omnipotencia de Dios y los límites de nuestras explicaciones. Esto podía parecer una burla deliberada, y parece que así fue interpretado: varios años después, Galileo todavía enviaba un mensaje al Papa, desde su villa de Arcetri, haciéndole saber que jamás había pasado por su mente tal cosa. Además, como se ha señalado, las circunstancias personales de Urbano VIII en aquel momento eran difíciles, y no podía tolerar que se publicara un libro, que aparecía con los permisos eclesiásticos de Roma y de Florencia, en el que se defendía una teoría condenada por la Congregación del Índice en 1616 como falsa y contraria a la Sagrada Escritura.

    El Papa estableció una comisión para examinar las acusaciones contra Galileo, y se dictaminó que el asunto debía ser enviado al Santo Oficio (o Inquisición romana), desde donde se ordenó a Galileo, que vivía en Florencia, que se presentara en Roma ante ese tribunal durante el mes de octubre de 1632. Después de intentos dilatorios que duraron varios meses, el 30 de diciembre de 1632, el Papa con la Inquisición hizo saber que, si Galileo no se presentaba en Roma, se enviaría quien se cerciorase de su salud y, si se veía que podía ir a Roma, le llevarían encadenado. El Papa aconsejó seriamente al Gran Duque que se abstuviera de intervenir, porque el asunto era serio. Las autoridades toscanas decidieron aconsejar a Galileo que fuese a Roma. El embajador Niccolini, que conocía bien al Papa y hablaba con él con frecuencia, advertía que discutir con el Papa y llevarle la contraria era el camino mejor para arruinar a Galileo. Cuando el Papa hablaba con Niccolini del problema causado por Galileo, en varias ocasiones montó en cólera. Todos advirtieron a Galileo que lo mejor era que fuera a Roma y que se mostrara en todo momento dispuesto a obedecer en lo que le dijeran, porque si tomaba otra actitud las consecuencias serían perjudiciales para él.

    Galileo llegó a Roma el domingo 13 de febrero de 1633, en una litera facilitada por el Gran Duque, después de esperar en la frontera de los Estados Pontificios a causa de la peste que seguía en Florencia. El embajador de Toscana, Francesco Niccolini, se portó maravillosamente con Galileo, interviniendo continuamente en su favor ante las autoridades de Roma, de acuerdo con las instrucciones del Gran Duque. Consiguieron que Galileo no estuviera en la cárcel del Santo Oficio, como exigían las normas. Desde su llegada a Roma hasta el 12 de abril (dos meses), Galileo vivió en el Palacio de Florencia, donde se encontraba la embajada de Toscana y la casa del embajador. Las autoridades le recomendaron que evitara la vida social, de modo que no salía de casa, pero gozaba de un trato exquisito por parte del embajador y de su esposa. Niccolini pedía al Papa que el asunto fuese lo más breve posible, pero se alargaba porque la Inquisición todavía estaba deliberando sobre el modo de actuar. Como se había descubierto en los archivos del Santo Oficio el escrito de 1616 en el que se prohibía Galileo tratar de cualquier modo el copernicanismo, el proceso se centró completamente en una única acusación: la de desobediencia a ese precepto de 1616.

    Galileo fue llamado a deponer al Santo Oficio el martes 12 de abril de 1633. Su defensa nos puede parecer muy extraña: negó que, en el Dialogo, defendiera el copernicanismo. Galileo no sabía que el Santo Oficio había pedido la opinión al respecto a tres teólogos y que, el 17 de abril, los tres informes concluían sin lugar a dudas (como de hecho así era) que Galileo, en su libro, defendía el copernicanismo; en este caso, los teólogos tenían razón. Esto complicaba la situación, pues un acusado que no reconocía un error comprobado debía ser tratado muy severamente por el tribunal. Por otra parte, Galileo se defendió mostrando una carta que, a petición suya, le había escrito el cardenal Belarmino después de los sucesos de 1616, para que pudiera defenderse frente a quienes le calumniaban; en ese escrito, Belarmino daba fe de que Galileo no había tenido que abjurar de nada y que simplemente se le había notificado la prohibición de la Congregación del Índice. Pero eso podía interpretarse también contra Galileo si se mostraba, como era el caso, que en su libro argumentaba en favor de la doctrina condenada en 1616. El tribunal se centró en matices de la prohibición hecha a Galileo en 1616, que Galileo decía no recordar, porque había conservado el documento de Belarmino y ahí no se incluían esos matices. Desgraciadamente, Belarmino había muerto y no podía aclarar la situación.

    Esos días Galileo seguía en el Santo Oficio, aunque tampoco entonces estuvo en la cárcel. Por deferencia con el Gran Duque de Toscana y ante la insistencia del embajador, Galileo fue instalado en unas habitaciones del fiscal de la Inquisición, le traían las comidas desde la embajada de Toscana, y podía pasear. Estuvo allí desde el martes 12 de abril hasta el sábado 30 de abril: 17 días completos con sus colas.

    Para desbloquear la situación, el Padre Comisario propuso a los Cardenales del Santo Oficio algo insólito: visitar a Galileo en sus habitaciones e intentar convencerle para que reconociera su error. Lo consiguió después de una larga charla con Galileo el 27 de abril. Al día siguiente, sin comunicarlo a nadie más, escribió lo que había hecho y el resultado al cardenal sobrino del Papa, que se encontraba esos días en Castelgandolfo con el Papa; a través de esa carta se ve claro que esa actuación estaba aprobada por el Papa: de ese modo, el tribunal podría salvar su honor condenando a Galileo, y luego se podría usar clemencia con Galileo dejándole recluido en su casa, tal como (dice el Padre Comisario) sugirió Vuestra Excelencia (el cardenal Francesco Barberini).

    En efecto, el sábado 30 de abril Galileo reconoció ante el tribunal que, al volver a leer ahora su libro, que había acabado hacía tiempo, se daba cuenta de que, debido no a mala fe, sino a vanagloria y al deseo de mostrarse más ingenioso que el resto de los mortales, había expuesto los argumentos en favor del copernicanismo con una fuerza que él mismo no creía que tuvieran. A partir de ahí, las cosas se desarrollaron como el Comisario había previsto. Ese mismo día se permitió a Galileo volver al palacio de Florencia, a la casa del embajador. El martes 10 de mayo se le llamó al Santo Oficio para que presentara su defensa; presentó el original de la carta del cardenal Belarmino, y reiteró que había actuado con recta intención. Seguía encerrado en el palazzo Firenze; el embajador consiguió que le permitieran ir a pasear a Villa Medici, e incluso a Castelgandolfo, porque le sentaba mal no hacer ningún tipo de ejercicio. Mientras tanto, la peste seguía azotando a Florencia, y en alguna carta le decían que, en medio de su desgracia, era una suerte que no estuviera entonces en Florencia.

    El jueves 16 de junio, la Congregación del Santo Oficio tenía, como cada semana, su reunión con el Papa. En esta ocasión se celebró en el palacio del Quirinal. Estaban presentes 6 de los 10 Cardenales de la Inquisición, además del Comisario y del Asesor (en los interrogatorios y, en general, en todas las sesiones que se han mencionado hasta ahora, no estaban presentes los Cardenales: estaban los oficiales del Santo Oficio que transmitían las actas a la Congregación de los Cardenales, y éstos, con el Papa, tomaban las decisiones). Ese día el Papa decidió que Galileo fuera examinado acerca de su intención con amenaza de tortura (en este caso se trataba de una amenaza puramente formal, que ya se sabía de antemano que no se iba a realizar). Después, Galileo debía abjurar de la sospecha de herejía ante la Congregación en pleno. Sería condenado a cárcel al arbitrio de la Congregación, se le prohibiría que en el futuro tratara de cualquier modo el tema del movimiento de la Tierra, se prohibiría el Diálogo, y se enviaría copia de la sentencia a los nuncios e inquisidores, sobre todo al de Florencia, para que la leyera públicamente en una reunión en la que procuraría que se encontraran los profesores de matemática y de filosofía. El Papa comunicó esta decisión al embajador Niccolini el 19 de junio. Niccolini pidió clemencia, y el Papa, manifestando algo que, como se ha señalado, estaba ya decidido de antemano, le respondió que, después de la sentencia, volvería a ver al embajador para ver cómo se podría arreglar que Galileo no estuviera en la cárcel. De acuerdo con el Papa, Niccolini comunicó a Galileo que la causa se acabaría enseguida y el libro se prohibiría, sin decirle nada acerca de lo que tocaba a su persona, para no causarle más aflicción.

    Desde el martes 21 de junio hasta el viernes 24 de junio, Galileo estuvo de nuevo en el Santo Oficio. El miércoles día 22 Galileo fue llevado al convento de Santa María sopra Minerva; se le leyó la sentencia (firmada por 7 de los 10 Cardenales del Santo Oficio) y abjuró de su opinión acerca del movimiento de la Tierra delante de la Congregación. Fue, para Galileo, lo más desagradable de todo el proceso, porque afectaba directamente a su persona y se desarrolló en público de modo humillante. El jueves 23 el Papa, con la Congregación del Santo oficio reunida en el Quirinal, concedió a Galileo que la cárcel fuera conmutada por arresto en Villa Medici, a donde se trasladó el viernes día 24. El jueves día 30 se permitió a Galileo abandonar Roma y trasladarse a Siena, en Toscana, al palacio del Arzobispo. Galileo dejó Roma el miércoles 6 de julio y llegó a Siena el sábado 9 de julio. Había acabado la pesadilla romana.

    La sentencia de la Inquisición comienza con los nombres de los 10 cardenales de la Inquisición, y acaba con las firmas de 7 de ellos. El Papa, junto con la Congregación, decidió que se condenase a Galileo y que abjurase de su opinión, pero en el texto de la sentencia no aparece en ningún momento citado el Papa; por tanto, ese documento no puede ser considerado como un acto de magisterio pontificio, y menos aún como un acto de magisterio infalible ni definitivo. En el texto de la abjuración se lee “maldigo y detesto los mencionados errores y herejías”, pero no se trata de una doctrina definida como herejía por el magisterio de la Iglesia: en el texto de la abjuración se dice, como así es, que esa doctrina fue declarada contraria a la Sagrada Escritura, y, como sabemos, esta declaración se hizo mediante un decreto de la Congregación del Índice, que no constituyó un acto de magisterio infalible ni definitivo.

    El Arzobispo de Siena, Ascanio Piccolomini, era un antiguo discípulo, admirador y gran amigo de Galileo. Se había ofrecido varias veces para alojarle en su casa, teniendo en cuenta, además, que estaba relativamente cerca de Florencia y que en Florencia todavía existían ramalazos de la peste. En Siena, Galileo fue tratado espléndidamente y se recuperó de la tensión de los meses precedentes. A petición del Gran Duque de Toscana, el Papa, junto con el Santo Oficio, concedió el 1 de diciembre de 1633 a Galileo que pudiera volver a su casa en las afueras de Florencia, la Villa del Gioiello, con tal que permaneciera como en arresto domiciliario, sin moverse de allí ni hacer vida social. Consta que el 17 de diciembre Galileo ya estaba en su casa, y allí siguió hasta su muerte en 1642.

    En Arcetri Galileo siguió trabajando. Allí acabó sus Discursos y demostraciones en torno a dos nuevas ciencias, obra que se publicó en 1638 en Holanda. Se trata de su obra más importante, donde expone los fundamentos de la nueva ciencia de la mecánica, que se desarrollará en ese siglo hasta alcanzar 50 años más tarde, con los Principios matemáticos de la filosofía natural de Newton, obra publicada en 1687, la formulación que marca el nacimiento definitivo de la ciencia experimental moderna.

    3. INTERROGANTES E INTERPRETACIONES Hasta aquí he intentado exponer los datos básicos del proceso a Galileo. A partir de este momento me ocuparé de la valoración de esos datos. Dada la perspectiva que he adoptado, solamente aludiré brevemente a algunos aspectos que considero especialmente interesantes.

    En primer lugar, ¿podemos decir que sabemos lo fundamental acerca del proceso a Galileo?, ¿es posible que existan datos importantes desconocidos? La respuesta es que los documentos que se conservan permiten reconstruir casi todos los aspectos del proceso con gran fiabilidad. Poseemos los interrogatorios y declaraciones de Galileo en su totalidad, así como las decisiones del Papa y de la Congregación del Santo Oficio. En este terreno, no es plausible que aparezcan nuevos documentos que afecten sustancialmente a lo que ya sabemos. Seguramente existen huecos; uno de ellos, bastante importante, se refiere a los acontecimientos del verano de 1632, desde que el Diálogo llega a Roma hasta que el Papa convoca la congregación de teólogos para decidir qué se hace. ¿Quién y cómo informó al Papa? Galileo siempre consideró su proceso como consecuencia de las informaciones tendenciosas de sus enemigos. Es posible que existan documentos sobre esos acontecimientos, cuyo conocimiento permitiría comprender mejor por qué se desarrollaron del modo que lo hicieron. Podríamos saber, quizás, hasta qué punto las cosas podían haber sucedido de otra manera. De todos modos, eso no cambiaría los hechos ya conocidos, entre los cuales se cuenta que Galileo llevó adelante, durante años, su programa copernicano, aunque exteriormente pareciera haber renunciado a él, y que Urbano VIII quedó muy afectado cuando advirtió que su admirado amigo estaba, en realidad, haciendo un juego diferente del que él pensaba.

    Esto no significa que Galileo mintiera deliberadamente. Pero no hay duda de que consideró el copernicanismo como una teoría verdadera, también después del proceso. En su Carta a Cristina de Lorena había explicado ampliamente cómo se podía solucionar la aparente contradicción entre copernicanismo y Biblia; tenía razón y lo sabía: por este motivo podía admitir, con conciencia tranquila, el copernicanismo, incluso después de las condenas de 1616 y 1633. Lo mismo sucedía con sus amigos y con otras personas suficientemente informadas. Lo cual nos lleva a preguntarnos por qué las autoridades eclesiásticas condenaron una teoría que, si bien no estaba completamente demostrada en aquel momento, podía demostrarse y, de hecho, recibió nuevas confirmaciones en los años siguientes.

    Para responder a ese interrogante hemos de advertir que la ciencia experimental moderna, tal como la conocemos ahora, estaba naciendo y se encontraba todavía en un estado embrionario. Precisamente fue Galileo uno de sus padres fundadores. Pero el Galileo que veían las autoridades era muy diferente del que vemos ahora, a la luz del desarrollo de la física durante casi cuatro siglos. Galileo había realizado unos descubrimientos astronómicos importantes y se le habían reconocido. Pero no podía probar el movimiento de la Tierra. La ciencia moderna prácticamente no existía: las contribuciones más importantes de Galileo a esa ciencia fueron las publicadas, en los Discursos, después del proceso. Los eclesiásticos (Belarmino, Urbano VIII y muchos otros), al igual que la mayoría de los profesores universitarios, pensaban que el movimiento de la Tierra era absurdo, porque contradice a muchas experiencias ciertas y, si existiera, debería tener consecuencias que de hecho no se observan. No era fácil tomarse en serio el copernicanismo. Los teólogos que valoraron en 1616 la quietud del Sol y el movimiento de la Tierra dijeron, en primer lugar, que ambos eran absurdos en filosofía. Además parecían contrarios a la Biblia. Belarmino, y otros eclesiásticos, advirtieron que si se llegaba a demostrar el movimiento de la Tierra, habría que interpretar una serie de pasajes de la Biblia de modo no literal; sabían que eso podría hacerse, pero pensaban que el movimiento de la Tierra nunca se demostraría y que era absurdo. Esto no justifica toda su actuación, pero permite situarla en su contexto histórico real y hacerla comprensible.

    El proceso de Galileo no debería entenderse como un enfrentamiento entre ciencia y religión. Galileo siempre se consideró católico e intento mostrar que el copernicanismo no se oponía a la doctrina católica. Por su parte, los eclesiásticos no se oponían al progreso de la ciencia; durante su viaje a Roma en 1611, se tributó a Galileo un gran homenaje público en un acto celebrado en el Colegio Romano de los jesuitas, por sus descubrimientos astronómicos. El problema es que no consideraban que el movimiento de la Tierra fuera una verdad científica, e incluso algunos (entre ellos, el Papa Urbano VIII) estaban convencidos de que nunca se podría demostrar.

    Los enemigos de Galileo desempeñaron, probablemente, un papel importante para desencadenar el proceso. El temperamento muy vivo de Galileo no contribuía a apaciguar las numerosas disputas que originó su trabajo desde 1610. Además, él mismo se procuró enemistades de modo innecesario, de tal modo que, cuando el Diálogo se publicó en 1632, es fácil imaginar que sus enemigos en Roma pudieran presentar al Papa las cosas de tal manera que, teniendo en cuenta además las difíciles circunstancias por las que atravesaba Urbano VIII, éste se considerara ofendido por Galileo y viera necesario intervenir con fuerza. El temperamento de Urbano VIII también desempeñó un papel: tenía un carácter fuerte y pensó que Galileo había traicionado a su amistad sincera; repitió varias veces al embajador Niccolini que Galileo se había burlado de él. Consta que, al hablar de este tema con Niccolini, Urbano VIII se encolerizaba. Galileo seguramente no pretendió, en modo alguno, burlarse del Papa, pero es probable que los enemigos de Galileo, en el verano de 1632, convencieran al Papa de lo contrario, y que esto influyera seriamente en el desarrollo de los acontecimientos.

    No hay que pensar sólo en enemigos personales de Galileo. El movimiento de la Tierra podía fácilmente ser visto como causa de dificultades importantes para el cristianismo. Si la Tierra se convertía en un planeta más, y si existían muchas más estrellas de las que se ven a simple vista, ¿no podría esto interpretarse en la línea de Giordano Bruno, quien afirmó que existen muchos mundos como el nuestro, con sus estrellas y planetas habitados? En ese caso, ¿qué significado tendría la Encarnación y la Redención de Jesucristo?, ¿qué sucedería con la salvación de posibles seres inteligentes que podrían vivir en otros lugares del universo? Son preguntas que, en la actualidad, se plantean todavía con más fuerza que entonces, ante la posibilidad, remota pero real, de que se llegue a saber que existe vida en otros lugares del universo. En realidad, no es difícil advertir que la revelación cristiana se refiere directamente a lo que sucede con nosotros y, por tanto, no hay dificultad en principio para integrar dentro de ella a otros seres inteligentes. Además, la Iglesia enseña que los frutos de la Redención se aplican también a personas que han vivido antes de la Encarnación, o que viven después de ella y no conocen, sin culpa suya, la verdad del cristianismo. Pero se comprende que estos problemas pudieran influir en aquellos momentos. La asociación del copernicanismo con Bruno no podía favorecer a Galileo. Se puede recordar que dos personas clave en la condena del copernicanismo en 1616 fueron el Papa Pablo V y el cardenal Belarmino; ambos eran Cardenales de la Inquisición cuando, en 1600, el proceso de Bruno llegó a su final, y se puede suponer que, al pensar en el copernicanismo, lo verían, por así decirlo, asociado a los errores teológicos de Bruno.

    El movimiento de la Tierra parecía afectar al cristianismo desde otro punto de vista. El Diálogo de Galileo contenía críticas muy fuertes contra la filosofía de Aristóteles, que se venía usando, al menos desde el siglo XIII, como ayuda para la teología. En esa filosofía se admitía, por ejemplo, que en el mundo existe finalidad, y que las cualidades sensibles existen objetivamente y forman la base del conocimiento humano. Estas ideas parecían arruinarse con la nueva filosofía matemática y mecanicista de Galileo. La nueva ciencia nacía en polémica con la filosofía natural antigua, y no parecía poder llenar el hueco que ésta dejaba. Aunque las críticas de Galileo al aristotelismo se redujeran a aspectos concretos de la física que, ciertamente, debían abandonarse, parecía que la nueva ciencia pretendía arrojar fuera, como suele decirse, al niño junto con la bañera. Este problema sigue siendo actual. Incluso puede decirse que el progreso científico de los últimos siglos lo ha hecho cada vez más agudo. Son muchas las voces que piden un serio esfuerzo para integrar el progreso científico dentro de una visión más amplia que incluya las dimensiones metafísicas y éticas de la vida humana. En este sentido, los que veían en la nueva ciencia una fuente de dificultades no estaban completamente equivocados. Por supuesto, el problema no es de la ciencia en sí misma, de cuya legitimidad sería absurdo dudar. El progreso científico es ambivalente y el hecho de que pueda utilizarse mal no significa que deba castigarse a la ciencia. Simplemente intento subrayar que, en el fondo del caso Galileo, se encuentran algunos problemas que son reales, siguen siendo actuales, y esperan todavía una solución. Cuál sea el alcance del conocimiento científico es uno de esos problemas.

    Consta que hubo un intento de denunciar a Galileo ante la Santa Sede por su filosofía atomista, expuesta brevemente en su obra, de 1623, Il Saggiatore, argumentando que Galileo negaba la objetividad de las cualidades sensibles (colores, olores, sabores) y que esto contradice la doctrina del Concilio de Trento sobre la Eucaristía, según la cual, después de la consagración, se encuentran las especies sacramentales (accidentes del pan, como por ejemplo las cualidades sensibles) sin su sujeto natural. Se ha llegado a decir que el motivo más profundo de la acusación contra Galileo en 1632 era éste, y que el Papa consiguió que el proceso se centrara en torno al movimiento de la Tierra, porque en el otro caso las consecuencias hubieran sido mucho peores. La denuncia mencionada existió, pero parece demasiado exagerado centrar ahí los problemas de Galileo. Esta cuestión pone de manifiesto, sin embargo, que la nueva física venía acompañada por una filosofía mecanicista que, en parte, chocaba con la filosofía y la teología generalmente admitidas, y es cierto que este problema continuó vivo durante mucho tiempo e incluso sigue vivo, en parte, en la actualidad.

    El caso Galileo no afectó seriamente al progreso de la ciencia. La semilla que Galileo plantó dio fruto inmediatamente, también en Italia. Al cabo de pocas décadas, Newton llevó la física moderna hasta su nacimiento definitivo, y el trabajo de Galileo quedó bien asentado.

    Por fin, es interesante señalar que no ha existido ningún otro caso semejante al de Galileo. El caso Galileo no es un caso entre otros del mismo tipo. El caso más semejante es el del evolucionismo, pero la teoría de la evolución, dentro de su ámbito científico, nunca ha sido condenada por ningún organismo de la Iglesia universal. Si se intenta poner en el mismo nivel que el caso Galileo asuntos como el aborto, la eutanasia, la bioética, etc., debe advertirse que, si bien esos problemas incluyen componentes relacionados con la ciencia, no son problemas propiamente científicos, sino, como máximo, de aplicación de los conocimientos científicos. Pero esto exigiría una reflexión específica que va más allá de los objetivos que aquí me he propuesto.

    REFERENCIAS: Los datos de este artículo están tomados, en su mayoría, de la Edición Nacional de las obras de Galileo, preparada por Antonio Favaro: “Le Opere di Galileo Galilei”, 20 volúmenes, reimpresión, G. Barbèra Editore, Firenze 1968. Los documentos del proceso se encuentran en el tomo XIX, pp. 272-421, y también han sido editados por Sergio Pagano: “I documenti del processo di Galileo Galilei”, Pontificia Academia Scientiarum, Ciudad del Vaticano 1984.

    Tomado de www.arvo.net.

    Mariano Artigas, “Tres casos: Galileo, Lavoisier y Duhem”, ARVO

    A veces, los prejuicios contra la Iglesia provienen de la presunta oposición deja religión hacia la ciencia. Es interesante considerar algunos datos al respecto. Continúa leyendo Mariano Artigas, “Tres casos: Galileo, Lavoisier y Duhem”, ARVO

    José Ignacio Moreno, “Galileo Galilei y sus jueces”, Palabra, IX.97

    En octubre de 1992, coincidiendo con el 359 aniversario de la muerte de Galileo Galilei, presentaba sus conclusiones la Comisión especial de teólogos, científicos e historiadores, creada por Juan Pablo II en 1981, para examinar los posibles errores cometidos por el tribunal eclesiástico que condenó (1633) al famoso astrónomo. Dicho examen tampoco aportó ninguna novedad desconocida: los teólogos pontificios del siglo XVII traspusieron los límites de la doctrina de la fe para interferir en una cuestión de ámbito científico. Por su parte, Galileo presentaba como conclusiones irrefutables unas verdades que no había logrado demostrar científicamente: sólo se probarían un siglo más tarde. En todo caso, conviene señalar que el episodio de Galileo no es, en absoluto representativo: es el único conflicto histórico de ese género.

    La primera mitad del siglo XVII supone el inicio de lo que Paul Hazard ha llamado “la crisis de la conciencia europea”, titulo de una de sus más famosas obras. Un complejo maridaje de factores hace cambiar la mentalidad de los hombres.

    En el ámbito filosófico viven Francis Baton -que consideró la experiencia como única fuente de conocimiento- y Renato Descartes, que define la verdad como la claridad de los conceptos; no tanto su adecuación a la realidad. Y es en el campo científico-astronómico donde Galileo desarrolla su nueva cosmología.

    “Su idea básica era la existencia de una armonía en el universo y la aplicación de la matemática a los fenómenos observados, apartándose de la física aristotélica. Galileo abrió el camino a la ciencia moderna al afirmar que los fenómenos materiales obedecen a leyes bien definidas y que el objeto de los científicos es descubrirlas mediante observaciones cuidadosas y experimentos controlados. Ciencia y filosofía se separan en el siglo XVII: el objeto de aquella no será buscar respuestas a los por qués filosóficos, sino hallar el cómo de los fenómenos naturales” (Valentín Vázquez de Prada). La ciencia busca soluciones cuantitativas y se separa de la búsqueda por unidades de sentido metafísicas o existenciales.

    LA PARADOJA DEL PROBLEMA Galileo, profundizando en la cosmovisión de Copérnico, presentó la teoría heliocéntrica con un acusado matiz polemista frente a las ideas de su época. Su base científica fue refutada por insuficiente y errónea, como así lo era. Su intuición genial, más tarde confirmada, no se apoyaba en unas pruebas correctas. Sin embargo esgrimió, frente a sus jueces teólogos, acertados razonamientos en el campo que no le era propio: la interpretación de la Sagrada Escritura.

    Apeló a criterios de San Agustín referentes a la interpretación no necesariamente literal de la Biblia. Algún pasaje de la Biblia -aquél en que Josué detuvo el sol en su carrera parece corroborar la idea de la tierra como centro del cosmos. Pero no tendría por qué tratarse de una idea científica sino metafórica en orden al sentido último del universo al que se accede por la fe. Esto haría compatible el Antiguo Testamento con la teoría heliocéntrica.

    Paradójicamente, el Santo Oficio -en virtud del dictamen de una comisión de teólogos astrónomos- puso de manifiesto los errores científicos de Galileo.

    Según Walter Brandmüller, estudioso del tema, los miembros de la comisión inquisitorial tenían ideas similares a las del astrónomo italiano, pero no podían comprobarlas. Sin embargo erraron en su propio terreno: la interpretación de las Escrituras. El Tribunal, en el aparente dilema, optó por la inviolabilidad del texto bíblico.

    SEPARAR DATOS Y OPINIONES Para Brandmüller este suceso manifiesta la historicidad de los saberes humanos. El juicio de la Iglesia sólo está preservado de error cuando se pronuncia sobre fe y moral. Pero la Iglesia no condenó a Galileo dogmáticamente. Sólo el que se considere exento de falibilidad -concluye Brandmüller- podría juzgar a los jueces de Galileo.

    Por otra parte, conviene superar opiniones pasadas que mezclan datos con interpretaciones incoherentes. Por ejemplo, Owen Gingerich (cfr. El caso Galileo en “Investigación y ciencia” 1982, Il) cita al papa Urbano VIII cuando éste advierte a Galileo que el movimiento de las mareas podría no deberse al movimiento de la tierra, como efectivamente ocurre. Sin embargo, Gingerich se fija más en un pretendido a priori: “tal vez la verdad no sea lo que dices según tu hipótesis” (interpretando en esta visión una salvaguarda de la doctrina contra todo logro científico que pueda comprometerla), en vez de subrayar la prudente observación del Pontífice contra lo que era un error de Galileo, como reconoce lógicamente el propio Gingerich.

    Este autor también dice que el Papa Pablo V (anterior a Urbano VIII) era de la opinión de declarar a Copérnico -punto de partida de Galileo- como contrario a la fe, aunque no llegó a hacerlo. La fuente en la que se basa para afirmar esto son, según el propio Gingerich, “los chismes recogidos en el diario de Giovanfrancesco Buanamici, un secretario de Galileo” (una fuente poco seria).

    Por otra parte Gingerich, al hablar de la negación de Galileo respecto a sus propias ideas por presión de la Inquisición, desvincula a ésta de su contextuación histórica. No se trata de justificar, o no, una presión del Santo Oficio sobre Galileo, sino de afirmar que una visión actual -que no tenga en cuenta el valor, no sólo personal, sino estatal y social que la religión tenla en el siglo XVII -no puede enjuiciar con acierto una cuestión donde la mentalidad histórica es fundamental. Gingerich no niega el valor de la Sagrada Escritura pero no alcanza a entender el carácter armónico y complementario de la separación del método exegético- escriturístico y el científico astronómico.

    Ha sido la propia Santa Sede quien mejor ha puesto todos los puntos sobre las íes.

    JUAN PABLO II: “UN MALENTENDIDO QUE PERTENECE AL PASADO” Como la mayor parte de sus adversarios, Galileo no hizo distinción entre el análisis científico de los fenómenos naturales y la reflexión acerca de la naturaleza, de orden filosófico, que ese análisis por lo general suscita. Por esto mismo, rechazó la sugerencia que se le hizo de prensentar como una hipótesis el sistema de Copérnico, hasta que fuera confirmado con pruebas irrefutables. Ésa era, por lo demás, una exigencia del método experimental, de la que élñ fue el genial iniciador. (…) La nueva ciencia, con sus métodos y la libertad de investigación que suponía, obligaba a los teólogos a interrogarse acerca de sus propios criterios de interpretación de la Escritura. La mayoría no supo hacerlo. Paradójicamente, Galileo, creyente sincero, se mostró en este punto más perspicaz que sus adversarios teólogos (…) El horizonte cultural de la época de Galileo era unitario y llevaba impresa la huella de una formación filosófica particular. Ese carácter unitario de la cultura, que en sí es positivo y desable aún hoy, fue una de las causas de la condena de Galileo. La mayoría de los teólogos no percibía la distinción formal entre la Sagrada Escritura y su interpretación, y ello llevó a trasladar indebidamente el campo de la doctrina de la fe una cuestión que de hecho pertenecía a la investigación científica (…). A partir del Siglo de las luces y hasta nuestros días, el caso de Galileo ha constituido una especie de mito, en el que la imagen de los sucesos que se han creado estaba muy lejos de la realidad (…). Las aclaraciones aportadas por los estudiosos históricos recientes nos permiten afirmar que ese doloroso malentendido pertenece ya al pasado. · (Discurso a la Academaia de Ciencias, 31-X-1992).

    LA COMISIÓN PAPAL Fue el Papa quien deseó zanjar “un contencioso histórico que, amplificado y mitificado, ha sido el instrumento para difundir una imagen oscurantista de la Iglesia en relación al progreso científico”. En el marco de la reunión anual de la Academia Pontificia de las Ciencias se dieron a conocer las conclusiones elaboradas por una comisión interdisciplinar, instituida por Juan Pablo II en 1981, para examinar a fondo las circunstancias de la condena que el Santo Oficio romano hizo, en 1633, de las teorías del astrónomo italiano.

    “Algunos medios de comunicación presentaron este acto como la rehabilitación de Galileo por parte de la Iglesia, como si ésta reconociera ahora por primera vez el error de entonces. La realidad es que la teoría heliocéntrica fue reconocida oficialmente por el Santo Oficio ya en 1741, cuando aparecieron los instrumentos mecánicos y ópticos que permitieron demostrar que la Tierra gira en torno al Sol y sobre su propio eje.

    Este afán de clarificación debe aún superar ciertos clichés, que olvidan que tanto Copérnico como Galileo eran sinceros creyentes y que sus teorías se enseñaban en Universidades de la Iglesia”.

    CONCLUSIONES DE LA COMISIÓN Las conclusiones del examen se pueden extractar en el discurso que pronunció ante el Papa el Cardenal Paul Poupard, coordinador de los trabajos: “El objetivo de estos grupos de trabajo era responder a las expectativas del mundo de la ciencia y la cultura en lo que respecta a la cuestión de Galileo, repensar enteramente la cuestión -con plena fidelidad a los hechos establecidos históricamente y en conformidad con las doctrinas y la cultura del tiempo- y reconocer lealmente, en el espíritu del Concilio Ecuménico Vaticano II, los errores y los aciertos, vinieran de donde vinieran (…) “La investigación ha sido amplia, exhaustiva,, y ha sido llevada en cada uno de los campos interesados (…) “En una carta del 12 de abril de 1615 dirigida al carmelita Foscarini, el Cardenal Roberto Bellarmino habla expuesto ya las dos verdaderas cuestiones suscitadas por el sistema de Copérnico: la astronomía copernicana, ¿es verdadera, en el sentido de que se funda sobre pruebas rea les y verificables, o al contrario se basa solamente en conjeturas y apariencias?; las tesis copernicas, ¿son compatibles con los enunciados de la Sagrada Escritura? Según ¡Roberto Bellarmino, hasta que no se proporcionaran pruebas de la rotación de la tierra en torno al sol, era necesario interpretar con mucha circunspección los pasajes de la Biblia que declaraban que la tierra era inmóvil. Pero si se demostrara que la rotación de la tierra era cierta, entonces los teólogos debían -según élrevisar sus interpretaciones de los pasajes de la Biblia aparentemente en contraste con las nuevas teorías copernicanas, de modo que no se considerasen falsas las opiniones cuya verdad estuviese demostrada (…) “De hecho, Galileo no consiguió probar de manera irrefutable el doble movimiento de la tierra, su órbita anual en torno al Sol y su rotación diaria en torno al eje polar, mientras que estaba convencido de haber encontrado la prueba en la mareas oceánicas, cayo verdadero origen solamente habría de demostrarlo Newton ( …) “En 1741, ante la prueba óptica, de la rotación de la tierra en torno al Sol, Benedicto XIV hizo conceder al Santo Oficio el Imprimatur a la primera edición de las Obras Completas de Galileo (…) “La relectura de los documentos del archivo demuestra una vez más que todos los actores del proceso, sin excepción, tienen el derecho al beneficio de la buena fe, en ausencia de documentos extraprocesuales contrarios. Las calificaciones filosóficas y teológicas abusivamente atribuidas a las nuevas teorías de entonces sobre la centralidad del Sol y la movilidad de la tierra fueron consecuencia de una situación de transición en el ámbito de los conocimientos astronómicos, y de una confusión exegética en lo que respecta a la cosmología. Herederos de la concepción unitaria del mundo que se impuso universalmente hasta el alba del siglo XVII, algunos teólogos contemporáneos de Galileo, no supieron interpretar el significado profundo, no literal, de la Escrituras, cuando éstas describen la estructura física del universo creado, hecho que les condujo a trasladar indebidamente al campo de la fe una cuestión de observación fáctica”. Prof. JOSÉ IGNACIO MORENO (Madrid) UN CASO ÚNICO El Papa no ha llevado a cabo una “rehabilitación” de Galileo, pues la Iglesia ya reconoció su error en 1741 cuando se dispuso de instrumentos que permitieron comprobar la verdad del heliocentrismo copernicano. Lo que la Iglesia ha subrayado es que los jueces de Galileo se equivocaron en el campo de la explicación de la Sagrada Escritura, la exégesis bíblica, al pensar que la “letra” de la Biblia defendía el sistema tolemaico, es decir que el Sol gira alrededor de la tierra (…) Según la doctrina católica, la infalibilidad de la Iglesia se circunscribe a las solemnes declaraciones “ex cathedra” del Papa y de los concilios ecuménicos en comunión en con el Papa. Es evidente, por tanto, que un tribunal eclesiástico se puede equivocar.

    Quisiera subrayar a este propósito que la condena del Santo Oficio a Galileo no fue nunca firmada por el Papa ni fue una condena del magisterio de la Iglesia sino de un tribunal. Además, es importante centrar el episodio en sus debidos límites, porque, al ser un caso único, se ha creado un “mito Galileo” que poco tiene que ver con la realidad. (…). Prof. JUAN JOSÉ SANGUINETI (Roma) GALILEO SIGUIÓ TRABAJANDO Con frecuencia hablo de Galileo en mis clases y conferencias. Muchos oyentes piensan que Galileo fue quemado por la Inquisición. Por eso suelo recordar que Galileo murió de muerte natural a los 78 años (…) En 1633 tuvo lugar, en Roma, el famoso proceso contra Galileo. No fue condenado a muerte, ni nadie lo pretendió. Nadie le torturó, ni le pegó, ni le puso un dedo encima; no hubo ninguna clase de malos tratos físicos. Fue condenado a prisión que, teniendo en cuenta sus buenas disposiciones, fue inmediatamente conmutada por arresto domiciliario. Desde el proceso hasta que murió, vivió en su casa. Siguió trabajando con intensidad, y publicó su obra más importante en esa época. Tres de los diez altos dignatarios del tribunal se negaron a firmar la sentencia. Desde luego, el proceso no debió producirse, y fue lamentable. Pero los trabajos de Galileo siguieron adelante.

    Prof. MARIANO ARTIGAS (pamplona)

    César Vidal, “La lucha contra la esclavitud”

    La defensa de los indios contó con exponentes claros tanto en el seno del catolicismo como del protestantismo. No sucedió lo mismo, sin embargo, en relación con la esclavitud, otra de las grandes lacras que experimentaron un extraordinario desarrollo con ocasión del descubrimiento y colonización de nuevos mundos. De hecho, el mismo padre Las Casas llegó a considerar que la utilización de esclavos de origen africano podría paliar el triste destino de los indígenas americanos.

    La lucha contra la esclavitud fue una causa que derivó de una cosmovisión bíblica, que se extendió a lo largo de varios siglos y que, de hecho, solo mucho después recibió el respaldo de ideologías distintas del cristianismo. Basta examinar las páginas de la Enciclopedia, el máximo monumento de la Ilustración, para percatarse de que los ilustrados no solo no eran contrarios a la esclavitud, sino que incluso la consideraban natural, dada la inferioridad racial de los esclavizados. Por ejemplo, en la voz “Negros, considerados como esclavos en las colonias de América”, el texto dice: Estos hombres negros, nacidos vigorosos y acostumbrados a una alimentación burda, encuentran en América dulzuras que les hacen la vida animal mucho mejor que en su país.

    Desde luego, resulta más que dudoso que la esclavitud en las colonias americanas pudiera ser calificada de “dulzuras” y que la vida de los negros pudiera ser por definición calificada de animal, hasta el punto de que el hecho de ser esclavos la mejorara. Sin embargo, eso y no otra cosa afirma el citado artículo de la Enciclopedia, y no resulta mejor la descripción que aparece en relación con esta población negra: Estos negros son idólatras, su lengua es difícil de pronunciar, saliendo la mayoría de los sonidos de la garganta con esfuerzo… Estos negros, se les llame como se les llame, hablan todos la misma lengua sobre poco más o menos.

    Por si fuera poco, el ilustrado autor del artículo de la Enciclopedia indicaba que algunos negros logran superar sus defectos propios y se convierten en buenas personas cuya característica fundamental es, nada menos que, la sumisión a su dueño: Los defectos de los negros no se encuentran extendidos de manera tan universal que no se encuentren muy buenos sujetos. Varios habitantes poseen familias enteras compuestas de gente muy honrada y muy unida a su amo.

    Partiendo de esa base, no resulta extraño que se afirmara que encontrar negros buenos era un fruto más de la casualidad que de la probabilidad: Si por azar se encuentra gente honrada entre los negros de Guinea, en su mayoría son durante todo el tiempo viciosos. En su mayor parte están inclinados al libertinaje, a la venganza, al robo y a la mentira.

    Las consecuencias de semejante discurso no podían resultar más obvias. La esclavitud era censurable, pero los “salvajes” actuales habían caído tan por debajo del imaginario nivel en que se encontraba el “buen salvaje” primitivo que no cabía sino emprender su educación. Era obvio que unas razas eran superiores y otras claramente inferiores. Esa circunstancia obligaba a las primeras a dominar a las segundas por su bien. Que el resultado no podía sino ser positivo lo demostraba el que, hasta reducidos a la esclavitud, los negros se encontraran mejor bajo el dominio de un amo blanco en América que en libertad en África.

    No resulta muy difícil imaginar lo que hubiera sido la suerte de estos desdichados si, frente a la visión de los conquistadores, al pensamiento ilustrado y, por supuesto, a las concepciones islámica y pagana de la esclavitud, no se hubiera alzado una recuperación del concepto bíblico acerca de esta institución. En realidad, basta con examinar lo que fue la trayectoria de la trata antes del movimiento emancipador.

    El inicio de la trata se debió a los portugueses, que la comenzaron en 1444, y que unos quince años después importaban cada año poco menos de un millar de esclavos procedentes de diferentes puntos de la costa africana. Durante más de un siglo, Portugal monopolizó el comercio gracias a la colaboración indispensable de los comerciantes árabes del norte de África, que enviaban esclavos de África central a los mercados de Arabia, Irán y la India.

    El descubrimiento de América llevó a otras naciones a sumarse a tan vergonzosa y denigrante institución. Como ya hemos indicado, incluso los defensores de los indígenas de América no encontraron censurable —en ocasiones les pareció un remedio— el recurrir a la esclavitud de los africanos. En 1517, por ejemplo, Carlos I estableció un sistema de concesiones a particulares para introducir y vender esclavos africanos en América. A finales de ese mismo siglo, Inglaterra comenzó a competir por el derecho a abastecer de esclavos a las colonias españolas, detentado hasta entonces por Portugal, Francia, Holanda y Dinamarca. De hecho, la Paz de Utrecht, que se tradujo para España en la pérdida del territorio español de Gibraltar, significó también que la British South Sea Company consiguiera el derecho exclusivo de suministro de esclavos a estas colonias. Pero para entonces hacía ya casi un siglo que habían llegado a las colonias inglesas de América del Norte los primeros esclavos africanos, y este tráfico se incrementaría sobremanera con el desarrollo del sistema de planificaciones.

    Ni siquiera la Revolución americana de 1776 cambió la situación de los esclavos. El liberalismo había podido tomar de la fe cristiana algunos de sus principios políticos esenciales, pero no estaba dispuesto a disminuir sus beneficios por razones éticas. Si la Ilustración había justificado —sobre el papel, claro está— la esclavitud, la Constitución norteamericana sentenció el triste destino de los esclavos sancionando la existencia de la institución que los mantenía sometidos a tan lamentable estado. No era extraño si se tiene en cuenta que algunos de los Padres fundadores, como Thomas Jefferson, eran pingües propietarios de esclavos.

    El enfrentamiento con la esclavitud surgió en el seno del cristianismo y por razones enraizadas directamente en las Escrituras. Durante el siglo XVII, los cuáqueros (…) y en el siglo siguiente, los metodistas (..), hombres como William Knibb (…) y William Wilberforce, un hombre piadoso que (…) en su calidad de miembro del Parlamento, se dedicó a tareas de profundo contenido social. Así, Wilberforce —al que se llegó a denominar la conciencia del primer ministro— fomentó la educación de los necesitados y, sobre todo, desarrolló una extraordinaria labor para lograr la erradicación de la esclavitud. No fue una tarea fácil, ya que chocaba con intereses económicos obvios, pero en 1807 consiguió la prohibición británica del comercio de esclavos y en 1833 se declaró la abolición de la esclavitud en la totalidad de los territorios británicos. El único país que se había adelantado a Inglaterra en la abolición de la trata había sido Dinamarca, en 1792, y también apelando directamente a los principios contenidos en la Biblia.

    A lo largo del siglo XIX la emancipación de los esclavos se convirtió en una bandera utilizada en la lucha contra el poder colonial —México abolió la esclavitud en 1813; Venezuela y Colombia, en 182 l—, pero no siempre con convicción. La explicación de este comportamiento no podía ser más obvia: el proceso de abolición chocaba con los intereses de la burguesía. De hecho, Uruguay mantuvo la esclavitud hasta 1869; España, en Cuba, hasta 1886; y Brasil, hasta 1888. Cualquiera de estos procesos emancipatorios es dudoso incluso que hubiera comenzado sin los precedentes del mundo anglosajón, puesto que fue Inglaterra la que durante el Congreso de Viena instó a las otras potencias europeas a adoptar medidas similares a las aprobadas por su Parlamento.

    A finales del siglo XX, y a pesar de la incorporación de normas antiesclavistas en la legislación internacional, la esclavitud sigue siendo una realidad fuera de Occidente y afecta a no menos de cien millones de personas. En algunos países islámicos y budistas incluso cuenta con una existencia legal. De no haber sido por la influencia del cristianismo, tal vez ese también sería el panorama en las sociedades occidentales. Sin embargo, el triunfo de la lucha contra la esclavitud durante el siglo XIX no significó que la causa de la libertad humana quedara salvada y asegurada para el siglo siguiente. En realidad, iba a enfrentarse durante este con los peores desafíos que había experimentado a lo largo de la Historia humana, y de nuevo el papel del cristianismo resultaría esencial.

    Tomado de “El legado del cristianismo en la cultura occidental”, Espasa, 2000, pp. 208-214.

    Beatriz Comella, “La verdad sobre la Inquisición”, ARVO,

    LA INQUISICION ESPAÑOLA, UN TRIBUNAL A JUICIO La Inquisición fue y sigue siendo un tribunal polémico para el gran público y no les faltan razones. Los historiadores, por su parte, se han ocupado de esta institución desde una perspectiva científica especialmente a partir de un Congreso internacional celebrado en Cuenca en 1978. Con motivo del jubileo del año 2000, la Santa Sede convocó en Roma a expertos de diversos credos y nacionalidades para clarificar la actuación histórica del Santo Oficio. El papa Juan Pablo II aprobó el documento “Memoria y reconciliación” http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/cti_documents/rc_con_cfaith_do c_20000307_memory-reconc-itc_sp.html Sobre la Inquisición española responde para Escritos ARVO, Beatriz Comella, autora del libro La Inquisición española (4a ed. Rialp, 2004).

    ¿Cuándo y por qué nació el Tribunal de la Inquisición? El primer tribunal inquisitorial para juzgar delitos contra la fe fue creado por el
papa Lucio III en 1184 para luchar contra la herejía valdense extendida en el norte de Italia. Posteriormente el Papa Eugenio III trató de evitar la propagación de la herejía cátara en el sur de Francia de modo pacífico sin resultados y los reyes cristianos se aliaron en una cruzada contra ellos a principios del siglo XIII. Más adelante, el Papa Honorio III en 1220, a petición del emperador alemán Federico II Hohenstaufen, que reinaba además en el sur de Italia y Sicilia instauró un tribunal a condición de que estuviera formado por teólogos de las órdenes mendicantes (franciscanos y dominicos) para evitar que se desvirtuara su misión, como de hecho intentó Federico II, al utilizar el tribunal eclesiástico contra sus enemigos.

    ¿Qué pensaban los teólogos cristianos sobre el uso de la violencia en relación a la fe? Conviene aclarar cuál fue la postura de los primeros teólogos cristianos sobre la identificación entre herejía y delito punible. Personajes de la talla de Tertuliano, San Ambrosio de Milán o San Martín de Tours sostuvieron que la religión y la violencia son incompatibles. Eran más partidarios de la doctrina evangélica que recomienda corregir y amonestar a quien no respeta el bien común de la fe. La represión violenta de la herejía es, como ha señalado el Profesor Martín de la Hoz, un error teológico de terribles consecuencias, vinculado a la íntima relación entre el poder civil y la Iglesia en la Edad Media. La herejía pasó a ser un delito comparable al de quien atenta contra la vida del rey, es decir, de lesa majestad, castigado con la muerte en hoguera.

    ¿Por qué la Inquisición resulta una institución polémica? La razón es clara: resulta polémica porque consideramos injusto que se aplique
la pena capital por motivos religiosos. La doctrina del Concilio Vaticano II sobre la libertad religiosa, que coincide, en sus planteamientos básicos con la de muchos teólogos cristianos de los cuatro primeros siglos de nuestra era. Por este motivo, el papa Juan Pablo II en su Carta Apostólica Tertio Milenio Adveniente (10-11-94) ha subrayado la necesidad de revisar algunos pasajes oscuros de la historia de la Iglesia para reconocer ante el mundo los errores de determinados fieles, en virtud de la unión espiritual que nos vincula con los miembros de la Iglesia de todos los tiempos, según ha señalado el teólogo J.I. Saranyana. Con motivo del jubileo del año 2000, Juan Pablo II aprobó una declaración de la Comisión Teológica Internacional titulada Memoria y Reconciliación citado más arriba.
Por otra parte, la polémica sobre la Inquisición se nutre de otra actitud muy
distinta a la expuesta: la ignorancia histórica, la falta de contextualización de los hechos, el desconocimiento de las mentalidades de épocas pasadas, la escasez de estudios comparativos entre la justicia civil y la inquisitorial contribuyen a polemizar en torno a la Inquisición.

    ¿Cómo se introdujo la Inquisición en España? Su introducción tuvo varias fases: la medieval, como en otros territorios
europeos, con normas dictadas por Roma en el siglo XII; los tribunales dependían de los obispos como en el caso de la Corona de Aragón, a partir de un Concilio provincial de Tarragona en 1242. Por regla general, su actuación fue moderada.
Con la llegada de los Reyes Católicos al poder, el Santo Oficio cambió de modo notable. Isabel y Fernando consideraron que la unidad religiosa debía ser un factor clave en la unidad territorial de sus reinos. La conversión de las minorías hebrea y morisca era la condición para conseguirlo; algunos se bautizaron con convencimiento, otros no y éstos fueron perseguidos por la Inquisición.
En 1478 los Reyes Católicos consiguen del Papa Sixto IV una serie de privilegios
en materia religiosa, entre ellos, el nombramiento del Inquisidor General por la monarquía y el control económico del Santo Oficio.

    ¿Cuál fue la actitud de los cristianos ante las comunidades judía y morisca en los reinos que formarían España? Muy variada a lo largo de la Historia. Había judíos asentados en la península
ibérica desde el final del Imperio Romano. Durante la etapa visigoda fueron tolerados y perseguidos en distintas épocas. Algunos reyes castellanos y aragoneses supieron crear condiciones de convivencia pacífica, pero el pueblo llano no miraba con buenos ojos a los hebreos prestamistas (el interés anual legal de los préstamos era muy alto); además se les consideraba, de acuerdo con una actitud muy primaria, culpables de la muerte de Jesucristo. El malestar se transformó a finales del siglo XIV en revueltas y matanzas contra los judíos en el sur y levante español.

    Los Reyes Católicos no sentían animadversión personal contra los hebreos (el
propio rey Fernando tenía al parecer sangre judía por unión ilegítima de un antepasado) y en su corte se hallaban financieros, consejeros, médicos y artesanos hebreos. Los judíos vivían en barrios especiales (aljamas) y entregaban tributos directamente al rey, a cambio de protección. El deseo de unión religiosa llevo a Isabel y Fernando a decretar la expulsión de los judíos españoles (unos 110.000) en marzo de 1492; pocos meses antes se había conquistado el reino musulmán de Granada.

    La alternativa era recibir el bautismo o abandonar los reinos, aunque se
preveían consecuencias económicas negativas en los territorios españoles. Sólo unos 10.000 hebreos se adhirieron a la fe cristiana y, entre ellos, bastantes por intereses no religiosos. Entonces surgió el criptojudaísmo, la práctica oculta de la religión hebrea mientras se mantenía externamente el catolicismo. Contra estos falsos cristianos, como se ha dicho, actuó la Inquisición.
Respecto a los moriscos, unos 350.000 en el siglo XV, la política fue similar. Se
intentó de modo más o menos adecuado su conversión tras la toma de Granada, pero al comprobar que su asimilación no era satisfactoria se procedió a la expulsión de los no conversos, tras violentos enfrentamientos, en 1609, bajo el reinado de Felipe III. Las consecuencias económicas adversas fueron pronto claras en el sector agrario, donde trabajaba la mayoría de los moriscos.
Durante el siglo XVII aparece con fuerza el fenómeno social de la limpieza de
sangre: para acceder a determinados cargos u oficios era necesario ser cristiano viejo, es decir, no tener sangre judía o morisca en los antepasados recientes. Sin embargo hubo cristianos nuevos con que han pasado a la historia, aunque con unas biografías plagadas de dificultades, como Teresa de Jesús, Juan de la Cruz o Fray Luis de León.

    ¿Qué delitos juzgaba el Tribunal de la Inquisición y cuáles eran las penas? Es necesario, en primer lugar, explicar la naturaleza del tribunal de carácter
mixto: eclesiástico-civil. De lo referente a la heterodoxia se ocupaban teólogos, con frecuencia de las órdenes mendicantes (dominicos y franciscanos), tras el juicio eclesiástico, si el acusado era hallado culpable y no mostraba arrepentimiento, era entregado al brazo secular, es decir, a las autoridades civiles para aplicar la pena. Inicialmente el tribunal fue creado para frenar la heterodoxia entre los
bautizados: las causas más frecuentes eran las de falsos conversos de origen judío o musulmán; pronto se añadió el luteranismo con focos en Sevilla y Valladolid y el alumbradismo, movimiento de pseudo-místico. También se consideraba delito contra la fe, la blasfemia, en la medida que podían reflejar la heterodoxia, y la brujería, como subproducto de religiosidad. Además, se perseguían algunos delitos de carácter moral cometidos por el clero. Con el tiempo, se introdujo el delito de resistencia al Santo Oficio, que trataba de garantizar el trabajo del tribunal.
La pena de muerte en hoguera se aplicaba al hereje contumaz y al reincidente
no arrepentido. El resto de los delitos se pagaban con excomunión temporal confiscación de bienes, multas, cárcel, oraciones y limosnas penitenciales. Las sentencias eran leídas y ejecutadas en público en los denominados autos de fe, instrumento inquisitorial para el control religioso de la población.
Desde el siglo XIII, en los tribunales eclesiásticos se admitió el uso de la tortura
para conseguir la confesión y arrepentimiento de los reos. El tormento era utilizado también en los tribunales civiles, pero en el de la Inquisición se le dio otra finalidad: el acusado confeso arrepentido tras la tortura se libraba de la muerte, algo que no ocurría en la justicia civil. Las torturas eran terribles sufrimientos físicos que no llegaban a mutilar o matar al acusado.

    ¿Es justa la leyenda negra que existe en torno al inquisidor Torquemada o a los juicios contra Carranza y Antonio Pérez? Fray Tomás de Torquemada fue Inquisidor General entre 1485 y 1496 y gozó
de la confianza de los Reyes Católicos. Desde luego sentía animadversión hacia los judíos e influyó decisivamente en el decreto de expulsión de 1492, sin embargo no era sanguinario, como se le considera, aunque si es obvio que presidió el tribunal en años de intensa actividad. No obstante, redactó una serie de normas y leyes para garantizar el buen funcionamiento del tribunal y evitar abusos. En la práctica, hubo inquisidores más duros que Torquemada, como Rodríguez Lucero, responsable del tribunal de Granada en los años inmediatos a la conquista del reino musulmán.
Los casos de Bartolomé de Carranza y Antonio Pérez se desarrollaron durante el reinado de Felipe II. En ambos, la actitud del monarca fue desacertada y causó en parte la expansión de la leyenda negra sobre el tribunal y sobre España en la Europa del siglo XVI.
Carranza era arzobispo de Toledo y Primado de España. Fue acusado
injustamente de luteranismo y condenado a la pena capital por la Inquisición española; por tratarse de un prelado, la causa se inició con el permiso de Roma y fue revisada por el Papa que no vio motivos proporcionados para tal veredicto. Aunque éste no llegó a aplicarse, Felipe II destituyó a Carranza para subrayar la autonomía del tribunal español respecto a la Santa Sede.
Antonio Pérez era secretario del rey y fue acusado de asesinato; como
consiguió huir de la justicia de Castilla, la Inquisición le imputó de ciertos cargos para que conseguir detenerlo. El reo salió de España y dio a conocer su caso en las cortes de Francia e Inglaterra. Es un claro ejemplo de utilización política del tribunal por parte del rey, que supo airear oportunamente su antiguo secretario.
Por otra parte, los casos de Carranza y Pérez ponen de relieve algo propio del
Tribunal de la Inquisición: su poder no hacía distinciones a la hora de acusar a prelados, cortesanos, nobles o ministros.

    ¿Cuál fue la actitud del Santo Oficio español ante la brujería? En España hubo pocos casos de brujería en comparación al resto de Europa.
Fue un fenómeno más destacado entre la población bautizada de los territorios americanos, por el apego a sus ritos y tradiciones seculares. En la Península fueron desgraciadamente famosas las brujas de Zugarramurdi (Navarra) condenadas en 1610. Desde entonces se tuvo en cuenta la acertada observación de un inquisidor, para quien cuanto menos se hablara de ellas, menos casos habría; la Inquisición prefirió considerarlas personas alucinadas o enfermas.

    Una de las medidas contra los acusados por la Inquisición fue confiscar sus bienes ¿fue un negocio la Inquisición en España? La parte financiera del Tribunal dependía directamente de la Hacienda real, a
través de un juez de bienes y la confiscación estaba estrictamente reglamentada por la normativa desde la época del inquisidor Torquemada: una parte servía para mantener al acusado durante su estancia en prisión a la espera del juicio, otra servía para pagar los gastos del propio tribunal y la tercera era entregada al rey para obras de beneficencia y limosnas para Roma. Hubo épocas concretas en las que algunos inquisidores abusaron en la confiscación como en 1480 (en la que no existía unas normas de procedimiento todavía) y en 1725 (época crítica en la economía inquisitorial). Sin embargo, a lo largo de su historia, el tribunal no fue un buen negocio, más bien una fuente de problemas financieros para la Corona, que se subsanaron parcialmente con la asignación de prebendas eclesiásticas y los intereses de inversiones de renta fija.

    Otra cuestión espinosa que suscita la Inquisición es el número de víctimas ¿es posible saber cuántas fueron? La Inquisición tuvo desgraciadamente una larga vida en España: se instauró a
partir de 1242 en Aragón y en el de Castilla en 1478. No fue abolida formalmente hasta 1834 durante la regencia de María Cristina (con el breve paréntesis de las Cortes de Cádiz). Sin embargo, su actuación más intensa se registra entre 1478 y 1700, es decir, durante el gobierno de los Reyes Católicos y los Austrias.

    En cierto sentido no se puede calcular el número de personas afectadas o víctimas indirectas de la Inquisición: la migración forzosa de millares de judíos y moriscos; la deshonra familiar que comportaba una acusación del tribunal durante varias generaciones; la obsesión colectiva por la limpieza de sangre, lo hacen imposible.
Respecto al número de ajusticiados no hay datos definitivos, porque hasta
ahora no se han podido estudiar todas las causas conservadas en archivos y otros están incompletos o han desaparecido. Hasta principios del siglo XX se admitían las cifras aportadas por José Antonio Llorente, ex -secretario del tribunal de Madrid hasta su abolición: las víctimas habrían sido unas 340.000 y los quemados vivos en torno a 32.000. Estos datos fueron obtenidos multiplicando el número de encausados y ajusticiados de un tribunal del siglo XV por el total de tribunales y el tiempo transcurrido; carecen, por tanto, de fiabilidad. Se han realizado estudios amplios pero parciales como los realizados por los profesores Henningsen y Contreras sobre 50.000 causas abiertas entre 1540 y 1700: concluyen que fueron quemadas 1.346 personas, el 1,9% de los juzgados. El Profesor Escandell considera que entre el siglo XV a XIX la Inquisición dictó la pena capital al 1,2 de los juzgados.

    Se puede consultar parcialmente mi libro sobre la Inquisición en: https://books.google.es/books/about/La_Inquisici%C3%B3n_espa%C3%B1ola.html?hl=es&id= pgurIoG9OSYC PARA SABER MÁS ….

    Pérez Villanueva, Joaquín- Escandell Bonet, Bartolomé (eds.), Historia de la Inquisición en España y América. 3 vols. Temas y problemas, Biblioteca de Autores Cristianos-Centro de Estudios Inquisitoriales, Madrid, 2000 https://books.google.es/books?id=8FS88TQ0MzkC&pg=PA51&lpg=PA51&dq=centro+de+estud ios+inquisitoriales&source=bl&ots=V2kXNRZqQX&sig=4g79e1sXaeElr1Wmt4KazgE- _qs&hl=es&sa=X&ei=jQ2ZVZ-ZHMToUp- QmuAH&ved=0CDcQ6AEwBA#v=onepage&q=centro%20de%20estudios%20inquisitoriales&f=f alse Contreras, Jaime-Henningsen, Gustav, “Forty-Four Thousand Cases of the Spanish Inquisition, 1540-1700: Analysis of a Historical Data Bank”, The Inquisition in Early Modern Europe: Studies on Sources and Methods, eds. Gustav Henningsen and John Tedeschi, in association with Charles Amiel, Northern Illinois University Press, Dekalb, 1986, pp. 100-129 García Cárcel, Ricardo, and Moreno Martínez, Doris, Inquisición: Historia crítica, Temas de Hoy, Madrid, 2000 Kamen, Henry, The Spanish Inquisition: A Historical Revision, Weidenfeld and Nicolson, London, 1997 [3rd ed.] La Inquisición española: una revisión histórica, Crítica, Barcelona, 1999 Pérez, Joseph Breve Historia de la Inquisición, Crítica, Barcelona, 2009 y http://www.vallenajerilla.com/berceo/florilegio/inquisicion/judioseinquisicion.htm

    Manuel Ordeig, “Sobre la teoría de la evolución”, Palabra, IX.97

    El 22 de octubre del 96, el discurso de Juan Pablo II a la Academia Pontificia de las Ciencias causaba cierto revuelo en los ambientes científicos interesados. Algunos interpretaron entonces que la Iglesia aceptaba por fin el evolucionismo. Pero, ¿es cierta esta apreciación? ¿Ha cambiado el juicio de la Iglesia sobre esta teoría? En realidad no es para tanto: el Magisterio nunca se ha opuesto a una evolución bien entendida. Lo que ha hecho el Papa es constatar que los “nuevos acontecimientos llevan a pensar que la teoría de la evolución es más que una hipótesis”.

    En el referido discurso del Papa, se reconoce que hay “argumentos significativos en favor” de la teoría del Evolucionismo. Se trata, pues, de una nueva valoración: hasta ahora la ciencia y la Iglesia no concedían al evolucionismo más que un valor hipotético, tan probable como las teorías opuestas. Pero ahora se reconoce que “la convergencia de los trabajos realizados independientemente unos de otros, constituye de suyo un argumento significativo en favor de esta teoría”.

    UN PRINCIPIO GENERAL Repetidamente la Iglesia ha afirmado que la verdad no puede contradecir a la verdad (León XIII, Pablo VI, Juan Pablo II). Con ello se quiere hacer ver que la verdad científica nunca puede ser disconforme con la verdad revelada, si ambas se mantienen cada una en su campo y saben interpretarse adecuadamente. La razón es obvia: Dios es la suprema Verdad; las verdades parciales son aspectos de esa única Verdad; admitir discrepancias entre unas verdades y otras seria tanto como admitir contradicción interna en Dios, lo cual es inimaginable.

    NUNCA HUBO OPOSICIÓN Apoyándose en tal criterio, la Iglesia nunca se ha opuesto al desarrollo científico de un evolucionismo coherente y seguro. En concreto, hasta 1996, había señalado lo siguiente: 1) Respecto a la evolución cósmica la Iglesia ha efectuado muy pocas manifestaciones. La Pontificia Comisión Bíblica, en respuesta del 30-VI-1909 que versa sobre el sentido de los tres primeros capítulos del Génesis, dice solamente que no puede ponerse en duda “la creación de todas las cosas por Dios al principio del tiempo”. Mantiene, pues, firme la fe en Dios creador, sin manifestar incompatibilidad con las teorías de la génesis del universo; especialmente las que admiten un principio temporal del mundo. En 1948, la misma Comisión responde de nuevo al Cardenal de Paris y ratifica lo ya dicho, explicando en qué sentido deben interpretarse los primeros capítulos del libro del Génesis.

    2) Por lo que se refiere a la evolución biológica, la Iglesia expresó en 1950 que no vela oposición entre la fe y las investigaciones sobre la evolución (Pío XII, Enc. Humani generis), aunque recomienda “la máxima moderación y cautela” en las afirmaciones científicas no probadas, ya que el Evolucionismo no pasaba de ser una hipótesis todavía sin comprobar. En 1986, en una de sus catequesis, Juan Pablo II dice que la teoría de la evolución “no contrasta con la verdad revelada”, siempre que se la entienda de modo que no excluya la causalidad divina.

    3) En cuanto al origen del hombre, la Iglesia ha señalado (cfr. Enc. Humani generis) los puntos de doctrina que un cristiano debe mantener firmes para aceptar la teoría de la evolución aplicada al hombre: la peculiar creación del hombre por Dios, la formación de la primera mujer a partir del primer hombre, la creación inmediata del alma humana por Dios, la unidad del linaje humano y por tanto la necesidad del monogenismo, y algunos otros conceptos revelados más propios de la teología que de la ciencia.

    Nunca, en resumen, limitó la Iglesia la libertad de investigación en este campo. Sus afirmaciones positivas se han referido siempre a aspectos no científicos, como el origen del espíritu, que escapa por su misma naturaleza a las investigaciones físico-químicas, como veremos al final.

    La Iglesia acepta un evolucionismo que se limite a la explicación científica de la naturaleza, sin entrar en hipótesis sobre la creación del mundo o del alma humana, que son cuestiones metafísicas UNA TEORÍA Y SU ALCANCE Las declaraciones de Juan Pablo II en octubre de 1996 inclinan la opinión de la Iglesia a aceptar el evolucionismo como teoría suficientemente comprobada “por diversas disciplinas del saber” (n 4). Aunque parezca, en principio, que la Iglesia no debería tomar postura en un argumento científico, “el Magisterio está interesado directamente en la cuestión de la evolución, porque influye en la concepción del hombre” (n. 5). Esto quiere decir que no se trata de una simple cuestión opinable, como tantas otras investigaciones científicas, sino que el enfoque con que se afronte el evolucionismo y, en concreto, el origen del hombre, afecta profundamente a la noción misma de persona humana; y esto repercute a su vez en múltiples aspectos éticos, sociológicos, etc., con honda trascendencia moral.

    El Papa, tras reconocer los argumentos significativamente válidos del evolucionismo, señala insistentemente que se trata de una teoría, y delimita el valor epistemológico de toda teoría: una interpretación (no un hecho) homogénea de numerosos datos, que permite relacionarlos entre si y darles una explicación. Toda teoría debe verificarse con nuevos datos y, en caso necesario, reformarse para ser mejor adaptada a la realidad. Además, en el caso del evolucionismo, a los datos procedentes de la observación se añaden ciertas nociones filosóficas, pretendiendo integrarlas en un conjunto unitario con la parte más científica (cfr. n. 4).

    Así la primera puntualización pontificia es que, si bien -hoy por hoy- el evolucionismo es la teoría científica que mejor cuadra con los datos observados, no puede tomarse como intangible pues, por su propia naturaleza, puede necesitar ser revisada o perfeccionada.

    EVOLUCIÓN Y EVOLUCIONISMOS La segunda matización que hace el Papa es distinguir entre evolución y evolucionismos. En efecto, al tomar también nociones filosóficas para integrarlas en la teoría, no habrá una sola hipótesis evolucionista, sino tantas como posiciones filosóficas de partida (cfr. n. 4).

    Esto puede ser licito -lo exige el propio pluralismo humano-, pero es importante destacar que la existencia de diferentes evolucionismos no es una cuestión científica, sino de pensamiento filosófico. Sería falsear la ciencia -aunque así se ha hecho no pocas vecespretender exponer como única explicación científica posible, una teoría que incluye posturas intelectuales meta-científicas. Un científico honrado expondrá con claridad los datos observables y la teoría que los explica, fijando adecuadamente los límites de su interpretación o señalando las ocasiones en que, además de sus datos, hace uso de argumentos no científicos.

    El Papa señala, para ejemplificar, aquellas teorías evolucionistas que consideran que el espíritu humano surge de las fuerzas interiores de la materia viva, o que se trata de un simple epifenómeno de la misma. Estos evolucionismos son incompatibles con la doctrina católica, pero no por aceptar la evolución y sus principios científicos -que en si mismos en nada fundamentan aquellas afirmaciones-, sino porque son incapaces de fundar la dignidad de la persona humana e incompatibles con la verdad sobre el hombre (cfr. n. 5).

    En resumen, la Iglesia acepta un evolucionismo que se limite a la explicación científica teórica de las observaciones naturales, sin incluir en su hipótesis cuestiones relativas a la creación del mundo o del espíritu del hombre, que son aspectos metafísicos. El momento del paso a lo espiritual no es-por su propia naturalezaobjeto de observación experimental; al investigar el origen del hombre ha de tenerse en cuenta la existencia de una discontinuidad ontológica (cfr. n. 6) respecto a los demás seres materiales. Este salto o ruptura de continuidad repugna a los que estudian la evolución como algo sólo material, pero es necesario aceptarlo como una realidad existencial, aunque escape al análisis físico-químico.

    LA APORTACIÓN TEOLÓGICA Más allá de la teoría científica y de las premisas filosóficas, los creyentes tenemos la revelación divina como fuente de conocimiento.

    Esta sabiduría enriquece enormemente los planteamientos humanos, respetando la lógica autonomía del intelecto del hombre. Por eso el Papa concluye su discurso haciendo referencia a la vida entendida como don sobrenatural de Dios que Cristo nos comunica. Aquí el término vida, usado por San Juan en sus escritos, encierra la trascendencia propia de la “eterna felicidad divina, comunicada a los hombres por la infinita liberalidad de un Dios que es calificado como Dios vivo, en uno de los más hermosos títulos que le ofrece la Sagrada Escritura (cfr. n. 7).

    LO QUE DICE LA CIENCIA El moderno evolucio nismo se EI moderno evolucionismo se caracteriza por englobar en una misma teoría -con diferentes partes- el origen de todo: la materia inerte, la vida y el hombre. Aunque se trate de tres saltos cualitativos, no cabe duda que hay una honda relación entre ellos; no puede explicarse la existencia del hombre sin comprender bien de dónde viene la Tierra, el sistema solar y las galaxias.

    Las ecuaciones de la relatividad generalizada (Einstein, 1916) permitían deducir, contra lo que se habla creído hasta el momento, que el universo no es eterno e inmutable, sino que es evolutivo: se expande o se contrae necesariamente. J.B.Lamaître (1927) tuvo por primera vez la intuición de que todo el universo provenla de un único “superátomo, inicial; y E. Hubble comprobó experimentalmente en 1929 que las galaxias estaban en expansión. Un análisis retrospectivo llevó a plantear el origen del universo en un sólo punto inicial, calculable en el tiempo, con una concentración inaudita de energía. G. Gamow (1948) calculó este modelo, que acabó llamándose popularmente el “Big-Bang”.

    En 1965, Penzias y Wilson descubrieron casi por casualidad el “ruido de fondo” del universo, predicho por Gamow; lo que comprobó la exactitud de la teoría y les valió el premio Nobel. Esta y otras comprobaciones han llevado a que la casi totalidad de la comunidad científica adopte el modelo del Big-Bang como la hipótesis más probable del origen del universo. Otras teorías -universo estático y universo pulsante- no han podido ser comprobadas.

    De aquel “átomo” inicial, hace unos 18.000 millones de años, proviene todo el universo observable.

    EL ORIGEN DE LA VIDA. EVOLUCIÓN BIOLÓGICA Diversos experimentos realizados hacia la mitad de siglo, han demostrado la posibilidad de que, en algunos mares de la primitiva Tierra, se sintetizaran los productos de la química orgánica necesarios para la vida. Se supone que en aquellos “caldos” primitivos de materia carbonada y nitrogenada, se sintetizaron los elementos vitales (proteínas y ADN) capaces de reduplicarse y constituir propiamente un ser vivo. Cómo tuvo lugar esta síntesis es todavía un misterio de difícil solución.

    Una vez se dieron los primeros vivientes, entró en juego la variabilidad de la molécula de ADN. Las mutaciones, espontáneas o inducidas por agentes naturales (radiactividad, etc.), supusieron millones de cambios bioquímicos, algunos de los cuales fueron provechosos para la vida de sus herederos genéticos.

    Lamarck (1809) y Darwin (1859) pusieron las bases para la explicación biológica de la evolución de los seres vivos. La aportación de este último fue hacer entrar en juego la selección natural como factor decisivo en la supervivencia de los mejor adaptados y, en definitiva, en el “progreso” de las formas vitales. El entrecomillado del término progreso se debe a que algunas teorías evolucionistas insisten desproporcionadamente en el papel jugado por la selección natural. Es indudable que en la evolución se ha dado un claro progreso en complejidad y perfección de los seres vivos. Es mucho menos claro que este progreso se dedo sólo a la selección natural: desde un punto de vista filosófico, una selección realizada sobre cambios meramente casuales no explica el avance perfectivo; desde el punto de vista biológico, también parece clara una dirección evolutiva de tacto difícilmente argumentable por la sola ciencia positiva, como veremos.

    Hay que hacer notar, además, la importancia crucial de algunos fenómenos imprevisibles, como la extinción catastrófica de determinadas especies, que resultaron providenciales para el desarrollo ulterior de la evolución. En los últimos 500 millones de años se encuentran restos de al menos cinco de estas grandes extinciones; la más conocida es la desaparición de los dinosaurios, hace 70 millones de años, que permitió el desarrollo y actual preponderancia de los mamíferos sobre los reptiles. Quiere esto decir que la trayectoria de la evolución ha sido única e irrepetible, fruto de un “azar” muy especial que ha conducido a la posibilidad de existencia actual del hombre.

    LA APARICIÓN DEL HOMBRE. EL PRINCIPIO ANTRÓPICO Es un hecho que el material genético humano (por no hablar del parecido anatómico o fisiológico) coincide en un 98% con el de diversas especies animales. Esto induce a pensar que el cuerpo humano tiene un origen común con el de otros seres vivos. Es improbable que algún día se llegue a encontrar una prueba definitiva de la transformación que dio lugar al cuerpo del hombre; pero los descubrimientos constantes en este campo de la ciencia refuerzan progresivamente la idea de una adaptación evolutiva del mundo animal hasta llegar al hombre.

    La trayectoria de la evolución ha sido única e irrepetible, fruto de un “azar” muy especial Las fases de tal adaptación, por lo que hoy se conoce, pueden escalonarse en varios momentos cruciales: un distanciamiento anatómico de la rama evolutiva de los primates, hace unos 2’5 millones de años; la bipedestación (andar erguido sobre dos patas), hace 2-1’5 millones de años; el desarrollo cerebral progresivo, entre un millón y doscientos mil años de antigüedad; la expansión y diferenciación de especies desde Africa hacia Asia y Europa, en sucesivas oleadas, a lo largo de un millón de años; el aprendizaje progresivo de algunas técnicas: golpeado de piedras, tallado de hachas de mano; etc.

    Esta lentísima evolución sufre una discontinuidad y una aceleración sin precedentes hace menos de cien mil años. En muy poco tiempo-relativamenteaparece la cultura (arte), la técnica (industrias diversas), la religión (culto a los muertos) y el lenguaje. En menos del 4% del tiempo evolutivo más reciente, el hombre pasa de la nada cultural al nivel actual de pensamiento y dominio de la naturaleza.

    En base a esto, y a todo el planteamiento evolutivo del mundo y de la vida, hace ya unas décadas que se abre paso, entre los profesionales de la ciencia, el convencimiento de que el universo entero parece programado para la existencia humana. Se comprueba, resumiendo mucho, que el universo y su evolución han reunido tales características que han hecho posible la existencia en él de vida inteligente; cosa nada fácil, de no coincidir las muchas y diversas circunstancias que han concurrido en nuestro mundo. Según Dicke (1961), la relación de intensidad de las fuerzas elementales de la materia, la edad misma del universo, etc., son tales que difícilmente de otra forma se habría llegado hoy al hombre: es lo que se llama el “Principio Antrópico débil”.

    Por otra parte, en 1973, Collins y Hawking hacen notar que sólo un universo con densidad global muy próxima a la crítica, permite la creación de estrellas y galaxias. Carter (1974) añade que cualquier variación mínima en los parámetros iniciales del universo hubiera llevado a condiciones en que seria imposible la evolución hasta el nivel humano. Por tanto, el universo posee, desde su primer instante, las condiciones que permitirán la vida (síntesis del carbono, etc.) y la posible aparición del hombre en algún momento de su historia. Es lo que se conoce como “Principio antrópico fuerte”.

    También las características locales de la evolución (masa y condiciones de la Tierra, núcleo de hierro, episodios catastróficos antes reseñados,…), hacen intima la probabilidad de que se reúnan de nuevo las condiciones necesarias para la aparición y desarrollo de la vida hasta el nivel humano, incluso contando con la inmensidad de astros de la Vía Láctea (Carreiras, 1997).

    Ante este planteamiento sólo caben dos opciones: o el universo y la Tierra reúnen esas características “por casualidad”. c bien han sido diseñados y programados expresamente para la existencia del hombre. Quienes propician la primera solución, ante la dificultad de que el azar reúna por sí sólo esas condiciones, recurren a la hipótesis de infinitos universos -simultáneos o sucesivos, de los que sólo uno de ellos tiene las características necesarias. Naturalmente, esta teoría no tiene posibilidad de comprobación científica experimental; se trata de una postura intelectual meta-científica que, además, no tiene a su favor ninguna medida o dato observable.

    Queda como única solución pragmática la de que el universo ha sido concebido con el fin de servir de asiento a la vida racional. Esto implica, como se ve inmediatamente, introducir en la discusión el concepto de finalidad; el cual escapa a la elaboración científica, pues no es medible, ni cuantificable, ni tiene ecuación que lo exprese. La ciencia, por tanto, debe concluir aquí su exposición, para dejar paso a la elucubración filosófica.

    INTELIGENCIA Y CONSCIENCIA La aparición del hombre plantea, además, otro problema de distinto orden: la actividad racional, consciente y libre. El hombre se diferencia de los animales porque utiliza conceptos abstractos; no es capaz simplemente de aprender determinados comportamientos, sino que tiene las posibilidad de relacionar ideas simples- inmateriales-, buscar causas, analizar finalidades, deleitarse en el valor estético o ético de una cosa, etc.; todo lo cual escapa a la actividad sensorial propia del reino animal. Gracias a ello existe la Filosofía, la Poesía y la misma Ciencia; toda la cultura utiliza símbolos arbitrarios y abstractos para comunicar conocimientos e ideas. Además, el hombre es consciente: tiene un yo integrador, sujeto de sus actividades y capaz de reflexionar sobre su propio conocimiento (conocer que conoce, frustrarse ante el error, etc.) La física moderna define la materia por sus interacciones con las cuatro fuerzas elementales. Ningún efecto de esas fuerzas tiene como consecuencia el pensamiento, la abstracción o la consciencia. No hay medida cuantitativa para calibrar el valor artístico o la implicación ética. Las mismas neuronas y corrientes cerebrales no son conscientes de si mismas; y si cada una no lo es, el conjunto -simplemente como conjunto- tampoco puede serlo. El pensamiento no es una secreción del cerebro: no hay dato científico en que apoyarse para asegurarlo. Quienes defienden una postura materialista de la razón humana, lo hacen por la idea preconcebida de que sólo existe la materia; lo cual no es un dato científico, sino un prejuicio filosófico, bastante inseguro por lo demás.

    Añadida a las cuatro fuerzas elementales que definen la materia, en el hombre está presente una “quinta fuerza”, no reducible a las anteriores, que se expresa en el pensamiento. Este componente novedoso del hombre se ha llamado, desde hace siglos, espíritu. Decir que el espíritu puede “emerger” de la materia, o que se reduce a una materia más organizada, son afirmaciones gratuitas. Ningún dato ni análisis científico justifica un reduccionismo así.

    No cabe tampoco atribuir -como hacen algunos- la aparición de la inteligencia al desarrollo del lenguaje. Más bien lo lógico es lo contrario: el lenguaje es fruto de determinados órganos anatómicos, usados por alguien que sabe algo y desea trasmitirlo.

    La ciencia, pues, debe terminar aquí su aportación a la aparición del hombre: constatando la existencia del espíritu y reconociendo que, con el método científico, no puede llegar a más. Es la hora, de nuevo, de dejar paso a la filosofía.

    Andrea Tornielli, “Hitler ordenó destruir el Vaticano y secuestrar a Pío XII”, 27.VIII.01

    Hitler ordenó destruir el Vaticano y secuestrar a Pío XII, en venganza por la ayuda que ofreció el Papa a los judíos.

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    Mariano Artigas, “Nuevos documentos sobre Galileo”, PUP, 26.III.01

    Un nuevo documento revela que los eclesiásticos no querían condenar a Galileo.

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    David Dalin, “Pío XII salvó más vidas de judíos que Oskar Schindler”, 27.VIII.01

    Entrevista con el rabino de Estados Unidos, David Dalin.

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    Paolo Mieli, “Judíos y no católicos en defensa de Pío XII”, 30.VI.01

    Dos grandes expertos de la época rompen prejuicios.

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    David Dalin, “Pío XII, gran defensor de los judíos en la II Guerra Mundial”, PUP 27.II.01

    El Rabino de Nueva York contradice a J. Cornwell con datos y testigos: “Pío XII, el gran defensor de los judíos en la guerra mundial”.

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    Juan Mª Bordaberry, “Pío XII y nacionalsocialismo”, R.E., 1998

    Eugenio Pacelli, futuro Pío XII, fue Cardenal Secretario de Estado de su antecesor, Pío XI. A la muerte de éste, fue coronado Papa en marzo de 1939 y, por tanto, gobernó la Iglesia durante los tormentosos años de la II Guerra Mundial, ya que falleció en 1958.

    Persiste una campaña velada (y a veces no tanto) que tiende a responsabilizar a los católicos en general y a Pío XII en particular, por los horrores cometidos contra los judíos por el nazismo. Esta campaña va deformando lentamente la verdad histórica y llevando a las personas desprevenidas a la impresión de que los católicos, la Santa Sede y el papa tuvieron alguna responsabilidad en ello. No es así, desde luego.

    A quien le interese profundizar el punto no le ha de faltar material. El Padre Pierre Bret, S.J., especialista en historia del Vaticano durante Pío XI y Pío XII, fue el coordinador de la edición en doce volúmenes de las actas y documentos de la Santa Sede relativos a la «Shoah», tarea que demandó dieciocho años y que el P. Blet condensó en un libro, obra calificada de «magistral» por la crítica (1).

    Pío XII conocía bien Alemania. Fue nuncio en Berlín durante la Primera Guerra Mundial y, luego, como Secretario de Estado de Pío XI, tuvo numerosas intervenciones ante el rumbo que estaba tomando la política alemana. En calidad de tal, intervino decisivamente en la encíclica de Pío XI, conocida como «Mit brennender Sorge» (que puede traducirse «Con ardiente preocupación»). La iniciativa de la encíclica partió, contrariamente a lo que se cree, de los obispos alemanes, el primer borrador fue redactado en Roma por el Cardenal Faulhaber. El entonces Cardenal Pacelli, que dominaba el alemán, le dió forma definitiva y, presentada a Pío XI, fue firmada y publicada (2).

    La encíclica denunciaba la ideología y la conducta nazis, y condenaba el culto a la personalidad en términos que vale la pena citar. «Quien quiera que, con sacrílego desconocimiento de las diferencias esenciales entre Dios y la criatura, entre el Hombre-Dios y el simple hombre, osara levantar a un mortal, aunque fuera el más grande de todos los tiempos, a nivel de Cristo, más aún, por encima de El o contra El, ese merece que se le diga que es un profeta de fantasías, al que se le aplica espantosamente la palabra terrible de la Escritura. El que vive en los Cielos se ríe de ellos». Nadie había hablado antes, directamente y en esos términos, a Adolfo Hitler. No advirtió quién pueda haberlo hecho, ni antes ni después, pero si alguien lo hizo, a lo sumo podrá decir que hizo lo mismo que la Iglesia alemana y sus Obispos, que el futuro Pío XII y que Pío XI.

    Fue una sorpresa general, agrega De la Vega-Hazas, para fieles, autoridades y policía, la lectura de la encíclica, el domingo 21 de marzo de 1937, en todos los templos católicos alemanes, que eran más de 11.000. La unanimidad fue absoluta. Y, en toda la breve historia del III Reich, nunca recibió éste en Alemania una crítica que llegara a acercarse a la de «Mit brennender Sorge».

    La Iglesia Católica fue así quien, antes que nadie, cuando aún no había estallado la guerra, con más valor que nadie, condenó al nazismo, mientras países que hoy callan cuando se la ataca, negociaban con Berlín.

    A partir de 1940, ya elevado al Papado, Pío XII multiplica los esfuerzos y las intervenciones en defensa de los judíos perseguidos en Alemania y en los países ocupados por ella. Es imposible reseñar todas esas intervenciones; baste decir que, veinte años después, cita el Padre Blet que el entonces cónsul de Israel en Milán, Pinchas Lapides, cree poder evaluar en 860.000 el número de judíos salvados por la Iglesia.

    Después del radio mensaje pontificio de la Navidad de 1942, el Servicio de Seguridad del Reich afirmó del Papa que era «el portavoz de los judíos criminales de guerra».

    En un interesante artículo de Vincent Tremolet de Villers (3), comentando también la obra del P. Blet, se relata que cuando en 1943, los alemanes entraron en Roma, los jefes de la comunidad judía fueron convocados al cuartel general de las SS, donde se les intimó a entregar en veinticuatro horas 50 kilos de oro, bajo amenaza de ser deportados todos los judíos de la ciudad. El Gran Rabino de Roma, Zolli, no habiendo podido reunir más de 35 kilos, apeló a Pío XII, que ordenó fundir los vasos sagrados de todas las parroquias romanas. Este gesto fue superfluo, puesto que poco después el mismo rabino informaba al Papa que los quince kilos faltantes habían sido donados por la comunidad católica romana.

    A partir de allí, sin embargo, empezó la persecución a los judíos de Roma. El Papa, entonces, ordenó levantar las barreras canónicas y abrir las clausuras de los monasterios que recogieron hombres y mujeres indistintamente, para protegerlos de la persecución. Tan valiente y ejemplar caridad tuvo frutos espirituales: el más destacado, la conversión del propio rabino Zolli, quien se hizo bautizar tomando el nombre de Eugenio, por Eugenio Pacelli, Papa Pío XII.

    El canal de televisión italiano Sat 2000 difundió el pasado marzo un reportaje sobre la vida de Pío XII y dio a conocer una carta del científico judío alemán -radicado en los Estados Unidos- Albert Einstein en la que elogia al Pontífice por su defensa de los judíos. La carta fue revelada por el sacerdote alemán Peter Gumpel, relator histórico e la causa de beatificación del Papa Pacelli, que fue introducida en 1967. «En una declaración del 23 de diciembre de 1940 tras poner su esperanza en la resistencia al nazismo, primero en las universidades y luego en la prensa libre alemana, Einstein admitió que la única organización que tuvo el coraje de ponerse contra Hitler fue la Iglesia Católica. y de un desinterés despreciativo pasó a una admiración incondicional y sin reservas».

    En el memorial de Yad Vachem, en el valle de los Justos, un árbol fue plantado en recuerdo de Pío XII.

    El Papa Pacelli fue un ejemplo de firmeza en la defensa de la Fe y prudencia en el uso de su poder espiritual en tiempos de terrible conmoción. Se le reprocha, injustamente, una supuesta «pasividad» en su conducta. Ya se ha visto todo lo que hizo por los perseguidos. Pero si él hizo eso por los amenazados directamente, debía velar con especial cuidado por su propia grey y por la Iglesia alemana. La amenaza de crear una Iglesia cismática en Alemania, con las consiguientes persecuciones a obispos, sacerdotes y fieles católicos, estaba latente, y solamente su prudencia, sin mengua de su afirmación doctrinaria sin claudicaciones, permitió superar esos tiempos de prueba.

    Ese fue Pío XII, Papa en tiempos de convulsión, severo en el juicio de los injustos, bondadoso hasta el heroísmo con los perseguidos. Los católicos tenemos obligación de restablecer la verdad y defender su memoria.

    (1) Pío XII y la Segunda Guerra Mundial, ed. Perrin, París. (2) De la Vega-Hazas, Julio, El nacionalsocialismo y la Iglesia, en Revista Palabra, IX.1997. (3) Pío XII y el secreto de los archivos, «Spectacle du Monde» n° 428, noviembre de 1997.

    Renato Moro, “No hay motivo para una leyenda negra contra Pío XII”, Zenit, 27.VI.02

    Historiadores de diferentes puntos de vista opinan sobre el Holocausto.

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    Luis Suárez, “Isabel la Católica y los derechos humanos”, La Razón, 3.IV.02

    Entrevista de Álex Navajas Continúa leyendo Luis Suárez, “Isabel la Católica y los derechos humanos”, La Razón, 3.IV.02

    Pío Moa, “Falsas causas del anticlericalismo”, La libertad digital, 12.V.02

    Supongamos que Azaña (o Companys, o cualquier alto dignatario republicano) hubiera sido capturado por grupos derechistas que, después de someterle a un largo calvario de golpes y vejaciones, le hubieran cortado los testículos, para luego pegarle cuatro tiros y, aun agonizante, arrancarle los dientes de oro que tuviera.

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    Pío Moa, “Razones de la persecución a la Iglesia”, La libertad digital, 19.V.02

    La institución como sus doctrinas constituían un obstáculo al imperio de la razón y la libertad, según los jacobinos, o un aparato de engaño y sumisión de las masas, “opio del pueblo” en beneficio de los explotadores, según los aspirantes a la “revolución social”.

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    Juan Domínguez, “Abusos sexuales y celibato en África”, Aceprensa, 25.IV.01

    Cuando se habla de la difusión del SIDA en África se hace hincapié sobre todo en la pobreza y en las deficiencias de los sistemas sanitarios. Sin negar esto, cada vez es más claro el papel que tiene la promiscuidad sexual y la falta de respeto a la mujer en la extensión de la epidemia en el África subsahariana.

    En Sudáfrica, según cálculos de Naciones Unidas, una de cada ocho personas de 15 a 49 años está infectada. Pero un dato más impresionante es que entre las chicas de 15 a 19 años el 21% tienen el virus, proporción superior a la de los chicos de la misma edad.

    Este mayor riesgo es en buena parte consecuencia de los abusos sexuales que sufren las mujeres en un clima de promiscuidad.

    Un reciente informe de una ONG norteamericana, Human Rights Watch (HRW), revela cómo en Sudáfrica esa cultura de abuso contra las mujeres ha anidado también en los colegios, donde abundan los casos de violaciones y acosos sufridos por chicas a manos de alumnos y profesores. Voluntarios de HRW, que contaron con la asistencia de representantes de ONG locales, visitaron ocho centros públicos de tres provincias distintas, pudiendo entrevistar privadamente a 36 víctimas de abusos. Los resultados del estudio (disponibles en Internet: www.hrw.org), coinciden en subrayar el desvalimiento de las menores que sufren el acoso de compañeros de clase o alumnos de mayor edad. No son sólo incidentes aislados, sino un fenómeno extendido: “Hemos encontrado que chicas de todos los niveles sociales y de todos los grupos étnicos sufren violencia sexual en la escuela”, dice el informe.

    El estudio denuncia la falta de rigor disciplinario de las autoridades educativas para perseguir y sancionar estas conductas. La situación de permisividad provoca que las chicas teman denunciar los abusos ante la posibilidad de generar el rechazo de su entorno escolar. Es sabido que para una mujer sudafricana no es fácil sustraerse a la voluntad del varón en materia sexual, produciéndose verdaderas violaciones en el entorno de las relaciones entre jóvenes y también en las de alumnas con profesores. A partir de la proliferación del SIDA, la conducta sexual de los varones no ha dudado en buscar sexo seguro en las más jóvenes.

    Las sanciones a penas de cárcel por estas conductas son rarísimas, sobre todo porque las escuelas prefieren tratar los abusos sexuales contra alumnas como asuntos internos. Lo habitual es que las autoridades escolares tiendan a minimizar la importancia de las denuncias. La expulsión de un profesor o de un alumno implicado en casos de violencia sexual es muy rara. Se dan casos en que las víctimas de los abusos reciben a cambio de su silencio la promesa de mejores calificaciones o una modestísima cantidad de dinero. Es llamativo que este informe de Human Rights Watch apenas haya tenido eco en la prensa, con excepción de The Economist (31III2001). Más sorprendente si lo comparamos con la cobertura informativa que poco antes se dedicó a las investigaciones emprendidas por el Vaticano sobre abusos sexuales a monjas en África por parte de sacerdotes del clero local. Sin duda, el tema era noticia. Otra cosa es su utilización e interpretación. En España, sin aportar nuevos datos, un periódico como El País dedicó varios artículos a achacar este problema a los males que provoca el celibato sacerdotal. Las mujeres víctimas de estos abusos desaparecieron rápidamente de la información.

    La sensibilidad por este problema tendría que llevar a centrar la información en estas mujeres, sean o no monjas, sean los que sean los agresores. Ciertamente, ni los profesores ni los compañeros que abusan de las escolares sudafricanas están comprometidos a vivir el celibato. Así que el problema debe de tener otros orígenes en la cultura de estos países. Quizá lo entenderíamos mejor si no instrumentalizáramos los problemas africanos para montar polémicas teológicas sobre el celibato de los curas.

    Javier Paredes, “Piononadas” (sobre beatificación Pío IX), Alfa y Omega, 25.IX.00

    ¡Aburridísima, muy, pero que muy aburrida…! Porque lo mínimo que se puede esperar de una campaña es que sus autores le echen una pizca de imaginación. Lo que se ha montado con Pío IX, por más que hayan tratado de denigrarle, no merece tal nombre. Eso del “Papa bueno y el malo” o lo de su antisemitismo es demasiado simple para que me incite a entrar al debate, si al menos se hubieran atrevido a acusarle de haber lanzado la bomba atómica…

    Pero no, han optado por agitar los viejos y polvorientos tópicos tan sabidos. Y con tan grande polvareda, se nos ha perdido don Beltrán. Lástima que se haya desaprovechado esta oportunidad para conocer a uno de los grandes protagonistas del mundo contemporáneo, como Pío IX (16-VI-1846- 7-II-1878) el sumo pontífice que tiene el récord de permanencia en la cátedra de San Pedro –que no, que tampoco gobernó la Iglesia durante 32 años, que fueron 31 años, 7 meses y 22 días-, el Papa que, entre sus muchas realizaciones, después de que la Iglesia pasase cuatro siglos sin celebrar un concilio ecuménico, convocó el Concilio Vaticano I…

    Por cierto, no han contado que casi toda la documentación preparada para este concilio tuvo que ser desarrollada en pontificados posteriores, porque el Concilio Vaticano I fue interrumpido contra la voluntad de los padres conciliares. Tan inoportuna interrupción tuvo que ver con la cansina marcha de la política italiana, me explicaré. Años les costó a las potencias europeas que los generales del rey Víctor Manuel escribieran la epopeya de la unificación de Italia y eso que, como las maestras con sus párvulos para enseñarles a escribir, les fueron llevando de la mano. Por fin, en el verano de 1870, después de varias décadas, ya en plena celebración del Concilio Vaticano I, sólo faltaba conquistar Roma, una ciudad indefensa, sin ejército ni guarnición, que como gran novedad acogía a los obispos venidos de todos los rincones del mundo.

    En estas circunstancias el gobierno italiano, decidió asestar el golpe definitivo. El día 20 de septiembre, el general Luigi Pelloux se acercó a las murallas de Roma con una columna, sin que nadie –porque nadie había- le saliera al encuentro. A unos cincuenta metros se detuvo, apuntó el cañón y consiguió hacer blanco sobre la Porta Pía, por cuya brecha hizo su entrada triunfal el general Raffaele Cadorna. La atinada puntería de Pelloux le proporcionó al artillero la Cruz de Guerra del reino de Italia. Frente a tanto ardor guerrero, Pío IX expidió un documento, en el que se podía leer: “se se aplaza –esa fue la palabra, que no suspensión- el Concilio Vaticano I sine die en espera de una época más oportuna y propicia”. Por entonces había muchos católicos en los gobiernos de los distintos países, pero la pasividad de las naciones ante la ocupación de Roma fue casi unánime: sólo se registró la protesta del presidente de Ecuador. No hay nada nuevo bajo el sol. Y fue así como en 1871 Víctor Manuel pudo fijar la capital del reino de Italia en Roma.

    Después de todo lo que habían hecho los héroes de la unificación italiana con los Estados Pontificios, además de las leyes y las declaraciones nada amistosas para con la Iglesia, alguna respuesta había que dar. Así es que según usos y costumbres de entonces, por lo que representaba y amparaba el nuevo jefe del Estado italiano, Pío IX adornó su corona con una pública excomunión. Ahora bien, como Pío IX había adquirido las virtudes en grado heroico, como se ha demostrado en su proceso, pudo hacer gala de una caridad admirable a la par que de una paciencia no menos extraordinaria, por eso siguió manteniendo buenas relaciones con el rey de Italia. Gracias a Pirri –historiador, no confundir con el gran jugador que fue del Real Madrid- que publicó en cinco volúmenes su Pio IX e Vittorio Emanuele del loro cartegio privato se puede conocer qué es eso del amor cristiano incluso a los enemigos. El Papa y el rey no se volvieron a ver, pero se escribieron muy a menudo, y naturalmente en secreto, porque si se llegan a enterar los muy liberales gobernantes de Italia algo le hubieron hecho al monarca, por más que su persona fuese declarada inviolable. Y como los reyes, además de corona también tienen alma, a Pío IX le preocupaba era la salvación eterna de Víctor Manuel, que de los tronos siempre hay quien los ocupe.

    El rey y el Papa, además, tenían algo en común, andaban los dos muy mal de salud. Al meterse el invierno de 1877 el Papa empeoró, y es que con los 86 años que tenía entonces no era para menos. Los heraldos del laicismo –una vez más, sin novedad bajo sol- pregonaron su inminente fallecimiento, pero con un tono como si les molestase que un papa viejo y enfermo no se muriese ya de una vez. Y lo anunciaron en sus periódicos con tal rigor y documentación que lo cierto es que el gobierno italiano comenzó a preparar los funerales del Papa; al fin y al cabo el Papa era un personaje popular y querido, cuyo funerales se presentaban como una magnífica ocasión para hacer política internacional con los representantes de las naciones que acudiesen a Roma. Pero había más, todavía, en el ánimo de los liberales italianos más radicales. Su agnosticismo era incompatible con la creencia de que “las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella” y en el fondo eran hombres de una esperanza, de una única esperanza que es de la que vive todo aquel que piensa que todo se reduce a lo que hay de tejas para abajo. Al fin y al cabo eran los herederos culturales de la generación liberal anterior, que en 1799 anunció en sus periódicos la muerte de Pío VI con este titular: “Pío VI y último”. Y claro ahora no podían fallar, porque sin Estados Pontificios… el fin de la Iglesia tenía que estar al caer. Pero como las cosas son lo que son y no lo que nos gustaría que fuesen, todos los preparativos de los funerales no sirvieron para nada, porque Pío IX no se murió.

    Todavía aguantó unos cuantos meses más. Justo para sobrevivir en 29 días al mismísimo rey de Italia, que le precedió a la tumba aunque eso no lo tuviera previsto su gobierno. Al saber que el rey se encontraba gravemente enfermo, Pío IX se ocupó personalmente de enviarle un sacerdote con el encargo de que le levantara la excomunión. Gracias a esta intervención de Pío IX, Víctor Manuel pudo recibir los últimos sacramentos, que tanta falta hacen en ese trance, y pudo ser enterrado como cristiano. Fue así como su gobierno le pudo honrar con unos solemnes funerales, porque una ley no escrita de todo político incoherente puede hacer compatible cualquier trayectoria anticatólica con la celebración de unas solemnes pompas fúnebres en el marco incomparable de la liturgia católica. Y es que lo que nunca se olvida, por muy incoherente que uno sea es el carácter maternal de la Iglesia y, como es sabido, a poco que uno se deje las madres –y la Iglesia lo es- lo perdonan todo.

    ¿Y que decir de la condena que hizo del comunismo años antes de que se publicara el Manifiesto Comunista de 1848? Ya comprendo que es mucho pedir un reconocimiento del carácter profético de esta condena, pero al menos y ahora que ya nadie quiere ser comunista, se podía haber hecho una mención de este tipo: “Pío IX nos aventajó en cien años, porque cuando se gestaba el comunismo ya las veía venir…” Por ejemplo. Es lo mínimo que podían hacer los intelectuales marxistas de Occidente integrados en el capitalismo vigente.

    Pero claro, resulta comprensible que los que ayer fueron marxistas y hoy se han vuelto liberales tampoco pueden hacer buenas migas con el Papa que condenó el liberalismo, o mejor con lo que ellos piensan que condenó en la encíclica Quanta cura en 1864. Hace ya tiempo que René Remond escribió que el liberalismo también es una filosofía, un modo de comprender al hombre como ser autónomo que no admite ninguna ley de nadie, ni siquiera del Creador. Ese es el núcleo del magisterio de Pío IX, porque el hecho de que los alcaldes se elijan por sufragio censitario, universal o por sorteo bien poco que le importaba. Menos mal que Pío IX como además de muy santo tenía muy buen sentido del humor habrá perdonado desde el Cielo con una sonrisa tanta pereza mental.

    Jesús Sanz, “Telediarios y párroco onubense”, PUP, 5.II.02

    Cuenta san Lucas que los fariseos quisieron acorralar a Jesucristo llevándole “una mujer sorprendida en adulterio: la ley de Moisés nos manda apedrear a tales mujeres; tú, ¿qué dices?” Y tengo para mí que consiguieron ponerle en un aprieto, pero no en el sentido que ellos pretendían: el aprieto fue más bien cómo lo haría para no coger él mismo las piedras y lanzarlas contra aquella punta de farsantes. Pienso incluso que el gesto de escribir en el suelo no fue sino una manera de contener el furor, algo así como lo que nosotros llamamos “contar hasta cien”.

    Pues bien, estas cosas siguen ocurriendo, porque la estirpe de los fariseos ha sido muy prolífica. Y Cristo sigue sufriéndolas en su cuerpo, en la Iglesia. Me refiero ahora al tratamiento informativo que se ha dado al asunto del párroco que, al parecer, confesó su homosexualidad a una publicación del ramo. Hablo del telediario de la 1, que es el que vi, aunque no me cuesta mucho imaginar un tratamiento similar en otros medios. Ahí tenéis, parecen decir, a un hombre honrado, servidor vuestro, con clergyman y todo, estimado en su pueblo (no faltó la correspondiente encuesta ciudadana). Vosotros decís que lo suyo es un desorden y habláis de la obligación del celibato. ¿Es esta vuestra caridad? El montaje es en todo similar: si la Iglesia agacha las orejas y se inclina por la indulgencia, ¿para qué existís y de qué han servido todas vuestras enseñanzas a lo largo de estos siglos? Si se reafirma en su doctrina, ¡anatema sit a esta panda de intolerantes cavernícolas! Y siempre, la tragedia de un ser humano aireada como un espectáculo, utilizada como arma arrojadiza en mezquinos rencores y abandonada luego sin más.

    Por supuesto, la Iglesia tampoco caerá en la trampa. Desconozco el drama de este hombre y los motivos que le hayan llevado a olvidar el valor de la castidad y a confundirla (quizá) con el desamor, como ignoro los condicionamientos que pesaron sobre aquella mujer adúltera, finalmente perdonada y exhortada a “no pecar más”. Un párroco, a poco que descuide su vida de piedad, puede ser un hombre terriblemente solo. Pero la manipulación interesada que se ha hecho (y, que, sin duda, se hará) de este pobre hombre, exhibiéndolo como el gorila blanco del zoo, da, sencillamente, asco. Tanto que algunos lo desahogamos, una vez más, escribiendo, y a pesar de que esta caterva no merecería una línea.

    César Vidal, “Nietzche y el paradigma totalitario de derechas”

    Si Marx constituye un ejemplo paradigmático de las tesis que luego seguirían al pie de la letra Lenin, Stalin o Mao, no resulta menos cierto que Nietzsche avanzó una cosmovisión nihilista y anticristiano que luego cristalizaría, entre otros fenómenos, en el fascismo y el nazismo. De la misma manera que Marx, la figura de Nietzsche ha sido objeto no pocas veces de un tratamiento exculpatorio que arranca del influjo seductor de sus obras y de la identificación, siquiera parcial, con sus opiniones por encima de cualquier análisis frío y desapasionado de sus obras. Si durante el nazismo resultaba habitual —y del todo justificado— citarlo como un claro precedente de la ideología hitleriana, después del final de la Segunda Guerra Mundial se hizo corriente distanciarlo de ella e incluso releerlo desde una perspectiva que, grosso modo, podría calificarse de izquierdista.

    Como en el caso de Marx, no constituye tarea de la presente obra realizar un repaso de todo el legado de Nietzsche, pero sí resulta indispensable asomarse cuando menos a aquella parte que tuvo un influjo claro en la configuración del pensamiento nazi y fascista. Esta surge durante el denominado tercer periodo creador de Nietzsche, el “periodo de Zaratustra” o de la “voluntad de poder”. En esos momentos en que se ha emancipado de Wagner surgen las aportaciones más claras del filósofo al respecto: La genealogía de la moral (1887) y El Anticristo (1889). La genealogía ha sido considerada como la obra “más sombría y cruel” de Nietzsche. Pero, sea como sea, su trágica influencia en el siglo XX es incuestionable. En ella, el filósofo parte de una base claramente expuesta, la de que es necesario cambiar los valores morales existentes en ese entonces, y así llega a la conclusión de que, históricamente, eran buenos no los seres humanos que ahora se considera como tales, sino los hombres de rango superior. También era distinto su concepto de moral, puesto que para ellos esta equivalía a aquellos comportamientos y valorizaciones que re saltaban el rango y no la utilidad:

    … fueron los “buenos” en sí, es decir, los nobles, los fuertes, los de posición superior y sentimientos de altura los que se sintieron y se valoraron tanto en lo que a ellos se refería como en lo que se refería a sus actos como buenos, es decir, como algo de primer rango, que estaba situado en contraposición con todo lo ruin, lo bajo, lo vulgar y lo plebeyo. Partiendo de este “pathos de la distancia” se atribuyeron el derecho de crear valores, de dar nombre a los valores: ¡pues sí que les importaba mucho la utilidad! El punto de vista de la utilidad es el más raro y poco adecuado de todos justo a la hora de tratar ese ardiente río de juicios superiores de valor ordenadores del rango, acentuadores del rango (I, 2).

    Para Nietzsche —y de esta manera recuperaba el núcleo del pensamiento bárbaro con el que tuvo que enfrentarse el cristianismo durante el siglo XI— el concepto de “bueno” es algo que se científica con los aristócratas, con los señores, con la clase superior. Por el contrario, lo malo corresponde a la plebe, al vulgo, a la clase inferior. En ese sentido, la moral primigeniamente buena es la de las elites aristocráticas y la mala la que se da entre la plebe. Si en su tiempo no se daba ya esa identificación, la responsabilidad inicial de ese acto se debía según el filósofo a las castas sacerdotales (l, 6-7) —”enemigos malvados… porque son los más impotentes” y a los judíos (l, 7).

    El mensaje de Nietzsche queda, por lo tanto, establecido con enorme claridad. Al principio existía una moral buena. Se trataba de la moral aristocrática, la de los poderosos, los fuertes, los violentos. A ella se contraponía la mala, la de los débiles, la de la plebe. Si hoy día esa diferenciación no existe se debe a un pueblo en concreto: los judíos. Para llevar a cabo su labor de corrupción, los judíos se han valido de un vehículo, de un perverso sistema de infiltración. Este no es otro que el cristianismo:

    Ese Jesús de Nazaret, evangelio vivo del amor, ese “redentor” que trae la bienaventuranza y la victoria a los pobres, a los enfermos, a los pecadores —¿acaso no era precisamente la seducción de la manera más inquietante e irresistible, la seducción y el extravío hacia aquellos valores judíos y hacia aquellas innovaciones judías del ideal? ¿No ha alcanzado Israel el último objetivo de su deseo sublime de venganza, precisamente en virtud del rodeo de ese “redentor”, de ese enemigo y liquidador aparente de Israel? ¿No forma parte de la escondida magia negra de una política auténticamente grande de la venganza, de una venganza de altos vuelos, clandestina, de progreso pausado, calculada, el que Israel mismo negara y clavara en la cruz ante todo el mundo, como si fuera su enemigo mortal, al verdadero instrumento de su venganza, a fin de que “todo el mundo”, o sea, todos los enemigos de Israel, mordieran el cebo sin sospecharlo? (l, 8).

    El argumento de Nietzsche mezcla obviamente la verdad histórica —Jesús era judío y muchos de los valores judíos entraron en Occidente gracias al cristianismo— con un absurdo presupuesto conspirativo. Pero, sobre todo, sienta un principio esencial, el de que la moral verdadera choca con una perversidad llamada cristianismo. Mediante este, “los señores están liquidados; la moral del hombre vulgar ha vencido” (1, 9) y la moral que se ha impuesto es la del “resentimiento” (l, 10). Es este un fenómeno que, supuestamente, implica un “retroceso de la humanidad” (l, 1 l), una “inteligencia de rango ínfimo” (1, 13) y que presenta el juicio final y la vida eterna como “compensaciones” (l, 14-15).

    Llegado a este punto de su exposición, el filósofo ha conseguido articular una visión de la historia universal maniqueísta. En términos de moral, puede decirse que la historia gira en torno a dos concepciones diametralmente opuestas. Por un lado, se encuentra la que, a juicio de Nietzsche encarna lo bueno y noble, los valores positivos. Es la moral procedente de un pueblo de señores, de la fuerza, de la violencia, de la dominación; en resumen, de Roma. Frente a esa visión se alzaría, por el contrario, otra que debe ser calificada de baja y ruin, de plebeya y negativa. Es la visión del resentimiento, de la bajeza, de la corrupción de la moral. La misma se encarna en los judíos y ha tenido como frutos repugnantes el cristianismo y, de manera especial, el protestantismo.

    En el tratado segundo de esta obra, titulado “Culpa”, “mala conciencia” y similares, el filósofo va a partir de esa dicotomía para dejar claro que el hombre “bueno” (en el sentido que al término da Nietzsche) se ve liberado de frenos morales, de la culpa, de la mala conciencia (2, 1—5). En segundo lugar, él mismo resulta un ser que es cruel de manera natural. La suya es, por otra parte, una crueldad que constituye un fundamento de la historia forjada por los seres superiores y que se manifiesta, entre otras cosas, en contar con seres inferiores sobre los que descargarla:

    …su imperiosa necesidad de crueldad aparece como algo muy ingenuo, muy inocente precisamente la “maldad desinteresada” es una propiedad normal del hombre yo he señalado, con prudente dedo, las siempre crecientes espiritualización y “deificación” de la crueldad que surcan toda la historia de la cultura superior (y la constituyen tomadas en un sentido importante). Además, no hace tanto tiempo en que no se sabía idear bodas de príncipes o fiestas populares de envergadura en que no tuviesen lugar ejecuciones, torturas, o, por ejemplo, un auto de fe, ni tampoco una casa nobiliaria en la que no hubiera seres sobre los que descargar sin escrúpulos la propia maldad y las burlas crueles (2, 6).

    De hecho, Nietzsche no se detiene ahí en su consideración positiva de la crueldad. Esta, aparte de sus aspectos utilitarios, produce placer:

    Ver sufrir produce placer; el hacer sufrir, aún más placer —se trata de una tesis dura, pero es un axioma antiguo, poderoso, humano— demasiado humano, que, por otra parte, quizá ya llegaron a suscribir los monos… Sin crueldad no hay fiesta: así lo enseña la más antigua, la más larga historia del hombre… (2, 6).

    Sin embargo, Nietzsche parece desear endulzar siquiera parte su elogio de la crueldad. Para ello se vale de un argumento disparatado pero, a la vez, preñado de consecuencias, un argumento que —quizá no tan extrañamente— recuerda a ciertos ideólogos de la Ilustración a los que hemos citado páginas atrás. Este consiste en afirmar que no todos los seres humanos son igualmente sensibles al dolor. Así, por ejemplo, los negros —a los que caracteriza como “representantes del hombre prehistórico”— padecen menos cuando se les ocasionan sufrimientos:

    Tal vez entonces [en el pasado] el dolor no hiciera tanto daño como ahora; por lo menos podrá llegar a esa conclusión un médico que haya tratado a negros (tomando a estos como representantes del hombre prehistórico) —algunos casos de graves inflamaciones internas abocan hasta las puertas de la desesperación al mejor constituido de los europeos; pero a los negros no los abocan (2, 7).

    Nietzsche era consciente de que semejante visión chocaba con el cristianismo, que no solo afirma que el ser humano tiene “una deuda con la divinidad” (2, 20), sino que además sostiene que Dios la ha saldado “redimiendo al hombre de aquello que este no puede redimir por sí mismo” (2, 21). De ahí que exprese su repugnancia hacia el Nuevo Testamento (3, 22) y frente a la cercanía del creyente en relación con Dios que ya aparece en el judaísmo (3, 22). Por el contrario, un colectivo moralmente modélico sería la conocida secta islámica de los Asesinos:

    Cuando los cruzados cristianos se toparon en Oriente con la invencible Orden de los asesinos, con aquella orden de espíritus libres par excellence, cuyos grados inferiores vivían en una obediencia que no ha sido alcanzada por ninguna orden monástico, recibieron también, por algún conducto, una indicación sobre aquel símbolo y aquella consigna, reservada en exclusiva a los grados superiores, como su secretum: “Nada es verdadero, todo está permitido … ” (3, 24).

    En resumen, pues, la Genealogía de la moral constituye solo un análisis de las bases contemporáneas de la moral, sino también un intento de explicar cómo la misma ha podido devaluarse, degenerarse tanto como para dejar de estar pergeñada por los señores y pasar a responder a los anhelos de la plebe. Tal búsqueda tiene una respuesta obvia a juicio del filósofo. Se ha producido un proceso de corrupción, de subversión, que cuenta con un claro culpable: el pueblo judío, y, de manera sobresaliente, la figura de Jesús. Frente a esa situación Nietzsche propone regresar a unos fundamentos morales propios de lo auténticamente bueno, aristocrático, señorial. Estos afirman que no hay culpa frente a la libertad de acción humana, que la crueldad y el descargar la misma sobre los inferiores es bueno y natural y que la consigna de “todo es permisible, nada es verdad … ” es un correcto fundamento.

    El Anticristo (1889), la segunda obra a la que vamos a referirnos, constituye uno de los panfletos más anticristianos de la historia universal y quizá también es uno de los más conocidos. En el mismo se califica al cristianismo de “más dañoso que cualquier vicio” (2); se le atribuye haber “desencadenado una guerra a muerte contra ese tipo superior de hombre” (5); se le acusa de ostentar “uno de los conceptos de Dios más corruptos a que se ha llegado en la tierra” (18); se le moteja de “mezcla de sublimidad, enfermedad e infantilismo” (31); se afirma que ser cristiano es “indecente” (38, 50), que para ser filólogo o médico hay que ser “anticristiano” (47) y que, en realidad, para ser cristiano “hay que estar lo bastante enfermo” (5 l); se le convierte en objeto de desprecio al igual que a los socialistas y anarquistas (57) (un hecho pasado por alto por los empeñados en hallar en Nietzsche a un precursor de la izquierda) y, por último, tras retratarlo como “vampiro del imperium romanum” (58) y como “la única gran maldición” (62), el filósofo añade una ley contra el cristianismo. Como señalaría Nietzsche, esta y no otra es “la conclusión más coherente, la conclusión necesaria, de todo su camino mental.” Frente a la amenaza cristiana, Nietzsche propone el alzamiento de las razas nórdicas:

    No hace justicia ciertamente a las dotes religiosas, por no decir al gusto, de las fuertes razas de la Europa nórdica el que no hayan rechazado al Dios cristiano hasta la fecha. Tendrían que acabar con semejante engendro de la décadence, enfermizo y decrépito. Sin embargo, como no han acabado con él, pesa sobre ellas una maldición (19).

    Dado que “el cristiano es solo un judío de confesión “más libre”” (44), la proscripción del cristianismo es indispensable. De hecho, cuanto más cercano es el cristianismo a sus raíces más repugnante le resulta. Por eso, le parecen sobremanera detestables los primeros cristianos:

    ¿Qué se sigue de esto? Que uno hace bien en ponerse los guantes cuando lee el Nuevo Testamento. La proximidad de tanta mugre casi obliga a hacerlo. De la misma manera que no elegiríamos como amigos a unos judíos polacos, tampoco elegiríamos a unos “primeros cristianos”. Ni siquiera es necesario presentar una objeción contra ellos… Ni los unos ni los otros huelen bien (46).

    Esta proscripción de judíos y cristianos, esa abolición del monoteísmo (19) significa para el filósofo el regreso de la moral buena, de la moral aristocrática, de la moral de los señores. Como es lógico, una transformación de semejantes características debía tener claras repercusiones sociopolíticas. Nietzsche lo sabía e indicó de inmediato la forma ideal que adquirirían las mismas. Su cristalización sería un orden similar a la sociedad de castas de la India, un sistema —inamovible e intraspasable— implantado por los conquistadores arios sobre las razas inferiores en el segundo milenio a. C.

    Establecer un código al estilo de Manú implica otorgar en lo sucesivo a un pueblo el derecho a llegar a ser maestro, a llegar a ser perfecto —a ambicionar el arte supremo de la vida. Para ello hay que hacerlo inconsciente: esa es la meta de toda mentira santa—. El orden de castas, que es la ley suprema, dominante, constituye solo el reconocimiento de un orden natural, de una legalidad natural de primer orden, contra la que nada puede ningún antojo, ninguna “idea moderna”…. Es la naturaleza, no Manú, la que establece separaciones entre los predominantemente espirituales, los predominantemente fuertes en lo que a músculos y genio se refiere, y los terceros, los que no sobresalen en ninguna de las dos cosas, los mediocres. Estos últimos son la inmensa mayoría, y los primeros, lo selecto. La casta superior —yo la denomino los menos— tiene también, por ser la perfecta, los privilegios de los menos: entre los mismos se cuenta el de representar en la tierra la felicidad, la belleza, la bondad. La belleza, lo bello solo les está permitido a los hombres más espirituales: solo en ellos la bondad no es debilidad… El orden de castas, la jerarquía, se limita a formular la ley suprema de la vida misma, la separación de los tres tipos es necesaria para la conservación de la sociedad, para la posibilitación de tipos superiores y supremos —la desigualdad de derechos es la condición primera para que llegue a haber derechos… ¿A quién es a quien yo más odio, entre la morralla de hoy? A la morralla de los socialistas, a los apóstoles de los chandalas, que con su diminuto ser arruinan el instinto, el placer, el sentimiento de satisfacción del obrero… La injusticia no está nunca en los derechos desiguales, sino en exigir derechos “iguales”… El anarquista y el cristiano son de una misma procedencia… (57).

    El cuadro social descrito por Nietzsche en las líneas precedentes no puede resultar más explícito. Según relata, la Naturaleza exige el dominio de los menos (los más fuertes, los más espirituales) sobre la mayoría de los mediocres. El modelo ideal es por ello el del sistema indio de castas que permite la dominación de un número reducido sobre la gran masa, masa a la que es imperativo mentir (con “mentira santa”, según la terminología de Nietzsche) y además mantener aislada de cualquier idea que signifique su promoción o su petición de derechos.

    El sueño de Nietzsche, expresado en sus justos términos, consistió en reinstaurar la visión de un periodo histórico, en parte real, en parte imaginario, en que lo bueno era similar a lo fuerte, a lo violento, a lo aristocrático, y en que lo malo resultaba equivalente de lo débil, lo bajo, lo plebeyo. Se trataba de implantar socialmente el dominio de una elite que dominara sin el freno de la culpa, negando la existencia de la verdad y ejerciendo la crueldad sobre los inferiores. Semejante salto en la moral chocaba con un claro enemigo, el cristianismo, que debía ser aniquilado por las razas germánicas. Tales medidas permitirían implantar una sociedad elitista, basada en la desigualdad y la jerarquía, al estilo del sistema ario de castas existente desde hace milenios en la India. En ella, los más, los mediocres, serían engañados y mantenidos en una ignorancia feliz de la que no debía sacarlos el cristianismo. Para lograr esa finalidad sería una medida de enorme valor la promulgación de una ley contra el cristianismo que lo erradicara por fin de la faz de la tierra, aniquilando sus lugares sagrados y convirtiendo en parias (chandalas en el lenguaje de Nietzsche) a sus sacerdotes, a los que “se proscribir , se hará morir de hambre, se arrojar a todo tipo de desierto” (Artículo quinto).

    Las enseñanzas del filósofo alemán tuvieron repercusiones políticas, en especial desde inicios del presente siglo. El fascismo de Mussolini —que retaba a Dios a fulminarle con un rayo en el plazo de cinco minutos— y, sobre todo, el nazismo de Hitler se sustentaron en buena medida sobre una nueva moral de la minoría fuerte, violenta y audaz, que se imponía sobre una masa engañada. En ese sentido, las afirmaciones ideológicas de Nietzsche y las cámaras de gas de Auchswitz, Treblinka y Sobibor se hallan unidas por una línea recta y directa.

    Tanto el fascismo como el nazismo contemplaron de manera negativa el cristianismo —aunque en ocasiones firmaran acuerdos con la Santa Sede por razones de política interior— y, en especial en el caso de Hitler, articularon medidas para debilitar e incluso eliminar totalmente su influencia social.

    No deja de ser significativo que, en sus Conversaciones de sobremesa, Hitler se adentrara de manera continuada en el terreno de las especulaciones filosóficas y que estas tengan un marcado resabio de Nietzsche y del ocultismo neopagano. Precisamente por ello, tampoco resulta sorprendente que el nazismo intentara en su programa neopagano eliminar al cristianismo de manera absoluta. Hoy día sabemos que el exterminio de los cristianos formaba una parte tan esencial del programa nazi como el de los judíos. Solo se retrasó a la espera de una victoria en la guerra mundial que no hiciera temer una reacción internacional contraria. Sin embargo, el propio Führer no se engañó sobre la fuerza de su enemigo. Hasta el final de sus días consideró como su “prisionero particular” a un pastor protestante, Martin Niehmoller, que ya en 1939 había tenido el arrojo de predicar a sus feligreses que siguieran al “rabino judío, Jesús de Nazaret”. Tampoco olvidó las acciones antinazis —que paralizaron, por ejemplo, el programa de eutanasia de enfermos mentales antes de la guerra— del obispo Galen o de la Bekennende Kirche, de Karl Barth o de Rudolf Bultmann. Kolbe, Edith Stein o Dietrich Bonhoeffer son sólo algunos de los hombres de los millares de cristianos que murieron en los campos de concentración nazis por oponerse a un régimen que consideraban como la encarnación de un neopaganismo brutal y bárbaro. No se equivocaron, desde luego, en su juicio.

    Al concluir el siglo XX, al acercarse a su tercer milenio de existencia, el cristianismo había sobrevivido a dos terribles amenazas que, como tantas veces antaño, no sólo le habían puesto en peligro a él, sino a todo el género humano. A pesar de sus diferencias, las dos —marxismo y fascismo-nazismo— coincidían en algunos aspectos esenciales. Ambas negaban la existencia de principios morales superiores que limitaran el poder y la persecución de sus objetivos; ambas ansiaban desesperadamente llevar a cabo la ejecución de sus objetivos; ambas creían en la legitimidad de exterminar social, económica y físicamente a los que consideraban sus enemigos, fueran burgueses o judíos; ambas eran conscientes de que el cristianismo se les oponía ideológicamente como un valladar frente a sus aspiraciones; ambas intentaron —y fracasaron en el intento— aniquilarlo como a un adversario privilegiado que era.

    Puede que algunos consideren que las dos grandes bestias —el comunismo y el fascismo-nazismo— habían sido conjuradas a finales del siglo XX, un juicio optimista si se tiene en cuenta que el régimen comunista chino, por ejemplo, ejerce su dominio sobre más de mil trescientos millones de personas. Lo cierto es que, como sucedió en los siglos pasados, las amenazas que se yerguen sobre el futuro de la Humanidad no son seguramente menores que las sorteadas en el pasado. En ese sentido, el cristianismo está llamado a representar un papel fundamental.

    Tomado de “El legado del cristianismo en la cultura occidental”, Espasa, 2000, pp. 225-236.

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