César Vidal, “Nietzche y el paradigma totalitario de derechas”

Si Marx constituye un ejemplo paradigmático de las tesis que luego seguirían al pie de la letra Lenin, Stalin o Mao, no resulta menos cierto que Nietzsche avanzó una cosmovisión nihilista y anticristiano que luego cristalizaría, entre otros fenómenos, en el fascismo y el nazismo. De la misma manera que Marx, la figura de Nietzsche ha sido objeto no pocas veces de un tratamiento exculpatorio que arranca del influjo seductor de sus obras y de la identificación, siquiera parcial, con sus opiniones por encima de cualquier análisis frío y desapasionado de sus obras. Si durante el nazismo resultaba habitual —y del todo justificado— citarlo como un claro precedente de la ideología hitleriana, después del final de la Segunda Guerra Mundial se hizo corriente distanciarlo de ella e incluso releerlo desde una perspectiva que, grosso modo, podría calificarse de izquierdista.

Como en el caso de Marx, no constituye tarea de la presente obra realizar un repaso de todo el legado de Nietzsche, pero sí resulta indispensable asomarse cuando menos a aquella parte que tuvo un influjo claro en la configuración del pensamiento nazi y fascista. Esta surge durante el denominado tercer periodo creador de Nietzsche, el “periodo de Zaratustra” o de la “voluntad de poder”. En esos momentos en que se ha emancipado de Wagner surgen las aportaciones más claras del filósofo al respecto: La genealogía de la moral (1887) y El Anticristo (1889). La genealogía ha sido considerada como la obra “más sombría y cruel” de Nietzsche. Pero, sea como sea, su trágica influencia en el siglo XX es incuestionable. En ella, el filósofo parte de una base claramente expuesta, la de que es necesario cambiar los valores morales existentes en ese entonces, y así llega a la conclusión de que, históricamente, eran buenos no los seres humanos que ahora se considera como tales, sino los hombres de rango superior. También era distinto su concepto de moral, puesto que para ellos esta equivalía a aquellos comportamientos y valorizaciones que re saltaban el rango y no la utilidad:

… fueron los “buenos” en sí, es decir, los nobles, los fuertes, los de posición superior y sentimientos de altura los que se sintieron y se valoraron tanto en lo que a ellos se refería como en lo que se refería a sus actos como buenos, es decir, como algo de primer rango, que estaba situado en contraposición con todo lo ruin, lo bajo, lo vulgar y lo plebeyo. Partiendo de este “pathos de la distancia” se atribuyeron el derecho de crear valores, de dar nombre a los valores: ¡pues sí que les importaba mucho la utilidad! El punto de vista de la utilidad es el más raro y poco adecuado de todos justo a la hora de tratar ese ardiente río de juicios superiores de valor ordenadores del rango, acentuadores del rango (I, 2).

Para Nietzsche —y de esta manera recuperaba el núcleo del pensamiento bárbaro con el que tuvo que enfrentarse el cristianismo durante el siglo XI— el concepto de “bueno” es algo que se científica con los aristócratas, con los señores, con la clase superior. Por el contrario, lo malo corresponde a la plebe, al vulgo, a la clase inferior. En ese sentido, la moral primigeniamente buena es la de las elites aristocráticas y la mala la que se da entre la plebe. Si en su tiempo no se daba ya esa identificación, la responsabilidad inicial de ese acto se debía según el filósofo a las castas sacerdotales (l, 6-7) —”enemigos malvados… porque son los más impotentes” y a los judíos (l, 7).

El mensaje de Nietzsche queda, por lo tanto, establecido con enorme claridad. Al principio existía una moral buena. Se trataba de la moral aristocrática, la de los poderosos, los fuertes, los violentos. A ella se contraponía la mala, la de los débiles, la de la plebe. Si hoy día esa diferenciación no existe se debe a un pueblo en concreto: los judíos. Para llevar a cabo su labor de corrupción, los judíos se han valido de un vehículo, de un perverso sistema de infiltración. Este no es otro que el cristianismo:

Ese Jesús de Nazaret, evangelio vivo del amor, ese “redentor” que trae la bienaventuranza y la victoria a los pobres, a los enfermos, a los pecadores —¿acaso no era precisamente la seducción de la manera más inquietante e irresistible, la seducción y el extravío hacia aquellos valores judíos y hacia aquellas innovaciones judías del ideal? ¿No ha alcanzado Israel el último objetivo de su deseo sublime de venganza, precisamente en virtud del rodeo de ese “redentor”, de ese enemigo y liquidador aparente de Israel? ¿No forma parte de la escondida magia negra de una política auténticamente grande de la venganza, de una venganza de altos vuelos, clandestina, de progreso pausado, calculada, el que Israel mismo negara y clavara en la cruz ante todo el mundo, como si fuera su enemigo mortal, al verdadero instrumento de su venganza, a fin de que “todo el mundo”, o sea, todos los enemigos de Israel, mordieran el cebo sin sospecharlo? (l, 8).

El argumento de Nietzsche mezcla obviamente la verdad histórica —Jesús era judío y muchos de los valores judíos entraron en Occidente gracias al cristianismo— con un absurdo presupuesto conspirativo. Pero, sobre todo, sienta un principio esencial, el de que la moral verdadera choca con una perversidad llamada cristianismo. Mediante este, “los señores están liquidados; la moral del hombre vulgar ha vencido” (1, 9) y la moral que se ha impuesto es la del “resentimiento” (l, 10). Es este un fenómeno que, supuestamente, implica un “retroceso de la humanidad” (l, 1 l), una “inteligencia de rango ínfimo” (1, 13) y que presenta el juicio final y la vida eterna como “compensaciones” (l, 14-15).

Llegado a este punto de su exposición, el filósofo ha conseguido articular una visión de la historia universal maniqueísta. En términos de moral, puede decirse que la historia gira en torno a dos concepciones diametralmente opuestas. Por un lado, se encuentra la que, a juicio de Nietzsche encarna lo bueno y noble, los valores positivos. Es la moral procedente de un pueblo de señores, de la fuerza, de la violencia, de la dominación; en resumen, de Roma. Frente a esa visión se alzaría, por el contrario, otra que debe ser calificada de baja y ruin, de plebeya y negativa. Es la visión del resentimiento, de la bajeza, de la corrupción de la moral. La misma se encarna en los judíos y ha tenido como frutos repugnantes el cristianismo y, de manera especial, el protestantismo.

En el tratado segundo de esta obra, titulado “Culpa”, “mala conciencia” y similares, el filósofo va a partir de esa dicotomía para dejar claro que el hombre “bueno” (en el sentido que al término da Nietzsche) se ve liberado de frenos morales, de la culpa, de la mala conciencia (2, 1—5). En segundo lugar, él mismo resulta un ser que es cruel de manera natural. La suya es, por otra parte, una crueldad que constituye un fundamento de la historia forjada por los seres superiores y que se manifiesta, entre otras cosas, en contar con seres inferiores sobre los que descargarla:

…su imperiosa necesidad de crueldad aparece como algo muy ingenuo, muy inocente precisamente la “maldad desinteresada” es una propiedad normal del hombre yo he señalado, con prudente dedo, las siempre crecientes espiritualización y “deificación” de la crueldad que surcan toda la historia de la cultura superior (y la constituyen tomadas en un sentido importante). Además, no hace tanto tiempo en que no se sabía idear bodas de príncipes o fiestas populares de envergadura en que no tuviesen lugar ejecuciones, torturas, o, por ejemplo, un auto de fe, ni tampoco una casa nobiliaria en la que no hubiera seres sobre los que descargar sin escrúpulos la propia maldad y las burlas crueles (2, 6).

De hecho, Nietzsche no se detiene ahí en su consideración positiva de la crueldad. Esta, aparte de sus aspectos utilitarios, produce placer:

Ver sufrir produce placer; el hacer sufrir, aún más placer —se trata de una tesis dura, pero es un axioma antiguo, poderoso, humano— demasiado humano, que, por otra parte, quizá ya llegaron a suscribir los monos… Sin crueldad no hay fiesta: así lo enseña la más antigua, la más larga historia del hombre… (2, 6).

Sin embargo, Nietzsche parece desear endulzar siquiera parte su elogio de la crueldad. Para ello se vale de un argumento disparatado pero, a la vez, preñado de consecuencias, un argumento que —quizá no tan extrañamente— recuerda a ciertos ideólogos de la Ilustración a los que hemos citado páginas atrás. Este consiste en afirmar que no todos los seres humanos son igualmente sensibles al dolor. Así, por ejemplo, los negros —a los que caracteriza como “representantes del hombre prehistórico”— padecen menos cuando se les ocasionan sufrimientos:

Tal vez entonces [en el pasado] el dolor no hiciera tanto daño como ahora; por lo menos podrá llegar a esa conclusión un médico que haya tratado a negros (tomando a estos como representantes del hombre prehistórico) —algunos casos de graves inflamaciones internas abocan hasta las puertas de la desesperación al mejor constituido de los europeos; pero a los negros no los abocan (2, 7).

Nietzsche era consciente de que semejante visión chocaba con el cristianismo, que no solo afirma que el ser humano tiene “una deuda con la divinidad” (2, 20), sino que además sostiene que Dios la ha saldado “redimiendo al hombre de aquello que este no puede redimir por sí mismo” (2, 21). De ahí que exprese su repugnancia hacia el Nuevo Testamento (3, 22) y frente a la cercanía del creyente en relación con Dios que ya aparece en el judaísmo (3, 22). Por el contrario, un colectivo moralmente modélico sería la conocida secta islámica de los Asesinos:

Cuando los cruzados cristianos se toparon en Oriente con la invencible Orden de los asesinos, con aquella orden de espíritus libres par excellence, cuyos grados inferiores vivían en una obediencia que no ha sido alcanzada por ninguna orden monástico, recibieron también, por algún conducto, una indicación sobre aquel símbolo y aquella consigna, reservada en exclusiva a los grados superiores, como su secretum: “Nada es verdadero, todo está permitido … ” (3, 24).

En resumen, pues, la Genealogía de la moral constituye solo un análisis de las bases contemporáneas de la moral, sino también un intento de explicar cómo la misma ha podido devaluarse, degenerarse tanto como para dejar de estar pergeñada por los señores y pasar a responder a los anhelos de la plebe. Tal búsqueda tiene una respuesta obvia a juicio del filósofo. Se ha producido un proceso de corrupción, de subversión, que cuenta con un claro culpable: el pueblo judío, y, de manera sobresaliente, la figura de Jesús. Frente a esa situación Nietzsche propone regresar a unos fundamentos morales propios de lo auténticamente bueno, aristocrático, señorial. Estos afirman que no hay culpa frente a la libertad de acción humana, que la crueldad y el descargar la misma sobre los inferiores es bueno y natural y que la consigna de “todo es permisible, nada es verdad … ” es un correcto fundamento.

El Anticristo (1889), la segunda obra a la que vamos a referirnos, constituye uno de los panfletos más anticristianos de la historia universal y quizá también es uno de los más conocidos. En el mismo se califica al cristianismo de “más dañoso que cualquier vicio” (2); se le atribuye haber “desencadenado una guerra a muerte contra ese tipo superior de hombre” (5); se le acusa de ostentar “uno de los conceptos de Dios más corruptos a que se ha llegado en la tierra” (18); se le moteja de “mezcla de sublimidad, enfermedad e infantilismo” (31); se afirma que ser cristiano es “indecente” (38, 50), que para ser filólogo o médico hay que ser “anticristiano” (47) y que, en realidad, para ser cristiano “hay que estar lo bastante enfermo” (5 l); se le convierte en objeto de desprecio al igual que a los socialistas y anarquistas (57) (un hecho pasado por alto por los empeñados en hallar en Nietzsche a un precursor de la izquierda) y, por último, tras retratarlo como “vampiro del imperium romanum” (58) y como “la única gran maldición” (62), el filósofo añade una ley contra el cristianismo. Como señalaría Nietzsche, esta y no otra es “la conclusión más coherente, la conclusión necesaria, de todo su camino mental.” Frente a la amenaza cristiana, Nietzsche propone el alzamiento de las razas nórdicas:

No hace justicia ciertamente a las dotes religiosas, por no decir al gusto, de las fuertes razas de la Europa nórdica el que no hayan rechazado al Dios cristiano hasta la fecha. Tendrían que acabar con semejante engendro de la décadence, enfermizo y decrépito. Sin embargo, como no han acabado con él, pesa sobre ellas una maldición (19).

Dado que “el cristiano es solo un judío de confesión “más libre”” (44), la proscripción del cristianismo es indispensable. De hecho, cuanto más cercano es el cristianismo a sus raíces más repugnante le resulta. Por eso, le parecen sobremanera detestables los primeros cristianos:

¿Qué se sigue de esto? Que uno hace bien en ponerse los guantes cuando lee el Nuevo Testamento. La proximidad de tanta mugre casi obliga a hacerlo. De la misma manera que no elegiríamos como amigos a unos judíos polacos, tampoco elegiríamos a unos “primeros cristianos”. Ni siquiera es necesario presentar una objeción contra ellos… Ni los unos ni los otros huelen bien (46).

Esta proscripción de judíos y cristianos, esa abolición del monoteísmo (19) significa para el filósofo el regreso de la moral buena, de la moral aristocrática, de la moral de los señores. Como es lógico, una transformación de semejantes características debía tener claras repercusiones sociopolíticas. Nietzsche lo sabía e indicó de inmediato la forma ideal que adquirirían las mismas. Su cristalización sería un orden similar a la sociedad de castas de la India, un sistema —inamovible e intraspasable— implantado por los conquistadores arios sobre las razas inferiores en el segundo milenio a. C.

Establecer un código al estilo de Manú implica otorgar en lo sucesivo a un pueblo el derecho a llegar a ser maestro, a llegar a ser perfecto —a ambicionar el arte supremo de la vida. Para ello hay que hacerlo inconsciente: esa es la meta de toda mentira santa—. El orden de castas, que es la ley suprema, dominante, constituye solo el reconocimiento de un orden natural, de una legalidad natural de primer orden, contra la que nada puede ningún antojo, ninguna “idea moderna”…. Es la naturaleza, no Manú, la que establece separaciones entre los predominantemente espirituales, los predominantemente fuertes en lo que a músculos y genio se refiere, y los terceros, los que no sobresalen en ninguna de las dos cosas, los mediocres. Estos últimos son la inmensa mayoría, y los primeros, lo selecto. La casta superior —yo la denomino los menos— tiene también, por ser la perfecta, los privilegios de los menos: entre los mismos se cuenta el de representar en la tierra la felicidad, la belleza, la bondad. La belleza, lo bello solo les está permitido a los hombres más espirituales: solo en ellos la bondad no es debilidad… El orden de castas, la jerarquía, se limita a formular la ley suprema de la vida misma, la separación de los tres tipos es necesaria para la conservación de la sociedad, para la posibilitación de tipos superiores y supremos —la desigualdad de derechos es la condición primera para que llegue a haber derechos… ¿A quién es a quien yo más odio, entre la morralla de hoy? A la morralla de los socialistas, a los apóstoles de los chandalas, que con su diminuto ser arruinan el instinto, el placer, el sentimiento de satisfacción del obrero… La injusticia no está nunca en los derechos desiguales, sino en exigir derechos “iguales”… El anarquista y el cristiano son de una misma procedencia… (57).

El cuadro social descrito por Nietzsche en las líneas precedentes no puede resultar más explícito. Según relata, la Naturaleza exige el dominio de los menos (los más fuertes, los más espirituales) sobre la mayoría de los mediocres. El modelo ideal es por ello el del sistema indio de castas que permite la dominación de un número reducido sobre la gran masa, masa a la que es imperativo mentir (con “mentira santa”, según la terminología de Nietzsche) y además mantener aislada de cualquier idea que signifique su promoción o su petición de derechos.

El sueño de Nietzsche, expresado en sus justos términos, consistió en reinstaurar la visión de un periodo histórico, en parte real, en parte imaginario, en que lo bueno era similar a lo fuerte, a lo violento, a lo aristocrático, y en que lo malo resultaba equivalente de lo débil, lo bajo, lo plebeyo. Se trataba de implantar socialmente el dominio de una elite que dominara sin el freno de la culpa, negando la existencia de la verdad y ejerciendo la crueldad sobre los inferiores. Semejante salto en la moral chocaba con un claro enemigo, el cristianismo, que debía ser aniquilado por las razas germánicas. Tales medidas permitirían implantar una sociedad elitista, basada en la desigualdad y la jerarquía, al estilo del sistema ario de castas existente desde hace milenios en la India. En ella, los más, los mediocres, serían engañados y mantenidos en una ignorancia feliz de la que no debía sacarlos el cristianismo. Para lograr esa finalidad sería una medida de enorme valor la promulgación de una ley contra el cristianismo que lo erradicara por fin de la faz de la tierra, aniquilando sus lugares sagrados y convirtiendo en parias (chandalas en el lenguaje de Nietzsche) a sus sacerdotes, a los que “se proscribir , se hará morir de hambre, se arrojar a todo tipo de desierto” (Artículo quinto).

Las enseñanzas del filósofo alemán tuvieron repercusiones políticas, en especial desde inicios del presente siglo. El fascismo de Mussolini —que retaba a Dios a fulminarle con un rayo en el plazo de cinco minutos— y, sobre todo, el nazismo de Hitler se sustentaron en buena medida sobre una nueva moral de la minoría fuerte, violenta y audaz, que se imponía sobre una masa engañada. En ese sentido, las afirmaciones ideológicas de Nietzsche y las cámaras de gas de Auchswitz, Treblinka y Sobibor se hallan unidas por una línea recta y directa.

Tanto el fascismo como el nazismo contemplaron de manera negativa el cristianismo —aunque en ocasiones firmaran acuerdos con la Santa Sede por razones de política interior— y, en especial en el caso de Hitler, articularon medidas para debilitar e incluso eliminar totalmente su influencia social.

No deja de ser significativo que, en sus Conversaciones de sobremesa, Hitler se adentrara de manera continuada en el terreno de las especulaciones filosóficas y que estas tengan un marcado resabio de Nietzsche y del ocultismo neopagano. Precisamente por ello, tampoco resulta sorprendente que el nazismo intentara en su programa neopagano eliminar al cristianismo de manera absoluta. Hoy día sabemos que el exterminio de los cristianos formaba una parte tan esencial del programa nazi como el de los judíos. Solo se retrasó a la espera de una victoria en la guerra mundial que no hiciera temer una reacción internacional contraria. Sin embargo, el propio Führer no se engañó sobre la fuerza de su enemigo. Hasta el final de sus días consideró como su “prisionero particular” a un pastor protestante, Martin Niehmoller, que ya en 1939 había tenido el arrojo de predicar a sus feligreses que siguieran al “rabino judío, Jesús de Nazaret”. Tampoco olvidó las acciones antinazis —que paralizaron, por ejemplo, el programa de eutanasia de enfermos mentales antes de la guerra— del obispo Galen o de la Bekennende Kirche, de Karl Barth o de Rudolf Bultmann. Kolbe, Edith Stein o Dietrich Bonhoeffer son sólo algunos de los hombres de los millares de cristianos que murieron en los campos de concentración nazis por oponerse a un régimen que consideraban como la encarnación de un neopaganismo brutal y bárbaro. No se equivocaron, desde luego, en su juicio.

Al concluir el siglo XX, al acercarse a su tercer milenio de existencia, el cristianismo había sobrevivido a dos terribles amenazas que, como tantas veces antaño, no sólo le habían puesto en peligro a él, sino a todo el género humano. A pesar de sus diferencias, las dos —marxismo y fascismo-nazismo— coincidían en algunos aspectos esenciales. Ambas negaban la existencia de principios morales superiores que limitaran el poder y la persecución de sus objetivos; ambas ansiaban desesperadamente llevar a cabo la ejecución de sus objetivos; ambas creían en la legitimidad de exterminar social, económica y físicamente a los que consideraban sus enemigos, fueran burgueses o judíos; ambas eran conscientes de que el cristianismo se les oponía ideológicamente como un valladar frente a sus aspiraciones; ambas intentaron —y fracasaron en el intento— aniquilarlo como a un adversario privilegiado que era.

Puede que algunos consideren que las dos grandes bestias —el comunismo y el fascismo-nazismo— habían sido conjuradas a finales del siglo XX, un juicio optimista si se tiene en cuenta que el régimen comunista chino, por ejemplo, ejerce su dominio sobre más de mil trescientos millones de personas. Lo cierto es que, como sucedió en los siglos pasados, las amenazas que se yerguen sobre el futuro de la Humanidad no son seguramente menores que las sorteadas en el pasado. En ese sentido, el cristianismo está llamado a representar un papel fundamental.

Tomado de “El legado del cristianismo en la cultura occidental”, Espasa, 2000, pp. 225-236.

César Vidal, “Influencia del cristianismo en la cultura humana”

La historia del cristianismo no pudo comenzar bajo peores auspicios. Entroncada de manera directa con la del judaísmo —de la que pretendía ser realización y cumplimiento—, desde el primer momento dejó de manifiesto una clara oposición con este. Jesús no solo predicaba una clara desviación del exclusivismo religioso de Israel llamando a los gentiles para que recibieran el mensaje del Reino del Dios (y anunciando además que muchos lo acogerían con mayor gusto que los judíos a los que estaba destinado), sino que además se manifestaba provocadoramente abierto en su actitud hacia las mujeres y, sobre todo, a los pecadores. En realidad, esta última actitud y sus propias pretensiones lo colocaron desde el principio en un camino que acabó desembocando en su ejecución.

Lejos de creer en la existencia de un grupo que podía ser mejor que otros y cuya afiliación garantizaba el paso a un mundo mejor, Jesús ofreció a sus contemporáneos una relación personal con Dios, una relación, por otra parte, de la que todos estaban necesitados, de la misma manera que un enfermo que requiere la ayuda urgente e imprescindible de un médico. El género humano —pecadores y supuestos justos, hombres y mujeres, judíos y gentiles— era semejante a una oveja perdida que no sabe cómo encontrar el camino para regresar al redil, a una moneda perdida que por sí misma no podrá volver al bolsillo de su dueña, como un hijo pródigo que disipó toda su fortuna y que precisa del perdón generoso de su padre para redimiese. Jesús insistía en que esa salvación era posible porque Dios en Él había salido al encuentro de la Humanidad y bastaba con que esta ahora no rechazara el ofrecimiento. Para aquellos que estuvieran dispuestos a vivir en la nueva relación de Pacto con Dios —un pacto basado en la muerte futura e ineludible de Jesús— se abriría la posibilidad de una nueva vida vivida de acuerdo con unas nuevas condiciones. No solo es que en ella sería posible encontrar la salvación, no solo es que en ella se podría descubrir un sentido que enlazaba con la eternidad, no solo es que en ella se viviría en una nueva comunidad sin barreras raciales, sociales o de género sexual, no solo es que en ella no se repetirían los patrones diabólicos del poder, es que además se encarnaría el ideal de amar al prójimo sin límites ni condiciones, un ideal digno del Dios que se encarnaba para morir en la cruz.

La predicación de Jesús era provocadora y sus afirmaciones de ser el Mesías, el Hijo del hombre e incluso el Hijo de Dios acabaron provocando una reacción combinada que lo llevó a la muerte. Durante la Pascua del año 30 d. C. sus adversarios debieron de respirar tranquilos convencidos de que aquel controvertido personaje dejaría de ser un peligro y una molestia… pero se equivocaron.

A los tres días, los mismos discípulos que lo habían abandonado durante su prendimiento, proceso y ejecución comenzaron a predicar la peregrina doctrina de que Jesús había resucitado y se les había aparecido. Por supuesto, ni las autoridades judías ni las romanas creyeron en aquella afirmación (¿no se habían ellas ocupado de arrancar de Jesús hasta el último hálito de vida?), pero no dejó de resultar preocupante cómo antiguos incrédulos (Santiago) o incluso enemigos (Pablo) se sumaban con fervor a la nueva fe que se negó encarnizadamente a morir.

En el curso de su primera década, el cristianismo —que ya recibía ese nombre de sus adversarios y tal vez en son de burla— había comenzado a dar pasos que evidenciaban la influencia de las enseñanzas de su maestro y fundador. Admitió gentiles en su seno, proporcionó a las mujeres un papel que jamás hubieran soñado en el judaísmo, organizó un sistema de asistencia social en Jerusalén (con prolongaciones en otras ciudades donde se había asentado), se mostró crítico hacia el poder político y extremó los valores contenidos en el judaísmo siguiendo el ejemplo de Jesús.

Antes de cumplir el primer cuarto de siglo de existencia, la nueva fe se había arraigado en Europa e incluso contaba con comunidades en ciudades tan importantes como Atenas, Corinto, Éfeso, Colosas, Tesalónica, Filipos y la misma capital, Roma.

Desde luego su avance no podía atribuirse a la simpatía del imperio. En realidad, el cristianismo era —si cabía— más molesto en sus pretensiones, en sus valores y en su conducta para la gentilidad que para el judaísmo. No solo eliminaba todas las barreras étnicas en un universo donde ser ciudadano romano era una ambición de muchos, sino que, además, desconfiaba del sistema imperial, daba una cabida extraordinaria a la mujer en su seno, sostenía un sentido finalista de la Historia y se preocupaba por los débiles, los marginados, los abandonados, es decir, por aquellos por los que no sentía la más mínima preocupación el imperio.

A pesar de las idealizaciones que a posteriori se puedan hacer del mismo, lo cierto es que el imperio romano era una firme encarnación del poder de los hombres sobre las mujeres, de los libres sobre los esclavos, de los romanos sobre los otros pueblos, de los fuertes sobre los débiles. No debe extrañarnos que Nietzsche lo considerara un paradigma de su filosofía del “superhombre” porque efectivamente así era.

Frente a ese imperio el cristianismo predicó a un Dios encarnado que había muerto en la cruz para la salvación del género humano, permitiendo a este alcanzar una vida nueva. En esta resultaba imposible mantener la discriminación que oprimía a las mujeres condenándolas a la muerte o al matrimonio impúber, el culto a la violencia que se manifestaba en los combates de gladiadores, la práctica de conductas inhumanas como el aborto o el infanticidio, la justificación de la infidelidad masculina y la deslealtad conyugal, la participación en la guerra, el abandono de los desamparados o la ausencia de esperanza.

A lo largo de tres siglos, el imperio desencadenó sobre los cristianos distintas persecuciones que cada vez fueron más violentas y que no solo no lograron su objetivo de exterminar a la nueva fe, sino que mostraron la incapacidad de alcanzarlo. Al final, el cristianismo se impuso no solo porque entregaba —el mismo Juliano el Apóstata lo reconoció— un amor que en absoluto podía nacer del seno del paganismo, sino también porque proporcionaba un sentido de la vida y una dignidad incluso a aquellos a los que nadie estaba dispuesto a otorgar un mínimo de respeto. Constantino no le otorgó el triunfo. Más bien se limitó a reconocerlo —y, quizá, a intentar instrumentarlo— y a levantar acta de que el paganismo ya no se recuperaría del proceso de decadencia en que había entrado siglos atrás.

Nunca existió un imperio cristiano (a pesar de que el cristianismo fue declarado religión oficial durante un espacio breve de tiempo), pero sí es verdad que algunos de sus principios quedaron recogidos, en mayor o menor medida, en la legislación bajoimperial. Sin embargo, el gran aporte que el cristianismo proporcionaría a Roma no sería ese.

A partir del siglo III la penetración de los bárbaros en el limes romano se hizo incontenible. Durante algunas décadas se pensó en la posibilidad de asimilarlos convirtiéndolos en aliados. Los resultados de esta política fueron efímeros. En el 476 el imperio romano de Occidente dejó formalmente de existir, aunque, en realidad, estaba enfermo de muerte desde mucho tiempo atrás. Pese a todo, aun con el efecto letal de aquellas invasiones, la cultura clásica no desapareció. El cristianismo —especialmente a través de los monasterios— la preservó. Pero no se limitaron a ello. También salvaguardaron valores cristianos en medio de un mundo que se había colapsado por completo y cuyo futuro era siempre incierto e inseguro. Así, al cultivo del arte se sumó el respeto y la práctica del trabajo del tipo que fuera, a la defensa de los débiles se unió la práctica de la caridad, al esfuerzo misionero se vinculó la asimilación y culturización de pueblos pujantes pero que, a medio plazo, también se rindieron como antaño el imperio al cristianismo.

En el siglo VIII, Occidente se vio acosado por una terrible y nueva amenaza, la del Islam, que aniquiló a su paso todas las sociedades que intentaron defender su libertad frente a él. Durante el siglo siguiente, el cristianismo proporcionó el entramado de una breve reconstrucción del imperio, ahora sobre principios como la preservación de la cultura clásica, la popularización de la educación, la promulgación de leyes sociales o la articulación del principio de legitimidad política. Sin embargo, se trató de una creación que vino a desplomarse ante el empuje de unas nuevas invasiones más letales que las sufridas durante los siglos III-V. Se produjo entonces una nueva Edad Oscura de consecuencias aún peores y Occidente quedó embotellado entre los asaltos islámicos en el sur —detenidos por los resistentes españoles que desangraron las aceifas islámicas llegadas al sur de Francia— y las incursiones bárbaras procedentes del norte (vikingos) y del este (magiares). En el curso de unas décadas, todos los logros de siglos anteriores desaparecieron convertidos en humo y cenizas. Una vez más, empero, el cristianismo se mostró mucho más vigoroso que sus enemigos. Cuando estos eran más fuertes, cuando no necesitaban pactar, cuando podían imponer su voluntad valiéndose solo de la espada, acabaron aceptando la enorme fuerza espiritual del cristianismo y lo asimilaron en sus territorios. Al llegar el año 1000, el cristianismo se extendía hasta el Volga.

Las sociedades nacidas de aquella aceptación del cristianismo en su seno no llegaron a incorporar todos los principios de la nueva fe en su existencia. De hecho, en buena medida eran reinos nuevos sustentados sobre el culto a la violencia necesaria para la conquista o para la simple defensa frente a las invasiones. Sin embargo, el cristianismo ejerció sobre ellos una influencia fecunda. La reforma del siglo XI volvió a sentar las bases de un principio de la legitimidad del poder alejado de la arbitrariedad guerrera de los bárbaros, buscó de nuevo la defensa y la asistencia de los débiles, y continuó un esfuerzo artístico y educativo que ya contaba con más de medio milenio de existencia. Además, dulcificó la violencia bárbara implantando las primeras normas del derecho de guerra —la Paz de Dios y la Tregua de Dios—, supo recibir la cultura de otros pueblos, creó un sistema de pensamiento como la Escolástica y, sobre todo, abrió las primeras universidades. Es cierto que el aumento del poder temporal de los papas acabó siendo nefasto para la institución, que durante el siglo XIV esta se desacreditó sobremanera con episodios como el Papado de Aviñón o el Gran Cisma de Occidente y que la Escolástica acabó convirtiéndose en un sistema muerto que frenaba más que alentaba el saber. Sin embargo, el cristianismo logró despegar de esas lamentables circunstancias y de esa manera abrió las puertas a la Modernidad.

En el curso de los siglos siguientes, el cristianismo alcanzó grandes logros artísticos, culturales y caritativos, así como el desarrollo económico, científico, educativo, cultural e incluso político. Causas como la defensa de los indígenas, la lucha contra la esclavitud, las primeras leyes sociales contemporáneas o la denuncia del totalitarismo no hubieran sido nunca iniciadas sin el impulso cristiano. No debe por ello sorprender que el siglo XX haya sido el que ha contemplado un número mayor de encarcelamientos, maltratos y ejecuciones de cristianos por encima de cualquier otro periodo de la Historia. Tanto los campos de exterminio de Hitler como el gulag soviético intentaron, aunque en vano, acabar con una fe a la que veían con razón como un oponente radical de sus respectivas cosmovisiones.

Sin duda, los aportes del cristianismo a la cultura occidental han sido grandiosos a lo largo de sus casi dos mil años de existencia. Sin embargo, solo podemos captar algo de su extraordinaria importancia cuando tratamos de imaginar lo que hubiera sido un mundo sin cristianismo u observamos los resultados obtenidos por otras culturas.

Un mundo que se hubiera limitado a continuar la herencia clásica no solo habría resultado en una sociedad despiadada, en la que los fuertes y los violentos se sabían protagonistas, sino que además habría perecido ante el empuje de los bárbaros en los siglos III-V sin dejar nada en pos de sí. Durante varios siglos, los reinos bárbaros hubieran combatido de manera infructuosa entre ellos para no poder sobrevivir al empuje conjunto de las segundas invasiones y del avance árabe, suponiendo que este se hubiera dado sin un Islam cuya existencia presupone por obligación la del cristianismo.

Durante los siglos de lo que ahora conocemos como Medievo, Europa hubiera sido albergue de oleada tras oleada de invasores, sin excluir a los mongoles contenidos por Rusia, de las que no hubiera surgido nada perdurable como no surgió en otros contextos. Ni la cultura clásica, ni la Escolástica, ni las universidades, ni el pensamiento científico habrían aparecido como no aparecieron en otras culturas. Además, sin los valores bíblicos se hubieran perpetuado —como así sucede en algunas naciones hasta el día de hoy— fenómenos como la esclavitud, la arbitrariedad del poder político, el anquilosamiento de la educación en manos de una escasa casta tradicional o la ausencia de desarrollo científico.

Basta echar un vistazo a las culturas informadas por el Islam, el budismo, el hinduismo o el animismo —donde siguen considerándose legítimas conductas degradantes para el ser humano— para percatarse de lo que podría haber sido un mundo sin la influencia civilizadora del cristianismo. Y aun así nuestro juicio no se corresponde con toda la dureza de lo que serían esas situaciones. A fin de cuentas, hoy día, hasta la sociedad más apartada puede beneficiarse de aspectos emanados de la influencia cristiana en la cultura occidental, desde el progreso científico a la persecución de un sistema de asistencia social, por citar solo dos ejemplos.

Incluso en el siglo XX, el olvido de principios de origen cristiano —un origen que suele olvidarse casi siempre— hubiera sumido a la Humanidad en una era de barbarie sin precedentes, bien a causa del triunfo del marxismo o del fascismo-nazismo. Pretender, pues, construir el futuro sin recurrir a sus principios solo puede interpretarse como una muestra fatal de terrible arrogancia, de profunda ignorancia o de crasa maldad. Hacerlo implicaría, además, correr el riesgo nada ficticio de ver la resurrección de formas de neopaganismo no inferiores en la gravedad de sus manifestaciones a las que ya conocemos históricamente.

Asimismo, el cristianismo no ha logrado a lo largo de casi dos mil años imponer sus puntos de vista de una manera total. En unas ocasiones esto se ha debido a su propio distanciamiento de la pureza original de su enseñanza —y debemos enfatizar el hecho de que cuanto más se ha acercado al mensaje bíblico mayores han sido sus resultados—. En otras, a que a vivencia de una ética tan elevada no puede esperarse del conjunto de una sociedad ni tampoco imponerse como se ha creído por error más de una vez. Con todo, su influencia humanizadora, civilizadora, no cuenta con paralelos de ningún tipo a lo largo de la Historia universal. Sin él, el devenir humano hubiera sido un fluir continuo de violencia y barbarie, de guerra y destrucción, de calamidades y sufrimiento. Con él, el gran drama de la condición humana se ha visto acompañado de progreso y justicia, de compasión y cultura.

Todas estas circunstancias, al fin y a la postre, hallan su explicación en las peculiares características del cristianismo como religión que le diferencian de manera ostensible de las otras. El filósofo español Manuel García Morente lo expresó de manera elocuente al describir su visión, repentina e inesperada, de Jesús: “Ese es Dios, que entiende a los hombres, que vive con los hombres, que sufre con ellos, que los consuela, que les da aliento y les trae la salvación. Si Dios no hubiera venido al mundo, si Dios no se hubiera hecho hombre en el mundo, el hombre no tendría salvación, porque entre Dios y el hombre habría siempre una distancia infinita que jamás podría el hombre franquear… Dios hecho hombre, Cristo sufriendo como yo, más que yo, muchísimo más que yo, a ese sí que lo entiendo y ese sí que me entiende” (El Hecho extraordinario). Juan lo había expresado de forma más sencilla veinte siglos antes al escribir que Dios había amado tanto al mundo que había enviado a Su Hijo para que el que en Él creyera no se perdiera, sino que tuviera vida eterna (Juan 3, 16). Lo que, por último, ha hecho diferente al cristianismo a lo largo de veinte siglos, lo que le ha convertido en base sólida y fecunda de desarrollo y progreso, de libertad y amparo de los desfavorecidos, de cultura y ciencia es la propia persona de Jesús. Precisamente por eso, el cristianismo no ha proporcionado solo sentido para la vida presente, sino que es también una garantía de esperanza futura.

Tomado de “El legado del cristianismo en la cultura occidental”, Espasa, 2000, pp. 237-246.

Juan Pablo II, “No hay lugar en el sacerdocio para quienes dañan a los jóvenes”, 25.IV.2002

Con palabras rotundas y gesto severo, Juan Pablo II advirtió ayer a los cardenales norteamericanos y al mundo que «no hay lugar en el sacerdocio ni en la vida religiosa para quienes dañan a los jóvenes». En su encuentro con los purpurados de EE.UU. el Papa les pidió «reforzar las medidas para que esos errores no se repitan».

ROMA. El presidente de la conferencia episcopal norteamericana, monseñor Wilton Gregory, reconoció ayer que «durante toda la mañana, el ambiente fue muy serio, casi sombrío. Pero, al final, el Papa nos reconfortó». Aunque su discurso fue exigente, Juan Pablo II les manifestó su plena confianza en que conseguirán erradicar la pederastia y prestar un gran servicio a la Iglesia del siglo XXI. La reunión urgente para hacer frente al escándalo terminará hoy con el debate sobre nuevas directrices y un almuerzo final con el Papa.

En su primer encuentro con los trece cardenales norteamericanos, los tres directivos de la conferencia episcopal y los máximos cargos de la Curia romana, el Papa manifestó que «también a mí me ha dolido profundamente el hecho de que algunos sacerdotes y religiosos hayan causado tanto sufrimiento y escándalo a los jóvenes. Debido a ese gran daño hay desconfianza en la Iglesia, y muchos se sienten ofendidos por el modo en que han actuado los responsables eclesiásticos».

Para disipar cualquier duda sobre la gravedad del problema, el Santo Padre señaló que «los abusos que han causado esta crisis son inicuos desde todo punto de vista y, con justicia, la sociedad los considera delito. Son también un pecado horrendo ante Dios. Quiero expresar a las víctimas y sus familias mi profundo sentimiento de solidaridad y mi preocupación».

Decisiones erróneas Con toda sencillez, el Papa reconoció que durante muchos años, la falta de conocimiento científico sobre la pederastia y una excesiva confianza de los psiquiatras en sus terapias «llevó a los obispos a tomar decisiones que, posteriormente, se demostraron erróneas». Admitido el fallo, el Santo Padre recordó a los 24 prelados que este encuentro extraordinario de dos días en Roma debe precisamente «establecer criterios más fiables para que esos errores no se repitan». Las nuevas directrices, que serán presentadas hoy, acelerarán el cese de los culpables, la información a las autoridades, la ayuda a las víctimas y la transparencia.

En tono rotundo, el Papa afirmó que «no hay lugar en el sacerdocio y la vida religiosa para quienes dañan a los jóvenes». La seriedad en erradicar la pederastia permitirá recuperar la confianza de los fieles mientras que, al final, «toda esta pena y todo este dolor debe llevar a un sacerdocio más santo, a un episcopado más santo y a una Iglesia más santa». Si el virulento problema americano se abrió como una herida, su tratamiento y cura pueden terminar siendo un bien, y el Papa incluyó una nota positiva: «Debemos tener confianza en que este tiempo de prueba traera una purificación a toda la comunidad católica, una purificación que es necesaria y urgente para que la Iglesia predique más eficazmente el Evangelio de Jesucristo con toda su fuerza liberadora».

Juan Pablo II considera que «el abuso de los jóvenes es el grave síntoma de una crisis que afecta no sólo a la Iglesia sino a la sociedad entera». Por lo tanto, «haciendo frente al problema con claridad y determinación, la Iglesia ayudará a la sociedad a entender y resolver la crisis que atraviesa». De hecho, la incidencia de pederastia entre el clero católico, aunque inadmisible, es numéricamente más baja que en cualquier otra categoría social, cultural o profesional en Estados Unidos. El modo en que la jerarquía católica aborda el problema puede servir de ejemplo a otras instituciones y a la sociedad en su conjunto.

Confianza en la jerarquía Tras el llamamiento a la severidad y a la fortaleza, el Papa quiso manifestar su confianza en la jerarquía norteamericana recordando «el inmenso bien espiritual, humano y social que realizan la gran mayoría de sacerdotes y religiosos en los Estados Unidos», así como los misioneros americanos en el mundo. «A todos ellos -dijo- va el sentido agradecimiento de la Iglesia católica y el agradecimiento del obispo de Roma».

El daño causado por un pequeño porcentaje de sacerdotes y religiosos -cuyos delitos fueron cometidos sobre todo hace una o dos décadas- es horrendo, pero es necesario contemplar la Iglesia americana en su conjunto, y el Santo Padre recurrió a un ejemplo muy gráfico: «Una gran obra de arte, aun con alguna rotura, sigue siendo bella. Y esto lo reconoce cualquier crítico intelectualmente honrado». Al término de la primera jornada, el problema quedó identificado y valorado. El desafío, ahora, es resolverlo.

Los cardenales americanos proponen «tolerancia cero» contra la pederastia La reunión especial de los cardenales norteamericanos con los máximos cargos de la Curia romana está avanzando hacia una política de «tolerancia cero» frente a los casos de pederastia de sacerdotes y la formación de consejos disciplinarios que incluyan miembros laicos.

Como presidente de la Conferencia Episcopal norteamericana, monseñor Wilton Gregory está decidido a cortar por lo sano. Por eso, aun teniendo presente el comentario del Papa sobre la posibilidad de «conversión», interpreta que su mensaje de que «no hay lugar en el sacerdocio para quienes dañan a los jóvenes» como un respaldo a la política de «tolerancia cero», que la mayoría de los cardenales norteamericanos ven como única salida a la crisis.

Algunos prelados formulan la nueva línea con una frase tomada del béisbol -donde se expulsa al jugador al tercer fallo-, pero en versión mucho más severa: «Una falta, y fuera del partido». A monseñor Wilton Gregory le parece lo más indicado para los casos de abuso de menores, pero el cardenal de Chicago, Eugene George, advirtió de que no se deben meter todos los deslices sexuales en un único cajón de sastre.

No hay consenso Según el cardenal arzobispo de Chicago, en estos momentos, «no hay consenso sobre la tolerancia cero. Una cosa es un monstruo como John Geoghan (el ex-sacerdote de Boston que abusó de 130 niños durante tres décadas) y otra muy distinta un sacerdote que, con algunas copas, tiente a una mujer y ésta le devuelva el afecto. La misma ley civil establece las diferencias». Tampoco hay consenso en cuanto a la exclusión de seminaristas con tendencias homosexuales. El cardenal de Filadelfia los excluye a rajatabla, mientras que el cardenal de Chicago dijo ayer que lo más importante no es la orientación sexual sino el comportamiento.

Tanto Gregory, el primer obispo negro que preside la Conferencia Episcopal, como el cardenal George se manifestaron a favor de que las diócesis creen comisiones para estudiar las denuncias de abusos sexuales.

Según el presidente de la Conferencia, «quizá lo mejor es que el obispo no decida solo. Debe haber unos consejos, con laicos e incluso con participación de las propias víctimas». Dos días antes de venir a Roma, el cardenal Roger Mahony, anunció que el consejo sobre abusos sexuales de su archidiócesis de Los Ángeles pasará de los nueve miembros actuales a un total de quince, de los cuales tan sólo tres serán sacerdotes. Para el titular de la mayor diócesis americana, «resulta claro que una parte demasiado grande de todo este asunto se ha llevado hasta ahora dentro de círculos clericales cerrados. Obtenemos un servicio mucho mejor cuando implicamos a gente laica».

El cardenal George manifestó que el celibato de los sacerdotes salió a colación en el encuentro de ayer tan sólo para estudiar modos de que se viva mejor, y recordó que «por los datos que tenemos, tan sólo un 1,5 por ciento de sacerdotes ha fallado en este punto». George señaló que «la dimisión del cardenal Bernard Law no se mencionó» y reveló que la noche del lunes, los cardenales y obispos americanos se reunieron para preparar la sesión de ayer con el Papa y la Curia. «Law nos dijo que no estaríamos aquí si él no hubiese cometido algunos errores tremendos, y pidió disculpas. No dijo nada de una posible dimisión, y nadie le preguntó».

Juan Vicente Boo, ABC, 24.IV.02 Texto del discurso de Juan Pablo II Queridos hermanos: 1. Permitidme que os asegure ante todo mi gran aprecio por el esfuerzo que estáis realizando para mantenernos informados a la Santa Sede y a mí personalmente sobre la compleja y difícil situación que ha surgido en vuestro país en los meses recientes. Confío en que estas discusiones vuestras den mucho fruto para el bien de los católicos de Estados Unidos. Habéis venido a la casa del sucesor de Pedro, cuya tarea consiste en confirmar a sus hermanos obispos en la fe y en el amor, y en unirles en torno a Cristo al servicio del Pueblo de Dios. La puerta de esta casa está siempre abierta para vosotros. En particular, cuando vuestras comunidades se encuentran en el dolor.

Al igual que vosotros, yo también he quedado profundamente apenado por el hecho de que sacerdotes y religiosos, cuya vocación es la de ayudar a la gente a vivir la santidad según Dios, han provocado ellos mismos estos sufrimientos y escándalos a jóvenes. A causa del grave daño provocado por algunos sacerdotes y religiosos, la Iglesia misma es vista con desconfianza, y muchos se han ofendido por la manera en que han percibido la acción los líderes de la Iglesia en esta materia. El tipo de abuso que ha causado esta crisis es en todos los sentidos equivocado y justamente considerado como un crimen por la sociedad; es también un espantoso pecado a los ojos de Dios. A las víctimas y a sus familias, dondequiera que estén, les expreso mi profundo sentimiento de solidaridad y preocupación.

2. Es verdad que una generalizada falta de conocimiento de la naturaleza del problema y el consejo de expertos clínicos llevó en ocasiones a los obispos a tomar decisiones que, según los acontecimientos sucesivos, se han demostrado erróneas. Vosotros estáis trabajando ahora para establecer criterios más fidedignos para asegurar que este tipo de errores no se repitan. Al mismo tiempo, incluso reconociendo el carácter indispensable de estos criterios, no podemos olvidar el poder de la conversión cristiana, esta decisión radical de abandonar el pecado y de regresar a Dios, que alcanzar las profundidades del alma de una persona y que puede producir un cambio extraordinario.

Tampoco deberíamos olvidar el inmenso bien espiritual, humano y social que la gran mayoría de los sacerdotes y religiosos en Estados Unidos han hecho y siguen haciendo. La Iglesia católica en vuestro país siempre ha promovido los valores cristianos con gran vigor y generosidad, de manera que ha ayudado a consolidar todo lo que hay de noble en el pueblo estadounidense.

Un gran obra de arte ha sido manchada, pero conserva su belleza; es una verdad que toda crítica intelectualmente honesta reconocerá. A las comunidades católicas en Estados Unidos, a sus pastores y miembros, a religiosos y religiosas, a los profesores de las universidades y escuelas católicas, a los misioneros estadounidenses en todas las partes del mundo, se dirige el profundo agradecimiento de toda la Iglesia católica y la gratitud personal del obispo de Roma.

3. El abuso de jóvenes es un grave síntoma de una crisis que está afectando no sólo a la Iglesia, sino a la sociedad en su conjunto. Es una profunda crisis de moralidad sexual, incluso de las relaciones humanas, y sus primeras víctimas son la familia y los jóvenes. Al afrontar el problema del abuso con claridad y determinación, la Iglesia debe ayudar a la sociedad a comprender y afrontar esta crisis en su corazón.

Debe quedar totalmente claro a los fieles católicos, y a toda la comunidad, que los obispos y los superiores están preocupados, ante todo, por el bien espiritual de las almas. La gente necesita saber que no hay lugar en el sacerdocio y en la vida religiosa para quienes dañan a los jóvenes. Tienen que saber que los obispos y los sacerdotes están totalmente comprometidos en la plenitud de la verdad católica sobre asuntos de moral sexual, una verdad tan esencial a la renovación del sacerdocio y del episcopado, como a la renovación de la vida matrimonial y familiar.

4. Tenemos que confiar que este tiempo de prueba traerá una purificación de toda la comunidad católica, una purificación necesitada urgentemente si la Iglesia quiere predicar de manera más efectiva el Evangelio de Jesucristo en toda su fuerza liberadora. Ahora vosotros tenéis que asegurar que allí donde abunda el pecado, la gracia sobreabunda (Cf. Romanos 5:20). Tanto sufrimiento, tanta tristeza debe llevar a un sacerdocio más santo, a un episcopado más santo, a una Iglesia más santa.

Sólo Dios es la fuente de la santidad, y tenemos que dirigirnos sobre todo a él para pedir perdón, curación y la gracia de afrontar este desafío con un aliento sin compromisos y con armonía de intentos. Al igual que el Buen Pastor del Evangelio del último domingo, los pastores deben ser entre sus fieles y su gente hombres que inspiran profunda confianza y que les llevan hacia aguas donde pueden descansar (Cf. Ps 22:2).

Pido al Señor que les dé a los obispos de Estados Unidos la fuerza para construir la respuesta a la crisis actual sobre sólidos cimientos de fe y sobre una genuina caridad pastoral hacia las víctimas, al igual que a los sacerdotes y a toda la comunidad católica en vuestro país. Y pido a los católicos que estén cerca de sus sacerdotes y obispos, y que les apoyen con sus oraciones en estos momentos difíciles.

Zenit, 24.IV.02 El Vaticano afronta un escándalo en curso por primera vez en su historia La revisión de la condena a Galileo requirió el paso de varios siglos y el trabajo de una comisión pontificia durante una década. La petición de perdón en el Año Jubilar fue más facil, pero se limitó a las culpas del pasado. Juan Pablo II ha vuelto a romper moldes pidiendo excusas por errores de sacerdotes y prelados, por primera vez en tiempo real.

La velocidad de crucero de la Iglesia y su cercanía a la sociedad civil están cambiando gracias, paradójicamente, a los errores cometidos por algunos obispos norteamericanos. El vaticanista italiano Luigi Accatoli, señalaba ayer que «algo nuevo está sucediendo en el Vaticano: se afronta directamente un escándalo en el momento en que se está produciendo, y se habla de él en público. Se trata de un acontecimiento extraordinario».

El veterano vaticanista -que intuyó una de las líneas maestras de Juan Pablo II y publicó el libro «Cuando el Papa pide perdón» ya en 1997-, subraya que acabamos de ver «un acontecimiento inédito incluso respecto a los «mea culpa» del Año Santo y que los supera, puesto que reconocer un escándalo en marcha requiere mucho más coraje que el reconocimiento de los pecados de épocas anteriores».

Mientras numerosos eclesiásticos leían y releían las tajantes palabras del Papa sobre la exclusión de los pederastas del sacerdocio y la vida religiosa, el jurista italiano Pietro Scoppola señalaba que «Karol Wojtyla ha antepuesto la coherencia del Evangelio a la defensa de la imagen de la Iglesia, rechazando la hipocresía y aceptando el riesgo de actuar en público». El profesor de Derecho señala que «entre los motivos por los que el problema sale a la luz se cuenta el cambio de cultura que la Iglesia ha favorecido: el menor de edad, el niño, no es una cosa sino una persona, que merece todo el respeto precisamente por su propia fragilidad. La dignidad de la persona humana es un quicio de la enseñanza de la Iglesia sobre el que ha insistido sin descanso Juan Pablo II».

Respeto a la ley civil El ventarrón del escándalo americano ha mejorado, de repente, el sentido del respeto a la ley civil en ambientes eclesiásticos que hasta ahora defendían a rajatabla exenciones e inmunidades. Juan Pablo II declaró que la pederastia no sólo es un «pecado horrendo», sino que además «la sociedad lo considera, con toda justicia, un delito». La versión contemporánea de «dar al César lo que es del César» se tradujo ayer en la insistencia en colaborar con las autoridades civiles para investigar y resolver ese tipo de delitos. El cardenal de Los Ángeles, Roger Mahony, manifestó que «casi todos los prelados americanos mencionamos la necesidad de colaborar estrechamente con las fuerzas del orden». El cardenal James Francis Stafford, presidente del Pontificio Consejo para los Laicos, señaló hace unos días que «cuando el obispo es responsable, los fiscales no tienen que preocuparse. Los problemas surgen cuando falta liderazgo eclesiástico».

Igualmente novedoso resulta el crear comisiones nacionales o diocesanas sobre abuso sexual de las que formen parte fieles laicos y expertos en psicología o derecho incluso en abrumadora mayoría, como la de doce sobre un total de quince miembros en la archidiócesis de Los Ángeles. Naturalmente, los obispos americanos tendrán que evitar que las comisiones de vigilancia se conviertan en tribunales de la Inquisición, por cuyos errores pasados pidió perdón el Papa en el año 2000. La paranoia respecto a la pederastia dificulta resolver el problema.

Estudio de la pederastia La histórica reunión en el Vaticano acelerará los estudios clínicos y sociológicos sobre una patología -el abuso sexual de menores- cuya incidencia se conoce poco. Los prelados americanos confían en que sus errores terminen por traer mejoras a la sociedad y que la «tolerancia cero» se extienda a otras profesiones de servicio a los jóvenes.

La Iglesia debe ser transparente» El secretismo y la política del avestruz han dado frutos amargos. En sus primeras palabras al encuentro en el Vaticano, el cardenal Secretario de Estado, Ángelo Sodano, precisó que «nuestra tarea es reflexionar sobre los problemas con gran apertura de espíritu, sabiendo que la Iglesia debe ser transparente. La Iglesia ama la verdad, que debe siempre poner en práctica con caridad». El llamamiento a la transparencia era superfluo para la mayoría de los cardenales americanos -pioneros en abrir sus puertas a los fieles y a la Prensa-, pero resultaba oportuno para los obispos anclados todavía en la cultura del secreto innecesario. Incluso una parte de la Curia romana prefería que el Papa no convocase a los cardenales norteamericanos, o que no hiciese público su discurso. Así como el secretismo agravó los daños causados por los sacerdotes pederastas, la transparencia y la confianza en los fieles laicos ayudarán a remediar el problema.

Se expulsará a los pederastas según criterios de máxima severidad Para erradicar la pederastia, los cardenales norteamericanos y la Santa Sede elaborarán sistemas rápidos de expulsión de los sacerdotes reincidentes en abusos de menores o que, a juicio del obispo, presenten el riesgo de hacerlo después del primer caso. Todos los delitos serán comunicados inmediatamente a las autoridades.

Al cabo de una jornada agotadora, los cardenales norteamericanos y la Curia romana anunciaron anoche las medidas para solucionar el escandalo de pederastia.

El comunicado final del encuentro de los 26 prelados durante dos días comienza subrayando que el abuso sexual de menores es un delito, y el presidente de la Conferencia Episcopal, Wilton Gregory, reiteró que «la responsabilidad de abordarlo corresponde a las autoridades civiles», por lo que las diócesis deben informar en cuanto reciban las primeras acusaciones.

Con independencia de que la diócesis intente esclarecer los hechos, la investigación preliminar para clarificar si hubo abusos corresponde ya, según Gregory, «a las autoridades civiles».

Pocos casos de «pederastia» Aunque los considera graves, el comunicado precisa que los casos de «verdadera pederastia», es decir, abuso de niños o niñas que no han llegado a la pubertad, «son pocos». Según los datos reunidos, «casi todos los casos han implicado a adolescentes y, por lo tanto, no son casos de verdadera pederastia». La gran mayoría son incidentes de homosexualidad ejercitada abusivamente con muchachos, aunque hay también algunos abusos de muchachas.

El cuadro clínico requiere, según los prelados, pedir a la Santa Sede una Visita Apostólica (inspección) de todos los seminarios y casas de formación de religiosos en Estados Unidos, revisando los requisitos de admision.

No a «homosexuales activos» El obispo Wilton Gregory reiteró que la Iglesia americana intentará cumplir de una vez la orden de no admitir en los seminarios jóvenes con inclinaciones homosexuales. Sin embargo, el cardenal de Washington, Theodore McCarrick, apostilló que deben excluirse solo a «los homosexuales activos», lo cual es un criterio diferente.

Hay acuerdo, en cambio, en pedir a Roma «un proceso especial para expulsar del estado clerical a los sacerdotes que, en casos notorios, son culpables de abusos sexuales repetidos de menores». Si este punto se refiere a delitos ya cometidos, el siguiente propone establecer, para el futuro, «un procedimiento especial de expulsion de sacerdotes que abusen de menores, incluso en casos poco notorios, si el obispo considera que el sacerdote es una amenaza para los niños y los jóvenes, con vistas a evitar graves escándalos en el futuro».

El farragoso lenguaje esconde la politica de «una falta y fuera» o de «tolerancia cero» para los casos graves. Si el obispo ve peligro de reincidencia, podrá tramitar la reducción al estado laical por la vía rápida. Tan solo este proceder garantiza la seguridad de los niños. Naturalmente, los sacerdotes expulsados conservan el derecho de apelar a la Santa Sede.

Principales medidas El cardenal de Washington anunció que las medidas para solucionar la pederastia consistirán en «ofrecer ayuda a las víctimas, separar al sacerdote acusado de su tarea mientras se investiga el caso, informar a las autoridades civiles, ofrecer tratamiento médico al sacerdote implicado y crear comisiones sobre abusos sexuales».

Según Theodore McCarrick, «las comisiones deben estar compuestas mayoritariamente por laicos: madres de familia, psicólogos, abogados, víctimas de abusos o parientes de las víctimas, etc. que estudien los casos y hagan recomendaciones al obispo. Los laicos tendrán un papel mayor, a nivel diocesano y a nivel nacional».

El presidente de la Conferencia Episcopal, Wilton Gregory, insistió en este punto subrayando que «uno de los problemas de los obispos es que hemos intentado tomar decisiones solos, sin la participación de gente experta» que valore los problemas desde el punto de vista del ciudadano honrado, en contacto con la realidad diaria y los problemas de criar a los hijos.

El cardenal James Francis Stafford, antiguo arzobispo de Denver y actual presidente del Pontificio Consejo para los Laicos, añadió que «aunque no figura en el comunicado, en todos nuestros debates se aludió continuamente a los laicos. Fue una expresión sincera y espontánea de confianza en los fieles laicos».

Recuperar a los fieles Las nuevas normas permitirán a los obispos hacer limpieza en la propia casa y recuperar la confianza de los fieles si se ve que las aplican con eficacia.

Pero ayer se notaba un nuevo problema: muchos sacerdotes americanos se sentían ofendidos por las sospechas. Para calmar los ánimos, los cardenales les dirigieron una carta de petición de perdón: «Sentimos que la supervisión de los obispos no haya sido capaz de evitar este escándalo a la Iglesia de Cristo».

Juan Vicente Boo, ABC, 25.IV.02 Sacerdotes pederastas El escándalo de los sacerdotes pederastas de Estados Unidos ha sacudido no sólo a la sociedad norteamericana y mundial, sino sobre todo al conjunto de la comunidad católica. El estallido del escándalo se produjo casi al mismo tiempo que el Tribunal Supremo de Estados Unidos declaraba inconstitucional la prohibición de la pornografía infantil virtual por Internet, lo cual es una paradoja sólo aparente, porque pone de manifiesto la especial ejemplaridad que se espera del clero católico, también en una sociedad que anda moralmente tan desorientada como las demás de Occidente. Y por eso mismo la gravedad de los hechos ahora descubiertos es infinitamente mayor, y mucho más dramático el terremoto moral experimentado en el mundo católico. Esto ocurre siempre que los llamados a dar ejemplo incumplen clamorosamente sus obligaciones específicas.

El Papa Juan Pablo II ha demostrado, con su inmediata reacción de afrontar el gravísimo problema, cuánta razón le asiste cuando dice, aludiendo a sus dificultades al andar, que la Iglesia no se gobierna con los pies, sino con la cabeza. Su llamada a Roma a los cardenales estadounidenses y su importante y vigoroso discurso significan, entre otras muchas cosas valiosas, que los graznidos que reclaman su dimisión (sobre todo desde el seno mismo de la Iglesia) carecen no sólo de una mínima fe en el Espíritu Santo, sino también de fundamento humano razonable, al menos hasta el día de hoy.

Lo ocurrido en Estados Unidos -y seguramente en otros lugares, porque USA no tiene por qué ostentar la exclusiva, desde luego- es muy grave, y hay que reflexionar sobre las causas profundas de esta evidente pérdida del sentido sobrenatural del sacerdocio y de la aspiración al seguimiento fiel de Jesucristo en esos clérigos desventurados. Pero una cosa aparece, a mi entender, con toda claridad: el modo de ayudar a que estos hechos no se repitan no será ni suprimiendo el celibato sacerdotal, ni permitiendo la ordenación de las mujeres, ni adoptando esta panoplia de medidas que sectores de la propia Iglesia han elegido como bandera de su contestación a la autoridad del Papa, como se comprueba sin ninguna dificultad con sólo echar un vistazo a la pederastia en el mundo. Aprovechar este episodio tremendo para insistir en la abolición del tesoro que representa el celibato de los sacerdotes católicos no es más que un torpe ejercicio de oportunismo demagógico.

Ramón Pi, ABC, 25.IV.02 El Vaticano extenderá las normas antipederastia al resto de países Las normas para erradicar la pederastia, elaboradas por los cardenales norteamericanos y la Curia romana, se extenderán con rapidez al resto del mundo puesto que cuentan con el apoyo del Papa y solucionan un problema no sólo odioso, sino también costosísimo en los Estados con leyes avanzadas.

El secretario general de la Conferencia Episcopal mexicana, Abelardo Alvarado, manifestó ayer que los obispos de México adoptarán las normas de máxima severidad elaboradas en Roma y aplicarán con mayor rigor los procedimientos normales previstos en el Código de Derecho Canónico para expulsar del estado clerical a los sacerdotes pederastas.

Al día siguiente de la petición de perdón de los cardenales americanos en Roma, el cardenal Wilfred Napier, primado de África del Sur, manifestó en Capetown que «si bien la mayoría de nuestros sacerdotes vive delicadamente el celibato, la Iglesia de Suráfrica admite que algunos de sus sacerdotes han sido acusados de abuso sexual de menores. Todo abuso, pero especiamente el abuso de poder y el abuso sexual, es condenable, y tomaremos todas las medidas necesarias para que no se repita».

Aunque la doble circunstancia de sufrir los escándalos más graves y contar, al mismo tiempo, con la Justicia y la Prensa más eficaces ha puesto al episcopado norteamericano al frente de la lucha contra la pederastia, el problema afecta también a Irlanda y Gran Bretaña, que se disponen a seguir el ejemplo. En medios vaticanos se prevé que, por su propio peso, las nuevas normas serán asumidas espontáneamente en los países afectados por escándalos similares como Francia, Polonia e Italia.

Autonomía de los obispos La necesidad de respetar la autonomía de los obispos obliga a que las nuevas medidas -expulsar del sacerdocio a los pederastas al primer incidente, informar a las autoridades, separar de la tarea a los acusados mientras dura la investigación, crear consejos supervisores con fieles laicos, etc…- sean debatidas en la reunión plenaria de la Conferencia Episcopal norteamericana a mediados del mes de junio en Dallas.

A los cardenales americanos y la Curia romana les hubiese gustado establecer las normas como vinculantes, pero en Estados Unidos hay 195 diócesis, y ni los cardenales ni el presidente de la Conferencia, monseñor Wilton Gregory, que realizó un espléndido trabajo en la reunión de Roma, pueden decidir por el resto. El itinerario formal será que la asamblea plenaria de Dallas las proponga al Vaticano y Roma las apruebe en un plazo brevísimo puesto que ya las ha estudiado.

El Código de Derecho Canónico prevé la expulsión del estado clerical por delitos graves, y que cada obispo nombre en su diócesis un tribunal de tres miembros para juzgarlos y decidir por mayoría. Los miembros del tribunal tienen que ser licenciados en Derecho Canónico, pero pueden ser diáconos permanentes o laicos, tanto hombres como mujeres. También pueden serlo los instructores, por lo que el «déficit» de laicos que los cardenales norteamericanos lamentaron y prometieron resolver era debido a la inercia clerical y no a limitaciones canónicas.

Comisiones supervisoras Aparte de los tribunales diocesanos, que tienen competencia general, las diócesis que todavía no lo han hecho constituirán comisiones supervisoras sobre abusos sexuales compuestos fundamentalmente por madres y padres de familia, y expertos en derecho, medicina, psicología, etc…, por lo que serán muy accesibles a los fieles que deseen informarse o comunicar abusos, lo cual ayudará a recuperar la confianza.

Juan Vicente Boo, ABC, 26.IV.02 Fidelidad a la enseñanza moral de la Iglesia La crisis que han vivido los católicos en Estados Unidos a causa de los escándalos de sacerdotes exige vivir y predicar con plena fidelidad las enseñanzas de la Iglesia, especialmente en el campo moral, afirmaron los cardenales y obispos reunidos en Roma para afrontar el argumento. Así lo afirman los participantes estadounidenses en el encuentro, que tuvo lugar entre el 23 y el 24 de abril, en un comunicado final en el que revelan propuestas que presentarán a la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, que tendrá lugar en Dallas del 13 al 15 de junio.

El documento, utilizando tonos muy duros contra los pecados de pederastia de sacerdotes, establece: «los pastores de la Iglesia necesitan promover claramente la correcta enseñanza moral de la Iglesia y reprender públicamente a los individuos que la contradicen y a los grupos que presentan enfoques ambiguos de la atención pastoral».

Para alcanzar este objetivo, los purpurados estadounidenses y los directivos de la Conferencia episcopal anuncian que presentarán a revisión de la Santa Sede «un conjunto de medidas» en las que «se establezcan los elementos esenciales de la política que hay que seguir para afrontar el abuso sexual de menores en las diócesis y en los institutos religiosos en Estados Unidos».

Expulsión del ministerio sacerdotal En particular, los participantes en el encuentro proponen «un proceso especial para la expulsión del estado clerical de los sacerdotes de quienes se sepa que son culpables de abuso sexual de menores repetido y agresivo».

No sólo, anuncian que sugerirán también «un proceso especial» de reducción al laicado para aquellos sacerdotes que, aunque no sean conocidos, podrían representar según sus obispos «una amenaza para la protección de los niños y los jóvenes».

«Visita apostólica» a los seminarios y casas de formación Los lugares de formación de futuros sacerdotes tienen un papel decisivo a la hora de evitar estos escándalos. El documento final propone una «visita apostólica», es decir, un profundo examen de los «seminarios y casas de formación religiosa». Esta «visita apostólica» deberá prestar atención en especial, explican en el comunicado, «a la necesidad de la fidelidad a la enseñanza de la Iglesia, especialmente en el área de la moral, y de un estudio más profundo de los criterios de idoneidad de los candidatos al sacerdocio».

Celibato, «don de Dios» A diferencia de lo que había escrito la prensa estadounidense en las vísperas del encuentro, la respuesta de los cardenales y obispos no pasa por el relajamiento de la propuesta católica (la prensa hablaba de la posibilidad de replantear el celibato o incluso el sacerdocio femenino). Por el contrario, el comunicado final afirma: «Dado que la relación entre celibato y pederastia no puede ser sostenida científicamente, la reunión reafirmó el valor del celibato sacerdotal como un don de Dios a la Iglesia».

Un sacerdocio más santo Como dijo en su discurso el Papa, los prelados norteamericanos consideran que esta dura crisis constituye una oportunidad que debería llevar «a un sacerdocio, a un episcopado y a una Iglesia más santos». Al mismo tiempo, insisten en que «es necesario comunicar a las víctimas y sus familiares un profundo sentido de solidaridad y ofrecerles la asistencia apropiada para que recuperen la fe y reciban atención pastoral».

Como propuesta conclusiva, los cardenales y representantes del episcopado proponen establecer una «jornada de oración y penitencia» en el país «para implorar la reconciliación y la renovación de la vida eclesial».

Zenit, 25.IV.02

Jesús Bastante, “La mayoría de los sacerdotes defienden el celibato”, ABC, 6.IV.2002

La mayoría de los sacerdotes católicos considera de plena validez la norma del celibato presbiteral (vigente en la Iglesia católica de rito latino desde el siglo IV) como signo de una «entrega total» a su vocación.

Algunos colectivos eclesiales han solicitado una reforma que permita la existencia de curas casados. Sin embargo, la doctrina oficial de la Iglesia católica a lo largo de los siglos ha subrayado la importancia del celibato sacerdotal como signo de cercanía a Jesús y como modo de dedicarse plenamente al ejercicio de la labor pastoral de los presbíteros. En el Catecismo de la Iglesia católica se recoge que los sacerdotes son «llamados a consagrarse totalmente al Señor y a sus cosas», que se entregan «enteramente a Dios y a los hombres». «El celibato es un signo de esa vida nueva al servicio de la cual es consagrado el ministro de la Iglesia».

Como ha subrayado el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Darío Castrillón Hoyos, «se ha hecho un problema de algo que en sí no lo es. En el mundo hay 450.000 sacerdotes que viven su celibato con alegría. Frente a éstos, hay una minoría, porcentualmente insignificante, que se rebela contra esta ley del celibato, o que en algún momento de debilidad producida por múltiples causas, ha tomado la decisión de abandonar esta forma de vida».

Desde su experiencia personal, el cardenal Castrillón revela que «el celibato es un don, que se acoge como un amor de entrega, de donación, con un amor generoso hacia Dios y hacia los hombres como Cristo los amó. Sólo así se puede comprender el celibato».

Para el presidente de la Conferencia Episcopal Española, Antonio María Rouco, «el sacerdocio exige un estilo de vida de total desprendimiento, por lo que el celibato es lo mejor». «Se pide ser célibe -añade- para ser sacerdote; el que no quiera ser célibe, no vale para ser sacerdote».

Por su parte, el obispo de Osma-Soria y director nacional de Obras Misionales Pontificias, Francisco Pérez, señaló que «para mí, el celibato es la gracia más hermosa que guardo en mi corazón y en mi vida sacerdotal. Le doy gracias a Dios por darme este carisma. Cuanto más pasa el tiempo, más enamorado estoy de él». Para monseñor Pérez, «el celibato me ayuda a amar más a Dios y a los seres humanos, embellece mi vida y la vida de la Iglesia». Sobre el debate acerca del celibato opcional, afirma que «el celibato sigue teniendo sentido, pese a las dificultades y las debilidades».

El celibato es opcional «La reivindicación del celibato opcional parece un sinsentido, porque nuestro celibato es opcional», indica Manuel María Bru, sacerdote desde 1989 y en la actualidad delegado de medios de comunicación del arzobispado de Madrid. «Nadie nos ha obligado a ser célibes, ni se nos ha pasado por la cabeza otra forma de entender nuestra vocación sacerdotal que como vocación también al celibato».

Para el sacerdote madrileño «mi vocación no es una profesión, sino la necesidad de seguir a Cristo siendo otro Cristo. Él vivió para los demás, yo pido la gracia de vivir para los demás. Él vivió célibe para cumplir su misión, yo pido la gracia del celibato para cumplir mi misión». Desde su experiencia como sacerdote en la parroquia de San Jorge, Bru añade que «he comprobado cómo la fidelidad al celibato no es una conquista, sino una gracia. El gran enemigo del celibato es la soledad, la exclusión social de una cultura laicista que nos mira y nos presenta como bichos raros, y la tentación al desánimo cuando no vemos la cosecha de nuestra siembra».

De la misma opinión es Ernesto Bilbao Solozábal, ordenado hace 11 años y que en la actualidad tiene a su cargo 56 pueblos de la Ribagorza oriental, cercana a Lérida. Para él, los recientes escándalos protagonizados por sacerdotes «me llevan a procurar rezar y desagraviar al Señor» y «verme capaz de cualquier cosa si me abandono». Sobre su postura frente al celibato, estima que «es un regalo del sacerdote a la Iglesia y a toda la comunidad», por lo que «hay que protegerlo con fidelidad y lealtad, con madurez y responsabilidad». Bilbao, ferviente partidario de vestir sacerdotalmente («manifesta mi entrega y disponibilidad las 24 horas del día»), opina que «hay que promover la fidelidad y la lealtad a los compromisos adquiridos, pero no sólo entre los curas, también en el matrimonio y en la vida social».

Iglesias de rito oriental Uno de los aspectos que sostienen la tesis de los partidarios de la existencia de sacerdotes casados está en que las Iglesias de rito oriental (en comunión con Roma) sí admiten esta figura. En este sentido, el Catecismo, en su artículo 1580, reconoce que «en las Iglesias orientales, desde hace siglos, está en vigor una disciplina distinta: mientras los obispos son elegidos únicamente entre los célibes, hombres casados pueden ser ordenados presbíteros y diáconos». Esta práctica, a juicio de la Iglesia católica, «es considerada como legítima desde tiempos remotos». No obstante, se subraya cómo «en Oriente como en Occidente, quien recibe el sacramento del Orden no puede contraer matrimonio».

Teófilo Moldovan es sacerdote rumano (de la Iglesia Ortodoxa de rito bizantino), está casado y trabaja en el secretariado de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal. «Personalmente, tuve la bendición de Dios y la suerte de tener un apoyo moral y práctico en grado sumo por parte de mi esposa y mis dos hijas en mi larga trayectoria de vida sacerdotal». Sobre la postura de las Iglesias orientales, el padre Moldovan sostiene que «siempre manifestamos un profundo respeto de la disciplina celibataria en la praxis de la Iglesia católica latina. La norma celibataria merece todo respeto y aprecio, por la total entrega de la vida al servicio de Cristo y de la Iglesia».

Respecto a la polémica suscitada en nuestro país, el sacerdote opina que «con la secularización, el indiferentismo religioso y el sensacionalismo que se busca, resulta difícil la vida sacerdotal de los orientales casados y de los célibes latinos». A su juicio, «todo dependerá, en buena medida, de las personas y su responsabilidad moral y de conciencia ante Dios y el mundo, que asumieron la gran y exigente tarea divino-humana del sacerdocio».

«En nuestra Iglesia -abunda monseñor Virgil Bercea, obispo de Oradea Mare de los Rumanos- el 20 por ciento de los sacerdotes de rito greco-católico están casados, mientras que los otros viven el celibato. En mi diócesis tengo sacerdotes casados y con hijos y, en general, tienen más problemas que los demás, pues los célibes pueden dedicarse a la misión a tiempo completo, mientras que los casados tienen que entregar una parte de su tiempo y de sus preocupaciones a guiar y sostener a su familia».

El celibato en la historia de la Iglesia Aunque ya San Pablo subrayaba que «el célibe se ocupa de los asuntos del Señor, mientras que el casado de los asuntos del mundo», durante sus primeros siglos de existencia, el Cristianismo ordenaba como sacerdotes a hombres casados. No fue hasta la celebración del Concilio Provincial de Elvira (Toledo) en el año 325, cuando la Iglesia católica no comenzó a regular la cuestión del celibato. En 385, San Siricio abandonó a su esposa para convertirse en Papa, decretando que los sacerdotes pudieran «dormir con sus esposas». En el siglo VI, el segundo Concilio de Tours establecía que todo clérigo que sea hallado en la cama con su esposa «será excomulgado por un año y reducido al estado laico». El punto de inflexión respecto a este asunto surge con el cambio de milenio. En 1074, Gregorio VII dice que toda persona que desea ser ordenada debe hacer primero voto de celibato Los dos primeros Concilios de Letrán, del siglo XII, confirman que «los matrimonios clericales no son válidos». Finalmente, el Concilio de Trento (1563) establece que celibato y virginidad son superiores al matrimonio. En el siglo pasado, Pablo VI, en su encíclica «Caelibatus Sacerdotalis», subrayaba que el celibato «es un estímulo para que todos alcen la vista a las cosas que están allá arriba, en donde está Cristo».

Julio de la Vega-Hazas, “La Iglesia católica y el nazismo”, Palabra, IX.1997

l. HITLER TOMA EL PODER El 28 de enero de 1933 Adolf Hitler fue nombrado Canciller alemán. Su partido, el nacionalsocialista, estaba en minoría, y Hitler sólo tardó tres días en convocar nuevas elecciones. El 5 de marzo las urnas le dieron 288 escaños, que no suponían mayoría absoluta en un parlamento de 647 diputados, pero aprovechó el incendio del Reichstag, atribuido a los comunistas pero en realidad organizado por los nazis, para declarar ilegal al partido comunista. Descartados así los 81 diputados comunistas, los nazis obtenían una mayoría absoluta por escaso margen –10 Escaños, con la que aprobaban una ley de plenos poderes. Un año después, el 2 de agosto de 1934, fallecía el presidente alemán, mariscal Hindenburg. Tan sólo una hora después se anunció que se unificaban los puestos de presidente y canciller en la persona de Hitler. Se convocó un plebiscito para ratificar esta medida, y, con la maquinaria de propaganda firmemente en manos del nazi Goebbels, el 19 de ese mismo mes el pueblo alemán votó afirmativamente por abrumadora mayoría. Con ello, Adolf Hitler se convertía en señor absoluto de Alemania hasta el aplastamiento de ésta en 1945.

Desde su aparición en la escena pública, a la jerarquía católica alemana no le pasó inadvertida la verdadera naturaleza e ideas de los nazis, máxime cuando el Papa Pío XI, a la vista de las convulsiones sociales con que empezaba la década de los 30, ya había advertido públicamente de las consecuencias que traería la prevalencia de «un duro nacionalismo, es decir, el odio y la envidia en lugar del mutuo deseo del bien» (discurso de Navidad de 1930). Los obispos, como sucede hoy en día, redactaban cartas pastorales cuando tenían lugar elecciones, recordando los criterios morales sobre el voto y las ideas que resultaban inaceptables para un católico, aunque sin señalar nombres propios. De particular relieve eran las pastorales del cardenal Faulhaber, por ser el arzobispo de Munich, cuna del nazismo. A diferencia de otras épocas, no puede decirse que los fieles católicos no entendieran el mensaje o lo recibieran con indiferencia. El fulgurante ascenso de la representación parlamentaria del partido nacionalsocialista se debió al voto masivo de las zonas protestantes, sobre todo Prusia, mientras que los católicos se decidieron sobre todo por el viejo «Zentrum» –nacido en la época de Bismarck, e instrumento decisivo para poner fin a su «Kulturkampf»–, y, en Baviera –zona católica y a la vez de bastante inclinación nacionalista y donde se gestó el partido nazi–, a este se le sumaba el partido populista bávaro, que obtuvo 19 escaños en 1933.

Poco después del triunfo nazi de 1933 se reunían los obispos alemanes en el lugar tradicional, Fulda. Se examinó la situación, y las preocupaciones se plasmaron en una carta colectiva del episcopado. No era una condena explícita, pero no carecía en absoluto de claridad. Examinando las doctrinas que se imponían, hay frases que no dejaban lugar a dudas, como la siguiente: «la afirmación exclusiva de los principios de la sangre y de la raza conduce a injusticias que hieren gravemente la conciencia cristiana». Por lo demás, se podía apreciar que los principales temores de los obispos eran dos. Por una parte, que el nuevo Estado totalitario acabase con las organizaciones católicas, especialmente las educativas. Y, por otra, que el nuevo régimen tratara de crear una especie de iglesia nacional y quisiera englobar en ella a todos, también a los católicos. Y, si los nazis ya habían dado pasos en la primera dirección, también había indicios de que el segundo temor era real, pues en algunos círculos protestantes, sobre todo prusianos, ya se hablaba de un cristianismo nacional para arios. Saliendo al paso con firmeza y rapidez de lo que parecían ser los prolegómenos de una nueva «Kulturkampf», los obispos alemanes también enviaron un mensaje no escrito, del que los nazis tomaron buena nota: la confirmación de su unidad, prácticamente sin fisuras. No resultaba prometedor intentar sembrar la discordia entre el episcopado. Para los hitlerianos, parecía una mejor vía de atacar a la Iglesia el intentar abrir una brecha entre los obispos alemanes y la Santa Sede. Esta fue una de las razones por las que Hitler vio con buenos ojos la posibilidad de firmar con la Santa Sede un concordato. Su propaganda empezó a preparar el terreno hablando de los pactos de Letrán con la Italia de Mussolini como «modélicos».

2. EL CONCORDATO En realidad, la iniciativa de un concordato entre el III Reich y la Santa Sede no surgió ni de los nazis ni de la Iglesia, sino de un político católico del Centro, Franz von Papen, a quien Hitler, que quería, mientras viviera Hindenburg, mantener una apariencia respetable, le tenía en su gobierno como vicecanciller. Como católico y miembro del gobierno, creía que un acuerdo serviría para resolver las posibles fricciones que ya empezaban a manifestarse. Con este fin, von Papen visitó Roma en abril de 1933.

En Roma, las principales figuras con las que tenía que entrevistarse eran dos: el Papa Pío XI, y su Secretario de Estado Pacelli. Los dos eran favorables a firmar un concordato, y pensaban que, por pocas que fuesen las ventajas, siempre resultaba conveniente intentar entenderse con los diferentes regímenes, aunque fueran hostiles a la Iglesia, como se había demostrado, por ejemplo, con la República española.

El concordato no requirió largas negociaciones. Básicamente reproducía el contenido de los recientes concordatos con varios «Länder» alemanes, Baviera, Prusia y Baden, que habían sido negociados por el entonces nuncio Pacelli. Sólo hubo un punto controvertido. Pío XI, que tantas esperanzas tenía puestas en las organizaciones confesionales, quería dejar bien atado que conservaban su independencia, especialmente las juveniles. La experiencia italiana le mostraba que ese era un punto de fricción. Al final se llegó a una redacción que satisfacía a las dos partes, y la firma fue pregonada como un éxito por ambas.

No hubo ingenuidad en la negociación del concordato, salvo, quizás, por parte de von Papen. Hitler, desde el primer momento, no actuaba de buena fe. La Iglesia no se hacía ilusiones al respecto, pero consideraba que el concordato serviría de referencia para denunciar los previsibles abusos que cometerían las autoridades, y quizás para mitigarlas. Es difícil calibrar hasta qué punto sirvió para conseguir este último objetivo, pero puede aventurarse que tuvo cierta utilidad. En cuanto al instrumento en sí, no parece en absoluto desacertado su contenido si se tiene en cuenta que ese concordato de 1933 sigue todavía vigente.

3. LA ENCICLICA «MIT BRENNENDER SORGE» El gobierno empezó a incumplir el concordato desde el primer momento. Y desde el primer momento empezaron a llover las denuncias por parte de los obispos alemanes. Se hostigaba a la Iglesia de diversos modos, sin excluir encarcelamientos de eclesiásticos. Desde Roma se apoyaba a la jerarquía local, y Pacelli envió varios memorandums de protesta a las autoridades alemanas, y el mismo Pío XI aprovechó varias peregrinaciones de alemanes para formular públicamente sus quejas. A partir de 1935, la propaganda nazi lanzó una campaña de desprestigio de la Iglesia católica, con el montaje de varios procesos amañados a eclesiásticos acusados de fraude.

En enero de 1937 llegaban a Roma, con la mayor discreción posible, los principales representantes del episcopado alemán: los cardenales Bertram (el Primado, de Breslau, ciudad actualmente polaca con el nombre de Wroclaw), Faulhaber (Munich) y Schulte (Colonia), y los obispos Preysing (Berlín) y von Galen (Munster). A la vista del acoso que sufría la Iglesia católica alemana, iban con el propósito de solicitar una intervención pontificia que condenara el nazismo. De aquí nacería la encíclica “Mit brennender Sorge”, que, contrariamente a lo que se piensa, partió de una iniciativa del episcopado alemán, no de la Santa Sede.

En Roma se entrevistaron con Pío XI y con el cardenal Pacelli. El primero, sin dejar de darles su pleno apoyo, fue algo reservado. Pero Pacelli suscribió la iniciativa sin reservas, y pidió al cardenal Faulhaber un borrador. A los cuatro días lo pasó al Secretario de Estado, y Pacelli, que dominaba el alemán, le dio su forma definitiva. La denuncia de la ideología y la conducta nazis era clarísima: racismo, divinización del sistema, calificación de la construcción de una iglesia nacional como apostasía, etc. No faltaban referencias a lo que hoy se denomina «culto a la personalidad»: «Quien quiera que, con sacrílego desconocimiento de las diferencias esenciales entre Dios y la criatura, entre el Hombre-Dios y el simple hombre, osara levantar a un mortal, aunque fuera el más grande de todos los tiempos, al nivel de Cristo, más aún, por encima de Él o contra Él, ese merece que se le diga que es un profeta de fantasías, al que se le aplica espantosamente la palabra terrible de la Escritura. El que vive en los cielos se ríe de ellos». Por mucho menos se había dado por personalmente aludido Adolf Hitler. Pero Pío XI no dudó en firmar la encíclica.

Fue una sorpresa general, para fieles, autoridades y policía, la lectura de la encíclica, el domingo día 21 de marzo de 1937, en todos los templos católicos alemanes, que eran más de 11.000. La unanimidad fue absoluta. Y, en toda la breve historia del Tercer Reich, nunca recibió éste en Alemania una contestación que llegara a acercarse a la que se produjo con la “Mit brennender Sorge”.

Como era de esperar, al día siguiente el órgano oficial nazi, “Voelkischer Beobachter”, publicó una primera réplica a la encíclica. Pero, sorprendentemente, fue también la última. El ministro alemán de propaganda, Joseph Goebbels, fue lo suficientemente inteligente y perspicaz como para advertir la fuerza que había tenido esa declaración. Y, con el control total de prensa y radio que ya tenia por esas fechas, decidió que lo más conveniente para el régimen era ignorar completamente la encíclica y las declaraciones de la jerarquía. Sus subordinados cumplieron escrupulosamente sus órdenes. Y, durante una temporada, disminuyeron asimismo los ataques a la Iglesia.

4- LA UNION DE AUSTRIA AL REICH Un año después, en marzo de 1938, el ejército alemán entraba en Austria, llamado por un canciller que había impuesto Hitler con amenazas. En general, se recibió bien la anexión –el «Anschluss»–, por la inestabilidad que sufría Austria y por la imagen que del régimen alemán había dado la activa propaganda nazi. Se convocó un plebiscito, por el que Austria pasaba a ser la «Ostmark», la «marca del Este» del Reich alemán.

Se vivía un clima de euforia. Si para la humillada Austria era la recuperación del orgullo perdido, para más de un eclesiástico era el alejamiento del peligro comunista. Todavía no sabían con quien se habían juntado. Con ese ambiente, cuando Hitler –austríaco de nacimiento– llegó a Viena, se entrevistó con el cardenal Innitzer. Creyendo que era bien acogido, emitió unas directrices en las que pedía que se acogiera la anexión con buena voluntad, e incluía, como se lo había pedido el Führer, el que las organizaciones juveniles se prepararan para incorporarse a las del Reich alemán. Pocos días después encabezaba una declaración del episcopado austríaco en la que se daba la bienvenida y se ensalzaba al nacionalsocialismo alemán. Enseguida vio Innitzer que se habían rebasado los limites de la prudencia, y añadió una nota aclaratoria en la que se decía que todo lo anterior estaba condicionado a que se garantizaran los derechos de Dios y de la iglesia. Como era de suponer, la propaganda nazi aireó la declaración, pero omitiendo toda referencia a esta última nota.

Este comportamiento fue muy mal recibido en Roma, máxime cuando incluía esa imprudente declaración sobre las organizaciones juveniles católicas. Innitzer fue inmediatamente llamado a Roma. Allí le esperaba Pacelli, con quien mantuvo una tensa conversación. Como resultado, “L’Osservatore Romano” publicaba el 7 de abril una declaración de Innitzer, que venía a ser una rectificación de lo anterior, en la que reivindicaba los derechos establecidos en el concordato austríaco, la independencia de las organizaciones juveniles católicas y los derechos de los fieles cristianos. Sólo entonces recibía Pío XI al cardenal austríaco; hasta entonces no había querido hacerlo.

La prensa nazi ignoró la rectificación. Y el nuevo gobierno suprimió de un golpe las organizaciones juveniles católicas, la enseñanza de la religión y, poco más tarde, hasta la facultad de teología de Innsbruck. El palacio arzobispal de Innitzer fue asaltado y arrasado por las «Hitler-Jugend», las juventudes hitlerianas.

Lo ocurrido en Austria muestra el acierto de los obispos alemanes. La firmeza de estos impidió que los nazis tomaran las medidas de desmantelamiento de la Iglesia católica en Alemania, país en que los católicos eran minoría, mientras que la debilidad y cortedad de miras de los austríacos no pusieron freno a esas medidas en la católica Austria.

5. LA GUERRA MUNDIAL Con el estallido de la guerra mundial, cambiaran bastantes cosas. Las relaciones de la Iglesia con el Tercer Reich ya no se referirán tan sólo a lo que suceda dentro de las fronteras alemanas, sino a una geografía más amplia y siempre cambiante. A los efectos que nos interesan, lo que importa es únicamente cuando un territorio está bajo la directa dominación alemana, y no si está alineado con el Eje. Italia, por ejemplo, sólo cae bajo dominio alemán cuando es derribado Mussolini en septiembre de 1943, y sólo la parte no ocupada por los aliados; habrá paracaidistas alemanes –y más discretamente, la Gestapo– vigilando los bordes de la Ciudad del Vaticano, pero sólo medio año, pues los norteamericanos entrarán en Roma a principios de junio de 1944. El hecho de que cada vez más países entren en guerra, y lo crítica que se volverá su situación a partir de 1943, hará que el régimen nazi se radicalice: cada vez le importará menos quedar bien ante nadie, ni le quedarán espacios donde poner en juego la diplomacia. Las matanzas de judíos –la «solución final»– comenzaron en la segunda mitad de 1942. En esa situación, los esfuerzos de la Santa Sede se dirigirán más bien a los aliados de Alemania, desde luego menos inhumanos que esta, con la intención de que resistieran la presión de los nazis para realizar deportaciones.

Cada país es una historia, y no hay espacio aquí para detallar qué sucedió en cada uno. Por parte de la Santa Sede, la principal novedad es el fallecimiento de Pío XI poco antes de comenzar la guerra, en febrero de 1939. Pero su sucesor fue el hasta entonces Secretario de Estado, Pacelli, que tomó el nombre de Pío XII. Nombró Secretario de Estado al cardenal Luigi Maglione. En cuanto a Alemania, no hay cambios importantes en la jerarquía. Por su firmeza en denunciar los abusos, que no faltaban, consiguieron que la represión anticatólica no fuera tan fuerte como en otros lugares, aunque hubo detenciones e internamientos en campos de concentración. Por lo demás, al estallar la guerra muchos de los judíos alemanes ya habían emigrado, y los mayores atropellos nazis tuvieron lugar fuera de sus fronteras, donde poco podían hacer los obispos alemanes.

6. POLONIA Durante la mayor parte de la guerra, la principal preocupación de la Santa Sede era Polonia. Conquistada el primer mes de la guerra, seguiría en manos alemanas hasta el otoño de 1944, casi al final. Tenía todos los ingredientes para convertirse en un infierno: ocupada durante cinco años, país católico, de la raza eslava, despreciada por los nazis y con más de tres millones de judíos, casi diez veces más que Alemania antes del nazismo, y la mayor proporción de Europa –ligeramente superior al 10%–. Y en eso se convirtió.

Se produjo una triple división con la ocupación. La franja oriental la ocuparon los soviéticos, que persiguieron duramente a la Iglesia católica. La parte central pasó a denominarse «Gobierno General de Polonia», bajo control alemán. La franja occidental se anexionó al Reich, que recuperaba así su frontera oriental anterior a la primera guerra mundial, y pasó a ser un distrito conocido como el «Warthegau».

Los alemanes no aceptaron un representante de la Santa Sede para un país que para ellos había dejado de existir, pero a la vez rechazaban sistemáticamente cualquier referencia del nuncio en Berlín, Mons. Orsenigo, a asuntos de Polonia, alegando que sólo se le reconocía competencia para lo que sucediera en el Reich. También, en esta hora amarga, la Iglesia polaca se quedó sin la cabeza que podía darle la cohesión que necesitaba. La invasión sorprendió al cardenal Hlond, arzobispo de Varsovia y primado polaco, de peregrinación en Lourdes, y no pudo moverse de allí hasta acabada la guerra.

Los nazis no sólo querían someter Polonia, sino suprimirla como nación, despojarla de su identidad. Por ello enseguida comenzaron las detenciones de lo que con razón consideraban como una de las principales señas de identidad polacas: la Iglesia católica. Se cerraron seminarios, se detuvieron sacerdotes y seminaristas, incluso varios obispos. Los alemanes intentaron aislar Polonia y que no llegaran al exterior noticias de lo que pasaba. Pero llegaban. Comenzaron a llover protestas de la Santa Sede. Se consiguió poco; principalmente, que los eclesiásticos detenidos fuesen a parar a un mismo lugar. Pero posiblemente esta medida también convenía a los nazis, y el lugar era el nada envidiable campo de concentración de Dachau, donde murieron muchos, a causa de las duras condiciones de vida y también por los «experimentos médicos» –a muchos se les inyectó tifus– que les tuvieron como víctimas.

Podría parecer que las condiciones de vida para la Iglesia en el «Warthegau» iban a ser mejores, pero no fue así. Con la misma excusa para evitar injerencias de la Santa Sede –que el territorio caía fuera del ámbito concordatario–, Hitler aprovechó la situación para hacer una especie de «prueba-piloto» e implantar de golpe lo que pretendía que acabara siendo el régimen de su «Gran Alemania». Para ello nombró un «Gauleiter» con poderes especiales. Pronto se vio que incluían la detención masiva de eclesiásticos, tanto de habla polaca como alemana. Buena parte de los clérigos alemanes que fueron a parar a Dachau provenían de esta provincia. Con la experiencia del Warthegau se comprenden perfectamente las verdaderas intenciones de Hitler, y lo que hubiera sucedido en el resto de Alemania si la jerarquía eclesiástica no hubiera dado un ejemplo de cohesión y firmeza.

7. EL DILEMA DE LA SANTA SEDE En una guerra se pueden disimular acciones aisladas y ocultar en el anonimato nombres propios, pero no se pueden esconder por mucho tiempo atrocidades como las cometidas por los nazis en Europa a quienes tienen medios para hacerse informar. Ahora están apareciendo pruebas documentales de algo que por lo demás es de sentido común: que los gobiernos aliados estaban perfectamente al tanto del exterminio programado de judíos. Si no lo denunciaron públicamente es porque nadie quería recibir una oleada de refugiados judíos. Probablemente sabían también que los nazis, antes de decidir la «solución final», habían considerado otras posibles alternativas que incluían el destierro forzoso. La Santa Sede tenía cauces de información distintos, pero los tenía y, aunque se le pudieran escapar datos como para tener el cuadro completo, lo cierto es que estaba muy al tanto de los atropellos nazis. ¿Debió formular condenas públicas y explícitas? En primer lugar, no puede perderse de vista lo delicado de la situación. A diferencia de otros gobiernos, la Santa Sede no hablaba «desde fuera»: estaba en juego la supervivencia misma de la Iglesia en muchos países. Y, en los primeros años de la guerra, parecía claro que había medidas que podían resultar contraproducentes, pues podían conducir a que los entonces victoriosos nazis radicalizaran más aún sus posturas. El nuncio en Berlín, Orsenigo, ya había oído de algunos funcionarios que interceder por una persona sólo servía para que empeorara su situación. Y pudo comprobarse que era verdad: cuando la jerarquía católica de Amsterdam se quejó públicamente en 1942 del trato que se daba a los judíos, la respuesta alemana fue limpiar Amsterdam de judíos, enviados a los campos de concentración. Además, la praxis diplomática de la Santa Sede tenía como norma evitar, en tiempo de guerra, hacer manifiestos que pudieran aprovecharse por la propaganda de alguno de los beligerantes y situar a la Iglesia como parcial. La principal razón es que generaba desunión entre los católicos, y en particular de los de la parte «perjudicada», con la Santa Sede. Por ello, de entrada se prefirió la protesta, que fue todo lo intensa que se pudo. El mismo Pío XII, al recibir al ministro alemán de Asuntos Exteriores von Ribbentrop en 1941, le formuló una lista detallada de quejas durante dos días (Ribbentrop, que hizo la visita con fines propagandísticos, declaró que su resultado era «satisfactorio», pero no fue así. Cuando se produjo la invasión de la URSS, Alemania quiso que el Vaticano la denominase «cruzada contra el bolchevismo», y la contestación vaticana, con su negativa, era otra lista de agravios, que se añadió a la que acababa de formular el episcopado alemán tras su reunión de Fulda.

A la vez, la Santa Sede consideraba la posibilidad de formular una condena pública. Al principio, decidió amagar. Hizo saber a las autoridades nazis, a través del embajador von Weizsacker, que si seguían produciéndose los abusos no le quedaría otro remedio que formular un manifiesto de condena. Por un tiempo, por desgracia breve, pareció surtir efecto. Más adelante, ya no le importaba a Alemania, y en el Vaticano se llegó a la conclusión de que no serviría para nada.

En el último periodo de la guerra los esfuerzos de la Iglesia fueron encaminados a intentar salvar personas, e influir ante los satélites de Hitler para que impidieran a las SS alemanas tener mano libre en su territorio. Se consideraba lo más práctico, y una visión retrospectiva parece confirmarlo; se salvaron así muchos miles de hebreos –no se puede dar una cifra exacta, pero esta debería tener seis dígitos–, aunque, en comparación con el total exterminado, los resultados fueran más bien exiguos: no se podía hacer otra cosa. Se pudieron conseguir resultados en Italia, donde muchos judíos se salvaron por la protección de eclesiásticos –en Roma, Pío XII participaba personalmente en esta labor– y otros fieles católicos, y en menor medida en Francia y Bélgica. También en Rumanía, gracias a que entre la caída de Antonescu –que puso el país en manos alemanas– y la entrada de los rusos medió poco tiempo; pero en ese poco tiempo pudieron hacer más estragos si no fuera por las gestiones, entre otros, de Mons. Roncalli, futuro Juan XXII y entonces delegado apostólico en Turquía. Por fortuna para muchos judíos rumanos, su país, a diferencia de otros, tenía una vía de escape: el mar Negro.

8. CASOS TRAGICOS Como ya se ha señalado, cada país tuvo sus peculiares circunstancias y su historia. Es bastante ilustrativo lo sucedido en tres de ellos, con algunas características comunes: los tres eran de mayoría católica, en los tres parecía que podía evitarse la catástrofe, pero al final los tres casos acabaron en tragedia.

El primer caso era el de Croacia. Antes de la guerra formaba parte de Yugoslavia. Los recientes acontecimientos han puesto de manifiesto que la antigua Yugoslavia (la «Eslavia del sur») era un país complejo y problemático. Lo ha sido desde su nacimiento, pues no nació bien: fue una idea de Clemenceau en Versalles aglutinar varios territorios en ese nuevo Estado, juntando a Serbia con la Croacia y Eslovenia que habían pertenecido al imperio austrohúngaro, y con algunas zonas más. En resumen: era un país bastante artificial, y con nacionalismos latentes que estallarían en la guerra. Alemania la ocupo en primavera de 1941, y se retiró a finales de 1944, con sus tropas muy hostigadas por los guerrilleros de Tito, comunistas armados por los ingleses y no por los rusos. Junto a la ocupación alemana, hubo un sector italiano al noroeste, hasta el armisticio italiano de 1943.

Los alemanes se aprovecharon enseguida del nacionalismo croata para crear un Estado títere en Croacia, con un filonazi –Pavelic– como presidente, que incluso envió tropas al frente ruso para luchar con los alemanes. Pero los problemas que pronto empezaron a surgir venían sobre todo de las milicias que quedaron en Croacia: los «ustachis». Fanáticos y violentos, comenzaron a hostigar a serbios y judíos. Como, al menos en teoría, los ustachis eran católicos, la comunidad judía apeló a la Santa Sede, y ésta, que ya estaba recibiendo informes de obispos y noticias de sus quejas, reaccionó. Consiguió garantías en la zona italiana, y envió en el verano de 1941 un delegado apostólico a Zagreb, el abad benedictino Marcone. Este encontró que buena parte de los judíos habían sido concentrados en campos, pero sus gestiones eran respondidas con evasivas; sólo a principios de 1942 pudo su secretario y el del arzobispo de Zagreb visitar algunos de los campos.

A pesar de todo, el catolicismo del país se notaba, y no todos eran fanáticos pronazis. Marcone entabló cierta amistad con el jefe de la policía croata. A través de él pudo saber en el verano de 1942 que los alemanes habían pedido la deportación de todos los judíos a Alemania. Informó inmediatamente a la Santa Sede, pidiendo que se hiciera algo. Pero ese «algo» tenía que consistir principalmente en las gestiones del propio Marcone. Y las realizó repetidamente, sobre todo ante Pavelic, que no quiso hacerle caso. El jefe de la policía procuró retrasarlo, pero en noviembre cambió, y el nuevo era un viejo funcionario que tenía miedo de hacer nada al respecto. En mayo de 1943 Himmler visita Zagreb para ultimar la operación. Marcone y el arzobispo de Zagreb, Stepinac, intentaron hacer gestiones para parar la deportación judía. Fue en vano. Con todo, el esfuerzo de Marcone no había pasado inadvertido a la comunidad hebrea, cuyo gran rabino de Zagreb ya le había llamado varias veces para darle las gracias.

Otro caso particularmente doloroso es el de Hungría. Nación de mayoría católica, contaba con una numerosa población judía, superior al medio millón si se incluían los huidos de otros países. Gobernaba el dictador Horthy, que no era católico, bajo el cual el país se había incorporado al Eje y luchado al lado de Alemania. Había hecho aprobar algunas leyes que discriminaban a los judíos, pero nunca quiso ir más allá, y se negó a cualquier deportación a territorio bajo control alemán. La Santa Sede, a través sobre todo del nuncio Rotta, estaba ejerciendo una eficaz mediación para su salvaguardia. Pero en marzo de 1944 el ejército alemán entró en Hungría. Comenzaron las deportaciones con destino a Auschwitz. En julio, Horthy recupera el control y se interrumpen. Pero en octubre los alemanes le arrestan, y colocan en su lugar a extremistas fanáticos –los «cruces de flechas»–, y es entonces cuando las deportaciones cobran mayor intensidad, hasta principios de 1945, cuando el país cae en manos rusas. Era un afán diabólico. Con la guerra claramente perdida, muchos trenes que se necesitaban para el esfuerzo bélico se dedicaron a transportar hacia la muerte a decenas de miles de judíos. Pío XII había enviado en agosto de 1944 un telegrama a Horthy, que fue bien recibido, pero cuando se le apartó del poder no se pudo hacer nada. Los «cruces de flechas» no escuchaban a la Iglesia; con ellos, antes que con los comunistas, conoció la cárcel el futuro cardenal Mindszenty, que ya era obispo por estas fechas.

El tercer caso es el de Eslovaquia. A raíz de la ocupación alemana de Bohemia y Moravia –la actual Chequia–, Eslovaquia se independizó, aunque sin dejar de ser un satélite de Alemania. Gobernaba el país –de mayoría católica– un partido filonazi cuya cabeza era el primer ministro, Bela Tuka. Pero el presidente de la República era un sacerdote católico, Josef Tiso. Tiso constituye un buen ejemplo de a dónde puede conducir un nacionalismo aparentemente inofensivo. Era un claro ejemplo de nacionalismo, y políticamente era de derechas y de cierta tendencia antisemita, pero no era de ideología nazi, y menos aún un asesino. Política y personalmente débil, dejaba hacer a Tuka y su partido, que se iba radicalizando conforme avanzaba la guerra. En 1942 empezaron las deportaciones de judíos –había unos 80.000 en Eslovaquia–, y la Santa Sede, que ya veía con desagrado la posición de Tiso, pidió a su encargado de negocios (siguiendo la tradición, no había representación diplomática plena en un país que nace en una guerra mientras esta no acabase), Mons. Burzio, que formulara las protestas pertinentes, a las que se sumaba el Secretario de Estado Maglione, que recibió al ministro eslovaco Sidor. Además, la Santa Sede pidió a Burzio que apelara a la conciencia sacerdotal de Tiso. Este intentó suavizar la realización de las medidas y concedió los indultos que pudo… pero nada más. Le frenaba el miedo a los alemanes, y a que estos acabaran con el Estado eslovaco. El gobierno eslovaco respondió al Vaticano dando unas garantías insuficientes y con ambigüedad. Con todo, en 1943 hubo pocas deportaciones, y la situación se calmó. Pero en 1944 cambiaron las cosas. En verano hubo una sublevación, y para sofocarla entraron tropas alemanas en Eslovaquia. Y, con ellas, se reanudaron las deportaciones en masa. Tiso quiso oponerse, pero apenas consiguió retrasarlas unos días. Burzio pidió a la Santa Sede una intervención, y Mons. Tardini envió a Tiso un telegrama en nombre de Pío XII, que el Papa había revisado personalmente. Pedía, en nombre del Santo Padre, «que ajustara sus sentimientos y sus decisiones a las exigencias de su dignidad y de su condición sacerdotal». La verdad es que a esas alturas poco podía hacer Tiso, pero también es cierto que él no estuvo a la altura: en su contestación –fechada el 8 de noviembre–, aparte de inculpar veladamente a los alemanes, intentó minimizar la gravedad de lo que sucedía, dio a entender que las deportaciones tenían como destino las fábricas alemanas, e incluso se deslizaba alguna expresión antisemita. La Santa Sede no respondió, y quedó con el consuelo de saber que buena parte de los judíos que se habían salvado lo habían hecho gracias al refugio que encontraron en instituciones católicas, donde se les escondía arriesgando la vida –y en más de un caso perdiéndola–, como en tantos lugares de Europa. En cuanto a Tiso, tampoco parecía procedente iniciar un expediente penal canónico: para cuando se hubiera fallado, ya estaría en manos rusas. Así ocurrió, y fue fusilado en 1947 9. FINAL Poco después, en mayo de 1945, acababa la pesadilla de la guerra en Europa. No duraría mucho el alivio de la Santa Sede, que no tardaría en ver nacer la pesadilla comunista en el Este europeo. La Iglesia intentó desde el primer momento frenar la avalancha neopagana y racista nazi. No pudo conseguir demasiado, salvo en algunos sitios como Francia e Italia, pero igualmente cierto es que lo intentó con todos los medios a su alcance y que, cuando terminó la contienda, entre los pocos a quienes podían manifestar su agradecimiento las organizaciones judías figuraban la Santa Sede y unas cuantas personalidades e instituciones de la Iglesia católica, empezando por Pío XII.

Jesús Sanz, “Si Isabel es santa, es problema de la Iglesia”, PUP, 4.III.02

Tal como informaba en ABC César Alonso de los Ríos, ha vuelto a ponerse sobre el tapete la canonización de Isabel la Católica. Hace poco tuve que reírme porque alguien dijo que la educación en España acusaba una excesiva influencia del cristianismo. Pero es cierto que, si no en la educación, en otros aspectos de nuestra sociedad lo cristiano mantiene aún un peso considerable. Es lógico, pues quince siglos de historia no se borran así como así. Pero choca que sean a veces los enemigos de la Iglesia quienes contribuyen a hacer notorio ese peso. Lo digo por lo a pecho que se suelen tomar este asunto de las canonizaciones. Lo lógico sería que si la Iglesia es, como ellos pretenden, una entidad anacrónica y totalmente en declive, les importara bastante poco que canonizasen a Isabel la Católica o a Paulino Uzcudun: allá los curas con sus cosas. Y, sin embargo, su grito en el cielo viene a confirmar que, de algún modo, el dictamen de la Iglesia tiene aún una relevancia no pequeña: vamos, que va a misa.

Personalmente, me encantaría tener una reina santa. Y más si no hubiese sido una simple “esposa de rey”, sino una competente administradora de la cosa pública. Pero sé también que en esto de las canonizaciones interviene también el factor de la oportunidad: durante mucho tiempo se paralizó la causa de los mártires españoles de la guerra civil, para evitar que fuesen instrumentados políticamente. Y los Reyes Católicos, a pesar del tiempo transcurrido, son aún signo de contradicción. Y está, claro, la cuestión de los judíos: ¿hasta qué punto merece la pena hurgar en una herida como esa y romper puentes hacia el diálogo? Desde luego, no creo que el asunto de la expulsión de los judíos merme un ápice la potencial santidad de la reina Isabel. No por lo que dice Alonso de los Ríos de que hay que tratar ese caso “a partir de los valores culturales de su tiempo”: lo que era pecado en el siglo XV lo es en el XXI, y si hay un episodio que haría dudar de la santidad de alguien en nuestra época, cabría dudar igualmente si sucede hace cinco siglos. Hitler y Stalin habrían sido igual de canallas en la edad del bronce.

Pero una cosa es llevar a cabo una acción de gobierno de todo punto inicua y otra tomar una decisión de Estado que, causando grandes incomodidades a una serie de personas, se estima en conciencia digna de ejecutarse por el bien de los más. Si yo pensara, con bastante fundamento, que una minoría escasamente integrada en la nación y con unas fuertes señas de identidad conspira contra la seguridad del Estado, probablemente también me sintiera urgido a adoptar medidas drásticas. Por ejemplo, a exigirles fidelidad a las normas del juego democrático: que no de modo diferente se consideraba el cristianismo en la Europa del siglo XV, es decir, como un sistema de valores incuestionable. No sé cómo se juzgarán al cabo de cinco siglos las leyes restrictivas sobre inmigración o las expulsiones de los ilegales, que me imagino deben de causarles bastante trastorno. Pero no veo impedido de llegar a los altares a quien ha de tomar esas medidas.

En fin, como dice Alonso de los Ríos, si la Iglesia canoniza o no a la reina Isabel, “es su facultad. Ella administra la política de ejemplaridad católica”. Y si la reina forma ya en la Iglesia triunfante, creo que le importará bastante poco figurar o no en una lista.

Juan Carlos Sack, “Dos leyendas negras al descubierto”, 19.XII.01

El sitio Apologetica.org ofrece dos artículos particularmente interesantes. Se trata de dos estudios llevados a cabo por un grupo de investigadores acerca del verdadero origen de dos “documentos” calumniosos que se difunden en algunas publicaciones anticatólicas, y que denigran la figura del Papa y de la doctrina de la Iglesia.

En el primer artículo se presenta la investigación realizada sobre la supuesta Taxa Camarae, una bula atribuida al Papa León X (1513-1521) donde el Sumo Pontífice daría los precios que se deben pagar a fin de obtener el perdón de los pecados por los crímenes más aberrantes, precio que se pagará siempre “a las arcas papales”. Dicho “documento” es difundido en la actualidad principalmente por el Sr. Pepe Rodríguez, quien goza en España y en otros países hispanos de un cierto renombre como autor de libros (entre los cuales está “Mentiras Fundamentales de la Iglesia Católica”, donde se publica la Taxa), docente, periodista y -según él se autodefine- investigador. En el trabajo que estamos presentando se publica también la correspondencia epistolar tenida con el Sr. Pepe Rodríguez sobre el asunto, en la cual se muestra lo que podría llamarse la “psicología evolutiva de una leyenda negra”. El mismo Sr. Rodríguez se ha visto en la necesidad de publicar en su sitio web las conclusiones de este estudio, aunque sorprendentemente continúa difundiendo el documento como de León X. Otros sitios le siguen haciendo de repetidor en la difusión del fraude. El slogan del Sr. Rodríguez es que la verdad hace libres “y la mentira creyentes”…

En el segundo trabajo de investigación se analiza un supuesto “famoso” discurso del obispo croata Mons. J. J. Strossmayer durante el Concilio Vaticano I (1870) en el cual se ataca de modo brutal la enseñanza de la Iglesia sobre la infalibilidad papal, el primado del obispo de Roma, etc. Dicho discurso aparece como una docta defensa de la doctrina protestante sobre estos temas poniendo en ridículo la doctrina católica. La investigación hecha sobre este supuesto discurso evidencia de modo definitivo la falsedad del mismo, su verdadero autor, y la verdadera personalidad, doctrina y discursos de este obispo croata, que fue un promotor destacado de la unidad con ortodoxos y protestantes.

En ambos estudios la bibliografía utilizada no deja sombra de duda. Además de arrojar luz sobre el origen histórico de los dos fraudes, sirven para ejercitar un cierto discernimiento a la hora de valorar lo que se publica y se lee. Apologetica.org brinda también abundante material para profundizar el conocimiento de las doctrinas que ofrecen cierta dificultad y saber así dar razón de nuestra fe.

Tomado de apologetica.org

Wil van den Bercken, “¿Hay realmente guerras de religión?”, NRC Handelsblad, 25.X.01

El Dr. Wil van den Bercken, historiador de las universidades de Utrecht y Nimega, escribe en el diario NRC Handelsblad que el actual conflicto desencadenado por los ataques terroristas en Estados Unidos no se explica por motivos religiosos.

Si pensamos en términos religiosos, hay más puntos de unión que discrepancias entre las tres religiones monoteístas: cristianismo, judaísmo e islam. Quizá suene raro, pero Dios no viene al caso en el actual conflicto. Quienes, como las sectas cristianas fundamentalistas, ven en el ataque al World Trade Center un castigo de Dios a la Torre de Babel del capitalismo, tienen una idea de Dios tan deformada como los pilotos suicidas que indudablemente dijeron antes del ataque “¡Alá es grande!”.

En el actual conflicto ha habido un momento en el que sí se ha hablado de Dios correctamente. Me refiero a la crítica de los musulmanes al uso del término Justicia Infinita [primer nombre dado por EE.UU. a su respuesta militar]. En este sentido tenían razón, y de nuevo coinciden las tres religiones en la idea de que solo Dios puede administrar la justicia infinita.

Pero no es la primera vez en la historia que se invoca el nombre de Dios en una guerra. En ambos bandos, incluso cuando los dos eran cristianos. En la guerra de las Malvinas, Thatcher estaba tan convencida de que Dios estaba al lado de Gran Bretaña que en los servicios religiosos se negaba a rezar por todas las víctimas. Tal incomprensión religiosa demuestra la creencia en un dios como si fuera una especie de Marte cristiano.

Tampoco el conflicto de Irlanda del Norte tiene que ver con la religión, aunque los contendientes se llamen católicos y protestantes. Se trata de un conflicto social y territorial, y si los habitantes no tuvieran ninguna religión, los partidos llevarían otro nombre. Incluso la lucha entre palestinos e israelíes no es, en primer término, una guerra de religión. Comenzó como una contienda territorial y a partir de 1967 ambas partes empezaron a invocar a Dios. Pero, para los israelíes y palestinos secularizados, el motivo de la guerra sigue siendo la tierra.

La lucha contra el terrorismo no es una guerra de religión. Quien invoca a Dios en una guerra lo convierte en un dios nacional belicoso y, en términos teológicos, en un ídolo. Las ideas fundamentalistas sobre Dios solo son quimeras religiosas, proyecciones hechas a medida humana. Las guerras religiosas son siempre conflictos bélicos políticos, en los que la religión dominante se convierte en justificación ideológica. Esto lleva a la paradójica situación de que, en caso de guerra entre Estados de la misma religión, ambos pidan al mismo Dios que bendiga sus armas.

La primera gran guerra en Europa, la guerra de los Cien Años entre Inglaterra y Francia, enfrentó a dos naciones católicas. En la segunda guerra mundial, lucharon católicos, protestantes y ortodoxos; sin embargo, no fue una guerra de religión, sino que se unieron todos contra el neopaganismo nazi. Es verdad que en nombre de la religión se ha causado mucho sufrimiento en el mundo, pero las guerras más sangrientas no han sido religiosas ni de nombre.

Pero si bien las guerras de religión no existen, eso no quiere decir que una guerra no pueda ayudar a despertar sentimientos religiosos. La gente va más a la iglesia, reza más, no porque considere a Dios como caudillo de la guerra, sino porque experimenta la fragilidad de la vida humana. El hombre es confrontado entonces con los fundamentos mismos de la existencia, y es justo ahí donde la idea religiosa de Dios encuentra su lugar más adecuado.

Visto así, la leyenda God bless America no es un disimulado lema marcial, sino una expresión colectiva e individual de fe. Y quizá se pueda considerar incluso una bendición en medio de la gran tragedia, una blessing in disguise, lo cual también se puede ver desde una óptica secularizada. Es una cruel ironía de la historia que desastres nacionales puedan generar nuevas posibilidades y ventajas a largo plazo para personas y sociedades. Como de las ruinas de la segunda guerra mundial surgió una Europa nueva y próspera, también puede surgir una América nueva, después de haberse visto obligada a reflexionar.

José Antonio Marina, “El progreso de la historia”, El Mundo 29.XII.00

Hablar del progreso no está de moda. El pesimismo tiene un prestigio intelectual que no merece. Piensa mal y acertarás: no me parece un dogma de recibo. Estoy harto de los que están de vuelta de todo sin haber ido a ninguna parte. Los predicadores de la decadencia adolecen de una nostalgia injustificada. Nadie que desconociera la situación social que le iba a corresponder, es decir, que no supiera si le iba a tocar ser esclavizador o esclavo, negro o blanco, hombre o mujer, desearía volver a ese pasado oscuro y selvático. O sea, que el elogio del pasado es una astucia de aspirantes a privilegiados.

Pero tal como están las cosas, afirmar que existe un progreso moral en la Humanidad parece una provocación o un disparate. Sin embargo, es la tesis principal de La lucha por la dignidad, el libro que hemos escrito la profesora María de la Válgoma y yo. Está claro que para hablar de progreso necesitamos precisar los valores cuya realización nos parece buena. Para alguien que piense que la religión y la familia patriarcal son la medida de la perfección, una situación laica en que la familia sufre graves deterioros se considerará un retroceso o una degradación. Para quienes defiendan una aristocracia del status, todos los movimientos igualitarios les parecerán una degradación masificadora.

Hay al menos tres criterios que nos sirven para justificar que una situación, una institución o un modo de vida constituyen un progreso: 1º.- Cuando satisface más plenamente que otras las aspiraciones legítimas de todos los seres humanos; por ejemplo, su deseo de autonomía, de seguridad, de bienestar.

2º.- Cuando ningún ciudadano que haya experimentado esa situación y esté libre de miedo o de superstición desearía perderla.

3º.- Cuando su negación o pérdida conduce al terror. La negación de cualquier garantía procesal en los países bajo dictadura es un buen ejemplo.

En el libro que les mencionaba antes nos hemos atrevido a enunciar una ley del devenir histórico que nos parece bien confirmada: «Cuando una sociedad se libera de la miseria, de la ignorancia, del miedo, del dogmatismo y del odio, evoluciona hacia la racionalidad, los derechos individuales, la democracia, las seguridades jurídicas y las políticas de solidaridad».

Esta ley me parece esperanzadora y exigente. Señala con claridad los puntos donde debemos actuar para acelerar el progreso. No siempre son los mismos o no se dan a la vez. (…) ¿A qué llamo dogmatismo? A un sistema de ideas que no resulta afectado por la experiencia ni por las razones, sino que pone en funcionamiento métodos de inmunización para salir incólume de cualquier crítica. Hay un caso paradigmático que puede servirnos como ejemplo. Las religiones adventistas americanas habían predicho que Cristo descendería a la Tierra el 22 de octubre de 1844. No sucedió, pero, tras las acomodaciones pertinentes, sus sucesores, los Testigos de Jehová, predijeron que ocurriría en 1914. Tampoco sucedió. Lo pospusieron hasta 1975. Y, según dicen los que saben de esto, por fin ocurrió lo esperado y ese año terminó la existencia humana. Yo, desde luego, no me he dado cuenta. En resumen: una teoría o una creencia se inmuniza cuando se niega a aceptar cualquier información que socavaría su integridad y cuando introduce cambios cosméticos para anular las evidencias en contra.

La Historia reciente confirma la ley del progreso que hemos enunciado. A principios del siglo XX sólo había nueve naciones con regímenes democráticos. En la actualidad hay más de 160. Ya sé que muchas de esas naciones no cumplen rigurosamente las normas democráticas, pero aun así el hecho de que quieran ser reconocidas como democracias me parece un avance. Incluso en países musulmanes obstinadamente teocráticos como Irán, la democracia se abre paso. En la actualidad, ninguna nación admite legalmente la esclavitud. El último país en abolirla fue Mauritania en 1980, es decir, ayer. Es verdad que han aparecido nuevas formas de esclavitud -lean el libro de Kevin Bales La nueva esclavitud en la economía global-, pero que tengan que mantenerse en la ilegalidad es ya un progreso. También lo es el que, a pesar de las reticencias de los países orientales y africanos acerca de los derechos humanos, cada vez sea mayor el número de países que los ratifican. Conviene no olvidar que, como escribió el prestigioso filósofo del Derecho Norberto Bobbio, la historia de los derechos del hombre es «un signo del progreso moral de la Humanidad».

¿Quién puede negar que un sistema de seguridad jurídica, en el que una persona sólo pueda ser acusada de lo que ha hecho de forma consciente y voluntaria y donde la prueba se establezca por procedimientos racionales y no mágicos, es más deseable que la arbitrariedad? ¿Quién querría ser castigado por una falta cometida por su vecino o por su antepasado? ¿Quién querría tener que demostrar su inocencia metiendo la mano en el fuego? También es un progreso el paso de un régimen de status, donde los derechos se tienen por la situación social, por el nacimiento, la clase o la raza, a un régimen de igualdad donde los derechos se tienen por la simple condición de persona. Y también es un progreso el paso de la magia a la Ciencia y de la creencia coaccionada a la libertad de conciencia.

Sin embargo, tras haber hecho esta enumeración de progresos, no alcanzamos la tranquilidad. Las guerras no terminan, la distancia entre países ricos y países pobres se agranda, las economías del Tercer Mundo están siendo asfixiadas por las deudas y, en parte, por la globalización. ¿Cómo puedo entonces hablar de progreso? La navegación a vela nos proporciona una bella metáfora del progreso de la Historia. Parece increíble que un velero pueda navegar a barlovento, avanzando contra el mismo viento que le impulsa. Así lo hace la Humanidad: avanza contra la miseria, la desigualdad, la ignorancia, la tiranía. La Historia y la embarcación usan el mismo método: avanzar en zigzag. Esta técnica produce en muchas ocasiones una impresión confundente. Cuando se está en un extremo de la línea, antes de invertir la marcha, se está muy lejos del rumbo, y además en la mala dirección, de modo que si el timonel no diera un golpe de timón lo perdería irremediablemente.

La Historia también tiene este carácter de precariedad, de no estar nunca a salvo. La amenaza nazi o la amenaza soviética ahora han desaparecido, pero cuando estaban en pleno vigor no había garantía alguna de que no triunfaran. Tengo la convicción de que antes o después la Humanidad vuelve al rumbo debido, pero, si se retrasa, ¡cuánta tragedia inútil, cuánto dolor sin sentido, cuánta desdicha injustificable! La comparación entre la navegación y la Historia parece que se rompe en un punto. La Historia no tiene timonel, y mejor que no lo tenga, porque cuando alguien ha pretendido serlo se le ha subido indefectiblemente el cargo a la cabeza y ha pretendido convertirse en salvador. El único timonel posible es la inteligencia compartida, un cambio generalizado de creencias, la lenta liberación de los obstáculos que impiden el progreso, unos movimientos sociales lúcidos y tenaces que trabajen por la felicidad social. Ahora, después de tantas aventuras desgraciadas, sabemos dónde está la solución de nuestros problemas: en el reconocimiento universal de los derechos individuales previos a la ley.

Esta última frase parece muy sencilla, pero necesita una explicación. La solución de nuestros conflictos pasa por el reconocimiento eficaz de los derechos personales, no colectivos. La Historia nos dice que cada vez que una entidad supraindividual se ha arrogado derechos la seguridad del individuo entra en crisis. En la autobiografía de Koestler que acaba de ser publicada en castellano, se expone con patética claridad cómo la dictadura del proletariado implicaba el sacrificio del individuo en favor de una sedicente Humanidad futura. Los nazis decían lo mismo, el régimen chino actual sostiene algo semejante, los fanáticos religiosos insisten en una idea parecida. Pero además, esos derechos individuales tienen que ser universalmente reconocidos porque cualquier discriminación se basa siempre en la violencia. Por último, han de ser previos a la ley y no ser conferidos por ella, porque sólo así protegen al ciudadano de la tiranía.

(…) Defendiendo los derechos individuales políticos, culturales, religiosos, étnicos. Así es como la defensa de la autonomía, de la cultura, de la religión, de la etnia se convierte en tarea que todos pueden compartir, incluso los que pertenecen a otras colectividades. ¿Por qué? Porque al defender los derechos individuales de los demás estoy también defendiendo los míos propios. Y esto nos interesa a todos.

Juan Manuel Rodríguez, “La verdad sobre la «Taxa Camarae»”, La Razón, 31.VII.02

Pepe Rodríguez usó un documento falso para escribir «Mentiras fundamentales de la Iglesia católica».

Reproduce la «Taxa Camarae», falsificación a la que llama «punto culminante de la corrupción» Continuar leyendo “Juan Manuel Rodríguez, “La verdad sobre la «Taxa Camarae»”, La Razón, 31.VII.02″

Fernando Sebastián, “¿Faltan vocaciones, o faltan respuestas?”, 21.IV.2002

Este domingo celebramos en la Iglesia católica el Día de oración por las vocaciones. Hay muchas formas de entenderlo. La más fácil es dejar pasar esta fecha sin tenerla en consideración. Seguramente será la mayoritaria.

Pero hay también otros riesgos, incluso entre las personas buenas dispuestas a escuchar la llamada de la Iglesia. No cumplimos si nos limitamos a rezar unas Avemarías pidiendo por el aumento de vocaciones. Con eso no podríamos quedarnos con la conciencia tranquila.

La primera eficacia de la oración recae sobre nosotros mismos. San Agustín dice que cuando pedimos algo a Dios, la gracia principal que nos concede es crear en nosotros las disposiciones para recibir sus dones y colaborar con ellos.

Cuando me comentan que no hay vocaciones, yo suelo invitar a reflexionar por qué ocurre lo que ocurre. Decimos “no hay vocaciones”, sería más exacto decir “que vocaciones sí hay, porque Dios sigue llamando para todo aquello que la Iglesia y el mundo necesitan. Lo que no hay son respuestas.
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Alfonso Sanz, “Custodiar el tesoro del celibato”, Palabra, IV.01

El don divino del amor célibe requiere una respuesta cotidiana de fidelidad.

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José Orlandis, “Balance del siglo XX y acción de la Iglesia en la Historia”, Arvo, 1.VII.02

«El hombre de hoy proclama la Declaración Dignitatis humanae del Concilio Vaticano II tiene una conciencia cada día mayor de la dignidad de la persona humana». Una dignidad que deriva del hecho mismo de ser persona y que se extiende, por tanto, a todos los hombres. Esta progresiva toma de conciencia ha de estimarse, sin duda, como un paso adelante y un avance de la humanidad en sentido coherente con los designios divinos. El espíritu humano percibe ahora con mayor lucidez determinados aspectos del orden instituido por Dios en la obra de la creación, que pasaban más inadvertidos a la mentalidad colectiva de ayer y no le impresionaban tan vivamente como impresionan al hombre de hoy.

Resulta evidente que a esta toma de conciencia ha contribuido en buena medida la experiencia de la historia más reciente, y en especial la vivida a lo largo del pasado siglo XX. El siglo se inició en Europa y en los demás países del Primer Mundo en un clima de optimismo, que era continuación del que había reinado durante la mayor parte del siglo XIX: un período de relativa paz, comenzado a raíz de la terminación en 1815 del ciclo de las guerras napoleónicas. Esa paz había coincidido con el triunfo del liberalismo en el plano político y económico, el progreso industrial y el auge de los imperialismos, que redujeron vastos espacios de los otros Continentes a colonias, dominios y protectorados de las grandes potencias europeas. El balance final del siglo XX ha resultado como es notorio mucho menos brillante que las expectativas que despertó en sus comienzos.

Es cierto que la última centuria del segundo milenio ha presenciado avances portentosos en diversos campos: el de la ciencia y la técnica, el de las comunicaciones, el de la medicina, que ha conseguido una notable prolongación en la duración de la vida humana. En ese tiempo se ha logrado una drástica reducción del analfabetismo e incluso en los países desarrollados un indudable crecimiento de los niveles de bienestar material del conjunto de la sociedad. Pero el siglo ha estado marcado por la impronta de dos grandes guerras, las mayores conocidas en la historia de la humanidad, y por dos revoluciones la rusa y la china que pretendieron crear un nuevo orden social, al precio de indecibles sufrimientos de sus pueblos. En las guerras, millones de combatientes perdieron la vida, y en la última la Segunda Guerra Mundial el mundo fue testigo de un fenómeno nuevo y cruel: las poblaciones civiles, lejos de quedar al margen de la contienda, fueron tal vez las más duramente castigadas. El caso más clamoroso lo constituyeron los campos de concentración y de exterminio creados por la Alemania nazi, donde fueron sacrificadas muchedumbres humanas: judíos, gitanos,, cristianos… Tampoco deben olvidarse los bombardeos masivos de la aviación aliada contra ciudades alemanas, que causaron decenas de miles de muertos en una sola noche; o las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki. Es, sin duda, bien comprensible que el hombre del final del siglo XX haya escarmentado de. los optimismos ingenuos de la «Belle époque», aunque haya sido a costa de pagar como precio el sacrificio de millones de víctimas inocentes.

LOS NUEVOS DESAFÍOS La Iglesia de Cristo tiene larga experiencia en los combates sostenidos a lo largo de veinte siglos, en defensa de la libertad y la dignidad de la persona. Para la Iglesia, el fundamento inconmovible de la dignidad humana es que todo hombre, por el hecho de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, merece respeto, y ese fundamento se reafirma y refuerza tras la Redención operada por Jesucristo, que otorgó a todos cuantos le recibieron la potestad de llegar a ser hijos de Dios y partícipes de la naturaleza divina, divinae naturae consortes (cfr. lo 1, 12 y 2 Petr 1, 4).

El siglo XXI y el tercer milenio de la Era cristiana habrán de afrontar desafíos inéditos, cuyo alcance resulta imposible adivinar. La defensa de la vida humana, la resistencia frente a posibles aberraciones de la ingeniería genética, la lucha contra la corrupción en la vida pública y las clamorosas desigualdades existentes entre los hombres, el esfuerzo por extender el acceso a los bienes de la cultura y un razonable bienestar a todos los pueblos de la tierra, estos y otros muchos campos más serán frentes abiertos a la generosa acción de los cristianos en el mundo. Pero desde ahora, la Iglesia ha de luchar con denuedo en la defensa de la persona, ante la ofensiva bien programada dirigida a degradar su dignidad hasta reducirla a un nivel infrahumano, un tenebroso designio que persiguen tenazmente fuerzas muy poderosas. Y es preciso darse cuenta de que está en juego la salvaguardia de la propia condición humana.

Esta misión en favor del hombre la Iglesia la ha venido cumpliendo desde los comienzos mismos de la Era cristiana. Es cierto que en tan dilatado espacio de tiempo ha habido miembros de la Iglesia que han cometido errores y tuvieron conductas públicas y privadas impropias del nombre de cristianos, y que esa incoherencia entre el Evangelio y su vida se dio incluso en jerarcas y pastores. La raíz de esos errores estuvo de ordinario en la contaminación de mentalidades y formas de cultura prevalentes en determinadas épocas y sociedades.

Tal fue el caso del impacto del régimen señorial de la Edad Media investiduras y patronatos incluidos en las estructuras eclesiásticas; o de la persecución inquisitorial de la herejía, cuando ésta era considerada el peor de los crímenes y se estimaba la unidad religiosa como el supremo bien de una comunidad política; o, todavía, el error del nepotismo, fruto de un desordenado extravío de los afectos familiares. Pero sería obstinación sectaria cerrar los ojos ante la evidencia: es indudable que ninguna institución ha hecho tanto a lo largo de los siglos en favor de la persona humana y de su dignidad, ninguna ha aportado tantos beneficios a las sociedades terrenas, como la Iglesia de Cristo; y eso durante dos milenios y en todos los lugares de la tierra a donde llegó su presencia y su acción apostólica. Y no se olvide por otra parte que el fin primordial de la Iglesia no es mejorar la condición del hombre en el mundo aunque a ello haya contribuido notablemente, sino abrirle el camino que ha de conducirle a la eterna bienaventuranza. Nadie como la Iglesia ha sembrado la paz, el bien y la belleza en el curso de la historia, ni está por tanto más cualificado que ella para asumir la defensa de la dignidad humana en el mundo del tercer milenio.

Precisamente por eso, ningún Poder de la tierra, sólo el Papa Juan Pablo II, ha tenido el valor de pedir perdón públicamente en la Jornada de Perdón del Año del Gran Jubileo del 2000 por los pecados y errores de quienes encarnaron a la Iglesia en las distintas épocas de la historia. «El actual primer Domingo de Cuaresma dijo el Vicario de Cristo en su homilía del 12 de marzo me ha parecido la ocasión apropiada para que la Iglesia, reunida espiritualmente alrededor del sucesor de Pedro, implore el perdón divino por las culpas de todos los creyentes. Perdonamos y pedimos perdón».

LA DEGRADACIÓN DEL AMOR Parece existir como se dice más arriba una auténtica ofensiva contra la dignidad del hombre, sensiblemente acentuada en el último cuarto del siglo XX y que pone en juego todos los recursos que la amplia gama de los modernos medios de comunicación social ofrece. La meta no confesada, pero apenas disimulada, sería el rebajamiento de la persona hasta la imagen y el rango de aquel prototipo humano qué San Pablo denominó «hombre animal», al que ya antes se hizo referencia (1 Cor 2, 14). Y ya se han levantado voces en algún parlamento, pidiendo la concesión al chimpancé de derechos semejantes a aquellos de que goza la persona. Un paso obligado en este camino es la degradación de la sexualidad humana, que abre la puerta a una cadena de consecuencias perversas, la primera de las cuales es la descomposición de la familia, factor insustituible para la recta ordenación de la sociedad.

Preámbulo penoso de este proceso demoledor ha sido el envilecimiento del amor. El amor divino y el humano puede reducirse en fin de cuentas a una sola y noble realidad. «Dios es amor», escribió el apóstol San Juan (11º 4, 16), y puesto que el corazón es el foco del amor, el papa Juan Pablo 11 no dudó en llamar a Dios « el gran corazón». «Que os améis los unos a los otros» fue el mandamiento nuevo dado por Jesús a sus discípulos (1º 15, 12). El amor está radicado en el corazón del hombre, y desde un mismo corazón se proyecta hacia Dios y hacia el prójimo. El amor hacia el prójimo presenta una amplia gama de modalidades entre las que sobresalen el amor paternal, el amor filial, el amor conyugal y el amor de amistad.

La degradación del amor ha supuesto el envilecimiento del propio significado del término. Una expresión tan corriente como «hacer el amor» es ahora entendida por muchos en un sentido muy distinto del que se le atribuía hace sólo algunas décadas: el noviazgo, las relaciones entre un chico y una chica encaminadas a facilitar el mutuo conocimiento, y que se prolongaban durante un tiempo más o menos largo antes del matrimonio. En nuestros días, tanto en el lenguaje coloquial como en el de los medios de comunicación, «hacer el amor» con otra persona se interpreta casi siempre en un sentido meramente carnal de acción dirigida sobre todo a la consecución de una satisfacción fisiológica y sensual. Es, justamente, lo contrario del verdadero amor: « el amor hacia una persona ha escrito Juan Pablo 11 excluye la posibilidad de tratarla como objeto de placer». Y un documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe resalta que la castidad « es una virtud que hace honor al ser humano y que le capacita para un amor verdadero, desinteresado, generoso y respetuoso con los demás» (Pers. hum., 12).

EL CLIMA MORAL DE LA ANTIGÜEDAD PAGANA El falseamiento del amor atenta de modo directo contra la dignidad de la persona y constituye un factor de distorsión de la vida social. La lectura del primer capítulo de la Carta a los Romanos, donde San Pablo trazó un cuadro tremendo de los vicios de la sociedad pagana, en los tiempos que fueron testigos de la primera expansión del Cristianismo, resulta todavía impresionante, no sólo como página de la historia del mundo de hace veinte siglos, sino también por las resonancias actuales «modernas» que aquellas páginas siguen teniendo.

«Dios escribió el Apóstol los abandonó a los malos deseos de sus corazones, a la impureza con que deshonran ellos sus propios cuerpos…; los entregó a pasiones deshonrosas, pues sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contrario a la naturaleza, y del mismo modo los varones, dejando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos. de unos por otros… Dios los entregó a un perverso sentir que les lleva a realizar acciones indignas, colmados de toda iniquidad, malicia, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidio, riñas, engaño, malignidad; chismosos, calumniadores, enemigos de Dios, insolentes, soberbios, fanfarrones, inventores de maldades, rebeldes con sus padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados» (Rom 1, 24, 26, 30). Este era el espectáculo que ofrecía la sociedad pagana del siglo I, cuando el Cristianismo iniciaba su andadura, a contracorriente del ambiente dominante en un mundo, que tenía la misión de encauzar por caminos de salvación.

EL HECHO DIFERENCIAL CRISTIANO Es cierto que la Roma de tiempos de Cristo trató de reaccionar frente a ciertos males muy extendidos con leyes en favor del matrimonio y la familia, como la Lex Julia de maritandis ordinibus. Es justo también reconocer que en el mundo gentil era posible encontrar personalidades fuera de lo común, capaces de resistir el clima dominante en un entorno. «Soy demás categoría escribió Lucio Anneo Séneca y nacido para algo más importante que para ser esclavo de mi cuerpo». Pero se trataba de casos excepcionales, de hombres eminentes que no se dejaban arrastrar por la conducta de las muchedumbres altas y bajas y eran capaces de dejarse guiar por las luces de la razón natural. Séneca no se olvidepudo incluso tener algún contacto con el Cristianismo, y hay razones suficientes para sospechar la existencia de una relación epistolar entre él y el Apóstol San Pablo. Pero fue el Cristianismo la doctrina de Jesucristo y la existencia real de los primeros cristianos la gran novedad que configuró el perfil de un hombre que, a los ojos de sus contemporáneos, era a la vez igual a ellos y, sin embargo, profundamente distinto: un hombre que, por otra parte, se presentaba ante los otros, no como un superhombre, sino como un ejemplo para todos.

En efecto, los discípulos de Cristo no estaban llamados a vivir al margen de la sociedad, como los miembros de la comunidad de « Qumran» o de la secta de los «esenios». El Señor había rogado por ellos al Padre: « no te pido que los saques del mundo sino que los guardes del maligno» (lo 17, 15). La tan conocida epístola a Diogneto ofrece una imagen fidedigna de hasta qué punto los discípulos habían cumplido la voluntad del Maestro, y la doctrina evangélica había ya generado, en los siglos II o in, un sorprendente fenómeno social. «Los cristianos dice la carta no se diferencian de los demás hombres ni por su país, ni por su lengua, ni por su modo de vivir; pues no habitan en ciudades propias, ni hablan un lenguaje insólito, ni llevan una vida extraña… Morando en ciudades griegas o bárbaras, según a cada uno le tocó en suerte, y siguiendo las costumbres de los naturales de cada lugar en el vestido y la comida, presentan ante los ojos de los demás un género de vida admirable y, a los ojos de todos, increíble».

Por lo que toca en concreto a la moral sexual; la epístola añadía estas palabras, no exentas de ironía: «Como todos, toman esposas y engendran hijos, pero no practican el aborto. Tienen en común la mesa, pero no el lecho».

EXIGENCIA Y MISERICORDIA Las exigencias de Jesús sobre la moral personal de sus discípulos fueron severas y alcanzan también al fuero interno de la conciencia: «todo aquel que mira a una mujer deseándola ya cometió adulterio en su corazón», dijo el Maestro (Mt 5, 28). La doctrina de Cristo sobre el matrimonio y la continencia sorprendió a los Apóstoles por su rigor (cfr. Mt 19, 112). Los requisitos exigidos a las viudas « dedicadas a Dios» en las primeras comunidades cristianas casadas una sola vez (I Tim 910) o la necesidad, según el mismo San Pablo, de que los varones llamados al presbiterado y diaconado fueran maridos de una sola mujer constituyen una buena prueba del valor que el primer Cristianismo atribuyó a la castidad y la continencia (I Tim 3, 113; Tit 1, 59). La alabanza paulina de la virginidad (I Cor 7, 2528) suena con parecido acento que el «cántico nuevo» de que habla San Juan en el Apocalipsis (Apoc 14, 14).

La historia misma de la Iglesia es una hermosa epopeya que pone bien de manifiesto el auténtico heroísmo de una incontable multitud de discípulos de Cristo, que han encarnado en sus vidas las exigencias del Maestro. Esos cristianos que abrazaron la castidad «por amor del Reino de los Cielos» (Mt 19, 12) y cumplieron su compromiso de amor, los sacerdotes fieles a la ley del celibato eclesiástico siempre vigente en la Iglesia latina, a pesar de las flaquezas y errores de algunos son un ejemplo admirable de la más genuina dignidad humana. Lo mismo cabe decir de los esposos cristianos que, venciendo mil dificultades, fueron a la vez capaces de guardar continencia, cuando hizo falta, y de « no cegar las fuentes de la vida» en palabras del Beato Josemaría Escrivá, cumpliendo generosamente su misión de cooperadores de Dios en la obra de la Creación, engendrando hijos e hijas destinados a ser ciudadanos de las sociedades terrenas y, en la vida eterna, del Reino de Dios.

Las enseñanzas del Nuevo Testamento podrán parecer exageraciones en una época de la historia del Primer Mundo tan hedonista y sexualizada como la actual, en que se critica a la Iglesia por haber hecho en un pasado todavía reciente tanto hincapié sobre el sexto Mandamiento de la Ley de Dios. Pero, aunque así hubiera sido, no es menos cierto que ahora hay más riesgo de caer en el error opuesto, y que esa doctrina cristiana, que es preciso recordar, se integra de modo coherente en el conjunto del mensaje evangélico. Un mensaje impregnado a la vez de amor y piedad hacia los pecadores, en el que también se dice que los publicamos y meretrices precederán en el Reino de los cielos a los escribas y fariseos hipócritas (cfr. Mt 21, 31). Un mensaje en el que la misericordia de Jesús reluce cuando se dejó ungir por una pecadora arrepentida (cfr. Lc 7, 3650) y no condena a la mujer adúltera, aunque le manda que no peque más (cfr. lo 8, 3).

La limpieza en la conducta moral es, en consecuencia, requisito esencial de la dignidad del cristiano y, más todavía, de toda persona humana. Así lo proclamaba el papa San León Magno en su primer sermón sobre la Natividad del Señor, un texto que la liturgia invita a releer todos los años: «Reconoce, ¡oh cristiano!, tu dignidad y, hecho partícipe de la naturaleza divina, no caigas ya más en la vieja vileza. Acuérdate de quién es tu cabeza, y de qué cuerpo eres miembro».

Extracto del libro de JOSÉ ORLANDIS, “La vida cristiana en el siglo XXI”, Ed. Rialp, Madrid 2001.

Tomado de www.arvo.net

José Miguel Cejas, “La vocación de los hijos”, MC

La edad del hombre
Cuando Dios llama
Dios suele llamar en la juventud
Resistencia a la entrega
La causa definitiva
La Iglesia rezuma alegría de juventud
La edad privilegiada
Otros jóvenes
El tono adolescente
La rebeldía de la juventud
La gran rebeldía
Un sabor amargo
“Jóvenes amaestrados”
Un regalo de Dios
Hijos para el cielo
Un pobre alguacil de Riese
Una solicitud que no se acaba nunca
En la hora del desaliento
La vocación y las “pruebas”
“Es casi una niña”
“No nos oponemos, pero…”
Un prototipo de intransigencia
“He perdido un hijo”
“No nos quieres”
Ley de vida
Mucho se alegrará
Aún más en el cielo

 

La edad del hombre

La edad. ¿Cuál es la edad de un hombre? Los calendarios, los relojes, las arrugas, las burbujas de champán de cada Nochevieja tejen cronologías extrañas que no coinciden con las fechas del alma.

Hay hombres eternamente niños. Otros, perpetuos adolescentes. Muchos no llegan nunca a la madurez. Hay a quienes les sorprende la vejez embriagados todavía en el vértigo de su frivolidad: tratan entonces de apurar la vida a grandes sorbos, a la búsqueda de lo que ya no volverán nunca a ser.

Unos alcanzan ese equilibrio llamado madurez en cada una de las épocas de su vida: ¡qué magnífica la madurez de un niño plenamente, verdaderamente niño! Sin embargo, otros no lo logran nunca: ¡qué tristeza entonces la del niño crecido prematuramente!; ¡qué ahogo del alma producen esos retratos velazqueños en los que aparecen los niños de la corte, envarados, rígidos y erguidos, con sus gargantillas estrechas, por las exigencias de una etiqueta severa que asfixiaba su niñez!

Por el contrario, ¡qué espléndida la niñez, o la adolescencia, si se sabe ser eso: ni niño ni adulto prematuro, sino un adolescente, es decir, un joven que sabe vivir su juventud intuida, con la mirada abierta hacia el futuro! ¡Qué plenitud la de la vejez si es quintaesencia de vida acumulada, consumación de ideal, culminación de una vida!

Si es cierto que cada uno es responsable de su rostro a los cuarenta años, ¡qué formidable testimonio dan de sí mismos –sin quererlo– los rostros de los santos! Sus ojos, sus gestos, revelan una sorprendente, una casi indestructible juventud interior. Demuestran que, sea cual sea la edad que se tenga, la edad verdadera de un hombre es la edad de su amor y de su generosidad.

Y que su calendario definitivo no es el que marca sus días hacia la muerte, sino el que señala su camino hacia Dios.

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Entrevista a Joaquín Navarro-Valls, “El Papa no es un anciano”, El Mundo, 27.III.1999

Entrevista realizada por Ana Romero.

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Alfonso Aguiló, “La vocación de los hijos”

La llamada divina, un gran don de Dios

La vocación es un don divino completamente inmerecido para cualquier persona; y para los padres, que Dios llame a sus hijos supone una muestra de un especial afecto por parte de Dios. Cuando Dios llama a un hijo para que se entregue plenamente a su servicio (en cualquiera de sus formas: en el sacerdocio, en la vida religiosa, en la entrega plena en medio del mundo, etc.), deben agradecerlo a Dios como un verdadero privilegio.

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Mariano Delgado, “Concordancia del Génesis con la ciencia moderna”

Adán y Eva y el hombre prehistórico. Continuar leyendo “Mariano Delgado, “Concordancia del Génesis con la ciencia moderna””

Ron Rychlak, “Hitler, la guerra y el Papa”, Zenit, 13.X.02

La figura del Papa Pío XII y las tensas relaciones entre la Santa Sede y el Tercer Reich son el argumento de este artículo escrito por el profesor de Derecho de la Universidad de Mississippi, Ron Rychlak, autor de “Hitler, the War and the Pope”, quien ha dedicado la última década a estudiar la figura del Papa Eugenio Pacelli.

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Juan Manuel de Prada, “El código Dan Brown”, ABC, 4.III.2006

Recuerdo la lectura de «El código Da Vinci» como una experiencia abracadabrante. Creo que se trata de uno de los libros más toscos que nunca hayan caído en mis manos, pero de una tosquedad que no es exactamente pedestre, sino más bien chapucera, casi me atrevería a decir que simpática de tan chapucera. El bueno de Dan Brown no disfrazaba la paparrucha de pedantería, no se preocupaba de maquillar el esquematismo de sus personajes con esos aderezos de pachulí introspectivo que suelen utilizar otros fabricantes más duchos de «best-sellers», no se molestaba en sazonar su peripecia con una mínima dosificación de la verosimilitud, ni siquiera se recataba de repetir hasta la machaconería los mismos trucos efectistas o de introducir con calzador aclaraciones que parecían postular un lector infinitamente lerdo. No, señor. Aquello era un bodrio mondo y lirondo, sin afeites ni disfraces; un bodrio candoroso, risueño, como encantado de haberse conocido. La impresión estupefaciente que me produjo su lectura nunca antes me le había deparado libro alguno; para describirla, tendría que compararla con esa hilaridad lisérgica, entreverada de pasmo y delicioso sonrojo, que me procuran las películas de Ed Wood, donde los ovnis siempre son platos de postre envueltos en papel de aluminio y los actores recitan sus parlamentos como si estuviesen en estado de trance hipnótico. Recuerdo con especial delectación un pasaje de la novela en el que los protagonistas, inmersos en su delirio esotérico-patafísico, se topaban con un mensaje presuntamente críptico que el bueno de Dan Brown reproducía, para que el lector se estrujase las meninges en su dilucidación; el mensaje se veía a la legua que era la imagen invertida que devuelve el espejo de un texto escrito en castellano (o inglés en el original), pero los protagonistas se tiraban algo así como veinte páginas discutiendo si estaría redactado en arameo o sánscrito, ocasión que el bueno de Dan Brown aprovechaba para tirar de erudición Google y colarnos unos tostonazos desquiciados sobre tan venerables y vetustas lenguas, por supuesto regados por doquier de gazapos y disparates históricos. También deambulaba por allí un sicario albino que se nos presentaba como «monje» del Opus Dei (¡vaya calladita que se tenía la Prelatura esta sucursal monástica!); y, en fin, todo tenía en el libro el mismo aire chusco, como de borrachera de anisete espolvoreada de anfetas. Continuar leyendo “Juan Manuel de Prada, “El código Dan Brown”, ABC, 4.III.2006″

Juan Manuel de Prada, “Los dineros de la Iglesia”, ABC, 19.XI.2005

Hace unos días, el Congreso votaba una enmienda que pretendía retirar el complemento presupuestario que la Iglesia católica percibe anualmente del Estado. La enmienda fue rechazada mayoritariamente por los parlamentarios, si bien hasta seis diputados socialistas infringieron la disciplina de voto, alarde de bizarría que no mostraron en otras votaciones recientes mucho más peliagudas. De lo que se trataba, en fin, era de trasladar a la opinión pública la imagen de una Iglesia que sigue disfrutando de privilegios y esquilmando el erario público. Convendría especificar, sin embargo, que dicho complemento presupuestario, que suele oscilar entre los 30 y los 40 millones de euros, constituye tan sólo una décima parte del presupuesto anual de la Iglesia, que en sus dos terceras partes se abastece de las aportaciones de los fieles; del tercio restante, la cantidad más abultada la obtiene la Iglesia a través de la asignación tributaria, que una porción nada exigua de españoles destina a su sostenimiento a través de un porcentaje ínfimo del impuesto sobre la renta (el 0,52 por ciento, para ser exactos). Bastaría con que dicho porcentaje se incrementase al 0,8 por ciento, como ocurre en Alemania o Italia, para que la Iglesia pudiera autofinanciarse, renunciando a ese complemento que el anticlericalismo rampante utiliza como levadura para alimentar viejas rencillas.

Entre 30 y 40 millones de euros, repito. Enunciada así, en esa demagógica descontextualización que conviene a los propagandistas del odio, la cifra puede ser considerada por muchas gentes ingenuas y bienintencionadas una exacción intolerable. ¿Por qué, en cambio, no se informa a los españoles del dinero que la Iglesia revierte sobre la sociedad y ahorra a las administraciones públicas? Reparemos, por ejemplo, en las partidas destinadas a la educación. Una plaza en la escuela pública, por alumno y curso escolar, le exige al erario público (utilizo datos suministrados por el Ministerio de Educación) un desembolso de 3.517 euros; una plaza en la escuela concertada tan sólo 1.840. Teniendo en cuenta que el 70 por ciento de las plazas de la escuela concertada corresponden a centros católicos, descubrimos que la Iglesia ahorra al erario público alrededor de 2.300 millones de euros, cifra ligeramente superior a la que el Estado aporta como complemento presupuestario para su sostenimiento. Si probamos a calcular la ingente labor social y asistencial de la Iglesia, descubrimos que las cantidades que se dedican a paliar el sufrimiento y la miseria de los sectores más desfavorecidos de la sociedad dejan también chiquito ese complemento. Así, por ejemplo, el presupuesto de Cáritas durante el pasado ejercicio ascendió a 163 millones de euros, de los cuales más del sesenta por ciento -cerca de 100 millones- lo cubren las cuotas de sus asociados y las aportaciones de los católicos, a través de donaciones y colectas parroquiales; este porcentaje se eleva hasta el 83 por ciento en el presupuesto de Manos Unidas, que el pasado año logró recaudar 35 millones de euros procedentes de las cuotas de colaboradores y de las colectas. Son sólo dos ejemplos entre los miles de establecimientos y entidades católicas consagrados en cuerpo y alma a la ayuda de los más necesitados; ayuda que, naturalmente, la Iglesia seguirá prestando cuando deje de percibir el tan cacareado complemento presupuestario, porque su generosa aportación al bien común no depende de la componenda política, es fruto de un mandato divino.

El otro día, paseando por la plaza de la Marina Española, vi llegar el automóvil del presidente del Gobierno, que acudía a una sesión de control del Senado. Le hubiese bastado, al bajar del coche, con alzar la vista para contemplar a los mendigos que entraban en un centro de Cáritas, donde se les brinda comida y refugio frente a la intemperie. Ahí, señor presidente, ahí se destinan los dineros de la Iglesia.

Francesco Pappalardo y otros, “Isabel de Castilla”, Arbil, 25.V.2002

Isabel de Castilla (1451-1504).

Isabel, cuyo proceso de beatificación está en camino, es modelo de vida para los regidores de los Estados, a los que muestra el camino de la caridad política; para los laicos, a los que enseña cómo perseguir el reino de Dios tratando las cosas temporales; para las familias y para las mujeres, como hija, hermana, esposa, madre cuidadosa y atenta de cinco hijos, en los que se volcó sin descuidar los asuntos de gobierno.

Los primeros años de reinado Isabel de Castilla nace en Madrigal de las Altas Torres, en las cercanías de Ávila, el 22 de abril de 1451, hija del rey Juan II (1405-1454) y de Isabel de Portugal (m. 1496), su segunda mujer. Desde los tres hasta los diez años de edad vive en Arévalo, también en las cercanías de Ávila, educada con amor por su madre y guiada espiritualmente por los franciscanos. Llamada a la corte de Segovia por su hermano, el nuevo soberano Enrique IV (1425-1474), da pruebas de madurez solicitando y consiguiendo el permiso de vivir en casa propia para escapar de la vida licenciosa de la Corte. A la edad de diecisiete años demuestra tener un carácter enérgico y decidido, rechazando las propuestas de los partidarios de su hermano menor Alfonso (1453-1468), fallecido prematuramente, para ser proclamada reina en lugar del rey Enrique, cuya política había suscitado la oposición armada de una parte de la nobleza y del país.

El 19 de octubre de 1469, tras haber rechazado numerosos pretendientes propuestos por el soberano, se casa con don Fernando (1452-1516), príncipe heredero de Aragón y rey de Sicilia, que se compromete a llevar a su fin junto con su consorte, apenas fuera posible, la Reconquista. Finalmente, a la muerte de su hermano Enrique, es coronada reina de Castilla y León el 13 de diciembre de 1474, en Segovia, donde consagra el reino a Dios, jura fidelidad a las leyes de la Iglesia y se compromete a respetar la libertad y los privilegios del Reino y a que reine la justicia.

La joven reina se encuentra a la cabeza de una sociedad rica en vitalidad y energía, pero debilitada por conflictos internos y por la administración poco diligente de sus predecesores. Desde el principio de su reinado convoca a toda la nación a asambleas generales para la elaboración del programa de gobierno y varias veces reúne las Cortes de Castilla, formadas por los representantes de la nobleza y del clero y por los delegados de las ciudades, a las que pide auxilium y consilium antes de tomar las decisiones más importantes. Gracias a la participación de la nación en la actividad reformadora y al respeto por las libertades regionales y por los fueros, Isabel goza de un amplio consenso, que le permite alcanzar en un tiempo breve la pacificación del país. Además ordena la redacción de un código válido para todo el Reino, que es publicado en 1484 con el título de Ordenanzas Reales de Castilla; preside casi semanalmente las sesiones de los tribunales y otorga pública audiencia a quienquiera que lo solicite. Su sentido de la justicia y su clemencia conquistan rápidamente el país.

Isabel contribuye también de manera importante a la reforma de la Iglesia en Castilla, merced al apoyo del Papa Alejandro VI (1492-1503), que le concede amplios poderes, y a la ayuda del franciscano Francisco Jiménez de Cisneros (1436-1517), su confesor y luego arzobispo de Toledo. La reforma del clero y de las órdenes religiosas favorece la formación de un episcopado muy preparado y a la altura de los servicios universales a los que la Iglesia española será muy pronto llamada, como también la aparición de una legión de santos -entre ellos san Ignacio de Loyola (1491-1556) y santa Teresa de Ávila (1515-1582)- y de misioneros, que alcanzarán notoriedad especialmente en la evangelización de las Canarias, del emirato musulmán de Granada, de las Américas y de las Filipinas.

Isabel promociona también los estudios eclesiásticos, fundando numerosas universidades -primero la de Alcalá de Henares, que se convierte en el centro más importante de estudios bíblicos y teológicos del Reino-, y creando colegios y academias para laicos de ambos sexos, que dan a España una clase dirigente bien preparada y una nómina de hombres de vasta cultura y de profunda religiosidad que en los años venideros ofrecerán contribuciones importantes al Renacimiento español, que será ampliamente cristiano, a la Reforma católica y al Concilio de Trento (1545-1563).

La Inquisición y la expulsión de los judíos La defensa y la difusión de la fe constituyen la preocupación principal de Isabel, que para conseguirlo solicita y obtiene del Pontífice la creación de un tribunal de la Inquisición, considerada necesaria para encarar la amenaza representada por las falsas conversiones de judíos y de musulmanes.

En los reinos de la península ibérica los judíos, muy numerosos, tenían desde siglos un estatuto no escrito de tolerancia y gozaban de una protección particular por parte de los soberanos. En cambio, las relaciones a nivel popular entre judíos y cristianos eran muy difíciles, sobre todo porque a los primeros no sólo se les consentía tener abiertas las tiendas en ocasión de las numerosas festividades religiosas, sino también efectuar préstamos con intereses, en una época en la que el dinero no era considerado como un medio para conseguir la riqueza. La situación se complicaba aún más por la presencia de numerosos conversos, o sea, de judíos convertidos al catolicismo, que dominaban la economía y la cultura, pero que a veces mostraban una adhesión puramente formal a la fe católica y celebraban en público ritos inequívocamente judaicos. Cuando Isabel asciende al trono la convivencia entre judíos y cristianos está muy deteriorada y el problema de los falsos conversos -según el autorizado historiador de la Iglesia Ludwig von Pastor (1854-1928)- era de una dimensión tal que incluso llegaba a cuestionar la existencia o no de la España cristiana.

Solicitado por Isabel y por su marido Fernando de Aragón -que inútilmente habían impulsado una campaña pacífica de persuasión para con los judaizantes- el 1 de noviembre de 1478 el Papa Sixto IV (1471-1484) crea la Inquisición en Castilla, con jurisdicción solamente para los cristianos bautizados. Por lo tanto, ningún judío fue jamás condenado como tal, mientras que fueron condenados los que se fingían católicos para conseguir ventajas. La Inquisición, arremetiendo sobre un porcentaje reducido de conversos y moriscos, acredita que todos los demás eran verdaderos conversos y que nadie tenía el derecho de discriminarlos o de atacarles con la violencia.

En los años posteriores a la creación de la Inquisición es de todas formas necesario proceder al alejamiento de los judíos de Castilla y de Aragón. Preocupados por la creciente infiltración de los falsos conversos en los altos cargos civiles y eclesiásticos y por las graves tensiones que debilitan la unidad del país, el 31 de marzo de 1492 Isabel y Fernando se ven obligados a revocar el derecho de residencia a los judíos no conversos. Los dos soberanos, esperando la conversión de la gran mayoría de los judíos y la permanencia en sus lugares, hacen preceder la medida por una gran campaña de evangelización.

De Granada a San Salvador La tensión hacia la unidad religiosa, mucho más comprensible en una época en la que la adhesión de los ciudadanos a la misma fe era el elemento fundante de los Estados, alienta también la lucha plurisecular por la liberación del territorio ibérico de la dominación musulmana. La definitiva conquista de los últimos baluartes andaluces es gloria de todos los españoles, pero en particular de Isabel, que por llevar a buen término la Reconquista entrega todas sus energías y su dinero, manda construir carreteras y ciudades, recluta tropas de élite, atiende a la asistencia de heridos y de enfermos.

La victoria sobre los musulmanes, sancionada por la capitulación de Granada el 2 de enero de 1492, tras diez años de combates, es el acontecimiento más importante de la política europea de su tiempo y provoca gran júbilo en todo el mundo cristiano. El entusiasmo religioso y nacional que sostiene la empresa explica también el hecho de que los soberanos acojan el proyecto, aparentemente irrealizable, de Cristóbal Colón (1451-1506): las Capitulaciones de Santa Fe, el documento en el que se ponía en marcha su expedición, son, justamente, firmadas en el cuartel general de Granada, dos meses después de la reconquista de la ciudad.

La esperanza de Isabel es la de conducir a otros pueblos a la verdadera fe y no repara ni en gastos ni en dificultades para honrar los compromisos con Alejandro VI, que había concedido a los soberanos el derecho de patronazgo sobre las nuevas tierras a cambio de precisas obligaciones de evangelización. La reina, que ya en 1478 había hecho liberar a los esclavos de los colonos en las Canarias, prohíbe enseguida la esclavitud de los indígenas en el Nuevo Mundo y la decisión es respetada por todos sus sucesores. Merced al compromiso de Isabel y de sus sucesores el encuentro entre pueblos tan distintos, como los ibéricos y los indios americanos, es muy fecundo, alienta una auténtica integración racial -que se realiza bajo el signo del catolicismo, sin encontrar las dificultades típicas de la colonización de tipo protestante- y establece el nacimiento de una nueva y original civilización cristiana.

A finales de 1494 el Papa Alejandro VI concede a Fernando y a Isabel el título de Reyes Católicos como recompensa por sus virtudes, por el celo en defensa de la fe y de la Sede Apostólica, por las reformas aportadas en la disciplina del clero y de las órdenes religiosas, y por el sometimiento de los moros.

La reina, no obstante las graves desventuras familiares que afligen los últimos años de su vida -el fallecimiento de su único hijo varón, Juan (1478-1497), de su joven hija Isabel (1470-1498), de su nieto Miguel, además de la ofuscación mental de su hija Juana (1479-1555)-, jamás falta a sus obligaciones. Combativa hasta el final y animada por una fe heroica, muere en Medina del Campo el 26 de noviembre de 1504.

La causa de beatificación A pesar de que entre sus contemporáneos fuera casi unánime la aprobación de las virtudes de Isabel y la admiración por su vida ejemplar, la difusión de una “leyenda negra” sobre la España católica, las guerras de religión y la dificultad de consultar los documentos retrasan abundantemente la apertura de la causa de beatificación. Pero la fama de santidad de la reina crece con el paso de los siglos y con el proceder de la investigación histórica, hasta que en 1958 se abre en la diócesis de Valladolid la fase preliminar del proceso de canonización, con la constitución de una comisión de expertos llamada a examinar más de cien mil documentos conservados en los archivos de España y del Vaticano. El 26 de noviembre de 1971 se instruye el proceso ordinario diocesano, que concluye tras la celebración de ochenta sesiones; el proceso apostólico en Roma se abre el 18 de noviembre de 1972 y, tras catorce años de trabajos, se lleva a cabo la composición de la Positio historica super vita, virtutibus et fama sanctitatis de la sierva de Dios, de la cual seis consultores de la Congregación de las Causas de los Santos, en la reunión del 6 de noviembre de 1990, expresan un juicio positivo. Los actos son trasladados a una comisión teológica para que se pronuncie sobre el mérito de la causa, pero el íter recibe un frenazo con ocasión del quinto centenario del descubrimiento y evangelización de América, que asistió al desencadenamiento de polémicas instrumentales por parte de cuantos consideran que la beatificación de la reina perjudicaría al espíritu ecuménico y que la creación del tribunal de la Inquisición y la “conquista” de América son obstáculos insuperables para el reconocimiento de la santidad de Isabel.

Un Comité Promotor de la Causa ha sido creado por alrededor de cincuenta cardenales, arzobispos y obispos de varias nacionalidades y por personajes ilustres del mundo católico para solicitar la beatificación de la sierva de Dios que -como afirma el canonista claretiano argentino Anastasio Gutiérrez Poza (1911-1998), postulador de la causa- es modelo de vida para los regidores de los Estados, a los que muestra el camino de la caridad política; para los laicos, a los que enseña cómo perseguir el reino de Dios tratando las cosas temporales; para las familias y para las mujeres, como hija, hermana, esposa, madre cuidadosa y atenta de cinco hijos, en los que se volcó sin descuidar los asuntos de gobierno. No obstante, su principal enseñanza consiste en el cuidado por el empeño misionero, que anima todas sus grandes empresas y que insta a proponerla como modelo de la primera y de la nueva evangelización del mundo en general y de Europa en particular.

Por Francesco Pappalardo, T. Angel Expósito y Jorge Soley Climent Para profundizar: Joseph Pérez, Isabella e Ferdinando, trad. It., SEI, Turín 1991; A. Gutiérrez Poza C.M.F., La serva di Dio Isabella la Cattolica, modello per la nuova evangelizzazione, entrevista realizada por el que suscribe, en Cristianità, año XX, n. 204, abril 1992, págs. 11-16; y Jean Dumont, Il Vangelo nelle Americhe. Dalla barbarie alla civiltà. Con un´appendice sul processo di beatificazione della regina Isabella la Cattolica, trad. It., con un prefacio de Marco Tangheroni, Effedieffe, Milán 1992.

Juan Domínguez, “Abusos sexuales y celibato en África”, Aceprensa, 25.IV.2001

Cuando se habla de la difusión del SIDA en África se hace hincapié sobre todo en la pobreza y en las deficiencias de los sistemas sanitarios. Sin negar esto, cada vez es más claro el papel que tiene la promiscuidad sexual y la falta de respeto a la mujer en la extensión de la epidemia en el África subsahariana.

En Sudáfrica, según cálculos de Naciones Unidas, una de cada ocho personas de 15 a 49 años está infectada. Pero un dato más impresionante es que entre las chicas de 15 a 19 años el 21% tienen el virus, proporción superior a la de los chicos de la misma edad.

Este mayor riesgo es en buena parte consecuencia de los abusos sexuales que sufren las mujeres en un clima de promiscuidad.

Un reciente informe de una ONG norteamericana, Human Rights Watch (HRW), revela cómo en Sudáfrica esa cultura de abuso contra las mujeres ha anidado también en los colegios, donde abundan los casos de violaciones y acosos sufridos por chicas a manos de alumnos y profesores. Voluntarios de HRW, que contaron con la asistencia de representantes de ONG locales, visitaron ocho centros públicos de tres provincias distintas, pudiendo entrevistar privadamente a 36 víctimas de abusos. Los resultados del estudio (disponibles en Internet: www.hrw.org), coinciden en subrayar el desvalimiento de las menores que sufren el acoso de compañeros de clase o alumnos de mayor edad. No son sólo incidentes aislados, sino un fenómeno extendido: “Hemos encontrado que chicas de todos los niveles sociales y de todos los grupos étnicos sufren violencia sexual en la escuela”, dice el informe.

El estudio denuncia la falta de rigor disciplinario de las autoridades educativas para perseguir y sancionar estas conductas. La situación de permisividad provoca que las chicas teman denunciar los abusos ante la posibilidad de generar el rechazo de su entorno escolar. Es sabido que para una mujer sudafricana no es fácil sustraerse a la voluntad del varón en materia sexual, produciéndose verdaderas violaciones en el entorno de las relaciones entre jóvenes y también en las de alumnas con profesores. A partir de la proliferación del SIDA, la conducta sexual de los varones no ha dudado en buscar sexo seguro en las más jóvenes.

Las sanciones a penas de cárcel por estas conductas son rarísimas, sobre todo porque las escuelas prefieren tratar los abusos sexuales contra alumnas como asuntos internos. Lo habitual es que las autoridades escolares tiendan a minimizar la importancia de las denuncias. La expulsión de un profesor o de un alumno implicado en casos de violencia sexual es muy rara. Se dan casos en que las víctimas de los abusos reciben a cambio de su silencio la promesa de mejores calificaciones o una modestísima cantidad de dinero. Es llamativo que este informe de Human Rights Watch apenas haya tenido eco en la prensa, con excepción de The Economist (31III2001). Más sorprendente si lo comparamos con la cobertura informativa que poco antes se dedicó a las investigaciones emprendidas por el Vaticano sobre abusos sexuales a monjas en África por parte de sacerdotes del clero local. Sin duda, el tema era noticia. Otra cosa es su utilización e interpretación. En España, sin aportar nuevos datos, un periódico como El País dedicó varios artículos a achacar este problema a los males que provoca el celibato sacerdotal. Las mujeres víctimas de estos abusos desaparecieron rápidamente de la información.

La sensibilidad por este problema tendría que llevar a centrar la información en estas mujeres, sean o no monjas, sean los que sean los agresores. Ciertamente, ni los profesores ni los compañeros que abusan de las escolares sudafricanas están comprometidos a vivir el celibato. Así que el problema debe de tener otros orígenes en la cultura de estos países. Quizá lo entenderíamos mejor si no instrumentalizáramos los problemas africanos para montar polémicas teológicas sobre el celibato de los curas.

Manuel Ordeig, “Sobre la teoría de la evolución”, Palabra, IX.1997

El 22 de octubre del 96, el discurso de Juan Pablo II a la Academia Pontificia de las Ciencias causaba cierto revuelo en los ambientes científicos interesados. Algunos interpretaron entonces que la Iglesia aceptaba por fin el evolucionismo. Pero, ¿es cierta esta apreciación? ¿Ha cambiado el juicio de la Iglesia sobre esta teoría? En realidad no es para tanto: el Magisterio nunca se ha opuesto a una evolución bien entendida. Lo que ha hecho el Papa es constatar que los “nuevos acontecimientos llevan a pensar que la teoría de la evolución es más que una hipótesis”.

En el referido discurso del Papa, se reconoce que hay “argumentos significativos en favor” de la teoría del Evolucionismo. Se trata, pues, de una nueva valoración: hasta ahora la ciencia y la Iglesia no concedían al evolucionismo más que un valor hipotético, tan probable como las teorías opuestas. Pero ahora se reconoce que “la convergencia de los trabajos realizados independientemente unos de otros, constituye de suyo un argumento significativo en favor de esta teoría”.

UN PRINCIPIO GENERAL Repetidamente la Iglesia ha afirmado que la verdad no puede contradecir a la verdad (León XIII, Pablo VI, Juan Pablo II). Con ello se quiere hacer ver que la verdad científica nunca puede ser disconforme con la verdad revelada, si ambas se mantienen cada una en su campo y saben interpretarse adecuadamente. La razón es obvia: Dios es la suprema Verdad; las verdades parciales son aspectos de esa única Verdad; admitir discrepancias entre unas verdades y otras seria tanto como admitir contradicción interna en Dios, lo cual es inimaginable.

NUNCA HUBO OPOSICIÓN Apoyándose en tal criterio, la Iglesia nunca se ha opuesto al desarrollo científico de un evolucionismo coherente y seguro. En concreto, hasta 1996, había señalado lo siguiente: 1) Respecto a la evolución cósmica la Iglesia ha efectuado muy pocas manifestaciones. La Pontificia Comisión Bíblica, en respuesta del 30-VI-1909 que versa sobre el sentido de los tres primeros capítulos del Génesis, dice solamente que no puede ponerse en duda “la creación de todas las cosas por Dios al principio del tiempo”. Mantiene, pues, firme la fe en Dios creador, sin manifestar incompatibilidad con las teorías de la génesis del universo; especialmente las que admiten un principio temporal del mundo. En 1948, la misma Comisión responde de nuevo al Cardenal de Paris y ratifica lo ya dicho, explicando en qué sentido deben interpretarse los primeros capítulos del libro del Génesis.

2) Por lo que se refiere a la evolución biológica, la Iglesia expresó en 1950 que no vela oposición entre la fe y las investigaciones sobre la evolución (Pío XII, Enc. Humani generis), aunque recomienda “la máxima moderación y cautela” en las afirmaciones científicas no probadas, ya que el Evolucionismo no pasaba de ser una hipótesis todavía sin comprobar. En 1986, en una de sus catequesis, Juan Pablo II dice que la teoría de la evolución “no contrasta con la verdad revelada”, siempre que se la entienda de modo que no excluya la causalidad divina.

3) En cuanto al origen del hombre, la Iglesia ha señalado (cfr. Enc. Humani generis) los puntos de doctrina que un cristiano debe mantener firmes para aceptar la teoría de la evolución aplicada al hombre: la peculiar creación del hombre por Dios, la formación de la primera mujer a partir del primer hombre, la creación inmediata del alma humana por Dios, la unidad del linaje humano y por tanto la necesidad del monogenismo, y algunos otros conceptos revelados más propios de la teología que de la ciencia.

Nunca, en resumen, limitó la Iglesia la libertad de investigación en este campo. Sus afirmaciones positivas se han referido siempre a aspectos no científicos, como el origen del espíritu, que escapa por su misma naturaleza a las investigaciones físico-químicas, como veremos al final.

La Iglesia acepta un evolucionismo que se limite a la explicación científica de la naturaleza, sin entrar en hipótesis sobre la creación del mundo o del alma humana, que son cuestiones metafísicas UNA TEORÍA Y SU ALCANCE Las declaraciones de Juan Pablo II en octubre de 1996 inclinan la opinión de la Iglesia a aceptar el evolucionismo como teoría suficientemente comprobada “por diversas disciplinas del saber” (n 4). Aunque parezca, en principio, que la Iglesia no debería tomar postura en un argumento científico, “el Magisterio está interesado directamente en la cuestión de la evolución, porque influye en la concepción del hombre” (n. 5). Esto quiere decir que no se trata de una simple cuestión opinable, como tantas otras investigaciones científicas, sino que el enfoque con que se afronte el evolucionismo y, en concreto, el origen del hombre, afecta profundamente a la noción misma de persona humana; y esto repercute a su vez en múltiples aspectos éticos, sociológicos, etc., con honda trascendencia moral.

El Papa, tras reconocer los argumentos significativamente válidos del evolucionismo, señala insistentemente que se trata de una teoría, y delimita el valor epistemológico de toda teoría: una interpretación (no un hecho) homogénea de numerosos datos, que permite relacionarlos entre si y darles una explicación. Toda teoría debe verificarse con nuevos datos y, en caso necesario, reformarse para ser mejor adaptada a la realidad. Además, en el caso del evolucionismo, a los datos procedentes de la observación se añaden ciertas nociones filosóficas, pretendiendo integrarlas en un conjunto unitario con la parte más científica (cfr. n. 4).

Así la primera puntualización pontificia es que, si bien -hoy por hoy- el evolucionismo es la teoría científica que mejor cuadra con los datos observados, no puede tomarse como intangible pues, por su propia naturaleza, puede necesitar ser revisada o perfeccionada.

EVOLUCIÓN Y EVOLUCIONISMOS La segunda matización que hace el Papa es distinguir entre evolución y evolucionismos. En efecto, al tomar también nociones filosóficas para integrarlas en la teoría, no habrá una sola hipótesis evolucionista, sino tantas como posiciones filosóficas de partida (cfr. n. 4).

Esto puede ser licito -lo exige el propio pluralismo humano-, pero es importante destacar que la existencia de diferentes evolucionismos no es una cuestión científica, sino de pensamiento filosófico. Sería falsear la ciencia -aunque así se ha hecho no pocas vecespretender exponer como única explicación científica posible, una teoría que incluye posturas intelectuales meta-científicas. Un científico honrado expondrá con claridad los datos observables y la teoría que los explica, fijando adecuadamente los límites de su interpretación o señalando las ocasiones en que, además de sus datos, hace uso de argumentos no científicos.

El Papa señala, para ejemplificar, aquellas teorías evolucionistas que consideran que el espíritu humano surge de las fuerzas interiores de la materia viva, o que se trata de un simple epifenómeno de la misma. Estos evolucionismos son incompatibles con la doctrina católica, pero no por aceptar la evolución y sus principios científicos -que en si mismos en nada fundamentan aquellas afirmaciones-, sino porque son incapaces de fundar la dignidad de la persona humana e incompatibles con la verdad sobre el hombre (cfr. n. 5).

En resumen, la Iglesia acepta un evolucionismo que se limite a la explicación científica teórica de las observaciones naturales, sin incluir en su hipótesis cuestiones relativas a la creación del mundo o del espíritu del hombre, que son aspectos metafísicos. El momento del paso a lo espiritual no es-por su propia naturalezaobjeto de observación experimental; al investigar el origen del hombre ha de tenerse en cuenta la existencia de una discontinuidad ontológica (cfr. n. 6) respecto a los demás seres materiales. Este salto o ruptura de continuidad repugna a los que estudian la evolución como algo sólo material, pero es necesario aceptarlo como una realidad existencial, aunque escape al análisis físico-químico.

LA APORTACIÓN TEOLÓGICA Más allá de la teoría científica y de las premisas filosóficas, los creyentes tenemos la revelación divina como fuente de conocimiento.

Esta sabiduría enriquece enormemente los planteamientos humanos, respetando la lógica autonomía del intelecto del hombre. Por eso el Papa concluye su discurso haciendo referencia a la vida entendida como don sobrenatural de Dios que Cristo nos comunica. Aquí el término vida, usado por San Juan en sus escritos, encierra la trascendencia propia de la “eterna felicidad divina, comunicada a los hombres por la infinita liberalidad de un Dios que es calificado como Dios vivo, en uno de los más hermosos títulos que le ofrece la Sagrada Escritura (cfr. n. 7).

LO QUE DICE LA CIENCIA El moderno evolucio nismo se EI moderno evolucionismo se caracteriza por englobar en una misma teoría -con diferentes partes- el origen de todo: la materia inerte, la vida y el hombre. Aunque se trate de tres saltos cualitativos, no cabe duda que hay una honda relación entre ellos; no puede explicarse la existencia del hombre sin comprender bien de dónde viene la Tierra, el sistema solar y las galaxias.

Las ecuaciones de la relatividad generalizada (Einstein, 1916) permitían deducir, contra lo que se habla creído hasta el momento, que el universo no es eterno e inmutable, sino que es evolutivo: se expande o se contrae necesariamente. J.B.Lamaître (1927) tuvo por primera vez la intuición de que todo el universo provenla de un único “superátomo, inicial; y E. Hubble comprobó experimentalmente en 1929 que las galaxias estaban en expansión. Un análisis retrospectivo llevó a plantear el origen del universo en un sólo punto inicial, calculable en el tiempo, con una concentración inaudita de energía. G. Gamow (1948) calculó este modelo, que acabó llamándose popularmente el “Big-Bang”.

En 1965, Penzias y Wilson descubrieron casi por casualidad el “ruido de fondo” del universo, predicho por Gamow; lo que comprobó la exactitud de la teoría y les valió el premio Nobel. Esta y otras comprobaciones han llevado a que la casi totalidad de la comunidad científica adopte el modelo del Big-Bang como la hipótesis más probable del origen del universo. Otras teorías -universo estático y universo pulsante- no han podido ser comprobadas.

De aquel “átomo” inicial, hace unos 18.000 millones de años, proviene todo el universo observable.

EL ORIGEN DE LA VIDA. EVOLUCIÓN BIOLÓGICA Diversos experimentos realizados hacia la mitad de siglo, han demostrado la posibilidad de que, en algunos mares de la primitiva Tierra, se sintetizaran los productos de la química orgánica necesarios para la vida. Se supone que en aquellos “caldos” primitivos de materia carbonada y nitrogenada, se sintetizaron los elementos vitales (proteínas y ADN) capaces de reduplicarse y constituir propiamente un ser vivo. Cómo tuvo lugar esta síntesis es todavía un misterio de difícil solución.

Una vez se dieron los primeros vivientes, entró en juego la variabilidad de la molécula de ADN. Las mutaciones, espontáneas o inducidas por agentes naturales (radiactividad, etc.), supusieron millones de cambios bioquímicos, algunos de los cuales fueron provechosos para la vida de sus herederos genéticos.

Lamarck (1809) y Darwin (1859) pusieron las bases para la explicación biológica de la evolución de los seres vivos. La aportación de este último fue hacer entrar en juego la selección natural como factor decisivo en la supervivencia de los mejor adaptados y, en definitiva, en el “progreso” de las formas vitales. El entrecomillado del término progreso se debe a que algunas teorías evolucionistas insisten desproporcionadamente en el papel jugado por la selección natural. Es indudable que en la evolución se ha dado un claro progreso en complejidad y perfección de los seres vivos. Es mucho menos claro que este progreso se dedo sólo a la selección natural: desde un punto de vista filosófico, una selección realizada sobre cambios meramente casuales no explica el avance perfectivo; desde el punto de vista biológico, también parece clara una dirección evolutiva de tacto difícilmente argumentable por la sola ciencia positiva, como veremos.

Hay que hacer notar, además, la importancia crucial de algunos fenómenos imprevisibles, como la extinción catastrófica de determinadas especies, que resultaron providenciales para el desarrollo ulterior de la evolución. En los últimos 500 millones de años se encuentran restos de al menos cinco de estas grandes extinciones; la más conocida es la desaparición de los dinosaurios, hace 70 millones de años, que permitió el desarrollo y actual preponderancia de los mamíferos sobre los reptiles. Quiere esto decir que la trayectoria de la evolución ha sido única e irrepetible, fruto de un “azar” muy especial que ha conducido a la posibilidad de existencia actual del hombre.

LA APARICIÓN DEL HOMBRE. EL PRINCIPIO ANTRÓPICO Es un hecho que el material genético humano (por no hablar del parecido anatómico o fisiológico) coincide en un 98% con el de diversas especies animales. Esto induce a pensar que el cuerpo humano tiene un origen común con el de otros seres vivos. Es improbable que algún día se llegue a encontrar una prueba definitiva de la transformación que dio lugar al cuerpo del hombre; pero los descubrimientos constantes en este campo de la ciencia refuerzan progresivamente la idea de una adaptación evolutiva del mundo animal hasta llegar al hombre.

La trayectoria de la evolución ha sido única e irrepetible, fruto de un “azar” muy especial Las fases de tal adaptación, por lo que hoy se conoce, pueden escalonarse en varios momentos cruciales: un distanciamiento anatómico de la rama evolutiva de los primates, hace unos 2’5 millones de años; la bipedestación (andar erguido sobre dos patas), hace 2-1’5 millones de años; el desarrollo cerebral progresivo, entre un millón y doscientos mil años de antigüedad; la expansión y diferenciación de especies desde Africa hacia Asia y Europa, en sucesivas oleadas, a lo largo de un millón de años; el aprendizaje progresivo de algunas técnicas: golpeado de piedras, tallado de hachas de mano; etc.

Esta lentísima evolución sufre una discontinuidad y una aceleración sin precedentes hace menos de cien mil años. En muy poco tiempo-relativamenteaparece la cultura (arte), la técnica (industrias diversas), la religión (culto a los muertos) y el lenguaje. En menos del 4% del tiempo evolutivo más reciente, el hombre pasa de la nada cultural al nivel actual de pensamiento y dominio de la naturaleza.

En base a esto, y a todo el planteamiento evolutivo del mundo y de la vida, hace ya unas décadas que se abre paso, entre los profesionales de la ciencia, el convencimiento de que el universo entero parece programado para la existencia humana. Se comprueba, resumiendo mucho, que el universo y su evolución han reunido tales características que han hecho posible la existencia en él de vida inteligente; cosa nada fácil, de no coincidir las muchas y diversas circunstancias que han concurrido en nuestro mundo. Según Dicke (1961), la relación de intensidad de las fuerzas elementales de la materia, la edad misma del universo, etc., son tales que difícilmente de otra forma se habría llegado hoy al hombre: es lo que se llama el “Principio Antrópico débil”.

Por otra parte, en 1973, Collins y Hawking hacen notar que sólo un universo con densidad global muy próxima a la crítica, permite la creación de estrellas y galaxias. Carter (1974) añade que cualquier variación mínima en los parámetros iniciales del universo hubiera llevado a condiciones en que seria imposible la evolución hasta el nivel humano. Por tanto, el universo posee, desde su primer instante, las condiciones que permitirán la vida (síntesis del carbono, etc.) y la posible aparición del hombre en algún momento de su historia. Es lo que se conoce como “Principio antrópico fuerte”.

También las características locales de la evolución (masa y condiciones de la Tierra, núcleo de hierro, episodios catastróficos antes reseñados,…), hacen intima la probabilidad de que se reúnan de nuevo las condiciones necesarias para la aparición y desarrollo de la vida hasta el nivel humano, incluso contando con la inmensidad de astros de la Vía Láctea (Carreiras, 1997).

Ante este planteamiento sólo caben dos opciones: o el universo y la Tierra reúnen esas características “por casualidad”. c bien han sido diseñados y programados expresamente para la existencia del hombre. Quienes propician la primera solución, ante la dificultad de que el azar reúna por sí sólo esas condiciones, recurren a la hipótesis de infinitos universos -simultáneos o sucesivos, de los que sólo uno de ellos tiene las características necesarias. Naturalmente, esta teoría no tiene posibilidad de comprobación científica experimental; se trata de una postura intelectual meta-científica que, además, no tiene a su favor ninguna medida o dato observable.

Queda como única solución pragmática la de que el universo ha sido concebido con el fin de servir de asiento a la vida racional. Esto implica, como se ve inmediatamente, introducir en la discusión el concepto de finalidad; el cual escapa a la elaboración científica, pues no es medible, ni cuantificable, ni tiene ecuación que lo exprese. La ciencia, por tanto, debe concluir aquí su exposición, para dejar paso a la elucubración filosófica.

INTELIGENCIA Y CONSCIENCIA La aparición del hombre plantea, además, otro problema de distinto orden: la actividad racional, consciente y libre. El hombre se diferencia de los animales porque utiliza conceptos abstractos; no es capaz simplemente de aprender determinados comportamientos, sino que tiene las posibilidad de relacionar ideas simples- inmateriales-, buscar causas, analizar finalidades, deleitarse en el valor estético o ético de una cosa, etc.; todo lo cual escapa a la actividad sensorial propia del reino animal. Gracias a ello existe la Filosofía, la Poesía y la misma Ciencia; toda la cultura utiliza símbolos arbitrarios y abstractos para comunicar conocimientos e ideas. Además, el hombre es consciente: tiene un yo integrador, sujeto de sus actividades y capaz de reflexionar sobre su propio conocimiento (conocer que conoce, frustrarse ante el error, etc.) La física moderna define la materia por sus interacciones con las cuatro fuerzas elementales. Ningún efecto de esas fuerzas tiene como consecuencia el pensamiento, la abstracción o la consciencia. No hay medida cuantitativa para calibrar el valor artístico o la implicación ética. Las mismas neuronas y corrientes cerebrales no son conscientes de si mismas; y si cada una no lo es, el conjunto -simplemente como conjunto- tampoco puede serlo. El pensamiento no es una secreción del cerebro: no hay dato científico en que apoyarse para asegurarlo. Quienes defienden una postura materialista de la razón humana, lo hacen por la idea preconcebida de que sólo existe la materia; lo cual no es un dato científico, sino un prejuicio filosófico, bastante inseguro por lo demás.

Añadida a las cuatro fuerzas elementales que definen la materia, en el hombre está presente una “quinta fuerza”, no reducible a las anteriores, que se expresa en el pensamiento. Este componente novedoso del hombre se ha llamado, desde hace siglos, espíritu. Decir que el espíritu puede “emerger” de la materia, o que se reduce a una materia más organizada, son afirmaciones gratuitas. Ningún dato ni análisis científico justifica un reduccionismo así.

No cabe tampoco atribuir -como hacen algunos- la aparición de la inteligencia al desarrollo del lenguaje. Más bien lo lógico es lo contrario: el lenguaje es fruto de determinados órganos anatómicos, usados por alguien que sabe algo y desea trasmitirlo.

La ciencia, pues, debe terminar aquí su aportación a la aparición del hombre: constatando la existencia del espíritu y reconociendo que, con el método científico, no puede llegar a más. Es la hora, de nuevo, de dejar paso a la filosofía.