Una pistola y dos hombres frente a Dios

Sucedió hace bastantes años en un campo de concentración en Francia. Había en él muchos refugiados españoles. Un sacerdote solía subir al estrado y explicaba a su auditorio temas de religión.Un día les habló de Dios y de su existencia. Cuando terminó el sacerdote de explicar sus ideas, preguntó al auditorio si alguno quería exponer algo.

Se oyó la voz de un refugiado gritando su disconformidad. El ateo subió al estrado y dijo al auditorio: “No estoy conforme con lo que ha dicho el sacerdote. Yo digo que Dios no existe. Y lo voy a probar. Aquí está mí reloj. Si Dios existe, le doy un plazo de cinco minutos para que me mate. Faltan cuatro minutos. Faltan tres minutos. Faltan dos minutos. Falta un minuto. No falta nada. El Dios de este sacerdote no existe”. Al acabar de hablar el incrédulo, sus partidarios le vitorearon. Le pasearon en hombros por el campo de concentración. El sacerdote quedó sin saber qué hacer. De repente tuvo una idea luminosa. Y dirigiéndose a la multitud de incrédulos y de creyentes les dijo. “Señores, no he terminado aún. Invitó al incrédulo a subir al estrado. El sacerdote pidió una pistola cargada. Un hombre le entregó el arma. Se hizo un silencio profundo. Todos estaban intrigados. Él sacerdote le dijo al incrédulo: “Ahí tiene esta pistola. No le hace falta más que darle al gatillo. Le concedo cinco minutos para que me mate. Faltan cuatro minutos. Faltan tres minutos. Faltan dos minutos. Falta un minuto. No falta nada.

Luego usted no existe. ¿Qué les parece a ustedes?” El rostro del sacerdote y el de su contrincante estaban pálidos. El incrédulo le dijo: “¿Cómo voy a matar yo a usted que tanto bien me ha hecho? El sacerdote le contestó: “Dios le ha hecho a usted muchos más favores que yo y es mucho más misericordioso con los hombres que usted ha sido conmigo. Usted me ha respetado la vida cuando yo le pedía que me matara, como Dios se la ha respetado a usted cuando le retaba a que se la quitara”. La escena fue de gran emoción. Dios recompensó el heroísmo del sacerdote que expuso su vida por El, haciendo que se convirtiera a la fe católica aquel incrédulo que unos momentos antes negaba a Dios.

La primera palabra a través del océano

En miles y acaso centenares de miles de años, desde que el extraño ser llamado hombre pisa la tierra, no ha existido otra medida máxima de la traslación humana que el correr del caballo, el girar de las ruedas y la velocidad alcanzada por embarcaciones a remo o a vela. La plétora del progreso técnico dentro del estrecho espacio iluminado por la conciencia que llamamos historia mundial, no produjo un aceleramiento sensible del ritmo de los movimientos. Los ejércitos de Wallenstein apenas adelantaron más rápidamente que las legiones de César ni se precipitaron más velozmente los ejércitos de Napoleón que las hordas de Gengis Khan. Las corbetas de Nelson atravesaron el mar muy poco más ligeras que los botes piratas de los vikingos y las embarcaciones mercantes de los fenicios. Lord Byron no cubre en su viaje de Childe Harold más millas diarias que Ovidio en su camino al exilio, ni viaja Goethe en el siglo XVII mucho más cómoda o aceleradamente que el apóstol Pablo al comienzo de nuestra era. En tiempos de Napoleón, los países estaban invariablemente alejados unos de otros en el espacio y en el tiempo como bajo el Imperio romano; sigue triunfante la resistencia de la materia sobre la voluntad humana.

Sólo en el siglo XIX cambia fundamentalmente el ritmo y la medida de la velocidad terrestre. En el primero y segundo decenios, los pueblos y países se aproximan con más rapidez que antes en milenios. Gracias al ferrocarril y al buque a vapor, los viajes de muchos días se reducen a un solo día de duración; las hasta entonces interminables horas de viaje se cubren en cuartos de hora y en minutos. Aun cuando este aceleramiento debido al ferrocarril y al vapor impresionó triunfalmente a sus contemporáneos, tales inventos no escapan a la zona de la comprensión humana. Esos vehículos quintuplican, decuplican y multiplican por veinte las velocidades conocidas hasta entonces, y tanto la mirada exterior como el sentido interior pueden seguirlas y explicarse el milagro aparente. Pero los primeros efectos de la electricidad aparecen completamente inesperados por sus consecuencias. Un nuevo Hércules destroza ya en la cuna todas las medidas valederas y anula todas las leyes en vigor hasta entonces. Nunca podremos imaginamos el asombro de la generación testigo de los primeros resultados obtenidos por el telégrafo, esa sorpresa entusiasta y formidable por que la chispa eléctrica, que ayer todavía apenas si cubría la distancia de una pulgada entre la botella de Leyden y el nudillo, adquiere de pronto una fuerza demoníaca que le permite saltar países, montañas y continentes enteros. Asombra a aquella gente el hecho de que la idea apenas concebida, la palabra escrita, que no se ha secado aún, pueda ser recibida, leída, comprendida, en el mismo segundo, a miles de millas de distancia, y que la corriente invisible entre los dos polos de la minúscula columna voltaica pueda ser extendida sobre toda la Tierra, de un polo al otro; que el juguete de los físicos, ayer mismo sólo capaz de atraer, por la fricción de un vidrio, unos trocitos de papel, pueda ser aumentado y equivaler a millones y miles de millones de energías humanas y velocidades, llevando mensajes, moviendo trenes, iluminando casas y calles, Botando invisible por los aires, como Ariel. Sólo este invento ha producido la más decidida mutación de la relación temporal y espacial desde la creación de la Tierra.

El histórico año de 1837, en cuyo transcurso el telégrafo permite la simultaneidad de la hasta entonces aislada experiencia humana, muy pocas veces se halla registrado en los textos escolares, que desgraciadamente, consideran más importante la narración de guerras y victorias de generales y naciones aisladas que los triunfos verdaderos, por ser colectivos, de la humanidad. Y, sin embargo, no hay en la historia moderna una fecha de mayor trascendencia psicológica que esa renovación del valor del tiempo. El mundo ha cambiado desde que resulta posible saber simultáneamente en París lo que acontece en Amberes, Moscú, Nápoles y Lisboa en el mismo minuto. Sólo falta dar un último paso para incluir también a los demás continentes en aquella magnífica comunidad y para crear una conciencia colectiva de la humanidad entera.

Pero la naturaleza se resiste todavía a esa unión definitiva, le opone un obstáculo, y durante dos décadas más quedan excluidos de aquella red los países separados por el mar. Pues mientras la chispa se propaga sin traba, gracias a los aisladores de porcelana colocados en los postes telegráficos, el agua absorbe la corriente eléctrica. Es imposible dirigirla a través del mar en tanto no se haya inventado un recurso para aislar totalmente los hilos de hierro y cobre en el líquido elemento.

En tiempos de progreso, un invento da la mano felizmente al otro. Pocos años después de la implantación del telégrafo continental se descubre la gutapercha, el material más indicado para aislar las conducciones eléctricas en el agua. Entonces puede empezarse a empalmar al país más importante allende el continente, Inglaterra, con la red telegráfica europea. Un ingeniero de apellido Brett coloca el primer cable en el mismo lugar en que más tarde Blériot habrá de lanzarse a cruzar el canal de la Mancha en avión. Un torpe incidente malogra el éxito inmediato, porque un pescador de Boulogne, creyendo haber pescado una anguila singularmente grande, arranca el trozo de cable ya colocado. El 13 de noviembre de 1851 una segunda tentativa da el resultado apetecido. Desde entonces Inglaterra queda empalmada, y con ello Europa se transforma en la verdadera Europa, un ente que vive todos los acontecimientos de la época con un solo cerebro y un solo corazón simultáneamente.

Tan enorme éxito obtenido en tan pocos años -pues ¿qué significa una década sino un abrir y cerrar de ojos en la historia de la humanidad?- forzosamente ha de dar a aquella generación un coraje infinito. Todo cuanto se ensaya consigue éxito en un tiempo inimaginablemente breve. Al cabo de unos pocos años Inglaterra está unida a su vez con Irlanda, Dinamarca con Suecia, Córcega con el continente, y ya se sondea la posibilidad de extender la red a Egipto y luego a la India. Pero un continente, el más importante, parece condenado inmediatamente después a quedar eternamente excluído de esa cadena universal: América. ¿Cómo habría de abarcarse con un solo cable el océano Atlántico o el Pacífico, cuya inmensa extensión se opone a la instalación de estaciones intermedias? Por aquellos años de infancia de la electricidad todos los factores son ignorados todavía. Nadie ha medido la profundidad del mar, y sólo se tienen nociones poco exactas respecto a la estructura geológica del océano. No se ha hecho ningún ensayo que permita saber si un cable colocado a semejante profundidad logrará soportar el peso de ingentes masas de agua. Y aun en el caso de que fuese técnicamente posible depositar tal cantidad de cable con seguridad en aquellas profundidades, ¿dónde hay un barco suficientemente grande como para transportar la carga de hierro y cobre constituida por uno de dos mil millas de largo? ¿Dónde hay una dínamo de fuerza suficiente como para enviar una corriente eléctrica a través de una distancia que en vapor se cubre en dos o tres semanas? Faltan todas las premisas. Aún se ignora si en la profundidad del océano existen corrientes magnéticas que puedan desviar a las eléctricas; faltan todavía un aislamiento eficaz y aparatos de medición adecuados. Sólo se conocen las leyes primitivas de la electricidad, que acaba de abrir sus ojos después de su secular sueño de inconsciencia. En cuanto alguien menciona el proyecto de un cable transoceánico, los entendidos lo rechazan resueltamente con un “imposible, absurdo”. Los técnicos más atrevidos admiten que “quizá más tarde” pueda pensarse en semejante empresa. El mismo Morse, a quien el telégrafo de entonces debe su mayor perfeccionamiento, considera tal proyecto como una empresa incalculablemente audaz, pero agrega, profético, que en el caso de realizarse efectivamente la colocación de un cable trasatlántico, este hecho sería el más glorioso del siglo: the great feat of the century.

Para que se realice un milagro, o algo milagroso, siempre ha sido preciso como primera condición que alguien tenga fe en el milagro. El valor ingenuo de un hombre sin experiencia puede dar el impulso creador, precisamente en ocasiones en que los entendidos titubean. También en este caso es una simple casualidad la que genera la empresa grandiosa. Un ingeniero inglés, de nombre Gisborne, que en el año 1854 está dedicado a la tarea de colocar un cable entre Nueva York y el extremo Este de América, Terranova, gracias al cual las noticias lleguen unos días antes que los vapores, tiene que interrumpir su tarea apenas realizada la mitad de su proyecto, debido a que se han agotado sus recursos financieros. Se dirige entonces a Nueva York “en busca de capitalistas. Se encuentra, gracias a la casualidad, madre de tantos hechos famosos, con un joven de nombre Cyrus W. Field, hijo de un pastor, quien ha progresado en sus negocios tan rápida y grandemente que, siendo muy joven todavía, ha podido retirarse a la vida privada con una gran fortuna. Este desocupado, demasiado joven y enérgico para permanecer inactivo, es el hombre a quien Gisborne trata de conquistar para la terminación del cable entre Nueva York y Terranova. Cyrus W. Field -casi se diría, felizmente- no es un técnico, un entendido. Desconoce los secretos de la electricidad, jamás ha visto un cable. Pero en la sangre del hijo del pastor está mezclada una confianza apasionada, y como norteamericano posee una enérgica audacia. Y mientras el ingeniero y perito Gisborne no considera sino el fin inmediato, la unión de Nueva York con Terranova, el joven, lleno de entusiasmo, ve mucho más lejos. ¿Por qué no extender ese mismo cable y comunicar Terranova, mediante un cable submarino, con Irlanda? Y con una energía dispuesta a vencer cualquier obstáculo -en esos años realizó treinta y una veces el viaje a través del océano, de un continente a otro-, Cyrus W. Field pone manos a la obra, férreamente resuelto a dedicarla desde ese momento todo lo que tiene dentro de sí y a su alcance. Con ello ya se ha producido el fenómeno gracias al cual una idea recibe la fuerza explosiva necesaria para su realización. La nueva fuerza milagrosa, la electricidad, se ha mezclado con el elemento dinámico más fuerte de la vida: la voluntad humana. Un hombre ha encontrado su misión vital, y una misión ha encontrado a su hombre.

Los preparativos Cyrus W. Field comienza su actuación con una energía increíble. Toma contacto con los hombres del oficio, importuna a los Gobiernos solicitando concesiones, lleva a cabo en ambos continentes una campaña para reunir los capitales necesarios, y es tan grande el impulso que irradia de ese hombre, tan apasionada su convicción interior, tan potente la fe en la nueva fuerza milagrosa de la electricidad, que en el término de pocos días queda totalmente suscrito, en Inglaterra solamente, el capital inicial de 350.000 libras esterlinas. Resulta suficiente invitar a los comerciantes más ricos de Liverpool, Manchéster y Londres para fundar la Telegraph Construction and Maintenance Company, para que afluya el dinero. Entre los suscriptores figuran también los nombres de Thackeray y lady Fyron, que quieren fomentar la empresa por entusiasmo moral y sin interés pecuniario. Nada simboliza mejor el optimismo ambiente para la técnica y la máquina que animaba en Inglaterra a los grandes ingenieros en los tiempos de Stevenson y Brunel, que el hecho de que un solo llamamiento baste para poner tan enorme cantidad de dinero a disposición de una obra enteramente fantástica, y a fondo perdido.

El costo aproximado de la colocación del cable es casi el único que puede calcularse en la empresa. No existe precedente alguno para su realización técnica, ya que en el siglo XIX jamás se ha pensado ni proyectado nada en tales dimensiones. No es posible comparar la tarea de tender un cable a través del océano con la de tirar otro entre Dover y Calais, a través de una franja relativamente estrecha de agua. En este caso bastaba desdevanar, desde la cubierta de un simple vapor a paleta, treinta o cuarenta millas de cable que se desarrollaban despaciosamente como el cable de un ancla. Cuando se trataba de colocar el cable en el Canal, podía esperarse tranquilamente un día de bonanza, aparte de que se conocía exactamente la profundidad del fondo del mar y se estaba siempre a la vista de las dos orillas, a resguardo de toda contingencia peligrosa. Así, la unión pudo establecerse cómodamente en el término de un día. Pero en una distancia que supone por lo menos tres semanas de viaje ininterrumpido, un cable cien veces más largo y cien veces más pesado no puede quedar expuesto en la cubierta de un barco a todas las inclemencias del tiempo. Por otra parte, ningún barco de aquel tiempo es suficientemente grande como para contener en sus bodegas el gigantesco capullo de hierro, cobre y gutapercha, y ninguno tan poderoso como para soportar su peso. Hacen falta, por lo menos, dos vapores que, a su vez, deben ir acompañados por otros, que han de mantener el rumbo más corto y prestar auxilio en caso de accidente. El Gobierno inglés pone a disposición de la empresa uno de sus buques de guerra más grandes, el Agamemnon, que luchó como nave capitana frente a Sebastopol; y el Gobierno norteamericano presta el Niágara, una fragata de cinco mil toneladas (el desplazamiento máximo de la época). Pero hace falta reformar completamente los dos buques para poder emplazar en ellos la mitad de la interminable cadena que debe unir dos continentes. El problema principal lo sigue constituyendo, sin embargo, el cable mismo. Ese cordón umbilical entre dos continentes ha de responder a exigencias inconcebibles: debe ser resistente e irrompible como una jarcia de acero, y al mismo tiempo ha de ser elástico para ser devanado con facilidad; debe resistir cualquier presión, soportar cualquier carga y, sin embargo, correr al mismo tiempo con la facilidad de un hilo de seda; tiene que ser macizo y no demasiado relleno; sólido, y, sin embargo, bastante exacto para permitir que la menor onda eléctrica oscile a través de él a lo largo de dos mil millas. La menor rotura, la más mínima desigualdad en cualquier parte del cable gigantesco puede impedir la transmisión por una vía que cubre un trayecto igual a quince días de viaje marítimo. Y se hace un ensayo. Las fábricas tejen día y noche, y la voluntad demiúrgica de un solo hombre pone en movimiento todas las ruedas. Se gastan montañas de hierro y cobre en la fabricación del cable, y por él han de sangrar bosques enteros la goma para proporcionar el revestimiento de gutapercha de tan enorme distancia. Nada revela más evidentemente las proporciones estupendas de la empresa que el hecho de que en un solo cable tengan que entretejerse trescientas sesenta y siete mil millas de diferentes alambres, trece veces más de lo que bastaría para abarcar el mundo y suficiente para unir a la Tierra con la Luna. Desde la construcción de la torre de Babel la humanidad no ha osado, en materia técnica, nada igualmente grandioso.

La primera partida Durante un año zumban las máquinas, e incansablemente pasa el alambre como un hilo delgado y corriente de las fábricas al interior de los dos buques, y después de miles y millones de vueltas, está enrollada la mitad del cable en cada buque. Ya están construidas y montadas también las nuevas máquinas que, provistas de frenos y dispositivos de retroceso, han de desdevanar ahora en una, dos o tres semanas, el cable, ininterrumpidamente, hacia las profundidades del mar. Están reunidos a bordo los mejores electricistas y técnicos, entre ellos el mismo Morse, llamados a comprobar con sus aparatos si durante la colocación del cable la corriente sufre interrupción. Integran la flota reporteros y dibujantes para describir con palabras y dibujos la partida más emocionante desde las de Colón y Magallanes. Finalmente, todo está listo para el viaje, y si hasta entonces los incrédulos estaban en mayoría, se interesa ahora Inglaterra entera, apasionadamente, en la empresa. Centenares de pequeños botes y embarcaciones rodean, el 5 de agosto de 1857, en el pequeño puerto irlandés de Valentia, a la flota portadora de los cables, para presenciar el momento histórico en que un cabo del cable es llevado en bote a la playa e incrustado en la tierra firme europea. La despedida se transforma espontáneamente en una gran solemnidad. El Gobierno envía a sus representantes, se pronuncian discursos, y en una alocución conmovedora, el sacerdote pide la bendición divina para la audaz empresa. “Dios eterno -exclama-, Tú que eres el único que extiendes los cielos y dominas la agitación de los mares; Tú a quien obedecen los vientos y las aguas, mira misericordioso a estos servidores tuyos… Manda y detén con tu mandamiento todo obstáculo, aparta toda resistencia que pueda impedir la realización de esta importante obra.” Y luego, desde la playa y el mar, se mueven saludando miles de manos y sombreros. Paulatinamente la Tierra va hundiéndose en la penumbra. Uno de los sueños más osados de la humanidad trata de convertirse en realidad.

Revés Originariamente se había proyectado conducir los dos barcos grandes, el Agamemnon y el Niágara, cada uno de los cuales lleva la mitad del cable, conjuntamente hasta un punto prefijado en medio del océano, y sólo en este punto proceder al remache de las dos mitades. Uno de los barcos debía seguir hacia el Oeste, en dirección a Terranova, y el otro al Este, hacia Irlanda. Pero luego parecía demasiado arriesgado exponer todo el valioso cable en esta primera tentativa, y se resolvió colocar la primera parte desde tierra firme, sin saberse con exactitud si tal transmisión telegráfica submarina realmente funcionaría como se esperaba, a través de tan grande distancia. Se destinó el Niágara a colocar el cable desde tierra firme hasta el medio del océano. La fragata americana viajaba despacio, cautelosamente, dejando tras sí el cable como una araña va dejando su filamento, sin interrupción. La máquina devanadora trabaja regularmente, y el ruido que produce es el mismo que los marineros conocen de siempre: el del cable a cuyo extremo se baja el ancla. Al cabo de pocas horas, los tripulantes ya no advierten ese rumor regular que les resulta tan natural como el latido de sus propios corazones y prosigue el viaje mar adentro, y continuamente se hunde el cable en la estela del buque. Esta aventura no parece, en realidad, tener nada de aventurero. Pero en un camarote aparte están reunidos los electricistas, que atienden sin interrupción a sus aparatos e intercambian continuamente signos con la tierra firme de Irlanda. Maravillosamente, a pesar de que no se ve la costa desde hace mucho tiempo, la transmisión por medio del cable submarino funciona tan claramente como el entendimiento entre dos ciudades europeas. Ya la expedición ha salido de las aguas poco profundas y se ha llegado al llamado plano profundo, detrás de Irlanda, y aun cuando el barco le ha cruzado, el cordón metálico sigue desdevanándose regularmente como la arena de un reloj, remitiendo y recibiendo mensajes, simultáneamente.

Ya se han colocado trescientas treinta y cinco millas de cable, más que el décuplo de la distancia entre Dover y Calais; ya han pasado dos días y dos noches desde la primera inseguridad, y a la tercera noche, el 8 de agosto, Cyrus W. Field busca por primera vez un bien justificado descanso después de muchísimas horas de trabajo y emoción. Entonces, de repente -¿qué sucedió?-, se interrumpe el ruido martilleante. Y así como el durmiente se levanta sobresaltado en el tren cuando la locomotora se detiene inesperadamente, o como el molinero salta de su cama cuando de repente se queda parada la rueda del molino, del mismo modo despiertan en el acto los tripulantes y se abalanzan sobre la cubierta. La primera mirada a la máquina revela que el tambor está vacío. El cable escapó repentinamente al malacate. Fue imposible retener el cabo escapado, y más imposible todavía encontrarlo ahora en la profundidad del mar y recobrarlo. Sucedió lo más terrible. Un insignificante error técnico había malogrado el trabajo de años. Los que salieron tan audaces, regresan como vencidos a Inglaterra, donde el repentino cese de todo signo y señal se adelantó a la terrible noticia.

Otro revés Cyrus W. Field, el único que queda inconmovible, héroe y a la vez comerciante, hace un balance ¿Qué se ha perdido? Trescientas millas de cable, alrededor de cien mil libras de capital, y, lo que más le aflige, posiblemente, un año entero, éste sí irrecuperable. La expedición sólo puede esperar buen tiempo en verano y ya la estación está demasiado adelantada. En el otro platillo de la balanza se registra una pequeña ganancia. Esta primera tentativa ha dejado una buena experiencia práctica. El cable ha resultado útil y se puede guardar para la próxima expedición. Sólo hace falta reformar la máquina devanadora que causó la desdichada rotura. Así pasa un año en preparativos y en larga espera. Sólo el 10 de junio de 1858 los buques pueden reiniciar el viaje, con renovado valor y cargando el viejo cable. Como la transmisión de signos eléctricos funcionó perfectamente durante el primer viaje, se volvió al primitivo proyecto, y se dispuso que se iniciase la colocación del cable en medio del océano, tendiéndolo simultáneamente hacia los lados opuestos. Los primeros días del nuevo viaje pasan sin que suceda nada digno de mención. Sólo al séptimo día debe comenzar en el lugar preestablecido la colocación del cable, y con ello el verdadero trabajo. Hasta entonces el viaje es, o parece ser, un paseo. Las máquinas descansan, los marineros están desocupados y pueden gozar del buen tiempo; el cielo está limpio y calmo; demasiado en calma, quizá, está el mar. Pero al tercer día, el capitán del Agamemnon siente una secreta inquietud. El barómetro le demuestra que la columna de mercurio bajó con una rapidez alarmante. Debe estar preparándose una tormenta singular, y, efectivamente, al cuarto día se desencadena una tempestad como ni los marineros más probados han vivido pocas veces en el océano Atlántico. Este huracán es singularmente fatal para el buque inglés, el Agamemnon. Es de por sí un vehículo excelente que ha superado las más duras pruebas en todos los mares y aun en la guerra, y por eso el buque almirante de la marina inglesa debería resistir también este temporal. Pero por desdicha el buque ha sido completamente reformado para poder llevar la enorme carga del cable. No es posible distribuir el peso regularmente, como en cualquier buque mercante, sino que toda la carga pesa en el medio, y solamente una pequeña parte ha sido guardada en la proa, lo que tiene por consecuencia, peor todavía, que el movimiento de péndulo se duplique cada vez que la proa emerge o se hunde. Debido a ello la tempestad hace un juego peligrosísimo con su víctima, levantando el barco hacia izquierda y derecha, adelante y atrás, hasta un ángulo de 45 grados, mientras las olas inundan la cubierta y todos los objetos quedan destrozados. Y nueva fatalidad. Uno de los terribles golpes que estremecen al buque desde la quilla hasta el mástil destruye el depósito de carbón improvisado sobre la cubierta. La masa cae como un granizo negro sobre los marineros, ya sangrantes y exhaustos. Algunos quedan heridos por el golpe, otros por los calderos que se vuelcan en la cocina. Diez días dura la tempestad; un marinero se ha vuelto loco y ya se piensa en una medida extrema: echar por la borda una parte de la fatídica carga del cable. Afortunadamente, el capitán se resiste a tomar sobre sí semejante responsabilidad y, al fin, resulta tener razón. Después de indecibles pruebas, el Agamemnon resiste el temporal de diez días, y a pesar de su gran atraso encuentra a los demás barcos en el sitio fijado, en medio del océano, donde debe iniciarse la colocación del cable. Sólo entonces se comprueba el daño que ha sufrido la valiosa y sensible carga de los alambres mil veces entrelazados, a consecuencia del constante balanceo. Los alambres han quedado enredados en distintos lugares, y la cobertura de gutapercha está rota o desgastada por él roce. A pesar de todo, se hace una tentativa de colocar el cable, aunque con escasa confianza, pero se comprueba entonces que sólo se han perdido unas doscientas millas de cable, que desaparecen inútiles en el mar. Por segunda vez, hay que darse por vencidos y regresar sin gloria en vez de triunfantes.

El tercer viaje Los accionistas, enterados de la noticia fatal, esperan en Londres con los rostros demudados a su conductor y seductor Cyrus W. Field. En estos dos viajes se ha perdido la mitad del capital de la sociedad anónima, sin que por otra parte hubiera quedado probada o realizada cosa alguna. Es comprensible que la mayoría diga ahora: “Basta!” El presidente aconseja que se salve lo que pueda salvarse. Propone que se retire de los barcos el resto del cable inutilizado, para venderle, si fuese menester, a menos de su costo y poner fin en seguida a este terrible proyecto de abarcar el océano. El vicepresidente comparte su opinión y envía su dimisión por escrito, para manifestar así que no desea intervenir más en esta empresa absurda. Pero la tenacidad y el idealismo de Cyrus W. Field son inconmovibles. Declara que no se ha perdido nada, que el cable ha resistido brillantemente la prueba y que a bordo queda cantidad suficiente para repetir el ensayo, aparte de que la flota está reunida y comprometida la tripulación. El temporal extraordinario del último viaje permitía, por otra parte, presagiar un período de hermosos días de bonanza. Valor una vez más, y más valor! Aduce que ahora se presenta la única y última oportunidad para realizar una tentativa decisiva. Los accionistas se miran unos a otros, cada vez menos seguros. ¿Deberían confiar realmente a este loco el resto del capital invertido? Pero como una firme voluntad siempre arrastra finalmente a los indecisos, Cyrus W. Field impone por fuerza la resolución de que se inicie ese nuevo viaje. El 17 dejulio de 1858, cinco semanas después del segundo viaje desdichado, la flota abandona por tercera vez el puerto inglés y nuevamente se confirma la vieja experiencia de que las cosas decisivas casi siempre se logran en secreto. Esta vez la partida se realiza casi sin ser notada. No hay botes ni barcas que giren alrededor de los buques deseando felicidad, ninguna multitud se reúne en la playa, no se ofrece banquete de despedida alguno, nadie pronuncia discursos, ningún sacerdote implora la ayuda divina. Los barcos parten silenciosos, casi atemorizados, como si se dieran a una empresa de piratería. Pero el mar los espera, gentil. En la fecha prefijada, el 28 de julio, once días después de la salida de Quetown, el Agamemnon y el Niágara pueden iniciar la tarea en el punto convenido, en medio del océano. Extraño espectáculo: los buques se colocan popa contra popa. Entre uno y otro se refunden los cabos del cable. Sin formalidad alguna, más aún, sin que los tripulantes demostrasen mayor interés por el suceso (están cansados de tentativas infructuosas), el cable de cobre y hierro se hunde entre los dos barcos hasta la mayor profundidad del océano, no explorado todavía con plomada alguna. Sigue todavía una salutación de bordo a bordo, de bandera a bandera, y el barco inglés toma rumbo a Inglaterra, el norteamericano a América. Mientras se distancian mutuamente dos puntitos móviles en medio del océano, el cable les mantiene continuamente unidos, y por primera vez desde que los hombres tienen memoria dos barcos pueden comunicarse entre sí a través del viento y las olas, el espacio y la distancia, en lo invisible. Cada tantas horas convenidas, un barco comunica con señales eléctricas, que pasan por la profundidad del océano, la cantidad de millas que ha cubierto, y el otro buque confirma que gracias al excelente tiempo ha salvado una distancia igual. Así pasa un día, otro, un tercero y un cuarto. El 5 de agosto, el Niágara puede informar que ya distingue la costa americana de Trinity Bay, Terranova, después de haber colocado unas mil treinta millas de cable, y el Agamemnon triunfa a su vez porque ya ha dejado asegurados en el fondo del mar cerca de mil millas de cable, y distingue la costa irlandesa. Por primera vez llega la palabra humana de país a país, de América a Europa. Pero sólo esos dos buques, los pocos centenares de hombres reunidos a su bordo, saben que se ha realizado la gran hazaña. Todavía lo ignora el mundo, que ha olvidado ya esta aventura. Nadie les espera en la plaza ni en Terranova ni en Irlanda pero en aquel mismo segundo en que el nuevo cable transoceánico queda comunicado con el cable terrestre, la humanidad entera conocerá su imponente triunfo común.

El gran “hosanna” Por bajar este relámpago de la alegría de un cielo completamente limpio, su efecto es portentoso. El Viejo y el Nuevo Mundo reciben casi a la misma hora, en esos primeros días de agosto, la noticia de la obra llevada a feliz término. Su efecto es indescriptible. En Inglaterra, el Times, de ordinario tan reservado, publica un editorial en el que dice: “Desde el descubrimiento de Colón no ha sucedido nada que en forma alguna sea comparable a esta enorme ampliación de la esfera de la actividad humana.” Y la City refleja la mayor emoción. Pero esta alegría orgullosa de Inglaterra parece sombría y tímida en comparación con el entusiasmo huracanado que estalla en Norteamérica al recibirse la noticia. Los negocios quedan interrumpidos, las calles invadidas de gente que pregunta, grita y discute, y de la noche a la mañana, Cyrus W. Field, un hombre desconocido, ha quedado convertido en héroe nacional. Se le compara enfáticamente con Franklin y Colón; toda la metrópoli y otras cien ciudades tiemblan y resuenan esperando ver al hombre a cuya decisión se debe el “enlace de América y el Viejo Mundo”. Pero el entusiasmo no ha llegado todavía a su grado supremo. Sólo se conoce la noticia escueta de que ha terminado la colocación del cable. Queda por saber aún si el cable habla. ¿Ha dado realmente resultado la gran proeza? Magnífico espectáculo: una ciudad entera, todo un país, aguarda y atiende una palabra sola, la primera palabra a través del océano. Se sabe que la reina de Inglaterra será la primera en enviar un mensaje, su felicitación, que se espera cada vez con más impaciencia. Pero pasan días y días, porque un accidente casual ha interrumpido el cableque comunica Nueva York con Terranova, y sólo el 16 de agosto por la tarde llega el mensaje de la reina Victoria a Nueva York.

La comunicación oficial llega demasiado tarde para que los diarios pudiesen publicar la ansiada noticia; sólo es posible informar al público por medio de letreros colocados en las oficinas de telégrafos y en las redacciones, donde súbitamente se aglomeran enormes multitudes. Los vendedores de periódicos tienen que abrirse camino por entre la masa, con los trajes hecho jirones y maltrechos. En los teatros y en los cafés proclaman la buena nueva, y miles de hombres que no acaban de comprender que el telégrafo puede adelantarse en muchos días al buque más rápido, corren hacia el puerto de Brooklyn, donde esperan en vano hasta altas horas de la noche, para saludar al Niágara, el heroico buque de la victoria pacífica. Al día siguiente, los diarios publican jubilosos con grandes títulos la noticia: “El cable funciona perfectamente”, “Todo el mundo loco de contento”, “Extraordinaria sensación en toda la ciudad”, “Ha llegado el momento de celebrar una gran fiesta universal”. Triunfo sin par: desde que los hombres piensan, ninguna idea se ha propagado con su misma velocidad a través del océano. Ya resuenan en las fortificaciones cien disparos de cañón en señal de que el presidente de los Estados Unidos acaba de contestar a la reina. Ahora ya nadie osa dudar. La misma noche del acontecimiento histórico, Nueva York y las demás ciudades quedan iluminadas con decenas de miles de luces Y antorchas. No hay ventana sin iluminación, Y la alegría general no disminuye aun cuando en aquel momento se incendia la cúpula de la municipalidad. El día siguiente trae nueva fiesta. Ha llegado el Niágara y está en la ciudad Cyrus W. Field, el gran héroe. El resto del cable es llevado triunfalmente a través de la ciudad, y la tripulación del buque es objeto de grandes agasajos. Día tras día se repiten las manifestaciones en todas las ciudades hasta el océano Pacífico y el golfo de México, como si América festejase por segunda vez la efemérides de su descubrimiento. Pero no basta con eso. La verdadera marcha triunfal habrá de ser más grandiosa todavía, más soberbia que cuantas haya presenciado jamás el Nuevo Mundo. Los preparativos duran dos semanas, y el 31 de agosto, toda una ciudad celebra a un hombre solo, Cyrus W. Field, como desde los tiempos de los emperadores y césares ningún otro triunfador haya sido agasajado por su pueblo. Ese hermoso día otoñal recorre las calles un desfile que necesita seis horas para llegar de un extremo al otro de la ciudad. Le encabezan unos regimientos del ejército, con sus bandas y banderas; tras ellos siguen por las calles, adornadas y embanderadas, las sociedades corales, los bomberos, los colegios y los veteranos, en interminable sucesión. Todo lo que puede marchar, marcha; todo el que puede cantar, canta; todo el que puede prorrumpir en júbilo, anima su voz. Cyrus W. Field es conducido como un antiguo triunfador en un coche tirado por cuatro caballos; en otro igual le sigue el comandante del Niágara, y en un tercero el presidente de los Estados Unidos; tras ellos siguen el alcalde, los funcionarios y los profesores. No termina la cadena ininterrumpida de discursos, banquetes, desfiles de antorchas; se echan a vuelo las campanas, truenan los cañones y no acaba el júbilo que envuelve al nuevo Colón, al unificador de ambos mundos, al vencedor del espacio, al hombre que en esta hora resulta el más glorioso y más endiosado ser de América, Cyrus W. Field.

El gran “crucifix” Miles y millones de voces gritan jubilosamente ese día. Una sola, la más importante, permanece extrañamente muda durante los festejos: el telégrafo. Es posible que Cyrus W. Field intuya en medio del júbilo la terrible verdad. Sería horrible que fuese el único que supiera que el cable atlántico ha dejado de funcionar precisamente ese día, después de haber registrado en los últimos nada más que unos signos confusos, apenas perceptibles. Nadie sabe aún ni sospecha ese lento fracaso, fuera de los pocos hombres que en Terranova fiscalizan la llegada de los mensajes, y aun ellos titubean días y días, en vista del descomunal entusiasmo, en hacer llegar la amarga novedad a los jubilosos. Sin embargo, llama la atención la escasez de noticias. América había esperado que ahora llegarían a todas horas noticias a través del océano, y en su lugar sólo recibe muy de tarde en tarde alguna vaga y no confirmable información. No pasa mucho tiempo antes de que circule de boca en boca el rumor de que, ansiosos y ambicionando obtener mejores transmisiones, se habían enviado unas cargas eléctricas demasiado fuertes, destrozando con ellas el cable, que de por sí no era suficientemente eficaz. Se alienta aún la esperanza de poder salvar el inconveniente. Pero pronto resulta imposible negar que los signos han llegado cada vez más imprecisos e incomprensibles. Al día siguiente al de los grandes festejos, el 1 de septiembre, no llega a través del mar ningún sonido claro, ninguna oscilación nítida. Nada perdonan los hombres menos que el desengaño después de haberse entusiasmado sinceramente, viéndose defraudados por un hombre de quien esperaban todo. Apenas se comprueba la verdad del rumor respecto al fracaso del tan alabado telégrafo, y la ola apasionada del júbilo se convierte en otra de maliciosa amargura e inculpación contra el inocente culpable, Cyrus W. Field. Se afirma en la City que ha engañado a una ciudad, a un país, al mundo; que él sabía el fracaso del telégrafo, pero que se hacía celebrar egoístamente aprovechando el tiempo para vender entretanto sus acciones con enormes beneficios. Toman cuerpo otras calumnias peores todavía, entre ellas la más extraña quizá, de todas que afirman que el cable atlántico jamás había funcionado, que todos los mensajes habían sido una engañifa, y que el telegrama de la reina de Inglaterra había sido redactado de antemano, sin ser transmitido jamás por el telégrafo trasatlántico. Se rumorea que ninguna noticia había llegado en todo el tiempo claramente a través del mar, y que los directores sólo habían redactado telegramas imaginarios, basados en presunciones y signos aislados. Y se produce un verdadero escándalo. Los que ayer prorrumpieron en los más agudos gritos de júbilo son los mismos que protestan ahora con más vigor. Toda una ciudad, un país entero, se avergüenza de su entusiasmo prematuro y sobreexcitado. Se elige a Cyrus W. Field víctima de esa ira. El hombre que ayer fue considerado héroe nacional, hermano de Franklin y sucesor de Colón, tiene que esconderse como un criminal de quienes fueron sus amigos y admiradores. Un solo día lo ha creado todo, y un solo día lo ha destrozado. La derrota es completa: se ha perdido el capital, se ha perdido la confianza, y como la legendaria serpiente de Midgard, yace el cable inútil en las profundidades del océano, inaccesible a la vista.

Por espacio de seis años el cable permanece olvidado y sin provecho en el mar; durante seis años vuelve a reinar el viejo y frío silencio entre los dos continentes que en un momento histórico palpitaron al unísono. América y Europa, que habían estado unidas un momento, el tiempo preciso para decir unos centenares de palabras, vuelven a estar separadas como desde hace milenios, por una lejanía invencible. El proyecto más audaz del siglo XIX, ayer mismo una realidad, ha vuelto a convertirse en una leyenda, en un mito. Desde luego, nadie piensa en reanudar la obra lograda a medias; la terrible derrota paralizó todas las fuerzas y ahogó todo entusiasmo. La guerra de la Independencia desvía en Norteamérica su interés. En Inglaterra discuten muy de tarde en tarde comités, pero necesitan dos años para dejar constancia, trabajosa y escuetamente, de que, en principio, existe la posibilidad de que funcione un cable submarino. Pero de este informe académico a la realización práctica hay un trecho que nadie se atreve a recorrer.

Todo lo que antes resultaba infinitamente difícil se revela ahora muy simple. El 23 de julio de 1865 el buque mastodóntico abandona el Támesis, llevando a bordo un cable nuevo. Aun cuando fracasa la primera tentativa, y dos días antes de llegar a la meta, el cable se rompe, y el océano insaciable se traga otra vez seiscientas mil libras esterlinas; la técnica ya domina la materia lo suficiente como para no dejarse amilanar. Y cuando, el 13 de julio de 1866, el Great Eastern sale por segunda vez, el viaje se torna triunfal. El cable habla ahora clara e inconfundiblemente a Europa. Dos días después se encuentra el cable viejo, perdido, y dos lazos unen ahora al Viejo Mundo y el Nuevo Mundo, convertidos en uno solo. El milagro de ayer se ha transformado en lo natural de hoy, y desde este momento el mundo responde, como quien dice, a un solo latido de corazón, y oyendo y comunicándose, la humanidad vive una vida simultánea desde un extremo al otro de la tierra, divinamente omnipresente, gracias a su propia potencia creadora y en virtud de su triunfo sobre el tiempo y el espacio, podría constituir ahora para siempre una magnífica unidad, si no la confundiese una y otra vez la manía fatal de malograr incesantemente esa unidad grandiosa, destrozándose a sí misma con los propios medios que le han facilitado el dominio sobre los elementos.

Stefan Zweig

La hora de la verdad sobre la eutanasia

Tim O’Brien escribió en 1990 “Las cosas que llevaban los hombres que lucharon”, una gran novela sobre la supervivencia de un soldado (depende de lo que lleva). En la guerra, la línea que separa la vida de la muerte es más tenue que nunca. Aparte de lo que lleva en la mochila, carga con su memoria, recuerdos, amuletos, fantasmas del pasado, objetos triviales que no le dejan olvidar que hay otra vida más allá de la guerra. En el capítulo “Amigos” habla de cómo Dave Jensen y Lee Strunk se hicieron amigos en el campo de batalla y se confiaron sus vidas, “hicieron el pacto de que si uno de los dos resultaba gravemente herido –como para tener que ir en silla de ruedas-, el otro, automáticamente, se encargaría de liquidarlo. Hablaban en serio. Lo dejaron escrito en un papel, que firmaron junto con un par de compañeros a los que pidieron que hicieran de testigos. Y entonces, en octubre, Lee Strunk pisó una granada de mortero enterrada como si fuera una mina. Le arrancó la pierna derecha hasta la rodilla… Dave Jensen se acercó y se arrodilló junto a Strunk… hubo dudas acerca de si Strunk seguía vivo, pero al fin abrió los ojos y los alzó hacia Dave Jensen. ‘-¡Dios mío!’ –gimió, y trató de alejarse deslizándose y dijo-: ‘¡Por Dios, chico, no me mates!’ –‘Tranquilo’ –dijo Jensen. Lee Strunk parecía mareado y confundido. Se quedó quieto un instante y después hizo un gesto hacia la pierna: -‘En realidad, no es muy grave. No es el fin. ¡Eh, en serio… pueden volver a cosérmela… en serio!’ –‘Es cierto. Me juego algo a que pueden’. –‘¿Lo crees?’ -¿Por supuesto que sí’. Strunk frunció el entrecejo hacia el cielo. Volvió a desmayarse, después despertó y dijo: -‘¡No me mates!’ –‘No lo haré –dijo Jensen. –‘Hablo en serio.’ –‘Por supuesto’. –‘Pero tienes que prometerlo. Júramelo: jura que no me matarás’. Jensen asintió y dijo: ‘-Lo juro’. –Y un momento después llevamos a Strunk al helicóptero. Jensen tendió la mano y le tocó la pierna buena-: ‘Vete tranquilo’ –dijo. Más tarde nos enteramos de que Strunk murió en algún sitio sobre Chu Lai, lo que pareció aliviar a Dave Jensen de un peso enorme”.

Invierno frío

Era otoño, y los indios de una remota reserva preguntaron a su nuevo Jefe si el próximo invierno iba a ser frío o apacible. Dado que el jefe había sido educado en una sociedad moderna, no conocía los viejos trucos indios. Así que, cuando miró el cielo, se vio incapaz de adivinar qué iba a suceder con el tiempo… De cualquier manera, para no parecer dubitativo, respondió que el invierno iba a ser verdaderamente frío, y que los miembros de la tribu debían recoger leña para estar preparados. No obstante, como también era un dirigente práctico, a los pocos días tuvo la idea de telefonear al Servicio Nacional de Meteorología. – ¿El próximo invierno será muy frío? -preguntó. – Sí, parece que el próximo invierno será bastante frío –respondió el meteorólogo de guardia. De modo que el Jefe volvió con su gente y les dijo que se pusieran a juntar todavía más leña, para estar aún más preparados. Una semana después, el Jefe llamó otra vez al Servicio Nacional de Meteorología y preguntó: – ¿Será un invierno muy frío? – Sí – respondió el meteorólogo- va a ser un invierno muy frío. Honestamente preocupado por su gente, el Jefe volvió al campamento y ordenó a sus hermanos que recogiesen toda la leña posible, ya que parecía que el invierno iba a ser verdaderamente crudo. Dos semanas más tarde, el Jefe llamó nuevamente al Servicio Nacional de Meteorología: – ¿Están ustedes absolutamente seguros de que el próximo invierno habrá de ser muy frío? – Absolutamente, sin duda alguna -respondió el meteorólogo- va a ser uno de los inviernos más fríos que se hayan conocido. – ¿Y cómo pueden estar ustedes tan seguros? – Fíjate si va a serlo que los indios están recogiendo leña como locos.

Relato verídico en torno al 11-M

La historia comienza un miércoles de marzo de 2004. Trabajo en Madrid en un conocido banco que tiene filiales por todo el mundo. Aquellos días eran especialmente movidos, pues me ocupaba de un grupo de argentinos con los que ultimaba algunas operaciones. Vino a verme Jorge, un compañero de trabajo a quien conocía de Logroño, en donde habíamos estudiado la Secundaria y el Bachillerato. Me contaba que su novia y él esperaban con impaciencia recibir el piso; la entrega de llaves se había retrasado varias veces, y (aunque una cosa no conllevaba la otra) la boda también habrá sufrido retrasos. Total, que, aunque vivía fuera de Madrid, se había trasladado desde la casa de sus padres (en Alcalá de Henares) a un piso de la familia de la novia en la Castellana. Y vivía con su novia en el mismo piso. Cuando objeté que esa no era la mejor manera de llevar el noviazgo, él me razonó que quería a su novia y que se iban a casar (¿qué más daba, por unos meses?); yo le razoné que la falta de respeto era la una causa clara de tantos matrimonios rotos (cuando el amor falla en la cama, falla en la vida, recuerdo que le dije); que el respeto de ese tiempo hasta la boda, en octubre, iba a hacerle crecer en amor y en madurez… Se fue refunfuñando. Por la noche me llamó: –Santi -me dijo- tienes razón; ya he hablado con Clara y está de acuerdo: mañana me vuelvo a casa de mis padres… ¿Podremos vernos mañana? Yo, contento, me acordé de los argentinos y le dije que iba a estar difícil pues tenía visitantes. –Jorge, después de decírmelo tantas veces he pensado confesarme. ¿Me ayudarás? A mí me salió un “va a estar difícil”; el cuerpo me pedía decirle, ¿es que no te puedes esperar tres días? Pero al final le dije: –Ya hablaremos mañana. Y ahí estaba, a la hora del café. Le dije que me buscara por la tarde. A las seis, me llamó, me excusé delante de mis colegas argentinos y le acompañé a la parroquia a confesarse. Salió con una sonrisa de oreja a oreja y nos fuimos a celebrarlo con un bocadillo de calamares. Nos despedimos en el Parking con un muchas gracias, hasta mañana. Por la mañana los argentinos se retrasaron: les llamé al hotel y me comentaron que no había ningún taxi disponible. Que había habido un brutal atentado en el tren y que todos los taxis estaban trasladando a las víctimas. Aquel día esperé en vano a Jorge: había tomado el trayecto de Alcalá de Henares y fallecido en el atentado. Fui al Ifema, lugar espacioso y lúgubre donde se velaba a las víctimas, y allí me encontré a Clara, desconsolada. La autopsia reveló que la onda expansiva de la explosión le había reventado el bazo. Ambos rezamos ante los restos de Jorge, que había obtenido ese mismo día un pasaje seguro al cielo. La moraleja es que Dios tiene un plan, del que somos parte, aunque no entendamos mucho. Y que, como ni lo sabemos ni lo entendemos, lo mejor es aprovechar todas las oportunidades que tenemos a mano para hacer el bien a los demás. A lo dicho se suma que la muerte no es un castigo, sino una llamada a otra vida, en este caso mejor y para siempre. Firmado, Santi.

El abrazo de una madre

Los equipos de rescate que trabajaban a contrarreloj en las ruinas de la devastada ciudad iraní de Bam no daban crédito a lo que veían sus ojos cuando, bajo los escombros de una vivienda, encontraron con vida a un bebé de seis meses entre los brazos de su madre, la cual había fallecido en el terremoto.

Cuando las esperanzas por encontrar supervivientes comenzaban a desaparecer se hizo la luz. «La encontramos por la mañana entre los brazos de su madre y su estado de salud era bueno», comentó un miembro de la Media Luna Roja encargado de las labores de rescate.

Según los voluntarios, el abrazo protector de la madre protegió a la niña de la caída de escombros y salvó su vida.

Diario La Razón, XII.03

También los hombres lloran los abortos

La conocí en mi oficina, era una muchacha con unos años menos que yo; y sin ser una belleza, no era fea; y además con una bonita figura, simpática, y muy atractiva. También goza de gran inteligencia. Yo la admiraba porque también era muy eficiente en su trabajo. Nunca pasó por mi mente el tener algo que ver con ella. Además, nunca había sido infiel a mi esposa, quizá porque siempre he sido muy hogareño.

Sin embargo las circunstancias se dieron cuando las cosas del trabajo cambiaron, y lo que pareció un resbalón accidental de ella –que ahora pienso no fue tan accidental–, nos obligó a afianzarnos uno al otro. De ahí en adelante surgieron ciertas ideas en mi mente que poco a poco se fueron haciendo realidad, hasta que un día, cegados por la locura, ni yo ni ella nos detuvimos.

Un par de semanas más tarde me informó del posible embarazo, y poco después lo confirmábamos con los contundentes análisis clínicos. Empezó la zozobra para determinar qué hacer. Finalmente llegamos a la decisión del aborto.

Me atreví a consultar solamente con dos personas, un amigo, y un sacerdote; el amigo no apoyó esa decisión pero me informó donde había un consultorio que con menos riesgos podría efectuarse. El sacerdote me advirtió de las consecuencias morales de tal medida, sin embargo, nos dimos prisa y la decisión se llevó a la práctica.

Desconozco si anteriormente ella ya había hecho lo mismo, pero lo dudo porque vi y sentí lo tremendamente traumático que le resultó; tardó en reponerse y yo contribuí en lo que pude en su recuperación psíquica. Cuando acudí a confesarme el sacerdote estaba bastante triste por lo sucedido, y me aconsejó que no la siguiera viendo.

De veras que lo intenté, incluso hice trámites para que ser trasladado profesionalmente. En lugar de cambiarnos, por las nuevas condiciones de trabajo, se nos dieron mayores facilidades de estar juntos. Por entonces investigué un poco, y supe que ella se veía también con otra persona. Hablé con ella para decirle que no nos veríamos más. Para mi sorpresa, no lo aceptó; al contrario, prometió dejar al otro y expuso muchas razones; me dejé convencer. No estaba enamorado de ella, ni siquiera sé cómo llamarlo, creo que estaba enredado. De manera que verla y tratarla, era formidablemente disfrutado por mí, pero en mi interior se desgarraba mi mente y mi espíritu. Después de ella hubo otras mujeres: el tabú se había roto, y me di cuenta de que era un vicio, igual que otros difíciles de dejar.

Ahora no sé qué decirme ni a mí mismo en mis propias tribulaciones, que no son pocas. Estoy bastante seguro si digo que no pasa un día sin que me acuerde de esa decisión y me lamente, y me lo recrimine, y pida perdón a Nuestro Señor. La relación actual con mi esposa nunca fue peor; y aunque mis hijos me siguen respetando y escuchando, sé que ahora lo hacen por lo que les enseñamos antes. Son escasas las personas que disfrutan de una conversación conmigo, sólo lo ordinario. Y me pregunto ¿Por qué habrá quienes, incluso siendo médicos, ven el engaño como algo perfectamente normal? Cómo lamento que ya no tenga yo la capacidad de dar consejos. Cómo añoro esa tranquilidad interior que me hacía sentir tan bien aun en las situaciones más difíciles. Cómo me duele haber tenido y perdido esa paz interior que me hacía sentir y gozar la intensidad de la vida y del amor. ¡Creo que estoy describiendo la pérdida de la gracia! Esto equivale a perder una parte del corazón y de la existencia. Y lo peor ¡aún no encuentro como reparar ese daño! Todo tiene su precio, ¡lo sabía! Y ahora ya lo estoy comprobando. Tenía el Cielo en la tierra y lo perdí.

Autor anónimo Publicado en PUP 13.VI.01

Un elefante atado

Un día un niño vio como un elefante del circo, después de la función, era amarrado con una cadena a una pequeña estaca clavada en el suelo. Se asombró de que tan corpulento animal no fuera capaz de liberarse de aquella pequeña estaca, y que de hecho no hiciera el mas mínimo esfuerzo por conseguirlo. Decidió preguntarle al hombre del circo, que le respondió: “Es muy sencillo, desde pequeño ha estado amarrado a una estaca como esa, y como entonces no era capaz de liberarse, ahora no sabe que esa estaca es muy poca cosa para él. Lo único que recuerda es que no podía escaparse y por eso ni siquiera lo intenta”. Esto nos sucede a todos en algunos temas, en los que tenemos topes o barreras con las que chocamos porque siempre las hemos visto como insuperables, aunque ya hayamos crecido lo suficiente para vencerlas, y no lo hacemos solo por un porque en algún momento nos detuvieron.

Los siete magníficos

En la película “Los siete magníficos” (Director: John Sturges, 1960), Ixcatlan, pueblecito mejinano dominado por la banda de Calvera, decide buscar protección reclutando pistoleros para que los defienda. El primero que reclutan es Chris Adams, quien accede a ayudarles si se le encomienda la selección y el mando de los otros hombres. Ya había participado en muchos trabajos, y cobraba unos honorarios muy elevados. Cuando le proponen proteger a Ixcatlan, se sorprende al ver que lo que le van a pagar no es mucho, pero es todo lo que aquellos hombres tenían: “Muchas personas me han dado grandes sumas, pero hasta ahora nunca nadie me había dado todo”.

Presumir a destiempo

Una rana se preguntaba cómo podía alejarse del clima frío del invierno. Unos gansos le sugirieron que emigrara con ellos. Pero el problema era que la rana no sabía volar. “Déjenmelo a mí –dijo la rana–, tengo un cerebro espléndido”. Luego pidió a dos gansos que la ayudaran a recoger una caña fuerte, cada uno sosteniéndola por un extremo. La rana pensaba agarrarse a la caña por la boca. A su debido tiempo, los gansos y la rana comenzaron su travesía. Al poco rato pasaron por una pequeña ciudad, y los habitantes de allí salieron para ver el inusitado espectáculo. Alguien preguntó: “¿A quién se le ocurrió tan brillante idea?” Esto hizo que la rana se sintiera tan orgullosa y con tal sentido de importancia, que exclamó: “¡A mí!” Su orgullo fue su ruina, porque al momento en que abrió la boca, se soltó de la caña, cayó al vacío.

El Príncipe pasó por aquí

“¡Cómo quiere madre que eche cuenta en nada esta mañana, si el Príncipe va a pasar por aquí! Dime tú cómo me peino, madre. Qué vestido me voy a poner… Sí, madre, no me mires así. Ya sé que él no alzará sus ojos a mí ventana; ya sé yo que lo veré sólo un momento… Pero el príncipe va a pasar por aquí, madre, y yo quiero ponerme ese instante lo mejor que tengo”. (…) “Madre, ya el Príncipe pasó. Cómo brillaba el sol de la mañana en su carroza. Yo abrí el velo de mi casa, me arranqué del cuello la cadena de rubíes y la eché a su paso…”. “Sí, madre, no me mires tú así; ya sé que él no cogió mi cadena; ya sé que la aplastó una rueda de su carro; que sólo quedó de ella una mancha grana en el polvo; que nadie sabe que el regalo era el mío; ni para quien era… Pero el Príncipe pasó por aquí, madre, y yo le eché a su paso el mejor tesoro”. (Peekay, protagonista de “La potencia de uno”, de Courtenay)

Todos los relatos breves por orden alfabético

A lo mejor no es todo tan difícil Christine se asombra de lo fácil que le resulta de pronto la conversación. Algo se estremece bajo su piel. ¿Quién soy yo de hecho, que me está pasando? ¿Por qué puedo hacer de pronto todo esto? ¿Con qué soltura me muevo, y eso que siempre me decían que era rígida y patosa? Y con qué soltura hablo, y supongo que no digo ninguna ingenuidad, porque este caballero tan importante me escucha con benevolencia. ¿Me habrá cambiado el vestido, el mundo, o lo llevaba todo dentro y sólo carecía de valor, sólo estaba siempre demasiado atemorizada? Mi madre me lo decía. A lo mejor no es todo tan difícil, a lo mejor la vida es infinitamente más ligera de lo que creía, sólo hay que tener arrojo, sentirse y percibirse a sí misma, y la fuerza acude entonces de cielos insospechados. (Stefan Zweig, "La embriaguez de la metamorfosis") Admitir Un anciano que tenía un grave problema de miopía se consideraba un experto en evaluación de arte. Un día visitó un museo con algunos amigos. Se le olvidaron las gafas en su casa y no podía ver los cuadros con claridad, pero eso no le frenó en manifestar sus fuertes opiniones. Tan pronto entraron a la galería, comenzó a criticar las diferentes pinturas. Al detenerse ante lo que pensaba era un retrato de cuerpo entero, empezó a criticarlo. Con aire de superioridad dijo: "El marco es completamente inadecuado para el cuadro. El hombre esta vestido en una forma muy ordinaria y andrajosa. En realidad, el artista cometió un error imperdonable al seleccionar un sujeto tan vulgar y sucio para su retrato. Es una falta de respeto". El anciano siguió su parloteo sin parar hasta que su esposa logró llegar hasta él entre la multitud y lo apartó discretamente para decirle en voz baja: "Querido, estás mirando un espejo". Moraleja: Tardamos en reconocer y admitir nuestras propias faltas, que parecen muy grandes cuando las vemos en los demás. Al principio no parecía un genio George Harrinson, guitarrista solista de los Beatles. Oyó tocar a un grupo, John Lennon y Paul McCartney y otro y le gustó. Quiso entrar. —¿Me dejáis entrar en vuestro grupo? John Lennon, serio, le lleva a un concierto de guitarra clásica en un teatro de Liverpool. —Cuando hagas una cosa así, entrarás. No sabía tocar la guitarra. Compró una. Día y noche tocaba y ensayaba sin parar. “Le sangraban los dedos”. Al cabo de un mes era uno más de los Beatles. Amar a la vida Un profesor fue invitado a dar una conferencia en una base militar, y en el aeropuerto lo recibió un soldado llamado Ralph. Mientras se encaminaban a recoger el equipaje, Ralph se detuvo unos instantes para ayudar a una anciana con su maleta, y después para orientar a una persona. Cada vez, una sonrisa iluminaba su rostro. "¿Dónde aprendió a comportarse así?", le preguntó el profesor. "En la guerra", contestó Ralph. Entonces le contó su experiencia en Vietnam. Allá su misión había sido limpiar campos minados. Durante ese tiempo había visto cómo varios amigos suyos, uno tras otro, encontraban una muerte prematura. "Me acostumbré a vivir paso a paso. Nunca sabía si el siguiente iba a ser el último; por eso tenía que sacar el mayor provecho posible del momento que transcurría entre alzar un pie y volver a apoyarlo en el suelo. Me parecía que cada paso era toda una vida". Nadie puede saber lo que habrá de sucederle mañana. Qué triste sería el mundo si lo supiéramos. Toda la emoción de vivir se perdería, nuestra vida sería como una película que ya vimos, sin ninguna sorpresa ni emoción. La vida es una gran aventura, y al final no importará quién ha acumulado más riqueza ni quién ha llegado más lejos, sino quién ha amado más. Y ama más quien más ha servido, porque aprecia su vida y la de los demás. Aprender a comunicarse Un Sultán soñó que había perdido todos los dientes. Después de despertar, mandó llamar a un sabio para que interpretase su sueño. "¡Qué desgracia, Mi Señor! Cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra Majestad", dijo el sabio. "¡Qué insolencia! ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí! ¡Que le den cien latigazos!", gritó el Sultán enfurecido. Más tarde ordenó que le trajesen a otro sabio y le contó lo que había soñado. Este, después de escuchar al Sultán con atención, le dijo: "¡Excelso Señor! Gran felicidad os ha sido reservada. El sueño significa que sobrevivirás a todos vuestros parientes". Se iluminó el semblante del Sultán con una gran sonrisa y ordenó que le dieran cien monedas de oro. Cuando éste salía del Palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado: "¡No es posible! La interpretación que habéis hecho de los sueños es la misma que el primer sabio. No entiendo porque al primero le pagó con cien latigazos y a ti con cien monedas de oro. El segundo sabio respondió: "Amigo mío, todo depende de la forma en que se dice. Uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender a comunicarse. De la comunicación depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la paz o la guerra. La verdad puede compararse con una piedra preciosa. Si la lanzamos contra el rostro de alguien, puede herir, pero si la envolvemos en un delicado embalaje y la ofrecemos con ternura ciertamente será aceptada con agrado." Aprender a pensar Sir Ernest Rutherford, presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel de Química en 1908, contaba la siguiente anécdota. Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la respuesta que había dado en un problema de física, pese a que este afirmaba con rotundidad que su respuesta era absolutamente acertada. Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo. Leí la pregunta del examen y decía: Demuestre como es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro. El estudiante había respondido: lleva el barómetro a la azotea del edificio y átale una cuerda muy larga. Descuélgalo hasta la base del edificio, marca y mide. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio. Realmente, el estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio, porque había respondido a la pregunta correcta y completamente. Por otro lado, si se le concedía la máxima puntuación, podría alterar el promedio de su año de estudios, obtener una nota más alta y así certificar su alto nivel en física; pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel. Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me respondiera la misma pregunta pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de física. Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada. Le pregunté si deseaba marcharse, pero me contestó que tenía muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas. Me excusé por interrumpirle y le rogué que continuara. En el minuto que le quedaba escribió la siguiente respuesta: coge el barómetro y lánzalo al suelo desde la azotea del edificio, calcula el tiempo de caída con un cronometro. Después se aplica la formula altura = 0,5 por A por T2. Y así obtenemos la altura del edificio. En este punto le pregunté a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota mas alta. Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta. Bueno, respondió, hay muchas maneras, por ejemplo, coges el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio. Perfecto, le dije, ¿y de otra manera? Sí, contestó, este es un procedimiento muy básico para medir un edificio, pero también sirve. En este método, coges el barómetro y te sitúas en las escaleras del edificio en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro y cuentas el numero de marcas hasta la azotea. Multiplicas al final la altura del barómetro por el numero de marcas que has hecho y ya tienes la altura. Este es un método muy directo. Por supuesto, si lo que quiere es un procedimiento más sofisticado, puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla formula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio. En este mismo estilo de sistema, atas el barómetro a una cuerda y lo descuelgas desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedes calcular la altura midiendo su periodo de precesión. En fin, concluyó, existen otras muchas maneras. Probablemente, la mejor sea coger el barómetro y golpear con el la puerta de la casa del conserje. Cuando abra, decirle: señor conserje, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo. En este momento de la conversación, le dije si no conocía la respuesta convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares). Evidentemente, dijo que la conocía, pero que durante sus estudios, sus profesores habían intentado enseñarle a pensar. El estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, premio Nobel de Física en 1922, más conocido por ser el primero en proponer el modelo de átomo con protones y neutrones y los electrones que lo rodeaban. Fue fundamentalmente un innovador de la teoría cuántica. Al margen del personaje, lo divertido y curioso de la anécdota, lo esencial de esta historia es que le habían enseñado a pensar. Por cierto, para los escépticos, esta historia es absolutamente verídica. Aún puedes ser Einstein Albert Einstein (1879-1955) es indiscutiblemente el mayor genio científico del siglo XX y uno de los más grandes de la Historia. Sin embargo su carrera de estudiante deja perplejos a más de uno y sirve de consuelo para muchos. Parece que ser que en su infancia algunos le consideraron algo retrasado. A la edad de cinco años algunos informes escolares le consideraban lento y con errores de cálculo, aunque con seguridad a la hora de encarar las matemáticas. Fue suspendido en el examen de ingreso a la Escuela Técnica de Zurich. Cuando terminó su formación intentó conseguir un puesto de ayudante y fue el único que suspendió de los cuatro estudiantes que habían pasado los exámenes finales. En 1901 entregó una tesis de física sobre la teoría cinética de los gases en la Universidad de Zurich,que fue rechazada. En 1902, gracias a una recomendación, pudo empezar a trabajar en la Oficina de Patente de Berna como "técnico experto de tercera clase"… Atender al visitante inoportuno Era un hombre pequeño, de cara redonda y trabajaba como representante comercial del ramo de los extintores. Yo no necesitaba ninguno y estaba a punto de partir para un partido de golf. Le dije caballerosamente que no necesitaba nada, pero él insistía en entrar: “será cosa de un minuto…” —¿No le he dicho que no me interesa? No necesito nada, es inútil que perdamos el tiempo, váyase. Se volvió, dio un portazo y vi que bajaba las escaleras. Entonces fue cuando reparé en el remiendo en la espalda de su abrigo, en sus tacones comidos y en que necesitaba un buen corte de pelo. Me impresionó el pequeño remiendo: éste, y la gracia de Dios, puesto que soy de natural poco dado a generosos impulsos. Renuncié, por tanto, a la cita de golf (me pareció que iba a llover), lo llamé y traté de mostrarme como un caballero, dándole mis excusas. Vio lo que teníamos en casa y comprendió que estábamos bien abastecidos. Luego, mientras fumábamos, charlamos un rato. Me dijo que vivía en un estado próximo, con su mujer y cuatro hijos. Que su mujer era católica y que él estaba aprendiendo el catecismo para ser pronto bautizado. (¡Qué vergüenza sentí!). Tímidamente le puse un rosario en sus manos. Desde entonces soporto mucho mejor a los representantes y a las llamadas inoportunas. Cada vez que mi natural impaciencia se agitaba no tengo nada más que invocar aquel remiendo. Tomado de Leo J. Trese, “Vasija de barro”, p.60. Autodominio Cada vez que una persona, en contra de lo que debe hacer, cede a las pretensiones de su pereza, de su estómago o de su mal carácter, debilita su voluntad, pierde autodominio y reduce su autoestima. Unas viñetas de Mafalda dibujan perfectamente esta situación. Felipe encuentra en su camino una lata vacía y siente el deseo de pegarle una patada. Pero piensa interiormente: "¡El grandullón pateando latitas!". Y pasa de largo, venciendo lo que él mismo juzga un impulso infantiloide. El problema es que, a los pocos metros, da la vuelta y suelta la tentadora patada. Ésta es su segunda reflexión: "¡Qué desastre! ¡Hasta mis debilidades son más fuertes que yo!". (J.R. Ayllón, "Placeres y buena vida"). Bajo sus alas La revista "National Geographic" publicó hace unos años un artículo sobre algo sucedido después de un incendio en el Parque Nacional Yellowstone de EEUU. Después de sofocado el fuego empezó la labor de evaluación de daños, y un guardabosques encontró una ave calcinada al pie de un árbol, en una posición bastante extraña, pues no parecía que hubiese muerto escapando o atrapada, sino que simplemente estaba con sus alas cerradas alrededor de su cuerpo. Cuando el asombrado guardabosques la golpeó suavemente con una vara, tres pequeños polluelos vivos emergieron de debajo de las alas de su madre, que sabiendo que sus hijos no podrían escapar del fuego, no los abandonó en ese momento crítico. Tampoco se quedó con ellos en el nido sobre el árbol, donde el humo sube y el calor se acumula, sino que los llevó, quizás uno a uno, a la base de aquel árbol, y ahí dio su vida por salvar la de ellos. ¿Pueden imaginar la escena? El fuego rodeándolos, los polluelos asustados y la madre muy decidida, infundiendo paz a sus hijos, como diciéndoles: "No tengáis miedo, bajo mis alas nada os pasará". Tan seguros estaban ahí tocando sus plumas, aislados del fuego, que ni siquiera habían salido de ahí horas después de apagado el incendio. Estaban totalmente confiados en la protección de su madre, y solo al sentir el golpe del guardabosques pensaron que debían salir. Cambio de rostro A Leonardo Da Vinci le llevo siete años completar su famosa obra titulada "La Última Cena". Las figuras que representan a los 12 apóstoles y a Jesús fueron tomadas de personas reales. La persona que sería el modelo para ser Cristo fue la primera en ser seleccionada. Cuando se supo que Da Vinci pintaría esa obra, cientos de jóvenes se presentaron ante él para ser seleccionados. Da Vinci buscaba un rostro que mostrara una personalidad inocente, pacífica y a la vez bella. Buscaba un rostro libre de las cicatrices y rasgos duros que deja la vida intranquila del pecado. Finalmente, después de unos meses de búsqueda seleccionó a un joven de 19 años de edad como modelo para pintar la figura de Jesucristo. Durante seis meses trabajó para lograr pintar al personaje principal de esa obra. Durante los seis siguientes años, Da Vinci continuó su obra buscando las personas que representarían a 11 apóstoles, y dejó para el final a aquel que representaría a Judas. Estuvo buscando durante semanas un hombre con una expresión dura y fría. Un rostro marcado por cicatrices de avaricia, decepción, traición, hipocresía y crimen. Un rostro que identificaría a una persona que sin duda traicionaría a su mejor amigo. Después de muchos fallidos intentos en la búsqueda de este modelo llegó a los oídos de Leonardo Da Vinci que había un hombre con estas características en el calabozo de Roma. Este hombre estaba sentenciado a muerte por haber llevado una vida de robos y asesinatos. Da Vinci vio ante él a un hombre cuyo pelo caía sobre el rostro escondiendo dos ojos llenos de rencor, odio y ruina. Al fin había encontrado a quien modelaría a Judas en su obra. Gracias a un permiso del rey, este prisionero fue trasladado a Milán al estudio del maestro. Durante varios meses este hombre se sentó silenciosamente frente a Da Vinci mientras el artista continuaba con la ardua tarea de plasmar en su obra al personaje que había traicionado a Jesús. Cuando Leonardo dio la última pincelada se volvió a los guardias y dio la orden de que se llevaran al prisionero. Cuando salía, se volvió hacia Leonardo Da Vinci y le dijo: "¡Da Vinci!! !Obsérvame!! ¿No reconoces quién soy?". El artista lo observó cuidadosamente y respondió: "Nunca te había visto hasta aquella tarde en el calabozo de Roma". El prisionero levantó los ojos y dijo: "¡Mírame bien, soy aquel joven cuyo rostro escogiste para representar a Cristo hace siete años…!". Camino del instituto Iba camino del instituto para un ensayo, cuando pasé ante la casa de Dave, que había sido mi mejor amigo antes de rechazarme porque yo había dejado las drogas. No sé cómo se me ocurrió entrar a despedirme de él, pues estaba a punto de terminar los estudios. Dave bajaba por la escalera con su abrigo, pero me invitó a subir. Al principio la situación resultó muy tensa, pero después empezamos a hablar y hablar y reír y a contarnos todo tipo de anécdotas. Lo que iba a durar 15 minutos duró más de dos horas. ¡Nunca llegué a mi ensayo! —Pero Dave, tú ibas a salir, le dije al fin. De repente cambió su expresión. —¿Por qué has venido esta noche?, me preguntó. —Sólo para despedirme. —Pero, ¿por qué esta noche precisamente? —Pues… no lo sé. Me enseñó una soga de dos metros con un nudo corredizo. —Iba a ahorcarme. Rompió a llorar y me pidió que rezara por él. Nos abrazamos y empecé a rogar por él en aquel mismo instante. De camino a casa le dije a Dios: —Señor, yo no sabía lo que Dave iba a hacer, pero Tú sí lo sabías, ¿verdad? Si puedes servirte de alguien como yo para ayudar a un pobre chico como Dave…, aquí estoy, Señor, úsame. Tomado de Scott y Kimberly Hahn, "Roma, dulce hogar", p.24. (Scott, que después se convertiría al catolicismo, era entonces pastor presbiteriano). Como para respirar Cierta vez un hombre decidió consultar a un sabio sobre sus problemas. Luego de un largo viaje hasta el paraje donde aquel Maestro vivía, el hombre finalmente pudo dar con él: – "Maestro, vengo a usted porque estoy desesperado, todo me sale mal y no se que más hacer para salir adelante". El sabio le dijo: – "Puedo ayudarte con esto… ¿sabes remar ?" Un poco confundido, el hombre contestó que sí. Entonces el maestro lo llevó hasta el borde de un lago, juntos subieron a un bote y el hombre empezó a remar hacia el centro a pedido del maestro. -"¿Va a explicarme ahora cómo mejorar mi vida?" -dijo el hombre advirtiendo que el anciano gozaba del viaje sin más preocupaciones. -"Sigue, sigue -dijo éste- que debemos llegar al centro mismo del lago". Al llegar al centro exacto del lago, el maestro le dijo: -"Arrima tu cara todo lo que puedas al agua y dime qué ves…". El hombre, pasó casi todo su cuerpo por encima de la borda del pequeño bote y tratando de no perder el equilibrio acercó su rostro todo lo que pudo al agua, aunque sin entender mucho para qué estaba haciendo esto. De repente, el anciano le empujó y el hombre cayó al agua. Al intentar salir, el sabio le sujetó su cabeza con ambas manos e impidió que saliera a la superficie. Desesperado, el hombre manoteó, pataleó, gritó inútilmente bajo el agua. Cuando estaba a punto de morir ahogado, el sabio lo soltó y le permitió subir a la superficie y luego al bote. Al llegar arriba el hombre, entre toses y ahogos, le gritó: -"¿Está usted loco? ¿No se da cuenta que casi me ahoga?". Con el rostro tranquilo, el maestro le preguntó: -"¿Cuándo estabas abajo del agua, en qué pensabas, qué era lo qué más deseabas en ese momento?". -¡¡En respirar, por supuesto!! -"Bien, pues cuando pienses en triunfar con la misma vehemencia con la que pensabas en ese momento respirar, entonces estarás preparado para triunfar…". Es así de fácil (o de difícil). A veces es bueno llegar al punto del "ahogo" para descubrir el modo en que deben enfocarse los esfuerzos para llegar a algo. Contra viento y marea Entre las situaciones más extremas que se dan en China, se encuentran las limitaciones en los nacimientos de los niños. Rebasar el máximo permitido de un hijo por familia es un grave delito, perseguido con toda crueldad. Hace unos días, gracias a los medios de comunicación chinos que comienzan a dar unas impagables y nunca suficientemente reconocidas señales de independencia, han trascendido las horribles vivencias de un matrimonio por salvar a su hija de una muerte cruel. Cuando las autoridades chinas descubrieron que Zhang Chunhong, de 31 años, no solamente había eludido anteriormente el férreo control estatal con el nacimiento de un segundo hijo, sino que tenía muy avanzado un nuevo embarazo, se propusieron por todos los medios que su nacimiento no tuviera lugar en ningún caso. Para lograrlo, le inyectaron a la fuerza una solución salina que debió provocar el aborto, pero la niña nació viva. La doctora que participó en semejante salvajada ordenó que se dejase a la intemperie a la recién nacida en el balcón, sobre la nieve, pero una enfermera, a costa de graves riesgos y con la connivencia de alguna de sus compañeras, eludió la orden, asegurándole a la niña, en la más absoluta clandestinidad, un mínimo de alimento. Las súplicas de la madre para que le enseñaran a su hija fueron despreciadas, pero un periodista de la televisión local tuvo la valentía de sacar a la luz pública la situación, lo que supuso la aparición del bebé al que se le había negado la vida, aunque en condiciones lamentables, debido a la precariedad en la que se había mantenido. Cuando apareció ante las cámaras de televisión, pesaba solamente un kilo y tenía algunas lesiones y pese a que el día de su nacimiento había alcanzado los dos kilos y medio. Su padre la enseña orgulloso y declara: “Sin los periodistas, mi hija habría muerto”. (PUP, 3.X.01). Cuando sea viejo El día que este viejo y ya no sea el mismo, ten paciencia y compréndeme. Cuando derrame comida sobre mi camisa y olvide como atarme mis zapatos, recuerda las horas que pase enseñándote a hacer las mismas cosas. Si cuando conversas conmigo, repito y repito las mismas palabras que sabes de sobra como termina, no me interrumpas y escúchame. Cuando eras pequeño para que te durmieras tuve que contarte miles de veces el mismo cuento hasta que cerrabas los ojitos. Cuando estemos reunidos y sin querer haga mis necesidades, no te avergüences y compréndeme que no tengo la culpa de ello, pues ya no puedo controlarlas. Piensa cuantas veces cuando niño te ayude y estuve paciente a tu lado esperando a que terminaras lo que estabas haciendo. No me reproches porque no quiera bañarme; no me regañes por ello. Recuerda los momentos que te perseguí y los mil pretextos que te inventaba para hacerte más agradable tu aseo. Acéptame y perdóname. Ya que soy el niño ahora. Cuando me veas inútil e ignorante frente a todas las cosas tecnológicas que ya no podré entender, te suplico que me des todo el tiempo que sea necesario para no lastimarme con tu sonrisa burlona. Acuérdate que yo fui quien te enseñó tantas cosas. Comer, vestirte y tu educación para enfrentar la vida tan bien como lo haces, son producto de mi esfuerzo y perseverancia por ti. Cuando en algún momento mientras hablamos me llegue a olvidar de que estamos hablando, dame todo el tiempo que sea necesario hasta que yo recuerde, y si no puedo hacerlo no te burles de mi; tal vez no era importante lo que hablaba y me conforme con que me escuches en ese momento. Si alguna vez ya no quiero comer, no me insistas. Se cuanto puedo y cuanto no debo. También comprende que con el tiempo ya no tengo dientes para morder ni gusto para sentir. Cuando me fallen mis piernas por estar cansadas para andar, dame tu mano tierna para apoyarme como lo hice yo cuando comenzaste a caminar con tus débiles piernas. Por último, cuando algún día me oigas decir que ya no quiero vivir y solo quiero morir, no te enfades. Algún día entenderás que esto no tiene que ver con tu cariño o cuanto te ame. Trata de comprender que ya no vivo sino que sobrevivo, y eso no es vivir. Siempre quise lo mejor para ti y he preparado los caminos que has debido recorrer. Piensa entonces que con el paso que me adelanto a dar estaré construyendo para ti otra ruta en otro tiempo, pero siempre contigo. No te sientas triste o impotente por verme como me ves. Dame tu corazón, compréndeme y apóyame como lo hice cuando empezaste a vivir. De la misma manera como te he acompañado en tu sendero te ruego me acompañes a terminar el mío. Dame amor y paciencia, que te devolveré gratitud y sonrisas con el inmenso amor que tengo por ti. Dar de lo que cuesta Poca gente sabe que Gaudí tuvo que salir a la calle a pedir dinero para poder proseguir las obras del templo de la Sagrada Familia. En una de esas visitas, exitosa, ocurrió lo siguiente: —Muchas gracias, dijo Gaudí. —No, no me de las gracias. En realidad no me supone sacrificio. —Entonces, añadió el arquitecto con gracia, no sirve. Mejor dicho, no le sirve a usted. Vea de aumentarlo hasta sacrificarse… ¡Le será más agradable a Dios! Porque la caridad que no tiene el sacrificio como base no es verdadera y tal vez no sea más que vanidad. El caballero se quedó boquiabierto. Reflexionó. Buen cristiano, comprendió y entregó un donativo mucho mayor. —Ahora soy yo quien le da a usted las gracias, señor Gaudí. Tomado de Álvarez Izquierdo, “Gaudí”, p. 181. De uno en uno Cierto día, caminando por la playa reparé en un hombre que se agachaba a cada momento, recogía algo de la arena y lo lanzaba al mar. Hacía lo mismo una y otra vez. Cuando me aproximé, observé que lo que agarraba eran estrellas de mar que las olas depositaban en la arena, y una a una las arrojaba de nuevo al mar. Le pregunté por qué lo hacía, y me respondió: "Estoy lanzando estas estrellas marinas nuevamente al océano. Como ves, la marea está baja y estas estrellas han quedado en la orilla. Si no las devuelvo morirán aquí por falta de oxígeno." "Entiendo -le dije-, pero debe haber miles de estrellas de mar sobre la playa, no puedes lanzarlas todas. Son demasiadas, quizás no te des cuenta que esto sucede probablemente en cientos de playas a lo largo de la costa. ¿No estás haciendo algo que no tiene sentido?". El hombre sonrió, se inclinó y tomó una estrella marina y mientras la lanzaba de vuelta al mar me respondió: "¡Para ésta sí lo tuvo!". Deformación de versiones ORDEN INICIAL DEL CORONEL AL COMANDANTE: «Mañana a las nueve y media habrá un eclipse de Sol, hecho que no ocurre todos los días, que formen los soldados en el patio en traje de campaña para presenciar el fenómeno. Yo les daré las explicaciones necesarias. En caso de que llueva, que formen en el gimnasio». EL COMANDANTE AL CAPITÁN: «Por orden del señor coronel, mañana a las nueve y media habrá un eclipse de Sol, según el señor coronel, si llueve no se verá nada al aire libre, entonces en traje de campaña el eclipse tendrá lugar en el gimnasio, hecho que no ocurre todos los días. El dará las órdenes oportunas». EL CAPITÁN AL TENIENTE: «Por orden del señor coronel, mañana a las nueve y media en traje de campaña inauguración del eclipse de Sol en el gimnasio. El señor coronel dará las órdenes oportunas de si debe llover, hecho que no ocurre todos los días. Si hace buen tiempo y no llueve, el eclipse tendrá lugar en el patio». EL TENIENTE AL SARGENTO: «Mañana a las nueve y media, por orden del señor coronel lloverá en el patio del cuartel. El señor coronel en traje de campaña dará las órdenes en el gimnasio para que el eclipse se celebre en el patio». EL SARGENTO AL CABO: «Mañana a las nueve y media, tendrá lugar el eclipse del señor coronel en traje de campaña por efecto del Sol. Si llueve en el gimnasio, hecho que no ocurre todos los días, se saldrá al patio». EL CABO A LOS SOLDADOS: «Mañana, a eso de las nueve y media, parece ser que el Sol en traje de campaña eclipsará al señor coronel en el gimnasio, lástima que esto no ocurra todos los días». Dos ratones Dos ratones caen en un cubo de leche. El primer ratón, desilusionado, perezoso, se dejó llevar. El segundo, no perdió el ánimo y, con su buen carácter, mientras nadaba, reflexionaba. Y comprendió algo importante: a base de agitar, la leche se coagula. Se animó, aceleró un poco, y al rato aquello fue nata, y después mantequilla, y después dio un salto y salió. Estos dos ratones reflejan dos formas de afrontar los problemas. El abuelo El abuelo se había hecho muy viejo. Sus piernas flaqueaban, veía y oía cada vez menos, babeaba y tenía serias dificultades para tragar. En una ocasión -prosigue la escena de aquella novela de Tolstoi- cuando su hijo y su nuera le servían la cena, al abuelo se le cayó el plato y se hizo añicos en el suelo. La nuera comenzó a quejarse de la torpeza de su suegro, diciendo que lo rompía todo, y que a partir de aquel día le darían de comer en una palangana de plástico. El anciano suspiraba asustado, sin atreverse a decir nada. Un rato después, vieron al hijo pequeño manipulando en el armario. Movido por la curiosidad, su padre le preguntó: "¿Qué haces, hijo?" El chico, sin levantar la cabeza, repuso: "Estoy preparando una palangana para daros de comer a mamá y a ti cuando seáis viejos." El marido y su esposa se miraron y se sintieron tan avergonzados que empezaron a llorar. Pidieron perdón al abuelo y a su hijo, y las cosas cambiaron radicalmente a partir de aquel día. Su hijo pequeño les había dado una severa lección de sensibilidad y de buen corazón. El águila El águila es una de las aves de mayor longevidad. Llega a vivir 70 años. Pero para llegar a esa edad, en su cuarta década tiene que tomar una seria y difícil decisión. A los 40 años, ya sus uñas se volvieron tan largas y flexibles que no puede sujetar a las presas de las cuales se alimenta. El pico alargado y en punta, se curva demasiado y ya no le sirve. Apuntando contra el pecho están las alas, envejecidas y pesadas en función del gran tamaño de sus plumas, y para entonces, volar se vuelve muy difícil. Entonces, tiene sólo dos alternativas: dejarse estar y morir… o enfrentarse a un doloroso proceso de renovación que le llevará aproximadamente 150 dias. Ese proceso consiste en volar a lo alto de una montaña y recogerse en un nido, próximo a un paredón donde no necesita volar y se siente más protegida. Entonces, una vez encontrado el lugar adecuado, el águila comienza a golpear la roca con el pico… hasta arrancarlo. Luego espera que le nazca un nuevo pico con el cual podrá arrancar sus viejas uñas inservibles. Cuando las nuevas uñas comienzan a crecer, ella desprende una a una sus viejas y sobrecrecidas plumas. Y después de todos esos largos y dolorosos cinco meses de heridas, cicatrizaciones y crecimiento, logra realizar su famoso vuelo de renovación, renacimiento y festejo para vivir otros 30 años más. En nuestra vida también nos toca sufrir procesos de reconversión para no sucumbir. Tenemos quizá que resguardarnos por algún tiempo, meditar, someternos a ciertos sacrificios para llevar a cabo algunos cambios. El anillo del Papa De visita por una de las chavolas de la Favela de Vidigal, en Brasil, Juan Pablo II besó a un niño, se coló de repente en una de las barracas y, ante el asombro de los que le rodeaban, se quitó el anillo pontificio y se lo dio a aquellas gentes para que lo vendiesen. Por supuesto que el anillo no quisieron subastarlo y se guarda allí, en la parroquia de San Antonio, como el tesoro más precioso de la humilde barriada. El animal de las dilaciones Se cuenta que Alejandro Magno, en una de sus campañas guerreras, se encontró con Diógenes, que tomaba el sol tranquilo y medio desnudo a la orilla de un río. Alejandro, que no en vano había tenido como tutor al mismo Aristóteles y respetaba y secretamente envidiaba la sabiduría, había oído hablar de Diógenes, el filósofo que vivía en un tonel, y aprovechó la ocasión para acercarse a él en persona y conversar con él humildemente, volviendo a ser por un rato discípulo en medio de su gloria militar. Con todo, no podía hacer esperar mucho tiempo a sus tropas, y al fin hubo de despedirse del filósofo. Tal fue la impresión que aquella breve conversación le había causado, que el conquistador de mundos dijo al sabio del tonel: «Me marcho, pues he de continuar con mis hazañas para la historia. Pero desde ahora ruego a los cielos que en la vida que me toque vivir en mi próxima encarnación no sea yo Alejandro, sino Diógenes». Diógenes contestó: «¿Y a qué esperar para ello a tu próxima encarnación? Puedes serlo desde ahora si así lo deseas. El río es amplio, y el sol no escatima sus rayos. Hay sitio de sobra por aquí para otro tonel». Y volvió a tumbarse al sol, mientras Alejandro montaba en su caballo. Muchas veces se ha dicho que el hombre es el animal de las dilaciones. Difiere, aplaza, posterga. Los demás animales actúan al momento, reaccionan al instante. Andan cuando quieren andar, y descansan cuando quieren descansar. Viven al día, al momento. Los hombres, por el contrario, piensan que deberían darse un merecido y necesitado descanso, pero deciden que lo harán más adelante, y siguen trabajando; o, por el contrario, saben que deberían trabajar, pero deciden que ya lo harán más adelante, y siguen descansando cuando, por su propio bien, debieran ponerse a trabajar. Acertar en lo que se debe dilatar y lo que debe hacerse de inmediato es un asunto importante. Que no resulte que queremos cambiar, mejorar, liberarnos de los vicios que nos esclavizan…, pero para la próxima reencarnación. Nos sucede entonces como a Alejandro, que con una plegaria a los dioses lo arregla todo, acalla su conciencia y sigue con sus conquistas. En la práctica, mucha gente parece creer en la reencarnación. Y no solamente en el Oriente. El árbol de los problemas El carpintero que había contratado para ayudarme a reparar una vieja granja, acababa de finalizar un duro primer día de trabajo. Su cortadora eléctrica se dañó y lo hizo perder una hora de trabajo y ahora su antiguo camión se negaba a arrancar. Mientras le llevaba a su casa, se sentó en silencio. Cuando llegamos, me invitó a conocer a su familia. Mientras nos dirigíamos a la puerta de su casa, se detuvo brevemente frente a un pequeño árbol, tocando las puntas de las ramas con ambas manos. Cuando se abrió la puerta, el rostro de aquel hombre se transformó, sonrió, abrazó a sus dos pequeños hijos y le dio un beso a su esposa. Luego me acompañó hasta el coche. Cuando pasamos cerca del árbol, sentí curiosidad y le pregunte por lo que lo había hecho un rato antes. "Oh, ese es mi árbol de problemas", contestó. "Sé que no puedo evitar tener problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: los problemas no pertenecen a la casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. Así que simplemente los cuelgo en el árbol cada noche cuando llego a casa. Luego, a la mañana siguiente, los recojo otra vez. Lo bueno es -concluyó sonriendo- que cuando salgo por la mañana a recogerlos, no hay tantos como los que recuerdo haber colgado la noche anterior". El árbol muerto Recuerdo que un invierno mi padre necesitaba leña, así que buscó un árbol muerto y lo cortó. Pero luego, en la primavera, vio desolado que al tronco marchito de ese árbol le brotaron renuevos. Mi padre dijo: "Estaba yo seguro de que ese árbol estaba muerto. Había perdido todas las hojas en el invierno. Pero se ve que hacía tanto frío que las ramas se quebraban y caían como si no le quedara al viejo tronco ni una pizca de vida. Pero ahora advierto que aún alentaba la vida en aquel tronco". Y volviéndose hacia mí, me aconsejó: "Nunca olvides esta lección. Jamás cortes un árbol en invierno. Jamás tomes una decisión negativa en tiempo adverso. Nunca decisiones importantes decisiones cuando estés en tu peor estado de ánimo. Espera. Sé paciente. La tormenta pasará. Recuerda que la primavera volverá". El barrendero Momo tenía un amigo, Beppo Barrendero, que vivía en una casita que él mismo se había construido con ladrillos, latas de desecho, y cartones. Cuando a Beppo Barrendero le preguntaban algo se limitaba a sonreír amablemente, y no contestaba. Simplemente pensaba. Y, cuando creía que una respuesta era innecesaria, se callaba. Pero, cuando la creía necesaria, la pensaba mucho. A veces tardaba dos horas en contestar, pero otras tardaba todo un día. Mientras tanto, la otro persona había olvidado su propia pregunta, por lo que la respuesta de Beppo le sorprendía casi siempre. Cuando Beppo barría las calles, lo hacía despaciosamente, pero con constancia. Mientras iba barriendo, con la calle sucia ante sí y limpia detrás de sí, se le iban ocurriendo multitud de pensamientos, que luego le explicaba a su amiga Momo: "Ves, Momo, a veces tienes ante ti una calle que te parece terriblemente larga que nunca podrás terminar de barrer. Entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más prisa. Cada vez que levantas la vista, ves que la calle sigue igual de larga. Y te esfuerzas más aún, empiezas a tener miedo, al final te has quedado sin aliento. Y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer. Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Entonces es divertido: eso es importante, porque entonces se hace bien la tarea. Y así ha de ser. De repente se da uno cuenta de que, paso a paso, se ha barrido toda la calle. Uno no se da cuenta de cómo ha sido, y no se queda sin aliento. Eso es importante." ¿Acaso no es lo hermoso de la paciencia el que ella puede concedernos tiempo para conocernos a su través oblicuamente a nosotros mismos? Porque, nos pongamos como nos pongamos, la paciencia con que no sepamos mirarnos a nosotros mismos será la misma no-paciencia que nos impida mirar a la realidad como ella debe ser mirada: con-paciencia, con-pasión, con-com-pasión, com-padeciendo, com-padeciéndo-nos… El bonsai La paciencia son las estalactitas y estalagmitas de la vida: ellas se van formando muy poco a poco en la oscuridad, se integran gota a gota y de manera irregular, no geométrica, requieren de tiempo, y crecen por arriba y por abajo siendo al fin muy hermosas. La paciencia es un bonsai: solo tiempo, fe, cuidados y mimos le hacen crecer. No se puede jalar el arbolito de las ramas, sacarlo de su maceta, para ver si está echando raíces. Necesita la humildad del humus para desarrollarse. Podemos explicar esta parábola con otra. Es, en efecto, como aquella rana que al saltar cayó en un cubo de crema, pero que chapoteando y chapoteando amaneció por la mañana sobre una masa de mantequilla que ella misma había batido. Allí estaba con su cara sonriente tragando las moscas que venían por docenas de todas partes. El chino y el caballo Había una vez un campesino chino, pobre pero sabio, que trabajaba la tierra duramente con su hijo. Un día su hijo le dijo: "Padre, qué desgracia, se nos ha ido el caballo". Su padre respondió: "Veremos lo que trae el tiempo…". A los pocos días el caballo regresó, acompañado de otro caballo. Unos días después, el muchacho quiso montar el caballo nuevo, y éste, no acostumbrado al jinete, se encabritó y lo arrojó al suelo. El muchacho se quebró una pierna. "Padre, qué desgracia, me he roto la pierna". Y el padre, retomando su experiencia y sabiduría, sentenció: "Veamos lo que trae el tiempo…". El muchacho se lamentaba. Pocos días después pasaron por la aldea los enviados del rey, buscando jóvenes para llevárselos a la guerra. Fueron a la casa del anciano, pero como vieron al joven con su pierna entablillada, lo dejaron y siguieron de largo. El joven comprendió entonces que nunca hay que dar ni la desgracia ni la fortuna como absolutas, sino que hay que darle tiempo al tiempo, para ver si algo es malo o bueno. La moraleja de este antiguo consejo chino es que la vida da muchas vueltas, y su desarrollo es a veces tan paradójico su desarrollo, que muchas veces lo que parece malo luego resulta bueno, y al revés. Hay que saber esperar, y sobre confiar en Dios, porque todo es para bien. ¡Cuántas veces los juicios apresurados, impacientes, impiden ver más alto y más lejos! El espejo de los deseos Harry Potter llega por tercer día consecutivo a la habitación del espejo y no se da cuenta que en un rincón, sentado en un pupitre, está Dumbledore. "Es curioso lo miope que se puede volver uno al ser invisible", dijo Dumbledore. Harry se sintió aliviado al ver que le sonreía. "Entonces -continuó Dumbledore, bajando del pupitre para sentarse en el suelo con Harry-, tú, como cientos antes que tú, has descubierto las delicias del espejo de Oesed". "No sabía que se llamaba así, señor". "Pero espero que te habrás dado cuenta de lo que hace, ¿no?". "Bueno… me mostró a mi familia y…". "Y a tu amigo Ron lo reflejó como capitán". "¿Cómo lo sabe…?". "No necesito una capa para ser invisible -dijo amablemente Dumbledore-. Y ahora ¿puedes pensar qué es lo que nos muestra el espejo de Oesed a todos nosotros?". Harry negó con la cabeza. "Déjame explicarte. El hombre más feliz de la tierra puede utilizar el espejo de Oesed como un espejo normal, es decir se mirará y se verá exactamente como es. ¿Eso te ayuda?". Harry pensó. Luego dijo lentamente: "Nos muestra lo que queremos… lo que sea que queramos…". "Sí y no -dijo con calma Dumbledore-. Nos muestra ni más ni menos que el más profundo y desesperado deseo de nuestro corazón. Para ti, que nunca conociste a tu familia, verlos rodeándote. Ronald Weasley, que siempre ha sido sobrepasado por sus hermanos, se ve solo y el mejor de todos ellos. Sin embargo, este espejo no nos dará conocimiento o verdad. Hay hombres que se han consumido ante esto, fascinados por lo que han visto. O han enloquecido, al no saber si lo que muestra es real o siquiera posible". Continuó: "El espejo será llevado a una nueva casa mañana, Harry, y te pido que no lo busques otra vez. Y si alguna vez te cruzas con él, deberás estar preparado. No es bueno dejarse arrastrar por los sueños y olvidarse de vivir, recuérdalo. Ahora ¿por qué no te pones de nuevo esa magnífica capa y te vas a la cama?". Para información: el espejo de OESED tiene una leyenda que rodea todo el marco que lo envuelve y que dice así: OESED LENOZ AROCUT EDON ISARA CUT SE ONOTSE Si lo lees todo al revés encontrarás el nombre y el significado del espejo (Esto no es tu cara si no de tu corazón el deseo). El hombre que plantaba árboles En 1913 tuve la oportunidad de hacer un largo recorrido a pie por los parajes montañosos de la antigua región donde los Alpes penetran en Provenza. Eran tierras desérticas, toda la tierra aparecía estéril y opaca. Nada crecía allí salvo alguna pobre vegetación silvestre. Sólo encontré sequedad y una aldea abandonada. Finalmente, entre tanta soledad, vi a un pastor con treinta ovejas echadas cerca de él sobre la tierra calcinada. Era un hombre de pocas palabras en medio de un paraje desolado. Vivían también algunas familias bajo aquel riguroso clima, en medio de la pobreza y de los conflictos provocados por el continuo deseo por escapar de allí. Aquel pastor tenía 55 años y se llamaba Elzéard Bouffier. Usaba como bastón una vara de hierro. Con su punta hacía un hoyo en el que plantaba una bellota y luego lo rellenaba. Había plantado un roble. Plantó así hasta 100 bellotas con muchísimo cuidado. Llevaba tres años plantando árboles en ese desierto. Había plantado ya 100.000. De éstos, unos 20.000 habían germinado. De los 20.000, esperaba perder la mitad a causa de los roedores o el mal clima. Aún así, quedarían 10.000 robles donde antes no había nada. Vino la guerra de 1914, y a su término volví a aquel lugar. Aquel pastor seguía extremadamente ágil y activo. Los robles tenían diez años y eran más altos que un hombre. Era un espectáculo impresionante. Formaban un bosque de once kilómetros de largo y tres de ancho. Y todo aquello había brotado de las manos y del alma de ese hombre solo. Había proseguido su plan, y así lo confirmaban las hayas, que llegaban a la altura del hombro y que se encontraban esparcidas tan lejos como la vista podía abarcar. También había plantado abedules en todos los valles donde había adivinado acertadamente que había suficiente humedad. La transformación había sido tan gradual, que había llegado a ser parte del conjunto sin provocar mayor asombro. Algunos cazadores que subían hasta estas tierras yermas en busca de liebres o jabalíes, habían notado, por supuesto, el repentino crecimiento de arbolitos, pero lo habían atribuido a algún capricho de la tierra. Esa fue la razón por la que nadie se entrometió en el trabajo de Elzéard Bouffier. En 1935, las lomas estaban cubiertas con árboles de más de siete metros de altura. Recordando el desierto que era esa tierra en 1913 pude observar que el trabajo intenso realizado en forma metódica y tranquila, el vigoroso aire de la montaña, una vida frugal y, sobre todo, una gran serenidad de espíritu habían dotado a este viejo con una salud asombrosa. Vi por última vez a Elzéard Bouffier en junio de 1945. Tenía entonces 87 años. Sólo el nombre familiar de una aldea me pudo convencer de que realmente estaba en una región que anteriormente había sido un paraje desolado. El autobús me dejó en Vergons. En 1913, este caserío de 10 ó 12 casas tenía tres habitantes que vivían de la caza con trampas y que física y moralmente estaban muy cerca del hombre primitivo. Ahora todo había cambiado, incluso el aire. En vez de los vientos secos y ásperos que recordaba, soplaba una suave brisa cargada de aromas del bosque. Se habían restaurado las casas, y ahora estaban rodeadas de jardines, donde crecían flores y verduras. Había matrimonios jóvenes. Aquel lugar se había convertido en una aldea donde era agradable vivir. Desde ahí me fui caminando. En las faldas de la montaña vi pequeños campos de cebada y centeno. Al fondo del angosto valle, las praderas comenzaban a reverdecer. En lugar de las ruinas que había visto en 1913, ahora se levantaban campos prolijamente cuidados, dando testimonio de una vida feliz y confortable. Los viejos arroyos, alimentados por las lluvias y nieves que conservan los bosques, corren nuevamente gracias a que sus aguas han sido canalizadas. La gente de las tierras bajas, donde el suelo es caro, se ha instalado aquí, trayendo juventud, movimiento y espíritu de aventura. A lo largo de los caminos, se encuentran hombres y mujeres vigorosos, niños que pueden reír y que han recuperado el gusto por los paseos. Si se cuenta la primitiva población –irreconocible ahora– que vive con decencia, más de 10.000 personas deben a Elzéard Bouffier gran parte de su felicidad. Cuando pienso que un hombre solo, armado únicamente con sus recursos físicos y espirituales, fue capaz de hacer brotar esta tierra de Canáan en el desierto, me convenzo de que, a pesar de todo, la humanidad es admirable; y cuando valoro la inagotable grandeza de espíritu y la benevolente tenacidad que implicó obtener este resultado, me lleno de inmenso respeto hacia ese campesino viejo e iletrado, que fue capaz de realizar un trabajo digno de Dios. Elzéard Bouffier murió pacíficamente en 1947. El huevo vacío Jeremy nació con un cuerpo deforme y una mente lenta. A la edad de 12 años estaba todavía en segundo de primaria, pareciendo ser incapaz de aprender. Su maestra, Doris Miller, a menudo se exasperaba con él. Podía retorcerse en su asiento y soltar gruñidos y otras veces hablaba de manera clara y precisa, como si un rayo de luz penetrase en la oscuridad de su cerebro. La mayor parte del tiempo, sin embargo, Jeremy simplemente irritaba a su maestra. Un día llamó a sus padres y les pidió que fueran a verla para una tutoría. Cuando los Forrester entraron en la clase vacía, Doris les dijo: "Lo que realmente necesita Jeremy es una escuela especial. No es bueno para él estar con niños menores que no tienen problemas de aprendizaje. Hay una diferencia de cinco años entre su edad y la de los otros escolares." La Sra. Forrester sacó un pañuelo de papel y lloró quedamente, mientras su marido hablaba: "Srta. Miller, no hay escuelas de ese tipo en las cercanías. Sería un terrible shock para Jeremy si tuviésemos que sacarlo de esta escuela. Sabemos que realmente le gusta estar aquí." Doris permaneció sentada un largo rato después de que se hubiesen marchado, mirando fijamente la nieve a través de la ventana. Su frialdad parecía filtrarse hasta su alma. Quería simpatizar con los Forrester. Después de todo, su único hijo tenía una enfermedad terminal. Pero no era justo mantenerlo en su clase. Ella tenía otros 18 niños a los que dar clase y Jeremy era una distracción para ellos. Además, él nunca aprendería a leer y escribir, así que ¿para qué perder más tiempo intentándolo? Mientras ponderaba la situación, un sentimiento de culpabilidad se apoderó de ella. "Aquí estoy, protestando, cuando mis problemas no son nada comparados con esa pobre familia", pensó. "Por favor, Señor, ayúdame a ser más paciente con Jeremy." Desde ese día, intentó duramente ignorar los ruidos de Jeremy y sus miradas vacías. Un día, Jeremy se dirigió hasta su mesa, arrastrando tras de sí su pierna mala: "Te quiero, Srta. Miller", exclamó lo bastante fuerte para que la clase entera lo escuchase. Los otros estudiantes soltaron risitas ahogadas y Doris enrojeció. Balbuceó: "¿Co-cómo? Eso es muy bonito Jeremy. A-ahora vuelve a tu sitio, por favor". Llegó la primavera, y los niños hablaban animadamente de la llegada de la Pascua. Doris les contó la historia de Jesús, y para enfatizar la idea del nacimiento a una nueva vida, dio a cada uno de los niños un gran huevo de plástico. "Ahora quiero que os lo llevéis a casa y que lo traigáis de vuelta mañana con algo dentro que signifique una nueva vida ¿Lo habéis entendido?". "Sí, Srta. Miller", respondieron entusiásticamente los niños (todos excepto Jeremy). Él la escuchó dando muestras de estar comprendiendo lo que decía. Sus ojos no dejaron de estar fijos en su cara. Incluso ni hizo sus ruidos habituales. ¿Había entendido el chico lo que ella había explicado sobre la muerte y resurrección de Jesús? ¿Había entendido la tarea asignada? Tal vez debiera llamar a sus padres y explicarles a ellos el proyecto. Esa tarde, el fregadero de la cocina de Doris se atascó. Llamó a su casero y esperó durante una hora a que viniera y lo desatascara. Después tuvo que ir a la tienda a por la compra diaria, planchar una blusa y preparar un examen de vocabulario para el día siguiente. Olvidó por completo llamar a los padres de Jeremy. A la mañana siguiente, 19 niños llegaron a la escuela, riendo y hablando mientras dejaban sus huevos en la gran cesta de mimbre sobre la mesa de la Srta. Miller. Tras acabar su lección de matemáticas, llegó el momento de abrir los huevos. En el primer huevo, Doris encontró una flor. "Oh, sí. Una flor es ciertamente un signo de nueva vida. Cuando las plantas asoman de la tierra, sabemos que ha llegado la primavera". Una niña pequeña en la primera fila agitó su brazo. "Ese es mi huevo, Srta. Miller", dijo. El siguiente huevo contenía una mariposa de plástico, que parecía muy real. Doris la mantuvo en alto: "Todos sabemos que una oruga cambia y se transforma en una bonita mariposa. Sí, también es nueva vida". La pequeña Judy sonrió orgullosa y dijo, "Srta. Miller, ese es mío". En el siguiente, Doris encontró una roca con musgo. Explicó que ese musgo también significaba vida. Billy alzó la voz desde el fondo de la clase: "Mi papá me ayudó", dijo sonriente. Entonces Doris abrió el cuarto huevo. Sofocó un grito. El huevo estaba vacío. Con toda seguridad debe ser de Jeremy, pensó, y naturalmente, él no había entendido sus instrucciones. Si no hubiese olvidado telefonear a sus padres… Para no hacerle pasar un mal rato, con cuidado puso el huevo a un lado y alcanzó otro. De pronto Jeremy dijo: "Srta. Miller, ¿no va usted a hablar de mi huevo?". Doris replicó confusa: "Pero Jeremy, tu huevo está vacío". Él la miró fijamente a los ojos y dijo suavemente: "Sí, pero la tumba de Jesús también estaba vacía". El tiempo se paró. Cuando pudo hablar de nuevo, Doris le preguntó: "¿Sabes por qué estaba vacía la tumba?". "Oh, sí. A Jesús lo mataron y lo pusieron dentro. Entonces su Padre lo elevó hacia Él." La campana del recreo sonó. Mientras los niños corrían animadamente hacia el patio del colegio, Doris lloró. La frialdad de su interior de desvaneció por completo. Tres meses más tarde, Jeremy murió. Aquellos que fueron al tanatorio a expresar sus condolencias, se sorprendieron al ver 19 huevos sobre la tapa de su ataúd. Todos ellos vacíos. El inventario de las cosas perdidas A mi abuelo aquel día lo vi distinto. Tenía la mirada enfocada en lo distante. Casi ausente. Pienso ahora que tal vez presentía que era el último día de su vida. Me aproximé y le dije: "¡Buenos días, abuelo!". Y él extendió su mano en silencio. Me senté junto a su sillón y después de unos instantes un tanto misteriosos, exclamó: "¡Hoy es día de inventario, hijo!". "¿Inventario?", pregunté sorprendido. "Sí. ¡El inventario de tantas cosas perdidas! Siempre tuve deseos de hacer muchas cosas que luego nunca hice, por no tener la voluntad suficiente para sobreponerme a mi pereza. Recuerdo también aquella chica que amé en silencio por cuatro años, hasta que un día se marchó del pueblo sin yo saberlo. También estuve a punto de estudiar ingeniería, pero no me atreví. Recuerdo tantos momentos en que he hecho daño a otros por no tener el valor necesario para hablar, para decir lo que pensaba. Y otras veces en que me faltó valentía para ser leal. Y las pocas veces que le he dicho a tu abuela que la quiero, y la quiero con locura. ¡Tantas cosas no concluidas, tantos amores no declarados, tantas oportunidades perdidas!". Luego, su mirada se hundió aun más en el vacío y se le humedecieron sus ojos, y continuó: "Este es mi inventario de cosas perdidas, la revisión de mi vida. A mi ya no me sirve. A ti sí. Te lo dejo como regalo para que puedas hacer tu inventario a tiempo". Luego, con cierta alegría en el rostro, continuó: "¿Sabes qué he descubierto en estos días? ¿Sabes cuál es el pecado mas grave en la vida de un hombre?". La pregunta me sorprendió y solo atiné a decir, con inseguridad: "No lo había pensado. Supongo que matar a otros seres humanos, odiar al prójimo y desearle el mal…". Me miró con afecto y me dijo: "Pienso que el pecado más grave en la vida de un ser humano es el pecado por omisión. Y lo más doloroso es descubrir las cosas perdidas sin tener tiempo para encontrarlas y recuperarlas." Al día siguiente, regresé temprano a casa, después del entierro del abuelo, para hacer con calma mi propio "inventario" de las cosas perdidas, de las cosas no dichas, del afecto no manifestado. El ladrillazo Un joven y exitoso ejecutivo paseaba a toda velocidad en su Jaguar último modelo, con precaución de esquivar un chico que hacía señas en la calle. Sin mirarle, y sin bajar la velocidad, pasó junto a él. Sintió un golpe en la puerta. Al bajarse, vio que un ladrillo le había estropeado la pintura de la puerta de su lujoso auto. Salió corriendo y agarró por los brazos al chiquillo, y le gritó: ¿Qué rayos es esto? ¿Por qué haces esto con mi coche? Y enfurecido, continuó gritándole: ¡Es un coche nuevo, y ese ladrillo que lanzaste te va a costar caro! ¿Por qué lo hiciste? "Por favor, Señor, por favor, lo siento mucho. No sé qué hacer. Lancé el ladrillo porque nadie paraba…". Las lágrimas bajaban por sus mejillas, mientras señalaba hacia un lado: "Es mi hermano. Se descarriló su silla de ruedas y se cayó al suelo y no puedo levantarlo". Sollozando, el chiquillo le preguntó: "¿Puede usted, por favor, ayudarme a sentarlo en su silla? Se ha hecho daño. Y no puedo con él, pesa mucho para mí solo." Visiblemente impactado por las palabras del chiquillo, el ejecutivo tragó saliva. Emocionado por lo que acababa de pasarle, levantó al joven del suelo y lo sentó en su silla nuevamente. Sacó su pañuelo para limpiar un poco las cortaduras y la suciedad de las heridas del hermano de aquel chiquillo. Comprobó que que se encontraba bien, y miró al chiquillo, que le dio las gracias con una sonrisa que nadie podría describir. "Dios le bendiga, señor. Muchas gracias." El hombre vio como se alejaba el chiquillo empujando trabajosamente la pesada silla de ruedas de su hermano, hasta llegar a su humilde casita. El ejecutivo no ha reparado aún la puerta del auto, manteniendo la rayadura que le hizo el ladrillazo. Le recuerda que no debe ir por la vida tan de prisa que alguien tenga que lanzarle un ladrillo para que preste atención. A veces hay muchas cosas que nos susurran en el alma y en el corazón. Hay veces que tiene que caernos un ladrillo para prestar atención a lo que pasa. El leopardo y el fuego Según un cuento africano, antiguamente el leopardo y el fuego eran amigos. El leopardo vivía, como ahora, en la selva, y el fuego en una caverna. A veces el leopardo hacía largas caminatas para ir a ver a su amigo. Un día le dijo: "¿Por qué no me devuelves mis visitas? ¿Y por qué te estás aquí metido siempre en la caverna en compañía de estas piedras negras?". El fuego respondió: "Es mucho mejor que yo esté aquí. Si salgo, puedo ser muy peligroso." Pero el leopardo insistió tanto, que al fin su amigo dijo: "Bueno, pero primero limpia cuidadosamente la explanada que hay delante de la caverna". El leopardo era algo perezoso, así que arrancó la hierba, pero dejó alguna que otra hoja seca. Cuando el fuego salió de la caverna, se transformó en seguida en un gran incendio que, impulsado por el viento, llegó hasta la copa de los árboles. El leopardo, aterrorizado, se puso a correr de un lado para otro y se le quemó la piel. Por eso todavía hoy el leopardo lleva las señales de las quemaduras y, cuando ve a lo lejos a su amigo el fuego, huye como un loco. Moraleja: los perezosos y los inconstantes pierden hasta los amigos. El milagro de Lanciano Lanciano es un pueblo del Abruzzo, al sur de Chietti y Pescara. En el siglo VII un monje basiliano duda de la presencia del Señor en las Especies, mientras celebraba la Misa. Y, ante él, la Hostia se transforma en un trozo de carne, redondo, de la misma forma que la Hostia; y en el cáliz, el vino se transforma en Sangre que se coagula enseguida: forma 5 coágulos. Así se conserva hoy en día. La Hostia en una custodia y los coágulos en una ampolla. El 18-IX-70 se hizo una consulta a Roma para analizar lo que hay dentro. Los profesores Lindi y Bertelli, el 4-III-71, publican los resultados: carne y sangre humanas; grupo AB (el mismo de la Sábana Santa); de una persona viva; diagrama de la sangre corresponde a la sangre extraída ese mismo día del paciente; carne: fibras de miocardio. El Príncipe pasó por aquí "¡Cómo quiere madre que eche cuenta en nada esta mañana, si el Príncipe va a pasar por aquí! Dime tú cómo me peino, madre. Qué vestido me voy a poner… Sí, madre, no me mires así. Ya sé que él no alzará sus ojos a mí ventana; ya sé yo que lo veré sólo un momento… Pero el príncipe va a pasar por aquí, madre, y yo quiero ponerme ese instante lo mejor que tengo". (…) "Madre, ya el Príncipe pasó. Cómo brillaba el sol de la mañana en su carroza. Yo abrí el velo de mi casa, me arranqué del cuello la cadena de rubíes y la eché a su paso…". "Sí, madre, no me mires tú así; ya sé que él no cogió mi cadena; ya sé que la aplastó una rueda de su carro; que sólo quedó de ella una mancha grana en el polvo; que nadie sabe que el regalo era el mío; ni para quien era… Pero el Príncipe pasó por aquí, madre, y yo le eché a su paso el mejor tesoro". (Peekay, protagonista de "La potencia de uno", de Courtenay) El rey y su halcón Genghis Khan (1162-1227), cuyo imperio mongol se extendía desde el este de Europa hasta el Mar de Japón, llegó un día con su ejército a China y a Persia, y conquistó muchas tierras. En todos los países, los hombres referían sus hazañas, y decían que desde Alejandro Magno no existía un rey como él. Una mañana, cuando descansaba de sus guerras, salió a cabalgar por los bosques. Lo acompañaban muchos de sus amigos. Cabalgaban jovialmente, llevando sus arcos y flechas. Sus criados los seguían con los perros. Era una alegre partida de caza. Sus gritos y sus risas resonaban en el bosque. Esperaban obtener muchas presas. En la muñeca, el rey llevaba su halcón favorito, pues en esos tiempos se adiestraba a los halcones para cazar. A una orden de sus amos, echaban a volar y buscaban las presas desde el aire. Si veían un venado o un conejo, se lanzaban sobre él con la rapidez de una flecha. Todo el día Genghis Khan y sus cazadores atravesaron el bosque, pero no encontraron tantos animales como esperaban. Al anochecer emprendieron de regreso. El rey cabalgaba a menudo por los bosques, y conocía todos los senderos. Así que mientras el resto de la partida tomaba el camino más corto, eligió un camino más largo por un valle entre dos montañas. Había sido un día caluroso, y el rey tenía sed. Su halcón favorito había echado a volar, y sin duda encontraría el camino de regreso. El rey cabalgaba despacio. Una vez había visto un manantial de aguas claras cerca de ese sendero. ¡Ojalá pudiera encontrarlo ahora! Pero los tórridos días de verano habían secado todos los manantiales de montaña. Al fin, para su alegría, vio agua goteando de una roca. Sabía que había un manantial más arriba. En la temporada de las lluvias, siempre corría por allí un río muy caudaloso, pero ahora bajaba una gota por vez. El rey se apeó del caballo. Tomó un tazón de plata de su morral, y lo sostuvo para recoger las gotas que caían con lentitud. Tardaba mucho en llenarse, y el rey tenía tanta sed que apenas podía esperar. En cuanto el tazón se llenó, se lo llevó a los labios y se dispuso a beber. De pronto oyó un silbido en el aire, y le arrebataron el tazón de las manos. El agua se derramó en el suelo. El rey alzó la vista para ver quien había hecho esto. Era su halcón. El halcón voló de aquí para allá varias veces, y al fin se posó en las rocas, a orillas del manantial. El rey recogió el tazón, y de nuevo se dispuso a llenarlo. Esta vez no esperó tanto tiempo. Cuando el tazón estuvo medio lleno, se lo acercó a la boca. Pero apenas lo intentó, el halcón se echó a volar y se lo arrebató de las manos. El rey empezó a enfurecerse . Lo intentó de nuevo, y por tercera vez el halcón le impidió beber. El rey montó en cólera. “¿Cómo te atreves a actuar así? ¡Si te tuviera en mis manos te retorcería el cuello!”. Llenó el tazón de nuevo. Pero antes de tratar de beber, desenvainó la espada: “Amigo halcón, esta es la última vez”. No acababa de pronunciar estas palabras cuando el halcón bajó y le arrebató el tazón de la mano. Pero el rey lo estaba esperando. Con una rápida estocada abatió al ave. El pobre halcón cayó sangrando a los pies de su amo. “¡Ahora tienes lo que mereces!”, dijo Genghis Khan. Pero cuando buscó su tazón, descubrió que había caído entre dos piedras, y que no podía recobrarlo. “De un modo u otro, beberé agua de esa fuente”, se dijo. Decidió trepar la empinada cuesta que conducía al lugar de donde goteaba el agua. Era un ascenso agotador, y cuanto más subía, más sed tenía. Al fin llegó al lugar. Allí había, en efecto un charco de agua ¿pero qué había en el charco? Una enorme serpiente muerta, de la especie más venenosa. El rey se detuvo. Olvidó la sed. Pensó sólo en el pobre pájaro muerto. “¡El halcón me salvó la vida! ¿Y cómo le pagué? ¡Era mi mejor amigo y lo he matado!”. Bajó la cuesta. Tomó suavemente al pájaro y lo puso en su morral. Luego montó a caballo y regresó deprisa, diciéndose: “Hoy he aprendido una lección, y es que nunca se debe actuar impulsado por la furia”. El tapiz El nuevo sacerdote, recién asignado a su primer ministerio pastoral para reabrir una iglesia en los suburbios de Brooklyn, New York, llegó a comienzo de octubre entusiasmado con sus primeras oportunidades. Cuando vio la iglesia se encontró conque estaba en pésimas condiciones y requería de mucho trabajo de reparación. Se fijó la meta de tener todo listo a tiempo para oficiar su primera Misa en la Nochebuena. Trabajó arduamente, reparando los bancos, empañetando las paredes, pintando, etc., y para el 18 de diciembre ya habían casi concluido con los trabajos, adelantándose a su propia meta. Pero el 19 de diciembre cayó una terrible tormenta que azotó la zona durante dos días completos. El día 21 el sacerdote fue a ver la iglesia. Su corazón dio un vuelco cuando vio que el agua se había filtrado a través del techo, causando una gotera enorme en la pared frontal, exactamente detrás del altar, dejando una mancha y un destrozo como a la altura de la cabeza. El sacerdote limpió el suelo, y no sabiendo que más hacer, salió para su casa. En el camino vio que una tienda local estaba llevando a cabo una venta de liquidación de cosas antiguas, y decidió entrar. Uno de los artículos era un hermoso tapiz hecho a mano, color hueso, con un trabajo exquisito de aplicaciones, bellos colores y una cruz bordada en el centro. Era justamente el tamaño adecuado para cubrir el hueco en la pared frontal. Lo compró y volvió a la iglesia. Ya para ese entonces había comenzado a nevar. Una mujer mayor iba corriendo desde la dirección opuesta tratando de alcanzar el autobús, pero finalmente lo perdió. El sacerdote la invito a esperar en la iglesia, donde había calefacción, pues el siguiente autobús tardaría 45 minutos en llegar. La señora se sentó en el banco sin prestar atención al sacerdote, mientras este buscaba una escalera, ganchos, etc., para colocar el tapiz como tapiz en la pared. El sacerdote estaba muy satisfecho de lo bien que quedaba, y de cómo cubría toda la superficie estropeada. Entonces vio que la mujer venía hacia él, desde el pasillo del centro. Su cara estaba blanca como una hoja de papel: "Padre, ¿dónde consiguió usted ese tapiz?". El sacerdote le explicó. La mujer le pidió que le permitiera ver la esquina inferior derecha para ver si las iniciales EBG aparecían bordadas allí. Sí, estaban. Eran las iniciales de aquella mujer, y ella había hecho ese tapiz 35 anos atrás en Austria. La mujer apenas podía creerlo cuando el sacerdote le contó cómo acababa obtener el tapiz. La mujer le explicó que antes de la guerra ella y su esposo tenían una posición económica holgada en Austria. Cuando los nazis llegaron, la forzaron a irse. Su esposo debía seguirla la semana siguiente. Ella fue capturada, enviada a prisión y nunca volvió a ver a su esposo ni su casa. El sacerdote ofreció regalarle el tapiz, pero ella lo rechazó diciéndole que era lo menos que podía hacer. Se sentía muy agradecida pues vivía al otro lado de Staten Island y solamente estaba en Brooklyn por el día para un trabajo de limpieza de casa. El sacerdote le pidió sus señas, con idea de hacerle llegar el tapiz unos días después. En la Misa de la Nochebuena la iglesia estaba casi llena. La música y el espíritu que reinaban eran increíbles. Al final, el sacerdote despidió a todos en la puerta y muchos expresaron que volverían. Un hombre mayor, que el pastor reconoció del vecindario, seguía sentado en uno de los bancos mirando hacia el frente, y el sacerdote se preguntaba por qué no se iba. El hombre le preguntó dónde había obtenido ese tapiz que estaba en la pared del frente, porque era idéntico al que su esposa había hecho años atrás en Austria antes de la guerra, y no entendía cómo podía haber dos tapices tan idénticos. Le relató cómo llegaron los nazis y cómo el forzó a su esposa a irse, para la seguridad de ella, y cómo él no pudo seguirla, pues fue arrestado y enviado a prisión. Nunca volvió a ver a su esposa ni su hogar en todos aquellos 35 años. El sacerdote le preguntó si le permitiría llevarlo con él a dar una vuelta. Se dirigieron en el carro hacia Staten Island, hacia la casa de aquella mujer que estuvo tres días atrás en la iglesia. Subieron los tres pisos de escalera que conducían al apartamento de la mujer, llamaron a la puerta y presenció el más hermoso encuentro de Navidad que pudo haber imaginado. El violinista Ocurrió en París, en una calle céntrica aunque secundaria. Un hombre, sucio y maloliente tocaba un viejo violín. Frente a él y sobre el suelo estaba su boina, con la esperanza de que los transeúntes se apiadaran de su condición y le arrojaran algunas monedas para llevar a casa. El pobre hombre trataba de sacar una melodía, pero era imposible identificarla debido a lo desafinado del instrumento y a la forma displicente y aburrida con que tocaba. Un famoso concertista, que junto con su esposa y unos amigos salía de un teatro cercano, pasó frente al mendigo musical. Todos arrugaron la cara al oír aquellos sonidos tan discordantes. Y no pudieron menos que reír de buena gana. La esposa le pidió, al concertista, que tocara algo. El hombre echó una mirada a las pocas monedas en el interior de la boina del mendigo, y decidió hacer algo. Le pidió el violín, y el mendigo musical se lo prestó con cierto resquemor. Lo primero que hizo el concertista fue afinar sus cuerdas. Y después, vigorosamente y con gran maestría arrancó una melodía fascinante del viejo instrumento. Los amigos comenzaron a aplaudir y los transeúntes comenzaron a arremolinarse para ver el improvisado espectáculo. Al escuchar la música, la gente de la cercana calle principal acudió también y pronto había una pequeña multitud escuchando arrobada el extraño concierto. La boina se llenó no solamente de monedas, sino de muchos billetes de todas las denominaciones. Mientras el maestro sacaba una melodía tras otra, con tanta alegría. El mendigo musical estaba aún más feliz de ver lo que ocurría y no cesaba de dar saltos de contento y repetir orgulloso a todos: "¡¡Ese es mi violín!! ¡¡Ese es mi violín!!". Lo cual, por supuesto, era rigurosamente cierto. La vida nos da a todos un violín, que son nuestros conocimientos, habilidades y aptitudes. Y tenemos libertad para tocar ese violín como nos plazca. Algunos, por pereza, ni siquiera afinan ese violín. No perciben que hay que prepararse, aprender, desarrollar habilidades y mejorar constantemente nuestras aptitudes si hemos de dar un buen concierto. Pretenden una boina llena de dinero, y lo que entregan es una discordante melodía que no gusta a nadie. Elegiría el cactus Caía el sol terrible de la tarde y el pueblo se asaba en el calor abajo. "Es un crepúsculo magnífico. Este es siempre el mejor sitio". Miré detrás de mí y vi un hombre alto y delgado, más alto, mucho más, y puede que hasta más delgado que mi abuelo. Llevaba un sombrero de campo maltrecho y viejo y el cabello, níveo le llegaba a los hombros. Así entró el profesor Von Vollensteen, Doc, en mi vida. Yo tenía sólo seis años. Poco tiempo después, convenció a mi madre para que, a cambio de dame clases de piano, me dejara acompañarle en busca de cactus para su jardín, situado "en la cima más o menos llana de un pequeño cerro que dominaba el pueblo y el valle. Para llegar a ella había que subir diez minutos de cuesta hacia la soledad, por una carreterita de piedras y tierra que no llevaba a ninguna otra parte. Aquel jardín de cactus puede que fuese la mejor colección privada de cactus del planeta. Yo, que me convertí en un especialista en cactus, no he visto nunca otro mejor". Lo cierto es que mi madre, desconcertada y encantada a la vez, terminó accediendo a su petición cuando Doc le explicó su teoría sobre los cactus: "Si Dios eligiese una planta para representarle, yo creo que elegiría entre todas ellas el cactus. El cactus posee casi todas las bendiciones que Él intentó otorgar al hombre, casi siempre en vano. El cactus es humilde pero no sumiso. Crece donde no es capaz de crecer ninguna otra planta. No se queja si el sol le quema en la espalda, ni si el viento lo arranca del acantilado o lo sepulta en la arena seca del desierto, ni sí está sediento. Cuando llega la lluvia almacena agua para futuros tiempos difíciles. Florece lo mismo en el buen tiempo que en el malo. Se guarda del peligro pero no hace daño a ninguna otra planta. Se adapta perfectamente casi a cualquier medio. En Méjico hay un cactus que sólo florece una vez cada cien años y de noche. Eso es santidad de un grado extraordinario, ¿no está usted de acuerdo? El cactus tiene propiedades que le permiten curar las heridas de los hombres, y se extraen de él pociones que pueden hacer que un hombre toque el rostro de Dios o se asome a la boca del infierno. Es la planta de la paciencia y de la soledad, del amor y de la locura, de la belleza y de la fealdad, de la dureza y de la suavidad. ¿No cree usted que de todas las plantas fue al cactus la que Dios hizo a su propia imagen?". (Peekay, protagonista de "La potencia de uno", de Courtenay) Empuja la vaquita Un maestro samurai paseaba por un bosque con su fiel discípulo, cuando vio a lo lejos un sitio de apariencia pobre, y decidió hacer una breve visita al lugar. Durante la caminata le comentó al aprendiz sobre la importancia de realizar visitas, conocer personas y las oportunidades de aprendizaje que obtenemos de estas experiencias. Llegando al lugar constató la pobreza del sitio, los habitantes: una pareja y tres hijos, la casa de madera, vestidos con ropas sucias y rasgadas, sin calzado. Entonces se aproximó al señor, aparentemente el padre de familia y le preguntó: "En este lugar no existen posibilidades de trabajo ni puntos de comercio tampoco, ¿cómo hacen usted y su familia para sobrevivir aquí?". El señor calmadamente respondió: "Amigo mío, nosotros tenemos una vaquita que nos da varios litros de leche todos los días. Una parte del producto la vendemos o lo cambiamos por otros géneros alimenticios en la ciudad vecina y con la otra parte producimos queso, cuajada, etc., para nuestro consumo y así es como vamos sobreviviendo. "El sabio agradeció la información, contempló el lugar por un momento, luego se despidió y se fue. Siguieron su camino, y un rato después se volvió hacia su fiel discípulo y le ordenó: "Busque la vaquita, llévela al precipicio de allí enfrente y empújela al barranco." El joven, espantado, cuestionó al maestro aquella orden, pues la vaquita era el medio de subsistencia de aquella familia. Mas como percibió el silencio absoluto del maestro, fue a cumplir la orden. Así que empujó la vaquita por el precipicio y la vio morir. Aquella escena quedó grabada en la memoria de aquel joven durante años. Un buen día el joven agobiado por la culpa resolvió abandonar todo lo que había aprendido y regresar a aquel lugar y contarle todo a la familia, pedir perdón y ayudarlos. Así lo hizo, y a medida que se aproximaba al lugar veía todo muy bonito, con árboles floridos, todo habitado, con carro en el garaje de tremenda casa y algunos niños jugando en el jardín. El joven se sintió triste y desesperado imaginando que aquella humilde familia tuviese que vender el terreno para sobrevivir, aceleró el paso y llegando allá, fue recibido por un señor muy simpático. El joven preguntó por la familia que vivía allí hacia unos cuatro años, el señor respondió que seguían viviendo allí. Espantado el joven entró corriendo a la casa y confirmó que era la misma familia que visitó hacía algunos años con el maestro. Elogió el lugar y preguntó al señor (el dueño de la vaquita): "¿Cómo hizo para mejorar este lugar y cambiar de vida?". El señor entusiasmado le respondió: "Nosotros teníamos una vaquita que cayó por el precipicio y murió, de ahí en adelante nos vimos en la necesidad de hacer otras cosas y desarrollar otras habilidades que no sabíamos que teníamos, así alcanzamos el éxito que sus ojos vislumbran ahora." La moraleja samurai nos dice: "Todos nosotros tenemos una vaquita que nos proporciona alguna cosa básica para nuestra supervivencia, pero que nos lleva a la rutina y nos hace dependientes de ella, y nuestro mundo se reduce a lo que la vaquita nos brinda. Tu sabes cual es tu vaquita. No dudes un segundo en empujarla por el precipicio. En la vida real "He visto muchas películas de prisiones donde el teléfono suena en el momento preciso en que está a punto de accionar el interruptor para cargarse a un pobre inocente, pero en todos los años que pasé en el bloque E (de los condenados a muerte), nuestro teléfono no sonó ni una sola vez. En las películas, la salvación resulta barata, y la inocencia también. Uno paga veinticinco centavos y consigue algo que vale exactamente eso. En la vida real, todo cuesta más, y las respuestas son diferentes". (diálogo toma de La milla verde, de Stephen King). Enfadarse Érase una vez un joven con un carácter bastante violento. Su padre le dio una bolsa de clavos y le dijo que clavara un clavo en la cerca del jardín cada vez que perdiera la paciencia y se peleara con alguien. El primer día, llegó a clavar 37 clavos en la cerca. Durante las semanas siguientes aprendió a controlarse, y el número de clavos colocados en la cerca disminuyó día tras día: había descubierto que era más fácil controlarse que clavar clavos. Finalmente, llego un día en el cual el joven no clavó ningún clavo en la cerca. Entonces fue a ver a su padre y le dijo que había conseguido no clavar ningún clavo durante todo el día. Su padre le dijo entonces que quitara un clavo de la cerca del jardín por cada día durante el cual no hubiera perdido la paciencia. Los días pasaron y finalmente el joven pudo decirle a su padre que había quitado todos los clavos de la cerca. El padre condujo entonces a su hijo delante de la cerca del jardín y le dijo: "Hijo mío, te has portado bien, pero mira cuantos agujeros hay en la cerca del jardín. Esta cerca ya no será como antes. Cuando te peleas con alguien y le dices algo desagradable, le dejas una herida como esta. Puedes acuchillar a un hombre y después sacarle el cuchillo, pero siempre le quedará una herida. Poco importa cuantas veces te excuses, la herida verbal hace tanto daño como una herida física. Los amigos son como joyas muy valiosas. No los maltrates. Siempre están dispuestos a escuchar cuando lo necesitas, te sostienen y te abren su casa." Eres importante para mí Una profesora universitaria inició un experimento entre sus alumnos. A cada uno les dio cuatro tarjetas de color azul, todos con la leyenda "Eres importante para mi" y les pidió que se pusieran una. Cuando todos lo hicieron, les dijo que eso era lo que ella pensaba de ellos. Luego les explicó de qué se trataba el experimento: tenían que darle una de esas tarjetas a alguna persona que fuera importante para ellos, explicándoles el motivo, y dándole el resto para que esa persona hiciera lo mismo. El experimento era ver cuánto podía influir en las personas ese pequeño detalle. Todos salieron de clase pensando y comentando a quién darían esas tarjetas. Algunos mencionaban a sus padres, a sus hermanos o a sus novios. Pero entre aquellos estudiantes había uno que vivía lejos de sus padres. Había conseguido una beca para esa universidad y al estar lejos de su hogar, no podía darle esa tarjeta a sus padres o hermanos. Pasó toda la noche pensando a quién se la daría. Al día siguiente, muy temprano, pensó en un amigo suyo, joven profesional que le había orientado para elegir carrera y que muchas veces le aconsejaba cuando las cosas no iban tan bien como él esperaba. A la salida de clase se dirigió al edificio donde su amigo trabajaba. En la recepción pidió verlo. A su amigo le extrañó, ya que el muchacho no solía ir a esas horas, por lo que pensó que algo malo pasaba. El estudiante le explicó el propósito de su visita, le entregó tres tarjetas y le dijo que al estar lejos de casa, él era el mas indicado. El joven ejecutivo se sintió halagado, pues no recibía ese tipo de reconocimientos muy a menudo y prometió a su amigo que seguiría con el experimento y le informaría de los resultados. El joven ejecutivo regresó a su trabajo y ya casi a la hora de la salida se le ocurrió una arriesgada idea: entregaría los dos tarjetas restantes a su jefe. Su jefe era una persona huraña y siempre muy atareada, por lo que tuvo que esperar que estuviera "desocupado". Cuando consiguió verlo, estaba inmerso en la lectura de los nuevos proyectos de su departamento, con la oficina estaba repleta de papeles. El jefe sólo gruñó: "¿Qué desea usted?". El joven ejecutivo le explicó tímidamente el propósito de su visita y le mostró los dos tarjetas. El jefe, asombrado, le preguntó: "¿Por qué cree usted que soy el mas indicado para tener ese tarjeta?". El joven le respondió que él lo admiraba por su capacidad y entusiasmo en los negocios, y porque de él había aprendido bastante y estaba orgulloso de estar bajo su mando. El jefe titubeó, pero recibió con agrado los dos tarjetas. No muy a menudo se escuchan esas palabras con sinceridad estando en el puesto en el que él se encontraba. El joven ejecutivo se despidió cortésmente del jefe y, como ya era la hora de salida, se fue a su casa. El jefe, acostumbrado a estar en la oficina hasta altas horas, esta vez se fue temprano a su casa. Se fue reflexionando mientras conducía rumbo a su casa. Su esposa se extrañó de verlo tan temprano y pensó que algo le había pasado. Cuando le preguntó si pasaba algo, el respondió que no pasaba nada, que ese día quería estar con su familia. La esposa se extrañó, ya que su esposo acostumbraba a llegar de mal humor. El jefe preguntó "¿Dónde esta nuestro hijo?". La esposa sólo lo llamó, y el chico vino, y su padre sólo le dijo: "Acompáñame, por favor". Ante la mirada extrañada de la esposa y del hijo, ambos salieron de la casa. El jefe era un hombre que no acostumbraba gastar su "valioso tiempo" en su familia muy a menudo. Tanto el padre como el hijo se sentaron en el porche de la casa. El padre miró a su hijo, quien a su vez lo miraba extrañado. Le empezó a decir que sabía que no era un buen padre, que muchas veces se ausentó en aquellos momentos que sabía que eran importantes. Le mencionó que había decidido cambiar, que quería pasar más tiempo con ellos, ya que su madre y él eran lo más importante que tenía. Le mencionó lo de los tarjetas y cómo uno de sus jóvenes ejecutivos se la había dado. Le dijo que lo había pensado mucho, pero quería darle la última tarjeta a él, ya que era lo más importante, lo más sagrado para él, que el día que nació fue el más feliz de su vida y que estaba orgulloso de él: eres importante para mi. El chico, con lágrimas en los ojos, le dijo: "Papá, no sé qué decir, mañana pensaba suicidarme porque pensé que yo no te importaba. Te quiero, papá, perdóname." Ambos lloraron y se abrazaron. El experimento de la profesora dio resultado, había logrado cambiar no una, sino varias vidas, con sólo expresar lo que sentía. Es como yo Mi hijo hace poco llegó a este mundo, de manera normal… pero yo tenía que trabajar, tenía tantos compromisos… Mi hijo aprendió a comer cuando menos lo esperaba. Comenzó a hablar cuando yo no estaba. A medida que crecía, me decía: "Papá, algún día seré como tú ¿Cuándo regresas a casa, papá?". "No lo sé, hijo mío, pero cuando regrese jugaremos juntos…, ya lo verás". Mi hijo cumplió diez años y me decía: "Gracias por la pelota, papá. ¿Quieres jugar conmigo?". "Hoy no, hijo mío, que tengo mucho que hacer." "Está bien papá, otro día será", y se fue sonriendo, y siempre en sus labios las palabras: "Yo quiero ser como tú. ¿Cuándo regresas a casa, papá?". "No lo sé, hijo, pero cuando regrese jugaremos juntos…, ya lo verás." Mi hijo regresó de la universidad, hecho todo un hombre. "Hijo, estoy muy orgulloso de ti. Siéntate y hablemos un poco." "Hoy no, papá, tengo compromisos…; por favor, préstame el coche para ir a visitar a unos amigos." Ahora me he jubilado y mi hijo vive en un barrio cercano. Hoy le he llamado: "Hola, hijo mío, quiero verte." "Me encantaría, papá, pero es que no tengo tiempo…; tú sabes, el trabajo, los niños…; pero gracias por llamar, fue estupendo hablar contigo." Al colgar el teléfono me di cuenta que mi hijo había cumplido su deseo, era exactamente como yo. Hablar con los padres ancianos Mi padre me llama mucho por teléfono -decía un hombre joven-. Voy poco a verle. Ya sabes cómo son los viejos, cuentan siempre las mismas cosas una y otra vez. Además nunca faltan cosas que hacer: el trabajo, mi mujer, mis amigos… En cambio yo -le dijo su compañero- procuro hablar mucho con mi padre. Caray -se apenó el otro-, eres mejor que yo. Soy igual que tú -respondió el amigo con tristeza-, mi padre murió hace tiempo y ahora sigo hablando con él, pues pienso que me escucha desde el Cielo. Pero mientras vivió, le visitaba poco y apenas hablaba con él. Ahora siento su ausencia, y lo busco cuando ya se me fue. Te recomiendo que procures hablar con él ahora que lo tienes, no esperes a visitarle en el cementerio, como tengo que hacer yo. Firmes en medio de la persecución religiosa Cuando el Papa estuvo en La Habana, el cardenal le comentó que, a la vista de las dificultades del momento, había decidido moderar su actividad y no hacer apenas proselitismo, para no tener más conflictos aún con el gobierno. El Papa le miró con afecto en silencio. Tenía tras de sí la experiencia de tantos años bajo la persecución comunista en Polonia. Sabía que este tipo de soluciones acomodaticias, incluso si eran de buena fe, terminaban aguando el cristianismo y haciendo perder el vigor de la fe. Transcurrieron unos segundos, y después el Papa pronunció con firmeza con unas palabras de la “Gaudium et Spes”: “La Iglesia no puede nunca dejar de ser misionera”. Historia de dos ciudades Un viajero se aproximaba a una gran ciudad y preguntó a una mujer que se encontraba a un lado del camino: "¿Cómo es la gente de esta ciudad?". "¿Cómo era la gente del lugar de donde vienes?", le inquirió ella a su vez. "Terrible, mezquina, no se puede confiar en ella… detestable en todo los sentidos", respondió el viajero. "¡Ah! -exclamó la mujer-, encontrarás lo mismo en la ciudad a donde te diriges". Apenas había partido el primer viajero cuando otro se detuvo y también preguntó acerca de la gente que habitaba en la ciudad cercana. De nuevo la mujer le preguntó al viajero por la gente de la ciudad de donde provenía. "Era gente maravillosa; honesta, trabajadora y extremadamente generosa. Lamento haber tenido que partir.", declaró el segundo viajero. La sabia mujer le respondió: "Lo mismo hallarás en la ciudad adonde te diriges". En ocasiones no vemos las cosas como son, las vemos como somos. Incredulidad en Plutón Anoche tuve en mi casa una increíble visita de un viajero. Un extraño personaje que venía nada menos que de Plutón. Estaba muy nervioso. Me explicó como en su planeta corrían terribles rumores sobre los terrícolas: "En mi planeta, dicen las malas lenguas, que a millones de esos pequeños seres humanos, vosotros mismos, lo humanos, los tenéis congelados en neveras a la espera de ser objeto de experimentos o de ser destruidos." "¿Qué mas se comenta de nosotros en tu planeta?", le pregunté. "Pues cosas peores, como que también a millones de seres humanos, igualmente pequeños o un poco mas grandes, se les mata, se acaba con su vida, cuando aún no han nacido, en el vientre de su madre". Sentí como la congoja apretaba mi pecho y como las lágrimas asomaban en mis ojos. "Te estás poniendo rojo. No te enfades, si quieres yo volveré a mi planeta y les diré que nunca cuenten mentiras tan horribles sobre vosotros los humanos". "Amigo, no me enfado con los tuyos. Me avergüenzo de los míos. Todo lo que has dicho es cierto, eso hacen algunos seres humanos grandes, con sus pequeños seres humanos". "Entonces me voy. No era capaz de creérmelo. Me vuelvo a casa, por que si eso hacéis con los vuestros, que no haréis con los que no somos de vuestra especie". Jesús García Sánchez-Colomer Información, por favor Cuando yo era niño, mi padre tenía uno de los primeros teléfonos de nuestro vecindario. Recuerdo bien la vieja caja pulida clavada a la pared y el brillante auricular colgado en el lateral de la caja. Yo era demasiado pequeño para alcanzar el teléfono, pero solía escuchar con fascinación cuando mi madre hablaba por él. Entonces descubrí que en alguna parte dentro de ese maravilloso dispositivo, vivía una extraña persona – su nombre era "Información Por Favor" y no había nada que ella no supiese. "Información Por Favor" podía proporcionarte el nombre de cualquiera y la hora exacta. Mi primera experiencia personal con este "genio de la lámpara" llegó un día mientras mi madre visitaba a un vecino. Divirtiéndome con el banco de herramientas del sótano, me aplasté el dedo con un martillo. El dolor era terrible, pero allí no parecía haber ninguna razón para llorar porque en casa no había nadie que me pudiese consolar. Caminé de un lado a otro por la casa chupando mi dedo palpitante y finalmente llegué a la escalera. ¡El teléfono! Rápidamente corrí a por el taburete en el recibidor y lo arrastré hasta el rellano de la escalera. Subiéndome a él, descolgué el receptor y lo mantuve junto a mi oreja. "Información Por Favor", dije al micrófono justo sobre mi cabeza. Un clic o dos y una vocecita clara habló en mi oído. "Información." "Me he lastimado el dedo. . ." gemí al teléfono. Las lágrimas llegaron sin demasiado esfuerzo ahora que tenía audiencia. "¿No está tu madre en casa?" preguntó. "Nadie más que yo está en casa." sollocé. "¿Estás sangrando?" "No," repliqué. "Me he golpeado el dedo con el martillo y me duele." "¿Puedes abrir la nevera?" preguntó. Dije que podía. "Entonces corta un trocito de hielo y manténlo junto a tu dedo," dijo la voz. Después de aquello, llamaba a "Información Por Favor" para cualquier cosa. La llamé para que me ayudara con la geografía y me dijo donde estaba Filadelfia. Me ayudo con las matemáticas. Me dijo que mi ardilla, que había cogido en el parque justo el día de antes, comería frutas y nueces. Por aquel entonces, Petey, nuestro canario, murió. Llamé a "Información Por Favor" y le conté la triste historia. Ella escuchó y después dijo lo que usualmente los adultos dicen para consolar a un niño. Pero yo estaba desconsolado. Le pregunté, "¿Por qué los pájaros pueden cantar tan bellamente y llevar alegría a todas las familias, solo para acabar como un montón de plumas en el fondo de la jaula?" Ella debió sentir mi profunda inquietud, porque dijo sencillamente, "Paul, recuerda siempre que hay otros mundos donde cantar." De alguna forma me sentí mejor. Otro día estaba en el teléfono. "Información Por Favor". "Información," dijo la, ahora familiar, voz. "¿Cómo se deletrea aprieto?" pregunté. Y todo ello tuvo lugar en un pequeño pueblo en el Noroeste de la costa del Pacífico. Cuando tenía 9 años me mudé a través del país a Boston. Eché mucho de menos a mi amiga. "Información Por Favor" pertenecía a aquella vieja caja de madera allá en casa, y de ningún modo pensé intentarlo con el increíble y brillante nuevo teléfono situado en la mesa en el recibidor. Cuando llegué a la adolescencia, las memorias de aquellas conversaciones infantiles, en realidad nunca me abandonaron. A menudo, en momentos de duda y confusión, podía apelar a una serena seguridad y la tenía. Apreciaba ahora cuan paciente, compresiva y amable era ella para haber gastado su tiempo en un niño pequeño. Unos pocos años más tarde, en mi ruta hacia el oeste hacia la universidad, mi avión aterrizó en Seattle. Tenía algo así como media hora entre avión y avión. Pasé alrededor de 15 minutos al teléfono con mi hermana que entonces vivía allí. Entonces, sin pensar en lo que estaba haciendo, marqué la operadora de mi pueblo natal y dije, "Información Por Favor". Milagrosamente, oí la menuda y clara voz que conocía tan bien, "Información." No lo había planeado, pero me oí a mí mismo diciendo, "¿Puede decirme cómo se deletrea aprieto?" Hubo una larga pausa. Entonces vino la respuesta en voz baja, "supongo que tu dedo ya debe estar curado." Reí. "Así que realmente eres tú aún," dije. "Me pregunto si tienes idea de cuánto significaste para mí en aquel tiempo." "Me pregunto," dijo ella, "si sabes lo mucho que tus llamadas significaban para mí. Nunca he tenido hijos y solía esperar tus llamadas." Le dije cuan a menudo había pensado en ella a lo largo de los años y le pregunté si podía llamarla de nuevo cuando volviera a visitar a mi hermana. "Por favor, hazlo," dijo. "Pregunta por Sally." Tres meses después estaba de vuelta en Seattle. Una voz diferente contestó, "Información." Pregunté por Sally. "¿Es usted un amigo?" dijo ella. "Sí, un muy antiguo amigo," respondí. "Siento tener que decirle esto," dijo. "Sally había estado trabajando a tiempo parcial los últimos años porque estaba enferma. Murió hace cinco semanas." Antes de que pudiera colgar dijo, "Espere un momento. ¿Dijo que su nombre era Paul?" "Sí." "Bien, Sally dejó un mensaje para usted. Lo anotó por si usted llamaba. Déjeme leérselo." La nota decía, "Dile que aún digo que hay otros mundos donde cantar. Él sabrá lo que quiero decir." Le di las gracias y colgué. Sabía lo que Sally quería decir. (Paul Villiard, tomado de www.andaluciaglobal.com/hadaluna) Invierno frío Era otoño, y los indios de una remota reserva preguntaron a su nuevo Jefe si el próximo invierno iba a ser frío o apacible. Dado que el jefe había sido educado en una sociedad moderna, no conocía los viejos trucos indios. Así que, cuando miró el cielo, se vio incapaz de adivinar qué iba a suceder con el tiempo… De cualquier manera, para no parecer dubitativo, respondió que el invierno iba a ser verdaderamente frío, y que los miembros de la tribu debían recoger leña para estar preparados. No obstante, como también era un dirigente práctico, a los pocos días tuvo la idea de telefonear al Servicio Nacional de Meteorología. – ¿El próximo invierno será muy frío? -preguntó. – Sí, parece que el próximo invierno será bastante frío –respondió el meteorólogo de guardia. De modo que el Jefe volvió con su gente y les dijo que se pusieran a juntar todavía más leña, para estar aún más preparados. Una semana después, el Jefe llamó otra vez al Servicio Nacional de Meteorología y preguntó: – ¿Será un invierno muy frío? – Sí – respondió el meteorólogo- va a ser un invierno muy frío. Honestamente preocupado por su gente, el Jefe volvió al campamento y ordenó a sus hermanos que recogiesen toda la leña posible, ya que parecía que el invierno iba a ser verdaderamente crudo. Dos semanas más tarde, el Jefe llamó nuevamente al Servicio Nacional de Meteorología: – ¿Están ustedes absolutamente seguros de que el próximo invierno habrá de ser muy frío? – Absolutamente, sin duda alguna -respondió el meteorólogo- va a ser uno de los inviernos más fríos que se hayan conocido. – ¿Y cómo pueden estar ustedes tan seguros? – Fíjate si va a serlo que los indios están recogiendo leña como locos. La caja dorada A menudo aprendemos mucho de nuestros hijos. Hace algún tiempo, un amigo mío regañó a su hija de tres años por gastar un rollo de papel de envolver dorado. No andaba muy bien de dinero y se enfureció cuando la niña trató de decorar una caja para ponerla bajo el árbol de Navidad. A pesar de ello, la pequeña llevó el regalo a su padre a la mañana siguiente, y dijo: "Esto es para ti, papá". Él estaba turbado por su excesiva reacción anterior, pero se molestó de nuevo cuando vio que la caja estaba vacía. "¿No sabes que cuando le das a alguien un regalo se supone que debe haber algo dentro?", le dijo. La pequeña lo miró con lágrimas en los ojos y dijo: "Oh, papá. No está vacía. He echado besos en la caja. Todos para ti, papá". El padre estaba hecho polvo. Rodeó con sus brazos a su pequeña y le pidió que le perdonara. Mi amigo me dijo que conservó esa caja dorada junto a su cama durante años. Siempre que estaba descorazonado, sacaba un beso imaginario y recordaba el amor de la niña que los había puesto allí. Realmente, a todos nosotros, como padres, se nos ha dado una caja dorada llena de amor incondicional y besos de nuestros hijos. No hay posesión más preciosa que nadie pueda tener. (James Dobson, tomado de de www.andaluciaglobal.com/hadaluna) La calumnia Había una vez un hombre que calumnió grandemente a un amigo suyo, todo por la envidia que le tuvo al ver el éxito que este había alcanzado. Tiempo después se arrepintió de la ruina que trajo con sus calumnias a ese amigo, y visitó a un hombre muy sabio a quien le dijo: "Quiero arreglar todo el mal que hice a mi amigo. ¿Cómo puedo hacerlo?", a lo que el hombre respondió: "Toma un saco lleno de plumas ligeras y pequeñas y suelta una donde vayas". El hombre muy contento por aquello tan fácil tomó el saco lleno de plumas y al cabo de un día las había soltado todas. Volvió donde el sabio y le dijo: "Ya he terminado", a lo que el sabio contestó: "Esa es la parte más fácil. Ahora debes volver a llenar el saco con las mismas plumas que soltaste. Sal a la calle y búscalas". El hombre se sintió muy triste, pues sabía lo que eso significaba y no pudo juntar casi ninguna. Al volver, el hombre sabio le dijo: "Así como no pudiste juntar de nuevo las plumas que volaron con el viento, así mismo el mal que hiciste voló de boca en boca y el daño ya está hecho. Lo único que puedes hacer es pedirle perdón a tu amigo, pues no hay forma de revertir lo que hiciste". La canasta vacía Así como una imagen vale más que mil palabras, una historia adecuada ilustra más que cien libros. La esposa del Faraón de Egipto había perdido muchos hijos en su vientre. Este parto, seguramente, era su última oportunidad para darle un heredero al Faraón. Rodeada de médicos y sirvientas el dolor de su vientre fue en aumento hasta que explotó en un grito de dolor liberador y, simultáneamente a su muerte dio un parto de cinco hijos, cuatro de ellos varones y una niña. El Faraón crió con amor y dedicación a sus hijos, dándoles la educación de futuros gobernantes a los varones y de princesa a la hija. Pasados los años y crecidos sus hijos, el Faraón se enfrentó al dilema de escoger a su sucesor. Dado que todos habían nacido en el mismo parto, no había un primogénito a quién el derecho le correspondiese naturalmente. Consultó con el Consejo de Ancianos: "Qué debo hacer? ¿Cómo elegir a mi sucesor? Quizás deba dividir el Imperio en cuatro reinos para ser justo con todos ellos." Los sabios respondieron: "No, majestad, dividir el Imperio implica debilitarlo y ello acarreará su destrucción. Además, usted tuvo cinco hijos y sería injusto con su hija. Lo mejor es hacer un concurso entre ellos y el que traiga el proyecto que más beneficie a Egipto, ese sea el escogido". Satisfecho con la sabiduría del consejo recibido, el Faraón citó a sus hijos -incluida la hija- y les dijo: "Tienen seis meses para plantear el Proyecto más beneficioso para Egipto, quién así lo haga será elegido mi sucesor." Seis meses después los cinco hijos se congregaron en el Salón del Faraón portando los varones gran cantidad de maquetas y planos, y la hija una canasta vacía. El Faraón escuchó por turno los proyectos. Cada cual superaba al anterior: un sistema de caminos para el Reino, un sistema de canales de riego, un sistema de silos para las cosechas, un sistema de puertos para el comercio… Era difícil pensar en uno que superase en beneficios al otro. La discusión para analizar el valor de cada uno, sin duda sería ardua, problemática y difícil. Sin embargo, al llegar el turno a la hija ésta mostró su canasta vacía y dijo: "Padre, yo traigo una canasta vacía que hoy vale tanto como las maquetas que has visto. Nadie puede decir qué obra es la mejor hasta no verla hecha y, para ese entonces el contenido de mi canasta podría superar en valor a cualquiera de ellos." Todos quedaron sorprendidos por el enunciado, pero el Faraón y el Consejo de Sabios estuvieron de acuerdo en que discutir el valor de los proyectos no tenía más sentido que discutir el valor del contenido de una canasta vacía. Entonces la solución fue obvia: los recursos del reino se emplearían para el desarrollo de los proyectos durante dos años y, al cabo de ese tiempo se analizaría el beneficio real de cada obra para el Reino. Pasaron los dos años de febril actividad y llegó el momento de presentarse al Salón del Trono. Cada uno de los hijos venía orgulloso con gran cantidad de documentos y asesores para demostrar que su obra había sido la más beneficiosa al Reino. Y la hija llegó con su canasta vacía. A su turno, cada hijo expuso el valor de las obras hechas: cómo ahora el sistema de riego había aumentado las cosechas, cómo el sistema de caminos permitía que esas cosechas llegasen hasta el último rincón del Reino, cómo el sistema de silos permitía almacenarlas de modo limpio y seguro, cómo los nuevos puertos eran fuente de comercio y prosperidad. Al llegar el turno de la hija, esta señaló su canasta y dijo: "Padre, tal como lo anuncié, el tiempo me permitiría dar valor al contenido de esta canasta. Ahora lo veis: gracias a mi canasta vacía el Reino tiene canales, caminos, silos y puertos. Sin ella sólo hubiésemos tenido proyectos y una larga discusión para ver cuál era el mejor sin que nunca ocurriese nada." Los cuatro hermanos se dieron la vuelta, sorprendidos y azorados, y tras un momento de vacilación se arrodillaron frente a su hermana. Y así Egipto tuvo su primera Emperatriz. (Adaptación libre y resumida del cuento "La Canasta Vacía", de Ana María Aguado, Buenos Aires, 1998). La carreta vacía Caminaba con mi padre cuando él se detuvo en una curva y después de un pequeño silencio me preguntó: Además del cantar de los pájaros, ¿escuchas alguna cosa más? Agudicé mis oídos y algunos segundos después le respondí: Estoy escuchando el ruido de una carreta. Eso es -dijo mi padre-. Es una carreta vacía. Pregunté a mi padre: ¿Cómo sabes que es una carreta vacía, si aún no la vemos? Entonces mi padre respondió: Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía, por el ruido. Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace. Me convertí en adulto, y ahora, cuando veo a una persona hablando demasiado, interrumpiendo la conversación de todos, siendo inoportuna o violenta, presumiendo de lo que tiene, sintiéndose prepotente y haciendo de menos a la gente, tengo la impresión de oír la voz de mi padre diciendo: "Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace". La humildad consiste en callar nuestras virtudes y permitirle a los demás descubrirlas. Nadie está mas vacío que aquel que está lleno de sí mismo. La decisión está en tus manos Aproximadamente al principio del siglo I de nuestra era, existían dos escuelas de enseñanza, dirigidas por dos sabios de renombre: Hilel y Shamai. Cada escuela se dedicaba al estudio de la Torá y los alumnos eran el gran potencial de la misma. El gran problema que había entre ambas escuelas era que los alumnos no se llevaban bien entre sí, y a cada oportunidad que se presentaba hacían todo lo posible por desprestigiar a la otra escuela. Un día los alumnos de Shamal entendieron que la mejor manera de desacreditar a los de la otra escuela era humillar a Hilel el sabio e idearon una estratagema. Pensaron en cazar una mariposa y llevarla viva en la mano de uno de ellos y al llegar a la casa del sabio preguntarle: -Maestro Hilel, esta mariposa que tengo en mis manos, ¿está viva o muerta? Si Hilel respondía que estaba viva, entonces apretarían el puño y le demostrarían que estaba muerta. Si la respuesta era que la mariposa estaba muerta abrirían el puño y la dejarían escapar, demostrando así que estaba viva. El plan era infalible, y decidieron llevarlo a cabo. Cazaron la mariposa y uno de los alumnos de Shamal la tomó en sus manos, se acercaron a la casa de Hilel golpearon a su puerta y el sabio les preguntó: -¿Que les trae por aquí? Los alumnos respondieron: -Queremos saber cuán sabio eres. Hilel les dijo: -¿Y cómo lo comprobarán? -Le haremos una pregunta. -Adelante. -Esta mariposa que tengo en mis manos, ¿está viva o muerta? Hilel les miró despacio y respondió: -La decisión está en tus manos. La maestra Se contaba hace muchos años una historia sobre una profesora de Primaria. Su nombre era Sra. Thompson. Cuando se ponía de pie frente a su clase de 5º grado en el primer día de colegio, decía una mentira a los niños. Como muchos maestros, ella miraba a sus estudiantes y decía que los quería a todos por igual. Pero eso era imposible, porque ahí, en la primera fila, hundido en su asiento, estaba un pequeño llamado Teddy Stoddard. La Sra. Thompson había vigilado a Teddy el año anterior y se dio cuenta de que no jugaba con los otros niños, que sus ropas estaban sucias y que constantemente necesitaba un baño. Y Teddy podía ser desagradable. Llegó al punto que la Sra. Thompson de hecho se complacía en marcar sus apuntes con una ancha pluma roja, haciendo bien delineadas X y poniendo un gran "MD" en la parte superior de las hojas. En la escuela donde enseñaba la Sra. Thompson, ella fue requerida para revisar el expediente de cada niño y dejó el de Teddy para lo último. Sin embargo, cuando revisó su expediente, se llevó una sorpresa. La maestra de primero de Teddy escribió, "Teddy es un niño brillante, de pronta risa. Hace su trabajo pulcramente y tiene buenos modales, da alegría tenerlo cerca." Su maestra de segundo escribió, "Teddy es un excelente estudiante, apreciado por sus compañeros de clase, pero está apenado porque su madre tiene una enfermedad terminal y la vida en su hogar debe ser una pugna." Su maestra de tercero escribió, "La muerte de su madre ha sido dura para él. Intenta hacer lo mejor, pero su padre no muestra mucho interés y su vida familiar pronto le afectará si no se toman medidas." Su maestra de cuarto escribió, "Teddy está distraído y no muestra mucho interés por la escuela. No tiene muchos amigos y a veces se duerme en clase." Ahora la Sra. Thompson se dio cuenta del problema y se avergonzó de sí misma. Se sintió peor incluso cuando sus estudiantes le llevaron sus regalos de Navidad, envueltos en bellos lazos y brillante papel, excepto el de Teddy. Su regalo estaba chapuceramente envuelto en el pesado papel marrón que obtuvo de una bolsa de comestibles. A la Sra. Thompson le inquietó abrirlo en mitad de los otros regalos. Algunos de los niños empezaron a reír cuando encontró un brazalete de circonitas al que le faltaban algunas piedras, y una botella llena hasta la cuarta parte de perfume. Pero acalló la risa de los niños cuando exclamó lo bonito que era el bracelete, a la vez que se lo ponía, y se aplicó algo de perfume en la muñeca. Teddy Stoddard se quedó ese día después de clase justo lo suficiente para decir, "Sra. Thompson, hoy huele usted justo como mi mamá solía hacerlo." Después de que los niños se fueran, ella lloró durante casi una hora. Desde ese preciso día, la Sra. Thompson puso especial atención con Teddy. Mientras trabajaba con él, su mente parecía volver a la vida. Cuanto más lo animaba, más rápido respondía él. Al final del año, Teddy había llegado a ser uno de los niños más inteligentes de clase y, a pesar de su mentira de que ella querría a todos los niños por igual, Teddy se convirtió en uno de los "favoritos de la maestra" Un año más tarde, encontró una nota bajo su puerta, de Teddy, diciéndole que todavía era la mejor maestra que había tenido en toda su vida. Pasaron seis años antes de que le llegara otra nota de Teddy. Entonces le escribió que había acabado la Secundaria, el tercero de su clase, y que ella todavía era la mejor maestra que había tenido en toda su vida. Cuatro años después, le llegó otra carta, diciendo que aunque las cosas habían sido duras a veces, permaneció en el colegio, perseveró y pronto obtendría su graduado con los mayores honores. Aseguraba a la Sra. Thompson que ella todavía era la mejor maestra que había tenido en toda su vida y su favorita. Pasaron cuatro años más y llegó otra carta. Esta vez explicaba que después de haber obtenido su título de Bachiller, decidió ir un poco más allá. La carta explicaba que ella era todavía la mejor y favorita maestra que había tenido nunca. Pero ahora su nombre era un poco más largo: la carta estaba firmada, Doctor Theodore F. Stoddard. La historia no acaba aquí. Todavía recibió otra carta esa primavera. Teddy decía que había conocido a una chica y que iba a casarse. Explicaba que su padre había muerto hacía un par de años y se preguntaba si la Sra. Thompson aceptaría sentarse en la boda en el sitio que usualmente estaba reservado para la madre del novio. Por supuesto, la Sra. Thompson lo hizo. ¿Y sabes qué? Lució el brazalete, aquel al que le faltaban varias circonitas. Y se aseguró de ponerse el perfume que Teddy recordaba que su madre llevaba en su última Navidad juntos. Se abrazaron y el Dr. Stoddard susurró en el oído a la Sra. Thompson, "Gracias, Sra. Thompson por creer en mí. Muchas gracias por hacerme sentir importante y mostrarme que yo podía hacer que las cosas fueran diferentes." La Sra. Thompson, con lágrimas en los ojos, susurró a su vez. Dijo, "Teddy, estás totalmente equivocado. Tu fuiste el que me enseñó a mí a hacer las cosas diferentes. Yo no sabía cómo enseñar hasta que te conocí." (Elizabeth Silance Ballard, tomado de de www.andaluciaglobal.com/hadaluna) La oruga y la mariposa Una pequeña oruga caminaba un día en dirección al sol. Muy cerca del camino se encontraba un saltamontes. "¿Hacia donde te diriges?" – le preguntó -. Sin dejar de caminar, la oruga contestó: "Tuve un sueño anoche: soñé que desde la punta de la gran montaña yo miraba todo el valle. Me gustó lo que vi en mi sueño y he decidido realizarlo". Sorprendido, el saltamontes dijo mientras su amigo se alejaba: "¡Debes estar loca!, ¿cómo podrás llegar hasta aquel lugar?, ¿tú?, ¿una simple oruga? …. una piedra será una montaña, un pequeño charco un mar y cualquier tronco una barrera infranqueable…". Pero el gusanito ya estaba lejos y no lo escuchó, su diminuto cuerpo no dejó de moverse. De pronto se oyó la voz de un escarabajo preguntando hacia dónde se dirigía con tanto empeño. La oruga contó una vez más su sueño y el escarabajo no pudo soportar la risa, soltó la carcajada y dijo: "Ni yo, con patas tan grandes, intentaría realizar algo tan ambicioso", y se quedó en el suelo tumbado de la risa mientras la oruga continuó su camino, habiendo avanzado ya unos cuantos centímetros. Del mismo modo la araña, el topo y la rana le aconsejaron a nuestro amigo desistir: "¡No lo lograrás jamás!" le dijeron, pero en su interior había un impulso que lo obligaba a seguir. Ya agotado, sin fuerzas y a punto de morir, decidió parar a descansar y construir con su último esfuerzo un lugar donde pernoctar. "Estaré mejor", fue lo último que dijo y murió. Todos los animales del valle fueron a mirar sus restos, ahí estaba el animal más loco del campo, había construido como su tumba un monumento a la insensatez, ahí estaba un duro refugio, digno de uno que murió por querer realizar un sueño irrealizable. Esa mañana en la que el sol brillaba de una manera especial, todos los animales se congregaron en torno a aquello que se había convertido en una advertencia para los atrevidos. De pronto quedaron atónitos, aquella costra dura comenzó a romperse y con asombro vieron unos ojos y unas antenas que no podían ser las de la oruga que creían muerta, poco a poco, como para darles tiempo de reponerse del impacto, fueron saliendo las hermosas alas de mariposa de aquel impresionante ser que tenían en frente, el que realizaría su sueño, el sueño por el que había vivido, por el que había muerto y por el que había vuelto a vivir. Todos se habían equivocado. El éxito en la vida no se mide por lo que has logrado, sino por los obstáculos que has tenido que enfrentar en el camino. Aunque el camino sea largo y difícil, no te dejes vencer… si eres constante, tus sueños pueden convertirse en realidad. La primera palabra a través del océano http://www.interrogantes.net/includes/documento.php?IdDoc=2588&IdSec=95 Stefan Zweig La silla de ruedas 05:30, oigo el despertador. Uf, ya es hora de levantarse, pero si acabo de acostarme… ¿Por qué tiene que estallar ahora este cacharro? ¿Por qué no puedo esta tan desvelado, como ayer cuando me acosté? Me quedaré cinco minutos mas, luego en la autopista los podré recuperar. Cierro los ojos y me imagino que estoy en la playa tumbado, tomando energía de mi planeta preferido. Lo que pensé que serían 5 minutos se multiplicaron por 8. Miro al reloj, que me responde con guasa que me he vuelto a quedar dormido. Como un cohete salgo de mi cama hacia la cocina para hacerme un café con la esperanza de que me ayude a abrir los ojos. La autopista no me permite gastar un poco de adrenalina para apaciguar mi tensión, sino que la aumenta cuando me doy cuenta que estoy atascado en ella. Cuando por fin llego a la estación de trenes veo como el tren traga a sus últimos pasajeros cierra las puertas lentamente y desaparece en el horizonte. Como era de esperar llegaré tarde al trabajo. Después de la aventura que tuve para llegar al trabajo, la motivación se derrumba por completo al pensar en la montaña de trabajo que me está esperando. Después de 8 horas y media de duro trabajo estoy realmente por los suelos. Mientras estoy esperando el tren para regresar a casa empiezo casi a deprimirme. Pienso lo bien que pudiera estar si tuviera mi propia empresa, podría ganar mucho dinero y ser mi propio jefe. Pienso de lo feliz que sería si conociera y compartiera mi vida con mi alma gemela. Pienso el gozo que sentiría si fuese una gran personalidad que viajara mucho y fuese reconocida y respetada. Sigo pensando y soñando llegando a la conclusión que debo ser la persona más infeliz del planeta. Justo en este instante paso algo que almacenaré toda mi vida en el baúl de mis recuerdos. No hablé con un ángel, pero un ángel tuvo que haber planeado este encuentro. "Hola señor, me puede ayudar a subir al tren cuando venga", me dijo una suave y alegre voz que procedía de una adolescente. A pesar de que estaba en una silla de ruedas su rostro resplandecía como un sol al amanecer. "Cómo no, señorita, ¿qué línea de tren va a coger para llegar a su destino?", le respondí intentando sonreir. Su tren tardó unos minutos en llegar. Me quedé con las ganas de preguntarle de cómo le era posible estar tan alegre y feliz estando en esa situación. Cómo le iba a preguntar yo, que estaba mil veces mejor que ella. Me puedo mover libremente, puedo ir donde se me antoje sin depender de nadie, puedo practicar cualquier deporte, subir cualquier montaña… Volví a meditar sobre lo infeliz que me sentía antes de encontrar a la chica y empezó a darme vergüenza de haberme sentido así. Sólo estuve preocupándome del mal día que tuve, estuve pensando en lo negativo de mi vida. ¡Que vergüenza! "Ya llega mi tren, señor". Le ayudé a subir el tren y con una sonrisa (esta vez sincera) le deseé un bonito día. Cuando perdí el tren de vista, empecé a repasar en las cosas positivas que puedo gozar en mi vida. No tardé mucho y empecé a sentirme bien y contento con ganas de disfrutar del presente a pesar de que tuve un mal día. Hay un proverbio que dice que cuándo los vientos se levantan o cambian rumbo hay gente que empieza a construir muros, pero otros construyen molinos. En la vida encontramos muchos vientos, pero en vez de gastar nuestras energías en construir muros podemos construir molinos y ganar energías de estos vientos. ¿Recordamos a la chica en la silla de ruedas? Si hubiese construido muros para detener los vientos se habría agotado y se hubiese deprimido por no poder controlar los vientos. Sin embargo construyó molinos aceptando su situación y enseñando a los demás a ser positivos. (Carlos Prieto, tomado de www.andaluciaglobal.com/hadaluna) La trompeta En una excursión todos nos hallábamos perdidos en el monte. Los niños hacía tiempo dudaban de que los guías supiéramos el camino. El bosque, agreste, no dejaba ver ni una luz que nos guiara. De pronto, se oyó el sonido de una trompeta lejana. Era el cura del pueblo, que nos esperaba y, al ver que no llegábamos, había salido en nuestra búsqueda. José Ramón, el clásico gordito de toda excursión, apretó el paso. Al cabo de un rato la trompeta se fue perdiendo. José Ramón gritó disgustadísimo: si esa trompeta deja de sonar, me siento y ahí me quedo. Esta es una forma de explicar qué es la esperanza: la esperanza es como el sonido de esa trompeta. La valentía premiada Estaba caminando en una calle poco iluminada una noche ya tarde, cuando escuché unos gritos que trataban de ser silenciados y que venían de atrás de un grupo de arbustos. Alarmado, aflojé el paso para escuchar y me aterroricé cuando me dí cuenta de que lo que se escuchaba eran los inconfundibles signos de una lucha desesperada en la que a unos pocos metros de mí una mujer estaba siendo atacada. ¿Me debería involucrar? Yo estaba asustado pensando en mi propia seguridad y me maldije a mí mismo por el dilema ante el que estaba: ¿No debería tan solo correr al teléfono más cercano y llamar a la policía? Los gritos aumentaban. Tenía que actuar con rapidez. Finalmente me decidí. No podía darle la espalda a esa pobre mujer, aunque eso significara arriesgar mi propia vida. No soy un hombre valiente, ni soy un hombre fuerte ni atlético. No sé dónde encontré el coraje moral y la fuerza física, pero una vez que había decidido finalmente ayudar a la chica, me volví extrañamente transformado. Corrí detrás de los arbustos y salté sobre el asaltante. Forcejeando, caímos al suelo y luchamos durante unos minutos, hasta que el atacante se puso en pie de un salto y escapó. Jadeando fuertemente, me levanté con dificultad, y me acerqué a la chica, que estaba en cuclillas detrás de un árbol, llorando. En la oscuridad, apenas podía ver su silueta, temblando y en pleno shock nervioso. No quería asustarla de nuevo, así que le hablé a cierta distancia. "No te preocupes, ya se ha ido, estás a salvo", dije en tono tranquilizador. Hubo una prolongada pausa, y entonces oí: "¿Papá, eres tú?". Y entonces desde detrás del árbol salió caminando mi hija Katherine. La vasija Un cargador de agua tenía dos grandes vasijas que colgaban a los extremos de un palo que él llevaba encima de los hombros. Una de las vasijas tenía varias grietas, mientras que la otra era perfecta y conservaba toda el agua al final del largo camino a pie desde el arroyo hasta la casa de su patrón. Cuando llegaba, la vasija rota sólo contenía la mitad del agua. Durante dos años completos esto fue así diariamente. La vasija perfecta estaba muy orgullosa de sus logros, pues se sabía perfecta para el fin para el que fue creada. Pero la pobre vasija agrietada estaba muy avergonzada de su propia imperfección, y se sentía miserable, porque sólo podía hacer la mitad de lo que se suponía que era su obligación. Después de dos años, la tinaja quebrada le habló al aguador diciéndole: "Estoy avergonzada y me quiero disculpar contigo. Porque debido a mis grietas, sólo puedes entregar la mitad de mi carga y sólo obtienes la mitad del valor que deberías recibir". El aguador le contestó: "Cuando regresemos a casa quiero que te fijes en las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino". Así lo hizo la tinaja. Y en efecto, vio muchísimas flores hermosas a todo lo largo del camino. Pero de todos modos se sintió apenada porque, al final, sólo quedaba dentro de sí la mitad del agua que debía llevar. El aguador le dijo entonces: "¿Te diste cuenta de que las flores sólo crecen en tu lado del camino? Siempre he sabido de tus grietas y quiero que veas el lado positivo que eso tiene. Sembré semillas de flores a todo lo largo del camino por donde vas, y todos los días las has regado. Por dos años yo he podido recoger estas flores. Si no fueras como eres, no hubiera sido posible crear esa belleza". La vida es bella Un muchacho vivía sólo con su padre, ambos tenían una relación extraordinaria y muy especial. El joven pertenecía al equipo de fútbol americano de su colegio. Habitualmente no tenía oportunidad de jugar. En fin, casi nunca. Sin embargo, su padre permanecía siempre en las gradas haciéndole compañía. El joven era el más bajo de la clase cuando comenzó la secundaria e insistía en participar en el equipo de fútbol del colegio. Su padre siempre le daba orientación y le explicaba claramente que "él no tenía que jugar fútbol si no lo deseaba en realidad". Pero el joven amaba el fútbol, no faltaba a ningún entrenamiento ni a ningún partido, estaba decidido en dar lo mejor de sí, se sentía felizmente comprometido. Durante su vida en secundaria, lo recordaron como el "calentador de banquillo", debido a que siempre permanecía allí sentado. Su padre, con su espíritu de luchador, siempre estaba en las gradas, dándole compañía, palabras de aliento y el mejor apoyo que hijo alguno podría esperar. Cuando comenzó la Universidad, intentó entrar al equipo de fútbol. Todos estaban seguros que no lo lograría, pero acabó entrando en el equipo. El entrenador le dio la noticia, admitiendo que lo había aceptado además por cómo él demostraba entregar su corazón y su alma en cada una de los entrenamientos, y porque daba a los demás miembros del equipo mucho entusiasmo. La noticia llenó por completo su corazón, corrió al teléfono más cercano y llamó a su padre, que compartió con él la emoción. Le enviaba en todas las temporadas todas las entradas para que asistiera a los partidos de la Universidad. El joven deportista era muy constante, nunca faltó a un entrenamiento ni a un partido durante los cuatro años de la Universidad, y nunca tuvo oportunidad de participar en ningún partido. Era el final de la temporada y justo unos minutos antes de que comenzará el primer partido de las eliminatorias, el entrenador le entregó un telegrama. El chico lo tomó y después de leerlo quedó en silencio. Tragó muy fuerte y temblando le dijo al entrenador: "Mi padre murió esta mañana. ¿No hay problema de que falte al partido hoy?". El entrenador le abrazó y le dijo: "Toma el resto de la semana libre, hijo. Y no se te ocurra venir el sábado". Llegó el sábado, y el juego no iba bien, se acercaba el final del partido e iban perdiendo. El joven entró al vestuario y calladamente se colocó el uniforme y corrió hacia donde estaba el entrenador y su equipo, quienes estaban impresionados de ver a su luchador compañero de regreso. "Entrenador, por favor, permítame jugar… Yo tengo que jugar hoy", imploró el joven. El entrenador pretendió no escucharle, de ninguna manera él podía permitir que su peor jugador entrara en el cierre de las eliminatorias. Pero el joven insistió tanto, que finalmente el entrenador sintiendo lastima lo aceptó: "De acuerdo, hijo, puedes entrar, el campo es todo tuyo". Minutos después, el entrenador, el equipo y él publico, no podían creer lo que estaban viendo. El pequeño desconocido, que nunca había participado en un partido, estaba haciendo todo perfectamente brillante, nadie podía detenerlo en el campo, corría fácilmente como toda una estrella. Su equipo comenzó a ganar, hasta que empató el juego. En los segundos de cierre el muchacho interceptó un pase y corrió todo el campo hasta ganar con un touchdown. Las personas que estaba en las gradas gritaban emocionadas, y su equipo lo llevó a hombros por todo el campo. Finalmente, cuando todo terminó, el entrenador notó que el joven estaba sentado callado y solo en una esquina, se acercó y le dijo: "¡Muchacho, no puedo creerlo, estuviste fantástico! ¿Cómo lo lograste?". El joven miró al entrenador y le dijo: "Usted sabe que mi padre murió. Pero… ¿sabía que mi padre era ciego?". El joven hizo una pausa y trató de sonreír. "Mi padre asistió a todos mis partidos, pero hoy era la primera vez que él podía verme jugar… y yo quise mostrarle que sí podía hacerlo". La voluntad de un hombre Guillaumet era piloto de una línea aérea en los tiempos gloriosos del comienzo de la aviación comercial. Cuenta cómo salió adelante, perdido a seis mil metros de altura en los Andes a consecuencia de un fallo en su avión, del que salió ileso milagrosamente. Caminó y caminó durante muchos días, extenuado y sin alimentos ni ropa de abrigo, subiendo y bajando por aquellos montes de hielo, hasta que -casi más muerto que vivo- lo encontró un pastor, que lo puso a salvo. Al recordar más adelante esa experiencia, reconoce: "Entre la nieve se pierde todo instinto de conservación. Después de dos, de tres días de marcha, lo único que se desea es dormir. También yo lo deseaba. Pero me decía: mi mujer cree que estoy vivo, que camino. Mis amigos piensan igualmente que sigo andando. Todos ellos confían en mí. Seré un canalla si no lo hago…". Y añade: "lo que yo hice, estoy seguro, ningún animal sería capaz de hacerlo". (Saint-Exupéry, Terre des hommes) Las formas son importantes Un Sultán soñó que había perdido todos los dientes. Después de despertar, mandó llamar a un sabio para que interpretase su sueño. "¡Qué desgracia, Mi Señor! -exclamó el sabio-, cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra Majestad". "¡Qué insolencia! -gritó el Sultán enfurecido- ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí!". Llamó a su guardia y ordenó que le dieran cien latigazos. Más tarde ordenó que le trajesen a otro sabio y le contó lo que había soñado. Este, después de escuchar al Sultán con atención, le dijo: "¡Excelso Señor! Gran felicidad os ha sido reservada. El sueño significa que sobrevivirás a todos vuestros parientes". Se iluminó el semblante del Sultán con una gran sonrisa y ordenó que le dieran cien monedas de oro. Cuando éste salía del Palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado: "¡No es posible! La interpretación que habéis hecho de los sueños es la misma que el primer sabio. No entiendo porque al primero le pagó con cien latigazos y a ti con cien monedas de oro". "Recuerda bien amigo mío -respondió el segundo sabio- que todo depende de la forma en el decir". Uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender a comunicarse. De la comunicación depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la paz o la guerra. Que la verdad debe ser dicha en cualquier situación, de esto no cabe duda, mas la forma con que debe ser comunicada es lo que provoca en algunos casos, grandes problemas. La verdad puede compararse con una piedra preciosa: si la lanzamos contra el rostro de alguien, puede herir, pero si la envolvemos en un delicado embalaje y la ofrecemos con ternura ciertamente será aceptada con agrado. Las ranas Un grupo de ranas viajaba por el bosque y, de repente, dos de ellas cayeron en un hoyo profundo. Todas las demás ranas se reunieron alrededor del hoyo. Cuando vieron cuan hondo este era, le dijeron a las dos ranas en el fondo que para efectos prácticos, se debían dar por muertas. Las dos ranas no hicieron caso a los comentarios de sus amigas y siguieron tratando de saltar fuera del hoyo con todas sus fuerzas. Las otras seguían insistiendo que sus esfuerzos serian inútiles. Finalmente, una de las ranas puso atención a lo que las demás decían y se rindió, se desplomó y murió. La otra rana continuó saltando tan fuerte como le era posible. Una vez más, la multitud de ranas le gritaba y le hacían señas para que dejara de sufrir y que simplemente se dispusiera a morir, ya que no tenía sentido seguir luchando. Pero la rana saltó cada vez con más fuerzas hasta que finalmente logró salir del hoyo. Cuando salió, las otras ranas le dijeron: "Nos alegra que hayas logrado salir, a pesar de lo que te gritábamos". La rana les explicó que era sorda, y que pensó que las demás gesticulaban tanto porque le estaban animando a esforzarse más y salir del hoyo. Moraleja 1) La palabra tiene poder de vida y muerte. Una palabra de aliento compartida con alguien que se siente desanimado puede ayudar a levantarle al finalizar el día. 2) Una palabra destructiva dicha a alguien que se encuentre desanimado puede ser le que acabe por destruir. Tengamos cuidado con lo que decimos. 3) Una persona especial es la que se da tiempo para animar a otros. En la NASA, hay un póster muy simpático de una abeja, que dice así: "Aerodinámicamente el cuerpo de una abeja no está hecho para volar, lo bueno es que la abeja no lo sabe". Las tres rejas El joven discípulo de un sabio filósofo llega a casa de éste y le dice: -Oye, maestro, un amigo tuyo estuvo hablando de ti con malevolencia… -¡Espera! -le interrumpe el filósofo-. ¿Ya has hecho pasar por las tres rejas lo que vas a contarme? -¿Las tres rejas? -Sí. La primera es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto? -No. Lo oí comentar a unos vecinos. -Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Eso que deseas decirme, ¿es bueno para alguien? -No, en realidad no. Al contrario… -¡Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta? -A decir verdad, no. -Entonces -dijo el sabio sonriendo-, si no es verdadero, ni bueno, ni necesario, enterrémoslo en el olvido. Lecho de Procusto Procusto era el apodo del mítico posadero de Eleusis. Se llamaba Damastes, pero le apodaban Procusto que significa "el estirador", por su sistema de hacer amable la estancia a sus huéspedes. Deseosos de que los más altos estuvieran cómodos en sus lechos, serraba los pies de quien le sobresalieran de la cama. Y a los bajitos les ataba grandes pesos hasta que alcanzaban la estatura justa del lecho. Menos mal que Teseo, el forzudo atleta, puso fin a las locuras del posadero devolviéndole con creces el trato que dispensaba a sus ingenuos clientes. Lo mismo encontrarás aquí Una historieta popular del cercano oriente cuenta que un joven llegó al borde de un oasis contiguo a un pueblo y acercándose a un anciano le preguntó: "¿Qué clase de persona vive en este lugar?". "¿Qué clase de persona vive en el lugar de donde tú vienes?", preguntó a su vez el anciano. "Oh, un grupo de egoístas y malvados –replicó el joven–; estoy encantado de haberme ido de allí". A lo cual el anciano contestó: "Lo mismo vas a encontrar aquí". Ese mismo día, otro joven se acercó a beber agua al oasis y viendo al anciano, preguntó: "¿Qué clase de personas viven en este lugar?". El viejo respondió con la misma pregunta: "¿Qué clase de personas viven en el lugar de donde tú vienes?". "Gente magnífica, honesta, amigable, hospitalaria, me duele mucho haberlos dejado". "Lo mismo encontrarás aquí", respondió el anciano. Un hombre que había oído ambas conversaciones preguntó al viejo: "¿Cómo es posible dar dos respuestas diferentes a la misma pregunta?". A lo cual el viejo respondió: "Cada cual lleva en su corazón el medio ambiente donde vive. Aquel que no encontró nada nuevo en los lugares donde estuvo, no podrá encontrar otra cosa aquí. Aquel que encontró amigos allá, podrá encontrar también amigos aquí, porque la actitud mental es lo único en tu vida sobre lo cual puedes mantener control absoluto". Si tienes una actitud positiva hallarás la verdadera riqueza de la vida. Los artesanos de Chiapas Entre los indígenas de Chiapas, cuando el maestro, derrotado por los años, decide retirarse, le entrega al alfarero joven su mejor vasija, la obra de arte más perfecta. El joven recibe la vasija y no la lleva a casa para admirarla, ni la pone sobre la mesa en el centro del taller para que, en adelante, le sirva de inspiración y presida su trabajo. Tampoco la entrega a un museo. La estrella contra el piso, la rompe en mil pedazos y los integra a su arcilla para que el genio del maestro continúe en su obra. La obra de arte, acabamos de verlo, es tradición, es decir, entrega (traditio) de un arte que sólo puede ser reproducido por la mano de otro artista, el cual sólo puede recrear lo creado por su maestro deshaciéndolo de forma creativa e incorporadora, no destruyéndolo. Si lo destruyera no podría incorporarlo, pero si no lo retomase desde sí mismo, desde su libertad creadora, tampoco. En el primer caso sólo habría vandalismo, en el segundo plagio. Lo que evita el vandalismo y el plagio es la paciencia: en ella hemos de buscar las grandes tradiciones creadoras. Los dos halcones Un rey recibió como obsequio dos pichones de halcón y los entregó al maestro de cetrería para que los entrenara. Pasando unos meses, el instructor comunicó al rey que uno de los halcones estaba perfectamente educado, pero que al otro no sabía que le sucedía, no se había movido de la rama desde el día de su llegada al palacio, a tal punto que había que llevarle el alimento hasta allí. El rey mandó llamar a curanderos y sanadores de todo tipo, pero nadie pudo hacer volar el ave. Encargó entonces la misión a miembros de la corte, pero nada sucedió. Por la ventana de sus habitaciones, el monarca podía ver que el pájaro continuaba inmóvil. Publicó por fin un bando entre sus súbditos y, a la mañana siguiente, vio al halcón volando ágilmente en los jardines. "Traedme al autor de ese milagro", dijo. Enseguida le presentaron a un campesino. "¿Tú hiciste volar al halcón? ¿Cómo lo lograste? ¿Eres mago, acaso?" Aquel hombre contestó: "Alteza, lo único que tuve que hacer es cortar la rama. El pájaro se dio cuenta que tenía alas y tuvo que empezar a volar." Los siete magníficos En la película "Los siete magníficos" (Director: John Sturges, 1960), Ixcatlan, pueblecito mejicano dominado por la banda de Calvera, decide buscar protección reclutando pistoleros para que los defienda. El primero que reclutan es Chris Adams, quien accede a ayudarles si se le encomienda la selección y el mando de los otros hombres. Ya había participado en muchos trabajos, y cobraba unos honorarios muy elevados. Cuando le proponen proteger a Ixcatlan, se sorprende al ver que lo que le van a pagar no es mucho, pero es todo lo que aquellos hombres tenían: "Muchas personas me han dado grandes sumas, pero hasta ahora nunca nadie me había dado todo". Mártires del siglo XX La revelación del "tercer secreto" de Fátima ha vuelto a poner en primer plano el retrato del siglo XX como un siglo de mártires. La centuria que estamos dejando a las espaldas ha sido, en números absolutos, la más sangrienta de la historia del cristianismo. Dos libros publicados en Italia ayudan a entrever las dimensiones de ese martirio y a comprender cuál fue la actividad de la Santa Sede durante los años más difíciles de la persecución. En 1917 no se habían vivido todavía los momentos más dramáticos del acoso a la Iglesia. Los regímenes nazi y comunista, junto con otros odios ideológicos y étnicos, iban a causar más víctimas cristianas que los diecinueve siglos anteriores. La visión descrita por sor Lucia del "Obispo vestido de blanco" que, apesadumbrado, atraviesa una ciudad en ruinas, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba a su paso, se diría que se ha cumplido al pie de la letra. Es muy probable que esa conexión entre el martirio y el mensaje de Fátima haya sido una de las razones que movieron al Papa, pocos días antes de emprender su último viaje al santuario portugués, a rendir homenaje a los "testigos de la fe", en el acto celebrado el pasado mes de mayo en el Coliseo, lugar que simboliza el martirio de los primeros cristianos. Desde hace ya años, Juan Pablo II viene haciendo hincapié en que no se puede perder la memoria de cuantos han dado su vida por la fe en "los coliseos" que se han sucedido a lo largo del siglo XX. Para promover la recogida de esos datos se instituyó, en el ámbito del Gran Jubileo, una comisión específica. Su objetivo no ha sido acelerar o sustituir los procesos de beatificación y canonización, sino recabar toda la documentación disponible sobre esos mártires, en la inmensa mayoría de los casos, desconocidos. Una labor tanto más urgente cuanto que, sobre muchos de ellos, no existe solo el peligro del olvido sino el peso de la calumnia y de la sospecha, lanzado a veces por los mismos que los asesinaron y torturaron. En pocos meses habían llegado a Roma datos sobre 12.692 personas de los cinco continentes que habían dado su vida por la fe: 2.351 laicos, 5.343 sacerdotes y seminaristas, 4.872 religiosos y 126 obispos. El historiador Andrea Riccardi ha tenido acceso a las cartas, testimonios y relaciones enviadas por obispos, congregaciones religiosas y conferencias episcopales. Con ese material, y con otros documentos históricos, ha preparado el libro “El siglo del martirio”, que se presenta como un primer estudio, pues "se intuye que estamos al inicio de la investigación y que queda mucho por descubrir". Nos encontramos, por tanto, ante un libro casi telegráfico que pretende ofrecer una visión panorámica. Riccardi (muy conocido también por ser el fundador de la Comunidad de San Egidio) llega a la conclusión de que no relata "la historia de algunos cristianos valientes, sino la de un martirio masivo". ¿Cuáles han sido las causas de esta persecución? Las motivaciones varían según el país e incluso los diversos momentos históricos. Detrás de muchas persecuciones hay ideologías ateas o formas de idolatría del Estado. Tales son los casos de la Unión Soviética, y de los regímenes comunistas de Hungría, Yugoslavia, Polonia, Checoslovaquia, Rumania, Bulgaria, Albania, China, Vietnam, Camboya, Laos, Corea del Norte. O del nazismo, con sus estragos contra los cristianos en Alemania, Polonia, Francia e Italia (de Holanda y Bélgica, entre otros países, no habían llegado aún datos a la comisión). Fue el caso también de las guerras civiles de México y España. En otras ocasiones, razones políticas se unen a impulsos anticristianos, como los que llevaron a cabo soldados japoneses en varios puntos de Asia, como China y Filipinas. Si a veces se ha combatido el cristianismo por considerarlo una religión extranjera, en otras circunstancias las persecuciones no podían tener esa excusa, como ocurrió en algunas zonas de mayoría musulmana, donde la presencia del cristianismo –aunque minoritario– era anterior a la llegada del islam. Un capítulo particularmente doloroso lo constituye el testimonio de las mujeres, laicas y religiosas, que en diversas circunstancias geográficas e históricas dieron su vida por no ceder a la violencia. "Con frecuencia, el martirio cristiano del siglo XX es una página de resistencia femenina en nombre de la fe y de la propia dignidad". El siglo XX ha visto también a numerosos cristianos que fueron víctimas porque se opusieron a la injusticia. En todo caso, es un martirio que en muchos aspectos no pertenece a la historia pasada, como nos recuerdan a diario las páginas de los periódicos. La persecución produjo también resultados inesperados. Por numerosos relatos de los supervivientes, se sabe que uno de los objetivos del trato inhumano que se infligía a los detenidos era el aniquilamiento de su dignidad humana. Por esa razón, resultan aún más sorprendentes los testimonios de fraternidad y de caridad que surgieron en aquellas circunstancias en las que católicos, ortodoxos y protestantes tuvieron que compartir los mismos lugares de reclusión y de muerte. Nació así el "ecumenismo de los mártires", que Juan Pablo II ha presentado en muchas ocasiones como ejemplo de lo que supone ir a lo esencial y dejar de lado las disputas fosilizadas por los prejuicios. Uno de esos escenarios fue el lager de Dachau, que llegó a reunir a 2.720 sacerdotes y ministros, de los que 2.579 eran católicos (en su mayoría, polacos), 109 evangélicos, 22 ortodoxos y 8 veterocatólicos, además de dos musulmanes. Uno de los internados, por ejemplo, y se trata de una historia entre mil, recuerda la figura del arzobispo de Praga, Josef Beran: "Con frecuencia, durante el rancho, veía una mano alargarse y dejar un pedazo de pan junto a mi escudilla… Beran se alejaba con su paso rápido, saludando con su sonrisa invencible. Hacía esto, por turno, con todos aquellos que le parecían en peores condiciones. Y cuando no tenía nada, trataba de consolarnos con una palabra pronunciada a media voz". Algo parecido ocurrió en el campo de concentración que los soviéticos instalaron en las islas Solovki, precisamente en lo que había sido uno de los monasterios más representativos de la ortodoxia rusa. El espectáculo debió de ser tal –teniendo presente los antecedentes de disputas y conflictos– que un testigo anota: "Aquel de nosotros que tenga la dicha un día de volver al mundo deberá dar testimonio de lo que estamos viendo. Y lo que vemos es el renacer de la fe pura y auténtica de los primeros cristianos, la unión de las Iglesias en la persona de los obispos católicos y ortodoxos". En 1949, el mariscal Tito preguntó a un grupo de "curas populares": "Ahora que nosotros [el gobierno yugoslavo] nos hemos separado de Moscú, ¿por qué no os separáis vosotros de Roma?". La pregunta muestra dos de las estrategias usadas por los regímenes comunistas en su lucha por eliminar la Iglesia: la creación de un clero adepto al régimen, que por lo general fue minoritario, y el interés por formar "Iglesias nacionales", separadas de Roma y fácilmente manejables. En muchos casos, de todas formas, la línea prioritaria fue la eliminación física. Albania fue un caso emblemático, con su profesión de ateísmo recogida en la constitución, que tanto enorgullecía a los jefes del partido. De los seis obispos y ciento cincuenta y seis sacerdotes que había en el país antes de que los comunistas tomaran el poder, solo sobrevivieron un obispo y treinta sacerdotes, y todos después de haber soportado largos años de detención. Sin embargo, la pequeña Iglesia de Albania permaneció fiel, como recordaba con emoción Frano Ilia, nombrado en 1992 arzobispo de Shkodër: "Ningún sacerdote, a pesar de las torturas de todo tipo, ha renegado de la fe. Y esto ha sido realmente una gracia de Dios porque los ultrajes eran tales que resultaba realmente difícil permanecer fieles". Aunque menos prolongado en el tiempo, también el régimen nazi se ensañó con la Iglesia. El clero católico alemán fue uno de los grupos más perseguidos: sufrieron la muerte, directamente o en los campos de concentración, 164 sacerdotes diocesanos, 60 religiosos, 4 religiosas, 2 miembros de institutos de vida consagrada y 118 laicos (perseguidos en cuanto que, como católicos, se opusieron a las injusticias del Reich). Según los elencos nominales que se han elaborado, los nazis asesinaron además a 171 sacerdotes y religiosos italianos, a los que hay que sumar otros 49 que murieron en los campos de concentración. Más tremenda todavía fue la suerte de los polacos: los nazis acabaron con 6 obispos, 1.923 sacerdotes diocesanos, 640 religiosos, 289 religiosas, más un número ingente de laicos. De los relatos referidos a la Europa Central y Oriental emerge con frecuencia la estatura de pastores que, además de padecer ellos mismos, tuvieron que orientar a los fieles en medio de grandes turbulencias. Junto a los ya mencionados Stepinac y Beran, aparecen los nombres del húngaro Mindszenty, del polaco Wyszynski, del ucraniano Slipj, del rumano Hossun, del moravo Tomasek, etc. Algunos de ellos sufrieron el martirio sin derramar sangre. El ejemplo más representativo es el del cardenal Jozsef Mindszenty, "víctima de la Ostpolitik". El cardenal no estaba de acuerdo con la acción de la diplomacia vaticana en Hungría, pues consideraba que el único modo de ayudar a la Iglesia y al pueblo era favoreciendo la caída del comunismo. En 1971, por invitación del Papa, aceptó dejar la embajada de Estados Unidos, donde se había refugiado tras la invasión soviética de 1956, y exiliarse a Roma, de donde marchó luego a Viena. Pablo VI le nombró un sucesor, también contra la opinión de Mindszenty. Más de veinticinco años después de aquellos episodios, escribe Casaroli, personificación del modo diplomático criticado por el cardenal húngaro: "Mindszenty es una figura grande de la historia. Pienso que pocos conservarán de él un recuerdo más admirativo y, puedo afirmarlo, más afectuoso que el mío". Posiblemente, lo que ninguno de los dos podía imaginar entonces es que el libro donde se narran algunas de estas impresiones sería presentado años después en el mismo Vaticano por el que fuera último presidente de la Unión Soviética. El pasado 27 de junio, en efecto, Gorbachov elogió la actividad diplomática desarrollada por la Santa Sede, subrayó la admiración que –según su experiencia personal– producen en todo el mundo las palabras del Papa y recordó con alivio que su país había "abandonado ese sistema que ha costado tanto, tanto a la humanidad". Tomado de Diego Contreras, Aceprensa. Más de lo que me sentía capaz Este verano he hecho mucho más de lo que me sentía capaz: amar de verdad. Los que me conocen creen que soy una persona muy positiva, que a todo le saco su lado bueno, que no me caigo fácilmente. Puede que sea cierto y que lo que hago no es más que guiñarle a la vida un ojo y esperar a ver cómo van las cosas. Pero este verano he hecho más de lo que yo me sentía capaz y he dejado a un lado creencias y sobre todo he dejado atrás eso que muchas veces todos hemos sentido alguna vez: no somos el centro del mundo y por supuesto que la tierra no gira a nuestro alrededor. He estado de voluntaria en un centro de enfermos de sida, drogadictos rehabilitándose y reclusos. Para sorpresa mía he sido feliz, he ayudado a ser feliz y he comprendido que jamás se puede dejar de apostar por la gente, sea cual sea su pasado ni su presente y ni siquiera si su futuro es dudoso. He convivido con personas que han pasado muchos de sus días en las peores cárceles de España y créanme si les digo que me han ofrecido mucho más de lo que la gente de mi clase o colegio o ciudad o familia lo ha hecho nunca. Créanme si les digo que la mayoría de ellos tienen los días contados pero se levantan cada mañana con un entusiasmo y una sonrisa que yo admiro, respeto y envidio, y no es fácil vivir sabiendo que tu vida se consume y que te quedan pocos capítulos que pasar. Es duro ver cómo sufren por una vida mejor todos aquellos que se están "quitando" y saber que cuando lo hagan no existe una sociedad capaz de aceptarles de nuevo, ni capaz ni preparada y que cuando salgan de ahí no tendrán dónde ir ni nadie que les estreche en sus brazos. Es duro verles así y más duro es saber que ellos lo saben. He cambiado pañales, he duchado, limpiado, cocinado,… pero sobre todo he disfrutado, he dado lo mejor de mí misma y lo he hecho con la certeza de que todas mis sonrisas han sido agradecidas y devueltas, que mis abrazos y mi cariño han sido respetados y han fomentado más cariño aún. He encontrado a bellísimas personas que la vida les ha llevado por el camino equivocado y que en muchas ocasiones ellos no han sabido esquivarlo. He convivido con PERSONAS, algo que normalmente escasea. Si ustedes quieren juzgar a todos aquéllos que han salido de la cárcel, o que son gays, prostitutas, transexuales, drogadictos o enfermos de sida, que sepan que dentro de cada una de ellos existe una persona que merece las mismas oportunidades, el mismo respeto y dignidad que cualquiera de nosotros pero sobre todo entiendan que no es el malo el que está entre barrotes sino el que empuja, favorece y mueve los hilos para que alguien cumpla condena en su lugar. (F. Saso, PUP, 28.IX.01). Momentos de crisis Todo empezó por una llamada de la hermana directora para decirme que los Karnicks iban a sacar a su niña de la escuela porque habíamos admitido a una negrita en séptimo. Y justamente cuando la pena estaba sobre la mesa vino la señora Knowies, hecha un mar de lágrimas, con una carta anónima en sus manos en la que le decían cosas repugnantes. Traté de consolarla. ¿Pero será posible que en mi rebaño haya gente con tanto veneno? Sí, todo esto, unido al natural cansancio del día, puede ser la causa del mal humor que tengo. Es una sensación de hombres hundidos, una tentación de preguntarme si todo lo mío vale la pena y de si voy realmente a alguna parte; si no hubiese estado mejor casado, con un trabajo sencillo y sin responsabilidad, como bombero, por ejemplo. Naturalmente, la cosa no llega siempre a ser tan sombría. Suelo empezar pensando con anhelo en claustros y monasterios, descubriendo súbitamente en mí una insospechada vocación religiosa, y que otro cargara con responsabilidades mientras yo respondo a las llamadas de la campana conventual. Desde luego, en momentos más lúcidos reconozco que no son más que estúpidos sueños. De sobra sé que no hay claustro donde refugiarse ni agujero donde escurrirse sin que tenga que llevarme a mí mismo conmigo. Tomado de Leo J. Trese, “Vasija de barro”, p.138. Nadie triunfa solo Durante el siglo XV, en una pequeña aldea cercana a Nuremberg, vivía una familia con 18 niños. Para poder poner pan en la mesa para tal prole, el padre, y jefe de la familia, trabajaba casi 18 horas diarias en las minas de oro, y en cualquier otra cosa que se presentara. A pesar de las condiciones tan pobres en que vivían, dos de los hijos de Albrecht Durer tenían un sueño. Ambos querían desarrollar su talento para el arte, pero bien sabían que su padre jamás podría enviar a ninguno de ellos a estudiar a la Academia. Después de muchas noches de conversaciones calladas entre los dos, llegaron a un acuerdo. Lanzarían al aire una moneda. El perdedor trabajaría en las minas para pagar los estudios al que ganara. Al terminar sus estudios, el ganador pagaría entonces los estudios al que quedara en casa, con las ventas de sus obras, o como fuera necesario. Lanzaron al aire la moneda un domingo al salir de la Iglesia. Albretch Durer gano y se fue a estudiar a Nuremberg. Albert comenzó entonces el peligroso trabajo en las minas, donde permaneció por los próximos cuatro años, para sufragar los estudios de su hermano, que desde el primer momento fue toda una sensación en la Academia. Los grabados de Albretch, sus tallados y sus óleos llegaron a ser mucho mejores que los de muchos de sus profesores, y para el momento de su graduación, ya había comenzado a ganar considerables sumas con las ventas de su arte. Cuando el joven artista regresó a su aldea, la familia Durer se reunió para una cena festiva en su honor. Al finalizar la memorable velada, Albretch se puso de pie en su lugar de honor en la mesa, y propuso un brindis por su hermano querido, que tanto se había sacrificado para hacer sus estudios una realidad. Sus palabras finales fueron: "Y ahora, Albert, hermano mío, es tu turno. Ahora puedes ir tú a Nuremberg a perseguir tus sueños, que yo me haré cargo de ti." Todos los ojos se volvieron llenos de expectativa hacia el rincón de la mesa que ocupaba Albert, quien tenía el rostro empapado en lágrimas, y movía de lado a lado la cabeza mientras murmuraba una y otra vez "no… no… no…". Finalmente, Albert se puso de pie y secó sus lágrimas. Miró por un momento a cada uno de aquellos seres queridos y se dirigió luego a su hermano, y poniendo su mano en la mejilla de aquel le dijo suavemente, "No, hermano, no puedo ir a Nuremberg. Es muy tarde para mí. Mira. Mira lo que cuatro años de trabajo en las minas han hecho a mis manos. Cada hueso de mis manos se ha roto al menos una vez, y últimamente la artritis en mi mano derecha ha avanzado tanto que hasta me costó trabajo levantar la copa durante tu brindis… Mucho menos podría trabajar con delicadas líneas el compás o el pergamino y no podría manejar la pluma ni el pincel. No, hermano, para mí ya es tarde". Más de 450 años han pasado desde ese día. Hoy en día los grabados, óleos, acuarelas, tallas y demás obras de Albretch Durer pueden ser vistos en museos alrededor de todo el mundo. Pero seguramente usted, como la mayoría de las personas, solo recuerde uno. Un día, para rendir homenaje al sacrificio de su hermano Albert, Albretch Durer dibujó las manos maltratadas de su hermano, con las palmas unidas y los dedos apuntando al cielo. Llamo a esta poderosa obra simplemente "manos", pero el mundo entero abrió de inmediato su corazón a su obra de arte y se le cambió el nombre a la obra por el de "Manos que oran". La próxima vez que vea una copia de esa creación, mírela bien. Permita que le sirva de recordatorio, si es que lo necesita, de que nunca nadie triunfa solo. No os asustéis Queridos papá y mama: Desde que me fui al colegio he descuidado el escribiros y lamento mi desconsideración por no haberlo hecho antes. Ahora os pondré al corriente, pero antes sentaos. No leáis nada mas, a menos que estéis sentados. ¿De acuerdo? Bueno, pues me encuentro bien ahora. La fractura de cráneo y la conmoción que me produjo la caída al saltar desde la ventana de mi dormitorio, cuando se incendió, a poco de llegar aquí, se han curado perfectamente. Pasé solo quince días en el hospital y ahora veo casi con normalidad y solo me afecta el dolor de cabeza una vez al día. Por fortuna, el incendio en el dormitorio y mi salto por la ventana fueron presenciados por un empleado de la gasolinera cercana, que aviso a los bomberos y a la ambulancia. Después me vino a visitar al hospital y como yo no tenía sitio donde vivir, a causa del incendio, él fue tan amable que me invitó a compartir su vivienda. Realmente se trata de un sótano, pero es muy bonito. Él es un muchacho excelente y nos enamoramos como locos, por lo que pensamos casarnos. Aún no sabemos la fecha exacta, pero podrá ser antes de que se note mi embarazo. Sí, papás, estoy embarazada. Me consta lo mucho que os complacerá ser abuelos y estoy segura que recibiréis bien al bebé, dándole el mismo cariño, afecto y cuidados que tuvisteis conmigo cuando era pequeña. La causa del retraso en nuestra boda se debe a una ligera infección que padece mi novio y nos ha impedido pasar las pruebas hematológicas prematrimoniales, y que yo, descuidadamente, me he contagiado de él. Estoy segura de que lo recibiréis en nuestra familia con los brazos abiertos. Él es cariñoso, y aunque no muy educado, tiene ambición. Su raza y religión son distintas de la nuestra, pero sé que vuestra tolerancia, frecuentemente expresada, no os permitirá enfadaros por esto. Ahora que ya estáis al corriente de todo, quiero deciros que no se incendió mi dormitorio, no tuve fractura ni conmoción de cráneo, ni fui al hospital, no estoy embarazada, no tengo novio, no sufro ninguna infección y no hay ningún muchacho en mi vida. Sin embargo, he sacado un suspenso en Historia y un aprobado en Ciencias, y quiero que veáis estas notas en su perspectiva adecuada. Vuestra hija que os quiere… Sufricia. No juzgues antes de tiempo Un niño de 10 años entró en un establecimiento y se sentó en una mesa. La camarera se acercó. "¿Cuánto cuesta un helado de chocolate con cacahuetes?", preguntó el niño. "Cincuenta centavos", respondió la camarera. El niño sacó su mano del bolsillo y examinó unas monedas. "¿Y cuánto cuesta un helado solo?", volvió a preguntar el niño. Algunas personas estaban esperando por una mesa y la camarera ya estaba un poco impaciente. "Treinta y cinco centavos", dijo ella bruscamente. El niño volvió a contar la monedas. "Entonces quiero el helado solo", dijo el niño. La camarera trajo el helado, puso la cuenta en la mesa y se fue. El niño terminó el helado, pagó en la caja y se fue. Cuando la camarera volvió, empezó a limpiar la mesa y entonces le costó tragar saliva con lo que vio. Allí, puesto ordenadamente junto al plato vacío, habían veinticinco centavos… su propina. Moraleja: jamás juzgues a alguien antes de tiempo. No cree en Dios Rascólnikov, el joven protagonista de "Crimen y castigo", tras varios días sin apenas comer ni dormir, entra en una taberna y pide un vaso de aguardiente y una empanada. Al salir, pasea por unos jardines de la ciudad. El calor del día de verano, junto al efecto del alcohol, hacen que sienta sueño. Se tumba en la hierba y queda profundamente dormido. Tiene entonces un sueño en el que recuerda como siendo niño acompañaba a su padre de la mano, y al pasar por una ruidosa calle observó una escena que se le quedó hondamente grabada. Un hombre bebido, junto a otros compañeros, maltrataba a un pequeño caballo viejo y flaco que apenas podía mover el gran carromato al que estaba uncido, pues llevaba una carga desproporcionada para sus fuerzas. El hombre, de grueso cuello y rostro carnoso color zanahoria, invitaba a sus amigos a que se subieran al carromato, con lo que hacía aún más difícil moverlo. Mientras, insistía a gritos en que haría galopar a ese caballo, mientras lo golpeaba una y otra vez, primero con un látigo, después con un palo y por último con una barra metálica. El pobre animal, que hacía angustiosos intentos para mover el carro, acabó lleno de heridas y totalmente rendido. Fue entonces, ante el espectáculo de tanta crueldad, cuando un anciano que contemplaba la escena comentó: "En verdad, este hombre no cree en Dios". No olvides lo principal Cuenta la leyenda que una mujer pobre con un niño en los brazos, pasando delante de una caverna escuchó una voz misteriosa que allá adentro le decía: "Entra y toma todo lo que desees, pero no te olvides de lo principal. Y recuerda que después que salgas, la puerta se cerrará para siempre. Por lo tanto, aprovecha la oportunidad, pero no te olvides de lo principal." La mujer entró en la caverna y encontró muchas riquezas. Fascinada por el oro y por las joyas, puso al niño en el suelo y empezó a juntar, ansiosamente, todo lo que podía en su delantal. La voz misteriosa habló nuevamente. "Te quedan sólo ocho minutos." Agotados los ocho minutos, la mujer cargada de oro y piedras preciosas, corrió hacía afuera de la caverna y la puerta se cerró. Recordó, entonces, que el niño había quedado dentro y la puerta estaba cerrada para siempre. La riqueza duró poco y la desesperación, siempre. Lo mismo ocurre, a veces, con nosotros mismos. Tenemos muchos años para vivir en este mundo, y una voz siempre nos advierte: "No te olvides de lo principal." Y lo principal son los valores espirituales, la familia, los amigos, la vida. Pero la ganancia, la riqueza, los placeres materiales, nos fascinan tanto que a veces lo principal se queda a un lado. Nos falta algo Cuentan la historia de una rueda a la que le faltaba un pedazo, pues habían cortado de ella un trozo triangular. La rueda quería estar completa, sin que le faltara nada, así que se fue a buscar la pieza que había perdido. Pero como estaba incompleta y solo podía rodar muy despacio, reparó en las bellas flores que había en el camino; charló con los gusanos y disfrutó de los rayos del sol. Encontró montones de piezas, pero ninguna era la que le faltaba, así que las hizo a un lado y un día halló una pieza que le venía perfectamente. Entonces se puso muy contenta, pues ya estaba completa, sin que nada le faltara. Se colocó el fragmento y empezó a rodar. Volvió a ser una rueda perfecta que podía rodar con mucha rapidez. Tan rápidamente, que no veía las flores ni charlaba con los gusanos. Cuando se dio cuenta de lo diferente que parecía el mundo cuando rodaba tan aprisa, se detuvo, dejó en la orilla del camino el pedazo que había encontrado y se alejó rodando lentamente. La moraleja de este cuento, es que, por alguna misteriosa razón, nos sentimos más completos cuando nos falta algo. El hombre que lo tiene todo es un hombre pobre en cierto sentido: nunca sabrá qué se siente al anhelar, tener esperanzas, nutrir el alma con el sueño de algo mejor; ni tampoco conocerá la experiencia de recibir de alguien que ama lo que había deseado y no tenía. Cuando aceptemos que la imperfección es parte de la condición humana y sigamos rodando por la vida sin renunciar a disfrutarla, habremos alcanzado una integridad a la que otros solo aspiran. Nosotras tampoco Rita Hayworth visitó en una ocasión uno de los hogares para leprosos que la Madre Teresa de Calcuta había construido para atenderlos. Mientras paseaban por las distintas salas donde se encontraban aquellos pobres enfermos devorados por la lepra, la famosa actriz no pudo reprimir un gesto de horror hacia tanta miseria. Y dirigiéndose a la Madre Teresa, comentó: "Esta labor que hacen usted y las hermanas no tiene precio. Yo no lo haría ni por un millón de dólares". A lo que la Madre Teresa se limitó a responder: "Nosotras, tampoco". Nuestra pobreza Una vez, un padre de una familia acaudalada llevo a su hijo a un viaje por el campo con el firme propósito de que su hijo viera cuan pobres eran las gentes del campo. Estuvieron por espacio de un día y una noche completos en una granja de una familia campesina muy humilde. Al concluir el viaje y de regreso a casa el padre le pregunta a su hijo: "¿Qué te pareció el viaje?". "Muy bonito, papá". "¿Viste que pobre puede ser la gente? ¿Que aprendiste?". "Vi que nosotros tenemos un perro en casa, ellos tienen cuatro. Nosotros tenemos una alberca que llega de una barda a la mitad del jardín, ellos tienen un arroyo que no tiene fin. Nosotros tenemos unas lámparas importadas en el patio, ellos tienen las estrellas. El patio llega hasta la barda de la casa, ellos tienen todo un horizonte de patio". Al terminar el relato, el padre se quedo callado… y su hijo añadió: "Gracias, papá, por enseñarme lo pobres que somos". Palabras de aliento Un grupo de ranas viajaba por el bosque y, de repente, dos de ellas cayeron en un hoyo profundo. Todas las demás ranas se reunieron alrededor del hoyo. Cuando vieron lo hondo que era el agujero, empezaron a lamentarse y a decir a las dos pobres ranas que debían darse por muertas. Las dos ranas no hicieron caso a los comentarios de sus amigas y siguieron tratando de salir fuera del hoyo con todas sus fuerzas. Las ranas que estaban arriba seguían insistiendo que sus esfuerzos serían inútiles. Finalmente, una de las ranas se rindió después de oír tantas veces que no había solución. Pasó el tiempo, y se desplomó y murió. Sin embargo, la otra rana continuó saltando tan fuerte como le era posible, sin desanimarse. Una vez más, la multitud de ranas le gritaba desde arriba y le hacía señas para que dejara de sufrir y que simplemente se dispusiera a morir, ya que no tenía ningún sentido seguir luchando. Pero aquella rana saltaba cada vez con más ímpetu, hasta que finalmente dio un salto enorme y logró salir del hoyo, ante la sorpresa de todas. Cuando estuvo arriba, las otras ranas se sintieron muy avergonzadas e intentaron disculparse: "Lo sentimos mucho, de verdad. ¿Cómo has conseguido salir, a pesar de lo que te gritábamos?". La rana les explicó que estaba un poco sorda, y que en todo momento pensó que aquellos gritos eran de ánimo para esforzarse más y salir del hoyo. Como se ve, muchas veces la palabra tiene poder de vida y de muerte. Parte del regalo Una niña en África le dio a su maestra un regalo de cumpleaños. Era un hermoso caracol. "¿Dónde lo encontraste?", preguntó la maestra. La niña le dijo que esos caracoles se hallan solamente en cierta playa lejana. La maestra se conmovió profundamente porque sabía que la niña había caminado muchos kilómetros para buscar el caracol. "No debiste haber ido tan lejos sólo para buscarme un regalo", comentó. La niña sonrió y contestó: "Maestra, la larga caminata es parte del regalo". Por los pelos, pero… victoria Quiero relatar hoy una pincelada de mi vida. Sólo busco una cosa: llegar al corazón de alguien que, como yo un día, se sienta ahora angustiada ante esta tremenda disyuntiva: El desordenado afán de quedar bien, el miedo a perder la fama, la afición a decir mentiras. En definitiva, el cinismo y la hipocresía, frente a conciencia, sencillez, humildad, responsabilidad, respeto a la vida y respeto a la verdad. Cuando alguien se decide a escribir —al menos así lo pienso yo— es porque algo bueno tiene que contar. Porque al hacerlo piensa que ese retazo de su vida, ese algo tan suyo, puede ayudar a los demás. Lo que yo voy a escribir no es algo fantástico, no, no lo es. Es una parte de mi vida que fue vulgar, pero que pudo ser algo peor de no haber intervenido la gracia que Dios, infinitamente bueno, derramó sobre mí, sin yo nunca pensar en merecerlo. Quiero también así poder agradecer al Señor, de alguna manera, lo que hizo por mí y continúa haciendo… Deseo reparar el daño que hice y darle las gracias por haberme frenado a tiempo. Tengo 31 años, recién cumplidos, trabajo en una empresa de construcción como delineante, soy soltera y tengo una hija de seis meses. Nací en una familia católica, de las de verdad. Desde pequeña aprendí, porque me lo enseñaron, todo el profundo sentido de la religión llevada a la vida cotidiana: el estudio, el trabajo, las amistades, la familia… Me enseñaron a valorar el tiempo, a rezar… Desde que conocí el sentido de la palabra lucha, para un católico consciente, conocí paralelamente la palabra derrota. Aunque mi afán de quedar bien, mi ansia de ser valorada, me impedía aceptar la derrota. Así que, enseguida emprendí el vertiginoso camino de la trampa y de la mentira. Y me aficioné a escapar en el último minuto, y siempre "por los pelos", de las situaciones comprometidas, en las que yo solita me metía. Era muy perezosa —para lo que me aburría—, con una imaginación y unos sentidos sueltos y con una sensibilidad muy acusada. Buscaba una sensación de plenitud que no encontraba donde la buscaba. El resultado era deprimente: sensación de continuo fracaso, de ridículo, de derrota. Sensación que se acentuaba en la medida que ponía más pasión en conseguir lo que más me apetecía: mi propia estima. En el colegio conseguí una aceptable reputación, pues al final si te haces la simpática, y no armas demasiados líos, lo único que queda son las notas. Y yo las tenía bastante buenas. No pienso que sea dueña de unas dotes deslumbrantes, pero sí que tengo la cualidad de saber sacarle partido a lo que tengo. Estudiaba mucho, pero sin orden ni constancia. Lo mío era el último momento, el "por los pelos", y el haber comprendido a tiempo que en muchas ocasiones puedes vivir de las rentas de haber sido bien etiquetada. Soñaba con ser la mejor arquitecto del mundo pero, cuando empecé la carrera, no dedicaba ni dos horas diarias al estudio. Gastaba el tiempo en dar rienda suelta a mi gran imaginación, que me exigía dibujar casas exóticas para famosos. Así que, después de aburrirme yo y luego mis padres con mis cosechas de calabazas, me conformé con hacer un curso por correspondencia de delineante. Estos cursos tenían la ventaja para mí de funcionar a mi aire, lo que me encantaba; pues me hacía sentirme más libre. Aunque había que entregar trabajos, poco a poco, y casi siempre "por los pelos", fui superando las pruebas. Con lo que me convertí en una flamante profesional. Con estos detalles queda bien dibujado mi carácter blando, blando, blando. Me disculpaba a mí misma diciendo: «A mí lo que me va es la práctica, pero eso de la teoría… », y así me fue. Porque ahora comprendo, ahora veo muy claro lo difícil que resulta lograr una buena práctica sin el fundamento de una excelente teoría. Pues bien, yo no era mala. Ni robé, ni maté, pero era algo peor, era tibia. Ni sí, ni no. Ni frío ni caliente. Si algún domingo estaba con los amigos y me lo estaba pasando muy bien con los piropos de fulanito, y ya eran las ocho… y era la última Misa…, al principio sin previo aviso, salía corriendo y llegaba "por los pelos", pero había cumplido…, luego —como eso no era vida—, la satisfacción del deber cumplido empezó a cansarme… y comencé a pensar de otro modo: la verdad, ¡por un domingo sin Misa!… Y aquella otra vez con otro amigo… sólo fue un beso… total…Mi vida era siempre una huida hacia delante. Todo se resolvía en que no me pillen, en tener siempre preparada una buena coartada. Si un día tenía un buen motivo, otro día era otra razón; siempre las había. La cochina soberbia me llevó a la ceguera. Necesitaba ser estimada, llamar la atención. No estaba hecha para ser una chica buena, de las del montón. Me espantaba convertirme en una marujona cargada de niños y siempre sumisa a su maridito, con el único consuelo de ir diciendo por ahí que "en mi casa mando yo". Lo de pasar oculta, seguro que no se había escrito por mí. Si no podía ser una gran mujer, terminaría siendo… Sí, sentía orgullo de ser apetecida y poder acostarme con quien me diera la gana, como si por eso fuera más mujer, con más puntos que las demás y fuera más cotizada, más admirada. Aunque creí que dominaba mis sentimientos y que estas aventuras no dejaban huella en mi corazón, un día me enamoré… Yo sabía que aquel hombre no me convenía. Y como ya tenía «motu proprio» mis malas inclinaciones, aquello fue como atarme una gran bola de hierro a la muñeca y tirarme al mar. Mi acompañante de aventuras, la soberbia, se encargó de poner un decorado adecuado. Y, por arte de magia, mi nueva situación dejó de parecerme algo horroroso. Pensaba que más valía estar mal acompañada que quedarme sola. La venda del orgullo me tapó los ojos y quedé ciega. Estaba convencida de que en mi familia nadie me podría comprender; eran de otra época. Lo que son las cosas: la imaginación me convirtió en la persona valiente y coherente, y atribuyó a mis conocidos el papel de hipócritas y cobardes. ¡Qué sabían ellos de mi vida!, ni remotamente se lo imaginaban. Nada contaba para mí. Cuando se empieza a rodar cuesta abajo, es dificilísimo parar. Ya, ni se ve, ni se oye, ni se entiende absolutamente nada que no sea otra cosa que el yo: lo que yo quiero, lo que yo no quiero, mi vida es sólo mía… En mi familia no faltaban los problemas (y por cierto que los había, y los hay), pero ¡a mi qué me importaban! Yo hacía lo que me daba la gana, ¿por qué esos problemas tenían que estropear mis planes, mis diversiones? Siempre les contestaba: ¿por qué no me dejáis en paz? Ya es hora de que disfrute de la vida, y no pienso amargarme la vida porque en casa haya problemas, ¡faltaría más! Como tenía independencia económica estaba plenamente convencida de que no debía nada a nadie; a ver, ¿a quién? A pesar de ser experta en todo tipo de trampas, la pasión y la curiosidad me hicieron cometer un gravísimo error. Yo, que era tan crítica con mi familia, me había convertido en una crédula. A pesar de que tanta gente empezó a rasgarse las vestiduras con la comercialización de "la píldora del día después", a mí el invento me cautivó. Lo vi super seguro. Como mis pasiones me habían convertido en una miedosa, pensé que era mi solución… Una cita con él me cogió sin recursos. Me tranquilicé al recordar que, si había lío, siempre me quedaba la opción de la nueva píldora, que podría adquirir sin dificultad en una farmacia, pues tenía contactos y me había conseguido varias recetas, que siempre llevaba conmigo… Cuando desperté, él se había marchado al trabajo. Con horror descubrí que había cambiado de bolso y que no tenía allí las recetas. Me arreglé, desayuné y pedí un taxi. Ya en casa, con los nervios a flor de piel, empecé a buscar las recetas, pero no di con ellas. Pensé en las horas que me quedaban. Decidí serenarme. Me fui al trabajo y "por los pelos", aunque tarde, llegué antes que mi jefe. El ahorrarme una nueva bronca me animó. Pensé que tenía encarrilada la situación. Me inventé una excusa para salir a la calle y fui a buscarle a su trabajo. Cuando por fin le tuve delante, el miedo y los nervios me atragantaban las palabras… Él le quitó importancia a todo. Me dijo que le esperase un momento, que tenía a mano un amigo que podría ayudarnos. A los veinte minutos apareció con una nueva receta. Miré el reloj. ¡Las nueve de la noche! Sin despedirme, salí corriendo en busca de una farmacia. Al mostrar la receta y al ver mis nervios me atendieron sin hacer preguntas. Aunque me fastidió interpretar en el gesto del mancebo un cierto rictus de lástima hacia mí. Mientras salía de nuevo corriendo hacia casa se me escapó un ¡Malditos! Mientras pensaba: siempre aprovechándose de las pobres e indefensas mujeres. Tomé la píldora… Y leí el prospecto tantas veces que me lo aprendí de memoria. No quería cometer ningún error fatal y quedar a los ojos de los demás, sobre todo de las demás, como una tonta. Aunque lo hice todo bien, el caso es que me tocó la excepción y quedé embarazada, ¡¡yo!!, a los 29 años y sin ninguna posibilidad de rehacer mi vida con él. Él me aconsejó abortar. Sí, eso era lo más fácil, eso era lo que debía hacer. Pero no sólo él; también otras personas, que entonces consideraba amigas, me animaron a dar ese paso. Para convencerme, para que no «sufriera», me hablaban de la perfección de la técnica. «Tu familia es muy conocida, muy considerada aquí; no puedes darles ese disgusto», me decían. Y continuaban: «Debes evitar el escándalo porque se te tiene por una "buena niña". ¿Te das cuenta de que la vas a montar?». Cuando todo acabe, te alegrarás, total, nadie se entera, es cosa de poco y se acabó. Intuí que alguien debía seguir rezando por mí, no sé con qué fundamento ni esperanza de lograr mi conversión. Al pensarlo, primero me sentí ofendida; luego, avergonzada de mi desnudez. Era como si alguien me conociese mejor que yo a mí misma y, que, sin haberme pedido permiso, se hubiera metido en mi vida. El caso es que, gracias a esa persona, el Señor me agarró fuerte de la mano. Aquella criatura, que ya estaba en mí, empezó a hacerme feliz desde sus primeros días de vida. Repuesta del susto, por fin, me decidí a contactar con una amiga, una verdadera amiga que me aconsejó bien. No, yo no podía, no quería matar, no mataría, no. Decidí hablar con el sacerdote que conocí durante el curso de acceso a la Universidad. Aunque era demasiado duro a veces, el recuerdo de su claridad me atraían. Además al recordar, no sé por qué, cómo tantas veces nos había sorprendido con su inocencia y su ternura, resolví que era el único hombre que conocía distinto a los demás. El único que me podía ayudar. Pregunté por él a mi amiga. Me dijo que le habían trasladado… Pero como, entre mis talentos está la tozudez… Y una vez decidida a una cosa, no había quien me venciese fácilmente… El caso es que di con él. La verdad es que la cosa empezó mal. Al buen hombre no se le ocurrió otra cosa que recibirme preguntándome por qué había tardado tanto en volver… Después de lo que me costó encontrarlo, no tenía fuerzas para pelearme; además había decidido cambiar de táctica e intentar abandonar mi orgullo. Tras un minuto de silencio, que a mí se me hizo eterno y que mi sacerdote sufrió sin más, le respondí que había tardado tanto porque el orgullo es muy mal compañero de viaje. Una vez superado el primer momento, todo fue más fácil. También gracias a él, lo reconozco. Puse mi alma en paz y le pedí a Dios la fortaleza que a mí me faltaba para hablar con mis padres y contarles la verdad. Así lo hice. Sufrí, sufrí mucho. Mentiría si dijese que todo fue un milagroso valle de rosas. Lloré, lloré muchos días y muchas noches, pero puedo asegurar que mis lágrimas no eran amargas porque eran lágrimas de arrepentimiento. ¡Perdón!, ¡perdón, Dios mío! Por cada minuto, por cada segundo de mi vida pasada; de todo corazón, ¡perdón, Señor! Y nació mi hija, y al bautizarla le llamé VICTORIA. Hoy Mariví es lo mejor del mundo que puede haberme dado Dios. Mis padres están «dichosos» con la nieta. Mis tres hermanos varones, más si cabe; y mi hermana monja, que la conoce por foto, ¡cómo la quiere! Quizá más que nadie, por ser la de la familia que está más cerca de Dios. Y yo… no sé cómo expresar lo que ahora siento. ¡Dios mío si llego a matarla! Mariví se salvó "por los pelos", y "por los pelos" mi aparente gran fracaso se convirtió en mi mayor VICTORIA. Presumir a destiempo Una rana se preguntaba cómo podía alejarse del clima frío del invierno. Unos gansos le sugirieron que emigrara con ellos. Pero el problema era que la rana no sabía volar. "Déjenmelo a mí –dijo la rana–, tengo un cerebro espléndido". Luego pidió a dos gansos que la ayudaran a recoger una caña fuerte, cada uno sosteniéndola por un extremo. La rana pensaba agarrarse a la caña por la boca. A su debido tiempo, los gansos y la rana comenzaron su travesía. Al poco rato pasaron por una pequeña ciudad, y los habitantes de allí salieron para ver el inusitado espectáculo. Alguien preguntó: "¿A quién se le ocurrió tan brillante idea?" Esto hizo que la rana se sintiera tan orgullosa y con tal sentido de importancia, que exclamó: "¡A mí!" Su orgullo fue su ruina, porque al momento en que abrió la boca, se soltó de la caña, cayó al vacío. Provocaciones Cerca de Tokio vivía un gran samurai ya anciano, que se dedicaba a enseñar a los jóvenes. A pesar de su edad, corría la leyenda de que todavía era capaz de derrotar a cualquier adversario. Cierta tarde, un guerrero conocido por su total falta de escrúpulos, apareció por allí. Era famoso por utilizar la técnica de la provocación. Esperaba a que su adversario hiciera el primer movimiento y, dotado de una inteligencia privilegiada para reparar en los errores cometidos, contraatacaba con velocidad fulminante. El joven e impaciente guerrero jamás había perdido una lucha. Con la reputación del samurai, se fue hasta allí para derrotarlo y aumentar su fama. Todos los estudiantes se manifestaron en contra de la idea, pero el viejo acepto el desafío. Juntos, todos se dirigieron a la plaza de la ciudad y el joven comenzaba a insultar al anciano maestro. Arrojó algunas piedras en su dirección, le escupió en la cara, le gritó todos los insultos conocidos, ofendiendo incluso a sus antepasados. Durante horas hizo todo por provocarle, pero el viejo permaneció impasible. Al final de la tarde, sintiéndose ya exhausto y humillado, el impetuoso guerrero se retiró. Desilusionados por el hecho de que el maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, los alumnos le preguntaron: "¿Cómo pudiste, maestro, soportar tanta indignidad? ¿Por qué no usaste tu espada, aún sabiendo que podías perder la lucha, en vez de mostrarte cobarde delante de todos nosotros?". El maestro les preguntó: "Si alguien llega hasta ustedes con un regalo y ustedes no lo aceptan, ¿a quién pertenece el obsequio?". "A quien intentó entregarlo", respondió uno de los alumnos. "Lo mismo vale para la envidia, la rabia y los insultos -dijo el maestro-. Cuando no se aceptan, continúan perteneciendo a quien los llevaba consigo". Querer entenderse Lo que no esperaban los protestantes alemanes era que el Papa, en su primer viaje a Alemania, citase varias veces a Lutero y lo definiese como “alguien que buscaba respuestas a sus interrogantes”. El presidente del Consejo de la Iglesia Evangélica alemana había sido implacable contra los católicos y sus dificultades ecuménicas. Estaba ante el Papa sin pestañear, hasta que rompió en aplausos. Un periodista comentaba que: “vale más mirarse a los ojos y estrecharse las manos tras hablar con franqueza, que diez mil documentos pensados hasta la última sílaba”. Tomado de Miguel Angel Velasco, “Juan Pablo II, ese desconocido”, p. 92. ¿Quién pliega tu paracaídas? Charles Plumb era piloto de un bombardero en la guerra de Vietnam. Después de muchas misiones de combate, su avión fue derribado por un misil. Plumb se lanzó en paracaídas, fue capturado y pasó seis años en una prisión vietnamita. A su regreso a los Estados Unidos, daba conferencias contado su odisea y lo que aprendió en su tiempo en prisión. Un día estaba en un restaurante y un hombre lo saludó: "Hola…, ¿usted es Charles Plumb, era piloto en Vietnam y lo derribaron, verdad…? ¿Y usted, cómo sabe eso?, le preguntó Plumb. "Porque yo plegaba su paracaídas. ¿Parece que le funcionó bien, verdad?" . Plumb casi se ahogó de sorpresa y gratitud. "Claro que funcionó. Si no hubiera funcionado, hoy yo no estaría aquí." Plumb no pudo dormir esa noche, preguntándose: "Cuántas veces lo vi en el portaaviones, y no le dije ni los buenos días, porque yo era un arrogante piloto y él era un humilde marinero…" Pensó también en las horas que ese marinero pasaba en las bodegas del barco enrollando los hilos de seda de cada paracaídas, teniendo en sus manos la vida de alguien a quien no conocía. Ahora, Plumb comienza sus conferencias preguntándole a su audiencia: "¿Quién plegó hoy tu paracaídas? Todos tenemos a alguien cuyo trabajo es importante para que nosotros podamos salir adelante. A veces perdemos de vista lo que es importante, y dejamos de saludar, de dar las gracias, de felicitar a alguien, de decir algo amable. Rana de pozo En un pozo profundo vivía una colonia de ranas. Llevaban su vida, tenían sus costumbres, encontraban su alimento y croaban a gusto haciendo resonar las paredes del pozo en toda su profundidad. Protegidas por su mismo aislamiento, vivían en paz, y sólo tenían que guardarse del pozal que, de vez en cuando, alguien echaba desde arriba para sacar agua del pozo. Daban la alarma en cuanto oían el ruido de la polea, se sumergían bajo el agua o se apretaban contra la pared, y allí esperaban, conteniendo la respiración, hasta que el pozal lleno de agua era izado otra vez y pasaba el peligro. Fue a una rana joven a quien se le ocurrió pensar que el pozal podía ser una oportunidad en vez de un peligro. Allá arriba se veía algo así como una claraboya abierta, que cambiaba de aspecto según fuera de día o de noche, y en la que aparecían sombras y luces y formas y colores que hacían presentir que allí había algo nuevo digno de conocerse. Y, sobre todo, estaba el rostro con trenzas de aquella figura bella y fugaz que aparecía por un momento sobre el brocal del pozo al arrojar el cubo y recobrarlo todos los días en su cita sagrada y temida. Había que conocer todo aquello. La rana joven habló, y todas las demás se le echaron encima: «Eso nunca se ha hecho. Sería la destrucción de nuestra raza. El cielo nos castigará. Te perderás para siempre. Nosotras hemos sido hechas para estar aquí, y aquí es donde nos va bien y podemos ser felices. Fuera del pozo no hay más que destrucción absoluta. Que nadie se atreva a violar las sabias leyes de nuestros antepasados. ¿Es que una rana jovenzuela de hoy puede saber más que ellos?». La rana jovenzuela esperó pacientemente la próxima bajada del pozal. Se colocó estratégicamente, dio un salto en el momento en que el pozal comenzaba a ser izado y subió en él ante el asombro y el horror de la comunidad batracia. El consejo de ancianos excomulgó a la rana prófuga y prohibió que se hablara de ella. Había que salvaguardar la seguridad del pozo. Pasaron los meses sin que nadie hablara de ella y nadie se olvidara de ella, cuando un buen día se oyó un croar familiar sobre el brocal del pozo, se agruparon abajo las curiosas y vieron recortada contra el cielo la silueta conocida de la rana aventurera. A su lado apareció la silueta de otra rana, y a su alrededor se agruparon siete pequeños renacuajos. Todas miraban sin atreverse a decir nada, cuando la rana habló: «Aquí arriba se está maravillosamente. Hay agua que se mueve, no como allá abajo, y unas fibras verdes y suaves que salen del suelo y entre las que da gusto moverse, y donde hay muchos bichos pequeños muy sabrosos y variados, y cada día se puede comer algo diferente. Y luego hay muchas ranas de muchos tipos distintos, y son muy buenas, y yo me he casado con ésta que está aquí a mi lado, y tenemos siete hijos y somos muy felices. Y aquí hay sitio para todas, porque esto es muy grande y nunca se acaba de ver lo que hay allá lejos.» De abajo, las fuerzas del orden advirtieron a la rana que, si bajaba, sería ejecutada por alta traición; y ella dijo que no pensaba bajar, y que les deseaba a todas que lo pasaran bien, y se marchó con su compañera y los siete renacuajos. Abajo en el pozo hubo mucho revuelo, y hubo algunas ranas que quisieron comentar la propuesta, pero las autoridades las acallaron enseguida, y la vida volvió a la normalidad de siempre en el fondo del pozo. Al día siguiente, por la mañana, la niña de las trenzas rubias se quedó asombrada cuando, al sacar el cubo con agua del pozo, vio que estaba lleno de ranas. En sánscrito hay una palabra compuesta para designar a una persona estrecha de miras que se conforma con oír lo que siempre ha oído y hacer lo que siempre ha hecho, lo que hace todo el mundo y lo que, según parece, han de hacer todos los que quieran seguir una vida tranquila y segura. La palabra es «rana-de-pozo», (kup-manduk), y ha pasado del sánscrito a las lenguas indias modernas, en las que se usa con el mismo sentido. A nadie le gusta que se la digan. Aun así, el mundo está lleno de pozos, y los pozos llenos de ranas. Y niñas con trenzas rubias siguen llevándose sustos de vez en cuando por la mañana. Reconocer la tentación Un rabino judío decidió poner a prueba sus discípulos. ¿Qué es lo que haríais, hijos míos, si os encontraseis un saco de dinero en el camino? El primero meditó un momento y contestó: Lo devolvería a su dueño, maestro. "Ha hablado muy prontamente -pensó para sí el rabino-, me pregunto si será sincero." El segundo discípulo dijo: "Si no me viera nadie, me lo quedaría." "Ha hablado con sinceridad -pensó el rabino-, pero no es digno de confianza." Finalmente, el tercero dijo: "Probablemente tendría tentación de quedarme el dinero, por eso rogaría a Dios que me diera fuerzas para resistir este impulso y actuar correctamente." "He aquí un hombre sincero en quien puedo confiar", concluyó el rabino. Redimir a un hombre En "Los miserables", esa gran novela de Víctor Hugo, Jean Valjean acaba de cumplir una condena injusta. Es acogido por el obispo de Digne. En pago de tanta hospitalidad, el hosco Valjean hurta a su anfitrión una cubertería de plata y se da a la fuga. La policía no tardará en prenderlo. Aherrojado y mohíno, Valjean tendrá que soportar un careo con el hombre cuya confianza ha defraudado. Entonces el obispo de Digne, en lugar de ratificar las sospechas de la policía, encubre el delito de Valjean, asegurando que la cubertería de plata es un regalo que él mismo hizo a su huésped; e incluso lo reprende por no haber querido llevarse también unos candelabros, que de inmediato introducirá en su faltriquera. Quizá encubrir a un delincuente merezca la reprobación de la justicia; pero, al obrar ilícitamente, el obispo de Digne redime a un hombre. Enaltecido por ese gesto, Jean Valjean convertirá a partir de ese momento su vida en una incesante epopeya de abnegación. El obispo de Digne entendía que Dios anida en el rostro de sus criaturas más afligidas. Reflexión y tradición Cuenta una leyenda popular que supo haber una vez un cuartel militar junto a un pueblecillo cuyo nombre no recuerdo, y en medio del patio de ese cuartel había un banco de madera. Era un banco sencillo, humilde y blanco. Y junto a ese banco un soldado hacía guardia. Hacia guardia noche y día. Nadie sabía por qué se hacía la guardia junto al banco, pero se hacía. Se hacía noche y día, todas las noches, todos los días, y de generación en generación todos los oficiales transmitían la orden y los soldados la obedecían. Nadie nunca dudó, nadie nunca preguntó: la tradición es algo sagrado que no se cuestiona ni se ataca: se acata. Si así se hacía y siempre se había hecho, por algo sería. Así se hacía, siempre se había hecho y así se haría. Y así siguió siendo hasta que alguien, no se sabe bien qué general o coronel curioso, quiso ver la orden original. Hubo que revolver a fondo los archivos. Y después de mucho hurgar se supo. Hacía 31 años, 2 meses y cuatro días un oficial había mandado montar guardia junto al banco, que estaba recién pintado, para que a nadie se le ocurriera sentarse sobre la pintura fresca. Relato verídico en torno al 11-M La historia comienza un miércoles de marzo de 2004. Trabajo en Madrid en un conocido banco que tiene filiales por todo el mundo. Aquellos días eran especialmente movidos, pues me ocupaba de un grupo de argentinos con los que ultimaba algunas operaciones. Vino a verme Jorge, un compañero de trabajo a quien conocía de Logroño, en donde habíamos estudiado la Secundaria y el Bachillerato. Me contaba que su novia y él esperaban con impaciencia recibir el piso; la entrega de llaves se había retrasado varias veces, y (aunque una cosa no conllevaba la otra) la boda también habrá sufrido retrasos. Total, que, aunque vivía fuera de Madrid, se había trasladado desde la casa de sus padres (en Alcalá de Henares) a un piso de la familia de la novia en la Castellana. Y vivía con su novia en el mismo piso. Cuando objeté que esa no era la mejor manera de llevar el noviazgo, él me razonó que quería a su novia y que se iban a casar (¿qué más daba, por unos meses?); yo le razoné que la falta de respeto era la una causa clara de tantos matrimonios rotos (cuando el amor falla en la cama, falla en la vida, recuerdo que le dije); que el respeto de ese tiempo hasta la boda, en octubre, iba a hacerle crecer en amor y en madurez… Se fue refunfuñando. Por la noche me llamó: –Santi -me dijo- tienes razón; ya he hablado con Clara y está de acuerdo: mañana me vuelvo a casa de mis padres… ¿Podremos vernos mañana? Yo, contento, me acordé de los argentinos y le dije que iba a estar difícil pues tenía visitantes. –Jorge, después de decírmelo tantas veces he pensado confesarme. ¿Me ayudarás? A mí me salió un "va a estar difícil"; el cuerpo me pedía decirle, ¿es que no te puedes esperar tres días? Pero al final le dije: –Ya hablaremos mañana. Y ahí estaba, a la hora del café. Le dije que me buscara por la tarde. A las seis, me llamó, me excusé delante de mis colegas argentinos y le acompañé a la parroquia a confesarse. Salió con una sonrisa de oreja a oreja y nos fuimos a celebrarlo con un bocadillo de calamares. Nos despedimos en el Parking con un muchas gracias, hasta mañana. Por la mañana los argentinos se retrasaron: les llamé al hotel y me comentaron que no había ningún taxi disponible. Que había habido un brutal atentado en el tren y que todos los taxis estaban trasladando a las víctimas. Aquel día esperé en vano a Jorge: había tomado el trayecto de Alcalá de Henares y fallecido en el atentado. Fui al Ifema, lugar espacioso y lúgubre donde se velaba a las víctimas, y allí me encontré a Clara, desconsolada. La autopsia reveló que la onda expansiva de la explosión le había reventado el bazo. Ambos rezamos ante los restos de Jorge, que había obtenido ese mismo día un pasaje seguro al cielo. La moraleja es que Dios tiene un plan, del que somos parte, aunque no entendamos mucho. Y que, como ni lo sabemos ni lo entendemos, lo mejor es aprovechar todas las oportunidades que tenemos a mano para hacer el bien a los demás. A lo dicho se suma que la muerte no es un castigo, sino una llamada a otra vida, en este caso mejor y para siempre. Firmado, Santi. Rescatada Una niña pequeña cuyos padres habían muerto, vivía con su abuela y dormía en una habitación del piso superior. Una noche se produjo un incendio en la casa y la abuela pereció tratando de rescatar a la niña. El fuego se propagó rápidamente y el primer piso fue pasto de las llamas. Los vecinos llamaron a los bomberos y se mantuvieron a la espera de ayuda ya que era imposible entrar en la casa pues las llamas bloqueaban todas las entradas. La pequeña apareció en una de las ventanas superiores, pidiendo a gritos ayuda, justo en el momento en que corría la voz entre la muchedumbre de que los bomberos tardarían unos minutos pues estaban todos en otro fuego. De pronto, apareció un hombre con una escalera, la apoyó contra la fachada de la casa y desapareció en el interior. Cuando reapareció, llevaba en sus brazos a la pequeña. Dejó la niña en brazos de los que esperaban fuera y desapareció en la noche. Una investigación reveló que la niña no tenía parientes. Semanas después se celebró una asamblea en el ayuntamiento para determinar quién se llevaría la niña a su casa para criarla. Una maestra dijo que ella podría criar a la niña. Les hizo notar que podría asegurarle una buena educación. Un granjero se ofreció a criarla en su granja. Les hizo notar que vivir en una granja era saludable y satisfactorio. Otros hablaron, dando sus razones por las que sería ventajoso para la niña vivir con ellos. Finalmente, el habitante más rico del municipio se levantó y dijo: "Yo puedo darle a esta niña todas las ventajas que habéis mencionado aquí, y además, dinero y todo lo que el dinero puede comprar". Durante todo el tiempo, la niña permaneció con la mirada baja y en silencio. "¿Quiere hablar alguien más?", preguntó el presidente de la asamblea. Un hombre se adelantó desde el fondo de la sala. Andaba despacio y parecía dolorido. Cuando llegó al frente de la habitación, se paró directamente en frente de la pequeña y extendió sus brazos. La muchedumbre sofocó un grito. Sus manos y brazos tenían cicatrices terribles. La niña gritó: "¡Éste es el hombre que me rescató!". De un salto, rodeó con sus brazos el cuello del hombre, asiéndose desesperadamente a él, como había hecho aquella fatídica noche. Apoyó la cara en su hombro y sollozó durante unos momentos. Entonces levantó los ojos y le sonrió. "Se levanta la asamblea" dijo el presidente. (Tomado de de www.andaluciaglobal.com/hadaluna) Ricos y pobres Una vez, un padre de una familia bastante acaudalado llevó a su hijo a un viaje con el firme propósito de que su hijo viera cuán pobres eran las gentes del campo. Estuvieron por espacio de un día y una noche completa en una granja de una familia campesina muy humilde. Al concluir el viaje y de regreso a casa el padre le pregunta a su hijo: – ¿Qué te pareció el viaje? – ¡Muy bonito papá! – ¿Viste cuán pobre puede ser la gente? – ¡Sí! ¿Y qué aprendiste? – Vi que nosotros tenemos una piscina que llega de una pared a la mitad del jardín, ellos tienen un riachuelo que no tiene fin. Nosotros tenemos unas lámparas importadas en el patio, ellos tienen estrellas. El patio llega hasta la pared de la casa del vecino, ellos tienen un horizonte de patio. Ellos tienen tiempo para conversar y estar en familia. Tú y mamá tenéis que trabajar todo el tiempo y casi nunca os veo. Al terminar el relato, el padre se quedó callado, y su hijo añadió: – ¡Gracias, papá, por enseñarme lo ricos que podemos llegar a ser…! Sacar una enseñanza de los malos ejemplos Edith Stein de pequeña era muy sensible, pero también un poco irascible y presumida (era la pequeña de la casa). Así se lo hacían ver sus hermanas. Un día observó una pelea de borrachos en plena calle. La gente que estaba alrededor se reía y casi les incitaban. Sacaron los cuchillos y al final corrió la sangre. Le impresionó tan vivamente que decidió cambiar de carácter, controlar su ira y no probar nunca el alcohol. Sé tú mismo Había una vez, en un lugar y en un tiempo que podría ser cualquiera, un hermoso jardín, con manzanos, naranjos, perales y bellísimos rosales, todos ellos felices y satisfechos. Todo era alegría en el jardín, excepto un árbol, que estaba profundamente triste. El pobre tenía un problema: no sabía quién era. El manzano le decía: "Lo que te falta es concentración, si realmente lo intentas, podrás tener sabrosas manzanas, es muy fácil". El rosal le decía: "No le escuches. Es más sencillo tener rosas, y son más bonitas". El pobre árbol, desesperado, intentaba todo lo que le sugerían, pero como no lograba ser como los demás se sentía cada vez más frustrado. Un día llegó hasta el jardín el búho, la más sabia de las aves, y al ver la desesperación del árbol, exclamó: "No te preocupes, tu problema no es tan grave, es el mismo de muchísimos seres sobre la tierra. No dediques tu vida a ser como los demás quieran que seas. Sé tu mismo, conócete, y para lograrlo, escucha tu voz interior." Y dicho esto, el búho desapareció. ¿Mi voz interior…? ¿Ser yo mismo…? ¿Conocerme…? Se preguntaba el árbol desesperado. Entonces, de pronto, comprendió. Y cerrando los ojos y los oídos, abrió el corazón, y por fin pudo escuchar su voz interior diciéndole: "Tú jamás darás manzanas porque no eres un manzano, ni florecerás cada primavera porque no eres un rosal. Eres un roble, y tu destino es crecer grande y majestuoso, dar cobijo a las aves, sombra a los viajeros, belleza al paisaje. Tienes una misión, cúmplela. Y el árbol se sintió fuerte y seguro de sí mismo y se dispuso a ser todo aquello para lo cual estaba destinado. Así, pronto fue admirado y respetado por todos. Y sólo entonces el jardín fue completamente feliz. Carmina Cisneros Sigo gritando para cambiar el mundo Llegó una vez un profeta a una ciudad y comenzó a gritar, en su plaza mayor, que era necesario un cambio de la marcha del país. El profeta gritaba y gritaba y una multitud considerable acudió a escuchar sus voces, aunque más por curiosidad que por interés. Y el profeta ponía toda su alma en sus voces, exigiendo el cambio de las costumbres. Pero, según pasaban los días, eran menos cada vez los curiosos que rodeaban al profeta y ni una sola persona parecía dispuesta a cambiar de vida. Pero el profeta no se desalentaba y seguía gritando. Hasta que un día ya nadie se detuvo a escuchar sus voces. Mas el profeta seguía gritando en la soledad de la gran plaza. Y pasaban los días. Y el profeta seguía gritando. Y nadie le escuchaba. Al fin, alguien se acercó y le preguntó: "¿Por qué sigues gritando? ¿No ves que nadie está dispuesto a cambiar?" "Sigo gritando" –dijo el profeta– "porque se me callara, ellos me habrían cambiado a mí." José Luis Martín Descalzo Simples y complicadas Un chico llamado Luis se siente atraído por una chica llamada Ana. Él la propone ir juntos al cine, ella acepta, se lo pasan bien. Unas pocas noches después el la invita a ir a cenar, y de nuevo están a gusto. Siguen viéndose regularmente, y un tiempo después ninguno de ellos ve a ninguna otra persona. Entonces, una noche, cuando van hacia casa, un pensamiento se le ocurre a Ana y, sin pensarlo mucho, ella dice: "¿Te das cuenta de que justo hoy hace seis meses que nos vemos?". Y entonces se hace el silencio en el coche. A Ana le parece un silencio estruendoso. Ella piensa: "Vaya, me pregunto si le habrá molestado que yo haya dicho eso. Quizás se siente restringido por nuestra relación. Quizás crea que yo estoy tratando de forzarle a alguna clase de obligación que él no desea, o sobre la que no está muy seguro". Y Luis esta pensando: "Vaya. Seis meses." Y Ana piensa: "Pero yo tampoco estoy segura de querer esta clase de relación. A veces me gustaría tener un poco más de libertad, para tener tiempo de pensar sobre lo que yo realmente quiero que nos mantenga en la dirección a la que nos estamos dirigiendo lentamente…, quiero decir, ¿hacia dónde vamos? ¿Vamos simplemente a seguir viéndonos en este nivel de intimidad? ¿Nos dirigimos hacia el matrimonio? ¿Hijos? ¿Una vida juntos? ¿Estoy preparada para este nivel de compromiso? ¿Es que conozco realmente a esta persona?". Y Luis piensa: "…así que eso significa que fue… veamos… fue febrero cuando comenzamos a salir, que fue justo después de dejar el coche en el taller, o sea, que… veamos el cuentakilómetros… Vaya, tengo que cambiarle el aceite al coche." Y Ana piensa: "Está disgustado. Puedo verlo en su cara. Quizás estoy interpretando esto completamente mal. Quizás quiere más de nuestra relación, más intimidad, más compromiso. Quizás él ha notado -antes que yo- que yo estaba sintiendo algunas reservas. Sí, seguro que es eso. Por eso es tan reservado a la hora de hablar sobre sus propios sentimientos. Tiene miedo de ser rechazado". Y Luis piensa: "Y voy a tener que decirles que me miren la transmisión otra vez. No me importa lo que esos imbéciles digan, todavía no cambia bien. Y esta vez será mejor que no intenten echarle la culpa al frío. ¿Qué frío? Hay 30 grados fuera, y esta cosa cambia como un camión de basura, y yo les pago a esos ladrones incompetentes mucho dinero cada vez." Y Ana está pensando: "Está enfadado. Y no puedo culparle. Yo estaría enfadada, también. Dios mío, me siento tan culpable, haciéndole pasar por esto, pero no puedo evitar sentirme como me siento. Simple y llanamente, no estoy segura". Y Luis piensa: "Probablemente me dirán que sólo tiene tres meses de garantía. Sí, eso es justo lo que van a decirme, los capullos". Y Ana está pensando: "Quizás soy demasiado idealista, esperando que venga un caballero en su caballo blanco, cuando estoy sentada al lado de una persona perfectamente buena, una persona con la que me gusta estar, una persona que realmente me importa, una persona a la que parezco importarle realmente. Una persona que sufre por causa de mis egocéntricas fantasías románticas de colegiala". Y Luis piensa: "¿Garantía? ¿Quieren una garantía? Les daré una garantía. Cogeré su garantía y la…". Dice Ana en voz alta: "Luis". "¿Qué?, dice Luis, sorprendido. "Por favor, no te tortures así -dice ella, con un inicio de lágrimas en sus ojos.- Quizás nunca debí haber dicho… Oh, Dios, me siento tan…" y se interrumpe, sollozando. "¿Qué?, dice Luis. "Soy tan tonta -solloza Ana-. Quiero decir, ya sé que no hay tal caballero. Realmente lo sé. Es estúpido. No hay caballero, ni caballo". "¿ No hay caballo?, dice Luis. "¿Piensas que soy tonta, verdad?", dice Ana. "No", dice Luis, contento por fin de conocer la respuesta adecuada. "Es sólo que… sólo que… necesito algo de tiempo", dice Ana. Hay una pausa de 15 segundos mientras Luis, pensando todo lo rápido que puede, trata de decir una respuesta segura. Finalmente se le ocurre una que cree que puede funcionar: "Sí". Ana, fuertemente emocionada, toca su mano: "Oh, Luis, ¿realmente piensas eso?, dice ella. "¿El que?, dice Luis. "Eso sobre el tiempo", dice Ana. "Ah, sí", dice Luis. Ana se vuelve para mirarle y fija profundamente su mirada en sus ojos, haciendo que él se ponga muy nervioso sobre lo que ella pueda decir luego, sobre todo si tiene que ver con un caballo. Al final, ella dice: "Gracias, Luis". "Gracias", dice Luis. Entonces él la lleva a casa, y ella se tumba en su cama, como un alma torturada y en conflicto, y llora hasta el amanecer. Mientras, Luis, vuelve a su casa, abre una bolsa de patatas, enciende la tele, e inmediatamente se encuentra inmerso en una retransmisión de un partido de tenis entre dos checos de los que nunca ha oído hablar. Una débil voz en los mas recónditos rincones de su mente le dice que algo importante pasaba en el coche, pero está bien seguro de que no hay forma de que pudiese entenderlo, así que opina que es mejor no pensar en ello. Al día siguiente Ana llamara a su mejor amiga, o quizás a dos de ellas, y hablarán sobre la situación seis horas seguidas. Con doloroso detalle, analizarán todo lo que ella dijo y todo lo que él dijo, pasando sobre cada punto una y otra vez, examinando cada palabra, y gesto por nimios significados, considerando cada posible ramificación. Continuarán discutiendo el tema, una y otra vez, por semanas, quizás meses, nunca llegando a conclusiones definitivas, pero nunca aburriéndose de él, tampoco. Mientras, Luis, un día mientras ve un partido de fútbol con un amigo común suyo y de Ana, durante los anuncios, fruncirá el ceño y dirá: "Raúl, ¿sabes si Ana tuvo alguna vez un caballo?". También los hombres lloran los abortos La conocí en mi oficina, era una muchacha con unos años menos que yo; y sin ser una belleza, no era fea; y además con una bonita figura, simpática, y muy atractiva. También goza de gran inteligencia. Yo la admiraba porque también era muy eficiente en su trabajo. Nunca pasó por mi mente el tener algo que ver con ella. Además, nunca había sido infiel a mi esposa, quizá porque siempre he sido muy hogareño. Sin embargo las circunstancias se dieron cuando las cosas del trabajo cambiaron, y lo que pareció un resbalón accidental de ella –que ahora pienso no fue tan accidental–, nos obligó a afianzarnos uno al otro. De ahí en adelante surgieron ciertas ideas en mi mente que poco a poco se fueron haciendo realidad, hasta que un día, cegados por la locura, ni yo ni ella nos detuvimos. Un par de semanas más tarde me informó del posible embarazo, y poco después lo confirmábamos con los contundentes análisis clínicos. Empezó la zozobra para determinar qué hacer. Finalmente llegamos a la decisión del aborto. Me atreví a consultar solamente con dos personas, un amigo, y un sacerdote; el amigo no apoyó esa decisión pero me informó donde había un consultorio que con menos riesgos podría efectuarse. El sacerdote me advirtió de las consecuencias morales de tal medida, sin embargo, nos dimos prisa y la decisión se llevó a la práctica. Desconozco si anteriormente ella ya había hecho lo mismo, pero lo dudo porque vi y sentí lo tremendamente traumático que le resultó; tardó en reponerse y yo contribuí en lo que pude en su recuperación psíquica. Cuando acudí a confesarme el sacerdote estaba bastante triste por lo sucedido, y me aconsejó que no la siguiera viendo. De veras que lo intenté, incluso hice trámites para que ser trasladado profesionalmente. En lugar de cambiarnos, por las nuevas condiciones de trabajo, se nos dieron mayores facilidades de estar juntos. Por entonces investigué un poco, y supe que ella se veía también con otra persona. Hablé con ella para decirle que no nos veríamos más. Para mi sorpresa, no lo aceptó; al contrario, prometió dejar al otro y expuso muchas razones; me dejé convencer. No estaba enamorado de ella, ni siquiera sé cómo llamarlo, creo que estaba enredado. De manera que verla y tratarla, era formidablemente disfrutado por mí, pero en mi interior se desgarraba mi mente y mi espíritu. Después de ella hubo otras mujeres: el tabú se había roto, y me di cuenta de que era un vicio, igual que otros difíciles de dejar. Ahora no sé qué decirme ni a mí mismo en mis propias tribulaciones, que no son pocas. Estoy bastante seguro si digo que no pasa un día sin que me acuerde de esa decisión y me lamente, y me lo recrimine, y pida perdón a Nuestro Señor. La relación actual con mi esposa nunca fue peor; y aunque mis hijos me siguen respetando y escuchando, sé que ahora lo hacen por lo que les enseñamos antes. Son escasas las personas que disfrutan de una conversación conmigo, sólo lo ordinario. Y me pregunto ¿Por qué habrá quienes, incluso siendo médicos, ven el engaño como algo perfectamente normal? Cómo lamento que ya no tenga yo la capacidad de dar consejos. Cómo añoro esa tranquilidad interior que me hacía sentir tan bien aun en las situaciones más difíciles. Cómo me duele haber tenido y perdido esa paz interior que me hacía sentir y gozar la intensidad de la vida y del amor. ¡Creo que estoy describiendo la pérdida de la gracia! Esto equivale a perder una parte del corazón y de la existencia. Y lo peor ¡aún no encuentro como reparar ese daño! Todo tiene su precio, ¡lo sabía! Y ahora ya lo estoy comprobando. Tenía el Cielo en la tierra y lo perdí. ¿Te puedo comprar una hora? El hombre llegó del trabajo a casa otra vez tarde, cansado e irritado, y encontró a su hijo de cinco años esperándolo en la puerta. "Papá, puedo preguntarte algo?" "Claro, hijo, el qué? respondió el hombre. "Papá, ¿cuánto dinero ganas por hora?" "¿Por qué lo preguntas?, dijo un tanto molesto. "Sólo quiero saberlo. Por favor dime cuánto ganas por hora", suplicó el pequeño. "Si quieres saberlo, gano 20 dólares por hora". "Oh", repuso el pequeño inclinando la cabeza. Luego dijo: "Papá, ¿me puedes prestar 10 dólares, por favor?". El padre estaba furioso. "Si la razón por la que querías saber cuánto gano es sólo para pedirme que te compre un juguete o cualquier otra tontería, entonces vete ahora mismo a tu habitación y acuéstate. Piensa por qué estás siendo tan egoísta. Trabajo mucho, muchas horas cada día y no tengo tiempo para estos juegos infantiles". El pequeño se fue en silencio a su habitación y cerró la puerta. El hombre se sentó y empezó a darle vueltas al interrogatorio del niño. "¡Cómo puede preguntar eso sólo para conseguir algo de dinero!". Después de un rato, el hombre se calmó y empezó a pensar que había sido un poco duro con su hijo. Quizás había algo que realmente necesitaba comprar con esos 10 dólares y, de hecho, no le pedía dinero a menudo. Fue a la puerta de la habitación del niño y la abrió. "¿Estás dormido, hijo?", preguntó. "No, papá. Estoy despierto" respondió el niño. "He estado pensando, y quizá he sido demasiado duro contigo antes. Ha sido un día muy largo y lo he pagado contigo. Aquí tienes los 10 dólares que me has pedido". El niño se sentó sonriente: "¡Oh, gracias, papá!", exclamó. Entonces, rebuscando bajo su almohada, sacó algunos billetes arrugados más. El pequeño contó despacio su dinero y entonces miró al hombre, el cual, viendo que el niño ya tenía dinero, empezaba a enfadarse de nuevo. "¿Por qué necesitabas dinero y ya tenías?", refunfuñó el padre. "Porque todavía no tenía bastante, pero ahora sí tengo. Papá, ahora tengo 20 dólares…, ¿puedo comprar una hora de tu tiempo?". Tender puentes Se cuenta que, cierta vez, dos hermanos que vivían en granjas vecinas, separadas por un pequeño río, entraron en conflicto. Fue la primera gran desavenencia en toda una vida de trabajo uno al lado del otro, compartiendo las herramientas y cuidando uno del otro. Durante años ellos trabajaron en sus granjas y al final de cada día, podían atravesar el río y disfrutar uno de la compañía del otro. A pesar del cansancio, hacían la caminata con gusto, pues se tenían un gran aprecio. Pero ahora todo había cambiado. Lo que comenzara con un pequeño malentendido finalmente explotó en un cambio de ásperas palabras, seguidas por semanas de total silencio. Una mañana, el hermano más mayor sintió que llamaban a su puerta. Cuando abrió vio un hombre con una caja de herramientas de carpintero en la mano y que buscaba trabajo: "Quizás usted tenga un pequeño servicio que yo pueda hacer". "Sí, claro que tengo trabajo para usted. Ve aquella granja al otro lado del río. Es de mi vecino. No, en realidad es de mi hermano más joven. Nos peleamos y no puedo soportar verle. ¿Ve aquella pila de madera cerca del granero? Quiero que usted construya una cerca bien alta a lo largo del río para que yo no tenga que verlo mas." El carpintero contestó: "Creo que entiendo la situación. Dígame dónde están el resto del material, que ciertamente haré un trabajo que le gustará." Como tenía que irse a la ciudad, el hermano más mayor ayudó al carpintero a encontrar el material y partió. El hombre trabajó durante todo aquel día. Ya anochecía cuando termino su obra. El granjero regresó de su viaje y sus ojos no podían creer lo que veían. En vez de una cerca había un puente que unía las dos márgenes del río. Era realmente un buen trabajo, pero el granjero estaba furioso y le dijo: "Usted ha sido muy atrevido al construir ese puente después de lo que quedamos". Sin embargo, al mirar hacia el puente, vio a su hermano que se acercaba del otro margen, corriendo con los brazos abiertos. Por un instante permaneció inmóvil de su lado del río. Pero de repente, en un impulso, corrió en dirección del otro y se abrazaron en medio del puente. Tener imaginación Un cazador va a África y lleva su perrito Foxterrier para no sentirse solo. Un día, ya en África, el perrito, persiguiendo mariposas, se aleja y se extravía, comenzando a vagar solo por la selva. En eso ve a lo lejos que viene una pantera enorme a todo correr, y al ver que la pantera lo quiere devorar, piensa rápidamente qué puede hacer. Ve un montón de huesos de un animal muerto y se pone a mordisquearlos. Cuando la pantera está a punto de atacarlo, el perrito dice: "¡Uah…, qué rica estaba esta pantera que me acabo de comer!". La pantera lo escucha y frena en seco, gira y huye despavorida pensando: "¡Este animal casi me come a mi también!". Un mono que andaba trepando en un árbol cercano y que había visto y oído toda la escena, sale corriendo tras la pantera para contarle cómo había sido engañada por el perrito. Pero el perrito oye al mono chivato. El mono contó todo a la pantera, y esta, muy enojada, le dice al mono: "¡Súbete a mi espalda y busquemos a ese perro maldito, a ver quién se come a quién!". Y salen corriendo a toda velocidad a buscar al Foxterrier. El perrito ve a lo lejos que vuelve la pantera, ahora con el mono chivato encima. "¿Y ahora qué hago…?", se pregunta. En vez de salir corriendo, que habría sido su perdición, se queda sentado dándoles la espalda como si no los hubiera visto. Cuando la pantera está a punto de atacarle, el perrito dice: "¡Pero qué mono más sinvergüenza…! Hace media hora que lo mandé a traerme otra pantera y todavía no había aparecido…!". Como decía Albert Einstein, en los momentos de crisis, sólo la imaginación es más importante que el conocimiento. Todo pasa Hubo una vez un rey que dijo a los sabios de la corte: – Me estoy fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes posibles. Quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para siempre. Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa debajo del diamante del anillo. Todos quienes escucharon eran sabios, grandes eruditos; podrían haber escrito grandes tratados, pero darle un mensaje de no más de dos o tres palabras que le pudieran ayudar en momentos de desesperación total. Pensaron, buscaron en sus libros, pero no podían encontrar nada. El rey tenía un anciano sirviente que también había sido sirviente de su padre. La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó de él, por tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un inmenso respeto por el anciano, de modo que también lo consultó. Y éste le dijo: -No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje. Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una ocasión me encontré con un místico. Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me dio este mensaje -el anciano lo escribió en un diminuto papel, lo dobló y se lo dio al rey-. Pero no lo leas -le dijo- mantenlo escondido en el anillo. Ábrelo sólo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres salida a la situación. Ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió el reino. Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos lo perseguían. Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. Llegó a un lugar donde el camino se acababa, no había salida: enfrente había un precipicio y un profundo valle; caer por él sería el fin. Y no podía volver porque el enemigo le cerraba el camino. Ya podía escuchar el trotar de los caballos. No podía seguir hacia delante y no había ningún otro camino. De repente, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso. Simplemente decía: “ESTO TAMBIÉN PASARÁ”. Mientras leía “esto también pasará” sintió que se cernía sobre él un gran silencio. Los enemigos que le perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse equivocado de camino, pero lo cierto es que poco a poco dejó de escuchar el trote de los caballos. El rey se sentía profundamente agradecido al sirviente y al místico desconocido. Aquellas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejércitos y reconquistó el reino. Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran celebración con música, bailes… y él se sentía muy orgulloso de sí mismo. El anciano estaba a su lado en el carro y le dijo: -Este momento también es adecuado: vuelve a mirar el mensaje. -¿Qué quieres decir? -preguntó el rey-. Ahora estoy victorioso, la gente celebra mi vuelta, no estoy desesperado, no me encuentro en una situación sin salida. -Escucha -dijo el anciano-: este mensaje no es sólo para situaciones desesperadas; también es para situaciones placenteras. No es sólo para cuando estás derrotado; también es para cuando te sientes victorioso. No es sólo para cuando eres el último; también es para cuando eres el primero. El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: “Esto también pasará”, y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba, pero el orgullo, la egolatría, había desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje. Entonces el anciano le dijo: -Recuerda que todo pasa. Ninguna cosa ni ninguna emoción son permanentes. Como el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza. Acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza misma de las cosas. Tres pipas para calmar el enfado Una vez un miembro de la tribu se presentó furioso ante su jefe para informarle que estaba decidido a tomar venganza de un enemigo que lo había ofendido gravemente. Quería ir inmediatamente y matarlo sin piedad. El jefe le escuchó atentamente y luego le propuso que fuera a hacer lo que tenía pensado, pero antes de hacerlo llenara su pipa de tabaco y la fumara con calma al pie del árbol sagrado del pueblo. El hombre cargó su pipa y fue a sentarse bajo la copa del gran árbol. Tardó una hora en terminar la pipa. Luego sacudió las cenizas y decidió volver a hablar con el jefe para decirle que lo había pensado mejor, que era excesivo matar a su enemigo pero que si le daría una paliza memorable para que nunca se olvidara de la ofensa. Nuevamente el anciano lo escuchó y aprobó su decisión, pero le ordenó que ya que había cambiado de parecer, llenara otra vez la pipa y fuera a fumarla al mismo lugar. También esta vez el hombre cumplió su encargo y gastó media hora meditando. Después regresó a donde estaba el cacique y le dijo que consideraba excesivo castigar físicamente a su enemigo, pero que iría a echarle en cara su mala acción y le haría pasar vergüenza delante de todos. Como siempre, fue escuchado con bondad pero el anciano volvió a ordenarle que repitiera su meditación como lo había hecho las veces anteriores. El hombre, medio molesto, pero ya mucho más sereno, se dirigió al árbol centenario y allí sentado fue convirtiendo en humo, su tabaco y su bronca. Cuando terminó, volvió al jefe y le dijo: "Pensándolo mejor veo que la cosa no es para tanto. Iré donde me espera mi agresor para darle un abrazo. Así recuperaré un amigo que seguramente se arrepentirá de lo que ha hecho". El jefe le regaló dos cargas de tabaco para que fueran a fumar juntos al pie del árbol, diciéndole: "Eso es precisamente lo que tenía que pedirte, pero no podía decírtelo yo; era necesario darte tiempo para que lo descubrieras tu mismo". Tu daño me hizo más fuerte Ben Sarok, un hombre cruel, no podía ver nada sano ni bello sin destrozarlo. Al borde de un oasis se encontró con una joven palmera. Esto le irritó, así que cogió una pesada piedra y la colocó justo encima de la palmera. Entonces, con una mueca malvada, pasó por encima. La joven palmera intentó eliminar la carga, pero fue en vano. Después, el joven árbol probó una táctica diferente. Cavó hacia el interior para soportar su peso, hasta que sus raíces encontraron una fuente escondida de agua. Entonces el árbol creció más alto que todos los otros, logró culminar todas las sombras. Con el agua de las profundidades de la tierra y el sol de los cielos se convirtió en un árbol majestuoso. Años más tarde, Ben Sarok volvió para disfrutar de la imagen del pequeño árbol que había destrozado. Pero no pudo encontrarlo en ningún lugar. Por último el árbol se inclinó, le mostró la piedra sobre su copa y dijo: "Ben Sarok, tengo que agradecerte, tu daño me hizo más fuerte". Tu rostro habla por ti Hace tiempo, en un pequeño y lejano pueblo, había una casa abandonada. Cierto día, un perrito buscando refugio del sol, logró meterse por un agujero de una de las puertas de dicha casa. El perrito subió lentamente las viejas escaleras de madera. Al terminar de subirlas se encontró con una puerta se encontró con una puerta semiabierta, y lentamente se adentró al cuarto. Para su sorpresa se dio cuenta que dentro de ese cuarto había mil perritos más, observándolo tan fijamente como él los observaba a ellos. El perrito comenzó a mover la cola y a levantar sus orejas poco a poco. Los mil perritos hicieron lo mismo. Posteriormente sonrió y ladró alegremente a uno de ellos. El perrito se quedó sorprendido al ver que los mil perritos también le sonreían y ladraban alegremente con él. Cuando el perrito salió del cuarto se quedó pensando para sí mismo: "¡Qué lugar tan agradable, tengo que venir más a visitarlo!". Tiempo después otro perrito callejero entró al mismo sitio y al mismo cuarto, pero este perrito al ver a los otros mil perritos del cuarto, se sintió amenazado, ya que lo estaban mirando de una manera agresiva. Empezó a gruñir, y vio como los mil perritos le gruñían a él. Comenzó a ladrarles ferozmente y los otros mil perritos le ladraron ferozmente también a él. Cuando este perrito salió de aquel cuarto pensó: "¡Qué lugar tan horrible, nunca más volveré a entrar aquí!". En el frontal de aquella casa había un viejo letrero que decía: "La casa de los mil espejos". Los rostros del mundo son como espejos. Según seamos, así vemos. Un bombero de 6 años La madre de 26 años se quedó absorta mirando a su hijo que moría de leucemia terminal. Aunque su corazón estaba agobiado por la tristeza, también tenía un fuerte sentimiento de determinación. Como cualquier madre deseaba que su hijo creciera y realizara todos sus sueños. Pero ahora eso ya no iba a ser posible. La leucemia no se lo permitiría. Pero aún así, ella todavía quería que los sueños de su hijo se realizaran. Tomó la mano de su hijo y le preguntó: “Billy, ¿alguna vez pensaste en lo que querías ser cuando crecieras? ¿Soñaste alguna vez y pensaste en lo que harías con tu vida?”. “Mamá, de mayor siempre quise ser bombero”. La madre se sonrió, y un poco más tarde, ese mismo día, se dirigió al Parque de Bomberos de Phoenix, Arizona, donde conoció al bombero Bob, un hombre con un corazón tan grande como la misma Phoenix. Ella le explicó el último deseo de su hijo de seis años y le preguntó si era posible darle un paseo alrededor de la manzana en un camión de bomberos. El bombero Bob dijo: “Mire, podemos hacer algo mejor que eso. Tenga a su hijo listo el miércoles a las 9 en punto de la mañana y lo haremos Bombero honorario durante todo el día. Puede venir con nosotros aquí al Parque de Bomberos, comer con nosotros y salir con nosotros cuando recibamos llamadas de incendios en todo nuestro radio de acción. Y si usted nos dice su talla, le conseguiremos un verdadero uniforme de bombero, con un sombrero verdadero y no uno de juguete, que lleve el emblema del Parque de Bomberos de Phoenix, un traje amarillo como el que nosotros llevamos y botas de goma. Todo se confecciona en Phoenix, así que nos es fácil conseguirlo bastante rápido”. Tres días mas tarde el bombero Bob recogió a Billy, le puso su uniforme de bombero y lo condujo desde la cama del hospital hasta el camión de bomberos. Billy se sentó en la parte de atrás del camión y ayudó a conducirlo de regreso al Parque. Se sentía como en el cielo. Hubo tres avisos de incendio en Phoenix ese día y Billy pudo salir en los tres servicios. Se montó en tres camiones diferentes, en el microbús médico y también en el coche del Jefe de Bomberos. Le tomaron vídeos para las noticias locales de televisión. El haber hecho realidad su sueño, con todo aquel amor y atención con que le trataron, emocionó tan profundamente a Billy que logró vivir tres meses más de lo que cualquier médico pensó que viviría. Una noche todas sus constantes vitales comenzaron a decaer dramáticamente y la Jefa de Enfermeras comenzó a llamar a los miembros de la familia para que vinieran al hospital. Luego, recordó el día que Billy había pasado como si fuera un bombero, así que llamó al Jefe del Parque y le preguntó si era posible que enviara a un bombero uniformado al hospital para que estuviera con Billy mientras entregaba su alma. El Jefe replicó: “Haremos algo mejor. Estaremos allí en cinco minutos. ¿Me hará un favor? Cuando oiga las sirenas sonando y vea el centelleo de las luces, ¿podría anunciar por los altavoces que no hay ningún incendio, sino que es el Departamento de Bomberos que va a ver a uno de sus miembros más destacados una vez más? Y por favor, ¿podría abrir la ventana de su cuarto? Gracias”. Cinco minutos más tarde, el camión de escalera de los bomberos llegó al hospital y extendió la escalera hasta la ventana abierta del cuarto de Billy en el tercer piso. Dieciséis bomberos subieron por ella y entraron al cuarto. Con el permiso de su mamá, cada uno de ellos lo abrazó diciéndole cuánto lo amaban. Con su último aliento, Billy miró al Jefe de Bomberos y dijo: “Jefe, ¿soy verdaderamente un bombero ahora?”. “Sí, Billy, lo eres”. Con esas palabras, Billy sonrió y cerró sus ojos por última vez. Un burro en un pozo Un día, el burro de un campesino se cayó en un pozo. El pobre animal lloró amargamente durante horas, mientras el campesino trataba de buscar alguna solución. Finalmente, como no encontraba otra solución, pensó que el burro ya estaba muy viejo y que el pozo ya estaba seco y necesitaba ser tapado de todas formas, así que realmente no valía la pena sacar al burro del pozo sino que era mejor enterrarlo allí. Pidió a unos vecinos que vinieran a ayudarle. Cada uno agarró una pala y empezaron a echar tierra al pozo. El burro se dio cuenta de lo que estaba pasando y lloró y rebuznó de nuevo con más amargura. Luego, para sorpresa de todos, se tranquilizó después de caerle encima unas cuantas paladas de tierra. Al cabo de un buen rato de trabajo, el campesino se asomó al pozo y vio con sorpresa que con cada palada de tierra el burro estaba haciendo algo muy inteligente: se sacudía cada palada de tierra y pisaba sobre ella. Había subido ya varios metros. Siguieron así, y al final el burro llegó hasta la boca del pozo, pasó por encima del borde y salió trotando pacíficamente. Algo parecido puede sucedernos en nuestra vida. La vida nos tira a veces tierra, todo tipo de tierra; lo mejor es saber sacudirse esa tierra y usarla para dar un paso hacia arriba. Así, cada uno de nuestros problemas es un escalón hacia arriba. Un ciego con luz Había una vez, hace cientos de años, en una ciudad de Oriente, un hombre que una noche caminaba por las oscuras calles llevando una lámpara de aceite encendida. La ciudad era muy oscura en las noches sin luna como aquella. En determinado momento, se encuentra con un amigo. El amigo lo mira y de pronto lo reconoce. Se da cuenta de que es Guno, el ciego del pueblo. Entonces, le dice: “¿Qué haces, Guno, tú que eres ciego, con una lámpara en la mano? ¡Si tú no ves!”. Entonces el ciego le responde: “Yo no llevo la lámpara para ver mi camino. Conozco las calles de memoria. Llevo la luz para que otros encuentren su camino cuando me vean a mí. No solo es importante la luz que me sirve a mí, sino también la que yo uso para que otros puedan también servirse de ella”. Cada uno de nosotros puede alumbrar el camino para uno mismo y para que sea visto por otros, aunque uno aparentemente no lo necesite. Un donante muy especial Robyn Bowen es una mujer de Washington que en 1980 acudió a una Clínica en Rochester para ser atendida de una enfermedad al riñón mientras estaba embarazada. Recuerda cómo los doctores le dijeron llevar el embarazo hasta el final podría perjudicarle e incluso ponerse en peligro de muerte. Pero ella no quiso abortar, no dudó: "Supe desde el primer día que Dios me había bendecido al permitirme tener a Brandon", que así llamó a su hijo. Robyn dio a luz y continuó con su vida de diálisis y medicamentos, y salvó su vida por no abortar, pues cuando estaba enferma de muerte si no recibía un riñón compatible, le salió un donante muy especial. Veinte años después de su alumbramiento, su hijo se ofreció para donarle un riñón. "Mi cuerpo no es realmente mi cuerpo -afirma Brandon, el hijo-, a lo que me refiero, es que este no es mi riñón realmente. Es como el deseo de Dios y algo que necesitaba hacer". Su madre afirma: "él estaba muy seguro de que eso era lo que Dios quería que hiciera, por lo que fue el único motivo por el que le permití hacerlo". Orgulloso de salvar a su madre, seguía diciendo Brandon: "Tu no sabes lo que la vida de un niño pueda lograr en el futuro… Él podría ser el presidente, o tal vez podría encontrar la cura para el cáncer o algo así. Uno nunca sabe. Yo sólo pienso que todo niño debería tener una oportunidad". Defender el derecho a la vida desde la concepción, dice Juan Pablo II, es un "servicio precioso a la vida, valor fundamental en el que se reflejan la sabiduría y el amor de Dios… El respeto de la vida, desde su concepción al ocaso natural es un criterio decisivo para valorar la civilización de un pueblo". (Llucià Pou). Un elefante atado Un día un niño vio como un elefante del circo, después de la función, era amarrado con una cadena a una pequeña estaca clavada en el suelo. Se asombró de que tan corpulento animal no fuera capaz de liberarse de aquella pequeña estaca, y que de hecho no hiciera el mas mínimo esfuerzo por conseguirlo. Decidió preguntarle al hombre del circo, que le respondió: "Es muy sencillo, desde pequeño ha estado amarrado a una estaca como esa, y como entonces no era capaz de liberarse, ahora no sabe que esa estaca es muy poca cosa para él. Lo único que recuerda es que no podía escaparse y por eso ni siquiera lo intenta". Esto nos sucede a todos en algunos temas, en los que tenemos topes o barreras con las que chocamos porque siempre las hemos visto como insuperables, aunque ya hayamos crecido lo suficiente para vencerlas, y no lo hacemos solo por un porque en algún momento nos detuvieron. Un embarazo arriesgado La historia de Emilia es uno de esos casos difíciles de discernir. Su último embarazo presentó tan difícil que hoy en día lo transformarían en opción segura por el aborto. Aquí está su historia. ¿Qué habría hecho usted en su situación? Emilia pertenecía a una familia de clase media en un país europeo que sufría estragos y carestías después de una prolongada guerra nacional. Hambre y epidemias amenazaban a toda la población. Emilia desde pequeña había tenido una salud delicada, que no había podido mejorar por las condiciones en las que vivía. Siendo muy joven, se casó con un modesto empleado y se establecieron en una población nueva lejos de familiares y conocidos. Poco tiempo después nació su primer hijo, Edmund, un chico atractivo, buen estudiante, atleta y con gran personalidad. Unos años más tarde, Emilia dio a luz a una niña, que sólo sobrevivió pocas semanas por las malas condiciones de vida a la que la familia estaba sometida. Catorce años después del nacimiento de Edmund y casi diez de la muerte de su segunda hija, Emilia se encontraba en una situación particularmente difícil. Tenía cerca de cuarenta años y su salud no había mejorado: sufría severos problemas renales y su sistema cardiaco se debilitaba poco a poco debido a una afección congénita. Por otro lado, la situación política de su país era cada vez más crítica, pues había sido muy afectado por la recién terminada primera guerra mundial. Vivían con lo indispensable y con la incertidumbre y el miedo de que estallase una nueva guerra. Y justamente en esas terribles circunstancias, Emilia se dio cuenta de que nuevamente estaba embarazada. A pesar de que el acceso al aborto no era sencillo en esa época y en ese país tan pobre, existía la opción y no faltó quien se ofreciera para practicárselo. Su edad y su salud hacían del embarazo un alto riesgo para su vida. Además su difícil condición de vida le hacía preguntarse: ¿qué mundo puedo ofrecer a este pequeño? ¿Un hogar miserable? ¿Un pueblo en guerra? ¿Vale la pena que le dé la vida? A esta situación tan difícil que enfrentaba Emilia, se sumaría otra problemática que ella aún no conocía, pero de saberla, le haría cuestionar aún más la conveniencia de que este hijo naciera. Emilia morirá tan sólo diez años después a causa de su precaria salud. Trágicamente, también Edmund, el único hermano del bebé que esperaba, vivirá sólo unos pocos años más. Algunos años más tarde, estallaría la segunda guerra mundial, en la que el padre de la criatura que estaba por nacer también perderá la vida, con lo que ese niño iba a quedar absolutamente solo en la vida y en un ambiente adverso. Si a ested le tocara juzgar la conveniencia del nacimiento del hijo de Emilia, tendría que tomar en cuenta que, además de una situación sumamente crítica, a este niño le esperaba una vida en la completa orfandad: ni su padre, ni su madre, ni su único hermano podrían acompañarle en medio de las condiciones espantosas de la segunda guerra mundial que estaba por venir. ¿Para qué traer al mundo a un niño que desde el momento de nacer conocerá el sufrimiento? ¿Qué futuro puedo ofrecerle? ¿Será una insensatez llevar adelante mi embarazo? Son preguntas que cualquier mujer se haría en la situación de Emilia. Afortunadamente, ella optó por la vida de su hijo, a quien puso el nombre de Karol. Hoy quizá ese niño sería seguramente una víctima del aborto. Pero, gracias al valor de una mujer llamada Emilia, se encuentra vivo y se llama Karol Wojtyla, a quien todo el mundo conoce como Juan Pablo II. Un gitano mártir Ceferino Jiménez Malla es el primer gitano que ha subido a los altares. Tendrá un sitio entre los grandes del espíritu, pues la santidad no tiene nada que ver con la cuna, ni con la cultura, ni con la raza. La santidad tiene que ver con el corazón. Aquí van dos muestras de su espíritu generoso. Un día, el ex alcalde del pueblo oscense, Rafael Jordán, sufrió un vómito de sangre mientras iba por la calle, como consecuencia de la tuberculosis que padecía. Esa enfermedad inspiraba entonces un gran temor y la gente no se acercó. Ceferino lo limpió y lo llevó a su propia casa. Aquel acto de generosidad cambió su vida, pues la familia del ex alcalde le pidió que adquiriera una cuantas mulas en Francia y cuando Ceferino fue a entregarlas le dijeron que se las quedara. Era rico. Sin embargo muchos gitanos le pidieron favores y así, tío Ceferino, volvió a arruinarse: no podía dejar de socorrer a los suyos. Ceferino presenció la detención de un joven sacerdote, que forcejeaba con los milicianos. ¡Válgame la Virgen!, exclamó, tantos hombres contra uno y además inocente. Varios milicianos se lanzaron contra él, lo cachearon y le encontraron una navajilla y un modesto rosario. Bastó para conducirlo, maniatado, a la cárcel popular. Un amigo influyente intentó salvar su vida y le aconsejó que pusiera una excusa para justificar la presencia del rosario. Ceferino se negó. No era su estilo de tratante de ganado decir hoy una cosa y mañana otra; la gente le conocía y sabía que su palabra era ley en la que se podía fiar. Se negó a mentir, se negó a excusarse, por más que sabía lo que le ocurriría por ello. Como así ocurrió, pues Ceferino fue ajusticiado pocos días después, junto al cementerio. Ceferino rezaba cuando iba por la calle. El “Bomba”, otro gitano, recuerda a Ceferino rosario en mano en dirección a la iglesia: “Nos saludaba y después seguía rezando. Lo digo porque yo veía cómo movía los labios. Reunía a los niños y las familias para rezar juntos el rosario”. Araceli Dual recuerda haber sido convocada varias veces a casa del Pelé con otros niños para rezar juntos. El anciano era muy alto, y para estar a la altura de los chiquillos se ponía de rodillas. Un tipo con suerte Recuerdo que conocí a Javi el verano pasado en un campo de trabajo con toxicómanos en rehabilitación. Cuando me preguntó que por qué empleaba mis vacaciones de verano en una cosa así, hinché el pecho y me enorgullecí de mi mismo y de lo bueno que era. Pero no me duró mas de 10 segundos, el tiempo que tardé en devolverle la pregunta y me contestó que le reventaba ver a gente sola, que la soledad hay que "mamarla". Pensé que Javi había sufrido mucho, más todavía cuando me dijo que a él lo abandonaron en un contenedor a los pocos días de nacer. La congoja que me entró no fue nada comparado con el océano que se abrió a continuación ante mi conciencia. Le dije que lo sentía, que vaya faena, y me respondió que si estaba tonto, que se sentía un afortunado… Debí poner la misma cara que un pingüino en un garaje, pues rápidamente me dio la mejor lección que han dado en la vida. "Soy un tío con suerte -me espetó-, pues está claro que fui un embarazo no deseado, si llega a ser ahora, por 50.000 pesetas me cortan el cuello." Y siguió recogiendo patatas del suelo, como si nada. Siguió con su vida, ayudando a los demás. El valor de la vida humana y la dignidad del ser humano como tal, desde su comienzo hasta su fin natural, está por encima de cualquier situación adversa que se presente en el transcurso de la misma. Y si no, que se lo digan a Javi, un tipo con suerte. (Jesús García Sánchez-Colomer. Publicado en ABC, 19.VI.01). Una historia para pensar Cuando la conocí tenía 16 años. Fuimos presentados en una fiesta, por un "CHICO" que decia ser mi amigo. Fue amor a primera vista. Ella me enloquecía. Nuestro amor llegó a un punto, que ya no conseguía vivir sin ella. Pero era un amor prohibido. Mis padres no la aceptaron. Fui expulsado del colegio y empezamos a encontrarnos a escondidas. Pero ahí no aguanté mas, me volví loco. Yo la quería, pero no la tenía. Yo no podía permitir que me apartaran de ella. Yo la amaba: destrocé mi coche, rompí todo dentro de casa y casi maté a mi hermana. Estaba loco, la necesitaba. Hoy tengo 39 años; estoy internado en un hospital, soy inútil y voy a morir abandonado por mis padres, por mis amigos y por ella. ¿Su nombre? Se llama Cocaína. A ella le debo mi amor, mi vida, mi destrucción y mi muerte. Autor: Freddie Mercury (Lo escribió antes de morir de SIDA). Una hora diaria Contaba la Madre Teresa de Calcuta en su orden, inicialmente, que tenían media hora de adoración ante Jesús Sacramentado una vez al mes. En un congreso decidieron pasar a una hora diaria. Recibieron permiso para que una de ellas pudiera colocar a Jesús en la custodia durante esa hora de adoración. Desde entonces, cuenta, mejoró la alegría, la atención de los enfermos, se llegaba a más y se doblaron el número de aspirantes. Una noche tormentosa Una noche tormentosa hace los muchos años, un hombre mayor y su esposa entraron a la antecámara de un pequeño hotel en Filadelfia. Intentando conseguir resguardo de la copiosa lluvia la pareja se aproxima al mostrador y pregunta: "¿Puede darnos una habitación?". El empleado, un hombre atento con una cálida sonrisa les dijo: "Hay tres convenciones simultáneas en Filadelfia… Todas las habitación, de nuestro hotel y de los otros están tomadas. El matrimonio se angustió pues era difícil que a esa hora y con ese tiempo horroroso fuesen a conseguir dónde pasar las noche. Pero el empleado les dijo: "Miren…, no puedo enviarlos afuera con esta lluvia. Si ustedes aceptan la incomodidad, puedo ofrecerles mi propia habitación. Yo me arreglaré en un sillón de la oficina. El matrimonio lo rechazó, pero el empleado insistió de buena gana y finalmente terminaron ocupando su habitación. A la mañana siguiente, al pagar la factura el hombre pidió hablar con él y le dijo: "Usted es el tipo de Gerente que yo tendría en mi propio hotel. Quizás algún día construya un hotel para devolverle el favor que nos ha hecho". El concerje tomó la frase como un cumplido y se despidieron amistosamente. Pasaron dos años y el concerje recibe una carta de aquel hombre, donde le recordaba la anécdota y le enviaba un pasaje ida y vuelta a New York con la petición expresa de que los visitase. Con cierta curiosidad el conserje no desaprovechó esta oportunidad de visitar gratis New York y concurrió a la cita. En esta ocasión el hombre mayor le llevó a la esquina de la Quinta Avenida y la calle 34 y señaló con el dedo un imponente edificio de piedra rojiza y le dijo: "Este es el Hotel que he contruido para usted". El conserje miró anonadado y dijo: "¿Es una broma, verdad?". "Puedo asegurarle que no", le contestó con una sonrisa cómplice el hombre mayor. Y así fue como William Waldorf Astor construyó el Waldorf Astoria original y contrató a su primer gerente de nombre George C. Boldt (el conserje en la noche lluviosa). Obviamente George C. Boldt no imaginó que su vida estaba cambiando para siempre cuando hizo aquel favor para atender al viejo Waldorf Astor en aquella noche tormentosa. No tenemos muchos "Waldorf Astor" en el mundo, pero un jefe satisfecho o un cliente sorprendido pueden equivaler a nuestro Waldorf-Astoria personal. Una ocasión especial Mi cuñado abrió el cajón inferior del tocador de mi hermana y sacó un paquete envuelto en papel de seda. Llevaba todavía colgada la etiqueta del precio, con una cifra astronómica en ella. "Joan compró esto la primera vez que fuimos a Nueva York, hace al menos 8 ó 9 años. Nunca se lo puso. Estaba guardándolo para una ocasión especial. Bien; creo que ésta es la ocasión". Sus manos se demoraron por un momento en el suave tejido, luego cerró bruscamente el cajón y se volvió hacia mí. "Nunca guardes nada para una ocasión especial. Cada día que estás viva es una ocasión especial". Recordé esas palabras durante el funeral y los días que le siguieron, cuando le ayudé a él y a mi sobrina a atender todos los tristes quehaceres que siguen a una muerte inesperada. Pensé en ello en el avión, de vuelta a California desde el Medio Oeste donde vive la familia de mi hermana. Pensé en todas las cosas que ella no había visto, oído o hecho. Pensé en todas las cosas que ella había hecho sin darse cuenta de que eran especiales. Todavía pienso en sus palabras y han cambiado mi vida. Leo más. Me siento en el porche y admiro el paisaje. Paso más tiempo con mi familia y amigos. Trato de reconocer los mejores momentos y disfrutarlos. No "guardo" nada; uso nuestra porcelana china y la cristalería para cualquier evento especial, tal como perder medio kilo, desatascar el fregadero o el primer capullo de camelia. "Algún día" y "Un día de éstos" están perdiendo su hegemonía en mi vocabulario. Si vale la pena ver u oír o hacer algo, es mejor que sea cuanto antes. No estoy segura de lo que hubiese hecho mi hermana si hubiese sabido que no estaría aquí para ese mañana que todos damos por seguro. Creo que habría llamado a los miembros de la familia y a algunos amigos cercanos. Habría llamado a algunos antiguos amigos para disculparse y arreglar antiguas desavenencias. Son esas pequeñas cosas que se dejan sin hacer las que me enfurecerían si supiese que mis horas estaban contadas. Furiosa porque no poder ver a buenos amigos con los que iba a ponerme en contacto algún día. Furiosa por no haber escrito ciertas cartas que pretendía escribir un día de éstos. Furiosa y apenada por no haberles dicho lo bastante a menudo a mi esposo y mis hijas cuánto los quiero. Estoy tratando seriamente de no aplazar, refrenar o guardar algo que pueda alegrar o hacer más luminosas nuestras vidas. Y cada mañana, cuando abro los ojos, me digo a mí misma que es un día especial. Cada día, cada minuto, cada vez que respiro, verdaderamente es… un regalo de Dios. (Tomado de de www.andaluciaglobal.com/hadaluna) Una pistola y dos hombres frente a Dios Sucedió hace bastantes años en un campo de concentración en Francia. Había en él muchos refugiados españoles. Un sacerdote solía subir al estrado y explicaba a su auditorio temas de religión. Un día les habló de Dios y de su existencia. Cuando terminó el sacerdote de explicar sus ideas, preguntó al auditorio si alguno quería exponer algo. Se oyó la voz de un refugiado gritando su disconformidad. El ateo subió al estrado y dijo al auditorio: "No estoy conforme con lo que ha dicho el sacerdote. Yo digo que Dios no existe. Y lo voy a probar. Aquí está mí reloj. Si Dios existe, le doy un plazo de cinco minutos para que me mate. Faltan cuatro minutos. Faltan tres minutos. Faltan dos minutos. Falta un minuto. No falta nada. El Dios de este sacerdote no existe". Al acabar de hablar el incrédulo, sus partidarios le vitorearon. Le pasearon en hombros por el campo de concentración. El sacerdote quedó sin saber qué hacer. De repente tuvo una idea luminosa. Y dirigiéndose a la multitud de incrédulos y de creyentes les dijo. "Señores, no he terminado aún. Invitó al incrédulo a subir al estrado. El sacerdote pidió una pistola cargada. Un hombre le entregó el arma. Se hizo un silencio profundo. Todos estaban intrigados. Él sacerdote le dijo al incrédulo: "Ahí tiene esta pistola. No le hace falta más que darle al gatillo. Le concedo cinco minutos para que me mate. Faltan cuatro minutos. Faltan tres minutos. Faltan dos minutos. Falta un minuto. No falta nada. Luego usted no existe. ¿Qué les parece a ustedes?" El rostro del sacerdote y el de su contrincante estaban pálidos. El incrédulo le dijo: "¿Cómo voy a matar yo a usted que tanto bien me ha hecho? El sacerdote le contestó: "Dios le ha hecho a usted muchos más favores que yo y es mucho más misericordioso con los hombres que usted ha sido conmigo. Usted me ha respetado la vida cuando yo le pedía que me matara, como Dios se la ha respetado a usted cuando le retaba a que se la quitara". La escena fue de gran emoción. Dios recompensó el heroísmo del sacerdote que expuso su vida por El, haciendo que se convirtiera a la fe católica aquel incrédulo que unos momentos antes negaba a Dios. Volar sobre el pantano Un pájaro que vivía resignado en un árbol podrido en medio del pantano, se había acostumbrado a estar ahí. Comía gusanos del fango y se hallaba siempre sucio por el pestilente lodo. Sus alas estaban inutilizadas por el peso de la mugre, hasta que cierto día un gran ventarrón destruyó su guarida. El árbol podrido fue tragado por el cieno y el pájaro se dio cuenta de que iba a morir. En un deseo repentino de salvarse, comenzó a aletear con fuerza para emprender el vuelo. Le costó mucho trabajo, porque había olvidado como volar, pero se enfrentó al dolor del entumecimiento hasta que logró levantarse y cruzar el ancho cielo, llegando finalmente a un bosque fértil y hermoso. Los problemas que tenemos son muchas veces como el ventarrón que ha destruido tu guarida y te está obligando a elevar el vuelo o morir. Nunca es tarde. No importa lo que se haya vivido, ni los errores que se hayan cometido, ni las oportunidades que se hayan dejado pasar, ni la edad. Siempre estamos a tiempo para decir "basta", para sacudirnos el cieno y volar alto y lejos.

Rana de pozo

En un pozo profundo vivía una colonia de ranas. Llevaban su vida, tenían sus costumbres, encontraban su alimento y croaban a gusto haciendo resonar las paredes del pozo en toda su profundidad. Protegidas por su mismo aislamiento, vivían en paz, y sólo tenían que guardarse del pozal que, de vez en cuando, alguien echaba desde arriba para sacar agua del pozo. Daban la alarma en cuanto oían el ruido de la polea, se sumergían bajo el agua o se apretaban contra la pared, y allí esperaban, conteniendo la respiración, hasta que el pozal lleno de agua era izado otra vez y pasaba el peligro. Fue a una rana joven a quien se le ocurrió pensar que el pozal podía ser una oportunidad en vez de un peligro. Allá arriba se veía algo así como una claraboya abierta, que cambiaba de aspecto según fuera de día o de noche, y en la que aparecían sombras y luces y formas y colores que hacían presentir que allí había algo nuevo digno de conocerse. Y, sobre todo, estaba el rostro con trenzas de aquella figura bella y fugaz que aparecía por un momento sobre el brocal del pozo al arrojar el cubo y recobrarlo todos los días en su cita sagrada y temida. Había que conocer todo aquello. La rana joven habló, y todas las demás se le echaron encima: «Eso nunca se ha hecho. Sería la destrucción de nuestra raza. El cielo nos castigará. Te perderás para siempre. Nosotras hemos sido hechas para estar aquí, y aquí es donde nos va bien y podemos ser felices. Fuera del pozo no hay más que destrucción absoluta. Que nadie se atreva a violar las sabias leyes de nuestros antepasados. ¿Es que una rana jovenzuela de hoy puede saber más que ellos?». La rana jovenzuela esperó pacientemente la próxima bajada del pozal. Se colocó estratégicamente, dio un salto en el momento en que el pozal comenzaba a ser izado y subió en él ante el asombro y el horror de la comunidad batracia. El consejo de ancianos excomulgó a la rana prófuga y prohibió que se hablara de ella. Había que salvaguardar la seguridad del pozo. Pasaron los meses sin que nadie hablara de ella y nadie se olvidara de ella, cuando un buen día se oyó un croar familiar sobre el brocal del pozo, se agruparon abajo las curiosas y vieron recortada contra el cielo la silueta conocida de la rana aventurera. A su lado apareció la silueta de otra rana, y a su alrededor se agruparon siete pequeños renacuajos. Todas miraban sin atreverse a decir nada, cuando la rana habló: «Aquí arriba se está maravillosamente. Hay agua que se mueve, no como allá abajo, y unas fibras verdes y suaves que salen del suelo y entre las que da gusto moverse, y donde hay muchos bichos pequeños muy sabrosos y variados, y cada día se puede comer algo diferente. Y luego hay muchas ranas de muchos tipos distintos, y son muy buenas, y yo me he casado con ésta que está aquí a mi lado, y tenemos siete hijos y somos muy felices. Y aquí hay sitio para todas, porque esto es muy grande y nunca se acaba de ver lo que hay allá lejos.» De abajo, las fuerzas del orden advirtieron a la rana que, si bajaba, sería ejecutada por alta traición; y ella dijo que no pensaba bajar, y que les deseaba a todas que lo pasaran bien, y se marchó con su compañera y los siete renacuajos. Abajo en el pozo hubo mucho revuelo, y hubo algunas ranas que quisieron comentar la propuesta, pero las autoridades las acallaron enseguida, y la vida volvió a la normalidad de siempre en el fondo del pozo. Al día siguiente, por la mañana, la niña de las trenzas rubias se quedó asombrada cuando, al sacar el cubo con agua del pozo, vio que estaba lleno de ranas. En sánscrito hay una palabra compuesta para designar a una persona estrecha de miras que se conforma con oír lo que siempre ha oído y hacer lo que siempre ha hecho, lo que hace todo el mundo y lo que, según parece, han de hacer todos los que quieran seguir una vida tranquila y segura. La palabra es «rana-de-pozo», (kup-manduk), y ha pasado del sánscrito a las lenguas indias modernas, en las que se usa con el mismo sentido. A nadie le gusta que se la digan. Aun así, el mundo está lleno de pozos, y los pozos llenos de ranas. Y niñas con trenzas rubias siguen llevándose sustos de vez en cuando por la mañana.

La valentía premiada

Estaba caminando en una calle poco iluminada una noche ya tarde, cuando escuché unos gritos que trataban de ser silenciados y que venían de atrás de un grupo de arbustos. Alarmado, aflojé el paso para escuchar y me aterroricé cuando me dí cuenta de que lo que se escuchaba eran los inconfundibles signos de una lucha desesperada en la que a unos pocos metros de mí una mujer estaba siendo atacada. ¿Me debería involucrar? Yo estaba asustado pensando en mi propia seguridad y me maldije a mí mismo por el dilema ante el que estaba: ¿No debería tan solo correr al teléfono más cercano y llamar a la policía? Los gritos aumentaban. Tenía que actuar con rapidez. Finalmente me decidí. No podía darle la espalda a esa pobre mujer, aunque eso significara arriesgar mi propia vida. No soy un hombre valiente, ni soy un hombre fuerte ni atlético. No sé dónde encontré el coraje moral y la fuerza física, pero una vez que había decidido finalmente ayudar a la chica, me volví extrañamente transformado. Corrí detrás de los arbustos y salté sobre el asaltante. Forcejeando, caímos al suelo y luchamos durante unos minutos, hasta que el atacante se puso en pie de un salto y escapó. Jadeando fuertemente, me levanté con dificultad, y me acerqué a la chica, que estaba en cuclillas detrás de un árbol, llorando. En la oscuridad, apenas podía ver su silueta, temblando y en pleno shock nervioso. No quería asustarla de nuevo, así que le hablé a cierta distancia. “No te preocupes, ya se ha ido, estás a salvo”, dije en tono tranquilizador. Hubo una prolongada pausa, y entonces oí: “¿Papá, eres tú?”. Y entonces desde detrás del árbol salió caminando mi hija Katherine.

La decisión está en tus manos

Aproximadamente al principio del siglo I de nuestra era, existían dos escuelas de enseñanza, dirigidas por dos sabios de renombre: Hilel y Shamai. Cada escuela se dedicaba al estudio de la Torá y los alumnos eran el gran potencial de la misma. El gran problema que había entre ambas escuelas era que los alumnos no se llevaban bien entre sí, y a cada oportunidad que se presentaba hacían todo lo posible por desprestigiar a la otra escuela. Un día los alumnos de Shamal entendieron que la mejor manera de desacreditar a los de la otra escuela era humillar a Hilel el sabio e idearon una estratagema. Pensaron en cazar una mariposa y llevarla viva en la mano de uno de ellos y al llegar a la casa del sabio preguntarle: -Maestro Hilel, esta mariposa que tengo en mis manos, ¿está viva o muerta? Si Hilel respondía que estaba viva, entonces apretarían el puño y le demostrarían que estaba muerta. Si la respuesta era que la mariposa estaba muerta abrirían el puño y la dejarían escapar, demostrando así que estaba viva. El plan era infalible, y decidieron llevarlo a cabo. Cazaron la mariposa y uno de los alumnos de Shamal la tomó en sus manos, se acercaron a la casa de Hilel golpearon a su puerta y el sabio les preguntó: -¿Que les trae por aquí? Los alumnos respondieron: -Queremos saber cuán sabio eres. Hilel les dijo: -¿Y cómo lo comprobarán? -Le haremos una pregunta. -Adelante. -Esta mariposa que tengo en mis manos, ¿está viva o muerta? Hilel les miró despacio y respondió: -La decisión está en tus manos.

El rey y su halcón

Genghis Khan (1162-1227), cuyo imperio Mongol se extendía desde el este de Europa hasta el Mar de Japón, llegó un día con su ejército a China y a Persia, y conquistó muchas tierras. En todos los países, los hombres referían sus hazañas, y decían que desde Alejandro Magno no existía un rey como él. Una mañana, cuando descansaba de sus guerras, salió a cabalgar por los bosques. Lo acompañaban muchos de sus amigos. Cabalgaban jovialmente, llevando sus arcos y flechas. Sus criados los seguían con los perros. Era una alegre partida de caza. Sus gritos y sus risas resonaban en el bosque. Esperaban obtener muchas presas. En la muñeca, el rey llevaba su halcón favorito, pues en esos tiempos se adiestraba a los halcones para cazar. A una orden de sus amos, echaban a volar y buscaban las presas desde el aire. Si veían un venado o un conejo, se lanzaban sobre él con la rapidez de una flecha. Todo el día Genghis Khan y sus cazadores atravesaron el bosque, pero no encontraron tantos animales como esperaban. Al anochecer emprendieron de regreso. El rey cabalgaba a menudo por los bosques, y conocía todos los senderos. Así que mientras el resto de la partida tomaba el camino más corto, eligió un camino más largo por un valle entre dos montañas. Había sido un día caluroso, y el rey tenía sed. Su halcón favorito había echado a volar, y sin duda encontraría el camino de regreso. El rey cabalgaba despacio. Una vez había visto un manantial de aguas claras cerca de ese sendero. ¡Ojalá pudiera encontrarlo ahora! Pero los tórridos días de verano habían secado todos los manantiales de montaña. Al fin, para su alegría, vio agua goteando de una roca. Sabía que había un manantial más arriba. En la temporada de las lluvias, siempre corría por allí un río muy caudaloso, pero ahora bajaba una gota por vez. El rey se apeó del caballo. Tomó un tazón de plata de su morral, y lo sostuvo para recoger las gotas que caían con lentitud. Tardaba mucho en llenarse, y el rey tenía tanta sed que apenas podía esperar. En cuanto el tazón se llenó, se lo llevó a los labios y se dispuso a beber. De pronto oyó un silbido en el aire, y le arrebataron el tazón de las manos. El agua se derramó en el suelo. El rey alzó la vista para ver quien había hecho esto. Era su halcón. El halcón voló de aquí para allá varias veces, y al fin se posó en las rocas, a orillas del manantial. El rey recogió el tazón, y de nuevo se dispuso a llenarlo. Esta vez no esperó tanto tiempo. Cuando el tazón estuvo medio lleno, se lo acercó a la boca. Pero apenas lo intentó, el halcón se echó a volar y se lo arrebató de las manos. El rey empezó a enfurecerse . Lo intentó de nuevo, y por tercera vez el halcón le impidió beber. El rey montó en cólera. “¿Cómo te atreves a actuar así? ¡Si te tuviera en mis manos te retorcería el cuello!”. Llenó el tazón de nuevo. Pero antes de tratar de beber, desenvainó la espada: “Amigo halcón, esta es la última vez”. No acababa de pronunciar estas palabras cuando el halcón bajó y le arrebató el tazón de la mano. Pero el rey lo estaba esperando. Con una rápida estocada abatió al ave. El pobre halcón cayó sangrando a los pies de su amo. “¡Ahora tienes lo que mereces!”, dijo Genghis Khan. Pero cuando buscó su tazón, descubrió que había caído entre dos piedras, y que no podía recobrarlo. “De un modo u otro, beberé agua de esa fuente”, se dijo. Decidió trepar la empinada cuesta que conducía al lugar de donde goteaba el agua. Era un ascenso agotador, y cuanto más subía, más sed tenía. Al fin llegó al lugar. Allí había, en efecto un charco de agua ¿pero qué había en el charco? Una enorme serpiente muerta, de la especie más venenosa. El rey se detuvo. Olvidó la sed. Pensó sólo en el pobre pájaro muerto. “¡El halcón me salvó la vida! ¿Y cómo le pagué? ¡Era mi mejor amigo y lo he matado!”. Bajó la cuesta. Tomó suavemente al pájaro y lo puso en su morral. Luego montó a caballo y regresó deprisa, diciéndose: “Hoy he aprendido una lección, y es que nunca se debe actuar impulsado por la furia”.

Eres importante para mí

Una profesora universitaria inició un experimento entre sus alumnos. A cada uno les dio cuatro tarjetas de color azul, todos con la leyenda “Eres importante para mi” y les pidió que se pusieran una. Cuando todos lo hicieron, les dijo que eso era lo que ella pensaba de ellos. Luego les explicó de qué se trataba el experimento: tenían que darle una de esas tarjetas a alguna persona que fuera importante para ellos, explicándoles el motivo, y dándole el resto para que esa persona hiciera lo mismo. El experimento era ver cuánto podía influir en las personas ese pequeño detalle. Todos salieron de clase pensando y comentando a quién darían esas tarjetas. Algunos mencionaban a sus padres, a sus hermanos o a sus novios. Pero entre aquellos estudiantes había uno que vivía lejos de sus padres. Había conseguido una beca para esa universidad y al estar lejos de su hogar, no podía darle esa tarjeta a sus padres o hermanos. Pasó toda la noche pensando a quién se la daría. Al día siguiente, muy temprano, pensó en un amigo suyo, joven profesional que le había orientado para elegir carrera y que muchas veces le aconsejaba cuando las cosas no iban tan bien como él esperaba. A la salida de clase se dirigió al edificio donde su amigo trabajaba. En la recepción pidió verlo. A su amigo le extrañó, ya que el muchacho no solía ir a esas horas, por lo que pensó que algo malo pasaba. El estudiante le explicó el propósito de su visita, le entregó tres tarjetas y le dijo que al estar lejos de casa, él era el mas indicado. El joven ejecutivo se sintió halagado, pues no recibía ese tipo de reconocimientos muy a menudo y prometió a su amigo que seguiría con el experimento y le informaría de los resultados. El joven ejecutivo regresó a su trabajo y ya casi a la hora de la salida se le ocurrió una arriesgada idea: entregaría los dos tarjetas restantes a su jefe. Su jefe era una persona huraña y siempre muy atareada, por lo que tuvo que esperar que estuviera “desocupado”. Cuando consiguió verlo, estaba inmerso en la lectura de los nuevos proyectos de su departamento, con la oficina estaba repleta de papeles. El jefe sólo gruñó: “¿Qué desea usted?”. El joven ejecutivo le explicó tímidamente el propósito de su visita y le mostró los dos tarjetas. El jefe, asombrado, le preguntó: “¿Por qué cree usted que soy el mas indicado para tener ese tarjeta?”. El joven le respondió que él lo admiraba por su capacidad y entusiasmo en los negocios, y porque de él había aprendido bastante y estaba orgulloso de estar bajo su mando. El jefe titubeó, pero recibió con agrado los dos tarjetas. No muy a menudo se escuchan esas palabras con sinceridad estando en el puesto en el que él se encontraba. El joven ejecutivo se despidió cortésmente del jefe y, como ya era la hora de salida, se fue a su casa. El jefe, acostumbrado a estar en la oficina hasta altas horas, esta vez se fue temprano a su casa. Se fue reflexionando mientras conducía rumbo a su casa. Su esposa se extrañó de verlo tan temprano y pensó que algo le había pasado. Cuando le preguntó si pasaba algo, el respondió que no pasaba nada, que ese día quería estar con su familia. La esposa se extrañó, ya que su esposo acostumbraba a llegar de mal humor. El jefe preguntó “¿Dónde esta nuestro hijo?”. La esposa sólo lo llamó, y el chico vino, y su padre sólo le dijo: “Acompáñame, por favor”. Ante la mirada extrañada de la esposa y del hijo, ambos salieron de la casa. El jefe era un hombre que no acostumbraba gastar su “valioso tiempo” en su familia muy a menudo. Tanto el padre como el hijo se sentaron en el porche de la casa. El padre miró a su hijo, quien a su vez lo miraba extrañado. Le empezó a decir que sabía que no era un buen padre, que muchas veces se ausentó en aquellos momentos que sabía que eran importantes. Le mencionó que había decidido cambiar, que quería pasar más tiempo con ellos, ya que su madre y él eran lo más importante que tenía. Le mencionó lo de los tarjetas y cómo uno de sus jóvenes ejecutivos se la había dado. Le dijo que lo había pensado mucho, pero quería darle la última tarjeta a él, ya que era lo más importante, lo más sagrado para él, que el día que nació fue el más feliz de su vida y que estaba orgulloso de él: eres importante para mi. El chico, con lágrimas en los ojos, le dijo: “Papá, no sé qué decir, mañana pensaba suicidarme porque pensé que yo no te importaba. Te quiero, papá, perdóname.” Ambos lloraron y se abrazaron. El experimento de la profesora dio resultado, había logrado cambiar no una, sino varias vidas, con sólo expresar lo que sentía.

El animal de las dilaciones

Se cuenta que Alejandro Magno, en una de sus campañas guerreras, se encontró con Diógenes, que tomaba el sol tranquilo y medio desnudo a la orilla de un río. Alejandro, que no en vano había tenido como tutor al mismo Aristóteles y respetaba y secretamente envidiaba la sabiduría, había oído hablar de Diógenes, el filósofo que vivía en un tonel, y aprovechó la ocasión para acercarse a él en persona y conversar con él humildemente, volviendo a ser por un rato discípulo en medio de su gloria militar. Con todo, no podía hacer esperar mucho tiempo a sus tropas, y al fin hubo de despedirse del filósofo. Tal fue la impresión que aquella breve conversación le había causado, que el conquistador de mundos dijo al sabio del tonel: «Me marcho, pues he de continuar con mis hazañas para la historia. Pero desde ahora ruego a los cielos que en la vida que me toque vivir en mi próxima encarnación no sea yo Alejandro, sino Diógenes». Diógenes contestó: «¿Y a qué esperar para ello a tu próxima encarnación? Puedes serlo desde ahora si así lo deseas. El río es amplio, y el sol no escatima sus rayos. Hay sitio de sobra por aquí para otro tonel». Y volvió a tumbarse al sol, mientras Alejandro montaba en su caballo. Muchas veces se ha dicho que el hombre es el animal de las dilaciones. Difiere, aplaza, posterga. Los demás animales actúan al momento, reaccionan al instante. Andan cuando quieren andar, y descansan cuando quieren descansar. Viven al día, al momento. Los hombres, por el contrario, piensan que deberían darse un merecido y necesitado descanso, pero deciden que lo harán más adelante, y siguen trabajando; o, por el contrario, saben que deberían trabajar, pero deciden que ya lo harán más adelante, y siguen descansando cuando, por su propio bien, debieran ponerse a trabajar. Acertar en lo que se debe dilatar y lo que debe hacerse de inmediato es un asunto importante. Que no resulte que queremos cambiar, mejorar, liberarnos de los vicios que nos esclavizan…, pero para la próxima reencarnación. Nos sucede entonces como a Alejandro, que con una plegaria a los dioses lo arregla todo, acalla su conciencia y sigue con sus conquistas. En la práctica, mucha gente parece creer en la reencarnación. Y no solamente en el Oriente.

Bajo sus alas

La revista “National Geographic” publicó hace unos años un artículo sobre algo sucedido después de un incendio en el Parque Nacional Yellowstone de EEUU. Después de sofocado el fuego empezó la labor de evaluación de daños, y un guardabosques encontró una ave calcinada al pie de un árbol, en una posición bastante extraña, pues no parecía que hubiese muerto escapando o atrapada, sino que simplemente estaba con sus alas cerradas alrededor de su cuerpo. Cuando el asombrado guardabosques la golpeó suavemente con una vara, tres pequeños polluelos vivos emergieron de debajo de las alas de su madre, que sabiendo que sus hijos no podrían escapar del fuego, no los abandonó en ese momento crítico. Tampoco se quedó con ellos en el nido sobre el árbol, donde el humo sube y el calor se acumula, sino que los llevó, quizás uno a uno, a la base de aquel árbol, y ahí dio su vida por salvar la de ellos. ¿Pueden imaginar la escena? El fuego rodeándolos, los polluelos asustados y la madre muy decidida, infundiendo paz a sus hijos, como diciéndoles: “No tengáis miedo, bajo mis alas nada os pasará”. Tan seguros estaban ahí tocando sus plumas, aislados del fuego, que ni siquiera habían salido de ahí horas después de apagado el incendio. Estaban totalmente confiados en la protección de su madre, y solo al sentir el golpe del guardabosques pensaron que debían salir.

Un ciego con luz

Había una vez, hace cientos de años, en una ciudad de Oriente, un hombre que una noche caminaba por las oscuras calles llevando una lámpara de aceite encendida. La ciudad era muy oscura en las noches sin luna como aquella. En determinado momento, se encuentra con un amigo. El amigo lo mira y de pronto lo reconoce. Se da cuenta de que es Guno, el ciego del pueblo. Entonces, le dice: “¿Qué haces, Guno, tú que eres ciego, con una lámpara en la mano? ¡Si tú no ves!”. Entonces el ciego le responde: “Yo no llevo la lámpara para ver mi camino. Conozco las calles de memoria. Llevo la luz para que otros encuentren su camino cuando me vean a mí. No solo es importante la luz que me sirve a mí, sino también la que yo uso para que otros puedan también servirse de ella”. Cada uno de nosotros puede alumbrar el camino para uno mismo y para que sea visto por otros, aunque uno aparentemente no lo necesite.

Amar a la vida

Un profesor fue invitado a dar una conferencia en una base militar, y en el aeropuerto lo recibió un soldado llamado Ralph. Mientras se encaminaban a recoger el equipaje, Ralph se detuvo unos instantes para ayudar a una anciana con su maleta, y después para orientar a una persona. Cada vez, una sonrisa iluminaba su rostro. “¿Dónde aprendió a comportarse así?”, le preguntó el profesor. “En la guerra”, contestó Ralph. Entonces le contó su experiencia en Vietnam. Allá su misión había sido limpiar campos minados. Durante ese tiempo había visto cómo varios amigos suyos, uno tras otro, encontraban una muerte prematura. “Me acostumbré a vivir paso a paso. Nunca sabía si el siguiente iba a ser el último; por eso tenía que sacar el mayor provecho posible del momento que transcurría entre alzar un pie y volver a apoyarlo en el suelo. Me parecía que cada paso era toda una vida”. Nadie puede saber lo que habrá de sucederle mañana. Qué triste sería el mundo si lo supiéramos. Toda la emoción de vivir se perdería, nuestra vida sería como una película que ya vimos, sin ninguna sorpresa ni emoción. La vida es una gran aventura, y al final no importará quién ha acumulado más riqueza ni quién ha llegado más lejos, sino quién ha amado más. Y ama más quien más ha servido, porque aprecia su vida y la de los demás.

Un bombero de 6 años

La madre de 26 años se quedó absorta mirando a su hijo que moría de leucemia terminal. Aunque su corazón estaba agobiado por la tristeza, también tenía un fuerte sentimiento de determinación. Como cualquier madre deseaba que su hijo creciera y realizara todos sus sueños. Pero ahora eso ya no iba a ser posible. La leucemia no se lo permitiría. Pero aún así, ella todavía quería que los sueños de su hijo se realizaran. Tomó la mano de su hijo y le preguntó: “Billy, ¿alguna vez pensaste en lo que querías ser cuando crecieras? ¿Soñaste alguna vez y pensaste en lo que harías con tu vida?”. “Mamá, de mayor siempre quise ser bombero”. La madre se sonrió, y un poco más tarde, ese mismo día, se dirigió al Parque de Bomberos de Phoenix, Arizona, donde conoció al bombero Bob, un hombre con un corazón tan grande como la misma Phoenix. Ella le explicó el último deseo de su hijo de seis años y le preguntó si era posible darle un paseo alrededor de la manzana en un camión de bomberos. El bombero Bob dijo: “Mire, podemos hacer algo mejor que eso. Tenga a su hijo listo el miércoles a las 9 en punto de la mañana y lo haremos Bombero honorario durante todo el día. Puede venir con nosotros aquí al Parque de Bomberos, comer con nosotros y salir con nosotros cuando recibamos llamadas de incendios en todo nuestro radio de acción. Y si usted nos dice su talla, le conseguiremos un verdadero uniforme de bombero, con un sombrero verdadero y no uno de juguete, que lleve el emblema del Parque de Bomberos de Phoenix, un traje amarillo como el que nosotros llevamos y botas de goma. Todo se confecciona en Phoenix, así que nos es fácil conseguirlo bastante rápido”. Tres días mas tarde el bombero Bob recogió a Billy, le puso su uniforme de bombero y lo condujo desde la cama del hospital hasta el camión de bomberos. Billy se sentó en la parte de atrás del camión y ayudó a conducirlo de regreso al Parque. Se sentía como en el cielo. Hubo tres avisos de incendio en Phoenix ese día y Billy pudo salir en los tres servicios. Se montó en tres camiones diferentes, en el microbús médico y también en el coche del Jefe de Bomberos. Le tomaron vídeos para las noticias locales de televisión. El haber hecho realidad su sueño, con todo aquel amor y atención con que le trataron, emocionó tan profundamente a Billy que logró vivir tres meses más de lo que cualquier médico pensó que viviría. Una noche todas sus constantes vitales comenzaron a decaer dramáticamente y la Jefa de Enfermeras comenzó a llamar a los miembros de la familia para que vinieran al hospital. Luego, recordó el día que Billy había pasado como si fuera un bombero, así que llamó al Jefe del Parque y le preguntó si era posible que enviara a un bombero uniformado al hospital para que estuviera con Billy mientras entregaba su alma. El Jefe replicó: “Haremos algo mejor. Estaremos allí en cinco minutos. ¿Me hará un favor? Cuando oiga las sirenas sonando y vea el centelleo de las luces, ¿podría anunciar por los altavoces que no hay ningún incendio, sino que es el Departamento de Bomberos que va a ver a uno de sus miembros más destacados una vez más? Y por favor, ¿podría abrir la ventana de su cuarto? Gracias”. Cinco minutos más tarde, el camión de escalera de los bomberos llegó al hospital y extendió la escalera hasta la ventana abierta del cuarto de Billy en el tercer piso. Dieciséis bomberos subieron por ella y entraron al cuarto. Con el permiso de su mamá, cada uno de ellos lo abrazó diciéndole cuánto lo amaban. Con su último aliento, Billy miró al Jefe de Bomberos y dijo: “Jefe, ¿soy verdaderamente un bombero ahora?”. “Sí, Billy, lo eres”. Con esas palabras, Billy sonrió y cerró sus ojos por última vez.

El tapiz

El nuevo sacerdote, recién asignado a su primer ministerio pastoral para reabrir una iglesia en los suburbios de Brooklyn, New York, llegó a comienzo de octubre entusiasmado con sus primeras oportunidades. Cuando vio la iglesia se encontró conque estaba en pésimas condiciones y requería de mucho trabajo de reparación. Se fijó la meta de tener todo listo a tiempo para oficiar su primera Misa en la Nochebuena. Trabajó arduamente, reparando los bancos, empañetando las paredes, pintando, etc., y para el 18 de diciembre ya habían casi concluido con los trabajos, adelantándose a su propia meta. Pero el 19 de diciembre cayó una terrible tormenta que azotó la zona durante dos días completos. El día 21 el sacerdote fue a ver la iglesia. Su corazón dio un vuelco cuando vio que el agua se había filtrado a través del techo, causando una gotera enorme en la pared frontal, exactamente detrás del altar, dejando una mancha y un destrozo como a la altura de la cabeza. El sacerdote limpió el suelo, y no sabiendo que más hacer, salió para su casa. En el camino vio que una tienda local estaba llevando a cabo una venta de liquidación de cosas antiguas, y decidió entrar. Uno de los artículos era un hermoso tapiz hecho a mano, color hueso, con un trabajo exquisito de aplicaciones, bellos colores y una cruz bordada en el centro. Era justamente el tamaño adecuado para cubrir el hueco en la pared frontal. Lo compró y volvió a la iglesia. Ya para ese entonces había comenzado a nevar. Una mujer mayor iba corriendo desde la dirección opuesta tratando de alcanzar el autobús, pero finalmente lo perdió. El sacerdote la invito a esperar en la iglesia, donde había calefacción, pues el siguiente autobús tardaría 45 minutos en llegar. La señora se sentó en el banco sin prestar atención al sacerdote, mientras este buscaba una escalera, ganchos, etc., para colocar el tapiz como tapiz en la pared. El sacerdote estaba muy satisfecho de lo bien que quedaba, y de cómo cubría toda la superficie estropeada. Entonces vio que la mujer venía hacia él, desde el pasillo del centro. Su cara estaba blanca como una hoja de papel: “Padre, ¿dónde consiguió usted ese tapiz?”. El sacerdote le explicó. La mujer le pidió que le permitiera ver la esquina inferior derecha para ver si las iniciales EBG aparecían bordadas allí. Sí, estaban. Eran las iniciales de aquella mujer, y ella había hecho ese tapiz 35 anos atrás en Austria. La mujer apenas podía creerlo cuando el sacerdote le contó cómo acababa obtener el tapiz. La mujer le explicó que antes de la guerra ella y su esposo tenían una posición económica holgada en Austria. Cuando los nazis llegaron, la forzaron a irse. Su esposo debía seguirla la semana siguiente. Ella fue capturada, enviada a prisión y nunca volvió a ver a su esposo ni su casa. El sacerdote ofreció regalarle el tapiz, pero ella lo rechazó diciéndole que era lo menos que podía hacer. Se sentía muy agradecida pues vivía al otro lado de Staten Island y solamente estaba en Brooklyn por el día para un trabajo de limpieza de casa. El sacerdote le pidió sus señas, con idea de hacerle llegar el tapiz unos días después. En la Misa de la Nochebuena la iglesia estaba casi llena. La música y el espíritu que reinaban eran increíbles. Al final, el sacerdote despidió a todos en la puerta y muchos expresaron que volverían. Un hombre mayor, que el pastor reconoció del vecindario, seguía sentado en uno de los bancos mirando hacia el frente, y el sacerdote se preguntaba por qué no se iba. El hombre le preguntó dónde había obtenido ese tapiz que estaba en la pared del frente, porque era idéntico al que su esposa había hecho años atrás en Austria antes de la guerra, y no entendía cómo podía haber dos tapices tan idénticos. Le relató cómo llegaron los nazis y cómo el forzó a su esposa a irse, para la seguridad de ella, y cómo él no pudo seguirla, pues fue arrestado y enviado a prisión. Nunca volvió a ver a su esposa ni su hogar en todos aquellos 35 años. El sacerdote le preguntó si le permitiría llevarlo con él a dar una vuelta. Se dirigieron en el carro hacia Staten Island, hacia la casa de aquella mujer que estuvo tres días atrás en la iglesia. Subieron los tres pisos de escalera que conducían al apartamento de la mujer, llamaron a la puerta y presenció el más hermoso encuentro de Navidad que pudo haber imaginado.

¿Quién pliega tu paracaídas?

Charles Plumb era piloto de un bombardero en la guerra de Vietnam. Después de muchas misiones de combate, su avión fue derribado por un misil. Plumb se lanzó en paracaídas, fue capturado y pasó seis años en una prisión vietnamita. A su regreso a los Estados Unidos, daba conferencias contado su odisea y lo que aprendió en su tiempo en prisión. Un día estaba en un restaurante y un hombre lo saludó: “Hola…, ¿usted es Charles Plumb, era piloto en Vietnam y lo derribaron, verdad…? ¿Y usted, cómo sabe eso?, le preguntó Plumb. “Porque yo plegaba su paracaídas. ¿Parece que le funcionó bien, verdad?” . Plumb casi se ahogó de sorpresa y gratitud. “Claro que funcionó. Si no hubiera funcionado, hoy yo no estaría aquí.” Plumb no pudo dormir esa noche, preguntándose: “Cuántas veces lo vi en el portaaviones, y no le dije ni los buenos días, porque yo era un arrogante piloto y él era un humilde marinero…” Pensó también en las horas que ese marinero pasaba en las bodegas del barco enrollando los hilos de seda de cada paracaídas, teniendo en sus manos la vida de alguien a quien no conocía. Ahora, Plumb comienza sus conferencias preguntándole a su audiencia, “¿Quién plegó hoy tu paracaídas? Todos tenemos a alguien cuyo trabajo es importante para que nosotros podamos salir adelante. A veces perdemos de vista lo que es importante, y dejamos de saludar, de dar las gracias, de felicitar a alguien, de decir algo amable.

El violinista

Ocurrió en París, en una calle céntrica aunque secundaria. Un hombre, sucio y maloliente tocaba un viejo violín. Frente a él y sobre el suelo estaba su boina, con la esperanza de que los transeúntes se apiadaran de su condición y le arrojaran algunas monedas para llevar a casa. El pobre hombre trataba de sacar una melodía, pero era imposible identificarla debido a lo desafinado del instrumento y a la forma displicente y aburrida con que tocaba. Un famoso concertista, que junto con su esposa y unos amigos salía de un teatro cercano, pasó frente al mendigo musical. Todos arrugaron la cara al oír aquellos sonidos tan discordantes. Y no pudieron menos que reír de buena gana. La esposa le pidió, al concertista, que tocara algo. El hombre echó una mirada a las pocas monedas en el interior de la boina del mendigo, y decidió hacer algo. Le pidió el violín, y el mendigo musical se lo prestó con cierto resquemor. Lo primero que hizo el concertista fue afinar sus cuerdas. Y después, vigorosamente y con gran maestría arrancó una melodía fascinante del viejo instrumento. Los amigos comenzaron a aplaudir y los transeúntes comenzaron a arremolinarse para ver el improvisado espectáculo. Al escuchar la música, la gente de la cercana calle principal acudió también y pronto había una pequeña multitud escuchando arrobada el extraño concierto. La boina se llenó no solamente de monedas, sino de muchos billetes de todas las denominaciones. Mientras el maestro sacaba una melodía tras otra, con tanta alegría. El mendigo musical estaba aún más feliz de ver lo que ocurría y no cesaba de dar saltos de contento y repetir orgulloso a todos: ” ¡¡Ese es mi violín!! ¡¡Ese es mi violín!!”. Lo cual, por supuesto, era rigurosamente cierto. La vida nos da a todos un violín, que son nuestros conocimientos, habilidades y aptitudes. Y tenemos libertad para tocar ese violín como nos plazca. Algunos, por pereza, ni siquiera afinan ese violín. No perciben que hay que prepararse, aprender, desarrollar habilidades y mejorar constantemente nuestras aptitudes si hemos de dar un buen concierto. Pretenden una boina llena de dinero, y lo que entregan es una discordante melodía que no gusta a nadie.

Aún puedes ser Einstein

Albert Einstein (1879-1955) es indiscutiblemente el mayor genio científico del siglo XX y uno de los más grandes de la Historia. Sin embargo su carrera de estudiante deja perplejos a más de uno y sirve de consuelo para muchos. Parece que ser que en su infancia algunos le consideraron algo retrasado. A la edad de cinco años algunos informes escolares le consideraban lento y con errores de cálculo, aunque con seguridad a la hora de encarar las matemáticas. Fue suspendido en el examen de ingreso a la Escuela Técnica de Zurich. Cuando terminó su formación intentó conseguir un puesto de ayudante y fue el único que suspendió de los cuatro estudiantes que habían pasado los exámenes finales. En 1901 entregó una tesis de física sobre la teoría cinética de los gases en la Universidad de Zurich,que fue rechazada. En 1902, gracias a una recomendación, pudo empezar a trabajar en la Oficina de Patente de Berna como “técnico experto de tercera clase”…

Dos ratones

Dos ratones caen en un cubo de leche. El primer ratón, desilusionado, perezoso, se dejó llevar. El segundo, no perdió el ánimo y, con su buen carácter, mientras nadaba, reflexionaba. Y comprendió algo importante: a base de agitar, la leche se coagula. Se animó, aceleró un poco, y al rato aquello fue nata, y después mantequilla, y después dió un salto y salió. Estos dos ratones reflejan dos formas de afrontar los problemas.

Detenerse a tiempo

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Dioses de madera

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Puedes comprar

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¿Quién muere?

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Una noche tormentosa

Una noche tormentosa hace los muchos años, un hombre mayor y su esposa entraron a la antecámara de un pequeño hotel en Filadelfia. Intentando conseguir resguardo de la copiosa lluvia la pareja se aproxima al mostrador y pregunta: “¿Puede darnos una habitación?”. El empleado, un hombre atento con una cálida sonrisa les dijo: “Hay tres convenciones simultáneas en Filadelfia… Todas las habitación, de nuestro hotel y de los otros están tomadas. El matrimonio se angustió pues era difícil que a esa hora y con ese tiempo horroroso fuesen a conseguir dónde pasar las noche. Pero el empleado les dijo: “Miren…, no puedo enviarlos afuera con esta lluvia. Si ustedes aceptan la incomodidad, puedo ofrecerles mi propia habitación. Yo me arreglaré en un sillón de la oficina. El matrimonio lo rechazó, pero el empleado insistió de buena gana y finalmente terminaron ocupando su habitación. A la mañana siguiente, al pagar la factura el hombre pidió hablar con él y le dijo: “Usted es el tipo de Gerente que yo tendría en mi propio hotel. Quizás algún día construya un hotel para devolverle el favor que nos ha hecho”. El concerje tomó la frase como un cumplido y se despidieron amistosamente. Pasaron dos años y el concerje recibe una carta de aquel hombre, donde le recordaba la anécdota y le enviaba un pasaje ida y vuelta a New York con la petición expresa de que los visitase. Con cierta curiosidad el conserje no desaprovechó esta oportunidad de visitar gratis New York y concurrió a la cita. En esta ocasión el hombre mayor le llevó a la esquina de la Quinta Avenida y la calle 34 y señaló con el dedo un imponente edificio de piedra rojiza y le dijo: “Este es el Hotel que he contruido para usted”. El conserje miró anonadado y dijo: “¿Es una broma, verdad?”. “Puedo asegurarle que no”, le contestó con una sonrisa cómplice el hombre mayor. Y así fue como William Waldorf Astor construyó el Waldorf Astoria original y contrató a su primer gerente de nombre George C. Boldt (el conserje en la noche lluviosa). Obviamente George C. Boldt no imaginó que su vida estaba cambiando para siempre cuando hizo aquel favor para atender al viejo Waldorf Astor en aquella noche tormentosa. No tenemos muchos “Waldorf Astor” en el mundo, pero un jefe satisfecho o un cliente sorprendido pueden equivaler a nuestro Waldorf-Astoria personal.

Rescatada

Una niña pequeña cuyos padres habían muerto, vivía con su abuela y dormía en una habitación del piso superior.

Una noche se produjo un incendio en la casa y la abuela pereció tratando de rescatar a la niña. El fuego se propagó rápidamente y el primer piso fue pasto de las llamas.

Los vecinos llamaron a los bomberos y se mantuvieron a la espera de ayuda ya que era imposible entrar en la casa pues las llamas bloqueaban todas las entradas. La pequeña apareció en una de las ventanas superiores, pidiendo a gritos ayuda, justo en el momento en que corría la voz entre la muchedumbre de que los bomberos tardarían unos minutos pues estaban todos en otro fuego.

De pronto, apareció un hombre con una escalera, la apoyó contra la fachada de la casa y desapareció en el interior. Cuando reapareció, llevaba en sus brazos a la pequeña. Dejó la niña en brazos de los que esperaban fuera y desapareció en la noche.

Una investigación reveló que la niña no tenía parientes. Semanas después se celebró una asamblea en el ayuntamiento para determinar quién se llevaría la niña a su casa para criarla.

Una maestra dijo que ella podría criar a la niña. Les hizo notar que podría asegurarle una buena educación. Un granjero se ofreció a criarla en su granja. Les hizo notar que vivir en una granja era saludable y satisfactorio. Otros hablaron, dando sus razones por las que sería ventajoso para la niña vivir con ellos.

Finalmente, el habitante más rico del municipio se levantó y dijo: “Yo puedo darle a esta niña todas las ventajas que habeis mencionado aquí, y además, dinero y todo lo que el dinero puede comprar”.

Durante todo el tiempo, la niña permaneció con la mirada baja y en silencio.

“¿Quiere hablar alguien más?”, preguntó el presidente de la asamblea.

Un hombre se adelantó desde el fondo de la sala. Andaba despacio y parecía dolorido. Cuando llegó al frente de la habitación, se paró directamente en frente de la pequeña y extendió sus brazos. La muchedumbre sofocó un grito. Sus manos y brazos tenían cicatrices terribles.

La niña gritó: “¡Éste es el hombre que me rescató!”. De un salto, rodeó con sus brazos el cuello del hombre, asiéndose desesperadamente a él, como había hecho aquella fatídica noche. Apoyó la cara en su hombro y sollozó durante unos momentos. Entonces levantó los ojos y le sonrió. “Se levanta la asamblea” dijo el presidente. (Tomado de de www.andaluciaglobal.com/hadaluna)

Una ocasión especial

Mi cuñado abrió el cajón inferior del tocador de mi hermana y sacó un paquete envuelto en papel de seda. Llevaba todavía colgada la etiqueta del precio, con una cifra astronómica en ella. “Joan compró ésto la primera vez que fuimos a Nueva York, hace al menos 8 ó 9 años. Nunca se lo puso. Estaba guardándolo para una ocasión especial. Bien; creo que ésta es la ocasión”.

Sus manos se demoraron por un momento en el suave tejido, luego cerró bruscamente el cajón y se volvió hacia mí. “Nunca guardes nada para una ocasión especial. Cada día que estás viva es una ocasión especial”.

Recordé esas palabras durante el funeral y los días que le siguieron, cuando le ayudé a él y a mi sobrina a atender todos los tristes quehaceres que siguen a una muerte inesperada. Pensé en ello en el avión, de vuelta a California desde el Medio Oeste donde vive la familia de mi hermana. Pensé en todas las cosas que ella no había visto, oído o hecho. Pensé en todas las cosas que ella había hecho sin darse cuenta de que eran especiales. Todavía pienso en sus palabras y han cambiado mi vida. Leo más. Me siento en el porche y admiro el paisaje. Paso más tiempo con mi familia y amigos. Trato de reconocer los mejores momentos y disfrutarlos. No “guardo” nada; uso nuestra porcelana china y la cristalería para cualquier evento especial, tal como perder medio kilo, desatascar el fregadero o el primer capullo de camelia. “Algún día” y “Un día de éstos” están perdiendo su hegemonía en mi vocabulario. Si vale la pena ver u oír o hacer algo, es mejor que sea cuanto antes.

No estoy segura de lo que hubiese hecho mi hermana si hubiese sabido que no estaría aquí para ese mañana que todos damos por seguro. Creo que habría llamado a los miembros de la familia y a algunos amigos cercanos. Habría llamado a algunos antiguos amigos para disculparse y arreglar antiguas desavenencias. Son esas pequeñas cosas que se dejan sin hacer las que me enfurecerían si supiese que mis horas estaban contadas. Furiosa porque no poder ver a buenos amigos con los que iba a ponerme en contacto algún día. Furiosa por no haber escrito ciertas cartas que pretendía escribir un día de éstos. Furiosa y apenada por no haberles dicho lo bastante a menudo a mi esposo y mis hijas cuánto los quiero.

Estoy tratando seriamente de no aplazar, refrenar o guardar algo que pueda alegrar o hacer más luminosas nuestras vidas. Y cada mañana, cuando abro los ojos, me digo a mí misma que es un día especial. Cada día, cada minuto, cada vez que respiro, verdaderamente es… un regalo de Dios. (Tomado de de www.andaluciaglobal.com/hadaluna)

Ricos y pobres

Una vez, un padre de una familia bastante acaudalado llevó a su hijo a un viaje con el firme propósito de que su hijo viera cuán pobres eran las gentes del campo. Estuvieron por espacio de un día y una noche completa en una granja de una familia campesina muy humilde. Al concluir el viaje y de regreso a casa el padre le pregunta a su hijo: – ¿Qué te pareció el viaje? – ¡Muy bonito papá! – ¿Viste cuán pobre puede ser la gente? – ¡Sí! ¿Y qué aprendiste? – Vi que nosotros tenemos una piscina que llega de una pared a la mitad del jardín, ellos tienen un riachuelo que no tiene fin. Nosotros tenemos unas lámparas importadas en el patio, ellos tienen estrellas. El patio llega hasta la pared de la casa del vecino, ellos tienen un horizonte de patio. Ellos tienen tiempo para conversar y estar en familia. Tú y mamá tenéis que trabajar todo el tiempo y casi nunca os veo. Al terminar el relato, el padre se quedó callado, y su hijo añadió: – ¡Gracias, papá, por enseñarme lo ricos que podemos llegar a ser…!

Volar sobre el pantano

Un pájaro que vivía resignado en un árbol podrido en medio del pantano, se había acostumbrado a estar ahí. Comía gusanos del fango y se hallaba siempre sucio por el pestilente lodo. Sus alas estaban inutilizadas por el peso de la mugre, hasta que cierto día un gran ventarrón destruyó su guarida. El árbol podrido fue tragado por el cieno y el pájaro se dio cuenta de que iba a morir. En un deseo repentino de salvarse, comenzó a aletear con fuerza para emprender el vuelo. Le costó mucho trabajo, porque había olvidado como volar, pero se enfrentó al dolor del entumecimiento hasta que logró levantarse y cruzar el ancho cielo, llegando finalmente a un bosque fértil y hermoso.

Los problemas que tenemos son muchas veces como el ventarrón que ha destruido tu guarida y te está obligando a elevar el vuelo o morir. Nunca es tarde. No importa lo que se haya vivido, ni los errores que se hayan cometido, ni las oportunidades que se hayan dejado pasar, ni la edad. Siempre estamos a tiempo para decir “basta”, para sacudirnos el cieno y volar alto y lejos.

Simples y complicadas

Un chico llamado Luis se siente atraído por una chica llamada Ana. Él la propone ir juntos al cine, ella acepta, se lo pasan bien. Unas pocas noches después el la invita a ir a cenar, y de nuevo están a gusto. Siguen viéndose regularmente, y un tiempo después ninguno de ellos ve a ninguna otra persona. Entonces, una noche, cuando van hacia casa, un pensamiento se le ocurre a Ana y, sin pensarlo mucho, ella dice: “¿Te das cuenta de que justo hoy hace seis meses que nos vemos?”. Y entonces se hace el silencio en el coche. A Ana le parece un silencio estruendoso. Ella piensa: “Vaya, me pregunto si le habrá molestado que yo haya dicho eso. Quizás se siente restringido por nuestra relación. Quizás crea que yo estoy tratando de forzarle a alguna clase de obligación que él no desea, o sobre la que no está muy seguro”. Y Luis esta pensando: “Vaya. Seis meses.” Y Ana piensa: “Pero yo tampoco estoy segura de querer esta clase de relación. A veces me gustaría tener un poco más de libertad, para tener tiempo de pensar sobre lo que yo realmente quiero que nos mantenga en la dirección a la que nos estamos dirigiendo lentamente…, quiero decir, ¿hacia dónde vamos? ¿Vamos simplemente a seguir viéndonos en este nivel de intimidad? ¿Nos dirigimos hacia el matrimonio? ¿Hijos? ¿Una vida juntos? ¿Estoy preparada para este nivel de compromiso? ¿Es que conozco realmente a esta persona?”. Y Luis piensa: “…así que eso significa que fue… veamos… fue febrero cuando comenzamos a salir, que fue justo después de dejar el coche en el taller, o sea, que… veamos el cuentakilómetros… Vaya, tengo que cambiarle el aceite al coche.” Y Ana piensa: “Está disgustado. Puedo verlo en su cara. Quizás estoy interpretando esto completamente mal. Quizás quiere más de nuestra relación, más intimidad, más compromiso. Quizás él ha notado -antes que yo- que yo estaba sintiendo algunas reservas. Sí, seguro que es eso. Por eso es tan reservado a la hora de hablar sobre sus propios sentimientos. Tiene miedo de ser rechazado”. Y Luis piensa: “Y voy a tener que decirles que me miren la transmisión otra vez. No me importa lo que esos imbéciles digan, todavía no cambia bien. Y esta vez será mejor que no intenten echarle la culpa al frío. ¿Qué frío? Hay 30 grados fuera, y esta cosa cambia como un camión de basura, y yo les pago a esos ladrones incompetentes mucho dinero cada vez.” Y Ana está pensando: “Está enfadado. Y no puedo culparle. Yo estaría enfadada, también. Dios mío, me siento tan culpable, haciéndole pasar por esto, pero no puedo evitar sentirme como me siento. Simple y llanamente, no estoy segura”. Y Luis piensa: “Probablemente me dirán que sólo tiene tres meses de garantía. Sí, eso es justo lo que van a decirme, los capullos”. Y Ana está pensando: “Quizás soy demasiado idealista, esperando que venga un caballero en su caballo blanco, cuando estoy sentada al lado de una persona perfectamente buena, una persona con la que me gusta estar, una persona que realmente me importa, una persona a la que parezco importarle realmente. Una persona que sufre por causa de mis egocéntricas fantasías románticas de colegiala”. Y Luis piensa: “¿Garantía? ¿Quieren una garantía? Les daré una garantía. Cogeré su garantía y la…”. Dice Ana en voz alta: “Luis”. “¿Qué?, dice Luis, sorprendido. “Por favor, no te tortures así -dice ella, con un inicio de lágrimas en sus ojos.- Quizás nunca debí haber dicho… Oh, Dios, me siento tan…” y se interrumpe, sollozando. “¿Qué?, dice Luis. “Soy tan tonta -solloza Ana-. Quiero decir, ya sé que no hay tal caballero. Realmente lo sé. Es estúpido. No hay caballero, ni caballo”. “¿ No hay caballo?, dice Luis. “¿Piensas que soy tonta, verdad?”, dice Ana. “No”, dice Luis, contento por fin de conocer la respuesta adecuada. “Es sólo que… sólo que… necesito algo de tiempo”, dice Ana. Hay una pausa de 15 segundos mientras Luis, pensando todo lo rápido que puede, trata de decir una respuesta segura. Finalmente se le ocurre una que cree que puede funcionar: “Sí”. Ana, fuertemente emocionada, toca su mano: “Oh, Luis, ¿realmente piensas eso?, dice ella. “¿El que?, dice Luis. “Eso sobre el tiempo”, dice Ana. “Ah, sí”, dice Luis. Ana se vuelve para mirarle y fija profundamente su mirada en sus ojos, haciendo que él se ponga muy nervioso sobre lo que ella pueda decir luego, sobre todo si tiene que ver con un caballo. Al final, ella dice: “Gracias, Luis”. “Gracias”, dice Luis. Entonces él la lleva a casa, y ella se tumba en su cama, como un alma torturada y en conflicto, y llora hasta el amanecer. Mientras, Luis, vuelve a su casa, abre una bolsa de patatas, enciende la tele, e inmediatamente se encuentra inmerso en una retransmisión de un partido de tenis entre dos checos de los que nunca ha oído hablar. Una débil voz en los mas recónditos rincones de su mente le dice que algo importante pasaba en el coche, pero está bien seguro de que no hay forma de que pudiese entenderlo, así que opina que es mejor no pensar en ello. Al día siguiente Ana llamara a su mejor amiga, o quizás a dos de ellas, y hablarán sobre la situación seis horas seguidas. Con doloroso detalle, analizarán todo lo que ella dijo y todo lo que él dijo, pasando sobre cada punto una y otra vez, examinando cada palabra, y gesto por nimios significados, considerando cada posible ramificación. Continuarán discutiendo el tema, una y otra vez, por semanas, quizás meses, nunca llegando a conclusiones definitivas, pero nunca aburriéndose de él, tampoco. Mientras, Luis, un día mientras ve un partido de fútbol con un amigo común suyo y de Ana, durante los anuncios, fruncirá el ceño y dirá: “Raúl, ¿sabes si Ana tuvo alguna vez un caballo?”.

¿Te puedo comprar una hora?

El hombre llegó del trabajo a casa otra vez tarde, cansado e irritado, y encontró a su hijo de cinco años esperándolo en la puerta. “Papá, puedo preguntarte algo?” “Claro, hijo, el qué? respondió el hombre.

“Papá, ¿cuánto dinero ganas por hora?” “¿Por qué lo preguntas?, dijo un tanto molesto. “Sólo quiero saberlo. Por favor dime cuánto ganas por hora”, suplicó el pequeño. “Si quieres saberlo, gano 20 dólares por hora”.

“Oh”, repuso el pequeño inclinando la cabeza. Luego dijo: “Papá, ¿me puedes prestar 10 dólares, por favor?”. El padre estaba furioso. “Si la razón por la que querías saber cuánto gano es sólo para pedirme que te compre un juguete o cualquier otra tontería, entonces vete ahora mismo a tu habitación y acuéstate. Piensa por qué estás siendo tan egoísta. Trabajo mucho, muchas horas cada día y no tengo tiempo para estos juegos infantiles”.

El pequeño se fue en silencio a su habitación y cerró la puerta. El hombre se sentó y empezó a darle vueltas al interrogatorio del niño. “¡Cómo puede preguntar eso sólo para conseguir algo de dinero!”. Después de un rato, el hombre se calmó y empezó a pensar que había sido un poco duro con su hijo. Quizás había algo que realmente necesitaba comprar con esos 10 dólares y, de hecho, no le pedía dinero a menudo. Fue a la puerta de la habitación del niño y la abrió.

“¿Estás dormido, hijo?”, preguntó. “No, papá. Estoy despierto” respondió el niño. “He estado pensando, y quizá he sido demasiado duro contigo antes. Ha sido un día muy largo y lo he pagado contigo. Aquí tienes los 10 dólares que me has pedido”.

El niño se sentó sonriente: “¡Oh, gracias, papá!”, exclamó. Entonces, rebuscando bajo su almohada, sacó algunos billetes arrugados más. El pequeño contó despacio su dinero y entonces miró al hombre, el cual, viendo que el niño ya tenía dinero, empezaba a enfadarse de nuevo. “¿Por qué necesitabas dinero y ya tenías?”, refunfuñó el padre.

“Porque todavía no tenía bastante, pero ahora sí tengo. Papá, ahora tengo 20 dólares…, ¿puedo comprar una hora de tu tiempo?”.

Tender puentes

Se cuenta que, cierta vez, dos hermanos que vivían en granjas vecinas, separadas por un pequeño río, entraron en conflicto. Fue la primera gran desavenencia en toda una vida de trabajo uno al lado del otro, compartiendo las herramientas y cuidando uno del otro. Durante años ellos trabajaron en sus granjas y al final de cada día, podían atravesar el río y disfrutar uno de la compañía del otro. A pesar del cansancio, hacían la caminata con gusto, pues se tenían un gran aprecio. Pero ahora todo había cambiado. Lo que comenzara con un pequeño malentendido finalmente explotó en un cambio de ásperas palabras, seguidas por semanas de total silencio. Una mañana, el hermano más mayor sintió que llamaban a su puerta. Cuando abrió vio un hombre con una caja de herramientas de carpintero en la mano y que buscaba trabajo: “Quizás usted tenga un pequeño servicio que yo pueda hacer”. “Sí, claro que tengo trabajo para usted. Ve aquella granja al otro lado del río. Es de mi vecino. No, en realidad es de mi hermano más joven. Nos peleamos y no puedo soportar verle. ¿Ve aquella pila de madera cerca del granero? Quiero que usted construya una cerca bien alta a lo largo del río para que yo no tenga que verlo mas.” El carpintero contestó: “Creo que entiendo la situación. Dígame dónde están el resto del material, que ciertamente haré un trabajo que le gustará.” Como tenía que irse a la ciudad, el hermano más mayor ayudó al carpintero a encontrar el material y partió. El hombre trabajó durante todo aquel día. Ya anochecía cuando termino su obra. El granjero regresó de su viaje y sus ojos no podían creer lo que veían. En vez de una cerca había un puente que unía las dos márgenes del río. Era realmente un buen trabajo, pero el granjero estaba furioso y le dijo: “Usted ha sido muy atrevido al construir ese puente después de lo que quedamos”. Sin embargo, al mirar hacia el puente, vio a su hermano que se acercaba del otro margen, corriendo con los brazos abiertos. Por un instante permaneció inmóvil de su lado del río. Pero de repente, en un impulso, corrió en dirección del otro y se abrazaron en medio del puente.

Todo pasa

Hubo una vez un rey que dijo a los sabios de la corte: – Me estoy fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes posibles. Quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para siempre. Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa debajo del diamante del anillo.

Todos quienes escucharon eran sabios, grandes eruditos; podrían haber escrito grandes tratados, pero darle un mensaje de no más de dos o tres palabras que le pudieran ayudar en momentos de desesperación total. Pensaron, buscaron en sus libros, pero no podían encontrar nada. El rey tenía un anciano sirviente que también había sido sirviente de su padre. La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó de él, por tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un inmenso respeto por el anciano, de modo que también lo consultó. Y éste le dijo: -No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje. Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una ocasión me encontré con un místico. Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me dio este mensaje -el anciano lo escribió en un diminuto papel, lo dobló y se lo dio al rey-. Pero no lo leas -le dijo- mantenlo escondido en el anillo. Ábrelo sólo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres salida a la situación.

Ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió el reino. Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos lo perseguían. Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. Llegó a un lugar donde el camino se acababa, no había salida: enfrente había un precipicio y un profundo valle; caer por él sería el fin. Y no podía volver porque el enemigo le cerraba el camino. Ya podía escuchar el trotar de los caballos. No podía seguir hacia delante y no había ningún otro camino. De repente, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso. Simplemente decía: “ESTO TAMBIÉN PASARÁ”. Mientras leía “esto también pasará” sintió que se cernía sobre él un gran silencio. Los enemigos que le perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse equivocado de camino, pero lo cierto es que poco a poco dejó de escuchar el trote de los caballos.

El rey se sentía profundamente agradecido al sirviente y al místico desconocido. Aquellas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejércitos y reconquistó el reino. Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran celebración con música, bailes… y él se sentía muy orgulloso de sí mismo. El anciano estaba a su lado en el carro y le dijo: -Este momento también es adecuado: vuelve a mirar el mensaje. -¿Qué quieres decir? -preguntó el rey-. Ahora estoy victorioso, la gente celebra mi vuelta, no estoy desesperado, no me encuentro en una situación sin salida. -Escucha -dijo el anciano-: este mensaje no es sólo para situaciones desesperadas; también es para situaciones placenteras. No es sólo para cuando estás derrotado; también es para cuando te sientes victorioso. No es sólo para cuando eres el último; también es para cuando eres el primero. El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: “Esto también pasará”, y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba, pero el orgullo, la egolatría, había desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje. Entonces el anciano le dijo: -Recuerda que todo pasa. Ninguna cosa ni ninguna emoción son permanentes. Como el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza. Acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza misma de las cosas.

Tres pipas para calmar el enfado

Una vez un miembro de la tribu se presentó furioso ante su jefe para informarle que estaba decidido a tomar venganza de un enemigo que lo había ofendido gravemente. Quería ir inmediatamente y matarlo sin piedad. El jefe le escuchó atentamente y luego le propuso que fuera a hacer lo que tenía pensado, pero antes de hacerlo llenara su pipa de tabaco y la fumara con calma al pie del árbol sagrado del pueblo. El hombre cargó su pipa y fue a sentarse bajo la copa del gran árbol. Tardó una hora en terminar la pipa. Luego sacudió las cenizas y decidió volver a hablar con el jefe para decirle que lo había pensado mejor, que era excesivo matar a su enemigo pero que si le daría una paliza memorable para que nunca se olvidara de la ofensa. Nuevamente el anciano lo escuchó y aprobó su decisión, pero le ordenó que ya que había cambiado de parecer, llenara otra vez la pipa y fuera a fumarla al mismo lugar. También esta vez el hombre cumplió su encargo y gastó media hora meditando. Después regresó a donde estaba el cacique y le dijo que consideraba excesivo castigar físicamente a su enemigo, pero que iría a echarle en cara su mala acción y le haría pasar vergüenza delante de todos. Como siempre, fue escuchado con bondad pero el anciano volvió a ordenarle que repitiera su meditación como lo había hecho las veces anteriores. El hombre, medio molesto, pero ya mucho más sereno, se dirigió al árbol centenario y allí sentado fue convirtiendo en humo, su tabaco y su bronca. Cuando terminó, volvió al jefe y le dijo: “Pensándolo mejor veo que la cosa no es para tanto. Iré donde me espera mi agresor para darle un abrazo. Así recuperaré un amigo que seguramente se arrepentirá de lo que ha hecho”. El jefe le regaló dos cargas de tabaco para que fueran a fumar juntos al pie del árbol, diciéndole: “Eso es precisamente lo que tenía que pedirte, pero no podía decírtelo yo; era necesario darte tiempo para que lo descubrieras tu mismo”.

Un donante muy especial

Robyn Bowen es una mujer de Washington que en 1980 acudió a una Clínica en Rochester para ser atendida de una enfermedad al riñón mientras estaba embarazada. Recuerda cómo los doctores le dijeron llevar el embarazo hasta el final podría perjudicarle e incluso ponerse en peligro de muerte. Pero ella no quiso abortar, no dudó: “Supe desde el primer día que Dios me había bendecido al permitirme tener a Brandon”, que así llamó a su hijo. Robyn dio a luz y continuó con su vida de diálisis y medicamentos, y salvó su vida por no abortar, pues cuando estaba enferma de muerte si no recibía un riñón compatible, le salió un donante muy especial. Veinte años después de su alumbramiento, su hijo se ofreció para donarle un riñón. “Mi cuerpo no es realmente mi cuerpo -afirma Brandon, el hijo-, a lo que me refiero, es que este no es mi riñón realmente. Es como el deseo de Dios y algo que necesitaba hacer”. Su madre afirma: “él estaba muy seguro de que eso era lo que Dios quería que hiciera, por lo que fue el único motivo por el que le permití hacerlo”. Orgulloso de salvar a su madre, seguía diciendo Brandon: “Tu no sabes lo que la vida de un niño pueda lograr en el futuro… Él podría ser el presidente, o tal vez podría encontrar la cura para el cáncer o algo así. Uno nunca sabe. Yo sólo pienso que todo niño debería tener una oportunidad”. Defender el derecho a la vida desde la concepción, dice Juan Pablo II, es un “servicio precioso a la vida, valor fundamental en el que se reflejan la sabiduría y el amor de Dios… El respeto de la vida, desde su concepción al ocaso natural es un criterio decisivo para valorar la civilización de un pueblo”. (Llucià Pou).

Un embarazo arriesgado

La historia de Emilia es uno de esos casos difíciles de discernir. Su último embarazo presentó tan difícil que hoy en día lo transformarían en opción segura por el aborto. Aquí está su historia. ¿Qué habría hecho usted en su situación? Emilia pertenecía a una familia de clase media en un país europeo que sufría estragos y carestías después de una prolongada guerra nacional. Hambre y epidemias amenazaban a toda la población. Emilia desde pequeña había tenido una salud delicada, que no había podido mejorar por las condiciones en las que vivía. Siendo muy joven, se casó con un modesto empleado y se establecieron en una población nueva lejos de familiares y conocidos. Poco tiempo después nació su primer hijo, Edmund, un chico atractivo, buen estudiante, atleta y con gran personalidad. Unos años más tarde, Emilia dio a luz a una niña, que sólo sobrevivió pocas semanas por las malas condiciones de vida a la que la familia estaba sometida. Catorce años después del nacimiento de Edmund y casi diez de la muerte de su segunda hija, Emilia se encontraba en una situación particularmente difícil. Tenía cerca de cuarenta años y su salud no había mejorado: sufría severos problemas renales y su sistema cardiaco se debilitaba poco a poco debido a una afección congénita. Por otro lado, la situación política de su país era cada vez más crítica, pues había sido muy afectado por la recién terminada primera guerra mundial. Vivían con lo indispensable y con la incertidumbre y el miedo de que estallase una nueva guerra. Y justamente en esas terribles circunstancias, Emilia se dio cuenta de que nuevamente estaba embarazada. A pesar de que el acceso al aborto no era sencillo en esa época y en ese país tan pobre, existía la opción y no faltó quien se ofreciera para practicárselo. Su edad y su salud hacían del embarazo un alto riesgo para su vida. Además su difícil condición de vida le hacía preguntarse: ¿qué mundo puedo ofrecer a este pequeño? ¿Un hogar miserable? ¿Un pueblo en guerra? ¿Vale la pena que le dé la vida? A esta situación tan difícil que enfrentaba Emilia, se sumaría otra problemática que ella aún no conocía, pero de saberla, le haría cuestionar aún más la conveniencia de que este hijo naciera. Emilia morirá tan sólo diez años después a causa de su precaria salud. Trágicamente, también Edmund, el único hermano del bebé que esperaba, vivirá sólo unos pocos años más. Algunos años más tarde, estallaría la segunda guerra mundial, en la que el padre de la criatura que estaba por nacer también perderá la vida, con lo que ese niño iba a quedar absolutamente solo en la vida y en un ambiente adverso. Si a ested le tocara juzgar la conveniencia del nacimiento del hijo de Emilia, tendría que tomar en cuenta que, además de una situación sumamente crítica, a este niño le esperaba una vida en la completa orfandad: ni su padre, ni su madre, ni su único hermano podrían acompañarle en medio de las condiciones espantosas de la segunda guerra mundial que estaba por venir. ¿Para qué traer al mundo a un niño que desde el momento de nacer conocerá el sufrimiento? ¿Qué futuro puedo ofrecerle? ¿Será una insensatez llevar adelante mi embarazo? Son preguntas que cualquier mujer se haría en la situación de Emilia. Afortunadamente, ella optó por la vida de su hijo, a quien puso el nombre de Karol. Hoy quizá ese niño sería seguramente una víctima del aborto. Pero, gracias al valor de una mujer llamada Emilia, se encuentra vivo y se llama Karol Wojtyla, a quien todo el mundo conoce como Juan Pablo II.

Un tipo con suerte

Recuerdo que conocí a Javi el verano pasado en un campo de trabajo con toxicómanos en rehabilitación. Cuando me preguntó que por qué empleaba mis vacaciones de verano en una cosa así, hinché el pecho y me enorgullecí de mi mismo y de lo bueno que era. Pero no me duró mas de 10 segundos, el tiempo que tardé en devolverle la pregunta y me contestó que le reventaba ver a gente sola, que la soledad hay que “mamarla”.

Pensé que Javi había sufrido mucho, más todavía cuando me dijo que a él lo abandonaron en un contenedor a los pocos días de nacer. La congoja que me entró no fue nada comparado con el océano que se abrió a continuación ante mi conciencia. Le dije que lo sentía, que vaya faena, y me respondió que si estaba tonto, que se sentía un afortunado… Debí poner la misma cara que un pingüino en un garaje, pues rápidamente me dio la mejor lección que han dado en la vida. “Soy un tío con suerte -me espetó-, pues está claro que fui un embarazo no deseado, si llega a ser ahora, por 50.000 pesetas me cortan el cuello.” Y siguió recogiendo patatas del suelo, como si nada. Siguió con su vida, ayudando a los demás. El valor de la vida humana y la dignidad del ser humano como tal, desde su comienzo hasta su fin natural, está por encima de cualquier situación adversa que se presente en el transcurso de la misma. Y si no, que se lo digan a Javi, un tipo con suerte. (Jesús García Sánchez-Colomer. Publicado en ABC, 19.VI.01).

Nadie triunfa solo

Nadie triunfa solo Durante el siglo XV, en una pequeña aldea cercana a Nuremberg, vivía una familia con 18 niños. Para poder poner pan en la mesa para tal prole, el padre, y jefe de la familia, trabajaba casi 18 horas diarias en las minas de oro, y en cualquier otra cosa que se presentara. A pesar de las condiciones tan pobres en que vivían, dos de los hijos de Albrecht Durer tenían un sueño. Ambos querían desarrollar su talento para el arte, pero bien sabían que su padre jamas podría enviar a ninguno de ellos a estudiar a la Academia. Después de muchas noches de conversaciones calladas entre los dos, llegaron a un acuerdo. Lanzarían al aire una moneda. El perdedor trabajaría en las minas para pagar los estudios al que ganara. Al terminar sus estudios, el ganador pagaría entonces los estudios al que quedara en casa, con las ventas de sus obras, o como fuera necesario. Lanzaron al aire la moneda un domingo al salir de la Iglesia. Albretch Durer gano y se fue a estudiar a Nuremberg. Albert comenzó entonces el peligroso trabajo en las minas, donde permaneció por los próximos cuatro años, para sufragar los estudios de su hermano, que desde el primer momento fue toda una sensación en la Academia. Los grabados de Albretch, sus tallados y sus óleos llegaron a ser mucho mejores que los de muchos de sus profesores, y para el momento de su graduación, ya había comenzado a ganar considerables sumas con las ventas de su arte. Cuando el joven artista regresó a su aldea, la familia Durer se reunió para una cena festiva en su honor. Al finalizar la memorable velada, Albretch se puso de pie en su lugar de honor en la mesa, y propuso un brindis por su hermano querido, que tanto se había sacrificado para hacer sus estudios una realidad. Sus palabras finales fueron: “Y ahora, Albert, hermano mío, es tu turno. Ahora puedes ir tú a Nuremberg a perseguir tus sueños, que yo me haré cargo de ti.” Todos los ojos se volvieron llenos de expectativa hacia el rincón de la mesa que ocupaba Albert, quien tenia el rostro empapado en lagrimas, y movía de lado a lado la cabeza mientras murmuraba una y otra vez “no… no… no…”. Finalmente, Albert se puso de pie y secó sus lágrimas. Miró por un momento a cada uno de aquellos seres queridos y se dirigió luego a su hermano, y poniendo su mano en la mejilla de aquel le dijo suavemente, “No, hermano, no puedo ir a Nuremberg. Es muy tarde para mí. Mira. Mira lo que cuatro años de trabajo en las minas han hecho a mis manos. Cada hueso de mis manos se ha roto al menos una vez, y últimamente la artritis en mi mano derecha ha avanzado tanto que hasta me costó trabajo levantar la copa durante tu brindis… Mucho menos podría trabajar con delicadas líneas el compás o el pergamino y no podría manejar la pluma ni el pincel. No, hermano, para mí ya es tarde”. Más de 450 años han pasado desde ese día. Hoy en día los grabados, óleos, acuarelas, tallas y demás obras de Albretch Durer pueden ser vistos en museos alrededor de todo el mundo. Pero seguramente usted, como la mayoría de las personas, solo recuerde uno. Un día, para rendir homenaje al sacrificio de su hermano Albert, Albretch Durer dibujó las manos maltratadas de su hermano, con las palmas unidas y los dedos apuntando al cielo. Llamo a esta poderosa obra simplemente “manos”, pero el mundo entero abrió de inmediato su corazón a su obra de arte y se le cambió el nombre a la obra por el de “Manos que oran”. La próxima vez que vea una copia de esa creación, mírela bien. Permita que le sirva de recordatorio, si es que lo necesita, de que nunca nadie triunfa solo.

Enfadarse

Érase una vez un joven con un carácter bastante violento. Su padre le dio una bolsa de clavos y le dijo que clavara un clavo en la cerca del jardín cada vez que perdiera la paciencia y se peleara con alguien. El primer día, llegó a clavar 37 clavos en la cerca. Durante las semanas siguientes aprendió a controlarse, y el número de clavos colocados en la cerca disminuyo día tras día: había descubierto que era más fácil controlarse que clavar clavos.

Finalmente, llego un día en el cual el joven no clavó ningún clavo en la cerca. Entonces fue a ver a su padre y le dijo que había conseguido no clavar ningún clavo durante todo el día. Su padre le dijo entonces que quitara un clavo de la cerca del jardín por cada día durante el cual no hubiera perdido la paciencia. Los días pasaron y finalmente el joven pudo decirle a su padre que había quitado todos los clavos de la cerca.

El padre condujo entonces a su hijo delante de la cerca del jardín y le dijo: “Hijo mío, te has portado bien, pero mira cuantos agujeros hay en la cerca del jardín. Esta cerca ya no será como antes. Cuando te peleas con alguien y le dices algo desagradable, le dejas una herida como esta. Puedes acuchillar a un hombre y después sacarle el cuchillo, pero siempre le quedará una herida. Poco importa cuantas veces te excuses, la herida verbal hace tanto daño como una herida física. Los amigos son como joyas muy valiosas. No los maltrates. Siempre están dispuestos a escuchar cuando lo necesitas, te sostienen y te abren su casa.”

Reflexión y tradición

Cuenta una leyenda popular que supo haber una vez un cuartel militar junto a un pueblecillo cuyo nombre no recuerdo, y en medio del patio de ese cuartel había un banco de madera. Era un banco sencillo, humilde y blanco. Y junto a ese banco un soldado hacía guardia. Hacia guardia noche y día. Nadie sabía por qué se hacía la guardia junto al banco, pero se hacía. Se hacía noche y día, todas las noches, todos los días, y de generación en generación todos los oficiales transmitían la orden y los soldados la obedecían. Nadie nunca dudó, nadie nunca preguntó: la tradición es algo sagrado que no se cuestiona ni se ataca: se acata. Si así se hacía y siempre se había hecho, por algo sería. Así se hacía, siempre se había hecho y así se haría. Y así siguió siendo hasta que alguien, no se sabe bien qué general o coronel curioso, quiso ver la orden original. Hubo que revolver a fondo los archivos. Y después de mucho hurgar se supo. Hacía 31 años, 2 meses y cuatro días un oficial había mandado montar guardia junto al banco, que estaba recién pintado, para que a nadie se le ocurriera sentarse sobre la pintura fresca.

La vasija

Un cargador de agua tenía dos grandes vasijas que colgaban a los extremos de un palo que él llevaba encima de los hombros. Una de las vasijas tenía varias grietas, mientras que la otra era perfecta y conservaba toda el agua al final del largo camino a pie desde el arroyo hasta la casa de su patrón. Cuando llegaba, la vasija rota sólo contenía la mitad del agua. Durante dos años completos esto fue así diariamente. La vasija perfecta estaba muy orgullosa de sus logros, pues se sabía perfecta para el fin para el que fue creada. Pero la pobre vasija agrietada estaba muy avergonzada de su propia imperfección, y se sentía miserable, porque sólo podía hacer la mitad de lo que se suponía que era su obligación. Después de dos años, la tinaja quebrada le habló al aguador diciéndole: “Estoy avergonzada y me quiero disculpar contigo. Porque debido a mis grietas, sólo puedes entregar la mitad de mi carga y sólo obtienes la mitad del valor que deberías recibir”. El aguador le contestó: “Cuando regresemos a casa quiero que te fijes en las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino”. Así lo hizo la tinaja. Y en efecto, vio muchísimas flores hermosas a todo lo largo del camino. Pero de todos modos se sintió apenada porque, al final, sólo quedaba dentro de sí la mitad del agua que debía llevar. El aguador le dijo entonces: “¿Te diste cuenta de que las flores sólo crecen en tu lado del camino? Siempre he sabido de tus grietas y quiero que veas el lado positivo que eso tiene. Sembré semillas de flores a todo lo largo del camino por donde vas, y todos los días las has regado. Por dos años yo he podido recoger estas flores. Si no fueras como eres, no hubiera sido posible crear esa belleza”.

No os asustéis

Queridos papá y mama: Desde que me fui al colegio he descuidado el escribiros y lamento mi desconsideración por no haberlo hecho antes. Ahora os pondré al corriente, pero antes sentaos. No leáis nada mas, a menos que estéis sentados. ¿De acuerdo? Bueno, pues me encuentro bien ahora. La fractura de cráneo y la conmoción que me produjo la caída al saltar desde la ventana de mi dormitorio, cuando se incendió, a poco de llegar aquí, se han curado perfectamente. Pasé solo quince días en el hospital y ahora veo casi con normalidad y solo me afecta el dolor de cabeza una vez al día. Por fortuna, el incendio en el dormitorio y mi salto por la ventana fueron presenciados por un empleado de la gasolinera cercana, que aviso a los bomberos y a la ambulancia. Después me vino a visitar al hospital y como yo no tenía sitio donde vivir, a causa del incendio, él fue tan amable que me invitó a compartir su vivienda. Realmente se trata de un sótano, pero es muy bonito. Él es un muchacho excelente y nos enamoramos como locos, por lo que pensamos casarnos. Aún no sabemos la fecha exacta, pero podrá ser antes de que se note mi embarazo. Sí, papás, estoy embarazada. Me consta lo mucho que os complacerá ser abuelos y estoy segura que recibiréis bien al bebé, dándole el mismo cariño, afecto y cuidados que tuvisteis conmigo cuando era pequeña. La causa del retraso en nuestra boda se debe a una ligera infección que padece mi novio y nos ha impedido pasar las pruebas hematológicas prematrimoniales, y que yo, descuidadamente, me he contagiado de él. Estoy segura de que lo recibiréis en nuestra familia con los brazos abiertos. Él es cariñoso, y aunque no muy educado, tiene ambición. Su raza y religión son distintas de la nuestra, pero sé que vuestra tolerancia, frecuentemente expresada, no os permitirá enfadaros por esto. Ahora que ya estáis al corriente de todo, quiero deciros que no se incendió mi dormitorio, no tuve fractura ni conmoción de cráneo, ni fui al hospital, no estoy embarazada, no tengo novio, no sufro ninguna infección y no hay ningún muchacho en mi vida. Sin embargo, he sacado un suspenso en Historia y un aprobado en Ciencias, y quiero que veáis estas notas en su perspectiva adecuada. Vuestra hija que os quiere… Sufricia.